Luisa Valenzuela : “No pertenecés a la realidad si no estás escribiendo”
Entrevista realizada en el ciclo Literatura y Memoria, coorganizado junto a la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA
Por Malena Trufó Reutemann y Luisina Bellini
Luisa Valenzuela es autora de más de cuarenta obras que abarcan novelas, cuentos, microrrelatos y ensayos. Fue la primera mujer en ganar el Premio Internacional Carlos Fuentes y ejerció la docencia en la Universidad de Columbia y en la Universidad de Nueva York. Esta entrevista, realizada por estudiantes de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires, propone un recorrido por su obra literaria a la luz del concepto de memoria.
Tarde de miércoles en la calle Corrientes. En el Centro Cultural de la Cooperación, el movimiento de la tarde porteña se detiene. Luisa Valenzuela llega de rojo y negro, haciendo gala de la ironía que la caracteriza: en el ascensor, entre risas, bromea con que espera preguntas fáciles, por ejemplo: “¿dos más dos?”
En la sala Jacobo Laks el público aguarda expectante las palabras de la escritora.
¿Qué soñabas de chiquita?¿Soñabas con ser escritora?
Decididamente, no. No soñaba para nada con ser escritora. Yo soñaba con ser aventurera o físico matemática, según la edad. Soñaba con ser cualquier cosa menos escritora porque estaba rodeada de ellos. Mi madre, Luisa Mercedes Levinson, era una gran escritora.
En mi casa había un salón literario al que venían Borges, Sábato, Mallea, los grandes poetas, escritores del exilio español… Una cantidad de gente muy interesante y muy pasiva. Era una cosa muy quieta y yo era una criatura muy inquieta, así que no me atraía para nada. Pero sí era muy lectora y asistía muchas veces a las conferencias que daban porque me interesaban. Me convocaba el conocimiento. De hecho, cuando terminé el bachillerato quería seguir con una especie de bachillerato evolucionado, eterno, porque quería estudiar todo. No quería especializarme en algo y creo que por eso me hice periodista. Porque, en última instancia, sobre todo lo que no sabemos, preguntamos, entrevistamos y, de ese modo, nos metemos en los distintos mundos. Así que no, no quería ser escritora de chica.
¿Recordás cómo fue el primer impulso o el momento clave en el que dijiste “me quiero dedicar a escribir” por primera vez?
Sí, me acuerdo perfectamente. Porque, a los seis años, dicté un poema, un poema muy serio, que decía: “Hacia ti viene la muerte a un paso elemental…”, inspirada, posiblemente, por Poe. Después me olvidé. Después de eso, a los quince, escribí alguna que otra cosita y nada más.
Había una escritora muy famosa en ese momento, Gloria Alcorta, que escribía cuentos fantásticos. Y, un buen día, a los diecisiete años, dije: “Es fácil escribir un cuento como ella”. ¡Qué caradura! Entonces me senté a escribir un cuento, asociando dos temas: por un lado, una expresión de mi abuelo que decía “esta sopa sirve para revivir a los muertos” y, por el otro, las termas de Copahue, un lugar muy interesante en el que había estado, que era como un infierno. Entonces escribí un cuento que sigue circulando; en su momento se llamaba “Ese canto”, después lo pulí un poco y ahora se titula “Ciudad ajena”. Así descubrí la aventura de escribir, descubrí que escribir no es contar una historia que uno conoce, sino entrar en otro mundo. Es decir, descubrir algo a medida que se escribe. Y eso fue lo que me atrapó.
A lo largo de tu obra está latente el tema de la memoria y, sobre todo, la revisita a hechos históricos argentinos. ¿Cómo te relacionás con el concepto de memoria? ¿Cómo lo tratás en tus escritos?
