Poetas del Festival

Poetas del Festival

Textos de los invitados internacionales que estarán participando en la décima edición del Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro (21 al 24 de agosto en el Centro Cultural de la Cooperación)

Soleida Ríos, Santiago de Cuba, 1950. Crea un Archivo de Sueños desde hace más de 30 años (dio a la publicación El libro de los sueños, 1999 y Antes del mediodía. Memoria del sueño, 2011). Entre sus libros (transgenéricos) destacan además: El libro roto, El texto sucio, Libro cero, Secadero, Escritos al revés (Premio de la Crítica), Estrías  (Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén y Premio de la Crítica Literaria), A wa nilé y El retrato ovalado (libro experimental con otras 34 autoras).  Fuga,  Aquí pongamos un silencio y Bocacega recogen a modo de antología una muestra sustancial de su escritura.

Un poco de orden en la casa

                                     (Para mi hermana Olivia)

Esto está oscuro y tiembla.

Mi padre, el padre del que todo lo puede

¿me ha mentido?

 

Yo decía si viro, si retrocedo

muero.

Vi a la gente gritar, vi a la gente

muriéndose, con pan sin nada que ponerle

pero gritando vivas verdaderos

en sus casas de tablas remendadas

caídas ya de frío y de esos vivas.

 

Vi a la gente, esa gente era yo

mi madre

mi padre loco en un cuarto enloquecido

el padre de Renté que no aparece en mapamundis

ni en diccionarios ni en los coloquios internacionales.

Ese que digo no está vivo ni muerto.

Yo lo boté en el secadero.

Las monedas mensuales tiradas por esta mano mía

que no es mía ni es la mano de nadie

a la furia del viento y al camino de El Triunfo.

Me mandaron, ve y tíralas.

Boté lo que era mío.

Más bien boté lo que nunca fue mío.

 

Ahora se dice abajo, en ese tiempo no

en ese tiempo éramos bellos

nos llamábamos bellos, gente con suerte

seres mágicos que cambiaron el rumbo

porque decían amar al pobre no es más que amar a Cristo.

Cristo está en los maderos

 

clavado en una cruz [hizo muchos milagros]

clavado en una cruz entre ladrones.

 

Mi padre, el padre del que todo lo puede

¿me ha mentido?

Sus hijos, los apóstoles, lo van a divulgar.

 

Maleva y los niños en el paraíso

(Los únicos paraísos no vedados al hombre

Son los paraísos perdidos

J. L. Borges)

 

En el jardín

y más al fondo, en los ojos de Maleva

los niños se tiran de los árboles.

 

Aquellos niños puros que ya fuimos

cubiertos por pañales blanquecinos

se tiran de los árboles.

Pero se tiran a morir

a que nos olvidemos.

Y se tiran riendo

porque disfrutan de antemano

la pena que vendrá

la desesperación en que más tarde

o más temprano

sucumbiremos todos.

 

La muerte de los niños no está escrita.

Ellos la prefiguran en la rareza de sus juegos.

Ayer, si no es que hace un instante

o hace doscientos siglos

los niños figuraban ciertos juegos

como en una nostalgia de niños anteriores.

[Los primeros, los últimos que vuelven

a comenzar las filas

ya no figuran nada, gritan

carne de momia carne de momia

queremos la cabeza del escudo.]

Quiénes simulan ser los últimos.

Quiénes son los primeros.

 

Los niños

hace un instante o hace doscientos siglos

entraron al jardín con papeles marcados.

Se tiran de los árboles.

Se tiran

 

Último rezo para los ojos del traidor

No existirán los pasos que no llegaron a la puerta

no existirá la mano que no toque o empuje

y abra la hoja clarísima

no existirá la voz

como un pez será mudo

como un pez vivirá bajo las aguas

aquel arroz que iba a su boca ya cesó

hilo de cobre será por donde pase el trueno y

tienda una música ronca un sol cortado en dos

 

como una sola vez los grandes animales se perdieron

como una sola vez las raíces del árbol

fueron pobladas por el humo del fuego fatuo

y por el diente de la hormiga

así se irá pudriendo en el camino aquella sombra

aquella sombra el gesto de una mano que fue

con cinco dedos con sus cinco sentidos

con su nombre y su cuchara ardiente

era dirán

en su ojo fijo ya no hay sueño.

 

Cuerpo presente

Tensa la cuerda

se deshilacha en sesenta flechas moribundas

en sesenta sonámbulos vestidos

en uno solo

en uno

en un cuerpo que cae

 

yo no quiero morir

yo no quiero morir

no veo ya no veo

son las moles de tierra

las varillas eléctricas del miedo

la corriente del miedo

 

en este hoyo no percibo

no puedo ver no puedo

toda mi fuerza empuja estas moles de tierra

que se apartan y vuelven

vuelven vuelven

 

atrás

 

no acude nadie dios

no viene nadie

papá ya sé que estás ahí

dame tu enorme mano antigua

levántame oh dios

virgen del cobre

ruego por ti los juanes

ruego por ese niño huérfano que cargas

 

el hoyo se abre

abre la boca donde estoy

pero el agua es tan limpia

es el agua del brindis

para tu despedida en copas blancas

recuérdalo papá

hace ya tiempo

dame tu mano antigua

yo no quiero morir

échame el lirio la cebolla del lirio

la raíz de la tierra

yo no quiero morir

 

oh las moles

vuelven las moles padre

míralas cómo vuelven a encerrarme

en su escabroso pecho oscuro

yo no quiero morir

sueño desnuda

sueño no peso ya

pesan las moles

pesa el agua

el cielo es mármol pesa

cierra la puerta padre

en paz descanse

en paz

 

