Carlos Gamerro: “Escribir ficción es una manera de vivir otras vidas”
A 50 años del golpe de Estado genocida, presentamos entrevistas a escritorxs argentinxs realizadas por alumnxs de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, en el marco del ciclo Literatura y Memoria, coorganizado por el Espacio Literario Juan L Ortiz del CCC y la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA
por Estela Pérez Lugones y Santiago Canzio
Las palabras de Carlos Gamerro convocan al silencio. Conmueven al auditorio reunido en la sala Jacobo Laks del Centro Cultural de la Cooperación. En un ejercicio de memoria propia, histórica y literaria, reflexiona sobre la perturbación que aún le provoca el haber podido ser uno de los tantos chicos de la guerra, los de su clase 62, destinados a Malvinas. La escritura fue entonces la encargada de trasladarlo hasta Las islas, su primera novela, para explorar esa otra vida posible para él.
Gamerro habla sobre su obra, el proceso de escribir y sus recuerdos. Describe, sin ahorrar detalles, cómo ha sido su experiencia con temas centrales de la memoria histórica argentina, en ficción y no ficción.
Comenzamos por el principio, ¿en tu casa se leía, se propiciaba la lectura?
Había un ambiente que podríamos llamar intelectual. Mi padre tenía una biblioteca con libros científicos y filosóficos. Él era biólogo y mi madre era maestra de grado, así que había libros, pero no puedo decir que mis padres, ni mi hermana mayor, fueran gente que tuviera siempre un libro en la mano. Hasta cierto punto era un ambiente propicio para la lectura, pero no del modo demencial con que la abracé yo. Básicamente no les puedo echar la culpa a mis padres por mi elección por la literatura, me hago cargo. Mis hijas e hijos, en cambio, no pueden decir lo mismo. Por lo menos, ese es el caso de mi hijo Tomás, que tiene trece años y leyó Moby Dick en versión original a los diez. Tomás sí puede, en el futuro, echarme la culpa de haberse convertido en esa extraña especie de ser humano denominada “lector”.
¿Recordás cuál fue la primera lectura que te atrapó?
Tengo la sensación de tener un libro en las manos ya desde mi primer recuerdo. Una influencia fuerte, de mis primeras lecturas, fue el mundo ficcional de José Bento Monteiro Lobato, un autor de literatura infantil y juvenil muy conocido en nuestro país cuando yo era chico. Este autor, ahora olvidado entre nosotros, en Brasil —su país de origen— es un prócer. Monteiro Lobato tenía una serie de libros con personajes como Perucho, Naricita, la abuela, el vizconde (que estaba hecho de un marlo) y la muñeca Emilia, que recorrían desde la antigua Grecia hasta el mundo de la química, pasando por el abecedario. Había una historia que me encantaba que se llamaba La llave del tamaño, por la cual todos los personajes se volvían chiquititos de golpe. En un momento tuve una especie de epifanía negativa cuando me di cuenta de que nunca iba a poder vivir en ese mundo. Eso fue un shock de realidad. Y quizás en ese momento, sin darme cuenta, sin ser consciente, decidí ser escritor, para poder crear un mundo de ficción del que pudiera ser parte, ser casi un personaje.
Es decir que esas historias te llevaron a la escritura.
Sí, justamente, como le ocurre a Onetti, cuando en La vida breve imagina al personaje Brausen que termina creando Santa María. Onetti lo explica en alguna entrevista: lo que le pasa a Brausen, lo que quiere, es otra vida. Ni siquiera una vida más rica o mejor, sino otra. La ficción es eso. Cuando te cansás de ser vos mismo y de pensar siempre en tus propios problemas, en tus propias cuestiones, creás un mundo de ficción y te preocupás por otra gente. Es una manera de explorar la otras vidas que se pudieron haber vivido. Salvo algunas personas, que en general no escriben y viven vidas muy aventureras, a la mayoría nos toca una vida con algunos incidentes y algunas elecciones, entonces, la pregunta es ¿qué pasa con todas las otras vidas que pudiste haber vivido? Escribir ficción es una manera de vivir otras vidas. A veces no sólo se trata de las vidas que pudiste haber vivido porque querías, sino al revés: las otras vidas que te pudieron tocar y de las cuales zafaste. No siempre esa exploración de otra vida es una exploración a partir del anhelo y, no siempre, como decía Onetti, buscamos en la ficción una vida mejor, más rica, más plena o aventurera.
