La “poesía sin música” de Pepe Núñez

La “poesía sin música” de Pepe Núñez

 

Presentamos una muestra de la poesía de Pepe Núñez, recientemente publicada bajo el título Poesía sin música por Ferullo Burke y Alba ediciones, con selección y compilación a cargo de Mario Melnik, Alba López y Guillermo Siles.

 

Prólogo

Por Mario Melnik

 

Fue en sus años de juventud cuando Pepe conoció a dos artistas a quienes él nombraba entre sus grandes referentes: Jaime Dávalos y Manuel J. Castilla. Contaba Pepe que allí, en esos bares de Salta que ambos frecuentaban, estuvo su escuela de la música y la vida. Escuchar dialogar a esos dos tipos era para él andar de asombro en asombro. Su escucha que era de las más lúcidas y atentas supo percibir de lleno esas esencias que tan bien le vendrían en la búsqueda de un camino artístico propio. Elocuencia del decir y el hacer, en la que Pepe no les vino en zaga.

Con el tiempo Pepe decidiría que el suyo era el arte del músico y del letrista. El letrista como aquél cuyo oficio es complementar el decir de la palabra con la forma musical para lograr una integración en armonía. Un arte en sí mismo que él diferenciaba del hacer poético donde la palabra adecua su ritmo, su fraseo, su sentido a sus propias leyes. Así elaboró una obra coherente e innovadora que fraguó en el sentir de la gente y marcó a muchos artistas.

A lo largo de los años y en forma casi paralela al hacer musical, Pepe tenía también la hermosa costumbre de escribir poemas y aforismos, un hecho conocido por pocos. Esta producción era ofrendada a los amigos del alma, a su compromiso con voces acalladas, y -mucha- al amor por los suyos. Sin duda no podía escaparle a Pepe este afán, mucho más cuando ya enseñoreaba, y en mayúscula, la letra de sus canciones, acompañando su caudal innovador. No podía dejar de buscar una hendija para dar curso a esta inquietud que también era parte de su desvelo.

Quienes han rumbeado por el latir de su arte “de salud numeroso”, encontrarán en esta selección de poemas y aforismos a un Pepe más íntimo, más libre, persiguiendo y arrinconando a las palabras siempre, apretándolas “hasta dolerlas contra el papel”. Interrogando al corazón para dar con el giro inesperado, la chanza, la humanidad a cuestas, el testimonio de los días en tierra firme y en el abismo. El decir en fin que lleva su sello, su inspiración.

 

Selección de poemas de Poesía sin música, de Pepe Núñez

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26 de agosto de 1962

 

A mi madre en su muerte

 

Gabriela del Carmen Arias

vieja pastora de sueños,

camina y camina tu sangre,

tu sangre color mirada,

cántame tu copla ahora

y que te sientan mis ojos,

Gabriela del Carmen Arias…

Esta vez fueron tus labios

a los que el viejo viento de otoño

quebró lento;

esta vez, sencilla,

como el perfil de tu plegaria,

caminó implacable el aroma

de tu luz, de tu calma.

Tu alma se ha vuelto ahora

martes, enero,

o cosas que ya pasaron

y ahora tus manos trabajan,

se hacen esquina,

o rosa o puerta

donde uno llama;

caliente tu perfume anda nombrando

flores que ya no vemos

y se hace fiesta el silencio

en tu boca callada.

El viejo viento de otoño

lleno de oro vencido

deja en las manos tu peso

y la espalda de tu risa;

tu senda inaugura la imagen

de una mañana vacía

una calle sin nombre

una mirada perdida.

…Gabriela del Carmen Arias

vieja pastora de sueños

camina y camina tu sangre

tu sangre color mirada…

Tus ojos que ahora miran

sendas nuevas, calladas

cavan aquí en el pecho

y nos dicen: nada…

y nos dicen: nada…

La noche que siempre crece

enredada en tus cabellos

clava su frío en los labios,

muerde implacable el momento;

y hay un rezo solitario

y una misa sin dueña

un clavel que no perfuma

y tu voz que ya no suena.

Mis manos –loca faena–

quieren mojar tu camino

llenar de risas y alfombras

tu silencio y tú: no vuelvo;

y están como ellos, lejos,

ciegas y amanecidas,

golpean en puertas sin dueño

sin tu lumbre se lastiman.

…Gabriela del Carmen Arias

cántame tu copla ahora

y que te sientan mis ojos

Gabriela del Carmen Arias…

Te partió el pecho el otoño

y tu recuerdo crece

ha reventado el llanto

…y el duraznero florece…

Ya no me suenan tus pasos

y tu luz brilla escondida,

tu ventana ya no te encuentra

…y el durazno florece…

Has encontrado de pronto,

en un camino secreto,

una lluvia de silencio.

Que no te lloren con lágrimas

ni con flores marchitadas:

el río de tu amor no duerme

…y el duraznero florece.

…Gabriela del Carmen Arias

vieja pastora de sueños

camina y camina tu sangre,

tu sangre color mirada,

cántame tu copla ahora

y que te sientan mis ojos.

Gabriela del Carmen Arias

tú me amabas…

tú me amabas…

Entrega

 

Allí,

en el punto más visible y más exacto de tus ojos

dejo la paciencia de mis manos

y la impaciencia de mi sangre.

Ya no más estar conmigo,

ahora elijo el camino de tu pecho,

el de tu pan

que duele tanto,

el de tu vino,

el de tu beso liberado de la pena

y el camino que me lleva

a tu misma vereda cancionera.

Si tu nombre

es el que sé nombrar,

si de tus manos puedo beber,

tómame,

arráncame de este pequeño sitio

que ocupo en la tierra,

pero arráncame de raíz

y entiérrame en tus venas,

en tus besos

y devuélveme mañana

en una mesa de amigos

hecho canción y sonriendo.

Justamente desde aquí,

desde este pequeño pedazo

que ocupo en la tierra,

espero la tierra de tu sangre,

hermano.

 

                                     Pepe / 16-12-65

 

 

 

La fundición de acero

 

El acero, de pronto, es mi amigo

y el fuego no me quema

y el martillo es mi niño

…y mi pueblo lo sabe

y estamos aquí, en este comienzo

…y mi pueblo lo sabe.

