by Editorial Excentrica | 29 \29\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \29\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Ensayo
Una lectura de La Odisea, de Christopher Nolan
por Leandro González de León
Homero lo llamó polýtropos, el de muchas vueltas. Sin la astucia que lo hizo un personaje legendario, el Odiseo de Nolan emprende el mismo viaje, enfrenta los mismos monstruos, vuelve a la misma casa. Pero lo mueve otra fuerza: la culpa.
El anciano Laertes está cavando alrededor de un arbusto. Lleva guantes y un gorro de piel. Se lo ve débil y triste. Eligió vivir en el huerto, alejado del palacio del que alguna vez fue rey y del que también fue rey su hijo desaparecido. Detrás suyo, debajo de un peral, lo observa Odiseo, llorando emocionado. Siente deseos de abrazarlo y contarle que sobrevivió, que ha regresado, que venció a los pretendientes, que vuelve a reinar en Ítaca.
Sin embargo, Odiseo decide mentirle. Compone un personaje, se inventa un pasado con muchos detalles. Como una broma cruel, como una prueba ante la posible reacción del padre, o como una última demostración de su famosa astucia. Solo cuando Laertes rompe en llanto, Odiseo se revela y lo abraza. Lo consuela por un sufrimiento de veinte años, pero también por el dolor que le acaba de infligir con su historia falsa.
El último canto de la Odisea de Homero representa al héroe apelando a la mētis, la astucia, cuando ya no la necesita para sobrevivir. Odiseo es el polýtropos, el versátil, el de muchas maneras, el de muchas vueltas. En la historia del regreso, la mētis —no la valentía, no la fuerza— es su habilidad principal, lo que le permite sortear los obstáculos y vencer a sus enemigos. Pero en el canto XXIV, la astucia es gratuita. No corre ningún peligro. Odiseo, simplemente, es así.
La Odisea de Christopher Nolan destaca en muchos sentidos, en tanto aceptemos que tiene otro protagonista. La escena del canto XXIV no podría formar parte de la película. El Odiseo de Matt Damon no tiene como motor su ingenio, su pasión erótica, su deseo de venganza o su amor por la patria. El sentimiento que lo empuja es la culpa. Y para que la culpa sea posible, Nolan necesita instalar a su héroe en un mundo que Homero no conoció.
Su Grecia no es la tierra áspera de reyes pastores y dioses caprichosos, ni la aldea primitiva donde Pasolini situó a Edipo rey. Es la civilización, en el sentido que la palabra adquirió recién con la Ilustración; un orden de altos valores, donde los tiempos homéricos se funden con la democracia ateniense que llegaría siglos después. Una sociedad que se mira a sí misma como la cima del mundo y que, en Troya, traiciona aquello que decía ser.
En ese mundo, Odiseo regresa como un veterano de guerra. Es una figura que no existía para los griegos y que el siglo XX se volvió inconfundible; el hombre que vuelve de Vietnam, de Irak, de Malvinas, y descubre que la guerra sigue por otros medios. La ira de Poseidón, que en el poema persigue al héroe por mar, cede su lugar a una persecución interior. Lo que acosa a este Odiseo es el recuerdo, el estrés postraumático, el rostro de una víctima inocente que reaparece en su visión de Atenea.
En la película, el Caballo de Troya es a la vez una proeza del ingenio y una profanación. Es una ofrenda falsa a Atenea, el triunfo de un ejército que, para ganar, decide burlar su propia tradición, su propio credo, las “leyes de Zeus”. Odiseo, que lo concibió, carga con el fin de la guerra y con todo lo que vino después. A través de esa antigua ley, la película se interna en preguntas que son nuestras, como la destrucción masiva como promesa fallida de un fin a todas las guerras, el respeto de los derechos humanos como debilidad frente a un adversario sin piedad.
Nolan las mira desde un lugar preciso, el del poder, el del hombre que debe decidir si presiona el botón. Su Odiseo habla inglés, y no solo por cuestiones de producción. Su dilema es deudor de la tradición anglosajona, historias de hombres solos en la cima del mundo, bien o mal llamado civilizado. Es pariente de Oppenheimer, o del Ozymandias de Alan Moore, figuras que cargan con la responsabilidad de decidir por todos.
