Algunas notas sobre el riesgo y la poesía experimental

Algunas notas sobre el riesgo y la poesía experimental

En este ensayo, el poeta mexicano Alí Calderón reflexiona provocativamente alrededor de la idea de “riesgo” en la poesía experimental contemporánea. Una invitación a la polémica.

En mayo de 1871, un Rimbaud de diecisiete años escribía en carta a Paul Demeny: “exijamos a los poetas lo nuevo, ideas y formas” (Rimbaud 123). Es muy posible que una de las fantasmagorías fundamentales del siglo XIX, que habría de heredar el siglo XX y que mueve al enfant terrible a esa declaración, sea la pasión por la novedad. No por nada Walter Benjamin, en el Libro de los pasajes, recoge un grabado de 1816 cuyo título es “Todo lo que es nuevo es siempre bello” (755) que resume, de algún modo, la vida espiritual de aquel siglo.

Es el XIX y el capitalismo funciona con plenos poderes. Su gran metarrelato es el progreso. La producción en serie es ya una realidad y la fiebre del consumo ha encontrado por fin su templo, ahora de hierro colado y cristal: el aparador de un pasaje parisino. Benjamin afirma que en las imágenes desiderativas del nuevo modo de producción se destaca “el firme esfuerzo por separarse de lo anticuado –lo que en realidad quiere decir: el pasado reciente” (39). Es la época del flanêur, del hombre solitario entre la muchedumbre: la modernidad. Una modernidad que hace de lo “nuevo” su más alto fetiche, la piedra angular de la falsa conciencia. Y vuelvo a Benjamin:

La modernidad es la época del infierno. Las penas del infierno son lo novísimo que en cada momento hay en este terreno. No se trata de que ocurra otra vez siempre lo mismo, sino de que la faz del mundo, la inmensa cabeza, precisamente en aquello que es lo novísimo,  jamás se altera, se trata de que esto novísimo permanece siendo de todo punto siempre lo mismo (838-839). 
 

Dado lo anterior no es difícil entender la subjetividad de Rimbaud y la de la poesía de occidente en aquel momento. Así las cosas, el arte, la poesía desde luego, “tiene que hacer de lo nuevo su más alto valor” (46). Este es el punto, sin embargo, en el que surgen las interrogantes ¿Qué es lo nuevo? ¿Cuál es la forma de lo nuevo? Quizá Georg Simmel lo explique de algún modo cuando dice que “el ritmo de la vida moderna no sólo expresa el anhelo por un rápido cambio en los contenidos cualitativos de la vida, sino también el poder del estímulo formal del límite, del principio y del fin” (105). Iuri Lotman, el semiólogo lituano, lo pone en otros términos: “el espacio no semiótico, de hecho, puede resultar el espacio de otra semiótica”. Lo no semiótico es lo nuevo, lo experimental, lo no codificado, lo no canónico. En el  caso de la poesía, se trata de los procedimientos de construcción y generación o disolución del sentido que intentan rebasar los límites, ampliar la frontera semiótica, trascender la barrera de lo que consideramos los códigos de género.

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Ilustración: Sabrina Díaz

El Dueño del fuego

El Dueño del fuego

Cuento de Sylvia Iparraguirre de su libro El Invierno en las ciudades, en narrativa breve, Editorial Alfaguara (2003)

La mañana ya había empezado con un inconveniente. O por lo menos eso fue lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensó más tarde, al dejar la Facultad. El edificio era antiguo y frío; altísimas persianas de hierro de­jaban pasar a desgano esa ambigua clari­dad del invierno que obligaba a encender las lu­ces, a hablar sin levan­tar la voz, a no mirarse las caras. En un rincón del aula, el portero forcejeaba con la estufa a querosén. Los asistentes a la cla­se de etnolingüística de la doctora Dusseldorff, en efecto, hablaban sin mirarse, en voz muy ba­ja, cuando se oyó una detonación.

—¡Coño! —rezongó el portero, acuclillado junto a la estufa.

Los quemadores exhibían un mecherito desarticulado y anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía con sonoras explo­siones intermitentes. De golpe se apagó. Todos miraron a la doctora que acababa de tomar asiento tras el escritorio. El portero se levantó y di­jo:

—No hay caso, no funciona. Voy hasta mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a enfermar el aborigen.

El pronombre reflexivo o algo en el acento es­pañol del portero provocó discretas sonrisas entre los lingüistas y antropólogos. La clase, Len­gua y cultura del Chaco argentino, debía co­menzar en unos minutos. Se contaba con la información de un in­dígena: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando que viajaba desde Villa Insupera­ble, el trayecto le llevaba poco más de una hora.

A las diez y media en punto, Romero apareció en la puerta del aula. Era bajo y corpulento con una convencionalmente inexpresiva

cara de indio. Usaba el pelo, renegrido y largo, contenido detrás de las orejas. Llevaba me­dias y alpargatas; su aspecto era muy pulcro. Murmuró un saludo en general y se diri­gió a su asiento, a un costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro repetía en griego y español, la leyenda: “El hombre es la medida de todas las cosas”. La doctora salió del aula. Cuando volvió a entrar, escoltada por el portero y el antropólogo de la cátedra, ya era, definitivamen­te, la doctora y profesora Brigitta Inge Dussel­dorff, de la Universidad de Mainz, especialista en lenguas amerindias, cuya tesis Einige linguis­tiche indizien des Kurtunwandels in Nordost­-Neuquinea (Munchen, 1965) había impresionado vivamente a especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos, Der Kulturwandel bei de Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Kon­kista-Zeit (Mainz, 1969), era fervientemente cita­do por los alumnos de la Facultad, quienes aspiraban a desentrañar algún día sus profundos con­ceptos. La doctora Dusseldorff era alta, huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies enormes. La clase la miraba, expectante; la universidad argentina se conmovía con su pre­sencia. El portero, con la estufa encendida colgando de una mano, un paso detrás de ella, no le llegaba al hombro.

—Gracias —dijo al portero en correctísimo castellano—. Puede retirarse.

Los alumnos se acomodaron en sus asientos; el an­tropólogo, también. La clase comenzaba casi a horario.

—La clase anterior —dijo la doctora, a quien le gustaba ir directamente al punto—, habíamos lle­gado hasta los paradigmas de caza y pesca, armas e im­plementos, ¿verdad?

Menos Romero, todos en el aula dieron cabezadas afirmativas.

—Bien, hoy no usaremos cintas grabadas —di­jo la doctora—. Vamos a retomar con el propio in­formante el área correspondiente a pesca. Por favor, señor Marcelino, ¿cómo se dice “pescar”.

El indio los miró, después miró inexpresiva­mente la pared y dijo:

—Sokoenagan.

—Muy bien. Así que esto es “pescar”.  —La doctora lo anotó en el pizarrón.

El indio sacudió la cabeza.

—No —dijo—. Yo voy a pescar.

—Ah, bien, la primera persona verbal del singular. Enton­ces, usted va a pescar —lo señaló, pero el indio no dijo nada—. Bien, pero ¿cómo se dice “pes­car”?, solamente eso.

—Sokoenagan —dijo el indio.

La doctora quedó con la tiza en alto.

—Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos “él pesca”?

—Niemayé-rokoenagan —dijo el indio.

