Existe un poema que modula

Existe un poema que modula

Selección de poemas de Bileysi Reyes

 

La habitación es una isla fría y silenciosa: me acuna en los momentos de hastío

 

Se me ha empozado el ojo en el costado asimétrico mi ojo nunca duerme vive espeso entre matorrales desérticos mi ojo siempre emula la carne en la incineración mi ojo está presente en su forma todas sus arterias sujetas al intersticio mi ojo inmiscuido disciplinado ha caído hueco desde el suelo.

 

El cuerpo se ha restituido en la semilla

 

Hay aves que vuelan hacia el centro con el torso desnudo. Hay un rostro mesurado.

Hay una figura con un nido en los ovarios: sus piernas están erguidas y sus brazos extendidos. En su costilla una forma cuadriculada resume huecos.

Hay unos ojos hacia una luz y una luz hacia los pechos. El tronco y los labios permanecen cerrados.

Hay una sombra ensombrecida y unos pies que se mueven. La semilla, hacia el opuesto de la luz, está desnuda.

Hay una sangre consumida y un cordón inexistente. La clavícula está expuesta en su venia estirada.

 

El mar es un cuenco de mariposas

 

Es un cuenco de mariposas el mar apenas un abismo

una liturgia de agua.

Es esa esfera que muerde y me sofoca.

Retomo el tiempo madruguereada con los sueños. Embebida de luces agrias:

un sueño semental me acecha.

Transito pedestales

el reloj sucumbe retozándose en el hueco: retorcida

la humedad se quema encerrada con la muerte.

Me vuelvo ley

Promulgo sobre el espacio rodeada de nombres imantados.

Hay un dejo entreabierto

un dique resumido por las olas. La marea se pierde adentro:

las criaturas circunferean a sus anchas.

 

Veo una corola de estómagos enfurecidos

 

El borde de la mesa corrompe astilla

fluctúa como herbolario en la corroída pecera: un entrecejo en llamas

un tintineo de voces

en el epicentro de la barbarie.

 

Y soy un trueno: vociferando

y soy una nube: rebotando sobre la hoja de un sauce.

Claramente la tempestad come duelos en el sulfúrico mar de su oscuro.

Hay un misterio que se disemina tiembla como espinas:

(esta temblorina de mar corroe la noche)

(esta llovizna de sueños se vuelve puños en la noche).

Prefiero comulgar con el tiempo. Se repite el sueño y abarca:

abre un temporal al camuflarse en su juego.

 

Existe un poema que modula

que retuerce el tronco con su savia (demasiado entendimiento promueve la huida) explora la luz

palpita

sucumbe entre cruces en un átomo de agua.

 

Existe un poema-piedra no sirve para orillar el día no es más que abedul efeméride sin causa

un oasis sin tiempo

en el equinoccio de un abismo.

 


Bileysi Reyes (San Pedro de Macorís, 1993).  Escritora y gestora cultural. Ha sido ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven 2025 (Ministerio de Cultura y Ministerio de la Juventud); en 2024 obtuvo la Residencia Literaria 1863 en A Coruña, que otorga el Centro Cultural de España en Santo Domingo; Primer Lugar en cuento de la Feria Regional Monte Plata 2019; accésit en el concurso de cuentos Juan Bosch TLNSD 2018, entre otros. 

Ha publicado los poemarios El jardín de las lenguas rotas (Editorial La Chifurnia, 2026), Historia de la carne (Huerga y Fierro Editores, 2025), Selva de palabras cortadas (Amargord, 2023) y el libro de ensayo Huellas del aire (Editora Nacional, 2026). Textos suyos aparecen en revistas como Zenda, Scriptura, Letras Salvajes, Círculo de Poesía y Santa Rabia Poetry, y en las antologías Voces del Este, Ellas narran, Quinta dosis, La caravana del rayo (Antología de poesía Panhispánica, Perú, 2024), entre otras. Ha participado en ferias y festivales tanto en su país como en el extranjero. 

Tiene un máster en Escritura Creativa por la Universidad de Salamanca y es licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

 

 

Azúcar sintáctico

Azúcar sintáctico

Selección de poemas de Gabina Luz Bianchi

 

Pasaporte

Son las diez de la mañana

desde lejos

un desconocido me hace

el gesto más largo del mundo

como inventando el principio

de una categoría facial

miro a la gente

y al guión mudo de la escena

es hermoso

me gustan las salas de espera

esperar de a muchos

planificadamente

el embotellamiento humano

de juntarnos a esperar

me gustan

los trámites lentísimos

de colas llenas de gente

colas que no avanzan nunca

pero avanzan

bueno

me gustan

porque

pienso en la velocidad de la luz

y abrazo

la cámara lenta de la humanidad

hoy

 

 

el señor que atiende

tiene pinta de tano malo

debe ser tano de verdad

un poco mal nos mira

me parece

como sintiéndose invadido

me gusta ser rosarina, a usted?

le digo a la señora de al lado

que me cuenta una historia familiar

una historia trabadísima

de ciudadanías trabadísimas

que iniciaron días trabadísimos

como hoy

hace mucho que son las diez de la mañana

y yo

con cada embotellamiento

pienso en Von Neumann

que me cae bien sobretodo

porque gracias a él tenemos compus

pero sobretodo

porque en la conferencia de Prusia

tras la demostración de un teorema 

fundamental

tras la demostración del teorema

de incompletitud

Von Neumann dijo

quizás en húngaro

quizás en alemán

«se acabó»



 

como resumiendo

como traduciendo al lenguaje de la historia

lo que terminaba de pasar

y ese fue el fin

de una búsqueda

el fin de una época

que buscó, esperó

y encontró lo peor

el mundo funciona

todavía así

somos una época

que va a terminar

en el momento justo

en que una boca

algún idioma

vuelva a decir

«se acabó»

por eso tano

tanito

los pasaportes sobran:

somos todos ciudadanos de la espera

el desconocido del gesto

le sonríe a alguien más

no tengo celos

tengo un mensaje de Sofi

qué hacés pupi

me pregunta y le digo

nada acá tranqui investigando

cómo esperan los demás

 

Conversación en la vereda

(NORMA Y CLAUDIA, SIMULACIÓN 64)

