by Claudio Medin | 2 \02\America/Argentina/Buenos_Aires abril \02\America/Argentina/Buenos_Aires 2019 | Poesía
Compartimos una selección de poemas de Anahí Lazzaroni (1957-2019), poeta nacida en La Plata y radicada en Ushuaia desde su infancia, que partió al mar de sus sueños o al cielo de sus pájaros en marzo de este año.
De Dibujos:
Hablando de fútbol, menaje y TV
De las charlas insulsas
desembarco
a mitad de camino.
Deserto al galope,
tomo el rumbo de las lluvias.
Mitigo
las insolaciones humanas.
*
Nostalgias
De aquellos días abiertos
a las alegrías del mundo
sólo nos queda
un suave polvillo
birlado
por el viento.
De El poema se va sin saludarnos:
Alejandra Pizarnik, in memorian II
¿Dónde está
la reina loca que nombrabas?
No puedo verla, mira al ahorcado
que me exige limosna.
No le des –me dices–
no le ofrezcas,
mejor guarda
para que se alimenten tus pájaros
o mejor tírala.
Cada moneda que reluce
es un estigma
en los tiempos que corren.
*
Meditaciones de fin de siglo
La luz morada del otoño,
un ave que grazna mientras sobrevuela el agua.
No siempre la naturaleza reconforta,
y el mundo
posee habilidades:
nos alimenta
o
nos despoja.
*
Tiempos posmodernos
No hay esencia,
no hay razón,
no hay ni una loca esperanza
perdida en la hondonada.
Oh, viejo Zeus, aliméntame
por los días de los días.
Ofréceme esa intensidad suprema
de los moribundos ilusionados
y ampárame
de tiempos tan duros.
De Bonus Track:
Boceto
Cantos sólo cantos
escritos en una noche de vigilia.
La juventud huye, huye
a vuelo rasante,
en ese caballo con cara de Dios
van sus aromas.
*
Perfil
Ágil y lustroso
salta
(en la mitad de una mañana radiante)
el pez azul
de la melancolía.
*
Poema sin camellos
Y nos decimos que cantamos
para alejar la oscuridad.
Emily Dickinson
No veré más a la lluvia dorada
pintar el mar,
ni a los pájaros del alma
beberse a cántaros el viento.
Un fulgor distinto iluminará el paisaje
y la travesía será más tenue.
En la ciudad también está el desierto.
*
En la casa del Tigre
Cuentan grandes penas, amoríos trágicos
e historias de madres posesivas hilando la tarde.
Despliegan el dolor como si fuera un mantel
y beben alegres las copas del olvido.
Una embarcación en ruinas
navega el río de la noche,
dicen que en ella viajan
el rey mendigo y su guardia de sonámbulos.
A mediados del siglo
en una ciudad mal llamada Buenos Aires,
repiten, un niño levantaba apuestas de caballos
a espaldas de sus inmaculados padres
y más lejos otro niño loco
se inventaba solitario la llanura.
Murmuran trozos de vida
ya cubiertos por el polvo
o casi.
*
Leyendo diarios
Un cocodrilo del siglo diecinueve
bosteza.
¿El río?
Cualquier río fangoso
de África lejana.
Animal de sanas y sabias costumbres
si vinieras
y devoraras este caos perfecto
no harías otra cosa
que embellecer
el mundo.
De A la luz del desierto:
Lo dicen por ahí
Te atraen las ciudades en decadencia,
los hoteles ruinosos, la gente loca y amable
sucumbiendo a sus propios designios.
Aquellos pájaros gordos
quietos sobre la última nieve.
La música secreta tocada en un piano
por alguien que durmió en Calcuta.
El cielo lleno de nubes de esta comarca perdida.
El andar afelpado del leopardo.
Los conocimientos inútiles.
La luz que trastoca a los soñadores.
Las preguntas infinitas saliendo de su cauce
como ríos alucinados.
La posibilidad de escribir.
Mirar el aleteo de una mosca
sin que el tiempo importe demasiado.
Dicen que es cierto.
*
Canción sin partitura
Nada está escrito en ningún lado,
ni las canciones viejas
que nos llegan a la memoria
para salvarnos del invierno,
y se hunden bajo el grito constante
de los pájaros nocturnos.
