by Editorial Excentrica | 16 \16\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \16\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Narrativa
Fragmento de la novela de Pablo Torres, editada por Corregidor
“Creo que soy nieto de desaparecidos” confesó Ciriaco Pizzutti. No comprendí inmediatamente lo que escuchaba. Él lo percibió, se apuró a aclarar: “creo que mi viejo es hijo de desaparecidos”.
Me percaté que estaba ante una historia digna de ser escuchada e incluso, quizás, también de ser escrita. Había llegado hasta su casa para entrevistarlo para mi streaming, pero esa afirmación inesperada cambió de raíz mis planes.
Un hombre de 27 años duda de su identidad. Y de la de su padre, que casi llega a los 50.
Traté de imaginar la conmoción interna de ambos.
El temblor bajo la piel.
Los Pizzutti, padre e hijo, sentirían resquebrajarse sus más íntimas seguridades. Ciriaco no solo acababa de decirme que supone que su padre no es hijo biológico de su abuelo, también que es víctima de una dictadura militar que terminó hace más de cuarenta años.
Aquellos sangrientos dictadores salieron de la Casa Rosada hace más de medio siglo. Pero Ciriaco Pizzutti, en pleno 2025, cree ser una nueva víctima de esos generales.
Había llegado un par de horas antes a su casa, ubicada en lo que el cliché de los periodistas denomina “el barrio porteño de Montserrat”. Encontré a Ciriaco tan parco como de costumbre. Abrió la puerta de calle, vestido de pantalón corto Nike rojo y remera amarilla con el rostro de un chimpancé totalmente en negro en su pecho. Dijo “Chino” como único saludo, mientras abría la puerta de par en par. Lo seguí a través de un pasillo de unos cinco metros de largo, vestido con un mural pintado por Estefanía, su pareja. Nos sentamos en el patio, en unas sillas de madera clara, que rodeaban una mesa de plástico blanco. Sobre la mesa descansaba un libro de Kierkegaard y un parlante que manejaba desde su IPhone. Sobre una de las sillas, una guitarra acústica.
La intención era entrevistarlo para mi podcast “Ácido Rock” pero la parquedad en la que lo encontré anunciaba que sería un intento frustrado.
Di la tarde por perdida. Me equivoqué, de más está decirlo.
Ciriaco es el guitarrista de la banda rockera León Trotsky y la Gillette. Odia el trabajo de difusión, como casi todos los músicos, pero en éstos tiempos que más remedio hay. Ya sabía eso, también que detesta todo tipo de reportajes. No lo conocía demasiado, lo había entrevistado en otras cuatro ocasiones en las que era evidente su incomodidad, pero estaba claro que no era conmigo el malestar. No se esforzaba en ocultarlo. Cuando la grabación terminaba, en off the record, la relación fluía naturalmente, hasta podría decir que nos caíamos bien.
Aquella tarde, calurosa para mi gusto, sentados en el patio de su casa, cebó mate en una calabaza fileteada, con cintas de color amarillo, rojo y verde bellamente entrelazadas. Venía preparado para esperar el momento adecuado en que se dispusiera a hablar. No lo interrogué, ni intenté grabar la charla. Me abandoné a lo que sucediese. Tenía la tarde exclusivamente para esa nota.
Devolví el mate. Dijo “escuchá”.
Dijo escuchá y en el diminuto parlante sonaron los acordes de una canción folklórica. Poco acostumbrado a ese estilo, no pude reconocer la música hasta que se escuchó la voz del cantor.
Yupanqui.
Cebó otro mate. “Me lo regaló Páez, el fileteador” explicó. Es bonito, le contesté, ahorrando palabras para permitir que se escuche la canción.
Atahualpa Yupanqui cantaba los versos del Payador Perseguido.
En pocos días la León Trotsky y la Gillette presentará su nuevo disco. Por eso la entrevista, pero no, escuchábamos folklore en el patio, sin que yo lograra generar el hecho periodístico.