 

—Ya van dos sábados seguidos que se me quema la prepizza en el horno. Dos veces la misma historia. Precaliento el horno, pongo la prepizza y voy a ver las noticias con José. Al ratito ya se siente el olor a quemado, y cuando voy, la prepizza pasó a postpizza y está totalmente quemada. Entonces pienso, Claudia, que el problema no soy yo ni José ni las noticias ni mi epitelio olfatorio, sino que el olor a quemado llega por definición tarde. Que sería más espabilado el universo si el olor no emergiera de lo ya quemado, sino de lo que está por quemarse. Que, si lo pensás mucho, estamos todos por rostizarnos sin que nadie se dé cuenta hasta que ya estemos, dicho y hecho, carbonizados. La Catedral de Notre-Dame, la fábrica textil de camisas Triangle Waist Co, Chicago, Londres, Constantinopla, Roma, la Biblioteca de Alejandría, todos ellos podrían haber zafado de habernos tocado una realidad un poco más avispada.

—Ay Norma. Dicen que la asignación de simulación de realidad es aleatoria pero bien que a las viejas nos mandaron a todas a esta. Que ya es sabido y resabido y demostrado que está muy anidada en lo que es simulación de realidad, y por eso debe ser lo del olor a quemado. Llega como una alerta rendida. Qué te juego que en la realidad (pero no la simulada, la que está por afuera) el olor llega en el momento bien, no como acá que anda todo retardado. Encima en las noticias dicen que es por vagancia universal, pero yo sé que no, mirá si va a ser eso. Es que nos mandaron a una simulación en la loma de la realidad.

 

Temperatura ambiente

 

En el microclima acostumbrado

de un ciento dos

me convenzo:

la temperatura ambiente

depende de la edad.

De qué otro modo sino

se admite la convivencia

de musculosas y sacos,

polainas y polleras,

escotes y bufandas.

 

Desde la ventana puedo ver

frentes de casas

y ramas.

Es curioso,

las ramas del árbol

que asoman

al patio vecino

no las ve nadie

pero incomodan las naranjas

que caen

en el césped lindante.

 

Es impráctico andar existiendo

entre terrenos y límites.



 

Es casi un despropósito que existan

las cercas,

los tapiales

y nosotros,

todos juntos.

Hasta donde sé

ningún colegiado,

ningún agrimensor empadronado,

puede responder

si somos de donde nacemos

o somos

de donde morimos.

 

¿Cuántos miles de vecinos

familias

amigos

cortaron relaciones

o quizás

pelearon hasta la muerte

por culpa

de una naranja

con dos dueños?

¿Cuántos barrios divididos

destrozados

por no saber

si al juicio lo gana

la tierra o lo gana el aire?

 

Aftermath -1

 

El término «columna periodística» me gusta un montón. Cuando es una nota en el diario, se le pueden dar dimensiones de columna al texto en sí. Pero mis favoritas son las columnas radiofónicas, mucho más abstractas, donde me es casi imposible encontrar una relación entre lo que pasa ahí y una columna. Si me preguntan a mí, sí, me gustaría tener una columna radiofónica semanal, que dure 10 minutos nomás, para hablar sobre paradojas. Sobre arquitectura sé que las columnas son algo así como el soporte para una construcción. Y como ya habrán dicho miles de filósofos, no hay columnas más hermosas que las de la lógica, que sostienen la construcción más polémica de la humanidad: el conocimiento. Las paradojas fueron, en la historia de este edificio, un sismo de grado altísimo, que volvió inconsistente teorías re importantes y enloqueció a sus pensadores. Entonces, para darle sentido a todo esto, tendría una columna radiofónica, donde cada semana hablamos sobre una paradoja diferente, o sobre la misma en distintas versiones, y, como buena columna paradojal, no aportamos ni un poco al soporte de nada, sino que removemos con ganas los cimientos. Removemos los cimientos, sembramos dudas y nada más. En el mejor de los casos, sería una columna altamente criticada, llena de haters a quienes yo insultaría llamándolos «manga de tautológicos», y ellos, muy vengativos, mandarían silogismos al aire. Así, de una vez y para siempre, el mundo se particiona en términos de la única grieta universal. Esa que es tan fundamental que aparece cuando jugás al jenga, en una previa con amigos o en un domingo familiar. Por un lado, los emprendedores de la construcción, los que quieren ir siempre para arriba y por el otro, los que preferimos, toda la vida, sacudirle el piso a los demás.

 

Meta

 

Hay una foto mía en un congreso en que estoy fingiendo creer en la Academia. Entonces puse gesto elegante y la nariz se me respingó a la altura del prestigio. Pero en realidad estaba pensando en que «meta» (que, según Wikipedia, en griego significa «más allá») es mi prefijo favorito. Y que cuando le agrego «meta» a algún concepto siento que llamo al ascensor de la abstracción, me lo tomo y me quedo mirando al concepto desde arriba. Y que hasta ahora, mi mayor aspiración es tener una metaidea para divertirme mucho subiendo y bajando los pisos de la abstracción cuando yo quiera. Y que si alguna vez la tengo y me aburro de recorrerlos sola, entonces voy a buscar a un pibe para que me acompañe. Y en secreto le voy a decir: metapibe. Y después de jugar muchísimo voy a pedirle que se quede un ratito en planta baja, ahí donde el metapibe es concretamente lindo, que se quede ahí un ratito, así yo subo y él me tantea la belleza desde abajo.

 


Gabina Luz Bianchi (Rosario, 1994) Poeta y Licenciada en Ciencias de la Computación. Azúcar Sintáctico, su primer libro, fue galardonado con el premio Aguacero de Poesía joven 2025. 

