by Editorial Excentrica | 10 \10\America/Argentina/Buenos_Aires junio \10\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Ensayo
Un ensayo del escritor guatemalteco Javier Payeras
Nunca estuve en Newark, Nueva Jersey. En realidad, Newark es un lugar que sólo significa una cosa para mí, es la ciudad que Allen Gisberg menciona casi en todos sus libros. El 3 de junio de 1926, justo hace un siglo, nace en Newark el poeta que caló más hondo en la lírica de la contracultura: desde el fanzine hasta la canción urbana, desde el grafiti hasta el rock, desde el videoarte hasta los experimentos sonoros de los últimos cincuenta años.
Ginsberg fue acaso el único conectivo que unió a la generación Beat. Todos coincidieron, pero sus estilos e ideas acerca de la literatura fueron completamente distintos. El joven Allen asiste a la Universidad de Columbia, allí conoce a Jack Kerouac y a William S. Burroughs. Fueron compañeros del viaje literario más sagrado que pudieron crear los estadounidenses, esa Norteamérica que vive el soma de la propaganda, esa Norteamérica que dice tener el ejército más poderoso de la galaxia, esa Norteamérica que nos proveyó la comida chatarra pero también Del soul, el blues, el jazz y rocanrol, esa Norteamérica de grandes bibliotecas y de masas ignaras que repudian a los misántropos, a los migrantes, a los vecinos cercanos o lejanos. Entonces allí, en esa Norteamérica surge esta generación desconcertante. El alcohol, la heroína, los hospitales psiquiátricos y la miseria les dio el aura maldita con la que lidiaron toda su vida. Pero cada uno llevaba su viaje y cada uno hace de su literatura un camino diferente. Kerouac pasa del relato de pulsión surrealista al haikú; Burroughs se adentra en el viaje profético más delirante de la lengua inglesa y en su camino decide viajar buscando sectas, sustancias, mensajes cifrados o infiernos; Ginsberg se acerca más que ningún otro poeta al espíritu más puro, Walt Whitman, que nunca quiso ser un profesional de la poesía sino un caminante, donde los ojos son soles y el sol es solo un ojo eterno, así entre la Kabala y la meditación puede abrirse a la expansión del poema captando absolutamente todo:
¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa!¡La nariz es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo son santos!
¡Todo es santo! ¡Todos son santos! ¡Todos los lugares son santos! ¡Todo día está en la eternidad! ¡Todo hombre es un ángel!
¡La máquina de escribir es santa, el poema es santo, la voz es santa, los oyentes son santos, el éxtasis es santo!
Allen Gisberg es uno por su poema “Howl”, que fue funado y cancelado por la moral dominante de aquel entonces y fue llevado a juicio, aunque tuviera dentro un hermoso prólogo de William Carlos Williams. La sinceridad siempre es obscena en la literatura y las explícita homosexualidad era fácilmente llevada a los tribunales, pensemos en el eterno retorno del puritanismo estadounidense que pasó de cazar brujas, a cazar comunistas, a cazar homosexuales, a cazar todo lo que piense distinto y sea políticamente incorrecto dentro de los valores de turno… hoy estos gestos que se persiguieron se celebran, pero dentro del mismo puritanismo que un día los persiguió… nada cambia. El aullido de Ginsberg es la dolorosa huella del final de la juventud, cuando caen los treinta años, y los amigos muertos, y los amigos que perdieron todo, y los amigos que se quedaron en el viaje, y los amigos desempleados y los amigos que se hicieron cuadros del sistema:
He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.
Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles Mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.
Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.
Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.
Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.
Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.
Howl forma parte ahora de un canon, la ilusión de ser joven: desde Los perros románticos de Roberto Bolaño hasta Soledadbrother del autor de estas líneas, somos herederos de esa fotografía que va perdiéndose dentro de nuestra mente.
En Ginsberg hay un núcleo de dolor, Naomi Ginsberg, su madre, muere en 1956 causándole una pena enorme al poeta, que ve en ella su propio reflejo. El deterioro de aquella mujer que alternaba la reclusión en hospitales psiquiátricos con episodios de delirio político trotskista fue algo que se transformó acaso en su libro más hermoso, Kaddish, la oración hebrea de los espejos cubiertos por el duelo y el consuelo del hijo que se resguarda en su propia oscuridad.
¡Bendita seas Naomi en lágrimas! ¡Bendita seas Naomi en temores! ¡Bendita Bendita Bendita en enfermedad!
¡Bendita seas Naomi en los Hospitales! ¡Bendita seas Naomi en la soledad! ¡Bendito sea tu triunfo! ¡Benditas sean tus rejas! ¡Benditos sean tus últimos años de soledad!
¡Bendito sea tu fallo! ¡Bendito sea tu Derrame! ¡Bendita sea la clausura de tus ojos! ¡Bendito sea lo demacrado de tu mejilla! ¡Bendito sea lo marchito de tus muslos!
¡Bendita seas Tú Naomi en la Muerte! ¡Bendita sea la Muerte! ¡Bendita sea la Muerte!
¡Bendito sea Él que conduce toda pena hacia el Cielo! ¡Bendito sea Él en el fin!
¡Bendito sea Él que construye el Cielo en las Tinieblas! ¡Bendito Bendito Bendito sea Él! ¡Bendito sea Él! ¡Bendita sea la Muerte en Todos nosotros!
En 1960 el poeta se vuelve un peregrino, busca respuestas en el socialismo, pero tanto en Polonia donde fue vedado como en Cuba donde fue expulsado por criticar la política homófoba de Fidel Castro, hizo que reafirmara su posición de que no hay espacio en la política para el poeta. El único puente entre el arte y la vida es la transgresión de la forma, es decir, el poema. Lamentablemente son tiempos donde el puente lo ocupa la política y el activismo oportunista… algo muy lejano a la visión trascendente más allá del propio cuerpo que únicamente es el medio para el mensaje.
El 5 de abril de 1997, escribiendo y haciendo meditación en el hospital, murió Allen Ginsberg víctima de una cirrosis hepática, la huella corporal de sus excesos con la bebida. Su obra es una constelación de poemas, ensayos, cartas y grabaciones. Su obra espontánea y total se ha trasladado a ediciones en decenas de idiomas y ha sido reverenciado tanto por músicos populares como Bob Dylan, Jim Morrison o Patti Smith, hasta movimientos por los derechos civiles. Querido Allen Ginsberg, no te olvides de nosotros que vivimos tiempos malos, que tu espíritu siempre tenga el mismo resplandor que tuvo aquella lejana mañana de sábado de 1990 cuando te leí por primera vez en Antigua Guatemala y lloré y me quedé con el alma en un hilo y decidí… y me decidí por el camino del poeta.
Guadalajara, Cerrito del Carmen, mayo de 2026
Javier Payeras (Guatemala, 1974). Escritor y artista visual. Ha publicado Todo viaje empieza su final (2026), Primera versión de la luz: poesía 2000-2025 (2025), Biografía de la imaginación (ensayo, 2022), La región más invisible (ensayos, 2017), Guatemala City (novela, 2014).
by Editorial Excentrica | 9 \09\America/Argentina/Buenos_Aires junio \09\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Poemas del último libro de María Belén Corso, publicado por El elefante negro
Vigilia
La gente está ocupada
la muerte no debe tocar su puerta.
Aguardo en silencio que una luz de media luna
casque los miedos.
Acá muero con el jardín todos los días
titubea el abejorro
en acercarse o no,
oprime su armadura
la vergüenza de hallarse, otra vez
envuelto en pétalo rojo
pétalo que caída la tarde,
coloreado de bordó
besa las pestañas y
obnubila cualquier desazón.
¿Acaso permite la noche abandonar al amante?
Yo no le permito a la noche
me paro en el último tirante
y estiro el brazo entre la reja abierta.
Cumplo la promesa tumbo a la muerte
me acuesto con un tigre,
sin saber quién es.
Imperio
Construí un imperio
donde moscas insomnes
llegan a la noche
a que les caliente el hastío
no me reconozco, voy
de charco en charco fabricando placer
como quien inventa placer
con aire y vacío.
El amor es un robo
Me robaron una, dos
tres, diecisiete veces
yo también robé
metí la mano
cerré los ojos
y salí corriendo.
Ya no soy tan dulce
una noche apareció el toro,
fue el peor de los robos.
Mi ternura empezó a ennegrecer
y quedamos así
una con la otra en la habitación
sin puerta sin saber.
La claridad llegó en un sueño y subí
parecía otro animal
pero fue dragón.
Acá estoy,
abierta de piernas sobre la fantasía
que también me robó.
Incertidumbre
No podría anunciarnos
como se anuncian las estaciones
decir solsticio y dar con la fecha
es difícil convivir con las horas
atravesar la noche
sin perturbar el cauce natural de las cosas
como dejar dormir a los insectos
que repose el pétalo nocturno
el chirrido de los pájaros no sonámbulos
descansar la arcilla
remojar, una y otra vez
las mismas migas de esperanza.
Recordatorio
Cuando las pajaritas despiertan
preciso es comprender
que en el amor
una hace el bien
y si esto no ocurriese
preciso es aceptar la pausa y
escuchar, claro
una no es adivina
de las cosas que hace mal.
María Belén Corso (Buenos Aires, 1993) es Licenciada en Artes Visuales y Especialista en Lenguajes Artísticos Combinados por la Universidad Nacional de las Artes, a su vez, se desempeña como docente de Lenguaje Visual en la misma institución. Coordina el Ciclo de Letras de la Universidad Nacional de La Matanza, donde dicta clases de narración oral para personas mayores. Publicó Pétalo Nocturno (Alción, 2020), Desperté y fue verano (Gerania, 2023) y Pájaro nácar (El Elefante Negro). Forma parte de antologías de México, Argentina, España y Estados Unidos. Participó de festivales internacionales de poesía en Argentina, Bolivia y Colombia. En 2019 recibió la beca creación del Fondo Nacional de Las Artes y en 2021 ganó el Premio Libro de Artista del Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori. Desde el 2022 lleva adelante, junto a Facundo Medina Carabajal, el proyecto de arte gráfico y plantas nativas “Todo paisaje es cultural”.
by Editorial Excentrica | 8 \08\America/Argentina/Buenos_Aires junio \08\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Entrevista
Entrevista a la reconocida escritora argentina, realizada en el ciclo Literatura y Memoria, coorganizado junto a la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA
Por Agostina Aguirre y Leila Nerea Manrique
La voz de Raquel Robles se despliega como un puente entre su sensibilidad y la historia colectiva argentina. Durante el encuentro, conversamos sobre su recorrido como escritora, los primeros acercamientos a la lectura y los aprendizajes que, con el tiempo, fueron moldeando su camino.
