Un paseo por la poesía de Susana Cabuchi

Un paseo por la poesía de Susana Cabuchi

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Como de los buenos viajes, de la poesía de Susana Cabuchi (Jesús María, Córdoba, 1948) no se vuelve siendo los mismos. Por eso presentamos un breve paseo por algunos de sus poemas memorables, a los que sumamos dos inéditos.

 

EL DULCE PAÍS

 

 

Entonces, tus ojos eran caramelos de miel

y hablabas

de las bicicletas que regalaba el Niño Dios

a los que no podíamos comprarlas.

El río se callaba para que tú contaras figuritas.

Yo era alegre,

y eran alegres los nísperos del patio.

Y tú eras otro,

no el hombre de hoy

lejano como todos.

Cada domingo era una sorpresa de ciruelas,

de plaza con hamacas.

Tu padre cantaba en el taller

mientras tu madre

lavaba mamelucos de amor y aceite.

El mío no había partido todavía

y llegaba al hogar con dulces y regalos.

Yo oía con asombro tus mentiras

y creía en gigantes voladores

y en ángeles guardianes

que cuidaban tu ropa y mis zapatos.

Por cada diente el ratón nos compraba mandarinas.

La abuela, abría el gran ropero

y sacaba

turrones envueltos en papeles crocantes.

Si vuelves, como entonces,

con sombrero de piel y las manos con barro

verás, que guardo aún

el corazón de las manzanas.

 

                         De El corazón de las manzanas, 1978

 

 

 

LA CARTA

 

Ha llegado la carta.

Está sobre la mesa,

al lado de las flores.

La miro

            largamente.

Conozco la letra.

Pero la leeré

a la medianoche,

cuando los trenes

que pasan hacia el norte

hagan temblar

los vidrios de la casa.

 

                         De Patio solo, 1986

 

 
VISITA

 

Un viajero

ha llegado a la casa.

Salimos todos

a abrazarlo

porque trae noticias del hermano.

Habla de campos secos,

del hambre en las ciudades,

muestra fotografías.

Después del almuerzo

le servimos

la fruta más dulce del ciruelo.

Y la ha comido,

                         pero sin alegría.

 

                         De Patio solo, 1986

 

 

 

ÁLBUM FAMILIAR 

 

Los padres

fueron una vez

a Mendoza.

Me dejaron

una foto con nieve

a orillas del camino

con un gran auto negro

y con amigos.

 

Me dejaron

una foto con nieve

y este frío.

 

                         De Álbum familiar, 2000
 

 

PASOS

 

He bebido las aguas

del Shu – Am

como si no estuvieran

contaminadas.

A orillas

del río silencioso

crecen flores amargas

sobre las que he descansado,

                         leyendo.

Y no he pecado

sino

lo necesario.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 
12 DE JUNIO

 

Esa mano que muere

no está sola.

El anillo dorado

la devuelve

a una danza de bodas

y a sus giros.

A una siesta

de parrales ardientes.

A los vinos

guardados

para las grandes fechas.

Está

el metal redondo

sosteniendo

que todo fue verdad.

El anillo de bodas

de mi padre,

en la mano, en la vida

de mi padre.

En el día de la muerte

de mi padre.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

CIELO

 

Sobre las montañas nevadas,

como una flecha oscura,

van los patos salvajes.

Cruzan.

Como tu sombra

sobre mi corazón.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

 

VINCENT VAN GOGH 

 

Aquí estoy

en esta soledad luminosa,

plena, habitada

de fuegos y ventanas.

La casa

arde de girasoles

como un infierno congelado

entre aceites

y vientos amarillos.

Sordo de tanto silencio

y dispuesto

a entreabrir

cada lirio celestial,

cada cristal de paja,

cada gota de acero,

cada ojo de sangre,

cada vidrio de miedo.

Así te escribo.

Sobre las torres de la desesperación,

a orillas del Ródano,

entre la mezcla brumosa de los óleos,

a la hora del ángelus,

a pleno mediodía,

sobre el caballo áspero

                         de la pena,

con la piedra roja

                         de la desgracia,

con la arena negra de la locura,

con las sílabas celestes del amor,

con la sorpresa blanca de la tela

                         vacía,

con el cuervo del hambre

                         sobrevolando mi cama,

con la mordedura hirviente

                         del deseo,

entre el humo agrio de la luz,

en el paraíso húmedo

                         de los manteles,

en los bares nocturnos,

así,

           hermano mío,

              hermanito menor,

                  casi mi padre.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

 

EXILIO

 

Al cerrar el negocio

mis padres

se sentaban en la vereda

del Panamericano

a mirar el desfile.

 

Mi padre sonreía

con la misma serena tristeza,

repetida,

tantos años después,

en la fila de cajones

abiertos hacia el crematorio,

más oscuro, con los párpados quietos,

entero, intacto,

                         esperándome.

Así dio su perdón,

                         así recibió el mío.

 

Acompañaba la fiesta

con la mirada suave

del que ha danzado, inocente,

sobre los barcos del exilio.

 

Cuando pregunté

en el Registro de su país

la íntima caligrafía

sentenciaba “desertor”.

Cómo explicar

que tenía dos años al partir,

que nunca se había ido,

que cada mañana

ascendía las calles amarillas

de Maalula

mientras levantaba las persianas.

 

 

                         De Detrás de las máscaras, 2008

 

 

 

VISITA AL PURGATORIO

 

El cartel anuncia

             “El Paraíso”.

Aquí están

la directora del colegio,

la fundadora del Teatro Vocacional,

el carnicero,

el prestamista, el notario.

–Sí madre,

traigo galletas,

sacaremos una mesa,

jugaremos a la confitería,

tomaremos el té.

