Luisa Valenzuela : “No pertenecés a la realidad si no estás escribiendo”

Luisa Valenzuela : “No pertenecés a la realidad si no estás escribiendo”

Entrevista realizada en el ciclo Literatura y Memoria, coorganizado junto a la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA

 

Por Malena Trufó Reutemann y Luisina Bellini

 

Luisa Valenzuela es autora de más de cuarenta obras que abarcan novelas, cuentos, microrrelatos y ensayos. Fue la primera mujer en ganar el Premio Internacional Carlos Fuentes y ejerció la docencia en la Universidad de Columbia y en la Universidad de Nueva York.  Esta entrevista, realizada por estudiantes de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires, propone un recorrido por su obra literaria a la luz del concepto de memoria.

 

Tarde de miércoles en la calle Corrientes. En el Centro Cultural de la Cooperación, el movimiento de la tarde porteña se detiene. Luisa Valenzuela llega de rojo y negro, haciendo gala de la ironía que la caracteriza: en el ascensor, entre risas, bromea con que espera preguntas fáciles, por ejemplo: “¿dos más dos?”

En la sala Jacobo Laks el público aguarda expectante las palabras de la escritora.

 

¿Qué soñabas de chiquita?¿Soñabas con ser escritora?

Decididamente, no. No soñaba para nada con ser escritora. Yo soñaba con ser aventurera o físico matemática, según la edad. Soñaba con ser cualquier cosa menos escritora porque estaba rodeada de ellos. Mi madre, Luisa Mercedes Levinson, era una gran escritora. 

En mi casa había un salón literario al que venían Borges, Sábato, Mallea, los grandes poetas, escritores del exilio español… Una cantidad de gente muy interesante y muy pasiva. Era una cosa muy quieta y yo era una criatura muy inquieta, así que no me atraía para nada. Pero sí era muy lectora y asistía muchas veces a las conferencias que daban porque me interesaban. Me convocaba el conocimiento. De hecho, cuando terminé el bachillerato quería seguir con una especie de bachillerato evolucionado, eterno, porque quería estudiar todo. No quería especializarme en algo y creo que por eso me hice periodista. Porque, en última instancia, sobre todo lo que no sabemos, preguntamos, entrevistamos y, de ese modo, nos metemos en los distintos mundos. Así que no, no quería ser escritora de chica.

 

¿Recordás cómo fue el primer impulso o el momento clave en el que dijiste “me quiero dedicar a escribir” por primera vez?

Sí, me acuerdo perfectamente. Porque, a los seis años, dicté un poema, un poema muy serio, que decía: “Hacia ti viene la muerte a un paso elemental…”, inspirada, posiblemente, por Poe. Después me olvidé. Después de eso, a los quince, escribí alguna que otra cosita y nada más. 

Había una escritora muy famosa en ese momento, Gloria Alcorta, que escribía cuentos fantásticos. Y, un buen día, a los diecisiete años, dije: “Es fácil escribir un cuento como ella”. ¡Qué caradura! Entonces me senté a escribir un cuento, asociando dos temas: por un lado, una expresión de mi abuelo que decía “esta sopa sirve para revivir a los muertos” y, por el otro, las termas de Copahue, un lugar muy interesante en el que había estado, que era como un infierno. Entonces escribí un cuento que sigue circulando; en su momento se llamabaEse canto”, después lo pulí un poco y ahora se titula “Ciudad ajena”. Así descubrí la aventura de escribir, descubrí que escribir no es contar una historia que uno conoce, sino entrar en otro mundo. Es decir, descubrir algo a medida que se escribe. Y eso fue lo que me atrapó.

 

A lo largo de tu obra está latente el tema de la memoria y, sobre todo, la revisita a hechos históricos argentinos. ¿Cómo te relacionás con el concepto de memoria? ¿Cómo lo tratás en tus escritos?

Es raro porque vengo de una situación donde no se podía hablar de política en la literatura. Era el debate eterno entre Borges y Sábato: el arte por el arte o el arte dirigido. Entonces, la idea de un mensaje en literatura era complicada. Por otro lado, mis amigos eran de izquierda, así que estaba en ese conflicto, pero yo evitaba el tema político cuidadosamente. De hecho, en Los heréticos, mi primer libro de cuentos, no hay nada de eso. En un momento, me dijeron que a Rodolfo Walsh le gustaban esos cuentos. A mí me sorprendió mucho, me preguntaba por qué le gustarían a Walsh. Cuando lo conocí le dije: “bueno, yo sí tengo mi ideología, pero no aparece en mis cuentos”. Él me dijo: “Sí, la ideología siempre aparece; aunque uno no quiera, está ahí latente”. Eso fue una gran lección para mí. Todo aflora a pesar de uno mismo, dentro de la selección de las palabras, el enfoque, qué es lo que vas a tratar y demás. Durante mi época periodística trabajé de planta en el suplemento gráfico de La Nación que, en ese entonces, era un verdadero diario, aunque conservador, y siempre se encontraba un resquicio para incluir artículos sociológicos. Fue entrando ese mundo en mí hasta que finalmente escribí una primera novela muy política, Cuidado con el tigre, que guardé para que el tiempo la digiriera porque yo sentía que era demasiado directa. Pero, entonces, se me impuso la realidad argentina; más que la memoria era la inmediatez, la necesidad de leer el horror que estaba pasando: la triple A, López Rega, la dictadura… Era la urgencia de ir contando todo eso, era la memoria del futuro, era dar testimonio más que memoria.

 

¿Eso lo tenías presente mientras estabas escribiendo o te diste cuenta después de que funcionaba de esa manera? 

No lo entendía como una cuestión de memoria o no memoria, o de futuro, pero sí era consciente de lo que estaba narrando. 

Después de escribir Cuidado con el tigre participé en el programa Writers’ Workshop en la Universidad de Iowa, que consistía en estar encerrada nueve meses bajo la nieve con cuarenta escritores latinoamericanos espléndidos, de muy buen nivel, como Fernando del Paso y Néstor Sánchez, entre otros. Fue muy divertido aunque hablaban de la muerte todo el tiempo y, a mí, la muerte no me interesaba, era muy joven. Pero, un día, surgió una cosa muy tremenda, muy experimental, muy loca: los gatos de la muerte, que le dieron vida a El gato eficaz. Se publica la novela y me voy a vivir a Barcelona. Ahí nace otra novela muy extraña, Como en la guerra, en la que aparecen los personajes de Cuidado con el tigre inmersos en un denso trasfondo político.

Vuelvo a Buenos Aires en plena Triple A y me encuentro con algo totalmente diferente a lo que había dejado. Cuando me fui, había sido elegido Cámpora como presidente, todo estaba muy tranquilo, liberaban a los presos políticos, todo fantástico. Cuando vuelvo el terrorismo de estado ya era muy evidente. Esto lo conté mil veces pero es una experiencia muy fuerte. Llegué y dije: “tengo que escribir un libro de cuentos en un mes, para entrar de nuevo en mi país  porque, si no, estoy afuera, no entiendo nada”. Entonces iba a los cafés y escribía los cuentos de Aquí pasan cosas raras que era como un testimonio en ficción, un invento de lo que estaba pasando, de lo que yo veía que estaba ocurriendo y, así, fui entrando. Finalmente, cuando escribí Cambio de armas, en el ‘77, ya no se lo podía mostrar a nadie, porque se había instalado la tortura, estábamos en todo ese horror de la dictadura. 

Ahora es memoria, pero en ese momento era lo que estaba pasando. Al punto de que no me animé a mostrárselo ni a mis grandes amigos con los que estábamos actuando, haciendo cosas políticas: teníamos asilados en casa, pasábamos mensajes y demás. No me animé ni a mostrarles el cuento a ellos, porque me parecía que era excesivamente atroz y que estaba inventando, que había inventado mucho. Cuando vinieron los juicios y las declaraciones, me di cuenta de que no había inventado nada, que habían pasado cosas muy parecidas. Entonces escribí el cuento “Simetrías”, que habla de eso. Lo que hice, de alguna manera, fue tratar de contar el momento o, mejor dicho, la percepción del momento, lo que iba recibiendo, y lo hacía desde el lugar de la literatura, que no es una cosa tan fáctica. 

 

Y hoy, ¿creés que aquí siguen pasando cosas raras?

