by Claudio Medin | 9 \09\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \09\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Poesía
A un año de la partida del recordado poeta uruguayo Alfredo Fressia, compartimos una muestra de su último libro publicado, Última Thule, preparada por su editor y amigo, el poeta Felipe Herrero.
MEDITACIÓN
Leer en astros,
años luz de tu vida,
cuando ya han muerto.
Blanda es la muerte,
hongo hinchado en otoño,
tumor del tiempo.
Carta celeste,
una estrella en cenizas,
mi cuerpo eterno.
Lee en los huesos
del esqueleto azul
tu enigma antiguo.
Hechos de estrellas
somos sólo reflejos.
Tal cual la aurora.
Leer señales
pasar el mundo a letras.
Tarea humana.
*
ESTACIONES
Días dorados.
Sol oblicuo de otoño.
Y sombras largas.
Noche de invierno.
El rebaño se abriga.
Un alma vela.
Lluvia en septiembre.
Dos gorriones caídos.
Y un arco iris.
Calles vacías.
Montevideo en verano.
Sudan las manos.
*
PLANETAS
Mercurio heraldo
de cyberpiés con alas,
ven, corre y cuenta.
Venus contempla
nacer en el amor
su perla azul.
Marte guerrero,
testosterona y sangre
fue tu legado.
Saturno espía
al que orbite en los límites
de sus anillos.
Neptuno en sueños
con su tridente empuja
quimeras, arte.
Plutón, misterio
de pulsiones profundas.
Un día estallan.
*
LUNAS
Luna de plata.
Noche clara de invierno.
Brilla la escarcha.
Luna amarilla.
Acapulco memories.
Viejos placeres.
Liviana luna
menguante del otoño.
Huele a magnolias.
La luna llena.
Otra noche de insomnio.
Tienta el abismo.
*
PARAÍSO
Tan alto el paraíso. Hablo del árbol,
porque hoy quiero cubrirlo de palabras.
Acariciar con nombres, decir árbol
como se dice amor, o como dicen padre.
Cinamomo, agriaz, piocha, canelo,
tanta palabra hermosa nombra al árbol
humilde y hechizado de la infancia
que en la calle de un barrio de otro tiempo
se llamó, por su gloria, paraíso.
Donde el gorrión se vuelve mensajero
un niño atravesaba los veranos,
y trepado a la frágil rama oía
cardenales que iban a trinar,
su evidente lugar de paraíso.
Entre el silencio húmedo del árbol
y el cristalino cantar de los pájaros
supo el niño su sino de poeta,
la magia dócil de la enjundia verde
que sigue refugiándose en la sombra
montevideana de los paraísos.
*
POETA Y OLVIDO
Y para qué servirán los recuerdos,
asomarse al abismo del pasado
hiriéndose los pies en la escollera
construida con piedras de otras vidas.
De qué sirven los ángeles nostálgicos,
sobrevuelan los mapas del despojo,
fantasmas que se adhieren a las alegorías,
naufragios que tal vez nunca existieron.
El poeta en un muelle sin recuerdos,
una estatua de sal disuelta por las olas,
ya no lee en vestigios, ganó el mar,
la medusa, el olvido, el horizonte.
*Todos los poemas forman parte de Última Thule, poemario aparecido en Yaugurú, editorial de la ciudad de Montevideo, y en editorial Lisboa en la ciudad de Ushuaia durante el año 2022.

Alfredo Fressia (Montevideo, 1948 – Sao Paulo, 7 de febrero de 2022). Fue poeta, ensayista, traductor, crítico literario y profesor de lengua y literatura francesa. Residió en la ciudad de São Paulo desde 1976 hasta sus últimos días. Su obra poética ha sido traducida al portugués, francés, inglés, italiano, rumano, griego, turco y macedonio. Publicó los poemarios Un esqueleto azul y otra agonía (1973), Clave final (1982), Noticias extranjeras (1984), Destino: Rua Aurora (1986) (en portugués) en la ciudad de São Paulo, Frontera móvil (1997), El futuro / O futuro (1998) en la ciudad de Lisboa, Veloz eternidad (1999), Eclipse (2003), Senryu o el árbol de las sílabas (2008), Poeta en el Edén (2012) en la Ciudad de México, La mar en medio (2017) en la Ciudad de Buenos Aires y Ultima Thule (2022), además de varias antologías. Publicó varios libros de ensayos y crónicas, entre los que destacan Ciudad de papel. Crónicas en movimiento (2009) y Sobre roca resbaladiza. Recuerdos y reflexiones de un poeta (2019) en la Ciudad de Buenos Aires. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura del mec, también recibió el Premio Bartolomé Hidalgo y el Premio Morosoli a la trayectoria en la categoría Poesía. En el año 2018, la Junta Departamental de Montevideo lo nombró Ciudadano Ilustre de su ciudad natal.