Las pequeñas carrozas

                         –trípodes, andadores,

                         sillas de ruedas–

giran.

Aferrados al pasamanos

los caminantes

repiten la peregrinación,

como antes en la plaza,

ahora a orillas de la ciudad,

a orillas de la vida,

con las máscaras de la vejez,

con los pesados trajes,

                 marchitos.

Sí madre,

soy la tía Emma

y también soy Susana.

Entre sombras

la comparsa emite

entrecortados llantos, gemidos secos.

–No madre, sus padres

no la olvidan,

están muy ocupados.

Cuando puedan

          vendrán

con un ramo de rosas.

 

                         De Detrás de las máscaras, 2008

 

 

 

SIRIA

                         A Jeannette Kabouchi

 

I

 

Ha despertado

seguramente temblorosa.

Ha escuchado los ayes

ascender las piedras de Sednaya,

ondular sobre las cambiantes dunas

hacia el desierto,

reptar entre los arcos de Palmira,

crecer en los olivos.

Por favor querida, dice

desde ciudades inolvidables

a la hora del sueño.

Por favor querida,

insiste,

escriba sobre Siria.

 

 

II

 

Juntas hemos visto

los juegos del Mediterráneo

frente a las costas de Latakia

y las manchas lejanas de la tierra turca

a través del mar.

Sabe que escuché, conmovida,

cinco veces al día

el hondo llamado a la oración

que surge, poderoso y verdadero, desde

las mezquitas, desde sus altos minaretes.

Sabe que me gustaba caminar

hacia el zoco Al-Hamidiyah

para oler los tejidos

y las especias.

En mitad de la noche

ha querido llamarme. A pesar

de los años y la distancia.

Debió recordar que en la Feria

de Libro de Damasco

me vio adquirir obras

escritas en un idioma que no leo

y que algo en mí reconoció los signos,

esas suaves y delgadas canoas

sobre el papel, esas líneas

de arenas y de vientos.

 

 

lll

Jeannette,

la prima de mi padre,

no usa velo.

Simplemente lo prefiere así.

Ella es cristiana, Fayez

su esposo, musulmán.

Hemos viajado  al mar,

hemos nadado juntas

vestidas con trajes de baño occidentales

como las cristianas y las judías

mientras las musulmanas jugaban

en el agua

con sus largos vestidos mojados

adheridos al cuerpo, más sugestivas

que las turistas europeas

que extendían sus claras

y desnudas figuras

en las playas doradas.

 

 

IV

 

Qué sé, qué desconozco para que ella repita

varios meses después, Susana, no lo olvide

–suena firme su voz en el teléfono–

escriba sobre Siria.

Qué espera, qué me pide?

Hablaré de Quneitra,

del pasto crecido sobre los escombros,

de los testimonios del Golán?

 

Ibrahim me muestra unos montículos de nada

y dice: esta era mi casa.

Por esta calle iba a la escuela cada mañana.

Y señala la escuela, lo que debo

creer que fue una escuela,

cemento y hierros

arrasados por las topadoras.

 

De quiénes eran las tumbas?

Cuántos lloraban entre los olivos?

 

Alguien  preguntó

sobre la poesía después de  Auschwitz,

también yo lo pregunto

desde las ruinas de Quneitra,

sus hospitales muertos, sus calles incendiadas,

las infinitas filas de cruces blancas sobre

la vergüenza del mundo.

 

De quiénes son las tumbas?

Cuántos lloran entre los olivos?

 

 

                         De Siria, inédito

 

 

 

ULEILA*

 

Porque no hay que viajar

grandes distancias,

además es apacible, es bello,

encantador, decían.

Y cada año autorizaba el ocio

una población serrana

cuyo nombre proponía

un juego sin salida,

un interminable y misterioso acertijo:

Salsipuedes.

 

La calle principal

era de oscuro y empinado asfalto

y ondulaba, perfecta para el patinaje

y sus consecuentes advertencias.

Juntábamos piedras, mariposas,

plantas medicinales. Buscábamos
víboras, avispas, miel.

Pero lo inolvidable

fue el nombre de la casa alquilada:

Uleila del Campo.

Uleila sonaba a oleaje campesino,

a ciclos lunares en una lengua antigua,

a ulular marítimo,

a lagunas nocturnas, a luz.

¿Uleila era una flor silvestre,

un extraño y distante país,

un pájaro prodigioso y desconocido,

una mujer?

Desde entonces, en secreto,

llamamos así a nuestra madre:

–¿Llegó Uleila del Campo?

–Uleila dice que ordenemos el cuarto.

–¿Ha visto usted a la señora Uleila?

 

Nos había prometido estarse viva,

tostar zapallos porque –dijo– serían muy dulces

ese verano,

hacerme un vestido de seda verde

para los bailes de carnaval.

A veces la nombramos.

En las calientes noches,

desde cualquier lugar, le preguntamos:

Señora Uleila,

Uleila del Campo,

¿dónde está, por qué no vuelve,

por qué demora?

¿O está en el Mirador

reconociendo amaneceres, colinas,

lejanías,

y no puede salir?

 

                         De Siria, inédito

 

* Ulelia: palabra árabe que tiempo después de escribir el poema supe que significaba mirador.