Antes, cuando el acero era frío,

cuando los ojos eran color acero,

cuando aceraba mi alma

el frio del invierno

entonces yo, que soy pueblo,

no lo nombraba,

pero ahora sí, porque soy pueblo

porque mi voz -hija de su temple-

que es de pueblo, sabe de todo eso

y sabe más:

dice acero por decir trabajo

y dice cuchillo

porque ahora sí mi pueblo está en juego

y el acero es pan

y por él tengo un amigo

que a la mañana me saluda en la calle

y por el tengo un oficio

y por él…y por él… por él…

interminablemente él.

Para nombrar al acero-pueblo

voy a quemar mis manos y mis ojos

hasta el tiempo lejos del acero-acero

y templado y rojo con mi sangre por bandera

tiraré mi voz -que es de pueblo-

como una semilla enorme y esperada.

 

                                    Pepe / 30-5-67

 

 

 

Para ser padre

tuve que decir ¡Te quiero!

tuve que saber primero

que podía ser bueno

y tuve que convencerme

que iba a repartir mi sangre.

En el espejo soy padre

y mis manos son de padre

y en padre nomas me veo.

Por haber dicho ¡Te quiero!

por haber aprendido

a ser furtivo

(de esto quien es madre

lo sabe),

por haber puesto a capricho

la bandera de mis besos

en el más alto lugar del tiempo

hoy me veo de padre

y a mi sangre

repetida veo.

Por ser padre, ¡qué hice!

si tan sólo fui elegido.

 

                                Pepe 18-6-67

 

 

 

(Recién iniciado el día)

 

Tiempo del miedo

Mi amor,

cómo empieza el miedo?

mi amor, lo pienso,

cómo empieza el miedo?

mi amor, temo mis costados;

qué pasa si el horizonte

­–siempre irrefutable–

se tambalea?

mi amor;

y el dolor de los huesos?

y la implacable circunstancia,

la reconocida “cosa”

que manejamos como pañal…

Mi amor,

y el aplomo?

y todo lo dado?

por lo que costaron,

por el tiempo entregado con alma;

mi amor

y el diálogo?

aunque mal hecho, nuestro diálogo

y la mano corazón?

puestas no a la macana

y la sangre derramada?

justamente en la sangre

por el hecho viejo, mi amor

de no tenerle miedo al miedo,

qué pasa mi amor

cuando se piensa en él?

Hoy querida mía

a pesar de todo

paso al frente

a brindar con tus ojos

mucho más allá del miedo y el tiempo gris.

Además, mi muchacha

nuestro gran beso inicial

nos espera para que sean cuatro

las copas que llenamos.

…aprendamos mi amor

con tu piel y la mía

a reponer los mendrugos

que el miedo se lleva.

 

Pepe / 24-11-73

 

 

 

Qué triste ha de ser

 

Qué triste ha de ser,

carpintero,

el de la fragua o tornero,

dejar la ropa en la noche

sin el olor a pan

o a taller recién barrido,

qué triste ha de ser morirse, digo,

…mejor que no piense y siga.

Qué triste ha de ser,

minero,

vendimiador o carrero,

llenar de esperanza el aire

para que cuaje al fin

y quedarse sin silbido

como sin sombra y sin nadie, digo

…mejor que no piense y siga.

Qué trsite ha de ser,

zafrero,

domador o carbonero,

que se hagan blandos los puños

y no poder golpear

donde el hambre se hace duro,

quedarse medio amagando, digo

…mejor que no piense y siga.

Pero mejor pienso y sigo

duro de voz y de pecho.

La muerte por el momento

tendrá que tener paciencia.

 

                          Pepe / 6-5-75

 

 

 

Inclaudicables

 

No es restallante

el capullo que le traigo

mas, recíbalo confiada

que es así la primavera.

…los rebrotes

de la vida

siempre fueron

ida y vuelta

nuestros…

 

                         Pepe / 5-2-88

 

 

 

El cobijo

 

Salud mi bella

salud señora

por nuestros años buenos

por nuestros años rotos,

por su buena laya

que de usted se trata.

Mi copa clara

mi copa turbia

el abrevante niño

que aún cree en su bata.

Le tiro el silencio

se mis bravucadas

y el pan de mis sueños

se cuece en sus faldas.

…regazo tremendo

color de su casa.

 

                       Pepe / 24-12-89

 

 

 

El silencio

 

 

Hijo que golpean

ve a ver

no madre no es nadie

hijo que yo oí

madre que estamos solos

tan sólo tú y yo

hijo que insisten

debes oír

madre no te descuides

pon tus oídos

escucha tus contracciones

que son por mí.

 

                         Pepe / 7-1-90

 

 

 

Lo que somos (Baguala)

 

Si hay que gritar, grito

tengo pulmones, tengo jeta

a veces grita el silencio

y se maltraen mis orejas

así se da

la libertad.

Yuyo hay ser quien crece

cuando ser pasto no puede

lo abarca siempre el rocío:

ángel guardián que conmueve

la luz y el sol

que sabios son.

Si hay que dejar, dejo

pues si no tengo no llevo

el lazo de los olvidos

no se ha trenzado pa´mi cuello

cuando uno está

no está de más.

 

                        Pepe / 11-96

 

 

 

Se acabó la fiesta

…no me gusta mirar

la espalda de la gente

cuando se va luego del espectáculo.

Sólo porque no me gusta.

El señor del espectáculo dijo:

“señores se acabó la fiesta”.

Siempre pensé que una fiesta

es de todos

que todos somos dueños de la fiesta;

que hay un eje misterioso

que nos hace girar en derredor

y no que hay alguien que dice giren

alrededor.

Puse mi risa en mi hombro

al rocío en mi boca puse

en mis brazos puse mi historia

a mi sombra le instalé volumen

a mis manos un yeso eterno

y ya con todo el desamor de mi vida

le puse un putamadre a mi nacimiento.

 

                            Pepe / 8-7-98


 

Pepe Núñez, nombre artístico de José Antonio Núñez (1938-1999). Poeta y músico de la Provincia de Tucumán (aunque nacido en Salta), autor de clásicos como la “Chacarera del 55”, “El manco Arana”, “Agüita demorada”, por nombrar sólo tres.
Como solista grabó “La Piel del Pueblo”, y luego formó con su hermano Gerardo el memorable dúo Los Hermanos Núñez, con el que grabó “A Cantar Corazón” en 1987 y “Del mismo vientre”, luego de la muerte de Pepe. Su familia editó en su homenaje un disco póstumo, “Pepe Núñez”, con obras inéditas. Compuso con Ariel Petrocelli, Juan Falú, Lucho Hoyos, Alfredo Grillo, Lalo Aibar, Víctor Gentilini, Miguelito Ruiz y Rolando Valladares, y sus canciones fueron grabadas por Mercedes Sosa, el Dúo Salteño, Los Arroyeños, Alfredo Zitarrosa, Juan Falú, Amparo Ochoa, Coqui Sosa, Liliana Herrero, entre otros.

