Fútbol, duelo y narración
por Leandro González de León
“Ya no quiero más perros”, repetía mi madre, llorando, el día que enterramos a Morgan. Morgan era un perro enano, morrudo, que había nacido en mi casa en Castelar. Mi madre no quería más perros y tenía sentido: los perros viven poco. A Morgan me tocó verlo nacer y morir, viejo, lisiado, antes de que yo mismo cumpliera veinte años. Y mi madre —que entonces ya había perdido a su esposo— no soportaba más pérdidas.
Por distintas circunstancias, en Castelar llegamos a tener cinco perros. La primera fue Pepa. La rescató mi hermano de la calle en un año espantoso: 1994. Mi madre colgaba la ropa, llorando, y repetía “ojalá que no sea Diego” cuando escuchó el anuncio del antidoping. Mi padre me ponía al tanto del robo del mundial 90 del que yo no tenía recuerdos. Eran confusos los motivos del robo. Nos cagaron. Nos odiaban. Los italianos, los mexicanos. El gobierno de Estados Unidos. No nos permitían cierta cosa, no nos perdonaban tal otra. “Ojalá que no sea Diego”, repetía mi madre.
No tengo fotos de ese año pero conservé muchos dibujos. Un Dieguito Maradona con la camiseta albiceleste, que aparecía como personaje de una marca de alfajores, y un Conde Drácula con la camiseta amarilla de Rumania, el personaje que yo realmente admiraba. Pasaba mucho tiempo en el espejo contemplando con decepción que el nacimiento del pelo sobre mi frente era completamente recto. Yo quería tener el pelo en punta como Bela Lugosi y otras versiones del vampiro basadas en él. Googleando me entero de que esto se llama pico de viuda. Pedí demasiadas veces que me lleven a la peluquería y alguna vez me pinté la frente, pero no lo conseguí. Googleando me entero de que el pico de viuda se debe a un gen dominante que solo un pequeño porcentaje de la población tiene.
Mi hermano apareció con Pepa, una perrita blanca, minúscula, con ojos saltones y patas chuecas, que lo había seguido por la calle. “Ya no quiero más perros” dijo mi madre mirando a Pepa, mientras decían en la tele que, efectivamente, era Diego. Rumania nos eliminó en octavos de final. Nos cagaron. Nos odiaban. A los argentinos. O sea a mí. Mis intentos de ser un conde rumano no habían dado resultado.
Pepa se terminó quedando en casa y tiempo después parió a Pancho. Luego mi padre adoptó a Fita, una perra que se refugió en su local. Pancho y Fita fueron los padres de Morgan. La quinta mascota, Negrita, había sido primero de mi abuela.
En 2006 vimos jugar a la gran selección de Riquelme, que cayó ante Alemania. Mi padre falleció inesperadamente. Luego se fueron muriendo los perros. Tenía sentido: los perros viven poco.
Se podría decir que la muerte de mi padre me hizo adulto. Pero de forma más precisa, fue la muerte de Morgan, el enano morrudo. Morgan había quedado lisiado y empezó a tener dificultades para orinar. Mi madre no se atrevía a tomar la decisión. Acordé la eutanasia con el veterinario y sostuve al perro de una pata hasta el final. “Ya no quiero más perros”, me escuché decir.
El primer jugador fue Blas Giunta, campeón con Boca en 1992. Mi padre estaba fascinado con Sergio, el hijo de uno de sus amigos, que había entrado a las inferiores de Boca. Mi hermano y yo notamos que papá desaparecía los días de partido y volvía contando las hazañas de Sergio y el futuro que tenía. Aunque yo pasaba más tiempo dibujando que jugando a la pelota, aquella vez, con cinco años, elegí parecerme al legendario cinco de Boca. Entró Sergio a casa saludando y no esperaba la patada salvaje que le di por atrás al grito de “Giunta, Giunta, huevo, huevo”.
En el 95, mi padre me recomendó no incluir a Giunta en el equipo de El Gran DT. Sus puntajes ya eran bajos. Me nombró otros jugadores: Hugo Ibarra, de Colón; Pedro Barrios, de Huracán. Googleando confirmo que Giunta se terminó yendo de Boca a fines del 96.
La generación siguiente fue duradera y ganadora. A Riquelme me tocó verlo debutar y retirarse, antes de que yo mismo cumpliera treinta años.
Este año cumplí cuarenta y asistí a otro fin, el de la extensa carrera de Messi en la selección y del ciclo (¿terminado?) de Lionel Scaloni, el técnico con más partidos en mundiales de la selección argentina. Las estadísticas no encajan en absoluto con la memoria. 2018 fue ayer. Bilardo y Menotti son figuras legendarias, eternas. Googleando confirmo que efectivamente dirigieron menos partidos que Scaloni. Tiene sentido: los ciclos duran poco. Los jugadores tienen un par de años buenos. El mejor de todos, el de proporciones divinas, completó 20 años en la selección.
La vida sigue. O no. El relato se detiene.
Tengo una buena cobertura de salud. Según mis últimos exámenes de laboratorio, estoy sano. Puedo vivir otros 40 años. Las estadísticas no encajan en absoluto. La esperanza de vida es un abuso del lenguaje.
Escribo estas líneas desvelado tras la final contra España. El equipo de Scaloni no pateó al arco en 120 minutos. Los españoles derrotaron a los argentinos. O sea a mí.
No puedo dormir. Me levanto, deambulo por la casa. Tomo un libro reciente, La crisis de la narración, de Byung-Chul Han. Preparo café, leo portales de noticias.
Googleando veo que no hay feriado, que hay que trabajar. Tengo reuniones con clientes, tengo gimnasio, tengo terapia. Hoy es 20 de julio, se vence el pago del monotributo para los argentinos. O sea para mí. Dice Han: “Vivir es más que resolver problemas. Quien se limita a resolver problemas, no tiene futuro”.
El fin de semana próximo habrá fútbol nuevamente. ¿Más partidos? Dice Han: “Sin narración, la vida es completamente aditiva”.
En algún momento, volverá a jugar la selección. Bien o mal. Seguramente mal. ¿Otra selección? Ya no quiero más perros.
¿Por qué perdimos? ¿Y por qué pensamos que podíamos ganar? Dice Han: “La narración nos salva de la contingencia de la vida”.
Escribo estas líneas desvelado. Dice Han: “La narración es lo único que abre el futuro, al permitirnos albergar esperanzas”.
Escribo estas líneas. Ya no dice nada Han y tiene sentido: sus libros son cortos.
Yo escribo.
Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.


