Cinco poemas de Natalia Salvador

Cinco poemas de Natalia Salvador

 

Compartimos cinco poemas de Natalia Salvador (Comodoro Rivadavia, 1974), poeta, narradora, profesora de teatro y titiritera.

 

Una seña

 

Esa lengua

se sale de sus límites

prueba el mundo

y el mundo está

en ella

trazos líneas puntos

que cada día son distintos

¿contará sus viajes?

¿cambiará de noche

o de mañana?

¿se repetirán sus líneas?

Esa lengua

¿nombrará sus trazos?

 

 

Enumeración

 

Una tarde al pie de la puerta

esperando con la muñeca en la mano

Un laberinto de árboles y carteles

Una risa contenida entre ranitas húmedas

Una tristeza de la noche que apura el final del juego

Una oscuridad de bullicio y bichos

Tu mano llevándome el miedo

Un gatito que jamás vi crecer

Unos raspones que arden en la memoria

Una abuela que todavía escucho rezar

Un rincón al viento que nos acercaba

Un zanjón que cruzamos a otro mundo

Unas masitas tan ásperas

 

Escribo nombro

enumero cosas

que dicen

lo imposible.

 

 

Distancia

 

Anda por la casa

sola

a veces la llamo

le invento nombres

eufemismos sonsos

igual no responde

nunca

 

Quiero darle la bienvenida

agradecerle

Quiero que se vaya de una vez

y no vuelva

 

Cuando me mira fijo

a los ojos

no me queda otra que

sostener temblando la mirada

a ver qué se le ocurre

a la desgraciada

 

Ojalá fuera conejo

una sabría cómo tratarla

Ha venido a instalarse

y no sabemos cómo

llevarla

 

La indiferencia en este caso

no mata

las estampitas y velas

no funcionan

no entiende de

hierbas o palmadas

 

Lo peor es que nos vamos

acostumbrando

la rutina de estirarse

mientras el mate

sacudirnos de risa

y de llanto

 

Voy a abrir puertas

y ventanas

que el viento se lleve toda

tristeza

entren abejas y libélulas

moscas negras azules

bichos de arroz

alacranes por qué no

hojas de roble de higuera

manzanas con gusanos ciruelas

¡vamos a vivir

como si todo!

 

 

Corte

 

Por alguna razón yo estoy

en este lugar y escucho

adentro mío una mariposa

negra que aletea

en la sangre

con una respiración que

también es mía

y un zumbido que crece

retumba entre los dedos

no es de otro

no el de cualquiera

es su propio zumbido

 

Ante un sonido así

siempre me abandona la incertidumbre

de que la muerte

es más ruidosa que un aleteo.

 

 

Fotograma 1

 

Todo de aquella noche

tengo

El olor de los jardines

de un lado

y del zanjón

del otro.

Luces embichadas y no

estrellas por todos lados

como lamparitas colgando

de quién sabe qué clavos.

Las piedras me hacen

tropezar

pero tu mano

tu mano tiene el

reflejo exacto

para no dejarme

caer.

 

No sé todavía

por qué tanto miedo a la noche.

 

Pasa un auto despacio

los demás están adentro

ningún ladrido,

sólo nuestras sombras

agarradas a cada paso.

Todo tengo

menos

tu voz.

 


Natalia Salvador (Comodoro Rivadavia, Chubut, 1974). Profesora de teatro, narradora oral y titiritera. Con el grupo de teatro independiente Teatrapo ha realizado espectáculos de títeres y narración oral para niños y adultos. Ha investigado sobre el movimiento de la narración oral en Colombia (beca Cultura Nación), sobre la narración oral vinculada a la memoria en Chubut (beca grupal FNA), y sobre el teatro para niños en Chubut (beca INT), difundidas en distintas jornadas y publicaciones. Integra el equipo de investigación Cartografías culturales y literarias de la Patagonia y de América Latina, dirigido por Luciana Mellado. Coordina el taller de narración oral Palabras Abiertas en la Biblioteca Municipal desde el año 2010. Se ha desempeñado como docente, acercando a niños, adolescentes y adultos al teatro, la narración oral y los títeres. Integrante del Colectivo Artístico Peces del Desierto desde sus inicios. Publicó poemas en la plaqueta Vuelo de Pez No 1 (2011) y en la plaqueta Peces del desierto No 10 (2017).