No solamente están pasando cosas rarísimas, sino que están avaladas por una especie de indiferencia, por una especie de realidad falseada y que, además, aceptamos. Es inconcebible. Yo no entiendo cómo estamos en manos de esta gente. Lo veo y lo acepto porque no me queda otra, pero no lo entiendo, desde tener un presidente que se asesora con un perro muerto, hasta las falsas noticias, la post verdad… Son cosas rarísimas.

 

Incluso en una entrevista con Silvia Hopenhayn comentás la relación entre algunos de tus personajes y figuras actuales.

Sí, cuando salió la reedición de Cola de lagartija, que es mi novela sobre López Rega, muy ficcional, muy inventada, apareció un zócalo en C5N que decía: “Esto es neo-lopezreguismo”. Todo está conectado, ese mundo del tarot, de la magia, tan presente en mi novela, es lo que estamos viviendo y aceptando con naturalidad y eso es obra de las redes sociales, de la inteligencia artificial. Estamos entrando a este mundo en el que no sabemos dónde estamos parados, porque estamos rodeados de algoritmos.

 

Si quisieras ponerte a escribir sobre esta extraña realidad, ¿te animarías a hacerlo o sería demasiado? 

Lamentablemente, me supera, por ahora. Yo no sé si son los muchos años que llevo encima y, sobre todo, los muchos libros. Sin embargo, no tendría que superarme, porque es abordable desde la ficción, desde ese lugar donde la cosa fluye sola. Pero cuesta mucho entrar en esa instancia. Es una cosa casi mediúmnica cuando entrás en la novela, es un estado tercero, es como que la novela te sigue. Uno hace su vida normal porque no queda otra y, es lógico, pero la novela se sigue cocinando por detrás y eso es fascinante. Me cuesta entrar en esta situación. 

Tengo elementos, sí. Además ya venía trabajando un tema y estudiándolo. Pero puede ser que ya lo tengo demasiado estudiado, también. Es la historia de Victoria Montero, la maestra esotérica de López Rega en Paso de los Libres. Eso lo encontré investigando para La máscara sarda: el profundo secreto de Perón, todo real. López Rega era manosanta, después se piró totalmente y se fue a la política, y esta mujer lo echó, no quiso saber nada con él. Entonces, yo quería escribir sobre ese tema y vincularlo con esto. Hay una herencia de alguna manera. Pero me va a costar mucho, no prometo nada. 

 

Tu recorrido abarca tanto la literatura como el periodismo, es decir, contar lo que está pasando, ¿por qué elegiste la literatura para hacerlo y no seguiste con el periodismo?

Porque me eligió a mí. Yo escribo sin mapa, sin tener un detalle de lo que quiero hacer. Eso me parece fantástico, pero no lo sé hacer y las veces que lo he intentado me salió pésimo. Entonces yo entro de cabeza en algo que no sé qué va a ser y se va gestando a medida que lo voy escribiendo, si tengo mucha suerte y, si no, tengo que tirar todo a la basura o insistir, buscar por otro lado, y ver qué se está narrando ahí dentro de mí. Por eso en este último libro, ¿De dónde vienen las historias?, me pregunto dónde están esas historias que, de alguna manera, se van gestando solas. Después fui columnista y pude hablar de cosas políticas, aunque tampoco tengo una formación política como para opinar desde un lugar muy sabihondo, así que prefiero la invención y la imaginación. Son dos maneras muy distintas de encarar la realidad. Yo creo que sé escribir más desde ese “no saber” de la literatura que desde el “tengo que decir” del periodismo, que es limitado.

Desde el periodismo tenés que contar con los datos concretos y la certidumbre; en cambio, desde la literatura podés plantear las preguntas y abrir espacios. Son espacios en los que el otro tiene que intervenir, entrás en un diálogo. Desde el periodismo das tu opinión, tenés que ser afirmativo pero la literatura te permite bucear en lo que no sabés. Por eso, mi libro de crónicas periodísticas, que se publicó hace un par de años, se llama La mirada horizontal porque creo que, en el periodismo, la mirada tiene que ser así. El verdadero periodismo utiliza los datos concretos para avanzar. Aunque ahora no tanto. No hablemos del periodismo de hoy en día, eso es otra historieta: las fake news, etcétera.
Con la literatura, la mirada es vertical porque la tarea es profundizar y profundizar en algo que no sabés, en lo desconocido. Es una aventura. 

 

Viviste en Francia, Estados Unidos, España y México. ¿De qué modo la experiencia de haber vivido en varios países influyó en tu escritura y en tu mirada sobre Argentina?

Siempre tuve la mirada puesta en Argentina, estuviera donde estuviera. No viví en Estados Unidos, viví en New York que es muy distinto. Hago esa aclaración importante. Además, el New York de los ‘80 era la cosa más loca y fantástica de la tierra. 

En ese entonces, 1979, trabajaba con Amnesty International y en la Red de Defensa de la Libertad de Escribir de PEN Internacional, haciendo todas las denuncias posibles porque era plena dictadura militar. Mi primera novela, que escribí en Francia a mis veintiún años, era porque extrañaba Buenos Aires. Pero era un Buenos Aires totalmente arquetípico y de los bajos fondos. Por algún motivo me atraen los bajos fondos de las ciudades. Tanto es así que cuando me pidieron una trilogía para publicar en el Fondo de Cultura Económica, les propuse tres novelas sobre los bajos fondos: Hay que sonreír, situada en Buenos Aires; Como en la guerra, en Barcelona, y Novela negra con argentinos, en Nueva York. Pero siempre son personajes argentinos, sea donde sea. Y creo que elijo los bajos fondos porque es como el inconsciente de las ciudades, lo oscuro de las ciudades. Me gustaba mucho de joven andar por el bajo, por La Boca. No era una ciudad peligrosa; a la medianoche, a las dos de la mañana, merodeábamos por esos lugares con mi barrita de amigos de quince, dieciséis, diecisiete años. Eso resultó en Hay que sonreír, donde aparece el Palacio del baile del Parque Retiro, que ya no existe, claro.

 

En varios de tus libros hablás de la espeleología, la ciencia que estudia las cavernas. Nos contaste que cuando eras chica querías ser exploradora. ¿Sentís que hay algo de esa exploración en tu forma de escribir?

Yo creo que la literatura de este tipo es la espeleología sin casco. O sea, es un riesgo, porque te estás jugando al entrar en esos lugares. Moviliza muchas cosas. George Steiner habla de los lúgubres lugares. Cuesta mucho entrar en ellos, pero uno se pierde la mitad de la cosa si no los inspecciona, por eso hay que explorarlos.
Retomando la cuestión de animarse o no a escribir sobre esta realidad tan adversa, no tengo miedo de que me pase algo porque creo que quienes están en el poder no entienden nada de la ficción, así que puedo escribir tranquila, en ese sentido no me preocupo. 

 

También hablás de que la escritura es un “escarbar en el lenguaje”. Nos interesa saber por qué elegiste esa palabra, “escarbar”.

Es una cosa animal. Escarbar, además, es buscar meticulosamente. Esto me hace pensar, establecer asociaciones: en una parte de Atacama hay un observatorio astronómico importantísimo en medio de un desierto de piedritas y, allí mismo, están las mujeres que no dejan de escarbar, buscando los huesitos de los desaparecidos chilenos. Entonces hay un escarbar también en la historia que es de una dedicación muy profunda. Es una cosa muy sensual, muy de poner el cuerpo también. De poner el cuerpo en el lenguaje.

 

Una vez que escarbaste, ¿sentís que tus palabras logran reflejar eso que viste? ¿Te alcanzan tus palabras?

Si tenés mucha suerte, sí; si no, ahí queda. Cuando estaba escribiendo Como en la guerra, en Barcelona, leía al mismo tiempo Las enseñanzas secretas de los budistas tibetanos, de Alexandra David-Néel. Allí se habla de la desintegración del yo; es esa la enseñanza secreta tibetana y budista, y fui trabajando eso desde otro lugar absolutamente distinto. Decidí irme de Barcelona a París y luego a México. Finalmente leí lo que escribí y me dio un patatús. Fue muy fuerte, lo escrito mostraba una desintegración del yo, del personaje. Mientras escribía no me daba cuenta, estaba encantada pensando “qué bien me sale, cómo fluye”. Lo tremendo es que nunca puedo volver a escribir algo parecido a lo que ya he escrito. Eso me parece bien; por un lado, porque innovo, pero a la vez es muy limitante, porque no puedo volver y, a veces, quisiera volver a un mismo tono, a una misma temática.

