Cinco poemas de Natalia Salvador

Cinco poemas de Natalia Salvador

 

Compartimos cinco poemas de Natalia Salvador (Comodoro Rivadavia, 1974), poeta, narradora, profesora de teatro y titiritera.

 

Una seña

 

Esa lengua

se sale de sus límites

prueba el mundo

y el mundo está

en ella

trazos líneas puntos

que cada día son distintos

¿contará sus viajes?

¿cambiará de noche

o de mañana?

¿se repetirán sus líneas?

Esa lengua

¿nombrará sus trazos?

 

 

Enumeración

 

Una tarde al pie de la puerta

esperando con la muñeca en la mano

Un laberinto de árboles y carteles

Una risa contenida entre ranitas húmedas

Una tristeza de la noche que apura el final del juego

Una oscuridad de bullicio y bichos

Tu mano llevándome el miedo

Un gatito que jamás vi crecer

Unos raspones que arden en la memoria

Una abuela que todavía escucho rezar

Un rincón al viento que nos acercaba

Un zanjón que cruzamos a otro mundo

Unas masitas tan ásperas

 

Escribo nombro

enumero cosas

que dicen

lo imposible.

 

 

Distancia

 

Anda por la casa

sola

a veces la llamo

le invento nombres

eufemismos sonsos

igual no responde

nunca

 

Quiero darle la bienvenida

agradecerle

Quiero que se vaya de una vez

y no vuelva

 

Cuando me mira fijo

a los ojos

no me queda otra que

sostener temblando la mirada

a ver qué se le ocurre

a la desgraciada

 

Ojalá fuera conejo

una sabría cómo tratarla

Ha venido a instalarse

y no sabemos cómo

llevarla

 

La indiferencia en este caso

no mata

las estampitas y velas

no funcionan

no entiende de

hierbas o palmadas

 

Lo peor es que nos vamos

acostumbrando

la rutina de estirarse

mientras el mate

sacudirnos de risa

y de llanto

 

Voy a abrir puertas

y ventanas

que el viento se lleve toda

tristeza

entren abejas y libélulas

moscas negras azules

bichos de arroz

alacranes por qué no

hojas de roble de higuera

manzanas con gusanos ciruelas

¡vamos a vivir

como si todo!

 

 

Corte

 

Por alguna razón yo estoy

en este lugar y escucho

adentro mío una mariposa

negra que aletea

en la sangre

con una respiración que

también es mía

y un zumbido que crece

retumba entre los dedos

no es de otro

no el de cualquiera

es su propio zumbido

 

Ante un sonido así

siempre me abandona la incertidumbre

de que la muerte

es más ruidosa que un aleteo.

 

 

Fotograma 1

 

Todo de aquella noche

tengo

El olor de los jardines

de un lado

y del zanjón

del otro.

Luces embichadas y no

estrellas por todos lados

como lamparitas colgando

de quién sabe qué clavos.

Las piedras me hacen

tropezar

pero tu mano

tu mano tiene el

reflejo exacto

para no dejarme

caer.

 

No sé todavía

por qué tanto miedo a la noche.

 

Pasa un auto despacio

los demás están adentro

ningún ladrido,

sólo nuestras sombras

agarradas a cada paso.

Todo tengo

menos

tu voz.

 


Natalia Salvador (Comodoro Rivadavia, Chubut, 1974). Profesora de teatro, narradora oral y titiritera. Con el grupo de teatro independiente Teatrapo ha realizado espectáculos de títeres y narración oral para niños y adultos. Ha investigado sobre el movimiento de la narración oral en Colombia (beca Cultura Nación), sobre la narración oral vinculada a la memoria en Chubut (beca grupal FNA), y sobre el teatro para niños en Chubut (beca INT), difundidas en distintas jornadas y publicaciones. Integra el equipo de investigación Cartografías culturales y literarias de la Patagonia y de América Latina, dirigido por Luciana Mellado. Coordina el taller de narración oral Palabras Abiertas en la Biblioteca Municipal desde el año 2010. Se ha desempeñado como docente, acercando a niños, adolescentes y adultos al teatro, la narración oral y los títeres. Integrante del Colectivo Artístico Peces del Desierto desde sus inicios. Publicó poemas en la plaqueta Vuelo de Pez No 1 (2011) y en la plaqueta Peces del desierto No 10 (2017).

