Tierra de los despojos

Tierra de los despojos

Fragmento de la novela de Hugo Muleiro.

Capítulo I: Angelo, estudiante universitario de una familia pudiente, viaja a la ciudad de La Cúpula para una sesión de terapia que sigue por imposición. Como casi todo lo que hace, el viaje le causa aburrimiento y hastío, en medio de recuerdos deshilachados.

El acercamiento a La Cúpula se vuelve más palpable cuando el autobús, en lo que parece el esfuerzo último, traquetea en el giro a la derecha, abandona la ruta secundaria que desemboca en la carretera y, al cabo de otros seis kilómetros, estará ante el ingreso principal a la ciudad. El sol queda por fin a espaldas de Angelo y, como varios de los pasajeros, se siente un sobreviviente. Este tramo es más ágil, la carretera tiene tres carriles para cada sentido de circulación y luego sólo quedará el trajinar por la ciudad, la trepada lenta por calles exageradamente amplias.

El golpe de los rayos del sol sobre las vías del ferrocarril que en otro tiempo dio vida a la zona, que la conectaba con la capital pero también con el este y sus playas, acompaña el avance. Aunque ya inútiles, los rieles corren paralelos a la carretera, como vigilantes obstinados e incansables.

Para Angelo siempre es igual con las playas: sólo mirar hacia allá, camino adelante como lo tiene ahora, y el anhelo reaparece y lo transporta. Casi puede sentirse ya en el este, parado en la arena, inmovilizado ante el juego de la progresión de la luz, con las olas moviéndose al compás de la inquietud dulce que sintió la primera vez, tan niño era, cuando fue hasta la orilla con su madre y su padre, una de las raras ocasiones en que ella insistió, se empecinó, discutió. La recuerda erguida, vital, sin esconderse. Se escuchó su voz y puede evocarla, cuando doblegó el desprecio y la condena a sus módicos deseos.

– Quiero que Angelo vea el amanecer, y que lo vea con su madre.
Como pocas veces, como nunca, resistió la protesta rabiosa de papá mientras iban caminando:
-Qué ganará éste con la salida del sol, hay que ver tanta estupidez, levantarse a las 6 de la mañana en vacaciones para pararse en la playa como tres idiotas, como si fuéramos esos hippies de mierda.

La mano que la madre le aferró con determinación fue sostén suficiente para sobrellevar el pánico que el niño apocado sintió ante la escalada de furia, una más en la cuenta. Mucho tiempo después, cuando juntó fuerzas para permitirse pensamientos y conversaciones imaginarias en que lo insultaba y condenaba, llegó a decirse que su padre fue aquella vez a la playa sólo para que ellos no perdieran de vista ni un segundo su desaprobación. No quiso regalarles el sosiego, el recreo modesto. Pero aquella vez al menos no consiguió que ella desistiera.

Su piel de niño se erizó con la salida del sol, único espectáculo natural capaz de conmoverlo entre los muchos a los que con sus dos hermanas fue llevado, invariablemente cada verano y algunos inviernos, hasta que comenzó con la facultad, hace tres años, y como el padre reprochó tantas veces: ¡con dos años de retraso! ¡Llega a la facultad a los 21 años cuando todos los muchachos, aunque no sean gran qué, lo hacen a los 18 ó 19! Todo porque este inservible –le apuntaba a él pero le hablaba a ella, porque la culpaba- no tuvo la picardía suficiente para terminar la escuela a tiempo. Porque no me dirás que hace falta gran inteligencia en esa escuela a la que lo mandaste, nada más ser un poco despierto.

La curva pronunciada de la carretera hacia el insulzo tejido urbano de La Cúpula lo saca de esta encerrona de la memoria, que a veces lo estorba con tozudez. Está a la vista, detrás de la desmesurada torre del campanario, el extremo de las serranías en las que la ciudad se recuesta y por las que viene trepando cansinamente, al paso de los años. Ascenso imperceptible, aunque los habitantes más viejos se declaran asombrados por las construcciones aisladas que aparecen en las laderas, prolongando el eje central de la ciudad hacia las elevaciones, como si quisieran acercarse a ellas a costa de precariedad. Si hasta parecen esmerarse en un contrapunto desfavorable con las grandes residencias que se extienden lustrosas al oeste de la catedral, casas de dos y tres plantas engalanadas por jardines de flores multicolores, en los que el agua de las piscinas se entibia con el sol de la mañana a la noche.

