El tigre no es un animal // Solo se baña una mujer // Otra vez me llevarán las multitudes // El corte argentino

El tigre no es un animal // Solo se baña una mujer // Otra vez me llevarán las multitudes // El corte argentino

Poemas inéditos de Juano Villafañe. Ilustración de Ernesto Pereyra.

 

 

EL TIGRE NO ES UN ANIMAL

 

El tigre no es un animal.

Solo se trata de un agua de leones, islas verdes que flotan tanto como uno

y navegantes en multitudes o privados con remos y canoas guaraníes sobre las fronteras meridionales.

Aguas de conchas, riachuelo de las Conchas de aguas dulces

que penetran el Paraná con un salvaje original puerto de cabotaje

a unos días de a pie de la aldea fundada por Garay.

El arcilloso fue de agua y en las altas sudestadas de indios y fuego de patriotas

se hizo luego de la Reconquista,

las conchas de agua dulce habían terminado devoradas por las tormentas.

Los nuevos ríos desangraron su agua y sus fangos cubiertos de costas,

de zarzales y espinillas donde fugaron los jaguares, los reales felinos de las islas.

Las caídas de agua van todas hacia el afluente del mar, dan al río más enorme del mundo.

Se respira de amor sobre una pendiente de agua de leones, infesta de leones y leonas de agua. Gritos así, de un fondo con sus islas.

Llenos estamos y damos aun la luz con los ojos de vidrio,

transparentes hoteles que tienen una rivera y una altura tan clara.

Son jaguares en la abundancia de una erótica repetida y feliz.

 

Llévame al Tigre, en un amor que deje sus siluetas como una constante

y un placer que se hace de verano y certezas perdidas.

Llévame como una estela en una navegación de fuego y en las iras de Dios.

Llévame por las islas y los alientos hundidos, por esa belleza que se busca en un infinito tan lejos y tan cerca de la aldea,

con animales que circundan la pasión y los deseos del agua con el mar.

Llévame al Tigre

con los felinos y la patria.

 

 

 

 

 

SOLO SE BAÑA UNA MUJER

 

 

Se ha retirado el mundo con los hombres.

Sobre las líneas del agua profunda se agitan los vientos de una tormenta.

Uno regresa para no perderse, para llegar lejos sobre esa línea que se hunde perdida.

Y más perdida la única que se baña.

Pienso que es difícil perderse en la inmensidad y que ya no hay nada que se haya olvidado.

El olvido es como esa profundidad de la aventura en la arena invadida por el silencio antes de que se instale la tormenta.

Es a lo lejos.

Es mucho más cerca que a lo lejos.

Son unos metros más cerca que a lo lejos.

Son unos metros más de agua o de silencio, con una línea de flores sobre los niveles de flotación que mueve el mar.

Se  impregnan en la espalda de esa mujer los perfumes que forman la espuma y las flores de pétalos marinos.

 

Es el mundo que se ha ido cerca para uno.

Todo se parece a una mujer que se baña.

Hasta uno se parece.

Hasta uno se parece volcado en el mar como perdido.

Donde ella nada, uno se hunde.

 

 

 

 

OTRA VEZ ME LLEVARAN LAS MULTITUDES

 

Como una desmesura me llevan en las andadas sobre la historia perfecta de una multitud.

Toda la multitud me lleva en una andanada de amores que  suben a mi cuerpo.

Mi multitud de besos en las sombras múltiples que me abrazan para darme una ceremonia que cuida de mi cuerpo público, andado masivo de amor,

con estados inundados, besados, penetrado en la multitud.

 

Yo también te amo multiplicada en los montes con jaguares, en la multitud de las historias.

No creas que las andanadas y muchedumbres dejan olvidado lo particular inscripto en los hoteles.

Vos lo sabes muy bien, no hace falta aclarar la calle ni el río.

Si se dicen bien se sabe a quien se escribe lo que se sabe que se escribe.

Toda desmesura tiene su cuidado íntimo, la mirada secreta que la multitud abandona porque está perdida.

Pero hay abundancia y multiplicaciones naturales en los ríos y en las calles abandonadas.

No creas que ha sido perfecta la multitud que me levanta por mi propia belleza,

todavía no se han fijado en mis ojos que miran el horizonte.

 

Son siempre las multitudes que se abundan perfectas como historia.

Qué más se puede pedir si te aman

Si te  levantan en andanadas por el mundo

 

Pero es perfecta la trama que se olvida, el héroe real que cabalga otra vez sobre esa multitud

y es esa sombra que uno cruza como un hombre

que se va de la boca

con el cuchillo que aun calzo en la noche y la cintura.

 

 

 

EL CORTE ARGENTINO

 

Cortar la carne argentina sobre el filo sabor del mundo y de la tierra.

Extendido como Dios en las fogatas y en las brasas lúcidas que se agotan y también se encienden.

Así los hombres se reúnen antes del sueño que el vino espera en los montes espesos.

Ritual para los perfumes que deja el reposo del asado luego del almuerzo en la sombra.

Chorreada esa hora de lo que se ha comido, cortado y comido, con los filos del cuchillo que son míos.

Todo ya se resta, tarde hermosa que conduce al río y a la pesca.

Los animales fijos sobre las alambradas miran a los otros animales fijos. Los pájaros también van sobre los alambrados dispuestos para demarcar el afuera de los extendidos que ofrecen los caminos.

 

Se ha dado el ritual y el perfume que rodea

para que otros vuelvan a sentarse en la ronda debajo de los árboles.

Pero se va el río y los remansos tan extendidos como los fuegos de los caballos

que brillan en el agua.

 

Y mis padres se sientan otra vez para ver el mundo con la tierra.

Tres bueyes grandes. La figura de Bustriazo Ortiz en el campo de la poesía argentina

Tres bueyes grandes. La figura de Bustriazo Ortiz en el campo de la poesía argentina

Para poder situar un poética en el campo literario nacional es necesario apelar a tradiciones, escuelas e influencias, sopesarla con el aparato crítico para romper las barreras académicas y, por sobre todo hay que lidiar, muchas veces, con la siempre polémica legitimación de la hegemonía cultural.
Una obra como la del poeta pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz, con la contundencia que posee su palabra, supera todos esos escollos y con el correr del tiempo se convertirá en una de las poéticas fundamentales no sólo del país o Latinoamérica, sino de la misma lengua española.