by Claudio Medin | 6 \06\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \06\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Poesía
Compartimos una serie poemas de la escritora y profesora Luciana Reif, de su libro inédito titulado Yo también le rezo a la noche, que obtuvo, el año pasado, el primer premio de poesía del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes.
YO TAMBIÉN LE REZO A LA NOCHE
I
Ella que supo ser
un hombre
más temible que mi abuelo,
su mirada parca devorando
el humo del cigarrillo
que la envolvía.
Mi abuela asfixiaba
gatos en palanganas
porque las crías
eran demasiadas
y no hay lugar para todos
en este mundo.
Veinte cigarrillos cada día,
la voz áspera
de un capataz
en épocas de guerra
y la bondad de quien
raciona milimétricamente
el alimento.
Fui la nena que durmió
a su lado tantas noches,
como en un campamento
militar, el soldado raso
bajo la mirada del sargento.
La escuché roncar
con la furia de los perros
que pierden temprano
a su madre,
como ella
a su marido
arrollado por un auto.
La veo por las noches
sumergirse en el sueño
con un rosario, invocando
a un dios que jamás
la ayudó en nada.
Y así como le reza
yo también le rezo a la noche,
porque ella
es un sargento
y yo un soldado raso
al que podría cocinar en el horno
con tal de sobrevivir.
II
Aguanté hasta que el hilo de pis brotó
como una flor entre mis piernas.
Al lado dormía mi abuela,
rugía como un oficio.
Su boca abierta era una tumba
en la que revoloteaban
y se estrellaban
los murciélagos.
Miré hacia adentro, hacia el pozo negro
de sus fauces, y tomé
lo que era mío por derecho:
el paquete de Le Mans que obligada
le compraba todas las tardes.
Fumé hasta que el sol me reveló
la humareda, el olor a pis
aplastado como un insecto
en la habitación de la niebla.
IV
Una foto donde peino a mi abuela
No hay en ella
nada que se le parezca
al cariño o a la dulzura.
Y, sin embargo, ahí estoy
cepillándole las canas
como si fuera
capaz de arremolinar
la seda, meter mis manos
entre las telas, escoger
la blanca brillante
y sentir la nieve, el frío
de su pecho guardado
entre las ondas del pelo.
A veces sueño con el desprendimiento
del glaciar, con fisurar por fin
el nudo originario, ese que tejió
la helada en su corazón
el día que se hundió mi abuelo.
Estoy cada vez más cerca y más lejos
de ser la mujer que quiero, la intelectual
que camina levitando, que respira y exhala
grandes y pequeñas partículas doradas, ideas
que sobrevuelan el aire y caen sobre mí
como un halo o el velo de una novia.
¿Pero con quién me estoy casando?
¿A quién me entrego de pies y manos?
¿Cuál es la poderosa fuerza
frente a la cual abdico y otorgo mis sentidos?
Soy la mujer de las brillantes y sesudas teorías:
me estallé la córnea, necesitaba concentrar.
Soy la mujer ingeniosa que piensa lo que otros
quisieran pensar primero:
te entrego barnizado mi músculo extensor,
pulida y un poco deteriorada mi lumbar,
un dolor crónico en la planta del pie.
No los necesito, tengo mi cráneo,
fábrica taylorista por excelencia,
el razonamiento aceitado como una polea
y en el corazón el desgaste
del obrero alienado.
Qué decir de esta vida que ahora elegimos,
jugamos a llamarnos marido y mujer
aunque no estemos –todavía– casados.
Y qué de mis sueños de ser una mujer libre, independiente,
como cuando me saqué de encima la cabeza
pesada de mi madre, su larga trompa de elefanta
impidiéndome el paso.
