El hermano justo

El hermano justo

Santiago Rey, Primer Premio en Crónica del Fondo Nacional de las Artes (2026), nos propone un recorrido por la historia de los hermanos Maldonado.

 

Justo a mí, maldice Sergio Maldonado. Justo a mí, más emprendedor que aventurero, más amante de los excel que de la poesía, más burgués que anarquista.

 

Justo a mí me exigen que sea perito, abogado, escritor. Justo a mí, hablar, decir, explicar, protestar, discutir.

 

Justo a mí este río, este juzgado, esta morgue, esta plaza, esta radio, este libro, este rol que no soñé, que nunca quise.

 

Justo a mí, la puta madre que los parió.

 

***

 

17 de octubre de 2017. Sergio, junto a su pareja, Andrea Antico, y la abogada Verónica Heredia llegan casi a las 10 de la mañana a la pu lof Cushamen. Tiene la sensación de que es un rastrillaje más, el cuarto o el quinto. Hace mucho frío y 78 días que Santiago Maldonado está desaparecido. Caminan casi un kilómetro desde la tranquera hasta el río Chubut. Ese río. El Juez Gustavo Lleral, el fiscal, integrantes de la comunidad mapuche, perros, bomberos ya están ahí.

 

Sergio sube a un gomón, descreído y abrigado. A su lado un encapuchado de la comunidad y tres miembros de Prefectura. Van río abajo. Andrea y Verónica caminan por la orilla, en la misma dirección. Sergio se cansa, putea por lo bajo, pide bajar luego de pasar por el lugar donde los testigos dijeron que se habían llevado a Santiago. Se reúne con Andrea y Verónica, deciden irse, discute con mapuches, se cansa, otra puesta en escena judicial, piensa, llega a la tranquera, entra en la camioneta, también lo hacen sus acompañantes. Por un instante repasa lo sucedido, charlan sobre lo que acaban de vivir, están por arrancar cuando ven al Juez acercarse. Les hace señas para que se bajen, Sergio desciende de la camioneta, el Juez se aproxima y le pregunta si puede abrazarlo. Sergio no recuerda si lo hizo o no.

 

***

 

Ocho años después de la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado a manos del Estado argentino, Sergio publicó el libro “Olvidar es imposible. Santiago, mi hermano” (Editorial Marea). Un diario personal y -tal vez sin quererlo- político de los 78 días en los que esperó, buscó, resistió los embates del Gobierno nacional de Mauricio Macri y su secretaria de Seguridad, Patricia Bullrich. Soportó el maltrato y las mentiras de los medios de comunicación hegemónicos y los trolls en las redes, siguió esperando y sosteniendo a su mamá Stella Maris, habló en las radios y la tele y los diarios hasta el cansancio. 78 días en un diario que desnuda la evolución de un hombre que nunca quiso y sin embargo; que nunca eligió y sin embargo fue el hombre justo que busca justicia. El hermano justo.

 

***

 

-Hemos encontrado algo

 

El Juez dice y ensaya un tono compungido. Algo. Sergio apura el paso, ese kilómetro interminable, llega al río, al mismo lugar por el que varias veces había pasado, la misma orilla, las mismas ramas, y ve un cuerpo, campera celeste, sumergido parcialmente. Algo. Sergio piensa nos fuimos un ratito y apareció algo, ¿un cuerpo?, pero se queda en silencio, no puede ni putear, la que habla es la abogada, pide un perito, pide que se preserve el lugar. Sergio corre hacia a la ruta, hacia algún lugar con señal para llamar por teléfono a Stella Maris, su mamá, para avisarle que apareció un cuerpo, no dice algo, dice un cuerpo, pero que no se alarme con lo que puedan mostrar los medios, la televisión, que espere, que él la volverá a llamar. Sergio reingresa en la comunidad, llega hasta el río donde está Andrea, se queda mirando ese algo que le grita desde el agua, pierde noción del tiempo, pasan los minutos. Andrea lo interpela cómo hacés para mantenerte así, ¿qué te pasa?, Sergio duda, quiere meterse al agua, dar vuelta el cuerpo, ver la cara su hermano, poner nombre a ese algo. Llamarlo, por caso, Santiago.

 

***

 

– Me gustaría que esté Santiago, y tener la vida de antes- dice Sergio en una de las presentaciones del libro.

 

La vida de antes: laburante, busca, emprendedor, vendedor. Buen tipo, rezongón, puteador, amiguero.

