Fragmentos de la novela histórica de Paula Winkler editada por Diotima
“Amanece sin metáforas. Murió mi hermana, la mataron. Era monja. Siento un vacío irresoluto y culpa, mucha culpa. Ignoro si mis padres hubieran podido tolerar la noticia. Mamá había sospechado algo en vida: andaba muy inquieta últimamente. Por eso, para olvidarse del presagio, debe de haber organizado aquel viaje al Polo Norte… Sobre todo al enviudar y tener más tiempo para sí misma, habrá querido conocer otros mundos, presenciar la aurora boreal en Noruega; descubrir la última región del “Estado de bienestar” de la que hablaba tanto mi padre. Nuestra madre era intuitiva, a mí me costaba reconocerlo, ahora me doy cuenta. Sus sueños extraños, sus avisos un poco irracionales, en fin, nunca pensé que se iba a cumplir la profecía: algo fatal le ocurriría a su otra hija.
Voy a escribir como modo de organizar estos duelos. Tan cercanos entre sí (primero papá, luego mamá y ahora ella), se me quitaron las ganas de socializar. Continuaré igual mis clases, y mi próximo libro va a tratar decididamente sobre aquellos parajes, que serán a partir de ahora mis universos posibles, y lo que narre, un grito desesperado. Ojalá los hechos, las acciones y los personajes me despabilen y vuelva a ser yo, no un ánima en pena sumida en la bronca debido al asesinato de su hermana.
Recuerdo que durante meses, incluso cuando aún vivía ella, yo había estado buscando, no sé el porqué, personajes reales de Escandinavia. Y mamá regresó tan contenta de su viaje, que se transformó de súbito en mi musa con sus relatos interminables. Vaya a saberse si me limitaré a contar sobre los nórdicos. De momento releo, abrevio, escribo y corrijo.
Anochece, no quiero asomarme al balcón para contemplar un cielo traidor. Sí, revisar textos, objetos y cosas viejas, protegida en mi cuarto; leer libros y cartas salvados de la gula del tiempo, que todo lo destruye, lo bueno y lo malo… Y como si mamá estuviera orientando desde su más allá mi más acá, al extraer de la antigua biblioteca un poemario para hojear y diferir mi impresión por el asesinato del que me acabo de enterar, se me viene encima una caja deslucida. Huele a alcanfor. Desperdigadas en el piso, hay postales y fotografías. En una, la escultura de una Santa, fotografiada por mamá en el Museo Histórico de Estocolmo confirma a mi protagonista…
En la Suecia del Siglo XIV, una mujer llamada Birgitta Birgersdotter – conocida hoy como Santa Brígida de Suecia -, emparentada con la Casa Real, esposa de un señor feudal de la época, renuncia a casi todas sus riquezas cuando él muere en Östergötland y se convierte en una de las teólogas más relevantes del medioevo escandinavo. Aún no ha sido inventada la imprenta pero sabemos de sus textos a través de la Iglesia y de sus manuscritos en latín. Brígida funda en el periplo de su vida la Orden del Santísimo Salvador, aún vigente, según las siete reglas de San Agustín y es canonizada en 1391 entre polémicas. La declaran Patrona de Europa en 1999, compartiendo el patronazgo con Santa Catalina de Siena, la monja italiana, y Santa Teresa Benedicta de la Cruz, la carmelita descalza alemana y conversa. Se dice que también protege a las viudas. Católica, venerada por la Iglesia Anglicana y la Protestante, en Escandinavia la adoran hasta los laicos.
De niña, quizá por sus ancestros y de adolescente, porque formaba parte de la Corte asistiendo como dama de honor a la Reina, fue forjándosele un carácter fuerte y antojadizo.
En el siglo XXI, me pregunto quién fue Heliga Birgitta av Sverige. ¿Padeció de un delirio místico o tuvo revelaciones divinas? ¿Fue humilde o soberbia en su afán de conocimiento durante un tiempo en que pocas mujeres podían acceder al mismo? Birgitta se distinguió de las demás de su clase porque no se conformó con su vida de privilegios. Llegó a dudar del canon: la mayoría en el Siglo XIV, excepto la aristocracia, no hablaba latín. Y la lengua sueca se construyó autónoma recién hacia finales de Siglo, después de que ella falleciera. La inquietud y la curiosidad fueron sus brújulas.