Para Angelo el panorama nunca varía. Hacia el este, siempre es hacia el este se dice, los cerros toman más altura, se engrosan y multiplican, pero los fundadores timoratos eligieron este extremo, aquí donde todo termina en vez de empezar, asentando a la parte alta de la ciudad en lomadas insípidas, como si no hubieran tenido coraje para adentrarse un poco en las cuestas y valles y beneficiarse con la vegetación más intensa y colorida. Ellos se recostaron en la amabilidad del terreno poco menos que llano, le dieron la espalda a la montaña, como si les hubiera resultado imperioso tener la mirada puesta siempre en los benditos cultivos, custodiarlos al despertar y echarles un vistazo antes de dormir después de andar por ellos todo el día. Luego, décadas y décadas en que nadie se atrevió a desafiar la decisión, salvo los que por impulso de la expansión empezaron a subir, en especial porque es más económico un terreno en una ladera inútil para grandes cosechas que en la sagrada planicie, donde las familias de antaño y las empresas de ahora siempre codician una hectárea más para el cereal generoso y el ganado rendidor.

El autobús se evade por la derecha de la carretera, donde los automóviles devoran febrilmente los kilómetros hacia las playas y, a la inversa, hacia la capital. Remonta con pereza el puente para cruzarla. Atraviesa luego con descuido las vías inútiles, rodeadas por los restos lastimosos del barrio ferroviario. Los grandes espacios para las maniobras de los convoyes de carga, sus enjambres de rieles, están cubiertos por una maleza que confirma el cuadro general de abandono. Algunos viejos vagones están arrumbados, su madera arrancada para mejores fines, otros incendiados por motivos que nadie se molestó en explicar.

Desfilan los primeros comercios del barrio bajo, los más todavía cerrados, otros clausurados para siempre, sin rastros de la gloria que en su tiempo pudieron conocer gracias a la proximidad de la estación. Resoplan los frenos en cada detención para que asciendan pasajeros que no juntan fuerzas para resistir el calor en las diez o quince cuadras que los separan de sus obligaciones en el centro. La mayoría de las casas están vencidas, sin esperanzas, pero de a poco van alternándose otras con mejor porte, recuperadas y ahora impecables, si parecen recién hechas y compiten con las nuevas.

El autobús va a marcha lenta, como si el conductor se cuidara del tránsito, casi nulo a estas horas, y deteniéndose siempre cada dos cuadras, ahora también para los que descienden. Él deja que avance, que se acerque a la parte más céntrica, que pase frente al palacio municipal que da a la plaza custodiada por la catedral e intimidada por su cúpula, altiva ante la medianía que la rodea, y que siga unas manzanas más hasta ingresar pesadamente a la terminal nueva, prácticamente inactiva, sin gente en sus diez plataformas. No es el tramo del día en que llegan o parten los servicios a los puntos más lejanos ni de los que vienen de un extremo y van hacia el otro, con el cometido fatigoso de entrar para una parada en La Cúpula en lugar de seguir de largo por la carretera.

Angelo tiene casi 50 minutos en blanco hasta que comience la sesión, porque el autobús parte de Esnopes cada una hora y media. Conoce los escaparates de las tiendas deportivas y de ropa informal, los únicos que le gustan, de tantas veces que debió atravesar la misma espera. Lleva algunos de los muchos apuntes de la facultad cuyo estudio tiene pendiente pero no se imagina un solo lugar medianamente grato para leer sin que el calor lo aplaste y lo adormezca aún más, multiplicando la pesadez que apenas le permite arrastrar los pies para salir de la terminal y avanzar casi solo por una de las calles que desemboca en la plaza. La cruza en diagonal, llega a la esquina del banco principal, ya cerrado, y se deja llevar por un declive leve, alejándose de los cerros. Las ofertas de varios comercios quieren tentarlo con fabulosas posibilidades de renovar el teléfono móvil y acceder a maravillas tecnológicas. Pasa por dos o tres hoteles con persianas bajas, sin una sola muestra de presencia de pasajeros, parece que transcurren los días a la espera de viajeros que jamás llegarán.

Las ramas de los árboles se hamacan levemente, también casi sin fuerzas, doblegadas por el aire hirviente. Tiene que recorrer nada más tres cuadras para llegar al consultorio y como lo abruma la posibilidad de aguardar parado ante la puerta ingresa titubeando a una cafetería y heladería donde dos niñas parlotean ante la lista de las cremas que se ofrecen, con interminables idas y vueltas sobre una elección que les demanda toda la energía de la que disponen para estar en el mundo.

Se echa en uno de los asientos y quiere concentrarse en anticipar los sabores de los helados que pedirán las niñas, mientras la mujer que despacha va y viene por detrás del mostrador, sin premura, poniendo orden. Pasa lento un automóvil y él alcanza a ver que va con ventanas cerradas, el conductor gozando del aire refrigerado.
El padre se niega a cederle uno de los dos automóviles que casi nunca usa y están en los garajes de Huertas, pues se mueve siempre con la camioneta todo terreno que renueva cada año para andar por los caminos del campo, ir a los molinos, de vez en cuando trepar a los valles superiores, entre los cerros, donde extendió últimamente dominios para unos cultivos misteriosos.