 

La vida de antes: dos hermanos, Germán y Santiago. Dos.

 

Pero justo a él.

 

***

 

Pasan las horas, se acordona el lugar luego que Policías y personal judicial lo pisoteara todo, lo filmara y fotografiara todo, ya son las 18, hace frío, Fernando Jones Huala, integrante de la comunidad, prende un fuego, le da mantas a Sergio, a Andrea. Sergio prende un cigarrillo después de diez años de haber dejado, frunce la cara, el gusto no es como lo recordaba, tira el cigarrillo. Y espera.

 

A las 19,30 llega el perito de la familia, habla con el Juez, empiezan a acercarse al cuerpo, cortan ramas de sauce, meten el gomón al río, suben el cuerpo a una camilla. Sergio se aleja, suben la camilla por una pendiente, todo tarda unas dos horas.

 

Noventa kilómetros en silencio recorren desde la pu lof Cushamen hasta Esquel. Sergio, Andera y Verónica van en el auto que sigue a la ambulancia donde un cuerpo sobre una camilla es trasladado. A las 22, noventa kilómetros sin siquiera putear.

 

***

 

Tiempo después, Sergio escribiría: Siempre pensé que Santiago me vería morir a mí, por una cuestión de edad. Me resultaba increíble que fuera al revés. Santiago representaba otra cosa para mí, no podía estar ahí, totalmente indefenso, en esa condición tan horrible. No había final feliz.

 

Nunca lo habría.

 

***

 

Sergio sabe. A esa hora de la noche, después de estar ocho horas frente a un cuerpo boca abajo en el río, sabe. Ese 17 de octubre de 2017, pasadas las 23 llega a la morgue de Esquel, en el auto en silencio, detrás de la ambulancia. Los periodistas lo abordan, le preguntan. Sergio no dice. Sabe, pero no dice. El Juez le pregunta si quiere entrar, reconocer el cuerpo. Sergio se aleja, no puede, no quiere. Entra el perito, saca foto del DNI encontrado en un bolsillo del pantalón del cuerpo del río. Sergio la ve, confirma lo que sabe. Le avisan que el cuerpo quedará en custodia hasta el día siguiente, cuando será llevado a Buenos Aires. Sale de la morgue, más periodistas le preguntan. Sergio que vio la foto de DNI no dice, sabe, pero no encuentra explicación ni consuelo. Ya es 18. Las primeras horas del 18, Sergio va a su cuarto del hotel con Andrea. Se acuesta. Apenas puede dormir. Porque sabe.

 

***

 

Un puñado de versos no devuelven la vida, dice el poeta Sebastián Di Silvestro. Con estos versos no harás la revolución, escribió Juan Gelman. Hay una resonancia posible. Vida y revolución. Sergio no quería hacer ninguna revolución, y no es que viera en este mundo un paraíso ni mucho menos, pero ahí iba, sabiendo de las injusticias sabiendo de las fragilidades, buscando un lugar más amable para vivir, para crecer, y una revolución le llegó. Justo a él.

 

Un puñado de versos no devuelven la vida,

no retrasan la muerte, no matan el hambre.

Estos, repentinos, son nudo viejo,

un río de lágrimas atragantadas,

los ojos vidriosos

fijos en el agua teñida con tu sangre.

 

Sebastián Di Silvestro desgrana sus Versos para Santiago en una noche de llovizna de septiembre de 2025 en la Biblioteca Carilafquen de Villa Los Coihues, Bariloche, donde Sergio presenta su libro “Olvidar es imposible”. Sergio, más amante del excel que de la poesía, se sienta detrás de una mesa, y escucha:

 

En aquellos días no pude escribir

la pavura de tu cuerpo

desaparecido;

mudos hacia adentro salimos a la calle

y abrazados repetimos tu nombre.

 

Sergio habla para unas 60 personas, repasa el expediente judicial, las operaciones mediáticas contra Santiago, los ataques de los trolls, y escucha:

 

Setenta y ocho días con sus noches negras

estuviste perdido de nosotros.

Después te devolvieron las bestias genocidas,

los mismos que mataron por la espalda a Rafita.

Te abandonaron cubierto de mentiras

entre matas de molle y neneo.

Tu cuerpo aparecido hermanito,

tu cuerpo recuperado;

aunque dolía la muerte te teníamos,

los tuyos podían besarte.

