Cosas que pierdo con los días

Cosas que pierdo con los días

Poemas de Valeria De Vito, de su libro editado por Trapezoide

 

Maravilla

 

Hoy lunes

a esta hora

de la tarde

donde no se escucha más

que un colectivo que pasa

lejano

este poema

aparece

y se ilumina la ventana

con la luz que entra

a morir en el sillón

de cada palabra

el día se ahoga

y en contraste

los colores cambian

igual que la maravilla

sombría de las cosas.

 

Invierno

 

Esa luz

que hace un puente

entre nosotros

es fuerza que rompe sombras.

 

Somos rayos de velocidad

que fugan del corazón

la oscuridad

de una vieja herida.

 

Formas

 

Puedo ser calma.

Puedo estar quieta.

Puedo ser fogarada

                               o río.

 

Correr hasta morir en una palabra

transitar la espuma.

Ser el retoño de una semilla

secarme y volver a intentarlo.

 

Máscaras

 

Cae la luz de la tarde

cerramos las ventanas.

Todo lo que escondemos

revela lo que falta.

 

Lo que sobra

es la secuencia del choque

los ojos rojos

las tostadas quemadas

los cigarrillos baratos, la fe.

 

Tenemos la certeza

de nuestros cuerpos

reímos, hasta

que nos duele la panza.

 

Igual que los pájaros

huimos a la velocidad de lo efímero.

 

Valeria De Vito nació en diciembre de 1977. Publicó los libros de poesía: Colección de fantasmas; Un ramillete de rocío; Clown; Cosas que pierdo con los días y el fanzine HAMBRE. Es creadora del taller literario El paisaje que habito, el cual imparte desde 2010. Dirigió el sello editorial independiente El ojo del mármol de 2013 a 2019. Participó como editora y poeta en la antología Martes Verde (2018, Poetas por el aborto legal, seguro y gratuito). Poemas suyos fueron publicados en las antologías: Otros colores para nostras (Argentina) y Caledoiscopio (España). Como gestora cultural organizó ciclos de lectura y entrevista a escritorxs. Fundó junto a Andrea Donnini el ciclo Las invitadas. Es profesora de Castellano, Literatura y Latín. Enseña Literatura, hace fotos y le encanta cocinar para sus amigues.

Doce rounds

Doce rounds

 

Tres poemas inéditos de Lucía Gagliardini

 

boxear es verla venir

escribir ciencia ficción es ver otra cosa

escribir poesía es ver diferente

boxear es ver el hueco

escribir ficción es ver la grieta

escribir poesía es ver el pliegue

boxear es cuidar el ojo

escribir ficción es ser visionario

escribir poesía es ser oráculo

boxear es evitar la ceguera

escribir ficción es hacer del ojo un portal

escribir poesía es ver en algo diminuto

algo más diminuto todavía

boxear es ver con los ojos hinchados

escribir ficción es ver con la mente

escribir poesía es ver con el oído

 

en todos los casos si dejás de ver

quedás knockout

 

primer round – un lunar azul

 

me gustaría saber cuánta gente dijo: este mundo me aburre

cuánta dijo…

 

decidí inventar un sugus de ananá

sí, que te haga un lunar azul,

si dijiste la frase: este mundo me aburre

 

lo comés, se te hace un lunar,

a la altura de la boca,

como el de Marilyn

 

sin cintura, ni pelo rubio

ni fama, solo un lunar,

 

esa comunidad creció,

pero ese no fue el problema

no hubo problema

hubo hechos

mirá el cielo una noche muy oscura, 

¿cuántas estrellas ves?

¿tantas?

así de personas con lunares

 

del lunar crecieron seres

seres tremendamente divertidos

pero caníbales

que hicieron reír muchísimo a sus portadores

y después se los comieron

decían que comerlos antes era indigesto,

 

no, no los criaban ni nada,

eran libres, sólo que se divertían

hasta llegar al punto óptimo de felicidad sostenida,

y ahí se los comían

 

muerte, sí, podrían llamarse Muerte,

los seres que nacieron de los lunares

surgidos del sugus de ananá

inventado para saber

quiénes dijeron: este mundo me aburre

 

les voy a contar sobre ellos, de su historia y de su fin,

claro que hay fin, en este poema no creemos en dios

 

segundo round – los seres más divertidos del mundo

 

tan abrumadores como el mar o el derrumbe de una montaña

los seres más divertidos del mundo y caníbales, además eran suicidas

pero no sólo en la práctica, también en la teoría, estudiaban a los suicidas, 

leían sus obras, escuchaban sus músicas, se tatuaban sus caras 

memorizaban sus versos, visitaban sus tumbas,

hacían reuniones para conversar sobre las distintas maneras de suicidarse

escribían, clasificaban, discutían, ejercían, enseñaban, enumeraban

 

una de ellas, TITILANTE, llevaba en su bolsillo un calendario de suicidas:

 

enero: 1855, Gérard de Nerval se ahorcó 

febrero: 1963, Sylvia Plath abrió la llave de gas de su cocina

marzo: 1941, Virgina Woolf decidió llenarse los bolsillos de piedras y tirarse al río Ouse

abril: 1930, Vladimir Mayakovsky jugó a la ruleta rusa, ganó dos veces pero perdió en la última

mayo: 194 a.C., Eratóstenes, director de la biblioteca de Alejandría, casi ciego, ante la imposibilidad de leer, decidió dejar de comer hasta la muerte

junio: año 68, Nerón huyó de Roma y decidió matarse con la ayuda su secretario Epafrodito que le clavó una daga en la garganta

julio: 1961, Ernest Hemingway a primera hora de la mañana se metió el cañón de su escopeta en la boca y apretó el gatillo

agosto: año 30 a.C., Cleopatra bebió una mezcla de venenos, un tóxico elixir que contenía cicuta, acónito y opio

septiembre: 2008, David Foster Wallace se ahorcó en su casa

octubre: 1938, Alfonsina Storni se arrojó desde un acantilado al mar cerca del Club Argentino de Mujeres en Mar del Plata

noviembre: 1970, Yukio Mishima, practicó el seppuku con la ayuda de miembros de la Tatenokai 

diciembre (vacante disponible)