—Perfectamente —expresó la doctora, y se explayó en consideraciones morfofonéticas.

Durante los si­guientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente.

—Recapitulemos —dijo, al fin, la doctora—. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan; tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-ro­koenagan. Adviertan que existe una glotalización con valor dis­tintivo en…

El indio decía que no con la cabeza. Dejaba entrever que lo recapitulado no era correcto.

—¿Cómo? —exclamó la doctora frunciendo el ceño.

—Está sentado, todavía no fue —dijo Romero.

Se hizo un breve silencio.

—Un tiempo continuo, entonces,  o un elemento espacial en la conjugación —avisó la doctora a la clase—. Explíquese —dijo severamente al toba—. Por un momento pareció que iba a agregar “buen hombre”, pero no fue así.

—Está sentado, todavía no fue a pescar. Está pensando —dijo el indígena—, está pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca.

Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no parecía facilitar las cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido la oportu­nidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado la posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania.

—¿Podrá ser, doctora, tal vez, un subsistema de pre­sencia/ausencia del objeto de referencia?

—No creo que sea el caso —replicó, con frialdad, la doctora.

El antropólogo, joven, pálido, de traje y bu­fanda, con experiencia de campo, intervino:

—Permítame, doctora —era un hombre que sabía manejarse con los indios—. ¿Qué querés de­cir cuando decís que lo estás viendo cerca, Marcelino? —el antropólogo tuteaba al toba, aunque debía te­ner veinte años menos.

La doctora aprobó con una inclinación de cabeza la eficaz intervención masculina.

—Si no lo veo, digo de una manera distinta —dijo Marcelino Romero. Y agregó: —Pero no pesca; va a ir a pescar.

Se escuchó un suspiro de alivio general. El antro­pólogo daba explicaciones a unas alumnas senta­das a su alrededor. Fumaba elegantemente. Co­nocía al detalle las últimas corrientes teóricas; en privado, añoraba la época de la Antropología clásica y soñaba con reeditar a alguno de aquellos refina­dos y eruditos dandies ingleses, capaces de inter­narse en lo más profundo y salvaje de la jungla o del desierto sin perder el estilo, todo por la ciencia. Él mismo ya había estado en el monte indómito del Impenetrable. Esto le otorgaba una secreta superioridad sobre la doctora, que sólo había tra­bajado con lenguajes artificiales, estadísticas y computadoras. Los murmullos se generalizaron.

—Muy bien, Marcelino —dijo el antropólogo. Su tono contenía un premio.

La clase continuó. Romero permanecía senta­do, inmóvil; la espalda, recta, no tocaba el res­paldo de la silla.

—Pasemos a la caza —dijo la doctora, acomo­dándose los anteojos.

El antropólogo sintió que nue­vamente le correspondía tomar la palabra.

—Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Mar­celino?

—Sí —dijo el indio.

—¿Había algún rito… —el antropólogo titu­beó—, quiero decir, alguna reunión, alguna cere­monia, antes de que fueran a cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto?

—No —dijo Romero, y miró vagamente a su al­rededor.

Se produjo otra vez un evidente desconcierto. La doctora in­tervino. Manifestó su interés en preguntar exclusivamente sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo estuvo por completo de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiera formular la primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba en voz baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad que se podía con­traer por maleficio del animal perseguido. Él se había enfermado de ese modo, por maleficio, cuando era un chico. La ciudad se pare­cía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente. Re­cordó a su padre y a su abuelo, cuando lo llevaban a cazar. Ellos le habían enseñado cómo ha­cerlo. Pero él, con los años, había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse, porque se había peleado con el capataz, que era paraguayo, y les daba trabajo nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos.

Aunque dicha en voz baja, la última palabra resonó extraña en el aula. Los presentes miraron al toba como si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empeza­ran a descubrir en é1 una cualidad antes no percibida, un atributo inesperado; en el aire flotaba una observación notable: ese indígena era argentino.

—Me fui un domingo a hablarle —proseguía el toba. No había variado la actitud y su mirada permanecía fija en el suelo—. Y me pelié. Traba­jábamos toda la semana, no había domingo.

Estudiando su cuaderno de notas, la doctora lo interrumpió:

—Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción cultu­ral. —Miró al antropólogo, que acudió otra vez en su auxilio.

—Está bien, Marcelino —concedió el antropólogo con cierta advertencia en el tono de voz; tenía experiencia de campo, había estado en el Impenetrable y sabía cómo hablar con los indios—, está muy bien —ahora parecía diri­girse a una criatura—, pero queremos que nos cuentes de cuando ibas a cazar; qué armas usabas, cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías die­ciocho años cuando te viniste del Chaco.

—Sí, me vine —dijo el indio—. Yo no quise en­trar en la transculturación —como llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclina­ron; se tomó nota de esta palabra tan correcta­mente asimilada por el toba—. Yo reboté porque me pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos cargado todo el domingo. Mi abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos los va­gones con los fardos, aunque llovía. Entonces me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmi­grantes; pero la pieza era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por todos lados.

La clase estaba en suspenso. La doctora, im­paciente, miró al indio y dijo con tono autorita­rio:

—Vamos a continuar con implementos y ar­mas, pero antes probaremos con dos palabras para retomar la parte fonética —miró otra vez al toba—. ¿Cómo se dice “pez”?

Romero suspiró y, por primera vez, se apoyó en el respaldo de la silla; después, metió las manos en los bolsillos del pantalón y cruzó una pierna sobre otra. El gesto no pareció oportuno en el contexto de la clase. Miró de frente a la doctora.

—Naiaq —dijo.

—Bien, entonces podríamos establecer: sokoe­nagan naiaq: yo pesco un pez. Observen que hay dos nasales en contacto —advirtió con algo que podía parecerse al entusiasmo, la doctora — lo que produce…

—Si el pez está ahí y yo lo veo, sí —interrumpió el indio—, si no, no. —Todos lo miraron—. Hay otra forma —concluyó, finalmente, el toba.

—¿Cuál? —preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían achicado detrás de los enormes anteojos.

—Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak —dijo el indio.

Algunos de los presentes creyeron ad­vertir una sombra de sonrisa en la cara pétrea, pero los ojos estaban serios y fijos.

—Parece que el informante no está bien dis­puesto hoy para la parte lingüística. Si quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y arrmas —dijo la doctora, marcando tremendamen­te las erres.

La clase en pleno se relajó. Sería lo mejor. Todos se daban cuenta de que la doctora esta­ba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría, su lengua materna subía a la superficie. El in­formante debía colaborar, de otro modo era im­posible organizar adecuadamente la parte fonética.

—¿Un merecido receso, doctora? —dijo, sonriente, el antropólogo.

Todos rieron. Una de las alumnas se ofreció para traer café. El antropólo­go y la doctora se retiraron a un rincón, a ha­blar en voz baja. Dos estudiantes se acercaron al indígena, que permanecía sentado en su silla.

—Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar todo el día.

Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero no se levantó de la silla. Cada tanto, un rápido parpadeo era lo único que le modificaba la expresión.

—Así que la ciudad no te gusta —le dijo uno de los estudiantes—, pero vos acá podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no, Marcelino? Estás mejor que en el Chaco.

Romero dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo:

—Pero cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad.