Hablemos de Las Islas, tu primera obra publicada. ¿Cómo fue la elección del tema y en qué medida incidió ser parte de la generación de Malvinas?
Hay un puente fácil de cruzar entre lo que decía antes y esta nueva pregunta, porque de alguna manera haber estado en la Guerra de Malvinas fue una vida posible para mí. Casi diría que escapé al destino. Soy clase ‘62, que es la clase que mayormente fue a Malvinas. A mí no me tocó porque yo no había hecho todavía la colimba. Mi estrategia era patearla para adelante. Me salió bien. Al final hice la conscripción en democracia y, por suerte, como a las dos semanas, me largaron. Pero la pude sentir, y me dije “uy, ¡de la que me salvé!”. Esa experiencia me sirvió después para escribir la novela.
La poca colimba que hice me tocó en la Patagonia, en Comodoro Rivadavia. Durante la ocupación de Malvinas estaba fuera del país, de vacaciones en México, la estaba pasando bárbaro. Trataba de escaparme de la Argentina durante el mayor tiempo posible, de escaparme de la dictadura. Más allá del peligro y de los hechos atroces, la sensación era la de estar viviendo en un ambiente sombrío, pesado, no necesariamente con la amenaza de muerte, pero sí con esa sensación de ahogo, que muchos recordarán, y que da título de la novela de Ricardo Piglia, Respiración artificial.
¿Y qué pasó después, cuando caíste en la cuenta de que pudo tocarte ir a la guerra?
Y después, cada tanto, me encontraba con “el fantasma” de Carlos Gamerro, excombatiente, pensando qué hubiera sido de mí si hubiera hecho la colimba cuando me tendría que haber tocado, si me hubieran mandado a Malvinas. Así que en un momento decidí explorar esto a través de la ficción, a través de un personaje, que no es exactamente autobiográfico. Si bien tengo ciertos reparos con la insistencia de que se está ante una autobiografía cada vez que se encuentra algún elemento de la vida del autor en la obra, al mismo tiempo me parece que se puede pensar lo autobiográfico como una forma alternativa o aún negativa de contar. ¿Por qué limitarse a la vida que uno vivió? También las vidas no vividas son parte de nuestra autobiografía. Y, a veces, son una fuente más poderosa para la escritura, más misteriosa también que lo que efectivamente nos pasó, que las experiencias vividas. Eso, en cuanto a la motivación personal.
Hubo también algo más propio de la ambición o del interés como escritor por un tema que se adivinaba muy prometedor, muy rico, pero que había sido, hasta el momento en que empecé a pensar en la novela, bastante poco tratado.
Empecé a escribir Las islas en el año ‘92, y ya venía pensándola unos tres años antes. En ese momento no había demasiada ficción sobre Malvinas: Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill y no demasiado más. La sensación fue “esto es para mí, si no se dieron cuenta de que todo en esta historia es una mina de oro literaria, voy por ella”. Y quizás también, por eso, la novela tomó la forma que tiene, que es esta cosa medio desmesurada, monstruosa, donde parecería que quiero abarcar todos los aspectos de la historia de las islas, la historia de la guerra e, incluso, la historia de la Argentina. Los diez años transcurridos entre la guerra y el momento en que empecé a escribir me permitieron presentarla a través de los recuerdos de los personajes, sobre todo los del protagonista y narrador Felipe Félix. El presente de la novela es el año ’92, esa fue una elección, podría haber situado la acción en el ‘82, pero decidí situarla en el ‘92.
Muchas de mis novelas tienen esa especie de doble estructura, doble inscripción temporal, hablan de un pasado, pero desde un presente, de un tiempo después. Supongo que eso tiene que ver con el tema que nos convoca, que es el de la memoria. Me interesaba no sólo cómo los protagonistas sabían qué les había pasado en la guerra, sino cómo la recordaban diez años después. Y, también, qué había sido de ellos en ese tiempo.