Nada está escrito,
ni esos terrores marcados a fuego
que aparecen en los sueños,
ni las alegrías
o el olvido mismo.
Nada está escrito en ningún lado
Y los locos,
los pobres locos
ya no dibujan árboles
en las paredes vacías.
De El viento sopla:
Graffti
Alguien debería dibujar de un modo impecable
el mapa de una ciudad loca
a la que abofetea el viento.
Bordeada por un mar gris y murallas de piedra,
con gentes de poco hablar
navegando sus propios océanos.
Nombro una ciudad que no está muerta ni viva.
15 de octubre, 2003
*
La ciudad y el poema
Observás cómo enseña a hacer tempura
una cocinera japonesa en un documental,
sentís la ciudad colapsada.
Mirar una cosa y pensar en otra,
quizás en eso consista la escritura
o el poema que comienza escribirse
a espaldas del mundo
al mejor estilo de un buen ladrón de gallinero.
Es de noche y no llueve,
no llueve por una vez en esta ciudad.
Ya hubo alerta amarilla por vientos huracanados.
Eso pasó
como pasa todo y nadie lo recuerda.
21 de abril, 2006
*
Las canciones antiguas
Tintas antiguas para describir la ciudad.
Campos de nieve y falsas arenas movedizas.
Fotografía de pobladores y viajeros muertos.
Barcos entre los bordes de las olas azules.
Miserias empujadas por los vientos del Sudoeste.
Canciones alegres de tierras lejanas
que nadie puede cantar, ni cantará jamás.
Monedas del oro que nunca estuvo aquí.
Son otros los pájaros que vuelan en el cielo
10 de mayo, 2005
De Alguien lo dijo:
Enigma
¿Para qué recordar esta melodía
si desconocemos de dónde viene?
¿Por qué razón vuelve
si no la podemos cantar?
Hubo un tiempo que estuvo
en nosotros
al igual que tantas cosas.
El pentagrama está vacío.
*
Poetas contemporáneos o el legado de lo cursi
A Jorge G. Garzarelli
Queridos amigos:
Nuestro gran deber es mantener a los lectores en vilo
sabemos que la poesía aburre a la mayoría de los
[mortales.
Temen hallar golondrinas, rimas tontas,
crepúsculos, maderas de sándalo.
Y si nos descuidamos
hasta a ese par de muchachas hoy tan desprestigiadas:
la costurerita que dio el mal paso
y la pulpera de Santa Lucía.
*
Bajando decibeles
Señoras y señores poetas:
El insecto que se desliza a ras de tierra
nos ignora.
Los latifundistas también.
Por eso nuestra idea de la poesía
nunca debe de ser tan grandiosa.
Alcanza
con que quepa
en una caja de zapatos
mediana.
Anahí Lazzaroni nació en La Plata el 30 de agosto de 1957. Residió desde su infancia en Ushuaia. Publicó: Viernes de Acrílico (1977), Liberen a la libélula (1980), Dibujos (Ediciones Revista Aldea, 1988), En esta ciudad se escribirá una novela (prosa, Ediciones Revista Aldea, 1989), El poema se va sin saludarnos (Ediciones Último Reino, 1994), Bonus Track (Ediciones Último Reino, 1999), A la luz del desierto (Ediciones Último Reino, 2004), El viento sopla (editorial El Suri Porfiado, 2011), Alguien lo dijo (El Suri Porfiado, 2018). Entre 1986 y 1994 codirigió la revista Aldea. Colaboró en diarios y publicaciones del país, y del extranjero. Poemas suyos figuran en antologías de poesía contemporánea y han sido traducidos al catalán, coreano, francés, inglés, italiano y portugués.
Fotografía: Florencia Lobo
by Claudio Medin | 25 \25\America/Argentina/Buenos_Aires octubre \25\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Notas
Compartimos una reseña de la poeta María Laura Decésare y tres poemas de Fuerte como la muerte es el amor, el último y reciente libro de Diana Bellessi, publicado por Adriana Hidalgo.
Reseña por María Laura Decésare
En cada uno de los poemas reunidos en Fuerte como la muerte es el amor (Adriana Hidalgo Editora, 2018) la pequeña voz del mundo de Diana Bellessi nos abre las puertas de su pueblo natal, Zavalla, y en ese viaje recorreremos de la mano de la autora cada uno de sus paisajes, haremos amistad con Belkis, veremos las primeras hojitas verdes del sauce llorón, tres lechuzitas blancas, la flor primera del jazmín y oiremos el canto de innumerables pájaros “que han llegado de repente/ como llegan las palabras/ al sur de Santa Fe”.
