by Editorial Excentrica | 20 \20\America/Argentina/Buenos_Aires julio \20\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Ensayo
Fútbol, duelo y narración
por Leandro González de León
“No quiero más perros”, repetía mi madre, llorando, el día que enterramos a Morgan. Morgan era un perro enano, morrudo, que había nacido en mi casa en Castelar. Mi madre no quería más perros y tenía sentido: los perros viven poco. A Morgan me tocó verlo nacer y morir, viejo, lisiado, antes de que yo mismo cumpliera veinte años. Y mi madre —que entonces ya había perdido a su esposo— no soportaba más pérdidas.
Por distintas circunstancias, en Castelar llegamos a tener cinco perros. La primera fue Pepa. La rescató mi hermano de la calle en un año espantoso: 1994. Mi madre colgaba la ropa, llorando, y repetía “ojalá que no sea Diego” cuando escuchó el anuncio del antidoping. Mi padre me ponía al tanto del robo del mundial 90 del que yo no tenía recuerdos. Eran confusos los motivos del robo. Nos cagaron. Nos odiaban. Los italianos, los mexicanos. El gobierno de Estados Unidos. No nos permitían cierta cosa, no nos perdonaban tal otra. “Ojalá que no sea Diego”, repetía mi madre.
No tengo fotos de ese año pero conservé muchos dibujos. Un Dieguito Maradona con la camiseta albiceleste, que aparecía como personaje de una marca de alfajores, y un Conde Drácula con la camiseta amarilla de Rumania, el personaje que yo realmente admiraba. Pasaba mucho tiempo en el espejo contemplando con decepción que el nacimiento del pelo sobre mi frente era completamente recto. Yo quería tener el pelo en punta como Bela Lugosi y otras versiones del vampiro basadas en él. Googleando me entero de que esto se llama pico de viuda. Pedí demasiadas veces que me lleven a la peluquería y alguna vez me pinté la frente, pero no lo conseguí. Googleando me entero de que el pico de viuda se debe a un gen dominante que solo un pequeño porcentaje de la población tiene.
Mi hermano apareció con Pepa, una perrita blanca, minúscula, con ojos saltones y patas chuecas, que lo había seguido por la calle. “No quiero más perros” dijo mi madre mirando a Pepa, mientras decían en la tele que, efectivamente, era Diego. Rumania nos eliminó en octavos de final. Nos cagaron. Nos odiaban. A los argentinos. O sea a mí. Mis intentos de ser un conde rumano no habían dado resultado.
Pepa se terminó quedando en casa y tiempo después parió a Pancho. Luego mi padre adoptó a Fita, una perra que se refugió en su local. Pancho y Fita fueron los padres de Morgan. La quinta mascota, Negrita, había sido primero de mi abuela.
En 2006 vimos jugar a la gran selección de Riquelme, que cayó ante Alemania. Mi padre falleció inesperadamente. Luego se fueron muriendo los perros. Tenía sentido: los perros viven poco.
Se podría decir que la muerte de mi padre me hizo adulto. Pero de forma más precisa, fue la muerte de Morgan, el enano morrudo. Morgan había quedado lisiado y empezó a tener dificultades para orinar. Mi madre no se atrevía a tomar la decisión. Acordé la eutanasia con el veterinario y sostuve al perro de una pata hasta el final. “No quiero más perros”, me escuché decir.
El primer jugador fue Blas Giunta, campeón con Boca en 1992. Mi padre estaba fascinado con Sergio, el hijo de uno de sus amigos, que había entrado a las inferiores de Boca. Mi hermano y yo notamos que papá desaparecía los días de partido y volvía contando las hazañas de Sergio y el futuro que tenía. Aunque yo pasaba más tiempo dibujando que jugando a la pelota, aquella vez, con cinco años, elegí parecerme al legendario cinco de Boca. Entró Sergio a casa saludando y no esperaba la patada salvaje que le di por atrás al grito de “Giunta, Giunta, huevo, huevo”.