Hoy en día hay mucho trabajo de investigación, de ficción, de testimonio, de películas, reconocimiento oficial, pensiones; los excombatientes tienen derecho a que en su documento figure “ex combatiente”, “héroe de Malvinas”, pero en aquel momento estaban todavía, barridos bajo la alfombra, nadie quería hablar con ellos, ni saber de ellos. Una de las cosas que hice en la preparación de la novela, y mientras la escribía, fue ir a conocerlos, hablarles, entrevistarlos. Siempre con esta sensación, con esta vivencia mía que, cada vez que veía a uno de ellos pensaba “este podría ser yo”. Creo que también es importante preguntarse, cuando uno escribe una obra de ficción, qué hay de uno mismo y por qué te decidiste a contar esa historia y no otra de las tantas que hay.
¿Cómo fue tu experiencia cuando quisiste publicar Las Islas?
Nadie me daba bola. Yo era un escritor absolutamente desconocido. No era un escritor, era un profesor ayudante de cátedra en la facultad. Ni siquiera había empezado a publicar artículos en diarios o revistas. En ese momento, solo tenía un libro de cuentos, el que después se publicó como El Libro de los afectos raros. Para los jóvenes escritores de hoy es más fácil, hay muchas editoriales independientes. Hace unos años, en algún reportaje, me preguntaron por qué a los jóvenes les era tan difícil publicar, yo contesté que no, que no era así, pero que sí era difícil para los jóvenes de mi generación, no había casi editoriales independientes. Sí estaba Simurg, que hizo un gran trabajo en publicar autores no solo nuevos, sino también consagrados que no encontraban quién los publicara, como Alberto Laiseca, por ejemplo; pero había que pagar. Hay que recordar que Simurg tenía un sistema particular: no era una de estas editoriales pagas que cualquiera pone la plata y publica. Había un proceso de selección riguroso. De hecho, quien seleccionaba las obras, quien seleccionó Las Islas, era nada menos que Sylvia Saítta. Pero cuando te elegía, la recompensa era: “ahora ponete”. Encima Las Islas no era barata. Son seiscientas páginas. Había participado en un concurso para autor inédito, de Editorial Sudamericana, donde estaba el querido Luis Chitarroni entre los miembros del jurado, y Las Islas no ganó. Nunca es fácil para un autor inédito pero, en ese momento de finales de los ’90, era particularmente complicado y, una novela gorda de alguien desconocido, no tenía demasiadas chances. Luis Chitarroni la había leído, le había encantado, la quería publicar, pero no tenía el poder de decisión para hacerlo.
¿Tenías una imagen de las islas antes de la guerra?
No creo. Para muchos de nosotros, las Malvinas se convierten en una presencia fuerte y poderosa a partir de la ocupación. Como comenté antes, en abril de 1982 estaba en México de vacaciones y recibía noticias que circulaban por el mundo y que acá no llegaban. Cuando regresé, lo hice con la idea de que la dictadura estaba dando un manotazo de ahogado, de que era una aventura descabellada, reclamo discutible de soberanía. Y ni hablar de la manera de afirmar esta soberanía, de la invasión y de cómo la sentían los pobladores mayoritariamente pro británicos de las islas. Fue un choque fuerte encontrarme acá con tanto entusiasmo, tanto apoyo a la toma de las islas y, de alguna manera, a la dictadura. Así que esa doble mirada, al mismo tiempo de afuera y de adentro, fue parte de mi experiencia. Me fue dada por las circunstancias, no es algo que busqué, pero me parece que tuvo su peso. Y después, en el proceso de escribir la novela, fui buscando la manera de estar en dos lugares al mismo tiempo. Quise escribir una novela que fuera crítica de la guerra como idea de afirmar o reclamar una soberanía, de la falta de preparación, de todo lo que ya sabemos; de las cosas que se fueron conociendo con el paso del tiempo, sobre todo, con los testimonios e informes (como el Informe Rattenbach que fue muy importante) y todo el trabajo de los historiadores que leí, tanto los argentinos