Y qué de los gloriosos años en la universidad
estudiando sociología, empujando mi cerebro,
radiante y hacendoso,
al punto límite de la abstracción.
Cuando te pido vayamos al sueño juntos
no me dejes acá, despierta, boca arriba,
con los ojos encendidos,
con el cuerpo que todavía masculla y no está listo
para embeberse en la oscuridad. Me pregunto
qué teoría me enseña a amarte con la dosis justa
de cercanía y distancia, qué energía física
es la que circula por dos troncos que se arquean
para encontrarse y beber mutuamente de sus tallos,
a qué noción de libertad me aferro tontamente
si tu abrazo es un río que atraviesa
el desierto nocturno y la calma es
bajar hasta él, empaparme.

Luciana Reif nació en Buenos Aires el 4 de enero de 1990. Es poeta y socióloga. Coordinó, junto con Valeria De Vito, el ciclo de poesía Lo que tan rápido fuga, en Espacio Enjambre. Dicta el taller Amor y poesía, en distintos espacios. Coordina, con Gaspar Tessi y Flor del Castillo, el ciclo Todo beso es político. Forma parte de las antologías El Rayo Verde (Viajero Insomne, 2014 y 2015), Rizoma (2016), Martes Verde (Poetas por el derecho al aborto legal, 2018), Otros colores para nosotras (Ediciones Continente, 2018) y Camelia, mujeres que toman té (Tanta Ceniza,2021). Poemas suyos fueron traducidos al italiano por el Centro Cultural Tina Modotti. Es autora de los poemarios Entrada en calor (Uoiea, 2021), Ojo de mármol (2016) y Un hogar fuera de mí (Visor, 2018) -ganador del XXX Premio a la Creación Joven de la Fundación Loewe. Su poemario inédito Yo también le rezo a la noche ganó el primer premio de poesía del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes de la Argentina en 2022.
*Créditos de la fotografía: Adolfo Rozenfeld
by Claudio Medin | 6 \06\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \06\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Narrativa
Compartimos un fragmento de la última novela de la escritora y profesora argentina Mercedes Araujo, titulada Botánica sentimental (Editorial Lumen, 2022).
La luna está colgada sobre el volcán, olvidada por la noche. A lo lejos, cinco o seis caballos se disparan al galope cuando el baqueano y su perro de pelo corto los corren de atrás. Un camión color guinda se acerca veloz, ruge, acelera y frena, finalmente la pasa cerca.
Antonia maneja concentrada. No tiene apuro.
Tras la curva, el inmenso corazón turquesa. Debajo del dique han quedado los restos fósiles, vegetales y marinos, que trajeron a Darwin desde Chile. Dicen que lo picó una vinchuca, que nada llamó su atención y que la gente del lugar le pareció insoportable.
De repente, el chirrido de un fierro sobre el asfalto. Se acerca a la banquina, apaga el motor, se arrodilla: el caño de escape cuelga. Abre el capó, señal de que está en problemas. Nadie a la vista a quien pedir ayuda, saca de la guantera el teléfono, no tiene conexión. Se abriga con la campera de plumas violeta, guarda en el baúl la bolsa de dormir, el piyama de algodón, las alpargatas negras, el sweater y el buzo, pantalones y medias; carga en la mochila solo el cuaderno y la billetera. Baja la cuesta por la orilla del río. Avanza erguida, con los borcegos rojos da pasos ágiles y firmes, las manos en los bolsillos, el pelo negro y largo flamea en mechones agitados, los ojos casi cerrados para protegerse de la polvareda, se acomoda el flequillo e improvisa un rodete que sujeta con un palito.
Perfume a tomillo, picante, alcanforado y terroso. Su flor preferida: la oreja de chancho. Arranca y sigue con la hoja carnosa entre los dedos, le acaricia los pelitos y la guarda en el bolsillo. Cada tanto algún rancho fantasma. Ahora un maitén atigrado sacude los bordes aserrados de su copa globosa en medio de la nada. Cuánto brío para crecer entre puras piedras.
A lo lejos aparecen algunas casas. Las ventanas están tapiadas. En una, se alzan aureolas de humo insignificante. Un viejo asoma la nariz entre las ranuras de la persiana de metal:
—Más abajo encuentra el taller. Y ande alerta por el puma.