Cinco poemas de Natalia Salvador

“La hija menor” de María Laura Decésare. Por Paula Jiménez España

 

Una lectura hecha por Paula Jiménez España sobre “La hija menor”, libro de la poeta santafesina María Laura Decésare, editado por la colección Pez Náufrago de Ediciones del Dock (2017).

 

Una vez Jorge Monteleone dijo sobre Hugo Padeletti que su obra plástica era voluntariamente inocente. No se me van estas palabras de la cabeza a medida que avanzo en la lectura de La hija menor. La inocencia, dice un diccionario, es un término que describe la carencia de culpabilidad de un individuo. Creo que es una definición muy a tono con el espíritu de estos poemas que no atinan a encontrar culpables humanos, entre los seres cercanos, a la pérdida o el dolor, porque la pérdida, la muerte, las separaciones forman parte del juego. El final del poema “Amores”, dice: “Pero el amor verdadero/ llegó un tiempo después/ con ojos oscuros/ más vibrantes que la noche. / Mi boca todavía tiembla/ cuando repite su nombre”. Es decir: no es él el que se fue, no es él mi amargura, este dolor es mío. “Por fin, esta desgracia es mía”, escribió una vez Claudia Prado, como si ese reconocimiento fuera el primer gesto de emancipación. Con  esta apropiación el yo lírico acepta las reglas, acepta que la oscuridad viene con la luz, la muerte se baraja con la vida.  María Laura pone el foco en la luz, echa un manto benévolo, inocente, sobre ese pasado que mi generación re significó, muchas veces a través de un mal psicoanálisis, dando aquí y allá con culpables de las frustraciones personales, encontrando autoindulgencia. María Laura, que también es de mi generación, parece rechazar el vicio tentador, rebelarse a ese desplazamiento. Como la buena budah que es en la vida y que se expresa ya desde su primer libro, hay una cierta complejidad del alma, fantasiosa e indómita, en la que sabiamente parece preferir no hurgar, una hojarasca a la que no atiende, por eso estos poemas tienen una apariencia ingenua, como los haikus o incluso pienso en ciertas exaltaciones de Kavafis, encarnan una suerte de alabanza sencilla al amor, como también hacia el entorno natural. En el poema “Tardecita en Caseros”, que me toca de cerca porque yo soy de ese mismo barrio del Oeste y esta es una de mis coincidencias con Laura además del cine oriental, la autora dice: “Baja un poco el sol y llega al jardín/ el colibrí aleteando sobre el regador, / en lo alto una avioneta hace círculos, / vuelvo los ojos y veo a mis padres/ tomando mate en el banco de siempre. / El humo del cigarrillo de papá se confunde/ con el claro de luz, mamá me mira/ y yo no puedo hacer otra cosa/ que celebrar esta ilusión primaveral”. Llanos, a veces contenidos, pero siempre intensos y con relieve sensorial, en estos poemas gana la grandeza de lo simple, lo suave que se muestra con contundencia. Dice en “Veranos en Junín”: “Sin mamá ni papá a la vista/ salíamos con mis hermanos/ a la hora de la siesta/ buscando esos duraznos maduros. / Mi poca estatura no me permitía/ alcanzar el árbol/ por eso me entretenía/ saltando hasta derribar alguno. / Guardo una foto nítida/ con el brillo de esas tardes/ para aquellos días en que siento/ la urgencia de un abrazo”. Con  La hija menor María Laura Decésare va a buscar escenas a las raíces históricas familiares y también a su propia adultez, a los momentos de soledad en los que el corazón vacío de impurezas  puede hacerse escuchar mejor, sobre todo a la hora en que cantan los pájaros. Tantas veces cantan los pájaros en estos poemas, tantos desvelos los de ese yo íntegro, despojado, que le presta oídos al silencio del cual es hija esta poesía. Por ejemplo, en “Certeza”, dice: “Una noche más un pájaro/ me regala su canto/ y con mi desvelo pienso en él. / Tan cerca en su silbido/ ¿busca la noche un milagro?/ Por su silencio repentino/ y en la extrañeza del instante/ nos une la misma fe”.  Esa hora, la madrugada, es en la que todo empieza, es una hora también raíz como la familia, pero raíz del día, el momento en que el tren llegó a Rufino trayéndole al padre la presencia de la amada que más tarde será madre. En el poema “Carta fechada en marzo del 55” (no cualquier año para la historia argentina) dice: “Ella en Rufino, él en Alianza/. El reencuentro asoma/ como un tren que llega a la estación/ de madrugada”. Esa misma hora es la del último cigarrillo, como en ese poema en que el yo fuma y escucha desde la cama a los vecinos volver de una fiesta por el pasillo del edificio, jolgoriosos van los otros, vale decir, acompañados. Además de fumar, María Laura levanta su copa, brinda, parte el pan y comparte las pastas del domingo en los versos de La hija menor donde la suma de escenas gozosas, cotidianas, retienen lo que se tiene en fuga, fijan lo errante como diría Marosa Di Giorgio, lo que andaba dando vueltas por ahí sin ser dicho, y también desatan lo fijo, lo que no parecía tener otra dimensión más que la que tuvo entonces, cuando la cosa sucedió. Los recuerdos de infancia, de los que Rilke diría que son una fuente infalible de inspiración, adquieren movilidad cuando la poesía los toca. El trabajo de la escritura, digo yo, es armar una suerte de Frankestein al unir partes, percepciones disímiles, e insuflarles otro tipo de vida. Virginia Woolf, escribió en Orlando que la poesía es una costurera que junta retazos de aquí y de allá. Es así como se componen libros como este, una suerte de álbum fotográfico que no respeta cronología. Aunque sí, no se le puede negar la voluntad de reconstruir la historia a estos poemas, a esta hija menor que es la voz de la familia, la encargada de apagar la luz cuando todos se hayan ido, la que sobrevive a la novela familiar.  En otras épocas, era la menor la que se quedaba velando por la madre, en este libro esa que vela es la poesía, guardiana de una historia a la que mantiene a salvo de los peligros del mundo y del olvido. Dice María Laura en el poema “De madrugada”: “La niña que fui/ vuelve con la noche,/ me toma de la mano/ y pide que cierre los ojos/ oigo el ladrido del perro/ un movimiento de sillas/ y la voz de papá./ No abras los ojos, insiste/ la niña y siento una caricia/ sobre mi pelo negro,/ tiemblo al reconocer/ ese olor familiar./ No te vayas, murmuro/ no me despiertes”.