Este maravilloso libro se abre con el poema Parque Villarino en el que Bellessi nos invita a ver los árboles al ritmo del tema musical A forest de The Cure para perdernos solos en el bosque en el que el sonido es profundo y “no hay nada/ más que el verde de la voz adolescente”.
Ningún paso de Diana Bellessi es en falso y nada pasa inadvertido ante su mirada que contempla todo lo que la rodea y a medida que avanzamos con la lectura surge un verso que nos demuestra su generosidad al compartir lo que su ojo ve “en la casita de Zavalla” al que “ustedes me trajeron, ¿verdad viejitos?” donde “se vuelven amigas las calandrias” y “Wanda, la perrita blanca y negra/ ya me ladra sin ganas/ y dejo de ser la forastera para ser su vecina”.
Desde su decir indiscutible, Bellessi nos alumbra con su poesía y nos regala un jardín con flores de colores, malvones, magnolias, azaleas, crisantemos blancos y la inmensa belleza del monte. Fuerte como la muerte es el amor y lo son estos poemas que le dan la bienvenida a casa, pero su voz es tan precisa y clara que conmueve cuando dice “el mundo se ha dado vuelta/ y vos/ cada vez sos más chiquita y/ necesitás/ a tu mamá y a tu papá pero ya/ no vuelven más” o cuando “llueve serenamente y los sapitos saltan”, pero también nos revela otras voces “y conversamos con Belkis/ alambrada de por medio, cómo quiero/ a esta mujer, es la única que me habla/ como me hablan los malvones” o “el día se nos acaba con un brillo y un meeeh…”
El libro se cierra con el poema que da el título Fuerte como la muerte es el amor, un poemario en el que abundan los finales con puntos suspensivos. ¿Qué intentará decirnos Diana Bellessi que nada deja librado al azar? y como respuesta asoma un verso: ¿Cuándo te vas? preguntan todos en Zavalla/ y yo, no sé qué decirles cuándo me iré/ y aunque lo sé me miento a mí misma, me digo/ no te irás”.
Y la poesía atrás…
Un bichito negro entró por la puerta
y creyéndolo un cascarudo le tiré
la toalla para sacarlo, entonces
empezó a gritar: cuik cuik violentamente
hasta que lo solté afuera, dice
la tía Porota asombradísima
de que el bicho hablara, y tan fuerte!
me dice mientras ríe contándome
el suceso del día y vuelve a contármelo
después agregando detalles: nunca
oí a un bicho quejarse, cuik cuik
como si me pidiera que lo dejara
ir, nunca en mis ochenta y eso que estoy
un poco sorda, me decía, con la
risa abierta ante el misterio sin igual
la tía más querida en este pueblo
de Zavalla, que me llamó a las ocho
para tomar juntitas unos mates
y contarme al final del día esta
historia fenomenal, cuik cuik gritaba
el bicho hablando con la tía, porque
sabía ella lo escuchaba, y la poesía
atrás…
El mazo
En el viejo café Cervantes sobre la plaza
la sombra luminosa de mi padre me acompaña
siempre he querido a este boliche sombrío
donde los parroquianos varones juegan al mazo
español o miran la televisión silenciosos
y me dan permiso, Dios mío, de fumar adentro!