 


 

Susana Cabuchi (Jesús María, Córdoba, 1948) ha publicado: El corazón de las manzanas (E. y G. López editores, 1978), Patio solo (Alción Editora, 1986), Álbum familiar (Alción Editora, 2000), El Dulce País y otros poemas (Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2004), Detrás de las máscaras (Ediciones El Copista, 2008), Poética-1965-2010 (El taller del Escritor, 2010) y Album de famille – Livre CD (París, Francia, 2015). Su poesía integra numerosas antologías argentinas, americanas y europeas, y ha sido traducida al francés, italiano, portugués y árabe. Ha ganado diversas distinciones nacionales e internacionales. Como gestora cultural organizó ferias del libro, semanas de cultura, concursos literarios, ciclos de lectura, entre otros eventos culturales. Ha sido miembro de jurado en diversos concursos de poesía y narrativa, y participado como panelista y conferencista en congresos, encuentros, y jornadas, tanto en el país como en el exterior. Actualmente colabora en revistas especializadas, en sitios virtuales y coordina talleres de escritura. 

 

Fotografía: cortesía de la autora.

Un paseo por la poesía de Susana Cabuchi

Diez poemas de Green Square, de Fabiola Rinaudo

Compartimos una selección de poemas de Fabiola Rinaudo (Salta, 1964), pertenecientes al libro Green Square, publicado por El suri porfiado en 2014.

 

I.

Nada me pertenece,

ni siquiera los displicentes contornos de la poesía.

Los versos me han abandonado después de mi

repudio histórico.

Me negué sistemáticamente a ceder a su necesidad

y les llené la boca de comida rápida y globos de

azúcares ligeros.

La otra noche, cuando el rocío me humedecía los

ojos,

tirada en el parapeto de aquella ventana que guarda

los secretos de los libros,

una mujer negra que los cantaba por un dólar me

los trajo de vuelta.

 

 

III.

Henry con su mano temblorosa

me escribe en griego antiguo

el primer versículo del libro de San Juan

y se divierte con los arcanos signos de la lengua de Uruk.

Nos comunicamos con palabras inconexas

como almohada, sofá o aceite

que les debemos a los árabes.

Si le digo que no oigo,

él me responde “audire”

y los dos nos reímos como niños.

La semana pasada entregó a su hija en el altar

y ella se casó sin arroz y sin confites.

Me cuenta en pocas palabras

que bailó un escueto vals,

que no se escuchó ningún ritmo mestizo

y que los novios se fueron con un cartel de “recién casados”.

El breve espacio de  nuestro encuentro

es el puente con esa otra parte del país

y él dice Borges y yo digo cifra

y si digo México, él dice Octavio Paz.

Y después nos vamos por caminos separados.

De nuestro encuentro solo quedan unas

Migas de pan de chocolate esparcidas en un plato.

 

V.

Como las rayas en la piel de los tigres lleva sus

cicatrices.

Las otras llagas se ven en su mirada fiera,

que no es otra cosa que el vano ropaje del miedo.

Son suyas la oscuridad y las colillas

de todo aquello que pueda meterse en el cuerpo,

sólo para huir del horror,

de las luces azules y rojas de los patrulleros

y de un borceguí aplastándole la cara.

 

 

VII.

Una cruz de hierro tiene escrita en la piel.

También otras marcas prefabricadas,

testimonio de batallas que sólo se piensan en la

juventud.

Partida que se repite en el crepúsculo,

cuando todos se van y hay que hacerse valer.

El cuerpo es el único territorio conocido.

Todo lo demás es hostil y rastrero.

Su cuerpo es látigo, es una emboscada,

y un día de desafío y derrota, tendrá  precio.

 

 

VIII.

Se diría un Buda de polyester.

Su vientre es una bóveda que el pantalón encierra.

Tiene la mirada asiática, a fuerza de donas y

malteadas,

y manos que engullen hamburguesas y aros de

cebolla frita.

Sentado en el banco espera el autobús,

para ubicarse por fin frente al plato.

Su hambre, terca como mi dolor no puede

moderarse.

Él sabe que la angustia,

perdida en los corredores de su estómago,

no podrá hallarlo. Yo, en cambio, estoy perdida.

 

 

XII.

“Hola! Soy Selena”, me decís.

Sos como la noche, pero sin luna.

“¿Linda, qué haces aquí?”, me decís.

No entendés qué hago entre los desheredados.

Me ofrecés cerveza caliente,

disfrazada de té o limonada

en un coqueto vaso violeta.

Pero no acepto porque tenés razón.

No soy de tu lugar. Tal vez de ninguno

“¿Qué es lo que te pasa, linda?”, insistís.

Invento una mentira para volver a ser quienes somos.

Vos me pedís setenta y cinco centavos. Y yo te los doy.

 

 

XV.

Tu tobillo es flaco y el pie se te ha encogido.

La hebilla del zapato tintinea

mientras tu mandíbula sigue el ritmo de esa música.

Estás elegante,

con tu campera de cuero y ese sombrero para turistas.

Leés sin atención el periódico.

Esa guerra está lejos y el único testimonio son las

hileras de tumbas.

La OTAN dice que van a dejarlo antes de lo previsto,

pero un teniente general lo desmiente.

Y todo para qué te preguntás.

Entonces con cuidado cerrás el periódico, lo enrollás

y al tintín del zapato le agregás el golpe del parche

de tu pierna

contrapunto  de coplas que no entienden,

pero que a vos te sirven para explicar el mundo.

 

 

XVII.

Soy una de las voces de la plaza.

Un dólar por dos cigarrillos

vende el hombre camuflado

detrás de la parada de autobús,

y la chica, a su lado, se vende por algunos dólares más.

Mi voz y la plaza tienen la misma sed,

pero no somos hermanas.

Una es heredera de una historia

con muertos por recordar y un porvenir.

La otra…. la otra es una extranjera.

 

 

XXIV

Ciento trece dólares traías en los bolsillos,

agujereados por el viaje polizón

Sueño que te mantiene en vilo.

como el pan que se arrebata al horno, como un

hijo nonato.

Ciento trece dólares.

