Entrevista a Leila Sucari, acompañada de un fragmento de la novela Adentro tampoco hay luz, editada por Tusquets
Por Iael Spatola
Leila Sucari escribe desde los bordes: el límite entre la cordura y la locura, entre lo humano y lo animal, entre la experiencia y la palabra que nunca alcanza a traducirla. En esta conversación habla del deseo, el cuerpo como territorio y el lenguaje como una traducción siempre incompleta y siempre necesaria.
Revisando tu obra, Leila, hay personajes femeninos que llegan a lugares muy oscuros y los atraviesan sin necesariamente salir de ellos, al menos esa fue mi sensación. ¿Cómo te llevás con esa oscuridad al escribir? ¿Es un lugar al que buscás ir o es algo que emerge?
No es algo que busco a priori. De hecho, no sé si los definiría como personajes oscuros, pero sí me interesa ir escarbando a medida que escribo, encontrando la voz, el modo, el tono: de qué manera hablan y sienten esas mujeres. Casi siempre escribo desde narradoras mujeres, pero no es algo que busco de antemano, sino que va apareciendo mientras estoy en el acto de escribir. Tampoco pienso en tramas o en estructuras; voy avanzando frase a frase, como quien agarra un pedazo de arcilla y va viendo qué aparece. Después, cuando tengo una primera versión, me pongo a corregir y a hacerle preguntas al texto: ¿quiénes son? ¿Qué hacen? ¿Por qué? Entender en una segunda capa. Pero no es algo que busque a priori.
No lo buscás, pero ¿creés que hay algo de esa oscuridad que sí te representa?
Sí, creo que hay algo de buscar extremos, de tensar los límites y las posibilidades de esos personajes, de hacerlos jugar con ciertos bordes. Tal vez a eso se refiera lo oscuro: cierto borde, cierto límite del que están todo el tiempo por caerse y no se llegan a caer, pero casi. Y algo también de lo que no se puede definir. Lo oscuro en ese sentido: un misterio o una pulsión que no es tan clara, que no se puede explicar racionalmente, que tiene más que ver con una intuición que con otra cosa.
Eso está en esos personajes, en esas mujeres de las que escribís. Pero ¿creés que también es una búsqueda tuya como escritora, jugar con los bordes?
Sí. Me interesa esto que te digo: exagerar todo. Cuando exagero encuentro verdades al escribir. Y también es una manera de arriesgar en la escritura, de no quedarse en el lugar más conocido, sino empezar a escribir y arriesgar a ver adónde me lleva la palabra y adónde me llevan ellas. Jugar con los bordes, con los límites. El límite entre la cordura y la locura es algo que aparece siempre. El límite entre lo humano y lo animal en Casi perra. El límite entre la libertad y el desvarío, el andar perdida, que pasa un poco en la última novela: todo el tiempo ese borde medio difuso. Me interesa todo lo que no es una definición ni una certeza cuando escribo.
Creo que eso se conecta también con los límites del lenguaje, algo que trabajaste mucho en Se dice así, donde para el personaje la palabra y el lenguaje son un tema en sí mismos, además de todo lo que está viviendo. Traigo un fragmento que me gustó del libro: “Escribir también es traducir. Todo lo que digo acá es de alguna manera una traición a la experiencia. Es un invento y es una verdad.” ¿Qué te habilitó escribir sobre esos límites de manera tan explícita en la novela?
Esta novela en particular tiene un tono que por momentos va hacia el ensayo, como en lo que leíste. Es una novela de mucha pregunta, y si bien está muy presente el cuerpo, también lo están la reflexión, la filosofía y la idea de la traducción: ¿qué es escribir? Es traducir de alguna manera todo el tiempo. Estás intentando traducir una experiencia que nunca vas a poder traducir del todo, pero es como bordear la emoción y tratar de acercarse mediante la palabra lo máximo posible. Lo que plantea el libro es que nunca se llega a traducir, pero en ese juego y en esa búsqueda están los descubrimientos.
Estuvimos hablando de las novelas, pero también escribís poesía. ¿Es el mismo proceso, o algo distinto entra en juego cuando se trata del poema?