Mario Melnik (S. M. de Tucumán, 1958). Profesor de inglés, traductor y bibliotecario. Participó de las antologías de poesía Espacios y espejos (JOETUC, Tucumán, 1987) y Amanecer de esquinas (Grupo Literario Polymnia, Tucumán, 1988). Es autor de Palabrara (1999), De sentido en sentido (Colección Nuevo Hacer, Grupo Editor Latinoamericano, 2008) y Un latido en la voz del viento (Alción, 2014).

La “poesía sin música” de Pepe Núñez

Un paseo por la poesía de Susana Cabuchi

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Como de los buenos viajes, de la poesía de Susana Cabuchi (Jesús María, Córdoba, 1948) no se vuelve siendo los mismos. Por eso presentamos un breve paseo por algunos de sus poemas memorables, a los que sumamos dos inéditos.

 

EL DULCE PAÍS

 

 

Entonces, tus ojos eran caramelos de miel

y hablabas

de las bicicletas que regalaba el Niño Dios

a los que no podíamos comprarlas.

El río se callaba para que tú contaras figuritas.

Yo era alegre,

y eran alegres los nísperos del patio.

Y tú eras otro,

no el hombre de hoy

lejano como todos.

Cada domingo era una sorpresa de ciruelas,

de plaza con hamacas.

Tu padre cantaba en el taller

mientras tu madre

lavaba mamelucos de amor y aceite.

El mío no había partido todavía

y llegaba al hogar con dulces y regalos.

Yo oía con asombro tus mentiras

y creía en gigantes voladores

y en ángeles guardianes

que cuidaban tu ropa y mis zapatos.

Por cada diente el ratón nos compraba mandarinas.

La abuela, abría el gran ropero

y sacaba

turrones envueltos en papeles crocantes.

Si vuelves, como entonces,

con sombrero de piel y las manos con barro

verás, que guardo aún

el corazón de las manzanas.

 

                         De El corazón de las manzanas, 1978

 

 

 

LA CARTA

 

Ha llegado la carta.

Está sobre la mesa,

al lado de las flores.

La miro

            largamente.

Conozco la letra.

Pero la leeré

a la medianoche,

cuando los trenes

que pasan hacia el norte

hagan temblar

los vidrios de la casa.

 

                         De Patio solo, 1986

 

 
VISITA

 

Un viajero

ha llegado a la casa.

Salimos todos

a abrazarlo

porque trae noticias del hermano.

Habla de campos secos,

del hambre en las ciudades,

muestra fotografías.

Después del almuerzo

le servimos

la fruta más dulce del ciruelo.

Y la ha comido,

                         pero sin alegría.

 

                         De Patio solo, 1986

 

 

 

ÁLBUM FAMILIAR 

 

Los padres

fueron una vez

a Mendoza.

Me dejaron

una foto con nieve

a orillas del camino

con un gran auto negro

y con amigos.

 

Me dejaron

una foto con nieve

y este frío.

 

                         De Álbum familiar, 2000
 

 

PASOS

 

He bebido las aguas

del Shu – Am

como si no estuvieran

contaminadas.

A orillas

del río silencioso

crecen flores amargas

sobre las que he descansado,

                         leyendo.

Y no he pecado

sino

lo necesario.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 
12 DE JUNIO

 

Esa mano que muere

no está sola.

El anillo dorado

la devuelve

a una danza de bodas

y a sus giros.

A una siesta

de parrales ardientes.

A los vinos

guardados

para las grandes fechas.

Está

el metal redondo

sosteniendo

que todo fue verdad.

El anillo de bodas

de mi padre,

en la mano, en la vida

de mi padre.

En el día de la muerte

de mi padre.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

CIELO

 

Sobre las montañas nevadas,

como una flecha oscura,

van los patos salvajes.

Cruzan.

Como tu sombra

sobre mi corazón.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

 

VINCENT VAN GOGH 

 

Aquí estoy

en esta soledad luminosa,

plena, habitada

de fuegos y ventanas.

La casa

arde de girasoles

como un infierno congelado

entre aceites

y vientos amarillos.

Sordo de tanto silencio

y dispuesto

a entreabrir

cada lirio celestial,

cada cristal de paja,

cada gota de acero,

cada ojo de sangre,

cada vidrio de miedo.

Así te escribo.

Sobre las torres de la desesperación,

a orillas del Ródano,

entre la mezcla brumosa de los óleos,

a la hora del ángelus,

a pleno mediodía,

sobre el caballo áspero

                         de la pena,

con la piedra roja

                         de la desgracia,

con la arena negra de la locura,

con las sílabas celestes del amor,

con la sorpresa blanca de la tela

                         vacía,

con el cuervo del hambre

                         sobrevolando mi cama,

con la mordedura hirviente

                         del deseo,

entre el humo agrio de la luz,

en el paraíso húmedo

                         de los manteles,

en los bares nocturnos,

así,

           hermano mío,

              hermanito menor,

                  casi mi padre.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

 

EXILIO

 

Al cerrar el negocio

mis padres

se sentaban en la vereda

del Panamericano

a mirar el desfile.

 

Mi padre sonreía

con la misma serena tristeza,

repetida,

tantos años después,

en la fila de cajones

abiertos hacia el crematorio,

más oscuro, con los párpados quietos,

entero, intacto,

                         esperándome.

Así dio su perdón,

                         así recibió el mío.

 

Acompañaba la fiesta

con la mirada suave

del que ha danzado, inocente,

sobre los barcos del exilio.

 

Cuando pregunté

en el Registro de su país

la íntima caligrafía

sentenciaba “desertor”.

Cómo explicar

que tenía dos años al partir,

que nunca se había ido,

que cada mañana

ascendía las calles amarillas

de Maalula

mientras levantaba las persianas.

 

 

                         De Detrás de las máscaras, 2008

 

 

 

VISITA AL PURGATORIO

 

El cartel anuncia

             “El Paraíso”.

Aquí están

la directora del colegio,

la fundadora del Teatro Vocacional,

el carnicero,

el prestamista, el notario.

–Sí madre,

traigo galletas,

sacaremos una mesa,

jugaremos a la confitería,

tomaremos el té.

Las pequeñas carrozas

                         –trípodes, andadores,

                         sillas de ruedas–

giran.