Tres chuchos flacos como juncos ladran. Avanza con cautela. Se acercan y la husmean, ahí se queda. Golpea las manos. Nadie. Sobre el terreno hay herramientas tiradas, un balde con agua y una manguera de la que apenas corre un hilito. El caparazón de un auto se oxida.
Las paredes, alguna vez blanqueadas, están escritas por los viajeros, los mismos que rayan la montaña con sus nombres, amo- res, pijas y lenguas. Sus “aquí estuvo”, urgentes, el trazo empeña- do del clavo o el aerosol contra diez millones de años de roca muda. ¿Será eso lo que los desespera?
Se sienta en un banco de madera. Media hora después un hombre se acerca. El pelo negro y grueso le crece como pasto, tiene la piel oscura y marcada. Estará en los cincuenta, unos cinco más que Antonia. Los perros echados a sus pies estiran las patas,
ondulan lomos y se ponen en marcha lenta. El recién llegado saca una galleta del bolsillo de la camisa verde de grafa y se la entrega en trozos, se acuclilla y los palmea.
En una Ford vieja blanca el hombre carga las herramientas. Pone en marcha el motor. La caja tiembla, los cambios se resisten, un poco de maña sobre la palanca y entran. Antebrazo, brazo y bragueta tensados, toma el volante con ligereza. La izquierda sobre el muslo, tararea a golpecitos de dedos una canción que canta en su cabeza.
Al llegar, con unas maniobras cortas estaciona la camioneta y pega la caja al baúl del Renault azul. Bajan, el hombre rueda por el piso y desde ahí pregunta:
—¿Hasta dónde va?
—A Perdriel.
Mientras se sacude la tierra de los pantalones carga alambres y tenaza. Desaparece debajo del auto. Ata, tironea. Asoma la cabe- za, silencioso y repentino como una lagartija, de un salto ya está de pie.
—Hasta Perdriel llega, si se lo toma con calma llega. Ahí hágalo ver.
Se va acercando hasta el borde del desfiladero y Antonia lo sigue. Le ofrece un cigarrillo y enciende un fósforo, ella cubre la llama con las manos, el rodete improvisado se le deshace, lo mira de reojo, ojos color nuez y la frente ancha. Fuman juntos.
—Acá cerca, ocho meses atrás, una yegua de cuatrocientos kilos murió de frío en medio de una intensa nevada. Tropezó, resbaló, yo pegué un salto y alcancé a desmontarme —le cuenta mientras pitan—, si me acompaña se la muestro. Mucha casualidad que justo se le haya roto en este lugar.
Dos metros más abajo, entre cantos rodados y arenilla, apare- ce visible y ordenado el esqueleto de la yegua al borde del cauce del río. El hombre patea algunas piedras con la punta de la zapa- tilla, delicadamente la cubre.
—En mi recuerdo —le cuenta— la yegua es un animal nervioso de crines grises y el pelo manchado. Diez años la tuve con- migo. —Él señala el cielo—. Mire, una agachona de collar y una monterita pecho gris, nunca andan juntas.
Los rondan con las alas abiertas.
—¿De dónde viene?
—Uf, un viaje larguísimo, salí esta mañana desde Chile. El que me vendió el auto me dijo: El motor tira, si se lo toma con calma llega. —Antonia se ríe.
El hombre abre los ojos, larga una carcajada, alza los dos brazos, junta las palmas de las manos y las levanta en forma de rezo.
—¿Va con apuro?
—Ninguno, estoy llegando muy tarde a dos funerales a los que falté. Hace medio año se murieron mi padre y mi abuela con unos meses de diferencia.
—¿Y para qué vuelve ahora?
—Para cerrar una casa.
Otra vez a la ruta. Los penachos danzantes reverencian la luz.
La primera vez que cruzó esa montaña manejaba su abuela Memé. Iban a veranear a la costa chilena.
Marga, su madre, escondida detrás de anteojos de sol con marco blanco, una camisa a rayas azul francia y rojo, era la copiloto. Atrás, Antonia y sus hermanos, Lucas y el Pancho. El Fiat 128 se apunó en los Caracoles.
—Acá, cuando se trata de caer en picada entre las cumbres gigantescas, hasta los cóndores tiemblan. Imaginen un piloto o pilota, en la soledad completa, en medio de las correntadas. Ahora imaginen volar un avioncito en esas turbulencias. Esas son proezas —dijo Memé.