En el 95, mi padre me recomendó no incluir a Giunta en el equipo de El Gran DT. Sus puntajes ya eran bajos. Me nombró otros jugadores: Hugo Ibarra, de Colón; Pedro Barrios, de Huracán. Googleando confirmo que Giunta se terminó yendo de Boca a fines del 96.
La generación siguiente fue duradera y ganadora. A Riquelme me tocó verlo debutar y retirarse, antes de que yo mismo cumpliera treinta años.
Este año cumplí cuarenta y asistí a otro fin, el de la extensa carrera de Messi en la selección y del ciclo (¿terminado?) de Lionel Scaloni, el técnico con más partidos en mundiales de la selección argentina. Las estadísticas no encajan en absoluto con la memoria. 2018 fue ayer. Bilardo y Menotti son figuras legendarias, eternas. Googleando confirmo que efectivamente dirigieron menos partidos que Scaloni. Tiene sentido: los ciclos duran poco. Los jugadores tienen un par de años buenos. El mejor de todos, el de proporciones divinas, completó 20 años en la selección.
La vida sigue. O no. El relato se detiene.
Tengo una buena cobertura de salud. Según mis últimos exámenes de laboratorio, estoy sano. Puedo vivir otros 40 años. Las estadísticas no encajan en absoluto. La esperanza de vida es un abuso del lenguaje.
Escribo estas líneas desvelado tras la final contra España. El equipo de Scaloni no pateó al arco en 120 minutos. Los españoles derrotaron a los argentinos. O sea a mí.
No puedo dormir. Me levanto, deambulo por la casa. Tomo un libro reciente, La crisis de la narración, de Byung-Chul Han. Preparo café, leo portales de noticias.
Googleando veo que no hay feriado, que hay que trabajar. Tengo reuniones con clientes, tengo gimnasio, tengo terapia. Hoy es 20 de julio, se vence el pago del monotributo para los argentinos. O sea para mí. Dice Han: “Vivir es más que resolver problemas. Quien se limita a resolver problemas, no tiene futuro”.
El fin de semana próximo habrá fútbol nuevamente. ¿Más partidos? Dice Han: “Sin narración, la vida es completamente aditiva”.
En algún momento, volverá a jugar la selección. Bien o mal. Seguramente mal. ¿Otra selección? No quiero más perros.
¿Por qué perdimos? ¿Y por qué pensamos que podíamos ganar? Dice Han: “La narración nos salva de la contingencia de la vida”.
Escribo estas líneas desvelado. Dice Han: “La narración es lo único que abre el futuro, al permitirnos albergar esperanzas”.
Escribo estas líneas. Ya no dice nada Han y tiene sentido: sus libros son cortos.
Yo escribo.
Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.
by Editorial Excentrica | 6 \06\America/Argentina/Buenos_Aires julio \06\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Poemas de Carolina Biscayart
COELHO DE MEYRELLES (De : La ciudad fragmentada)
¿Hay fin para los restos que flotan naufragados
el hueso que en la playa musita la irrezable
plegaria a la terrible anunciación?
T.S Eliot
Los pescadores van llegando a esta hora
sus manos surcadas de sol acomodan las redes
brilla la plata de las escamas entre sogas apiladas en las proas
le dicen hasta mañana al mar
con la nostalgia de morirse esa noche
el cielo es tan confuso
que no hay otra opción más que la calma
las gaviotas desconocen la ley de gravedad
y sobrevuelan con gula el olor a pez muerto
se lanzan de repente en línea recta a su bocado
traen esa sensación incómoda
entre el hambre y mantenerse en el aire
a pura ala desplegada
el puerto tiene siempre la esperanza de otro día
los lobos sitian el territorio
con movimiento bruscos
en la impotencia
de sus cuerpos pesados y sus extremidades cortas
estiran la cabeza hacia el último calor de la tarde
no hay en este puerto signo de riqueza
y todo es abundancia
la mirada se clava en la suciedad del muelle
y en la escollera arqueada de humedad y de años
poblada de musgo hasta el ahogo
la poeta vuelve a repetirse
mirando al horizonte
como si no estuviera en el punto de partida
mira profundo
justo ahí antes de la línea donde se unen mar y cielo
la poeta insiste en decir:
nadie busca náufragos que no conoce.
