Permanecer en el verbo

Permanecer en el verbo

Antología personal de la poesía de Eva Guillamón

 

PERMANECER EN EL VERBO (2026)

 

DE ESTA MANERA VIVO AHORA

 

SIN

Eva, 

me dicen. 

No la primera. 

La última. 

La penúltima ha terminado, 

y aquel día no para

de acumularse.

La muerte no mengua con el tiempo.  

Soy mi única mujer. 

Cuerpo que se sostiene

a base de voluntad y rotura,

herida y cicatriz, 

camino y camino.

Raíces a la intemperie como el árbol de la vida. 

Cómo hablar de cuánto crecen los espacios en la noche. 

A estas horas esta casa es un pueblo.

Bestia y refugio.

Amanece un paisaje 

rotundo: ahora el bosque soy yo.

Sola yo,

tierra de nadie entre

el canto y el ruido.

En la frontera, las cosas 

son lo mismo y lo otro y aun así 

no son lo suficiente. 

Mis muertas, el suelo vivo 

sobre el que se yergue nuestra materia.

La vida es un hábito que se pierde,  

pero deshabitar 

es un acto meticuloso.

 

me dice la penúltima

desde su allá.

Contempla tu reflejo en el cristal. 

Ofrécete y resbala 

en la velocidad 

del abismo. Traspasa 

la imagen que reconoces. 

 

 

CON

Inspiro y recibo. Acepto

mi nuevo desconocimiento, 

y entre las costuras del miedo

asoman semillas de sol:

en otra parte del mundo, mi noche 

es mediodía.

Ver o pensar, ahí el laberinto.

Me adentro en lo irresuelto.

El paso es la medida del poder. 

La escucha es el viaje.

El salto, mi esperanza.

  A menudo me asustan los crujidos del calor, 

la mucha sangre de los labios.

Veo bolsas de basura como muros de la casa

de los hijos que nunca dejaremos de serlo.

Sujetos parte superior, destino

final.

Entonces,

digo vibración en lugar de cuerpo,

exuberancia en vez de experiencia

y bebo lágrimas

para medirme el punto 

de sal.

Cuando los dolores por fin incompletos, 

crecen siemprevivas en el espinazo.

Y el misterio se hizo nombre.

Del otro lado de mí, ella. 

Tan ajena y tan exacta.

Yo estoy en el mundo para incendiarme

se presenta.

Yo, mujer río de metal precioso.

Vos, mujer de tanta humedad sin cauce,

atrevete a un canto que escurra la garganta.

Y el fuego faro se puso de fiesta.

Furor.

Movimiento fresco, no acumulable. 

Baila la savia hasta la espuma,

la puerta se desprende de la puerta

y el bosque extiende su nido a la selva.

Ritmo y reposo, la vida se hace 

a sí misma, ardiendo 

por el bien de la luz.

Arriba de la distancia está

el siempre,

y esa casa azulada

donde viento y poema

son la misma palabra.

 

ALUMBRAMIENTO

Imagino una cama limpia y amplia 

y dos mujeres desnudas que se acaban 

de conocer y ya comparten todo 

amor.

Nosotras, y la historia por delante.

 

EL ENIGMA DE LO QUE YA ESTAMOS SIENDO

 

La noche no tiene prisa. 

Vida en posición fetal 

lejos tanto 

    de la luz. 

¿Qué estará haciendo 

a estas horas el silencio?

 

LA SOLIDEZ Y LA POSIBILIDAD

Desplegar la voluntad como el río en su corriente. Hundirse, perderse en la fatiga de flotar, y aun así creer en lo cierto, en la vida única. Ésa que exige todo para llegar al mar. A todos los mares que siempre fuimos. 

 

EL ARTE

¿Cuánta vida necesita para nacer la escritura?

Aún más 

la escritura necesaria para crear una vida.


 

AÚN TE QUEDA NOCHE EN LA BOCA (2022)

 

ORDEN DE ESCRITURA

Por primera vez desde la infancia escribo 

en un cuaderno pautado.

La cuadrícula favorece el equilibrio de las palabras.