aquí veníamos con el papá a tomar café
y a él, no le daba vergüenza traer a su hija mujer
la ruta al frente y la vieja estación de tren
con la plaza al lado, ya suben las voces de estos
machos y quisiera atrapar cada gesto o frase
que se repite desde mi infancia a mi vejez
ahora que ya se han olvidado de mi presencia
con las cartas en la mesa y uno lee le diario
dos toman cerveza o miran un documental
sobre Tailandia y el mozo del bar y yo
la octava pasajera con un noveno sentado
atrás que ahora entra al café de la plaza, el más
antiguo que conozco y siempre milagrosamente
abierto, hay un tipo ahora en el reservadito
tomando vino, y mujeres nunca, qué entretenida
la rutina de los varones que ahora comparto
con mi cuaderno de notas mientras el noveno
se acerca a jugar una básica y hablan de una víbora
no sé si será de Tailandia o de Zavalla
pero todo tiene un sabor de aventura antigua
que me dan ganas de reír y de llorar al mismo
tiempo y ahí entra el barbero y Barrera detrás
que se sienta en mi mesa mientras recuerda,
octogenario ya, al Chevalier y a su mujer
Hilda, amiga de mi mamá, encantador ese
Barrera, y otro, al que le reconozco la cara
aunque no sé cómo se llama y me dice “acá
se sentaba siempre tu papá, en esta silla,
frente a vos”, lo recuerdo, sí, mirando hacia la plaza…
ustedes me trajeron, ¿verdad viejitos?, y el dueño
del bar que me ofrece ahora una copita que no
me dejará pagar, tan grande y hondo, no sé
Perdida en la mañana
La gente me inquieta tanto, a solas
estoy feliz y calmada, luego todo
se transforma en un rompecabezas
que cuesta resolver como si el mundo
se derrumbara y no sé siquiera
mi nombre o el número de mi casa,
pero pasa, sí, con Wanda y los pajaritos
me siento tranquila y ese gallito
que canta otra vez, lo oí esta mañana
en los patios vecinos, sutura
no es lo mismo que supura, rubia
mía, el mundo se ha dado vuelta
y vos
cada vez sos más chiquita y
necesitás
a tu papá y a tu mamá pero ya
no vuelven más y con su sombra
enfrentás el mundo inmenso
que se te viene encima, sola, solita
como esas gallinas que cloquean
mientras vos escribís tus últimos
poemas y conversamos con Belkis
alambrada de por medio, cómo quiero
a esta mujer, es la única que me habla
como me hablan los malvones, rojito
y naranja y es esta charla
la que me devuelve la paz perdida
y reencontrada siempre, sábados
de mi vida, aquí en Zavalla…
Diana Bellessi nació en Zavalla, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1946. A lo largo de su trayectoria ha recibido numerosos premios de poesía, como el Diploma al Mérito de la Fundación Konex (2004) y el Premio Nacional de Poesía (2011). Ha publicado: Crucero ecuatorial (1981); Tributo del mudo (1982); Contéstame, baila mi danza (1984); Danzante de doble máscara (1985); Eroica (1988); Buena travesía, buena ventura pequeña Uli (1991); Días de seda (sel. y trad. de poemas de Ursula K. Le Guin, 1991); El jardín (1993); Lo propio y lo ajeno (un libro de reflexiones, 1996); Sur (1998); Gemelas del sueño (1998) (con U.K. Le Guin); Mate cocido (2002); Desnuda y aguda la dulzura de la vida (AH, 2002) (sel. y trad. de la obra de Sophia de Mello Breyner Andresen); La edad dorada (AH, 2003); La rebelión del instante (AH, 2005); Persecución del sueño (2006); La penumbra que mira el oro (2007); La voz en bandolera (2008); Tener lo que se tiene, Poesía reunida (AH, 2009); Variaciones de la luz (2012); Zavalla con Z (memorias, 2012), Pasos de baile (AH, 2014) y Fuerte como la muerte es el amor (2018).
María Laura Decésare nació en Rufino, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1969. Estudió Ciencias de la Comunicación y es Técnica Superior en la Corrección de Textos. Publicó los libros de poemas: La letra muda (Ediciones del Dock, 2010); Vida de gatos (Ediciones del Dock, 2012 – reeditado en 2015); Somos lo que damos (Ediciones del Dock, 2015) y La hija menor (Colección Pez Náufrago, Ediciones del Dock, 2017). Integra la antología Décima Convergencia Internacional de poemas “JUNÍNPAÍS2011” (Ediciones de las tres lagunas, 2012). Administra el blog: La letra muda: http://mldecesare.blogspot.com.ar
Imágenes: cortesía María Laura Decésare
by Claudio Medin | 18 \18\America/Argentina/Buenos_Aires octubre \18\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía
Compartimos un fragmento de Cruzar el desierto (Colectivo Semilla, 2017), último libro del poeta y escritor de Bahía Blanca Nicolás Guglielmetti.