Bustriazo: el síntoma y el mito
La sirena del molino Werner sonaba puntualmente, según registra el acerbo popular, a las 11 de la mañana. Años después el poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz dirá que anunciaba su nacimiento, ocurrido un 3 de diciembre de 1929.
Su universo está contaminado de anécdotas y experiencias. La historia de su vida congrega instancias y sucedidos que podrían ser noveladas. El mito fue anudándose a su trayectoria, al mismo tiempo, como si emplazara, sin saberlo, al síntoma lacaniano: pues en los 79 libros que componen el Canto Quetral reúne lo real, lo imaginario y lo simbólico; fundando de esa manera su nombre, su particularidad en el campo literario.
También surge entre la compilación de sus recuerdos la localidad de Trilí y otro hecho paradigmático, el cual sucede siendo niño. Cuenta que pasaba por el lugar un linyera y que portaba un rollo de papeles escritos, mientras éste hablaba con su madre, le indicó que sería poeta. Cada uno de esos relatos, sumados al del vaso de vino con la tapa para que no huyan los espíritus, el portafolio portando la bombilla de hueso, la linterna con que ahuyentaba los perros y otras cosas, fomentan su figura mítica.
Quizás la firma personal sea la elaboración más alta en esa cadena de significaciones que se funden y complementan con la magnitud de su obra. Bustriazo explica que se compone con elementos que se encuentran presentes en su cosmovisión del mundo, y son trabajadas o resignificadas constantemente en su poesía. Además de las iniciales y apellido se colige la cruz mapuche, una serie de rulos que significarían el infinito (o la eternidad), un báculo egipcio, el triángulo sexual representado por tres puntos y, desde ya, las piedras.

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Es por eso que se ha convertido anticipadamente en un espectro que no sólo irrumpe en la realidad, sino que toma por asalto y modifica el canon literario; porque recién estaba fundando su estilo y ya era un mito. También fue un visionario en su artificio poético: domando, dominando la lengua como el Ghenpín, el dueño de la palabra en la cultura mapuche. Su poética repuso, conjugó y potenció las raíces de los pueblos originarios, la cepa criolla y la prosodia de los inmigrantes.

Bustriazo: el oficio oral del escribiente
“Parece que estuviera cantando cuando leo mis poemas”, señala Bustriazo. Esta referencia implica la conjunción entre oralidad y escritura, dando por tierra en su dictum poético con la vieja disputa que planteara Platón entre la palabra oral y la palabra escrita. Jacques Derrida deconstruye esta dualidad y sentencia que “no hay fuera del texto”.
En Bustriazo no hay fuera del texto, porque sus poemas se encuentran interpelados por sus propias vivencias, y no sólo porque incorpora a sus amigos como personajes, o testimonia a través de las marcas implícitas en los lugares en que rubrica la creación poética, sino porque él mismo se constituye en enunciado: juan, juan azul, carlos marilloso, juanca, juanllanca, bustriazo el viejo, bustriazo el joven. Este proceso abona la recreación constante de un texto vital, todo puede ser considerado para la lectura o interpretación, desde datos biográficos a otros textos que no tengan, en principio, ninguna conexión en sí con el libro, como sucede con la hoja suelta en el Libro del Ghenpín.
Quien escribe no puede situarse fuera de la lógica del lenguaje y, por lo tanto, tampoco fuera de su propio texto; por eso otro plano o perspectiva que da asidero a estas indagaciones es lo que sucede en el cuerpo textual, donde se interrelacionan la producción oral con la escrita.
Esta preeminencia del “habla” sobre la “escritura” traspasa la primera parte de su obra. Es que las poesías que comprenden sus libros iniciales están identificadas con “los repertorios de impronta folklórica y forma tradicional”, como resalta Dora Battiston, por lo tanto se hallan más vinculadas al género musical. Aunque en su formato primigenio se los reconozca como poemas, también podrían haber sido canciones, no haber necesitado otro soporte que la memoria (Platón dixit). Lo confirma Battiston: “…nos brindaba casi cotidianamente la oralidad de su creación, la fiesta de su decir joyoso, enamorado y doliente, sea a través de los textos vueltos canciones por los músicos pampeanos…” (Canto Quetral (Tomo I), Ediciones Amerindia, Santa Rosa, 2008, p. 8). En tal sentido se podrían enumerar zambas, triunfos, huellas, estilos y canciones; Rosa Blanca de Morán destaca estos atributos en un artículo en el suplemento cultural “Caldenia”, e incluye la copla.

En la práctica, aquellas poesías de Bustriazo han sido apropiadas e interpretadas por los músicos de La Pampa (Guillermo Mareque, Guri Jaquez y Cacho Arenas) y por los grupos (Los Ranquelinos, Agrupación Pampeana Confluencia, Alpatacal, Rojo Estambul, Los herejes bebedores de la noche, Nicolás Etchegoyen, Vero y los jornaleros, entre otros). Si consultamos la edición del Cancionero de los Ríos, los libros de investigación de Rubén Evangelista sobre el folclore pampeano, el Canto Quetral (Tomo I) y los discos editados, la cantidad de poemas traspuestos a la canción sería de 110 aproximadamente.

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A partir de 1969, cuando se edita Elegías de la Piedra que Canta, emerge una escritura que contiene el sustrato de las creaciones anteriores pero que amplía el registro a un modelo lingüístico novedoso, excéntrico, que marca una diferancia (différance), y es donde se inicia la etapa experimental. Bajo esta óptica, la producción fonética no agota los recursos de la escritura; porque la posibilidad de la escritura fundamenta la posibilidad de la lengua misma. Entonces en varios libros de este período podrá observarse a la práctica significante como huella, como que el ejercicio se hace más puntilloso y se focaliza, incluso, sobre las mismas letras. El trabajo se percibe en la lectura directa, en una hoja recargada de aditamentos; sostenida en una visión estética de la literatura que prevé una pluralidad abierta de palabras y de signos para los textos. Sin embargo Bustriazo no sólo se destaca en la invención de palabras —neologismos—, sino también en el empleo sobreabundante de los enclíticos, la metonimia, la combinación de la lengua española con la lengua de los pueblos originarios, el juego fonético y su efecto musical.

Bustriazo: el descubridor
Marcel Proust decía que “los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”. Si se cotejan las publicaciones de Bustriazo se refracta la observación, al hallar un profuso cruce de lenguas y neologismos. Acorde a esta conjetura proustiana, el crítico Deleuze indica que “el escritor inventa dentro de la lengua una lengua nueva, una lengua extranjera en cierta medida. Extrae nuevas estructuras gramaticales o sintácticas, saca a la lengua de los caminos trillados, la hace delirar”. Muchos de sus poemas tienen estas características, una construcción compleja que apela a todos los recursos disponibles para significar, es decir, están nutridos de suplementos tanto en lo oral como en lo escrito.
Debe resaltarse que en el acto de lectura ―las grabaciones registradas lo confirman― Bustriazo logra anudar vestigios de sus historias y experiencias, recupera recuerdos, los revive, por eso cuando trasiega los versos se percibe una tensión que se intensifica a medida que se acerca al final del poema; donde la última palabra es “comunicada” con el último aliento, cuasi suspiro. Los poemas son piezas compuestas por la aparición e irrupción de sonidos/imágenes que crean una trama verbal, redivivos en la voz que los convoca.
Extinguido el fuego de la oralidad queda una resonancia, es la que dejan los poemas esenciales. Pero el efecto no suele terminar con la lectura, porque “la poesía es tiempo y arde”; pues sigue quemando a sus cómplices lectores u oyentes.
Tanto su presencia como su lectura, no cabe duda, encienden y apagan la memoria, tocan el corazón del público, a semejanza del quetral que se consume y vuelve a arder.
Bustriazo es dueño de un estremecido y a la vez desgarrado lirismo, que a lo largo de los años ha cernido y afinado de libro en libro, de poema en poema, y el resultado obtenido es una de las poéticas de mayor precisión en lengua española, por eso el lector está invitado por sí mismo a percibir el modo en que fue construyendo esa monumental bibliografía. Una aventura en la cual cada uno se enfrentará a través de los textos a un espacio interior multidimensional, donde Bustriazo Ortiz laboró su cosmovisión del universo bajo las https://www.acheterviagrafr24.com/viagra-prix-en-pharmacie/ estrellas de la ignota llanura pampeana.

