Fragmentos del último libro de poemas de la uruguaya Paula Simonetti, publicado por la editorial salvadoreña El Pez Soluble.
*
Es cierto. Nunca te pedí que no me sueltes. Ni que fueras el vaivén. El viento lento que engrandece hasta el yuyo del jardín que descuidaste. Así fue, no fue maldad, solo descuido. Me soltaste. Creció de pronto una tierra desolada. Esa cosa que caía sin remedio, una filtración incontrolable, algo menor. Pero el daño igual que el agua se ensancha de manera imprevisible. Se aprende, ¿sabés?, a caer. El cuerpo se acomoda a esa presión. No avisaste que me ibas a soltar. Eso está ahí. Eso es mi voz que se repliega. Ese es mi pie que retrocede. Esa, mi cabeza que se agacha. Esa, mi piel, la que se enrolla. No sé cómo pero sé que estoy en deuda. Veo cómo me soltás, mucho antes de desear que me sostengas. Y esa imagen inaugura esta obediencia.
*
Yo te miro desde el vidrio y ensayo un gesto de bondad. Sé que hubo una herida. De mirarla tanto me volví mujer. Mi tarea de siempre fue ignorarla. Es preciso cruzar este desierto de tu mano. Ya sabemos: nada va a crecer entre nosotros, pero quién soy yo para cortar el lazo
*
¿Te acordás de aquella medallita? Flotaba en mi pecho contra todos los peligros. Me vería crecer. Me alentaría. Un dios secreto que colgaba en mi centro y suturaba mis heridas. Casi una compensación. Era mi responsabilidad. Me entretenía cuando te esperaba. De un lado a otro de mi boca. Un pedazo de metal era mi espera. ¿Y cuando la perdí? ¿Te acordás que en el medio de mi pecho no había nada? ¿Un hueco? ¿Supiste que detrás del hueco había crecido una mujer sin que la vieras?
*
Creías que un mueble guardaba intacta la carne de tu madre. Le hubieras pedido perdón por tu torpeza, con la casa en penumbras, después de la cena. Vos eras débil, temblabas y sin embargo te expandías. Yo le ponía tu rostro a las cosas grandes. Dios tenía tu frente ancha, tu impostado gesto de bondad. Esa inmensidad me devolvía mi medida justa. La admiración y el miedo, la vista hacia arriba. Cuando tuve tu altura pude observar ese proceso. Lo que empezabas a dar se deslizaba hacia adentro de esa herida. Lo acaparaba todo. Cada pedazo de pan que no ofrecías. No suturaba nunca, se agrandaba. Ahora las cosas grandes me dan pena.
*
No pude amar sin quitarme las manos de la cara, por si acaso. Era una cara distinta, un poco ajada, que recordaba la tierra y nunca el mar. Nació después de ese verano. Tenías la tarea de cuidar, es decir, de interrumpir una cadena de pequeñas distracciones que pudiera matar esa inocencia. No hiciste bien ni hiciste mal. Fue así, como un animal que no especula. Al verano no lo rige la moral. Un poco de aire nos ganamos después de sumergirnos tan profundo. Mirá, ahí está el sol, no te distraigas. Ese invierno me entretuve sacando uno a uno los pellejos. Los puse encima de la mesa, me divertía apilarlos, me esforzaba. Iba mejorando, obtenía cada vez uno más grande. Como vos, no busqué nada. Sin darme cuenta me quité la cara.
*
De esa habitación solo retengo el asunto de las dimensiones. Mi hermano entraba todo en aquel baño. Pensé trancar la puerta y dejarlo solo hasta que pidiera perdón. Pero no teníamos tanta confianza. Vos cabías por entero en la camilla. Estabas blanco, prolijo, recortado. Me espantó dimensionar tu pequeñez. Te miré desde arriba, como nunca te había visto. Esa perspectiva te dejaba inofensivo y dócil. Observé la distancia que nos separaba. Por primera vez eras un hombre, como cualquiera.
*
Sos ese submarino del que apenas hay noticias. Vas a demorarte como una mancha de óxido o de sangre. Esas manchas que vuelven a las playas para espanto de los veraneantes. Las madres auxilian a sus niñas vírgenes. Les quitan la sal que no las hiere. No puede arder. Lo que duele es una suma, una acumulación, casi un reflejo. No hay un punto cero del dolor. Un día el mar se va a imponer sobre esas manchas. Las va a engullir. No te das cuenta, pero así se impone la belleza sobre el mundo. A fuerza de insistir. Solo hay calma y silencio en el ahogo. Y yo voy a gritar porque estoy viva.
Paula Simonetti, poeta uruguaya nacida en Montevideo. Publicó los poemarios En la boca de los tristes (2013), El conocimiento y la ignorancia (2018), Provocaciones para desarmar la escritura (2023), y En deuda (2026). Entre otros, obtuvo en 2012 el Primer Premio de Poesía Joven Pablo Neruda; y en 2017 el Tercer Premio Nacional de Poesía en la categoría Poesía Inédita de los Premios Anuales de Literatura del MEC (Uruguay).