– Hay que apurar el trote en la facultad, acá hay cada vez más cosas que administrar.
Así lo había desafiado meses atrás, aunque las referencias a su proyecto para que se prepare y lo escolte en el manejo diario de los negocios son cada vez más espaciadas, como si se le escurriera lentamente la esperanza de que fuera capaz de hacerlo. Las dos hermanas habían quedado al margen del plan: que se hagan doctoras, abogadas o cualquier cosa, que se casen y abran las piernas como una mujer debe y que tengan sus hijos, el campo no está hecho para que lo manejen mujeres, así espetaba el padre para afrontar los reclamos balbuceados esporádicamente por su mamá sobre todo en nombre de Rosario, la segunda de los tres, nada silenciosa ni conformista, y menos aún temerosa. Contraste total con la mayor, Adelina, quien jamás sugirió siquiera la posibilidad de incursionar en cosechas, compras de insumos, cálculos de costos, contratación de personal, gestiones de ventas y, en años más recientes, manejo de algunos comercios en Esnopes y La Cúpula y después inversiones de las que nadie en la familia tiene precisiones ni se atreve a pedirlas.

 

 

Hugo Muleiro es escritor y periodista. Trabajó en agencias de noticias, diarios, radios y publicaciones digitales. Es autor de dos libros de ensayo sobre periodismo: Palabra por palabra. Estructura y léxico para las noticias y Al margen de la agenda. Noticias, discriminación y exclusión . Con su hermano Vicente escribió tres obras de investigación política e histórica, Los Garcas, Los Monstruos y La clase un cuarto. Participó en el libro La esperanza insobornable: Rodolfo Walsh en la memoria, entre otras publicaciones. En 2007 creó la revista digital “La Poesía Alcanza”, que actualmente dirige (www.lapoesiaalcanza.com.ar). Tierra de los despojos (MT Editores) es su primera novela publicada.

Tierra de los despojos

Todos los lugares se llaman promesa

 

 

 

 

 

Un recorrido por la poesía de Raquel Jaduszliwer.

 

 

De Todos los lugares se llamaban promesa.

Jardinero:
las flores de intuición
dieron todo lo que pudieron dar.

Así es como renuncia a su color el aire.
Así es como lo vuelca
más allá de sus bordes.

Motor inmóvil que hacía girar las aspas
que molieron la harina
para el pan.

Tardes arreboladas.
Melancolía de las apariciones
cuando nos dejan sin palabras.
***

Un ala, aquella que proyecta el vuelo
hacia adelante
se detiene. La otra va hacia atrás,
hacia un fondo de grava. Allá donde familias
de palabras reciben al viajero
entre idiomas ajenos y en su centro
un graznido foráneo que declara:
estoy aquí
pero ya no me ves.
Se ha perdido mi rostro,
mi cabeza emplumada entre
los nombres.

No. Ya no lo veo.
Me veo sólo a mí en el reverso,
decreciendo. De vuelta a ser semilla,
esa semilla que nunca debería
haber quedado atrás.

Ahora estoy en la corola de un crepúsculo,
justo en el lugar donde el violeta vira al rojo.

Menguante es el ocaso.
****

De Los diagramas radiantes.

Padre,
entonces cómo haremos
para seguir hablando de la luz.
Estas son las semillas de una especie cansada,
flotan por encima de la realidad. Se supone que es hora
de salir a la búsqueda de un carbón encendido,
de una yesca en su punto lumínico,
de una iluminación. Algo con qué alumbrar
aunque traiga el incendio.
***

Del choque de lo quieto con lo raudo se decidían
los itinerarios. Así debía sentirse el paisaje interior:
cada animal, dormido. La piedra, casi estática.
El crecimiento de la vegetación
una vez alcanzada la mayor desmesura
reposaba.
Así venían los días: la velocidad de la más alta luz
era el mito fundante, pero en lo material,
lo que prevalecía era la detención. En lo mental,
al margen, la imagen de un caballo,
su corazón de vida. Ese galope largo
contra un fondo de bruma
y en el mayor silencio.
***

Vi pasar la barca de Caronte por la alcantarilla.
Tras de ella iba yo buscando el óbolo,
una moneda entre las aguas para mi viaje de los muertos.

Pero la vida, ah, la vida.
Con la misma precisión de las fatalidades
abajo se refleja un cielo líquido.

