Programación de marzo (2017) del Espacio Literario del CCC

Programación de marzo (2017) del Espacio Literario del CCC

Dramaturgias posibles. El segundo jueves de cada mes, el teatro es pensado desde la literatura. El jueves 9 de marzo el entrevistada será Marcelo Savignone. Coordina Nara Mansur. Sala Meyer Dubrovsky (3° piso), 19 hs

 

Intervenciones críticas. El segundo viernes de cada mes, la realidad es pensada desde la literatura. El 10 de marzo, Guillermo Naveira, Giselle Aronson y Gilda Manso. Coordina Natalia Crespo Sala Jacobo Laks (3° piso), 19 hs

 

Las raras circunstancias. El último martes de cada mes la poesía visita el CCC. El 28 de marzo Paulina Vinderman, María Negroni y Florencia Fragasso, junto a Florencia Bernales. Coordinan: Marina Cavalletti, Luciana Coronado y Romina Dziovenas. Sala Osvaldo Pugliese (PB), 19 hs.

 

Ficciones. Los nuevos narradores comparten su producción. El jueves 30 de marzo, los narradores venezolanos Gustavo Valle, Gabriel Payares y Adriana Morán Sarmiento. Coordina Maumy González. Sala Jacobo Laks (3º piso), 19 hs.

 

Plano de evacuación. Presentación de la novela de Ianina Lois publicada por Modesto Rimba. Viernes 31 de marzo, sala Meyer Dubrovsky (3º piso) 19 hs

 

Foros del Espacio Literario Juan L. Ortiz en la SADE. El viernes 31 de marzo, Literatura y discapacidad. Participan integrantes del Taller Arte y Letras de Artistas y Escritores con Discapacidad junto a representantes del Programa Universidad y Discapacidad de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Casa Lugones (SADE) Uruguay 1371, 19 hs. Coordinan: Juano Villafañe y Santiago Alonso.

V Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro

V Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro

Del 25 al 29 de junio de 2013 se realizó la quinta edición del Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro. Al igual que en años anteriores participaron poetas internacionales, de las provincias y de la Ciudad de Buenos Aires.

Cinco años ininterrumpidos de buena poesía, representativa de las distintas tradiciones argentinas y latinoamericanas. Más encuentros, más poesía de calidad, más identidad cultural, más diversidad poética.


 Cobertura de la Televisión Pública

 

Apertura

25/06- Sala Solidaridad [2º SS] 19:00.

  • Cristina Banegas dice a Juan Gelman.
  • Presentación de los poetas internacionales invitados al festival: Alessio Brandolini (Italia), Rodolfo Dada (Costa Rica), José Angel Leyva (México), Omar Lara (Chile), Sandra Santos (Brasil), Fredy Yezzed (Colombia) y Xavier Oquendo Troncoso (Ecuador).
  • Teresa Parodi, la poesía y la canción. Recital de la reconocida cantautora argentina.
  • Presentación de la Revista de Literatura Latinoamericana Espacio Literario Juan L. Ortíz.
  • Brindis.

Invitados Internacionales

Alessio Brandolini (Italia), Rodolfo Dada (Costa Rica), Jose Angel Leyva (México), Omar Lara (Chile), Xavier Oquendo (Ecuador), Sandra Santos (Brasil) y Fredy Yezzed (Colombia).

Invitados de las Provincias

Niní Bernardello (Tierra del Fuego), Emiliano Cruz Luna (La Plata), Rodolfo Godino (Córdoba), Ana María Pedernera (Lobos), Ramón Minieri (Río Negro), Alberto Tasso (Santiago del Estero), Priscila Vallone (Tierra del Fuego) y Tomás Watkins (Neuquén).

Invitados CABA

Daniel Calmels, Dolores Etchecopar, Javier Galarza, Juan García Gayo, Noé Jitrik, Claudia López, Lucio Madariaga, Jorge Ariel Madrazo, Eduardo Mileo, Hugo Mujica, Martín Rodríguez, Mariano Schuster, Emmanuel Taub, Juano Villafañe y Paulina Vinderman.

