by Claudio Medin | 2 \02\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \02\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Notas
Hay libros que auscultan una época. Dialogan y debaten la conformación del campo intelectual. Hay libros que resignifican la conformación cultural del país y en momentos críticos sirven como brújula para comprender la tradición y el estado de emergencia. Aguafuertes provincianas de Pedro Patzer cumple esa función y nos religa a la América profunda, a la Patria Grande.
Pensar(nos) en el país a través de la historia irreductible de sus pueblos, de sus héroes y personajes, pero también de los artistas y creadores que han retratado el pago chico que irrumpe con una fuerza arrolladora en el escenario nacional con sus matices, sus fraseos y tonadas. Un país que conjuga en su cultura numerosas culturas, diversas idiosincrasias y cosmovisiones de la vida, la naturaleza. El arte, en este caso particular y como ya lo hiciera en otras oportunidades, se plantea como manifestación y representación de la sensibilidad y el pensamiento nacional.
El diálogo comienza con la misma reflexión de Pedro Patzer…
―Desde la protesta de los Qom, hasta Spinetta… ¿Cómo es nuestro país, nuestra cultura popular? Es justamente esa unión. El Cancionero de los Ríos; la “Zamba del Río Robado”. Todo tiene que ver. Tiene que ver con los ríos, y ese todo se une. Spinetta también tiene que ver con los ríos, los Qom; que es una síntesis de lo nuestro.
―Es parte de nuestra idiosincrasia… La acumulación de manifestaciones que conforman a nuestra cultura, o nuestras culturas.
―Sí. Cuántos mundos, cuántas Argentinas hay en Argentina. Cuántos argentinos hay en cada región. Cuántas Argentinas hay en el hombre de la llanura que mira el horizonte, y tiene esa profundidad, ese infinito. Cuántas Argentinas hay en el hombre que es del país de las montañas, que tiene otro tipo de horizonte, y tal vez un horizonte más velado.
―Estas aguafuertes provincianas conjugan, o tratan de conjugar, todos esos mundos, que somos nosotros mismos tratando de contar nuestro lugar, ponerle melodías, ponerle poesías. ¿Cómo ha nacido esta obra? ¿cómo se ha ido construyendo?
―Esto se escribió, si bien en los dos últimos años, esto se viene construyendo en los últimos diez años. Porque desde casi diez años atrás trabajo con Marcelo Simón, en Radio Nacional; y hace diez años que estoy conociendo la otra Argentina. Es decir, estoy conociendo que esos ríos, que esas rayitas azules que figuran en los mapas, no son solamente ríos, sino que son universos. Universos donde en las orillas está la cultura de tantas cosas, y en los ríos navegan tantas otras, tantos oficios; y también ríos que se roban, que generan tantas canciones. Esto nace realmente de darme cuenta que también hace diez años recorro este camino. Podía hablarte de Rimbaud, de Baudelaire, pero no sabía quién era Morisoli, quién era Bustriazo, quién era “El Bardino”, quién era Ramón Ayala, quién era Petrocelli. En la Universidad de Letras de Buenos Aires me enseñaban a contemplar al Manifiesto Surrealista de Bretón, pero nadie me hablaba de lo que era un antigal. La mejor manera de conocer ese mundo fue a través de la gente, a través de la mirada, de las manos de un zafrero, de la mirada de un minero, de la espera de un pescador, de la espera de un mariscador en Corrientes. De todo lo que es el Zonda, de todo lo que interpela en el alma el Zonda, o el Pampero y en la Patagonia con sus vientos. Los pueblos petroleros. En fin, tantos universos que están dentro de nuestro país, de tantos países que hay dentro de este país.
―Una gran riqueza de mitos, de leyendas, de personajes que forman parte, justamente, de nuestros pueblos. Qué interesante que citaras a Baudelaire, ya que permite decir que uno no deja algo porque encontró otra cosa, sino que trata de combinar. Él hablaba de las correspondencias.
