Fragmento de la novela de Pablo Torres, editada por Corregidor
“Creo que soy nieto de desaparecidos” confesó Ciriaco Pizzutti. No comprendí inmediatamente lo que escuchaba. Él lo percibió, se apuró a aclarar: “creo que mi viejo es hijo de desaparecidos”.
Me percaté que estaba ante una historia digna de ser escuchada e incluso, quizás, también de ser escrita. Había llegado hasta su casa para entrevistarlo para mi streaming, pero esa afirmación inesperada cambió de raíz mis planes.
Un hombre de 27 años duda de su identidad. Y de la de su padre, que casi llega a los 50.
Traté de imaginar la conmoción interna de ambos.
El temblor bajo la piel.
Los Pizzutti, padre e hijo, sentirían resquebrajarse sus más íntimas seguridades. Ciriaco no solo acababa de decirme que supone que su padre no es hijo biológico de su abuelo, también que es víctima de una dictadura militar que terminó hace más de cuarenta años.
Aquellos sangrientos dictadores salieron de la Casa Rosada hace más de medio siglo. Pero Ciriaco Pizzutti, en pleno 2025, cree ser una nueva víctima de esos generales.
Había llegado un par de horas antes a su casa, ubicada en lo que el cliché de los periodistas denomina “el barrio porteño de Montserrat”. Encontré a Ciriaco tan parco como de costumbre. Abrió la puerta de calle, vestido de pantalón corto Nike rojo y remera amarilla con el rostro de un chimpancé totalmente en negro en su pecho. Dijo “Chino” como único saludo, mientras abría la puerta de par en par. Lo seguí a través de un pasillo de unos cinco metros de largo, vestido con un mural pintado por Estefanía, su pareja. Nos sentamos en el patio, en unas sillas de madera clara, que rodeaban una mesa de plástico blanco. Sobre la mesa descansaba un libro de Kierkegaard y un parlante que manejaba desde su IPhone. Sobre una de las sillas, una guitarra acústica.
La intención era entrevistarlo para mi podcast “Ácido Rock” pero la parquedad en la que lo encontré anunciaba que sería un intento frustrado.
Di la tarde por perdida. Me equivoqué, de más está decirlo.
Ciriaco es el guitarrista de la banda rockera León Trotsky y la Gillette. Odia el trabajo de difusión, como casi todos los músicos, pero en éstos tiempos que más remedio hay. Ya sabía eso, también que detesta todo tipo de reportajes. No lo conocía demasiado, lo había entrevistado en otras cuatro ocasiones en las que era evidente su incomodidad, pero estaba claro que no era conmigo el malestar. No se esforzaba en ocultarlo. Cuando la grabación terminaba, en off the record, la relación fluía naturalmente, hasta podría decir que nos caíamos bien.
Aquella tarde, calurosa para mi gusto, sentados en el patio de su casa, cebó mate en una calabaza fileteada, con cintas de color amarillo, rojo y verde bellamente entrelazadas. Venía preparado para esperar el momento adecuado en que se dispusiera a hablar. No lo interrogué, ni intenté grabar la charla. Me abandoné a lo que sucediese. Tenía la tarde exclusivamente para esa nota.
Devolví el mate. Dijo “escuchá”.
Dijo escuchá y en el diminuto parlante sonaron los acordes de una canción folklórica. Poco acostumbrado a ese estilo, no pude reconocer la música hasta que se escuchó la voz del cantor.
Yupanqui.
Cebó otro mate. “Me lo regaló Páez, el fileteador” explicó. Es bonito, le contesté, ahorrando palabras para permitir que se escuche la canción.
Atahualpa Yupanqui cantaba los versos del Payador Perseguido.
En pocos días la León Trotsky y la Gillette presentará su nuevo disco. Por eso la entrevista, pero no, escuchábamos folklore en el patio, sin que yo lograra generar el hecho periodístico.
La León Trotsky es una buena banda de rock. Músicos talentosos, letras entradoras. Una de las bandas en crecimiento del mundillo rockero. La escuché por primera vez en el Cosquín Rock 2019, un año antes de la pandemia. No llamó mi atención, salvo por su nombre: la unión de un revolucionario ruso y una fábrica yanqui de maquinitas de afeitar era llamativa.