Aferrados al pasamanos

los caminantes

repiten la peregrinación,

como antes en la plaza,

ahora a orillas de la ciudad,

a orillas de la vida,

con las máscaras de la vejez,

con los pesados trajes,

                 marchitos.

Sí madre,

soy la tía Emma

y también soy Susana.

Entre sombras

la comparsa emite

entrecortados llantos, gemidos secos.

–No madre, sus padres

no la olvidan,

están muy ocupados.

Cuando puedan

          vendrán

con un ramo de rosas.

 

                         De Detrás de las máscaras, 2008

 

 

 

SIRIA

                         A Jeannette Kabouchi

 

I

 

Ha despertado

seguramente temblorosa.

Ha escuchado los ayes

ascender las piedras de Sednaya,

ondular sobre las cambiantes dunas

hacia el desierto,

reptar entre los arcos de Palmira,

crecer en los olivos.

Por favor querida, dice

desde ciudades inolvidables

a la hora del sueño.

Por favor querida,

insiste,

escriba sobre Siria.

 

 

II

 

Juntas hemos visto

los juegos del Mediterráneo

frente a las costas de Latakia

y las manchas lejanas de la tierra turca

a través del mar.

Sabe que escuché, conmovida,

cinco veces al día

el hondo llamado a la oración

que surge, poderoso y verdadero, desde

las mezquitas, desde sus altos minaretes.

Sabe que me gustaba caminar

hacia el zoco Al-Hamidiyah

para oler los tejidos

y las especias.

En mitad de la noche

ha querido llamarme. A pesar

de los años y la distancia.

Debió recordar que en la Feria

de Libro de Damasco

me vio adquirir obras

escritas en un idioma que no leo

y que algo en mí reconoció los signos,

esas suaves y delgadas canoas

sobre el papel, esas líneas

de arenas y de vientos.

 

 

lll

Jeannette,

la prima de mi padre,

no usa velo.

Simplemente lo prefiere así.

Ella es cristiana, Fayez

su esposo, musulmán.

Hemos viajado  al mar,

hemos nadado juntas

vestidas con trajes de baño occidentales

como las cristianas y las judías

mientras las musulmanas jugaban

en el agua

con sus largos vestidos mojados

adheridos al cuerpo, más sugestivas

que las turistas europeas

que extendían sus claras

y desnudas figuras

en las playas doradas.

 

 

IV

 

Qué sé, qué desconozco para que ella repita

varios meses después, Susana, no lo olvide

–suena firme su voz en el teléfono–

escriba sobre Siria.

Qué espera, qué me pide?

Hablaré de Quneitra,

del pasto crecido sobre los escombros,

de los testimonios del Golán?

 

Ibrahim me muestra unos montículos de nada

y dice: esta era mi casa.

Por esta calle iba a la escuela cada mañana.

Y señala la escuela, lo que debo

creer que fue una escuela,

cemento y hierros

arrasados por las topadoras.

 

De quiénes eran las tumbas?

Cuántos lloraban entre los olivos?

 

Alguien  preguntó

sobre la poesía después de  Auschwitz,

también yo lo pregunto

desde las ruinas de Quneitra,

sus hospitales muertos, sus calles incendiadas,

las infinitas filas de cruces blancas sobre

la vergüenza del mundo.

 

De quiénes son las tumbas?

Cuántos lloran entre los olivos?

 

 

                         De Siria, inédito

 

 

 

ULEILA*

 

Porque no hay que viajar

grandes distancias,

además es apacible, es bello,

encantador, decían.

Y cada año autorizaba el ocio

una población serrana

cuyo nombre proponía

un juego sin salida,

un interminable y misterioso acertijo:

Salsipuedes.

 

La calle principal

era de oscuro y empinado asfalto

y ondulaba, perfecta para el patinaje

y sus consecuentes advertencias.

Juntábamos piedras, mariposas,

plantas medicinales. Buscábamos
víboras, avispas, miel.

Pero lo inolvidable

fue el nombre de la casa alquilada:

Uleila del Campo.

Uleila sonaba a oleaje campesino,

a ciclos lunares en una lengua antigua,

a ulular marítimo,

a lagunas nocturnas, a luz.

¿Uleila era una flor silvestre,

un extraño y distante país,

un pájaro prodigioso y desconocido,

una mujer?

Desde entonces, en secreto,

llamamos así a nuestra madre:

–¿Llegó Uleila del Campo?

–Uleila dice que ordenemos el cuarto.

–¿Ha visto usted a la señora Uleila?

 

Nos había prometido estarse viva,

tostar zapallos porque –dijo– serían muy dulces

ese verano,

hacerme un vestido de seda verde

para los bailes de carnaval.

A veces la nombramos.

En las calientes noches,

desde cualquier lugar, le preguntamos:

Señora Uleila,

Uleila del Campo,

¿dónde está, por qué no vuelve,

por qué demora?

¿O está en el Mirador

reconociendo amaneceres, colinas,

lejanías,

y no puede salir?

 

                         De Siria, inédito

 

* Ulelia: palabra árabe que tiempo después de escribir el poema supe que significaba mirador.

 


 

Susana Cabuchi (Jesús María, Córdoba, 1948) ha publicado: El corazón de las manzanas (E. y G. López editores, 1978), Patio solo (Alción Editora, 1986), Álbum familiar (Alción Editora, 2000), El Dulce País y otros poemas (Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2004), Detrás de las máscaras (Ediciones El Copista, 2008), Poética-1965-2010 (El taller del Escritor, 2010) y Album de famille – Livre CD (París, Francia, 2015). Su poesía integra numerosas antologías argentinas, americanas y europeas, y ha sido traducida al francés, italiano, portugués y árabe. Ha ganado diversas distinciones nacionales e internacionales. Como gestora cultural organizó ferias del libro, semanas de cultura, concursos literarios, ciclos de lectura, entre otros eventos culturales. Ha sido miembro de jurado en diversos concursos de poesía y narrativa, y participado como panelista y conferencista en congresos, encuentros, y jornadas, tanto en el país como en el exterior. Actualmente colabora en revistas especializadas, en sitios virtuales y coordina talleres de escritura. 

 

Fotografía: cortesía de la autora.

La “poesía sin música” de Pepe Núñez

Diez poemas de Green Square, de Fabiola Rinaudo

Compartimos una selección de poemas de Fabiola Rinaudo (Salta, 1964), pertenecientes al libro Green Square, publicado por El suri porfiado en 2014.

 

I.