Durante el viaje, la astucia de Odiseo parece secundaria. Sus decisiones no nacen de la creatividad o la improvisación. En el Hades, el adivino Tiresias le revela lo que vendrá. Su tripulación, hombres simples, le reclama una y otra vez sin comprender que a veces solo se puede elegir entre dos males. Como un jefe de Estado rodeado de asesores, racional, pragmático, Odiseo escucha a todos pero decide solo.
El Odiseo de Matt Damon no tiene muchos rostros ni muchas maneras, y la elección del actor es elocuente. En el cine de estos años, Damon no encarna la ambigüedad moral de un Robert Downey Jr., que construyó una galería de personajes brillantes, burlones y cínicos como Tony Stark. Damon está más cerca del rival de Stark, Steve Rogers, el héroe recto, hiperresponsable, arrojado a un mundo complejo donde su moral ya no alcanza.
La mētis está fuera de campo. Nolan elige no mostrar el momento en que Odiseo imagina el caballo y lo propone. Cuando se disfraza de mendigo, lo hace sin histrionismo, casi sin actuar. Compacto, austero, este Odiseo contemporáneo avanza con firmeza y con dolor.
Nolan ha hecho del realismo una marca de prestigio, la señal de que un mito, un superhéroe o un viaje en el tiempo recibirán un tratamiento adulto. Ya lo hizo con Batman. Después de la experiencia camp de Joel Schumacher, en la tradición de Batman 66, Nolan vino a poner orden, a reducir la paleta de colores y ofrecer explicaciones. A juzgar por los resultados, no es algo que podamos reprocharle.
El problema (mi problema) con el realismo es su pretensión de evidencia. La dificultad de criticarlo o vislumbrar alternativas. El efecto de que el autor simplemente arregló las cosas, las llevó a una forma definitiva. Hollywood no sería tan influyente si no tuviera esa capacidad.
Así como el Batman de Nolan se erige contra el Batman del 66, esta Odisea parece la contracara del Ulises de Mario Camerini. En la producción italiana de 1954, Kirk Douglas lucha contra monstruos y hechiceras en paisajes de furioso technicolor. Douglas, que supo componer héroes y villanos, tenía dotes de comediante y habilidades de luchador. La película, aunque desprolija y pueril, conserva al personaje clásico que una y otra vez logra salirse con la suya.
El cine de Nolan se construyó sobre la premisa inversa. Explicar lo inexplicable, despojar al mito de sus maravillas, es la manera de demostrar que la historia merece ser tomada en serio. Gus Casals llamó Bat-shame al gesto de Nolan en la trilogía de Batman, una suerte de pudor ante lo fantástico. Incorpora a un inocuo asistente de Bruce Wayne en su empresa porque el mayordomo no podría ocuparse de todo; ofrece explicaciones para los conocimientos que tiene o la tecnología que usa; convierte el maquillaje del Joker en “pintura de guerra”. En su Odisea, el procedimiento alcanza a los dioses. Atenea ya no desciende del Olimpo para disfrazarse de pastor o de mentor, sino que habita el fuero interno del héroe, como una conciencia que no lo deja en paz.
Noël Burch llamó “modo de representación institucional” al código que el cine clásico convirtió en norma, una trama de causas y consecuencias que el espectador aprendió a leer como si fuera la realidad misma. Una de sus reglas más firmes es que el personaje se explica por su pasado. Lo asedia un recuerdo, lo define una herida, su presente es el síntoma de algo que ocurrió antes. Es una versión popular del psicoanálisis que el siglo XX volvió gramática narrativa. La culpa de Odiseo es exactamente lo que esa gramática necesita, un secreto que empuja la historia hacia adelante y que el espectador puede descifrar.
Hay, desde ya, otros caminos para volver realista un mito. En la introducción a Los mitos griegos, Robert Graves expresa su desconfianza hacia quienes buscaban en los dioses griegos arquetipos del inconsciente; pensaba que una ciencia del mito debía empezar por la arqueología, la historia y la religión comparada, no por el consultorio. Los dioses no habían existido, pero sus historias guardaban la memoria de sociedades concretas. Sostenía por ejemplo que la ambrosía podía haber sido un hongo ritual reservado a sacerdotes y reyes y que muchas de las historias míticas eran meras alucinaciones. Graves mismo consumió esos hongos para comprobar su teoría.