 

¿Y tu atravesar tantos géneros quizás fue por eso? ¿O fue una búsqueda más deliberada? 

No atravesé tantos géneros; nunca hice poesía, apenas la toqué con la puntita de los dedos porque le tengo mucho respeto. Me agarró una especie de veta poética en el momento de recuperación de la escritura después de una meningitis, pero no me siento poeta. Y los ensayos que hago son muy personales o narrativos, no son ensayos eruditos. Pero sí, también puede ser una forma de búsqueda. Uno busca porque en última instancia lo único que importa es buscar. Si vas a encontrar ya terminaste.  

 

Hay una fuerte presencia del cuerpo en el contenido de tus escritos: En tu primera obra, Hay que sonreír, la protagonista es una trabajadora sexual; en Cola de lagartija, el personaje de López Rega tiene a su hermana Estrella “incorporada” en su propio cuerpo; en Los tiempos detenidos, hablás de tu experiencia corporal después de tu meningitis en 2010. Nos interesa saber qué lugar tiene el cuerpo en tu proceso creativo.

Yo creo que se escribe con el cuerpo. Eso lo he dicho siempre. Porque escribís con la cabeza pero todo está involucrado, toda la energía, la líbido, todo el cuerpo está implicado en la escritura. Así que, por eso, me asusté con la meningitis. Cuando me fui de mi cuerpo, me fui de la escritura. Recuperé las palabras, hablaba normalmente pero no podía crear, no había nada de sustrato. No me podían tocar el cuerpo, no podían mencionar la palabra “cuerpo”, me ponía muy mal, completamente fuera de mí. Entonces ahí lo sentí más profundamente. El cuerpo es todo uno, no estoy separando la cabeza, el cuerpo… Salvo que mi primera protagonista justamente en esa historia vive la separación de la cabeza y el cuerpo. ¡Qué gracioso! Cuando lo escribí no lo pensé para nada. 

 

Comentabas hace un rato que no tenés un mapa a la hora de escribir. Entonces, ¿cuál es el punto de partida en ese proceso?

Puede ser cualquier cosa el punto de partida: puede ser una frase, puede ser una anécdota que me contaron, puede ser una idea. Desgraciadamente cuando tengo muchos puntos de partida como esta historia que me preguntaban y toda la idea de López Rega y Milei, es demasiado, tengo demasiada historia, me cuesta entrar. 

A veces, el punto de partida puede ser una sola frase y, a veces, es un personaje, como me pasó con Masachesi. Él se me aparece en un cuento. Era un comisario, pero un ex comisario muy sui generis, un tipo culto, que le gustaba la pintura, después le va a gustar la literatura. Y una mañana, así solito se me aparece y me dice: “¿cómo pueden haber matado a Nisman los servicios secretos israelíes y norteamericanos a distancia?”. Y me dije “es impecable lo que me cuenta este tipo”. Entonces escribí, anoté todo eso rápidamente. Después les escribí a mis amigos y les dije: “hoy me siento Macedonio, no sé lo que hice pero escribí una novela antes del almuerzo”, porque había salido eso. De golpe yo tenía esta cosa tan sólida, tan interesante… Una cosa tan compleja. Después recurrí a los datos concretos, pero no pude escribir una novela policial, porque yo no sé escribir una novela policial. En ese género, el escritor sabe el final y tiene que ir rearmando la historia para llegar a ese final, pero yo tuve que contar toda la historia, la vida de este tipo e incluir otro pedazo de novela con el que estaba experimentando. Hice mucho antes de, finalmente, escribir la novela. Me divertía en grande con mis diálogos con mi protagonista. Él me fue tirando las cosas. 

Luego me pregunté “¿por qué me salió el tema Nisman, por qué una mañana me despierto y sé esto de Nisman, si yo no estaba pensando en eso?”. Después me encontré hurgando en mi computadora, buscando otra cosa que yo había escrito como dos años antes: un cuento en el que dos escritores descubren y empiezan a jugar sobre quién había sido; si fue un asesinato, si fue un suicidio, van cambiando de roles y descubren una verdad tan peligrosa que a uno de ellos lo matan y el otro sospecha que lo mataron porque habían descubierto toda la verdad. Entonces tiene que ocultarse, pero la va a contar. El cuento quedó ahí porque yo no sabía qué habían descubierto. Y aunque en el cuento no apareciera cuál era la clave de todo eso, si yo no la sabía, no me servía el cuento, aunque no usara esa información. Pero la descubrí después. Dije “¡claro!, esta es la respuesta de este cuento”. Fiscal muere sale dos años después, sin acordarme del cuento. Entonces se ve que la cosa vuelve, sigue trabajando en lo que los norteamericanos llaman “la hornalla de atrás”, el back burner. Eso siguió cocinándose solito. A mí me encanta descubrir esos fenómenos, y el humor, por supuesto. Pensemos en el humor, pongámoslo en primer lugar porque creo que es el motor que nos mantiene vivos. Y la manera en la que podemos soportar esta realidad. ¡Dios mío!

 

El humor y la locura son herramientas centrales en tu obra, recursos que invitan a los lectores a explorar lo desconocido, un terreno a veces difícil para quienes buscan estructuras rígidas. ¿Tenés en cuenta la experiencia del lector durante el proceso de escritura?

Yo no me imagino a ningún lector o lectora, ¡menos mal! porque, si no, ya estaría tratando de quedar bien con alguien. En algún momento dije que al que me imagino es a Hannibal Lecter, de El silencio de los inocentes, porque exige la pura verdad. No te digo que haya una verdad, pero hay sinceridad en esa escritura, algo que da cuenta de que no estás trampeando.

 

Y vos, ¿cómo sos como lectora? Si no fueses la autora de tus libros, ¿te gustarían?

Debo confesar que me gustan cuando los leo, sí. Lamentablemente, me he vuelto alguien que espera que los libros se escriban como yo los escribo. Que se escriban con una cosa medio críptica, medio extraña. Fui una lectora muy voraz, maravillosa, buena lectora durante toda mi juventud. Hoy soy una lectora perezosa, ecléctica, mala. Pero me pasa que de golpe me reeditan, entonces tengo que releerlo. Y pienso “¡pucha!, ¿por qué no puedo escribir más así?”

 

¿A la hora de reeditar hacés muchos cambios?

No, me es imposible. Quizás cambio una palabra, una cosa que rime, porque en eso soy muy cuidadosa. Alguna cacofonía, algún verbo… pero no, no hago ningún cambio porque no lo sabría hacer. Porque ya eso no me pertenece. Ya es otra cosa, así que aunque quisiera…

Salvo con Cuidado con el tigre, que sí hice unos pequeños cambios para que no quedara en una cosa muy flagrante el mensaje político. Pero nada más. Las otras cosas, aunque quisiera, no podría. No quiero, de hecho. 

 

Respecto a los rituales que tenés como escritora, ¿cómo fue cambiando tu manera de escribir a lo largo de los años?

Desgraciadamente fue yéndose hacia la computadora, que no es lo más aconsejable de la vida. Antes escribía a mano. En el papel, al momento de pasar en limpio, vas corrigiendo, vas puliendo. Cada pasada en limpio es una manera de pulir. Ahora es cut and paste. Trato de escribir a mano y no me sé leer más, porque no me entiendo la letra. Soy una desconocida para mí misma. 

 

¿Cómo sos a la hora de ponerle un fin a tus obras? 

Me abandonan, llegan solas al final. ¡Me da una pena! A veces me duelen. Pienso “terminó, se acabó con esta gente”. 

