by Editorial Excentrica | 14 \14\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \14\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Narrativa
Fragmento de la novela de Silvia Maldonado
I.– Relato de la entrevista de Natalia Orduñez en el juzgado del Dr. M. Santander.
(Escrito por ella misma) Buenos Aires, Octubre 2008.
–¿Cómo era Filippi?
–Ana nació en Colombia y nunca tuvo demasiada suerte con los amores.
Es cierto, no fue una buena respuesta para el secretario del juzgado, un creído abogado, jugador de pelota–paleta según constaba en los dispersos pergaminos que en la pared, y como una corte de opereta, acompañaban su empequeñecido diploma universitario. El abogadito Santander frunció la boca.
–No ha sido esa mi pregunta sino cuándo fue la última vez que tuvo conocimiento de la espeleóloga Ana Filippi.
En ese instante finiquité mi apreciación sobre Santander. Comprendí que su sabiduría se había agotado en la pronunciación trabajosa de aquella palabra difícil: espeleología. La premisa de la que partió el abogadete es que los seres humanos alguna vez vivieron en cuevas, en grutas. Luego, que es allí donde las espeleólogas desarrollan su profesión y donde adquieren modales bruscos. Pero Ana era antropóloga y esa confusión entre disciplinas tan disímiles mostraba a las claras el desapego del abogado por todo aquello que no fuera apreciar las sutiles diferencias entre los tamaños y colores de las pelotas de frontón.
–Usted ha decidido que esta declaración es un trámite porque me ve algo indiferente a su encanto. Es verdad. Usted no me atrae en absoluto. Porque ni siquiera se interesa por Ana Filippi ni por lo que ha llevado a Ana Filippi al lugar en el que se encuentra, sino por detalles y hablillas sobre personas que no conozco o que conocí apenas. Por lo tanto, y ya que no hará preguntas inteligentes ni precisas, déjeme el timón de esta historia.
Si bien el abogadete es reacio a la página escrita, pensé, debe interesarse en la televisión porque ejerce todos los mohines de los pésimos actores: frunce la boca, golpea su frente algo despoblada con el índice, cruza las piernas, me mira fijo con pretendida reflexión, descruza las piernas y luego se acerca al ventanal que da al balcón. Lo abre. Toma aire para dar una orden; cualquier orden que le regrese cierta autoridad. Le cayó al muchacho que aporreaba una computadora antigua en un rincón. El abogadito no daba la talla ni siquiera con el amanuense que se hizo el desentendido, ocupado como estaba en traducir mis palabras. El abogadete abrió la puerta del despacho y clamó por un vaso de agua que nunca le llegaría.
–Ana, entonces, tenía mala suerte con los amores y cada uno, se pudo ver, le arrancaba un jirón. No, Doctor, no se trataba de dinero. Puede ser que su familia tuviera grandes sumas apostilladas en algún banco y que la mitad de su parientes fueran políticos de renombre. Ella más bien se avergonzaba de eso. En cambio, en aquella época, tenía otros orgullos, sus pasiones por ejemplo, aunque siempre los amores se le empastaban como se ahogan todos los entusiasmos bajo una lágrima de tipa.
–Quiero que se remita a mi pregunta, No me interesa la juventud desordenada de Filippi, ¿entiende?, dijo el abogadete, con voz estudiada de inquisidor recién llegado a la tarea.
–Se lo digo así, hasta despacio, para que comprenda. Un día Ana llegó a México, a usted no le importa por qué. No la hubiéramos descubierto enseguida (era muy delgada) si no fuera porque todas las tardes en el patio del Museo, un atlético espécimen la esperaba con un ramo de varias docenas de rosas blancas. Con esto le quiero dar a entender /sí, explico, explico despacio/ que a primera vista Ana parecía una delicada estampita, una porcelana de pies discretos protegida por un galán florido. Sin embargo esa no fue más que una extraordinaria estrategia para dar a conocer, con discreción, sus virtudes. En poco tiempo se convirtió en la más entusiasta animadora del Bar de Tlalpan.
El abogadete me interrumpió con impaciencia.