 

Sergio recuerda la infancia y la adolescencia bonaerense, el canasto de la bici en la que Santiago se quedaba dormido cuando lo llevaba a pasear, y cómo aprovechaba ese sueño para evitar cambiarle los pañales, Santiago directo a la cuna, uno o dos años, Sergio unos 17. Sergio, ahora 52, escucha:

 

Un puñado de versos no devuelven la vida,

no retrasan la muerte, no matan el hambre.

Estos, inesperados, son oportunidad,

la excusa para saldar mi deuda

esta tarde de invierno en este bosque

de gente que te siente hasta los huesos,

bajo el amparo de un techo protector

levantado por manos amorosas,

 

Sergio dice para unas 60 personas en Villa Los Coihues que publicar el libro fue sacarse una mochila de encima, fue transitar el dolor de otra manera, fue, y es, hablar de Santiago y no largarse todo el tiempo a llorar.

 

en esta casa guardiana de la memoria,

ruka de madera que es árbol y es nido

donde empollamos el mundo sin remedio

para que rompa el cascarón y nazca nuevo;

 

Sergio escucha:

 

tu casa Santiago, tu ruka,

en la que estás presente,

en la que sos presente:

ahora y siempre.

 

***

 

15 de octubre de 2025. Ahora y siempre, 25 de Mayo, Provincia de Buenos Aires, será una ciudad dividida por la memoria de Santiago. Dividida en memoria de Santiago.

 

Sergio, justo dos días antes de un nuevo aniversario de la aparición del cuerpo, viaja en un auto junto a otras cuatro personas para presentar su libro. Está nervioso. Volver a su pueblo. Del que se fue joven. Donde dejó a su familia, Santiago incluido, de dos o tres años. Al que volvía desde Buenos Aires en el tren Constitución-Bolívar con sistematicidad de fin de semana para comer lo que cocinara Stella Maris, los domingos, y para reencontrarse con los amigos. Donde Santiago pintó murales y habló de Severino Di Giovani. Volver para decir soy yo, el hermano, y vengo a impedir que olviden, a impedir que crean lo que dijeron y siguen diciendo, a decir soy yo, ¿se acuerdan?, el que las noches de calor iba a la pileta del Club Sportivo; el que empezó a trabajar de cadete en el Círculo Médico a los 11 años; el que a los 9 junto a su amigo el China se comió todos los buñuelos que fue a vender en el Promocional 850, la carrera de autos que reunía a buena parte del pueblo y de pueblos vecinos.

 

Sergio tenía todo arreglado para la presentación con el Club Social y Deportivo 25 de Mayo, pero el Club Social y Deportivo no quiso y a último momento su presidente le planteó que algunos socios dijeron que no, que acá política no, que acá memoria no, que acá Santiago no, que el Club Social y Deportivo es para otra cosa. Entonces Sergio preguntó, pidió, y organizó la presentación de “Olvidar es imposible” en la Casa de la Provincia de Buenos Aires, y el presidente del club y algunos socios fueron y estuvieron y se anotaron del lado de los que prefieren no olvidar, aunque en el club no.

 

En la mesa frente a un auditorio lleno, Sergio lee un fragmento de su libro, repasa, una vez más, esos 78 días, uno a uno, espera a espera, traición a traición. A su lado no está su hermano Germán, y su mamá Stella Maris se sienta entre el público. No gustan de esa visibilidad, prefieren el dolor en soledad, saben que Sergio carga sobre sus espaldas el mandato de la memoria pública, que asumió un rol y lo llevará hasta el final, que es y será el hermano de.

 

Y que por ser el hermano de se fundió dos veces, y no le dan un crédito en el banco, y le hacen problemas para renovar un seguro, y que el Estado que desapareció a Santiago lo acosa, le miente, lo niega, y que él quería ser el hermano de para llevarle a Santiago maples de autitos cuando era chico o de adolescente recibirlo en su casa de Bariloche, caminar por el bosque.

 

Lee Sergio hasta que no puede más, hasta el momento de leer una carta de Santiago, la última, y mira a los costados y pide ayuda, porque ahí en su pueblo recuerda a su hermano, lo imagina escribiendo y se quiebra, y entonces alguien de la mesa lee. Y Sergio escucha:

 

Hola Sergio, cómo va la vaina? JaJa

 

Acá te envío los licores para que los cates y los disfrutes.