Cinco poemas de Natalia Salvador

“Los desquiciados”, una novela de Nicolás Guglielmetti

 

Los desquiciados (HD Ediciones, 2017) es la segunda novela de Nicolás Guglielmetti, poeta y escritor bahiense. En diálogo con su ópera prima en el género, Fisher y los refugiados (17Grises, 2016), se sitúa en una Bahía Blanca caótica, donde todo pareciera a punto de estallar. A modo de un rompecabezas, los hechos se van recomponiendo (¿o descomponiendo?) de a fragmentos.

Presentamos aquí una muestra de la prosa electrizante y ágil de Los desquiciados:

Por más que nadaba, el agua reía. Ese mar que daba lengüetazos sobre los pies lodosos del polo industrial no era ni siquiera un mar. Era una ría tan mía como de cada uno de los habitantes que, en silencio, consumían los medios comprados del lugar. Un día todo empezó a irse, menos yo. Yo de acá no me muevo. A mí me van a tener que sacar con las patas para adelante. Le digo a Irsine que se ate el pelo y abotone las mangas. Que los tornos, como las rotativas, son monstruos con mandíbulas potentes. Allí ponemos parte de las píldoras para filtrarlas y que salga en polvo. El mismo color que la urea pidieron Irsine y Gascoine la última vez y todos contentos. Gendarmes, putas convertidas del trash metal e inspectoras entongadas. ¿Qué relación tendrían con el de medio ambiente y el periodista número uno del diario local?

#

La cosa parece mejorar. Una cara conocida al fin. Una mujer que se parece a Sharon Stone ahora acerca una toalla. Prende la calefacción del splint y me pide que cierre los ojos y me pare, que ella me va a sacar la ropa. De poder ver bien no los cerraría pero el agua y el amoníaco han hecho estragos. Estábamos metidos en algo grande, pero no pensamos que fuera para tanto. Un regasificador, conductos de agua corriente ocultos para enfriar los caños maestros, crackers de estaño y cápsulas de azufre. Todo lo necesario para firmar un contrato de confidencialidad con renta y jubilación incluida pero, ¿qué hacer con las preguntas y el tiempo muerto cuando no se tiene miedo a la muerte ni familia ni moral? El tintinear de la cuarentona que voy a bautizar Sharon se condice con el de sus pulseras de plata. ¿Qué hace vestida con un vestido cuello bota negro la encargada de darme las malas noticias? ¿Por qué no habla y lo baja de una en lugar de hacer un rollo a la altura del cuádriceps y dejarse sentir la respiración leve y perfumada por encima de las ingles? ¿Cuánto hace que no sentía el aire cálido entre los pliegues vahosos de las piernas y los cuartos traseros? ¿Por qué no me habrán dado tiempo a descansar y pensar un poco? ¿Acaso se trata de un nuevo método creativo de esos que dan en los talleres para estimular lo omitido?

¿Qué haremos con los que nacieron sin noción de la tradición? ¿Qué harán cuando les empuñen reticentes el valor y se los escupan como un monje beduino para que confiesen? ¿En dónde la enterraste?

#

Los bahienses no están vivos. Pertenecen al decorado que la planta tiene en su mega cartel institucional. Si hubiera alguien con sangre en estas dotaciones se responsabilizaría a los culpables de las masacres en todas sus formas, pero no. Tapemos el foso donde quemamos a los indios con una linda acera peatonal donde señoras botoxeadas y garcas de papada rosa puedan mirar precios de lo que sea. Nosotros, esta confrontación azarosa del peor crack del Reino Unido constituidos bajos los influjos de la promiscuidad más baja, le daremos fin al calvario de esta pobre e insípida gente.