 

pero no fue el suicidio lo que extinguió

a los seres más divertidos del mundo,

fue una flor,

llamada Bundicall,

existente en la imaginación de ciertos monos

cuando sueñan,

la Bundicall requiere de al menos

cien soñadores en simultáneo para juntar sus partes

y tomar cuerpo,

esto no pasa casi nunca,

pero los seres más divertidos del mundo

tienen monos que les hacen compañía,

y enseñan a andar de esas maneras tan monas

y a comer bananas,

y a despiojarse

 

una cierta noche de diciembre,

donde el calendario de suicidas siempre estaba vacío,

los monos soñaron,

soñaron primero un perfume tan intenso

que toda la comunidad de seres más divertidos del mundo

se sintió

embriagada,

tan intenso que no hubo otra opción 

que la materialización de aquello

que generaba ese perfume,

pero antes de los pétalos,

hubo una baba pegajosa y transparente

que empezó a correr por todos lados

y a agrupar en una especie de melaza 

a los seres más divertidos del mundo,

finalmente se formaron los pétalos,

cien pétalos violetas suaves como seda de un lado

pero del otro llenos de cerdas ácidas,

pétalos que envolvieron la melaza 

de los seres más divertidos del mundo,

y se los engulleron en un estertor

y sacudida y suave reverberación 

que despertó a los monos

pero ya era tarde

 

la reina mona tomó la flor violeta

y se la puso en el pelo

 

(tan pequeña y perfumada)

 

agarró un poco de polen y con uno de sus dedos

escribió en el calendario

en el espacio vacío del mes de diciembre

la palabra

FIN

 

Lucía Gagliardini (Buenos Aires, 1976) Poeta, artística plástica y docente. 

Escribe poesía y dibuja desde la niñez.  Tiene tres libros de poemas publicados, El camino de los elefantes (Nusud, 1997), A campo traviesa (Pánico el pánico, 2014) y La reina del desierto (Bajo la luna 2024). Y un libro todavía inédito: Doce rounds.

Se formó en escritura con Diana Bellessi.  Estudió Bellas Artes en la Prilidiano Pueyrredón.  Investiga y da talleres sobre los sentidos, atravesados por la literatura, las artes visuales y la filosofía. Este año se edita su libro de ensayos sobre este tema, Dejar que entren los pájaros por editorial Echinopsis. Directora y docente de la escuela Belgrano del Método DeRose desde el 2003.

 

Nuestro amor es un país

Nuestro amor es un país

Poemas de Manuel Geremías Marchioni Fasanini

 

De NUESTRO AMOR ES UN PAÍS (2024)

 

Los guardapolvos

jazmines

esconden

lácteos

pálidos de apresto

y velan

aplicados

de almidón y añil

los cuerpos prometidos

a la patria.

La patria

un sacrificio color cielo

que flamea

un sol de mayo

sube, sube,

sube bandera del amor

cima de

este patio junio

de silencios y derrotas

escondido debajo de la alfombra

yace Nuestra América.

Aquí están

tus soldados

Aurora

señorita francesa

boca rojo tabaco

manos piel reseca de tiza

de escritorios con manzanas

rojas

cayó

tu voz:

¿Prometen defenderla, respetarla y amarla, con fraterna tolerancia y respeto, estudiando con firme voluntad, comprometiéndose a ser ciudadanas y ciudadanos libres, justas y justos, aceptando solidariamente en sus diferencias a quienes pueblan nuestro suelo y transmitiendo, en todos y cada uno de nuestros actos, sus valores permanentes e irrenunciables?

¡Sí, prometo!

Al unísono,

dijimos.

 

Cincuenta disparos

Milagros

cincuenta balas

en el cuerpo

de la noticia

todas salieron

todas,

pero su piel está intacta.

El resultado de balística

es un negativo:

la estela de tu nombre

aleja la ausencia

reprime el dolor

justicia

que sólo a nosotros

nos condena.

de EN LA ESQUINA DE LA ESCUELA (2025)

 

11 S

Todos los once de setiembre

no vamo´ a trabajar

como un capricho de Rodolfo Zapata

como si el músico encontrase en su pregón 

una victoria contra la plusvalía 

y la opresión capitalista.

Cantamos

Lunes y es Día del Maestro

saludamo´ a Don Sarmiento y no vamo´ a trabajar

no vamo´ a trabajar

no vamo´ a trabajar

no vamo´ a trabajar

no vamo´ a trabajar.

Por un día somos decentes

y no nos despertamos cuando todavía 

los gestos de la mañana le pertenecen a la noche.

 

Tomamos mate en la cama

y recuperamos una novela que se nos quedó 

en la mesita de luz junto con los pendientes.

 

El pinchazo del segundo recreo

es el dolor de un miembro fantasma.

Un hormiguero nos crece en la oreja que espera el timbre

y a media mañana

aprovechamos para lavar 

nuestra ropa de fajina.

 

Tenemos las manos en fiesta de espuma,

zambullimos lo blanco, 

un fuentón de zinc alberga la solución

de agua, vinagre y bicarbonato 

de sodio y de pan 

de jabón una ofrenda

que las burbujas nos crezcan y se nos empañen los miedos

que todo sea algodón, etéreo, volátil 

y se nos impregne el juego 

mientras batimos el agua

y saco una manito, la hago bailar

la cierro, la abro y la vuelvo a guardar

saco otra manito, la hago bailar

la cierro, la abro y la vuelvo a guardar.

 

Nuestro lavadero es un quilombo de burbujas,

nos olvidamos dónde comienza la espuma

y termina la cara,

redescubrimos la suavidad de la tarea 

en la aridez de una agenda en blanco.

 

Salimos al patio y en una soga

saltamos cada prenda con un broche

ropa y estrella compiten por ver

quién se lleva todos los colores,

es un mediodía radiante

y nuestros trajes duermen al sol.

 

Palabras cruzadas sobre la reposera

vertical, 

seis letras,

sueño que se toma después de comer,

s

i

e

s

t

a

una Bic azul fragmenta el día

 

(…)

 

al despertar vamos al vivero 

vestidos de civiles a comprar unas plantas 

para embellecer el balcón

toda una hilera de pensamientos sobre 

el filo de la ventana de la cocina,

así se nos van los últimos mates

con la aspereza del algodón seco

mientras el sol cae entre los edificios.

 

Al otro día,

recibimos abrazos, 

decimos gracias

y comemos torta a escondidas 

en la sala de maestros.

Volvemos a casa con una confederación 

de bolsas y de tazas,

de papeles y dibujos;

de tanto leer y releer

comenzamos a sospechar

quizás era verdad 

eso de la ternura.

de SÓLO SÉ HABLAR DE COSAS QUE NO EXISTEN (2026)

 

¿Por qué hemos olvidado, 

si lo que sí sabíamos entonces 

es que es difícil 

cierta clase de belleza, dar con ella, estar despiertos

cuando cruza por delante de nosotros, 

no para atraparla, 

sino para quedarnos a vivir 

en la estela que deja? 

Claudia Masin

 

El 93 con destino Avellaneda 

cruza el puente Pueyrredón,

en la mitad del pasillo

estoy

a punto de pulsar el timbre 

de plástico rojo.