Es raro porque vengo de una situación donde no se podía hablar de política en la literatura. Era el debate eterno entre Borges y Sábato: el arte por el arte o el arte dirigido. Entonces, la idea de un mensaje en literatura era complicada. Por otro lado, mis amigos eran de izquierda, así que estaba en ese conflicto, pero yo evitaba el tema político cuidadosamente. De hecho, en Los heréticos, mi primer libro de cuentos, no hay nada de eso. En un momento, me dijeron que a Rodolfo Walsh le gustaban esos cuentos. A mí me sorprendió mucho, me preguntaba por qué le gustarían a Walsh. Cuando lo conocí le dije: “bueno, yo sí tengo mi ideología, pero no aparece en mis cuentos”. Él me dijo: “Sí, la ideología siempre aparece; aunque uno no quiera, está ahí latente”. Eso fue una gran lección para mí. Todo aflora a pesar de uno mismo, dentro de la selección de las palabras, el enfoque, qué es lo que vas a tratar y demás. Durante mi época periodística trabajé de planta en el suplemento gráfico de La Nación que, en ese entonces, era un verdadero diario, aunque conservador, y siempre se encontraba un resquicio para incluir artículos sociológicos. Fue entrando ese mundo en mí hasta que finalmente escribí una primera novela muy política, Cuidado con el tigre, que guardé para que el tiempo la digiriera porque yo sentía que era demasiado directa. Pero, entonces, se me impuso la realidad argentina; más que la memoria era la inmediatez, la necesidad de leer el horror que estaba pasando: la triple A, López Rega, la dictadura… Era la urgencia de ir contando todo eso, era la memoria del futuro, era dar testimonio más que memoria.
¿Eso lo tenías presente mientras estabas escribiendo o te diste cuenta después de que funcionaba de esa manera?
No lo entendía como una cuestión de memoria o no memoria, o de futuro, pero sí era consciente de lo que estaba narrando.
Después de escribir Cuidado con el tigre participé en el programa Writers’ Workshop en la Universidad de Iowa, que consistía en estar encerrada nueve meses bajo la nieve con cuarenta escritores latinoamericanos espléndidos, de muy buen nivel, como Fernando del Paso y Néstor Sánchez, entre otros. Fue muy divertido aunque hablaban de la muerte todo el tiempo y, a mí, la muerte no me interesaba, era muy joven. Pero, un día, surgió una cosa muy tremenda, muy experimental, muy loca: los gatos de la muerte, que le dieron vida a El gato eficaz. Se publica la novela y me voy a vivir a Barcelona. Ahí nace otra novela muy extraña, Como en la guerra, en la que aparecen los personajes de Cuidado con el tigre inmersos en un denso trasfondo político.
Vuelvo a Buenos Aires en plena Triple A y me encuentro con algo totalmente diferente a lo que había dejado. Cuando me fui, había sido elegido Cámpora como presidente, todo estaba muy tranquilo, liberaban a los presos políticos, todo fantástico. Cuando vuelvo el terrorismo de estado ya era muy evidente. Esto lo conté mil veces pero es una experiencia muy fuerte. Llegué y dije: “tengo que escribir un libro de cuentos en un mes, para entrar de nuevo en mi país porque, si no, estoy afuera, no entiendo nada”. Entonces iba a los cafés y escribía los cuentos de Aquí pasan cosas raras que era como un testimonio en ficción, un invento de lo que estaba pasando, de lo que yo veía que estaba ocurriendo y, así, fui entrando. Finalmente, cuando escribí Cambio de armas, en el ‘77, ya no se lo podía mostrar a nadie, porque se había instalado la tortura, estábamos en todo ese horror de la dictadura.
Ahora es memoria, pero en ese momento era lo que estaba pasando. Al punto de que no me animé a mostrárselo ni a mis grandes amigos con los que estábamos actuando, haciendo cosas políticas: teníamos asilados en casa, pasábamos mensajes y demás. No me animé ni a mostrarles el cuento a ellos, porque me parecía que era excesivamente atroz y que estaba inventando, que había inventado mucho. Cuando vinieron los juicios y las declaraciones, me di cuenta de que no había inventado nada, que habían pasado cosas muy parecidas. Entonces escribí el cuento “Simetrías”, que habla de eso. Lo que hice, de alguna manera, fue tratar de contar el momento o, mejor dicho, la percepción del momento, lo que iba recibiendo, y lo hacía desde el lugar de la literatura, que no es una cosa tan fáctica.
Y hoy, ¿creés que aquí siguen pasando cosas raras?
No solamente están pasando cosas rarísimas, sino que están avaladas por una especie de indiferencia, por una especie de realidad falseada y que, además, aceptamos. Es inconcebible. Yo no entiendo cómo estamos en manos de esta gente. Lo veo y lo acepto porque no me queda otra, pero no lo entiendo, desde tener un presidente que se asesora con un perro muerto, hasta las falsas noticias, la post verdad… Son cosas rarísimas.