–¿Ajá, hábleme del Bar de Tlalpan?
Me demoré con la respuesta. Los días viernes se ha puesto de moda trabajar apenas. Sólo unas horas para despachar con urgencia los casos más sencillos antes de partir, ligero de cuerpo y más ligero de conciencia, hacia un fortín de serenidad en extramuros. Entonces, me dije, ha sido una falta de previsión del abogadete citarme un día viernes. Lo extravío con un relato que él estimaba breve. Como si fuera posible explicar una vida en media hora de viernes. Pero lo que me anima es que allí, en el rincón de la izquierda, hay un tipo que escribe, que sintetiza sobre el teclado lo que yo digo. Así como he entendido que Santander es un energúmeno, aprecio al hombre que escribe sobre el teclado. A veces tirita, y confío en él porque debe ser un martirio sufrir al abogadete, sus viernes presurosos, y su absoluta ignorancia sobre las artes y oficios de los humanos. El amanuense no se distrae. Le sigue el rastro a mis dichos.
–Siempre nos encontrábamos en el Bar de Tlalpan para despotricar contra los pesares prematuros o intercambiar cuentos, humos y parodias. Llegábamos justo cuando los bombillos de colores se encendían para iluminar una tarima enclenque en la que cantores y malabaristas, y hasta forzudos, amenizaban la madrugada. Allí nos emborrachamos cuando fuimos antropólogos. Y luego no nos vimos más hasta esa noche en que otra vez pudimos coincidir en la ciudad. Faltó la uruguaya, que vive en Fray Bentos, y aún así le acercamos una silla, le servimos y la brindamos. Su ausencia estaba contenta a juzgar por la velocidad con la que mondaba maníes y apuraba los fondos blancos. Ana llegó una hora más tarde. Llevaba un vestido amplio y un rebozo azul casi transparente. De la cintura colgaba una bolsa con emplastes de Perú y té de amapola, dijo, aunque, claro, no le creímos. En alguna batalla había perdido el dedo meñique y se había rapado la cabeza. Los bucles finos eran ahora unas cerdas suaves que le daban luz de santa a la redonda calavera. En fin, que cuando la vi aparecer con ojos tristes pensé que, contra toda prudencia, no había desertado de las pasiones. Pero alguien dijo:
–A la colombiana se le cruza un ánima.
Levantamos los vasos y nos preparamos parar el verdadero cuento de Ana.
Silvia Maldonado nació y vive en Buenos Aires. Es antropóloga y lingüista egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) de México, donde transcurrió su exilio tras el golpe de Estado cívico militar de 1976. Publicó las novelas El ícono de Dangling (Paradiso, 2007), finalista del Premio Clarín en 2006, y La bienaventuranza (Paradiso, 2009). Fue curadora del área de Letras de la Dirección de Cultura de la Cancillería Argentina duran
by Editorial Excentrica | 11 \11\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \11\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Antología personal de la poesía de Eva Guillamón
PERMANECER EN EL VERBO (2026)
DE ESTA MANERA VIVO AHORA
SIN
Eva,
me dicen.
No la primera.
La última.
La penúltima ha terminado,
y aquel día no para
de acumularse.
La muerte no mengua con el tiempo.
Soy mi única mujer.
Cuerpo que se sostiene
a base de voluntad y rotura,
herida y cicatriz,
camino y camino.
Raíces a la intemperie como el árbol de la vida.
Cómo hablar de cuánto crecen los espacios en la noche.
A estas horas esta casa es un pueblo.
Bestia y refugio.
Amanece un paisaje
rotundo: ahora el bosque soy yo.
Sola yo,
tierra de nadie entre
el canto y el ruido.
En la frontera, las cosas
son lo mismo y lo otro y aun así
no son lo suficiente.
Mis muertas, el suelo vivo
sobre el que se yergue nuestra materia.
La vida es un hábito que se pierde,
pero deshabitar
es un acto meticuloso.
Sé
⎯me dice la penúltima
desde su allá⎯.
Contempla tu reflejo en el cristal.