Precio de la derrota vestida de polyester,

monedas que te devolvió Aqueronte

transido por la pena de no aceptar tu alma

sombra de la caverna enamorada y pobre,

que me toma la mano para cruzar el río.

 

 

XXVIII

¡Hemos venido de tan lejos!

Nuestro barco encalló en esta ribera

y nuestros enmohecidos pies,

como las caracolas que alcanzan la playa,

no pudieron volver para atrás.

No nos atamos a los mástiles

y la música del sueño nos dejó penitentes,

gritando verdades bilingues que herrumbraron el

oropel de las palabras.

Llegamos al paraíso,

un paraíso fetiche para la melancolía.

Cuando cierro los ojos,

el miedo es sólo un charco de agua que se seca en

el piso,

Las palomas, sin embargo, siguen su rutina

como símbolos de paz, adornos de estatuas.

Los gendarmes  de otra plaza se toman una siesta

mientra el sol derrite los cerrojos

y la mano del padre alcanza la del hijo

y el hermano regresa a la hermana,

y nosotros regresamos a nosotros,

porque no podemos volver a lo que fuimos.

Te miro, y en tus ojos afligidos intuyo la huella de

la esperanza.

Entonces, nuestro fetiche melancólico se convierte

en el Paraíso,

y ya no tengo miedo.

 

 


 

Fabiola Rinaudo. Escritora. Abogada, Periodista y Docente. Reparte su tiempo entre Salta, Buenos Aires, Toronto (Canadá) y New Haven, (Connecticut).  Colabora como columnista en el periódico hispano Identidad Latina, imparte clases de español y escribe crónicas que difunde a través de las redes sociales. Tiene publicados artículos de Derecho en revistas especializadas, y cuentos y poesías en antologías y periódicos. En 2014 apareció su primer libro de poemas, Green Square (Buenos Aires, El Suri Porfiado). Tiene escrita una novela inédita, Lo que dicen los zapatos, que alude al tema de la migración, y está trabajando en su segunda novela (s/título) que navega entre la crítica social y el roman noir.

Un paseo por la poesía de Susana Cabuchi

“Temblor de cielo”, de Vicente Huidobro

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Compartimos algunos fragmentos de Temblor de cielo, ese gran libro que Vicente Huidobro escribió en 1931, con palabras preliminares del poeta Oscar Hahn.

 

Acerca de Temblor de cielo

Por Oscar Hahn

En Temblor de cielo hay dos personajes: el amante, que es el sujeto lírico del texto, y la amada, que lleva el nombre de Isolda, como la protagonista de la ópera de Wagner. Sin embargo, no veo una presencia significativa de Tristán e Isolda en el texto de Huidobro. Hay dos o tres referencias como al desgaire, pero eso es todo. Además, la Isolda del poeta no tiene nada que ver con el personaje femenino de la ópera. Lo que me parece comprensible, porque no creo que el propósito de Huidobro fuera replicar la Isolda wagneriana. Es indudable que su motivación fue un hecho muy concreto: la conducta infiel de Tristán y de Isolda. Se sabía además que el compositor alemán se había inspirado en el adulterio que él mismo vivió con Matilde Wesendonck. Cuando Huidobro asistió a la representación de la ópera en París en 1928, estaba acompañado por su joven esposa Ximena Amunátegui, que había sido su amante cuando Huidobro aún estaba casado con Manuela Portales Bello. El poeta tiene que haberse sentido identificado con el conflicto y con los personajes. No obstante, nunca va al fondo del pathos wagneriano. Dice Wagner en su libro Mi vida: “El estado de ánimo en el que me había sumido la lectura de Schopenhauer fue la causa de que ambicionara una expresión estética para manifestar mis sentimientos. Así concebí mi poema Tristán e Isolda”. En el de Huidobro no hay huella alguna ni de Schopenhauer ni de esa expresión estética. Cierto, la “anécdota” de la ópera fue un punto de partida, pero es claro que después tomó un camino propio.

 

Temblor de cielo (fragmentos)

 

Ante todo hay que saber cuántas veces debemos abandonar nuestra novia y huir de sexo en sexo hasta el fin de la tierra.

Allí, en donde el vacío pasa su arco de violín sobre el horizonte y el hombre se transforma en pájaro y el ángel, en piedra preciosa.

El padre eterno está fabricando tinieblas en su laboratorio y trabaja para volver sordos a los ciegos. Tiene un ojo en la mano y no sabe a quién ponérselo. Y en un bocal tiene una oreja en cópula con otro ojo.

Estamos lejos, en el fin de los fines, en donde un hombre, colgando por los pies de una estrella, se balancea en el espacio con la cabeza hacia abajo. El viento que dobla los árboles, agita sus cabellos dulcemente.

Los arroyos voladores se posan en las selvas nuevas, donde los pájaros maldicen el amanecer de tanta flor inútil. Con cuánta razón ellos insultan las palpitaciones de esas cosas oscuras.

Si se tratara solamente de degollar al capitán de las flores y hacerle sangrar el corazón del sentimiento superfluo, el corazón lleno de secretos y trozos de universo.

La boca de un hombre amado sobre un tambor.

Los senos de la niña inolvidable, clavados en el mismo árbol donde los picotean los ruiseñores.

Y la estatua del héroe en el polo.

Destruirlo todo, todo, a bala y cuchillo.

Los ídolos se baten bajo el agua.

–Isolda, Isolda. Cuántos kilómetros nos separan, cuántos sexos entre tú y yo.

Tú sabes bien que Dios arranca los ojos de las flores, pues su manía es la ceguera.