Miró por el espejo retrovisor y sonrió. Unos minutos después retomó el cuento:
—Baronete, Finísimo, Marrasque, Pirapó, K Kobe, Limera y Malgastar. Además de los caballos iban cuatro hombres y varios maletines con dólares, joyas y monedas de oro de contrabando. A la altura del paso del Yeso, a las tres de la tarde, sacudón. El avión chocó contra el cerro. Los buscaron desde el Cristo Redentor hasta Neuquén. Ningún rastro. Siete meses después, un puestero encontró los restos. Cerca del volcán Overo, primero vio la rueda y, ahí nomás, el cadáver momificado de un hombre descalzo. Imaginen los relinchos, la desesperación de esos caballos, las cenizas petrificadas del volcán y la humareda polvorienta.
—Mamá, dejate de embromar, sabés que después sueñan. Te das cuenta por qué Marcel prefiere irse por las suyas, ¿no? Ni un minuto de silencio. —Marga se gira, acaricia a Antonia y le acomoda el pelo que Lucas tironea y enrula.
—Lo mejor que pueden hacer es soñar. Los del gobierno pi- dieron al puestero que los llevara hasta ahí. Cerca del arroyo Malo ya tuvieron el primer problema. La mula con el equipo de radio se cayó. El terreno se les puso abrupto, estaba cubierto de nieve. Unos pedazos del ala, varias maderas y una rueda fue todo lo que encontraron. Años habían pasado, cuando una persona, unahorrible persona, de esas de las que está lleno el mundo, lo denunció a la policía. El puestero había empapelado las paredes del rancho con los dólares que le sobraron después de comprarle una casa a cada hijo. Terminó preso.
—¿Y los caballitos?
—Baronete, Finísimo, Marrasque, Pirapó, K Kobe, Limera y Malgastar ahora son caballos alados.
Todo es ritmo, tesoro: amor, terror, piedad, dolor, maravilla y cualquiera de las impresiones a las que el corazón es susceptible.
Memé revelaba los misterios del universo como si fueran una chacota.
O hacés algo de música o mejor no digas nada. ¡Ojo! Tampoco hay demasiado para decir.
Pero también, la vida como vacío. Se renace siempre, mientras se siga andando.
Antonia entra encandilada a los túneles negros. Al salir, aparecen las vías del ferrocarril desmantelado y el puente de hierro colgado sobre el vacío. Detiene el auto y con el pánico vertiginoso de siempre, se asoma. Intenta unos pasos, la ventolera le sacude los huesos.
¿Qué busca? ¿Para qué vuelve? Si ya están muertos. Memé que se acostaba peinada y maquillada por si acaso y Marcel que no tenía que morir. No todavía, papá.
Las preguntas como las nubes galopan hacia el futuro. Anacronía y derroche, piedras preciosas, igual que el amor. Levanta el celular para intentar captar algo de señal, nada.

Mercedes Araujo nació en Mendoza en 1972. Publicó la novela La hija de la cabra (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes) y los libros de poemas Así es el fuego, La isla y Viajar sola. Es profesora de Escritura Creativa en la Universidad Nacional de las Artes y de Política y Derecho Ambiental en la Universidad Nacional de San Antonio de Areco. Este fragmento forma parte de su último libro, Botánica sentimental.
by Claudio Medin | 27 \27\America/Argentina/Buenos_Aires enero \27\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Poesía
Compartimos tres poemas de Karrukenk, el último libro de Alejandro Pinto (Río Grande, 1988), publicado en 2022 por Kloketen Cartonera.
LA PARTIDA
Un cazador Selk’nam
partió contra el viento
deslizándose entre coirones
deteniéndose sobre su rodilla
tensando el nervio
del arco, apretando
el talón contra la tierra.
Solía dar al primer intento.
Una flecha partió contra el viento
zumbando como una piedra
afilándose en el aire
en la huída
en el cuero
del guanaco.
Solía dar al primer intento.
Para abrigar a su tribu
para alimentarlos
para recoger
de sus ojos
la distancia a recorrer
hasta el próximo
guanaco.
Solía dar al primer intento.
Todavía no regresa.
*
PIEDRA DE KUANIP
Piedra milenaria. ¿Cúmulo de qué
de cuántas miradas antiguas
sos? ¿En qué estás pensando?