Auspician

Casa Nacional del Bicentenario, Secretaría de Cultura Presidencia de la Nación, Red Nuestra América de Festivales Internacionales de Poesía, Sociedad Argentina de Escritores, Ediciones Colihue, Editorial Losada y Antígona Libros.

Sedes

Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av Corrientes 1543 – Salas Solidaridad y Jacobo Laks) y Casa Nacional del Bicentenario (Riobamba 985).

Programación de marzo (2017) del Espacio Literario del CCC

Todas las mañanas un muerto

Por Maumy González

Ramiro fuma sin apartar la vista de la ventana mientras escucha al Cuco. Desde la cama puede ver un recorte del cielo entre los techos. Aunque es su única ventana no se queja. Le gusta el sonido del cerro, las voces, la música estridente, incluso los gritos. La mezcla es como una orquesta desafinada y ese desorden tiene su encanto.

A los pies de la cama está el maletín. El Cuco lo dejó ahí antes de comenzar a hablar. Para convencerlo le dice que el trabajo es fácil. Solo tiene que hacer la entrega, ni siquiera tiene que saber qué hay dentro. A las diez debe llevar el maletín al bar del Indio. La China le marca al comprador, él hace el intercambio y regresa a la pensión. No debería haber problema.

Ramiro pregunta cuánto le toca. El Cuco dice una cifra y le entrega un revólver. Parece demasiada plata para un trabajo tan sencillo. Pero no puede dudar, para ganar respeto hay que arriesgarse. ¿Y si aparecen los pacos?, vuelve a preguntar. El Cuco lo mira de reojo, envuelto por el humo del porro que ha encendido. Te piras, le dice más con la nariz que con la boca, pero ni se te ocurra dejar el maletín.

A la hora convenida Ramiro se calza el revólver entre los pliegues del pantalón y la camiseta. Es raro el maletín. Pesa mucho más de lo que esperaba, incluso para la mercancía que está acostumbrado a entregar. Decide que es mejor olvidarlo y concentrarse en bajar las escaleras del cerro.

No hay mucho que ver en el barrio a esa hora, salvo las mismas casas construidas a medias, callejones y recovecos de siempre, todo apiñado hacia la cima como una pirámide interminable. Ramiro lo conoce de memoria. Está tan acostumbrado que nada de lo que hay afuera le hace falta.

Camina con un ojo en el suelo y otro a los costados, pendiente de cada rincón. Los métodos del negocio son claros: si hay que cargarse a alguno se le da un tiro y listo. Si por la mañana te tropiezas al muerto, hay que pasar de largo y persignarse sin mirarlo.

Llega al bar del Indio sin problemas. Hacia el fondo está la China, sentada sobre la barra con las piernas abiertas. Un cliente la manosea mientras ella ríe a carcajadas. ¡Otro ron, Indio!, grita, y aparta al tipo de un empujón. Ramiro la ve acercarse despacio, zigzagueando entre las mesas. Es el ritual de la fichera: pasar, reír y pedir tragos. Necesita divertir a los clientes, hacerlos beber hasta perder la conciencia y mucha plata.

Esta noche la China va de rojo y sin maquillaje. Así, con la cara lavada, le parece más bonita que otras veces. No ha llegado, le dice al oído cuando lo tiene cerca. Luego se aleja sin perder el ritmo. A Ramiro no le preocupa, sabe que regresará si la necesita.

Escoge una mesa y pide una cerveza. A su alrededor el movimiento sigue su curso: música, sudores y alcohol. Estar en el bar le trae recuerdos, algunos malos, otros buenos. Recordar es como meter la cabeza en un balde lleno de agua. Entonces el mundo desaparece y todo queda en silencio. Piensa en cuando era chico y su madre lo levantaba para ir a la escuela; en cuando jugaba a la pelota. Ahora es grande, un hombre de dieciocho al que le gustan otras cosas, como pasar la noche con la China y contarle los lunares del pecho.