Creo que es muy distinto el trabajo. Yo siento que casi siempre escribo narrativa; la poesía me parece el hueso de toda la literatura y es algo que leo muchísimo, cada vez más poesía que narrativa, de hecho. Y por eso creo también que mi narrativa está muy, entre comillas, contaminada de prosa poética: aunque sea una novela, hay mucho que se parece más a la poesía que a una construcción narrativa. No se puede separar la forma del contenido, y el trabajo con el lenguaje es para mí clave. Me importa más ese trabajo que el cuentito que se cuente, lo que pasa. La trama en sí nunca me interesa, aunque siempre existe porque es una manera de sostener el eje, la columna vertebral. Lo que me importa es lo que va apareciendo por los costados, que tiene más que ver con la poesía. Siento que la narrativa es una búsqueda que requiere cierto pensamiento; la poesía también, pero la siento más ligada a la intuición, a un destello que aparece de vez en cuando. La narrativa lleva más tiempo: es como habitar una especie de doble vida durante años, estás escribiendo una novela y a la vez viviendo esa vida paralela. El poema es como sumergirse y salir. Algo así.
Me quedo pensando en eso de la doble vida, en la escritura como un cuerpo paralelo que uno habita. Y hablando de cuerpos: en tu obra hay algo que me aparece una y otra vez, y es el deseo. Mujeres deseantes. Un deseo casi inmanejable, en Valdío, en Casi perra, en Se dice así. ¿Identificación, distancia? ¿O el deseo es, ante todo, una manera de correr a esas mujeres del lugar en que deberían estar?
Sí, el deseo como motor de la acción en el relato. Y también es una manera de correr la moral de la escritura: poner personajes que incomoden lo que se supone que debería ser una mujer, lo que se espera de una madre, de una abuela, como en Adentro tampoco hay luz. Poder correrse del estereotipo y ver ese cuerpo, entender a esa mujer particular. Esa es siempre mi búsqueda: ir de lo particular evitando lo general y el rol, sacar a la mujer del rol de mujer, de lo esperable y traer el cuerpo. El cuerpo me parece fundamental al momento de escribir. No puedo pensar personajes de manera abstracta: si no sé si es un cuerpo que está atravesando un terreno, un lugar, un espacio, no puedo escribir. Incluso los espacios donde suceden las cosas no son escenarios, son un personaje más. Y el tiempo también: no es lo mismo si esta novela transcurre en invierno; es el verano, y es ese verano, y ese cuerpo afectado por el calor. Así es la manera en que abordo la escritura.
Esa incomodidad, ese deseo que tensiona cierta moral, ¿contra qué discursos específicos lo sentís ubicado?
Y bueno, contra todo un poco. Me parece que la literatura tiene que ir contra este mundo del horror en el que estamos, o no contra todo, pero por lo menos contra algo. Tampoco es que me siento a escribir y digo “hoy voy a escribir contra este sistema”. Pero sí: la literatura es una manera de generar pregunta, de hurgar en ese discurso que parece tan dado, y poder abrir algún otro horizonte, aunque sea chiquito. Una posibilidad de algo diferente.
Esta entrevista se realiza en el marco de un ciclo que lleva el nombre de un verso de Gelman (Las raras circunstancias). Cuando el diálogo se abre al público del Ciclo, ocurre un desplazamiento donde ya no es solo una voz la que pregunta. La curiosidad que entra es sobre el proceso, sobre el adentro del trabajo.
¿Por qué escribís?
Uy, qué pregunta. No es una decisión, o es una decisión y a la vez no: creo que no podría no escribir. De hecho, escribo mucho y todo el tiempo; ya es mi forma de vivir y de entender el mundo. Cuando no escribo me pongo muy mal, así que más vale que siga. Necesito escribir para entenderme y para entender el mundo, aunque casi nunca lo logre. Igual es el ejercicio de la búsqueda. Y escribo también, creo, por lo que dice Marguerite Duras sobre el silencio: encontrar un espacio de silencio. En este mundo tan lleno de ruido, de estruendo y de velocidad, la escritura es lo único que me hace sentir otro tiempo, fuera del tiempo. Cierta verdad, de alguna manera. Y también porque la paso bien escribiendo.
¿Cómo elegís lo que va de lo que no va?