―Claro; es así. El otro día estaba hablando en Buenos Aires con el periodismo en ETER; me habían juntado con el director de la revista Rolling Stone. Decía que está bien que exista esa idea de Carlos Fuentes, ¿no?, cuando refería que los argentinos venimos de las naves; pero eso está omitiendo una cultura ancestral. Tonto el que cree que solamente tiene 500 años. Tenemos siglos, pero muchos siglos, tenemos el maíz, tenemos la papa, tenemos tanto, pero además de tener esa cultura ancestral, venimos de los trenes, somos hijos de los trenes. Esos trenes trajeron leyendas, carnavales, culturas, tonadas. Esos trenes que recorrieron el país y que fundaron pueblos, también fundaron desiertos cada vez que cerraban un ramal. A eso me refiero, que podemos leer a Baudelaire y todo lo que vino con las naves. Entonces no tenemos que olvidar que nosotros somos de acá, que nos gusta el aire de aquí como diría Yupanqui. Y que hay una cultura central, pero también hay voces latentes que nos están hablando todo el tiempo, o que están esperando para hablar. Es como dice Morisoli, en el cielo algunos ven la Cruz del Sur, nosotros miramos el guanaco sideral que nos rodea, que nos acecha, que nos enseña.
―Cuando hablabas recién de los trenes recordé ese pasado en imágenes de poetas. Poetas que, de alguna manera, también sentían ese viaje en tren como algo muy particular: porque se llegaba a un nuevo lugar, o volvían al lugar donde habían vivido. Como Francisco Madariaga, que tiene sus trenes fluviales. Además Jorge Teillier, poeta chileno, también, a través de sus trenes vuelve a su lar, adonde está el tiempo como detenido en el pasado. Ellos, de esa forma, fueron cociendo una visión del universo que quieren conservar a través de la escritura.
―Es tan fuerte los trenes para las poesías. Neruda se llama Neruda por culpa de los trenes. El padre de Neruda era un ferroviario de Temuco, y no soportaba que su hijo se llamase Pablo Neruda. Es decir, Pablo Neruda es un nombre que adoptó como poeta. Le gustaba como nombre, Pablo, y Neruda lo adoptó de un poeta checo. El padre, que era conductor de trenes en Temuco, no le gustaba que su hijo fuera poeta. Pablo Neruda, entre otras cosas, dijo que no hay nada más triste que un tren detenido bajo la lluvia. Qué imagen tan fuerte. También Manuel J. Castilla, hijo de ferroviarios, y Yupanqui, que decía que su padre era un ferroviario pobre con libros, y María Elena Walsh, también, hija de ferroviarios. Cuanto nos han dado los trenes.
―Conciliarías con que el arte no es algo indistinto y que está separado del hombre “común”, sino que es parte de él.
―Claro. Totalmente. Esa es la clave. La cultura popular se funda en la figura de esos ilustres desconocidos, esos próceres cotidianos, que son los que hacen esta cultura. Esa mirada de lo que hablamos. ¿Cuántos ferroviarios que se quedaron sin trenes y que, de alguna manera, murieron; y con ello todo un paisaje? ¿Cuántos baqueanos o reseros, como los que hay en el Don Segundo Sombra, se perdieron? ¿Quién es más dueño de un horizonte que un resero? Tantos y tantas personas hicieron y hacen nuestra cultura popular.
Ustedes en La Pampa tienen lo suyo. Carlos Loza, uno de los músicos más talentoso de La Pampa, me fue enseñando esta secreta Pampa. Todos esos secretos de La Pampa, con su reunión de poetas, con el colectivo de voces. Conocí a poetas maravillosos como Edgar Morisoli, que llega a hablar de la tabla del náufrago. Y uno se pregunta: ¿pero qué naufragio se puede tener en la mitad de la llanura? Entonces se comprende todo ahí, en esas creaciones; uno comprende que “La Pampa es un viejo mar”, como escribió Ricardo Nervi.
Y es tan extraordinario todo este conocimiento que, como bien señalás, no tiene que ver con un ámbito cultural, ni de élite, sino que se respira, que se vive, que está en la gente. Claro que está en un naufragio, en los nacimientos; pero, por sobre todo, en la gente con la que nos codeamos todos los días.
―Rodolfo Kusch recupera gran parte de ese sentir cuando nos dijo que “la cultura es una cuestión de tripas”…
―Sí, un gran maestro. Él que pudo develar esa tensión entre hedor y pulcritud; si no nunca se sabe quiénes son los del hedor y quiénes los de la pulcritud. Es como los civilizados y los bárbaros, que al final los civilizados terminaron cortándoles la cabeza a los bárbaros; como pasó con el Chacho Peñaloza. Para saber quién es quién en este hermoso continente. Este continente que tiene tanto por descubrirse y por mirarse, para entenderse.
―Cuando leía el libro imaginaba a las provincias como provincias flotantes, es decir, veía que no estaban contenidas por los límites geográficos; sino que esas provincias se iban acercando a Latinoamérica.