Un pasajero me toca el hombro,

levanto la mirada

y veo el sol que cae

sobre el río.

Recuerdo la final del mundial 78,

las mandarinas que juntábamos en la quinta,

el envase transparente de Crush

y toda la gente que vive 

en la Antártica Base Marambio.

 

Las manchas de aceite brillan,

el río es un árbol de navidad

cada luz es una casa,

cada casa un refugio,

pero vigilan las cámaras 

en esta ciudad.

 

El pasajero se sube la bragueta

su dedo medio recorre los dientes apretados

relámpago,

al mismo tiempo que 

el colectivo 

hace chirrear los frenos

un dúo de bandoneones marca el final de un tango.

Ahora que los fuelles están cerrados

uno de cada lado

dos milicos hacen la venia

y juntan el taco interno de sus botas.

Podrían ser también 

por qué no

dos biombos que se cierran

que se acurrucan en cada esquina

dos jóvenes que se abrazan 

y se prometen amor eterno

el ascensor de un viejo edificio

un antiguo posafuentes de metal plegable.

Todo este trabajo para decir que las puertas se abren

y el hueco que dejan es más grande que todo este puente 

que todos los puentes de Buenos Aires.

Sin llegar a ver la Plaza Belgrano, 

ni la cancha de Independiente,

alguien baja.

 

El aire entra y renueva las narices

afuera

el cuadro es interactivo.

Las personas son satélites, 

changos de feria 

adentro de un supermercado 

a la intemperie de nailons y cartones.

 

El pasajero saca el encendedor

y mientras se sumerge en el cuadro,

Homero cruza el portal hacia la tercera dimensión,

enciende un cigarrillo

y el humo se confunde con el de la señora que vende tortillas.

 

La luz blanca del colectivo

es la noche hacia adentro.

Del otro lado del vidrio: 

el semáforo en rojo

brasitas que respiran 

y se delatan en cada pitada,

el pasajero cruza

arroja la colilla 

y un punto fulgura en la noche.

Estamos en el medio de un campo 

volvemos de pescar

mi papá apaga las luces de la camioneta

mi hermano pregunta qué son 

bichitos de luz 

luciérnagas

dice mi papá.

INÉDITOS

 

Tosí, tosí y tosí

siempre tosía:

el pecho tosco

duro, acartonado

inflacionarias 

válvulas pulmonares.

Cuando te escuché 

quise imitar tus alaridos,

tus palabras piedra,

con algo que lo equipare.

Golpié el pecho,

zurda cósmica en barrilete,

la mano abierta contra la caja

torácica,

probé los muslos

las palmas

hasta fui capaz de apoyar 

una pluma sobre la mesada de la cocina

     qué iluso,

sólo sonidos convencionales

azul Pelikan en azulejo

tres tres tos

que con inercia natural se plegaban

musicalmente 

en repetición.

Fue la tos

oso en pozo esgrime un gozo 

     letargo,

digamos

tos de tosedores tosudos que tosean tosudamente 

nietos migrantes del Vietcong 

todes con sus toses 

(lo único que funcionó)

digamos

golpear la garganta desde adentro

digamos

hacer fuerza desde el intestino

delgado, 

raspar la glotis

con delicadeza,

poner la mano sobre la boca,

imaginar

un micrófono en el centro del espiral

ahí

donde el mago esconde un pañuelo de seda color cielo.

 

Has visto las aves 

en las ramas 

sus ojos fulgurantes,

has escuchado sus graznidos perniciosos,

has 

comprendido el misterio del silencio

crujido fósforo

cuando cae la noche

y los brujos 

piensan en volver.

 

Cierro la canilla 

y la última 

gota coincide con la bocina de un tren 

que viene de madrugada.

¿Cuántas personas esperan 

llegar a destino?

Los sonidos de la noche 

son invisibles 

falla la costumbre, siempre 

hay algo que se puede esconder

conocer es jugar con otros 

sentidos que no riman con noche 

por ejemplo 

ahora intuyo 

el movimiento de mi perra

los golpes

de la pelota contra el piso

pero antes 

hubo un corte

la esponja sobre el filo

el filo sobre tu piel

tu piel sobre la cuchilla 

la cuchilla que partió 

la esponja que quedó 

en dos apenas una línea 

la sangre cae desde la palma.

 

Las personas descienden 

del tren con hambre 

del día, un chirrido, 

las puertas se cierran, ruido de panzas, miedo 

a la boca del túnel.

¿Cómo llegan hasta su Fabián?

¿Tendrán casas? 

Pagamos por la tierra donde vivimos 

como mi camino 

que termina donde 

comienza un hogar 

al final de una ruta 

estás

a trescientos cincuenta kilómetros 

estás 

y decir trescientos cincuenta kilómetros 

y decir vos 

es menos doloroso que contar

tres mil quinientas cuadras

o tres millones quinientos mil metros 

¿cuál es el sinónimo de tu distancia?

tres mil quinientos fósforos usados

o tres millones quinientos mil corchos 

o medias sueltas sin el par 

o colectivos azules perdidos.

¿Cuántos accidentes geográficos

desde la puerta de mi casa 

hasta el fondo de la tuya?

El tiempo es una prensa

que hace fuerza 

contra mi pecho.

 

La canilla quedó mal cerrada

cada página que doy 

vuelta con una gota 

coincide que cae

dentro de la olla 

en remojo

un poco de vinagre 

(el guiso se volvió a pegar)

giro la llave

la gota crece

más y más a la derecha

más y más agua

aplico más 

fuerza

pero el agua aumenta

ya es un gotaza que crece majestuosa 

y de pronto zup, ahí va, plaf.

La canilla se parte

el chorro pega contra el pecho 

el agua cae sobre el piso

y forma un charco

que progresa, luego es arroyo

pliego una servilleta

hago un barquito

y me subo

quizás la corriente 

me llevé hasta tu casa

y distancia

sea sólo 

forzar

el vástago de una canilla.

 

Manuel Geremías Marchioni Fasanini vive en Turdera desde que nació en 1989. Es Instrumentista Superior en Música Popular (EMPA) y diplomado en Promoción Cultural Bonaerense y Perspectiva de Derechos (UNLP). Actualmente cursa una Licenciatura en Artes de la Escritura (UNA). Publicó Aeropuertos (Textos Intrusos), Nuestro amor es un país (La Máquina Eterna), En la esquina de la escuela (Ediciones Otras) y Sólo sé hablar de cosas que no existen (Patronus ediciones).