Los días precipitan. En lo alto
una moneda brilla, resplandece.
***

Hay tantas diagonales; son siempre intempestivas
las corrientes. La perla que aguardaba
allá en la hondura y todos los que han partido,
los que han ido a buscarla no volvieron,
han quedado engarzados,
han quedado inundados hasta el fondo.
Corriente de la vida lleva y trae.
Reino de lo ausentado. La flor de la presencia
se disuelve.
***

De El árbol de las especies.

Busqué en las altas copas,
muy bien podría ser un pájaro, no cualquiera de ellos
sino ese, el que resume ausencia entre sus alas
ese que existe grave y hacia adentro
breve como un paréntesis de pájaro
fijado a su momento pesado de quietud.
Algo quería decirle. Busqué en las altas copas
tan arriba busqué, arriba lo busqué hasta un extremo
exacerbado por el anhelo impenitente de ascensión.
Sí, busqué al pájaro inmóvil
ese que dicen que vive atravesado por un clavo de luz
y que derrama un inflamado azul de sus heridas
savia viva que cae
agitada en un viento que lo precede todo
y en un viento que a todo
lo sucederá.
***

La naturaleza imita lo inaudible: se escucha entre las hojas
un conjunto de ideas que vibran como un mimbre,
es el tallo que insiste en su verdor inmaterial.

Hay algo sustraído en el procedimiento.
Envuelto en pensamiento
no se aviene a habitar especie alguna.
***

Está esa flor urbana secuestrada,
la cabeza ladeada sobre el tallo,
sueña despierta con un mundo del todo vegetal.
Al respirar, las cosas tan ajenas se le tornarían verdes
y ese es todo su sueño. Nada quisiera, nada saber,
nada quisiera
más que darle la espalda a lo que la circunda
para escuchar tan sólo su propia vibración, sentir que late
debajo de la espina elemental. Así lo piensa,
razona como puede en su registro
quien sabe del precámbrico
o de alguna otra era
más antigua, difusa, inconcebible.
***

No hay mayor resonancia que la que provoca
el ramaje en el viento. Arranca desde donde se ocultan
tantos seres furtivos, por especie o espíritu,
por vocación de fuga. Ves cómo se prolonga el temblor
entre una idea y otra, se aleja hacia las puntas sensitivas,
yemas que soñaron alguna vez un cielo
un poco más profundo, diferente a este otro
que está por desplomarse. Quién sabe de esta forma
se cometa un crimen, un asesinato por aplastamiento.
Mientras tanto hay un brillo, como si se tratara de otro cielo
todavía inocente
sin pecado ni culpa, de los que ya no existen.
***

 

Raquel Jaduszliwer (San Fernando, Pcia. de Buenos Aires). Es lic. en Psicología por la UBA y reside en CABA. Publicó una novela, La venganza del clan de las banderas de acero (2018) y nueve poemarios: Los panes y los peces (2012). La noche con su lámpara (2014). Persistencia de lo imposible (2015). Las razones del tiempo (2018); En el bosque (2018). Ángel de la enunciación (2020). El árbol de las especies (2022), Los diagramas radiantes (2022) y Todos los lugares se llamaban promesa (2023). Obtuvo numerosos premios y participó en antologías nacionales y extranjeras.

Tierra de los despojos

Bosque Cotidiano

En esta oportunidad presentamos cinco poemas del libro Bosque Cotidiano de la poeta Natalia Schapiro.

 

 

Living

Pido hundirme
en un monte de silencio y luz
para corregir poemas en la compu
solo puedo así:
sin sueño, hambre ni obligaciones.
Pero mi hijo está luminoso
dibuja con un amigo en el living
entre murmullos de colores
una cápsula de risas vuela sobre la mesa.
Viven en el papel, los lápices son ramas
de un refugio donde solo caben ellos.
El más grande trajo su deseo
de acariciar la guitarra en el sillón
exprimirla como a una fruta rara.
Renuncio una vez más
asombrada miro los sonidos
van cayendo sobre todas las cosas
en una lluvia suave.

 

 

 

Presbicia

El viento trajo la presbicia
junto a unos sapitos durmiendo
en mis párpados
un abanico de líneas sonriendo
al lado de los ojos
otro sabor en la piel.
La presbicia llegó
junto a una madre huérfana y enferma
un hijo pasando a buscarme en mi auto
un marido que a veces
me baña en indiferencia
y a veces me quiere.

 

 

 

Te preparo un licuado

No son momentos de zambullirse
como cuando te leía un cuento de peque
vas y venís
con tu caverna portátil
impenetrable
habitada por luces risas voces.
Voy bordeando los costados
a pasos de cangreja
pendo de algún comentario
que milagrosamente asoma en tu boca.
Te preparo un licuado, galletas de manzana
volvemos al principio:
el hilo silencioso de la nutrición
sobrevive, una roca
en el oleaje de tu adolescencia.