como los ingleses; y al mismo tiempo contar, no sólo lo que fue la guerra en sí misma, sino lo que fue después: la vuelta y los años transcurridos, el desamparo inicial de los excombatientes, los traumas, los suicidios. Quería entrar en el corazón de esa contradicción de todos estos jóvenes, tan jóvenes como yo. Y luego, poco a poco, ya no tan jóvenes, como yo: ahora que estoy retomando alguno de los temas de Las Islas, uno de los personajes dice: “Pasamos de ser los chicos de la guerra, a ser los abuelos de la guerra”. Sentía que habían quedado en un lugar imposible porque si querían reivindicar su entrega, el haber arriesgado o dado la vida por la Patria, quedaban pegados a la dictadura militar. Y muchos de ellos justamente, porque no encontraban un lugar de reconocimiento como ex combatientes, se acercaron a sus oficiales y suboficiales y, por lo tanto, a muchos de los participantes de los peores crímenes de la dictadura. Ahí surge la pregunta que se ha hecho tantas veces: “¿qué hacer con un oficial que fue torturador en los centros clandestinos de detención y luego peleó valientemente en Malvinas?”. Porque uno quisiera, en un mundo perfecto, de ficción, que los torturadores de la dictadura luego fueran los cobardes de Malvinas, pero no es tan simple la realidad. Aunque, también hubo continuidades: los mismos que torturaban en los chupaderos, después torturaron a sus propios soldados en Malvinas. Pero, de nuevo, no todos. Hubo algunos que quizás no torturaron ni cometieron hechos atroces, luego tampoco fueron ni muy solidarios, ni muy valerosos, ni muy cuidadosos con su gente en la guerra. Me interesaba entender por qué una guerra que duró menos de dos meses, en un archipiélago remoto, y que terminó en una estrepitosa derrota, había sido una experiencia tan fundante.
¿Y pudiste averiguarlo?
Voy a contar algo muy puntual. En un momento en el que estaba hablando con ex combatientes, en especial con los del grupo de La Plata (porque tenía los contactos, pero también porque ellos sí eran bastante críticos de la dictadura, se acercaban a posturas como la de Madres de Plaza de Mayo y me parecía que con ellos iba a poder comunicarme mejor) me contaron que los maltrataban, los dejaban morir de hambre o de frío sus propios oficiales, me contaron de las torturas, las famosas estaqueadas. Y ahí, de repente, me pareció que estaba entendiendo. Y les pregunté, convencido de la respuesta, buscando una confirmación, si después de todo eso que me habían contado volverían a las islas. Esperaba un “no” rotundo. Recibí un “sí” rotundo. Ese fue un momento de revelación. No de revelación en el sentido de “entendí”, sino que me dije: “ah, ok, esto es lo que tengo que entender: si escribiendo la novela llego a este lugar, lo logré. Y si no llego es que no pude entrar, que me quedé afuera”. Es algo que sigue sucediendo. Muchos de los que peor la pasaron en la guerra igual han querido volver o todavía piensan en volver. Hay algo ahí que está más allá del bien y del mal, o del disfrute y el sufrimiento. Supongo que tiene que ver, sobre todo, con la juventud de todos los que fueron a la guerra, una experiencia que los marcó tan profundamente; ‘los marcó’ incluso es una metáfora inadecuada, son esa experiencia, es la materia misma de la que están hechos. Entonces va más allá de ser algo que estuvo bien o estuvo mal; si la pasé bien o la pasé mal. Soy eso y si quiero saber quién soy, qué soy, y qué hacer de mi vida, tengo que volver a ese lugar.
En su libro de viaje a las Malvinas, Federico Lorenz, quien como historiador es el que más ha trabajado el tema y ha escrito también una interesante obra de ficción sobre la guerra y la historia de la Patagonia en general, cuenta que él tampoco fue a la guerra y se pregunta “¿se puede regresar a un lugar donde nunca se ha estado?”. Para mí, escribir Las Islas fue hacer ese viaje.
Hablemos de La jaula de los onas, tu última novela, por la que hiciste un trabajo de investigación histórica importantísimo.