¿Qué rol tuvieron la lectura y la escritura en tus primeros años de vida? Creo que toda escritora, todo escritor, tiene su mito de identidad, es el momento en el que se da cuenta de que se dedicará a escribir. Yo no lo tengo tan claro con respecto a la escritura, pero sí con respecto a la lectura. Cuando aprendí a leer, descifrando los carteles en la calle, fue un momento muy importante para mí. Fue una iluminación poder entender y, también, descubrir lo que permite la lectura: es como fabricar un globo que te lleva a otra parte en la que vivís otras cosas de manera, valga la redundancia, muy vívida. Cuando las cosas están más o menos bien escritas, se puede vivir una serie de situaciones; por ejemplo, cuando leí Miguel Strogoff, el correo del zar, de Julio Verne, me acuerdo que atrapan al protagonista y, con una espada candente, pretenden cegarlo pero justo en ese momento él se acuerda de su madre y se le llenan los ojos de lágrimas, entonces no queda ciego pero comienza a actuar como si lo estuviera. La escena está muy lograda, yo estaba ahí sintiendo la espada candente, las lágrimas.
Además de Julio Verne, ¿qué otros autores leías durante tu infancia?
En esa época no existía mucha literatura infantil, en mi casa seguro que no. Sí había bastantes libros de la colección Robin Hood, la de las tapas amarillas. Los leí todos. Por supuesto, a Louisa May Alcott, autora de Mujercitas y toda esa saga. También leía mucha literatura soviética, Así se templó el acero y otros libros de ese tipo, que eran muy, muy intensos; la mayoría refería a la Segunda Guerra Mundial.
Un poquito más grande leí 17 instantes de una primavera, de Yulian Semionov, que es un libro espectacular de espías. Hace unos años, lo edité con unos compañeros y me di cuenta de que es bastante complejo, o sea, no sé muy bien qué entendí en mi primera lectura pero sí me quedó grabada la escena en la que los protagonistas, que son rusos, tienen la misión de hacerse pasar por nazis. Tienen altos grados y les toca estar presentes cuando ahorcan a sus compañeros; están viendo esa situación y deben tragarse todo lo que sienten. Eso me lo acuerdo con mucha fuerza.
¿En ese momento decidiste que ibas a escribir ficción? Siempre quise escribir ficción, básicamente porque quería escribir lo que me gustaba leer y, entonces, me gustaban autores como John Irving, autores con una tasa de narratividad muy alta. Es decir, con la historia, la anécdota, lo que se cuenta, muy presente. Me parecía que estaba buenísimo escribir así, con la lengua del escritor pasando desapercibida, que no se juntara lo que era el relato con el autor. Pero no me era tan difícil saber que iba a escribir ficción como lo era la necesidad de que me validaran. Porque el hacerse escritora sucede en la lectura, sucede en el campo de la recepción, entonces alguien tiene que validarte. A veces, es un premio, como me pasó a mí y, a veces, es una lectura de alguien que, por alguna razón, te parece importante y te dice “esto es una novela”, que también me pasó pero antes del premio, y fue como pasar una frontera.
Yo siempre supe que escribía bien, o correctamente; así como hay gente que tiene oído para cantar, yo supe que tenía oído, que podía escuchar que algo estaba bien o estaba mal en la escritura. Pero me era necesaria la palabra de alguien autorizado, alguien que me dijera “sí, te podés dedicar a esto”.
Tenía oído, escribía, pero no había terminado nada, hasta que tuve en mis manos el primer material finalizado y pensé “ahora, ¿qué hago?”. Se lo di, sin mucha expectativa, a una periodista que conocía, y no me dijo “me parece que tenés talento” o “podés escribir”, sino que lo dio por hecho. Lo dio por hecho en el sentido de que era un trabajo que ya estaba terminado.Y eso me puso en un lugar muy especial.
Con respecto al cruce entre literatura y memoria, dimensiones que en tu obra están muy presentes, ¿cómo las integrás en tu escritura?
No estoy de acuerdo con esto de que hay que escribir sobre lo que se conoce porque, si no, hay cosas que no se escribirían nunca, y lo que se desconoce se puede investigar, entonces lo que se necesita es crear verosimilitud. Ya no pienso la literatura como el arte de contar historias sino que pienso que la lengua es el material de la literatura, pero una lengua que viaja. Así como la pintura tiene un soporte, no se pinta en el aire, la lengua también tiene un soporte que es alguna anécdota, alguna historia que puede ser chiquitita o extensa. Pero esa historia, esa anécdota que me permite pensar la lengua, trabajar sobre la lengua, es algo que me conmueve y, en general, me conmueve la insistencia de los pueblos por salir adelante, para decirlo de manera amplia, y de las personas que integran esos pueblos, de las historias que tejen. Y esas historias creo que me conmueven porque son parte de mi vida. Me conmueven las resistencias, me conmueven las cosas colectivas y también me conmueve cuando veo que alguien va en cana y lo van a buscar. Y digo “mirá qué lindos amigos, qué lindas amigas tiene que lo van a buscar, que están ahí, que se comieron toda la noche esperándolo”. Esa cosa que no es tan épica pero que es lo que permite este tejido, que permite que grandes cosas puedan pasar. Creo que desde ahí se entrelazan y se integran.
Tu novela Pequeños combatientes fue reeditada recientemente y, con respecto a ella, en una entrevista dijiste: “Traté de transmitir lo que recordaba haber sentido más que lo que pasó”. ¿Cómo fue ese proceso?
Fue literalmente eso. No hacer un esfuerzo racional de memoria, sino bajar la guardia. Hay un escritor español, Jorge Semprún, que estuvo en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, y escribió La escritura o la vida, que es un libro que recomiendo mucho, en el que dice “no hay que hacer un esfuerzo con la memoria, sino que la memoria es algo que aparece cuando uno, o una, en mi caso, baja la guardia”. Entonces, lo que hice fue un ejercicio de seis de las siete noches de la semana: bajar la guardia, situarme en ese momento, ver qué aparecía y escribirlo. Después, empezar a soltar la mano para contar o para escribir situaciones que estuvieran lo más cerca posible de la sensación o del sentimiento que yo lograba atraer. Los domingos pasaba todo eso en limpio, así durante unos meses, hasta que me pareció que ya estaba terminado.
La novela incluye en el relato otras memorias históricas, como la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. ¿Por qué ese cruce?
La obra tiene como material pedazos de biografía, o sea, no es una autobiografía pero está hecha con algunos materiales y uno de ellos es mi propia biografía. Yo tenía una abuela judía que, más o menos cuando sus nietos llegamos a su vida, se perdió. Se perdió en el sentido de que tenía algunos signos de Alzheimer que enseguida se profundizaron y la deterioraron. En cambio, la abuela de la novela sí recuerda el levantamiento del gueto de Varsovia. También sucede que en los últimos días de su vida a esta abuela le preguntan si había tenido hijos (sí, mi abuela había tenido tres hijas, una era mi mamá) y ella dijo que sí, que había tenido una hija y nombró a mi mamá, un nombre que yo no recuerdo que ella hubiera dicho alguna vez. Entonces, yo le regalé a mi abuela una memoria de esa parte de la historia que aprendí en el kinder.
El kinder era uno de los clubes del ICUF (Federación de entidades Culturales Judías en la Argentina). Esta federación ahora está en la boca de mucha gente pero en ese momento yo no sabía ni qué quería decir, solo sabía que éramos judíos pero no sionistas, no sabía qué era ser sionista, solo sabía que era algo que no éramos.
Recuerdo que todos los años había un evento, “las Icufiadas”. Era un encuentro cultural y deportivo de los clubes en el que, entre otras actividades, se recordaba el levantamiento del gueto de Varsovia. Una de las cosas más fuertes de esa memoria del gueto era el papel de los niños. No sé si es cierto o es un mito, pero para mí fue muy importante. Los niños iban y venían por las cañerías, salían del gueto para buscar armas porque, como eran muy pequeños, podían ir y volver sin ser vistos. A mí, eso me hacía una gran ilusión, que los niños pudiéramos tener un gran papel en la gran historia.
En otra entrevista dijiste que, al principio, este libro, Pequeños combatientes, te incomodaba y que hoy lo querés mucho. ¿Qué cambió? No es que me molestara el libro, sino que, cuando se publicó, tenía el temor de quedar pegada, quedar asociada a ese libro y a ese conjunto arbitrario de la literatura de H.I.J.O.S. (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), también denominada “literatura de segunda generación”, que me parece una cosa aberrante en el sentido de que es un conjunto de proyectos que abarca a gente que escribe novelas, gente que escribió un libro único, gente que escribe poesía pero todo metido en el mismo conjunto, el de H.I.J.O.S. Porque, en ese lugar, empezás a dejar de ser, a dejar de estar acá, en este momento, representando una obra, para ser vos misma, y eso me resulta el peor escenario para un escritor.
Lo cierto es que ese libro tuvo un recorrido, se leyó en muchas escuelas. La publicación de Fondo de Cultura Económica me llevó a un montón de países de Latinoamérica donde pude conversar con gente muy preciosa, y con infancias actuales. A pesar de que tiene aspectos muy locales, muy argentinos, como la mención a Perón, algo produce en las experiencias de otra gente y, por eso, lo quiero mucho. El libro también refiere a la soledad en la escuela o al sentirse distinto, y esa es una experiencia mucho más común de lo que creemos.