Yo prefiero sola,

aprender a enderezarme sin asistencia.

En casa de mi padre sólo hay libretas a cuadros,

todavía.

Los niños aprenden el bien y el mal en hojas enrejadas.

Asumen los límites para su correcto desarrollo.

Escribo apoyándome en las indicaciones de rectitud 

por primera vez desde hace mucho.

Descubro el sorprendente orden de las frases,

algo no habitual.

Mi escritura rápida y sinuosa 

hoy contenida en lo que debe ser.

Todo en el sitio apropiado.

Miro embelesada mis palabras a raya, 

encajadas en lo impecable,

y a la vez me apena verlas en jaulas,

como los pájaros que por envidia de su vuelo encerramos en el salón

para que su canto nos recuerde lo bello y perfecto de la naturaleza.

Pájaros de alas muertas que decoran el orden social.

Yo siempre he querido embutirme en el hueco previsto.

Atajar la desmesura.

Ser un objeto al uso

con el pecho justo y erótico

no obsceno e inmanejable

y el talento adaptado a la sociedad de consumo.

Cuarenta y tres años intentando peinarme,

disciplinar el deseo, 

estudiarlo en el otro, aprender a ser diestra, hábil, experta, zurda,

subir la voz por el pentagrama hasta mi identidad de género.

Parecerme a una mujer como debe ser,

y entrenar el interés por escribir al estilo de los grandes poetas

para ser considerada una de ellos.

A lo mejor la cuadrícula es el secreto.

 


 

QUIERO OÍRTE DECIR MI NOMBRE (2019)

 

LO PEQUEÑO

Esa lágrima que cayó en la arena

generó una minúscula catástrofe.

No es común hablar de lo pequeño,

pero constantemente ocurren cosas 

pequeñas, invisibles,

carentes de importancia

para la mayoría de aquellos

atentos tan sólo a la grandeza.

Nacen seres pequeños, silenciosos,

con objetivos y proyectos, sueños

y deseos, y mueren

sin posibilidad

de defensa, ahogados simplemente

por una triste lágrima

de un ser grande que por allí pasaba.

 

LA HUELLA DACTILAR

Creo en la noche, 

en lo indecible, 

en los sonidos graves, 

en lo profundo.

Lejos del arte y la palabra exacta,

al bajar por la oscuridad que todo lo contiene 

resucito para seguir la vida 

más allá de su sombra, donde ya nadie mira,

con la esperanza de encontrar el sol al otro lado, 

atravesada por el austral, por eso otro

que a veces es horizonte de plástico, 

que a veces boca de lobo;

con la esperanza de encenderme al rojo vivo.

Pero llegó un momento en que la noche,

ni siquiera la noche,

fue suficiente, y harta

de ser a grandes rasgos, 

de hacer como que no,

me eché al salto y me eché al cielo, 

dejándome llevar por una experiencia lejana y concreta, 

como respiran las criaturas recién llegadas del vientre.

Me eché al cielo y me hice pájaro. 

Yo, con tanta tierra a cuestas,

me hice pájaro.

 

EVA

Una vez dijeron un nombre y resultó ser el mío. 

Gritaron mi nombre como una consigna y yo lo seguí,

y crucé las calles sin mirar y recorrí carreteras con el pulgar izado 

para demostrar que era yo, que ése mi nombre,

mi ventana, mi emblema, mi amparo,

mi cuarta dimensión.

Como una lágrima o un estornudo,

como una decisión que alguien tomó por ti cuando te era imposible,

mi nombre minúsculo se encarga de cuidar de su gigante.

Siempre haciendo equilibrios al filo de su cuerpo, 

intentando dar de sí la voluntad, 

deformarla hacia un nuevo amanecer,

una nueva oportunidad para convencerme

de que eso soy yo.

 


Eva Guillamón (Albacete, España, 1978) es autora de numerosas obras de teatro, obra en prosa y poesía. Ha publicado los poemarios Quiero oírte decir mi nombre (2019), Aún te queda noche en la boca (2022) y Permanecer en el verbo (2026). Su trabajo fotográfico ha sido expuesto a nivel internacional. En 2014 creó el ensemble musical Dúa da Pel junto a la compositora Sonia Megías. Entre otros escenarios, han actuado en el Teatro Real o el Auditorio Nacional de Madrid, The Juilliard School of Music de Nueva York o el British Museum de Londres.