Mauricio Kartun: La belleza de lo coloquial

Mauricio Kartun: La belleza de lo coloquial

Entrevista realizada en el ciclo Literatura y Memoria, coorganizado junto a la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA

 

por Valentina Bucca, Macarena Cabaña y Belén Rio Parisi 

Mauricio Kartun es dramaturgo, escritor y docente. Escribió y dirigió más de treinta obras teatrales, entre ellas: Chau Misterix, La Madonnita, El niño argentino y La vis cómica. Actualmente, Baco polaco, su última creación, está en cartelera en el Teatro Sarmiento, con un elenco conformado por alumnos de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD), fundada por él en el año 1974. 

El encuentro sucedió el día 26 de noviembre. La cita estaba pautada para las siete de la tarde en el tercer piso del Centro Cultural la Cooperación. Mauricio llegó un rato antes, saludó amablemente e intercambió algunas palabras con quienes lo esperaban, anticipando lo que sería una entrevista cálida y fresca, un contraste con el calor agobiante típico del fin de año en la Ciudad de Buenos Aires. La entrevista estuvo atravesada por el respeto de quienes se reúnen para escuchar a un gran maestro.  

Uno de tus libros, editado por Losada en la Colección Gran Teatro, que reúne las obras Chau Misterix, El partener, La Madonnita y La suerte de la fea, cuenta con un prólogo del especialista Jorge Dubatti quien sostiene que Chau Misterix marcó el paso de una dramaturgia militante a una dramaturgia de urgencia, a una escritura más íntima. ¿Cómo viviste esa transición y cómo se resignificó tu militancia en el proceso de escritura?

Hasta el ‘76 fui parte del “Grupo Cumpas”, un grupo teatral formado en el ‘72. Con ellos estrené “Civilización o Barbarie”, mi primer espectáculo, que representamos durante todos esos años en circuitos barriales.

Simultáneamente trabajaba con dos creadores, mi maestro Augusto Boal y Pino Solanas, con quien colaboré en una de sus películas. Un poco antes del ‘76, Pino y Augusto la vieron venir y se fueron del país. Muy generosos y solidarios me invitaron a irme con ellos. Los dos me ofrecieron trabajo en Europa y yo no acepté. Me quedé pero, por supuesto, en el ‘76 se cortó toda posibilidad de seguir con ese teatro que hacíamos.

El grupo se siguió reuniendo. Hacíamos compras en almacenes mayoristas porque andábamos muy mal de guita. Juntábamos a todo el grupo, morfábamos, escuchábamos alguna música con la que llorábamos un poco y pensábamos qué hacer. 

En el ‘78, yo ya estaba muy angustiado con esto de la escritura y me preguntaba: “¿Sos escritor o no sos escritor?”. Resultó que me encontré con un taller de dramaturgia que daba Ricardo Monti. Fue una gran experiencia, marcó un antes y un después.

En ese taller escribí Chau Misterix. Fue la puesta en práctica de un pensamiento que traía Ricardo por entonces, la hipótesis del trabajo sobre la imagen generadora. Así fue que me senté a trabajar sobre un método totalmente distinto: comprendí la diferencia entre la idea y la imagen. Es decir, comprendí el disparate que significa intentar escribir configurando una idea que hay que ilustrar. Yo, que escribía pensando en qué había que decir para sostener ciertas ideas, de pronto aprendí a escribir simplemente fluyendo en la hipótesis de la construcción poética de la infancia.

El gran malentendido es pensar que la idea es resultado de un procedimiento de escritura. Si uno escribe la idea, en realidad, lo que hace es ilustrarla. No se pueden escribir las ideas, pero se puede escribir una imagen, porque en realidad de lo que se trata es de imaginar y no de conceptualizar. Entonces se produjo el cambio. Entendí que la escritura era otra cosa. 

En una entrevista también con Jorge Dubatti te referís a la necesidad vital del hombre de construir utopías, a la utopía como vehículo del deseo del hombre. Retomando esta idea, ¿de qué forma pensás que se pueden construir utopías a través del teatro y de la literatura?

En el teatro, el arte es una forma analógica de pensamiento. Trabaja de una manera preciosa, eso es lo que le da su característica y es lo que nos protege contra la inteligencia artificial. Es la hipótesis de percibir algo y conformarlo: darle forma en un hecho analógico que es la imagen del hecho creado. De manera que los artistas somos simbolizadores, tenemos la tarea de pasar a símbolo una energía, algo que está pasando.

El teatro toma esas imágenes del presente, las resuelve en una hipótesis simbólica y, de alguna manera, las vuelve trascendentes. Si yo miro la historia del mundo, lo que veo es la historia de sus utopías. Hay pocos mecanismos artísticos más aptos para registrar el fenómeno de las utopías que el teatro, porque el teatro es una puesta en vivo de una situación. Si recorro la historia del mundo, voy a encontrar obras de teatro que contienen esas utopías. 

¿Tenés momentos o lugares específicos para escribir? ¿Cómo te das cuenta del potencial de las historias que te vas cruzando? 

El potencial no lo tengo nunca claro. Es decir, el trabajo es mucho más complejo. Yo nunca sé, le tengo que poner el cuerpo. En la escritura lo que no tengo jamás es infalibilidad y casi diría que tengo una especie de resignación a lo falible, a lo que raya la estupidez, la alegre estupidez. 

En medio del proceso creador no puedo evaluar cuándo va a funcionar y cuándo no, pero siempre comienzo de la misma manera, a partir de la imagen generadora a la que se refería Ricardo Monti. En general, es una imagen en términos perceptivos.

Trabajo con alguna imagen que, por alguna razón, me fascina, me seduce. Para mí darle tiempo y regarla es armar acopios, y esto es siempre caminando. Camino mucho con libretas y escribo. Ese es el momento más lindo de la escritura. 

Cuando tengo visualizado el esquema ya me puedo largar a escribir. En general es un proceso acotado, nunca son más de dos meses, que es la improvisación imaginaria. Después sí es un largo proceso de corrección. Normalmente me trabo cuando empiezo a escribir y me doy cuenta de que todo lo idealizado, al ponerlo en palabras, no cuaja. 

Bueno, así son mis procesos. A veces terminan, a veces no y quedan ahí. 

El eje de este ciclo es la memoria, ¿cómo juega la memoria en tu proceso de escritura y en la creación de tus obras? 

Louise Glück escribió: “El mundo se ve con los ojos del niño. Todo lo demás se recuerda”. Y es una verdad como un templo. El mundo se construye como tal en los ojos del niño. 

Cierta forma del heroísmo frente a la política me viene de mi familia, el acto de sacrificio, los mitos personales y familiares. A la hora de escribir es natural que aparezca esto. Recurro continuamente a esos universos, que son proveedores interminables.