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Un tres por ciento al equivalente a la bomba que terminó con las aldeas de Vietnam del Norte. Un regasificador al lado de una usina, una planta de urea, barcos con contenedores, obreros dóciles que regularmente mantienen el equilibrio de ese foco destructivo para la salud de los pobladores pero beneficioso para el sistema de capital rentado. Indonesia, Pakistán, Malta, Andorra, Surinam, Tahití, Unión Europea, España. Gas malo, gas licuado, ácido, amoníaco filtrándose, amoníaco aumentando una llama constante. Nadie sabe nada porque, si sabés, perdés. Una pequeña película se te hace en la retina. Se inflaman los párpados. ¿De dónde venís flaco? ¿A dónde vas? Roncha, laceración, biopsia, rayos, jubilación de privilegio para todos. Al menos su familia va a vivir bien. Sin usted pero bien, señor. Le estamos haciendo un favor, entiéndalo (esto lo dice el diario). Lo dice su consuegra. La hija de Sharon, la hermana de Gascoine, la mujer de tu hermano, la hija no reconocida de papá.

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Moxidrato, acetilenos y polietilenos varios forman parte de la combustión. Lo que transportamos bajo la lengua y se reproduce en el tacto que va a una máquina maestra. El colo Gascoine se aseguró de haber volado el cerebro de la guardia completa y parece querer y tener más. El colo Gascoine debe haber sido enviado por la contrainteligencia de la Unión Europea que, como nosotros, quiere salvar a sus familias de toda esta mierda pero, como dijo en su castellano arrastrado, “Hay que ser punta de lanza; no entender; situación sala de ensayo”.

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Balas rasantes que no matan. A nadie ahora le importa quién fue. En este caos no tienen sentido víctimas ni victimarios, sólo encontrar una manera de llegarse a un lugar donde esa sustancia, que comienza a ser hirviente y volcánica, no agujeree a ninguno de los nuestros. Después vendrán otros problemas, como reconstruir lo que se salve o salvar la especie a la intemperie de todo. Pero ahora está esto no menos complicado. Sharon y el resto de la banda corren despavoridos con unos trajes antiflama que agarramos de la sala de bomberos. A medida que el agua avanza veo que la lluvia de lava no será el problema sino sobrevivir a la creciente. Pienso en los míos y todo lo aprendido de mi oficio de pescador, en el viejo como una vizcacha en la inmensidad de la noche escapando de la balacera. ¿Qué será de la Anita y la Mile? ¿Por cuánto la habrán negociado al barco de chechenos que llegó antenoche?


guglieNicolás Guglielmetti nació en 1981 en Bahía Blanca. Cursó estudios de letras en la UNS y formó parte de Vox Ruta 33 y EAPP (Escuela Argentina de Producción Poética), ambos programas destinados a la formación de escritores emergentes. En 2008 fundó el periódico Ático, del cual fue director hasta 2009. Ese mismo año fundó Nexo, proyecto cultural bahiense que comanda hasta estos días y oscila entre el papel, la web, el formato radio e incursiones audiovisuales (http://agenda.nexodeluxe.com.ar/).  En poesía publicó: Cesar Palace, (Semilla, 2009); Tres Dedos, (Niña Bonita, España, 2011), La adolescencia del bostezo, (Letras de Cartón, Chile, 2012),  Bella Vista, (Vox, 2015), Cruzar el desierto,  (Colectivo Semilla, 2017). En narrativa: Fisher y los refugiados, (17Grises, 2016). Los desquiciados es su segunda novela.

Cinco poemas de Natalia Salvador

“Los cuadernos de Gloria”, de Hernán Schillagi

Compartimos los dos primeros capítulos de Los cuadernos de Gloria, novela de Hernán Schillagi que ganó el premio de la categoría  en el Certamen Literario Vendimia 2017.

 

Los cuadernos de Gloria (fragmento)

 

Nota 1/El niño literal

 

Mi abuela murió no una, sino dos veces. La última, de muerte natural a los noventa años. Sé que esto resulta imposible, pero qué puede explicar un nieto cuando ha escuchado una y otra vez la aguda queja de la madre de su papá decir: «Cuando nos mudamos a La Posta me enterraron viva». Esa frase me enseñó a enfrentar, al menos, tres situaciones. La primera, cuando uno es chico cree todo de los adultos sin lugar a las dudas, con una literalidad pasmosa. La segunda, toda metáfora cotidiana tiene siempre una carga desequilibrada de realidad. La tercera, las historias familiares no deben contarse nunca. Salvo cuando estas han sido escondidas, ocultadas, enterradas –justamente– a propósito.