No sé si importantísimo, pero fue demoledor – para mí. Fue muchísimo trabajo y, a la vez, fue absolutamente deslumbrante, maravilloso, durante cinco años estuve viviendo en ese mundo. La novela está basada no solo en un período histórico en general, como ocurre con mis otras novelas sino, además, en un hecho puntual: el momento de la ocupación del territorio de Tierra del Fuego y el genocidio de sus pueblos nativos, sobre todo los selk’nam u onas – el nombre que le dimos los blancos. En particular hubo una historia que capturó mi imaginación de manera temprana, a mis veinticortos años: la de una familia selk’nam de once miembros que fue capturada por un aventurero francés. En esa época a los selk’nam los cazaban, los mataban y los estancieros pagaban por un par de orejas o alguna otra prueba por el estilo. Pero este aventurero, quizás pensando que el valor era poco (pagaban una libra esterlina por indio muerto), decidió secuestrarlos, embarcarlos, llevarlos a Francia y exhibirlos en zoológicos humanos. De hecho, el primer lugar donde los exhiben en una jaula, como caníbales de la Patagonia, fue nada menos que en la Exposición Universal de París, cuando se construye la Torre Eiffel. Podria decir que la novela se escribe a partir de la yuxtaposición de dos imágenes que ahora, por fotomontaje, constituyen la tapa del libro: la familia selk’nam en París con la Torre Eiffel detrás. Lo que se cuenta es la historia de esas dos imágenes: la de los indígenas de la Patagonia exhibidos con la pretensión soberbia y colonialista de mostrar lo más primitivo, lo más elemental del ser humano y, atrás, la Torre Eiffel como la cumbre del progreso y la imaginación del humano blanco europeo.
Se trataba de una historia real, así que lo vivido por esta familia me funcionó como hilo conductor para contar toda la historia de la conquista y la ocupación del sur, sobre todo del extremo sur. Recordemos que Tierra del Fuego no entró en la Conquista del Desierto, fue parte de otro proceso que se inició hacia 1880, primero del lado chileno, después del lado argentino; fue un emprendimiento privado. Seguramente merecería la aprobación del actual gobierno, porque el estado no tuvo que poner dinero para matar a los indios, como sí sucedió en la Campaña del Desierto (que también es celebrada por el actual gobierno). No sé si han leído los pronunciamientos que sacan para los aniversarios de la Campaña y para el nuevamente denominado Día de la Raza… Un horror, indignante.
Y, a su vez, está la historia del fin del siglo XIX. París, tan fascinante para tantos argentinos de entonces, adonde iban, tenían que ir a iniciarse, a darse ese baño de refinamiento y civilización: algo que también me interesaba reconstruir. En un gran libro de David Viñas, Literatura argentina y realidad política, el capítulo sobre los viajeros a París refiere a esos viajes, pero le faltó a David dar cuenta de una clase muy particular de viajeros, los indígenas que viajaban encadenados y que estaban en París, pero en una jaula. Claro que su historia no formaba parte de la literatura argentina cuando Viñas escribió su libro. Ahora espero que sí. Dos miembros de la familia capturada murieron en el viaje de ida, otros en París, otros en Londres; salieron once de Tierra del Fuego y a París llegaron nueve. Pensemos que ellos no se podían comunicar, no tenían cómo entenderse y menos aún en Europa. Los selk’nam eran un pueblo que estaba totalmente aislado, a diferencia de los mapuches, que ya tenían un gran manejo de nuestro mundo, de nuestro mundo criollo. Y, de golpe, como de un ovni, cayeron estos extraños seres blancos y empezaron a matarlos a tiros. Uno de los integrantes de esa familia se quedó en Europa y luego reapareció en Sudamérica, regresó por sus propios medios, nadie sabe cómo. Entonces me dije: “esta es la historia que me interesa”. Elegí seguir su recorrido, lo imaginé, porque no se sabía cómo había sido el viaje de vuelta, ni siquiera cómo había hecho para saber que tenía que volver a Tierra del Fuego. No sabía las palabras “Tierra del Fuego”, ni podía identificar el lugar en un mapa. De modo que, pobre Kalapakte, así se llama el protagonista, le hice hacer un largo periplo: primero a Groenlandia, después a Nueva York, después a Chicago, después a Buenos Aires y finalmente sí, a Tierra del Fuego.