Un caballo dentro de la lluvia

Un caballo dentro de la lluvia

Selección de poemas de Bebe Ponti

Vals del cartonero

I
Un hombre camina con un carro por la calle,
puede que lleve el otoño a tiro de sus brazos,
o bien que el otoño sea un caballo muerto,
resucitado en el hombre/ que arrastra
el carro con su fuerza/ puede que sea
una conjetura, una alucinación,
aunque bastaría un latigazo para saber
si el cartonero es el otoño/ o si es la poesía a
caballo de sus hombros.
II
Detrás suyo lo sigue una mujer,
pero no sabemos si es la luna con su blusa
transparente quien acompasa sus trancos y se cuelga de sus
labios para que le vean los sueños salir del esternón/ o
si es la soledad
que se acurruca dentro de su pecho
para taparse con su piel.

III
A veces la calle sube a su carro,
entonces dudamos si la ciudad va dormida en sus
brazos /
como paloma en el corazón de una campana/ o
como despojo en la luz de la aurora.
Lo que sigue es un ala todavía sin la otra mitad
del cielo.

 

La muchacha del subte

I
Una muchacha vende crayones en el subte
acaso sea luciérnaga debajo de la tierra
el temblor de una moneda.
Si la miro sentado
parece iridiscencia,
pero si lo hago de arriba
se pulveriza y da un salto mortal de mis ojos a la indiferencia.
Tal vez alguien
quiera juntar sus pedazos/ ayudarla
llevarse en un frasco su cadáver
¡Quién sabe!
seguir hasta la próxima estación
con la fosforescencia de sus manos.
II
Cuando se abren las puertas
ella sale de su cuerpo
pero no es ella/ sino su resplandor
el que me empuja
hacia la curva de luz
que dejan sus huellas/ entonces
la sigo hasta que el tren se va
hasta que otra vendedora aparece del abismo
y me apunta con un ángel.

 

Cálculos milimétricos

En los primeros días del año, afirman que la tierra
está girando inusualmente rápido. El fenómeno,
sin embargo, no se ha replicado en los relojes,
ni en los molinos de agua, ni en la novena sinfonía
de Beethoven, ni en el dibujo de los cisnes en el aire,
ni en la caravana de bisontes en Buffalo Range.
Tampoco en la velocidad de la flecha de Diana.
Lo que sí: en las avenidas cada vez hay más niños
lavando la luna en los parabrisas de los autos.

 

Hambre

Un día nunca se junta con el otro.
Así la diferencia de un pie
con el que le sigue.
Entre ambos/ queda el poema
como cicatriz de los descalzos.
Tampoco la certeza
tiene un término exacto.
Si escribo hambre,
alguien se limpiará la boca con la belleza.
Alguien se comerá la voz.

 

Fin de año

Diciembre es precipicio de la memoria,
luz extrema de los A sentimientos.
arde como tierra seca
debajo de los huesos;
trae manadas del olvido,
empuja tropeles de recuerdos.
Tal vez nos cueste abrir la puerta,
marcar el naipe de lo incierto,
saber que arriba de la mesa
queda a la deriva la unidad del tiempo,
envuelto en seda el fuego.
Como dos gallos en el relumbre de la muerte.

 


Adolfo Marino “Bebe” Ponti nació en Quimilí, Santiago del Estero. Es poeta, escritor, periodista y letrista. Su obra explora la memoria, la identidad y la cultura popular a través de un cruce entre el paisaje, la copla y el postsurrealismo. Ha publicado libros de poesía y prosa como La guerra de los pájaros y una luna acribillada en el olvido, Ópera salvaje, Luz de azafrán, Memorias de poetas y canciones y,
recientemente, Un caballo dentro de la lluvia (2026). Mercedes Sosa, León Gieco, Luis Salinas, Peteco Carabajal, Abel Pintos y Jacinto Piedra,
entre otros destacados artistas de la música popular argentina, han interpretado y grabado sus canciones. Distinguido con el Premio Argentores en 2017, reside en Buenos Aires, donde desarrolla una activa labor cultural: es columnista de la revista nacional de poesía La Guacha y codirige, junto a Marina Cavalletti, el ciclo de poesía y música Estallará la isla en la ciudad de Buenos Aires.