Incluso en una entrevista con Silvia Hopenhayn comentás la relación entre algunos de tus personajes y figuras actuales.
Sí, cuando salió la reedición de Cola de lagartija, que es mi novela sobre López Rega, muy ficcional, muy inventada, apareció un zócalo en C5N que decía: “Esto es neo-lopezreguismo”. Todo está conectado, ese mundo del tarot, de la magia, tan presente en mi novela, es lo que estamos viviendo y aceptando con naturalidad y eso es obra de las redes sociales, de la inteligencia artificial. Estamos entrando a este mundo en el que no sabemos dónde estamos parados, porque estamos rodeados de algoritmos.
Si quisieras ponerte a escribir sobre esta extraña realidad, ¿te animarías a hacerlo o sería demasiado?
Lamentablemente, me supera, por ahora. Yo no sé si son los muchos años que llevo encima y, sobre todo, los muchos libros. Sin embargo, no tendría que superarme, porque es abordable desde la ficción, desde ese lugar donde la cosa fluye sola. Pero cuesta mucho entrar en esa instancia. Es una cosa casi mediúmnica cuando entrás en la novela, es un estado tercero, es como que la novela te sigue. Uno hace su vida normal porque no queda otra y, es lógico, pero la novela se sigue cocinando por detrás y eso es fascinante. Me cuesta entrar en esta situación.
Tengo elementos, sí. Además ya venía trabajando un tema y estudiándolo. Pero puede ser que ya lo tengo demasiado estudiado, también. Es la historia de Victoria Montero, la maestra esotérica de López Rega en Paso de los Libres. Eso lo encontré investigando para La máscara sarda: el profundo secreto de Perón, todo real. López Rega era manosanta, después se piró totalmente y se fue a la política, y esta mujer lo echó, no quiso saber nada con él. Entonces, yo quería escribir sobre ese tema y vincularlo con esto. Hay una herencia de alguna manera. Pero me va a costar mucho, no prometo nada.
Tu recorrido abarca tanto la literatura como el periodismo, es decir, contar lo que está pasando, ¿por qué elegiste la literatura para hacerlo y no seguiste con el periodismo?
Porque me eligió a mí. Yo escribo sin mapa, sin tener un detalle de lo que quiero hacer. Eso me parece fantástico, pero no lo sé hacer y las veces que lo he intentado me salió pésimo. Entonces yo entro de cabeza en algo que no sé qué va a ser y se va gestando a medida que lo voy escribiendo, si tengo mucha suerte y, si no, tengo que tirar todo a la basura o insistir, buscar por otro lado, y ver qué se está narrando ahí dentro de mí. Por eso en este último libro, ¿De dónde vienen las historias?, me pregunto dónde están esas historias que, de alguna manera, se van gestando solas. Después fui columnista y pude hablar de cosas políticas, aunque tampoco tengo una formación política como para opinar desde un lugar muy sabihondo, así que prefiero la invención y la imaginación. Son dos maneras muy distintas de encarar la realidad. Yo creo que sé escribir más desde ese “no saber” de la literatura que desde el “tengo que decir” del periodismo, que es limitado.
Desde el periodismo tenés que contar con los datos concretos y la certidumbre; en cambio, desde la literatura podés plantear las preguntas y abrir espacios. Son espacios en los que el otro tiene que intervenir, entrás en un diálogo. Desde el periodismo das tu opinión, tenés que ser afirmativo pero la literatura te permite bucear en lo que no sabés. Por eso, mi libro de crónicas periodísticas, que se publicó hace un par de años, se llama La mirada horizontal porque creo que, en el periodismo, la mirada tiene que ser así. El verdadero periodismo utiliza los datos concretos para avanzar. Aunque ahora no tanto. No hablemos del periodismo de hoy en día, eso es otra historieta: las fake news, etcétera.
Con la literatura, la mirada es vertical porque la tarea es profundizar y profundizar en algo que no sabés, en lo desconocido. Es una aventura.
Viviste en Francia, Estados Unidos, España y México. ¿De qué modo la experiencia de haber vivido en varios países influyó en tu escritura y en tu mirada sobre Argentina?