Mientras bebe, Ramiro mira hacia fuera. Ve fluir la noche despacio. El comprador no aparece. Detrás de la barra está la China, que levanta el vaso y le guiña un ojo. Ramiro sigue esperando. Pide otra cerveza, aunque esta vez los recuerdos no llegan a calmarlo. La cara de su madre se le aparece como dibujada al carbón, con trazos tan finos que cualquier brisa se los lleva y él la olvida. Sus recuerdos son así, fugaces, prescindibles.

Unas mesas más allá hay una pareja manoseándose. Parecen viejas seleccionando mangos en el mercado. Chup, chup… hacen las lenguas. Ramiro sabe qué viene después. Lo de siempre, un revolcón en una cama que huele a sudor viejo y algunos billetes sobre la mesa de noche. Quizás un par de rayas si la chica se porta bien.

Suena el celular: es el Cuco. Le dice que el cliente canceló el trato. Igual consiguió otro comprador. Pagan el doble pero tiene que llevar el maletín hasta el centro. Ramiro se queja: salir del barrio es peligroso. El Cuco dice que no hay vuelta atrás, un trabajo es un trabajo. Además, la mercancía no aguantará demasiado tiempo fuera de un congelador. Lo esperan en una hora.

Por primera vez a Ramiro le interesa lo que tiene que entregar. Sube el maletín a la mesa, lo observa con cuidado. Por fuera está limpio, por dentro quién sabe. Ni siquiera se anima a abrirlo. Enciende un cigarrillo: hay algo vivo adentro, se repite. No es que le importe, pero tiene la sensación de que debe respetar algunos códigos.

Busca a la China. La ve bailando sobre la barra. Parece un cunaguaro. Intenta saludarla antes de salir pero ella no lo ve, sigue el ritmo con los ojos cerrados, metida en su propio mundo.

En lugar de ir al centro Ramiro regresa a la pensión. Poco le importa lo que haga el Cuco. Si quiere la plata tendrá que hacer el intercambio por su cuenta. Él no piensa mover un dedo para entregar algo que puede dañarse fuera de un congelador, aunque le paguen el doble. Prefiere pudrirse mirando el techo.

Más tarde aparece el Cuco. Ni siquiera saluda. ¿Dónde está el maletín?, le pregunta. Ramiro señala un rincón del cuarto sin dejar de mirar a una araña que cuelga del techo. Entre las patas tiene una mosca. Los insectos son bichos raros, como la gente, piensa. Deja la araña y mira al Cuco que revisa la mercancía. Mierda, dice el Cuco. Y cierra el maletín de golpe.

Ahora el cuarto huele a carroña. Ramiro se da cuenta de que los ojos del Cuco son como cortadas supurando. Lo conoce. Sabe que es mejor no quedarse quieto. Se levanta y saca el revólver. Pero el Cuco es mucho más hábil, antes de que pueda dispararle, lo tiene pegado al cuerpo.

Lo siguiente es un fogonazo. Siente una descarga eléctrica. Antes de caer se da cuenta de que la mosca ya no está, en su lugar hay un capullo blanquecino. Entonces recuerda la cara de su vieja y cierra los ojos. Mañana será uno más al que pasarán de largo sin mirar.

§

“Todas las mañanas un muerto” forma parte del libro de cuentos homónimo de Maumy González publicado por La Letra Eme en 2014.

Maumy González

(Maracay, 1974)

Es venezolana, ingeniera y escritora. Desde el 2005 vive en Buenos Aires. Sus textos han sido publicados en revistas y suplementos literarios. Todas las mañanas un muerto (La Letra Eme, 2014), su primer libro de cuentos, recibió Primera Mención Honorífica por el Fondo Nacional de las Artes. En 2016 resultó finalista en el Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Finlandia) y recibió una Segunda Mención en el Premio Municipal de Literatura “Manuel Mujica Lainez” (Argentina). Actualmente es Secretaria de Difusión de la revista literaria La balandra; coordina el Ciclo Ficciones en el Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”; colabora en la prensa y difusión de nuevos narradores; dicta talleres de narrativa y lleva adelante el blog #LaAquateca, como un espacio de intercambio de herramientas sobre la creación literaria.