La elegancia del duelo

La elegancia del duelo

Una lectura de Suave y Salvaje de Pilar Sanjurjo

Por Andrea Marone

“se me ocurre un juego divertido/ que pasaría si nunca más/ contesto tu llamada” afirma el yo lírico de Suave y salvaje (Ediciones Monserrat, 2026) de Pilar Sanjurjo. Y en tres versos veo dos movimientos claros que atraviesan el libro, por un lado, esta observadora esquiva que es capaz de describir con minuciosidad ciertos momentos nodales del desamor; por otro lado, el uso de un humor negro muy fino,
encarnado sin exageraciones en la figura de la amada que, lejos de desesperarse por la ruptura, afronta la trayectoria hacia el duelo con una dignidad admirable. No quisiera sonar rotunda, pero creo que además de ser un libro escrito con palabras bellas y precisas, también ofrece una imagen del afecto profundamente relevante: en lo que escribimos no hace falta solamente ritmo, sino también, inteligencia emocional. Sanjurjo concatena ambas virtudes.

Suave y salvaje es un libro digamos, veraniego (pero no por ligero menos quirúrgico) sobre una ruptura amorosa, una pareja que en un contexto urbano intenta planear algún futuro posible y, mientras tanto, fuma, riega su jardín (con brutal entusiasmo), duerme la siesta, intercambia música, todos eufemismos para una despedida inminente. Como dice Roland Barthes en su libro Fragmentos del discurso amoroso, “los acontecimientos de la vida amorosa son tan fútiles que no acceden a la escritura sino a través de un inmenso esfuerzo”.

¡Qué difícil escribir poemas de amor sin caer en la desmesura, la exageración o la mentira! Redoblo la apuesta, qué difícil para las mujeres escribir poemas de amor sin revisitar lugares comunes y tópicos universales. Sanjurjo aprovecha el decurso de este duelo amoroso para observar una mosca, distraerse con una rama que sale del techo, pincharse con las rosas que le regalan y hacer un retrato sobre Buenos Aires, un Buenos Aires del afecto que muchos de nosotros hemos transitado: “los días son silenciosos en tu balcón / somos vos y yo / la estúpida rama todo el día / observándonos crecer”.

El olvido, entonces, deja de ser una tragedia y comienza a ofrecer alivio: “observo el desenlace”. Como bien dijo Ohuanta Salazar en la presentación del poemario, la figura de la observadora destaca como quien testifica sin amplificar, sin mentir, un vínculo que parece haberse desgastado pero sin profundizar más que en aquello que engrandece el recurso poético. No sabemos nada del misterioso muchacho detrás, sabemos que fuma, que riega plantas, que respira dormido al unísono con la canilla que gotea. No hay una caricatura, ni una difamación, tan solo alguien fantasmático que ya no está.

Finalmente, quisiera decir que con la lectura de estos poemas recordé el libro citado de Roland Barthes porque hay una sabiduría en Sanjurjo en la profundización del desamor que pocas veces había leído en poemas contemporáneos: “el cielo radiante es severo en su belleza”. Barthes, en Fragmentos, intenta analizar el discurso amoroso. En la página 205 afirma: “El discurso amoroso asfixia al otro, que no encuentra ningún lugar para su propia palabra bajo ese decir masivo”, la virtud de Suave y Salvaje es trabajar con el registro del discurso amoroso, pero al desalambicarlo y darle hondura, deja de ser “anulador” de la figura del otro y propone casi como un juego que la acompañemos a observar el mundo.

Poemas de Suave y Salvaje

hay un hombre viviendo en mi casa
esta tarde lo vi
la luz blanca de la cocina iluminando su rostro
los pómulos deshidratados
las orejas
su ancho cuello
esta tarde le pregunté
cómo se llamaba
pero él no dijo nada
no habló no hizo gesto alguno
ninguna pista
aunque lo miré de cerca
impávidos los dos
anochece
fumo en la ventana
lo observo sentado en la única silla de la casa
frente al escritorio
no me mira
tiene en cambio
los ojos clavados en la pared
creo que intenta atravesarla
temo que está atrapado
no sabe a dónde ir
voy a dejar la casa esta noche

espero no verlo al regresar
las palabras ocupan el aire
compulsión de expandir cada minuto
de coagular el tiempo juntos
tu verborragia
en definitiva
es el contrapunto de mi ausencia
un sendero detenido
un hilo oscuro bermellón barroso
como una tensa espesa formación de rocas
abrazadas a la fuerza del tiempo sedimento
que se aflojan al leve contacto de los ojos
que se encuentran aturdidos de murmullo
escucho la radio al despertar
debería dejar ese hábito
nocivo quizás incluso antes
de tomar en serio lo del cigarrillo
porque la radio en sí no es el problema
como no lo es el tabaco
el problema debe ser la tos
el olor de la nicotina en las paredes
la voz del locutor y sus palabras
que como burbujas estallan indignadas
debe tratarse de mí
que todas las mañanas
enciendo la radio
le doy rosca al encendedor
prendida a la liturgia
densas insostenibles
las mañanas en este ecosistema
insisto en escuchar a mi oráculo matutino
algunas pocas veces nuestras voces conversan
pero a quién engaño
él nunca me escucha
maldito locutor
periodista venenoso
frecuencia am
confieso que lo quiero
lo quiero demasiado
como a mi propio padre lo quiero
él también hablaba por las mañanas
en esos inviernos agrios de humedad
cuando me llevaba a la escuela
a veces yo decía alguna cosa interesante
pero él seguía su monólogo matutino
él también era un hombre interesante
tenía problemas auditivos pero mi madre
siempre dijo que en el fondo

era distraído y desinteresado

 


Pilar Sanjurjo (Buenos Aires, 1997). Es licenciada en Sociología. Publicó Lugares comunes (Patronus Ediciones, 2021) y Suave y salvaje (Monserrat Ediciones, 2026). Co-coordina el ciclo y taller Primavera todo el año y codirige el medio cultural Espías
Rusos.

Andrea Marone (Mendoza, 1994) publicó los poemarios: Sedimento borravino (Criolla, 2026), Las cicatrices emulsionan mi piel (Fractura, 2025), Arterias (Ediciones Culturales, 2022), La conspiración de los damascos (Ojo de Golondrina, México, 2019) y Vampirización del ego (Mar Adentro, 2017). Obtuvo el primer premio en poesía en el Certamen Literario Vendimia 2021. Colaboradora en revistas de crítica cultural. Es Licenciada en Artes de la Escritura por la Universidad Nacional de las Artes. Vive en Buenos Aires.