Remeras que digan:
“Yo soy mi propio aparato”
Pensar que en donde ahora yace el monumento
a Bernardino Rivadavia allá por el 40´
ponían una fonola que pasaba música
para que la gente se disperse entre los pastos.
El colorado Martinez murió hace una década.
Se vino de Chile y disfrutó las oportunidades
que en la Argentina daba el general Perón.
Dedicó toda su vida a manejar cuadrillas de zanjeros.
Como herencia me dejó un tesoro de objetos que otras personas
por algún motivo querían ocultar.
No recuerdo cuál es la que se sienta en la falda
y cuál la que recibe la caricia procaz.
A veces lo mejor del arte de esta época
está en las redes sociales.
Alguien tira un poco de galletitas
cerca de las tanzas
para comprobar que hay vida y ver
borbollones
como cuando hay pique.
Esa ilusión es lo que los mantiene vivos.
Anoche nos emborrachamos con Ana.
Cuando desperté en la tele daban Terminator.
El futuro padre de John Connor se arrastraba
entre cadáveres de exterminadores.
Después se despierta y está junto a Saha
en lo que aparentemente es un futuro mejor.
Para que el ruido del pez agonizante
no altere nuestra percepción de bienestar
meto los dedos en las agallas y giro el cuello.
“En la cabeza está concentrado el sabor de la vida”
me explican los peruanos.
Los que militan como los que están felices
no tienen tiempo para escribir. Sabélo.
Leo revistas en la tempestad.
A las 0:50 por la rotonda del Cholo:
mitad escarcha, mitad intuición.
Puse una etiqueta. Perdí.
Tipos que están comiendo
y ponen estoy comiendo.
Gente
que llama a Panorama
o vota a Gay.
Al lado de mi casa
estuvo comiendo Menem
cuando decir Menen
no estaba prohibido.
En una de sus dos o tres visitas
en que lo arrastraron a la ría local
a pescar tiburones.
No es boleto, lo juro.
Dicen que se sentó en el tablón
que arman todos los jueves
en el taller del Gallego
para comer asado y que los custodios
probaron antes su comida.
Esto podría ser el comienzo de una novela
si yo no fuera un tipo que asiste a un taller de poesía.
El lunes después de mañana
voy a confesar todo lo que pienso.
Acá uno antes cargaba a pala los barcos.
Rio, acomodo un discurso rebotante
con mucha condescendencia mientras cierro una bolsa
con pescadilla de la cual voy a negar el origen.
Esto es como el amor.
Nicolás Guglielmetti nació en 1981 en Bahía Blanca. Cursó estudios de letras en la UNS y formó parte de Vox Ruta 33 y EAPP (Escuela Argentina de Producción Poética), ambos programas destinados a la formación de escritores emergentes. En 2008 fundó el periódico Ático, del cual fue director hasta 2009. Ese mismo año fundó Nexo, proyecto cultural bahiense que comanda hasta estos días y oscila entre el papel, la web, el formato radio e incursiones audiovisuales (http://agenda.nexodeluxe.com.ar/). En poesía publicó: Cesar Palace, (Semilla, 2009); Tres Dedos, (Niña Bonita, España, 2011), La adolescencia del bostezo, (Letras de Cartón, Chile, 2012), Bella Vista, (Vox, 2015), Cruzar el desierto, (Colectivo Semilla, 2017). En narrativa: Fisher y los refugiados, (17Grises, 2016). Los desquiciados es su segunda novela.
by Claudio Medin | 31 \31\America/Argentina/Buenos_Aires julio \31\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía
Compartimos cinco poemas de la Antología pertinaz, que reúne poemas de Julio J. Leite (Ushuaia, 1957), y es el segundo volumen de la colección Confines de la editorial fueguina Viento de Hojas, esta vez en coedición con la Municipalidad de Río Grande, Tierra del Fuego.
La selección –que estuvo a cargo de Niní Bernardello, Federico Rodríguez y Florencia Lobo– viene acompañada por magníficos dibujos de la artista plástica Mónica Alvarado (Ushuaia, 1967).
Preguntita
Y si dios
fuera una trucha
enorme y saltarina,
una arco iris
con un cielo al fondo
y todo el viento?
Y si mi padre Vital
me esperara
sin sangre en la boca
en la otra orilla de la vida?