¿Creés que esta novela es una forma de corregir o de disputar la memoria histórica en relación a los selk’nam y la clasificación que crearon los científicos europeos sobre ellos? ¿Intenta eso la novela?
En buena medida, sí. Creo que, salvo en la Patagonia, loa argentinos no tenemos una imagen clara de lo que fue la ocupación de Tierra del Fuego ni de todo lo que sucedió allá. La historia está hecha de los hechos que cuentan los historiadores pero también de ciertas imágenes míticas, tiene una tendencia a convertirse en leyenda. Cuando yo contaba en la Patagonia la historia de los selk’nam que fueron llevados a París, en general muchas de las respuestas eran “ah, sí, algo escuché” o “sí, lo sé”; y mucho más en Chile que en la Argentina. Si la contaba del Río Colorado hacia el norte, era “ah, sí, esos que llevó Darwin a Inglaterra”, cuando ellos eran yaganes y fue en 1830. La de los selk’nam era una historia que no figuraba en la memoria colectiva, a pesar de que la cuenta José María Borrero en La Patagonia trágica, que es un libro significativo que a su vez dio origen o fue el impulso para que Osvaldo Bayer escribiera los cuatro tomos de Los vengadores de la Patagonia trágica. En cuanto a las imágenes o clasificaciones de los científicos que mencionaste, me fui interesando en algo que no estaba en los orígenes del proyecto, pero que apareció en el curso de mis investigaciones. Cuando empecé a leer los textos de los antropólogos del siglo XIX me di cuenta de que, a partir de la difusión de las teorías de Darwin, toda la antropología se volvía evolucionista, pero con un sesgo unidireccional: la evolucion como un camino que lleva a la cumbre, que es el blanco, europeo, varón – no había prácticamente ningún científico en el siglo XIX que saliera de ese paradigma. Las razas debían ser clasificadas primero de modo unívoco, como si fueran especies de animales o vegetales clasificadas por Linneo y colocadas luego en un determinado peldaño de la escala evolutiva. El problema, además, era que los europeos se peleaban entre ellos, porque de repente alguno, desde la craneología, decidía que el cráneo braquicéfalo, que es el más redondeado, era más evolucionado que el dolicocéfalo; pero como los franceses tienden a tener el cráneo braquicéfalo y los alemanes dolicocéfalos, los alemanes les contestaban que no, que el dolicocéfalo era más evolucionado. Y, si alguien les señalaba que los africanos (que sin dudas para ellos eran más primitivos evolutiva y biológicamente) eran también dolicocéfalos, el “craneólogo” alemán decía “sí, pero esa es dolicocefalia posterior y la nuestra es anterior”. Todos los científicos, incluso los no científicos, se la pasaban midiendo los cuerpos vivos, muertos y tomando fotos para ingresar estos datos en sus grillas. Esa era la base científica, o se proponía como la base científica, para justificar el colonialismo. Se discutía no sólo el grado de civilización alcanzado, sino la capacidad civilizatoria: si tal pueblo podía alcanzar los grados superiores de la civilización o no. No se discutía si tenía ganas o si correspondía, simplemente se discutía su capacidad. En la cumbre estaban los más desarrollados, los más civilizados y, en la base, estaban los más primitivos, los más atrasados, los más cercanos al mono, por decirlo en términos darwinianos, que eran los aborígenes australianos y, oh casualidad, los fueguinos. Entonces, llevar a los selk’nam a París no era un hecho fortuito, resultado de un aventurero que simplemente quería hacer plata, sino que se inscribía en toda una matriz del saber positivo, científico. Es más, la antropometría se consideraba el núcleo duro de la antropología y de la tecnología. Hoy en día sabemos que tal como se la practicaba era una superchería, una pseudociencia.
¿Qué importancia tiene el sentido del humor que se percibe tanto en tu obra de ficción como en la ensayística?