La León Trotsky es una buena banda de rock. Músicos talentosos, letras entradoras. Una de las bandas en crecimiento del mundillo rockero. La escuché por primera vez en el Cosquín Rock 2019, un año antes de la pandemia. No llamó mi atención, salvo por su nombre: la unión de un revolucionario ruso y una fábrica yanqui de maquinitas de afeitar era llamativa.
El negocio del rock crea bandas que luego descarta con facilidad. Aquel día lo pensé así, pero ahora la León Trotsky estaba consolidada, a punto de presentar su segundo disco.
Salvo algún comentario sobre la música que escuchábamos Ciriaco no emitía sonido. De Yupanqui pasó a Larralde, de este a Guitarra Negra de Zitarrosa y, nuevamente, al Payador Perseguido.
“Escuchá” repitió Ciriaco, a quien casi todo el mundo llama Ciri:
“La sangre tiene razones / que hacen engordar las venas. Pena sobre pena y pena / hacen que uno pegue el grito. La arena es un puñadito / pero hay montañas de arena…”
Estefanía irrumpió bulliciosa como siempre. Saludó, extrovertida, ruidosa, abortó la intención de Ciri de escuchar música.
Estefanía es artista plástica, se dedica al muralismo. De jeans y remera gris, es la contracara de su compañero: abierta, charlatana, dueña de una sonrisa inolvidable que siempre aflora precozmente.
Estefanía se enoja si la llaman Estefanía. Es Tefy.
Un incordio cuando la entrevista estaba en marcha, pero aquella tarde, con Ciri en parquedad extrema, sus intromisiones ayudaron. Intercambié unas palabras de cortesía con ella, le pregunté por los murales de Ron, que cubrían grandes paredes en distintas ciudades del planeta. También a ella le gustaban los trabajos de Ron Muralist, incluso habían ido con Ciri a Miramar, exclusivamente para ver el mural del tanque de agua de esa ciudad.
Finalizado el tema murales, sin mayores preámbulos, avanzó sobre su compañero:
–¿Le contaste? Contale –ordenó, y se escabulló dentro de la vivienda.
–Está embarazada –comenzó a decir Ciriaco, pero ella gritó desde la cocina:
–¡Eso no! Lo otro, no te hagas el boludo.
Ciriaco intentaba ordenar sus pensamientos, dio un par de vueltas discursivas, Tefy pasó a su lado, camino a su taller, que ocupa el fondo del terreno. Alcancé a ver su mueca. Sus labios decían, sin emitir sonido: “contale”. Ciriaco pidió un off the record antes de desembuchar. El rockero introvertido quedó a merced del ventarrón de la verdad.
“Creo que soy nieto de desaparecidos”, dijo.
Lo sentí desnudo. El rockero, desnudo, no cree ser quien le dijeron que era.
Dijo Ciriaco Pizzutti, nacido en el año 1998, que tal vez no sea Pizzutti. Dijo que tal vez sus abuelos no fueron los que llamó abuelos durante toda su infancia. Dijo que su padre nunca sospechó, pero él sí… él sospechaba. Dijo que podría ser víctima de una dictadura que terminó quince años antes de su nacimiento.
Dijo todo eso, con solo una frase. Y nada más.
Quedó en silencio, expuesto. Justo lo que siempre detestó, quedar expuesto, sin su coraza defensiva.
Tardé en reaccionar.
Cuando asimilé lo escuchado, olvidé toda pretensión de entrevistarlo sobre el nuevo disco. No intenté que dijera más que lo dicho.
Era suficiente.
Después, con Tefy, lo ayudamos a que investigara sus presunciones. De allí nació esta crónica, que publiqué por partes en mi blog “Hel-echo Maldito”. Redacté cada capítulo al regresar a mi casa, en tiempo presente, a medida que ocurrían los hechos. Decidí dejarlas así para este libro.
Aquí está la historia de un nieto que busca a sus abuelos.
Que busca la verdad. Que no sabe, pero sospecha. Que enfrenta a un padre que no duda.
De eso habla esta crónica.