*
Queseyó
Con su noche de pelos
sobre el lomo,
con su tierra
juguetona de pezuñas
y su constelación canina
brillándome a la vera
inventando humo de amor
–aliento amigo–,
Queseyó camina…
Estoy solo y mi sombra
se llama perro.
*
Premio
Tres búhos
palmean la ira
que tengo por espalda.
Estoy construyendo
con mi húmero
un puñal filoso y pálido
para matarlos.
*
Manifiesto
No creo en los grandes
hacendados de la poesía,
en los latifundistas de la tinta.
Creo
en el ovejero de las letras,
que con los perros rigurosos
de las situaciones cotidianas
van trashumantes
con su piño de ideas
afrontando cuero al cielo
la palabra
para darnos abrigo.
Ellos son los que saben
que no es cuestión
de esperar la esperanza,
sino de ganarla.
Los arquitectos de la literatura
que sigan con sus escuadras,
compases y balanzas.
Nosotros,
–peones constantes–
a fuerza de imagen
construiremos
la justa casa del hombre.
*
El viento un corcel
galopando mi nada
infancia rota

Julio J. Leite (1957) nació en Ushuaia, Tierra del Fuego, y reside en Río Grande, en la misma provincia. Ha publicado los poemarios Cruda poesía fueguina (1986), Primeros fuegos (1988), Edad sol (1990, en coautoría con el poeta Oscar Barrionuevo), Bichitos de luz (1994), De límites y militancias (1996), Aceite humano (1997), Piedrapalabra (2003), Breve tratado sobre la lágrima (2009) e Invocación (2011), y el casete con poemas leídos Julio Leite, Poemas, Tomo I (1998). Poemas suyos han sido incluidos en el Libro de lectura del Bicentenario (Secundaria I) (2010) publicado por el Ministerio de Educación de la Nación, entre otras antologías.
by Claudio Medin | 23 \23\America/Argentina/Buenos_Aires abril \23\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía
Una selección de poemas de “Cóndor”, el poemario más reciente de María Casiraghi, acompañados del texto leído por María Malusardi el día de su presentación.
CÓNDOR, DE MARÍA CASIRAGHI
Por María Malusardi
Las aves saben que nunca se alcanza el cielo, dice un verso de María Casiraghi. Nosotros, que sabemos que el cielo es una entelequia –o acaso una alegoría de lo imposible en los ojos –, nos arrojamos (precipitamos) sobre el lenguaje que, al igual que el cielo para las aves, resulta una experiencia abisal, en palabras de José Ángel Valente.
Creo que es necesario, primero, compartir con ustedes el primer poema, ya que nos brinda el tono del libro y además, en tanto umbral, este primer poema acoge –y recogerá – el derrotero de nuestro asombro.
Si quieres ser el primer hombre de la tierra
abre estas rocas, ahora.
Habrá tiempo
después
para pintar las cuevas.
Como el silencio, refúgiate
en los tímpanos de la montaña
oye
solamente
la fe de la naturaleza.
Que se apaguen los otros
esos que esperan
como tú
que suban el telón los buitres.
Porque esta butaca es tuya.
Pero el tiempo, impune,
se ha vuelto desertor.
Paciencia
estos parajes de América
no escupen tiempo ni sangre
son espejos de arena
donde hasta el viento se detiene para verse
con sus alas
incesantes
moviendo la historia.
Verás lo que puedas ver.
Verás solamente
lo que ellos
quieran que veas.
“Verás solamente / lo que ellos / quieren que veas.”
¿Es una advertencia? ¿Un necesidad? ¿Un destino?
En este primer poema se presentan, aunque sin nombrarlos, el cóndor y el humano, que serán protagonistas hasta el final, y se ubican lugares, espacios, que son materia y escenario recurrente (el aire, la montaña, la piedra). Pero también se afirma una arquitectura del lenguaje que mantiene el derrumbe en sus vísperas: cada uno de los poemas que integran el libro se contiene, equilibrado, y la ferocidad (a veces la rabia) es el tendón que nunca se ve pero que por debajo tensa, da el timbre sonoro como cuerda de viola y excita las reverberancias del sentido:
XI
Remontan solitarios, y en esa armonía
se hacen señas
se alejan, vuelven, suben,
orgullosos
desfilan:
esta mañana
nos van a embalsamar.