manuscrito

Muestra poética de Bustriazo Ortiz

“Tan huesolita que te ibas”

tan envidiada de qué sombras la tierra ardía huesolita
la siesta ardía melodiosa tan como ibas tu sonrisa era
una piedra arrobadora y era otra piedra mi costilla
dulcequeamarga solasola cuajada de alta pedrería eran
tus voces tan palomas eran tus manos piedras finas
guitarra tan azuladiosa eras la piedra que acaricia piedra
te ibas quién te roba última brisa de la brisa o
flauta mía o leja y rota tan huesolita que te ibas tan
de la gracia mucha y poca si cuando vuelvas ves mis
días oh piedra llena llaga

hermosa!

“Te regalé unas cuentas indias”

y había un color de aroma hereje tan sobre mi caía el
cielo amarilleaba su piel verde yo sé que labro joya
oscura sólo por vos que me la entiendes porque a vos
te hablo en esta piedra enrumorada de caldenes quién
sino vos me la naciste y en quién sin vos ella se mece
te di en la tierra qué colores sonorositos magamente
remotas gemas de collares ascuas de piedras de otras
gentes besos de piedras recobradas entre tus manos
vieja fiebre alegría vieja o amoríos de aquella aquel que
están sin frente te regalé gualicheríos piedras de dulces

redondeles

de Elegías de la piedra que canta. Santa Rosa: Alpataco, 1969.

o-O-o

“4”

y crecía la hornalla hosca
en aquel pueblo de hornos pérfidos
eran mayas eran aztecas
eran quichés de estuco y lágrima?
eran teocallis bermellones
o pirámides de tierra terca?
eran hombres de barro fresco
recién hacidos por el gran padre?
eran esclavos colorados
o eran grietosos cuasi hombres?
pero crecían las hornallas
trabajosamente crecían
empinábanse con dolores
para que cuajaran panes panes
eran palacios de gentes torvas
o con máscaras de barro impuro?
con inocentes mascarillas
gentes que siempre comerán barro?
crecía la hornalla cumplíase
entre colorinches y desvelos

“17”

y anduve solo y no era la luz
fuíme por duros corredores
por los pasillos pesaroso
y saquéme un papel azafrán
con un saludo de tez granate
“he aquí que llégueme a verte
juancarlos estuvo en esta torre”
y fuíme solo y no era la luz
por los pasillos musitantes
atrás dejé los corredores
negros y más que hechos con cuervos
quedóse el papel inclinado
esperando tus ojos de mora
y como un ciego fui con las manos
interrogando a las paredes
buscando la puerta brillante
los tragaluces del castillo
el aire que andaba en el mundo
“juancarlos estuvo en este cuarzo”
fuíme solo y no era la luz

de Unca bermeja (1973). Santa Rosa: Universidad Nacional de La Pampa, 1984.

o-O-o

“Quetral 4”

Quetral del salamanquero,
del indio rico Antipán,
de aquel Jesús Calluhueque
borracho en la soledad…

“Los brujos dan sus poderes,
le piden prendas al hombre:
tuve que darles mi matra
bordada con arreboles.”

Quetral del brujo piedroso,
de aquella pipa de piedra,
o del matuasto tejido
por el señor-de-las-sierras…

II

“Y yo les di mi cuchillo
de fino cabo de plata…,
y al poco tiempo murió
mi amor sin besar mi almohada.”

Quetral del pardo mortero,
del raspador transparente,
lengua filosa, luz lanza,
tajo nomás, llaga siempre…

Salamanquero yo fui,
y era Juan Paulo Durazno,
Honorio Manquepillán,
el Nicolás Antenao.

…víbora de colores terribles…,
onduloso chasquido
bajo el abuelo Sol, el Gran Cabeza de Oro…
Sangrecita casi flauta,
torturada, torturada…
Apágame ya
este canto…
Ay, víbora,
tu silbo
rojo.

de Quetrales. Cantos del añorante (1967). Santa Rosa: La Arena, 1991.

o-O-o

“Sexta Palabra”

Qué convulsión del cielo me amenaza
en lo creencial del mundo que me enluja
con los errantes velos de la bruja
que ayer quemé, cuya ánima me abrasa
de septentrión a meridión? Me arrasa
el corazón, las testes, si me estruja.

“Décima Séptima Palabra”

Renqueante voy bajo esta luz, confuso,
a tu fulgor, ay vino. Yo me acuso
de ir a robarte donde un dios te puso
en el mesón sabido. Yo, que iluso
ando en dolor violeta. Quién dispuso
que pase así? Perdón si yo te uso.
Es mi destino y el telar y el huso:
mi Tejedora Tinta, vino infuso.

(Ruta 5, y Los Cabrales)

“Cuadragésima Primera Palabra”

pasa bustriazo el viejo con el joven
bustriazo azul de serle el sentimiento
la flor la luz el agua en el momento
de la enjutez del vago pensamiento
la sangre infiel bustriazo el viejo el joven
en paz en pos de su destino el reto
de su vivir bustriazo el viejo el joven
cristal de roca ya cuarzo coleto
tan pedernal de sí el viejo el joven
bustriazo va le brilla el esqueleto

(Ruta 5 y “San Cayetano”.
Domingo de Resurrección)

“Cuadragésima Tercera Palabra”

Adónde vas, poeta nochernícola,
de austera sal, de halo melancólico?
Y el primo amor, o bien, el tu penúltimo?
Y el vaso azul? Erótico y arqueólogo
te sientes bien, mi vate, muy católico?
Eres o no el juglar, el archimítico,
el hacedor maniático, elegíaco
de tu canción? O estrilas de neurótico
talante, o vas de túnica, de báculo
por la vastura de la noche eólica?
Ay semoviente, austral humano mágico,
nómade Juan, desnudo en lo fonético?

(Ruta 5, divagando bajo el
pánfilo viento)

“Cuadragésima Cuarta Palabra”

Bardo Juanllanca nunca digas nada
que allá en el Sur cambiaste tu tierna alma
para ejercer virtud con tu palabra
para engendrarle un brujo a la guitarra
un brujo de oro del quitral del agua
o esa mazorca de brujillas blancas
de cabelleras ennochebrunadas
que te preguntan tuánimaytuánima
tuánimajuanjuantuánimaytuánima?
Allá en Los Berros fue o allá en Campana
Mahuida o no tal vez en La Ventana
tan de curá en curá de rayén de ala?