El gran problema para escribir es que, a veces, hay búsquedas en universos con los que no tenés un contacto energético profundo, entonces lo único que podés hacer es investigar y escribir sobre la parte de afuera de ese mundo, escribir sobre su cáscara. No podés profundizar, simplemente, porque no es un mundo que te haya conmovido, en el sentido literal de la palabra: “movido con”. No te movió ese mundo. Yo leo muchas cosas, en narrativa sobre todo, donde hay mundos que resultan interesantes, pero se nota que quien los muestra, no los conoce, no son mundos de la memoria. Comprendí que, en realidad, no hay que ir mucho más lejos, me di cuenta de que en nuestras propias cabezas están todos los mitos, las imágenes y los personajes. Tanto es así que, en el taller de Monti, escribí Rectángulo de San Andrés a partir de un imaginario, el mundo de mi infancia. Y tuve que parar de escribir sobre ese mundo porque tenía la sensación de que me iba a transformar en un historiador de San Andrés.

Lo curioso es que, con cualquier cosa que escribo, tengo la sensación de contar con un archivo de mitos personales que, a veces, descubro vírgenes. Me fascina encontrar todavía universos en los que no incursioné. Por ejemplo, trabajé muchos años en el Mercado de Abasto, y creo que nunca escribí sobre eso porque es tan desmesurado el mundo de ese pequeño universo que cualquier cosa que quisiera escribir quedaría chica. 

Sin embargo, descubrí que a algunos personajes los saqué del Abasto; los pobrecitos me deben estar pidiendo: “Basta de usarme, basta”. Tengo un personaje que era un peón que trabajaba con nosotros en el puesto, se llamaba Pedro Testa. Cada vez que escribo sobre un gaucho, lo convoco a Pedro Testa. Era ingenioso, una especie de bicho raro, gracioso. Entonces yo vuelvo y vuelvo a él.

La memoria funciona como recurso, como lugar de construcción, pero luego deviene en un fenómeno construido por el arte. El arte construye memoria, la resuelve en un plano simbólico, atrapa momentos, instantes, pensamientos y subjetividades en un sistema simbólico, y tiene la virtud extraordinaria de poder transmitirla a través de los tiempos. 

Yo vuelvo a leer Babilonia de Discépolo y me vuelve a emocionar. Sí, claro, yo soy hijo de inmigrantes, y Discépolo muestra lo que yo viví: ese mundo pijotero, un lugar de cierta mediocridad, de mucha competencia. Muy diferente del mundo idealizado que hacía el sainete que tenía que vender al tano como bueno y al gallego bruto pero querible. 

Discépolo atrapó, en un código simbólico, algo de una época que nadie puede contar como lo hace esa obra. No hay manera. Podría haber un estudio sociológico y yo dudaría, pero veo Babilonia y entiendo. Además, también entiendo cómo era mi familia, entiendo todo. Está ahí esa construcción que mencioné más arriba. Porque, ¿qué es eso? Memoria. 

Una obra de teatro es el rito del mito: un mito, es decir, una historia que contiene una sabiduría y un ritual de representación. Un ritual es un espacio de afinación y de sincronización. Nos afinamos en términos sonoros, nos sincronizamos en términos de tiempo. Vamos a ver una obra de teatro y eso es lo extraordinario. Entonces, uno empieza a entender por qué, si pagando una plataforma se pueden ver mil películas, se elige pagar veinticinco lucas una entrada de teatro. Porque esa experiencia vital es totalmente diferente, nos afinamos y nos sincronizamos frente a la obra de arte. Ese acto de sintonía y sincronía también es memoria. Existen obras pasajeras, por supuesto, hay otras que han sido simplemente un pasatiempo, un mero entretenimiento intrascendente pero, las que trascienden, las que quedan, guardan la memoria en un formato imputrecido, que no caduca. 

¿Qué implica para vos enseñar a escribir? ¿Pensás que hay retroalimentación creativa con tus alumnos?

Sí, hay retroalimentación. Dirigí durante veinticinco años la carrera de dramaturgia en la EMAD y cada vez que terminábamos el ciclo, mi recomendación era a cada uno de los egresados: “Andá y armá un curso para enseñar”. Porque no hay mejor manera de entender algo que enseñarlo, así viene el saber profundo.

La pasión de enseñar, de construir un conocimiento propio, es un círculo virtuoso. Enseñar te enriquece como artista y trabajando como artista descubrís cosas que van a parar a la enseñanza. 

Lo peor que le pasa al artista es creer que no debe pensar lo que hace porque sino no le sale. Entonces espera que bajen la inspiración, las musas, los ángeles y entrar así en estado poético. ¿Por qué pasa eso? Por el miedo que produce el no poder hablar de lo que hacés. Es un acto perfectamente explicable, entrás en un estado expresivo, estás más allá de tu red conceptual y, por lo tanto, estás haciendo una serie de conexiones que, en otro estado, no podrías concebir. Pero sí que lo podés explicar y, al explicarlo, desaparece el miedo a la página en blanco.

Entonces, enseñar es el gran mecanismo que yo recomiendo siempre al artista. Lo que sucede es que tiene mala prensa. Lo veo en algunos compañeros que empezaron a enseñar y perdieron la energía de buscar laburo en teatro, la sensación de que hay una dicotomía: si sos maestro no podés ser artista. A mí me pasa que me voy a dormir a las dos de la mañana, un domingo después de un ensayo de mierda, me levanto a las siete para dar clases y, esas clases, son como una revancha: muchas veces logro resolver cuestiones del ensayo hablando con mis alumnos. Sí, enseñar funciona como un círculo virtuoso.

¿Cómo hacés que las costumbres, los gestos, las ideas de lo cotidiano aparezcan en tus obras?

El teatro trabaja de una manera muy curiosa, porque crea poesía con un material literario que, en realidad, es una basura del habla coloquial. Recupera la energía de lo coloquial, es decir, del diálogo cotidiano, al que le da estatus poético. Pone en práctica una serie de procedimientos por los cuales ese diálogo poetizado se separa de su condición vulgar y cotidiana, se vuelve extra cotidiana y adquiere una condición artística. 

Cuando daba clases en mi estudio, al primer ejercicio lo llamábamos readymades, que es un objeto hallado y expuesto como tal. Siguiendo esta lógica, les proponía a mis alumnos que se tomaran dos semanas para escuchar readymades coloquiales y que luego los escribieran: “¿Cómo habla la gente?”.