Cuando yo tenía unos siete años, mi vecino de al lado volvió de sus vacaciones en la costa. Traía como souvenir un tajo enorme en la pierna izquierda y una historia. Todavía estaba en proceso de cicatrización, aunque la mostraba ­­­como un rojo trofeo de guerra­. Recuerdo que nos reunió a todos los pibes de la cuadra y nos llevó hasta un baldío cerca de la esquina. Hacía poco que se había estrenado una de las secuelas de Tiburón y todo lo referido al mar nos daba miedo, pero nos atraía como un poder oscuro. Niños cordilleranos al fin. Mi vecino aprovechó que era unos años más grande que nosotros y comenzó a narrar, sin ponerse colorado, que en una de las playas más allá de Punta Mogotes –aclaró– estaba haciendo la planchita lo más bien y, de golpe, sintió un soplido como de perro grande. Miró para los costados, pero no estaban cerca ni su papá ni su mamá. Quiso gritar y no le salían las palabras entre las olas. Hasta que sintió un fuego líquido que le quemaba la cara interna del muslo. «Me mordió un delfín», remató. El problema aquí es que jamás dudé de la veracidad de los hechos. Diez años después me lo encontré en la pileta del Club de los Bancarios, vi cómo le nacía desde la rodilla la costura de los puntos dados en su momento por la dentellada y tuve una revelación. Me le acerqué y, luego de preguntarle por la familia para disimular, le largué –con tono más de reproche que de interrogación– la duda de cómo se había hecho tremenda cicatriz. «Me clavé el freno de una bicicleta alquilada en la plaza Colón de Mardel», y se tiró al agua como un cetáceo feliz y descarado.

Una década entera estuve sin cuestionar un hecho tan poco creíble. Letra por letra había ingresado a mi cerebro para quedarse allí como una burla tan fascinante como tosca. Debo confesar que cambiar el tiburón por un delfín fue una jugada maestra.

Entonces, cada vez que alguien contaba algo exagerado, o, sin más rodeos, mentía; mi cabeza de niño lo tomaba literal. Así, mi papá gritaba con alegría que iba a patear la pelota hasta el cielo y yo me desilusionaba cuando la veía rebotar sobre la tierra. O cuando mi hermano me hacía subir al ciruelo del patio para escapar de los monstruos de la casa, las imágenes que se me formaban eran concretas, audibles y palpables. Por eso, cuando mi abuela Gloria decía aquello de haber sido enterrada en la finca de la calle La Posta, siempre pensé que era cierto. Por eso, también, cuando decidí a los trece años que mi abuela había muerto, nunca fue tan verdadero, tan real. Para mí.

Mi abuela, al parecer, no murió una, sino varias veces.

 

 

Nota 2/La abuela amplificada

 

La exageración siempre ha sido parte de mi familia. Mal que mal, todos los grupos de parientes se parecen bastante. La diferencia la hacen, sin duda, los grados de amplificación y resonancia con que se toman los hechos hogareños. Un labio roto por una caída, para unos puede ser una incómoda tarde en el hospital; pero, para otros, la tragedia de ver sufrir a su hijo en manos de un cirujano que hunde con frialdad aséptica una aguja como si quisiera coser el llanto que le brota de la boca. Además, existe un procedimiento de conversión de todo recuerdo en una épica suburbana: los primeros pasos de un bebé, las diferentes mudanzas, la construcción de una medianera; cada hecho podría ser cantado en una plaza pública ante un auditorio vigilante. Así y todo, mi familia era exageradamente común.

Sin embargo, Gloria, mi abuela paterna, tenía el poder profano de darle un tono a las situaciones y a las anécdotas que hacía de la hipérbole un modo de vida. Su voz, como dije, era aguda, de una caladura penetrante y una frecuencia a destiempo; como esos discos de pasta que, al ser pasados a diferentes revoluciones, pierden fidelidad, elocuencia: «Si el año que viene estoy viva, voy a tejerte una bufanda». Frases como esas permiten que la sombra de la desgracia tenga la consistencia de un mueble de cocina.