Siempre tuve la mirada puesta en Argentina, estuviera donde estuviera. No viví en Estados Unidos, viví en New York que es muy distinto. Hago esa aclaración importante. Además, el New York de los ‘80 era la cosa más loca y fantástica de la tierra.
En ese entonces, 1979, trabajaba con Amnesty International y en la Red de Defensa de la Libertad de Escribir de PEN Internacional, haciendo todas las denuncias posibles porque era plena dictadura militar. Mi primera novela, que escribí en Francia a mis veintiún años, era porque extrañaba Buenos Aires. Pero era un Buenos Aires totalmente arquetípico y de los bajos fondos. Por algún motivo me atraen los bajos fondos de las ciudades. Tanto es así que cuando me pidieron una trilogía para publicar en el Fondo de Cultura Económica, les propuse tres novelas sobre los bajos fondos: Hay que sonreír, situada en Buenos Aires; Como en la guerra, en Barcelona, y Novela negra con argentinos, en Nueva York. Pero siempre son personajes argentinos, sea donde sea. Y creo que elijo los bajos fondos porque es como el inconsciente de las ciudades, lo oscuro de las ciudades. Me gustaba mucho de joven andar por el bajo, por La Boca. No era una ciudad peligrosa; a la medianoche, a las dos de la mañana, merodeábamos por esos lugares con mi barrita de amigos de quince, dieciséis, diecisiete años. Eso resultó en Hay que sonreír, donde aparece el Palacio del baile del Parque Retiro, que ya no existe, claro.
En varios de tus libros hablás de la espeleología, la ciencia que estudia las cavernas. Nos contaste que cuando eras chica querías ser exploradora. ¿Sentís que hay algo de esa exploración en tu forma de escribir?
Yo creo que la literatura de este tipo es la espeleología sin casco. O sea, es un riesgo, porque te estás jugando al entrar en esos lugares. Moviliza muchas cosas. George Steiner habla de los lúgubres lugares. Cuesta mucho entrar en ellos, pero uno se pierde la mitad de la cosa si no los inspecciona, por eso hay que explorarlos.
Retomando la cuestión de animarse o no a escribir sobre esta realidad tan adversa, no tengo miedo de que me pase algo porque creo que quienes están en el poder no entienden nada de la ficción, así que puedo escribir tranquila, en ese sentido no me preocupo.
También hablás de que la escritura es un “escarbar en el lenguaje”. Nos interesa saber por qué elegiste esa palabra, “escarbar”.
Es una cosa animal. Escarbar, además, es buscar meticulosamente. Esto me hace pensar, establecer asociaciones: en una parte de Atacama hay un observatorio astronómico importantísimo en medio de un desierto de piedritas y, allí mismo, están las mujeres que no dejan de escarbar, buscando los huesitos de los desaparecidos chilenos. Entonces hay un escarbar también en la historia que es de una dedicación muy profunda. Es una cosa muy sensual, muy de poner el cuerpo también. De poner el cuerpo en el lenguaje.
Una vez que escarbaste, ¿sentís que tus palabras logran reflejar eso que viste? ¿Te alcanzan tus palabras?
Si tenés mucha suerte, sí; si no, ahí queda. Cuando estaba escribiendo Como en la guerra, en Barcelona, leía al mismo tiempo Las enseñanzas secretas de los budistas tibetanos, de Alexandra David-Néel. Allí se habla de la desintegración del yo; es esa la enseñanza secreta tibetana y budista, y fui trabajando eso desde otro lugar absolutamente distinto. Decidí irme de Barcelona a París y luego a México. Finalmente leí lo que escribí y me dio un patatús. Fue muy fuerte, lo escrito mostraba una desintegración del yo, del personaje. Mientras escribía no me daba cuenta, estaba encantada pensando “qué bien me sale, cómo fluye”. Lo tremendo es que nunca puedo volver a escribir algo parecido a lo que ya he escrito. Eso me parece bien; por un lado, porque innovo, pero a la vez es muy limitante, porque no puedo volver y, a veces, quisiera volver a un mismo tono, a una misma temática.
¿Y tu atravesar tantos géneros quizás fue por eso? ¿O fue una búsqueda más deliberada?