Una luz fuera de nosotros

Una luz fuera de nosotros

Poemas de su libro Una luz fuera de nosotros, editado por El Guadal en 2026

EL APAGÓN

Agaché la cabeza y vi
cómo el viento levantaba mi
remera.
Un sonido de álamo caliente
era el pelo desatado
enredándose en el cuello.

Esperábamos la tormenta
y desde la terraza vimos
la ciudad sin luz.
Rayos nacían del norte,
del sur y el oeste.
Nos acostamos en el piso.
La luna y las estrellas se abrían impolutas,
como el canto de un tornado,
en el centro había un círculo de ángeles
enredados.

Agarré tu mano, recorrí sus líneas:
se bifurcan como los relámpagos en el cielo.
Confesaste que ese verano te sentías grande.
Sobre esas líneas ibas y regresabas,
un Aleph en la palma.
Cerraste la mano encima de la mía:
ya vendrá lo que nos de paz.

Fue un movimiento sutil de palabras,
un vaso de lluvia para la sed,
y el aire cálido barriéndonos el pecho.

SOBRAS

No me molesta quedarme con medio vino entre las manos.
No me duele esta lentitud con la que cierro los ojos
para terminar un helado de frutilla y crema.
No me inmuta que diga que está apurado,
la aspereza de estar sentada en la vereda
es mi logro,
la noche se enfría bajo este fresno
y soy la que respira sobras,
la que vuelve a su casa reconociendo el camino.
Ese es mi logro.
Abrir la puerta y caer en el colchón
de mis noches
a las que ingreso sin miedo.

¿Es lo que merezco? pregunté
y él lo festejó como si yo no supiera de la vida.

DESVIOS

Entre mi cintura y el vestido,
busco otras formas de caminar.
Me inclino en el pensamiento,
esos pasos sobre los que decido quererte en tu infancia
o en el tiempo en que alguien soporte perder.
Dices que tu casa era más hermosa
que la glorieta que cruzamos
en Plaza Belgrano,

apenas un techo unía la cocina
con una enredadera,
mientras el sol y las deudas
martillaban las paredes.
Hubiera anhelado decorar tu herida,
retener una parte de tu ropa o tu perfume,
merecer un descanso,
sofocar la pérdida entre las sábanas
que elegí para esa tarde.
El tiempo nos saqueó las voces
pero algo dignifica el amor.
Tus manos todavía cortan el pasto
donde arrodillada tapo mis oídos
para no escuchar la muerte.

SU DUREZA VA A HERIRTE
Levanto un vaso con hielo
y lo pego a mi cara.
Quiero aplacar el ardor del verano.
El canto del glaciar en mi oído es un desierto.
¿Alguien sabe de dónde llega ese viento
punzante?
Hoy estás distraída.
Salí de tu burbuja.
Sos muy oscura.
¿Has dormido bien?
Repito el tono en el que alguien me ordena
cómo vivir, qué cosas amar,
quiénes se apoderan de mis sueños.
Hago fuerzas para desprender los alambres
del cerebro, mi sensibilidad humillada.
El hielo se derrite rápido
llevándose el murmullo.
Mi cabeza se vuelve fluida y agnóstica,
una lentitud de oso polar
camina sobre mi frente.

LA METAMORFOSIS

Con los ojos cerrados escucho la leyenda.
Como si me hablara mi madre:
¿lo digo con crudeza, o con poesía?
Narciso es el que mira el agua,
y muere de pena.
Junta torpezas,
la voz se le entumece,
sacude la boca agria
y no bebe.
Se transforma en piedra.
El resto del verano es una luz densa,
una pintura de Dalí
que se fija en la pared.
Quizás en el invierno,
donde hubo un hombre,
el más triste que has escuchado,
nazca la flor blanca,
tu poesía,
el sonido de tus huesos.
¿Sabes todo lo que te espera?


Gabriela Álvarez nació en Santiago del Estero. Es poeta, abogada y editora. Publicó Migraciones (Ediciones En Danza, 2018), La Mujer Suelta (Funga, 2025) obra ganadora del Concurso de Libro de Poesía Clementina Rosa Quenel 2021; Poemas a Lucía (Falta Envido Ediciones, 2024); y Una Luz fuera de nosotros (El Guadal Ediciones, 2026). Integra Piedra Madre Editora.

La medida de los otros

La medida de los otros

Una lectura de Los muchachos del Guinness Book de Manuel Parra Aguilar

Por Juan Carlos Recinos

 

Los muchachos del Guinness Book de Manuel Parra Aguilar (Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines) pudo ser un gabinete de extravagancias o un catálogo de vidas famosas por su tamaño. No lo es. Su materia es la mirada. Alrededor de cada figura aparecen cámaras, reflectores, museos, periódicos, circos, registros, anuncios y espectadores. Siempre hay una institución que mide, una multitud que contempla, un fotógrafo que fija. El Guinness Book funciona menos como tema que como emblema del impulso de convertir la singularidad en cifra: centímetro, peso, fecha, récord. Contra esa reducción, la poesía de Parra Aguilar intenta restituir lo que el dato no conserva: la intimidad de una vida.

El problema es que el poema mira. El poeta selecciona, recorta y convierte una existencia en lenguaje. Esa conciencia da espesor a Los muchachos del Guinness Book, porque la voz no se presenta como inocente ni pretende reparar desde afuera las crueldades del espectáculo. Está junto al fotógrafo, el periodista y el curioso; imagina conversaciones y se acerca a cuerpos convertidos antes en atracción. De ahí una tensión central: ¿puede la poesía rescatar a alguien sin apropiarse de su historia?, ¿puede mirar sin repetir la violencia de quienes miraron antes?, ¿puede volver personaje literario a quien ya fue convertido demasiadas veces en objeto público?

La poesía aparece así como riesgo, no como absolución. Cada poema se acerca a un rostro sabiendo que puede fracasar. De ahí el movimiento entre ternura, ironía, irreverencia, melancolía, humor, deseo y absurdo. Parra Aguilar evita la compasión solemne porque ella puede levantar una jerarquía entre quien observa y quien es observado. Sus gigantes y sus seres diminutos no comparecen como ejemplos edificantes: aman, comen, sudan, desean, se irritan, se casan, trabajan y mueren. Los muchachos del Guinness Book les devuelve aquello que el récord había sustraído: no una dignidad abstracta, sino el derecho a ser contradictorios.