¿Qué lugar creés que ocupa la literatura en un presente atravesado por las redes sociales? Yo creo que la muerte del libro se viene vaticinando desde el siglo pasado. Que el libro moriría cuando apareció el cine, que el libro se iba a morir cuando apareció la televisión y, ahora que están las redes sociales, el libro se va a morir. Pero todavía no hay una experiencia que pueda reemplazar la de leer y sigue habiendo quienes gustamos de esa experiencia. Estoy haciéndome bastante amiga del audiolibro y, de hecho, he editado algunos. Es una experiencia distinta a la de la lectura pero, cuando está bien hecha, cuando no invade tu propia imaginación, cuando no está actuada, sino que está bien leída, es una experiencia también muy linda. Creo que, sobre todo, en nuestro país y en nuestra ciudad, la gente lee mucho y, como la lectura requiere un tiempo y una paciencia, y eso es muy anticapitalista, implica resistencia. Se trata de seguir apostando a esa experiencia que además produce cosas distintas.
Cuando escribís, ¿qué efecto esperás provocar en quienes te leen? Este es un punto importante. La literatura es distinta a la retórica y al periodismo, no tiene como objetivo comunicar. Hay gente que convive mejor con no entender y gente que convive mejor con entender. Pero ese no es el objetivo de la literatura. Uno desea como artista provocar percepciones; ahora, qué percepciones, eso no lo podés saber. No te lo podés proponer porque eso está más cerca de la comunicación y de la retórica, ese género que hace de la lengua un objetivo para mover a los demás a algo, o sea, un discurso. Yo quiero que, una vez que ustedes terminen de escuchar mi discurso, piensen distinto o vayan a la marcha. El objetivo de la retórica es mover a la gente a algo, a un pensamiento; entonces, tenés que tener muy claro qué es lo que querés provocar, cuándo querés que la gente llore, cuándo querés que la gente se enoje. Es necesario tenerlo claro y tratar de buscar los mecanismos. Esos mecanismos pueden venir de la literatura; por supuesto, muchas veces vienen de la literatura pero la literatura no tiene ni el objetivo de mover a la gente a hacer nada ni de que entienda algo en particular.
Tu repertorio va desde novelas literarias hasta discursos políticos, como los que escribiste para H.I.J.O.S. ¿Qué puntos en común encontrás entre esos registros? ¿Cuánto hay de político en lo literario y de literario en lo político?
Escribí discursos durante muchos años para H.I.J.O.S. y otros más inconfesables, como el discurso del día de la bandera para una ministra de seguridad (no la actual), que fue leído en Gendarmería. Pero, más allá de lo anecdótico, lo importante es que utilicé las herramientas que fui aprendiendo durante toda mi vida de escritora a los efectos de la retórica: en las clases hacíamos una gran ronda donde decíamos lo que queríamos que el discurso en cuestión dijera y, si no había contradicción, entraba todo. Algunas consignas a seguir eran “no tiene que ser un embole”, “nos tiene que hacer llorar”, “tiene que tocar el corazón”, “tiene que terminar más arriba que abajo”. Fui aprendiendo la noción de escribir estribillos. Aprendí mucho oficio, mucho escribir de hoy para ayer, escribir rápido y escribir con todos esos condimentos; escribir es también hacerlo rápido y hacerlo bien, hacerlo efectivo. El oficio también es eso. Para poder escribir una novela primero tenés que escribirla, escribirla y terminarla y, después, empezar a trabajar. Esa primera escritura es muy importante, lleve el tiempo que lleve. Esa primera escritura no es literatura, es una maqueta, un primer borrador, es un ensayo. Y eso, con oficio, está bueno.
En una entrevista dijiste que la literatura política tiene la función de rescatar voces. ¿Cómo es ese proceso de encontrar esas voces y llevarlas a la escritura?
Creo que hay un trabajo un poco de actriz, en el sentido de meterse en el personaje para que eso que está diciendo sea verosímil, sea escuchable porque, si no, se escriben cosas muy cliché; por ejemplo, se puede pensar “hay una persona que vive en un barrio popular y habla como lo hacen todos en el barrio” y no, no todos hablan igual, puede haber alguien que tiene una madre que es directora de escuela y habla distinto. Entonces, es necesario construir ese personaje, su background, en una relación dialéctica; a veces se le hace hablar y no se entiende por qué sabe “palabras difíciles” pero “ah, sí, su madre es directora de escuela”. Y es en esa construcción dialéctica cuando las voces empiezan a tener su independencia. Es muy difícil capturar, reponer la oralidad pero no se trata de escribir textual, se trata de percibir cómo esa persona arma las oraciones, dónde descansa cuando habla, cuál es su sintaxis, cuál es la forma en la que ordena el pensamiento y, recién después de capturar el carozo, lo esencial, soltar la mano. Nadie te va a decir “yo no dije eso”, puede ser que no le cuadren esas palabras pero se acuerda de haber dicho eso; porque la verdad no es lo literal, no es lo textual: en lo literal no aparece la verdad, tenés que poder capturarla. Entonces, no puedo decir exactamente cómo trabajo las voces, pero de lo que sí estoy segura es de que si querés trabajar con voces y no hay manera, no trabajes con voces. Para profundizar en esto es muy lindo leer a Piglia.
¿En qué lugar te encontrás hoy como escritora y militante en relación con la memoria? Hace tiempo que vengo pensando que así como la literatura se confunde con la narración, la memoria se confunde con catástrofe. La memoria de un pueblo no son solamente las derrotas, la memoria de un pueblo está compuesta por un conjunto de historias, un montón de hechos. Me encantaría que la ciudad, así como te llena de baldosas donde se llevaron gente, también te muestre que hubo pequeñas victorias. Por otro lado, me parece que la literatura nunca puede ser pedagógica: así como no puede ser periodismo, no puede ser retórica, no puede ser pedagógica. No puede tener el objetivo de enseñar algo a alguien porque eso es muy violento. Primo Levy escribió Si esto es un hombre, un libro icónico, de los llamados “concentracionarios”, que refieren a las personas que estuvieron en un campo de concentración. Él estuvo en Auschwitz, y desconfiaba de la literatura, desconfiaba del arte, del arte que es esencialmente ambiguo. Quería decir lo que había pasado, así que trató de contar los hechos objetivamente. Por suerte, no cumplió su objetivo, y ese libro que escribió cuando se liberó en 1945 se lee aún hoy, resiste, y resiste por cómo está escrito, porque cuenta con procedimientos técnicos, porque está lleno de imágenes. Entonces, ese gozo estético es tan tremendo que es un dolor de otro orden, un dolor que es bienvenido porque te hace ser parte de una experiencia. Un libro que trate un tema que se engloba dentro de la memoria, que esté hecho con rigurosidad, tiene muchas más oportunidades de ser un libro que toque fibras y que cumpla mejor con el objetivo de la memoria que un libro pedagógico.
Es cierto que hay cientos de libros para pasar el rato en una sala de espera, en el aeropuerto y, también, hay otros que son para pegarse un tiro pero está todo bien, que se escriba lo que se quiera; si hay plata, si todavía hay bosques para que se publiquen libros, que se publiquen. Sin embargo, en este momento crucial, el deber de los artistas es ser artistas. Este “ser artista” quiere decir laburar, transpirar y manejar el impulso de publicar una cosa que todavía no está para publicar.
En este momento, ¿tenés algún proyecto en marcha?
Sí, tengo un proyecto en marcha. Lo tenía pensado para el concurso Planeta pero le pregunté a la Inteligencia Artificial si tenía posibilidades de ganar y, después de hacer un análisis de los últimos diez premios, dijo “cero posibilidades”, y acertó.
Bueno, lo terminé y lo dejé descansar un rato. Ahora lo estoy corrigiendo, es un proceso que me está llevando mucho tiempo porque es un libro muy complejo.
Hay algo muy fuerte en la literatura: marcar la lengua. Uno lee un libro de Marguerite Duras y, aunque nadie le diga que es Duras, se da cuenta. O un libro de Saer, o un cuento de Borges: son inconfundibles. Sin embargo, es igualmente difícil desmarcar la lengua, o sea, escribir un libro donde parezca que el protagonista es el relato, donde parezca que la historia se cuenta sola. Es como una bailarina clásica, parece etérea, como que flotara, pero está con toda su musculatura, con los abdominales apretadísimos, está todo su cuerpo en tensión. Provocar esa sensación es de una dificultad técnica gigante. Trabajar esto lleva tiempo. Además, mi relato tiene un tono muy moroso, tuve que hacerlo muy despacio. Igualmente, va a ser medio impublicable porque está quedando largo.
En un ensayo publicado el año pasado en la revista Anfibia te preguntás por la imaginación y partís de la premisa: ¿por qué imaginar que el fin del capitalismo es imposible?. En este imaginar el futuro, ¿qué lugar ocupa la memoria? La memoria es fundamental en el sentido más mítico del asunto. Todas las memorias, las que no son propias, tienen una gran porción de imaginación porque vos no estabas ahí. El relato de la historia está construido, pasado por muchas épocas, y fue conformando mitos. Entonces, es muy importante retejer la historia, no solamente desde el revisionismo histórico, sino retejer nuestra propia mitología. Hace mucho tiempo que tengo un proyecto pero necesitaría la beca Guggenheim para concretarlo: es un libro de cuentos de hadas que cuenta las historias de los pueblos, esas historias de la mitología popular. Pero no la mitología popular que explora la cotidianidad y la infancia, sino la de cómo los pueblos fueron accediendo a derechos para estar mejor en el mundo. Y que esos sean los cuentos para irse a dormir, en lugar de los del príncipe que se gana a la princesa en un concurso. Por otro lado, me parece que hay que armar un movimiento, un gran movimiento de ciencia ficción utópica, porque la ciencia ficción distópica no es ni siquiera ciencia ficción. No es que haya que crear un ejercicio de la imaginación, es mirar un poquito lo que está pasando y tirar del hilo. Estamos viendo el desastre: un mundo donde no hay agua, un mundo que es dominado por las empresas, un mundo donde la crueldad es moneda corriente. ¿Por qué no transpiramos para imaginar una utopía? Hay pocos autores de utopías. Ursula Le Guin, por ejemplo, lo ha intentado con la creación de un mundo donde no existen los pronombres posesivos porque no existe la propiedad privada. Ahí hay un esfuerzo por imaginar. La tarea es transpirar para hacer buena literatura y para hacer ciencia ficción utópica. La ciencia ficción no es un estatuto, es dar por hecho un mundo donde pasa algo. Es lo que pasó con Julio Verne; todos los inventos ficticios de Verne los estamos usando en la actualidad. Entonces, para que suceda algo se tiene que poder imaginar primero pero parece que en este contexto tenemos mucha dificultad para imaginar. Ni hablar de imaginación política. Pensamos con lo que es posible, con lo que tenemos, con lo que hay. Pero, ¿por qué es de esta forma?, ¿desde cuándo es así? Porque no fue siempre así, hubo muchos momentos en la historia en los que se construyó con lo que no había. ¿Cómo producís lo que no hay? Eso es el arte, algo que no existe, y que, además, no viene a darte ninguna respuesta sino que viene a relanzar tu imaginación.