―Y sí, y cada vez más, no? Mirá, aprendí una cosa en el tantanaku infantil de la Quebrada de Humahuaca, cuando llegaban los changuitos de los pueblos de la Puna. Es que se dieron cuenta que todo aquello que les habían enseñado para avergonzarse era su verdadera riqueza. Era y es un verdadero tesoro. Por mucho tiempo los hicieron avergonzarse de su idioma, de su rostro, de su color de piel, de su canto. Pero ahora estoy notando que lo están mostrando como algo muy suyo, ancestral. En ese tantanaku infantil están sus verdaderos tesoros, sus verdaderas riquezas. Empecemos a descubrir nuestras verdaderas riquezas, porque los hombres que tengan esas riquezas van a ser ricos siempre; aunque estén con las manos vacías siempre van a ser ricos. En la Argentina profunda, en ese sentido, tenemos muchas riquezas, paisajes, escritores, músicos. Un rico y largo camino de sabidurías populares.
―Otras de las cosas valiosas en Aguafuertes… es que recuperás a un personaje muy importante que nos ha enseñado a ver y a entendernos, a Jauretche.
―Sí, sí, a don Arturo Jauretche. Yo era uno de los “zonzos”, como dice él… (risas).
―Bueno, muchos hemos sido zonzos…
―Claro. Estudié letras y quería morir en una buhardilla de París, creía en todas esas tonterías. Pero con la crisis del 2001, al enfrentar un montón de cosas, uno empieza a comprender que “existe una sabia organización de la ignorancia”, como decía nuestro querido Jauretche. Nosotros tenemos que dar todo para comprender por qué somos como aquellos que fueron señalados como bárbaros. Ese es nuestro camino, y no el de los civilizados, que lo que hacían siempre era señalar a lo extranjero como lo fundamental, anteponiéndolo a los nativos, que era lo que se tenía que despreciar. Lo cierto es que en lo que se hace debemos parecernos a nuestra gente, a nuestro paisaje, y resguardar la particularidad de la tonada. Me parece que eso es fundamental, parecerse a lo que uno es, siendo con nuestra gente, con la gente necesaria; y descubrirnos en esa gente.
―Queda evidenciada aquella alusión de Jauretche sobre la pedagogía colonialista y que se ha ido deconstruyendo en estos últimos años; apelando, por ejemplo, un poco a la mirada de los procesos políticos que está viviendo Latinoamérica. Encontrar a Gilberto Gil y uno de los Buarque en el gobierno de Lula da Silva, a Ticio Escobar en el de Lugo, a José Nun, Teresa Parodi y Jorge Coscia con Néstor y Cristina. Un texto del libro está dedicado al Comandante Hugo Chávez; que también ha marcado la historia y nos incluye al recuperar a la sabiduría popular, a los cantores, a los poetas…
―Claro, fijate, ¿cuántas veces nos hicieron avergonzarnos de nosotros, de nuestra sangre? ¿con cuántas escenas nos hicieron creer que lo mejor estaba afuera? Acá, en nuestro país, existe un poeta tan extraordinario como Edgar Morisoli, poeta vivo. Me pregunto: ¿dónde está Edgar Morisoli? Y esto no sucede solamente en Argentina, también en Latinoamérica, y en el mundo. ¿De dónde es Morisoli?, bueno, nació en Acebal, en Santa Fe, pero gran parte de la obra de Morisoli es de La Pampa. Y les digo cuando voy a La Pampa, tienen a Morisoli, tienen a un Neruda acá a la vuelta. Lo que tenemos que aprender es eso; a conocernos, a encontrarnos. A ver cómo encaja acá nuestro tesoro; investigarnos, leernos y saber más de nosotros, a ver si encontramos, de una buena vez, la Ciudad de los Césares. La Ciudad de los Césares es una gran metáfora de todo lo que tenemos para dar, de esas ciudades increíbles que tenemos para encontrar, Lin Lin, Trapalanda, y todo lo que nosotros somos. Jauretche me parece que es fundamental. Es fundamental para luchar contra eso que decía Leda Valladares, de que “nos trae la cigüeña de París, no el cóndor de los Andes” (risas). Tal vez sea el tiempo de que nos traiga la diuca de La Pampa.
―La diuca haciendo nacer, o haciendo amanecer…
―Sí, como cuenta Morisoli. En La Pampa “la diuca no canta porque vaya a amanecer, sino para que amanezca”; eso es hermoso, eso realmente es hermoso.
Sobre Aguafuertes provincianas
Cuando un mapa geocultural se despliega no sólo emergen sino que también se identifican los matices políticos, sociales y artísticos de una región. Ese reconocimiento presenta y hace circular, ampliando su radio de influencias, tradiciones que forman parte de la idiosincrasia de los pueblos.
