by Claudio Medin | 17 \17\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \17\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Notas, Poesía
La editorial el suri porfiado continúa publicando libros de poesía, con una lógica que se sustenta en las producciones regionales, y todos los años amplía y consolida su cuidado catálogo. Esta nota presenta el prólogo y una selección de textos que sirve como anticipo del volumen Después de la ceniza, de la poeta Marisa Martínez Pérsico.
En la escritura de Marisa Martínez Pérsico conviven varias tradiciones y se entrecruzan distintas tipologías culturales, además de sobresalir una poética trashumante, que resalta el valor del instante y le otorga anclaje a las preguntas milenarias de la humanidad. En el acto de lectura cada escritor, ensayista y lector resignificará una poesía plena de matices, profunda como el amor de dos seres y en estado de emergencia o tensión como se vive (o sobrevive) en la actualidad.
Tanto Charles Baudelaire como Walter Benjamin plantearon ante la irrupción de la ciudad moderna un modo de transitarla. El filósofo alemán influenciado por el poeta francés propone el flâneur como figura emblemática de ese nuevo modo de aprehender el paisaje urbano. Martínez Pérsico escribe “voy sola/ a observar a los otros”. Pero no solo observa a los otros, también a ella misma (“nadie puede escaparse de sí mismo”), y tiene como sostén el mapa de los recorridos que quedan patentados en sus poemas. Esa Poética ambulante anticipatoria (2003) se encarna en una poética de la errancia, trashumante, que se funda en el desarraigo pero que crea significados: “vagar por todas las ciudades”, “ir mudándose/ a otro sitio”, “rodar distritos”.
El tiempo se transforma bajo la incidencia simbólica de la poeta. Podríamos pensar en el tiempo-ahora benjaminiano, en la filosofía del instante de Gastón Bachelard, cuando el autor de La poética del espacio resalta que “el tiempo solo tiene una realidad, la del instante”. El instante en que la poeta tiene la visión, en que las imágenes trasuntan al poema, sujetando la revelación o epifanía por medio de las palabras; por eso “el territorio es relato”, tal como señala Paul Zumthor. Se apela como ejemplo la cita de lugares en los poemas: Procida, Sant’Elmo, Belgrado, Salamanca, Roma, Ljubljana, Bosnia, Herzegovina, Mostar, Markale, Sarajevo. Asimismo, las referencias balcánicas representan una muestra de las incidencias del viaje (real o imaginario), un caleidoscopio de sucesos que son condensados en el poema y que la misma poeta ha denominado “estampas del entorno”. Aun así, para que esta percepción transcrita a signos sea una poesía completa, necesita del otro, de esa otredad amorosa que queda patentada en varios de los poemas de distintos libros: “No conozco este mundo/ sin que tú lo percibas”, y agrega: “De todos los rincones del planeta elijo tu hombro”.
Más allá de las estratificaciones y jerarquías que han impuesto la revolución industrial y la modernidad, la palabra es el centro de todo (el orden del discurso), y se sostiene frente a la imposición de la cultura de las imágenes, de los universos digitales de internet, de la RV (la realidad virtual), en donde se podrán ampliar y superar los límites con los que disputa el cuerpo real, la liberación de su discontinuidad. A la poeta Martínez Pérsico no se le escapa esta transformación del mundo, y por eso en su obra van a recalar los formatos con los que tratan cotidianamente hombres y mujeres: “…le manda por WhatsApp la tapa de un poemario…”, “…insiste en saludarla a medianoche/ por una red social. Y no se rinde/ ni con fútbol en televisión abierta”, “…eligen un Samsung Galaxy/ importado de Alemania,/ con tecnología surcoreana”, “Cogerás tu teléfono del bolso./ Será inmortal la rosa,/ finalmente,/ atrapada en un pixel/ de ©Instagram”; sin olvidar la cita de la película futurista Blade Runner: “La luz que brilla con el doble de intensidad/ dura la mitad del tiempo”.
El poeta francés Paul Claudel ha dicho que “Poeta es el que nombra”. Considerando esa acepción también podría reponerse la idea de Lacan en donde expresa que “La palabra es el asesinato de la cosa”; es decir, relacionando los enunciados citados tendríamos como resultante que el poeta al nombrar a través de la palabra estaría destruyendo el objeto sobre el que poetiza. Justamente el poeta Juan Gelman ha señalado que “el poema es palabra calcinada”, es el resto que queda de lo pensado, de lo entrevisto, de la idea primera de lo que será el poema. Esta palabra calcinada gelmaniana dialoga con el título del libro de Marisa Martínez Pérsico, Después de la ceniza; porque el poema quema (al creador y al lector) como aquella afirmación hecha por Dionisio: “el arte es el ardor del alma”. Es una llama que arde en el tiempo, porque como afirmara Octavio Paz “la poesía es tiempo y arde”; ese después de la ceniza, esa palabra calcinada, es la poesía que nos dona Martínez Pérsico.
Estas apreciaciones intentan ser el pórtico de una antología que cruza varios libros con varios registros estilísticos de Marisa Martínez Pérsico, interpretando en su producción poética el nexo entre las creaciones residuales y las contemporáneas como instancia germinadora (poiesis) de símbolos emergentes y como una praxis necesaria ante el intenso trajín cotidiano que sufren las palabras.
Sergio De Matteo. Santa Rosa de Toay, 21 de junio de 2017
SELECCIÓN POÉTICA
“Dunav Sava”
Pasan los pinos azules de Belgrado.
Desde su último invierno,
a través del ramaje de otra lengua,
me saluda mi padre.
No habré cambiado mucho en estos años,
más allá de una hija
cuya vida no acertó a murmurar.
Debajo del collar de las bocinas,
por el vidrio que esboza un pentagrama,
el ayer es un libro que comienza.
Quién dijera:
convocar dos recuerdos que no pueden hablarse
en mi mesa de tres del pensamiento.
El viajero de enfrente me sonríe,
por sus ojos desfilan memorias del futuro.
Mi hija observa, también, por la ventana.
En qué distante mundo
se ha sentado a evocarme
mientras mira los pinos de otro cielo
que transcurren,
copiosos de avutardas.
Hemos llegado a la estación. Se desvanece
el coloquio familiar. Nada es distinto.
Tal vez lo que importa del paisaje
es merecer un asiento en la memoria
de alguien que nos quiso
cuando estamos ausentes.
“Francotiradores de Sarajevo”
¿Por qué no vamos
de vacaciones a Bosnia?
Ha sido tu pregunta
de estos años.
Hojeabas la revista Bell’Europa
y andabas por la casa
con un cuadro
del antiguo cementerio judío.
En la foto de la tienda
que reza Cvjecara
las flores germinan en la roca
a través de los impactos
de mortero.
Hay orquídeas en venta,
para los amantes
y los muertos, me decías.
¿Por qué no organizar
un viaje a Herzegovina,
este verano?
Estabas triste a destiempo.
Por entonces
eras solo un muchacho
de familia opulenta
que franqueaba el confín
de los Balcanes
por tumbarse en las playas
sin bombas del Egeo.
Pero es fácil ser lírico
con la tragedia ajena.
Pavonearse entre los símbolos
con temas prestados
sin usar las rodillas
como patas de perro
por burlar a los maquis
del Bulevar Selimovica.
¿Por qué no vamos a Mostar,
aunque sea unos días?