Era encantador. Por ejemplo, Claudia Piñeiro, que fue alumna mía, siempre me acuerdo, uno de sus readymades se lo había sacado a la madre: “A mí el pescado no me guarda el hambre”. Es una construcción de una extraordinaria belleza, es pensar al hambre como algo que la comida te lo guarda y que después te lo devuelve. Es una especie de perro feroz que vuelve a atacar. Ese es el fenómeno de descubrir la belleza de lo coloquial. Eso que el cerebro no está preparado para recordar, para pasar a la memoria. ¿Quién lo puede pasar a la memoria? El artista. El dramaturgo, porque es el que construye con ese material. 

Hace poco publicaste el libro Dolores 10 minutos y otros relatos, ¿cómo pasaste de ser un dramaturgo a ser un escritor de relatos cortos?

En realidad es un regreso, porque yo empecé escribiendo narrativa. No había terminado el secundario, tenía veinte años y en ese momento apareció un concurso de una revista de izquierda. Presenté el primer cuento que escribí y gané. 

Siempre había sido un lector fanático y, de pronto, escribí un cuento y me fue bien. Entonces, escribí un par más y ya no me fue tan bien, después me puse a escribir teatro y me enganché.

A fines de marzo del 2020, cuando declararon el cierre de todo por la pandemia, tenía que reestrenar la Vis cómica y Terrenal, dos obras, que venían bárbaro. Estaba en una casa en la costa con mi esposa, en Cariló, y mis hijos me convencieron de quedarme allá. Había gente que me decía, “Mauricio, qué oportunidad preciosa, ¿cuántas obras vas a escribir?”, ¿qué obras iba a escribir si tenía dos para reestrenar? Además, las dirigía yo y las dos andaban bien. Más de dos obras simultáneas no puedo tener.

Bueno, me quedé un mes, dos meses, en el medio del bosque, y todos decían: “Ay, la pasaste divino”. Sí, la pasé divino pero solo, y en el único lugar donde yo seguía escribiendo era en redes sociales. Desempolvé un monólogo que tenía escrito y que sabía que no lo iba a hacer nunca en teatro porque era larguísimo y lo transformé en una novela por entregas, que se llamó Konsuelo. Lo empecé a publicar de a capítulos como posteos. Y cuando llegué al tercero me percaté de que necesitaba ponerlo todo en algún lado. Abrí un blog, que es más viejo que una red social, más anacrónico, y seguí escribiendo. Comprobé que el soporte hace al contenido. Me di cuenta de que, si yo hacía posteos de cierto tamaño, eran leídos. Si me extendía más, no. Y además, si mantenía intriga, funcionaba. 

Escribí uno, dos capítulos, y terminé con quince. “Mauricio, esto es una novela”, me aseguró la editorial Alfaguara y así se transformó en Salo solo. El patrullero del amor.

Descubrí que tenía un archivo interminable de imágenes generadoras, personajes y situaciones que había guardado para obras de teatro que no escribiría nunca. Tengo cientos de proyectos, los anoto, hago un archivito y los guardo. Aquel fue el momento perfecto de darles un nuevo soporte, y fui a buscarlos. 

Dolores 10 minutos reúne proyectos de obras de teatro que no prosperaron pero, con la energía de retomarlos para que pudieran ser leídos en redes sociales, se transformaron en relatos.

“Dolores, diez minutos” era el grito que pegaban los choferes de larga distancia en la época en la que no había baños en los micros, cuando paraban en algún lado y vos sabías que podías bajar. Esto es lo que luego fue a parar a ese cuento. Trata de la historia de una chica que vive en Dolores y va a estudiar Turismo a La Plata, hace la carrera y, cuando termina, se vuelve. Ella no se quiere ir de su pueblo, pero ahí no hay trabajo de la carrera que estudió. El único lugar en el que puede trabajar es en un parador de ruta, como mesera, donde llegan los micros lecheros que paran en Dolores. Se enamora de un chofer que pasa una vez por semana y empiezan una relación semanal de diez minutos.

Es curioso porque ahora me preguntan cuándo voy a escribir otro libro de cuentos, cuándo las nuevas aventuras de Salo Solo. Nunca. Cuentos no escribo. Escribí cuentos en la pandemia porque no podía escribir otra cosa, pero si puedo elegir, escribo teatro. A mí lo que me gusta es escribir teatro, dirigir, seguir el proceso de una obra, pelearla, gestionarla. En general, el autor tiene un rol pasivo que yo desprecio: es dejar la obra ahí, “que la hagan, yo me abro”. Todo lo contrario. Yo la dirijo y después, hago la producción ejecutiva y si hay que poner guita también lo hago. Me gusta mucho movilizar la obra. Con la narrativa no tengo esa tentación. 

En las obras La vis cómica, Terrenal y Baco polaco volvés a los grandes relatos de la cultura de Occidente, ¿por qué elegiste estos relatos fundantes?

Hace veinte años, hubo un concurso en un festival de teatro griego que organizaba el Konex y me pidieron que escribiera algo. Entonces, volví a mi casa, busqué el libro Manjar de los dioses de Jan Kott, que es el más lúcido que he leído sobre tragedia griega y me enganché con las bacanales, con la posibilidad de recuperar la fiesta, el descontrol, lo que hemos perdido. La fiesta se transformó en algo muy púdico, en el carnaval. En algunos lugares del mundo el carnaval mantiene cierto erotismo, pero en general lo hemos perdido. 

Escribí la obra Terrenal sobre el contexto del carnaval como herencia de las bacanales. Los actores me preguntaban si alguien iba a entender algo, y yo respondía que era probable que no se entendiera. Terrenal, en Argentina, no se entendía mucho, fuera de la Argentina directamente quedaban colgados. Hicimos gira por todos lados, se vivía el ritual pero lo particular no se entendía, que es la hipótesis de Baco polaco también. Hay una diferencia importante entre entender y comprender. Todos creen que son sinónimos y no lo son. Se entiende lo particular plural, se comprende lo general. En algunos casos, alguien puede entender y comprender pero, la obra de arte, si se la comprende, cumplió su función. Buena parte de lo mejor que yo he leído y visto no lo he entendido, lo he comprendido. 

Entender y comprender. Con Baco Polaco pasa eso, es una apuesta a un material que debe ser comprendido. Entender no se puede porque incluso los actores dicen cosas que no saben qué son.

En la obra, por ejemplo, un actor dice, hablando de su mala suerte: “otra vez barraca, otra vez culo”. ¿Qué son barraca y culo? Cuando en el pase inglés —que es un escolaso muy agresivo, tremendo para perder plata— tirás malos dados, decís “tiré barraca”. Y, en la taba, cuando cae bien, es suerte y, cuando cae mal, es culo. Es un anacronismo, nadie lo puede entender, salvo que haya jugado a la taba o al pase inglés. En la obra, el misterio está en que no se entienda pero se comprenda. Alguien desolado dice, “otra vez barraca, otra vez culo”. Se comprende que alguien acaba de tener una decepción. Habla de lo mal que le va y en vez de decir “otra vez me va mal”, qué sería tautológico, dice “otra vez barraca, otra vez culo”. 