Te ves cansada y espléndida. ¿Qué hay
en el horizonte que no
querés ver? ¿Qué secreto
te pesa?
¿Esos cormoranes que descansan
en la cima de tu cráneo
son tus pensamientos?
¿Esas piedras a tu lado son tus hijos?
¿Anoche te alcancé?
¿Te alcancé cuando sentí que te ibas?
Bajé de mi guarida a buscarte,
y te alcancé, o no, y a mi regreso,
ni guarida ni amor me quedó
alcanzado.
¿Sentiste el humo
de mi fogata esta mañana? ¿El tacto
de mis ojos atardecidos? ¿El miedo
de mis manos al tocarte? ¿Esos
cormoranes que se vuelan
son tus pensamientos?
*
GUANACO ALAMBRADO
Muere desenterrándose
la sombra a patadas
queriendo abrir un cielo
en el alambre.

Alejandro Pinto nació en Río Grande, Tierra del Fuego, en 1988. Es poeta, tallerista y gestor cultural. Ha publicado: Loque vaque dando (edición independiente, 2011), El patio de atrás (Ñasaindy Cartonera, 2012), Yo cebo (Kloketen cartonera, 2013), Relatos de un cartero (Kloketen cartonera, 2017), La isla me llama (Kloketen cartonera, 2017), Los animales o yo (edición independiente, 2020), Luna guacha (Kloketen cartonera, 2021), Abuelos de Papel (Editora Cultural Tierra del Fuego, 2021) y Karrukenk (Kloketen cartonera, 2023).
by Claudio Medin | 17 \17\America/Argentina/Buenos_Aires enero \17\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Poesía
Compartimos tres poemas de Muérdago, el primer libro de Ludmila Cabana Crozza, publicado en 2022 por la editorial patagónica Las Guachas.
Pájaros aleteando adentro
Hay unas palabras que no encuentro
son sobre origen empiezan en
ombligo claro
no sé dónde o cómo
pero
sí se
han perdido
las recuerdo como fondo de aljibe redondas y silvestres
estaban en el filo de un vaso roto también
creo
haberlas visto creo
haber bebido mi propia sangre en su búsqueda
de piel eran
unas palabras sangraban
lo bello ay, es un eco después
pájaros aleteando adentro
lo agitan todo.
*
De agua dulce un hombre
las olas en su altura
la luna llamando la sal adelante
atrás
algunas noches el viento marino azotaba aberturas y aves verdes gritaban por el aire
mi madre no recuerda el mar
el padre de mi padre era de un río a él adiós
de Agua dulce un hombre
puede morir
su nombre empaña
tal vez sea de ahí la ausencia de equilibrio
tal vez sea de sol la ruina
o espejo roído donde mirar
cómo eran los días desde el mar aunque desierto le llamen.
*
De vaivén
el poema que no elijo duerme en el final de una página en blanco plegada
hasta desaparecer
el poema que no elijo
tiene forma de cáscara de fruta de final
de vaivén de hamaca
es parecido a
la caricia en el lomo de un gato dinosaurio
el poema que no elijo tiene filo y cuidado
dice que puede cortarte la boca
no reza a la existencia este poema no sabe quién fue Baudelaire
no canta a los amaneceres ni puede describir qué cosa es un jardín.
el poema que no elijo es mío y no existe aún porque fue tuyo antes
nacerá en
el momento exacto vendrá al mundo en ese segundo cuando
se pueda escribir con el humo
de la bala que lo mate.

Ludmila Cabana Crozza nació en General Roca-Fiske Menuco, provincia de Río Negro, en 1985. Vive actualmente en esa ciudad. Es profesora en Letras y escribe poesía y narrativa. Da clases en el Instituto de Formación Docente Continua, en la facultad de Lenguas de la Universidad Nacional del Comahue y en el Instituto Universitario Patagónico de Artes. Fue incluida en las antologías de poesía y de narrativa: Flotar. 100 poemas sobre ríos. 100 poetas argentinxs; Por Senderos no pisados. Antología de joven poesía rionegrina; Transversal. Poesía contemporánea de Río Negro y 18 crónicas patagónicas. Publicó su primer poemario, Muérdago, en 2022 con Las Guachas editorial.