(Tomado de Poetas del mundo)

 

Elicura Chihuailaf Nahuelpán. Comunidad Kechurewe (Comuna de Cunco, Región de la Araucanía), 1952. Oralitor, poeta, ensayista y narrador. Hijo Ilustre de Cunco, Chile, 2008; Huésped Distinguido de Salamanca, España, 2009; Embajador de la Educación Pública, Secretaria Ministerial de Educación, Chile, 2014; Huésped de Honor de Bariloche, Argentina, 2017. Entre sus obras: El invierno y su imagen, 1977; En el País de la Memoria, 1988; Relato de mi Sueño Azul, 2010; Ruegos y nubes en el Azul, 2013; La Tierra Sueña en Azul,  2018.

 

INI RUME ÑAMVM NOEL CHI LLAFE

Feytivlkantun che mu rume

kvmelay, pigeken

Kafey ti mawizantuayiwigvn

tipualiwen

ñikallfvfolil mu egvn

kañichagvllnegvmi ti kvrvf

chalilerpuyvñvmegu

tiPvnonChoyke*

Feytivlkantunalvkonchiwirarvn

feytipulalu

kiñe pin ti tapvlrimvmew

feytiweñagkvnfeytiwecheche

ñipetuzuguñikewvn

weluñamiñipvllv

Feytivlkantun, ti vlkantunfey

kiñe    pewmafeytiafvlchimapu

tami ge kaiñcheñi ge, vlcha

allkvfepiwke, kafeychi

vlzugulvn

Kazoypilayan, inirumepenolu

tillafeinirumeñamvnnolu

Kavlkantunfeyñivltañi

puKuyfikeche

pukemantv mu vylukachonglu

feytachikisuzwamweñagkvn.

 

* PvnonChoyke: Rastro del Avestruz

 

LA LLAVE QUE NADIE HA PERDIDO

La poesía no sirve para nada

me dicen

Y en el bosque los árboles

se acarician

con sus raíces azules

y agitan sus ramas el aire

saludando  con pájaros

la Cruz del Sur*

La poesía es el hondo susurro

de los asesinados

el rumor de hojas en el otoño

la tristeza por el muchacho

que conserva la lengua

pero ha perdido el alma

La poesía, la poesía, es un gesto

un sueño, el paisaje

tus ojos y mis ojos muchacha

oídos corazón, la misma música

Y no digo más, porque nadie

encontrará

la llave que nadie ha perdido

Y poesía es el canto de mis

Antepasados

el día de invierno que arde

y apaga

esta melancolía tan personal.

 

*En la visión de mundo mapuche

la Cruz del Sur corresponde al

Rastro de un Avestruz Azul

 

EN ESTE SUELO HABITAN LAS ESTRELLAS

En este suelo habitan las estrellas

En este cielo canta el agua

de la imaginación

Más allá de las nubes que surgen

de estas aguas y estos suelos

nos sueñan los Antepasados

Su Espíritu –dicen- es la Luna Llena

El Silencio: su corazón que late.

 

PARA SANARTE VINE, ME HABLÓ EL CANELO

Para sanarte vine, me habló

el Árbol sagrado

Ve y recoge mis hojas, mis

semillas, me está diciendo

De todas partes vinieron

tus buenas Machi*

mis buenos Machi

desde las cuatro Tierras**

desde las cuatro aguas

mediaremos, me están diciendo

sus poderes

en tus nervios, en tus huesos

en tus venas

¿O deseas acaso abandonar

a nuestra gente?

Elevaré mis rogativas, le digo

Ay, mis pensamientos se apartaron

de los apacibles ríos

de mi corazón:

 

Piedra Transparente será éste

por mí, dijiste

Oo! Genechen***, envíame tu aliento

tu resollar de aire poderoso

Éste va a ser cantor, dijiste

entregándome el caballo Azul

de la  Palabra

Hasta la Tierra de Arriba llegará

en sus Sueños

confundiendo al mensajero

de sus adversarios

Me oirá cuando hable desde

la savia de las plantas

y de las flores. Así dijiste

Mas yo quise olvidar el consejo

de las Ancianas

y de los Ancianos

por eso estoy enfermo ahora

Mis pensamientos se alejaron

de los apacibles Ríos

de tu Corazón

 

Mírame, estoy soñando

que he subido por tus hojas

La Cascada Azul de la mañana

vino a mojar mis labios

con sus aguas

Subí, subí con ellas, pero

me sujetó el murmullo

de los peces

Caminé luego sobre el aroma

de los bosques

Después bailé. En él estaba

colgado mi poder

Las buenas Visiones y los buenos

Sueños lo rodeaban

Lloré entonces, lloré, abrazado

por el espíritu de mi Canelo.