En Edipo rey, Pasolini también descarta a los dioses. Sus adivinos, profetas, la Esfinge, no son seres sobrenaturales sino marginados sociales: locos, parias, gente que vive fuera de la ciudad, ajena a las estructuras de poder, con la imprudencia suficiente para decir la verdad.
El realismo “psicológico” acerca: convierte al héroe antiguo en alguien como nosotros, con nuestros fantasmas y nuestras preguntas. El realismo “antropológico” distancia: nos recuerda que aquellos hombres no pensaban ni sentían como nosotros. Uno busca identificación; el otro, extrañamiento.
El extrañamiento, el contacto con la alteridad, es, por otra parte, central en el poema homérico. Odiseo se pierde en todo el sentido de la palabra. Conoce paisajes y seres fantásticos, convive con distintas mujeres, compone personajes, pierde sus tesoros y obtiene otros. El regreso a Ítaca es, entonces, una lucha contra la tentación de no volver, de quedarse en otra isla, con otra mujer, bajo otro nombre. Es tanto la desgracia como el goce de haberse perdido. Odiseo vuelve a casa, pero no deja de inventarse. Por eso, al final del poema, frente a su padre, todavía encuentra un motivo para ser otro.
Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.
by Editorial Excentrica | 27 \27\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \27\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Poemas de Noelia Rivero, de su último libro, publicado por la editorial cordobesa Potencia Editora.
Tampoco deberías matar a un grillo
Me entregan un bebé hermoso, satinado, envuelto en lino. Pero ¿dónde está el otro? ¿Y qué pasó con la incauta rama que brotó hacia el jardinero, con ese bicho que el niño creyó enorme y feo?
Inclinados por la sed
ante un mismo reflejo,
¿qué distinguíamos?
Muchos animales mueren apenas pierden la libertad. Unos cuantos enloquecen. Algunos aguardan el nuevo giro de la Fortuna, tanto vieran su mechón como su calva, para devorarla.
Otros contemplarán la constante fuga que dibuja el sol al atardecer y se aliviarán la noche de tardo sueño con el vibrar compañero del grillo, que aún persiste.
Muerde la mano que da de comer porque esa mano es la mano del amo
Dice no. Y acompaña su golpe con un ruego, suave y repetido. Los vuelve familiares: hermanos del mismo padre. Su cuerpo de pie cierra el paso y se adueña de la proyección de la sombra. Después, un monótono silabear y algunos engaños, algunas preferencias que le enseña. El erizado manto dorado cede, el olfato se cansa de medir la distancia. Ya es de noche y el campo abierto no existe.
Me acuesto. Me acuesto en su casa. Siento la contracción de mi lengua en el paladar. Mi gusto. No duermo.
Su mano acaricia una espina dorsal de gran memoria. Se sosiega.
Duermo después de subrayar un motivo: violencia ejecuta dulzura, dulzura ejecuta violencia.
Puentes
Caminé detrás de una mariposa en el puente hasta creer que me deslizaba en el aire que dejaba alargado. Pensé que también podía aletear con la vista y la nariz: olvidé el primer escalón y casi caigo.
Encontré un cabito de manzana ennegrecido de hormigas que se hundían en su jugo todas juntas.
Soñé con una araña dorada, mecánica. Le sostenía una pata que se desprendía y luego le crecía otra.
Tres días después encontré una araña panzona detrás del canasto de la ropa sucia.
La maté por mi propia naturaleza humana. ¿Para qué bajó?
Esa noche, la sirena de los bomberos me desveló. Tuve el miedo que se enrosca y se suelta como una serpentina igual que ese canto maquinal.
El gato se deslizó entre las sábanas y selló mi pecho.
Soñé con orquídeas en primerísimos planos. Sobre mi boca, mi cuello, mi plexo solar.
Algo parecido al placer brota más allá de mi cabeza.
Enero y fiebre
Me zambullo en la brujería de Calveyra. Cómo habrán sido los poemas cantados con una lira, entre hombres desnudos, dormidos de alcohol guardado en tinajas.
Días de tarareos.