Yo tenía trece años.
El padre de mi amiga
amanecía pegado
a una emisora europea
para oír del asedio,
de su hermano en Markale,
de esa Miss Universo
coronada en un sótano.
Yo escuchaba The Cult
en la otra sala.
La pureza no duele
cuando el mal no nos toca.
Después de Sarajevo
no es posible mirar una criatura
sin vendarse los ojos.
No volviste a insistir.
La llevarás, ahora, de la mano
al osario de tórtolas
del cuadro.
Y todo está en su sitio,
amor,
no te disculpes.
Yo tendré otras montañas.
“Desarraigo”
Aquí me rindo, tendida a tu derecha.
De todos los rincones del planeta elijo tu hombro,
sin más norte que el sur de mis recuerdos
a pesar de esos pájaros de leche
que me arrojan de fauces al futuro
como se echa una piedra
en un estanque sin fondo.
“Poema al 12 de octubre que ya no es”
Me tiene bastante harta
el jaleo que se monta
cada 12 de octubre.
A ambos lados del Atlántico
volvemos a 1492
como si fuéramos los hijos de Pizarro
o los del inca Huayna-Capac.
Yo me pregunto qué queda
de ese mundo.
A muchos europeos
les renace un complejo anacrónico de culpa
y te miran con cara de yo nunca violé a una india,
hay que reivindicar a los pueblos originarios,
yo no tuve nada que ver.
Sus pares del Nuevo Continente
se sienten víctimas retroactivas de sus antepasados
después de 105 generaciones
y en vez de plumas en la cabeza
o boleadoras de cuero
usan un Samsung Galaxy
importado de Alemania,
con tecnología surcoreana.
A unos se les despiertan
los furores independentistas.
A otros, la melancolía de las colonias.
Una profesora de pensamiento latinoamericano
que leía a Frantz Fanon en el Roca
(vaya nombre de tren
donde leer Los condenados de la tierra)
me pregunta: ¿te fuiste a estudiar a Salamanca?
como queriendo decir te has pasado al enemigo.
Y prepara sus clases
al mejor estilo del enciclopedismo francés,
enseña el abecé del postestructuralismo,
y evita recordar que el Padre de la Patria,
el Belgrano de blasón albiceleste
estudió Derecho en 1786
en territorio castellanoleonés.
A otros les reviven las nostalgias imperialistas
y te dan consejillos paternales, del tipo:
el habla rioplatense es sexy
aunque Castilla es la cuna del idioma.
En el fondo te quieren decir:
Nebrija publicó la primera Gramática castellana
el mismo año del Descubrimiento de América,
los jesuitas no habrán hecho una buena misión,
mejor ponte a leer a Rafael Lapesa.
No se trata de fagocitar culturas
pero tampoco ser
la paradoja viviente.
Arde la realidad de penas acuciantes
para ir cantando
las fugas de virreyes.
Oh, padre Walter Benjamin,
el discurso del resentimiento
ha heredado el discurso del poder
y habla por otro,
–Oh, padre, Mijail Bajtin–
mal que le pese.
Después de cinco siglos,
el reloj marca la hora,
Oh, Dios Huitzilopochtli,
de indagar horizontes
con los ojos delante.
“Instarose”
La rosa que vio Horacio.
La rosa que eras tú, mujer, perdida
en la insondable maraña de los siglos.
Nombre mudo, ramillete
de polvo en la niebla inexorable.
La rosa emancipada del otoño
que soñaba un Adán de vecindario.
Cándida rosa no sin dura espina.
Cerco mustio de agujas contra el muro,
reloj impostergable,
viento helado.
Cuatro letras por pétalos
la rosa es una rosa es una rosa
cuando acaba el lenguaje de morir.
Perfil en flor, rosa celeste, flor desnuda.
Las vio crecer, paciente, Funes,
en el fértil vergel de su memoria.
Ninguno se atrevió a inventarles otra edad.
¿Qué harás, apenas la recibas, esta noche?
Cogerás tu teléfono del bolso.
Será inmortal la rosa,
finalmente,
atrapada en un píxel
de Instagram.
by Claudio Medin | 17 \17\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \17\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Notas
La poeta boliviana Paura Rodríguez entrevista a su par ecuatoriano, Xavier Oquendo, responsable de “Furia de pájaros”, la antología de Juan Gelman que se editó en Ecuador en 2013.
Hace varios años ya de la presentación de la antología Furia de pájaros de Juan Gelman, preparada por el poeta y editor ecuatoriano Xavier Oquendo, libro agotado al poco tiempo de su publicación.
Ese volumen reúne una selección de poemas de los 29 libros que Gelman había publicado hasta fines de 2012. Ahora, el editor Xavier Oquendo espera preparar una segunda edición, en la que se incluyan textos de los dos últimos títulos de Gelman: Hoy y Amaramara.
Bajo el sello de El Ángel Editor y en la colección Monstruos, Furia de pájaros lleva una contratapa del poeta mexicano Marco Antonio Campos y dos epílogos que corresponden al poeta ecuatoriano Jorgenrique Adoum y al poeta mexicano José Ángel Leyva.
La visión de cada uno enriquece el acercamiento de los lectores a la obra gelmaniana y a su vida. Adoum lo recuerda siempre “preocupado, como por un viaje, sombrío como por un regreso”. Quizá atrapado con la misma tristeza que agobia al Principito, irremediablemente triste antes de partir. Quizá la suya haya sido una partida perpetua, un viaje lúcido sin tregua.
Leyva lo retrata a través de sus ‘Otros’, a través de las distintas voces y seres que habitaron a Gelman y que poblaron su obra.
Campos recurre a la metáfora para definir de algún modo la belleza, la profundidad y la vastedad de su legado, señalando que es un “dilatado poema río”.
Para el antólogo, quizá Furia de pájaros haya sido como un pequeño presente de gratitud al poeta admirado, al que leyó antes y vio por primera vez en Oaxaca, en 1999 y quedó aún más deslumbrado luego de comprobar que Gelman era un hombre humilde y purificado por el dolor.
En una de sus visitas a Bolivia, Oquendo nos habló de su minuciosa labor de lector y editor de uno de los poetas más importantes de habla hispana nacidos en siglo XX y en esta entrevista comparte su experiencia:
¿Cómo nació la idea de la antología?
Bueno, imagínate, íbamos a tener a Juan Gelman con nosotros (en el Encuentro Internacional de Poetas en Paralelo Cero 2013), acá en Ecuador, país que no había publicado antes la poesía del maestro ni mucha de la más grande poesía latinoamericana, así que lo primero que hice fue pedirle a Juan si me podía ceder los derechos de esa antología en Ecuador y así lo hizo.
Me ayudó en todo y luego decidí crear una colección para semejante fin: así que nació la Colección “Monstruos”, que se inauguró con su libro y el del poeta ecuatoriano Euler Granda.
Cuando tenía ya el visto bueno de Juan y su venia para publicar la antología, solo allí me di cuenta del horror en el que me metía. Tenía que excavar por una obra de más 60 años de existencia y 29 libros a su haber, con más de 1.500 poemas y una vastedad increíble. Fui a librerías y estuve tentado a leer solamente antologías emblemáticas de Gelman hechas por grandes autores: como José Leyva, Eduardo Milán, Jorge Boccanera, Marco Antonio Campos, que habían hecho antologías de él. Llegué a la librería y me encuentro con que había solo los últimos dos o tres libros de Gelman y alguna selección de Visor.