En “La soledad de los gigantes”, primera parte del libro, la altura funciona como una metáfora de la distancia. Robert Wadlow, Ella Ewing, Leonid Stadnyk, John Aasen, Charles Byrne, Sandy Allen, Anna Swan o Sultan Kösen aparecen en una geografía que oscila entre la tierra y el cielo. En el poema dedicado a Wadlow, la desmesura corporal recupera por un instante su linaje mítico: el gigante vuelve a tocar la zona de los ángeles y las nubes. Esa elevación no constituye un privilegio. La misma imagen que lo acerca a lo sagrado lo separa del mundo común. Cuanto más alto se encuentra el personaje, más visible resulta su aislamiento. El gigante, que en el mito pertenece al orden de lo terrible o lo sagrado, en la modernidad pertenece al orden de lo exhibible: posa para la fotografía, firma autógrafos, comparece ante un registro. La grandeza física termina administrada por una institución de la mirada.

 

Como a esos nefilim,
hijos de los ángeles,
a Robert Wadlow le fue permitido tocar con la yema de los dedos
los cumulonimbus,
los nimboestratos.

 

Esa degradación del mito es una intuición fértil. Las alusiones bíblicas a los nefilim, las referencias a Deuteronomio o al Génesis, los ecos de una antigüedad poblada por seres desmesurados conviven con el Barnum & Bailey Circus, el museo, el lobby de un hotel, una entrevista, un zapato exhibido detrás de un vidrio. Lo sagrado y lo comercial no se excluyen; se rozan de manera incómoda. El cuerpo que antes habría producido temor religioso produce ahora boleto de entrada. El prodigio ha sido domesticado por la taquilla. Parra Aguilar no escribe una elegía por un pasado mítico más puro. La historia de los cuerpos excepcionales siempre ha estado atravesada por el poder. Cortes, ferias, museos y medios han usado la diferencia como entretenimiento, prestigio o mercancía. Los muchachos del Guinness Book condensa así una historia cultural de la mirada: del bufón de corte al freak show, del espectáculo a la fotografía, de la fotografía al récord. Cambian los escenarios; persiste el mecanismo. Una sociedad confirma su idea de normalidad cuando encuentra un cuerpo al que puede llamar extraordinario.

“Extraordinario” merece sospecha. Parece elogio, pero puede ser una forma elegante de expulsión. Decir que alguien está fuera de lo ordinario implica señalar el territorio de lo ordinario y decidir quién pertenece a él. Los muchachos del Guinness Book trabaja en esa frontera. Sus personajes son admirados y apartados al mismo tiempo. La multitud se acerca, pero confirma la distancia. El espectador paga porque considera que aquello que mira no pertenece a su mundo. El poema, en cambio, trata de sabotear esa separación mediante una operación radical: imaginar que el gigante desayuna, que el enano se cansa, que la mujer registrada por su estatura quiere ser amada, que el personaje célebre preferiría salir a caminar sin ser reconocido.

La fuerza de ciertos pasajes reside en ese regreso a lo común. Donald A. Koehler aparece no solo como un cuerpo medible, sino como alguien a quien se acompaña antes de bajar al lobby donde esperan “los muchachos del Guinness Book”. El poema detiene la maquinaria del récord en la escala mínima del cuidado: un desayuno, una corbata, unos zapatos abrochados. La escena conmueve porque desplaza el centro de interés. Ya no importa cuánto mide Donald A. Koehler, sino quién le sirve el café, quién permanece a su lado, quién conoce sus hábitos. Frente al dato, un gesto doméstico; frente a la fotografía pública, una mano que cuida. Los muchachos del Guinness Book encuentra aquí una de sus formas más convincentes de resistencia: devolver al personaje la vida que el registro deja fuera de cuadro.

 

Yo le procuré el desayuno: un par de huevos fritos,
la amarilla yema sin reventar;
yo le traje jugo de naranja y café, pan tostado y mermelada.

 

No se idealiza la vida privada como refugio. El hogar puede ser lugar de encierro, vergüenza o vigilancia. El poema restituye dimensiones que la mirada pública había borrado. El Guinness pregunta cuánto mide un cuerpo; la poesía pregunta qué perdió, qué quiso, qué recordó, qué miedo tuvo, quién lo acompañó. La medición produce información; una vida, preguntas. La diferencia entre ambas operaciones resume buena parte de Los muchachos del Guinness Book. “Maniobras” modifica la perspectiva. Si la primera parte mira hacia arriba, la segunda obliga a mirar hacia abajo. Aparecen Junrey Balawing, Pauline Musters, Lucía Zárate, Jyoti Amge, Paulo Gabriel da Silva Barros y Katyucia Hoshino, Lavinia Warren, Ajay Kumar, Stacey Herald y otros personajes cuya pequeña estatura fue convertida en espectáculo o noticia. El cambio no es solo de tema. La altura y la pequeñez producen dos versiones de la misma violencia: el cuerpo sometido a comparación. El centímetro se vuelve destino.

Hay algo moderno en la obsesión por medir. Censos, estadísticas, marcas y clasificaciones prometen volver comparable el mundo. Esa precisión produce conocimiento, pero también una imaginación competitiva que confunde valor con posición en una escala. El Guinness Book encarna, en su versión popular, ese deseo: todo debe ocupar un lugar y aspirar a un extremo. Cuando la singularidad humana entra en esa lógica, el cuerpo deja de ser experiencia y se convierte en resultado. Parra Aguilar introduce una falla en esa lógica. Sus poemas no preguntan quién es el más alto ni quién es el más pequeño; preguntan qué significa vivir cuando los demás recuerdan incesantemente aquello por lo que uno es diferente. En el poema dedicado a Chen Guilan y Li Tangyong, la voz rehúsa el lenguaje clasificatorio y realiza una inversión decisiva: no coloca la insuficiencia en los cuerpos, sino en el mundo que los rodea. El giro parece pequeño, pero modifica por completo la perspectiva. La medida deja de presentarse como una verdad natural y se revela como una convención desde la cual se organiza el espacio. No es la persona la que falla ante una escala: es la escala la que demuestra su pobreza cuando pretende contener la singularidad de una vida.