Criseida escancia el vino. No habla en el poema. Canta su canción de esclava. Canta cuando lava los días repetidos sobre ese fondo de gritos.
Me gustaría escribir un tarareo para que se combinen materias, no ideas.
Para crear una entidad que purifique.
Noelia Rivero (Ciudad de Buenos Aires, 1979). Profesora y licenciada en Letras; editora y jardinera aficionada. Publicó los libros de poesía Espesa (Potencia editora, 2026), Largo tiempo para charlar (La ballesta magnífica, 2022), Tres nubes peregrinas (Litoral Dark, 2022), ¿Cuánto durará la casa de los gatos? (Maravilla editorial, 2021), Yelmo (El ojo del mármol, 2016), Fiesta en un patio de Temperley (Zorra/Poesía, 2009) y Más claro todo (Zorra/Poesía, 2007). Sus poemas y otros textos fueron compilados en varias antologías. Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes 2021 y 2022.
by Editorial Excentrica | 25 \25\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \25\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Poemas de Valeria Sardi, de su libro editado en Charco editora.
¿Qué recuerdos tengo del agua?
excavar en la memoria para encontrar esa
imagen perdida
agua en la panza de mi madre
foto borrada
escribir un diario del agua
para decir lo no dicho
para registrar el cuerpo en movimiento
para salir de la silla
escribir un diario del agua
para decir lo que siento
lo que recuerdo
lo que invento
lo que imagino
lo que sé por mí y por otras
escribir un diario del agua
para hablar de la vergüenza
de la vergüenza del cuerpo
de los cuerpos en el agua
cuerpos desvestidos en el vestuario
desnudos
cuerpos cubiertos apenas por el tejido elástico
de una malla
piel más piel
vergüenzas que nos marcan
que nos dejan huellas
que traen ecos de voces de otros otras
lo que se puede y lo que no
lo que se debe y lo que no
lo que es estético y lo que no
cuerpos en el agua que traen preguntas
¿cómo será nadar con otro cuerpo?
¿con una sola pierna? ¿sin brazos?
¿ciega?
¿con cien kilos en lugar de cincuenta y cuatro?
¿con un cuerpo viejo? ¿débil? ¿fuerte?
¿nadar como nadadora olímpica?
¿nadar embarazada?
nunca aprendí a nadar dijo ella
nunca aprendí a nadar digo yo
nunca aprendí a nadar dijeron ellas
soy pobre dijo ella
nunca pude ir a una pileta
soy gorda dijo ella
no puedo nadar
soy vieja dijo ella
nunca me enseñaron a nadar
nado
nado sabiendo que hubo otras
antes que yo
ancestras del agua
todavía desconocidas
by Editorial Excentrica | 24 \24\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \24\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Poemas de Marinés Scelta, primer premio 2026 del Fondo Nacional de las Artes
Persistencia
Tené misericordia de mi hambre
dijo el águila abrió el cielo tajó cuchillo
tantos años acurrucado a la oquedad del abandono
era un brujo a la espera del fuego el ciclo de la vida
siguiendo el capricho su propio curso
cuando la luz se adhiere sobre el marco de la montaña
se desliza cántaro moldeado por los embates
del agua y el tiempo
una mariposa forcejea de frente la corriente
avanza con lo que hay de falible en una respuesta
y sabe
sólo decanta hacia la noche como en una gran tolva
lo que está dispuesto a la forma de las estrellas.
*
Cuatro edades
La precisión de una daga corta en dos el universo
palomita ha quedado del lado del frío
el destino toca con aceite sus alas para que ya no pueda volar
atrapa sus sueños una tela de araña
allá la carrera de los guanacos como única frontera
solloza el verano en las estrellas que solo ojos como esos
pueden ver
hay una insistencia en la boca abierta del descanso
oraciones que los susurros de la abuela
tejen en su olor de incienso.
*
Todo lo que toca
La tenacidad el cardón frente a la sequía
la marca desgastada en la piedra
una niña ha guardado dos monedas
en los bolsillos
y todavía no es fortuna su final
ahora la voz enferma se oye memoria
como la profundidad en unos ojos
un cielo ese paisaje dentro
el relámpago sobre el horizonte
que ha sido domado
todo lo que toca el dolor se transforma
muere como sol sobre el atardecer del mundo
pero la ternura amontona sin pausa la hojarasca
para que el puma de la tristeza afile sus uñas
sobre el recuerdo
su mano de polilla sobre los hombros
acaricia el pelaje ese animal
el consuelo a la abuela
que ha raspado el ala contra un ruego
la semilla que a veces cae accidente
y es el verdadero árbol.