Ofrécete y resbala
en la velocidad
del abismo. Traspasa
la imagen que reconoces.
CON
Inspiro y recibo. Acepto
mi nuevo desconocimiento,
y entre las costuras del miedo
asoman semillas de sol:
en otra parte del mundo, mi noche
es mediodía.
Ver o pensar, ahí el laberinto.
Me adentro en lo irresuelto.
El paso es la medida del poder.
La escucha es el viaje.
El salto, mi esperanza.
A menudo me asustan los crujidos del calor,
la mucha sangre de los labios.
Veo bolsas de basura como muros de la casa
de los hijos que nunca dejaremos de serlo.
Sujetos parte superior, destino
final.
Entonces,
digo vibración en lugar de cuerpo,
exuberancia en vez de experiencia
y bebo lágrimas
para medirme el punto
de sal.
Cuando los dolores por fin incompletos,
crecen siemprevivas en el espinazo.
Y el misterio se hizo nombre.
Del otro lado de mí, ella.
Tan ajena y tan exacta.
Yo estoy en el mundo para incendiarme
⎯se presenta⎯.
Yo, mujer río de metal precioso.
Vos, mujer de tanta humedad sin cauce,
atrevete a un canto que escurra la garganta.
Y el fuego ⎯faro⎯ se puso de fiesta.
Furor.
Movimiento fresco, no acumulable.
Baila la savia hasta la espuma,
la puerta se desprende de la puerta
y el bosque extiende su nido a la selva.
Ritmo y reposo, la vida se hace
a sí misma, ardiendo
por el bien de la luz.
Arriba de la distancia está
el siempre,
y esa casa azulada
donde viento y poema
son la misma palabra.
ALUMBRAMIENTO
Imagino una cama limpia y amplia
y dos mujeres desnudas que se acaban
de conocer y ya comparten todo
amor.
Nosotras, y la historia por delante.
EL ENIGMA DE LO QUE YA ESTAMOS SIENDO
La noche no tiene prisa.
Vida en posición fetal
lejos tanto
de la luz.
¿Qué estará haciendo
a estas horas el silencio?
LA SOLIDEZ Y LA POSIBILIDAD
Desplegar la voluntad como el río en su corriente. Hundirse, perderse en la fatiga de flotar, y aun así creer en lo cierto, en la vida única. Ésa que exige todo para llegar al mar. A todos los mares que siempre fuimos.
EL ARTE
¿Cuánta vida necesita para nacer la escritura?
Aún más
la escritura necesaria para crear una vida.
AÚN TE QUEDA NOCHE EN LA BOCA (2022)
ORDEN DE ESCRITURA
Por primera vez desde la infancia escribo
en un cuaderno pautado.
La cuadrícula favorece el equilibrio de las palabras.
Yo prefiero sola,
aprender a enderezarme sin asistencia.
En casa de mi padre sólo hay libretas a cuadros,
todavía.
Los niños aprenden el bien y el mal en hojas enrejadas.
Asumen los límites para su correcto desarrollo.
Escribo apoyándome en las indicaciones de rectitud
por primera vez desde hace mucho.
Descubro el sorprendente orden de las frases,
algo no habitual.
Mi escritura rápida y sinuosa
hoy contenida en lo que debe ser.
Todo en el sitio apropiado.
Miro embelesada mis palabras a raya,
encajadas en lo impecable,
y a la vez me apena verlas en jaulas,
como los pájaros que por envidia de su vuelo encerramos en el salón
para que su canto nos recuerde lo bello y perfecto de la naturaleza.
Pájaros de alas muertas que decoran el orden social.
Yo siempre he querido embutirme en el hueco previsto.
Atajar la desmesura.
Ser un objeto al uso
con el pecho justo y erótico
⎯no obsceno e inmanejable⎯
y el talento adaptado a la sociedad de consumo.
Cuarenta y tres años intentando peinarme,
disciplinar el deseo,
estudiarlo en el otro, aprender a ser diestra, hábil, experta, zurda,
subir la voz por el pentagrama hasta mi identidad de género.