Y, en relación a la memoria, en relación a la imaginación, estos son momentos, no diría oscuros porque la oscuridad hasta tiene una gracia, son momentos tan opacos, tan grises que quienes se dedican al arte tienen una responsabilidad mayor.
Raquel Robles es escritora, docente, periodista y militante por los derechos humanos. Nació en Santa Fe en 1971. En 2008 publicó su primera novela, Perder, con la que obtuvo el Premio Clarín. Entre sus obras se destacan La dieta de las malas noticias (2012), Pequeños combatientes (2013, reeditada en 2023 por el Fondo de Cultura Económica), Hasta que mueras (2019) y La última lectora (2020). Pequeños combatientes fue traducida al francés y al italiano.
Sus padres, Flores Pasatier y Gastón Robles, integran la lista de desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar argentina. Raquel fue una de las fundadoras de H.I.J.O.S. Colabora en los medios Página/12, Anfibia, Tres Puntos y Planeta Urbano y coordina talleres de escritura.
Leila Nerea Manrique nació en Buenos Aires, Argentina. Es estudiante de Ciencias de la Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y organizadora de eventos, protocolo y ceremonial, egresada de la Universidad Nacional de Lanús (UNLA). Se desempeña como creadora de contenido UGC con presencia en Instagram, TikTok y YouTube.
Agostina Rocío Aguirre nació en Buenos Aires, Argentina. Es estudiante de la carrera de Ciencias de la Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires (UBA), su interés por la publicidad y el marketing la motivaron a elegir la orientación en producción.
by Editorial Excentrica | 23 \23\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \23\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Entrevista
A 50 años del golpe de Estado genocida, presentamos entrevistas a escritorxs argentinxs realizadas por alumnxs de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, en el marco del ciclo Literatura y Memoria, coorganizado por el Espacio Literario Juan L Ortiz del CCC y la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA
por Estela Pérez Lugones y Santiago Canzio
Las palabras de Carlos Gamerro convocan al silencio. Conmueven al auditorio reunido en la sala Jacobo Laks del Centro Cultural de la Cooperación. En un ejercicio de memoria propia, histórica y literaria, reflexiona sobre la perturbación que aún le provoca el haber podido ser uno de los tantos chicos de la guerra, los de su clase 62, destinados a Malvinas. La escritura fue entonces la encargada de trasladarlo hasta Las islas, su primera novela, para explorar esa otra vida posible para él.
Gamerro habla sobre su obra, el proceso de escribir y sus recuerdos. Describe, sin ahorrar detalles, cómo ha sido su experiencia con temas centrales de la memoria histórica argentina, en ficción y no ficción.
Comenzamos por el principio, ¿en tu casa se leía, se propiciaba la lectura?
Había un ambiente que podríamos llamar intelectual. Mi padre tenía una biblioteca con libros científicos y filosóficos. Él era biólogo y mi madre era maestra de grado, así que había libros, pero no puedo decir que mis padres, ni mi hermana mayor, fueran gente que tuviera siempre un libro en la mano. Hasta cierto punto era un ambiente propicio para la lectura, pero no del modo demencial con que la abracé yo. Básicamente no les puedo echar la culpa a mis padres por mi elección por la literatura, me hago cargo. Mis hijas e hijos, en cambio, no pueden decir lo mismo. Por lo menos, ese es el caso de mi hijo Tomás, que tiene trece años y leyó Moby Dick en versión original a los diez. Tomás sí puede, en el futuro, echarme la culpa de haberse convertido en esa extraña especie de ser humano denominada “lector”.
¿Recordás cuál fue la primera lectura que te atrapó?
Tengo la sensación de tener un libro en las manos ya desde mi primer recuerdo. Una influencia fuerte, de mis primeras lecturas, fue el mundo ficcional de José Bento Monteiro Lobato, un autor de literatura infantil y juvenil muy conocido en nuestro país cuando yo era chico. Este autor, ahora olvidado entre nosotros, en Brasil —su país de origen— es un prócer. Monteiro Lobato tenía una serie de libros con personajes como Perucho, Naricita, la abuela, el vizconde (que estaba hecho de un marlo) y la muñeca Emilia, que recorrían desde la antigua Grecia hasta el mundo de la química, pasando por el abecedario. Había una historia que me encantaba que se llamaba La llave del tamaño, por la cual todos los personajes se volvían chiquititos de golpe. En un momento tuve una especie de epifanía negativa cuando me di cuenta de que nunca iba a poder vivir en ese mundo. Eso fue un shock de realidad. Y quizás en ese momento, sin darme cuenta, sin ser consciente, decidí ser escritor, para poder crear un mundo de ficción del que pudiera ser parte, ser casi un personaje.
Es decir que esas historias te llevaron a la escritura.
Sí, justamente, como le ocurre a Onetti, cuando en La vida breve imagina al personaje Brausen que termina creando Santa María. Onetti lo explica en alguna entrevista: lo que le pasa a Brausen, lo que quiere, es otra vida. Ni siquiera una vida más rica o mejor, sino otra. La ficción es eso. Cuando te cansás de ser vos mismo y de pensar siempre en tus propios problemas, en tus propias cuestiones, creás un mundo de ficción y te preocupás por otra gente. Es una manera de explorar la otras vidas que se pudieron haber vivido. Salvo algunas personas, que en general no escriben y viven vidas muy aventureras, a la mayoría nos toca una vida con algunos incidentes y algunas elecciones, entonces, la pregunta es ¿qué pasa con todas las otras vidas que pudiste haber vivido? Escribir ficción es una manera de vivir otras vidas. A veces no sólo se trata de las vidas que pudiste haber vivido porque querías, sino al revés: las otras vidas que te pudieron tocar y de las cuales zafaste. No siempre esa exploración de otra vida es una exploración a partir del anhelo y, no siempre, como decía Onetti, buscamos en la ficción una vida mejor, más rica, más plena o aventurera.
Hablemos de Las Islas, tu primera obra publicada. ¿Cómo fue la elección del tema y en qué medida incidió ser parte de la generación de Malvinas?
Hay un puente fácil de cruzar entre lo que decía antes y esta nueva pregunta, porque de alguna manera haber estado en la Guerra de Malvinas fue una vida posible para mí. Casi diría que escapé al destino. Soy clase ‘62, que es la clase que mayormente fue a Malvinas. A mí no me tocó porque yo no había hecho todavía la colimba. Mi estrategia era patearla para adelante. Me salió bien. Al final hice la conscripción en democracia y, por suerte, como a las dos semanas, me largaron. Pero la pude sentir, y me dije “uy, ¡de la que me salvé!”. Esa experiencia me sirvió después para escribir la novela.
La poca colimba que hice me tocó en la Patagonia, en Comodoro Rivadavia. Durante la ocupación de Malvinas estaba fuera del país, de vacaciones en México, la estaba pasando bárbaro. Trataba de escaparme de la Argentina durante el mayor tiempo posible, de escaparme de la dictadura. Más allá del peligro y de los hechos atroces, la sensación era la de estar viviendo en un ambiente sombrío, pesado, no necesariamente con la amenaza de muerte, pero sí con esa sensación de ahogo, que muchos recordarán, y que da título de la novela de Ricardo Piglia, Respiración artificial.
¿Y qué pasó después, cuando caíste en la cuenta de que pudo tocarte ir a la guerra?
Y después, cada tanto, me encontraba con “el fantasma” de Carlos Gamerro, excombatiente, pensando qué hubiera sido de mí si hubiera hecho la colimba cuando me tendría que haber tocado, si me hubieran mandado a Malvinas. Así que en un momento decidí explorar esto a través de la ficción, a través de un personaje, que no es exactamente autobiográfico. Si bien tengo ciertos reparos con la insistencia de que se está ante una autobiografía cada vez que se encuentra algún elemento de la vida del autor en la obra, al mismo tiempo me parece que se puede pensar lo autobiográfico como una forma alternativa o aún negativa de contar. ¿Por qué limitarse a la vida que uno vivió? También las vidas no vividas son parte de nuestra autobiografía. Y, a veces, son una fuente más poderosa para la escritura, más misteriosa también que lo que efectivamente nos pasó, que las experiencias vividas. Eso, en cuanto a la motivación personal.
Hubo también algo más propio de la ambición o del interés como escritor por un tema que se adivinaba muy prometedor, muy rico, pero que había sido, hasta el momento en que empecé a pensar en la novela, bastante poco tratado.
Empecé a escribir Las islas en el año ‘92, y ya venía pensándola unos tres años antes. En ese momento no había demasiada ficción sobre Malvinas: Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill y no demasiado más. La sensación fue “esto es para mí, si no se dieron cuenta de que todo en esta historia es una mina de oro literaria, voy por ella”. Y quizás también, por eso, la novela tomó la forma que tiene, que es esta cosa medio desmesurada, monstruosa, donde parecería que quiero abarcar todos los aspectos de la historia de las islas, la historia de la guerra e, incluso, la historia de la Argentina. Los diez años transcurridos entre la guerra y el momento en que empecé a escribir me permitieron presentarla a través de los recuerdos de los personajes, sobre todo los del protagonista y narrador Felipe Félix. El presente de la novela es el año ’92, esa fue una elección, podría haber situado la acción en el ‘82, pero decidí situarla en el ‘92.