***

Un domingo, dibujábamos con mi hermano sobre las puertas de chapa del gabinete de gas. Gloria nos había dado unas tizas de colores que siempre le sobraban a mi tía de la escuela. «Yo, los platos; ustedes, garabatos», sentenció con su boca de flauta. Los rayones iban y venían amarillos, celestes y rojos. Una puerta para cada uno. Pero si mi hermano trazaba las paredes de una casa con las ventanas y la chimenea a la derecha, yo –como buen hijo menor– edificaba en espejo, invertía los colores y los detalles de mi casita. Al final, mi dibujo era más parecido a una estación espacial a la espera de ser abordada. En un momento, mi hermano se fue a lavar las manos a la batea. Se había gastado casi todas las tizas rojas en un tejado elegante a dos aguas. Volvió corriendo al minuto con una sonrisa extraña. «Mirá, Franco, parece sangre», me dijo, mientras extendía los brazos como una momia poseída. Al niño crédulo y miedoso que era yo le provocó casi un desmayo. No tuve tiempo de manifestarlo, porque enseguida me agarró de la mano y, mientras la tironeaba, me hablaba al oído: «Vamos a asustar a la nona antes de que se me seque». Entramos a la cocina a los gritos, mi abuela soltó un vaso que estalló contra el suelo. Esto no detuvo a mi hermano. «Me corté, me corté», repetía con lágrimas en los ojos. Gloria comenzó a tirarse de los pelos y afinaba la voz como una especie de chillido animal. El plan había sido un éxito, pero no contábamos con el factor amplificatorio de las reacciones de la abuela. En un solo movimiento se abalanzó sobre mi hermano, lo alzó como si fuera un bebé, mientras trataba de detenerle la hemorragia con besos frenéticos en cada una de las manos. Nos quedamos mudos, porque la sangre verdadera era la que se nos había congelado. Cuando descubrió el engaño, la boca de Gloria era la de un payaso. No obstante, con esos mismos labios, nos contó que se había asustado mucho, porque una vez a su madre también le había brotado sangre de las manos. «Ahí mismo, donde nacen», aclaró, aunque no pude entender mucho. No sabía si reír o llorar. ¿Acaso las manos no vienen al mundo junto con el resto del cuerpo?

 


Hernán Schillagi nació en 1976 en la ciudad de San Martín (Mendoza, Argentina). En 2002 publicó con Libros de Piedra Infinita, editorial que dirige junto a Fernando G. Toledo, su primer poemario: Mundo ventana. En poesía, por la misma editorial publicó Pájaros de tierra (2007, en la Colección de Poesía Desierta), Gallito ciego, selección de poemas 2007-2013 (2013) y Ciencia ficción (2014, por la Colección El Desaguadero). En 2011 publicó la edición digital de su primer libro de relatos breves, El dragón pregunta; en 2013, el ensayo La visión del anfibio y la novela De los Portones al Arco (ambos en formato electrónico). Obtuvo la primera mención en poesía en el Certamen Literario Vendimia 2000, el Primer premio en el Certamen Literario Vendimia de poesía 2008 con el libro Primera persona (Ediciones Culturales de Mendoza, 2009), y el premio en la categoría Novela del Certamen Literario Vendimia 2017, con Los cuadernos de Gloria. Es profesor de Lengua y Literatura en escuelas secundarias y publica sus textos en el blog Ciudadeseo y la revista de poesía y reflexión El Desaguadero.

Cinco poemas de Natalia Salvador

“La hija menor” de María Laura Decésare. Por Paula Jiménez España

 

Una lectura hecha por Paula Jiménez España sobre “La hija menor”, libro de la poeta santafesina María Laura Decésare, editado por la colección Pez Náufrago de Ediciones del Dock (2017).