 

no repetiremos de nueva cuenta que ellos son personas muy bajas:
mejor diremos que el cielo les es muy alto.

 

Ese movimiento altera la percepción sin convertirse en consigna. Una puerta alta, una cama inadecuada, una mirada inclinada o un escenario desproporcionado revelan que lo que llamamos “normal” es una arquitectura. Objetos, edificios, hábitos y lenguajes han sido construidos alrededor de un cuerpo promedio; después llamamos excepción a quien no coincide con ese diseño. La poesía cambia la perspectiva y deja visible la trampa. Por eso arriba y abajo exceden la anatomía. En Los muchachos del Guinness Book, la verticalidad es social: mirar desde abajo puede significar admirar o ridiculizar al gigante; mirar desde arriba puede infantilizar a la persona pequeña. Toda mirada ocupa un lugar y ese lugar contiene poder. Parra Aguilar descompone esa relación desplazando al observador entre terrazas, aceras, habitaciones, museos, trenes y sets de filmación. El lector nunca recibe un punto de vista definitivo: debe moverse y descubrir que su mirada tiene altura.

Ahí cobran sentido los epígrafes de Jacques Rancière y Rudolf Arnheim. La asociación del espectador y la división visual de la imagen anuncian una poética: ver no consiste en recibir pasivamente una forma, sino en organizar distancias y jerarquías. Los muchachos del Guinness Book coloca al lector entre curiosidad y culpa, ternura y morbo, deseo de acercarse y conciencia de que acercarse puede invadir. La lectura se vuelve una prueba de la mirada. Esta incomodidad impide el sentimentalismo. Parra Aguilar mezcla humor, vulgaridad, erotismo, coloquialismos, anglicismos y referencias mediáticas. La dicción de Los muchachos del Guinness Book rehúsa la pureza: pasa de la resonancia bíblica a la conversación, de la imagen delicada al golpe verbal, de la cultura al circo. Esa mezcla reproduce un mundo donde lo extraordinario convive con lo banal y donde la solemnidad corre el riesgo de convertirse en vitrina.

La cámara aparece una y otra vez en Los muchachos del Guinness Book porque representa el instante en que una persona corre el riesgo de quedar reducida a superficie. Fotografiar es conservar, pero fijar. El caso de Lucía Zárate vuelve especialmente dolorosa esa ambivalencia. En medio de afiches, reflectores, viajes y salarios, el poema no pregunta cuánto mide la mujer exhibida, sino por aquello que la escena pública no puede devolverle: la posibilidad de una casa, una intimidad, una sonrisa fuera del espectáculo. La casa de muñecas deja de ser una imagen pintoresca y se convierte en una pregunta por el lugar propio. El archivo conserva una pose; la poesía intenta imaginar la pérdida que esa pose no alcanza a registrar. Allí comienza la verdadera gravedad de la mirada.

 

¿Dónde ha quedado su casa de muñecas, su casa donde
podía estar, su sonrisa?

 

Los muchachos del Guinness Book plantea una pregunta presente en toda literatura basada en personajes reales: ¿hasta dónde se puede inventar? Parra Aguilar no oculta su respuesta. Inventa abiertamente. No reconstruye biografías con exactitud documental. Mezcla datos verificables con escenas imaginarias, anacronismos, desplazamientos y conversaciones imposibles. Bud Rogan puede escuchar que estamos en el siglo XXI; personajes muertos vuelven a hablar; el poeta se presenta como testigo de situaciones que jamás presenció. Esta libertad no debilita el libro porque su pacto no es histórico sino lírico. La imaginación no busca falsificar el archivo: busca mostrar aquello que el archivo no puede decir. El archivo sabe fechas; no sabe soledad. Sabe estaturas, no vergüenza. Sabe causas de muerte, no el deseo de otra vida. Puede registrar el tamaño de un zapato, pero no la incomodidad de quien tuvo que usarlo. La poesía entra por esa grieta. No corrige el documento: lo vuelve insuficiente.

En Charles Byrne, por ejemplo, la posteridad museística adquiere un sentido perturbador. El cuerpo que no quería ser diseccionado termina convertido durante generaciones en pieza de exhibición científica. Más allá de la historia concreta, Los muchachos del Guinness Book descubre una paradoja: incluso después de la muerte, ciertos cuerpos continúan siendo observados. No basta morir para escapar de la mirada. El museo, que conserva conocimiento, puede prolongar una forma de posesión. Por eso la pregunta por su último deseo incumplido corta el poema como una acusación sobria. De pronto, el problema ya no consiste en lo que una institución puede aprender de un cuerpo, sino en el límite que debería imponerle la voluntad de quien lo habitó. La mirada deja de ser curiosidad: se vuelve responsabilidad: “¿Por qué aún no se cumple tu último deseo?”

La madurez de Los muchachos del Guinness Book está en no resolver del todo lo que plantea. Una lectura menor distribuiría papeles: de un lado los explotadores, del otro los explotados; de un lado la mirada cruel, del otro la poesía salvadora. Parra Aguilar sabe que la realidad es más turbia. El espectador puede amar aquello que contempla y, sin embargo, participar del mecanismo que lo exhibe. La cámara puede humillar y preservar. El archivo puede reducir una vida y evitar que desaparezca. El poema puede acompañar y apropiarse. No hay pureza al mirar. Por eso importa la ironía contra la poesía. Varias veces Los muchachos del Guinness Book desconfía de la retórica, se burla del heroísmo, llama “maldita” a la escritura de un poema o declara insuficiente la verdad. Es una forma de autovigilancia. El poeta sabe que la belleza puede volverse una segunda vitrina si embellece el sufrimiento hasta volverlo agradable. La salida consiste en romper la fluidez: introducir una palabra vulgar, un detalle doméstico, una frase que desinfla la solemnidad. Esos quiebres devuelven personas, no símbolos.