El libro Aguafuertes provincianas (Corregidor, 2013) regresa a las fuentes donde se cimientan las obras que refieren y representan a un lugar, a una generación; dando cuenta de la historia y de los procesos que constituyen su acervo simbólico. Leyendas, mitos, anécdotas, poemas y cantos son reunidos por la memoria de Pedro Patzer con el afán de prolongar a través de la escritura un catálogo de expresiones, sabores y tonalidades de la patria “interior”.
En esta obra son convocados poetas y músicos, historiadores y artesanos, pensadores y trabajadores, en síntesis, hombres militantes de la vida. En el relato germinan las palabras y las melodías que retratan a esos mismos hombres con sus experiencias y sus sueños, con sus triunfos y derrotas.
Pero estos escritos no atinan nada más en recuperar ese pasado pleno de artistas e intelectuales, sino que repone las vivencias de los hombres de pueblo, con sus virtudes y miserias, y pone en evidencia problemas actuales como el paco, el glifosato o el enajenamiento que producen las nuevas tecnologías de la comunicación virtual.
Quizás deba destacarse el diálogo entre poesía y canción / canción y poesía (ya lo refería Borges: “El verso siempre recuerda que fue oral antes de ser un arte escrito. Se acuerda que fue primero canción.”), porque a ese camino lo han transitado muchos autores del mundo; entonces como no citar la exquisita complementariedad entre Joan Manuel Serrat y Antonio Machado o Miguel Hernández, Aldo Ferrer y Astor Piazzolla, Cuchi Leguizamón y Manuel J. Castilla, Pablo Neruda y Víctor Heredia, Teresa Parodi y Francisco Madariaga, Lalo Molina y Edgar Morisoli, Alberto Cortez y Juan Ricardo Nervi, entre otros tantos ejemplos. Pero este encuentro es determinante, no sólo en su perspectiva estética, sino también en sus consecuencias socioculturales, porque la raigambre de estas creaciones se hace carne en el hombre, son su alimento diario, porque como señalaba Rodolfo Kusch: “la cultura es una cuestión de tripas”.
Pedro Patzer con sus Aguafuertes provincianas nos recuerda a los hacedores que le pusieron voz y letra a la cultura, reconstruyendo un nutrido índice que se asemeja al concebido por las mujeres que conservan las recetas familiares, y nos invita a realizar un viaje por pagos, bibliotecas, boliches para que comprendamos, apreciemos y apropiemos la diversidad cultural de la Patria Grande.
Pedro Patzer
Estudió Letras en la UBA. Guionista recibido en el Iser, ha dictado allí clases de guión de radio (también en Eter y en el Centro Cultural Rojas). En La Folklórica, de Radio Nacional se desempeña como guionista (contenidos) desde 2003. Distinguido con el 3º Premio Naconal 2014 (Rubro Guión Radio y TV) con el galardón Santa Clara de Asís y con siete premios Argentores por escritura en radio: por “Pequeños Pueblos… Grandes universos” (2006); “Biblioteca Popular” (2006); “Canconero del pan” (2009); “La canción desesperada” (2010); “Bcentenario” (2010); “Facundo, un libro que Sarmiento escribió con amor a sus odios” (2011); “En el gran cielo de la poesía” (2011); y “Sagrado corazón del chagas” (2012).
Tiene publicados tres libros: Aguafuertes provincianas (Editorial Corregidor, 2O13); Las vocales (Landeira Ediciones, 2012); Efectos secundarios (Antología poética, Anaya, España. 2004); y Artefactos de Mar (De Alejandría, 2000).
Su primera obra de teatro, Epígrafes (2010), fue ganadora del concurso de dramaturgia del ciclo Teatro x la Identidad, de las Abuelas de Plaza de Mayo, y fue representada en todo el país.
Desde octubre de 2013 forma parte del consejo de radio de Argentores.
Estrenó en Julio de 2016, en Tecnópolis, su obra de teatro María Elena Walsh, ayudanos a mirar, tributo a la autora de “La Cigarra”.
by Claudio Medin | 1 \01\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \01\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Festival de Poesía, Sin categoría
Del 25 al 29 de junio de 2013 se realizó la quinta edición del Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro. Al igual que en años anteriores participaron poetas internacionales, de las provincias y de la Ciudad de Buenos Aires.
Cinco años ininterrumpidos de buena poesía, representativa de las distintas tradiciones argentinas y latinoamericanas. Más encuentros, más poesía de calidad, más identidad cultural, más diversidad poética.