Pero justo en ese momento, como si fuera un adagio divino, llegó a la librería la obra poética completa de Juan, publicada en dos tomos por el Fondo de Cultura Económica de México. Esto fue lo que me salvó, pero también lo que me condenó.
En esta obra completa Gelman me dijo que había algunos errores que fueron subsanados en la edición de su obra completa en Argentina, por Seix Barral, entonces, cuando, luego de dos meses de intenso trabajo de lecturas, leyendo a Gelman y nada más, le mandé la lista de los poemas escogidos y el hizo un gran trabajo revisándolos, leyéndolos, fue un cómplice increíble.
¿Cuánto fue todo el tiempo de preparación de la antología?
Cuatro meses duró aproximadamente la edición del libro desde que comencé a leerlo hasta que le pusimos el título a la antología.
¿Cuál fue el criterio de selección?
El criterio de selección que tuve estuvo siempre ligado a toda aquella poesía gelmaniana que me diga algo, que demuestre la fortaleza de espíritu de Gelman, que se deje ver en su mejor manera de manipular y trabajar el lenguaje, que uno se encuentre con un Gelman claro, de luz y de emoción. Lo maravilloso es que cuando concluí la antología Gelman me dijo que la selección le gustaba mucho porque para él estos poemas eran también los que más amaba. Eso fue muy bello.
¿Y el título?
Yo le propuse algunos títulos, sacados de su propia obra:
Aquí yace un pájaro; Al fondo de mi sombra; La secreta dulzura del dolor; La madera en el palito; Rabioso corazón; Noche lenta con toda su memoria.
Luego vimos cuáles son los símbolos que más se repiten en su poesía y vimos que eran árboles y pájaros. Lindos todos.
Yo le dije que encontraba siempre a su obra y a él con una rabia contenida e inteligente. Me dijo que más que rabia era furia. Y así unimos todo y a la final salió Furia de pájaros, nos encantó a los dos.
¿Y todo ese trabajo lo hacían por chat, por correo o por teléfono?
Lo hacíamos por mail. De hecho estoy revisando las fechas. En 28 de febrero del 2013, Juan me escribió un mail aprobando el nombre de la antología.
Trabajar con él, en una tarea tan delicada de selección, me imagino que fue una tarea que requirió toda tu concentración y responsabilidad.
Pues fíjate desde antes de Navidad de 2012 hasta fines de febrero de 2013, pasé con los libros de Gelman en todas partes: en el auto, las clases, la cama, la comida. Hasta los llevé a la playa, es increíble y verdadero.
Luego de este tiempo lo que me dio es por tratar de librarme de este fantasma necesario en el que se convirtió Juan.
¿Cómo veía Gelman su obra, te habló alguna vez de ello?
No me dijo específicamente algo sobre su obra. Pero me dejó una enseñanza increíble: me dijo que él escribía porque siempre estaba insatisfecho de lo que había escrito.
¿Ya te libraste del fantasma?
Creo que ya me libré de ese enorme poeta en mi obra lírica, pero también es bueno que permanezca su legado inmenso en la poesía. Creo que era tan grande que era inimitable.
Bueno, Juan Gelman no solo es un poeta sino también un personaje y en muchos de sus poemas también figura esa historia dolorosa y terrible que le tocó vivir y su poesía fue atravesada por aquello. La obra de Gelman no se entendería sin él como un personaje inmenso, por ejemplo su poema Carta a mi madre enorme voz lírica confesada en medio de un dolor tras otro. O su hijo Marcelo y sus amigos muertos en la dictadura o todo el horror del exilio. Todo esto tuve que ir documentando y como entré tanto en su vida como en su obra, sufrí mucho yo también. Se lo confesé a Juan y él me dijo que los seres humanos lo que tenemos siempre son pérdidas y que eso hay que afrontarlo, pero nunca con el olvido. El olvido es la verdadera derrota, decía.
Fue uno de los libros más vendidos en la Feria de Quito.
El libro fue muy bien acogido en Ecuador, tanto en Paralelo Cero, más tarde en las librerías, luego en la Feria del Libro de Quito y por último, tras el fallecimiento del poeta se desató una gran campaña para leerlo. La primera edición ya se agotó. Espero sacar una nueva pronto.
Quisiera que la segunda edición tenga una selección de su libro Hoy, que fue su último libro publicado en vida y de su libro póstumo e inédito aun Amaramara que ya estará por salir. Veamos si se puede hacer esto para los meses de agosto o septiembre.
¿Está en proyecto otro ‘Monstruo’?
Es difícil encontrar monstruos así como Juan, tan generosos, tan abiertos al diálogo, a las editoriales independientes, pero estaremos al pendiente.
¿Cuál es el libro qué más te conmovió de los 29 leídos y antologados?
Sería más fácil decirte cuáles me conmovieron menos. Luego de su maravilloso libro Valer la pena que lo publica con el nuevo milenio, la poesía de Juan gira un poco hacia una obra más abigarrada, más críptica, más oscura y sosegada; sin embargo, hay en ella también poemas que son joyas verdaderas. En verdad su obra es para mí una obra impresionante.
by Claudio Medin | 17 \17\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \17\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Ensayo
En este ensayo, el poeta mexicano Alí Calderón reflexiona provocativamente alrededor de la idea de “riesgo” en la poesía experimental contemporánea. Una invitación a la polémica.
En mayo de 1871, un Rimbaud de diecisiete años escribía en carta a Paul Demeny: “exijamos a los poetas lo nuevo, ideas y formas” (Rimbaud 123). Es muy posible que una de las fantasmagorías fundamentales del siglo XIX, que habría de heredar el siglo XX y que mueve al enfant terrible a esa declaración, sea la pasión por la novedad. No por nada Walter Benjamin, en el Libro de los pasajes, recoge un grabado de 1816 cuyo título es “Todo lo que es nuevo es siempre bello” (755) que resume, de algún modo, la vida espiritual de aquel siglo.
Es el XIX y el capitalismo funciona con plenos poderes. Su gran metarrelato es el progreso. La producción en serie es ya una realidad y la fiebre del consumo ha encontrado por fin su templo, ahora de hierro colado y cristal: el aparador de un pasaje parisino. Benjamin afirma que en las imágenes desiderativas del nuevo modo de producción se destaca “el firme esfuerzo por separarse de lo anticuado –lo que en realidad quiere decir: el pasado reciente” (39). Es la época del flanêur, del hombre solitario entre la muchedumbre: la modernidad. Una modernidad que hace de lo “nuevo” su más alto fetiche, la piedra angular de la falsa conciencia. Y vuelvo a Benjamin:
La modernidad es la época del infierno. Las penas del infierno son lo novísimo que en cada momento hay en este terreno. No se trata de que ocurra otra vez siempre lo mismo, sino de que la faz del mundo, la inmensa cabeza, precisamente en aquello que es lo novísimo, jamás se altera, se trata de que esto novísimo permanece siendo de todo punto siempre lo mismo (838-839).