Ríanreían con sus rostros de águila
los brujos dueños de la Salamanca
Fue un viernes pardo cuando escarchillaba
y los matuastos se tornasolaban
pipas de piedra humeaban y en sus matras
las almas presas salsalsalmodiaban

Bardo Juanllanca nunca digas nada
que allá quedó nevándose tu alma

(Hoy, no sé en qué día,
y en voz muy baja.)

del Libro del Ghenpín (1977). Santa Rosa: Cámara de Diputados de La Pampa, 2004.

o-O-o

“balada arcaica”

ya te vas vegetal tornasolada no me prendas la flor del exterminio fulgimiento del agua de los ojos no me prendas la flor del exterminio hinchamiento del cielo qué potencias no me prendas la flor del exterminio qué hinchadura del mundo taza turbia no me prendas la flor del exterminio con el hijo salido de tu entraña no me prendas la flor del exterminio con el ala punteada de tu ángel no me prendas la flor del exterminio con arcillas que vuelan soberanas no me prendas la flor del exterminio en olor de adiós que me espeluza no me prendas la flor del exterminio con tu boca antañera tras tu boca no me prendas la flor del exterminio en amor de tu sombra sonadora no me prendas la flor del exterminio!

27 y 28
para vos, dueña de los ponientes.

de Canción rupestre, 1972, inédito.

o-O-o

“el intenso dice”

un adiós el intenso dice una sombra mi amor aterciopelada palaciega en esta tarde regocijante y tristonosa las gentes se ponen máscaras oh no mi amor se sacan los rostros se arrancan infantilizados la identidad remota y saltan saltan y no son langostas siquier y tristemente remedan al ancestral sagrado qué estoy diciendo mi amor yo celebrante rojo celebrante amarillo y negro y azul huelo a collón a piedra pintada a sien quemada huelo a corazón ahumado huelo a rodillas blanconas a canillas bermejas mi amor dios quiera que no pienses como yo en esta tarde que huele a tambores colorados a bajo vientre castaño a tobillos simplones a talón pintarrajo mientras la soledad los va comiendo y chilla

(t. 23, 24)
a ch.

de Caja amarilla, 1973-1974, inédito.

(C) Jimmy Rodríguez: Fotografía de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

El tigre no es un animal // Solo se baña una mujer // Otra vez me llevarán las multitudes // El corte argentino

Es lo que no sé. La escritura de Miguel de la Cruz

La escritura de Miguel de la Cruz es una referencia obligada de las nuevas voces en la literatura pampeana. De acuerdo a los planteos expuestos en distintas publicaciones de la década del ‘80 y ‘90, surgen y se acentúan cuestionamientos respecto a la definición que diera el grupo hegemónico de escritores pampeanos de lo que debería ser la literatura local, incluso se extendía la diatriba hacia los mismos arquetipos regionales. Esa tipología cultural dominante evidenciaba su desgaste ante la interpelación de los autores noveles, por lo menos en lo que infiere a la innovación literaria, ya que la concepción ideológica respecto a la América Profunda sigue hoy en día tan vigente como en aquellos tiempos. Esa toma de posición se halla implícita en la obra de Edgar Morisoli, Guillermo Herzel o Ana María Lassalle, por ejemplo, demostrando, en tal caso, la coherencia de sus luchas y compromisos. Sin embargo, la tendencia que imprimían a las temáticas en aquellos años ya no refería ni refractaba la postura ni los intereses estéticos de los más jóvenes.

Punto de intersección
La producción poética de Miguel de la Cruz es una bisagra ―al decir de la profesora Dora Battiston― entre los creadores que fundaron lo que es nuestra tradición y la irrupción de una práctica escrituraria más imbuida de símbolos urbanos, y que no se encuentra manifiesta en la literatura de ese momento. La nueva producción significante que propone de la Cruz se potenciará con las voces de Alberto José Acosta, Mario Loriga y Charlie Byrne en https://www.acheterviagrafr24.com/viagra-100mg/ una primera etapa, y Alejandro Cavalli, Romina Costilla, Eduardo Senac, Eugenio Cònchez, Carlos Garrido y Claudia Togachinsky, de forma más reciente.
Desde el imaginario que despliega de la Cruz empiezan a articularse otras influencias y mapas genealógicos, otros modos de construir el texto, y aporta en ese ejercicio la poética de la percepción, el dialogismo y la intertextualidad. Su intransigencia lo lleva a crear ―de modo indirecto― lo que se podría considerar como un “manifiesto” para los poetas emergentes. A modo de parodia denomina a uno de sus libros “Poemas regionales” (1987), donde no sólo marca divergencias con las tipificaciones literarias oficiales, sino que, además, amplifica las metodologías de creación y estructuración del texto, usufructuando las propuestas surgidas desde las vanguardias.
La trayectoria de Miguel de la Cruz se inicia con la participación en el grupo “Joven Poesía de La Pampa”, integrado por Teresa Poussif, Pablo Fernández, Teresa Pérez, Ricardo Vaquer, María Victoria Scheuber, entre otros. Es designado así en obvia alusión al colectivo literario más importante que ha tenido nuestra cultura, la “Joven Poesía Pampeana”, nacido bajo el influjo de Rosa Blanca Gigena de Morán.

Fundaciones e influencias
Cuando un autor elige el título para su obra, está optando por una nominación dentro de todas las posibles; por lo tanto, ese título indica algo, señala algo. Ese nombre, que lo va a identificar y diferenciar de los demás que existen, pretende explicar, sintéticamente, lo que comprende ese universo (incompleto), que puede ser un libro (en este caso un libro de poemas), un cuadro, una música, una escultura, una película, etc. Es incompleto porque necesita del otro para consustanciarse y resignificarse, para que se propague su sentido. Alberto Girri lo refiere mejor: “Por qué no admitir que cuando nadie lo está leyendo un poema se borra, en blanco, y cuando de nuevo alguien se asoma a la página, lo escrito habrá retornado.”
“Es lo que no sé” (Cipres Ediciones, Córdoba, 2010), de Miguel de la Cruz, carga con esa particularidad, la del nombre preciso. Sus otros libros han tenido esa impronta siempre, veamos: “Desde la trampa” (1981), “Poemas regionales” (1987), “Guía de ausencia” (1994), “El sendero sin bordes” (2003). Todos son sugerentes y siembran indicios y, a su vez, despiertan nuestra curiosidad; cada uno de ellos tuvo su proceso, tanto subjetivo ―el plano pleno de la creatividad―, como el correlato con el entorno, con la tradición, con la historia misma de la literatura.
“Es lo que no sé”, su título, nos trae una reminiscencia inmediata, más que en su alusión verbal, en la metáfora, en la representación de un instante en que dos modos de “ver” la realidad coinciden y se diferencian tajantemente. Es un momento de quiebre en cuanto a la percepción de las cosas. Un cambio de paradigma. El vínculo es Sócrates. Y ahí están los mitos, el oráculo de Delfos y el nacimiento de la filosofía. Ese “tábano” que recorría Atenas haciendo preguntas explica: “No es la razón lo que dirige al poeta, sino una inspiración natural, un entusiasmo semejante al que transporta a los adivinos y a los que predican el porvenir, todos ellos dicen cosas bellas, pero no comprenden nada de lo que dicen.”
Ese hombre desconfía de los sabios de su época y los pone a prueba a través de la “mayéutica”, una práctica que aplica al alumbramiento del conocimiento; herencia de su madre, la cual era partera. Ha sentenciado el griego: “Sólo sé que no sé nada y esa nada ni siquiera sé que no la sé”. Pero esa nada es, es lo que no se sabe, esa nada está para ser alumbrada, descubierta, quitándole el velo. “Es lo que no sé”, apunta Miguel de la Cruz, muchos siglos después.