El negocio del rock crea bandas que luego descarta con facilidad. Aquel día lo pensé así, pero ahora la León Trotsky estaba consolidada, a punto de presentar su segundo disco.
Salvo algún comentario sobre la música que escuchábamos Ciriaco no emitía sonido. De Yupanqui pasó a Larralde, de este a Guitarra Negra de Zitarrosa y, nuevamente, al Payador Perseguido.
“Escuchá” repitió Ciriaco, a quien casi todo el mundo llama Ciri:
“La sangre tiene razones / que hacen engordar las venas. Pena sobre pena y pena / hacen que uno pegue el grito. La arena es un puñadito / pero hay montañas de arena…”
Estefanía irrumpió bulliciosa como siempre. Saludó, extrovertida, ruidosa, abortó la intención de Ciri de escuchar música.
Estefanía es artista plástica, se dedica al muralismo. De jeans y remera gris, es la contracara de su compañero: abierta, charlatana, dueña de una sonrisa inolvidable que siempre aflora precozmente.
Estefanía se enoja si la llaman Estefanía. Es Tefy.
Un incordio cuando la entrevista estaba en marcha, pero aquella tarde, con Ciri en parquedad extrema, sus intromisiones ayudaron. Intercambié unas palabras de cortesía con ella, le pregunté por los murales de Ron, que cubrían grandes paredes en distintas ciudades del planeta. También a ella le gustaban los trabajos de Ron Muralist, incluso habían ido con Ciri a Miramar, exclusivamente para ver el mural del tanque de agua de esa ciudad.
Finalizado el tema murales, sin mayores preámbulos, avanzó sobre su compañero:
–¿Le contaste? Contale –ordenó, y se escabulló dentro de la vivienda.
–Está embarazada –comenzó a decir Ciriaco, pero ella gritó desde la cocina:
–¡Eso no! Lo otro, no te hagas el boludo.
Ciriaco intentaba ordenar sus pensamientos, dio un par de vueltas discursivas, Tefy pasó a su lado, camino a su taller, que ocupa el fondo del terreno. Alcancé a ver su mueca. Sus labios decían, sin emitir sonido: “contale”. Ciriaco pidió un off the record antes de desembuchar. El rockero introvertido quedó a merced del ventarrón de la verdad.
“Creo que soy nieto de desaparecidos”, dijo.
Lo sentí desnudo. El rockero, desnudo, no cree ser quien le dijeron que era.
Dijo Ciriaco Pizzutti, nacido en el año 1998, que tal vez no sea Pizzutti. Dijo que tal vez sus abuelos no fueron los que llamó abuelos durante toda su infancia. Dijo que su padre nunca sospechó, pero él sí… él sospechaba. Dijo que podría ser víctima de una dictadura que terminó quince años antes de su nacimiento.
Dijo todo eso, con solo una frase. Y nada más.
Quedó en silencio, expuesto. Justo lo que siempre detestó, quedar expuesto, sin su coraza defensiva.
Tardé en reaccionar.
Cuando asimilé lo escuchado, olvidé toda pretensión de entrevistarlo sobre el nuevo disco. No intenté que dijera más que lo dicho.
Era suficiente.
Después, con Tefy, lo ayudamos a que investigara sus presunciones. De allí nació esta crónica, que publiqué por partes en mi blog “Hel-echo Maldito”. Redacté cada capítulo al regresar a mi casa, en tiempo presente, a medida que ocurrían los hechos. Decidí dejarlas así para este libro.
Aquí está la historia de un nieto que busca a sus abuelos.
Que busca la verdad. Que no sabe, pero sospecha. Que enfrenta a un padre que no duda.
De eso habla esta crónica.
Chino Gómez
Buenos Aires, diciembre 2025.
Pablo Torres es Licenciado en Trabajo Social por la Universidad Nacional del Centro de la Prov. de Bs. As. (UNICEN) y escritor. Actualmente se encuentra trabajando en diversos proyectos personales. Votos, chapas y fideos: clientelismo político y ayuda social (2001) es su primer libro. Con una trayectoria que combina pensamiento social, experiencia en gestión pública y producción cultural, en El mar vacío abre una nueva etapa en su recorrido, llevando a la ficción una mirada atravesada por lo político y lo íntimo


