Fragmento de la novela de Silvia Maldonado

 

I.– Relato de la entrevista de Natalia Orduñez en el juzgado del Dr. M. Santander.
(Escrito por ella misma) Buenos Aires, Octubre 2008.

–¿Cómo era Filippi?

–Ana nació en Colombia y nunca tuvo demasiada suerte con los amores.

Es cierto, no fue una buena respuesta para el secretario del juzgado, un creído abogado, jugador de pelota–paleta según constaba en los dispersos pergaminos que en la pared, y como una corte de opereta, acompañaban su empequeñecido diploma universitario. El abogadito Santander frunció la boca.

–No ha sido esa mi pregunta sino cuándo fue la última vez que tuvo conocimiento de la espeleóloga Ana Filippi.

En ese instante finiquité mi apreciación sobre Santander. Comprendí que su sabiduría se había agotado en la pronunciación trabajosa de aquella palabra difícil: espeleología. La premisa de la que partió el abogadete es que los seres humanos alguna vez vivieron en cuevas, en grutas. Luego, que es allí donde las espeleólogas desarrollan su profesión y donde adquieren modales bruscos. Pero Ana era antropóloga y esa confusión entre disciplinas tan disímiles mostraba a las claras el desapego del abogado por todo aquello que no fuera apreciar las sutiles diferencias entre los tamaños y colores de las pelotas de frontón.

–Usted ha decidido que esta declaración es un trámite porque me ve algo indiferente a su encanto. Es verdad. Usted no me atrae en absoluto. Porque ni siquiera se interesa por Ana Filippi ni por lo que ha llevado a Ana Filippi al lugar en el que se encuentra, sino por detalles y hablillas sobre personas que no conozco o que conocí apenas. Por lo tanto, y ya que no hará preguntas inteligentes ni precisas, déjeme el timón de esta historia.

Si bien el abogadete es reacio a la página escrita, pensé, debe interesarse en la televisión porque ejerce todos los mohines de los pésimos actores: frunce la boca, golpea su frente algo despoblada con el índice, cruza las piernas, me mira fijo con pretendida reflexión, descruza las piernas y luego se acerca al ventanal que da al balcón. Lo abre. Toma aire para dar una orden; cualquier orden que le regrese cierta autoridad. Le cayó al muchacho que aporreaba una computadora antigua en un rincón. El abogadito no daba la talla ni siquiera con el amanuense que se hizo el desentendido, ocupado como estaba en traducir mis palabras. El abogadete abrió la puerta del despacho y clamó por un vaso de agua que nunca le llegaría.

–Ana, entonces, tenía mala suerte con los amores y cada uno, se pudo ver, le arrancaba un jirón. No, Doctor, no se trataba de dinero. Puede ser que su familia tuviera grandes sumas apostilladas en algún banco y que la mitad de su parientes fueran políticos de renombre. Ella más bien se avergonzaba de eso. En cambio, en aquella época, tenía otros orgullos, sus pasiones por ejemplo, aunque siempre los amores se le empastaban como se ahogan todos los entusiasmos bajo una lágrima de tipa.

–Quiero que se remita a mi pregunta, No me interesa la juventud desordenada de Filippi, ¿entiende?, dijo el abogadete, con voz estudiada de inquisidor recién llegado a la tarea.

–Se lo digo así, hasta despacio, para que comprenda. Un día Ana llegó a México, a usted no le importa por qué. No la hubiéramos descubierto enseguida (era muy delgada) si no fuera porque todas las tardes en el patio del Museo, un atlético espécimen la esperaba con un ramo de varias docenas de rosas blancas. Con esto le quiero dar a entender /sí, explico, explico despacio/ que a primera vista Ana parecía una delicada estampita, una porcelana de pies discretos protegida por un galán florido. Sin embargo esa no fue más que una extraordinaria estrategia para dar a conocer, con discreción, sus virtudes. En poco tiempo se convirtió en la más entusiasta animadora del Bar de Tlalpan.

El abogadete me interrumpió con impaciencia.

–¿Ajá, hábleme del Bar de Tlalpan?

Me demoré con la respuesta. Los días viernes se ha puesto de moda trabajar apenas. Sólo unas horas para despachar con urgencia los casos más sencillos antes de partir, ligero de cuerpo y más ligero de conciencia, hacia un fortín de serenidad en extramuros. Entonces, me dije, ha sido una falta de previsión del abogadete citarme un día viernes. Lo extravío con un relato que él estimaba breve. Como si fuera posible explicar una vida en media hora de viernes. Pero lo que me anima es que allí, en el rincón de la izquierda, hay un tipo que escribe, que sintetiza sobre el teclado lo que yo digo. Así como he entendido que Santander es un energúmeno, aprecio al hombre que escribe sobre el teclado. A veces tirita, y confío en él porque debe ser un martirio sufrir al abogadete, sus viernes presurosos, y su absoluta ignorancia sobre las artes y oficios de los humanos. El amanuense no se distrae. Le sigue el rastro a mis dichos.

–Siempre nos encontrábamos en el Bar de Tlalpan para despotricar contra los pesares prematuros o intercambiar cuentos, humos y parodias. Llegábamos justo cuando los bombillos de colores se encendían para iluminar una tarima enclenque en la que cantores y malabaristas, y hasta forzudos, amenizaban la madrugada. Allí nos emborrachamos cuando fuimos antropólogos. Y luego no nos vimos más hasta esa noche en que otra vez pudimos coincidir en la ciudad. Faltó la uruguaya, que vive en Fray Bentos, y aún así le acercamos una silla, le servimos y la brindamos. Su ausencia estaba contenta a juzgar por la velocidad con la que mondaba maníes y apuraba los fondos blancos. Ana llegó una hora más tarde. Llevaba un vestido amplio y un rebozo azul casi transparente. De la cintura colgaba una bolsa con emplastes de Perú y té de amapola, dijo, aunque, claro, no le creímos. En alguna batalla había perdido el dedo meñique y se había rapado la cabeza. Los bucles finos eran ahora unas cerdas suaves que le daban luz de santa a la redonda calavera. En fin, que cuando la vi aparecer con ojos tristes pensé que, contra toda prudencia, no había desertado de las pasiones. Pero alguien dijo:

–A la colombiana se le cruza un ánima.

Levantamos los vasos y nos preparamos parar el verdadero cuento de Ana.

 


Silvia Maldonado nació y vive en Buenos Aires. Es antropóloga y lingüista egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) de México, donde transcurrió su exilio tras el golpe de Estado cívico militar de 1976. Publicó las novelas El ícono de Dangling (Paradiso, 2007), finalista del Premio Clarín en 2006, y La bienaventuranza (Paradiso, 2009). Fue curadora del área de Letras de la Dirección de Cultura de la Cancillería Argentina duran

 

Revista Excéntrica

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