Paula Jiménez España

 

Dos poemas de La hija menor

 

Con sus manos

 

Papá hizo grandes cosas:

de la tierra levantó nuestra casa

y aunque no tuvo doctorados

fue un experto haciendo radios.

Las hacía de todos los tamaños.

Mamá cuenta que leía

folletos y manuales con entusiasmo

e incluso un día

la sorprendió haciendo un televisor.

Él sabía bien de oficios

y sus manos fueron el instrumento,

tenía el don de dar forma

a lo minúsculo

como esa radio que tengo frente a mí

y a la que observo con puro gozo

de haber visto

lo que un padre es capaz de hacer.

 

Primavera

 

Todo lo que veo

todo lo que sueño

me lleva al mismo lugar:

un jardín de color intenso,

pájaros picoteando el pasto

y un colibrí que baila

sobre el regador.

El cielo azul del atardecer

y mi madre en la silla

mirando a papá,

así como se mira

aquello que se ama.

 


md

María Laura Decésare nació en Rufino, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1969. Reside en Buenos Aires. Estudió Ciencias de la Comunicación y es Técnica Superior en la Corrección de Textos. Publicó los libros de poemas: La letra muda (Ediciones del Dock, 2010), Vida de gatos (Ediciones del Dock, 2012 – reeditado en 2015) y Somos lo que damos (Ediciones del Dock, 2015), La hija menor (Colección Pez Náufrago, Ediciones del Dock, 2017). Integra la antología Décima Convergencia Internacional de poemas “JUNÍNPAÍS2011” (Ediciones de las tres lagunas, 2012). Sus poemas fueron publicados en diferentes medios y revistas gráficas y virtuales de Argentina, Chile, México, Colombia, España y Estados Unidos. Recientemente, poemas del libro Somos lo que damos fueron traducidos al francés, portugués y al italiano. Administra el blog La letra muda: http://mldecesare.blogspot.com.ar/

Fotografía: Nacho Gatica.