Proceso creador
“Es lo que no sé” da en el centro del misterio de la creación poética. El título nos enfrenta a una dualidad, al objeto en sí, el libro (los poemas: “es lo que no sé”), al autor (la subjetividad: “es el que sabe que no sabe pero lo hace”, nos dona el poema, nos habla). Entonces, entremedio, pero siendo una unidad, ambos, el texto (la poesía en sí) y el hacedor trabajando (la hechura del poema). Apelamos otra vez a Girri: “El Hacedor, punto de intersección entre el tiempo y el proceso poético.” El poema es hecho por el poeta, aunque no sepa lo que es, “es lo que no sé”, o al decir de Sócrates, “dice cosas bellas” sin comprenderlas, pero hace, arriesga, se apresta a la parición, a la aparición. Si bien no se resuelve ese enigma ―sino sucedería como con Rimbaud, el abandono de la poesía― se continúa poetizando con una obstinada persistencia­. Sin embargo, frente a tal perplejidad que ocasiona el no saber, “Igual él se extrañaba/ que llamando/ a las cosas por su nombre,/ no vinieran a él”, y ese poema, “Solo de dos laúdes”, indaga: “Igual el músico/ seguía en su llamada/ y el laúd de la música/ sonando para nada.”, para cerrar contundente: “Ni el músico sabría/ por qué tocando solo/ se ponía tan lento/ y en ese trance/ tenía que olvidarse/ de ser llamado por su nombre,/ de ser llamado,/ de ser.”
El músico sigue tocando, y el poeta escribiendo, en trance, como el adivino y el predicador de futuro de Sócrates. Es la obra “por-venir”. No obstante “no comprenden nada de lo que dicen”; o sea, ante “Órdenes involuntarias”: “Lo más inter, lo más mí, lo fuer de mi voluntad,/ es la máquina más ajena que conozco./ La gran máquina pequeña o grande/ es libre de hacer lo que no quiero./ Confundirme, perderme, indecirme,/ verbos que la máquina conjuga/ en mi interior involuntario/ para que/ mi más verdad desconocida/ quede al fondo de todas las pausas/ y siempre por decirse/ no se cumpla jamás.” Pero se dice, algo se rescata de eso que se intuye, hay un resabio de lo imaginado que ha quedado patente en el lenguaje, en la hechura del poema.

Temporalidades / Textualidades
La serie de textos de este libro conforman una trama, y esa trama está zurcida con hilos que remiten a la música, a la pintura y a la misma poesía. Esa trama pivotea entre la infancia y la vejez. En ese lapso sucede la vida, se deviene, acontece la escritura, “Y vaivén es palabra que pendula”, por lo tanto se cuenta: “En el bosque del cuento, en la maraña tramada por las palabras que cuentan…”. Aún así, se escribe, “ave que escribe lo que borra”, el poeta discurre “sopesando las palabras”, afina su percepción, emplea el instrumento, sabe, aunque no sepa las razones del artificio, por eso “escribir tus cartas,/ como dicen que queda el numen del pintor/ en sus telas, un aura adicional.”
El poeta, aún en la modernidad, por el modo de ejercer su oficio, hace perdurar la idea de lo artesanal, por lo menos en lo que infiere a la escritura en sí del poema. Olga Orozco, Alejandra Pizarnik o Juan Carlos Bustriazo Ortiz son ejemplos muy claros. Y en ese trabajo artesanal, en la forma en que se construye la obra, palabra a palabra, poema a poema, libro a libro ―más allá de la tecnología que se puede emplear―, se manifiesta cierto ritual; porque la poesía necesita de ese resguardo, la poesía es como una “rueda arcaica” que acumula voces y en esa acción conserva la memoria de los pueblos. Esa tarea, dejando de lado la reproducción técnica, se encuentra impregnada de aura, y como expresa la cita de Saul Bellow al comienzo del libro: “La sensación de que algo es sagrado no tiene precio; pero afirmarlo tiene poco valor”. Pero igual hay que resaltar la sensación de lo sagrado, de lo aurático, porque la poesía fluye en esa dirección. No sé sabe a dónde, no importa, es parte de la aventura de vivir, de escribir. “’Es lo que no sé’, una expresión para lo que no hay respuesta, lo mismo que interrogar a un desierto”, señala Miguel de la Cruz. Otro poeta, Edmond Jabès, escribió: “En el desierto uno se vuelve otro: aquel que conoce el peso del cielo y la sed de la tierra; aquel que ha aprendido a contar con su propia soledad. Lejos de excluirnos, el desierto nos envuelve. Nos volvemos inmensidad de arena al igual que, escribiendo, somos libro.”

Mapa de lecturas
Agreguemos otros indicios, de los tantos que podrían destacarse en este volumen; puede observarse una comunión con lo real en el tratamiento estético de las “cosas en sí”, lo que integra y conforma el mundo. También se articulan las lecturas (Bellow, Darwin, Czeslaw Mislosz, Baudelaire, Eliot, Artaud), la influencia de otras prácticas artísticas que se cuelan en la escritura (la música de Horacio Moscovici o The Beatles; Myrna Báez con su pintura “Ramón”, Rubén Jozami con el detalle intervenido de fotografía de tapa del libro). La utilización de la página en blanco como material fundamental en la creación poética, al modo de Mallarmé, Apollinaire y las vanguardias. Los posibles intertextos, en el poema “Lluvia luminosa” se percibe la correspondencia con la obra “Los muertos están ebrios”, de Lubicz Milosz.
Pero regresemos a la situación inicial, al título ―amparados en las “paradojas que suele desatar el sentido ambiguo de todo lenguaje”―, a su cifra, a su clave, a ese síntoma que se resuelve con la fundación del nombre porque se ha logrado atar lo real, lo simbólico y lo imaginario. Todo eso queda signado en “Es lo que no sé”.
Miguel de la Cruz lo publica, y con ello nos invita a interpretarlo, a que cada uno de nosotros participemos de su experiencia. “Es lo que no sé”, es poesía, y respecto a la poesía se puede decir lo que dice una copla mendocina: “Es un árbol sin hojas que da sombra”, o lo que dice San Juan: “Que es ese no saber sabiendo.” El autor sabe lo que es, aunque titule “Es lo que no sé”. Ustedes lectores, si lo desean, pueden, o podrían, saberlo.