No atravesé tantos géneros; nunca hice poesía, apenas la toqué con la puntita de los dedos porque le tengo mucho respeto. Me agarró una especie de veta poética en el momento de recuperación de la escritura después de una meningitis, pero no me siento poeta. Y los ensayos que hago son muy personales o narrativos, no son ensayos eruditos. Pero sí, también puede ser una forma de búsqueda. Uno busca porque en última instancia lo único que importa es buscar. Si vas a encontrar ya terminaste.
Hay una fuerte presencia del cuerpo en el contenido de tus escritos: En tu primera obra, Hay que sonreír, la protagonista es una trabajadora sexual; en Cola de lagartija, el personaje de López Rega tiene a su hermana Estrella “incorporada” en su propio cuerpo; en Los tiempos detenidos, hablás de tu experiencia corporal después de tu meningitis en 2010. Nos interesa saber qué lugar tiene el cuerpo en tu proceso creativo.
Yo creo que se escribe con el cuerpo. Eso lo he dicho siempre. Porque escribís con la cabeza pero todo está involucrado, toda la energía, la líbido, todo el cuerpo está implicado en la escritura. Así que, por eso, me asusté con la meningitis. Cuando me fui de mi cuerpo, me fui de la escritura. Recuperé las palabras, hablaba normalmente pero no podía crear, no había nada de sustrato. No me podían tocar el cuerpo, no podían mencionar la palabra “cuerpo”, me ponía muy mal, completamente fuera de mí. Entonces ahí lo sentí más profundamente. El cuerpo es todo uno, no estoy separando la cabeza, el cuerpo… Salvo que mi primera protagonista justamente en esa historia vive la separación de la cabeza y el cuerpo. ¡Qué gracioso! Cuando lo escribí no lo pensé para nada.
Comentabas hace un rato que no tenés un mapa a la hora de escribir. Entonces, ¿cuál es el punto de partida en ese proceso?
Puede ser cualquier cosa el punto de partida: puede ser una frase, puede ser una anécdota que me contaron, puede ser una idea. Desgraciadamente cuando tengo muchos puntos de partida como esta historia que me preguntaban y toda la idea de López Rega y Milei, es demasiado, tengo demasiada historia, me cuesta entrar.
A veces, el punto de partida puede ser una sola frase y, a veces, es un personaje, como me pasó con Masachesi. Él se me aparece en un cuento. Era un comisario, pero un ex comisario muy sui generis, un tipo culto, que le gustaba la pintura, después le va a gustar la literatura. Y una mañana, así solito se me aparece y me dice: “¿cómo pueden haber matado a Nisman los servicios secretos israelíes y norteamericanos a distancia?”. Y me dije “es impecable lo que me cuenta este tipo”. Entonces escribí, anoté todo eso rápidamente. Después les escribí a mis amigos y les dije: “hoy me siento Macedonio, no sé lo que hice pero escribí una novela antes del almuerzo”, porque había salido eso. De golpe yo tenía esta cosa tan sólida, tan interesante… Una cosa tan compleja. Después recurrí a los datos concretos, pero no pude escribir una novela policial, porque yo no sé escribir una novela policial. En ese género, el escritor sabe el final y tiene que ir rearmando la historia para llegar a ese final, pero yo tuve que contar toda la historia, la vida de este tipo e incluir otro pedazo de novela con el que estaba experimentando. Hice mucho antes de, finalmente, escribir la novela. Me divertía en grande con mis diálogos con mi protagonista. Él me fue tirando las cosas.
Luego me pregunté “¿por qué me salió el tema Nisman, por qué una mañana me despierto y sé esto de Nisman, si yo no estaba pensando en eso?”. Después me encontré hurgando en mi computadora, buscando otra cosa que yo había escrito como dos años antes: un cuento en el que dos escritores descubren y empiezan a jugar sobre quién había sido; si fue un asesinato, si fue un suicidio, van cambiando de roles y descubren una verdad tan peligrosa que a uno de ellos lo matan y el otro sospecha que lo mataron porque habían descubierto toda la verdad. Entonces tiene que ocultarse, pero la va a contar. El cuento quedó ahí porque yo no sabía qué habían descubierto. Y aunque en el cuento no apareciera cuál era la clave de todo eso, si yo no la sabía, no me servía el cuento, aunque no usara esa información. Pero la descubrí después. Dije “¡claro!, esta es la respuesta de este cuento”. Fiscal muere sale dos años después, sin acordarme del cuento. Entonces se ve que la cosa vuelve, sigue trabajando en lo que los norteamericanos llaman “la hornalla de atrás”, el back burner. Eso siguió cocinándose solito. A mí me encanta descubrir esos fenómenos, y el humor, por supuesto. Pensemos en el humor, pongámoslo en primer lugar porque creo que es el motor que nos mantiene vivos. Y la manera en la que podemos soportar esta realidad. ¡Dios mío!