Cobertura de la Televisión Pública
Apertura
25/06- Sala Solidaridad [2º SS] 19:00.
- Cristina Banegas dice a Juan Gelman.
- Presentación de los poetas internacionales invitados al festival: Alessio Brandolini (Italia), Rodolfo Dada (Costa Rica), José Angel Leyva (México), Omar Lara (Chile), Sandra Santos (Brasil), Fredy Yezzed (Colombia) y Xavier Oquendo Troncoso (Ecuador).
- Teresa Parodi, la poesía y la canción. Recital de la reconocida cantautora argentina.
- Presentación de la Revista de Literatura Latinoamericana Espacio Literario Juan L. Ortíz.
- Brindis.
Invitados Internacionales
Alessio Brandolini (Italia), Rodolfo Dada (Costa Rica), Jose Angel Leyva (México), Omar Lara (Chile), Xavier Oquendo (Ecuador), Sandra Santos (Brasil) y Fredy Yezzed (Colombia).
Invitados de las Provincias
Niní Bernardello (Tierra del Fuego), Emiliano Cruz Luna (La Plata), Rodolfo Godino (Córdoba), Ana María Pedernera (Lobos), Ramón Minieri (Río Negro), Alberto Tasso (Santiago del Estero), Priscila Vallone (Tierra del Fuego) y Tomás Watkins (Neuquén).
Invitados CABA
Daniel Calmels, Dolores Etchecopar, Javier Galarza, Juan García Gayo, Noé Jitrik, Claudia López, Lucio Madariaga, Jorge Ariel Madrazo, Eduardo Mileo, Hugo Mujica, Martín Rodríguez, Mariano Schuster, Emmanuel Taub, Juano Villafañe y Paulina Vinderman.
Auspician
Casa Nacional del Bicentenario, Secretaría de Cultura Presidencia de la Nación, Red Nuestra América de Festivales Internacionales de Poesía, Sociedad Argentina de Escritores, Ediciones Colihue, Editorial Losada y Antígona Libros.
Sedes
Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av Corrientes 1543 – Salas Solidaridad y Jacobo Laks) y Casa Nacional del Bicentenario (Riobamba 985).
by Claudio Medin | 1 \01\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \01\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Narrativa
Por Maumy González
Ramiro fuma sin apartar la vista de la ventana mientras escucha al Cuco. Desde la cama puede ver un recorte del cielo entre los techos. Aunque es su única ventana no se queja. Le gusta el sonido del cerro, las voces, la música estridente, incluso los gritos. La mezcla es como una orquesta desafinada y ese desorden tiene su encanto.
A los pies de la cama está el maletín. El Cuco lo dejó ahí antes de comenzar a hablar. Para convencerlo le dice que el trabajo es fácil. Solo tiene que hacer la entrega, ni siquiera tiene que saber qué hay dentro. A las diez debe llevar el maletín al bar del Indio. La China le marca al comprador, él hace el intercambio y regresa a la pensión. No debería haber problema.
Ramiro pregunta cuánto le toca. El Cuco dice una cifra y le entrega un revólver. Parece demasiada plata para un trabajo tan sencillo. Pero no puede dudar, para ganar respeto hay que arriesgarse. ¿Y si aparecen los pacos?, vuelve a preguntar. El Cuco lo mira de reojo, envuelto por el humo del porro que ha encendido. Te piras, le dice más con la nariz que con la boca, pero ni se te ocurra dejar el maletín.
A la hora convenida Ramiro se calza el revólver entre los pliegues del pantalón y la camiseta. Es raro el maletín. Pesa mucho más de lo que esperaba, incluso para la mercancía que está acostumbrado a entregar. Decide que es mejor olvidarlo y concentrarse en bajar las escaleras del cerro.
No hay mucho que ver en el barrio a esa hora, salvo las mismas casas construidas a medias, callejones y recovecos de siempre, todo apiñado hacia la cima como una pirámide interminable. Ramiro lo conoce de memoria. Está tan acostumbrado que nada de lo que hay afuera le hace falta.
Camina con un ojo en el suelo y otro a los costados, pendiente de cada rincón. Los métodos del negocio son claros: si hay que cargarse a alguno se le da un tiro y listo. Si por la mañana te tropiezas al muerto, hay que pasar de largo y persignarse sin mirarlo.