*
Siku: Se dice que la nota musical obtenida estará en relación con la longitud de la columna de aire y con el diámetro interno del tubo que el viento puede soplar. Cada ataque es acentuado por medio de un chasquido de la lengua (como si repitiera el fonema «ta» o «cha»). Si se hace silencio en lo alto de la montaña puede escucharse todavía su llamado.
*
Luna: Mama Quilla marca la época en la que ha de cosecharse, la altura de las aguas. Cuando desaparece del cielo los hombres hacen ruido para ahuyentar a los pumas o las serpientes, cualquiera podría estar masticando su corteza.
Dentro crece un río según dicta su capricho para dos niñas que caminan lastimando sus pies. Solo una sabe cómo sangra cada mes, solo una sabe el destino de tan largo camino
y levanta la mirada al cielo.
Marinés Scelta nació en Mendoza, Argentina, en 1984. Es profesora de Lengua y Literatura y tallerista. Forma parte del colectivo literario y feminista “Write like a girl”, cuyo objetivo es investigar y difundir la literatura hecha por mujeres y disidencias, y la creación colectiva. Publicó Saber lo que se pierde (Peces de Ciudad, Buenos Aires, 2016), Otros territorios posibles (elandamio ediciones, San Juan, Argentina, 2021), Así ha de ser la ausencia (El ángel editor, Quito, 2023 y Almadegoma ediciones, Jujuy, 2026) y El oficio equivocado (Falta Envido ediciones, Tucumán, 2024). Organiza el Encuentro de Poetas Cuyo-Pampa. Participa, además, en el programa radial Restos Diurnos (que se transmite por Radio UTN Córdoba, Argentina) con la columna “Los ritos”, sobre poesía contemporánea.
by Editorial Excentrica | 21 \21\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \21\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Narrativa
Capítulo de la novela de Laura Efrón, publicada por Caburé Libros.
7UP
Hace mucho calor. Tengo toda la bombacha transpirada y se me mete en la cola. Y la remera y el pantalón se me pegan al cuerpo, como cuando el papel del Torpedo de frutilla está todo pegado y no lo puedo sacar. Y encima de eso tengo el guardapolvo y todo me molesta mucho más. Pero tiene muchos botones y ojales y sacármelo en la calle es peor. Y quiero llegar a casa súper rápido.
El flequillo también está todo pegado a la frente y me caen gotitas de transpiración por todos lados y el cuerpo me pica un montón. El soquete izquierdo se me enrolló y está casi todo metido debajo del pie. Es como ir pisando una montañita todo el tiempo. La mochila del colegio está re pesada y me lastima los hombros, pero sé que Marta no me la quiere llevar porque siempre dice que los chicos tenemos que hacernos cargo de nuestras cosas así que ni se lo pido. Y además hay un sol re fuerte que me hace cerrar los ojos todo el tiempo entonces no veo bien dónde piso.
Así tengo que caminar las siete cuadras de la escuela hasta casa, con Marta que me lleva un poco de la mano y otro poco no, porque entre nuestras manos se forma un charquito de transpiración. Hoy no me dice nada, ni me pregunta cómo me fue en el cole, con quién jugué ni qué aprendí ni me cuenta qué vamos a comer a la noche, nada de eso. Está rara Marta. No sé qué le pasa. No me importa. Solo quiero llegar a casa, sacarme las zapatillas, revolear los soquetes y pisar el piso frío y brilloso de la cocina, porque cuando hago eso el frío me sube hasta la cabeza y me hace un poco cosquillas en el cerebro y se siente lindo. También me quiero sacar las hebillas que me tiran el pelo hacia atrás y me hacen doler.