 

paula-jPaula Jiménez España nació en Buenos Aires en 1969. En poesía publicó, entre otros, Ser feliz en Baltimore, La casa en la avenida, La mala vida, Espacios naturales, Paisaje alrededor, El corazón de los otros, Terrores nocturnos. En prosa publicó Pollera pantalón / Cuentos de género. Recibió distintos premios provinciales y nacionales y fue traducida al italiano y al inglés. Desde 2008 colabora con “Soy” y “Las 12”, suplementos del diario Página/12. Dicta Talleres de escritura y de lectura grupales e individuales.

Cinco poemas de Natalia Salvador

Cinco poemas de Catalina Boccardo

bocc

Una selección de cinco poemas éditos e inéditos de la poeta argentina Catalina Boccardo.

 

expresión corporal

 

                                                   “La manera de danzar que lleva el sello de cada individuo. Comparándolo con la poesía de cada poeta. Por medio de este quehacer queremos ayudar a que el cuerpo piense, se emocione, y transforme esta actividad psíquica-afectiva en movimiento, gestos, ademanes y quietudes cargados de sentido propio.”

(Patricia Stokoe)

 

semidesnudas

nos contorsionábamos

un patio repleto de piernas

saltos

otra vez al piso mugientes

 

y reprimidas y temerosas

 

aquellos años setenta

freían el cerebro

quedabas con la dura cicatriz de un fascista

 

por eso la dulce prueba

la imaginación

 

si ser otras

nos convertía en nosotras mismas

 

más que la realidad

los ejercicios de expresión corporal

daban a las niñas sus músculos

 

aprendías

hay una pelvis

libre de cercos

 

sus bestias enlazan la asfixia

para siempre

 

De BAILAR, 2013 (Inédito)


 

6

 

a lo lejos

un biguá

peces enganchados

irrumpen el curso de la especie

 

nos alimentamos

unos de otros

 

este hambre campesino se salva

con los dedos pequeños

 

De FORMOSA, El Suri Porfiado, 2015


 

kusama y bacon

 

he visto a kusama en orgías

pintar el falo

una etapa de su arte

corriendo desnuda dentro de una multitud

 

(luego atraparon a la artista

que deseaba alguna vez ser atrapada)

 

nunca entendí lo suficiente

ir al extremo

otorgar un salvoconducto al cuerpo

esa guarnición no termina de romperse

frente a los ataques

 

no es matar o violar de manera directa

 

el material de la fotografía sobrevive

hasta que alguien logra su captura

como la pintura

o los golpes de la escultura

 

bacon sabía mucho de esto

se llevaba los pedazos y sus obras parecen frigoríficos

 

De COLLAGE, En Danza, 2015


 

arrojó poemas

como un vaso de agua

 

había pasto seco en la dedicatoria

 

y su lectura

desnuda

corrosiva

taló mi cuerpo

 

que mi escritura no haya caído
en la punta filosa de las cañas
_ pensé

 

hay palabras buitre
y otras
originan incendios

 

 

De ELEMENTOS, La Mariposa Y La Iguana, 2013


 

3

y granos de chocolate

los muxes

muelen

repletos de esos  ademanes

vistos por las banquetas de oaxaca

 

tibia

la mano

ahora

cabe en una taza el líquido más oscuro que la melancolía

 

del español curtido nada queda

 

adentro de esos montes aledaños

gente colorida viaja y regresa

 

entre amigos recientes

la risa

el mezcal de la taberna

con un alacrán del tamaño de camafeos y ella que no sabe si es él

o él que tampoco sabe de ella

 

los machos cuelgan los ojos en los espejos detrás del mostrador

 

acá entrecruzamos vasos

nos movemos como en una película

ardor se siente por dejar la realidad

 

De EL VIAJE Y EL OMBLIGO, 2017 (Inédito)

 

 