Llega al bar del Indio sin problemas. Hacia el fondo está la China, sentada sobre la barra con las piernas abiertas. Un cliente la manosea mientras ella ríe a carcajadas. ¡Otro ron, Indio!, grita, y aparta al tipo de un empujón. Ramiro la ve acercarse despacio, zigzagueando entre las mesas. Es el ritual de la fichera: pasar, reír y pedir tragos. Necesita divertir a los clientes, hacerlos beber hasta perder la conciencia y mucha plata.
Esta noche la China va de rojo y sin maquillaje. Así, con la cara lavada, le parece más bonita que otras veces. No ha llegado, le dice al oído cuando lo tiene cerca. Luego se aleja sin perder el ritmo. A Ramiro no le preocupa, sabe que regresará si la necesita.
Escoge una mesa y pide una cerveza. A su alrededor el movimiento sigue su curso: música, sudores y alcohol. Estar en el bar le trae recuerdos, algunos malos, otros buenos. Recordar es como meter la cabeza en un balde lleno de agua. Entonces el mundo desaparece y todo queda en silencio. Piensa en cuando era chico y su madre lo levantaba para ir a la escuela; en cuando jugaba a la pelota. Ahora es grande, un hombre de dieciocho al que le gustan otras cosas, como pasar la noche con la China y contarle los lunares del pecho.
Mientras bebe, Ramiro mira hacia fuera. Ve fluir la noche despacio. El comprador no aparece. Detrás de la barra está la China, que levanta el vaso y le guiña un ojo. Ramiro sigue esperando. Pide otra cerveza, aunque esta vez los recuerdos no llegan a calmarlo. La cara de su madre se le aparece como dibujada al carbón, con trazos tan finos que cualquier brisa se los lleva y él la olvida. Sus recuerdos son así, fugaces, prescindibles.
Unas mesas más allá hay una pareja manoseándose. Parecen viejas seleccionando mangos en el mercado. Chup, chup… hacen las lenguas. Ramiro sabe qué viene después. Lo de siempre, un revolcón en una cama que huele a sudor viejo y algunos billetes sobre la mesa de noche. Quizás un par de rayas si la chica se porta bien.
Suena el celular: es el Cuco. Le dice que el cliente canceló el trato. Igual consiguió otro comprador. Pagan el doble pero tiene que llevar el maletín hasta el centro. Ramiro se queja: salir del barrio es peligroso. El Cuco dice que no hay vuelta atrás, un trabajo es un trabajo. Además, la mercancía no aguantará demasiado tiempo fuera de un congelador. Lo esperan en una hora.
Por primera vez a Ramiro le interesa lo que tiene que entregar. Sube el maletín a la mesa, lo observa con cuidado. Por fuera está limpio, por dentro quién sabe. Ni siquiera se anima a abrirlo. Enciende un cigarrillo: hay algo vivo adentro, se repite. No es que le importe, pero tiene la sensación de que debe respetar algunos códigos.
Busca a la China. La ve bailando sobre la barra. Parece un cunaguaro. Intenta saludarla antes de salir pero ella no lo ve, sigue el ritmo con los ojos cerrados, metida en su propio mundo.
En lugar de ir al centro Ramiro regresa a la pensión. Poco le importa lo que haga el Cuco. Si quiere la plata tendrá que hacer el intercambio por su cuenta. Él no piensa mover un dedo para entregar algo que puede dañarse fuera de un congelador, aunque le paguen el doble. Prefiere pudrirse mirando el techo.
Más tarde aparece el Cuco. Ni siquiera saluda. ¿Dónde está el maletín?, le pregunta. Ramiro señala un rincón del cuarto sin dejar de mirar a una araña que cuelga del techo. Entre las patas tiene una mosca. Los insectos son bichos raros, como la gente, piensa. Deja la araña y mira al Cuco que revisa la mercancía. Mierda, dice el Cuco. Y cierra el maletín de golpe.
Ahora el cuarto huele a carroña. Ramiro se da cuenta de que los ojos del Cuco son como cortadas supurando. Lo conoce. Sabe que es mejor no quedarse quieto. Se levanta y saca el revólver. Pero el Cuco es mucho más hábil, antes de que pueda dispararle, lo tiene pegado al cuerpo.
Lo siguiente es un fogonazo. Siente una descarga eléctrica. Antes de caer se da cuenta de que la mosca ya no está, en su lugar hay un capullo blanquecino. Entonces recuerda la cara de su vieja y cierra los ojos. Mañana será uno más al que pasarán de largo sin mirar.
§
“Todas las mañanas un muerto” forma parte del libro de cuentos homónimo de Maumy González publicado por La Letra Eme en 2014.