Dado lo anterior no es difícil entender la subjetividad de Rimbaud y la de la poesía de occidente en aquel momento. Así las cosas, el arte, la poesía desde luego, “tiene que hacer de lo nuevo su más alto valor” (46). Este es el punto, sin embargo, en el que surgen las interrogantes ¿Qué es lo nuevo? ¿Cuál es la forma de lo nuevo? Quizá Georg Simmel lo explique de algún modo cuando dice que “el ritmo de la vida moderna no sólo expresa el anhelo por un rápido cambio en los contenidos cualitativos de la vida, sino también el poder del estímulo formal del límite, del principio y del fin” (105). Iuri Lotman, el semiólogo lituano, lo pone en otros términos: “el espacio no semiótico, de hecho, puede resultar el espacio de otra semiótica”. Lo no semiótico es lo nuevo, lo experimental, lo no codificado, lo no canónico. En el caso de la poesía, se trata de los procedimientos de construcción y generación o disolución del sentido que intentan rebasar los límites, ampliar la frontera semiótica, trascender la barrera de lo que consideramos los códigos de género.
Descargar el ensayo completo (versión PDF).
Ilustración: Sabrina Díaz
by Claudio Medin | 17 \17\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \17\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Narrativa
Cuento de Sylvia Iparraguirre de su libro El Invierno en las ciudades, en narrativa breve, Editorial Alfaguara (2003)
La mañana ya había empezado con un inconveniente. O por lo menos eso fue lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensó más tarde, al dejar la Facultad. El edificio era antiguo y frío; altísimas persianas de hierro dejaban pasar a desgano esa ambigua claridad del invierno que obligaba a encender las luces, a hablar sin levantar la voz, a no mirarse las caras. En un rincón del aula, el portero forcejeaba con la estufa a querosén. Los asistentes a la clase de etnolingüística de la doctora Dusseldorff, en efecto, hablaban sin mirarse, en voz muy baja, cuando se oyó una detonación.
—¡Coño! —rezongó el portero, acuclillado junto a la estufa.
Los quemadores exhibían un mecherito desarticulado y anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía con sonoras explosiones intermitentes. De golpe se apagó. Todos miraron a la doctora que acababa de tomar asiento tras el escritorio. El portero se levantó y dijo:
—No hay caso, no funciona. Voy hasta mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a enfermar el aborigen.
El pronombre reflexivo o algo en el acento español del portero provocó discretas sonrisas entre los lingüistas y antropólogos. La clase, Lengua y cultura del Chaco argentino, debía comenzar en unos minutos. Se contaba con la información de un indígena: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando que viajaba desde Villa Insuperable, el trayecto le llevaba poco más de una hora.
A las diez y media en punto, Romero apareció en la puerta del aula. Era bajo y corpulento con una convencionalmente inexpresiva
cara de indio. Usaba el pelo, renegrido y largo, contenido detrás de las orejas. Llevaba medias y alpargatas; su aspecto era muy pulcro. Murmuró un saludo en general y se dirigió a su asiento, a un costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro repetía en griego y español, la leyenda: “El hombre es la medida de todas las cosas”. La doctora salió del aula. Cuando volvió a entrar, escoltada por el portero y el antropólogo de la cátedra, ya era, definitivamente, la doctora y profesora Brigitta Inge Dusseldorff, de la Universidad de Mainz, especialista en lenguas amerindias, cuya tesis Einige linguistiche indizien des Kurtunwandels in Nordost-Neuquinea (Munchen, 1965) había impresionado vivamente a especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos, Der Kulturwandel bei de Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Konkista-Zeit (Mainz, 1969), era fervientemente citado por los alumnos de la Facultad, quienes aspiraban a desentrañar algún día sus profundos conceptos. La doctora Dusseldorff era alta, huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies enormes. La clase la miraba, expectante; la universidad argentina se conmovía con su presencia. El portero, con la estufa encendida colgando de una mano, un paso detrás de ella, no le llegaba al hombro.
—Gracias —dijo al portero en correctísimo castellano—. Puede retirarse.
Los alumnos se acomodaron en sus asientos; el antropólogo, también. La clase comenzaba casi a horario.
—La clase anterior —dijo la doctora, a quien le gustaba ir directamente al punto—, habíamos llegado hasta los paradigmas de caza y pesca, armas e implementos, ¿verdad?
Menos Romero, todos en el aula dieron cabezadas afirmativas.
—Bien, hoy no usaremos cintas grabadas —dijo la doctora—. Vamos a retomar con el propio informante el área correspondiente a pesca. Por favor, señor Marcelino, ¿cómo se dice “pescar”.
El indio los miró, después miró inexpresivamente la pared y dijo:
—Sokoenagan.
—Muy bien. Así que esto es “pescar”. —La doctora lo anotó en el pizarrón.
El indio sacudió la cabeza.
—No —dijo—. Yo voy a pescar.
—Ah, bien, la primera persona verbal del singular. Entonces, usted va a pescar —lo señaló, pero el indio no dijo nada—. Bien, pero ¿cómo se dice “pescar”?, solamente eso.
—Sokoenagan —dijo el indio.
La doctora quedó con la tiza en alto.
—Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos “él pesca”?
—Niemayé-rokoenagan —dijo el indio.
—Perfectamente —expresó la doctora, y se explayó en consideraciones morfofonéticas.
Durante los siguientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente.
—Recapitulemos —dijo, al fin, la doctora—. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan; tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-rokoenagan. Adviertan que existe una glotalización con valor distintivo en…
El indio decía que no con la cabeza. Dejaba entrever que lo recapitulado no era correcto.
—¿Cómo? —exclamó la doctora frunciendo el ceño.
—Está sentado, todavía no fue —dijo Romero.
Se hizo un breve silencio.
—Un tiempo continuo, entonces, o un elemento espacial en la conjugación —avisó la doctora a la clase—. Explíquese —dijo severamente al toba—. Por un momento pareció que iba a agregar “buen hombre”, pero no fue así.
—Está sentado, todavía no fue a pescar. Está pensando —dijo el indígena—, está pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca.
Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no parecía facilitar las cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido la oportunidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado la posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania.
—¿Podrá ser, doctora, tal vez, un subsistema de presencia/ausencia del objeto de referencia?
—No creo que sea el caso —replicó, con frialdad, la doctora.
El antropólogo, joven, pálido, de traje y bufanda, con experiencia de campo, intervino:
—Permítame, doctora —era un hombre que sabía manejarse con los indios—. ¿Qué querés decir cuando decís que lo estás viendo cerca, Marcelino? —el antropólogo tuteaba al toba, aunque debía tener veinte años menos.
La doctora aprobó con una inclinación de cabeza la eficaz intervención masculina.
—Si no lo veo, digo de una manera distinta —dijo Marcelino Romero. Y agregó: —Pero no pesca; va a ir a pescar.
Se escuchó un suspiro de alivio general. El antropólogo daba explicaciones a unas alumnas sentadas a su alrededor. Fumaba elegantemente. Conocía al detalle las últimas corrientes teóricas; en privado, añoraba la época de la Antropología clásica y soñaba con reeditar a alguno de aquellos refinados y eruditos dandies ingleses, capaces de internarse en lo más profundo y salvaje de la jungla o del desierto sin perder el estilo, todo por la ciencia. Él mismo ya había estado en el monte indómito del Impenetrable. Esto le otorgaba una secreta superioridad sobre la doctora, que sólo había trabajado con lenguajes artificiales, estadísticas y computadoras. Los murmullos se generalizaron.