En la cima
nadie se rinde, nadie se va.
No te das cuenta de que estás en el mundo.
No sientes hambre, ni calor, ni frío.
Un teatro invisible te sostiene
ya no sabes quién es quién en esa nube
feliz de no estar en ningún lado
inmóvil
feliz de ser
un ser
para la muerte
y que ya no importe.
Durante mi lectura, no pude evitar un regreso a Lucrecio, De rerum natura (De la naturaleza de las cosas). Que me derivó, a la vez, a la relectura de un hermoso ensayo del filósofo George Santayana en el que se explaya no sólo con sabiduría sino con belleza sobre la obra de Lucrecio. Dice:
“Parece que estamos leyendo, no la poesía de un poeta acerca de las cosas, sino la poesía de las cosas mismas.”
“Lo que Lucrecio demuestra a la humanidad de una vez por todas –continúa Santayana – es que las cosas tienen su poesía a causa de su propio movimiento y vida, y no simplemente porque nosotros las hayamos convertido en símbolos.”
María Casiraghi logra el amparo de esta reflexión de Santayana. Cóndor, en palabras del filósofo, “descubre los resortes secretos de las apariencias” y de este modo “abre a la contemplación un segundo mundo positivo, la fragua de la naturaleza y sus activas profundidades, donde un mecanismo prodigioso alimenta continuamente nuestra vida…”.
X
Cuando un cóndor
encuentra una grieta
no ve la sangre de la roca
no teme los resquicios
líquidos
de la montaña.
La intemperie es fría
las heridas
calientes.
Sabe
que no puede refugiarse
si no es
donde se ha roto la naturaleza
si no es en ese hueco
que se abre en los paisajes más perfectos
cuando el sismo
de la vida se violenta
tras años de estar quieta.
Sólo allí
donde la piedra se vulnera
el cóndor alimenta sus crías
con la leche de un mar difunto
con la rabia de la roca sedentaria.
La arcilla sufre
cuando es plana
sin cóndor
que la fecunde
y sin viento que la rompa.
Leer poesía es ejercitarse en volar. Volar hacia donde nunca llegaremos.
Cuando transitamos la escritura del poema (cuando leemos) volamos. Cuando el cóndor vuela, nos lee (nos interpela) y nos denuncia. Este poemario nos convoca al vuelo, un vuelo oracular hacia el origen, donde todo se equipara, se alinea y, por eso mismo, nos deriva hacia otra dimensión: “… naturaleza nada aniquila, sino que reduce cada cosa a sus cuerpos primitivos”, escribe Lucrecio.
“La inspiración capital de Lucrecio –nos advierte Santayana– consiste en afirmar que todo lo que observamos a nuestro alrededor, así como nosotros mismos, no es otra cosa sino formas pasajeras de una sustancia permanente.”
Cóndor, como una continuidad secreta –la poesía va trazando sus caminos y sus tramas– se alía con la filosofía lírica de Lucrecio, aunque nos instala en una realidad actual que contempla –alejada de todo didactismo y dato duro – un ave imponente y su geografía como patrimonio simbólico de los pueblos originarios de América.
Pero también “hubo un plan // meticuloso / preciso / / para amputarle el cielo a los cóndores jóvenes”, dice Casiraghi. En nombre de este nombre, ya se sabe, los integrantes de la fuerza aeronáutica lanzaron cuerpos vivos desde los aviones. Esta tragedia política irrumpe en el libro sin perder jamás el lirismo ni la alegoría.
Es la respiración asfixiada de la historia lo que el cóndor lee en su volar:
“Paciencia /estos parajes de América / no escupen tiempo ni sangre // son espejos de arena / donde hasta el viento se detiene para verse / con sus alas / incesantes / moviendo la historia.”
Nos leemos en la ráfaga del cóndor, en esa estela del aire:
“Pero hay un eco que no es nuestro / más allá del río, en la piel de las piedras. // Su sonido se nutre / de la templanza del cóndor.
Hay un cóndor sagrado, otro mítico, otro predador, otro subversivo. Todos son el mismo que ven el mundo desde “la altura del tiempo”, dice María Casiraghi, ese tiempo al que nosotros, humanos, nunca podremos acceder.
***
Selección de poemas
No salen de sus nidos
no se oye siquiera el aleteo de ayer
de años atrás.