 

Una vez Jorge Monteleone dijo sobre Hugo Padeletti que su obra plástica era voluntariamente inocente. No se me van estas palabras de la cabeza a medida que avanzo en la lectura de La hija menor. La inocencia, dice un diccionario, es un término que describe la carencia de culpabilidad de un individuo. Creo que es una definición muy a tono con el espíritu de estos poemas que no atinan a encontrar culpables humanos, entre los seres cercanos, a la pérdida o el dolor, porque la pérdida, la muerte, las separaciones forman parte del juego. El final del poema “Amores”, dice: “Pero el amor verdadero/ llegó un tiempo después/ con ojos oscuros/ más vibrantes que la noche. / Mi boca todavía tiembla/ cuando repite su nombre”. Es decir: no es él el que se fue, no es él mi amargura, este dolor es mío. “Por fin, esta desgracia es mía”, escribió una vez Claudia Prado, como si ese reconocimiento fuera el primer gesto de emancipación. Con  esta apropiación el yo lírico acepta las reglas, acepta que la oscuridad viene con la luz, la muerte se baraja con la vida.  María Laura pone el foco en la luz, echa un manto benévolo, inocente, sobre ese pasado que mi generación re significó, muchas veces a través de un mal psicoanálisis, dando aquí y allá con culpables de las frustraciones personales, encontrando autoindulgencia. María Laura, que también es de mi generación, parece rechazar el vicio tentador, rebelarse a ese desplazamiento. Como la buena budah que es en la vida y que se expresa ya desde su primer libro, hay una cierta complejidad del alma, fantasiosa e indómita, en la que sabiamente parece preferir no hurgar, una hojarasca a la que no atiende, por eso estos poemas tienen una apariencia ingenua, como los haikus o incluso pienso en ciertas exaltaciones de Kavafis, encarnan una suerte de alabanza sencilla al amor, como también hacia el entorno natural. En el poema “Tardecita en Caseros”, que me toca de cerca porque yo soy de ese mismo barrio del Oeste y esta es una de mis coincidencias con Laura además del cine oriental, la autora dice: “Baja un poco el sol y llega al jardín/ el colibrí aleteando sobre el regador, / en lo alto una avioneta hace círculos, / vuelvo los ojos y veo a mis padres/ tomando mate en el banco de siempre. / El humo del cigarrillo de papá se confunde/ con el claro de luz, mamá me mira/ y yo no puedo hacer otra cosa/ que celebrar esta ilusión primaveral”. Llanos, a veces contenidos, pero siempre intensos y con relieve sensorial, en estos poemas gana la grandeza de lo simple, lo suave que se muestra con contundencia. Dice en “Veranos en Junín”: “Sin mamá ni papá a la vista/ salíamos con mis hermanos/ a la hora de la siesta/ buscando esos duraznos maduros. / Mi poca estatura no me permitía/ alcanzar el árbol/ por eso me entretenía/ saltando hasta derribar alguno. / Guardo una foto nítida/ con el brillo de esas tardes/ para aquellos días en que siento/ la urgencia de un abrazo”. Con  La hija menor María Laura Decésare va a buscar escenas a las raíces históricas familiares y también a su propia adultez, a los momentos de soledad en los que el corazón vacío de impurezas  puede hacerse escuchar mejor, sobre todo a la hora en que cantan los pájaros. Tantas veces cantan los pájaros en estos poemas, tantos desvelos los de ese yo íntegro, despojado, que le presta oídos al silencio del cual es hija esta poesía. Por ejemplo, en “Certeza”, dice: “Una noche más un pájaro/ me regala su canto/ y con mi desvelo pienso en él. / Tan cerca en su silbido/ ¿busca la noche un milagro?/ Por su silencio repentino/ y en la extrañeza del instante/ nos une la misma fe”.  Esa hora, la madrugada, es en la que todo empieza, es una hora también raíz como la familia, pero raíz del día, el momento en que el tren llegó a Rufino trayéndole al padre la presencia de la amada que más tarde será madre. En el poema “Carta fechada en marzo del 55” (no cualquier año para la historia argentina) dice: “Ella en Rufino, él en Alianza/. El reencuentro asoma/ como un tren que llega a la estación/ de madrugada”. Esa misma hora es la del último cigarrillo, como en ese poema en que el yo fuma y escucha desde la cama a los vecinos volver de una fiesta por el pasillo del edificio, jolgoriosos van los otros, vale decir, acompañados. Además de fumar, María Laura levanta su copa, brinda, parte el pan y comparte las pastas del domingo en los versos de La hija menor donde la suma de escenas gozosas, cotidianas, retienen lo que se tiene en fuga, fijan lo errante como diría Marosa Di Giorgio, lo que andaba dando vueltas por ahí sin ser dicho, y también desatan lo fijo, lo que no parecía tener otra dimensión más que la que tuvo entonces, cuando la cosa sucedió. Los recuerdos de infancia, de los que Rilke diría que son una fuente infalible de inspiración, adquieren movilidad cuando la poesía los toca. El trabajo de la escritura, digo yo, es armar una suerte de Frankestein al unir partes, percepciones disímiles, e insuflarles otro tipo de vida. Virginia Woolf, escribió en Orlando que la poesía es una costurera que junta retazos de aquí y de allá. Es así como se componen libros como este, una suerte de álbum fotográfico que no respeta cronología. Aunque sí, no se le puede negar la voluntad de reconstruir la historia a estos poemas, a esta hija menor que es la voz de la familia, la encargada de apagar la luz cuando todos se hayan ido, la que sobrevive a la novela familiar.  En otras épocas, era la menor la que se quedaba velando por la madre, en este libro esa que vela es la poesía, guardiana de una historia a la que mantiene a salvo de los peligros del mundo y del olvido. Dice María Laura en el poema “De madrugada”: “La niña que fui/ vuelve con la noche,/ me toma de la mano/ y pide que cierre los ojos/ oigo el ladrido del perro/ un movimiento de sillas/ y la voz de papá./ No abras los ojos, insiste/ la niña y siento una caricia/ sobre mi pelo negro,/ tiemblo al reconocer/ ese olor familiar./ No te vayas, murmuro/ no me despiertes”.