No sé qué bastón está esperando por mi pierna

No sé qué bastón está esperando por mi pierna

Poemas del uruguayo maca, del libro recientemente publicado en Argentina por La mariposa y la iguana.

 

Sapo 

 

había sapos y era de noche 

padre embromaba con que era sonámbulo 

y a mí me daba un poco de miedo los sapos 

y eso de caminar dormido 

hasta la propia palabra 

  era San José de Carrasco 

y no recuerdo otra cosa que eso y la sangre 

burbujeando en la sopa de remolachas 

y tal vez cierta tristeza 

ante la posibilidad de defraudar a padre.

 

*

 

«te acordás la cantidá

de primos que tenías?» le dice

abuelo al menor de los primos / aquel 

rubiecito / «no pienses en eso», llenando

los vasos de los culones / «…y varios

eran más jóvenes que vos» / apenas

un poquito se desbordó uno 

de ellos «no queda ninguno vivo» / pero

no le respondió naides

 

*

 

cada día me entero que se murió otro poeta

que no he leído

 

cualquiera puede hacer el cuatro

 

una pila de papeles se deja caer de la mesa

sin un porqué

 

chinga la manga

 

abuelo albañil, pescador compulsivo

ensarta la lombriz en el anzuelo

 

algo se le escapa

 

chinga, chinga la manga

 

tapa tío con la mano la boca del vaso

«tamo servido»

 

*

 

tensa la tanza lo conecta con el río

pasaban las toninas como sonriendo

aquel verano

bien cerquita

—esta es mi roca dice abuelo

los pies metidos en el agua fría / el río 

dice lo mismo y no está de acuerdo

mientras

  el Lobo dormido se desentiende

de la pesca con todos sus abrojos prendidos

abuelo a veces también dormita

la tarde:

 

*

 

el abuelo que murió en el 76

me pregunta por hija

mientras me pasa el violín

le digo que posiblemente vuelva para las fiestas

en eso madrina pasa con su tacita en la mano

no le gusta el pescado a hijo

dice que está llenito de alfileres

creo estar servido 

igual llamo a la enfermera

que no me escucha

        –acaso acusa acoso–

hay un profundo aliento anciano

no me gusta 

la comida sin sal

(nunca más volvimos a ver al loco del barrio)

trajeron el cachorro

es chiquito

le voy a poner Lobo:

 


 

Gustavo Wojciechowski (maca) nació en Montevideo en 1956. Diseñador gráfico, ilustrador, artista visual. Poeta y editor. Ha publicado una veintena de libros de poesía, una novela, poesía visual y tipográfica, así como algunos cds con sus textos en colaboración con músicos y diversos artistas multimediales. Funda e integra el grupo de trabajo y sello editorial Ediciones de UNO (el cual integra desde 1982 hasta 1987). En 2004 funda su propio sello editorial: Yaugurú. Ha realizado varias exposiciones de poesía visual y tipográfica, tanto en el Uruguay como en el extranjero. Ha participado en festivales de poesía en Uruguay, Argentina, México, Puerto Rico, El Salvador, Guatemala, Chile  y Venezuela.

Paula Maffía:  Epifanía, creatividad y autogestión

Paula Maffía: Epifanía, creatividad y autogestión


Entre el rock independiente y el activismo feminista y LGBTTIQ+, Paula Maffía construyó una carrera a fuerza de autogestión. Con su tercer álbum solista,
República afectiva, recién editado, Paula será quien abra el XVI Festival de Poesía en el Centro Cultural de la Cooperación. Acá, sus primeras epifanías con la música y sus claves para no perder la voz interior.

por Leandro González de León y Nicolás Mateo*

 

Tu tío abuelo era Pedro Maffía, uno de los grandes bandoneonistas del tango. Sin embargo, has contado que tus familiares no te incentivaron hacia la música. ¿Qué pasó con ese legado?