Eso es jugar con las palabras de manera tal como la inteligencia artificial no puede jugar, porque la IA nunca usaría una palabra que no se entiende. Esa es la extraordinaria libertad que dan el teatro, la literatura y la poesía. Yo creo en el teatro como un fenómeno poético. A la poesía no se la entiende, se la comprende. Si yo quiero entender una poesía me vuelvo loco. Siempre pienso, si baja un marciano y le das un libro de poesía, pensará: “están todos locos”. 

Yo no haría teatro que se entienda. Puede ser que alguien entienda, pero yo hago teatro para que se comprenda. Si la obra la hacés más fácil y se entiende, pierde misterio. Hay mucho que perder. Yo no voy al teatro a entender. A veces veo series y quiero entender todo, la industria las hace para eso. Es más, usa lenguaje neutro para que se entienda en todos los países de América, tiene que allanarlo, bajarle la dificultad.

El gran placer poético es trabajar con lo complejo y el que no quiere hacer esa fuerza, se queda afuera. Lo curioso y lo contradictorio es que si hacés un teatro obvio se vuelve competidor con Netflix. ¿Para qué voy a ir a ver una obra obvia? Eso lo veo en la pantalla de mi casa, salvo cuando vas a ver el ritual de un cuerpo, que es el teatro. 

El desafío es crear lenguaje como zona poética, con todo lo que tiene de bueno y lo que tiene de malo, ¿no?

Mauricio Kartun nació en San Martín, en 1946. Es uno de los referentes de la dramaturgia argentina contemporánea. Recibió numerosos premios y fue distinguido como Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires en 2014, en reconocimiento a su trayectoria y a su aporte a la formación teatral. 

Valentina Bucca nació en Bahía Blanca. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires (UBA). 

Macarena Cabaña nació en Hurlingham. Se encuentra finalizando la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UBA). Realizó esta entrevista en el marco de su práctica pre profesional previa a la obtención del título. 

Belén Rio Parisi vive en Temperley. Es tesista de la Licenciatura en Cs. de la Comunicación (UBA). Empieza y termina libros en el tren.

El mal querer

El mal querer

Fragmento de la novela de Virginia Itatí Tognola, editada por Caburé.

1 de enero de 2010, 03:30 h

Quisiera ser de esas personas que lo tienen todo: belleza, dinero, poder. Sin embargo, estoy sentada en el sillón de mi casa con la cabeza entre las piernas y escribiendo para distraerme, pero apoyando el papel en el suelo para no marearme. Gabriel me dijo que, cuando me sintiera muy mal, escribiera, que eso a él lo ayuda a bajar.

A ver, ¿qué puedo escribir?… Se escuchan rebotar los graves de esa canción nueva que dice: “La mano arriba, cintura sola, da media vuelta, lanza culturo”, que vienen de la fiesta en la Sociedad Rural a la que íbamos a ir  con mis amigos. Ahora que le presto atención a la letra de la canción, la encuentro fiera y rara. ¿Qué significa lanza culturo?

Que fuéramos a una fiesta cerca de casa es algo muy raro, pues vivo en la loma del orto en comparación a ellos que son del centro, a una lejanía relativa de quince cuadras. Me di cuenta de la relatividad de esa lejanía este año que me fui a estudiar a la Capital del país; ahí todo es en la otra punta del mundo, incluso el trecho de mi casa a la facu.

Resulta que el Tan me trajo una pasti para que pruebe por primera vez en la vida. Me bajó la presión y casi me desmayo por la confusión cuando llegaron los gurises a buscarme para hacer la previa. Parece que a mi cuerpo no le cabió el químico. 

Me quedé culeca en el sillón del living y, para mi sorpresa, la Jose y Chinchilla se quedaron un rato para asegurarse de que no la quedara. A los demás les chupó un huevo y se fueron a la joda. Seguramente yo hubiera hecho lo mismo. A ellas, luego de un rato vigilándome, les dije que se vayan nomás, que tenía que echarme media hora y ya estaba. Se fueron y le dijeron a mamá que estoy en pedo para que se quede atenta sin tener que confesarle que estaba de pasti.

Siento que mi presión se va normalizando de a poco, definitivamente escribir me está ayudando a purgar la energía contenida que se me disparó y no puedo gastar por el mareo.

El imbécil de Gabriel sigue distante desde que me vine a Candelaria por las vacaciones de la facu. Me enoja que trate de levantarse pibas y que lo niegue. Me enoja no poder echárselo en cara porque sé que lo hace gracias a que adivine la contraseña de su Facebook. Me enoja no poder ir a la fiesta de año nuevo a hacer las cosas que a él no le gustaría que haga.

 

3 de enero de 2010, 14:30 h

 

Mi teoría sobre que Gabriel está en otra se va reforzando. A veces se borra por días sin contestar llamados ni mensajes. De repente, aparece con alguna excusa y yo, obvio, ya estoy enojada, pero él insiste y me deja millones de llamadas y mensajes hasta que me ablando y cedo. Además, si no contesto, se enoja él, y me termino sintiendo obligada porque si tardo en contestar, no tengo la posibilidad de hacerlo arrastrar un poco para contrarrestar el daño que me hizo. 

Bueno, no, lo que quiero, en realidad, es que no se borre así de la nada y que además  me haga sentir mal porque le paso factura. Como estos días, que yo estaba que arañaba las paredes sin saber nada de él desde antes de año nuevo, cuando me mandó que era el amor de su vida y que le alegraba que estuviéramos juntos y que nadie va a cuidarme tanto como me cuida él, pero después ni siquiera leyó lo que le contesté. Encima que le contesté de compromiso nomás, porque me parece patética tanta solemnidad en torno a las fiestas, pero bueno, le contesté, él lo leyó recién ayer a la noche y todo ese tiempo yo estuve muy triste pensando en lo poco que debe pensarme, si ni se le pasa por la cabeza avisarme que está vivo. 