El humor y la locura son herramientas centrales en tu obra, recursos que invitan a los lectores a explorar lo desconocido, un terreno a veces difícil para quienes buscan estructuras rígidas. ¿Tenés en cuenta la experiencia del lector durante el proceso de escritura?
Yo no me imagino a ningún lector o lectora, ¡menos mal! porque, si no, ya estaría tratando de quedar bien con alguien. En algún momento dije que al que me imagino es a Hannibal Lecter, de El silencio de los inocentes, porque exige la pura verdad. No te digo que haya una verdad, pero hay sinceridad en esa escritura, algo que da cuenta de que no estás trampeando.
Y vos, ¿cómo sos como lectora? Si no fueses la autora de tus libros, ¿te gustarían?
Debo confesar que me gustan cuando los leo, sí. Lamentablemente, me he vuelto alguien que espera que los libros se escriban como yo los escribo. Que se escriban con una cosa medio críptica, medio extraña. Fui una lectora muy voraz, maravillosa, buena lectora durante toda mi juventud. Hoy soy una lectora perezosa, ecléctica, mala. Pero me pasa que de golpe me reeditan, entonces tengo que releerlo. Y pienso “¡pucha!, ¿por qué no puedo escribir más así?”
¿A la hora de reeditar hacés muchos cambios?
No, me es imposible. Quizás cambio una palabra, una cosa que rime, porque en eso soy muy cuidadosa. Alguna cacofonía, algún verbo… pero no, no hago ningún cambio porque no lo sabría hacer. Porque ya eso no me pertenece. Ya es otra cosa, así que aunque quisiera…
Salvo con Cuidado con el tigre, que sí hice unos pequeños cambios para que no quedara en una cosa muy flagrante el mensaje político. Pero nada más. Las otras cosas, aunque quisiera, no podría. No quiero, de hecho.
Respecto a los rituales que tenés como escritora, ¿cómo fue cambiando tu manera de escribir a lo largo de los años?
Desgraciadamente fue yéndose hacia la computadora, que no es lo más aconsejable de la vida. Antes escribía a mano. En el papel, al momento de pasar en limpio, vas corrigiendo, vas puliendo. Cada pasada en limpio es una manera de pulir. Ahora es cut and paste. Trato de escribir a mano y no me sé leer más, porque no me entiendo la letra. Soy una desconocida para mí misma.
¿Cómo sos a la hora de ponerle un fin a tus obras?
Me abandonan, llegan solas al final. ¡Me da una pena! A veces me duelen. Pienso “terminó, se acabó con esta gente”.
A veces me cuesta llegar al final. En El Mañana tenía que llegar a una conclusión, hacía siete años que estaba escribiendo esa novela. Y se me ocurrían soluciones inteligentes, pero no me servían porque eran cosas que venían fuera del texto. El final tiene que pertenecer a todo ese conjunto de historias que has ido armando a lo largo del tiempo desde un principio, no se le puede colocar algo desde afuera. Entonces, tenía finales interesantes que descarté, pero que fui anotando. Cuando la reeditaron, diez años después, encontré esos finales que habían sido una exploración, que había creado porque no sabía cómo seguirla; todo eso fue publicado como Carta de navegación de El Mañana, porque “El Mañana” es un barco. La carta cuenta con todos esos finales descartados, la conversación con el narrador, el narrador que tiene a alguien que le da norte desde la zona… Siempre hay alguien detrás. Como el segundo poema del ajedrez de Borges: “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza; de polvo y tiempo y sueño y agonía?”. Porque siempre hay un Dios detrás de Dios. Porque uno cree que hay alguien que le está dictando, pero hay algo que está detrás. Es muy difícil de explicar; hay un narrador que conversa con la trama, es alguien que está por encima de la persona que está sola escribiendo.
¿Qué representa para vos la escritura hoy? ¿Qué te impulsa a seguir escribiendo?