Chino Gómez
Buenos Aires, diciembre 2025.
Pablo Torres es Licenciado en Trabajo Social por la Universidad Nacional del Centro de la Prov. de Bs. As. (UNICEN) y escritor. Actualmente se encuentra trabajando en diversos proyectos personales. Votos, chapas y fideos: clientelismo político y ayuda social (2001) es su primer libro. Con una trayectoria que combina pensamiento social, experiencia en gestión pública y producción cultural, en El mar vacío abre una nueva etapa en su recorrido, llevando a la ficción una mirada atravesada por lo político y lo íntimo
by Editorial Excentrica | 14 \14\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \14\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Narrativa
Fragmento de la novela de Silvia Maldonado
I.– Relato de la entrevista de Natalia Orduñez en el juzgado del Dr. M. Santander.
(Escrito por ella misma) Buenos Aires, Octubre 2008.
–¿Cómo era Filippi?
–Ana nació en Colombia y nunca tuvo demasiada suerte con los amores.
Es cierto, no fue una buena respuesta para el secretario del juzgado, un creído abogado, jugador de pelota–paleta según constaba en los dispersos pergaminos que en la pared, y como una corte de opereta, acompañaban su empequeñecido diploma universitario. El abogadito Santander frunció la boca.
–No ha sido esa mi pregunta sino cuándo fue la última vez que tuvo conocimiento de la espeleóloga Ana Filippi.
En ese instante finiquité mi apreciación sobre Santander. Comprendí que su sabiduría se había agotado en la pronunciación trabajosa de aquella palabra difícil: espeleología. La premisa de la que partió el abogadete es que los seres humanos alguna vez vivieron en cuevas, en grutas. Luego, que es allí donde las espeleólogas desarrollan su profesión y donde adquieren modales bruscos. Pero Ana era antropóloga y esa confusión entre disciplinas tan disímiles mostraba a las claras el desapego del abogado por todo aquello que no fuera apreciar las sutiles diferencias entre los tamaños y colores de las pelotas de frontón.
–Usted ha decidido que esta declaración es un trámite porque me ve algo indiferente a su encanto. Es verdad. Usted no me atrae en absoluto. Porque ni siquiera se interesa por Ana Filippi ni por lo que ha llevado a Ana Filippi al lugar en el que se encuentra, sino por detalles y hablillas sobre personas que no conozco o que conocí apenas. Por lo tanto, y ya que no hará preguntas inteligentes ni precisas, déjeme el timón de esta historia.
Si bien el abogadete es reacio a la página escrita, pensé, debe interesarse en la televisión porque ejerce todos los mohines de los pésimos actores: frunce la boca, golpea su frente algo despoblada con el índice, cruza las piernas, me mira fijo con pretendida reflexión, descruza las piernas y luego se acerca al ventanal que da al balcón. Lo abre. Toma aire para dar una orden; cualquier orden que le regrese cierta autoridad. Le cayó al muchacho que aporreaba una computadora antigua en un rincón. El abogadito no daba la talla ni siquiera con el amanuense que se hizo el desentendido, ocupado como estaba en traducir mis palabras. El abogadete abrió la puerta del despacho y clamó por un vaso de agua que nunca le llegaría.
–Ana, entonces, tenía mala suerte con los amores y cada uno, se pudo ver, le arrancaba un jirón. No, Doctor, no se trataba de dinero. Puede ser que su familia tuviera grandes sumas apostilladas en algún banco y que la mitad de su parientes fueran políticos de renombre. Ella más bien se avergonzaba de eso. En cambio, en aquella época, tenía otros orgullos, sus pasiones por ejemplo, aunque siempre los amores se le empastaban como se ahogan todos los entusiasmos bajo una lágrima de tipa.
–Quiero que se remita a mi pregunta, No me interesa la juventud desordenada de Filippi, ¿entiende?, dijo el abogadete, con voz estudiada de inquisidor recién llegado a la tarea.