Tengo sentido del humor, más cuando escribo que cuando hablo. Soy mejor escribiendo chistes que contándolos. Me gusta además el sentido del humor en la literatura. Hay autores magníficos que no tienen el más mínimo sentido del humor, como Tolstoy o Coetzee, y aunque igual los puedo disfrutar, prefiero a un Shakespeare, un Cervantes, un Melville, que le pueden agregar, a todo el dramatismo y la seriedad de los personajes increíbles que crearon, una mirada humorística – a mí como lector eso me atrae más. Y como escritor apunto a lo mismo. De todos modos, no es algo que yo decido previamente. Quizás, la menos humorística de mis novelas sea El secreto y las voces; no encontré el espacio, la novela no quería humor. Yo escucho a los personajes y a la historia, y tomo nota de lo que me dictan. El humor puede ser una mirada filosófica sobre la vida, como encontramos en el Quijote, por ejemplo. O puede ser un recurso para que el lector baje la guardia. Cuando alguien se está riendo, es un buen momento para pegarle una piña en el estómago. Y, a veces, también me interesa (habiendo trabajado bastante el humor en distintas novelas) encontrar el límite, encontrar el momento donde el humor ya no es posible. Doy un ejemplo: cuando leía los testimonios en los números del Diario del Juicio buscando alguno que me pudiera funcionar para contar un episodio de Un yuppie en la columna del Che Guevara, me encontré con un testigo, cuyo nombre era Pérez Gil y todos le decían “Perejil”. Después noté que, a pesar de que era una transcripción escrita, (lo bueno de los Diarios del Juicio es que son transcripciones textuales, está todo lo que decía el testigo) sentí con mucha fuerza que este hombre —que se veía muy buena persona— cuando tenía que contar las partes más terribles se ponía mal, pensando que se iban a poner mal los que lo escuchaban, así que intentaba hacer chistes. Pero, claro, no le salían, y uno podía escuchar una especie de silencio pétreo del otro lado. Fue algo que descubrí, en un testimonio, y me pareció que valía la pena recrearlo en la ficción porque creaba como una zona incómoda y de cierto relieve para la lectura. Porque Un yuppie tiene algunas cosas de Don Quijote y otras de Cándido de Voltaire, es una novela en la que el lector puede reírse de las desgracias, de todas las cosas que le pasan al protagonista. Pero hay un momento en que no te podés seguir riendo, entonces diría que la risa, en esta novela, está casi para que llegues al momento en que se corta y ya no es posible. Se pueden hacer muchas cosas con el humor, no solo humor.
Por último, en tu ensayo Facundo o Martín Fierro comenzás citando a Borges, quien dijo que de no haberse canonizado al Martín Fierro la historia argentina hubiera sido distinta, tal vez mejor. ¿Cómo creés que la oposición Civilización y Barbarie ha repercutido en la memoria de los argentinos?
Primero, lo que me interesó de la pregunta de Borges, acerca de si sería mejor si hubiéramos canonizado el Facundo en lugar del Martín Fierro, no fue tanto discutir la respuesta (porque inmediatamente se arman dos bandos: los martinfierristas y los facundistas, que ya sabemos recrean la dicotomía Civilización y Barbarie), sino considerar la premisa “¿asi que la literatura es tan importante?, ¿elegir un libro u otro cambia los destinos de un país?, ¿los libros nos cambian, no sólo al país, a su cultura y a su política, sino a cada uno de nosotros como individuos?, ¿cambian nuestra subjetivación?”. Me dije “¡Mirá vos, qué importantes somos!”.