A veces me cuesta llegar al final. En El Mañana tenía que llegar a una conclusión, hacía siete años que estaba escribiendo esa novela. Y se me ocurrían soluciones inteligentes, pero no me servían porque eran cosas que venían fuera del texto. El final tiene que pertenecer a todo ese conjunto de historias que has ido armando a lo largo del tiempo desde un principio, no se le puede colocar algo desde afuera. Entonces, tenía finales interesantes que descarté, pero que fui anotando. Cuando la reeditaron, diez años después, encontré esos finales que habían sido una exploración, que había creado porque no sabía cómo seguirla; todo eso fue publicado como Carta de navegación de El Mañana, porque “El Mañana” es un barco. La carta cuenta con todos esos finales descartados, la conversación con el narrador, el narrador que tiene a alguien que le da norte desde la zona… Siempre hay alguien detrás. Como el segundo poema del ajedrez de Borges: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza; de polvo y tiempo y sueño y agonía?”. Porque siempre hay un Dios detrás de Dios. Porque uno cree que hay alguien que le está dictando, pero hay algo que está detrás. Es muy difícil de explicar; hay un narrador que conversa con la trama, es alguien que está por encima de la persona que está sola escribiendo.

 

¿Qué representa para vos la escritura hoy? ¿Qué te impulsa a seguir escribiendo?

Tengo menos impulso ahora, son muchos años. Pero creo que es la necesidad de descubrir lo desconocido, de entrar en otra dimensión, en aquello que no sé. Es una forma de la búsqueda, de indagar, porque cuando no entiendo cosas, las voy descubriendo. Es una manera de derivar sentido, de entender esta cosa tan caótica que es la realidad. Yo siento que escribiéndola pertenezco un poco, me siento un poco más consustanciada con las cosas, entiendo un poco más, aunque no tenga nada que ver con lo que estoy escribiendo. Al mismo tiempo pienso que he escrito demasiado. Tengo un montón de diarios que quiero recopilar, que quieren que recopile. Capaz me encuentro con millones de diarios que dicen “no estoy escribiendo, ¡qué horror las novelas que no escribo!”. Y tengo casi cuarenta libros, ¡un montón!, no puede ser. Pero es esta sensación de que no pertenecés a la realidad si no estás escribiendo. Y pasan meses, y hasta años, sin pertenecer a la realidad. De todos modos, no pertenecés nunca igual (escribiendo o no), así que lo otro es un engaño. Pero es un engaño simpático. 

 

¿Sentís que tuviste un proceso de aprendizaje respecto a la escritura? ¿Se puede enseñar a escribir?

Enseñar a escribir es una cosa muy difícil. Se puede señalar. En Nueva York me hicieron enseñar a escribir. No es mi trabajo ni mucho menos. Lo que yo veía era la parte que no te das cuenta, señalaba el secreto, porque a veces la persona que escribe no sabe dónde está. De ahí mi trabajo de Escritura y Secreto. Hay un secreto que uno tiene que estar bordeando sin revelarlo, porque no lo podés develar, pero sí es necesario bordearlo, conocerlo, indagarlo, explorarlo, y dar un paso más allá. Entonces siempre es la locura esa, la necesidad, tipo Cortázar, de llegar a lo inefable, a aquello que no puede ser dicho. Es una tentación muy grande, muy linda. Podés enseñar a ser sincero, a no hacer trampa en la escritura. De ahí en más cada uno tiene su talento. También hay que ver qué talento tiene cada uno, porque hay diversos talentos. 

 

¿Creés que tu trayectoria profesional dejó una marca en la memoria colectiva?

No soy tan pretenciosa; no, no creo, no. Me gustaría colaborar un poco, dejar mi granito de arena. Pero la memoria colectiva se constituye con grandes dunas. Estos son granitos de arena que uno aporta para ir armando esa enorme duna que puede ser la memoria colectiva. Ojalá tenga un poco de brillo mi granito. 

Pero…sí. ¿Importa? ¿No importa? En la época en la que se reunían todos estos escritores en casa de mi madre la discusión era “¿qué prefieren: vender cien libros hoy, diez libros dentro de diez años o un libro dentro de cien años?”. Y todos preferían un libro dentro de cien años. Así que creo que yo también debería decir eso, pero no creo que dentro de cien años queden los libros, con un poco de suerte quede algo de la humanidad. 

 

Luisa Valenzuela (Buenos Aires, 1938) es una prolífica escritora y periodista argentina. Autora de más de cuarenta libros —novelas, cuentos, microrrelatos y ensayos—, su obra ha sido publicada en numerosos países.

Ha sido traducida a múltiples idiomas y es estudiada en universidades de todo el mundo.

Ejerció el periodismo en medios como La Nación y Crisis, y obtuvo becas Fulbright y Guggenheim, entre otras. Desarrolló una reconocida labor docente en universidades de Estados Unidos y México. Recibió importantes distinciones, entre ellas, el Gran Premio de Honor de la SADE y la Medalla Machado de Assis.

Reside en Buenos Aires, ciudad que la ha declarado Ciudadana Ilustre y Personalidad Distinguida de la Cultura.

 

Luisina Julia Bellini ( Buenos Aires, 2003). Es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y bachiller con orientación en Literatura. Se formó en talleres literarios con Leticia Frenkel y realizó un seminario de cuentos con Alicia Méndez. Actualmente orienta su escritura hacia el género poético.

Malena Tufró Reutemann (Olavarría, 2003). Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Participó en el grupo Jóvenes Periodistas, organizado por el Teatro Cervantes y produjo contenido en su blog, Barullo Federal. Diplomada en periodismo y comunicación ambiental, también escribe ensayos y poesía en la revista digital MEGA.

Una traición a la experiencia

Una traición a la experiencia

Entrevista a Leila Sucari, acompañada de un fragmento de la novela Adentro tampoco hay luz, editada por Tusquets

 

Por Iael Spatola

Leila Sucari escribe desde los bordes: el límite entre la cordura y la locura, entre lo humano y lo animal, entre la experiencia y la palabra que nunca alcanza a traducirla. En esta conversación habla del deseo, el cuerpo como territorio y el lenguaje como una traducción siempre incompleta y siempre necesaria.

Revisando tu obra, Leila, hay personajes femeninos que llegan a lugares muy oscuros y los atraviesan sin necesariamente salir de ellos, al menos esa fue mi sensación. ¿Cómo te llevás con esa oscuridad al escribir? ¿Es un lugar al que buscás ir o es algo que emerge?

No es algo que busco a priori. De hecho, no sé si los definiría como personajes oscuros, pero sí me interesa ir escarbando a medida que escribo, encontrando la voz, el modo, el tono: de qué manera hablan y sienten esas mujeres. Casi siempre escribo desde narradoras mujeres, pero no es algo que busco de antemano, sino que va apareciendo mientras estoy en el acto de escribir. Tampoco pienso en tramas o en estructuras; voy avanzando frase a frase, como quien agarra un pedazo de arcilla y va viendo qué aparece. Después, cuando tengo una primera versión, me pongo a corregir y a hacerle preguntas al texto: ¿quiénes son? ¿Qué hacen? ¿Por qué? Entender en una segunda capa. Pero no es algo que busque a priori.

No lo buscás, pero ¿creés que hay algo de esa oscuridad que sí te representa?

Sí, creo que hay algo de buscar extremos, de tensar los límites y las posibilidades de esos personajes, de hacerlos jugar con ciertos bordes. Tal vez a eso se refiera lo oscuro: cierto borde, cierto límite del que están todo el tiempo por caerse y no se llegan a caer, pero casi. Y algo también de lo que no se puede definir. Lo oscuro en ese sentido: un misterio o una pulsión que no es tan clara, que no se puede explicar racionalmente, que tiene más que ver con una intuición que con otra cosa.

Eso está en esos personajes, en esas mujeres de las que escribís. Pero ¿creés que también es una búsqueda tuya como escritora, jugar con los bordes?

Sí. Me interesa esto que te digo: exagerar todo. Cuando exagero encuentro verdades al escribir. Y también es una manera de arriesgar en la escritura, de no quedarse en el lugar más conocido, sino empezar a escribir y arriesgar a ver adónde me lleva la palabra y adónde me llevan ellas. Jugar con los bordes, con los límites. El límite entre la cordura y la locura es algo que aparece siempre. El límite entre lo humano y lo animal en Casi perra. El límite entre la libertad y el desvarío, el andar perdida, que pasa un poco en la última novela: todo el tiempo ese borde medio difuso. Me interesa todo lo que no es una definición ni una certeza cuando escribo.