–Se lo digo así, hasta despacio, para que comprenda. Un día Ana llegó a México, a usted no le importa por qué. No la hubiéramos descubierto enseguida (era muy delgada) si no fuera porque todas las tardes en el patio del Museo, un atlético espécimen la esperaba con un ramo de varias docenas de rosas blancas. Con esto le quiero dar a entender /sí, explico, explico despacio/ que a primera vista Ana parecía una delicada estampita, una porcelana de pies discretos protegida por un galán florido. Sin embargo esa no fue más que una extraordinaria estrategia para dar a conocer, con discreción, sus virtudes. En poco tiempo se convirtió en la más entusiasta animadora del Bar de Tlalpan.
El abogadete me interrumpió con impaciencia.
–¿Ajá, hábleme del Bar de Tlalpan?
Me demoré con la respuesta. Los días viernes se ha puesto de moda trabajar apenas. Sólo unas horas para despachar con urgencia los casos más sencillos antes de partir, ligero de cuerpo y más ligero de conciencia, hacia un fortín de serenidad en extramuros. Entonces, me dije, ha sido una falta de previsión del abogadete citarme un día viernes. Lo extravío con un relato que él estimaba breve. Como si fuera posible explicar una vida en media hora de viernes. Pero lo que me anima es que allí, en el rincón de la izquierda, hay un tipo que escribe, que sintetiza sobre el teclado lo que yo digo. Así como he entendido que Santander es un energúmeno, aprecio al hombre que escribe sobre el teclado. A veces tirita, y confío en él porque debe ser un martirio sufrir al abogadete, sus viernes presurosos, y su absoluta ignorancia sobre las artes y oficios de los humanos. El amanuense no se distrae. Le sigue el rastro a mis dichos.
–Siempre nos encontrábamos en el Bar de Tlalpan para despotricar contra los pesares prematuros o intercambiar cuentos, humos y parodias. Llegábamos justo cuando los bombillos de colores se encendían para iluminar una tarima enclenque en la que cantores y malabaristas, y hasta forzudos, amenizaban la madrugada. Allí nos emborrachamos cuando fuimos antropólogos. Y luego no nos vimos más hasta esa noche en que otra vez pudimos coincidir en la ciudad. Faltó la uruguaya, que vive en Fray Bentos, y aún así le acercamos una silla, le servimos y la brindamos. Su ausencia estaba contenta a juzgar por la velocidad con la que mondaba maníes y apuraba los fondos blancos. Ana llegó una hora más tarde. Llevaba un vestido amplio y un rebozo azul casi transparente. De la cintura colgaba una bolsa con emplastes de Perú y té de amapola, dijo, aunque, claro, no le creímos. En alguna batalla había perdido el dedo meñique y se había rapado la cabeza. Los bucles finos eran ahora unas cerdas suaves que le daban luz de santa a la redonda calavera. En fin, que cuando la vi aparecer con ojos tristes pensé que, contra toda prudencia, no había desertado de las pasiones. Pero alguien dijo:
–A la colombiana se le cruza un ánima.
Levantamos los vasos y nos preparamos parar el verdadero cuento de Ana.
Silvia Maldonado nació y vive en Buenos Aires. Es antropóloga y lingüista egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) de México, donde transcurrió su exilio tras el golpe de Estado cívico militar de 1976. Publicó las novelas El ícono de Dangling (Paradiso, 2007), finalista del Premio Clarín en 2006, y La bienaventuranza (Paradiso, 2009). Fue curadora del área de Letras de la Dirección de Cultura de la Cancillería Argentina duran
by Editorial Excentrica | 11 \11\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \11\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Antología personal de la poesía de Eva Guillamón
PERMANECER EN EL VERBO (2026)
DE ESTA MANERA VIVO AHORA
SIN
Eva,
me dicen.
No la primera.
La última.
La penúltima ha terminado,
y aquel día no para
de acumularse.
La muerte no mengua con el tiempo.
Soy mi única mujer.
Cuerpo que se sostiene
a base de voluntad y rotura,
herida y cicatriz,
camino y camino.