Maumy González
(Maracay, 1974)
Es venezolana, ingeniera y escritora. Desde el 2005 vive en Buenos Aires. Sus textos han sido publicados en revistas y suplementos literarios. Todas las mañanas un muerto (La Letra Eme, 2014), su primer libro de cuentos, recibió Primera Mención Honorífica por el Fondo Nacional de las Artes. En 2016 resultó finalista en el Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia) y recibió una Segunda Mención en el Premio Municipal de Literatura “Manuel Mujica Lainez” (Argentina). Actualmente es Secretaria de Difusión de la revista literaria La balandra; coordina el Ciclo Ficciones en el Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”; colabora en la prensa y difusión de nuevos narradores; dicta talleres de narrativa y lleva adelante el blog #LaAquateca, como un espacio de intercambio de herramientas sobre la creación literaria.
by Claudio Medin | 1 \01\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \01\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Narrativa
Por Gabriel Payares
Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor
Vuelvo a vos,
con mi deseo, mi temor
ASTOR PIAZZOLA
“Vuelvo al sur”
Hoy deambulé sin parar durante horas, con los ojos abiertos y sonámbulos, deteniéndome sólo cuando así lo dispuso el cansancio. El dolor de pies acusa la distancia recorrida: en cualquier sentido posible, me encuentro bastante lejos de casa, pero no me genera ningún tipo de angustia perderme. Ha sido así desde que bajé del avión: aunque a ratos no sepa adónde ir, ni por qué, y me pregunte si ando errante como alma en pena, en el fondo me da lo mismo, me digo que todo turista es un espectro, un aparecido, una visión proveniente de un mundo distinto y siempre lejano, porque es absurdo tener a Ítaca a la vuelta de la esquina. Sentado a la mesa, sorbiendo un temeroso café con leche, extraigo mi mapa del bolsillo. Tenías razón: es una ciudad enorme, mucho más grande de lo que alguna vez llegaste a describir, a pesar de que hablaste de ella horas y horas sin parar. Imagino que sus calles y avenidas, ese enorme sistema nervioso, te quedaron pequeñas en la boca, en esa boca grande, laberinto, con la que das tanto placer y escupes tanto veneno. Trato, sin embargo, de no pensarte y me sorprende lo fácil que me resulta: me digo entonces que ciertos esfuerzos ya son en vano, pues en mi día a día, allá en mi casa, son raras las veces en que te nombro. Ya no escucho tu eterno bamboleo de platos y cubiertos, tu tecleo infernal hasta las tres de la mañana, tu eterno olor a cigarrillo. He vaciado mi casa de ti. Por eso no deja de inquietarme el súbito empeño con el que vine a esta ciudad, siguiendo tus pasos, visitando lugares cuyo nombre supe por ti, tomando fotos que tomaste o que probablemente pensaste en tomar, comiendo en los restaurantes que visitaste y preguntándome qué habrías ordenado en el menú. A ratos, este viaje luce como un plan programático por revivirte, o por evocar tu fantasma en los lugares que alguna vez describiste y que yo imaginé a través de tus ojos ambiciosos, perla de los ahogados que algún día flotamos en tus aguas traicioneras. Me siento como un arqueólogo persiguiendo las ruinas de Troya en distantes arenales y desiertos, exclamando un eureka apresurado ante cada fragmento de vasija que se tropieza, y enfrentando día a día esta ciudad con el pánico infantil de encontrarte a la vuelta de una esquina, de tropezarme contigo hecha puente, letrero, campo de flores, iglesia colonial o amplia avenida desierta. Me consta que asumes formas, que te disfrazas en mi memoria revolviendo cajones antiguos y que en el fondo agradezco que así sea, porque tu búsqueda es de cualquier manera inútil: si tan sólo supieras que hace mucho dejé de extrañarte, que mucho tiempo ha pasado desde que eché tus fotos a la basura, que deseché esos regalos y detalles tan especiales, que borré tus firmas y pinté tus huellas en la pared, que me convencí de lo que todo el mundo me decía y que hoy en día me resulta estúpida, atronadoramente obvio: que estoy mejor desde que te fuiste, que estoy mejor sin tu dolor, que todo ese miedo que le tenía a tu recuerdo resultó ser mucho más leve que el peso insoportable de tu presencia. ¿Y entonces?, interrogo con la mirada al mesonero frente a mí, ¿qué hago yo aquí, persiguiéndote como a un recuerdo de infancia, como a una cometa enredada en el cableado de la ciudad? ¿Qué oscura razón me trajo al frío, a la comida grasienta, a la soledad? El mozo me contesta, en su acento extranjero, anotando en su libretita el último relato de un libro