Paula Jiménez España

 

Dos poemas de La hija menor

 

Con sus manos

 

Papá hizo grandes cosas:

de la tierra levantó nuestra casa

y aunque no tuvo doctorados

fue un experto haciendo radios.

Las hacía de todos los tamaños.

Mamá cuenta que leía

folletos y manuales con entusiasmo

e incluso un día

la sorprendió haciendo un televisor.

Él sabía bien de oficios

y sus manos fueron el instrumento,

tenía el don de dar forma

a lo minúsculo

como esa radio que tengo frente a mí

y a la que observo con puro gozo

de haber visto

lo que un padre es capaz de hacer.

 

Primavera

 

Todo lo que veo

todo lo que sueño

me lleva al mismo lugar:

un jardín de color intenso,

pájaros picoteando el pasto

y un colibrí que baila

sobre el regador.

El cielo azul del atardecer

y mi madre en la silla

mirando a papá,

así como se mira

aquello que se ama.

 


md

María Laura Decésare nació en Rufino, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1969. Reside en Buenos Aires. Estudió Ciencias de la Comunicación y es Técnica Superior en la Corrección de Textos. Publicó los libros de poemas: La letra muda (Ediciones del Dock, 2010), Vida de gatos (Ediciones del Dock, 2012 – reeditado en 2015) y Somos lo que damos (Ediciones del Dock, 2015), La hija menor (Colección Pez Náufrago, Ediciones del Dock, 2017). Integra la antología Décima Convergencia Internacional de poemas “JUNÍNPAÍS2011” (Ediciones de las tres lagunas, 2012). Sus poemas fueron publicados en diferentes medios y revistas gráficas y virtuales de Argentina, Chile, México, Colombia, España y Estados Unidos. Recientemente, poemas del libro Somos lo que damos fueron traducidos al francés, portugués y al italiano. Administra el blog La letra muda: http://mldecesare.blogspot.com.ar/

Fotografía: Nacho Gatica.

 

paula-jPaula Jiménez España nació en Buenos Aires en 1969. En poesía publicó, entre otros, Ser feliz en Baltimore, La casa en la avenida, La mala vida, Espacios naturales, Paisaje alrededor, El corazón de los otros, Terrores nocturnos. En prosa publicó Pollera pantalón / Cuentos de género. Recibió distintos premios provinciales y nacionales y fue traducida al italiano y al inglés. Desde 2008 colabora con “Soy” y “Las 12”, suplementos del diario Página/12. Dicta Talleres de escritura y de lectura grupales e individuales.