—Muy bien, Marcelino —dijo el antropólogo. Su tono contenía un premio.
La clase continuó. Romero permanecía sentado, inmóvil; la espalda, recta, no tocaba el respaldo de la silla.
—Pasemos a la caza —dijo la doctora, acomodándose los anteojos.
El antropólogo sintió que nuevamente le correspondía tomar la palabra.
—Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Marcelino?
—Sí —dijo el indio.
—¿Había algún rito… —el antropólogo titubeó—, quiero decir, alguna reunión, alguna ceremonia, antes de que fueran a cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto?
—No —dijo Romero, y miró vagamente a su alrededor.
Se produjo otra vez un evidente desconcierto. La doctora intervino. Manifestó su interés en preguntar exclusivamente sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo estuvo por completo de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiera formular la primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba en voz baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad que se podía contraer por maleficio del animal perseguido. Él se había enfermado de ese modo, por maleficio, cuando era un chico. La ciudad se parecía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente. Recordó a su padre y a su abuelo, cuando lo llevaban a cazar. Ellos le habían enseñado cómo hacerlo. Pero él, con los años, había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse, porque se había peleado con el capataz, que era paraguayo, y les daba trabajo nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos.
Aunque dicha en voz baja, la última palabra resonó extraña en el aula. Los presentes miraron al toba como si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empezaran a descubrir en é1 una cualidad antes no percibida, un atributo inesperado; en el aire flotaba una observación notable: ese indígena era argentino.
—Me fui un domingo a hablarle —proseguía el toba. No había variado la actitud y su mirada permanecía fija en el suelo—. Y me pelié. Trabajábamos toda la semana, no había domingo.
Estudiando su cuaderno de notas, la doctora lo interrumpió:
—Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción cultural. —Miró al antropólogo, que acudió otra vez en su auxilio.
—Está bien, Marcelino —concedió el antropólogo con cierta advertencia en el tono de voz; tenía experiencia de campo, había estado en el Impenetrable y sabía cómo hablar con los indios—, está muy bien —ahora parecía dirigirse a una criatura—, pero queremos que nos cuentes de cuando ibas a cazar; qué armas usabas, cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías dieciocho años cuando te viniste del Chaco.
—Sí, me vine —dijo el indio—. Yo no quise entrar en la transculturación —como llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclinaron; se tomó nota de esta palabra tan correctamente asimilada por el toba—. Yo reboté porque me pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos cargado todo el domingo. Mi abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos los vagones con los fardos, aunque llovía. Entonces me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmigrantes; pero la pieza era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por todos lados.
La clase estaba en suspenso. La doctora, impaciente, miró al indio y dijo con tono autoritario:
—Vamos a continuar con implementos y armas, pero antes probaremos con dos palabras para retomar la parte fonética —miró otra vez al toba—. ¿Cómo se dice “pez”?
Romero suspiró y, por primera vez, se apoyó en el respaldo de la silla; después, metió las manos en los bolsillos del pantalón y cruzó una pierna sobre otra. El gesto no pareció oportuno en el contexto de la clase. Miró de frente a la doctora.
—Naiaq —dijo.
—Bien, entonces podríamos establecer: sokoenagan naiaq: yo pesco un pez. Observen que hay dos nasales en contacto —advirtió con algo que podía parecerse al entusiasmo, la doctora — lo que produce…
—Si el pez está ahí y yo lo veo, sí —interrumpió el indio—, si no, no. —Todos lo miraron—. Hay otra forma —concluyó, finalmente, el toba.
—¿Cuál? —preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían achicado detrás de los enormes anteojos.
—Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak —dijo el indio.
Algunos de los presentes creyeron advertir una sombra de sonrisa en la cara pétrea, pero los ojos estaban serios y fijos.
—Parece que el informante no está bien dispuesto hoy para la parte lingüística. Si quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y arrmas —dijo la doctora, marcando tremendamente las erres.
La clase en pleno se relajó. Sería lo mejor. Todos se daban cuenta de que la doctora estaba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría, su lengua materna subía a la superficie. El informante debía colaborar, de otro modo era imposible organizar adecuadamente la parte fonética.
—¿Un merecido receso, doctora? —dijo, sonriente, el antropólogo.
Todos rieron. Una de las alumnas se ofreció para traer café. El antropólogo y la doctora se retiraron a un rincón, a hablar en voz baja. Dos estudiantes se acercaron al indígena, que permanecía sentado en su silla.
—Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar todo el día.
Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero no se levantó de la silla. Cada tanto, un rápido parpadeo era lo único que le modificaba la expresión.
—Así que la ciudad no te gusta —le dijo uno de los estudiantes—, pero vos acá podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no, Marcelino? Estás mejor que en el Chaco.
Romero dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo:
—Pero cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad.
Diez minutos más tarde, el antropólogo golpeaba las manos con soltura académica.
—Continuamos —dijo.
Mientras los alumnos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió a Arqueología. Cuando volvió a entrar traía dos arcos, varias flechas, tres lanzas de diferentes tamaños y un lazo hecho de fibras vegetales con complicados nudos en los extremos.
—Bueno, Marcelino —el antropólogo se colocó frente al toba—, ¿reconocés estos elementos, estas armas…? —sostenía el arco y las flechas delante de los ojos del indio—. Desde la silla, el toba miró los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de los dedos el arco. Bajó la mano.
—Sí —dijo—, sí.
—¿Alguno te llama la atención en forma especial? —continuó preguntando el antropólogo.
El indio tomó una de las flechas, la más chica, sin plumas en el extremo.
—Ésta es una flecha para pescar.
—Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que tu abuelo tenía todas estas cosas guardadas en su casa.
De repente, el indio se puso de pie y se inclinó sobre el antropólogo. Todos se sorprendieron y el primero fue el antropólogo, que dio un brusco paso atrás. El toba le habló en voz baja.
—Por supuesto, Marcelino —el antropólogo intentaba reír—, por supuesto.
—Marcelino pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo para reconocer el arco —informó a la clase.
Se oyeron unas risas aisladas, de compromiso. La doctora, completamente seria, anotaba algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos del toba, el arco dejó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo. Sus manos, anchas y morenas, lo recorrían parte por parte. No había ninguna afectación en ese reconocimiento. Su disposición era la de alguien que sabe muy bien lo que va a hacer. Con una mano sostuvo el arco y con la otra tomó las flechas.
—Ésta es de caza —dijo sin dirigirse a nadie.
Paradójicamente, se veía mucho más corpulento sin el saco. El cuello y los hombros eran poderosos. En la frente, inclinada para observar mejor los objetos, se marcaba una vena desde el entrecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo miraban con curiosidad. No parecía el mismo hombre que hacía unos minutos contestaba pasivamente las preguntas de la doctora.
—Y ésta es la de guerra. —Al decirlo, el indio miró al antropólogo. La flecha que sostenía era la más grande, con un penacho de plumas de colores en el extremo. —Mi abuelo decía que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos —miró otra vez al antropólogo y después a todos—. Antes de que el antropólogo hablara, dijo:— Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus a las tierras del indio.
Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba. No podía decirse que estuviera haciendo nada inapropiado, pero algo había en su manera de pararse y de sostener el arco que sobrepasaba los límites de una clase en el Instituto. El antropólogo se había sentado cerca de la puerta, a un costado del indio, y lo observaba. Trataba de aparentar interés pero era evidente que estaba algo desconcertado e incómodo.