Creo que eso se conecta también con los límites del lenguaje, algo que trabajaste mucho en Se dice así, donde para el personaje la palabra y el lenguaje son un tema en sí mismos, además de todo lo que está viviendo. Traigo un fragmento que me gustó del libro: “Escribir también es traducir. Todo lo que digo acá es de alguna manera una traición a la experiencia. Es un invento y es una verdad.” ¿Qué te habilitó escribir sobre esos límites de manera tan explícita en la novela?

Esta novela en particular tiene un tono que por momentos va hacia el ensayo, como en lo que leíste. Es una novela de mucha pregunta, y si bien está muy presente el cuerpo, también lo están la reflexión, la filosofía y la idea de la traducción: ¿qué es escribir? Es traducir de alguna manera todo el tiempo. Estás intentando traducir una experiencia que nunca vas a poder traducir del todo, pero es como bordear la emoción y tratar de acercarse mediante la palabra lo máximo posible. Lo que plantea el libro es que nunca se llega a traducir, pero en ese juego y en esa búsqueda están los descubrimientos.

Estuvimos hablando de las novelas, pero también escribís poesía. ¿Es el mismo proceso, o algo distinto entra en juego cuando se trata del poema?

Creo que es muy distinto el trabajo. Yo siento que casi siempre escribo narrativa; la poesía me parece el hueso de toda la literatura y es algo que leo muchísimo, cada vez más poesía que narrativa, de hecho. Y por eso creo también que mi narrativa está muy, entre comillas, contaminada de prosa poética: aunque sea una novela, hay mucho que se parece más a la poesía que a una construcción narrativa. No se puede separar la forma del contenido, y el trabajo con el lenguaje es para mí clave. Me importa más ese trabajo que el cuentito que se cuente, lo que pasa. La trama en sí nunca me interesa, aunque siempre existe porque es una manera de sostener el eje, la columna vertebral. Lo que me importa es lo que va apareciendo por los costados, que tiene más que ver con la poesía. Siento que la narrativa es una búsqueda que requiere cierto pensamiento; la poesía también, pero la siento más ligada a la intuición, a un destello que aparece de vez en cuando. La narrativa lleva más tiempo: es como habitar una especie de doble vida durante años, estás escribiendo una novela y a la vez viviendo esa vida paralela. El poema es como sumergirse y salir. Algo así.

Me quedo pensando en eso de la doble vida, en la escritura como un cuerpo paralelo que uno habita. Y hablando de cuerpos: en tu obra hay algo que me aparece una y otra vez, y es el deseo. Mujeres deseantes. Un deseo casi inmanejable, en Valdío, en Casi perra, en Se dice así. ¿Identificación, distancia? ¿O el deseo es, ante todo, una manera de correr a esas mujeres del lugar en que deberían estar?

Sí, el deseo como motor de la acción en el relato. Y también es una manera de correr la moral de la escritura: poner personajes que incomoden lo que se supone que debería ser una mujer, lo que se espera de una madre, de una abuela, como en Adentro tampoco hay luz. Poder correrse del estereotipo y ver ese cuerpo, entender a esa mujer particular. Esa es siempre mi búsqueda: ir de lo particular evitando lo general y el rol, sacar a la mujer del rol de mujer, de lo esperable y traer el cuerpo. El cuerpo me parece fundamental al momento de escribir. No puedo pensar personajes de manera abstracta: si no sé si es un cuerpo que está atravesando un terreno, un lugar, un espacio, no puedo escribir. Incluso los espacios donde suceden las cosas no son escenarios, son un personaje más. Y el tiempo también: no es lo mismo si esta novela transcurre en invierno; es el verano, y es ese verano, y ese cuerpo afectado por el calor. Así es la manera en que abordo la escritura.

Esa incomodidad, ese deseo que tensiona cierta moral, ¿contra qué discursos específicos lo sentís ubicado?

Y bueno, contra todo un poco. Me parece que la literatura tiene que ir contra este mundo del horror en el que estamos, o no contra todo, pero por lo menos contra algo. Tampoco es que me siento a escribir y digo “hoy voy a escribir contra este sistema”. Pero sí: la literatura es una manera de generar pregunta, de hurgar en ese discurso que parece tan dado, y poder abrir algún otro horizonte, aunque sea chiquito. Una posibilidad de algo diferente.

Esta entrevista se realiza en el marco de un ciclo que lleva el nombre de un verso de Gelman (Las raras circunstancias). Cuando el diálogo se abre al público del Ciclo, ocurre un desplazamiento donde ya no es solo una voz la que pregunta. La curiosidad que entra es sobre el proceso, sobre el adentro del trabajo.

¿Por qué escribís?

Uy, qué pregunta. No es una decisión, o es una decisión y a la vez no: creo que no podría no escribir. De hecho, escribo mucho y todo el tiempo; ya es mi forma de vivir y de entender el mundo. Cuando no escribo me pongo muy mal, así que más vale que siga. Necesito escribir para entenderme y para entender el mundo, aunque casi nunca lo logre. Igual es el ejercicio de la búsqueda. Y escribo también, creo, por lo que dice Marguerite Duras sobre el silencio: encontrar un espacio de silencio. En este mundo tan lleno de ruido, de estruendo y de velocidad, la escritura es lo único que me hace sentir otro tiempo, fuera del tiempo. Cierta verdad, de alguna manera. Y también porque la paso bien escribiendo.

¿Cómo elegís lo que va de lo que no va?

Gracias al periodismo no tengo esa cosa solemne de pensar que si publico un libro tiene que ser genial y único y maravilloso. Siento que publicaría todo lo que escribo sin problema. No porque crea que todo está buenísimo, sino porque creo que todo es parte de un ensayo y error, de una misma búsqueda. A veces me acerco más, a veces menos, a veces me desvío, pero forma parte de la misma cosa. Está bueno también quitarle el peso al libro y pensar la escritura como un ejercicio, como un ensayo, algo más efímero, aunque la palabra escrita tenga un peso. La sigo pensando como un movimiento y no como algo estático. Después, igual, hay cosas que no van a ningún lado: veo en el camino que algo se empieza a pinchar y lo abandono, y en general lo que abandono no vuelve. A diferencia de muchas otras personas con las que hablé, que me dicen que guardan todo y siempre lo usan después. A veces también me doy cuenta de que no estoy siendo muy honesta, o que hay algo artificial, y me enojo y lo abandono. Es muy intuitivo. No podría explicar por qué algo sigue y otra cosa no: lo percibo mientras lo estoy haciendo.

¿Necesitás que salga de un tirón?

Casi perra es un librito chiquito y me llevó cinco años, así que de un tirón no fue. En general escribo corrigiendo el mismo párrafo mientras avanzo, no tanto de corrido. Cuando termino todo, vuelvo a leerlo y ahí veo los huecos, lo que falta. Con el último libro me pasó que hice una primera versión muy rápida y después me di cuenta de que le faltaba mucha estructura, y me puse a trabajar eso. Pero en el momento en que escribo hay una suerte de urgencia, o más que urgencia una necesidad: no es algo que planeo, es como “necesito escribir esto”. Y creo mucho en los libros que son necesarios, no tanto en los que son una decisión, sino en los que nacen de una necesidad de estar escribiendo lo que uno está escribiendo para entender algo de un tema que te genera ilusión, desilusión, incomodidad. Ahora estoy escribiendo sobre las casas, por ejemplo, y voy leyendo cosas, poniéndome en diálogo con el mundo desde ese tema.

Fragmento de Adentro tampoco hay luz (Tusquets, 2017)

La abuela me pidió que sacara las frutas maduras. Hoy es su cumpleaños y quiere regalarse una torta. Sabe que si no la hace ella nadie va a hacer nada. Mamá está masajeando los pies del novio mientras él reza y canta en ese idioma que no entiendo. Me dijo en secreto que está a punto de ser un iniciado y que yo debería aprender sus técnicas si no quiero terminar gorda y tacaña igual que la abuela.

El árbol de pomelos está lleno de mundos amarillos. Nunca había visto frutas de ese tamaño, son casi como mi cabeza. Arranco uno y lo aprieto hasta agujerearlo. El jugo se desparrama por mi mano y me chupo los dedos. Es agrio pero me gusta. Me invade la nariz de un perfume cítrico y potente. Vuelvo a apretar y el mundo se quiebra en mi mano por segunda vez. Muerdo un pedazo, mi boca se despierta. Devoro la pulpa, la absorbo y mastico dejando que el líquido forme un río entre mis labios y mi cuello.