Parecerme a una mujer como debe ser,
y entrenar el interés por escribir al estilo de los grandes poetas
para ser considerada una de ellos.
A lo mejor la cuadrícula es el secreto.
QUIERO OÍRTE DECIR MI NOMBRE (2019)
LO PEQUEÑO
Esa lágrima que cayó en la arena
generó una minúscula catástrofe.
No es común hablar de lo pequeño,
pero constantemente ocurren cosas
pequeñas, invisibles,
carentes de importancia
para la mayoría de aquellos
atentos tan sólo a la grandeza.
Nacen seres pequeños, silenciosos,
con objetivos y proyectos, sueños
y deseos, y mueren
sin posibilidad
de defensa, ahogados simplemente
por una triste lágrima
de un ser grande que por allí pasaba.
LA HUELLA DACTILAR
Creo en la noche,
en lo indecible,
en los sonidos graves,
en lo profundo.
Lejos del arte y la palabra exacta,
al bajar por la oscuridad que todo lo contiene
resucito para seguir la vida
más allá de su sombra, donde ya nadie mira,
con la esperanza de encontrar el sol al otro lado,
atravesada por el austral, por eso otro
que a veces es horizonte de plástico,
que a veces boca de lobo;
con la esperanza de encenderme al rojo vivo.
Pero llegó un momento en que la noche,
ni siquiera la noche,
fue suficiente, y harta
de ser a grandes rasgos,
de hacer como que no,
me eché al salto y me eché al cielo,
dejándome llevar por una experiencia lejana y concreta,
como respiran las criaturas recién llegadas del vientre.
Me eché al cielo y me hice pájaro.
Yo, con tanta tierra a cuestas,
me hice pájaro.
EVA
Una vez dijeron un nombre y resultó ser el mío.
Gritaron mi nombre como una consigna y yo lo seguí,
y crucé las calles sin mirar y recorrí carreteras con el pulgar izado
para demostrar que era yo, que ése mi nombre,
mi ventana, mi emblema, mi amparo,
mi cuarta dimensión.
Como una lágrima o un estornudo,
como una decisión que alguien tomó por ti cuando te era imposible,
mi nombre minúsculo se encarga de cuidar de su gigante.
Siempre haciendo equilibrios al filo de su cuerpo,
intentando dar de sí la voluntad,
deformarla hacia un nuevo amanecer,
una nueva oportunidad para convencerme
de que eso soy yo.
Eva Guillamón (Albacete, España, 1978) es autora de numerosas obras de teatro, obra en prosa y poesía. Ha publicado los poemarios Quiero oírte decir mi nombre (2019), Aún te queda noche en la boca (2022) y Permanecer en el verbo (2026). Su trabajo fotográfico ha sido expuesto a nivel internacional. En 2014 creó el ensemble musical Dúa da Pel junto a la compositora Sonia Megías. Entre otros escenarios, han actuado en el Teatro Real o el Auditorio Nacional de Madrid, The Juilliard School of Music de Nueva York o el British Museum de Londres.
by Editorial Excentrica | 10 \10\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \10\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Selección de poemas de Bebe Ponti
Vals del cartonero
I
Un hombre camina con un carro por la calle,
puede que lleve el otoño a tiro de sus brazos,
o bien que el otoño sea un caballo muerto,
resucitado en el hombre/ que arrastra
el carro con su fuerza/ puede que sea
una conjetura, una alucinación,
aunque bastaría un latigazo para saber
si el cartonero es el otoño/ o si es la poesía a
caballo de sus hombros.
II
Detrás suyo lo sigue una mujer,
pero no sabemos si es la luna con su blusa
transparente quien acompasa sus trancos y se cuelga de sus
labios para que le vean los sueños salir del esternón/ o
si es la soledad
que se acurruca dentro de su pecho
para taparse con su piel.
III
A veces la calle sube a su carro,
entonces dudamos si la ciudad va dormida en sus
brazos /
como paloma en el corazón de una campana/ o
como despojo en la luz de la aurora.
Lo que sigue es un ala todavía sin la otra mitad
del cielo.