Mientras caminamos le digo a Marta que apenas lleguemos voy a abrir la heladera para servirme un vaso grande de 7up. Me encanta ver cómo las burbujas suben y se vuelven locas cuando pongo los hielos y hacen ruidos como que se rompe algo. Y voy a meter el dedo y hacerlos girar mil veces para formar un remolino así el gas no me raspa la garganta. Y después me voy a chupar el dedo congelado. Pero Marta me dice que eso no es merendar y que mejor me prepara un Nesquik con unas bocas de dama. Le digo que no, que yo hoy quiero esa 7up bien fría, nada más. Ni anillitos de chocolate ni tampoco Coca con Melba, mi combinación preferida, solo una 7up bien fría. Hace mucho calor para otra cosa.
Después voy a prender la tele para ver Odisea Burbujas sobre la cama de mamá y papá, con las piernas y los brazos bien abiertos para que se me vaya todo el calor del cuerpo.
Pero cuando llego a casa al final no puedo hacer nada de eso. Subimos al ascensor y Marta pone cara de buena y de seria al mismo tiempo y me dice que hoy mamá y papá están en casa, que no fueron a trabajar y que tienen que decirme algo. Me asusto. Mamá y papá nunca están en casa a esta hora. Con fuerza pongo mi dedo en el botón rojo con la P de PARAR y hago que el ascensor se frene. La miro a Marta con mi cara de muy enojada y ella me mira, pero no me mira enojada como para retarme por frenar el ascensor; me mira con los ojos tristes que pone cuando extraña a su hija que vive en otro país. Me dice ay mi guagüita linda casi en voz baja y después hace como que va a decir algo más pero no dice nada, entonces se queda así, en silencio y con su cara triste de que está a punto de llorar.
Me hago una bolita con la mochila todavía puesta y me meto en un rincón del ascensor, como cuando era chiquita y estaba en jardín de infantes. Pasa un rato, pero Marta no me dice ni hace nada, hasta que un vecino empieza a llamar el ascensor golpeando la puerta y ahí Marta me dice que me levante, me mira, me abraza y aprieta el botón verde para que el ascensor empiece a funcionar otra vez y suba.
Cuando llegamos a casa, Marta abre la puerta casi sin hacer ruido y me señala con la cabeza que vaya al cuarto de mamá y papá. Voy despacio, abro la puerta un poco y los veo en la cama, pero no están durmiendo. Están sentados y con ropa de ir a trabajar. Tienen la cara triste, más que la de Marta. Y papá tiene los ojos chiquitos y mojados.
Mamá hace una sonrisa chiquita, medio de mentira, y me dice que me acerque, que me quiere decir algo. Ahora papá mira para otro lado. Me siento en el borde de la cama y mamá me agarra las dos manos y las mete dentro de las suyas. Despacio, como si no quisiera hablar, me dice que pasó algo muy triste pero que así es la vida, y que es que el corazón de la abuela Ana estaba muy muy cansado y un poco viejito y que por eso hoy a la mañana dejó de funcionar. Y que eso significa que la abuela Ana se murió.
Le digo que no, que no, que no puede ser, que si el domingo fuimos a su casa y ella estaba bien y me voy corriendo a mi cuarto. Cierro la puerta y me pongo atrás. Otra vez me hago bolita y ahora me pongo a llorar. Pienso en la abuela Ana. En el plato lleno de criollitas con manteca y azúcar que siempre me da cuando voy a su casa. En la crema pastelera rica y toda amarilla y que hace que su cocina siempre huela bien. En la lata de amarettis que me deja sacar de la vitrina y abrir después de que todos terminamos de comer. En el libro de la hormiguita viajera que me lee cuando me quedo a dormir en su casa. En la canción de la Pájara Pinta sentada sobre el verde limón que me canta cuando me levanto. Pienso que tiene los ojos más celeste agua del mundo, como si fueran un mar, y pienso que ya no los voy a ver más.
Laura Efrón (Buenos Aires, 1975) es una escritora, periodista y comunicadora argentina. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y periodismo en TEA. Es codirectora, junto con Sol Peralta, de Estudio REC, dedicado a la redacción, edición y corrección de contenidos para instituciones y empresas. Desarrolla Tinta y Raíces, un proyecto orientado a la realización de biografías personalizadas y a la recuperación de historias personales y familiares.
by Editorial Excentrica | 16 \16\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \16\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Narrativa
Fragmento de la novela de Pablo Torres, editada por Corregidor
“Creo que soy nieto de desaparecidos” confesó Ciriaco Pizzutti. No comprendí inmediatamente lo que escuchaba. Él lo percibió, se apuró a aclarar: “creo que mi viejo es hijo de desaparecidos”.