Sencillamente eso: la música se saltó una generación… Los Maffía eran inmigrantes italianos que llegaron a General Rodríguez y tuvieron doce hijos. Uno de ellos era mi tío bisabuelo. Cuando nacía el más chico, el más grande ya se había ido de la casa. Entonces mi abuelo no responde directamente a esa rama: quizás se odiaban a muerte, se debían plata, o directamente no se conocieron nunca…

Mi parte de la familia es la rama de la abuela Tuca y el abuelo Coco, una parte unida, linda, que se vino a Capital hace casi un siglo. Tengo entendido que gran parte de la familia todavía vive en General Rodríguez, dedicada al tambo.

De la historia de Pedro me enteré más de grande, la verdad. Pero cuando vi fotos de él, el parecido es asombroso: tiene los mismos rasgos que mi viejo y mi hermana. Tenemos la misma ojera, la misma boca —toda la familia tiene esos rasgos, es increíble— hasta el movimiento de las cejas. Con la llegada de YouTube, cuando vi por primera vez un video de él, fue impactante. Me emocionó muchísimo ver qué poderosa es la genealogía. Pero mi música no tiene nada que ver con la suya.

 

Entonces tu conexión con la música no llega de ahí, llega de otro lado…

 

Yo era melómana desde muy chiquita, desde los dos. De hecho, uno de los primeros recuerdos vívidos que tengo es con la música. 

 

¿Te acordas un poco de esas músicas?

La primera canción que me descalabró el cerebro fue “Canción de bañar la luna”, de María Elena Walsh. La escuché en el jardín, en su versión original. Me impactó mucho la imagen de la luna haciendo las cosas que yo haría de niña: chapotear en un charquito, robar una flor, comer arroz. Y algo de la melodía, ¿no? Esa pentatónica —ahora lo analizo retrospectivamente— es un lenguaje común entre la música asiática y un carnavalito… Después, a los cinco escuché “Moonlight Shadow” de Mike Oldfield en el auto de papá, y también me pareció una canción increíble. Al punto tal que me acordé del nombre “Moonlight Shadow” sin saber yo inglés y averigüé el significado.

 

Tus primeras palabras en inglés…

Posiblemente, ¿eh? Y a los nueve me pasó con “Dreams” de los Cranberries: quería que todo se detuviera y quedarme solamente escuchando la música. Por último, a los 15 me acuerdo que tuve una epifanía. En esa época ibas a Musimundo y tenían unos dispositivos donde vos ponías un disquito y lo podías escuchar entero, en un display. Había salido hacía muy poco “Mezzanine”, el tercer disco de Massive Attack. Me puse los auriculares, puse play, y me quedé parada los 72 minutos que dura ese disco sin poder largarlo. Lo escuché de principio a fin. Nunca fui tan buena oyente como ese día, a mis 15 años, parada ahí, escuchando ese disco de principio a fin, aguantando la respiración porque no quería que nada lo interrumpiera. Fue un viaje, una locura.

Yo no le pierdo el rastro a una canción que me encanta, soy una cazadora, no la dejo ir. Me parece que eso en gran medida es lo que diferencia al artista de la persona que puede generar arte y la deja pasar. Porque hay un método urgente, que es como “esto es indispensable, mi vida no puede seguir si yo no busco esto”.

 

¿Cómo fue tu relación con la antropología?

 

Fue una carrera que quise estudiar y que deseé mucho. Entré posiblemente por el estudio de las religiones comparadas, la mitología. Pensé que ahí iba a saciar un montón de esta curiosidad que tenía, y también algo en relación a cómo la humanidad se vuelve una especie tan necesitada de la cultura, ¿no? Porque es la gran diferencia que tenemos con los animales —posiblemente, aparte de la tecnología, obvio— pero esa herida que tenemos con la cultura y con el lenguaje siempre me pareció muy interesante. En la pulseada le ganó la música, y honestamente dije: “Yo ya me llevo lo que necesito de esta carrera.” Les agradecí mucho eso.