Tal vez por eso uno de los núcleos afectivos de Los muchachos del Guinness Book sea el amor, aunque nunca aparezca como consuelo fácil. Amor de pareja, fraternidad, deseo, cuidado, complicidad; pero amor enfrentado a la precariedad material. El poema de Yao Defen lo expresa con una crudeza que desarma cualquier sentimentalismo: querer a alguien no basta para pagar una cama digna. Ese detalle devuelve el cuerpo a la historia social. Quien ama no es solo objeto de observación: es sujeto de deseo, necesidad y vulnerabilidad. La mirada espectacular pregunta “¿cómo es ese cuerpo?”; el poema pregunta qué necesita, qué desea, qué no pudo obtener. Entre ambas preguntas se juega una diferencia decisiva: una clasifica; la otra reconoce una existencia.

 

Yao Defen solo quiso una cama decente que tanto amor
no pudo pagar.

 

La pregunta no es qué tan altos o bajos son estos personajes, sino qué tan estrecha puede ser nuestra forma de verlos. La monstruosidad —palabra que Los muchachos del Guinness Book problematiza— cambia de lugar: puede residir en la mirada que solo sabe reconocer una excepción, en la multitud, la etiqueta, el afiche, la estadística o la risa. El cuerpo señalado funciona como espejo de quien señala. Esta inversión explica su efecto final. Al comenzar, Los muchachos del Guinness Book parece tratar de seres fuera de medida; al terminar, sospechamos que el verdadero objeto de examen somos nosotros. ¿Qué esperamos encontrar cuando miramos una fotografía de Robert Wadlow o Lucía Zárate? ¿Asombro, compasión, superioridad, identificación? ¿Por qué cierta diferencia despierta curiosidad? ¿Qué hacemos con esa curiosidad? La poesía devuelve la pregunta al lector.

El último poema de “Maniobras” reorganiza Los muchachos del Guinness Book. Después de tantas alturas, medidas, nubes y cuerpos comparados, la voz ya no pregunta cuánto mide una persona: interroga el punto desde el cual hemos estado midiendo. La pregunta final destruye la seguridad del referente. Suponíamos que el suelo era lo estable, la base objetiva desde la cual se ordenaba todo lo demás. De pronto el suelo necesita ser medido. La normalidad pierde su pedestal y el lector descubre que no existe una mirada sin posición. Lo decisivo no es únicamente la altura de los otros, sino el lugar desde donde nosotros creemos tener derecho a calcularla.

 

Dime,
¿qué tan abajo se encuentra el suelo?

 

Ahí está una conquista. No pide que dejemos de ver las diferencias; sería ingenuo y otra forma de negación. Pide algo más difícil: aprender a ver sin convertir inmediatamente la diferencia en jerarquía. Ver un cuerpo sin traducirlo enseguida a superior o inferior, admirable o grotesco, récord o fracaso. Ver su singularidad. La poesía restablece relaciones allí donde el hábito las ha separado. Los muchachos del Guinness Book participa de esa confianza en el poema, pero introduce una sospecha decisiva: la escritura tampoco está fuera de lo que critica. También selecciona, encuadra y nombra. Su posibilidad de no convertirse en otra vitrina depende de conservar abierta la pregunta sobre su mirada y aceptar que ninguna palabra posee por completo a quien nombra.

 

Por eso las mejores páginas no son solo las más vistosas, sino aquellas donde el lenguaje parece corregirse mientras avanza. “Hablaremos en otra ocasión”, “no sé por qué lo hice”, “tal vez”, “quizás”, “yo quisiera saber”: esas vacilaciones son una forma de respeto. La certeza pertenece al catálogo; la poesía empieza cuando la certeza se vuelve insuficiente y se niega a clausurar al otro. Ésa es la diferencia entre registro y poesía. El registro dice: éste fue el hombre más alto, ésta fue la mujer más pequeña, éstos fueron sus centímetros, éste fue su año de nacimiento, ésta la causa de su muerte. La poesía pregunta: ¿tuvo frío?, ¿quién lo esperaba al volver a casa?, ¿qué soñaba?, ¿qué palabra odiaba?, ¿qué hubiera querido que no miráramos?, ¿qué parte de su vida quedó fuera de la fotografía? Allí termina el registro y comienza la incertidumbre humana. Esa incertidumbre puede ser el verdadero lugar de la dignidad. No vuelve misteriosa a la persona. Nadie cabe por completo en una categoría, una enfermedad, una medida, una fotografía, una biografía o un poema. Tampoco cabemos nosotros, los que miramos. Al devolver esa insuficiencia, Parra Aguilar transforma su galería de cuerpos extraordinarios en una meditación sobre la condición común.

Los gigantes descienden y los pequeños crecen, no porque sus cuerpos cambien, sino porque la escala pierde autoridad. La poesía ha movido el instrumento de medición. Ya no sabemos quién está arriba y quién abajo, quién observa y quién es observado, quién pertenece al espectáculo y quién se encuentra fuera de él. Esa confusión constituye quizá la forma más lúcida de la lectura. Tal vez por eso Los muchachos del Guinness Book permanece. No por la rareza de sus personajes, sino porque convierte la curiosidad en incomodidad íntima. Entramos mirando a los otros y salimos descubriendo nuestra mirada. El registro Guinness mide cuerpos; el poema, cuando acierta, mide la distancia que nos separa de ellos. Así revela algo que ningún récord registra: que la verdadera desmesura no está en la altura de un hombre ni en la pequeñez de una mujer, sino en todo aquello que una mirada es capaz de ignorar cuando cree que ya ha visto suficiente. Esa es la inversión de Los muchachos del Guinness Book: los cuerpos que parecían sometidos a examen terminan examinando la escala desde la cual los contemplamos.

 

Cinco poemas de Los muchachos del Guinness Book

 

1.

 

De esas largas piernas de Zeng Jinlian hablaremos en otra ocasión, 

de esos labios tiernamente definidos en su curvatura hablaremos en otra ocasión, 

porque hoy nos llegan noticias desde Hunan: 

Zeng Jinlian ha muerto. 

 

Mas nosotros aún vemos el claro manojo de sus cabellos,

nosotros aún podemos distinguir cada una de sus trenzas 

que harían temblar hasta las comunes columnas del templo del emperador. 

Nosotros aún vemos esas manos sostenerse en los hombros de sus padres. 