Diez minutos más tarde, el antropólogo gol­peaba las manos con soltura académica.

—Continuamos —dijo.

Mientras los alumnos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió a Arqueología. Cuando volvió a entrar traía dos arcos, varias flechas, tres lanzas de di­ferentes tamaños y un lazo hecho de fibras vegetales con complicados nudos en los extremos.

—Bueno, Marcelino —el antropólogo se colo­có frente al toba—, ¿reconocés estos elemen­tos, estas armas…? —sostenía el arco y las flechas delante de los ojos del indio—. Desde la silla, el to­ba miró los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de los dedos el arco. Bajó la mano.

—Sí —dijo—, sí.

—¿Alguno te llama la atención en forma especial? —continuó preguntando el antropólogo.

El indio tomó una de las flechas, la más chica, sin plumas en el extremo.

—Ésta es una flecha para pescar.

—Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que tu abuelo tenía todas es­tas cosas guardadas en su casa.

De repente, el indio se puso de pie y se incli­nó sobre el antropólogo. Todos se sorprendieron y el primero fue el antropólogo, que dio un brusco paso atrás. El toba le habló en voz baja.

—Por supuesto, Marcelino —el antropólogo intentaba reír—, por supuesto.

—Marcelino pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo para reconocer el arco —informó a la clase.

Se oyeron unas risas aisladas, de compromiso. La doctora, completamente seria, anotaba algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos del toba, el arco de­jó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo. Sus manos, anchas y morenas, lo reco­rrían parte por parte. No había ninguna afecta­ción en ese reconocimiento. Su disposición era la de alguien que sabe muy bien lo que va a hacer. Con una mano sostuvo el arco y con la otra tomó las flechas.

—Ésta es de caza —dijo sin dirigirse a nadie.

Paradójicamente, se veía mucho más corpulento sin el saco. El cuello y los hombros eran pode­rosos. En la frente, inclinada para observar me­jor los objetos, se marcaba una vena desde el en­trecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo mi­raban con curiosidad. No parecía el mismo hombre que hacía unos minutos contestaba pasivamente las preguntas de la doctora.

—Y ésta es la de guerra. —Al decirlo, el indio miró al antropólogo. La fle­cha que sostenía era la más grande, con un pe­nacho de plumas de colores en el extremo. —Mi abuelo decía que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos —miró otra vez al antro­pólogo y después a todos—. Antes de que el antro­pólogo hablara, dijo:— Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus a las tierras del indio.

Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba. No podía decirse que estuviera haciendo nada inapropiado, pero algo había en su manera de pararse y de sostener el ar­co que sobrepasaba los límites de una clase en el Instituto. El antropólogo se había sentado cerca de la puerta, a un costado del indio, y lo obser­vaba. Trataba de aparentar interés pero era evi­dente que estaba algo desconcertado e incómodo.

Con una destreza sorprendente, el toba tensó la cuerda suelta y la amarró al extremo del arco. Los ojos de la clase estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud se pintó en las caras. En realidad, na­die conocía bien a ese indio. Habían dado con él por casualidad y había resultado particularmen­te oportuno para ilustrar las clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar el hilo perdido de la clase, el antropólogo preguntó:

—Cómo se dice “flecha”, Marcelino.

El indio levantó bruscamente la cabeza.

—Hichqená —dijo.

—Podemos establecer una comparación con la terminología mataca que…

El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas separadas y firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una parte de su pelo, renegrido y duro —de tipo mongol, pensó automáticamente el antropólogo—, se había deslizado de atrás de su oreja y le caía sobre la cara. La mano oscura alrededor de la madera se veía enorme. Una energía insospechada hasta entonces —en las clases anteriores el indio había permanecido siempre respetuosamente sentado en su silla— se transmitió de su cuerpo, estableciendo una fuerza re­cíproca entre su brazo y la tensión del arco, una potencia masculina que fasti­dió especialmente a la doctora Dusseldorff, ha­bituada a las jerarquías asexuadas de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo:

—Kal’lok —y repitió más fuerte—, Kal’lok.

Nadie anotaba ya las palabras. Con una agi­lidad que dejó a todos en suspenso, el indio se agachó y tomó una flecha apoyada contra la silla, la más larga, la de guerra, con el penacho de plumas. La doctora había dejado el cuaderno de notas sobre el escritorio. El antropólogo se levantó de la silla. Estaba algo pálido.

—Creo que no es necesario… —empezó a decir.

—¡Ena…! ¡Ená…! ¡Peritnalik! —la voz profun­da del toba rebotó en las paredes.

Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la flecha en el arco y tensaba la cuerda al máximo. Había quedado de perfil a la clase, un brazo extendido, el otro codo alzado, y en esa actitud era muy fá­cil imaginar su torso desnudo como en un sobre relieve. La flecha ocupaba, exacta, el vacío de la tensión. La punta alcanzó la altura de los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca abierta.

—Hanak ená ña’alwá ekorapigem ramayé mnorék, ramayé lacheogé, ramayé pé habiák… —murmuró la voz ronca del indio—.

Estaba inmó­vil. Sólo su torso describió, lentamente, un semicírculo que abarcó toda la clase. Algunas ca­bezas iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían adelante; un cuaderno cayó al piso. En el fondo del aula, una chica se puso de pie.

—Kal’lok —dijo el indio.

El silencio pesó como una losa.

El toba bajó, despacio, los brazos y destensó el arco. Con delicadeza sacó la flecha y la colocó junto a las otras. Apoyó el arco en el respaldo de la silla. Retiró el saco y se lo colgó del antebrazo.

El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hu­bo carraspeos, alumnos que se inclinaban bus­cando en el suelo sus cuadernos de notas, algu­nas toses aisladas. El antropólogo, todavía tenso, encendió un cigarrillo y se aproximó al indio.

—Perfectamente, Marcelino, perfectamente —dijo.

El gesto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general, se intentaba averiguar quién había tomado notas. No se sabía si la doctora tenía el grabador encendido. Recorrió el aula la in­formación de que lo dicho por el toba había sido una oración a Peritnalik. Algo como “…el dueño del fuego, el dueño de la noche y de la selva…” y también algo más, pero no se podía asegurar.

Rápidamente, se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración de Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó casi sin mirarlo.

El antropólogo y la doctora Dusseldorff salie­ron enseguida. La clase no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición era un pilar fundamental para los fines científicos.

Del no-lugar postmoderno a la liturgia barrial

Del no-lugar postmoderno a la liturgia barrial

La poesía Latinoamericana siempre puso en discusión ese cruce entre realidad e imaginación, entre escritura y praxis. Quizá una de esas herencias simbólicas sea la antología Poesía Trunca (Casa de las Américas, 1977) que recoge el trabajo de 16 poetas asesinados o desaparecidos en la lucha de la liberación de la Patria Grande. Trilogía de cenizas es una antología que reúne textos de Celso Gabriel Arancibia, Miguel Rojas y Daniel Rivero, y sus voces comprometidas vuelven a poner en debate el alcance de la palabra poética en un mundo postmoderno y neoliberal.