Nada me pertenece,

ni siquiera los displicentes contornos de la poesía.

Los versos me han abandonado después de mi

repudio histórico.

Me negué sistemáticamente a ceder a su necesidad

y les llené la boca de comida rápida y globos de

azúcares ligeros.

La otra noche, cuando el rocío me humedecía los

ojos,

tirada en el parapeto de aquella ventana que guarda

los secretos de los libros,

una mujer negra que los cantaba por un dólar me

los trajo de vuelta.

 

 

III.

Henry con su mano temblorosa

me escribe en griego antiguo

el primer versículo del libro de San Juan

y se divierte con los arcanos signos de la lengua de Uruk.

Nos comunicamos con palabras inconexas

como almohada, sofá o aceite

que les debemos a los árabes.

Si le digo que no oigo,

él me responde “audire”

y los dos nos reímos como niños.

La semana pasada entregó a su hija en el altar

y ella se casó sin arroz y sin confites.

Me cuenta en pocas palabras

que bailó un escueto vals,

que no se escuchó ningún ritmo mestizo

y que los novios se fueron con un cartel de “recién casados”.

El breve espacio de  nuestro encuentro

es el puente con esa otra parte del país

y él dice Borges y yo digo cifra

y si digo México, él dice Octavio Paz.

Y después nos vamos por caminos separados.

De nuestro encuentro solo quedan unas

Migas de pan de chocolate esparcidas en un plato.

 

V.

Como las rayas en la piel de los tigres lleva sus

cicatrices.

Las otras llagas se ven en su mirada fiera,

que no es otra cosa que el vano ropaje del miedo.

Son suyas la oscuridad y las colillas

de todo aquello que pueda meterse en el cuerpo,

sólo para huir del horror,

de las luces azules y rojas de los patrulleros

y de un borceguí aplastándole la cara.

 

 

VII.

Una cruz de hierro tiene escrita en la piel.

También otras marcas prefabricadas,

testimonio de batallas que sólo se piensan en la

juventud.

Partida que se repite en el crepúsculo,

cuando todos se van y hay que hacerse valer.

El cuerpo es el único territorio conocido.

Todo lo demás es hostil y rastrero.

Su cuerpo es látigo, es una emboscada,

y un día de desafío y derrota, tendrá  precio.

 

 

VIII.

Se diría un Buda de polyester.

Su vientre es una bóveda que el pantalón encierra.

Tiene la mirada asiática, a fuerza de donas y

malteadas,

y manos que engullen hamburguesas y aros de

cebolla frita.

Sentado en el banco espera el autobús,

para ubicarse por fin frente al plato.

Su hambre, terca como mi dolor no puede

moderarse.

Él sabe que la angustia,

perdida en los corredores de su estómago,

no podrá hallarlo. Yo, en cambio, estoy perdida.

 

 

XII.

“Hola! Soy Selena”, me decís.

Sos como la noche, pero sin luna.

“¿Linda, qué haces aquí?”, me decís.

No entendés qué hago entre los desheredados.

Me ofrecés cerveza caliente,

disfrazada de té o limonada

en un coqueto vaso violeta.

Pero no acepto porque tenés razón.

No soy de tu lugar. Tal vez de ninguno

“¿Qué es lo que te pasa, linda?”, insistís.

Invento una mentira para volver a ser quienes somos.

Vos me pedís setenta y cinco centavos. Y yo te los doy.

 

 

XV.

Tu tobillo es flaco y el pie se te ha encogido.

La hebilla del zapato tintinea

mientras tu mandíbula sigue el ritmo de esa música.

Estás elegante,

con tu campera de cuero y ese sombrero para turistas.

Leés sin atención el periódico.

Esa guerra está lejos y el único testimonio son las

hileras de tumbas.

La OTAN dice que van a dejarlo antes de lo previsto,

pero un teniente general lo desmiente.

Y todo para qué te preguntás.

Entonces con cuidado cerrás el periódico, lo enrollás

y al tintín del zapato le agregás el golpe del parche

de tu pierna

contrapunto  de coplas que no entienden,

pero que a vos te sirven para explicar el mundo.

 

 

XVII.

Soy una de las voces de la plaza.

Un dólar por dos cigarrillos

vende el hombre camuflado

detrás de la parada de autobús,

y la chica, a su lado, se vende por algunos dólares más.

Mi voz y la plaza tienen la misma sed,

pero no somos hermanas.

Una es heredera de una historia

con muertos por recordar y un porvenir.

La otra…. la otra es una extranjera.

 

 

XXIV

Ciento trece dólares traías en los bolsillos,

agujereados por el viaje polizón

Sueño que te mantiene en vilo.

como el pan que se arrebata al horno, como un

hijo nonato.

Ciento trece dólares.

Precio de la derrota vestida de polyester,

monedas que te devolvió Aqueronte

transido por la pena de no aceptar tu alma

sombra de la caverna enamorada y pobre,

que me toma la mano para cruzar el río.

 

 

XXVIII

¡Hemos venido de tan lejos!

Nuestro barco encalló en esta ribera

y nuestros enmohecidos pies,

como las caracolas que alcanzan la playa,

no pudieron volver para atrás.

No nos atamos a los mástiles

y la música del sueño nos dejó penitentes,

gritando verdades bilingues que herrumbraron el

oropel de las palabras.

Llegamos al paraíso,

un paraíso fetiche para la melancolía.

Cuando cierro los ojos,

el miedo es sólo un charco de agua que se seca en

el piso,

Las palomas, sin embargo, siguen su rutina

como símbolos de paz, adornos de estatuas.

Los gendarmes  de otra plaza se toman una siesta

mientra el sol derrite los cerrojos

y la mano del padre alcanza la del hijo

y el hermano regresa a la hermana,

y nosotros regresamos a nosotros,

porque no podemos volver a lo que fuimos.

Te miro, y en tus ojos afligidos intuyo la huella de

la esperanza.

Entonces, nuestro fetiche melancólico se convierte

en el Paraíso,

y ya no tengo miedo.

 

 


 

Fabiola Rinaudo. Escritora. Abogada, Periodista y Docente. Reparte su tiempo entre Salta, Buenos Aires, Toronto (Canadá) y New Haven, (Connecticut).  Colabora como columnista en el periódico hispano Identidad Latina, imparte clases de español y escribe crónicas que difunde a través de las redes sociales. Tiene publicados artículos de Derecho en revistas especializadas, y cuentos y poesías en antologías y periódicos. En 2014 apareció su primer libro de poemas, Green Square (Buenos Aires, El Suri Porfiado). Tiene escrita una novela inédita, Lo que dicen los zapatos, que alude al tema de la migración, y está trabajando en su segunda novela (s/título) que navega entre la crítica social y el roman noir.