La muchacha del subte
I
Una muchacha vende crayones en el subte
acaso sea luciérnaga debajo de la tierra
el temblor de una moneda.
Si la miro sentado
parece iridiscencia,
pero si lo hago de arriba
se pulveriza y da un salto mortal de mis ojos a la indiferencia.
Tal vez alguien
quiera juntar sus pedazos/ ayudarla
llevarse en un frasco su cadáver
¡Quién sabe!
seguir hasta la próxima estación
con la fosforescencia de sus manos.
II
Cuando se abren las puertas
ella sale de su cuerpo
pero no es ella/ sino su resplandor
el que me empuja
hacia la curva de luz
que dejan sus huellas/ entonces
la sigo hasta que el tren se va
hasta que otra vendedora aparece del abismo
y me apunta con un ángel.
Cálculos milimétricos
En los primeros días del año, afirman que la tierra
está girando inusualmente rápido. El fenómeno,
sin embargo, no se ha replicado en los relojes,
ni en los molinos de agua, ni en la novena sinfonía
de Beethoven, ni en el dibujo de los cisnes en el aire,
ni en la caravana de bisontes en Buffalo Range.
Tampoco en la velocidad de la flecha de Diana.
Lo que sí: en las avenidas cada vez hay más niños
lavando la luna en los parabrisas de los autos.
Hambre
Un día nunca se junta con el otro.
Así la diferencia de un pie
con el que le sigue.
Entre ambos/ queda el poema
como cicatriz de los descalzos.
Tampoco la certeza
tiene un término exacto.
Si escribo hambre,
alguien se limpiará la boca con la belleza.
Alguien se comerá la voz.
Fin de año
Diciembre es precipicio de la memoria,
luz extrema de los A sentimientos.
arde como tierra seca
debajo de los huesos;
trae manadas del olvido,
empuja tropeles de recuerdos.
Tal vez nos cueste abrir la puerta,
marcar el naipe de lo incierto,
saber que arriba de la mesa
queda a la deriva la unidad del tiempo,
envuelto en seda el fuego.
Como dos gallos en el relumbre de la muerte.
Adolfo Marino “Bebe” Ponti nació en Quimilí, Santiago del Estero. Es poeta, escritor, periodista y letrista. Su obra explora la memoria, la identidad y la cultura popular a través de un cruce entre el paisaje, la copla y el postsurrealismo. Ha publicado libros de poesía y prosa como La guerra de los pájaros y una luna acribillada en el olvido, Ópera salvaje, Luz de azafrán, Memorias de poetas y canciones y,
recientemente, Un caballo dentro de la lluvia (2026). Mercedes Sosa, León Gieco, Luis Salinas, Peteco Carabajal, Abel Pintos y Jacinto Piedra,
entre otros destacados artistas de la música popular argentina, han interpretado y grabado sus canciones. Distinguido con el Premio Argentores en 2017, reside en Buenos Aires, donde desarrolla una activa labor cultural: es columnista de la revista nacional de poesía La Guacha y codirige, junto a Marina Cavalletti, el ciclo de poesía y música Estallará la isla en la ciudad de Buenos Aires.
by Editorial Excentrica | 10 \10\America/Argentina/Buenos_Aires agosto \10\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Poemas del uruguayo maca, del libro recientemente publicado en Argentina por La mariposa y la iguana.
Sapo
había sapos y era de noche
padre embromaba con que era sonámbulo
y a mí me daba un poco de miedo los sapos
y eso de caminar dormido
hasta la propia palabra
era San José de Carrasco
y no recuerdo otra cosa que eso y la sangre
burbujeando en la sopa de remolachas
y tal vez cierta tristeza
ante la posibilidad de defraudar a padre.