 

Programación de marzo (2017) del Espacio Literario del CCC

Réquiem en Buenos Aires

Por Gabriel Payares

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor
Vuelvo a vos,
con mi deseo, mi temor

ASTOR PIAZZOLA
“Vuelvo al sur”

Hoy deambulé sin parar durante horas, con los ojos abiertos y sonámbulos, deteniéndome sólo cuando así lo dispuso el cansancio. El dolor de pies acusa la distancia recorrida: en cualquier sentido posible, me encuentro bastante lejos de casa, pero no me genera ningún tipo de angustia perderme. Ha sido así desde que bajé del avión: aunque a ratos no sepa adónde ir, ni por qué, y me pregunte si ando errante como alma en pena, en el fondo me da lo mismo, me digo que todo turista es un espectro, un aparecido, una visión proveniente de un mundo distinto y siempre lejano, porque es absurdo tener a Ítaca a la vuelta de la esquina. Sentado a la mesa, sorbiendo un temeroso café con leche, extraigo mi mapa del bolsillo. Tenías razón: es una ciudad enorme, mucho más grande de lo que alguna vez llegaste a describir, a pesar de que hablaste de ella horas y horas sin parar. Imagino que sus calles y avenidas, ese enorme sistema nervioso, te quedaron pequeñas en la boca, en esa boca grande, laberinto, con la que das tanto placer y escupes tanto veneno. Trato, sin embargo, de no pensarte y me sorprende lo fácil que me resulta: me digo entonces que ciertos esfuerzos ya son en vano, pues en mi día a día, allá en mi casa, son raras las veces en que te nombro. Ya no escucho tu eterno bamboleo de platos y cubiertos, tu tecleo infernal hasta las tres de la mañana, tu eterno olor a cigarrillo. He vaciado mi casa de ti. Por eso no deja de inquietarme el súbito empeño con el que vine a esta ciudad, siguiendo tus pasos, visitando lugares cuyo nombre supe por ti, tomando fotos que tomaste o que probablemente pensaste en tomar, comiendo en los restaurantes que visitaste y preguntándome qué habrías ordenado en el menú. A ratos, este viaje luce como un plan programático por revivirte, o por evocar tu fantasma en los lugares que alguna vez describiste y que yo imaginé a través de tus ojos ambiciosos, perla de los ahogados que algún día flotamos en tus aguas traicioneras. Me siento como un arqueólogo persiguiendo las ruinas de Troya en distantes arenales y desiertos, exclamando un eureka apresurado ante cada fragmento de vasija que se tropieza, y enfrentando día a día esta ciudad con el pánico infantil de encontrarte a la vuelta de una esquina, de tropezarme contigo hecha puente, letrero, campo de flores, iglesia colonial o amplia avenida desierta. Me consta que asumes formas, que te disfrazas en mi memoria revolviendo cajones antiguos y que en el fondo agradezco que así sea, porque tu búsqueda es de cualquier manera inútil: si tan sólo supieras que hace mucho dejé de extrañarte, que mucho tiempo ha pasado desde que eché tus fotos a la basura, que deseché esos regalos y detalles tan especiales, que borré tus firmas y pinté tus huellas en la pared, que me convencí de lo que todo el mundo me decía y que hoy en día me resulta estúpida, atronadoramente obvio: que estoy mejor desde que te fuiste, que estoy mejor sin tu dolor, que todo ese miedo que le tenía a tu recuerdo resultó ser mucho más leve que el peso insoportable de tu presencia. ¿Y entonces?, interrogo con la mirada al mesonero frente a mí, ¿qué hago yo aquí, persiguiéndote como a un recuerdo de infancia, como a una cometa enredada en el cableado de la ciudad? ¿Qué oscura razón me trajo al frío, a la comida grasienta, a la soledad? El mozo me contesta, en su acento extranjero, anotando en su libretita el último relato de un libro secreto e imposible: que te convertiste, y es bueno saberlo, en un canto de sirena, en una luciérnaga mental que me seduce hacia el precipicio, como una fragancia pasajera en la calle superpoblada, un leve sabor a castigo, a mordida sonriente en las manos que te acarician, a reproche insomne de medianoche y a llanto agotado al amanecer. Finalmente, has conseguido tu sueño de ser algo más que tú misma, de volverte abismo y estrella solitaria a la vez. No hay nada en la música, nada en el clima invernal, en la melodía del acento o en la sazón de la comida que realmente te traiga a la memoria; me doy cuenta de ello con el primer bocado de comida sobre la lengua, con el primer apretón que le doy con los molares: tu presencia es un reto a lo real, y eso es lo más curioso de todo. Te escondes a mi mirada como una diapositiva perdida en un carrusel de fotos recientes, pero tus formas las grabó el calor del bombillo –¿tatuaje o cicatriz, qué diferencia hay?