La “poesía sin música” de Pepe Núñez

“Temblor de cielo”, de Vicente Huidobro

huidobro

 

Compartimos algunos fragmentos de Temblor de cielo, ese gran libro que Vicente Huidobro escribió en 1931, con palabras preliminares del poeta Oscar Hahn.

 

Acerca de Temblor de cielo

Por Oscar Hahn

En Temblor de cielo hay dos personajes: el amante, que es el sujeto lírico del texto, y la amada, que lleva el nombre de Isolda, como la protagonista de la ópera de Wagner. Sin embargo, no veo una presencia significativa de Tristán e Isolda en el texto de Huidobro. Hay dos o tres referencias como al desgaire, pero eso es todo. Además, la Isolda del poeta no tiene nada que ver con el personaje femenino de la ópera. Lo que me parece comprensible, porque no creo que el propósito de Huidobro fuera replicar la Isolda wagneriana. Es indudable que su motivación fue un hecho muy concreto: la conducta infiel de Tristán y de Isolda. Se sabía además que el compositor alemán se había inspirado en el adulterio que él mismo vivió con Matilde Wesendonck. Cuando Huidobro asistió a la representación de la ópera en París en 1928, estaba acompañado por su joven esposa Ximena Amunátegui, que había sido su amante cuando Huidobro aún estaba casado con Manuela Portales Bello. El poeta tiene que haberse sentido identificado con el conflicto y con los personajes. No obstante, nunca va al fondo del pathos wagneriano. Dice Wagner en su libro Mi vida: “El estado de ánimo en el que me había sumido la lectura de Schopenhauer fue la causa de que ambicionara una expresión estética para manifestar mis sentimientos. Así concebí mi poema Tristán e Isolda”. En el de Huidobro no hay huella alguna ni de Schopenhauer ni de esa expresión estética. Cierto, la “anécdota” de la ópera fue un punto de partida, pero es claro que después tomó un camino propio.

 

Temblor de cielo (fragmentos)

 

Ante todo hay que saber cuántas veces debemos abandonar nuestra novia y huir de sexo en sexo hasta el fin de la tierra.

Allí, en donde el vacío pasa su arco de violín sobre el horizonte y el hombre se transforma en pájaro y el ángel, en piedra preciosa.

El padre eterno está fabricando tinieblas en su laboratorio y trabaja para volver sordos a los ciegos. Tiene un ojo en la mano y no sabe a quién ponérselo. Y en un bocal tiene una oreja en cópula con otro ojo.

Estamos lejos, en el fin de los fines, en donde un hombre, colgando por los pies de una estrella, se balancea en el espacio con la cabeza hacia abajo. El viento que dobla los árboles, agita sus cabellos dulcemente.

Los arroyos voladores se posan en las selvas nuevas, donde los pájaros maldicen el amanecer de tanta flor inútil. Con cuánta razón ellos insultan las palpitaciones de esas cosas oscuras.

Si se tratara solamente de degollar al capitán de las flores y hacerle sangrar el corazón del sentimiento superfluo, el corazón lleno de secretos y trozos de universo.

La boca de un hombre amado sobre un tambor.

Los senos de la niña inolvidable, clavados en el mismo árbol donde los picotean los ruiseñores.

Y la estatua del héroe en el polo.

Destruirlo todo, todo, a bala y cuchillo.

Los ídolos se baten bajo el agua.

–Isolda, Isolda. Cuántos kilómetros nos separan, cuántos sexos entre tú y yo.

Tú sabes bien que Dios arranca los ojos de las flores, pues su manía es la ceguera.

Y transforma el espíritu en un paquete de plumas y transforma las noches sentadas sobre rosas en serpientes de pianola, en serpientes hermanas de la flauta, de la misma flauta que se besa en las noches de nieve y que las llama desde lejos.

Pero tú no sabes la razón de que el mirlo despedaza el árbol entre sus dedos sangrientos.

Y este es el misterio.

Cuarenta días y cuarenta noches trepando de rama en rama como en el diluvio. Cuarenta días y cuarenta noches de misterios entre rocas y pinachos.

Yo podría caerme de destino en destino, pero siempre guardaré el recuerdo del cielo.

¿Conoces las visiones de la altura? ¿Has visto el corazón de la luz? Yo me convierto a veces en una selva inmensa y recorro los mundos como un ejército.

Mira la entrada de los ríos.

El mar puede apenas ser mi teatro en ciertas tardes.

La calle de los sueños tiene un ombligo inmenso de donde asoma una botella. Adentro de la botella hay un obispo muerto que cambia de colores cada vez que se mueve la botella.

Hay cuatro velas que se encienden y se apagan siguiendo un turno sucesivo. A veces un relámpago nos hace ver en el cielo una mujer desesperanzada que viene cayendo hace ciento cuarenta años.

El cielo esconde su misterio.

En todas las escalas se supone un asesino escondido. Los cantores cardíacos mueren sólo de pensar en ello. Así, las mariposas enfermizas volverán a su estado de gusanos, del cual no debían haber salido nunca. El oído recaerá en infancia y se llenará de ecos marinos y de esas algas que flotan en los ojos de ciertos pájaros.

Solamente Isolda conoce el misterio. Pero ella recorre el arcoíris con sus dedos temblorosos en busca de un sonido especial.

Y si un mirlo le picotea un ojo, ella le deja beber toda el agua que quiera con la misma sonrisa que atrae los rebaños de búfalos.

 

*

 

Cuántas cosas han muerto adentro de nosotros. Cuánta muerte llevamos en nosotros. ¿Por qué aferrarnos a nuestros muertos? ¿Por qué empeñarnos en resucitar nuestros muertos? Ellos nos impiden ver la idea que nace. Tenemos miedo a la nueva luz que se presenta, a la que no estamos habituados todavía como a nuestros muertos inmóviles y sin sorpresa peligrosa. Hay que dejar lo muerto por lo que vive.

–Isolda, entierra todos tus muertos.

Piensa, recuerda, olvida. Que tu recuerdo olvide sus recuerdos, que tu olvido recuerde sus olvidos. Cuida de no morir antes de tu muerte.

Como dar un poco de grandeza a esta bestia actual que solo dobla sus rodillas de cansancio a estas altas horas en que la luna llega volando y se coloca al frente.