Catalina Boccardo (CABA). Publicó los libros de poesía: el jardín santo y collage (En Danza);  territorios (Del Dock); formosa (El Suri Porfiado); los cuadernos  elementos, mangos, bailar y clases de collage (La Mariposa y La Iguana); el e-book Punto Ciego (selección de poemas y fotografías de su autoría, Biblioteca de las Grandes Naciones, País Vasco, 2016). Participó con el microrrelato “Sangrar” en un libro objeto de (c)acto ediciones, Foro de ediciones contemporáneas del Museo de Arte Carrillo Gil, México, 2012. Su poesía aparece en blogs, fanzines y  revistas. Fue invitada a diversos ciclos, encuentros y festivales de poesía en distintas ciudades del país, y en Uruguay y México. En coautoría realiza la columna La Casa Entera Ya no existe para la Revista virtual El Infinito Viajar de Artes y Poesía.

Cinco poemas de Natalia Salvador

Cinco poemas de “Wanaku”, de María del Rosario Andrada

 

Compartimos cinco poemas de Wanaku, el último libro de María del Rosario Andrada (Catamarca, 1954), publicado este año por la editorial lisboa.

 

 

LA LLUVIA CAÍA SOBRE CUZCO

 

wanaku

Nos ocultamos

la lluvia caía

sobre Cuzco

como nunca en esa estación

del año

recalamos en un hostal

una indiecita morena

nos besó los labios

con hojas de coca

y nos abrigó en la noche

con cueros de vicuña

 

Una llama parió en el fondo

el vientre

de mi madre se abría

mi cabeza era un colgajo

araña ensangrentada

 

cuando la cría

cayó a tierra

la hembra sin fuerzas

mordió el cuello

resopló el hocico

la pequeña quedó

a la intemperie

fue entonces

cuando un relámpago

le secó los ojos.

 

Un huayno escapó

por la ventana

 

qué hermosos ojos

qué bonito cuerpo

qué linda flor

te voy a querer

a mi linda tierra te voy a llevar

 

LA HONDURA

 

No era la pindó

era un nogal

de pronto

las hojas tomaron forma

y emprendieron vuelo

ahí quedé

sosteniéndome

en la hondura

de la mañana

mientras la luz

se apagaba de a poco

y la lluvia pintaba

a cuadritos mis sábanas

 

 

UN COLIBRÍ DA MEDIA VUELTA Y SE VA

 

Estoy aquí

adherida a la tapia del vecino

las lagartijas

caminan en mi cuerpo

abren diminutos agujeros

un avispón llega

revisa el territorio

medita con sus hélices

se asegura que otro espía

no destruya la estrategia

 

de pronto

una nube negra

flota en el aire

posan sus patitas en la enredadera

no puedo gritar

me sofocan

un colibrí da media vuelta y se va

 

 

NOCHE DE GUANACOS

(Wanaku Tuta)

 

La angustia del niño

que corre

tras una mujer que lo           desconoce

y en las llagas

de la noche muestra los ojos

de la nutriente indígena

la de mancebos recostados

sobre las pupilas del viento

leche derramada por matronas

y sirvientas de amaneceres

por tías milagrosas

que sostienen

nuestros frágiles cuerpos

las del rezo diario

agazapadas en la soledad

de un vientre

 

ese niño de abuelos y tatarabuelos

de mágicas siestas de criados

es viento zonda en la altitud /

y lucero en tierra Wanaku

 

A Leonardo Martínez en su memoria

 

 

EL AGUA DEL CIELO NO HA DE CAER

 

El  viento lleva en el polvo el sol./ La arena se despega del médano/ llega hasta las raíces de los árboles/ corta el límite/ espía entre los pastizales y las lomas/ avanza por el blancor de la osamenta en los hoyones./ Algo arde en esa distante sencillez…

Julio Salgado

 

En la tundra pequeña donde los caballos no pastan

y la arena forma remolinos de vientos

sobrevuelan       aves zancudas que migran hacia el salar

 

en noches de relámpagos puede verse

el techo de una casa que el zonda ha enterrado

siluetas, ondulaciones, montes

y alguna luz misteriosa

el agua del cielo no ha de caer

canta una vieja coplera

 

en otro amanecer las cosas vuelven

a su lugar

el aire es transparente

la montaña una planicie

 

en los confines

la furia caníbal del viento

vomita un pueblo fantasma

 