Obviamente, siendo escritor y haciendo literatura, la idea es muy seductora: en lugar de pensar a la literatura como un reflejo de la realidad, pensar a la realidad como un reflejo de la literatura. Esta idea que tiene mucha presencia en Borges, se remonta a Oscar Wilde, o incluso antes, puede ser sospechosa viniendo de escritores pero siempre me interesó: implica dar vuelta la clásica figura de la mímesis aristotélica; en la formulación de Oscar Wilde: “no es el arte el que copia la vida, sino la vida la que copia al arte”. Entonces me dije, “imaginemos que esto fuera así y leamos de nuevo la literatura argentina pensando qué aspecto de nuestra realidad ha sido definido, creado, por cada uno de estos libros”. Me había llegado una propuesta de la Editorial Sudamericana de escribir una especie de canon de la literatura argentina, a lo que me negué porque me ponía en el lugar de decidir qué libro es importante y cuál no. a cambio les priopuse lo siguiente: no pensar si el libro tiene valor literario o es bueno, sino que, hasta siendo malo u horrible, quizás moldeó o formateó, o hizo posible algún aspecto de nuestra realidad. Y, sin duda, además, (y esto lo han dicho historiadores como Tulio Halperín Donghi) de todas las naciones de Latinoamérica, es en Argentina donde, en mayor medida, los libros marcaron el camino para las instituciones y la historia del país. Primero la Argentina se escribió, y después se hizo. En los libros de Alberdi, Sarmiento, Echeverría hay un buen ejemplo. Si no incluí un ensayo sobre Echeverría en este libro fue porque ya lo había incluido en uno anterior, El nacimiento de la literatura argentina. En ese ensayo planteo que Echeverría escribió un texto buenísimo, quizás el primer gran texto de nuestra literatura que es, por supuesto, El matadero; y un poema malísimo, La cautiva, que es un horror, pero es importantísimo si lo miramos, no desde el punto de vista de la forma literaria, sino desde cómo influyó en las ideas y en la política, en las instituciones y en nuestra subjetividad. Nuestra imagen del indio sigue siendo todavía muy marcada por esa construcción del bárbaro que luego continúa Sarmiento y después sigue José Hernández que, con respecto al indio, no tiene nada de popular ni revisionista. El único que nos da una imagen un poco más compleja y más amable del indio es Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles.
Y, en cuanto a la dichosa dicotomía ‘civilización y barbarie’, voy a decir algo parecido a lo que dije de la risa. También me parecía interesante ver hasta dónde llega como metáfora productiva esta dicotomía, y cuando se cae. Creo que hoy es algo totalmente perimido, no es funcional, se la sigue invocando, se la sigue tratando de usar como arma… Yo no creo que sea una dicotomía real que recorre la historia argentina. Sí que es una construcción ideológica que recorre la literatura, el pensamiento político argentino, sin duda. Pero, a veces, lo mejor que se puede hacer es simplemente denunciarla como improcedente. Porque si no, como señaló Ricardo Piglia, es tan fuerte la construcción de Sarmiento, está tan bien escrito el Facundo, que uno queda capturado por ella y empieza a ver bárbaros y a los civilizados en todas partes. Con Roberto Arlt, la dicotomía se debilita y desvanece, ya no es relevante para entender la Argentina – por eso, entre otras cosas – es, como señala el mismo Piglia, nuestro primer escritor moderno.
Carlos Gamerro nació en Buenos Aires en 1962 y se ha destacado en la escritura como novelista, ensayista y traductor. Además, ha colaborado como guionista en algunas obras teatrales. Es licenciado en Letras de la Universidad de Buenos Aires, casa de estudios donde fue docente hasta el año 2002. Actualmente dicta numerosos cursos de literatura en español e inglés sobre la obra de Faulkner, Borges, Onetti y Saer. Algunas de sus novelas publicadas son Las Islas, El secreto y las voces, Las aventuras de los bustos de Eva y La jaula de los onas. En dramaturgia publicó El trágico reinado de Eduardo II. Entre sus ensayos podemos mencionar Facundo o Martín Fierro; Ulises. Claves de lectura y Shakespeare en Malvinas. Es un autor multipremiado, que el año pasado recibió el Konex de Platino en la categoría novela.
Estela Pérez Lugones nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1965. Es periodista y escritora. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA y periodismo en el Círculo de la Prensa. Tiene algunos libros publicados en el género infantil y juvenil, además de algunos cuentos para adultos.
Santiago Canzio nació en 2003 en la localidad de Beccar, Buenos Aires. Estudia Ciencias de la Comunicación Social en la UBA.