 

Nos retrotraemos a tus años de punk, aunque no los nombraste como epifanías…

 

Bueno, es que yo siento que sigo mis años de punk…

 

En el contexto del 2001, las fábricas recuperadas, toda esa cultura de la autogestión que fue bastante propia de esa época y que hoy vuelve a estar presente. ¿Qué te dejó esa experiencia? ¿Cómo impactó esa lógica autogestiva en tu música y en la forma en que organizás tu trabajo hoy?

 

Para mí hacer música es imbricarse con un montón de otras áreas de la cultura que tienen que ver con la producción, con la gestión, con el registro, con la radio… Por haber empezado mis primeros años en la autogestión puedo salir airosa en cualquier situación, y eso me volvió muy independiente. He visto gente entrar y salir del mundo de la música un poco perdida, gente muy talentosa como música pero sin ningún tipo de talento para producirse o para llevar adelante su carrera. De alguna manera o estás muy bien en el mainstream, o sos autogestivo: no existe una clase media en la música. Porque no hay dinero, sencillamente, o está todo en el mainstream, y si no, se genera en este circuito paralelo que es el off, la escena autogestiva.

Así que es autogestión o mainstream… o abandonar la música. No hay término medio, ¿no?

 

No hay términos medios… Son caros, son difíciles de sostener. Cada vez se difumina más el rol de productor y comienza más el de manager, de esa persona que acompaña un proyecto…

 

La buena noticia de la autogestión, tal como la presentas, es que la autogestión permite permanecer en la música… 

y es un lugar al que volver también… Digo, hay mucha gente que quizá de pronto empieza en la autogestión y de pronto su carrera despega, o es esponsoreada, u obtiene un mecenazgo, y despega su carrera. Y después esa persona puede volver a la autogestión, ¿no? No pasa nada. Es una forma de vida. Nunca es bueno ser dependiente.

 

Das tutorías sobre creatividad, ¿qué nos podés contar sobre eso?

La creatividad es muy personal y es, ante todo, una atención. Garantizar una buena creatividad es aprender a oír esa voz interior que nos da una narrativa. Las tutorías que doy tienen que ver con crisis creativa y bloqueo, y tiene que ver con que a veces desoímos esa voz interna, no por necedad, sino porque estamos quizá un poco ensordecidos por un montón de información externa.

Entonces, la expectativa, la noción del éxito que vemos desde afuera, la voluntad de replicar lo que a otros les pasó y lo que queremos, el delirio de grandeza, el complejo de inferioridad: hay un montón de factores que nos hacen un poco desoír esa voz interna, que es un poco la narrativa de algo que queremos contar, algo que necesitamos decir.

Entonces, un poco aprender a despejar esas voces gritonas que nos cacarean dentro de la mente y empezar a vislumbrar con un poco más de claridad aquello que queremos contar es una gran manera de estar a tiro con la creatividad propia. Si no escuchamos eso, es muy difícil que podamos ver el objetivo de lo que buscamos decir: el fundamento de lo que necesitamos explicar, el motivo por el cual y desde el cual queremos comunicarnos. Y si no la vemos, no la hacemos; si no la creemos, no la creamos.

Dicho esto, para mí también es muy importante animarse a tener un método propio. No es una tontería, ¿eh? Y tampoco es una tontería hacerse de las herramientas para garantizar esa creatividad.

 

¿Cómo es la dinámica de esos encuentros? 

 

Es completamente custom a las necesidades que tenga la persona que viene. Lo que yo busco es destrabar un nudo, o ayudar a una persona que tiene la hoja en blanco y no puede a partir de ahí hacer algo; también ayudar en esos primeros pasos. Hay una pequeña ética del espacio, que es: yo quiero estar solamente para esta etapa, no quiero generar un vínculo absorbente. O sea, yo soy medio iconoclasta, y no me gusta ni que la gente sea dependiente a la hora de crear. Para mí parte de mi método es: no tengas un método conmigo. No tengas un método. Mi método es no tener método. Ese es mi método.