 

 

María del Rosario Andrada (San Fernando del Valle de Catamarca, Argentina, 1954). Es poeta y narradora. Ha publicado los poemarios Uvas del invierno y Casa olvidada (ambos por Municipalidad de Catamarca), Tatuaron los pájaros (Botella al mar), Anuin y los senderos del fuego, Los cánticos de Otmerón y Profanación en las alturas (los tres por Ediciones Último Reino), Los señores del jaguar y Huayrapuca, la madre del viento (ambos por Editorial Vinciguerra), Último resplandor y Suri, patitas largas (ambos por Ediciones del Dock) y Wanaku (editorial lisboa). En 2003 publicó el libro de cuentos Las tres caras de la herejía (Ediciones del Candil). Su poesía fue parcialmente traducida al inglés y al alemán, e incluida en distintas antologías de su país y del extranjero, entre las que destacan: Poesía de la mujer argentina (Editorial Emma Fiorentino), Publicaciones Técnicas, Antología AMORica Latina (Universidad de Viena, edición bilingüe, Austria), Poesía del Noroeste (Fondo Nacional de las Artes) y Poetas argentinas (Ediciones del Dock).

 

* Todos los poemas pertenecen a Wanaku (editorial lisboa, 2017). Selección: Felipe Herrero.

*Fotografía: Facebook de Rosario Andrada.

 

Cinco poemas de Natalia Salvador

Cuando me vaya y me quede

Máximo Simpson fue un referente de la poesía argentina y latinoamericana. A poco de su fallecimiento, presentamos tres poemas inéditos junto a algunos otros de su memorable producción.

 

 

Mohamed, Isaac

…vuestro holocausto, nuestra catástrofe…

Emile Habibi

 

                    “¡Yo soy la víctima!”  ¡”No, yo soy

                                             la única víctima!” “Ellos no replicaron:

                                                        ´’Una víctima no mata a otra”

Mahmoud Darwish

 

Mohamed, Isaac, yo soy quien los convoca,

soy el gaucho judío, y soy el musulmán,

el afrentado,

el que viene de orillas colmadas de paciencia,

desde antiguas y nuevas sepulturas,

desde Egipto y la Meca,

desde Jerusalén, desde Cracovia.

Vengo desde Sefard,

vengo desde la Rábida y la Alhambra,

vengo desde Treblinka,

vengo de Moisés Ville,

vengo desde aquel niño que aún espera

en un portal de Flores Sud,

temblando,

aquí cerquita de la pampa.

 

Soy ninguno y soy todos,

y yo les pido ahora

que vengan a mi mesa a conversar,

y les digo que Abraham,

como un hermoso tío nos aguarda.

Vengan a conversar con él, conmigo,

con la lumbre y la muerte para aclarar las cosas.

Y hablemos en familia, sin tapujos:

ya hace mucho que un joven poeta palestino,

judío de Belén,

en la flor de su edad nos dijo a todos,

 

Amaos los unos a los otros,

 

y aún otro poeta de este tiempo

clamó tal vez en el desierto:

Devuélveme la herida/

y cúrame el dolor/que te he causado (*)

 

Mohamed, Isaac,

acabo de poner un mantel blanco

bordado con desdichas,

con hebras de este mundo,

y vengo desde el alma del creyente,

también desde el  insomnio del incrédulo,

desde el sótano y la flor tomados por asalto,

y les ofrezco ahora este mate cordial,

esa tisana para curar, si eso es posible,

el incurable mal

del hábitat de todos que es ajeno,

y rescatar el tú de cada yo,

el yo de cada tú,

oh Mohamed, Isaac,

cuñados, primos míos,

muertes mías,

cadáveres amados,

nietos míos que sueñan con Alá,

que escuchan a Yaveh o al arco iris:

siéntense aquí, la mesa está tendida,

y por el este asoma tal vez una guitarra,

asoman unas manos de esplendor,

un doloroso canto de alegría,

y el mate está servido, coterráneos,

parientes de este breve montoncito de polvo

que anhela, que pregunta,

 

oh paisanos del agua,

vecinos de la dicha inalcanzable,

del paisaje sediento de justicia.