Entonces, como decía, cuando hablamos, le reclamé eso, pero él ya empezó a decirme que soy insegura, que no confío en que no está bardeando y también que mis celos son dañinos y van a terminar por arruinar todo lo hermoso que hay entre nosotros. Me decía “celos”, aunque yo no dije nada de ninguna chica, y bien que me lo estaba aguantando, porque sí pienso que hay otra chica, pero me callé nomás. Él siguió insistiendo tanto en lo de los celos y mi inseguridad que se enojó y terminé pidiendo perdón yo y prometiendo mejorar para él. Después me quedé pensando y no me parece justo que siempre termine pidiendo perdón yo. Por ahí tengo que ser más clara en las discusiones, ¿pero cómo? Si a veces hasta me hago apuntes con lo que le voy a decir para no dar lugar a sus enojos, pero siempre hay algo que digo mal y la termino cagando. 

En resumen, ayer peleamos y hoy me cayó la ficha de que otra vez él no entendió lo que me molestó. Capaz él tiene razón, capaz lo primero sería que yo resuelva el tema de mi inseguridad y ahí recién vamos a poder empezar a resolver lo demás. Estoy enroscada con eso, no pienso con claridad últimamente. Igual voy a poner lo mejor de mí para él.

 

3 marzo de 2010, 20:30 h

 

Mañana vuelve Gabriel de sus vacaciones. Esta semana fue horrible, me sentí súper sola acá. Cada vez que conversaba con él, me hacía escenas de celos. Hoy a la mañana, me dijo que le daba asco después de preguntarme con cuántos había estado en mi vida. Fue re de arriba que me diga eso porque él ya sabía que yo estuve con muchos. Le mentí, dije no había salido de noche a ningún lado en estos días, si le decía la verdad era para acumular problemas nomás.

También me llamaron de un trabajo en la Universidad de Ciencias Sociales para el que me recomendó una compañera de mi facultad. No había entendido bien de qué era el trabajo, pero fui igual para ver qué onda; supe que la onda era que te pueden anotar en un plan social, que se corresponde a unas horas de trabajo en la semana, en cosas del centro de estudiantes. Quedaron en avisarme, pero yo la verdad no creo que me contraten, me fue medio para el orto en la entrevista. El pibe que me atendió se parecía a muchos de los demás que andaban dando vueltas por ahí: un poco lindo, blanquito, castaño, barba incipiente, buzo con capucha, mochila puesta de un solo lado, amabilidad forzada, mucha gesticulación de manos. La entrevista fue en la fotocopiadora, me explicó maso de que iba su “orga”. Se expresaba muy bien y a mí me intimidaba eso, así que hablé poquito y con la voz temblorosa. Cuando me acuerdo me da una vergüenza ajena, aunque es propia, pero ya pasó, así que es como si fuera otra persona. Me dijo que podía empezar haciendo los trámites por fuera de la facu, que siempre necesitaban alguna cosa y era medio complicado salir para ellos porque tenían que estar atentos a cosas de la militancia. Cuando le pregunté si era onda mandadera el laburo, me dijo que acá le dicen chepibe, que para ese rubro la mayoría de las empresas machistas solo contratan hombres dejando afuera del mercado nuevamente a las mujeres, pero en este caso, como son feministas, dejan que las mujeres hagan esas cosas. Entonces yo sería una “chepiba”. La verdad que por cómo me describió lo que tenía que hacer como chepiba no me pareció que estuvieran haciendo ninguna revolución de la mujer, pero bueno, él sabe más de feminismo que yo. Si me dan el laburo, me viene bien, como es en la calle no tengo que hablar mucho con nadie y eso me evita problemas con Gabriel.  

Estoy en su departamento ahora, esperándolo, porque se suponía que llegaría maso a esta hora, pero su vuelo se atrasó. Como avisó que llegaba más tarde, me fumé un porrito para relajar. Estoy nerviosa por volver a verlo, la distancia no nos hizo bien. Tengo muchísimo miedo de perderlo, no quiero ni pensar en eso.

 

Lunes de junio 

 

¿Por qué hago esto? ¿Por qué paso mis pensamientos a un cuaderno? Supongo que para entender, para cambiar, o para entender lo que no puedo cambiar. A cada día le sucede una noche, a cada noche, otro día. Pasa y pasa el tiempo, pero no pasa nada. ¿Y entonces? ¿Por qué aguanto esta agonía cotidiana de la absurdidad de existir? ¿Es que me metieron tan fuertemente la idea de que hay que valorar la vida que no puedo alcanzar mi mayor anhelo que es pegarme un corchazo? ¿O es que me da miedo que la gente me tenga lástima postmortem? Lástima no le quiero dar a nadie, yo nací para brillar fuerte… ¿O, en realidad, me convenzo de eso y solo nací para fracasar? Por ahora viene siendo así, fracaso tras fracaso en una vida que ni siquiera tengo interés de vivir porque me cago de embole. No hay nada que yo diga: “bueno, esto quiero hacer, esto me gusta, es por acá”. Ni siquiera estar con Gabriel porque, en el fondo, siento que lo odio con toda mi alma. ¿Tengo alma?

Sé que no soy la única con cuestionamientos, las personas suelen necesitar una explicación, no alcanza con ser, hay que saber, porque qué importa lo que puedas llegar a hacer si, después de todo, te vas a cagar muriendo igual, y pronto, en relación al tiempo del universo para el cuál no sos más que una pelusa de polvo de arena de culo en un mundo perdido en una galaxia flotando en el medio de la nada. Entonces, haga lo que haga, ya nací siendo una escoria para la inmensidad.

La vida no tiene ningún sentido de ser vivida. Cuando tenía doce años, papá me dijo que la adolescencia es difícil porque te ponés triste muy fácil, pero que después todo mejora, y que solo los adolescentes que son estúpidos se suicidan sin superar esa etapa. Como yo no era ninguna estúpida, aguanté. Pero mientras pasa el tiempo, me pregunto si realmente vale la pena no ser estúpida, porque creo que ya no soy adolescente, aunque no me siento grande tampoco. Pasa y pasa el tiempo y las cosas no mejoran. ¿Para qué voy a traer una persona a un mundo en el que ni yo quiero estar?

 

(…)

 

Después de haber llamado por teléfono a Gabriel y llorarle media hora tirada en la vereda para que nos veamos y que él me haya rechazado como un perro, no veo muchas opciones. Él parecía haber estado mirando la tele mientras yo le hablaba, todo me contestaba con monosílabos. Voy a quedarme mirando por la ventana del colectivo hasta que me dé sueño porque ya no veo nada sin la luz como para seguir escribiendo.

 

Virginia Itatí Tognola (Esquina, Corrientes, 1992) Es docente, comunicadora y escritora. Estudió Dirección Cinematográfica en la Universidad del Cine y Edición en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como periodista y realizadora, y publicó en medios internacionales como Nacla.org, New Internationalist y Progressive International. En los últimos años recibió reconocimientos en distintos certámenes literarios por sus relatos breves. El mal querer es su primera novela.

 

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