Con una destreza sorprendente, el toba tensó la cuerda suelta y la amarró al extremo del arco. Los ojos de la clase estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud se pintó en las caras. En realidad, nadie conocía bien a ese indio. Habían dado con él por casualidad y había resultado particularmente oportuno para ilustrar las clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar el hilo perdido de la clase, el antropólogo preguntó:
—Cómo se dice “flecha”, Marcelino.
El indio levantó bruscamente la cabeza.
—Hichqená —dijo.
—Podemos establecer una comparación con la terminología mataca que…
El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas separadas y firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una parte de su pelo, renegrido y duro —de tipo mongol, pensó automáticamente el antropólogo—, se había deslizado de atrás de su oreja y le caía sobre la cara. La mano oscura alrededor de la madera se veía enorme. Una energía insospechada hasta entonces —en las clases anteriores el indio había permanecido siempre respetuosamente sentado en su silla— se transmitió de su cuerpo, estableciendo una fuerza recíproca entre su brazo y la tensión del arco, una potencia masculina que fastidió especialmente a la doctora Dusseldorff, habituada a las jerarquías asexuadas de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo:
—Kal’lok —y repitió más fuerte—, Kal’lok.
Nadie anotaba ya las palabras. Con una agilidad que dejó a todos en suspenso, el indio se agachó y tomó una flecha apoyada contra la silla, la más larga, la de guerra, con el penacho de plumas. La doctora había dejado el cuaderno de notas sobre el escritorio. El antropólogo se levantó de la silla. Estaba algo pálido.
—Creo que no es necesario… —empezó a decir.
—¡Ena…! ¡Ená…! ¡Peritnalik! —la voz profunda del toba rebotó en las paredes.
Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la flecha en el arco y tensaba la cuerda al máximo. Había quedado de perfil a la clase, un brazo extendido, el otro codo alzado, y en esa actitud era muy fácil imaginar su torso desnudo como en un sobre relieve. La flecha ocupaba, exacta, el vacío de la tensión. La punta alcanzó la altura de los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca abierta.
—Hanak ená ña’alwá ekorapigem ramayé mnorék, ramayé lacheogé, ramayé pé habiák… —murmuró la voz ronca del indio—.
Estaba inmóvil. Sólo su torso describió, lentamente, un semicírculo que abarcó toda la clase. Algunas cabezas iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían adelante; un cuaderno cayó al piso. En el fondo del aula, una chica se puso de pie.
—Kal’lok —dijo el indio.
El silencio pesó como una losa.
El toba bajó, despacio, los brazos y destensó el arco. Con delicadeza sacó la flecha y la colocó junto a las otras. Apoyó el arco en el respaldo de la silla. Retiró el saco y se lo colgó del antebrazo.
El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hubo carraspeos, alumnos que se inclinaban buscando en el suelo sus cuadernos de notas, algunas toses aisladas. El antropólogo, todavía tenso, encendió un cigarrillo y se aproximó al indio.
—Perfectamente, Marcelino, perfectamente —dijo.
El gesto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general, se intentaba averiguar quién había tomado notas. No se sabía si la doctora tenía el grabador encendido. Recorrió el aula la información de que lo dicho por el toba había sido una oración a Peritnalik. Algo como “…el dueño del fuego, el dueño de la noche y de la selva…” y también algo más, pero no se podía asegurar.
Rápidamente, se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración de Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó casi sin mirarlo.
El antropólogo y la doctora Dusseldorff salieron enseguida. La clase no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición era un pilar fundamental para los fines científicos.
by Claudio Medin | 14 \14\America/Argentina/Buenos_Aires septiembre \14\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Ensayo
La poesía Latinoamericana siempre puso en discusión ese cruce entre realidad e imaginación, entre escritura y praxis. Quizá una de esas herencias simbólicas sea la antología Poesía Trunca (Casa de las Américas, 1977) que recoge el trabajo de 16 poetas asesinados o desaparecidos en la lucha de la liberación de la Patria Grande. Trilogía de cenizas es una antología que reúne textos de Celso Gabriel Arancibia, Miguel Rojas y Daniel Rivero, y sus voces comprometidas vuelven a poner en debate el alcance de la palabra poética en un mundo postmoderno y neoliberal.
“La crítica debe hablar el lenguaje de los artistas. Pues los conceptos del cénacle son consignas. Y sólo en las consignas resuena el grito de combate”.
Walter Benjamin
Los poetas Daniel Rivero, Miguel Rojas y Gabriel Arancibia en sus lecturas públicas se presentan como “perdedores” (al considerarse actores de reparto de un mundo desencantado que ni siquiera los convocó ni tuvo en cuenta), y lo manifiestan sin prejuicio ni tergiversaciones, dejando en claro, desde un primer momento, su pertenencia social: una extracción de clase que se verá refractada en la temática de sus textos. Cada uno de los estilos propios se halla asociado por tópicos recurrentes, identitarios, que decanta en un lenguaje que denuncia a un sistema fundado sobre la explotación.
Rivero, Rojas y Arancibia se han autopublicado una antología compartida —asumiendo la responsabilidad de editores, además del compromiso como poetas—, y si se coteja la edición se observará que no constituye, por un detalle sustancial, otra de las tantas antologías poéticas que aparecen periódicamente. Al volumen se le adosa un paratexto que tiene una incidencia espacial e ideológica. En su título aparece el sema “barrial” y eso reconfigura la percepción del lector, porque de inmediato lo ubica en un locus particular. Hay una identificación de y con lo inmediato en donde se desarrolla la cotidianeidad, siendo que en los pueblos la primera geografía que se aprehende y reconoce es la del barrio.
Por consiguiente se resalta que los hacedores de la Antología poética barrial Trilogía de cenizas (Ediciones La Galera, Trelew, 2009), adosan un vocablo raramente utilizado en las manifestaciones poéticas. Podría haberse leído Antología “trelewense”, “chubutense” o “patagónica”, pero los autores optaron por el término “barrial”. En el campo de la representación tiene su significado, sobretodo en estas épocas de restructuración urbana en las que prevalece y determina el status la pertenencia diferenciadora del countrie o los barrios cerrados. También incide el carácter privatista e individualista impuesto por el capitalismo, ese privilegio de pertenecer que conlleva la ubicación en lo más alto de la pirámide social.
Campanita
llega a la esquina
cuando el sol le quita el cinturón
de castidad a la morbosidad humana
y el universo de lámparas amarilla
explota, se desliza al borde del río.
Campanita
rubia, luciérnaga alada,
fuma un cigarro mientras observa
mujeres gordas y reprimidas
paseando en sus coches.
Campanita
espera y espera
hasta que un micro de larga distancia
trae a un subversivo fálo
cargado de millones de espermas.
Un par de vueltas por el pueblo
y la luciérnaga desciende
emprende vuelo hacia la roticería
de enfrente
a rendirle tributo al despiadado destino.
Daniel Rivero, p. 12
Un pueblo (o un barrio) se reconoce como tal por una serie de sucesos que conforman su historia, su anecdotario, y es en ese lugar común donde la tradición y los espíritus de época afianzan su proyección en la historia. Las diferentes tipologías culturales se entrecruzan generando el proceso dialéctico que conforma la trama de dicho itinerario.