Poema de Miguel de la Cruz

Nido en una máquina

Tres desarmaban una máquina
con tal de apresar el nido que bullía adentro.
Parecían jactarse
de no necesitar leer y escribir
para desmontarla
y llevarse la presa
que nadie podía imaginarse
que estuviera allí,
por leído que fuera.

Y eran tres, como siempre:
un líder, un segundón
y el que está al tanto de la venta de pájaros.
El armazón tenía por todo centro
un corazón ajeno a los hierros cruzados.
Un pájaro cerrado sobre sus críos
había armado un nido de pocas pajas.
El resto eran colillas,
tiras de celofán, estopas,
lo que hay para anidar
en un desarmadero de máquinas.

Justo había salido, como sucede,
y tuvo que presenciar de afuera
cómo invadían su amparo.
Los tres sabían
que el desamparado los estaba mirando,
oyendo como nadie
el cuchicheo alarmante de sus críos,
sin nada a su favor.
Los tres sonaban a herramientas de brutal precisión.
Iban llegando al corazón de su idea fija,
buscando la pieza clave de un destino
que siempre se muestra en un final.
Estarían por palpar el fondo entre blando y hueco,
el único rincón que entibiaba a la máquina, el final vulnerable.
Todavía no, pero en cualquier momento
uno de los tres iba a anunciar: “acá está”.
Y el pájaro, en vuelo corto,
y en zigzag
chistaría,
afónico,
subiendo
y bajando,
clamando por entrar al fondo entrañable.
Todo el vivir
que le había insuflado a la máquina
iba a ser destejido,
así graznara como un cuervo
y arrojara su sombra sobre los tres.
No iba a distraer a ninguno
de su técnica superior
que les daba el saber calcular
cuánto quieren
y pueden conseguir…

“Yo dejo aquí”:

Es lo que siempre termina haciendo un poeta sobre el
final. Es ley que el poema jamás se termine de escribir.
cuando lo que queda por decir es que la luz se está
yendo, el poeta vuelve a vivir en el campo y el resto se
completa solo, casi no hay vibración, se queda sin
palabras lo que fue claridad, como sin pájaros el
anochecer…

El tigre no es un animal // Solo se baña una mujer // Otra vez me llevarán las multitudes // El corte argentino

Evocando a Escudero

Jorge Leonidas Escudero (San Juan, 1917-2016) fue el poeta del movimiento, del impulso que lleva el tren, de las carnívoras flores, del mar a ser como es hacia un infinito, hacia un vuelo de pájaros, a ese cielo nuestro de los poetas donde instala su constelación, su cosmogonía, su sello en la impronta del decir de una escritura que corre entre el descubrimiento, la inutilidad y el ensueño. Ese cielo donde se instalan Calveyra, Groppa, Zelarrayán, Gelman, Biagioni y tantos otros que  nos han dejado ese techo de referencia.

Espero una visita a la cual si la veo venir hacia mí me engaño, ella es ella solo cuando ya esta aquí, dice Escudero desde ese vivir en un presente de estar y no engañado por la mente, por su falsa interpretación. El hombre cree que él puede fabricarla, dice, poemas para salir de la confusión y darse cuenta de que lo real, no lo que la mente fabrica, está en el ahora de la realidad, no en la película-ensoñación de la realidad (fragmentos del poema “La visita”).

Un hombre que publicó su primer libro a los cincuenta años, y llegó a la veintena de títulos, con una gama de escrituras que incluyen lo conversacional, lo intimista, el surrealismo, refranes atravesados por verdades de una ampliación de la conciencia, observador más allá de lo que los sentidos ofertan, de un todo que tapa la claridad que está atrás de las cosas. Una escritura de hipérbaton, hipérboles, siempre haciendo hincapié en un tiempo presente, como en el poema “Levantar la pérdiz”: este es un escrito para que en la cabeza te lo pongás / cuando a hacer el intento en campo azaroso ir / a ver si te ayudo a reconocer lo que es la chispa /  quién es el ello ese intruso quién? /  averígualo a puro no dormir. 

Una línea conversacional naturalista que explica por qué canta, una bruma de sílabas que va haciendo su cosmograma, su expansión de matices, de lo que vibra en las cosas, esa transfusión que hace el poema arrastrando los sentidos. Es el poeta del primer motor inmóvil. En él están todos los movimientos con solo estar, un decir, un contemplar, un meditar. En esto que existo estar atento / al lenguaje de los pájaros (dice en el poema Carlos Guido Escudero). Un olvidar todo sin dolor porque esa es la clave en la última parte de este viaje, nos dice el poeta. Olvidar no podemos, pero sí recordar sin dolor: era en un tren pelota de ping pong de aquí a allá volver… / un rapidísimo quedarnos en nada… / pero agitó la mano como diciendo así la vida es así…  (poema “Encuentro mustio”). Es el tren, el tema del retorno: siempre se vuelve hacia una nada o vacío que es el todo desde donde se sale, vacío de las palabras casi metafísico, silencio que planea entre dos realidades, la del juego y la del ser como en el poema 32 del libro, “Los grandes jugadores”: si un muchacho habita en la puerta del casino / empujadlo para que entre / seguro necesita ir al foro de los demonios a discutir su tesis… /  que necesita ir a un largo viaje y le pide a Colón ser su grumete / pero como ello no existe querrá que la tercera se lé de ocho veces / los números siempre y el colorado… / nadie toque mientras exprime el limón de su corazón… / él es mi hijo algo que de mí mismo dejé en el tapete. Un poeta que en su regionalidad se hizo universal porque su viaje iba más allá de un territorio: estaba en el territorio del ser, ese que nos abarca a todos pero que solo pocos (Escudero, por ejemplo) viven.

 

 

Tres poemas de Jorge Leonidas Escudero

 

AMIGO ÍNTIMO

Era noche de viento anoche cuando
desvelado oí al gato amigo, el perdido,
llamándome.
Su quejumbre apagada oí e el impulso
tuve de abrir todas las puertas a recibirlo.

Veinte días ya,
y si no lo mató un perro viene ahí.
Salte de la cama y corrí a la ventana
ver si lo veía y hacerlo entrar
acariciarlo darle comida. Sucio, flaco
estaría después e tanta ausencia.

Entonces otra vez oí el llamado;
pero mi di cuenta no era el gato,
era una persiana que con el viento hacía
tal quejumbre.

Cerré la ventana.
Fui a mirarme al espejo ver qué cara
le queda a uno después de desilusionarse.
Y en esas vecindades de viento engañador
y ladridos nocturnos
volví a la cama a no poder dormir. Acaso
¿esto es mucho decir sobre la ausencia de un gato?
A OTRA COSA

¿Pongámonos bien la vida

que nos pusimos del revés?

En vez de alimentar historias de plomo

digamos cosas fáciles.

En vez de hacer de perro del hortelano,

o llorar a la luna porque no nos quieren,

echemos pájaros en el jardín de las preciosidades.