Y, sin embargo, vivimos esperando un azar, la formación de un signo sideral en ese expiatorio más allá, en donde no alcanza a llegar ni el sonido de nuestras campanas.

Así, esperando el gran azar.

Que el polo norte se desprenda como el sombrero que saluda.

Que surja el continente que estamos aguardando desde hace tantos años, aquí sentados detrás de las rejas del horizonte.

Que pase corriendo el asesino disparando balazos sin control a sus perseguidores.

Que se sepa por qué nació aquella niña y no el niño prometido por los sueños y anunciado tantas veces.

Que se vea el cadáver que bosteza y se estira debajo de la tierra.

Que se vea pasar el fantasma glorioso entre las arboledas del cielo.

Que de repente se detengan todos los ríos a una voz de mando.

Que el cielo cambie de lugar.

Que los mares se amontonen en una gran pirámide más alta que todas las babeles soñadas por la ambición.

Que sople un viento desesperado y apague las estrellas.

Que un dedo luminoso escriba una palabra en el cielo de la noche.

Que se derrumbe la casa de enfrente.

Para esto vivimos, puedes creerme, para esto vivimos y no para otra cosa. Para esto tenemos voz y para esto una red en la voz.

Y para esto tenemos ese correr angustiado adentro de las venas y ese galope de animal herido en el pecho.

 

*

 

Dos palabras aún, amigos míos, antes de terminar. Vanas son nuestras luchas y nuestras discusiones, vana la fosforescencia de nuestras espadas y de nuestras palabras. Sólo el ataúd tiene razón. La victoria es del cementerio. El triunfo solo florece en el sembrado misterioso.

Así fue el discurso que habéis llamado macabro sin razón alguna, el bello discurso del presentador de la nada.

Pasad. Seguid vuestro camino como yo sigo ahora.

Soy demasiado lento para morir.

Sin embargo, Isolda, prepara tus lágrimas. Lejana, enternecida como un piano de remordimientos, prepara tus mejores lágrimas.

Soy lento para morir. La estatua que pasea sobre el mar y el viento cierra mis párpados en señal de gloria penetrante.

Una montaña ocupa la mitad de mi pecho.

Yo llevo un corazón demasiado grande para vosotros. Vosotros habéis medido vuestras montañas, vosotros sabéis que el Gaurizankar tiene 8.800 metros de altura, pero vosotros no sabéis ni sabrán jamás la altura de mi corazón. Sin embargo, mañana en el fondo de la tierra escucharé vuestros pasos.

¿Quién turbará el silencio? Acallad ese ruido insolente.

Son mis antepasados que bailan sobre mi tumba. Son mis abuelos que tocan a rebato para despertarme. Es el jefe de la tribu que se encuentra solo y llora.

Acallad vuestros gritos inútiles.

Henos al fin dormidos en la carne de la tierra.

Desde entonces vive el cataclismo en las ciudades. Caen las murallas y los techos dejando ver pueblos enteros desnudos en diversas actitudes, las más de las veces implorando misericordia.

Asoman brazos y piernas entre escombros.

Hubo también un derrumbe en el cielo. Cuántos pájaros murieron aplastados.

Días después las gentes se paseaban mirando las ruinas. No quedó una sonrisa en pie. Pasaban los fantasmas con los ojos cubiertos aullando, y un hombre enloquecido saltaba de cabeza con el puñal en la mano buscando a un Dios culpable.

Sudad, esclavos. Levantad las ciudades futuras. Yo entre tanto miro la carrera de las selvas. Yo contemplo el pirata del ocaso y su lento suplicio.

Medid la tierra para saber cuántos milagros caben. Adornad los volcanes, embanderad los barcos, horadad las montañas. Vosotros me diréis mañana cuántos fantasmas se puede enterrar aún con todos sus sueños.

–Despierta, Isolda, antes que venga la revuelta final y tu techo quede acribillado por las balas porque nadie cree en tu verdad.

Será preciso, te digo, que tu gracia se levante entre cadáveres, tu gracia cogida en las ruedas del motín, mientras el fuego lo destruye todo y empieza a lamer el horizonte y a trepar por el cielo.

Se doblan las torres bajo la lluvia ilimitada. Vuelan techos ardiendo.

Todo ha de pasar.

De borde a borde el mundo está en silencio. Pero hay algo que aún nos busca en todas partes.

Arad la tierra para sembrar prodigios. Lanzad escalas por todos los abismos.

Decidme, ¿qué utilidad presenta la esperanza? Se alejan los veleros en su Gólgota interminable, por miedo a la borrasca.

Atrás se queda todo.

La canoa que debe perecer va subiendo la última ola.

El cielo es lento para morir.

¿Oyes clavar el ataúd del cielo?

 

 

 

* Agradecemos la sesión del material a Mario Meléndez, de la Fundación Vicente Huidobro de Chile.


 

Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948). Padre del creacionismo y uno de los autores más relevantes de la poesía hispanoamericana del siglo XX. Muy temprano viajó a París donde entró en contacto con las vanguardias. Entabló amistad con artistas de la talla de Pablo Picasso, Juan Gris, Pierre Reverdy, entre otros. De sus poemarios destacan: Adán (1916), El espejo de agua (1916), Horizonte cuadrado (1917), Poemas árticos (1918), Ecuatorial (1918), Altazor (1931), Temblor de cielo (1931), Ver y palpar (1941), El ciudadano del olvido (1941) y Últimos poemas (1948). Su poesía ha ejercido una especial atracción entre públicos jóvenes y ha sido permanentemente objeto de estudio.

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Reseña de “Otro dios ha muerto” de María Casiraghi

 

“Otro dios ha muerto cuenta la historia de Petrona Prane. Es el relato de su vida y su desarraigo, provocado por el despojo de las tierras de sus antepasados. Un caso, como tantos, de las apropiaciones ilegales que sufrió y sufre el pueblo mapuche, cuyo mundo y cosmogonía son la urdimbre de fondo de estas páginas. Algunos hechos, nombres, y lugares, fueron recreados y modificados, por mandato de la ficción”. Con esta aclaración se inicia la última obra (y a la vez, primera novela) de María Casiraghi (Alción, 2016), que retoma, como ya lo había hecho antes la autora en libros de relatos, la escritura de historias que tienen su centro en la Patagonia. Esta vez, “dedicada a Petrona Prane y a su familia”.

