El mal querer
Fragmento de la novela de Virginia Itatí Tognola, editada por Caburé.
1 de enero de 2010, 03:30 h
Quisiera ser de esas personas que lo tienen todo: belleza, dinero, poder. Sin embargo, estoy sentada en el sillón de mi casa con la cabeza entre las piernas y escribiendo para distraerme, pero apoyando el papel en el suelo para no marearme. Gabriel me dijo que, cuando me sintiera muy mal, escribiera, que eso a él lo ayuda a bajar.
A ver, ¿qué puedo escribir?… Se escuchan rebotar los graves de esa canción nueva que dice: “La mano arriba, cintura sola, da media vuelta, lanza culturo”, que vienen de la fiesta en la Sociedad Rural a la que íbamos a ir con mis amigos. Ahora que le presto atención a la letra de la canción, la encuentro fiera y rara. ¿Qué significa lanza culturo?
Que fuéramos a una fiesta cerca de casa es algo muy raro, pues vivo en la loma del orto en comparación a ellos que son del centro, a una lejanía relativa de quince cuadras. Me di cuenta de la relatividad de esa lejanía este año que me fui a estudiar a la Capital del país; ahí todo es en la otra punta del mundo, incluso el trecho de mi casa a la facu.
Resulta que el Tan me trajo una pasti para que pruebe por primera vez en la vida. Me bajó la presión y casi me desmayo por la confusión cuando llegaron los gurises a buscarme para hacer la previa. Parece que a mi cuerpo no le cabió el químico.
Me quedé culeca en el sillón del living y, para mi sorpresa, la Jose y Chinchilla se quedaron un rato para asegurarse de que no la quedara. A los demás les chupó un huevo y se fueron a la joda. Seguramente yo hubiera hecho lo mismo. A ellas, luego de un rato vigilándome, les dije que se vayan nomás, que tenía que echarme media hora y ya estaba. Se fueron y le dijeron a mamá que estoy en pedo para que se quede atenta sin tener que confesarle que estaba de pasti.
Siento que mi presión se va normalizando de a poco, definitivamente escribir me está ayudando a purgar la energía contenida que se me disparó y no puedo gastar por el mareo.
El imbécil de Gabriel sigue distante desde que me vine a Candelaria por las vacaciones de la facu. Me enoja que trate de levantarse pibas y que lo niegue. Me enoja no poder echárselo en cara porque sé que lo hace gracias a que adivine la contraseña de su Facebook. Me enoja no poder ir a la fiesta de año nuevo a hacer las cosas que a él no le gustaría que haga.
3 de enero de 2010, 14:30 h
Mi teoría sobre que Gabriel está en otra se va reforzando. A veces se borra por días sin contestar llamados ni mensajes. De repente, aparece con alguna excusa y yo, obvio, ya estoy enojada, pero él insiste y me deja millones de llamadas y mensajes hasta que me ablando y cedo. Además, si no contesto, se enoja él, y me termino sintiendo obligada porque si tardo en contestar, no tengo la posibilidad de hacerlo arrastrar un poco para contrarrestar el daño que me hizo.
Bueno, no, lo que quiero, en realidad, es que no se borre así de la nada y que además me haga sentir mal porque le paso factura. Como estos días, que yo estaba que arañaba las paredes sin saber nada de él desde antes de año nuevo, cuando me mandó que era el amor de su vida y que le alegraba que estuviéramos juntos y que nadie va a cuidarme tanto como me cuida él, pero después ni siquiera leyó lo que le contesté. Encima que le contesté de compromiso nomás, porque me parece patética tanta solemnidad en torno a las fiestas, pero bueno, le contesté, él lo leyó recién ayer a la noche y todo ese tiempo yo estuve muy triste pensando en lo poco que debe pensarme, si ni se le pasa por la cabeza avisarme que está vivo.
Entonces, como decía, cuando hablamos, le reclamé eso, pero él ya empezó a decirme que soy insegura, que no confío en que no está bardeando y también que mis celos son dañinos y van a terminar por arruinar todo lo hermoso que hay entre nosotros. Me decía “celos”, aunque yo no dije nada de ninguna chica, y bien que me lo estaba aguantando, porque sí pienso que hay otra chica, pero me callé nomás. Él siguió insistiendo tanto en lo de los celos y mi inseguridad que se enojó y terminé pidiendo perdón yo y prometiendo mejorar para él. Después me quedé pensando y no me parece justo que siempre termine pidiendo perdón yo. Por ahí tengo que ser más clara en las discusiones, ¿pero cómo? Si a veces hasta me hago apuntes con lo que le voy a decir para no dar lugar a sus enojos, pero siempre hay algo que digo mal y la termino cagando.
En resumen, ayer peleamos y hoy me cayó la ficha de que otra vez él no entendió lo que me molestó. Capaz él tiene razón, capaz lo primero sería que yo resuelva el tema de mi inseguridad y ahí recién vamos a poder empezar a resolver lo demás. Estoy enroscada con eso, no pienso con claridad últimamente. Igual voy a poner lo mejor de mí para él.
3 marzo de 2010, 20:30 h
Mañana vuelve Gabriel de sus vacaciones. Esta semana fue horrible, me sentí súper sola acá. Cada vez que conversaba con él, me hacía escenas de celos. Hoy a la mañana, me dijo que le daba asco después de preguntarme con cuántos había estado en mi vida. Fue re de arriba que me diga eso porque él ya sabía que yo estuve con muchos. Le mentí, dije no había salido de noche a ningún lado en estos días, si le decía la verdad era para acumular problemas nomás.