Cinco poemas de Natalia Salvador

Cinco poemas de Catalina Boccardo

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Una selección de cinco poemas éditos e inéditos de la poeta argentina Catalina Boccardo.

 

expresión corporal

 

                                                   “La manera de danzar que lleva el sello de cada individuo. Comparándolo con la poesía de cada poeta. Por medio de este quehacer queremos ayudar a que el cuerpo piense, se emocione, y transforme esta actividad psíquica-afectiva en movimiento, gestos, ademanes y quietudes cargados de sentido propio.”

(Patricia Stokoe)

 

semidesnudas

nos contorsionábamos

un patio repleto de piernas

saltos

otra vez al piso mugientes

 

y reprimidas y temerosas

 

aquellos años setenta

freían el cerebro

quedabas con la dura cicatriz de un fascista

 

por eso la dulce prueba

la imaginación

 

si ser otras

nos convertía en nosotras mismas

 

más que la realidad

los ejercicios de expresión corporal

daban a las niñas sus músculos

 

aprendías

hay una pelvis

libre de cercos

 

sus bestias enlazan la asfixia

para siempre

 

De BAILAR, 2013 (Inédito)


 

6

 

a lo lejos

un biguá

peces enganchados

irrumpen el curso de la especie

 

nos alimentamos

unos de otros

 

este hambre campesino se salva

con los dedos pequeños

 

De FORMOSA, El Suri Porfiado, 2015


 

kusama y bacon

 

he visto a kusama en orgías

pintar el falo

una etapa de su arte

corriendo desnuda dentro de una multitud

 

(luego atraparon a la artista

que deseaba alguna vez ser atrapada)

 

nunca entendí lo suficiente

ir al extremo

otorgar un salvoconducto al cuerpo

esa guarnición no termina de romperse

frente a los ataques

 

no es matar o violar de manera directa

 

el material de la fotografía sobrevive

hasta que alguien logra su captura

como la pintura

o los golpes de la escultura

 

bacon sabía mucho de esto

se llevaba los pedazos y sus obras parecen frigoríficos

 

De COLLAGE, En Danza, 2015


 

arrojó poemas

como un vaso de agua

 

había pasto seco en la dedicatoria

 

y su lectura

desnuda

corrosiva

taló mi cuerpo

 

que mi escritura no haya caído
en la punta filosa de las cañas
_ pensé

 

hay palabras buitre
y otras
originan incendios

 

 

De ELEMENTOS, La Mariposa Y La Iguana, 2013


 

3

y granos de chocolate

los muxes

muelen

repletos de esos  ademanes

vistos por las banquetas de oaxaca

 

tibia

la mano

ahora

cabe en una taza el líquido más oscuro que la melancolía

 

del español curtido nada queda

 

adentro de esos montes aledaños

gente colorida viaja y regresa

 

entre amigos recientes

la risa

el mezcal de la taberna

con un alacrán del tamaño de camafeos y ella que no sabe si es él

o él que tampoco sabe de ella

 

los machos cuelgan los ojos en los espejos detrás del mostrador

 

acá entrecruzamos vasos

nos movemos como en una película

ardor se siente por dejar la realidad

 

De EL VIAJE Y EL OMBLIGO, 2017 (Inédito)

 

 

Catalina Boccardo (CABA). Publicó los libros de poesía: el jardín santo y collage (En Danza);  territorios (Del Dock); formosa (El Suri Porfiado); los cuadernos  elementos, mangos, bailar y clases de collage (La Mariposa y La Iguana); el e-book Punto Ciego (selección de poemas y fotografías de su autoría, Biblioteca de las Grandes Naciones, País Vasco, 2016). Participó con el microrrelato “Sangrar” en un libro objeto de (c)acto ediciones, Foro de ediciones contemporáneas del Museo de Arte Carrillo Gil, México, 2012. Su poesía aparece en blogs, fanzines y  revistas. Fue invitada a diversos ciclos, encuentros y festivales de poesía en distintas ciudades del país, y en Uruguay y México. En coautoría realiza la columna La Casa Entera Ya no existe para la Revista virtual El Infinito Viajar de Artes y Poesía.

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