“La crítica debe hablar el lenguaje de los artistas. Pues los conceptos del cénacle son consignas. Y sólo en las consignas resuena el grito de combate”.
Walter Benjamin

Los poetas Daniel Rivero, Miguel Rojas y Gabriel Arancibia en sus lecturas públicas se presentan como “perdedores” (al considerarse actores de reparto de un mundo desencantado que ni siquiera los convocó ni tuvo en cuenta), y lo manifiestan sin prejuicio ni tergiversaciones, dejando en claro, desde un primer momento, su pertenencia social: una extracción de clase que se verá refractada en la temática de sus textos. Cada uno de los estilos propios se halla asociado por tópicos recurrentes, identitarios, que decanta en un lenguaje que denuncia a un sistema fundado sobre la explotación.

Rivero, Rojas y Arancibia se han autopublicado una antología compartida —asumiendo la responsabilidad de editores, además del compromiso como poetas—, y si se coteja la edición se observará que no constituye, por un detalle sustancial, otra de las tantas antologías poéticas que aparecen periódicamente. Al volumen se le adosa un paratexto que tiene una incidencia espacial e ideológica. En su título aparece el sema “barrial” y eso reconfigura la percepción del lector, porque de inmediato lo ubica en un locus particular. Hay una identificación de y con lo inmediato en donde se desarrolla la cotidianeidad, siendo que en los pueblos la primera geografía que se aprehende y reconoce es la del barrio.
Por consiguiente se resalta que los hacedores de la Antología poética barrial Trilogía de cenizas (Ediciones La Galera, Trelew, 2009), adosan un vocablo raramente utilizado en las manifestaciones poéticas. Podría haberse leído Antología “trelewense”, “chubutense” o “patagónica”, pero los autores optaron por el término “barrial”. En el campo de la representación tiene su significado, sobretodo en estas épocas de restructuración urbana en las que prevalece y determina el status la pertenencia diferenciadora del countrie o los barrios cerrados. También incide el carácter privatista e individualista impuesto por el capitalismo, ese privilegio de pertenecer que conlleva la ubicación en lo más alto de la pirámide social.

Campanita
llega a la esquina
cuando el sol le quita el cinturón
de castidad a la morbosidad humana
y el universo de lámparas amarilla
explota, se desliza al borde del río.

Campanita
rubia, luciérnaga alada,
fuma un cigarro mientras observa
mujeres gordas y reprimidas
paseando en sus coches.

Campanita
espera y espera
hasta que un micro de larga distancia
trae a un subversivo fálo
cargado de millones de espermas.
Un par de vueltas por el pueblo
y la luciérnaga desciende
emprende vuelo hacia la roticería
de enfrente
a rendirle tributo al despiadado destino.

Daniel Rivero, p. 12

Un pueblo (o un barrio) se reconoce como tal por una serie de sucesos que conforman su historia, su anecdotario, y es en ese lugar común donde la tradición y los espíritus de época afianzan su proyección en la historia. Las diferentes tipologías culturales se entrecruzan generando el proceso dialéctico que conforma la trama de dicho itinerario.
Podría pensarse a esta antología como un cuadro de situación, una mirada multiplicada por tres, una cosmovisión del mundo que diverge y converge en los elementos que la constituyen, las cuales cobran sentido y trascienden a través de una estética similar: una poética nutrida de la emergencia y la denuncia.
Los poemas (todos los textos literarios) se contaminan del discurso social. Esa palabra que circula por la comunidad se resignifica, se carga de sentidos y, por supuesto, supuran las propias vivencias de los autores. Esas experiencias son pasadas por el rasero del arte, estetizadas, convirtiéndose en literatura; pero es sabido que esa simbolización no la separa de la realidad, sino que la refuerza, la replantea. Bien lo señaló Henry Miller en la novela Primavera negra: “En la calle se aprende lo que son realmente los seres humanos, de otro modo o más adelante, uno los inventa. Lo que no está en medio de la calle, es falso, derivado, es decir, literatura.”

En el trabajo que todo escritor realiza sobre el lenguaje queda evidenciada la práctica que sustenta y da entidad a la misma literatura. En su inscripción y ejecución surge la obra. Es en la instrumentalización de la máquina textual, en la constatación de su propia materialidad, donde el “arte como artificio” ―como señalaba Shklovski― que, además de la mera función estética, se asume el cometido de liberar las tensiones internas del lenguaje; por lo tanto se concreta “la función poética” por la que abogaba Jacobson. Ese funcionamiento del lenguaje o, más concretamente, de la literariedad o literaturidad, como se suele traducir también el término ruso literaturnost, lo identifica y le otorga tesitura en el universo de los bienes simbólicos.
La literariedad de un texto requiere ―más bien encuentra― su propia esencialidad al confrontarse con la realidad; una especie de “prueba de fuego” de carácter decisivo que pertenece al campo social. El mensaje literario transita en la sociedad de discurso, pero rebota mucho más en el grupo-modelo-burgués, que se diferencia del resto en lo social, cultural y económico; pero a su vez lo excede, y es ahí donde el relato refuta posiciones, trastoca hegemonías.
En consecuencia, en el texto habrá expresiones habituales (del discurso diario) pero expuestas a un proceso de resignificación; y este es el acto que lo integra a la serie literaria. Más allá de las vicisitudes particulares, todo poema, toda trama narrativa, evidencia su pertenencia a la biblioteca universal. Ha dicho Ítalo Calvino que los libros “llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado”. Estos escritos tienen sus propias células que se asocian y relacionan con otras escrituras que conllevan una tesitura similar; pues el ADN con que fueron compuestas se corresponde a la poesía que fuera llamada de compromiso social o política, por lo tanto su discursividad se coliga a opciones “insurgentes” afines a los tiempos que corren.
No obstante, interpelar ciertos conceptos nos obliga a mirar de soslayo lo que sucede y acontece en cada bloque histórico, porque en ese trayecto se disputan los espacios de poder con los antecesores y se pretende suplantar e instalar el propio paradigma. Todo cambio o recambio de las ideas dominantes produce conflictos; sin embargo siempre existen espacios, compartimientos o retículas que sostienen discursos perimidos. Otros, totalmente obsoletos, señalan el agotamiento de modelos que, en definitiva, han decantado en crisis. Bajo tales circunstancias, emergen potencialidades que habían sido postergadas en la lucha de clases, o en el ordenamiento e imposición piramidal de la sociedad. Entonces la práctica verbal forma parte de esa fricción, y desde la ficción también surge el reconocimiento y la valoración del otro, lo cual amplía el universo de la misma acción política.
“Todo es política” ha dicho Mangabeira Unger, es decir, la cultura (con cada una de sus manifestaciones genéricas) tiene que contribuir a la consolidación de procesos políticos inclusivos (debe abrevar y participar de la multiculturalidad, de la diversidad, y el reconocimiento de las minorías). Uno de sus tantos trabajos posibles será desmontar (o deconstruir) las narrativas hegemónicas que desplazaron y marginaron a lo diferente, arrojándolo a la periferia.

Tropiezo con los sistemas
Tropiezo con las empresas
(especialmente de trabajo temporal)
tropiezo con ministerios
y tropiezo,
ay! de mí,
con ministros.
tropiezo con las leyes
y,
meticulosamente,
tropiezo con los jueces,
tropiezo con las armas y con los traficantes
tanto como con los reyes,
tropiezo con la amargura
y con la tristeza de tu cara en la lluvia.

Renuevo mi compromiso inquebrantable
de tropezar mil veces con la misma piedra.