Y transforma el espíritu en un paquete de plumas y transforma las noches sentadas sobre rosas en serpientes de pianola, en serpientes hermanas de la flauta, de la misma flauta que se besa en las noches de nieve y que las llama desde lejos.

Pero tú no sabes la razón de que el mirlo despedaza el árbol entre sus dedos sangrientos.

Y este es el misterio.

Cuarenta días y cuarenta noches trepando de rama en rama como en el diluvio. Cuarenta días y cuarenta noches de misterios entre rocas y pinachos.

Yo podría caerme de destino en destino, pero siempre guardaré el recuerdo del cielo.

¿Conoces las visiones de la altura? ¿Has visto el corazón de la luz? Yo me convierto a veces en una selva inmensa y recorro los mundos como un ejército.

Mira la entrada de los ríos.

El mar puede apenas ser mi teatro en ciertas tardes.

La calle de los sueños tiene un ombligo inmenso de donde asoma una botella. Adentro de la botella hay un obispo muerto que cambia de colores cada vez que se mueve la botella.

Hay cuatro velas que se encienden y se apagan siguiendo un turno sucesivo. A veces un relámpago nos hace ver en el cielo una mujer desesperanzada que viene cayendo hace ciento cuarenta años.

El cielo esconde su misterio.

En todas las escalas se supone un asesino escondido. Los cantores cardíacos mueren sólo de pensar en ello. Así, las mariposas enfermizas volverán a su estado de gusanos, del cual no debían haber salido nunca. El oído recaerá en infancia y se llenará de ecos marinos y de esas algas que flotan en los ojos de ciertos pájaros.

Solamente Isolda conoce el misterio. Pero ella recorre el arcoíris con sus dedos temblorosos en busca de un sonido especial.

Y si un mirlo le picotea un ojo, ella le deja beber toda el agua que quiera con la misma sonrisa que atrae los rebaños de búfalos.

 

*

 

Cuántas cosas han muerto adentro de nosotros. Cuánta muerte llevamos en nosotros. ¿Por qué aferrarnos a nuestros muertos? ¿Por qué empeñarnos en resucitar nuestros muertos? Ellos nos impiden ver la idea que nace. Tenemos miedo a la nueva luz que se presenta, a la que no estamos habituados todavía como a nuestros muertos inmóviles y sin sorpresa peligrosa. Hay que dejar lo muerto por lo que vive.

–Isolda, entierra todos tus muertos.

Piensa, recuerda, olvida. Que tu recuerdo olvide sus recuerdos, que tu olvido recuerde sus olvidos. Cuida de no morir antes de tu muerte.

Como dar un poco de grandeza a esta bestia actual que solo dobla sus rodillas de cansancio a estas altas horas en que la luna llega volando y se coloca al frente.

Y, sin embargo, vivimos esperando un azar, la formación de un signo sideral en ese expiatorio más allá, en donde no alcanza a llegar ni el sonido de nuestras campanas.

Así, esperando el gran azar.

Que el polo norte se desprenda como el sombrero que saluda.

Que surja el continente que estamos aguardando desde hace tantos años, aquí sentados detrás de las rejas del horizonte.

Que pase corriendo el asesino disparando balazos sin control a sus perseguidores.

Que se sepa por qué nació aquella niña y no el niño prometido por los sueños y anunciado tantas veces.

Que se vea el cadáver que bosteza y se estira debajo de la tierra.

Que se vea pasar el fantasma glorioso entre las arboledas del cielo.

Que de repente se detengan todos los ríos a una voz de mando.

Que el cielo cambie de lugar.

Que los mares se amontonen en una gran pirámide más alta que todas las babeles soñadas por la ambición.

Que sople un viento desesperado y apague las estrellas.

Que un dedo luminoso escriba una palabra en el cielo de la noche.

Que se derrumbe la casa de enfrente.

Para esto vivimos, puedes creerme, para esto vivimos y no para otra cosa. Para esto tenemos voz y para esto una red en la voz.

Y para esto tenemos ese correr angustiado adentro de las venas y ese galope de animal herido en el pecho.

 

*

 

Dos palabras aún, amigos míos, antes de terminar. Vanas son nuestras luchas y nuestras discusiones, vana la fosforescencia de nuestras espadas y de nuestras palabras. Sólo el ataúd tiene razón. La victoria es del cementerio. El triunfo solo florece en el sembrado misterioso.

Así fue el discurso que habéis llamado macabro sin razón alguna, el bello discurso del presentador de la nada.

Pasad. Seguid vuestro camino como yo sigo ahora.

Soy demasiado lento para morir.

Sin embargo, Isolda, prepara tus lágrimas. Lejana, enternecida como un piano de remordimientos, prepara tus mejores lágrimas.

Soy lento para morir. La estatua que pasea sobre el mar y el viento cierra mis párpados en señal de gloria penetrante.

Una montaña ocupa la mitad de mi pecho.

Yo llevo un corazón demasiado grande para vosotros. Vosotros habéis medido vuestras montañas, vosotros sabéis que el Gaurizankar tiene 8.800 metros de altura, pero vosotros no sabéis ni sabrán jamás la altura de mi corazón. Sin embargo, mañana en el fondo de la tierra escucharé vuestros pasos.

¿Quién turbará el silencio? Acallad ese ruido insolente.

Son mis antepasados que bailan sobre mi tumba. Son mis abuelos que tocan a rebato para despertarme. Es el jefe de la tribu que se encuentra solo y llora.

Acallad vuestros gritos inútiles.

Henos al fin dormidos en la carne de la tierra.

Desde entonces vive el cataclismo en las ciudades. Caen las murallas y los techos dejando ver pueblos enteros desnudos en diversas actitudes, las más de las veces implorando misericordia.

Asoman brazos y piernas entre escombros.