(*) Versos del poeta mexicano José Ángel Leyva

(de Último Aviso, inédito, 2012)

 

Cuando me vaya

 

Cuando me vaya de aquí,

cuando me vaya y me quede

para seguir esperando

en la ambigua luz del día;

cuando  perdido me apoye

en la puerta sin adentro,

sin número, sin afuera;

tal vez encuentre allá lejos

a la anónima calleja

que antaño un dios habitó.

 

Cuando me vaya de aquí,

cuando me vaya y me quede,

tal vez descubra la aldaba,

la casa de mi silencio

y el gran río apaciguado,

el que fluye sin fluir

en la quietud del  instante

sin fechas ni aniversarios.

 

Entonces habrá convite

para campanas que abrevan

toda su luz en lo oscuro,

y un epitafio que diga:

 

Yo me fui y estoy aquí,           

tocando el violín sin cuerdas

del día que nunca vino.

 

Cuando me vaya de aquí,

cuando me vaya y me quede.

 

(de Último Aviso, inédito, 2016)

 

Último aviso

 

Ciudadanos, amigos y clientes,

vengan a ver y crean lo que ven,

aquí están los secretos de la vida

y todo lo demás,

aquí están las señales por unos pocos pesos,

 

I sell, I sell, I sell,

                  

vengan antes de que todo se acabe,

antes de que cierre el negocio,

pues se está haciendo tarde,

y yo que soy conciencia del más extremo sueño,

seré sólo materia al borde del camino,

y por eso aconsejo, dense prisa,

             

                            for sale,

                                       for sale,    

                                                  for sale.

 

(de Último Aviso, inédito, 2016)

 

El rastreador

¿Dónde están las pisadas de mis pasos,
dónde están las miradas que dejé por el aire?
En pos de aquellos rastros
camino tras el puma,
el buitre, la calandria,
pruebo pasto, mastico,
huelo el viento, la brisa,
registro las raíces,
las grietas, los resquicios,
vuelvo atrás, adelante,
giro en torno
del olor a pasado,
a triste antigüedad, a tardes viejas,
convoco desde el sueño las guitarras del mar,
los tambores del tiempo.

¿Quién soy yo entre tinieblas?

Yo soy el rastreador,
el que se busca.

(De La casa y otras visiones, 1995)

 

 

Resurrección

 

Hoy me he puesto de pie, me he levantado.
En un rapto de orgullo pude mover la piedra,
sacudirme la bóveda.
Mirad el jeroglífico sediento
de avara eternidad:
esta inscripción soy yo,
mi muerte.

Después de interminables cataratas de olvido,
aún los sueños me acechan
con su cortejo de sangrantes manos,
y aluviones de gritos me persiguen.
Y aquí estoy yo, señores;
soy el amortajado:
yo soy el rey de Egipto,
padre de las cosechas,
ruiseñor de las lluvias,
y a mí el trueno irascible me obedece.
Yo vi a Tutankamón sonreír de orgullo,
levanté la pirámide de Keops,
y aquí estoy yo, miradme.
Yo quiero este socorro, esta limosna,
la migaja del último terrestre:
quiero morir de amor,
tomar un ómnibus.

Mirad mi piedra, contemplad mis párpados,
mi sueño melancólico,
mi enfermedad letal de piedra viva,
de resplandor que no se acaba:
siento el terror del tiempo,
sus pezuñas de cal sobre mis ojos.

 

(de Poemas del hotel melancólico, 1963)

 

To be or not to be

 

Yo quise ser un rojo violín desorbitado,
un ex abrupto eterno,
un jardín de magnolias o una tromba,
y sólo soy ahora profesor de nostalgias,
edecán del otoño pesaroso.

Yo quise ser el mar,
o tal vez quise ser lo que no quise,
un triángulo isósceles o un trueno,
o una momia egipcia
con su paz infinita, imperturbable.

Eso quise tal vez en mi constancia,
en mi apuro, en mi afán, en mi zozobra,
quise ser el revés, la mano izquierda,

el costado de mí, mi renegado,
y sólo soy mi tú, mi pobre mí,
un pronombre ya exhausto,
un posesivo huérfano, un despojado mí.