***
JAZMÍN DE LAS AZORES (De : La ciudad fragmentada)
No me hablen de la sabiduría de los ancianos
Sino más bien de su locura
T.S ELIOT
La calle sigue siendo de adoquines
por aquí resuena aún por las mañanas
el sonido del afilador de cuchillos
las luces en las casas
no son para mostrar nada
ni para iluminar
están para dar signos de vida
para despistar
los ladrillos están hechos de piedra
un modo de intentarle
otra jugada al tiempo
los árboles son testigos
bajo su sombra
están los muertos
que gustan del verano
y siguen en esas casas
las suyas
reivindicando las rutinas
del living comedor
las escaleras
los patios
ellos podan aún los domingos
los jazmines de las Azores
que trepan medianeras
y cuidan perfumados
el resto del jardín
Las nietas ya no vamos a misa de diez
no le tememos a los cuchillos
ni a los pibes descarriados
tuvimos hijos en febrero
a la sombra de los mismos árboles
caminada de día por los abuelos
seguimos encendiendo otras luces
para que puedan partir
para velar por su amor
para que nos perdonen.
***
SEMÁNTICA (De: Extrañamiento)
Te sentás en el asiento de atrás del auto del adiós
a los seis años
llevás tu muñeca
entre abrazada y tirada de los pelos
el Sur es un exilio
pero a esa edad
no sabés el significado de la palabra
e xi lio
tal vez hasta te suene bonito
a esa edad sos tan frágil
te pueden sacar
hasta el último amor que te sostiene
te dejás a ese viaje
a ese destino
de escalera empinada sin barandas
a esa visión del abismo
y te vas con el amor hacia atrás
mientras pisás cada escalón
te vas hacia atrás
con el amor
mientras subís a ese cielo final
desangelado.
***
MANTRA Y BALDOSAS (De: Reproducción del barrio)
Mi abuela le teme a los locos
no te acerques dice
se me vienen encima
yo les gusto
me atraen
tienen algo que contar
no se mueven igual
miran distinto
no duermen fácil y las noches le hablan
pero lo más importante:
dicen otras cosas
cosas que huelen a pan recién horneado
a campo en verano después de la lluvia
cosas que cierran un círculo
mi abuela no puede con ellos
yo soy chica y no la entiendo
prefiere morir y rezar el rosario entero
perla por perla
esa repetición logra calmarla
mantra contra los locos
hay en todos los barrios
eso tienen ellos
no eligen donde caer
son como la poesía
aunque los eviten
les bajen el precio
no dejan de florecer
hasta se elevan zigzagueando
como florcitas
ariscas, brillantes
entre las baldosas
de las veredas del barrio.
***
HACIA LA PLAYA (De: Reproducción del barrio)
Los rosales desbordan las medianeras
se van en vicio
los helechos tocan la cara, cosquillean
al andar por las veredas
el verano trae esas cosas
se espera a la madre salir del trabajo
con ropa liviana en el bolso
la piel imagina el color de la orilla
caminamos las dos primero al norte
luego al este
no contamos las calles
si llevamos la cuenta de algo
nos perdemos
irremediablemente
mamá arma cada día
una casa en la arena
sombrilla, toallones, galletitas
la playa es un hogar
que huele a sal y a sapolan ferrini
un chapuzón, aprender de los peces
nuestra piel es dorada
en una bendición de los colores me dicen
mamá brilla
en la precariedad de esa vivienda diaria
olvida su postergación
yo la miro así resplandeciente
y junto caracoles
hundo los pies
en la arena mezclada con piedritas
la miro y siento que el sol así, sobre el cuerpo
le recuerda el principio
donde todo es posible
todavía.