*
«te acordás la cantidá
de primos que tenías?» le dice
abuelo al menor de los primos / aquel
rubiecito / «no pienses en eso», llenando
los vasos de los culones / «…y varios
eran más jóvenes que vos» / apenas
un poquito se desbordó uno
de ellos «no queda ninguno vivo» / pero
no le respondió naides
*
cada día me entero que se murió otro poeta
que no he leído
cualquiera puede hacer el cuatro
una pila de papeles se deja caer de la mesa
sin un porqué
chinga la manga
abuelo albañil, pescador compulsivo
ensarta la lombriz en el anzuelo
algo se le escapa
chinga, chinga la manga
tapa tío con la mano la boca del vaso
«tamo servido»
*
tensa la tanza lo conecta con el río
pasaban las toninas como sonriendo
aquel verano
bien cerquita
—esta es mi roca dice abuelo
los pies metidos en el agua fría / el río
dice lo mismo y no está de acuerdo
mientras
el Lobo dormido se desentiende
de la pesca con todos sus abrojos prendidos
abuelo a veces también dormita
la tarde:
*
el abuelo que murió en el 76
me pregunta por hija
mientras me pasa el violín
le digo que posiblemente vuelva para las fiestas
en eso madrina pasa con su tacita en la mano
no le gusta el pescado a hijo
dice que está llenito de alfileres
creo estar servido
igual llamo a la enfermera
que no me escucha
–acaso acusa acoso–
hay un profundo aliento anciano
no me gusta
la comida sin sal
(nunca más volvimos a ver al loco del barrio)
trajeron el cachorro
es chiquito
le voy a poner Lobo:
Gustavo Wojciechowski (maca) nació en Montevideo en 1956. Diseñador gráfico, ilustrador, artista visual. Poeta y editor. Ha publicado una veintena de libros de poesía, una novela, poesía visual y tipográfica, así como algunos cds con sus textos en colaboración con músicos y diversos artistas multimediales. Funda e integra el grupo de trabajo y sello editorial Ediciones de UNO (el cual integra desde 1982 hasta 1987). En 2004 funda su propio sello editorial: Yaugurú. Ha realizado varias exposiciones de poesía visual y tipográfica, tanto en el Uruguay como en el extranjero. Ha participado en festivales de poesía en Uruguay, Argentina, México, Puerto Rico, El Salvador, Guatemala, Chile y Venezuela.
by Editorial Excentrica | 6 \06\America/Argentina/Buenos_Aires agosto \06\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Entrevista
Entre el rock independiente y el activismo feminista y LGBTTIQ+, Paula Maffía construyó una carrera a fuerza de autogestión. Con su tercer álbum solista, República afectiva, recién editado, Paula será quien abra el XVI Festival de Poesía en el Centro Cultural de la Cooperación. Acá, sus primeras epifanías con la música y sus claves para no perder la voz interior.
por Leandro González de León y Nicolás Mateo*
Tu tío abuelo era Pedro Maffía, uno de los grandes bandoneonistas del tango. Sin embargo, has contado que tus familiares no te incentivaron hacia la música. ¿Qué pasó con ese legado?
Sencillamente eso: la música se saltó una generación… Los Maffía eran inmigrantes italianos que llegaron a General Rodríguez y tuvieron doce hijos. Uno de ellos era mi tío bisabuelo. Cuando nacía el más chico, el más grande ya se había ido de la casa. Entonces mi abuelo no responde directamente a esa rama: quizás se odiaban a muerte, se debían plata, o directamente no se conocieron nunca…
Mi parte de la familia es la rama de la abuela Tuca y el abuelo Coco, una parte unida, linda, que se vino a Capital hace casi un siglo. Tengo entendido que gran parte de la familia todavía vive en General Rodríguez, dedicada al tambo.
De la historia de Pedro me enteré más de grande, la verdad. Pero cuando vi fotos de él, el parecido es asombroso: tiene los mismos rasgos que mi viejo y mi hermana. Tenemos la misma ojera, la misma boca —toda la familia tiene esos rasgos, es increíble— hasta el movimiento de las cejas. Con la llegada de YouTube, cuando vi por primera vez un video de él, fue impactante. Me emocionó muchísimo ver qué poderosa es la genealogía. Pero mi música no tiene nada que ver con la suya.