 

 

 

Tus manos

No son calas
tiemblan sin pulso
se les resbalan vasos
y estrellan en el piso.
Pero aprendieron
en la sucesión de otoños
inviernos veranos
a acariciarme
en una música de orquesta
vibran los sentidos
tus manos
saben empezar despacio
como las primeras gotas de lluvia
demorar los inicios
trenzar los suspiros
inventan mi cuerpo
tus manos
mientras la corriente crece
me llevan
como a un potrillo por el campo
la música a un piano
el cauce a su río.

 

 

 

Madre

Reconozco el comienzo del día
en esta pena que hunde
y lame a mi madre vieja
desde allí va saliendo
el pañuelo de la mañana.
Los enojos se deshilacharon
brota amor antiguo
pegado a los huesos.
Y ahora estás tan frágil
solo puedo cuidarte
del viento.

 

 

Natalia Schapiro vive en Buenos Aires. Psicoanalista y pelirroja. Algunos de sus libros
publicados son Lucía y la varita china, Cuentos callejeros, A la vuelta del mundo, A salto de
cangurito, Diario de dragones, Una tertulia inolvidable, ¿Alguien anda ahí?, Dorotea cumple
mil, 100% fútbol, Cumpleaños a golazos. Bosque cotidiano fue finalista en el concurso Gerardo
Diego, Diputación de Soria, España. Es su primer poemario. Además de escribir es amante de
las montañas y las tortas de manzana.

@copyright de la foto: Camila Vendler

Tierra de los despojos

La forma del amor

 

LA FORMA DEL AMOR (fragmento)

 

“Todavía dudando, avanza, gira el picaporte y entra. Se queda unos segundos parado en la entrada.

―Pasá, queridito ―dice una voz dulzona.

Él se acerca un paso.

―Cerrame la puertita, por favor.

Vuelve ese paso y cierra la puerta.

Mientras ejecuta ese acto, piensa: Todavía puedo irme. Es decir, este es el momento preciso para irme. Todavía no he dicho una miserable palabra. Soy solo un cuerpo en movimiento, sin nombre, sin identidad. Si me voy ahora mismo, todo esto será un estúpido recuerdo, que sepultará la memoria con una pila de recuerdos de vivencias comunes, cotidianas y narcóticas.

Cierra la puerta y vuelve a darse vuelta. Avanza dos pasos, ve a la mujer sentada en la cama. Está leyendo un libro.

―Pero vení, queridito. Acercate.

Él obedece: se acerca hasta quedar a un metro de la mujer. La cara y el cuerpo se parecen extraordinariamente a la voz. Lleva un vestido de color celeste o que parece celeste con esa luz mortecina y adulterada con un tul que emerge de un velador en una mesita.

Entonces ve dos cosas que lo impactan: una, que bajo el vestido celeste asoma tan solo una pierna, la izquierda; dos, que el libro que lee es De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio.

Decide y dice que todo lo que está sucediendo es un error, que en realidad él quería ir a otro sitio.

La mujer se ríe violentamente, exageradamente.

―Todos estamos aquí por error, hermanito. ¿O te creés que alguien decentemente puede elegir terminar en un lugar así?

Dice que lo siente, que lamenta haberla ofendido, que no era su intención.

La mujer deja el libro abierto sobre la cama (él alcanza a ver muchas notas y marcas manuscritas en las páginas) y enciende un cigarro. Es un cigarro de hoja, oscuro y fuerte. El hedor inunda inmediatamente la pieza.

―Tenés un problemita con la voluntad, querido.

Ahora quien se siente agredido es él. Retrocede medio paso aunque la mujer pega dos palmadas suaves en la cama, indicándole evidentemente que se siente.

Duda, pero vuelve sobre su paso, avanza y se sienta en el extremo de la cama. No sabe con exactitud qué hacer. Por fin, dice lo que está pensando, que por qué la mujer dice que él tiene un problema con la voluntad.

Ella vuelve a reírse, ahora menos sonoramente.

―Llegás diciendo que no querías estar acá, que es un error. Y después te disculpás por lo que decís.

Fuma con delicadeza pero con fruición.

―En síntesis: hacés lo que no querés hacer y decís lo que no querés decir.

Él quiere decir algo pero ella lo detiene con un gesto, como si estuviera a mitad de un parlamento en un estrado ante una muchedumbre y no quisiese que las interrupciones del auditorio corten el hilo de su discurso.

―A menos que efectivamente estés haciendo lo que querés hacer y diciendo lo que querés decir y no quieras terminar de asumirlo. En ese caso, lo que te faltaría no sería voluntad sino decisión, queridito.