Muchas de mis novelas tienen esa especie de doble estructura, doble inscripción temporal, hablan de un pasado, pero desde un presente, de un tiempo después. Supongo que eso tiene que ver con el tema que nos convoca, que es el de la memoria. Me interesaba no sólo cómo los protagonistas sabían qué les había pasado en la guerra, sino cómo la recordaban diez años después. Y, también, qué había sido de ellos en ese tiempo.
Hoy en día hay mucho trabajo de investigación, de ficción, de testimonio, de películas, reconocimiento oficial, pensiones; los excombatientes tienen derecho a que en su documento figure “ex combatiente”, “héroe de Malvinas”, pero en aquel momento estaban todavía, barridos bajo la alfombra, nadie quería hablar con ellos, ni saber de ellos. Una de las cosas que hice en la preparación de la novela, y mientras la escribía, fue ir a conocerlos, hablarles, entrevistarlos. Siempre con esta sensación, con esta vivencia mía que, cada vez que veía a uno de ellos pensaba “este podría ser yo”. Creo que también es importante preguntarse, cuando uno escribe una obra de ficción, qué hay de uno mismo y por qué te decidiste a contar esa historia y no otra de las tantas que hay.
¿Cómo fue tu experiencia cuando quisiste publicar Las Islas?
Nadie me daba bola. Yo era un escritor absolutamente desconocido. No era un escritor, era un profesor ayudante de cátedra en la facultad. Ni siquiera había empezado a publicar artículos en diarios o revistas. En ese momento, solo tenía un libro de cuentos, el que después se publicó como El Libro de los afectos raros. Para los jóvenes escritores de hoy es más fácil, hay muchas editoriales independientes. Hace unos años, en algún reportaje, me preguntaron por qué a los jóvenes les era tan difícil publicar, yo contesté que no, que no era así, pero que sí era difícil para los jóvenes de mi generación, no había casi editoriales independientes. Sí estaba Simurg, que hizo un gran trabajo en publicar autores no solo nuevos, sino también consagrados que no encontraban quién los publicara, como Alberto Laiseca, por ejemplo; pero había que pagar. Hay que recordar que Simurg tenía un sistema particular: no era una de estas editoriales pagas que cualquiera pone la plata y publica. Había un proceso de selección riguroso. De hecho, quien seleccionaba las obras, quien seleccionó Las Islas, era nada menos que Sylvia Saítta. Pero cuando te elegía, la recompensa era: “ahora ponete”. Encima Las Islas no era barata. Son seiscientas páginas. Había participado en un concurso para autor inédito, de Editorial Sudamericana, donde estaba el querido Luis Chitarroni entre los miembros del jurado, y Las Islas no ganó. Nunca es fácil para un autor inédito pero, en ese momento de finales de los ’90, era particularmente complicado y, una novela gorda de alguien desconocido, no tenía demasiadas chances. Luis Chitarroni la había leído, le había encantado, la quería publicar, pero no tenía el poder de decisión para hacerlo.
¿Tenías una imagen de las islas antes de la guerra?
No creo. Para muchos de nosotros, las Malvinas se convierten en una presencia fuerte y poderosa a partir de la ocupación. Como comenté antes, en abril de 1982 estaba en México de vacaciones y recibía noticias que circulaban por el mundo y que acá no llegaban. Cuando regresé, lo hice con la idea de que la dictadura estaba dando un manotazo de ahogado, de que era una aventura descabellada, reclamo discutible de soberanía. Y ni hablar de la manera de afirmar esta soberanía, de la invasión y de cómo la sentían los pobladores mayoritariamente pro británicos de las islas. Fue un choque fuerte encontrarme acá con tanto entusiasmo, tanto apoyo a la toma de las islas y, de alguna manera, a la dictadura. Así que esa doble mirada, al mismo tiempo de afuera y de adentro, fue parte de mi experiencia. Me fue dada por las circunstancias, no es algo que busqué, pero me parece que tuvo su peso. Y después, en el proceso de escribir la novela, fui buscando la manera de estar en dos lugares al mismo tiempo. Quise escribir una novela que fuera crítica de la guerra como idea de afirmar o reclamar una soberanía, de la falta de preparación, de todo lo que ya sabemos; de las cosas que se fueron conociendo con el paso del tiempo, sobre todo, con los testimonios e informes (como el Informe Rattenbach que fue muy importante) y todo el trabajo de los historiadores que leí, tanto los argentinos como los ingleses; y al mismo tiempo contar, no sólo lo que fue la guerra en sí misma, sino lo que fue después: la vuelta y los años transcurridos, el desamparo inicial de los excombatientes, los traumas, los suicidios. Quería entrar en el corazón de esa contradicción de todos estos jóvenes, tan jóvenes como yo. Y luego, poco a poco, ya no tan jóvenes, como yo: ahora que estoy retomando alguno de los temas de Las Islas, uno de los personajes dice: “Pasamos de ser los chicos de la guerra, a ser los abuelos de la guerra”. Sentía que habían quedado en un lugar imposible porque si querían reivindicar su entrega, el haber arriesgado o dado la vida por la Patria, quedaban pegados a la dictadura militar. Y muchos de ellos justamente, porque no encontraban un lugar de reconocimiento como ex combatientes, se acercaron a sus oficiales y suboficiales y, por lo tanto, a muchos de los participantes de los peores crímenes de la dictadura. Ahí surge la pregunta que se ha hecho tantas veces: “¿qué hacer con un oficial que fue torturador en los centros clandestinos de detención y luego peleó valientemente en Malvinas?”. Porque uno quisiera, en un mundo perfecto, de ficción, que los torturadores de la dictadura luego fueran los cobardes de Malvinas, pero no es tan simple la realidad. Aunque, también hubo continuidades: los mismos que torturaban en los chupaderos, después torturaron a sus propios soldados en Malvinas. Pero, de nuevo, no todos. Hubo algunos que quizás no torturaron ni cometieron hechos atroces, luego tampoco fueron ni muy solidarios, ni muy valerosos, ni muy cuidadosos con su gente en la guerra. Me interesaba entender por qué una guerra que duró menos de dos meses, en un archipiélago remoto, y que terminó en una estrepitosa derrota, había sido una experiencia tan fundante.
¿Y pudiste averiguarlo?
Voy a contar algo muy puntual. En un momento en el que estaba hablando con ex combatientes, en especial con los del grupo de La Plata (porque tenía los contactos, pero también porque ellos sí eran bastante críticos de la dictadura, se acercaban a posturas como la de Madres de Plaza de Mayo y me parecía que con ellos iba a poder comunicarme mejor) me contaron que los maltrataban, los dejaban morir de hambre o de frío sus propios oficiales, me contaron de las torturas, las famosas estaqueadas. Y ahí, de repente, me pareció que estaba entendiendo. Y les pregunté, convencido de la respuesta, buscando una confirmación, si después de todo eso que me habían contado volverían a las islas. Esperaba un “no” rotundo. Recibí un “sí” rotundo. Ese fue un momento de revelación. No de revelación en el sentido de “entendí”, sino que me dije: “ah, ok, esto es lo que tengo que entender: si escribiendo la novela llego a este lugar, lo logré. Y si no llego es que no pude entrar, que me quedé afuera”. Es algo que sigue sucediendo. Muchos de los que peor la pasaron en la guerra igual han querido volver o todavía piensan en volver. Hay algo ahí que está más allá del bien y del mal, o del disfrute y el sufrimiento. Supongo que tiene que ver, sobre todo, con la juventud de todos los que fueron a la guerra, una experiencia que los marcó tan profundamente; ‘los marcó’ incluso es una metáfora inadecuada, son esa experiencia, es la materia misma de la que están hechos. Entonces va más allá de ser algo que estuvo bien o estuvo mal; si la pasé bien o la pasé mal. Soy eso y si quiero saber quién soy, qué soy, y qué hacer de mi vida, tengo que volver a ese lugar.
En su libro de viaje a las Malvinas, Federico Lorenz, quien como historiador es el que más ha trabajado el tema y ha escrito también una interesante obra de ficción sobre la guerra y la historia de la Patagonia en general, cuenta que él tampoco fue a la guerra y se pregunta “¿se puede regresar a un lugar donde nunca se ha estado?”. Para mí, escribir Las Islas fue hacer ese viaje.
Hablemos de La jaula de los onas, tu última novela, por la que hiciste un trabajo de investigación histórica importantísimo.
No sé si importantísimo, pero fue demoledor – para mí. Fue muchísimo trabajo y, a la vez, fue absolutamente deslumbrante, maravilloso, durante cinco años estuve viviendo en ese mundo. La novela está basada no solo en un período histórico en general, como ocurre con mis otras novelas sino, además, en un hecho puntual: el momento de la ocupación del territorio de Tierra del Fuego y el genocidio de sus pueblos nativos, sobre todo los selk’nam u onas – el nombre que le dimos los blancos. En particular hubo una historia que capturó mi imaginación de manera temprana, a mis veinticortos años: la de una familia selk’nam de once miembros que fue capturada por un aventurero francés. En esa época a los selk’nam los cazaban, los mataban y los estancieros pagaban por un par de orejas o alguna otra prueba por el estilo. Pero este aventurero, quizás pensando que el valor era poco (pagaban una libra esterlina por indio muerto), decidió secuestrarlos, embarcarlos, llevarlos a Francia y exhibirlos en zoológicos humanos. De hecho, el primer lugar donde los exhiben en una jaula, como caníbales de la Patagonia, fue nada menos que en la Exposición Universal de París, cuando se construye la Torre Eiffel. Podria decir que la novela se escribe a partir de la yuxtaposición de dos imágenes que ahora, por fotomontaje, constituyen la tapa del libro: la familia selk’nam en París con la Torre Eiffel detrás. Lo que se cuenta es la historia de esas dos imágenes: la de los indígenas de la Patagonia exhibidos con la pretensión soberbia y colonialista de mostrar lo más primitivo, lo más elemental del ser humano y, atrás, la Torre Eiffel como la cumbre del progreso y la imaginación del humano blanco europeo.