Cuando no queda nada, separo la cáscara en dos mitades y me hundo en una de ellas, la aplasto contra mí como si fuera un antifaz que pudiera pegarse a mi piel y hacerme otra. Desaparezco en la textura fría y húmeda del pomelo. Te vas a quedar ciega, nena, grita la abuela. Me desprende de mi nuevo pellejo y me empuja a la tierra. Al final en esta casa no se puede pedir nada, dice y corta dos ramas que desbordan de frutas en equilibrio. Se aleja balneándolas mientras yo me limpio las manos con el pasto todavía mojado por el rocío.

La vecina llegó a las cuatro de la tarde. Tenía un vestido a cuadros y un par de zapatos nuevos. Venía caminando desde su casa con un chancho gigante que arrastraba por el medio de la calle de tierra. Me dio un beso con ruido y puso mis manos sobre el animal. Sostené a Flora, no la sueltes, dijo. Olía a colonia, la misma que usa mi prima para perfumarse después de un baño de inmersión. La chancha tenía la piel cubierta de pelos que apenas se veían. Pensé en subirme al lomo y dar un paseo por el campo, pero no quise parecer una nena y me quedé quieta esperando sus indicaciones. La mujer se soltó el rodete y ato la cinta roja al cuello de la chancha. Ahora sí, tu abuelita va a estar feliz, dijo. Le faltaban algunos dientes pero tenía la sonrisa de una chica joven y hermosa como mi prima. Le apreté la mano y fuimos juntas a la cocina.

La abuela estaba sentada frente a la torta recién salida del horno. Feliz cumpleaños, querida, mirá lo que te traje. Está preñada y las crías son todas tuyas, para que no pases carencias, con uno solito que me engordes está bien, le dijo y le entregó a la chancha de moño rojo. A la abuela se le llenaron los ojos de hambre. Abrazó a la amiga como nunca vi abrazar a nadie. Vos sí que sos familia, tendrías que dejar al borracho de tu esposo y venirte a vivir acá, le dijo y las dos se rieron como si fuera un chiste. A la Flora me la traes de vuelta, que ella no sirve para puchero, dijo la vecina dándole a la chancha un golpecito en la panza. El animal nos miraba con los ojos muy abiertos y movía la boca de un lado al otro, creo que intentaba decir algo.

Mientras la torta se enfriaba, la vecina maquilló a la abuela. Dijo que había que arrancar el año a todo trapo y que si la vejez llegaba, mejor que no se notara. Le puso una capa de polvo marrón sobre las grietas de los cachetes, lápiz de labio rojo en la boca y pintura verde en los párpados. La abuela me besó con un entusiasmo exagerado y me dejó la frente tatuada. Así quiero que aprendas a pintarme cuando esté en el cajón, mamita, dijo y me mandó a buscar una vela para los deseos.

Mi prima se había levantado y se paseaba en camisón mostrándole el culo a la chancha. Mamá prendía la salamandra y el novio se pasaba la lengua por los labios como un perro con sed. Te vas a paspar nene, le dijo la vecina. Él le clavó la mirada en el hueco de los dientes y dio un salto del sillón a la mesa. Nos sentamos alrededor de la abuela y cantamos el feliz cumpleaños. La vecina gritaba bravo y tiraba gotas de vino al aire, alegría, alegría.

Después de los aplausos, mamá sirvió la torta. Le dio un mordisco y puso cara de asco. ¿Es de pomelo?, preguntó. La abuela agarró el cuchillo y tiró la porción de mamá al piso. La chancha se la comió en un segundo. Al que no le guste que no coma, dijo mientras abría otra botella de vino. Viejita linda, no te me enojes, respondió mamá apoyando la mano sobre el hombro de la abuela. Viejos son los trapos, nena.

El novio masticaba en cámara lenta y enumeraba los ingredientes con los ojos cerrados. Pomelo, manteca, azúcar, decía y largaba sonidos de placer. Mi prima no la probó. Le miraba la nuca al novio de mamá y se mordía los labios. La abuela pegó una patada por debajo de la mesa que hizo temblar mi taza de mate cocido. Le dijo a la amiga que estaba cansada de la atrevida y señaló a mi prima. La vecina prendió un cigarrillo y dijo que tenía que hacer mandados. Se fue sin saludar. La abuela se levantó de la mesa y se puso a tararear una canción. Bailó alrededor de la chancha y la bautizó volcándole vino sobre una oreja. Sos mi promesa, le dijo y siguió bailando hasta que la chancha lanzó un excremento líquido sobre la alfombra. La sacó afuera de un escobillazo y se fue a seguir su fiesta a la cocina. Acá son todos una manga de amargos, pero a mí no me van a arruinar el cumpleaños. ¡A mi salud!, gritó. Le dije feliz cumpleaños y me senté en el piso. Junté todas las migas hasta formar una bola de masa sucia. Mi prima jugaba con los pies desnudos del novio de mamá. Él seguía con los ojos cerrados, no se daba cuenta de nada.

 

 

Leila Sucari (Buenos Aires, Argentina, 1987) estudió artes visuales, periodismo y filosofía. En 2016 su novela Adentro tampoco hay luz ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes, por lo que en 2017 fue publicada por la editorial Tusquets y en 2019 por la editorial Planeta España. Ese mismo año publicó su segunda novela, Fugaz. En 2020 publicó el libro de poemas Baldío, en 2021 las crónicas Te hablaría del viento y, en 2022, el libro de poesía visual Caballos de mar. En 2023 publicó la novela Casi perra. Su libro ¿Se dice así? obtuvo el Premio María Elena Walsh-Sara Facio y fue publicado en 2025. Dicta talleres de narrativa, es editora freelance y escribe para La Agenda y otros medios.

 

Iael Spatola (Buenos Aires, 1994) es licenciada en Sociología (UBA), diplomada en Medios y Redes (UNSAM) y becaria doctoral en Ciencias Sociales (UBA). En 2024 publicó su libro de poesía Mi punto de sutura. Participó de antologías y publicaciones en revistas literarias. Integra el espacio Juan L. Ortiz del Centro Cultural de la Cooperación.

Sabias, santas, rebeldes

Sabias, santas, rebeldes

Fragmentos de la novela histórica de Paula Winkler editada por Diotima

 

“Amanece sin metáforas. Murió mi hermana, la mataron. Era monja. Siento un vacío irresoluto y culpa, mucha culpa. Ignoro si mis padres hubieran podido tolerar la noticia. Mamá había sospechado algo en vida: andaba muy inquieta últimamente. Por eso, para olvidarse del presagio, debe de haber organizado aquel viaje al Polo Norte… Sobre todo al enviudar y tener más tiempo para sí misma, habrá querido conocer otros mundos, presenciar la aurora boreal en Noruega; descubrir la última región del “Estado de bienestar” de la que hablaba tanto mi padre. Nuestra madre era intuitiva, a mí me costaba reconocerlo, ahora me doy cuenta. Sus sueños extraños, sus avisos un poco irracionales, en fin, nunca pensé que se iba a cumplir la profecía: algo fatal le ocurriría a su otra hija.

Voy a escribir como modo de organizar estos duelos. Tan cercanos entre sí (primero papá, luego mamá y ahora ella), se me quitaron las ganas de socializar. Continuaré igual mis clases, y mi próximo libro va a tratar decididamente sobre aquellos parajes, que serán a partir  de ahora mis universos posibles, y lo que  narre, un grito desesperado. Ojalá los hechos, las acciones y los personajes me despabilen  y vuelva a ser yo, no un ánima en pena sumida en la bronca debido al asesinato de su hermana.

Recuerdo que durante meses, incluso cuando aún vivía ella, yo había estado buscando, no sé el porqué, personajes reales de Escandinavia. Y mamá regresó tan contenta de su viaje, que se transformó de súbito en mi musa con sus relatos interminables. Vaya a saberse si me limitaré a contar sobre los nórdicos. De momento releo, abrevio, escribo y corrijo. 