Tengo menos impulso ahora, son muchos años. Pero creo que es la necesidad de descubrir lo desconocido, de entrar en otra dimensión, en aquello que no sé. Es una forma de la búsqueda, de indagar, porque cuando no entiendo cosas, las voy descubriendo. Es una manera de derivar sentido, de entender esta cosa tan caótica que es la realidad. Yo siento que escribiéndola pertenezco un poco, me siento un poco más consustanciada con las cosas, entiendo un poco más, aunque no tenga nada que ver con lo que estoy escribiendo. Al mismo tiempo pienso que he escrito demasiado. Tengo un montón de diarios que quiero recopilar, que quieren que recopile. Capaz me encuentro con millones de diarios que dicen “no estoy escribiendo, ¡qué horror las novelas que no escribo!”. Y tengo casi cuarenta libros, ¡un montón!, no puede ser. Pero es esta sensación de que no pertenecés a la realidad si no estás escribiendo. Y pasan meses, y hasta años, sin pertenecer a la realidad. De todos modos, no pertenecés nunca igual (escribiendo o no), así que lo otro es un engaño. Pero es un engaño simpático.
¿Sentís que tuviste un proceso de aprendizaje respecto a la escritura? ¿Se puede enseñar a escribir?
Enseñar a escribir es una cosa muy difícil. Se puede señalar. En Nueva York me hicieron enseñar a escribir. No es mi trabajo ni mucho menos. Lo que yo veía era la parte que no te das cuenta, señalaba el secreto, porque a veces la persona que escribe no sabe dónde está. De ahí mi trabajo de Escritura y Secreto. Hay un secreto que uno tiene que estar bordeando sin revelarlo, porque no lo podés develar, pero sí es necesario bordearlo, conocerlo, indagarlo, explorarlo, y dar un paso más allá. Entonces siempre es la locura esa, la necesidad, tipo Cortázar, de llegar a lo inefable, a aquello que no puede ser dicho. Es una tentación muy grande, muy linda. Podés enseñar a ser sincero, a no hacer trampa en la escritura. De ahí en más cada uno tiene su talento. También hay que ver qué talento tiene cada uno, porque hay diversos talentos.
¿Creés que tu trayectoria profesional dejó una marca en la memoria colectiva?
No soy tan pretenciosa; no, no creo, no. Me gustaría colaborar un poco, dejar mi granito de arena. Pero la memoria colectiva se constituye con grandes dunas. Estos son granitos de arena que uno aporta para ir armando esa enorme duna que puede ser la memoria colectiva. Ojalá tenga un poco de brillo mi granito.
Pero…sí. ¿Importa? ¿No importa? En la época en la que se reunían todos estos escritores en casa de mi madre la discusión era “¿qué prefieren: vender cien libros hoy, diez libros dentro de diez años o un libro dentro de cien años?”. Y todos preferían un libro dentro de cien años. Así que creo que yo también debería decir eso, pero no creo que dentro de cien años queden los libros, con un poco de suerte quede algo de la humanidad.
Luisa Valenzuela (Buenos Aires, 1938) es una prolífica escritora y periodista argentina. Autora de más de cuarenta libros —novelas, cuentos, microrrelatos y ensayos—, su obra ha sido publicada en numerosos países.
Ha sido traducida a múltiples idiomas y es estudiada en universidades de todo el mundo.
Ejerció el periodismo en medios como La Nación y Crisis, y obtuvo becas Fulbright y Guggenheim, entre otras. Desarrolló una reconocida labor docente en universidades de Estados Unidos y México. Recibió importantes distinciones, entre ellas, el Gran Premio de Honor de la SADE y la Medalla Machado de Assis.
Reside en Buenos Aires, ciudad que la ha declarado Ciudadana Ilustre y Personalidad Distinguida de la Cultura.
Luisina Julia Bellini ( Buenos Aires, 2003). Es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y bachiller con orientación en Literatura. Se formó en talleres literarios con Leticia Frenkel y realizó un seminario de cuentos con Alicia Méndez. Actualmente orienta su escritura hacia el género poético.
Malena Tufró Reutemann (Olavarría, 2003). Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Participó en el grupo Jóvenes Periodistas, organizado por el Teatro Cervantes y produjo contenido en su blog, Barullo Federal. Diplomada en periodismo y comunicación ambiental, también escribe ensayos y poesía en la revista digital MEGA.