Se trataba de una historia real, así que lo vivido por esta familia me funcionó como hilo conductor para contar toda la historia de la conquista y la ocupación del sur, sobre todo del extremo sur. Recordemos que Tierra del Fuego no entró en la Conquista del Desierto, fue parte de otro proceso que se inició hacia 1880, primero del lado chileno, después del lado argentino; fue un emprendimiento privado. Seguramente merecería la aprobación del actual gobierno, porque el estado no tuvo que poner dinero para matar a los indios, como sí sucedió en la Campaña del Desierto (que también es celebrada por el actual gobierno). No sé si han leído los pronunciamientos que sacan para los aniversarios de la Campaña y para el nuevamente denominado Día de la Raza… Un horror, indignante.
Y, a su vez, está la historia del fin del siglo XIX. París, tan fascinante para tantos argentinos de entonces, adonde iban, tenían que ir a iniciarse, a darse ese baño de refinamiento y civilización: algo que también me interesaba reconstruir. En un gran libro de David Viñas, Literatura argentina y realidad política, el capítulo sobre los viajeros a París refiere a esos viajes, pero le faltó a David dar cuenta de una clase muy particular de viajeros, los indígenas que viajaban encadenados y que estaban en París, pero en una jaula. Claro que su historia no formaba parte de la literatura argentina cuando Viñas escribió su libro. Ahora espero que sí. Dos miembros de la familia capturada murieron en el viaje de ida, otros en París, otros en Londres; salieron once de Tierra del Fuego y a París llegaron nueve. Pensemos que ellos no se podían comunicar, no tenían cómo entenderse y menos aún en Europa. Los selk’nam eran un pueblo que estaba totalmente aislado, a diferencia de los mapuches, que ya tenían un gran manejo de nuestro mundo, de nuestro mundo criollo. Y, de golpe, como de un ovni, cayeron estos extraños seres blancos y empezaron a matarlos a tiros. Uno de los integrantes de esa familia se quedó en Europa y luego reapareció en Sudamérica, regresó por sus propios medios, nadie sabe cómo. Entonces me dije: “esta es la historia que me interesa”. Elegí seguir su recorrido, lo imaginé, porque no se sabía cómo había sido el viaje de vuelta, ni siquiera cómo había hecho para saber que tenía que volver a Tierra del Fuego. No sabía las palabras “Tierra del Fuego”, ni podía identificar el lugar en un mapa. De modo que, pobre Kalapakte, así se llama el protagonista, le hice hacer un largo periplo: primero a Groenlandia, después a Nueva York, después a Chicago, después a Buenos Aires y finalmente sí, a Tierra del Fuego.
¿Creés que esta novela es una forma de corregir o de disputar la memoria histórica en relación a los selk’nam y la clasificación que crearon los científicos europeos sobre ellos? ¿Intenta eso la novela?
En buena medida, sí. Creo que, salvo en la Patagonia, loa argentinos no tenemos una imagen clara de lo que fue la ocupación de Tierra del Fuego ni de todo lo que sucedió allá. La historia está hecha de los hechos que cuentan los historiadores pero también de ciertas imágenes míticas, tiene una tendencia a convertirse en leyenda. Cuando yo contaba en la Patagonia la historia de los selk’nam que fueron llevados a París, en general muchas de las respuestas eran “ah, sí, algo escuché” o “sí, lo sé”; y mucho más en Chile que en la Argentina. Si la contaba del Río Colorado hacia el norte, era “ah, sí, esos que llevó Darwin a Inglaterra”, cuando ellos eran yaganes y fue en 1830. La de los selk’nam era una historia que no figuraba en la memoria colectiva, a pesar de que la cuenta José María Borrero en La Patagonia trágica, que es un libro significativo que a su vez dio origen o fue el impulso para que Osvaldo Bayer escribiera los cuatro tomos de Los vengadores de la Patagonia trágica. En cuanto a las imágenes o clasificaciones de los científicos que mencionaste, me fui interesando en algo que no estaba en los orígenes del proyecto, pero que apareció en el curso de mis investigaciones. Cuando empecé a leer los textos de los antropólogos del siglo XIX me di cuenta de que, a partir de la difusión de las teorías de Darwin, toda la antropología se volvía evolucionista, pero con un sesgo unidireccional: la evolucion como un camino que lleva a la cumbre, que es el blanco, europeo, varón – no había prácticamente ningún científico en el siglo XIX que saliera de ese paradigma. Las razas debían ser clasificadas primero de modo unívoco, como si fueran especies de animales o vegetales clasificadas por Linneo y colocadas luego en un determinado peldaño de la escala evolutiva. El problema, además, era que los europeos se peleaban entre ellos, porque de repente alguno, desde la craneología, decidía que el cráneo braquicéfalo, que es el más redondeado, era más evolucionado que el dolicocéfalo; pero como los franceses tienden a tener el cráneo braquicéfalo y los alemanes dolicocéfalos, los alemanes les contestaban que no, que el dolicocéfalo era más evolucionado. Y, si alguien les señalaba que los africanos (que sin dudas para ellos eran más primitivos evolutiva y biológicamente) eran también dolicocéfalos, el “craneólogo” alemán decía “sí, pero esa es dolicocefalia posterior y la nuestra es anterior”. Todos los científicos, incluso los no científicos, se la pasaban midiendo los cuerpos vivos, muertos y tomando fotos para ingresar estos datos en sus grillas. Esa era la base científica, o se proponía como la base científica, para justificar el colonialismo. Se discutía no sólo el grado de civilización alcanzado, sino la capacidad civilizatoria: si tal pueblo podía alcanzar los grados superiores de la civilización o no. No se discutía si tenía ganas o si correspondía, simplemente se discutía su capacidad. En la cumbre estaban los más desarrollados, los más civilizados y, en la base, estaban los más primitivos, los más atrasados, los más cercanos al mono, por decirlo en términos darwinianos, que eran los aborígenes australianos y, oh casualidad, los fueguinos. Entonces, llevar a los selk’nam a París no era un hecho fortuito, resultado de un aventurero que simplemente quería hacer plata, sino que se inscribía en toda una matriz del saber positivo, científico. Es más, la antropometría se consideraba el núcleo duro de la antropología y de la tecnología. Hoy en día sabemos que tal como se la practicaba era una superchería, una pseudociencia.
¿Qué importancia tiene el sentido del humor que se percibe tanto en tu obra de ficción como en la ensayística?
Tengo sentido del humor, más cuando escribo que cuando hablo. Soy mejor escribiendo chistes que contándolos. Me gusta además el sentido del humor en la literatura. Hay autores magníficos que no tienen el más mínimo sentido del humor, como Tolstoy o Coetzee, y aunque igual los puedo disfrutar, prefiero a un Shakespeare, un Cervantes, un Melville, que le pueden agregar, a todo el dramatismo y la seriedad de los personajes increíbles que crearon, una mirada humorística – a mí como lector eso me atrae más. Y como escritor apunto a lo mismo. De todos modos, no es algo que yo decido previamente. Quizás, la menos humorística de mis novelas sea El secreto y las voces; no encontré el espacio, la novela no quería humor. Yo escucho a los personajes y a la historia, y tomo nota de lo que me dictan. El humor puede ser una mirada filosófica sobre la vida, como encontramos en el Quijote, por ejemplo. O puede ser un recurso para que el lector baje la guardia. Cuando alguien se está riendo, es un buen momento para pegarle una piña en el estómago. Y, a veces, también me interesa (habiendo trabajado bastante el humor en distintas novelas) encontrar el límite, encontrar el momento donde el humor ya no es posible. Doy un ejemplo: cuando leía los testimonios en los números del Diario del Juicio buscando alguno que me pudiera funcionar para contar un episodio de Un yuppie en la columna del Che Guevara, me encontré con un testigo, cuyo nombre era Pérez Gil y todos le decían “Perejil”. Después noté que, a pesar de que era una transcripción escrita, (lo bueno de los Diarios del Juicio es que son transcripciones textuales, está todo lo que decía el testigo) sentí con mucha fuerza que este hombre —que se veía muy buena persona— cuando tenía que contar las partes más terribles se ponía mal, pensando que se iban a poner mal los que lo escuchaban, así que intentaba hacer chistes. Pero, claro, no le salían, y uno podía escuchar una especie de silencio pétreo del otro lado. Fue algo que descubrí, en un testimonio, y me pareció que valía la pena recrearlo en la ficción porque creaba como una zona incómoda y de cierto relieve para la lectura. Porque Un yuppie tiene algunas cosas de Don Quijote y otras de Cándido de Voltaire, es una novela en la que el lector puede reírse de las desgracias, de todas las cosas que le pasan al protagonista. Pero hay un momento en que no te podés seguir riendo, entonces diría que la risa, en esta novela, está casi para que llegues al momento en que se corta y ya no es posible. Se pueden hacer muchas cosas con el humor, no solo humor.
Por último, en tu ensayo Facundo o Martín Fierro comenzás citando a Borges, quien dijo que de no haberse canonizado al Martín Fierro la historia argentina hubiera sido distinta, tal vez mejor. ¿Cómo creés que la oposición Civilización y Barbarie ha repercutido en la memoria de los argentinos?
Primero, lo que me interesó de la pregunta de Borges, acerca de si sería mejor si hubiéramos canonizado el Facundo en lugar del Martín Fierro, no fue tanto discutir la respuesta (porque inmediatamente se arman dos bandos: los martinfierristas y los facundistas, que ya sabemos recrean la dicotomía Civilización y Barbarie), sino considerar la premisa “¿asi que la literatura es tan importante?, ¿elegir un libro u otro cambia los destinos de un país?, ¿los libros nos cambian, no sólo al país, a su cultura y a su política, sino a cada uno de nosotros como individuos?, ¿cambian nuestra subjetivación?”. Me dije “¡Mirá vos, qué importantes somos!”.