***
INOCENTE (De: Boleto de ida)
No se vuelve
las cosas no permanecen intactas
salvo la infancia
la casa de la calle Roca
cambió de fachada
si me dejaran entrar
los sillones no serían verdes
ni el espejo grande estaría
frente a la puerta principal
el aljibe del patio
tal vez sea un monumento histórico
decorado con macetas mexicanas
la escuela del barrio
ya no alberga los espíritus
de aquellos maestros
de guardapolvo blanco impoluto
trascendieron la escuela, la placita Tucumán
y rodaron hasta la orilla del mar
no se vuelve
se compra boleto de ida
vulgar y silvestre
destino: ciudad feliz
las cosas no permanecen intactas
salvo la noche sobre el mar
en esa orilla que no es cualquiera
con aquel cielo no despejado
donde las manos sobran para contar estrellas
y la humedad molesta hundiéndose hasta el hueso
y esa sensación brutal
de poder ser devorada por las olas
ese temor
a que la única belleza del mundo
te engulla, se alimente de vos
y te dejes ir blandamente
porque no hay obediencia mayor
ni más perfecta
ni más justa
que la inocente.
***
RECURRENCIA ( De: Boleto de ida)
Hay cierta claridad en el inicio
en el lugar del nacimiento
en la ciudad olvidada
hay una marca en el instinto
desde el líquido amniótico
hay una perla en el lugar
donde aquella placenta
quedó enterrada o tirada por descarte
y alimentó luego
un trébol, un insecto, un árbol
un animal
aún se huele la sangre
derramada en el parto
y el olfato no es una bestia mansa
hay una perla esperando
en el viejo jardín
más allá de los dueños
en la memoria del Jazmín de las Azores.
Carolina Biscayart (Mar del Plata, 1972) Desde 1985 vive en Bariloche. Es docente de la Universidad Nacional del Comahue. Es autora de los libros de cuentos Invenciones (Ediciones en Danza 2008 premio Concurso de Escritores patagónicos, reeditado en 2010 por CONABIP) y El amor, sólo una idea (Ediciones de Dock 2012) y de los libros de poesía Eso otro se llama luna (El suri porfiado 2014), La trama que sostiene los jardines (premiada y editada por EMB, 2016), El trazo inevitable de las horas (Ediciones en danza, 2017) , Un lugar para los huesos (El suri porfiado, 2018), y Las Arañas de Moebius (FER 2023), Jazmín de las Azores (Ediciones Las Guachas 2025).
by Editorial Excentrica | 6 \06\America/Argentina/Buenos_Aires julio \06\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Narrativa
Fragmentos de la última novela de Blanca Morel publicada por Eolas.
¿Por qué necesita tocar Eso? Es algo que no puede comprender. Hay un impulso de asir. Es la Marina de cuatro años la que lleva las manos a ese gusano. Debe cogerlo, sentir cómo late, cuál es su temperatura, cómo es la textura de su piel. Debe hacerlo, hay una necesidad. Imagina el verdor pantanoso y repugnante de su interior. Ella lo había visto, la mucosidad verde que salió del gusano que aplastó de niña sin querer. Dentro existía un mundo verde, húmedo, extrañísimo, un mundo prohibido que nunca debía ser desvelado.
Así como el interior de su propio cuerpo es un jardín vedado de ramaje blanco y flores granates: hígado en flor, riñones en flor, pulmones en flor, la rosa sanguínea del tórax, la rosa blanquecina que un cráneo guarda, el tallo de la espina dorsal; también dentro de los gusanos hay un mundo vegetal y cromático. Ella reconoce su paisaje humano interno en rojo y blanco frente a ese verde del gusano que vibra en los bosques y pantanos.