 

Los dos más presentables los hice el mes pasado y el que está en la botella de fernet lo hice en noviembre del año pasado con azúcar integral.

 

El lunes seguro que arranque para Chile (Wall Mapu), la Tierra del Oeste como dicen los mapuches. Y cuando se me esté venciendo la estadía voy a seguir pedaleando por ahí, ni ganas de volver para el pozo de 25, es siempre la misma pavada, están todos estancados en todo sentido. La rutina te enferma.

 

Sergio, en 25, el pozo, el pueblo dividido, escucha.

 

Te quiero hermano, vos fuiste como un segundo padre en la infancia. Siempre me hacías algún regalo y me sorprendías. JAJA

 

No compartimos todo, pero quedan algunos recuerdos presentes que el tiempo no puede borrar.

 

Nos vemos en el próximo capítulo.

 

***

 

Sergio también le escribió una carta. Fue el 20 de octubre de 2017. 81 días después de la desaparición. Tres días después de la aparición del cuerpo. Le dice a Santiago que pudo despedirse de él, que al irse le dejó parte de su corazón, y que desea que donde estés con tu alma hayas sido testigo de todo lo que ocurrió en estos 80 días, de toda la gente que te conoció, que te quiere, que se movilizó y sensibilizó por vos. Sergio, que le escribe te quiero mucho y que siente orgullo de ser su hermano, le pide que entre la multitud lo vea, que a la distancia lo observe, hablando, diciendo, puteando, reclamando. Que ahí donde esté con su alma, Santiago lo distinga y sepa de su dolor. Y de su rol.

 

Sergio, que tres días después de la aparición del cuerpo escribió esa carta, ahora escribe en el libro: Es imposible olvidar, es imposible dejar de buscar la verdad, aunque en esa búsqueda haya perdido cosas muy importantes en mi vida. Volvería a hacer lo que hice y lo que estoy haciendo para tener justicia por mi hermano Santiago.

 

Porque a pesar de la infancia en el pueblo pozo y una vaga idea de Dios, Sergio no creía en el destino. Hasta que le tocó a él. Justo.

 


Santiago Rey es periodista. Escribió en Página/12, Revista Anfibia, Gatopardo, ElDiarioAr, entre otros medios. Presidente de la Fundación de Periodismo Patagónico. Director de la Diplomatura en Narrativas Creativas de No Ficción de la Universidad Nacional de Río Negro. Editor de la plataforma de periodismo narrativo “En Estos Días”. Escribió el libro “Silenciar la muerte – Crónica e investigación sobre la vida y asesinato de Rafael Nahuel”. Ganó el Primer Premio de Crónica del Fondo Nacional de las Artes 2026.

La astucia fuera de campo

La astucia fuera de campo

Una lectura de La Odisea, de Christopher Nolan

por Leandro González de León

Homero lo llamó polýtropos, el de muchas vueltas. Sin la astucia que lo hizo un personaje legendario, el Odiseo de Nolan emprende el mismo viaje, enfrenta los mismos monstruos, vuelve a la misma casa. Pero lo mueve otra fuerza: la culpa.

 

El anciano Laertes está cavando alrededor de un arbusto. Lleva guantes y un gorro de piel. Se lo ve débil y triste. Eligió vivir en el huerto, alejado del palacio del que alguna vez fue rey y del que también fue rey su hijo desaparecido. Detrás suyo, debajo de un peral, lo observa Odiseo, llorando emocionado. Siente deseos de abrazarlo y contarle que sobrevivió, que ha regresado, que venció a los pretendientes, que vuelve a reinar en Ítaca. 

Sin embargo, Odiseo decide mentirle. Compone un personaje, se inventa un pasado con muchos detalles. Como una broma cruel, como una prueba ante la posible reacción del padre, o como una última demostración de su famosa astucia. Solo cuando Laertes rompe en llanto, Odiseo se revela y lo abraza. Lo consuela por un sufrimiento de veinte años, pero también por el dolor que le acaba de infligir con su historia falsa.

El último canto de la Odisea de Homero representa al héroe apelando a la mētis, la astucia, cuando ya no la necesita para sobrevivir. Odiseo es el polýtropos, el versátil, el de muchas maneras, el de muchas vueltas. En la historia del regreso, la mētis —no la valentía, no la fuerza— es su habilidad principal, lo que le permite sortear los obstáculos y vencer a sus enemigos. Pero en el canto XXIV, la astucia es gratuita. No corre ningún peligro. Odiseo, simplemente, es así.