Miguel Rojas, “Escamoteo”, p. 30

La historia de la humanidad está signada por estas luchas populares. En las condiciones actuales la democracia ha significado un gran paso histórico, pero todavía algunas de sus metas no se han logrado, mucho menos cumplido. Existe una serie de limitaciones de orden ideológico, político, económico, cultural, técnico, e incluso psicológico, que se deben superar para que puedan ponerse en práctica aquellas instituciones que hacen a un sistema político más participativo.
Es necesario forjar una nueva perceptiva del hecho político, alejada del influjo neoliberal, y la cultura tiene mucho que aportar en ese objetivo. Si pensamos que las literaturas menores son contestatarias, intrínsecamente políticas, la tarea es replantear las discusiones y los proyectos, incluso los que incumben a la poesía misma. Porque la “democracia” no es sólo elección sino también participación, es el ámbito en donde prevalece el conjunto, es la realización de la comunidad. No hay ni puede haber poesía sin ideología, como tampoco hay clase social sin producción cultural. Esta convicción política de la poesía responde al menos a dos lecturas: por un lado, el gesto surrealista de André Breton, en su versión conjugada de Arthur Rimbaud y Lenin (“Hay que atreverse a vivir la poesía”), y la otra con el lema “La poesía debe ser hecha por todos”, del conde de Lautréamont.

Se sobrevive en emergencia: los acontecimientos diarios apuntalan su sedimento en la conciencia. Por eso no es posible realizar lecturas parciales ni cerradas, mucho menos sin anclaje político, ajenas a la densidad del contexto histórico.
Es necesario reconocer, desde el principio, que se “reflexiona” en base a conceptos concebidos como instrumentos de análisis por la cultura dominante occidental. El Estado, más allá de los reconocimientos y avances comprobables en el campo social, todavía tiene deudas con su propio pasado y también con los problemas actuales. Sin embargo, para intentar solucionarlos, está la herramienta de la política y los dirigentes deben aceptar el desafío de la hora. La violencia contra la “alteridad” es una pesada herencia que obliga a ejercitar la memoria, a mantenerla activa, y el acto poético es otra de las herramientas y recursos para abordar la realidad.

Donde las supersticiones cubren nuestro miedo
a quedar desnudos ante la otredad
y el viento de las religiones
arremolina y llena de ecos nuestra conciencia

El tiempo se nos filtra por la piel
y ojeras en la memoria de los que fueron y serán
son los pocos minutos de este adiós
sin partidas, ni flores de otoño
para la penumbra de este día
donde no resignamos a ser
lo que nos obligan a ser

Gabriel Arancibia, “Desde las periferias”, p. 48

Las políticas económicas del capitalismo tardío menospreciaron, por lo menos en Latinoamérica, la democracia de cada uno de sus pueblos. Para lograr ese cometido apeló en la práctica real a las dictaduras. No sólo sometieron a las poblaciones a través de modelos económicos discriminadores, sino que rompieron el desarrollo político de las bases populares. La persecución fue una estrategia efectiva para identificar y aislar a la otredad. Desde un primer momento, la pertenencia social, tanto la militancia política como la extracción de clase, se vieron compelidas en las acciones represivas impulsadas por los gobiernos de facto.

“¡Ustedes no nos matan,
nosotros elegimos morir!”
así recuerdo a María Victoria.
sé que son estas palabras
las que salpican mi sangre
las que devoran en mis entrañas
al animal que engloba los rasgos
típicos de la criatura inanimada
búsqueda inútil de una noche pérdida
incesante apego que no cesa
hasta verme agotado.
orgullo, silencio, horror,
altivez, actitud, sueño.
atajo frívolo de recuerdos

en la tarde somnolienta y fría,
memorizo dos,
tres palabras,
y así enciclopedia rodante
destierro mis huesos,
para no volver.

Miguel Rojas, “Protervo”, p. 31

Quienes se opusieron a los golpes de Estado no sólo defendían y reclamaban por la democracia; sino que denunciaban, a su vez, un sistema perverso fundado sobre la explotación. Es evidente que el poder hegemónico de los setenta inventó la figura sociológica del detenido-desaparecido, e impuso, de esa manera, el miedo y el terror a la ciudadanía, lo que fue clausurando su intervención política.
La década del ‘90 agregó otra retórica —cínica y perversa— en términos económicos: la categoría del excluido. Desde su posición dominante no sólo postergó o retaceó la capacidad de asalariarse, sino que en el despliegue de su política financiera, además, les negó a las multitudes subalternas un lugar en la comunidad donde ser y existir.
Debido a esta purga que realiza quien distribuye las acciones en el mercado de valor, es que se erige y alimentan poéticas como las que son publicadas en esta antología barrial. Textos sin preventa ni reventa, textos escritos con conciencia de clase, con dolor de tripas (Rodolfo Kusch ha dicho que “la cultura es una cuestión de tripas”).
Esa compleja trama que describíamos benefició únicamente a la burguesía acomodada y a la elite que detentaba el poder, mientras tanto una parte de los subordinados mantuvo y mantiene —con la plusvalía obtenida de la enajenación de su fuerza de trabajo— el nivel de vida de los dueños del capital. En ese diseño excluyente el resto nunca cuenta, porque son considerados explotables, descartables, un punto que sólo se verifica en las estadísticas. Para simplificar, tanto los “perdedores” como los “vencidos” son la causa resultante de la adopción del capitalismo neoliberal en nuestro país y en el mundo.

Hombre, arcilla para el hombre
moribunda célula
que se extingue en el vientre de ozono
en elíptico desamparo.

Daniel Rivero, “II”, p. 9

El avasallamiento de la hegemonía se caracteriza por el silencio que impone a los vencidos. Bajo esta perspectiva la historia se construye desde la voz del poder, porque sólo se legitima la narrativa del vencedor. El modelo tiene sus parámetros de funcionamiento, y se articula a través de un índice desde donde ejecuta y selecciona a sus adjudicatarios. A esa mirada cercenante se le podría oponer un contrapunto teórico con lo que advierte Walter Benjamin en el libro Tesis sobre filosofía de la historia, indicando en la tesis VI: “El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.

El estado de peligro, el estado de excepción, permitiría un instante en que el pasado se presenta como posibilidad para redimir a los vencidos, pues la chispa que enciende el fuego (de la liberación) representa la instancia de cambio, de tiempo-ahora, donde los vencidos regresarán con su voz exigiendo la rehabilitación en la memoria y en la lucha.
Además, en la solapa de la edición de la antología, se consigna una cita de Paulo Freire que plantea un reconocimiento: “A los desharrapados del mundo y a quienes, descubriéndose en ellos, con ellos sufren y con ellos luchan”. Puede considerarse una declaración de principios.
Las poéticas de Rojas, Rivero y Arancibia se encuentran imbuidas de ese mismo estado de emergencia, porque escriben inmersos en la misma emergencia de la historia, porque la escritura es el aliento que los impulsa (“Escribimos por todos esos rostros ausentes…”, Arancibia, p. 60) haciéndoles partícipes de la pasión de lo real, por lo tanto se sitúan en esa zona de debate y discusión, y desde ese campo de batalla pueden asestarle un duro golpe al destino excluyente.
La regla impuesta por el discurso dominante hace que la arena de enfrentamiento sea dentro de ese mismo discurso, bajo sus propias reglas y sus inequívocas órdenes; el subalterno debe apropiarse de dicho discurso, plantear la disputa y el enfrentamiento dentro de esos mismos códigos.
Esa poesía contestataria será el lugar donde se funda el contrapoder, la visión otra de los vencidos que pueden hablar; y estos poetas hablan, poetizan, e irrumpen en la escena literaria burguesa y rompen el orden del discurso desde el barrio.