Obviamente, siendo escritor y haciendo literatura, la idea es muy seductora: en lugar de pensar a la literatura como un reflejo de la realidad, pensar a la realidad como un reflejo de la literatura. Esta idea que tiene mucha presencia en Borges, se remonta a Oscar Wilde, o incluso antes, puede ser sospechosa viniendo de escritores pero siempre me interesó: implica dar vuelta la clásica figura de la mímesis aristotélica; en la formulación de Oscar Wilde: “no es el arte el que copia la vida, sino la vida la que copia al arte”. Entonces me dije, “imaginemos que esto fuera así y leamos de nuevo la literatura argentina pensando qué aspecto de nuestra realidad ha sido definido, creado, por cada uno de estos libros”. Me había llegado una propuesta de la Editorial Sudamericana de escribir una especie de canon de la literatura argentina, a lo que me negué porque me ponía en el lugar de decidir qué libro es importante y cuál no. a cambio les priopuse lo siguiente: no pensar si el libro tiene valor literario o es bueno, sino que, hasta siendo malo u horrible, quizás moldeó o formateó, o hizo posible algún aspecto de nuestra realidad. Y, sin duda, además, (y esto lo han dicho historiadores como Tulio Halperín Donghi) de todas las naciones de Latinoamérica, es en Argentina donde, en mayor medida, los libros marcaron el camino para las instituciones y la historia del país. Primero la Argentina se escribió, y después se hizo. En los libros de Alberdi, Sarmiento, Echeverría hay un buen ejemplo. Si no incluí un ensayo sobre Echeverría en este libro fue porque ya lo había incluido en uno anterior, El nacimiento de la literatura argentina. En ese ensayo planteo que Echeverría escribió un texto buenísimo, quizás el primer gran texto de nuestra literatura que es, por supuesto, El matadero; y un poema malísimo, La cautiva, que es un horror, pero es importantísimo si lo miramos, no desde el punto de vista de la forma literaria, sino desde cómo influyó en las ideas y en la política, en las instituciones y en nuestra subjetividad. Nuestra imagen del indio sigue siendo todavía muy marcada por esa construcción del bárbaro que luego continúa Sarmiento y después sigue José Hernández que, con respecto al indio, no tiene nada de popular ni revisionista. El único que nos da una imagen un poco más compleja y más amable del indio es Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles.
Y, en cuanto a la dichosa dicotomía ‘civilización y barbarie’, voy a decir algo parecido a lo que dije de la risa. También me parecía interesante ver hasta dónde llega como metáfora productiva esta dicotomía, y cuando se cae. Creo que hoy es algo totalmente perimido, no es funcional, se la sigue invocando, se la sigue tratando de usar como arma… Yo no creo que sea una dicotomía real que recorre la historia argentina. Sí que es una construcción ideológica que recorre la literatura, el pensamiento político argentino, sin duda. Pero, a veces, lo mejor que se puede hacer es simplemente denunciarla como improcedente. Porque si no, como señaló Ricardo Piglia, es tan fuerte la construcción de Sarmiento, está tan bien escrito el Facundo, que uno queda capturado por ella y empieza a ver bárbaros y a los civilizados en todas partes. Con Roberto Arlt, la dicotomía se debilita y desvanece, ya no es relevante para entender la Argentina – por eso, entre otras cosas – es, como señala el mismo Piglia, nuestro primer escritor moderno.
Carlos Gamerro nació en Buenos Aires en 1962 y se ha destacado en la escritura como novelista, ensayista y traductor. Además, ha colaborado como guionista en algunas obras teatrales. Es licenciado en Letras de la Universidad de Buenos Aires, casa de estudios donde fue docente hasta el año 2002. Actualmente dicta numerosos cursos de literatura en español e inglés sobre la obra de Faulkner, Borges, Onetti y Saer. Algunas de sus novelas publicadas son Las Islas, El secreto y las voces, Las aventuras de los bustos de Eva y La jaula de los onas. En dramaturgia publicó El trágico reinado de Eduardo II. Entre sus ensayos podemos mencionar Facundo o Martín Fierro; Ulises. Claves de lectura y Shakespeare en Malvinas. Es un autor multipremiado, que el año pasado recibió el Konex de Platino en la categoría novela.
Estela Pérez Lugones nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1965. Es periodista y escritora. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA y periodismo en el Círculo de la Prensa. Tiene algunos libros publicados en el género infantil y juvenil, además de algunos cuentos para adultos.
Santiago Canzio nació en 2003 en la localidad de Beccar, Buenos Aires. Estudia Ciencias de la Comunicación Social en la UBA.
by Editorial Excentrica | 18 \18\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \18\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Entrevista
Una conversación entre poetas: Lidia Rocha, en su papel de periodista cultural, entrevista a Yanina Audisio. El punto de partida de la conversación es Mordida por las flores, el último libro de Audisio, recientemente publicado por El Desenfreno
por Lidia Rocha
En 2025, Yanina Audisio publicó por El Desenfreno un nuevo libro de poesía con el sugestivo título de Mordida por las flores, que fue presentado por María Malusardi. El pasado 15 de enero entrevistamos, con Gerardo Curiá, a la autora en el programa de radio “Moebius”.
Luego de escuchar el programa, me di cuenta de que me habían quedado ganas de ir por más, junto a Yanina, en la exploración de este estupendo libro de poemas en prosa cuyo tema es el dolor. .
Uno de los recursos de escritura en este libro consiste en personificar o animizar el dolor: “apenas conocidas las crueldades del nacimiento, comenzó a beber de mí”, decís, por ejemplo.
De algún modo, mis escrituras rodean lo innombrable del cuerpo. En este caso, me centro en el dolor físico, esa sensación que se da en mí desde siempre, entre otras omnipresencias. La hipersensibilidad a los estímulos acaba configurando un pesar, un lastre, un impedimento para liberarse de la conciencia constante de estar dentro de una bestia de la naturaleza. “Enemigo cuerpo” digo en un poema del libro Nombradero; territorio de pugna entre lo que se tiene y lo que se desea, lo que se busca y lo que se puede, darle entidad de ser a la molestia constante me concede esa pulseada donde al menos con el lenguaje puedo torcer su permanente victoria.
Otro de los aspectos de ¿confrontación? ¿negociación? con el dolor es su divinización. La frase “El dolor es conmigo” es similar a la religiosa “Dios es conmigo”.
Se juega algo místico en la despersonalización que fuerza el dolor intenso y sostenido por días. Para poder seguir en el mundo y responder a sus demandas, el único modo es disociarse: apuntalar el dolor en el centro del día y pivotear alrededor, menguada. Esto es también un hallazgo, poder poco, pero poder algo, a pesar de portar una mayúscula deficiencia. Un descubrimiento desde las profundidades que conecta con algo sagrado, quizás divino. También una interconexión con todo lo que padece, lo que es torturado o sometido. Un poder desde el declive.
Se juega cierto deslumbramiento. Literal primero, en tanto la luz es uno de los estímulos que se tornan difícilmente tolerables en las crisis de migraña. Luego, figurado: ser minúscula, azotada por el dolor, el mareo, la inestabilidad y, aun así, seguir siendo la que batalla el día con todo y encandilamiento. El dolor físico intenso abre algunos umbrales, inaugurando un territorio de soledad, por lo intransferible de la experiencia (cómo sabrá otro cuánto me duele y qué pierdo con ello). Me unge “esplendorosa y desvalida”, como Silvina Ocampo adjetiva a la patria en uno de sus poemas. Uno de los lugares donde vivo es el dolor.
A medida que avanza” el libro, (1) el dolor va adquiriendo otras propiedades como la animalidad o su carácter de herencia. ¿Son maneras de hacerte amiga? ¿de pensarlo? ¿de darle espesor lírico?: “Este dolor es un armadillo de los que, en el campo donde ella nació, llaman peludo. Comprendo ahora la aspereza de la abuela, su amor a tirones. La alumbro: caparazón en una esquina del comedor, fascinada por los obituarios” o “¿Qué culpa estoy pagando de los que me sucedieron en el camino de la carne?”.
Creo que son maneras de acomodar la experiencia mortificante en relación con seres significativos, existentes o no, más o menos impensables por fuera de esa experiencia. Con el dolor, todo se disloca y es entonces cuando se puede percibir lo irremediable como desconocido y, por tanto, darle la bienvenida.
Otro superpoder el dolor es el dar formato a tu vida o, debería decir, de encauzar la vida de la subjetividad que se expresa en este libro, de su “yo lírico”. Cuando decís “el armadillo condujo mi salida del redil”, ¿el dolor modela su forma de ser fuera de los cánones? ¿se convierte en “escolta”? Y también: “Por su inquietud, por su vicio, he de amar con piedad lo que se repliega, lo que fatiga la esperanza, la expedición por la fronda de las ternuras, los lujos impagables de la inadecuación”.
Dice uno de los poemas: “A la princesa del guisante, uno de esos, diminuto bajo una pila de colchones, le arruinaba el descanso. A mí el roce fugaz, el mínimo desacomodo de los materiales donde me abrigo o apoyo, la aspereza, el viento, la humedad, me perturban, me enferman, me lastiman”.
Estar librada al efecto de los elementos naturales, estar sometida a la reacción excesiva del cuerpo, me ha llevado, entre otras cosas, a un vuelco al lenguaje (leyendo con fruición desde los 6 años y escribiendo como resultado de ese exceso desde los 8), a una visión casi redentora de los demás, a un pesimismo no derrotista, a realizar y escribir ejercicios de revisión, de identificación, de compasión.
El cuerpo en los poemas termina por convertirse en un territorio donde cada parte se señala (como en los mapas) por su vínculo con el dolor. Es como si el dolor fuese un poder imperial que toma territorios y se alimenta de ellos.
Dice uno de los poemas: “En mi cuerpo, clavada como en otros lugares que también son el fin del mundo” y también “voy uncida a ese rey áspero”, “voy uncida a una montura desleal”. Empecé la relación con el mundo ya con esa limitación, y el dolor atenta contra el poder, por lo que toda conquista será sustentada en compensaciones.
La elección del poema en prosa ¿fue deliberada? ¿salió así? ¿por qué la elegiste?
El poema en prosa permite otra respiración, de largo aliento. Este es mi cuarto poemario en prosa, es una forma con la que me siento cómoda. Me habilita a jugar con el anclaje narrativo y los signos de puntuación, alternar la condensación con el desplazamiento, combinar frases largas y cortas, intensificar el sentido por acumulación en un flujo continuo de lenguaje.