Hubo también un derrumbe en el cielo. Cuántos pájaros murieron aplastados.

Días después las gentes se paseaban mirando las ruinas. No quedó una sonrisa en pie. Pasaban los fantasmas con los ojos cubiertos aullando, y un hombre enloquecido saltaba de cabeza con el puñal en la mano buscando a un Dios culpable.

Sudad, esclavos. Levantad las ciudades futuras. Yo entre tanto miro la carrera de las selvas. Yo contemplo el pirata del ocaso y su lento suplicio.

Medid la tierra para saber cuántos milagros caben. Adornad los volcanes, embanderad los barcos, horadad las montañas. Vosotros me diréis mañana cuántos fantasmas se puede enterrar aún con todos sus sueños.

–Despierta, Isolda, antes que venga la revuelta final y tu techo quede acribillado por las balas porque nadie cree en tu verdad.

Será preciso, te digo, que tu gracia se levante entre cadáveres, tu gracia cogida en las ruedas del motín, mientras el fuego lo destruye todo y empieza a lamer el horizonte y a trepar por el cielo.

Se doblan las torres bajo la lluvia ilimitada. Vuelan techos ardiendo.

Todo ha de pasar.

De borde a borde el mundo está en silencio. Pero hay algo que aún nos busca en todas partes.

Arad la tierra para sembrar prodigios. Lanzad escalas por todos los abismos.

Decidme, ¿qué utilidad presenta la esperanza? Se alejan los veleros en su Gólgota interminable, por miedo a la borrasca.

Atrás se queda todo.

La canoa que debe perecer va subiendo la última ola.

El cielo es lento para morir.

¿Oyes clavar el ataúd del cielo?

 

 

 

* Agradecemos la sesión del material a Mario Meléndez, de la Fundación Vicente Huidobro de Chile.


 

Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948). Padre del creacionismo y uno de los autores más relevantes de la poesía hispanoamericana del siglo XX. Muy temprano viajó a París donde entró en contacto con las vanguardias. Entabló amistad con artistas de la talla de Pablo Picasso, Juan Gris, Pierre Reverdy, entre otros. De sus poemarios destacan: Adán (1916), El espejo de agua (1916), Horizonte cuadrado (1917), Poemas árticos (1918), Ecuatorial (1918), Altazor (1931), Temblor de cielo (1931), Ver y palpar (1941), El ciudadano del olvido (1941) y Últimos poemas (1948). Su poesía ha ejercido una especial atracción entre públicos jóvenes y ha sido permanentemente objeto de estudio.

Un paseo por la poesía de Susana Cabuchi

Reseña de “Otro dios ha muerto” de María Casiraghi

 

Otro dios ha muerto cuenta la historia de Petrona Prane. Es el relato de su vida y su desarraigo, provocado por el despojo de las tierras de sus antepasados. Un caso, como tantos, de las apropiaciones ilegales que sufrió y sufre el pueblo mapuche, cuyo mundo y cosmogonía son la urdimbre de fondo de estas páginas. Algunos hechos, nombres, y lugares, fueron recreados y modificados, por mandato de la ficción”. Con esta aclaración se inicia la última obra (y a la vez, primera novela) de María Casiraghi (Alción, 2016), que retoma, como ya lo había hecho antes la autora en libros de relatos, la escritura de historias que tienen su centro en la Patagonia. Esta vez, “dedicada a Petrona Prane y a su familia”.

A la manera de un tejido mapuche, de los tejidos que la niña de este relato mira crecer en manos de una machi –según la cosmogonía, heredados de generación en generación de lilen kuzé, la araña, la promesa tejedora–, Casiraghi va entrelazando los hilos de dos historias paralelas: la de Petrona Prane y su familia, que es también un fragmento de la historia del pueblo mapuche, y la de una joven de Buenos Aires (acaso álter ego de la autora misma) que en un viaje al sur pasa un tiempo en compañía de este pueblo, se maravilla con su manera de entender la vida, luego conoce a Petrona y establece con ella una amistad que se perpetúa en el tiempo y a través de correspondencias. En cada uno de esos encuentros (reales o en papel), la joven empieza a tirar del hilo de la vida de Petrona, y con él, a desmadejar fragmentos mayores de la historia de quienes habitaron una vez el gran País de las Manzanas.

En la novela, elogiada por escritores como Adolfo Colombres, Luisa Peluffo o Vicente Muleiro (y cuya primera versión, titulada justamente El País de las Manzanas, obtuvo una mención en el Premio Letras Sur 2011, con un jurado integrado por Juan Sasturain, Vlady Kociancich y Martín Kohan), María Casiraghi presta su voz, una voz sumamente poética, para contar una historia. Pero para prestar su voz, otros le han prestado antes las suyas, porque así es como funciona cuando la literatura se mete con la Historia, cuando se entreteje con las historias reales de hombres y mujeres que transitan o transitaron esta tierra. Y así, la voz de Petrona nos cautiva; es una voz con muchas voces dentro, tal vez porque muchas fueron las vidas que en una sola tuvo. En su voz leemos la de esa niña con una infancia difícil pero en familia, pobre pero mágica, que no ha perdido el asombro, la de la mujer que se ha vuelto aguerrida a fuerza de resistir, la de la anciana que recuerda.