Entonces tu conexión con la música no llega de ahí, llega de otro lado…
Yo era melómana desde muy chiquita, desde los dos. De hecho, uno de los primeros recuerdos vívidos que tengo es con la música.
¿Te acordas un poco de esas músicas?
La primera canción que me descalabró el cerebro fue “Canción de bañar la luna”, de María Elena Walsh. La escuché en el jardín, en su versión original. Me impactó mucho la imagen de la luna haciendo las cosas que yo haría de niña: chapotear en un charquito, robar una flor, comer arroz. Y algo de la melodía, ¿no? Esa pentatónica —ahora lo analizo retrospectivamente— es un lenguaje común entre la música asiática y un carnavalito… Después, a los cinco escuché “Moonlight Shadow” de Mike Oldfield en el auto de papá, y también me pareció una canción increíble. Al punto tal que me acordé del nombre “Moonlight Shadow” sin saber yo inglés y averigüé el significado.
Tus primeras palabras en inglés…
Posiblemente, ¿eh? Y a los nueve me pasó con “Dreams” de los Cranberries: quería que todo se detuviera y quedarme solamente escuchando la música. Por último, a los 15 me acuerdo que tuve una epifanía. En esa época ibas a Musimundo y tenían unos dispositivos donde vos ponías un disquito y lo podías escuchar entero, en un display. Había salido hacía muy poco “Mezzanine”, el tercer disco de Massive Attack. Me puse los auriculares, puse play, y me quedé parada los 72 minutos que dura ese disco sin poder largarlo. Lo escuché de principio a fin. Nunca fui tan buena oyente como ese día, a mis 15 años, parada ahí, escuchando ese disco de principio a fin, aguantando la respiración porque no quería que nada lo interrumpiera. Fue un viaje, una locura.
Yo no le pierdo el rastro a una canción que me encanta, soy una cazadora, no la dejo ir. Me parece que eso en gran medida es lo que diferencia al artista de la persona que puede generar arte y la deja pasar. Porque hay un método urgente, que es como “esto es indispensable, mi vida no puede seguir si yo no busco esto”.
¿Cómo fue tu relación con la antropología?
Fue una carrera que quise estudiar y que deseé mucho. Entré posiblemente por el estudio de las religiones comparadas, la mitología. Pensé que ahí iba a saciar un montón de esta curiosidad que tenía, y también algo en relación a cómo la humanidad se vuelve una especie tan necesitada de la cultura, ¿no? Porque es la gran diferencia que tenemos con los animales —posiblemente, aparte de la tecnología, obvio— pero esa herida que tenemos con la cultura y con el lenguaje siempre me pareció muy interesante. En la pulseada le ganó la música, y honestamente dije: “Yo ya me llevo lo que necesito de esta carrera.” Les agradecí mucho eso.
Nos retrotraemos a tus años de punk, aunque no los nombraste como epifanías…
Bueno, es que yo siento que sigo mis años de punk…
En el contexto del 2001, las fábricas recuperadas, toda esa cultura de la autogestión que fue bastante propia de esa época y que hoy vuelve a estar presente. ¿Qué te dejó esa experiencia? ¿Cómo impactó esa lógica autogestiva en tu música y en la forma en que organizás tu trabajo hoy?
Para mí hacer música es imbricarse con un montón de otras áreas de la cultura que tienen que ver con la producción, con la gestión, con el registro, con la radio… Por haber empezado mis primeros años en la autogestión puedo salir airosa en cualquier situación, y eso me volvió muy independiente. He visto gente entrar y salir del mundo de la música un poco perdida, gente muy talentosa como música pero sin ningún tipo de talento para producirse o para llevar adelante su carrera. De alguna manera o estás muy bien en el mainstream, o sos autogestivo: no existe una clase media en la música. Porque no hay dinero, sencillamente, o está todo en el mainstream, y si no, se genera en este circuito paralelo que es el off, la escena autogestiva.
Así que es autogestión o mainstream… o abandonar la música. No hay término medio, ¿no?