La Odisea de Christopher Nolan destaca en muchos sentidos, en tanto aceptemos que tiene otro protagonista. La escena del canto XXIV no podría formar parte de la película. El Odiseo de Matt Damon no tiene como motor su ingenio, su pasión erótica, su deseo de venganza o su amor por la patria. El sentimiento que lo empuja es la culpa. Y para que la culpa sea posible, Nolan necesita instalar a su héroe en un mundo que Homero no conoció.

Su Grecia no es la tierra áspera de reyes pastores y dioses caprichosos, ni la aldea primitiva donde Pasolini situó a Edipo rey. Es la civilización, en el sentido que la palabra adquirió recién con la Ilustración; un orden de altos valores, donde los tiempos homéricos se funden con la democracia ateniense que llegaría siglos después. Una sociedad que se mira a sí misma como la cima del mundo y que, en Troya, traiciona aquello que decía ser.

En ese mundo, Odiseo regresa como un veterano de guerra. Es una figura que no existía para los griegos y que el siglo XX se volvió inconfundible; el hombre que vuelve de Vietnam, de Irak, de Malvinas, y descubre que la guerra sigue por otros medios. La ira de Poseidón, que en el poema persigue al héroe por mar, cede su lugar a una persecución interior. Lo que acosa a este Odiseo es el recuerdo, el estrés postraumático, el rostro de una víctima inocente que reaparece en su visión de Atenea.

En la película, el Caballo de Troya es a la vez una proeza del ingenio y una profanación. Es una ofrenda falsa a Atenea, el triunfo de un ejército que, para ganar, decide burlar su propia tradición, su propio credo, las “leyes de Zeus”. Odiseo, que lo concibió, carga con el fin de la guerra y con todo lo que vino después. A través de esa antigua ley, la película se interna en preguntas que son nuestras, como la destrucción masiva como promesa fallida de un fin a todas las guerras, el respeto de los derechos humanos como debilidad frente a un adversario sin piedad.

Nolan las mira desde un lugar preciso, el del poder, el del hombre que debe decidir si presiona el botón. Su Odiseo habla inglés, y no solo por cuestiones de producción. Su dilema es deudor de la tradición anglosajona, historias de hombres solos en la cima del mundo, bien o mal llamado civilizado. Es pariente de Oppenheimer, o del Ozymandias de Alan Moore, figuras que cargan con la responsabilidad de decidir por todos.

Durante el viaje, la astucia de Odiseo parece secundaria. Sus decisiones no nacen de la creatividad o la improvisación. En el Hades, el adivino Tiresias le revela lo que vendrá. Su tripulación, hombres simples, le reclama una y otra vez sin comprender que a veces solo se puede elegir entre dos males. Como un jefe de Estado rodeado de asesores, racional, pragmático, Odiseo escucha a todos pero decide solo.

El Odiseo de Matt Damon no tiene muchos rostros ni muchas maneras, y la elección del actor es elocuente. En el cine de estos años, Damon no encarna la ambigüedad moral de un Robert Downey Jr., que construyó una galería de personajes brillantes, burlones y cínicos como Tony Stark. Damon está más cerca del rival de Stark, Steve Rogers, el héroe recto, hiperresponsable, arrojado a un mundo complejo donde su moral ya no alcanza.

La mētis está fuera de campo. Nolan elige no mostrar el momento en que Odiseo imagina el caballo y lo propone. Cuando se disfraza de mendigo, lo hace sin histrionismo, casi sin actuar. Compacto, austero, este Odiseo contemporáneo avanza con firmeza y con dolor.

Nolan ha hecho del realismo una marca de prestigio, la señal de que un mito, un superhéroe o un viaje en el tiempo recibirán un tratamiento adulto. Ya lo hizo con Batman. Después de la experiencia camp de Joel Schumacher, en la tradición de Batman 66, Nolan vino a poner orden, a reducir la paleta de colores y ofrecer explicaciones. A juzgar por los resultados, no es algo que podamos reprocharle.

El problema (mi problema) con el realismo es su pretensión de evidencia. La dificultad de criticarlo o vislumbrar alternativas. El efecto de que el autor simplemente arregló las cosas, las llevó a una forma definitiva. Hollywood no sería tan influyente si no tuviera esa capacidad.