Raíces a la intemperie como el árbol de la vida.
Cómo hablar de cuánto crecen los espacios en la noche.
A estas horas esta casa es un pueblo.
Bestia y refugio.
Amanece un paisaje
rotundo: ahora el bosque soy yo.
Sola yo,
tierra de nadie entre
el canto y el ruido.
En la frontera, las cosas
son lo mismo y lo otro y aun así
no son lo suficiente.
Mis muertas, el suelo vivo
sobre el que se yergue nuestra materia.
La vida es un hábito que se pierde,
pero deshabitar
es un acto meticuloso.
Sé
⎯me dice la penúltima
desde su allá⎯.
Contempla tu reflejo en el cristal.
Ofrécete y resbala
en la velocidad
del abismo. Traspasa
la imagen que reconoces.
CON
Inspiro y recibo. Acepto
mi nuevo desconocimiento,
y entre las costuras del miedo
asoman semillas de sol:
en otra parte del mundo, mi noche
es mediodía.
Ver o pensar, ahí el laberinto.
Me adentro en lo irresuelto.
El paso es la medida del poder.
La escucha es el viaje.
El salto, mi esperanza.
A menudo me asustan los crujidos del calor,
la mucha sangre de los labios.
Veo bolsas de basura como muros de la casa
de los hijos que nunca dejaremos de serlo.
Sujetos parte superior, destino
final.
Entonces,
digo vibración en lugar de cuerpo,
exuberancia en vez de experiencia
y bebo lágrimas
para medirme el punto
de sal.
Cuando los dolores por fin incompletos,
crecen siemprevivas en el espinazo.
Y el misterio se hizo nombre.
Del otro lado de mí, ella.
Tan ajena y tan exacta.
Yo estoy en el mundo para incendiarme
⎯se presenta⎯.
Yo, mujer río de metal precioso.
Vos, mujer de tanta humedad sin cauce,
atrevete a un canto que escurra la garganta.
Y el fuego ⎯faro⎯ se puso de fiesta.
Furor.
Movimiento fresco, no acumulable.
Baila la savia hasta la espuma,
la puerta se desprende de la puerta
y el bosque extiende su nido a la selva.
Ritmo y reposo, la vida se hace
a sí misma, ardiendo
por el bien de la luz.
Arriba de la distancia está
el siempre,
y esa casa azulada
donde viento y poema
son la misma palabra.
ALUMBRAMIENTO
Imagino una cama limpia y amplia
y dos mujeres desnudas que se acaban
de conocer y ya comparten todo
amor.
Nosotras, y la historia por delante.
EL ENIGMA DE LO QUE YA ESTAMOS SIENDO
La noche no tiene prisa.
Vida en posición fetal
lejos tanto
de la luz.
¿Qué estará haciendo
a estas horas el silencio?
LA SOLIDEZ Y LA POSIBILIDAD
Desplegar la voluntad como el río en su corriente. Hundirse, perderse en la fatiga de flotar, y aun así creer en lo cierto, en la vida única. Ésa que exige todo para llegar al mar. A todos los mares que siempre fuimos.
EL ARTE
¿Cuánta vida necesita para nacer la escritura?
Aún más
la escritura necesaria para crear una vida.
AÚN TE QUEDA NOCHE EN LA BOCA (2022)
ORDEN DE ESCRITURA
Por primera vez desde la infancia escribo
en un cuaderno pautado.
La cuadrícula favorece el equilibrio de las palabras.
Yo prefiero sola,
aprender a enderezarme sin asistencia.
En casa de mi padre sólo hay libretas a cuadros,
todavía.
Los niños aprenden el bien y el mal en hojas enrejadas.
Asumen los límites para su correcto desarrollo.
Escribo apoyándome en las indicaciones de rectitud
por primera vez desde hace mucho.
Descubro el sorprendente orden de las frases,
algo no habitual.
Mi escritura rápida y sinuosa
hoy contenida en lo que debe ser.
Todo en el sitio apropiado.