secreto e imposible: que te convertiste, y es bueno saberlo, en un canto de sirena, en una luciérnaga mental que me seduce hacia el precipicio, como una fragancia pasajera en la calle superpoblada, un leve sabor a castigo, a mordida sonriente en las manos que te acarician, a reproche insomne de medianoche y a llanto agotado al amanecer. Finalmente, has conseguido tu sueño de ser algo más que tú misma, de volverte abismo y estrella solitaria a la vez. No hay nada en la música, nada en el clima invernal, en la melodía del acento o en la sazón de la comida que realmente te traiga a la memoria; me doy cuenta de ello con el primer bocado de comida sobre la lengua, con el primer apretón que le doy con los molares: tu presencia es un reto a lo real, y eso es lo más curioso de todo. Te escondes a mi mirada como una diapositiva perdida en un carrusel de fotos recientes, pero tus formas las grabó el calor del bombillo –¿tatuaje o cicatriz, qué diferencia hay?– en un telón de fondo que ahora ya es mío. Te veo en donde no puedo verte, te evoco en donde no hay nada que realmente se te asemeje. Subyaces a la ciudad y a sus fascinaciones, porque al final del día no estás más aquí que en el aire que respiro, en mis cubiertos usados o en el agua que dejo correr por el desagüe. Si en algún momento pensé en ti como en algo más que una idea, una sensación proveniente de almanaques desechados, fue porque decidí perderme, porque creí a conciencia en el embrujo de mi propio abandono, uno que se repite hoy en las calles de esta ciudad, tu ciudad, no porque hayas nacido en el Sur, ni porque fuera ésta tu patria soñada, préstamo de culturas más fuertes, sino porque esta ciudad fue tu bastión, tu retaguardia, tu cuartel de invierno en la batalla paciente que he emprendido en tu contra, en este lento e implacable proceder hacia tu desaparición. Te borro, ya casi no quedan letras de tu nombre; he construido con ellas otros rostros en otras mesas y los he mirado marcharse también. Tu recuerdo es una débil silueta incrustada en la ventana, una que con cada línea escrita pierde un poco más su propio borde, a medida que las moscas sorben y sorben su tinta y la vomitan en mi propia libretita, último regalo tuyo que acepté, y que ya alcanza en tu ciudad sus últimas páginas. En ellas encuentro la respuesta al acertijo de este viaje, hallo finalmente la pieza faltante de un enigma que inició hace un par de años tu mirada, rasante y sin verme siquiera, pero verde como el agua del mar al mediodía: vine al Sur a decirte adiós, a despedirme de ti en el último de tus lugares, uno en el que ya no te encuentras; he viajado cinco mil kilómetros para dejarte una última flor en el cementerio equivocado. Vine a verte desaparecer, a superponer mi presencia a la tuya en estos rincones, a sentenciar al olvido el viaje que hiciste a mis costillas, pidiendo tiempo y distancia, huyendo de mí y de nuestro dolor, de la estupidez que era pretender compartir lo que ninguno quería. Vine, querida, a darte la última estocada y a sentenciarte al olvido. Por eso redacto estas últimas líneas, violentas y apresuradas, saliendo de un café en el que nunca estuviste, en una ciudad que ya no te pertenece, en un país que te he arrebatado, en un mundo en el que ya no cabes y ya no estás más, en el que ya no tendré miedo a encontrarte en la mañana, cuando abra los ojos y gire el rostro al otro lado, al tuyo, al otro lado de mi cama.
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“Réquiem en Buenos Aires” forma parte de Hotel (Puntocero, 2012), segundo libro de relatos de Gabriel Payares.
Gabriel Payares
(Londres, 1982)
Escritor venezolano, Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (Venezuela) y Magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Argentina). Autor de los libros de relatos Cuando bajaron las aguas (Monte Ávila Editores, 2009), Hotel (Ediciones Puntocero, 2012) y Lo irreparable (Ediciones Puntocero, 2016). Ha recibido numerosos galardones como cuentista, entre los que destacan el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 2008), el 66º Concurso de Cuentos de El Nacional (Caracas, 2011), el Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (Maracaibo, 2014) y una primera mención en el XIII Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (La Habana, 2014). Muchos de sus relatos se recogen en diversas antologías y aparecen en portales digitales y revistas de literatura. Es aficionado a la fotografía. Vive en Buenos Aires desde 2014. Su página personal: gabrielpayares.wixsite.com/gabrielpayares
Foto: Beto Gutierrez