También me llamaron de un trabajo en la Universidad de Ciencias Sociales para el que me recomendó una compañera de mi facultad. No había entendido bien de qué era el trabajo, pero fui igual para ver qué onda; supe que la onda era que te pueden anotar en un plan social, que se corresponde a unas horas de trabajo en la semana, en cosas del centro de estudiantes. Quedaron en avisarme, pero yo la verdad no creo que me contraten, me fue medio para el orto en la entrevista. El pibe que me atendió se parecía a muchos de los demás que andaban dando vueltas por ahí: un poco lindo, blanquito, castaño, barba incipiente, buzo con capucha, mochila puesta de un solo lado, amabilidad forzada, mucha gesticulación de manos. La entrevista fue en la fotocopiadora, me explicó maso de que iba su “orga”. Se expresaba muy bien y a mí me intimidaba eso, así que hablé poquito y con la voz temblorosa. Cuando me acuerdo me da una vergüenza ajena, aunque es propia, pero ya pasó, así que es como si fuera otra persona. Me dijo que podía empezar haciendo los trámites por fuera de la facu, que siempre necesitaban alguna cosa y era medio complicado salir para ellos porque tenían que estar atentos a cosas de la militancia. Cuando le pregunté si era onda mandadera el laburo, me dijo que acá le dicen chepibe, que para ese rubro la mayoría de las empresas machistas solo contratan hombres dejando afuera del mercado nuevamente a las mujeres, pero en este caso, como son feministas, dejan que las mujeres hagan esas cosas. Entonces yo sería una “chepiba”. La verdad que por cómo me describió lo que tenía que hacer como chepiba no me pareció que estuvieran haciendo ninguna revolución de la mujer, pero bueno, él sabe más de feminismo que yo. Si me dan el laburo, me viene bien, como es en la calle no tengo que hablar mucho con nadie y eso me evita problemas con Gabriel.
Estoy en su departamento ahora, esperándolo, porque se suponía que llegaría maso a esta hora, pero su vuelo se atrasó. Como avisó que llegaba más tarde, me fumé un porrito para relajar. Estoy nerviosa por volver a verlo, la distancia no nos hizo bien. Tengo muchísimo miedo de perderlo, no quiero ni pensar en eso.
Lunes de junio
¿Por qué hago esto? ¿Por qué paso mis pensamientos a un cuaderno? Supongo que para entender, para cambiar, o para entender lo que no puedo cambiar. A cada día le sucede una noche, a cada noche, otro día. Pasa y pasa el tiempo, pero no pasa nada. ¿Y entonces? ¿Por qué aguanto esta agonía cotidiana de la absurdidad de existir? ¿Es que me metieron tan fuertemente la idea de que hay que valorar la vida que no puedo alcanzar mi mayor anhelo que es pegarme un corchazo? ¿O es que me da miedo que la gente me tenga lástima postmortem? Lástima no le quiero dar a nadie, yo nací para brillar fuerte… ¿O, en realidad, me convenzo de eso y solo nací para fracasar? Por ahora viene siendo así, fracaso tras fracaso en una vida que ni siquiera tengo interés de vivir porque me cago de embole. No hay nada que yo diga: “bueno, esto quiero hacer, esto me gusta, es por acá”. Ni siquiera estar con Gabriel porque, en el fondo, siento que lo odio con toda mi alma. ¿Tengo alma?
Sé que no soy la única con cuestionamientos, las personas suelen necesitar una explicación, no alcanza con ser, hay que saber, porque qué importa lo que puedas llegar a hacer si, después de todo, te vas a cagar muriendo igual, y pronto, en relación al tiempo del universo para el cuál no sos más que una pelusa de polvo de arena de culo en un mundo perdido en una galaxia flotando en el medio de la nada. Entonces, haga lo que haga, ya nací siendo una escoria para la inmensidad.
La vida no tiene ningún sentido de ser vivida. Cuando tenía doce años, papá me dijo que la adolescencia es difícil porque te ponés triste muy fácil, pero que después todo mejora, y que solo los adolescentes que son estúpidos se suicidan sin superar esa etapa. Como yo no era ninguna estúpida, aguanté. Pero mientras pasa el tiempo, me pregunto si realmente vale la pena no ser estúpida, porque creo que ya no soy adolescente, aunque no me siento grande tampoco. Pasa y pasa el tiempo y las cosas no mejoran. ¿Para qué voy a traer una persona a un mundo en el que ni yo quiero estar?
(…)
Después de haber llamado por teléfono a Gabriel y llorarle media hora tirada en la vereda para que nos veamos y que él me haya rechazado como un perro, no veo muchas opciones. Él parecía haber estado mirando la tele mientras yo le hablaba, todo me contestaba con monosílabos. Voy a quedarme mirando por la ventana del colectivo hasta que me dé sueño porque ya no veo nada sin la luz como para seguir escribiendo.
Virginia Itatí Tognola (Esquina, Corrientes, 1992) Es docente, comunicadora y escritora. Estudió Dirección Cinematográfica en la Universidad del Cine y Edición en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como periodista y realizadora, y publicó en medios internacionales como Nacla.org, New Internationalist y Progressive International. En los últimos años recibió reconocimientos en distintos certámenes literarios por sus relatos breves. El mal querer es su primera novela.