Las guerreras vikingas defendieron durante el siglo X sus territorios y a la par del hombre, se animaron a conquistar el mar. Brígida debía de conocer estos hechos, habrá sabido de Birka de la isla de Björkö. Invasiones y aventuras, pero también pestes y hambrunas que azotaban al pueblo…
Acaso la existencia de las beguinas, ya hechas conocer en el Siglo XI y de las que me habló mi hermana (algunas desafortunadas, ejecutadas en la horca o condenadas a la hoguera); los mitos y las sagas nórdicas y los Varegos – vikingos terrestres que marchaban hacia el Este, intentando conquistar parte de la Rusia actual -; la doliente viudez de doña Brígida, todo ello pudo haber hecho de la teóloga una persona decidida e influyente en la Iglesia.
Santa Brígida (¿y las beguinas?)… un diálogo entre el siglo XIV y el XXI. ¿Cómo lo armo? Por de pronto, voy a continuar investigando y escribiendo sin exagerar mi imaginación pero tampoco sin apegarme con obsesión a los hilos de la Historia. Voy a narrar en homenaje a mamá, recreando aquel viaje que hizo por Escandinavia después de fallecido mi padre. También lo haré en su memoria y en la de mi hermana. (Y Dios debe estar presente.)”
“Medianoche sin luna. El viejo bebe de su petaca. No es cerveza; tampoco, agua. Ladridos cada vez más cercanos anuncian en la madrugada a unos cuantos señores con su séquito que vienen a caballo para cazar zorros, comadrejas, jabalíes. Rápido, Vallen y Milea se ocultan, el viejo ronca. Casi no respiran entre árboles frondosos. Milea estornuda y teme a los cazadores, que se alejan a los gritos y a todo galope. Salvaron el pellejo. Dios: esto… Pájaros trinan y despiertan al conductor. Hasta él se encuentra de mejor humor. Los viajeros continúan hacia Brujas. Una felicidad repentina y sencilla por fin los conduce hacia la ciudad de los puentes. ¿Cuántos años hace que enviudó Milea? No lleva la cuenta, pero si no fuera por Mercy, ella habría quedado atrapada en la tristeza. Le propuso asociarse en Lieja. Empezaron pocas beguinas, se fueron sumando otras. Y hoy son reconocidas tanto como las de Brujas y Bruselas, Amberes y Gante. Y Milea recobró el sentido de su vida.
Vallen se pregunta a menudo qué será ser mujer. Ha compartido reflexiones con sus jóvenes compañeras. La avergüenza su escasa experiencia y gustar de sí misma. Qué puede saber ella de su cuerpo deseante. Su papá murió tosiendo sangre durante la labranza, y su madre, internada desde joven en un hospicio para locos, solo le hablaba del aire, a veces de las mariposas y de los peces en el agua. Recuerda aquella tarde de verano agresiva cuando todo florece y se colma de expectativas. Fue a caminar. En Amberes había ríos y alcantarillas, prosperidad… Y se rumoreaba acerca de pasajes subterráneos en los que ella quería hundirse. Había quedado huérfana de padre y con una mamá que creía en semidioses y en el demonio, que gritaba y sollozaba a la vez, daban ganas de enterrarse viva… No lo hizo.
Caballos cansados, conductor insistente. Sólo falta un día para arribar a Brujas. Por barco, el Nordzee los habría expuesto a descalabros y tormentas que se multiplican desde el noroeste, según les informó Mercy. Y quizá ellas no existirían ahora. El mar es para valientes, no para mujeres de la caridad: el viejo, como los demás, están convencidos de que son unas místicas zonzas. Vallen se indigna, Milea no interviene. De momento, deben dedicarse a sus compañeras de Brujas y a obtener subsidios”.
Paula Winkler (Buenos Aires, 1951) es jurista, doctora en Derecho por la UBA y magíster en Ciencias de la Comunicación. Narradora y ensayista, publicó cuentos, novelas y ensayos, entre los que se destacan El marido americano (Simurg, 2012), Viaje a Escandinavia (Vinciguerra, 2020), Sabias, santas, rebeldes (Diotima, 2024) y Un giro hacia la sensatez. Apuntes para una buena (con)vivencia (2026).