Podría pensarse a esta antología como un cuadro de situación, una mirada multiplicada por tres, una cosmovisión del mundo que diverge y converge en los elementos que la constituyen, las cuales cobran sentido y trascienden a través de una estética similar: una poética nutrida de la emergencia y la denuncia.
Los poemas (todos los textos literarios) se contaminan del discurso social. Esa palabra que circula por la comunidad se resignifica, se carga de sentidos y, por supuesto, supuran las propias vivencias de los autores. Esas experiencias son pasadas por el rasero del arte, estetizadas, convirtiéndose en literatura; pero es sabido que esa simbolización no la separa de la realidad, sino que la refuerza, la replantea. Bien lo señaló Henry Miller en la novela Primavera negra: “En la calle se aprende lo que son realmente los seres humanos, de otro modo o más adelante, uno los inventa. Lo que no está en medio de la calle, es falso, derivado, es decir, literatura.”
En el trabajo que todo escritor realiza sobre el lenguaje queda evidenciada la práctica que sustenta y da entidad a la misma literatura. En su inscripción y ejecución surge la obra. Es en la instrumentalización de la máquina textual, en la constatación de su propia materialidad, donde el “arte como artificio” ―como señalaba Shklovski― que, además de la mera función estética, se asume el cometido de liberar las tensiones internas del lenguaje; por lo tanto se concreta “la función poética” por la que abogaba Jacobson. Ese funcionamiento del lenguaje o, más concretamente, de la literariedad o literaturidad, como se suele traducir también el término ruso literaturnost, lo identifica y le otorga tesitura en el universo de los bienes simbólicos.
La literariedad de un texto requiere ―más bien encuentra― su propia esencialidad al confrontarse con la realidad; una especie de “prueba de fuego” de carácter decisivo que pertenece al campo social. El mensaje literario transita en la sociedad de discurso, pero rebota mucho más en el grupo-modelo-burgués, que se diferencia del resto en lo social, cultural y económico; pero a su vez lo excede, y es ahí donde el relato refuta posiciones, trastoca hegemonías.
En consecuencia, en el texto habrá expresiones habituales (del discurso diario) pero expuestas a un proceso de resignificación; y este es el acto que lo integra a la serie literaria. Más allá de las vicisitudes particulares, todo poema, toda trama narrativa, evidencia su pertenencia a la biblioteca universal. Ha dicho Ítalo Calvino que los libros “llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado”. Estos escritos tienen sus propias células que se asocian y relacionan con otras escrituras que conllevan una tesitura similar; pues el ADN con que fueron compuestas se corresponde a la poesía que fuera llamada de compromiso social o política, por lo tanto su discursividad se coliga a opciones “insurgentes” afines a los tiempos que corren.
No obstante, interpelar ciertos conceptos nos obliga a mirar de soslayo lo que sucede y acontece en cada bloque histórico, porque en ese trayecto se disputan los espacios de poder con los antecesores y se pretende suplantar e instalar el propio paradigma. Todo cambio o recambio de las ideas dominantes produce conflictos; sin embargo siempre existen espacios, compartimientos o retículas que sostienen discursos perimidos. Otros, totalmente obsoletos, señalan el agotamiento de modelos que, en definitiva, han decantado en crisis. Bajo tales circunstancias, emergen potencialidades que habían sido postergadas en la lucha de clases, o en el ordenamiento e imposición piramidal de la sociedad. Entonces la práctica verbal forma parte de esa fricción, y desde la ficción también surge el reconocimiento y la valoración del otro, lo cual amplía el universo de la misma acción política.
“Todo es política” ha dicho Mangabeira Unger, es decir, la cultura (con cada una de sus manifestaciones genéricas) tiene que contribuir a la consolidación de procesos políticos inclusivos (debe abrevar y participar de la multiculturalidad, de la diversidad, y el reconocimiento de las minorías). Uno de sus tantos trabajos posibles será desmontar (o deconstruir) las narrativas hegemónicas que desplazaron y marginaron a lo diferente, arrojándolo a la periferia.
Tropiezo con los sistemas
Tropiezo con las empresas
(especialmente de trabajo temporal)
tropiezo con ministerios
y tropiezo,
ay! de mí,
con ministros.
tropiezo con las leyes
y,
meticulosamente,
tropiezo con los jueces,
tropiezo con las armas y con los traficantes
tanto como con los reyes,
tropiezo con la amargura
y con la tristeza de tu cara en la lluvia.
Renuevo mi compromiso inquebrantable
de tropezar mil veces con la misma piedra.
Miguel Rojas, “Escamoteo”, p. 30
La historia de la humanidad está signada por estas luchas populares. En las condiciones actuales la democracia ha significado un gran paso histórico, pero todavía algunas de sus metas no se han logrado, mucho menos cumplido. Existe una serie de limitaciones de orden ideológico, político, económico, cultural, técnico, e incluso psicológico, que se deben superar para que puedan ponerse en práctica aquellas instituciones que hacen a un sistema político más participativo.
Es necesario forjar una nueva perceptiva del hecho político, alejada del influjo neoliberal, y la cultura tiene mucho que aportar en ese objetivo. Si pensamos que las literaturas menores son contestatarias, intrínsecamente políticas, la tarea es replantear las discusiones y los proyectos, incluso los que incumben a la poesía misma. Porque la “democracia” no es sólo elección sino también participación, es el ámbito en donde prevalece el conjunto, es la realización de la comunidad. No hay ni puede haber poesía sin ideología, como tampoco hay clase social sin producción cultural. Esta convicción política de la poesía responde al menos a dos lecturas: por un lado, el gesto surrealista de André Breton, en su versión conjugada de Arthur Rimbaud y Lenin (“Hay que atreverse a vivir la poesía”), y la otra con el lema “La poesía debe ser hecha por todos”, del conde de Lautréamont.
Se sobrevive en emergencia: los acontecimientos diarios apuntalan su sedimento en la conciencia. Por eso no es posible realizar lecturas parciales ni cerradas, mucho menos sin anclaje político, ajenas a la densidad del contexto histórico.
Es necesario reconocer, desde el principio, que se “reflexiona” en base a conceptos concebidos como instrumentos de análisis por la cultura dominante occidental. El Estado, más allá de los reconocimientos y avances comprobables en el campo social, todavía tiene deudas con su propio pasado y también con los problemas actuales. Sin embargo, para intentar solucionarlos, está la herramienta de la política y los dirigentes deben aceptar el desafío de la hora. La violencia contra la “alteridad” es una pesada herencia que obliga a ejercitar la memoria, a mantenerla activa, y el acto poético es otra de las herramientas y recursos para abordar la realidad.
Donde las supersticiones cubren nuestro miedo
a quedar desnudos ante la otredad
y el viento de las religiones
arremolina y llena de ecos nuestra conciencia
El tiempo se nos filtra por la piel
y ojeras en la memoria de los que fueron y serán
son los pocos minutos de este adiós
sin partidas, ni flores de otoño
para la penumbra de este día
donde no resignamos a ser
lo que nos obligan a ser
Gabriel Arancibia, “Desde las periferias”, p. 48
Las políticas económicas del capitalismo tardío menospreciaron, por lo menos en Latinoamérica, la democracia de cada uno de sus pueblos. Para lograr ese cometido apeló en la práctica real a las dictaduras. No sólo sometieron a las poblaciones a través de modelos económicos discriminadores, sino que rompieron el desarrollo político de las bases populares. La persecución fue una estrategia efectiva para identificar y aislar a la otredad. Desde un primer momento, la pertenencia social, tanto la militancia política como la extracción de clase, se vieron compelidas en las acciones represivas impulsadas por los gobiernos de facto.