Gracias al periodismo no tengo esa cosa solemne de pensar que si publico un libro tiene que ser genial y único y maravilloso. Siento que publicaría todo lo que escribo sin problema. No porque crea que todo está buenísimo, sino porque creo que todo es parte de un ensayo y error, de una misma búsqueda. A veces me acerco más, a veces menos, a veces me desvío, pero forma parte de la misma cosa. Está bueno también quitarle el peso al libro y pensar la escritura como un ejercicio, como un ensayo, algo más efímero, aunque la palabra escrita tenga un peso. La sigo pensando como un movimiento y no como algo estático. Después, igual, hay cosas que no van a ningún lado: veo en el camino que algo se empieza a pinchar y lo abandono, y en general lo que abandono no vuelve. A diferencia de muchas otras personas con las que hablé, que me dicen que guardan todo y siempre lo usan después. A veces también me doy cuenta de que no estoy siendo muy honesta, o que hay algo artificial, y me enojo y lo abandono. Es muy intuitivo. No podría explicar por qué algo sigue y otra cosa no: lo percibo mientras lo estoy haciendo.
¿Necesitás que salga de un tirón?
Casi perra es un librito chiquito y me llevó cinco años, así que de un tirón no fue. En general escribo corrigiendo el mismo párrafo mientras avanzo, no tanto de corrido. Cuando termino todo, vuelvo a leerlo y ahí veo los huecos, lo que falta. Con el último libro me pasó que hice una primera versión muy rápida y después me di cuenta de que le faltaba mucha estructura, y me puse a trabajar eso. Pero en el momento en que escribo hay una suerte de urgencia, o más que urgencia una necesidad: no es algo que planeo, es como “necesito escribir esto”. Y creo mucho en los libros que son necesarios, no tanto en los que son una decisión, sino en los que nacen de una necesidad de estar escribiendo lo que uno está escribiendo para entender algo de un tema que te genera ilusión, desilusión, incomodidad. Ahora estoy escribiendo sobre las casas, por ejemplo, y voy leyendo cosas, poniéndome en diálogo con el mundo desde ese tema.
Fragmento de Adentro tampoco hay luz (Tusquets, 2017)
La abuela me pidió que sacara las frutas maduras. Hoy es su cumpleaños y quiere regalarse una torta. Sabe que si no la hace ella nadie va a hacer nada. Mamá está masajeando los pies del novio mientras él reza y canta en ese idioma que no entiendo. Me dijo en secreto que está a punto de ser un iniciado y que yo debería aprender sus técnicas si no quiero terminar gorda y tacaña igual que la abuela.
El árbol de pomelos está lleno de mundos amarillos. Nunca había visto frutas de ese tamaño, son casi como mi cabeza. Arranco uno y lo aprieto hasta agujerearlo. El jugo se desparrama por mi mano y me chupo los dedos. Es agrio pero me gusta. Me invade la nariz de un perfume cítrico y potente. Vuelvo a apretar y el mundo se quiebra en mi mano por segunda vez. Muerdo un pedazo, mi boca se despierta. Devoro la pulpa, la absorbo y mastico dejando que el líquido forme un río entre mis labios y mi cuello.
Cuando no queda nada, separo la cáscara en dos mitades y me hundo en una de ellas, la aplasto contra mí como si fuera un antifaz que pudiera pegarse a mi piel y hacerme otra. Desaparezco en la textura fría y húmeda del pomelo. Te vas a quedar ciega, nena, grita la abuela. Me desprende de mi nuevo pellejo y me empuja a la tierra. Al final en esta casa no se puede pedir nada, dice y corta dos ramas que desbordan de frutas en equilibrio. Se aleja balneándolas mientras yo me limpio las manos con el pasto todavía mojado por el rocío.
La vecina llegó a las cuatro de la tarde. Tenía un vestido a cuadros y un par de zapatos nuevos. Venía caminando desde su casa con un chancho gigante que arrastraba por el medio de la calle de tierra. Me dio un beso con ruido y puso mis manos sobre el animal. Sostené a Flora, no la sueltes, dijo. Olía a colonia, la misma que usa mi prima para perfumarse después de un baño de inmersión. La chancha tenía la piel cubierta de pelos que apenas se veían. Pensé en subirme al lomo y dar un paseo por el campo, pero no quise parecer una nena y me quedé quieta esperando sus indicaciones. La mujer se soltó el rodete y ato la cinta roja al cuello de la chancha. Ahora sí, tu abuelita va a estar feliz, dijo. Le faltaban algunos dientes pero tenía la sonrisa de una chica joven y hermosa como mi prima. Le apreté la mano y fuimos juntas a la cocina.