Eso quise tal vez,
y sólo soy ahora mi vecino,
apenas mi perfil, mi suroeste,
mi terco lateral:
estoy en la adyacencia limítrofe de mí,
y siento desazón, me extraño mucho.

(de Poemas del hotel melancólico, 1963)

 

 

Canción de don Elín

 

                                  Pero, ¿qué se hicieron las nieves de antaño?
                                                                                        François Villon

 

Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
un arpegio sonámbulo, exiliado,

ya ciego entre los pájaros,

y un piano derribado en la intemperie,

y un músico extraviado por las nieves del tiempo.

Yo he visto todo eso, pero dónde,

 

¿dónde andará mi padre, don Elín?

¿Acaso está en el aire? ¿Acaso está en la nieve?

¿Acaso está en los pétalos dormidos?

 

Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
vi un caballo sin alas,
un fuego sin calor, un río sin orillas.

Yo he visto todo eso, pero dónde,

 

¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Está reconstruyendo los rotos mecanismos?
¿Está bebiendo luz, prepara sus maletas?

 

Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
vi un sueño que corría hacia el abismo,
vi un zapato perdido,
una paloma herida convocando a los ángeles.
Yo he visto todo eso, pero dónde,

 

¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Cómo hará en las mañanas para entornar las puertas?
¿Cómo hará por las noches para inventar las flores?

 

Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
Yo vi una copla exhausta, despoblada,
una trova, un acorde, una rapsodia
sin violín, sin garganta.

 

Yo he visto todo eso, pero dónde,

¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Dónde andará?

 

Ay, yo vi una melodía ahogada en alta mar.

 

(de La casa y otras visiones, 1995)

 

 

Ellos

 

Eran tres árboles riendo a pura brisa, tres tal vez en las veredas, tres insomnios,

tres preguntas sin posible respuesta.

 

Eran la fiesta, eran la música, eran ríos; eran la mesa de billar,

eran la vida, acaso eran la niebla, la alegría de ser; y eran

la espera, la fe, la desventura.

 

Cariñosas distancias (*) los unían, y a veces la mateada profunda,

tejida con los hilos adversos de la dicha;

eran sólo tres hombres, tres seres transitorios en un orbe al acecho,

en un tiempo inhallable debajo de la Luna, detrás de las mareas.

 

Eran palabras y ademanes, eran razón de las mañanas, eran los dones de su estar,

¡oh sinrazón de los ocasos!

 

Eran Alex, Roberto, eran Gustavo;

y eran la trinidad de los Alessio,

tres toques de campana,

tres candiles,

tres voces.

 

Dejaron todo aquí,

y son los tres ahora tres camisas sin nadie,

tres olas, tres mareas

contra la sucesión de las edades,

contra la indiferencia de las flores.

 

(*) Esta expresión la he tomado en préstamo de un poema de Carlos Mastronardi.

 

(de Transcurso, 2013)

 

 

 

Máximo Simpson (1929-2017) nació en Buenos Aires y residió largos años en México y Brasil. Cultivador de travesías y amante del mate amargo. Publicó: Túpac Amaru (1960); Más poesía (1962); Poemas del hotel melancólico (1963); Hacia dónde tan lejos (1981); Estación final (1985); Elegías americanas, (1992); La casa y otras visiones (1995); Alrededores (1999); Esta precaria luz (antología) (2003); Antología poética (Fondo Nacional de las Artes, 2004); A fin de cuentas (2006). Ese mismo año recibió el Premio Esteban Echeverría, de la Asociación Gente de Letras de Buenos Aires. En 2007, la Asociación “Poetas de las dos Orillas” (Montevideo, Uruguay), le otorgó la distinción María Eugenia Vaz Ferreira. En 2008 recibió el Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía. En 2012 le fue adjudicado el Premio a la Trayectoria por la Asociación Premiados Argentinos y en 2014 obtuvo el Premio Biblioteca Nacional “Rosa de Cobre”.

 

[Agradecemos a Ximena Simpson por los poemas inéditos y la fotografía].

Certificados SSL Argentina