Probemos saludar a desconocidos

a ver si aparece el amor,

pues qué delgado está el mundo,

qué pálido, y necesita apoyo.

Aventa una palabra uno y afecta al tiempo futuro;

por eso hay que hablar con cuidado

y sonreír más.

Pongámonos bien la vida a ver qué pasa,

pues así como estamos se han desequilibrado

los bancos de las plazas

y si no intervenimos

¿a dónde va a ir la gente a tomar aire?

 

CAMPOS DE LA DIFUNTA

 

Otra vez ando el campo este seco

de retamos jarillas e írseme la tarde

en lo que es ver,

sin más estar que en mis ojos la yerma

extensión del desierto sanjuanino.

Sesga un pájaro desde y va a

lo mismo siempre lento a lo mismo vuela

como si no se moviera y se apaga.

El cielo enciende alguna estrella sobre

los jarillales ya oscurecidos.

Monte achaparrado donde ha muerto

y vive la Difunta Correa.

Y es su hijo es quien llora

en tanta soledad viento trío.

Y ese es mi estar aquí en ‘l inmenso

campo santo de ella, bravía sed a donde vine para

en lo que me es ver sentir,

tras el pájaro huyente del día

la unión con la Madre.

 

El tigre no es un animal // Solo se baña una mujer // Otra vez me llevarán las multitudes // El corte argentino

Tres nombres para decir Tierra del Fuego

Nada más acorde, para una revista literaria nombrada a sí misma Excéntrica, que incluir la poesía de quienes, justamente, viven y producen fuera de los centros, en los territorios alejados, como es la isla más austral de la Argentina.

Y si de poesía se trata, pensar en Tierra del Fuego es pensar en Niní Bernardello, Anahí Lazzaroni y Julio J. Leite, tres voces fundamentales de la tradición poética fueguina. Son fundamentales no solo por su camino ya andado, puesto que vienen escribiendo desde hace más de treinta años, sino también por su actualidad, y porque representan un faro indiscutible que alumbra la producción de otros poetas y escritores de la región.

Presentamos aquí una muestra de estas tres poéticas que persisten e insisten desde las soledades de la Isla, cada una con su singularidad: la poesía de caudal íntimo, soberbiamente lírica, de Niní Bernardello; la poesía de puertas adentro, aguda y certera, de Anahí Lazzaroni, y la de pulso urgente, descarnada y sensible, de Julio J. Leite.

 

NINÍ BERNARDELLO (Cosquín, 1949), poeta y artista visual radicada desde 1981 en Río Grande. Publicó: Espejos de papel (Sirirí, 1982), Malfario (Último Reino, 1985), Copia y transformaciones (Tierra Firme, 1991), Cantando en la casa del viento. Poetas de Tierra del Fuego. Antología (Editorial Universitaria de la Patagonia, 2001 y Editora  Cultural Tierra del Fuego, 2014), Puente aéreo (Tierra Firme, 2001), Salmos y azahares (Argos, 2005), Natal (Bajo la luna, 2010), Yeso tango (edición bilingüe e ilustrada, Editora Cultural Tierra del Fuego, 2012) y Agua florida (El suri porfiado, 2013). Ha participado en antologías y festivales de poesía tanto nacionales como internacionales. Integró el dossier de seis poetas argentinos presentado por la revista L’intranquille en el marco del Salón de París, en marzo de 2014.

Los cinco poemas que siguen conforman la serie “Homenaje a Isla de los Estados”, de su Antología íntima, que la editorial El origen del viento está próxima a publicar.

 

Jáius

 

La masa ondulante, elástica

está allí al alcance de la mano

de los ojos. Eterno vaivén del agua.

 

Quito la lectura de mis ojos

y quedo en la desembocadura

del torrente marítimo, desnuda.

 

Frío de nubes oscuras, dibujos de hielo

sobre la superficie hostil, sedienta

de una posición sagrada, de circular visión

 

Jáius, la que cierra y cuida las cordilleras

lejanas, intangibles, desliza en el rumor

del viento y de las aguas, los secretos de la isla.

 

 

*

 

Jáius, lugar del templo mayor

Intangible onda de luz mítica

ascendiendo desde la cordillera

distante, tanto que solo la mirada del

joon cree verla, Jáius, isla del poder

 

Nido de Wintek, nido del este

misterioso centro de la palabra

El color amarillo de la luz te otorgaron

dicen, en la soledad del fin del mundo.

 

 

La voz del mito

 

Vuelvo a subir los acantilados

enredándome en las algas terrosas

como si fueran sombríos lazos de captura

obligándome a huir.

La palabra que me nombra evoca la luz

del sol amaneciendo en el canto del universo

la raíz de todo la llamaban.

Puedo abrir y cerrar los ojos

la cordillera traslúcida y lejana permanece

allí, en un margen vacío

como visión inalterable de lo heredado.

 

 

*

 

Cuando digo belleza te veo

cercano Mar en el roce

de mis manos te veo

encendido en gris y plata

cubriéndome con tu oleaje

tan fantasmal como cierto

Cuando digo belleza

te busco bajo las estrellas

heladas de la Cola del Dragón

y siempre estás ahí fluyendo

como la palabra, como la vida

derramándose en tus aguas verdaderas.

Cuando escribo belleza

solo ansío verte para

regresar al borde blanco

de esa llanura de espejo

líquido donde dejo mis sueños.

 

 

Mítica

 

Sombras y violenta marejada. Bordes nítidos

sobre un vacío irreal, de fin del mundo.

Las cumbres bajo la niebla son lenguaje

reverente y consagrado por la intemperie

de todo lo visto como si fuera último.

Eso que termina y recomienza

siendo inicio, núcleo, raíz de todo-todo lo vivo.

Montañas invisibles para los ojos

del que invadiendo conquista

y corta, impiadoso, con el pasado.

 

 

Faro

 

Te veo desde la materia oscura

y convulsionada de rocas y mar

ascendiendo, dueño del cielo

de bosques y mareas, para abrir

los suntuosos ramos de vapor y nieblas

del aire tormentoso y así diseñar

en el último espacio del mundo

un decir sin objeto, ni voz ni sonido.

Haz de luz muda, irreal, girando

sin descanso como una mujer ahogándose.

 

 

ANAHÍ LAZZARONI  (1957) nació en La Plata y reside desde su infancia en Ushuaia. Ha publicado El poema se va sin saludarnos (Último Reino, 1994), Bonus Track (Último Reino, 1999), A la luz del desierto (Último Reino, 2004), El viento sopla (el suri pofiado, 2011). Codirigió, junto a Alicia Lazzaroni, la revista Aldea, de la que salieron 49 números entre 1986 y 1994. Colabora en diarios y publicaciones del país y del extranjero. Poemas suyos han sido traducidos al italiano, francés, coreano y catalán, e incluidos en diversas antologías.

Los poemas que siguen pertenecen al libro inédito Alguien lo dijo.

 

Siempre los muertos

 

                                 A Catalina Boccardo

 

Para ir al panteón se viaja

en caravana.

 

Atravesamos el pueblo

bajo un sol africano.