La abuela estaba sentada frente a la torta recién salida del horno. Feliz cumpleaños, querida, mirá lo que te traje. Está preñada y las crías son todas tuyas, para que no pases carencias, con uno solito que me engordes está bien, le dijo y le entregó a la chancha de moño rojo. A la abuela se le llenaron los ojos de hambre. Abrazó a la amiga como nunca vi abrazar a nadie. Vos sí que sos familia, tendrías que dejar al borracho de tu esposo y venirte a vivir acá, le dijo y las dos se rieron como si fuera un chiste. A la Flora me la traes de vuelta, que ella no sirve para puchero, dijo la vecina dándole a la chancha un golpecito en la panza. El animal nos miraba con los ojos muy abiertos y movía la boca de un lado al otro, creo que intentaba decir algo.
Mientras la torta se enfriaba, la vecina maquilló a la abuela. Dijo que había que arrancar el año a todo trapo y que si la vejez llegaba, mejor que no se notara. Le puso una capa de polvo marrón sobre las grietas de los cachetes, lápiz de labio rojo en la boca y pintura verde en los párpados. La abuela me besó con un entusiasmo exagerado y me dejó la frente tatuada. Así quiero que aprendas a pintarme cuando esté en el cajón, mamita, dijo y me mandó a buscar una vela para los deseos.
Mi prima se había levantado y se paseaba en camisón mostrándole el culo a la chancha. Mamá prendía la salamandra y el novio se pasaba la lengua por los labios como un perro con sed. Te vas a paspar nene, le dijo la vecina. Él le clavó la mirada en el hueco de los dientes y dio un salto del sillón a la mesa. Nos sentamos alrededor de la abuela y cantamos el feliz cumpleaños. La vecina gritaba bravo y tiraba gotas de vino al aire, alegría, alegría.
Después de los aplausos, mamá sirvió la torta. Le dio un mordisco y puso cara de asco. ¿Es de pomelo?, preguntó. La abuela agarró el cuchillo y tiró la porción de mamá al piso. La chancha se la comió en un segundo. Al que no le guste que no coma, dijo mientras abría otra botella de vino. Viejita linda, no te me enojes, respondió mamá apoyando la mano sobre el hombro de la abuela. Viejos son los trapos, nena.
El novio masticaba en cámara lenta y enumeraba los ingredientes con los ojos cerrados. Pomelo, manteca, azúcar, decía y largaba sonidos de placer. Mi prima no la probó. Le miraba la nuca al novio de mamá y se mordía los labios. La abuela pegó una patada por debajo de la mesa que hizo temblar mi taza de mate cocido. Le dijo a la amiga que estaba cansada de la atrevida y señaló a mi prima. La vecina prendió un cigarrillo y dijo que tenía que hacer mandados. Se fue sin saludar. La abuela se levantó de la mesa y se puso a tararear una canción. Bailó alrededor de la chancha y la bautizó volcándole vino sobre una oreja. Sos mi promesa, le dijo y siguió bailando hasta que la chancha lanzó un excremento líquido sobre la alfombra. La sacó afuera de un escobillazo y se fue a seguir su fiesta a la cocina. Acá son todos una manga de amargos, pero a mí no me van a arruinar el cumpleaños. ¡A mi salud!, gritó. Le dije feliz cumpleaños y me senté en el piso. Junté todas las migas hasta formar una bola de masa sucia. Mi prima jugaba con los pies desnudos del novio de mamá. Él seguía con los ojos cerrados, no se daba cuenta de nada.
Leila Sucari (Buenos Aires, Argentina, 1987) estudió artes visuales, periodismo y filosofía. En 2016 su novela Adentro tampoco hay luz ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes, por lo que en 2017 fue publicada por la editorial Tusquets y en 2019 por la editorial Planeta España. Ese mismo año publicó su segunda novela, Fugaz. En 2020 publicó el libro de poemas Baldío, en 2021 las crónicas Te hablaría del viento y, en 2022, el libro de poesía visual Caballos de mar. En 2023 publicó la novela Casi perra. Su libro ¿Se dice así? obtuvo el Premio María Elena Walsh-Sara Facio y fue publicado en 2025. Dicta talleres de narrativa, es editora freelance y escribe para La Agenda y otros medios.
Iael Spatola (Buenos Aires, 1994) es licenciada en Sociología (UBA), diplomada en Medios y Redes (UNSAM) y becaria doctoral en Ciencias Sociales (UBA). En 2024 publicó su libro de poesía Mi punto de sutura. Participó de antologías y publicaciones en revistas literarias. Integra el espacio Juan L. Ortiz del Centro Cultural de la Cooperación.