“¡Ustedes no nos matan,
nosotros elegimos morir!”
así recuerdo a María Victoria.
sé que son estas palabras
las que salpican mi sangre
las que devoran en mis entrañas
al animal que engloba los rasgos
típicos de la criatura inanimada
búsqueda inútil de una noche pérdida
incesante apego que no cesa
hasta verme agotado.
orgullo, silencio, horror,
altivez, actitud, sueño.
atajo frívolo de recuerdos
en la tarde somnolienta y fría,
memorizo dos,
tres palabras,
y así enciclopedia rodante
destierro mis huesos,
para no volver.
Miguel Rojas, “Protervo”, p. 31
Quienes se opusieron a los golpes de Estado no sólo defendían y reclamaban por la democracia; sino que denunciaban, a su vez, un sistema perverso fundado sobre la explotación. Es evidente que el poder hegemónico de los setenta inventó la figura sociológica del detenido-desaparecido, e impuso, de esa manera, el miedo y el terror a la ciudadanía, lo que fue clausurando su intervención política.
La década del ‘90 agregó otra retórica —cínica y perversa— en términos económicos: la categoría del excluido. Desde su posición dominante no sólo postergó o retaceó la capacidad de asalariarse, sino que en el despliegue de su política financiera, además, les negó a las multitudes subalternas un lugar en la comunidad donde ser y existir.
Debido a esta purga que realiza quien distribuye las acciones en el mercado de valor, es que se erige y alimentan poéticas como las que son publicadas en esta antología barrial. Textos sin preventa ni reventa, textos escritos con conciencia de clase, con dolor de tripas (Rodolfo Kusch ha dicho que “la cultura es una cuestión de tripas”).
Esa compleja trama que describíamos benefició únicamente a la burguesía acomodada y a la elite que detentaba el poder, mientras tanto una parte de los subordinados mantuvo y mantiene —con la plusvalía obtenida de la enajenación de su fuerza de trabajo— el nivel de vida de los dueños del capital. En ese diseño excluyente el resto nunca cuenta, porque son considerados explotables, descartables, un punto que sólo se verifica en las estadísticas. Para simplificar, tanto los “perdedores” como los “vencidos” son la causa resultante de la adopción del capitalismo neoliberal en nuestro país y en el mundo.
Hombre, arcilla para el hombre
moribunda célula
que se extingue en el vientre de ozono
en elíptico desamparo.
Daniel Rivero, “II”, p. 9
El avasallamiento de la hegemonía se caracteriza por el silencio que impone a los vencidos. Bajo esta perspectiva la historia se construye desde la voz del poder, porque sólo se legitima la narrativa del vencedor. El modelo tiene sus parámetros de funcionamiento, y se articula a través de un índice desde donde ejecuta y selecciona a sus adjudicatarios. A esa mirada cercenante se le podría oponer un contrapunto teórico con lo que advierte Walter Benjamin en el libro Tesis sobre filosofía de la historia, indicando en la tesis VI: “El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.
El estado de peligro, el estado de excepción, permitiría un instante en que el pasado se presenta como posibilidad para redimir a los vencidos, pues la chispa que enciende el fuego (de la liberación) representa la instancia de cambio, de tiempo-ahora, donde los vencidos regresarán con su voz exigiendo la rehabilitación en la memoria y en la lucha.
Además, en la solapa de la edición de la antología, se consigna una cita de Paulo Freire que plantea un reconocimiento: “A los desharrapados del mundo y a quienes, descubriéndose en ellos, con ellos sufren y con ellos luchan”. Puede considerarse una declaración de principios.
Las poéticas de Rojas, Rivero y Arancibia se encuentran imbuidas de ese mismo estado de emergencia, porque escriben inmersos en la misma emergencia de la historia, porque la escritura es el aliento que los impulsa (“Escribimos por todos esos rostros ausentes…”, Arancibia, p. 60) haciéndoles partícipes de la pasión de lo real, por lo tanto se sitúan en esa zona de debate y discusión, y desde ese campo de batalla pueden asestarle un duro golpe al destino excluyente.
La regla impuesta por el discurso dominante hace que la arena de enfrentamiento sea dentro de ese mismo discurso, bajo sus propias reglas y sus inequívocas órdenes; el subalterno debe apropiarse de dicho discurso, plantear la disputa y el enfrentamiento dentro de esos mismos códigos.
Esa poesía contestataria será el lugar donde se funda el contrapoder, la visión otra de los vencidos que pueden hablar; y estos poetas hablan, poetizan, e irrumpen en la escena literaria burguesa y rompen el orden del discurso desde el barrio.
Los poetas hablan de manera exquisita
sobre su soledad prostituída, por el gris oscuro,
de su melancolía.
Siempre poseen mujeres, de ojos con la inmensidad
del cielo azul, a las cuales ha amado
de mil formas, por las cuales recorrieron
toda la luna en busca de una rosa negra;
y transformados en Pegaso regresan
hasta la puerta de su amada
y desde su corazón
extraen la flor que se tiñe de rojo por la sangre
La belleza se encuentra en sus manos, oídos
olfato, gusto y vista, su sexto sentido les dice:
“Tus manos tomaran la cola de un cometa
y viajaras hasta el sol, para inmortalizar tus cenizas,
y transmigrarte en pájaro de fuego”
Cada vez que la lágrima de un niño rueda y cae
sobre la alfombra de hielo de ciudad
acude a ellos un sonido que leva el ancla
y en su barquito de papel salen a navegar por mares
ultradesconocidos para rescatar a estos pequeños
de sonrisa naranja, con fragancia de menta
y contarles que el hambre estrangulando sus vidas
será encerrada en una jaula de cristal
Y ellos reirán con risa de dioses,
Jugaran en toboganes de nube,
y correrán con sus pelos color de trigo al aire
en el paraíso de núnca más el hambre
POR SIEMPRE LA FELICIDAD.
Huelen jardines dónde ellos deshojan la soledad del mundo
junto a un río, con el perfume de las rosas mosquetas
los pinos en primavera
y peces saltando a través de un arcoiris de plata
con su visión atraviesan el tiempo y el espacio
y llégan hasta tiempo inmemoriales
degustando el vino de Jesús y acostándose
con Venus en un colchón de estrellas cubiertos con lirios
del Jardín de Zeus para luego abandonarla
y casarse con Maria Magdalena
La muerte siempre los encuentra atareados
cocinando suntuosos manjares para sus enamoradas
o creando sortilegios con metáforas de viento
Cuando nada de esto sucede la muerte ingresa
a la casa, y luego sale horrorizada
por la inmensidad y virilidad del pene
con el cual intentaron penetrarla
Si nada de lo antes mencionado ocurre
se búscan muertes exóticas y simbólicas
por ejemplo
pegarse treinta y dos balazos y beber mucho agua
para regar el cementerio y luego fertilizarlo
O meterse una dinamita en el culo para luego explotar
Y EXPANDIR SU UNIVERSO DE CREATIVIDAD
Y LUZ
Gabriel Arancibia, p. 45