Miro embelesada mis palabras a raya,
encajadas en lo impecable,
y a la vez me apena verlas en jaulas,
como los pájaros que por envidia de su vuelo encerramos en el salón
para que su canto nos recuerde lo bello y perfecto de la naturaleza.
Pájaros de alas muertas que decoran el orden social.
Yo siempre he querido embutirme en el hueco previsto.
Atajar la desmesura.
Ser un objeto al uso
con el pecho justo y erótico
⎯no obsceno e inmanejable⎯
y el talento adaptado a la sociedad de consumo.
Cuarenta y tres años intentando peinarme,
disciplinar el deseo,
estudiarlo en el otro, aprender a ser diestra, hábil, experta, zurda,
subir la voz por el pentagrama hasta mi identidad de género.
Parecerme a una mujer como debe ser,
y entrenar el interés por escribir al estilo de los grandes poetas
para ser considerada una de ellos.
A lo mejor la cuadrícula es el secreto.
QUIERO OÍRTE DECIR MI NOMBRE (2019)
LO PEQUEÑO
Esa lágrima que cayó en la arena
generó una minúscula catástrofe.
No es común hablar de lo pequeño,
pero constantemente ocurren cosas
pequeñas, invisibles,
carentes de importancia
para la mayoría de aquellos
atentos tan sólo a la grandeza.
Nacen seres pequeños, silenciosos,
con objetivos y proyectos, sueños
y deseos, y mueren
sin posibilidad
de defensa, ahogados simplemente
por una triste lágrima
de un ser grande que por allí pasaba.
LA HUELLA DACTILAR
Creo en la noche,
en lo indecible,
en los sonidos graves,
en lo profundo.
Lejos del arte y la palabra exacta,
al bajar por la oscuridad que todo lo contiene
resucito para seguir la vida
más allá de su sombra, donde ya nadie mira,
con la esperanza de encontrar el sol al otro lado,
atravesada por el austral, por eso otro
que a veces es horizonte de plástico,
que a veces boca de lobo;
con la esperanza de encenderme al rojo vivo.
Pero llegó un momento en que la noche,
ni siquiera la noche,
fue suficiente, y harta
de ser a grandes rasgos,
de hacer como que no,
me eché al salto y me eché al cielo,
dejándome llevar por una experiencia lejana y concreta,
como respiran las criaturas recién llegadas del vientre.
Me eché al cielo y me hice pájaro.
Yo, con tanta tierra a cuestas,
me hice pájaro.
EVA
Una vez dijeron un nombre y resultó ser el mío.
Gritaron mi nombre como una consigna y yo lo seguí,
y crucé las calles sin mirar y recorrí carreteras con el pulgar izado
para demostrar que era yo, que ése mi nombre,
mi ventana, mi emblema, mi amparo,
mi cuarta dimensión.
Como una lágrima o un estornudo,
como una decisión que alguien tomó por ti cuando te era imposible,
mi nombre minúsculo se encarga de cuidar de su gigante.
Siempre haciendo equilibrios al filo de su cuerpo,
intentando dar de sí la voluntad,
deformarla hacia un nuevo amanecer,
una nueva oportunidad para convencerme
de que eso soy yo.
Eva Guillamón (Albacete, España, 1978) es autora de numerosas obras de teatro, obra en prosa y poesía. Ha publicado los poemarios Quiero oírte decir mi nombre (2019), Aún te queda noche en la boca (2022) y Permanecer en el verbo (2026). Su trabajo fotográfico ha sido expuesto a nivel internacional. En 2014 creó el ensemble musical Dúa da Pel junto a la compositora Sonia Megías. Entre otros escenarios, han actuado en el Teatro Real o el Auditorio Nacional de Madrid, The Juilliard School of Music de Nueva York o el British Museum de Londres.
by Editorial Excentrica | 10 \10\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \10\America/Argentina/Buenos_Aires 2026 | Carrousel, Poesía
Selección de poemas de Bebe Ponti
Vals del cartonero
I
Un hombre camina con un carro por la calle,
puede que lleve el otoño a tiro de sus brazos,
o bien que el otoño sea un caballo muerto,
resucitado en el hombre/ que arrastra
el carro con su fuerza/ puede que sea
una conjetura, una alucinación,
aunque bastaría un latigazo para saber
si el cartonero es el otoño/ o si es la poesía a
caballo de sus hombros.