A la manera de un tejido mapuche, de los tejidos que la niña de este relato mira crecer en manos de una machi –según la cosmogonía, heredados de generación en generación de lilen kuzé, la araña, la promesa tejedora–, Casiraghi va entrelazando los hilos de dos historias paralelas: la de Petrona Prane y su familia, que es también un fragmento de la historia del pueblo mapuche, y la de una joven de Buenos Aires (acaso álter ego de la autora misma) que en un viaje al sur pasa un tiempo en compañía de este pueblo, se maravilla con su manera de entender la vida, luego conoce a Petrona y establece con ella una amistad que se perpetúa en el tiempo y a través de correspondencias. En cada uno de esos encuentros (reales o en papel), la joven empieza a tirar del hilo de la vida de Petrona, y con él, a desmadejar fragmentos mayores de la historia de quienes habitaron una vez el gran País de las Manzanas.

En la novela, elogiada por escritores como Adolfo Colombres, Luisa Peluffo o Vicente Muleiro (y cuya primera versión, titulada justamente El País de las Manzanas, obtuvo una mención en el Premio Letras Sur 2011, con un jurado integrado por Juan Sasturain, Vlady Kociancich y Martín Kohan), María Casiraghi presta su voz, una voz sumamente poética, para contar una historia. Pero para prestar su voz, otros le han prestado antes las suyas, porque así es como funciona cuando la literatura se mete con la Historia, cuando se entreteje con las historias reales de hombres y mujeres que transitan o transitaron esta tierra. Y así, la voz de Petrona nos cautiva; es una voz con muchas voces dentro, tal vez porque muchas fueron las vidas que en una sola tuvo. En su voz leemos la de esa niña con una infancia difícil pero en familia, pobre pero mágica, que no ha perdido el asombro, la de la mujer que se ha vuelto aguerrida a fuerza de resistir, la de la anciana que recuerda.

Ser arañas para hilar, nos enseñaba la tía María, la machi de nuestras rukas. Ahora, con la araña entre mis dedos, con toda su vida y su muerte sumida en mí, les voy a contar mi vida. Hay verdades que uno aprende de grande, las que más duelen, las que no tienen regreso. Cuando uno es joven tiene tiempo, pero el tiempo es poca cosa si no lo acompaña el conocimiento. Como uno encuentra fallas en un trabajo terminado, y teje y desteje hasta que esté bien hecho, pasa también con nuestra vida. Pero hay que tener buen ojo para saber cuándo es posible, cuándo no es tarde, si ese pequeño error que dejamos sin tratar no está ya convertido en una mancha, de esas que empiezan adentro del cuerpo y terminan desparramadas por toda la piel. Hacer y deshacer nuestra historia, deshilacharla hasta encontrarle las fallas, ahí mismo se está trabajando en la mejora, en la limpieza de la propia persona, si es que una ha alcanzado a ser una persona ya. No todos llegamos a serlo. Hay quienes nacen y mueren como bestias. Para empezar, mi nombre es Petrona.

Así es como esa voz poblada empieza a destejer su historia.

Un acierto de la novela es incorporar fragmentos de documentos, cartas, recortes de diarios y revistas que dan cuenta de las idas y vueltas de los sucesivos desalojos, quita de tierras y traslados que el gobierno argentino viene ocasionando a los mapuches desde tiempos remotos.  De eso sabe bien la machi, cuando instruye a Petrona:

… el primer desalojo mapuche fue su nacimiento. Después, vinieron muchos otros que hicimos frente hasta vencer. Así fue siempre, tenemos que usar lo que pasa alrededor para aprender sobre nosotros, sobre cómo manejarnos en la vida. Cada mapuche debe vivir su propio destierro, porque crecer nomás es ser desalojado. Hay que estar listo siempre para buscarle otra casa a nuestro cuerpo.

Porque si bien, como se aclara, hay en estas páginas una necesaria cuota de ficción, la historia de Petrona y su trasfondo son ciertos, y los documentos incluidos vienen a testificarlo. La familia de Petrona Prane, originaria de una región de Neuquén que ya no existe en los mapas, las Tierras de Pran (nombre al que luego los huincas le agregaron una ‘e’), vivían en Chinchinales, Río Negro, desde antes de 1850, y estaban emparentados con el lonco Valentín Sayhueque. En épocas en que hay quien todavía pretende relativizar lo que fue la cruenta Campaña del Desierto (épocas recrudecidas en el último tiempo), la novela funciona también como un resarcimiento por tanto daño causado. O tal vez porque la autora comprendió bien eso de que, según la sabiduría de la machi de esta historia, “hay una casa que va a estar siempre, que no puede destruir ningún huinca si el mapuche no la olvida; la palabra”. La machi se refiere, por supuesto, al mapudungun, pero ese pensamiento puede extenderse, incluir el acto mismo de plasmar una historia para que no se olvide. Y aunque lo que se narra pueda resultar doloroso, desgarrador, esto logra mitigarse por lo poético del modo en que la autora va llevando el relato.

Si, como dice Petrona, en el pensamiento mapuche los “nombres nacen por miedo, un miedo viejo, de que todo oscurezca, [p]or eso, en mapudungun, al nombrar al otro encendemos su conciencia, le recordamos que arde, que existe” (46), de algún modo (de un modo comprometido y respetuoso), Casiraghi se ha propuesto no permitir que oscurezca, alumbrar con su palabra una pequeña historia que es seguramente la historia de tantos otros y tantas otras en el territorio del sur. En el acto de entregarnos la historia de Petrona, Casiraghi enciende una llama. La llama de la conciencia, la de la alerta, la que dice esto sucedió, esto sucede. Esta gente todavía arde, existe. Aunque otros se empeñen en querer hacerla desaparecer.

*


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María Casiraghi nació en Buenos Aires en 1977. Es poeta, narradora y periodista, licenciada en Letras por la UBA. En poesía, publicó: Escamas de Silencio (2004), Turbanidad (2008), Décima Luna (2011), Loba de Mar (2013) y Albanegra (2015), todos ellos por Alción Editora, y la antología Vaca de Matadero (Editorial Summa, Lima, Perú, 2017).  Poemas suyos se publicaron en diferentes revistas digitales de poesía, nacionales e internacionales. Como periodista/narradora, escribió por encargo los libros de relatos y fotografías Retratos, Patagonia Sur y Patagonia Sur Santa Cruz-Argentina. En narrativa, publicó además el premiado volumen de cuentos Nomadía (Monte Ávila, Venezuela, 2010). Es colaboradora externa de la revista Lugares y desde 2014 forma parte del consejo de redacción de Boca de Sapo: Revista de Arte, Literatura y Pensamiento.

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