No sabe qué decir. La observa minuciosamente. Entiende que ella adora ser observada y escuchada: estudiada. Ahora la ve servirse un trago de su mesa de luz. Hay dos copas: le sirve una a él y se la alcanza.

Él pregunta qué es. No está muy seguro de querer beber algo en ese lugar.

―Es cognac ―dice ella―. Villarrica me hizo adicta a esta huevada.

Pregunta quién es Villarrica.

―Villarrica es el regente de este tugurio, queridito ―toma un trago y amplía la información―. Es el que te trajo hasta acá, el del ojo de vidrio.

Ahora entiende por qué le llamó la atención el ojo izquierdo del hombre, que le pareció levemente más grande que el otro, más brillante. También se detiene, particularmente, en la última palabra que ha dicho la mujer, “huevada”, el único fragmento de todo su discurso que parece ubicarla geográficamente en Chile. Por todo lo demás, ella no habla en absoluto con tonada chilena, aunque tampoco es argentina. Parece otra cosa, uruguaya tal vez. O mejor, algo híbrido: una argentina o uruguaya que ha pasado varios años viviendo en España o en México.

Él le pregunta cómo se llama.

―Kimberli ―dice ella y él recuerda que ya se lo han dicho hace un momento―. Acá adentro me llamo Kimberli ―aclara la mujer.

Le quiere preguntar su verdadero nombre o de dónde es, pero en cambio le pregunta cómo perdió la pierna.

―A los hombres les importa mucho el cómo. Como si saber de qué forma sucedió tal o cual cosa importara algo, arreglara algo.

Ella vuelve a darle una chupada al cigarro y exhala el humo prolijamente hacia el techo.

Él observa ahora (no se le ocurre qué otra cosa hacer) la circunstancia, causal o casual, de que tanto a ella como al encargado del lugar les falta una parte física. Enfatiza la palabra “física”, no quiere ofenderla. Ella parece muy susceptible a cada una de sus palabras.

Pero ella vuelve a reírse.

―Es que acá todos somos iguales de raros. ¿No sabés a dónde viniste? Nosotras somos las putas bizarras, queridito.

Pone cara de no entender, dice que no entiende.

―A la Lesli, por ejemplo, le falta una oreja. A la Melani, un brazo. Hipólita es renga. Un tiempo, tuvimos una enana, la Dorita.

Hace una pausa para tomar un trago. Él la imita.

―Era un fuego la enana, la más infantil y depravada de todas nosotras: sabíamos que no iba a durar mucho acá. Se la levantó un jeque árabe multimillonario, se volvió loco por ella. Vino tantas veces que al final habrá dicho: De seguir así, voy a terminar haciendo un surco de tanto ir y venir. Más vale tenerla siempre a mano. Y se la llevó nomás: lo habrá adornado bellamente a Villarrica y se arreó a la enana. Tuvo suerte la Dorita, nos dio mucha pena que se fuera: era la alegría de este santo puterío.

Él piensa: Habla y fuma como una actriz de Hollywood de los cuarenta, Marlene Dietrich o Lauren Bacall. Todo en ella está preparado, ensayado, estudiado. Todas las prostitutas son actrices. Y nada complace tanto a un actor como el aplauso.

―Pero ahora la estrella acá es la Eulalia: le falta un ojo ―la mujer hace una pausa y aprovecha para volver a encender el cigarro, que se le ha apagado.

Él mira con cara de despiste. Pregunta por qué la tuerta es la estrella. Ella dice, rápida:

―Porque en el reino de los ciegos, el tuerto es rey, amorcito.

Y se ríe, la risa es grave y calculada: una risa que surge y desaparece en segundos.

Él festeja la ocurrencia, sonríe. Ella agradece la sonrisa. Ahora sigue, aclara:

―Estos animales hacen fila para ponérsela en el ojo a la Eulalia ¿entendés, queridito? Es decir, no el ojo sino el lugar donde debería estar el ojo: la cuenca vacía. Están enfermos ―le pega una chupada suave al cigarro―. Están enfermitos ―se corrige.

Ahora él le pregunta qué hacía antes.

Ella suspira, duda tal vez. Después dice:

―En mi pueblo, era profesora de Lengua y Literatura. Pero me gustaba más leer que enseñar. Me sigue gustando, ¿ves? ―señala el libro de Lucrecio abierto sobre la cama―. Además, quería volar alto y ahí no podía ―hace una nueva pausa enfática―. Quería volar alto y volé.

Él piensa, ahora, mientras pega un trago breve al cognac, que a lo mejor así perdió la pierna: volando. Mientras bebe, ve a la mujer, deformada a través del fondo de la copa. Empieza a pensar que debe irse, empieza a buscar la excusa perfecta para irse.