Ser arañas para hilar, nos enseñaba la tía María, la machi de nuestras rukas. Ahora, con la araña entre mis dedos, con toda su vida y su muerte sumida en mí, les voy a contar mi vida. Hay verdades que uno aprende de grande, las que más duelen, las que no tienen regreso. Cuando uno es joven tiene tiempo, pero el tiempo es poca cosa si no lo acompaña el conocimiento. Como uno encuentra fallas en un trabajo terminado, y teje y desteje hasta que esté bien hecho, pasa también con nuestra vida. Pero hay que tener buen ojo para saber cuándo es posible, cuándo no es tarde, si ese pequeño error que dejamos sin tratar no está ya convertido en una mancha, de esas que empiezan adentro del cuerpo y terminan desparramadas por toda la piel. Hacer y deshacer nuestra historia, deshilacharla hasta encontrarle las fallas, ahí mismo se está trabajando en la mejora, en la limpieza de la propia persona, si es que una ha alcanzado a ser una persona ya. No todos llegamos a serlo. Hay quienes nacen y mueren como bestias. Para empezar, mi nombre es Petrona.

Así es como esa voz poblada empieza a destejer su historia.

Un acierto de la novela es incorporar fragmentos de documentos, cartas, recortes de diarios y revistas que dan cuenta de las idas y vueltas de los sucesivos desalojos, quita de tierras y traslados que el gobierno argentino viene ocasionando a los mapuches desde tiempos remotos.  De eso sabe bien la machi, cuando instruye a Petrona:

… el primer desalojo mapuche fue su nacimiento. Después, vinieron muchos otros que hicimos frente hasta vencer. Así fue siempre, tenemos que usar lo que pasa alrededor para aprender sobre nosotros, sobre cómo manejarnos en la vida. Cada mapuche debe vivir su propio destierro, porque crecer nomás es ser desalojado. Hay que estar listo siempre para buscarle otra casa a nuestro cuerpo.

Porque si bien, como se aclara, hay en estas páginas una necesaria cuota de ficción, la historia de Petrona y su trasfondo son ciertos, y los documentos incluidos vienen a testificarlo. La familia de Petrona Prane, originaria de una región de Neuquén que ya no existe en los mapas, las Tierras de Pran (nombre al que luego los huincas le agregaron una ‘e’), vivían en Chinchinales, Río Negro, desde antes de 1850, y estaban emparentados con el lonco Valentín Sayhueque. En épocas en que hay quien todavía pretende relativizar lo que fue la cruenta Campaña del Desierto (épocas recrudecidas en el último tiempo), la novela funciona también como un resarcimiento por tanto daño causado. O tal vez porque la autora comprendió bien eso de que, según la sabiduría de la machi de esta historia, “hay una casa que va a estar siempre, que no puede destruir ningún huinca si el mapuche no la olvida; la palabra”. La machi se refiere, por supuesto, al mapudungun, pero ese pensamiento puede extenderse, incluir el acto mismo de plasmar una historia para que no se olvide. Y aunque lo que se narra pueda resultar doloroso, desgarrador, esto logra mitigarse por lo poético del modo en que la autora va llevando el relato.

Si, como dice Petrona, en el pensamiento mapuche los “nombres nacen por miedo, un miedo viejo, de que todo oscurezca, [p]or eso, en mapudungun, al nombrar al otro encendemos su conciencia, le recordamos que arde, que existe” (46), de algún modo (de un modo comprometido y respetuoso), Casiraghi se ha propuesto no permitir que oscurezca, alumbrar con su palabra una pequeña historia que es seguramente la historia de tantos otros y tantas otras en el territorio del sur. En el acto de entregarnos la historia de Petrona, Casiraghi enciende una llama. La llama de la conciencia, la de la alerta, la que dice esto sucedió, esto sucede. Esta gente todavía arde, existe. Aunque otros se empeñen en querer hacerla desaparecer.

*


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María Casiraghi nació en Buenos Aires en 1977. Es poeta, narradora y periodista, licenciada en Letras por la UBA. En poesía, publicó: Escamas de Silencio (2004), Turbanidad (2008), Décima Luna (2011), Loba de Mar (2013) y Albanegra (2015), todos ellos por Alción Editora, y la antología Vaca de Matadero (Editorial Summa, Lima, Perú, 2017).  Poemas suyos se publicaron en diferentes revistas digitales de poesía, nacionales e internacionales. Como periodista/narradora, escribió por encargo los libros de relatos y fotografías Retratos, Patagonia Sur y Patagonia Sur Santa Cruz-Argentina. En narrativa, publicó además el premiado volumen de cuentos Nomadía (Monte Ávila, Venezuela, 2010). Es colaboradora externa de la revista Lugares y desde 2014 forma parte del consejo de redacción de Boca de Sapo: Revista de Arte, Literatura y Pensamiento.

Un paseo por la poesía de Susana Cabuchi

Juan Carlos Mestre presenta a Agustín Benelli

Compartimos seis poemas de Agustín Benelli (Concepción, Chile), acompañados del prólogo del poeta español Juan Carlos Mestre a su último libro, Organigrama del deseo (Ediciones LAR, 2017).

 

Acerca de Organigrama del Deseo

                                                                       

En los tiempos de la inclemencia, Agustín Benelli era la mano amiga que abría la puerta de la delicadeza a los lenguajes del porvenir. Venía siempre como recién salido de un otoño de nieblas, Jorge Mendoza decía que dibujaba con la savia roja de los árboles dormidos aquellas servilletas de papel que, por decenas, robábamos en los cafés ya inexistentes de la ciudad del Bío-Bío y otros ríos impronunciables en las afueras de la geografía de la razón. En aquellos tiempos éramos algo más jóvenes que ahora, que somos adolescentes y aún salvajes en la esperanza de los espejos futuros. Agustín escribía versos, caligrafiaba versos a la manera de Mallarmé, en papeles de seda que parecían pergaminos testamentarios de un ángel. En ellos iba fijando el vértigo de lo innombrable, las fugas de la razón intuitiva que creaban mundos paralelos donde era posible habitar con fraternidad la alianza en las palabras. Todo en él era delicadeza, y la poesía, acaso la única teoría no humillante de la historia, se personificaba en su conducta con la serenidad de la mano tendida hacía otra mano tendida. Hubo pacto desde el primer instante, una frecuentación en los tugurios de la noche, un estar en la selva de símbolos oyendo silbar al profeta de los gorriones que silbaba en el bosque. Agustín tenía dos lápices, uno negro y otro rojo, acaso la tinta rojinegra de los anarquistas, acaso el equilibrio de los que no se quedan en la mitad de las dudas esperando el milagro de lo que nunca sucederá.