Los poetas hablan de manera exquisita
sobre su soledad prostituída, por el gris oscuro,
de su melancolía.
Siempre poseen mujeres, de ojos con la inmensidad
del cielo azul, a las cuales ha amado
de mil formas, por las cuales recorrieron
toda la luna en busca de una rosa negra;
y transformados en Pegaso regresan
hasta la puerta de su amada
y desde su corazón
extraen la flor que se tiñe de rojo por la sangre

La belleza se encuentra en sus manos, oídos
olfato, gusto y vista, su sexto sentido les dice:
“Tus manos tomaran la cola de un cometa
y viajaras hasta el sol, para inmortalizar tus cenizas,
y transmigrarte en pájaro de fuego”
Cada vez que la lágrima de un niño rueda y cae
sobre la alfombra de hielo de ciudad
acude a ellos un sonido que leva el ancla
y en su barquito de papel salen a navegar por mares
ultradesconocidos para rescatar a estos pequeños
de sonrisa naranja, con fragancia de menta
y contarles que el hambre estrangulando sus vidas
será encerrada en una jaula de cristal
Y ellos reirán con risa de dioses,
Jugaran en toboganes de nube,
y correrán con sus pelos color de trigo al aire
en el paraíso de núnca más el hambre
POR SIEMPRE LA FELICIDAD.
Huelen jardines dónde ellos deshojan la soledad del mundo
junto a un río, con el perfume de las rosas mosquetas
los pinos en primavera
y peces saltando a través de un arcoiris de plata

con su visión atraviesan el tiempo y el espacio
y llégan hasta tiempo inmemoriales
degustando el vino de Jesús y acostándose
con Venus en un colchón de estrellas cubiertos con lirios
del Jardín de Zeus para luego abandonarla
y casarse con Maria Magdalena

La muerte siempre los encuentra atareados
cocinando suntuosos manjares para sus enamoradas
o creando sortilegios con metáforas de viento
Cuando nada de esto sucede la muerte ingresa
a la casa, y luego sale horrorizada
por la inmensidad y virilidad del pene
con el cual intentaron penetrarla

Si nada de lo antes mencionado ocurre
se búscan muertes exóticas y simbólicas
por ejemplo
pegarse treinta y dos balazos y beber mucho agua
para regar el cementerio y luego fertilizarlo
O meterse una dinamita en el culo para luego explotar
Y EXPANDIR SU UNIVERSO DE CREATIVIDAD
Y LUZ

Gabriel Arancibia, p. 45

La intensidad de la poesía

La intensidad de la poesía

La poeta Laura Carnovale es autora del libro Tengo un cielo en la cocina (Ruinas Circulares, 2015), obra con la que inicia su trayectoria en el campo literario pampeano. Acaba de publicar un nuevo texto de poesía que tituló piedras verdes (Ruinas Circulares, 2017). En Excéntrica presentamos el prólogo y una selección de sus poemas.

 

“la única aproximación o explicación de un poema,
cuando uno lo ha leído, consiste en volver a leerlo de nuevo”
Roberto Juarroz

 

Leer y releer, aunque se sature el sentido, para poder aprehender el estilo. Encarnarse en el lenguaje de la poesía. Entonces, ¿desde dónde es posible hablar sobre lo poetizado?, o ¿cómo interpretar lo poético? Pues: leyendo de nuevo lo que se ha leído, nos advierte el poeta/filósofo. Indagar desde la resonancia que deja la lectura. Aproximarse. Hollar el poema. Trillar la huella que lleva al lugar que la poeta ha fundado simbólicamente: “A veces son/ tan extrañas las palabras/ que vuelvo a repetirlas/ para mí,/ una/ y otra vez/ para confirmar su significado”. El lector relee para explicarse el poema. La poeta escribe para comprenderse en el mundo.

Desde la invocación a la musa, a la tradición órfica, pasando por el sacerdocio druídico, el mito faústico, la teoría del duende, la carta del vidente, el chamanismo, hasta el esoterismo, han contaminado la historia y la práctica de la poesía. ¿Por qué se hace esta ilación respecto a la creación poética? Por lo que se propone y subyace en el nuevo libro de Laura Carnovale.

El ser es escritura. La poesía manifiesta esa ontología. El lenguaje es la casa del ser. La poesía será lenguaje de la experiencia espiritual, será metafísica. El mundo es la trama de signos que nutre a la poeta. Por eso, Carnovale reconoce que la poesía sopesa y tantea el universo, que se bulle en su propia lengua. Escribir es “Entrar al mundo, soplar la belleza”. El trabajo de sostener el funcionamiento de la casa y ver los días que pasan, uno tras otro, es una especie de anclaje donde se manifiestan y suceden las situaciones que se inmiscuyen en cada uno de sus versos.

Respecto a su primer libro, Tengo un cielo en la cocina, había dicho: “Se cuece en esta cocina carnovaleana el fuego de los cuerpos poéticos, para darle así asidero a la palabra y fundar la morada del alma, la casa del ser […] Carnovale, desde su cocina habitada, invita al lector a una aventura en donde hierve el agua en las ollas, los sueños se materializan entre vapores, y las letras se comportan como condimentos de la vida”.

En sus versos irrumpen elementos que conforman su cotidianidad. Podría plantearse que hay una trayectoria dentro de su hogar que es posible asociarla a la katábasis griega. Un descenso al averno para entender la existencia: “¿Si escribir no es más que escurrirse en el agua/ canilla abajo?”. Ese abajo es interesante, porque ocurre en el ámbito familiar y sólo hay algún que otro atisbo o mención al exterior, pero resignificado desde el plano de los recuerdos. Esa excursión por el propio lar tiene dos o tres referencias fuertes que basculan entre lo material y lo inmaterial. El agua y la luz son convocados en varios de los poemas, alumbrando y purificando al ser, otorgándole liviandad al alma que asciende (anábasis) por el sendero temporal de la poesía, que es de carácter vertical. Cuando se descubre ese atajo espinoso, se recusa el tiempo que expolia y oprime, y se discierne el devenir de los otros, de la vida y del mundo. También las piedras (verdes) tendrán un protagonismo particular en este poemario, participan en la trama y la poeta va tejiendo nudo a nudo el instante de la fuerza personal; es decir, serán esas piedras (del altar personal) la rueda del poetizar. “Para quien se espiritualiza —refiere Gastón Bachelard— la purificación tiene una suavidad extraña y la conciencia de la pureza prodiga una extraña luz”.

En consecuencia, la poesía no es simple expresión lingüística o fonética; implica un conocimiento que la convierte en emisaria a la poeta, en portadora de claves, que sólo funcionan en la ceremonia cuasi religiosa con que se invoca a las musas. Está imbuida de un proceso misterioso, pero que no la sustrae del quehacer mundano. Ese cuerpo poético se alimenta del habitual roce diario. Carnovale abre una brecha en la rutina, halla su tiempo, porque sabe que cada vez que advoca a la palabra, se inicia un ritual.