Ella continúa:

―Ahí donde lo ves, Villarrica también es un intelectual, a su manera. Se le nota que ha leído mucho y además escribe todo el tiempo.

Pregunta qué escribe.

―No nos dice, no le muestra a nadie lo que escribe, por lo menos a nadie de este lugar. Nosotras tenemos una apuesta. Para mí que escribe una novela: una novela sobre nosotras y por eso no quiere mostrarnos nada.

Ella se ríe antes y después de decir:

―Villarrica dice que regentear este lindo quilombo es el trabajo más tranquilo y decente que pudo encontrar.

Él finalmente le pregunta lo que desea preguntarle casi desde que entró en la pieza: cómo terminó ella ahí.

―¿Y cómo terminaste vos acá, queridito? ¿Cómo terminamos todos donde terminamos? ― fuma, ahora nerviosamente―: De puta casualidad.

Él termina su trago, sin saber dónde dejar la copa se queda con ella en la mano. La sigue escuchando:

―La vida es eso que dice Lucrecio ―vuelve a señalar el libro―: Una maquinita tan imperfecta y viciosa que no pudo ser hecha por los dioses, ¿entendés? O mejor, como me gusta decir a mí, el reino de la puta casualidad.

Él la mira en silencio, la admira, la oye soliloquear, levemente excitado ahora:

―Por ejemplo, sin ir más lejos, vos viniste acá buscándote a vos mismo, amorcito. A ver si también de puta casualidad te encontrabas acá. Y ya ves que es cierto, la pegaste: estabas acá. Yo soy vos, ¿entendés? Y vos sos yo. Somos la misma cosa: los desterrados de su propia vida, los escondidos de sí mismos.

Él se acomoda en la cama, se revuelve intentando ocultar la erección que pugna por emerger. Ella sigue:

―No nos da la cara o el coraje para ser Wakefield: apenas vamos por la vida enseñándole a los otros eso que no tenemos.

Se levanta el vestido celeste y le dice:

―¿Ves? Te muestro lo que me falta, lo que no tengo. Todos hacemos eso: mostramos nuestro vacío y pedimos que nos llenen, que nos completen.

Él mira atento, minuciosa y amorosamente, el espacio vacío existente más allá de la rodilla derecha. Siente una presencia fuerte, espeluznante ahí.

Piensa: Es eso, exactamente, la sensación de saber, la certeza indestructible de que ahí falta algo que debería estar.

Ella sentencia:

―Este viaje es así, amorcito: siempre dejás algo. Nadie entra en las cosas o en los otros y sale entero.

Él piensa otra cosa ahora: que la escena del coloquio con la puta es clásica en todas las literaturas, todas las filmografías, todas las músicas.

Se va levantando, con la suficiente habilidad como para disimular la poderosa erección que le invade todo el cuerpo y el pensamiento.

Ella lo advierte  (él siente que ella lo advierte) y sonríe con ternura.

―Tendrías que dejarme unos pesitos para darle a Villarrica.

Él saca unos pesos y se los alcanza. Ella no los agarra, le señala la mesa de luz, dándole a entender que los deje ahí. Sentencia:

―Ya lo dijo Schopenhauer, amorcito: Esa es la maldición de este mundo, que todo debe servir a la necesidad y a la indigencia. Somos esclavos de las necesidades de este mundo, ¿viste? Todos estamos ataditos a algo.

Él avanza hacia la puerta. Antes de salir, se da vuelta y le pregunta a la mujer lo que supone que deben preguntarle todos los hombres que la visitan: por qué no huye de semejante lugar, por qué sencillamente no se va.

Ella, que ha retomado la lectura del libro, lo mira dulcemente (él quiere creer que es dulzura lo que desprende esa última mirada) y dice:

―No hay escapatoria, extranjero. Yo ya no navego por el tiempo.

Una cita, indudablemente. Intenta grabar esas palabras en su memoria antes de despedirse para siempre.”

 

 

*La forma del amor obtuvo el Tercer Premio en la Categoría Cuento del Fondo Nacional de las Artes 2021, en un jurado integrado por Agustina Bazterrica, Mariana Travacio y Gustavo Nielsen. El volumen consta de tres relatos largos: “Las bellezas de la familia”, “La versión más tonta de las cosas” y “La forma del amor”. Fue publicada en 2022 por Espacio Hudson Ediciones, en su colección Fin Del Mundo / Narrativas.