No hay términos medios… Son caros, son difíciles de sostener. Cada vez se difumina más el rol de productor y comienza más el de manager, de esa persona que acompaña un proyecto…
La buena noticia de la autogestión, tal como la presentas, es que la autogestión permite permanecer en la música…
y es un lugar al que volver también… Digo, hay mucha gente que quizá de pronto empieza en la autogestión y de pronto su carrera despega, o es esponsoreada, u obtiene un mecenazgo, y despega su carrera. Y después esa persona puede volver a la autogestión, ¿no? No pasa nada. Es una forma de vida. Nunca es bueno ser dependiente.
Das tutorías sobre creatividad, ¿qué nos podés contar sobre eso?
La creatividad es muy personal y es, ante todo, una atención. Garantizar una buena creatividad es aprender a oír esa voz interior que nos da una narrativa. Las tutorías que doy tienen que ver con crisis creativa y bloqueo, y tiene que ver con que a veces desoímos esa voz interna, no por necedad, sino porque estamos quizá un poco ensordecidos por un montón de información externa.
Entonces, la expectativa, la noción del éxito que vemos desde afuera, la voluntad de replicar lo que a otros les pasó y lo que queremos, el delirio de grandeza, el complejo de inferioridad: hay un montón de factores que nos hacen un poco desoír esa voz interna, que es un poco la narrativa de algo que queremos contar, algo que necesitamos decir.
Entonces, un poco aprender a despejar esas voces gritonas que nos cacarean dentro de la mente y empezar a vislumbrar con un poco más de claridad aquello que queremos contar es una gran manera de estar a tiro con la creatividad propia. Si no escuchamos eso, es muy difícil que podamos ver el objetivo de lo que buscamos decir: el fundamento de lo que necesitamos explicar, el motivo por el cual y desde el cual queremos comunicarnos. Y si no la vemos, no la hacemos; si no la creemos, no la creamos.
Dicho esto, para mí también es muy importante animarse a tener un método propio. No es una tontería, ¿eh? Y tampoco es una tontería hacerse de las herramientas para garantizar esa creatividad.
¿Cómo es la dinámica de esos encuentros?
Es completamente custom a las necesidades que tenga la persona que viene. Lo que yo busco es destrabar un nudo, o ayudar a una persona que tiene la hoja en blanco y no puede a partir de ahí hacer algo; también ayudar en esos primeros pasos. Hay una pequeña ética del espacio, que es: yo quiero estar solamente para esta etapa, no quiero generar un vínculo absorbente. O sea, yo soy medio iconoclasta, y no me gusta ni que la gente sea dependiente a la hora de crear. Para mí parte de mi método es: no tengas un método conmigo. No tengas un método. Mi método es no tener método. Ese es mi método.
Es tan necesario repensar las cosas, ¿no? En una época donde todo ha cambiado —el cambio tecnológico, los cambios en la política, cosas que dejan de funcionar y que necesitan reinventarse—, es clave apelar a la creatividad, incluso para la propia vida.
No hay nada peor que trabajar por inercia, porque enseguidita nos volvemos eslabones de este sistema macabro que nos devora. Fijate cómo, si tenemos un segundo libre, lo que hacemos es caernos de narices sobre el teléfono. No toleramos un espacio vacío, necesitamos llenarlo con algo. Es una urgencia violenta e infantil. Solo para no hundirse, no hay que sucumbir a la inercia. Hay que hacer un ejercicio como de flotar, un ejercicio de movimiento pequeño y permanente.
Paula Maffía (Buenos Aires, 1983) es cantante, compositora, poeta e ilustradora. Integrante de bandas como Viva Zapata, Las Taradas y La Cosa Mostra, además de su carrera solista. Cuenta con tres discos solistas: Ojos que ladran (2015), Polvo (2019) y República afectiva (2026); y el EP Lesbiandrama (2023) junto a Lucy Patané. En 2021 publicó su primer libro de poesía, Verso.
Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.
Nicolás Mateo (Castelar, 1985) es licenciado en Gestión Cultural (UNTREF) y Magíster en Sociología por la Universidad de Barcelona. Se desempeña como gestor en la Secretaría de Cultura del Municipio de Morón y columnista musical en Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.