II
Detrás suyo lo sigue una mujer,
pero no sabemos si es la luna con su blusa
transparente quien acompasa sus trancos y se cuelga de sus
labios para que le vean los sueños salir del esternón/ o
si es la soledad
que se acurruca dentro de su pecho
para taparse con su piel.
III
A veces la calle sube a su carro,
entonces dudamos si la ciudad va dormida en sus
brazos /
como paloma en el corazón de una campana/ o
como despojo en la luz de la aurora.
Lo que sigue es un ala todavía sin la otra mitad
del cielo.
La muchacha del subte
I
Una muchacha vende crayones en el subte
acaso sea luciérnaga debajo de la tierra
el temblor de una moneda.
Si la miro sentado
parece iridiscencia,
pero si lo hago de arriba
se pulveriza y da un salto mortal de mis ojos a la indiferencia.
Tal vez alguien
quiera juntar sus pedazos/ ayudarla
llevarse en un frasco su cadáver
¡Quién sabe!
seguir hasta la próxima estación
con la fosforescencia de sus manos.
II
Cuando se abren las puertas
ella sale de su cuerpo
pero no es ella/ sino su resplandor
el que me empuja
hacia la curva de luz
que dejan sus huellas/ entonces
la sigo hasta que el tren se va
hasta que otra vendedora aparece del abismo
y me apunta con un ángel.
Cálculos milimétricos
En los primeros días del año, afirman que la tierra
está girando inusualmente rápido. El fenómeno,
sin embargo, no se ha replicado en los relojes,
ni en los molinos de agua, ni en la novena sinfonía
de Beethoven, ni en el dibujo de los cisnes en el aire,
ni en la caravana de bisontes en Buffalo Range.
Tampoco en la velocidad de la flecha de Diana.
Lo que sí: en las avenidas cada vez hay más niños
lavando la luna en los parabrisas de los autos.
Hambre
Un día nunca se junta con el otro.
Así la diferencia de un pie
con el que le sigue.
Entre ambos/ queda el poema
como cicatriz de los descalzos.
Tampoco la certeza
tiene un término exacto.
Si escribo hambre,
alguien se limpiará la boca con la belleza.
Alguien se comerá la voz.
Fin de año
Diciembre es precipicio de la memoria,
luz extrema de los A sentimientos.
arde como tierra seca
debajo de los huesos;
trae manadas del olvido,
empuja tropeles de recuerdos.
Tal vez nos cueste abrir la puerta,
marcar el naipe de lo incierto,
saber que arriba de la mesa
queda a la deriva la unidad del tiempo,
envuelto en seda el fuego.
Como dos gallos en el relumbre de la muerte.
Adolfo Marino “Bebe” Ponti nació en Quimilí, Santiago del Estero. Es poeta, escritor, periodista y letrista. Su obra explora la memoria, la identidad y la cultura popular a través de un cruce entre el paisaje, la copla y el postsurrealismo. Ha publicado libros de poesía y prosa como La guerra de los pájaros y una luna acribillada en el olvido, Ópera salvaje, Luz de azafrán, Memorias de poetas y canciones y,
recientemente, Un caballo dentro de la lluvia (2026). Mercedes Sosa, León Gieco, Luis Salinas, Peteco Carabajal, Abel Pintos y Jacinto Piedra,
entre otros destacados artistas de la música popular argentina, han interpretado y grabado sus canciones. Distinguido con el Premio Argentores en 2017, reside en Buenos Aires, donde desarrolla una activa labor cultural: es columnista de la revista nacional de poesía La Guacha y codirige, junto a Marina Cavalletti, el ciclo de poesía y música Estallará la isla en la ciudad de Buenos Aires.