Tengo un puñado de piedras verdes en mi mano.
Recuerdo beber del arroyo
siete tragos,
siete sorbos pidiendo agua
que me revele el secreto de lo no dicho.

Buscar el secreto por medio de la anunciación. Azuzar lo no dicho. Escribir conlleva el íntimo acto ceremonial, el llamamiento y la experimentación del desenfreno razonado de todos los sentidos (Rimbaud). Apretar o sobar las piedras para que hablen. Entrar en trance: visionar. ¿Profetizar?
Bustriazo entrega su alma en la Salamanca para tener dominio sobre la palabra, para transmutarse en el Ghenpín. Carnovale elige las piedras. Y he aquí que resurge la noción clásica del poetizar como ritual del que se obtiene una compensación revelatoria. La liturgia dona en su transfiguración poética el libro piedras verdes.

Hans Biedermann resalta en su Diccionario de símbolos: “El hombre necesita símbolos para entrar en el terreno de lo concreto, de lo palpable, que de otro modo no podría entenderse. Y cuando decimos ‘palpable’ usamos ya también un concepto simbólico, derivado de la mano que quiere tocar para poder apreciar más cabalmente una cosa”.

Laura Carnovale recoge las piedras (“No puedo dejar de mirar la piedra”), bebe agua, espiritualiza los elementos, los hace palpables, como la mismísima poesía cuando se inscribe. La poeta reclama por lo no dicho, lo por/venir, y a su vez declama, poetiza, pretende describir la belleza (del mundo, de la vida); al igual que como lo instauró John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever: Its loveliness increases; it will never”. Más cerca en el tiempo puede leerse en el extraordinario Paterson, de William Carlos William, que “El rigor de la belleza es la búsqueda”; o la letanía matriarcal de Cristian Aliaga: “Belleza, belleza, entera madre que sacudes”.
Carnovale se somete al rigor del poetizar, saborea la acritud de la palabra que no llega, pero avanza buscando, toca y desafía a la belleza (“No hay manera de pronunciar más belleza”). piedras verdes es un espíritu vivo, el rescoldo de la poeta que se explora y apaga la tiniebla extrema, iluminando todo a su alrededor, brinda su figura secreta, se encrece plena: “Si desvestirse no es desnudarse/ ¿para qué escribir?”.
La poesía más intensa es la de la carencia, la de la cosa ausente. Ese vacío hace que la palabra hable, que la poeta Laura Carnovale palpe (palpite) las piedras y vuelva a nombrar.

Santa Rosa de Toay, 16 de junio de 2017.

 

 

Selección Poética

1

Tengo un puñado de piedras verdes en mi mano.
Recuerdo beber del arroyo
siete tragos,
siete sorbos pidiendo al agua
que me revele el secreto de lo no dicho.

Tengo un puñado de piedras en mi mano,
piedras entre las piedras
que me miraron desde el fondo.
Y yo, que no sé mirar.

Corriente silenciosa que no dice y dice.

Piedras verdes
para buscar
el otro nombre de las cosas.

 

6

Paralizada
como la luciérnaga atrapada entre la gramilla
que enciende su luz y no,
que enciende su luz
y no.

 

10

¿Está muerta la piedra?

La piedra seca de barro
con que construye el hornero su nido
la piedra limpia del agua.
la piedra fría de hielo.

La pequeña piedra,
ese escombro que fue otra casa
y hoy es parte de mi casa.

Cada una
sola y con otras,

piedras que cambian.

 

14

Guardé las piedras
en la mesita de luz
entre los papeles y los libros.
Hay días que pierden
la memoria del arroyo
y se creen piedras preciosas

pero solo son
piedras mudas.

 

20

Palabras entre los libros
y las revistas,
en las paredes, los diarios
y las ventanas.
Palabras entre las cosas
y el aire.

Palabras entre palabras.
Palabras sobre palabras.
Palabras, sin palabras

No encuentro mi voz.

 

27

Humedezco mis piedras verdes
para que alcancen
su voluntad de brotar.
Y no sólo lo espero
además lo creo
desmedidamente.

Del negro carbón
también nace el fuego.

 

38

No es el color lo que designa a las piedras,
no es su proporción
ni su redondez
ni siquiera
el filo oblicuo de su cuerpo.

Es ese temblor,
el ruido de su voz en el agua.

 

Laura Elena Carnovale

Nació en Santa Rosa (La Pampa) y transitó su infancia en distintos pueblos de la provincia. Actualmente reside en General Pico. Es docente. Egresada de la Universidad Nacional de La Pampa. Participó de talleres literarios presenciales y virtuales y de las jornadas de lectura del Grupo de Escritores Piquenses (GEP). Publicó algunos de sus poemas en revistas culturales y antologías, como “A la hora del café”, un proyecto que unió a veinte mujeres de habla hispana residentes en distintos países. En el año 2013 obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes para realizar una capacitación con la poeta Irene Gruss.

La intensidad de la poesía

Panero y la poética de los (des)bordes

Artistas como el poeta Leopoldo María Panero son la conjunción de devenires experienciales extremos y representan, en síntesis, “ese inmenso bullir de rastros verbales que un individuo deja en torno suyo en el momento de morir”.

Muchas veces se ha considerado que determinadas poéticas —poéticas fuertes, sólidas— se componen solas, aisladas, y aparecen como si fueran una manifestación casi única y última de lo que la criatura humana puede llegar a decir sobre sí misma. Pero esa coexistencia sólo será posible en correspondencia con alguien, porque el diálogo nos reúne y se necesita de la presencia del Otro para situarse y ser en el mundo.
Dentro de tal síntoma, la literatura es una vía para la búsqueda, para las preguntas esenciales y, por consiguiente, para encauzar y obtener ciertos conocimientos. La poesía va más allá de las palabras, dialoga con el verbo, que es como recuperar su carácter mesiánico, el hálito divino.

La palabra mesiánica
La invención de un laberinto —del aventurado laberinto— es como la fábula fundacional, donde prima el vértigo y la verticalidad; una metáfora de la que sólo se sale por arriba, como afirmara Leopoldo Marechal. Dicho relato tiene que ver mucho con la poesía, porque el destino de ésta es transitar por territorios no trillados, desafiando a lo inhóspito, a lo desconocido, y a lo que no ha sido nombrado. Según denota la historia va hacia lo que se halla en el borde, casi en el mismo precipicio del (sin)sentido. Siempre el hombre anda al acecho de la palabra mesiánica. Es un modo de vivir en tensión permanente con y junto al verbo, en cuya peripecia extrema se pretende cerrar heridas, completar ausencias, reencontrar el viejo jardín, el perdido paraíso bíblico.