Me percaté que estaba ante una historia digna de ser escuchada e incluso, quizás, también de ser escrita. Había llegado hasta su casa para entrevistarlo para mi streaming, pero esa afirmación inesperada cambió de raíz mis planes.
Un hombre de 27 años duda de su identidad. Y de la de su padre, que casi llega a los 50.
Traté de imaginar la conmoción interna de ambos.
El temblor bajo la piel.
Los Pizzutti, padre e hijo, sentirían resquebrajarse sus más íntimas seguridades. Ciriaco no solo acababa de decirme que supone que su padre no es hijo biológico de su abuelo, también que es víctima de una dictadura militar que terminó hace más de cuarenta años.
Aquellos sangrientos dictadores salieron de la Casa Rosada hace más de medio siglo. Pero Ciriaco Pizzutti, en pleno 2025, cree ser una nueva víctima de esos generales.
Había llegado un par de horas antes a su casa, ubicada en lo que el cliché de los periodistas denomina “el barrio porteño de Montserrat”. Encontré a Ciriaco tan parco como de costumbre. Abrió la puerta de calle, vestido de pantalón corto Nike rojo y remera amarilla con el rostro de un chimpancé totalmente en negro en su pecho. Dijo “Chino” como único saludo, mientras abría la puerta de par en par. Lo seguí a través de un pasillo de unos cinco metros de largo, vestido con un mural pintado por Estefanía, su pareja. Nos sentamos en el patio, en unas sillas de madera clara, que rodeaban una mesa de plástico blanco. Sobre la mesa descansaba un libro de Kierkegaard y un parlante que manejaba desde su IPhone. Sobre una de las sillas, una guitarra acústica.
La intención era entrevistarlo para mi podcast “Ácido Rock” pero la parquedad en la que lo encontré anunciaba que sería un intento frustrado.
Di la tarde por perdida. Me equivoqué, de más está decirlo.
Ciriaco es el guitarrista de la banda rockera León Trotsky y la Gillette. Odia el trabajo de difusión, como casi todos los músicos, pero en éstos tiempos que más remedio hay. Ya sabía eso, también que detesta todo tipo de reportajes. No lo conocía demasiado, lo había entrevistado en otras cuatro ocasiones en las que era evidente su incomodidad, pero estaba claro que no era conmigo el malestar. No se esforzaba en ocultarlo. Cuando la grabación terminaba, en off the record, la relación fluía naturalmente, hasta podría decir que nos caíamos bien.
Aquella tarde, calurosa para mi gusto, sentados en el patio de su casa, cebó mate en una calabaza fileteada, con cintas de color amarillo, rojo y verde bellamente entrelazadas. Venía preparado para esperar el momento adecuado en que se dispusiera a hablar. No lo interrogué, ni intenté grabar la charla. Me abandoné a lo que sucediese. Tenía la tarde exclusivamente para esa nota.
Devolví el mate. Dijo “escuchá”.
Dijo escuchá y en el diminuto parlante sonaron los acordes de una canción folklórica. Poco acostumbrado a ese estilo, no pude reconocer la música hasta que se escuchó la voz del cantor.
Yupanqui.
Cebó otro mate. “Me lo regaló Páez, el fileteador” explicó. Es bonito, le contesté, ahorrando palabras para permitir que se escuche la canción.
Atahualpa Yupanqui cantaba los versos del Payador Perseguido.
En pocos días la León Trotsky y la Gillette presentará su nuevo disco. Por eso la entrevista, pero no, escuchábamos folklore en el patio, sin que yo lograra generar el hecho periodístico.
La León Trotsky es una buena banda de rock. Músicos talentosos, letras entradoras. Una de las bandas en crecimiento del mundillo rockero. La escuché por primera vez en el Cosquín Rock 2019, un año antes de la pandemia. No llamó mi atención, salvo por su nombre: la unión de un revolucionario ruso y una fábrica yanqui de maquinitas de afeitar era llamativa.