– en un telón de fondo que ahora ya es mío. Te veo en donde no puedo verte, te evoco en donde no hay nada que realmente se te asemeje. Subyaces a la ciudad y a sus fascinaciones, porque al final del día no estás más aquí que en el aire que respiro, en mis cubiertos usados o en el agua que dejo correr por el desagüe. Si en algún momento pensé en ti como en algo más que una idea, una sensación proveniente de almanaques desechados, fue porque decidí perderme, porque creí a conciencia en el embrujo de mi propio abandono, uno que se repite hoy en las calles de esta ciudad, tu ciudad, no porque hayas nacido en el Sur, ni porque fuera ésta tu patria soñada, préstamo de culturas más fuertes, sino porque esta ciudad fue tu bastión, tu retaguardia, tu cuartel de invierno en la batalla paciente que he emprendido en tu contra, en este lento e implacable proceder hacia tu desaparición. Te borro, ya casi no quedan letras de tu nombre; he construido con ellas otros rostros en otras mesas y los he mirado marcharse también. Tu recuerdo es una débil silueta incrustada en la ventana, una que con cada línea escrita pierde un poco más su propio borde, a medida que las moscas sorben y sorben su tinta y la vomitan en mi propia libretita, último regalo tuyo que acepté, y que ya alcanza en tu ciudad sus últimas páginas. En ellas encuentro la respuesta al acertijo de este viaje, hallo finalmente la pieza faltante de un enigma que inició hace un par de años tu mirada, rasante y sin verme siquiera, pero verde como el agua del mar al mediodía: vine al Sur a decirte adiós, a despedirme de ti en el último de tus lugares, uno en el que ya no te encuentras; he viajado cinco mil kilómetros para dejarte una última flor en el cementerio equivocado. Vine a verte desaparecer, a superponer mi presencia a la tuya en estos rincones, a sentenciar al olvido el viaje que hiciste a mis costillas, pidiendo tiempo y distancia, huyendo de mí y de nuestro dolor, de la estupidez que era pretender compartir lo que ninguno quería. Vine, querida, a darte la última estocada y a sentenciarte al olvido. Por eso redacto estas últimas líneas, violentas y apresuradas, saliendo de un café en el que nunca estuviste, en una ciudad que ya no te pertenece, en un país que te he arrebatado, en un mundo en el que ya no cabes y ya no estás más, en el que ya no tendré miedo a encontrarte en la mañana, cuando abra los ojos y gire el rostro al otro lado, al tuyo, al otro lado de mi cama.

§

 “Réquiem en Buenos Aires” forma parte de Hotel (Puntocero, 2012), segundo libro de relatos de Gabriel Payares.

Gabriel Payares

(Londres, 1982)

Escritor venezolano, Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (Venezuela) y Magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Argentina). Autor de los libros de relatos Cuando bajaron las aguas (Monte Ávila Editores, 2009), Hotel (Ediciones Puntocero, 2012) y Lo irreparable (Ediciones Puntocero, 2016). Ha recibido numerosos galardones como cuentista, entre los que destacan el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 2008), el 66º Concurso de Cuentos de El Nacional (Caracas, 2011), el Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (Maracaibo, 2014) y una primera mención en el XIII Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (La Habana, 2014). Muchos de sus relatos se recogen en diversas antologías y aparecen en portales digitales y revistas de literatura. Es aficionado a la fotografía. Vive en Buenos Aires desde 2014. Su página personal: gabrielpayares.wixsite.com/gabrielpayares

Foto: Beto Gutierrez

Certificados SSL Argentina