Anochece, no quiero asomarme al balcón para contemplar un cielo traidor. Sí, revisar textos, objetos y cosas viejas, protegida en mi cuarto; leer libros y cartas salvados de la gula del tiempo, que todo lo destruye, lo bueno y lo malo… Y como si mamá estuviera orientando desde su más allá mi más acá, al extraer de la antigua biblioteca un poemario para hojear y diferir mi impresión por el asesinato del que me acabo de enterar, se me viene encima una caja deslucida. Huele a alcanfor. Desperdigadas en el piso, hay postales y fotografías. En una, la escultura de una Santa, fotografiada por mamá en el Museo Histórico de Estocolmo confirma a mi protagonista… 

En la Suecia del Siglo XIV, una mujer llamada Birgitta Birgersdotter – conocida hoy como Santa Brígida de Suecia -, emparentada con la Casa Real, esposa de un señor feudal de la época, renuncia a casi todas sus riquezas cuando él muere en Östergötland y se convierte en una de las teólogas más relevantes del medioevo escandinavo. Aún no ha sido inventada la imprenta pero sabemos de sus textos a través de la Iglesia y de sus manuscritos en latín. Brígida funda en el periplo de su vida la Orden del Santísimo Salvador, aún vigente, según las siete reglas de San Agustín y es canonizada en 1391 entre polémicas. La declaran Patrona de Europa en 1999, compartiendo el patronazgo con Santa Catalina de Siena, la monja italiana, y Santa Teresa Benedicta de la Cruz, la carmelita descalza alemana y conversa. Se dice que también protege a las viudas. Católica, venerada por la Iglesia Anglicana y la Protestante, en Escandinavia la adoran hasta los laicos.

De niña, quizá por sus ancestros y de adolescente, porque formaba parte de la Corte asistiendo como dama de honor a la Reina, fue forjándosele un carácter fuerte y antojadizo.

En el siglo XXI, me pregunto quién fue Heliga Birgitta av Sverige. ¿Padeció de un delirio místico o tuvo revelaciones divinas? ¿Fue humilde o soberbia en su afán de conocimiento durante un tiempo en que pocas mujeres podían acceder al mismo? Birgitta se distinguió de las demás de su clase porque no se conformó con su vida de privilegios. Llegó a dudar del canon: la mayoría en el Siglo XIV, excepto la aristocracia, no hablaba latín. Y la lengua sueca se construyó autónoma recién hacia finales de Siglo, después de que ella falleciera. La inquietud y  la curiosidad fueron sus brújulas.

Las guerreras vikingas defendieron durante el siglo X sus territorios y a la par del hombre, se animaron a conquistar el mar. Brígida debía de conocer estos hechos, habrá sabido de Birka de la isla de Björkö. Invasiones y aventuras, pero también pestes y hambrunas que azotaban al pueblo…

Acaso la existencia de las beguinas, ya hechas conocer en el Siglo XI y de las que me habló mi hermana (algunas desafortunadas, ejecutadas en la horca o condenadas a la hoguera); los mitos y las sagas nórdicas y los Varegos – vikingos terrestres que marchaban hacia el Este, intentando conquistar parte de la Rusia actual -; la doliente viudez de doña Brígida, todo ello pudo haber hecho de la teóloga una persona decidida e influyente en la Iglesia.

Santa Brígida (¿y las beguinas?)… un diálogo entre el siglo XIV y el XXI. ¿Cómo lo armo? Por de pronto, voy a continuar investigando y escribiendo sin exagerar mi imaginación pero tampoco sin apegarme con obsesión a los hilos de  la Historia. Voy a narrar en homenaje a mamá, recreando aquel viaje que hizo por Escandinavia después de fallecido mi padre. También lo haré en su memoria y en la de mi hermana. (Y Dios debe estar presente.)”

“Medianoche sin luna. El viejo bebe de su petaca. No es cerveza; tampoco, agua. Ladridos cada vez más cercanos anuncian en la madrugada a unos cuantos señores con su séquito que vienen a caballo para cazar zorros, comadrejas, jabalíes. Rápido, Vallen y Milea se ocultan, el viejo ronca. Casi no respiran entre árboles frondosos. Milea estornuda y teme a los cazadores, que se alejan a los gritos y a todo galope. Salvaron el pellejo. Dios: esto… Pájaros trinan y despiertan al conductor. Hasta él se encuentra de mejor humor. Los viajeros continúan hacia Brujas. Una felicidad repentina y sencilla por fin los conduce hacia la ciudad de los puentes. ¿Cuántos años hace que enviudó Milea? No lleva la cuenta, pero si no fuera por Mercy, ella habría quedado atrapada en la tristeza. Le propuso asociarse en Lieja. Empezaron pocas beguinas, se fueron sumando otras. Y hoy son reconocidas tanto como las de Brujas y Bruselas, Amberes y Gante. Y Milea recobró el sentido de su vida.

Vallen se pregunta a menudo qué será ser mujer. Ha compartido reflexiones con sus jóvenes compañeras. La avergüenza su escasa experiencia y gustar de sí misma. Qué puede saber ella de su cuerpo deseante. Su papá murió tosiendo sangre durante la labranza, y su madre, internada desde joven en un hospicio para locos, solo le hablaba del aire, a veces de las mariposas y de los peces en el agua. Recuerda aquella tarde de verano agresiva cuando todo florece y se colma de expectativas. Fue a caminar. En Amberes había ríos y alcantarillas, prosperidad… Y se rumoreaba acerca de pasajes subterráneos en los que ella quería hundirse. Había quedado huérfana de padre y con una mamá que creía en semidioses y en el demonio, que gritaba y sollozaba a la vez, daban ganas de enterrarse viva… No lo hizo.

Caballos cansados, conductor insistente. Sólo falta un día para arribar a Brujas. Por barco, el Nordzee los habría expuesto a descalabros y tormentas que se multiplican desde el noroeste, según les informó Mercy. Y quizá ellas no existirían ahora. El mar es para valientes, no para mujeres de la caridad: el viejo, como los demás, están convencidos de que son unas místicas zonzas. Vallen se indigna, Milea no interviene. De momento, deben dedicarse a sus compañeras de Brujas y a obtener subsidios”.

Paula Winkler (Buenos Aires, 1951) es jurista, doctora en Derecho por la UBA y magíster en Ciencias de la Comunicación. Narradora y ensayista, publicó cuentos, novelas y ensayos, entre los que se destacan El marido americano (Simurg, 2012), Viaje a Escandinavia (Vinciguerra, 2020), Sabias, santas, rebeldes (Diotima, 2024) y Un giro hacia la sensatez. Apuntes para una buena (con)vivencia (2026).

Kaddish para los cien años de Allen Ginsberg

Kaddish para los cien años de Allen Ginsberg

Un ensayo del escritor guatemalteco Javier Payeras

 

Nunca estuve en Newark, Nueva Jersey. En realidad, Newark es un lugar que sólo significa una cosa para mí, es la ciudad que Allen Gisberg menciona casi en todos sus libros. El 3 de junio de 1926, justo hace un siglo, nace en Newark el poeta que caló más hondo en la lírica de la contracultura: desde el fanzine hasta la canción urbana, desde el grafiti hasta el rock, desde el videoarte hasta los experimentos sonoros de los últimos cincuenta años. 

Ginsberg fue acaso el único conectivo que unió a la generación Beat. Todos coincidieron, pero sus estilos e ideas acerca de la literatura fueron completamente distintos. El joven Allen asiste a la Universidad de Columbia, allí conoce a Jack Kerouac y a William S. Burroughs. Fueron compañeros del viaje literario más sagrado que pudieron crear los estadounidenses, esa Norteamérica que vive el soma de la propaganda, esa Norteamérica que dice tener el ejército más poderoso de la galaxia, esa Norteamérica que nos proveyó la comida chatarra pero también Del soul, el blues, el jazz y rocanrol, esa Norteamérica de grandes bibliotecas y de masas ignaras que repudian a los misántropos, a los migrantes, a los vecinos cercanos o lejanos. Entonces allí, en esa Norteamérica surge esta generación desconcertante. El alcohol, la heroína, los hospitales psiquiátricos y la miseria les dio el aura maldita con la que lidiaron toda su vida. Pero cada uno llevaba su viaje y cada uno hace de su literatura un camino diferente. Kerouac pasa del relato de pulsión surrealista al haikú; Burroughs se adentra en el viaje profético más delirante de la lengua inglesa y en su camino decide viajar buscando sectas, sustancias, mensajes cifrados o infiernos; Ginsberg se acerca más que ningún otro poeta al espíritu más puro, Walt Whitman, que nunca quiso ser un profesional de la poesía sino un caminante, donde los ojos son soles y el sol es solo un ojo eterno, así entre la Kabala y la meditación puede abrirse a la expansión del poema captando absolutamente todo:

¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa!¡La nariz es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo son santos!