Con ellos dibujaba caligramas chinos, Figuras abstractas que pronto se metamorfoseaban en cuerpos femeninos, en amantes figurativos que frotaban en el aire de otra creencia, la de aquellos que aferrándose con manos desnudas al relámpago saben que todo lo que existe fue alguna vez imaginado. Eran tiempos en que nos echaban de los bares, nos echaban de los paraísos artificiales donde resistimos la grisura de época. Vagábamos, sí, pero vagábamos con rumbo hacía las ciudades prometidas por Rimbaud el vidente, las casas abiertas del amanecer, las que abren sus puertas cuando cierran los cines y los helicópteros sobrevuelan la angustia ciudadana. Agustín sabía mucho de cine, sabia más que nadie de nosotros de los diálogos franceses en que dos enamorados se arruinan la vida pensando en la duración del amor. Agustín escribía poemas que eran guiones para películas de dos minutos, luego fue uniendo las secuencias, y comenzó a oír otras voces hasta llegar a esto, a sus libros de poemas, a su vértigo artístico que imanta otras zonas de la creación, heterodoxo y desobediente a lo canónigo, francotirador de actos imaginarios donde tantos otros apenas pasamos de intuir la memoria del fragmento. Agustín Benelli fue, es, uno de mis amigos más queridos, todos lo queríamos entonces porque ya sabía volar antes que los demás  levantáramos dos pies del suelo del realismo. Su poesía es la conciencia de algo de lo que no podemos tener conciencia de ninguna otra manera, la tensión entre los grandes deseos del espíritu y las semejanzas de lo desconocido, Un poeta, un amigo inolvidable.

 

                                                                            Juan Carlos Mestre

 

* Seis poemas *

 

Nadé bajo la luz de las estrellas

donde el dolor es breve
porque se vive en fracciones de tiempo
nunca mayor a una existencia.

 

Nadé hacía ti para abrir el deseo entrar y habitarlo

Nadé atado a la piedra sol

el canto de sirena que curva mi corazón

como eslabón de una cadena.

 

Nadé naufrago en busca de tu isla.

Nadé por los paisajes de la noche

sin olvidar tu vestido verde

donde se inician tus piernas de hembra universal

donde siempre he creído ver el comienzo

del universo.

 

Así desembarcas ante mí un espacio jamás opaco

un cosmos que de ningún modo es una cascara inerte.

Así me hablas en los surcos del aire

con esas lucidas sombras

que acompañan tu follaje.

 

*

 

Te olí y eras bella

tu lengua trémula lamía mi pecho

y yo te sostenía entre mis brazos

tocando sin descanso la sustancia aceitosa

de tu cráneo angelical.

 

*

 

Era feliz al observar

el gozo de su rostro internándose en el infinito.

Su horno circular se apoderaba de mí

y yo devoraba el silencio del alba.

 

Un pájaro enamorado en vuelo rasante

por un túnel labrado por el semen

de muchas noches.

 

Su sangre era un ojo en llamas

mi cuerpo un lubrico disparo

de pájaros al aire.

 

*

 

Algo decían del testarudo enjambre

de artefactos o del torrente de piedras

o de aquellos nombres elaborados para cada cosa.

Así yo desataba los cilindros a la intemperie

la sombra y su gozo como oveja descarriada

en el organigrama

del deseo.

 

*

 

Fue sin duda el silencio y la sagacidad del cazador

lo que hizo a la bestia galopar despavorida

en la vastedad de la noche.

 

En los campos de la guerra los ojos humanos

huían con el mismo terror.

 

*

 

                                  (a Gonzalo Rojas)

 

Conversamos despacio

aquella tarde en Chillán

todo lo hablado

lo pusimos en el aire.

Había que descuerar

todo el relámpago

a la intemperie

y ambos

sabíamos

que éramos

dos hombres

esperando

en distintos andenes

el último tren

en la inmensidad

de la noche.

 


Agustín Benelli (Concepción, Chile). Artista visual, comunicador y poeta. Es productor y conductor del programa Flashback de Radio Universidad de Concepción. Sus poemas han sido publicados en periódicos, revistas y en diversas antologías nacionales e internacionales, así como en sitios web. Publicó en 2017 Organigrama del Deseo y Asomado a la Palabra (Ediciones LAR Literatura Americana Reunida). Es director del proyecto Educación Poética para Chile y del proyecto Festival Internacional de Poesía de Concepción Chile.

Juan Carlos Mestre. Nació en Villafranca del Bierzo, León, España, 1957. Publicó su primer poemario en 1982, Siete poemas escritos junto a la lluvia, al que le siguió La vida de Safo. Luego obtuvo el Premio Adonais en 1985 por Antífona del otoño en el valle del Bierzo. También el Premio Jaime Gil de Biedma en 1992.  Fue becado por la Academia de España en Roma, donde escribió La tumba de Keats, que fue galardonado con el Premio Jaén de poesía de 1999. Recibió el Premio Nacional de Poesía por La casa roja, publicado en 2008. Su último libro publicado es La bicicleta del panadero (2012).

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