Habrá que aprender
que la era de la siembra humana
no comparte relojes
con las horas de las aves
(las madres cóndoras
sólo amamantan su instante
y cultivan terrazas sin época
para que nada suceda).
Habrá que esperar
que los cóndores digieran la mañana
la vendimia en la altura
es siempre suave
como el agua que baña a los niños
como llovizna que roza las campanas.
Ellos recogen corazones recién muertos
y los comen
para duplicar su alma.
*
¿Por qué no siente la amargura del exilio?
haber sido profanado
cambiar de cruz
de alimento
inquebrantable
sigue su rutina
desde el nido
al mar
del mar al basural de los humanos
del basural
al cielo.
Hay que mirarlo
una vida entera
verlo volar
y lavar el hambre de todas las religiones.
Si el confín del cóndor es el cóndor
su cuerpo, en el cielo, es el único límite de dios.
*
No caza
no está hecho para matar
pero es capaz
de provocar tu muerte
su extrema belleza
puede hacerte caer
a lo más profundo de ti.
Así lo hace
con los pobres creyentes
como ese burro
que camina sereno
por la cima del cañadón
y el cóndor,
con su manto adormecedor
lo deja boquiabierto
ojos al cielo
enamorado.
Muy despacio
el estratega del aire
lo lleva al precipicio
en el filo
lo hipnotiza
aletea con violencia
y el burro
de pánico y vértigo
cae.
Días después
su cuerpo ya es carroña
y el ave
inmaculada
lo sale a buscar.
(Estas cosas suceden
cuando el hambre
es grande.
El hombre entierra su moral
y el cóndor
su naturaleza).
*
Si es cierto
que van a desaparecer
y hay criaderos
donde sus madres
son títeres
todo al final
es simulacro
no importa si estás
o si no estás
si te aman
o si amas
más real
más verdadero
es sospechar el amor
y abandonarse en su sensación
que por estar, te amen
que al ser amada, estés.
Porque al amar
entramos
con el cuerpo cosido
en la utopía del amado.
*
Si lo miras bien
el cóndor también es subversivo
desobedece la ley de gravedad
invierte los estados del alma
y nunca desaparece.
Siempre está volviendo
sus alas traen espejos
del más allá.
No sabían
los verdugos
que el cóndor no tiene cuerpo
los siglos en el aire
lo han vuelto una visión,
un espectro.
(el que limpia puede curarte)
Por eso tanta saña y tanto miedo.
Los aparecidos
ya saben volar como los cóndores
el infinito
también tiene sus métodos.
*
EPÍLOGO DEL CÓNDOR
En los extremos de mi cuerpo
vive un instrumento que no tiene nombre
pareciera que es garra
cada dedo una nota
y una ira vieja en cada uña.
Si camino provoco melodías inútiles
teclas negras
son mis alas cuando abro los ojos y me lanzo al día
y en mi garganta
las teclas blancas
cantan a mi pesar
para todo el público.
Soy el silencio
soñando ser alguien en la música
una palabra dicha a tiempo
esa que salva a los humanos
justo antes de tirarse desde el puente.
El día es vasto
y muevo la cabeza
la giro, la revuelvo, y después la zambullo en la carroña.
En mi sombra también soy cóndor.
La oscuridad
si vuela
puede alumbrar el mundo.
María Casiraghi nació en Buenos Aires en 1977. Es poeta, narradora y periodista, licenciada en Letras por la UBA. En poesía, publicó: Escamas de Silencio (2004), Turbanidad (2008), Décima Luna (2011), Loba de Mar (2013) y Albanegra (2015) y Cóndor (2018), todos ellos por Alción Editora, y la antología Vaca de Matadero(Editorial Summa, Lima, Perú, 2017). Poemas suyos se publicaron en diferentes revistas digitales de poesía, nacionales e internacionales. Como periodista/narradora, escribió por encargo los libros de relatos y fotografías Retratos, Patagonia Sur y Patagonia Sur Santa Cruz-Argentina. En narrativa, publicó además el premiado volumen de cuentos Nomadía (Monte Ávila, Venezuela, 2010). Es colaboradora externa de la revista Lugares y desde 2014 forma parte del consejo de redacción de Boca de Sapo: Revista de Arte, Literatura y Pensamiento.