 

Es tan necesario repensar las cosas, ¿no? En una época donde todo ha cambiado —el cambio tecnológico, los cambios en la política, cosas que dejan de funcionar y que necesitan reinventarse—, es clave apelar a la creatividad, incluso para la propia vida.

 

No hay nada peor que trabajar por inercia, porque enseguidita nos volvemos eslabones de este sistema macabro que nos devora. Fijate cómo, si tenemos un segundo libre, lo que hacemos es caernos de narices sobre el teléfono. No toleramos un espacio vacío, necesitamos llenarlo con algo. Es una urgencia violenta e infantil. Solo para no hundirse, no hay que sucumbir a la inercia. Hay que hacer un ejercicio como de flotar, un ejercicio de movimiento pequeño y permanente. 

 


Paula Maffía (Buenos Aires, 1983) es cantante, compositora, poeta e ilustradora. Integrante de bandas como Viva Zapata, Las Taradas y La Cosa Mostra, además de su carrera solista. Cuenta con tres discos solistas: Ojos que ladran (2015), Polvo (2019) y República afectiva (2026); y el EP Lesbiandrama (2023) junto a Lucy Patané. En 2021 publicó su primer libro de poesía, Verso.

Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.

Nicolás Mateo (Castelar, 1985) es licenciado en Gestión Cultural (UNTREF) y Magíster en Sociología por la Universidad de Barcelona. Se desempeña como gestor en la Secretaría de Cultura del Municipio de Morón y columnista musical en Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.

No quiero más perros

No quiero más perros

 

Fútbol, duelo y narración

por Leandro González de León

 

“No quiero más perros”, repetía mi madre, llorando, el día que enterramos a Morgan. Morgan era un perro enano, morrudo, que había nacido en mi casa en Castelar. Mi madre no quería más perros y tenía sentido: los perros viven poco. A Morgan me tocó verlo nacer y morir, viejo, lisiado, antes de que yo mismo cumpliera veinte años. Y mi madre —que entonces ya había perdido a su esposo— no soportaba más pérdidas.

Por distintas circunstancias, en Castelar llegamos a tener cinco perros. La primera fue Pepa. La rescató mi hermano de la calle en un año espantoso: 1994. Mi madre colgaba la ropa, llorando, y repetía “ojalá que no sea Diego” cuando escuchó el anuncio del antidoping. Mi padre me ponía al tanto del robo del mundial 90 del que yo no tenía recuerdos. Eran confusos los motivos del robo. Nos cagaron. Nos odiaban. Los italianos, los mexicanos. El gobierno de Estados Unidos. No nos permitían cierta cosa, no nos perdonaban tal otra. “Ojalá que no sea Diego”, repetía mi madre.

No tengo fotos de ese año pero conservé muchos dibujos. Un Dieguito Maradona con la camiseta albiceleste, que aparecía como personaje de una marca de alfajores, y un Conde Drácula con la camiseta amarilla de Rumania, el personaje que yo realmente admiraba. Pasaba mucho tiempo en el espejo contemplando con decepción que el nacimiento del pelo sobre mi frente era completamente recto. Yo quería tener el pelo en punta como Bela Lugosi y otras versiones del vampiro basadas en él. Googleando me entero de que esto se llama pico de viuda. Pedí demasiadas veces que me lleven a la peluquería y alguna vez me pinté la frente, pero no lo conseguí. Googleando me entero de que el pico de viuda se debe a un gen dominante que solo un pequeño porcentaje de la población tiene.

Mi hermano apareció con Pepa, una perrita blanca, minúscula, con ojos saltones y patas chuecas, que lo había seguido por la calle. “No quiero más perros” dijo mi madre mirando a Pepa, mientras decían en la tele que, efectivamente, era Diego. Rumania nos eliminó en octavos de final. Nos cagaron. Nos odiaban. A los argentinos. O sea a mí. Mis intentos de ser un conde rumano no habían dado resultado.