¡Todo es santo! ¡Todos son santos! ¡Todos los lugares son santos! ¡Todo día está en la eternidad! ¡Todo hombre es un ángel!

¡La máquina de escribir es santa, el poema es santo, la voz es santa, los oyentes son santos, el éxtasis es santo!

Allen Gisberg es uno por su poema “Howl”, que fue funado y cancelado por la moral dominante de aquel entonces y fue llevado a juicio, aunque tuviera dentro un hermoso prólogo de William Carlos Williams. La sinceridad siempre es obscena en la literatura y las explícita homosexualidad era fácilmente llevada a los tribunales, pensemos en el eterno retorno del puritanismo estadounidense que pasó de cazar brujas, a cazar comunistas, a cazar homosexuales, a cazar todo lo que piense distinto y sea políticamente incorrecto dentro de los valores de turno… hoy estos gestos que se persiguieron se celebran, pero dentro del mismo puritanismo que un día los persiguió… nada cambia. El aullido de Ginsberg es la dolorosa huella del final de la juventud, cuando caen los treinta años, y los amigos muertos, y los amigos que perdieron todo, y los amigos que se quedaron en el viaje, y los amigos desempleados y los amigos que se hicieron cuadros del sistema:

He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles Mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.

Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.

Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.

Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.

Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.

Howl forma parte ahora de un canon, la ilusión de ser joven: desde Los perros románticos de Roberto Bolaño hasta Soledadbrother del autor de estas líneas, somos herederos de esa fotografía que va perdiéndose dentro de nuestra mente. 

En Ginsberg hay un núcleo de dolor, Naomi Ginsberg, su madre, muere en 1956 causándole una pena enorme al poeta, que ve en ella su propio reflejo. El deterioro de aquella mujer que alternaba la reclusión en hospitales psiquiátricos con episodios de delirio político trotskista fue algo que se transformó acaso en su libro más hermoso, Kaddish, la oración hebrea de los espejos cubiertos por el duelo y el consuelo del hijo que se resguarda en su propia oscuridad. 

¡Bendita seas Naomi en lágrimas! ¡Bendita seas Naomi en temores! ¡Bendita Bendita Bendita en enfermedad!

¡Bendita seas Naomi en los Hospitales! ¡Bendita seas Naomi en la soledad! ¡Bendito sea tu triunfo! ¡Benditas sean tus rejas! ¡Benditos sean tus últimos años de soledad!

¡Bendito sea tu fallo! ¡Bendito sea tu Derrame! ¡Bendita sea la clausura de tus ojos! ¡Bendito sea lo demacrado de tu mejilla! ¡Bendito sea lo marchito de tus muslos!

¡Bendita seas Tú Naomi en la Muerte! ¡Bendita sea la Muerte! ¡Bendita sea la Muerte!

¡Bendito sea Él que conduce toda pena hacia el Cielo! ¡Bendito sea Él en el fin! 

¡Bendito sea Él que construye el Cielo en las Tinieblas! ¡Bendito Bendito Bendito sea Él! ¡Bendito sea Él! ¡Bendita sea la Muerte en Todos nosotros!

En 1960 el poeta se vuelve un peregrino, busca respuestas en el socialismo, pero tanto en Polonia donde fue vedado como en Cuba donde fue expulsado por criticar la política homófoba de Fidel Castro, hizo que reafirmara su posición de que no hay espacio en la política para el poeta. El único puente entre el arte y la vida es la transgresión de la forma, es decir, el poema. Lamentablemente son tiempos donde el puente lo ocupa la política y el activismo oportunista… algo muy lejano a la visión trascendente más allá del propio cuerpo que únicamente es el medio para el mensaje. 

El 5 de abril de 1997, escribiendo y haciendo meditación en el hospital, murió Allen Ginsberg víctima de una cirrosis hepática, la huella corporal de sus excesos con la bebida. Su obra es una constelación de poemas, ensayos, cartas y grabaciones. Su obra espontánea y total se ha trasladado a ediciones en decenas de idiomas y ha sido reverenciado tanto por músicos populares como Bob Dylan, Jim Morrison o Patti Smith, hasta movimientos por los derechos civiles. Querido Allen Ginsberg, no te olvides de nosotros que vivimos tiempos malos, que tu espíritu siempre tenga el mismo resplandor que tuvo aquella lejana mañana de sábado de 1990 cuando te leí por primera vez en Antigua Guatemala y lloré y me quedé con el alma en un hilo y decidí… y me decidí por el camino del poeta.

Guadalajara, Cerrito del Carmen, mayo de 2026

 

Javier Payeras (Guatemala, 1974). Escritor y artista visual. Ha publicado Todo viaje empieza su final (2026), Primera versión de la luz: poesía 2000-2025 (2025), Biografía de la imaginación (ensayo, 2022), La región más invisible (ensayos, 2017), Guatemala City (novela, 2014).

Pájaro nacar

Pájaro nacar

Poemas del último libro de María Belén Corso, publicado por El elefante negro

 

Vigilia

La gente está ocupada

la muerte no debe tocar su puerta.

Aguardo en silencio que una luz de media luna

casque los miedos.

 

Acá muero con el jardín todos los días

 

titubea el abejorro

en acercarse o no,

oprime su armadura

la vergüenza de hallarse, otra vez

envuelto en pétalo rojo

pétalo que caída la tarde,

coloreado de bordó

besa las pestañas y

obnubila cualquier desazón.

 

¿Acaso permite la noche abandonar al amante?

 

Yo no le permito a la noche

me paro en el último tirante

y estiro el brazo entre la reja abierta.

Cumplo la promesa tumbo a la muerte

me acuesto con un tigre,

sin saber quién es.

 

Imperio

 

Construí un imperio

donde moscas insomnes

llegan a la noche

a que les caliente el hastío

 

no me reconozco, voy

de charco en charco fabricando placer

como quien inventa placer

con aire y vacío.

 

El amor es un robo

 

Me robaron una, dos

tres, diecisiete veces

yo también robé

 

metí la mano

cerré los ojos

y salí corriendo.

 

Ya no soy tan dulce

una noche apareció el toro,

fue el peor de los robos.

 

Mi ternura empezó a ennegrecer

 

y quedamos así

una con la otra en la habitación

sin puerta sin saber.

 

La claridad llegó en un sueño y subí

parecía otro animal

pero fue dragón.

 

Acá estoy,

abierta de piernas sobre la fantasía

que también me robó.

 

Incertidumbre

 

No podría anunciarnos

como se anuncian las estaciones

decir solsticio y dar con la fecha

 

es difícil convivir con las horas

atravesar la noche

sin perturbar el cauce natural de las cosas

 

como dejar dormir a los insectos

que repose el pétalo nocturno

el chirrido de los pájaros no sonámbulos

 

descansar la arcilla

remojar, una y otra vez

las mismas migas de esperanza.

 

Recordatorio

 

Cuando las pajaritas despiertan

preciso es comprender

que en el amor

una hace el bien

y si esto no ocurriese

preciso es aceptar la pausa y

escuchar, claro

una no es adivina

de las cosas que hace mal.

María Belén Corso​​ (Buenos Aires, 1993)​​ es Licenciada en Artes Visuales y Especialista en Lenguajes Artísticos Combinados por la Universidad Nacional de las Artes, a su vez, se desempeña como docente de Lenguaje Visual en la misma institución. Coordina el Ciclo de Letras de la Universidad Nacional de La Matanza, donde dicta clases de narración oral para personas mayores. Publicó Pétalo Nocturno (Alción, 2020), Desperté y fue verano (Gerania, 2023) y Pájaro nácar (El Elefante Negro). Forma parte de antologías de México, Argentina, España y Estados Unidos. Participó de festivales internacionales de poesía en Argentina, Bolivia y Colombia. En 2019 recibió la beca creación del Fondo Nacional de Las Artes y en 2021 ganó el Premio Libro de Artista del Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori. Desde el 2022 lleva adelante, junto a Facundo Medina Carabajal, el proyecto de arte gráfico y plantas nativas “Todo paisaje es cultural”. 

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