Así como el Batman de Nolan se erige contra el Batman del 66, esta Odisea parece la contracara del Ulises de Mario Camerini. En la producción italiana de 1954, Kirk Douglas lucha contra monstruos y hechiceras en paisajes de furioso technicolor. Douglas, que supo componer héroes y villanos, tenía dotes de comediante y habilidades de luchador. La película, aunque desprolija y pueril, conserva al personaje clásico que una y otra vez logra salirse con la suya.

El cine de Nolan se construyó sobre la premisa inversa. Explicar lo inexplicable, despojar al mito de sus maravillas, es la manera de demostrar que la historia merece ser tomada en serio. Gus Casals llamó Bat-shame al gesto de Nolan en la trilogía de Batman, una suerte de pudor ante lo fantástico. Incorpora a un inocuo asistente de Bruce Wayne en su empresa porque el mayordomo no podría ocuparse de todo; ofrece explicaciones para los conocimientos que tiene o la tecnología que usa; convierte el maquillaje del Joker en “pintura de guerra”. En su Odisea, el procedimiento alcanza a los dioses. Atenea ya no desciende del Olimpo para disfrazarse de pastor o de mentor, sino que habita el fuero interno del héroe, como una conciencia que no lo deja en paz.

Noël Burch llamó “modo de representación institucional” al código que el cine clásico convirtió en norma, una trama de causas y consecuencias que el espectador aprendió a leer como si fuera la realidad misma. Una de sus reglas más firmes es que el personaje se explica por su pasado. Lo asedia un recuerdo, lo define una herida, su presente es el síntoma de algo que ocurrió antes. Es una versión popular del psicoanálisis que el siglo XX volvió gramática narrativa. La culpa de Odiseo es exactamente lo que esa gramática necesita, un secreto que empuja la historia hacia adelante y que el espectador puede descifrar.

Hay, desde ya, otros caminos para volver realista un mito. En la introducción a Los mitos griegos, Robert Graves expresa su desconfianza hacia quienes buscaban en los dioses griegos arquetipos del inconsciente; pensaba que una ciencia del mito debía empezar por la arqueología, la historia y la religión comparada, no por el consultorio. Los dioses no habían existido, pero sus historias guardaban la memoria de sociedades concretas. Sostenía por ejemplo que la ambrosía podía haber sido un hongo ritual reservado a sacerdotes y reyes y que muchas de las historias míticas eran meras alucinaciones. Graves mismo consumió esos hongos para comprobar su teoría.

En Edipo rey, Pasolini también descarta a los dioses. Sus adivinos, profetas, la Esfinge, no son seres sobrenaturales sino marginados sociales: locos, parias, gente que vive fuera de la ciudad, ajena a las estructuras de poder, con la imprudencia suficiente para decir la verdad.

El realismo “psicológico” acerca: convierte al héroe antiguo en alguien como nosotros, con nuestros fantasmas y nuestras preguntas. El realismo “antropológico” distancia: nos recuerda que aquellos hombres no pensaban ni sentían como nosotros. Uno busca identificación; el otro, extrañamiento.

El extrañamiento, el contacto con la alteridad, es, por otra parte, central en el poema homérico. Odiseo se pierde en todo el sentido de la palabra. Conoce paisajes y seres fantásticos, convive con distintas mujeres, compone personajes, pierde sus tesoros y obtiene otros. El regreso a Ítaca es, entonces, una lucha contra la tentación de no volver, de quedarse en otra isla, con otra mujer, bajo otro nombre. Es tanto la desgracia como el goce de haberse perdido. Odiseo vuelve a casa, pero no deja de inventarse. Por eso, al final del poema, frente a su padre, todavía encuentra un motivo para ser otro.

 


 

Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.

Espesa

Espesa

Poemas de Noelia Rivero, de su último libro, publicado por la editorial cordobesa Potencia Editora.

Tampoco deberías matar a un grillo
Me entregan un bebé hermoso, satinado, envuelto en lino. Pero ¿dónde está el otro? ¿Y qué pasó con la incauta rama que brotó hacia el jardinero, con ese bicho que el niño creyó enorme y feo?

Inclinados por la sed
ante un mismo reflejo,
¿qué distinguíamos?

Muchos animales mueren apenas pierden la libertad. Unos cuantos enloquecen. Algunos aguardan el nuevo giro de la Fortuna, tanto vieran su mechón como su calva, para devorarla.
Otros contemplarán la constante fuga que dibuja el sol al atardecer y se aliviarán la noche de tardo sueño con el vibrar compañero del grillo, que aún persiste.