Pepa se terminó quedando en casa y tiempo después parió a Pancho. Luego mi padre adoptó a Fita, una perra que se refugió en su local. Pancho y Fita fueron los padres de Morgan. La quinta mascota, Negrita, había sido primero de mi abuela. En 2006 vimos jugar a la gran selección de Riquelme, que cayó ante Alemania. Mi padre falleció inesperadamente. Luego se fueron muriendo los perros. Tenía sentido: los perros viven poco.

Se podría decir que la muerte de mi padre me hizo adulto. Pero de forma más precisa, fue la muerte de Morgan, el enano morrudo. Morgan había quedado lisiado y empezó a tener dificultades para orinar. Mi madre no se atrevía a tomar la decisión. Acordé la eutanasia con el veterinario y sostuve al perro de una pata hasta el final. “No quiero más perros”, me escuché decir.

El primer jugador fue Blas Giunta, campeón con Boca en 1992. Mi padre estaba fascinado con Sergio, el hijo de uno de sus amigos, que había entrado a las inferiores de Boca. Mi hermano y yo notamos que papá desaparecía los días de partido y volvía contando las hazañas de Sergio y el futuro que tenía. Aunque yo pasaba más tiempo dibujando que jugando a la pelota, aquella vez, con cinco años, elegí parecerme al legendario cinco de Boca. Entró Sergio a casa saludando y no esperaba la patada salvaje que le di por atrás al grito de “Giunta, Giunta, huevo, huevo”.

En el 95, mi padre me recomendó no incluir a Giunta en el equipo de El Gran DT. Sus puntajes ya eran bajos. Me nombró otros jugadores: Hugo Ibarra, de Colón; Pedro Barrios, de Huracán. Googleando confirmo que Giunta se terminó yendo de Boca a fines del 96. La generación siguiente fue duradera y ganadora. A Riquelme me tocó verlo debutar y retirarse, antes de que yo mismo cumpliera treinta años.

Este año cumplí cuarenta y asistí a otro fin, el de la extensa carrera de Messi en la selección y del ciclo (¿terminado?) de Lionel Scaloni, el técnico con más partidos en mundiales de la selección argentina. Las estadísticas no encajan en absoluto con la memoria. 2018 fue ayer. Bilardo y Menotti son figuras legendarias, eternas. Googleando confirmo que efectivamente dirigieron menos partidos que Scaloni. Tiene sentido: los ciclos duran poco. Los jugadores tienen un par de años buenos. El mejor de todos, el de proporciones divinas, completó 20 años en la selección.

La vida sigue. O no. El relato se detiene.

Tengo una buena cobertura de salud. Según mis últimos exámenes de laboratorio, estoy sano. Puedo vivir otros 40 años. Las estadísticas no encajan en absoluto. La esperanza de vida es un abuso del lenguaje.

Escribo estas líneas desvelado tras la final contra España. El equipo de Scaloni no pateó al arco en 120 minutos. Los españoles derrotaron a los argentinos. O sea a mí.

No puedo dormir. Me levanto, deambulo por la casa. Tomo un libro reciente, La crisis de la narración, de Byung-Chul Han. Preparo café, leo portales de noticias.

Googleando veo que no hay feriado, que hay que trabajar. Tengo reuniones con clientes, tengo gimnasio, tengo terapia. Hoy es 20 de julio, se vence el pago del monotributo para los argentinos. O sea para mí. Dice Han: “Vivir es más que resolver problemas. Quien se limita a resolver problemas, no tiene futuro”.

El fin de semana próximo habrá fútbol nuevamente. ¿Más partidos? Dice Han: “Sin narración, la vida es completamente aditiva”.

En algún momento, volverá a jugar la selección. Bien o mal. Seguramente mal. ¿Otra selección? No quiero más perros.

¿Por qué perdimos? ¿Y por qué pensamos que podíamos ganar? Dice Han: “La narración nos salva de la contingencia de la vida”.

Escribo estas líneas desvelado. Dice Han: “La narración es lo único que abre el futuro, al permitirnos albergar esperanzas”.

Escribo estas líneas. Ya no dice nada Han y tiene sentido: sus libros son cortos.

Yo escribo.

 

 

Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.

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