Nunca elijo a priori la forma, empiezo a escribir el primer poema de una serie y sale como sale. Los siguientes poemas quedan signados por ese ejercicio fundacional.
Otra inversión interesante es la de los valores luz/oscuridad. Puesto que necesitamos del sol para vivir, la luz es para los humanos metáfora de todas las bendiciones. Pera la voz lírica de “Mordida por las flores” la pone del revés y podés hablar de “las fiestas tiránicas de la luz”.
La fotofobia está presente en mis crisis de migraña. Por eso, “hiere al mirar”, es casi literal, acuchilla, invade, ciega. Cuando aparecen las auras de migraña, puedo llegar a percibir formas y colores que sé que no están ahí, pero funcionan como presencias.
Dice uno de los poemas: “Entre la mañana y yo pasa un pez blanco, pedacito de luz lamida al modo de la piel cuando arde, desgajada cuando nadie ve”.
¿Lograste sorprenderte a vos misma durante la escritura, con esas frases que parecen haber caído desde quién sabe dónde, como “mordida por las flores” o “entre la mañana y yo pasa un pez blanco”?
Sí, es una experiencia que persigo: dar con hallazgos, que aparezca en la espesura del lenguaje una forma inesperada.
Me hablaste del acompañamiento en la escritura por parte de María Magdalena, me gustaría saber cómo fue su encuentro y su relación con un género que podríamos quizás llamar “poesía del cuerpo” o “poesía del dolor”.
María Magdalena me alojó en una oportunidad de escritura que llamó “Escribir la enfermedad”. Habiendo pasado por diferentes experiencias que redundaron en poesía, en ese momento y después de muchos años de sufrir con intensidad físicamente, yo no podía elaborar desde el lenguaje lo que me dejaba anquilosado el cuerpo.
María, a través de reuniones virtuales semanales, fue ayudándome a amplificar la mirada, desde el diálogo, las lecturas de otros autores sobre el cuerpo, la enfermedad y el dolor, y las devoluciones sobre los textos que primero precariamente y luego más suculentamente pude ir generando. Mordida por las flores no existiría si no fuera por ese invaluable acompañamiento de María.
Algunos poemas del libro:
A lA pRIncesA del gUIsAnTe, uno de esos, diminuto bajo una pila de colchones, le arruinaba el descanso. A mí el roce fugaz, el mínimo desacomodo de los materiales donde me abrigo o apoyo, la aspereza, el viento, la humedad, me perturban, me enferman, me lastiman.
Adversa, infructuosa, impar. Corrijo los harapos con un lacito de seda. Me trepo a la anciana que seré y tramo su violencia. Afronto el anegamiento con un puñado de cal. La crueldad del mundo es contra el cuerpo, y aferrarse a los días, como zarpa sobre tules, es lo mismo que aferrarse al dolor. Si me preguntan por la piel, sé dónde se aja, si por la sangre, cómo le cuesta coagular.
Vienen a dormirme con sus gorjeos los pájaros que enjaulé de niña, a poner una semilla bajo mi almohada y torcerme el sueño. Todavía ágil, llega el caballo que me dio el galope: me erige en la princesa que daría sus jaeces por una hora de insensibilidad.
Cuerpo ancla, cascote, anzuelo. Estoy en la vida y llevo como una perla el éxtasis degradado de anticiparlo todo: va a doler.
*
En MI cUeRpo, clAvAdA Como en otros lugares que también son el fin del mundo. Espuma que se disuelve en el acantilado, mácula de alga espesa, lluvia de abajo.
Voy uncida a ese rey áspero. Cae vencido, imperfecto en un océano de criaturas sin fallas: cada pez, cada medusa que no necesita más que materia traslúcida para reinar. ¿Qué sabe de impureza, dificultad, obstrucciones?
En mi cuerpo, desbocada sobre una duna que se desmorona. Voy uncida a una montura desleal: no regresa al origen ni lo desmiente. Ancla, caracola, larga cadena. Lecho del agua, sal de los ojos, ningún asidero.
Nota
(1) Si es que los libros de poesía “avanzan”. La lectura siempre termina por resultar más circular ¿no?
Yanina Audisio (1983). Ha publicado 11 poemarios, entre ellos Hacer el lobo (XXV Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía), Mordida por las flores (Mención especial del Premio Municipal de Literatura Luis José de Tejeda 2024) y Pastizal (2025), así como el libro de cuentos Rancho aparte. Tradujo Pájaros de oscuras vocales. Poesía temprana de Dylan Thomas.
Lidia Rocha es profesora de lengua y literatura. Publicó los libros de poesía Aves migratorias (2006), Roma (2010), Así la vida de nuestra primavera (2015), Soltar la casa (2020) y Hechicerías (2024)
by Editorial Excentrica | 11 \11\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \11\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
La académica patagónica Rayén Pozzi nos acerca una breve reseña, acompañada de una selección de textos, del último libro del poeta Tomás Watkins, publicado recientemente por El Suri Porfiado
por Rayén Pozzi
Nueva Mitología (El Suri Porfiado, 2025) es una reedición ampliada del poemario Mitología de Tomás Watkins, publicado en Neuquén en 2012 por EDUCO, la editorial de la Universidad Nacional del Comahue. Doblando su volumen inicial, el poeta nos invita nuevamente al ritual de la forja de mitos a través de la palabra poética. Con versos de precisión milimétrica, cada poema se arremolina en torno a dos o tres aristas que abren los sentidos de cada mito, revelando una imagen inédita o revisitada de personas, personajes, territorios que integran un amplio acervo cultural. La palabra poética aquí interpela, revitaliza y revaloriza elementos antiguos, modernos o contemporáneos en este labrado de mitos intemporales que trazan los perfiles de la singular poética de Watkins. La articulación de múltiples voces, el erotismo, el humor, la crudeza, la ternura constituyen rasgos sobresalientes de esta apuesta, hábilmente inscripta en nuestro presente histórico para combatir el olvido y la indiferencia.
La heterogeneidad de estos poemas, moldeados en un inconfundible estilo, no sólo permite vislumbrar al poeta como un coleccionista, sino también invita a quienes leen a fundar una propia colección de mitos. “Somos / materia rebelde // Carne / de mitos futuros” augura Watkins en el poema “Epitafio”, abriendo la puerta a una nueva mitología que, en la eterna busca del sentido, continúe nutriendo el campo de la poesía.
Avaaz
La historia
reciente
es reescrita en sutil
explotación
Negocios
distracción
impuestos a la guerra
al confort
Químicos para todo
Por fortuna
un grupo insumiso
trama (im)posibles
Pasa la voz
una canción
busca sanar
Pasa la voz
Quijote
El juicio prepara el concepto
yo
me aferro a mi lanza
y jalo las bridas del viento
Mi cabello se funde en las crines
de lo que es
hacia lo incierto y el futuro
Represento la voluntad del hierro
soy héroe por amor y por olvido
Macky
Loca de Lispector (1)
de la ficción
del amor
Macky
De la clase de luz
que no se extingue
Tu cuerpo
Llyfr Coch Hergest
Páginas rojas y ancianas
hablan del furor de la gesta
Páginas rojas y ancianas
escritas con tinta de espadas
Todo pasado es vértigo
para el apetito del sentido
La historia recoge las migas
del banquete celestial
Los dioses verdaderos
siguen vivos en el viento
Walküre
Ánima amarilla
vuelve a elegirme
mil veces deseo morir
por tu mano
Guíame
al dolor y al placer
al banquete con los dioses
a tu alcoba
Ya no temo
La batalla está perdida
Benigar
Canto hechicero
agua en ascenso
Las ranas crepitan
la luna es la misma
Diosa del primer instante
El extranjero
contempla azorado
Escribe (ama)
salva el silencio
Egipto
Encanto muerto en la arena
el Regalo del Nilo (2)
A la vera de los cocodrilos
las piedras se juntaron
para fundar belleza
con la piel de los esclavos
Prometeo
Has vertido el progreso como el oro
con violenta precisión sobre los hombres
Tu sacrificio amplía el tiempo
y debemos venerar tu nombre oscuro
tus cadenas y tu costado flagelado
XV
Llegaste a tierras mágicas
otra piel aguardaba en las orillas
fascinación es la moneda
lo extraño
avistado en la memoria
Tu fuerza fue la del segundo fuego
escupido por las bocas del progreso
Sekhmet
Terrible fortuna
la cosecha
Leonas y claros de luna
en crueles caminos
desiertos de sangre
Porque
de noche
he sembrado tempestades
Escaldo
Soy quien narra
protagonista y testigo
Vivo si escribo
con pluma o con hacha
Mira cómo blando
el metal del aire
Mira cómo despido hermanos
Cantando
Gilgamesh
Busca en la historia futura
la clave de su lápida
De noche invoca el olvido
Una forma de esperar
sin esperanza
Notas
(1) Durante una entrevista realiza por Tomás Watkins para su proyecto Almacén literario, Macky Corbalán se definió de esa manera.
(2) Definición atribuida a Heródoto.
Tomas Watkins nació en Neuquén. Integró el grupo de poetas “Celebridades” con el que recorrió la Patagonia y el sur de Chile presentando su espectáculo de poesía, música y humor. En coproducción con Radio y Televisión del Neuquén, dirige el proyecto “Almacén literario”, registro audiovisual de escritoras y escritores del Neuquén, por el que obtuvo tres becas del Fondo Nacional de las Artes (2011, 2014, 2021). Es artífice de la creación del Centro Editor, editorial del Consejo Provincial de Educación del Neuquén (2017). Sus últimos libros de poemas publicados son Árboles (2020), Tordos (2021) y Mirage (2021). Su poesía fue incluida en antologías nacionales y extranjeras. Poemas de Nueva Mitología obtuvieron el primer premio de poesía por la Universidad Nacional del Comahue.
Rayén Daiana Pozzi (Río Negro, 1985) es Profesora en Letras (UNCo), Especialista en Literatura hispanoamericana de siglo XX (UNCo) y Doctora en Letras (UNS). Se desempeña actualmente como docente en la cátedra de Literatura argentina (FaHu, UNCo)