Rebelión en la sociedad
En cuanto a las poéticas que refieren a la soledad y sobre el aislamiento de determinados artistas, es factible realizar rastreos, rastrillajes —acorde a una concepción amplia del arte y que su relato no se encuentre ni castrado ni reprimido—, a sabiendas que esas percepciones, perversiones y flagelaciones simbólicas están inscriptas en la obra de Leopoldo María Panero. Contra ellas atentan, injieren y prohíben, constantemente, las instituciones reguladoras o disciplinarias; porque lo distinto debe ser clausurado para que no intoxique lo legitimado y, desde ya, tampoco afecte lo que ha sido socialmente admitido como instrumento útil y rector. Es que el poder (en este caso, cultural) que incita tanto como coarta, es un dispositivo complejo que se extiende sobre todo el cuerpo social y sobre sus producciones.
Muchas veces esta ofensiva correccional surge ante la irrupción contemporánea del ritual, como que lo arcaico y lo mítico desafía a la razón positivista; entonces se extirpa a los posibles puntos de fuga. El “imaginista-hacedor”, o sea Panero, que en su práctica transgrede lo instituido, modelando e inventando nuevas formas, se convierte en el chivo expiatorio para la condena y el castigo del placer. En la disputa de sentidos y sensaciones, de un lado se encuentra la sumisión al orden establecido, y del otro se plantea la sublimación y la creación artística, donde no regentea la coartada paranoica de los sujetos de una comunidad que se constriñe o autoflagela. Por eso es más lógico —aunque este concepto se vincule más a lo institucional— y significativo que Panero acuda para identificarse al Marqués de Sade, a El diario de un seductor, del existencialista Søren Kierkegaard, a Dashiell Hammet (fundador de la novelística policial negra), o a Georges Bataille (interesado en el erotismo y obsesionado por la muerte), autor, justamente, del libro El erotismo. Bajo esta impronta, lo sacro muta en pagano, el mito retorna con una potencia inusitada y lo blasfemo recupera su antiguo poder.

Contradecir es un deber
A la perspectiva o situación de empresa solitaria, recostada sobre la espalda de la multitud, se la procesa en términos que, en definitiva, remiten a otras poéticas, a la trama ineludible de las influencias. Pero a su vez, en tal antropofagia nutriente, se cimienta la cosmovisión de una mirada particular —de múltiples y diversas miradas particulares—, que se contamina en la semiosis social y es donde tiene que funcionar el discurso artístico que, muchas veces, se encuentra fosilizado en los museos, en las bibliotecas, en los organismos de cultura.
“La historia de los hombres —ha dicho Char— es la larga sucesión de los sinónimos de un mismo vocablo. Y contradecir es un deber”. Por eso hay lenguajes que se escapan de la nomenclatura habitual, por lo tanto construyen el propio metarelato que los contiene. Es que ulteriormente al acto de reconocimiento, de obligada referencia con la tradición, es lícito que se la deconstruya y se la restaure, incluso, distinta y enriquecida. En ese proceso dialéctico los cuestionamientos son similares en todos los hombres, pero el itinerario es muy distinto, debe ser diferente porque cada experiencia es efímera e irrepetible. En consecuencia, aquel artista que esté despierto captará los símbolos que requiere dicho tiempo y será impulsor del manifiesto de la vanguardia, su propio estandarte.

Correspondencias
Es inevitable citar algunos autores y libros que, a pesar de haber pernoctado por largas temporadas en la periferia como emisarios de las letras malditas, en la actualidad se han incorporado al sistema que los descartaba; pues, lentamente, los fue devorando, libando el mercado para convertirlos en mercancía. Se nombran algunos legendarios: Flores del mal de Baudelaire, Cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont, Una temporada en el infierno de Rimbaud; los cuales se pueden articular con libros que tienen como aliciente el siglo XX: Trópico de cáncer de Henry Miller, El almuerzo desnudo de Burroughs, Las puertas de la percepción de Aldous Huxley, Una plegaria americana de Jim Morrison, Las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda. También canciones de bandas como The Velvet Underground, Rolling Stones, Joy División, Nirvana, Sumo, o Los Redondos, y cantautores como Leonard Cohen, Tom Waits, Laurie Anderson, Miguel Abuelo, Spinetta, y Andrés Calamaro, entre otros.

“Razón” y “locura”
Y el archivo resguarda historias “anormales” que musitan desde la sombras, puestas a resguardo por la “normalidad”, tal cual lo señalara Michel Foucault en La vida de los hombres infames. En ese libro se nos cuenta que hombres marginados que no contaban sino para el silencio y el rechazo de la pulcra comunidad organizada (o sea el fundamento del propio panóptico), y que por un instante, en su encuentro con el poder, son arrancados de la noche: “brillan solamente por un segundo en la franja de luz que proyecta sobre ellos el poder; y no obstante, hay algo en aquella instantánea fulguración que excede la subjetivación que los condena al oprobio, que queda marcada en los lacónicos enunciados del archivo como la traza luminosa de otra vida y de otra historia”.
Y están los otros hombres, también excluidos, pero por cuestiones simbólicas. Ellos sí narraban en su estética ese silencio impuesto y denunciaban en su literatura a la sociedad lapidaria: la de los cuerdos y sensatos, esos que señalan con el dedo y ajustician lo que no comprenden. Como si vigilar y castigar fuera un vademecum ciudadano ejemplar.
Hölderlin vivió 37 años en la casa de un carpintero, a la sombra de la “locura”, y no dejó de escribir hasta su muerte. Antonin Artaud ingresaba y salía de distintos establecimientos psiquiátricos, hoy son reconocidas y valoradas sus Cartas desde Rodez. Sylvia Plath fue sometida a tratamientos de electroshock. Jacobo Fijman permaneció gran parte de su existencia en el Hospicio de las Mercedes. Alejandra Pizarnik orilló esos sitios lúgubres y escapó a base de barbitúricos. A Felipe Aldana se le practicó una lobotomía. A causa del alcoholismo, tanto Julio Domínguez como Bustriazo Ortiz visitaron con frecuencia psiquiatría. Ninguno de esos autores abandonó la escritura. Leopoldo María Panero —poeta musicalizado por Enrique Bunbury— se internó en varios “loqueros” y desde uno de ellos concibió Poemas del manicomio de Mondragón.

Sujeto espinoso
Panero acucia a la temporalidad, a las instituciones y al mismísimo origen del hombre, a esa criatura desnuda y llorona; y lo hace desglosado, proyectado y multiplicado en la máxima concentración significativa del lenguaje. Para el escritor español la escritura es el territorio del padecimiento y de la iluminación.
El tránsito a la deriva por la frontera de lo real, de lo material, implica un instante en que se alinean el caos y el logos, y es donde se pican las piedras del delirio, de la esquizofrenia, para que irrumpa el sujeto espinoso. Un “border” en el filo mismo de la nada y de lo absoluto; un “outsider” royendo letras, medio diablo y medio dios, trashumante, meditabundo, aferrado a los signos —como paliativo— hasta la caída final y sin retorno.
Por eso Panero deambula incrustado en una literatura tan imprescindible como destructora, y lo reconoce en este poema:

La poesía destruye al hombre
mientras los monos saltan de rama en rama
buscándose en vano a sí mismos
en el sacrílego bosque de la vida
las palabras destruyen al hombre
¡y las mujeres devoran cráneos con tanta hambre
de vida!
sólo es hermoso el pájaro cuando muere
destruido por la poesía.

En fin, esos nombres, esos artistas, entre los que se halla Panero, son la conjunción de devenires experienciales extremos y representan, en síntesis (incompleta), “ese inmenso bullir de rastros verbales que un individuo deja en torno suyo en el momento de morir”.

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