 


 

DIEGO RODRÍGUEZ REIS es lector, escritor y profesor. Ha publicado ocho libros de poesía y narrativa. Ha participado (como autor, corrector o editor) en más de cincuenta obras literarias, de ficción y no ficción. Actualmente, prepara la edición de El lector constante, selección de sus artículos, notas y prólogos del período 2001–2023. Integra la Comisión Directiva del Fondo Editorial Neuquino. Dirige, junto a Cecilia Fresco, el sitio La Zona – Crítica y Ficción.

 

Fotografía: cortesía de Changuis Nan

 

Tierra de los despojos

Palabras tectónicas

Presentamos tres poemas del libro Palabras tectónicas, de Pablo Romero (Tucumán, 1990), cuya edición argentina se publicó en 2022 por Inflorescencia editorial.

 

 

LA COSTUMBRE DE SUFRIR

 

Veo a mi amante dormir.

 

El ritmo de su corazón

me avisa qué tan lejos está de mí

de los que me quisieron antes

de que yo fuera yo

y ocupáramos esta cama

 

ahora

 

esta noche que su corazón late

con fuerza contra su pecho

y mi poema.

 

Lo veo dormir contra la ventana

que da a la calle y a otras ventanas

y a otros hombres y mujeres

que ven a sus amantes dormir

contra otras ventanas

que dan a otras calles.

 

Mi amante se duerme

y yo siento

que en su sueño egoísta me ignora.

 

Uno es un hombre acostumbrado

a doler:

traigo en mí

(quiero decir: conmigo)

la costumbre de sufrir

 

pocas cosas duelen más

que esta espalda en mi cara

pocas cosas pesan como esta

oscuridad.

 

Entonces estiro la mano

entre las sábanas

(porque qué hacemos

sino buscar para encontrar)

y acaricio su lunar hasta

que el sueño desdibuja

su piel, la ventana, la calle

la noche que avanza

y nos deja atrás.

 

 

*

 

LA DESOBEDIENCIA

 

Por favor, dijiste: no hagas

de mis palabras un poema

 

no abras la herida porque

adentro hay más herida

y así al infinito

 

pero yo

que del amor hice una tumba

y no me canso de cavar

te someto a mi ficción:

 

necesito que me quieras

como quien vuelve a un país

y no me importa lo que pidas

 

mi poema dirá lo que podría haber sido

si no hubiéramos callado

mi poema dirá todas las cosas

que no fueron:

 

la casa que nunca construimos

el deseo del que nunca nos curamos

las mandarinas del otoño

que no volveremos a comer.

 

Por favor, dijiste y yo te digo no

por primera vez y para siempre.

 

Alguien de otro tiempo leerá

lo que debiste haber sabido

 

alguien de otro tiempo pensará

en nosotros

en todo aquello que perdimos

en todas las cosas

que dejamos perder.

 

*

 

UN POEMA DE RICH ME HIZO PENSAR EN NOSOTROS

 

Hasta ayer creímos que viviríamos

para siempre y hoy pareciera

que lo humano está al borde de sí mismo

como a punto de quebrarse.

 

Te gustará saber que no cambié

que sigo siendo el mismo

como esta ciudad es la misma

como esta angustia.

 

Uno es un hombre necio.

 

Hasta ayer creímos que viviríamos

para siempre

y hoy pareciera que fuimos hechos

a imagen y semejanza del olvido.

 

Cuando estabas cerca

yo perdonaba al mundo por ser mundo

y también a mí por ser yo.

 

Te gustará saber que no cambié

que mi dolor sigue siendo pobre

y mi escritura sigue siendo terca.

 

El amor nos hizo hostiles:

 

todavía me pregunto

cómo sobrevivimos tanto impacto

tantos golpes y accidentes

sin advertir si quiera

que debajo de las palabras-tectónicas

ardía un mundo hecho de lava

 

que siempre tuvimos bombas

en el lugar del corazón.

 


Pablo Romero (Tucumán, Argentina 1999). Poeta, editor y traductor. Autor de Los días de Babel (México, 2015) Palabras tectónicas (Argentina y Chile 2022; Bolivia 2023) La jaula del hambre (España, 2023) y Amar la pérdida (inédito). Compiló junto a Rosa Berbel la antología Orillas (2015), una muestra de poesía joven hispanoargentina. Codirige Aguacero Ediciones y trabaja como editor invitado en Inflorescencia Editorial. Residió en Eslovaquia como estudiante de intercambio de Rotary International y traduce poesía eslava. Ha sido parcialmente traducido al italiano, francés y portugués. Su obra resultó ganadora de la convocatoria Poesía Ya del Centro Cultural Kirchner. Dicta talleres y clínicas de obra, y actualmente cursa el Profesorado y la Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de Tucumán, donde reside.

Instagram: @pabloromerx

 

Fotografía: cortestía del autor.

Certificados SSL Argentina