“En una habitación hay un hombre. En otra una mujer. Con manos oscuras y luminosas el hombre pulsa unas pequeñas láminas de metal. Millones de finos hilos de distintos colores:
azules, rojos, amarillos, verdes, negros, blancos… vibran en la casa. La casa se ha llenado de música. Ella lo imagina recostado sobre la cama, desnudo tal vez. Sus pulgares avanzan
y retroceden toman y sueltan, eligen y prosiguen, la melodía viaja por este presente que ambos comparten. Los ojos de Marina se cierran lentamente, luego se entreabren, sus párpados reflejan placidez. Un lento parpadeo se transforma en un único ojo que no es humano, los ojos se cierran, el ojo interior se abre. Está dentro de ella, o tal vez ella esté fuera. Marina contra un ojo, es el ojo de una diosa, un ojo bellísimo que no termina de abrirse ni termina de cerrarse. El ojo vierte una lágrima inmensa, como un cuerpo. Las manos de Marina se elevan, se multiplican, giran en su interior. Brazos, manos, hilos de colores, esferas. El gusano blanco se yergue en la oscuridad. El gusano blanco se convierte en uróboro, después en iris, en ojo de diosa. Comienza a girar dentro del ojo entrecerrado hasta que se deshace. Después esferas, dualidad roja y azul. Geometría vegetal, esférica. Giran flores de seis pétalos, los pétalos danzan. Ella es una de las flores que se repite sin fin. Igual que las olas, que los gusanos. Los contornos que se dibujan en su mente, desde que Joana murió, cada vez están más ordenados, son más complejos. Algo se expresa dentro de ella transformándose. La visión producida por la música es una puerta de entrada o de salida.”
“La tarde ha muerto para la luz. Marina es traspasada por la impureza. Es el momento en el que algo puede dejar de ser. Vivir es peligroso, hay momentos en que esto es constatado y
Marina llora y tiembla porque todos están callados y la están mirando. Son amarillos los ojos del que sonríe, redondos y saltones los del portador del machete, de pantera los del hombre que sostiene su móvil. Ellos se miran entre sí y presiente que una montaña va a ser vaciada de su núcleo. En algún lugar lejano resuenan campanas y su pensamiento se vuelve residuo, bilis negra. Pero a pesar del tañido de las campanas hay aún algo que la aleja de la muerte. Ellos desean el significante impuro: dinero. Y por esto entiende que quizá no muera, pues debe operar con cuentas bancarias, hacer transferencias, tal vez entregar claves para que suplanten su identidad. Y mientras es mirada por los tres hombres negros y ferales, recuerda a Mor y el abrazo de despedida. Del cuerpo glorioso al cuerpo profanado. Pero, ¿y si ha sido Mor el que ha facilitado la entrada de aquellos hombres? Aunque él le había devuelto las llaves, las copias existen; la maldad existe y la traición.
—¿Dónde está Mor? — pregunta Marina a los demonios.”
Blanca Morel (Madrid, 1970) es poeta y narradora. Su trabajo explora la escritura en diálogo con la voz y otras prácticas híbridas. Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y máster en Literatura Comparada y Crítica Cultural por la Universitat de València.
Imparte talleres de creación poética y narrativa y ha participado en festivales de poesía nacionales e internacionales. Sus textos han aparecido en diversas antologías, entre ellas Ex/céntricidad. 11 poetas que abren camino en la poesía española contemporánea (1959-1986).
Ha publicado el libro de relatos Misión secreta y los poemarios Bóveda, Pájaro sangre, Pan impuro, La ladrona, No hay domingo al oeste de Omaha, Polvo, Hoja santa y Suma noche. Forma parte de la Asociación Feminista de Mujeres Poetas Genialogías que visibiliza la poesía escrita por mujeres. Su último libro es Anomal, una novela publicada en 2026 en la editorial Eolas.