El negocio del rock crea bandas que luego descarta con facilidad. Aquel día lo pensé así, pero ahora la León Trotsky estaba consolidada, a punto de presentar su segundo disco.
Salvo algún comentario sobre la música que escuchábamos Ciriaco no emitía sonido. De Yupanqui pasó a Larralde, de este a Guitarra Negra de Zitarrosa y, nuevamente, al Payador Perseguido.
“Escuchá” repitió Ciriaco, a quien casi todo el mundo llama Ciri:
“La sangre tiene razones / que hacen engordar las venas. Pena sobre pena y pena / hacen que uno pegue el grito. La arena es un puñadito / pero hay montañas de arena…”
Estefanía irrumpió bulliciosa como siempre. Saludó, extrovertida, ruidosa, abortó la intención de Ciri de escuchar música.
Estefanía es artista plástica, se dedica al muralismo. De jeans y remera gris, es la contracara de su compañero: abierta, charlatana, dueña de una sonrisa inolvidable que siempre aflora precozmente.
Estefanía se enoja si la llaman Estefanía. Es Tefy.
Un incordio cuando la entrevista estaba en marcha, pero aquella tarde, con Ciri en parquedad extrema, sus intromisiones ayudaron. Intercambié unas palabras de cortesía con ella, le pregunté por los murales de Ron, que cubrían grandes paredes en distintas ciudades del planeta. También a ella le gustaban los trabajos de Ron Muralist, incluso habían ido con Ciri a Miramar, exclusivamente para ver el mural del tanque de agua de esa ciudad.
Finalizado el tema murales, sin mayores preámbulos, avanzó sobre su compañero:
–¿Le contaste? Contale –ordenó, y se escabulló dentro de la vivienda.
–Está embarazada –comenzó a decir Ciriaco, pero ella gritó desde la cocina:
–¡Eso no! Lo otro, no te hagas el boludo.
Ciriaco intentaba ordenar sus pensamientos, dio un par de vueltas discursivas, Tefy pasó a su lado, camino a su taller, que ocupa el fondo del terreno. Alcancé a ver su mueca. Sus labios decían, sin emitir sonido: “contale”. Ciriaco pidió un off the record antes de desembuchar. El rockero introvertido quedó a merced del ventarrón de la verdad.
“Creo que soy nieto de desaparecidos”, dijo.
Lo sentí desnudo. El rockero, desnudo, no cree ser quien le dijeron que era.
Dijo Ciriaco Pizzutti, nacido en el año 1998, que tal vez no sea Pizzutti. Dijo que tal vez sus abuelos no fueron los que llamó abuelos durante toda su infancia. Dijo que su padre nunca sospechó, pero él sí… él sospechaba. Dijo que podría ser víctima de una dictadura que terminó quince años antes de su nacimiento.
Dijo todo eso, con solo una frase. Y nada más.
Quedó en silencio, expuesto. Justo lo que siempre detestó, quedar expuesto, sin su coraza defensiva.
Tardé en reaccionar.
Cuando asimilé lo escuchado, olvidé toda pretensión de entrevistarlo sobre el nuevo disco. No intenté que dijera más que lo dicho.
Era suficiente.
Después, con Tefy, lo ayudamos a que investigara sus presunciones. De allí nació esta crónica, que publiqué por partes en mi blog “Hel-echo Maldito”. Redacté cada capítulo al regresar a mi casa, en tiempo presente, a medida que ocurrían los hechos. Decidí dejarlas así para este libro.
Aquí está la historia de un nieto que busca a sus abuelos.
Que busca la verdad. Que no sabe, pero sospecha. Que enfrenta a un padre que no duda.
De eso habla esta crónica.
Chino Gómez
Buenos Aires, diciembre 2025.
Pablo Torres es Licenciado en Trabajo Social por la Universidad Nacional del Centro de la Prov. de Bs. As. (UNICEN) y escritor. Actualmente se encuentra trabajando en diversos proyectos personales. Votos, chapas y fideos: clientelismo político y ayuda social (2001) es su primer libro. Con una trayectoria que combina pensamiento social, experiencia en gestión pública y producción cultural, en El mar vacío abre una nueva etapa en su recorrido, llevando a la ficción una mirada atravesada por lo político y lo íntimo