 

Muerde la mano que da de comer porque esa mano es la mano del amo
Dice no. Y acompaña su golpe con un ruego, suave y repetido. Los vuelve familiares: hermanos del mismo padre. Su cuerpo de pie cierra el paso y se adueña de la proyección de la sombra. Después, un monótono silabear y algunos engaños, algunas preferencias que le enseña. El erizado manto dorado cede, el olfato se cansa de medir la distancia. Ya es de noche y el campo abierto no existe.
Me acuesto. Me acuesto en su casa. Siento la contracción de mi lengua en el paladar. Mi gusto. No duermo.
Su mano acaricia una espina dorsal de gran memoria. Se sosiega.
Duermo después de subrayar un motivo: violencia ejecuta dulzura, dulzura ejecuta violencia.

 

Puentes
Caminé detrás de una mariposa en el puente hasta creer que me deslizaba en el aire que dejaba alargado. Pensé que también podía aletear con la vista y la nariz: olvidé el primer escalón y casi caigo.
Encontré un cabito de manzana ennegrecido de hormigas que se hundían en su jugo todas juntas.
Soñé con una araña dorada, mecánica. Le sostenía una pata que se desprendía y luego le crecía otra.
Tres días después encontré una araña panzona detrás del canasto de la ropa sucia.
La maté por mi propia naturaleza humana. ¿Para qué bajó?
Esa noche, la sirena de los bomberos me desveló. Tuve el miedo que se enrosca y se suelta como una serpentina igual que ese canto maquinal.
El gato se deslizó entre las sábanas y selló mi pecho.
Soñé con orquídeas en primerísimos planos. Sobre mi boca, mi cuello, mi plexo solar.
Algo parecido al placer brota más allá de mi cabeza.

 

Enero y fiebre
Me zambullo en la brujería de Calveyra. Cómo habrán sido los poemas cantados con una lira, entre hombres desnudos, dormidos de alcohol guardado en tinajas.
Días de tarareos.
Criseida escancia el vino. No habla en el poema. Canta su canción de esclava. Canta cuando lava los días repetidos sobre ese fondo de gritos.
Me gustaría escribir un tarareo para que se combinen materias, no ideas.
Para crear una entidad que purifique.

 


Noelia Rivero (Ciudad de Buenos Aires, 1979). Profesora y licenciada en Letras; editora y jardinera aficionada. Publicó los libros de poesía Espesa (Potencia editora, 2026), Largo tiempo para charlar (La ballesta magnífica, 2022), Tres nubes peregrinas (Litoral Dark, 2022), ¿Cuánto durará la casa de los gatos? (Maravilla editorial, 2021), Yelmo (El ojo del mármol, 2016), Fiesta en un patio de Temperley (Zorra/Poesía, 2009) y Más claro todo (Zorra/Poesía, 2007). Sus poemas y otros textos fueron compilados en varias antologías. Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes 2021 y 2022.

Diario del agua

Diario del agua

Poemas de Valeria Sardi, de su libro editado en Charco editora.

 

¿Qué recuerdos tengo del agua?  

 

excavar en la memoria para encontrar esa 

imagen perdida  

agua en la panza de mi madre  

foto borrada 

 

 

escribir un diario del agua  

para decir lo no dicho 

para registrar el cuerpo en movimiento 

para salir de la silla 

 

escribir un diario del agua 

para decir lo que siento  

lo que recuerdo 

lo que invento  

lo que imagino  

lo que sé por mí y por otras  

   

escribir un diario del agua 

para hablar de la vergüenza 

de la vergüenza del cuerpo  

de los cuerpos en el agua  

cuerpos desvestidos en el vestuario 

desnudos 

cuerpos cubiertos apenas por el tejido elástico 

de una malla  

piel más piel  

 

vergüenzas que nos marcan  

que nos dejan huellas  

que traen ecos de voces de otros   otras  

lo que se puede y lo que no 

lo que se debe y lo que no  

lo que es estético y lo que no 

 

 

 

 

cuerpos en el agua que traen preguntas    

 

¿cómo será nadar con otro cuerpo?  

¿con una sola pierna? ¿sin brazos?  

¿ciega? 

 

¿con cien kilos en lugar de cincuenta y cuatro?  

 

¿con un cuerpo viejo? ¿débil? ¿fuerte? 