 

Llevamos las flores y los floreros.

 

Tengo ocho años

veo a mis tías tensas,

y mi abuela está enojada.

 

Si no vamos al cementerio

la familia gruñe.

 

A esos muertos

que ellas tanto veneran

 

nunca los conocí.

 

 

Dos barcos

 

No sé por qué me persiguen dos barcos

 

que se estrellan en la madrugada

o en una noche que no es ni áspera ni dócil.

 

Apenas veo sus proas.

 

No los distingo los siento ahí

en alguna parte del mar,

de otro mar que no es el mío,

tampoco el de los sueños.

 

Quizás sí sea el de la infancia,

más allá del Le Maire,

el de los libros o el de las pesadillas de invierno.

 

Dos barcos grises, sin tripulantes,

chocando sin ruido

 

entre olas altas.

 

 

Poemas chinos

 

                                 A Miguel Ángel Petrecca

                             

Casi nunca breves, con numerosos ríos.

 

Escritos por poetas que abandonan las ciudades

para ir al campo empujados por la revolución.

 

El libro lo trajo el cartero

una de esas noches sin grandes imprevistos.

 

¿Qué sucederá dentro de las otras casas

mientras leo?

 

China queda lejos.

 

 

Enigma

 

¿Para qué recordar esta melodía

si desconocemos de dónde viene?

 

¿Por qué razón vuelve

si no la podemos cantar?

 

Hubo un tiempo que estuvo

en nosotros

al igual que tantas cosas.

 

El pentagrama está vacío.

 

 

Poetas contemporáneos o el legado de lo cursi

 

                                   A Jorge G. Garzarelli

 

Queridos amigos:

 

Nuestro gran deber es mantener a los lectores en vilo

sabemos que la poesía aburre a la mayoría de los mortales.

 

Temen hallar golondrinas, rimas tontas,

crepúsculos, maderas de sándalo.

 

Y si nos descuidamos

hasta a ese par de muchachas hoy tan desprestigiadas:

 

la costurerita que dio el mal paso

y la pulpera de Santa Lucía.

 

 

JULIO J. LEITE nació en Ushuaia en 1957 y vive desde su infancia en Río Grande. Publicó los poemarios Cruda poesía fueguina (ed. del autor, 1986), Primeros fuegos (en coautoría con el poeta Oscar Barrionuevo, Municipalidad de Río Grande, 1988), Edad sol (ed. del autor, 1990), Bichitos de luz (ed. del autor, 1994), De límites y militancias (Atelí, 1996), Aceite humano (Parque Chas, 1997), Piedrapalabra (Parque Chas, 2003), Breve tratado sobre la lágrima (El suri porfiado, 2009) e Invocación (Parque Chas, 2011). Poemas suyos han sido incluidos en numerosas antologías, entre ellas, el Libro de lectura del Bicentenario (Secundaria I) (2010) publicado por el Ministerio de Educación de la Nación. Su poesía forma parte del disco Patagonia. Canto y poesía, que reúne a referentes del movimiento patagónico de música y poesía “Canto Fundamento”.

A continuación, una selección de poemas:

 

Cómo hacer un sueño

 

Juegue a la payana

con sus ojos,

cuando la mano izquierda

esté extendida

esperando

piedritas de miradas,

ciego mire al cielo

y con la misma mano

afírmese a la tierra

y a su gente,

en el cielo

no hay nada.

 

(de Aceite humano)

 

 

De límites y militancias

 

Yo,

continente de huesos y delirios

milito al sur

con la tierra,

por eso afirmo que ando

sobre mi larga y buena madre

arrastrando un Edipo

que no quiero que muera.

 

Limito al norte

con un supuesto reino celeste,

mi cabeza,

mi corazón,

–estados influyentes–

no aceptan esa monarquía

y sus embajadas terrenas.

 

Mi este

y mi oeste

forman un espacio justo,

juntando esos dos puntos

puedo abrazarte.

 

(De De límites y militancias)

 

 

La revolución de los pastitos

 

Los pastitos, esas humildes gramíneas que todo el mundo pisa, son muy charlatanes. Dicen que el viento les enseñó a hablar. Una vez un abuelo pasto que cargaba la memoria verde me contó sobre Atila y su caterva Mongólica. Entonces descubrí que era mentira eso de que “por donde pasaba Atila no crecía más el pasto” porque si hubiera sido así: don pasto memoria verde no habría podido contarme sobre Atila.

En otra oportunidad me encontré con un montón de pastitos amarillos, los habían colocado dentro de una camisa. Eran el alma de la vieja prenda y sobre una cruz de palo con sombrero, cuidaban una plantación de rabanitos, con voz muy chiquita, porque estaban moribundos, pero a coro, me dijeron los pastitos:

–Vale la pena morir por el rojo que se oculta bajo nuestra madre, mientras tanto ella, nos regala el verde y eso nos hace recordar a nuestra infancia.

Desde entonces traté de aprender a caminar sin pisar pasto. Digo que traté, porque por esa condición de entrega que ellos tienen, corrían hasta debajo de mis suelas y saltaban hasta chocar sus cabecitas amarillas contra mis zapatos.

Un buen día me tiré sobre la noche de los siempre y me puse a llorar, horas, días, años. Anegué mi cuerpo con mis lágrimas, vinieron el sol, la sangre, las estrellas, y a través de mi piel comenzaron a nacer los pastos tiernos… ¡Buen día! me decían, ¡buen día madre! Y yo hacía morisquetas para alejar a los gorriones y a otras aves, hasta que lo logré. Ahora soy todo pasto y me hice amigo de los pájaros. Ya no hago más morisquetas y espero a las ovejas. Ellas cuando comen, comen de raíz, y en una de esas, cuando arranquen el pastito que germinó dentro de mi corazón, me arrancan el corazón… Y bueno, es bueno vivir y morir como pastito, ser amarillo y sincero.

Hoy que han terminado las cuestiones de la nieve y el frío, hoy que supuestamente entramos en la estación de los brotes,  asumo mi condición de pasto. Písenme estúpidos de siempre, maten mis ganas de parecerme a los rayos del sol. No importa. Algún camarada pasto se levantará en armas sobre esta noche de mierda, entonces los jinetes tendrán petos y yelmos de pasto, los ojos de los caballos serán pasto y el pasto cotizará en la bolsa, compraremos con pasto, haremos seguramente una revolución de pasto. Que así sea.

 

(de Piedrapalabra)

 

 

Cuarto creciente

 

La luna

es un retazo de noche

que nos falta,

un cementerio de perros,

pan de grasa

que no alcanza.

 

 

(De Edad sol)

 

 

 

Preguntita

 

Y si dios

fuera una trucha enorme y saltarina, una Arco Iris

con un cielo al fondo y todo el viento?

 

Y si mi padre Vital me esperara

sin sangre en la boca

en la otra orilla de la vida?

 

(De Breve tratado sobre la lágrima)

 

En el collage que encabeza la nota: Niní Bernardello, Anahí Lazzaroni y Julio Leite.

 

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