 

De ese rostro tantas veces avergonzado de Zeng Jinlian 

aún vemos levantarse una alegre sonrisa, 

diciéndonos que nada tiene sentido. 

 

Y esto contradice toda verdad, 

por más poética que sea. 

 

3.

 

Como esos nefilim, 

hijos de los ángeles, 

a Robert Wadlow le fue permitido tocar con la yema de los dedos 

los cumulus nimbus, 

los nimboestratos, 

ordenar la sagrada lluvia según la conveniencia de su granja en Alton Village. 

 

Como a Robert Wadlow, 

hijo de Harold y Addie, 

los nefilim no pudieron sacar su nariz debajo del agua de lluvia. 

 

Duerma Robert Wadlow bajo la roja tierra. 

 

Duerman ángeles y demás desaparecidos bajo la roja tierra.

 

6.

 

Entonces sí, hubo un grandote con quien el Guinness se las traía, 

hasta que él, sosteniéndose sobre los pilares de la puerta del patio, 

amenazó con darles una patada a los del Guinness.  

Yo me encontraba arriba, 

tan arriba como se puede estar en la terraza de un segundo piso contiguo. 

No quiero referir el papelón que hicieron los muchachos del Guinness. 

 

“Eh Leonid, ¿se han marchado los muchachos del Guinness?” 

Esa fue la pregunta a mi vecino, 

no sin cierta curiosidad de ver a una celebridad en Podolyantsi. 

“¡Eh tú, no hay nada que celebrar!”, me contestó Stadnyk. 

Y esta fue su amenaza de arrojarme uno de los azules troncos del árbol donde se sostenía, 

jalando aire por la boca.

 

Los rábanos sangrientos bajo la tierra, 

las transparentes cebollas en el huerto 

y los olorosos repollos; 

los firmes y concentrados espárragos; 

las nubes blancas del cielo, las nubes blancas 

sobre las copas de los árboles y los brotes verdes en las raíces, 

las rojas tonadas de los pájaros que regresaban al hogar; 

todo esto le estorbaba a aquel grandote. 

Sabrá Dios qué pecado cometió para su excesiva altura.

 

Durante meses quise decirle una palabra a Leonid. 

Sabía que vivía en Podolyantsi, al lado de su madre.

Desde arriba, desde una terraza en el segundo piso, 

le dije de frente, casi al oído: 

“Eh Leonid, ¿se han marchado los muchachos del Guinness? 

 

Y Stadnyk me hubiese arrojado a su madre si esta no me hubiese dicho por primera 

y última vez que me callara.

 

1.

 

De Chen Guilan y Li Tangyong hemos hablado en más de una ocasión, 

y sin embargo repetimos aquellas palabras con las mismas palabras; 

con las mismas hojas con las que se forman los libros, 

también hemos escrito este, no obstante el secreto masculino de los versos. 

 

Por ello queremos repetirlo, 

por si alguno de ustedes no estuvo presente, 

y una vez más decir que entre una línea y otra, 

el soleado pescuezo de la novia tenía ese tono de piel con el que conversan los enamorados; 

es decir, tenía el color de una hoja de cuchillo partiendo en dos la carne. 

 

Como si la retórica se detuviera. 

 

Pero esto habrá que remediarlo todo de algún modo. 

 

¿Basta decir que solo hay eso y nada más? 

¿Acaso existe algo que podamos añadir?

 

En Foshan, después de la boda aún suena el coro de mujeres, 

un coro maduro de tanto uso. 

Por eso este libro habla tanto de la poesía como de esa fiesta de boda, 

habla del futuro lleno de propósitos que pisan Chen Guilan y Li Tangyong.

 

Y así los días nos están mirando, 

aunque el futuro pase de largo y se detenga en otro sitio lejano del nuestro. 

Solo por ese durísimo detalle, 

no repetiremos de nueva cuenta que ellos son personas muy bajas, 

mejor diremos que el cielo les es muy alto.

 

Puedes llegar un poco tarde a esta ceremonia, 

puedes llegar un poco tarde si lo prefieres, 

puedes llegar si así lo prefieres.

 

7.

 

Recuerdo que la pequeña Lavinia Warren 

pensaba que su nombre era el nombre de las alas de la luna.

–Pero no soy como tú –decía la pequeña Lavi–, me gustan mis hobbies–

y decía que nada podía hacer por el nombre Lavinia.

 

“Pero no soy como tú”, oíamos ese zumbido detrás del set de filmación… 

era la voz de la pequeña Lavi, atada a la tierra; 

la pequeña Lavi que pensó que su nombre 

debió ser el origen de esas pecas que se forman en la piel con el paso del tiempo. 

 

Encerrada en este tema, 

la pequeña Lavi pensó una vez más que los gigantes vivirían felices en la tierra. 

Y una vez más la pequeña Lavi pensó 

que encontraría ese lugar a donde los gigantes pudieran oír su voz sin necesidad de inclinarse. 

–Eso significa poco, Miss. Warren.

“Pero no soy como tú.”


Juan Carlos Recinos (Pichucalco, Chiapas, 1984). Poeta, ensayista, traductor y fotógrafo. Licenciado en Ciencias de la Educación por la Universidad Vizcaya de las Américas. Fue becario del FECA del Estado de Colima. Ganador de los Juegos Florales de Zapotlán 2026. Ha traducido a Georges Schehadé, Saint-John Perse, a Yves Bonnefoy, Fernando Pessoa y Nuno Júdice. Textos suyos han sido publicados en México y en el extranjero. Parte de su obra ha sido traducida al maya, catalán, italiano y parcialmente al portugués, francés e inglés. Escribe la columna La Espiral de Elliot y Arca. Libros: Cantos Peregrinos; Cartografía íntima; Nagara y Jericó. 

Manuel Parra Aguilar. Sonora, México. Maestro en Estudios de Arte y Literatura por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha ganado el Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal; el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines; los Juegos Florales Iberoamericanos Ciudad del Carmen; el Premio Internacional de Poesía Oliverio Girondo, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE; el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo; el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, entre otros. Libros de poesía: Los muchachos del Guinness Book, Permanencias, Pertenencias, Breves, entre otros; además del libro de ensayo Espacios contenidos. En torno al poema en prosa moderno.

 

 

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