 

¿nadar como nadadora olímpica?  

 

¿nadar embarazada? 

 

nunca aprendí a nadar dijo ella

nunca aprendí a nadar digo yo

nunca aprendí a nadar dijeron ellas  

 

soy pobre dijo ella 

nunca pude ir a una pileta   

 

soy gorda dijo ella  

no puedo nadar  

 

soy vieja dijo ella 

nunca me enseñaron a nadar 

 

nado  

nado sabiendo que hubo otras 

antes que yo 

ancestras del agua 

todavía desconocidas  

Lo que está dispuesto a la forma de las estrellas

Lo que está dispuesto a la forma de las estrellas

Poemas de Marinés Scelta, primer premio 2026 del Fondo Nacional de las Artes

 

Persistencia

 

Tené misericordia de mi hambre

dijo el águila abrió el cielo tajó cuchillo

tantos años acurrucado a la oquedad del abandono

era un brujo a la espera del fuego el ciclo de la vida 

siguiendo el capricho su propio curso

cuando la luz se adhiere sobre el marco de la montaña

se desliza cántaro moldeado por los embates 

del agua y el tiempo

una mariposa forcejea de frente la corriente

avanza con lo que hay de falible en una respuesta

y sabe

sólo decanta hacia la noche como en una gran tolva

lo que está dispuesto a la forma de las estrellas.

 

*

 

Cuatro edades

 

La precisión de una daga corta en dos el universo

palomita ha quedado del lado del frío

el destino toca con aceite sus alas para que ya no pueda volar

atrapa sus sueños una tela de araña

allá la carrera de los guanacos como única frontera

solloza el verano en las estrellas que solo ojos como esos

pueden ver

hay una insistencia en la boca abierta del descanso

oraciones que los susurros de la abuela 

tejen en su olor de incienso.

 

*

 

Todo lo que toca

 

La tenacidad el cardón frente a la sequía

la marca desgastada en la piedra

una niña ha guardado dos monedas 

en los bolsillos 

y todavía no es fortuna su final

 

ahora la voz enferma se oye memoria

como la profundidad en unos ojos 

un cielo ese paisaje dentro

el relámpago sobre el horizonte 

que ha sido domado

 

todo lo que toca el dolor se transforma

muere como sol sobre el atardecer del mundo

pero la ternura amontona sin pausa la hojarasca

para que el puma de la tristeza afile sus uñas 

sobre el recuerdo

 

su mano de polilla sobre los hombros

acaricia el pelaje ese animal 

el consuelo a la abuela

que ha raspado el ala contra un ruego

la semilla que a veces cae accidente 

y es el verdadero árbol.

 

*

 

Siku: Se dice que la nota musical obtenida estará en relación con la longitud de la columna de aire y con el diámetro interno del tubo que el viento puede soplar. Cada ataque es acentuado por medio de un chasquido de la lengua (como si repitiera el fonema «ta» o «cha»). Si se hace silencio en lo alto de la montaña puede escucharse todavía su llamado.

 

*

 

Luna: Mama Quilla marca la época en la que ha de cosecharse, la altura de las aguas. Cuando desaparece del cielo los hombres hacen ruido para ahuyentar a los pumas o las serpientes, cualquiera podría estar masticando su corteza.

 

Dentro crece un río según dicta su capricho para dos niñas que caminan lastimando sus pies. Solo una sabe cómo sangra cada mes, solo una sabe el destino de tan largo camino 

 

y levanta la mirada al cielo.

 


Marinés Scelta nació en Mendoza, Argentina, en 1984. Es profesora de Lengua y Literatura y tallerista. Forma parte del colectivo literario y feminista “Write like a girl”, cuyo objetivo es investigar y difundir la literatura hecha por mujeres y disidencias, y la creación colectiva. Publicó Saber lo que se pierde (Peces de Ciudad, Buenos Aires, 2016), Otros territorios posibles (elandamio ediciones, San Juan, Argentina, 2021), Así ha de ser la ausencia (El ángel editor, Quito, 2023 y Almadegoma ediciones, Jujuy, 2026) y El oficio equivocado (Falta Envido ediciones, Tucumán, 2024). Organiza el Encuentro de Poetas Cuyo-Pampa. Participa, además, en el programa radial Restos Diurnos (que se transmite por Radio UTN Córdoba, Argentina) con la columna “Los ritos”, sobre poesía contemporánea.

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