* Sanadora / Sanador

** Los cuatros lados del Universo

*** Padre / Madre Azul

 

Benjamín Chávez, (1971). Poeta boliviano, Premio Nacional de Poesía 2006, es autor de 10 poemarios, algunos de los cuales obtuvieron otros premios en su país. Ha participado en festivales y eventos literarios en América y Europa. Parte de su obra fue traducida al alemán, inglés, sueco y estonio. Sobre su obra han escrito Arturo Carrera, Reynaldo Jiménez (Argentina), Roberto Echavarren (Uruguay), Eduardo Mitre, Pedro Shimose (Bolivia).

 

La débil música de las suaves cosas

En la alta noche

la débil música de las suaves cosas.

Mientras el sueño consuma la quietud

Las torres callan

Los motivos de su altura.

Cada instante se estremece

y lo quedo nos habla con una voz más íntima.

No son las cosas que no tendremos nunca

Son las que están

Las qe estuvieron siempre

Y hoy

-complicidad contenida-

nos susurran

una familiaridad irresuelta.

Nombres

Pronuncia el sol al alba

¿Tú o yo?

Los perdidos nombres del dolor.

El eco espejo

Mi espuela

Tu inalcanzable antílope

Dos segundos de verdor

El mismo sol:

Atardecer.

 

Poema número mil para una mujer que jamás leyó ninguno

Después de mil noches anclado en la bahía del correo,

después de 999 poemas devueltos

en sobres sin abrir,

te fuiste diluyendo

como el agua o el viento.

Es que no quisiste perderte en mi bosque

y rodeaste todos los caminos.

Después de traerte la flamígera espada

del ángel que custodia el paraíso,

desenterrar un meteorito

para compararlo con tus ojos.

Después de la tierra, el sueño

la caída de tres dinastías y un imperio,

te escribo este último poema

con método de hormiga laboriosa

cuyo único salario

-no pequeño –

será

el sosiego de terminar este desvarío

con un número redondo como el sol.

 

Una vieja canción

Viendo pasar el río

cualquier río

dicen, se ve pasar el tiempo.

 

¿Lo ves tu?

por ejemplo en éste

que pasa turbio debajo de nosotros

los de siempre ¿los de nunca?

 

Apoyado en la baranda de cubierta

miro y comprendo

la vieja metáfora

y vislumbro aquella otra

de todos los ríos en el mismo.

 

Tomo una copa

y  busco por la orilla

esa pareja teñida de ocaso.

Los imagino dueños de la selva

inventando futuros gráciles como el agua.

 

Más que agua, pienso, mi río,

el que heredé

arrastra palabras,

sirenas que se cruzan,

barullo de marineros,

canciones

y

un naufragio amoroso

en el que me reconozco.

 

Tomo otra copa y

susurro a la luna ya alta:

en las playas desiertas del Beni…

 

[A pesar de todo]

a pesar de todo

el corazón pide placer primero

y esos prados de revelación

que tus inocentes zapatos pisaban

no eran la muerte

Emily Dickinson

al menos no la tuya

 

hubo una sí

una muerte en la casa de enfrente

y los dos

―poema y muchacha―

preguntan todavía

si la visión fue real

 

[y en ese sueño Sylvia]

y en ese sueño Sylvia

el eterno,

mientras cabalgabas

―Plath, Plath―

por un mar embravecido e incoherente

buscando el punto de partida

el más próximo

aquella noche que escribías:

quizás nunca llegue a ser feliz

 

medusa

la ayudante del mago, la que no titubea, la rehabilitada

¿qué conseguiste?

¿por qué ahora tienes frío?

la gran paradoja del sueño

en la reunión de todas las criaturas

la zarpa

la magnolia,

ebria de sus perfumes

y tú

que no pides nada de la vida.

 

Rolando Kattan (Tegucigalpa, Honduras en 1979), poeta, gestor cultural y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua. Ha publicado los libros de poesía: Exploración al Hormiguero (Editorial Sexta Vocal, Tegucigalpa 2004); Poemas de un Relojero, Costa Rica, 2013); Animal no Identificado (Ed. Gattomerlino, Italia, 2013); Acto Textual (El Ángel Editor, Ecuador, 2016); El árbol de la Piña (Ed. Cisne Negro, Honduras, 2016) y Luciérnaga de Otoño (Ed. Cisne Negro, Honduras, 2018).  

 

A MI LADO ALGUIEN LEE UNLIBRO ESCRITO EN MANDARÍN

a mi lado alguien lee un libro escrito en mandarín

las palabras caen como una lluvia sobre sus manos

y sus manos abiertas se llenan de agua

como las manos que entran a los ríos

el hombre a mi lado bebe agua de un libro

y su rostro como el de los santos se ilumina

qué está escrito allí que sin leerlo siento su humedad

qué libro es ese

en donde las palabras no huyen de la página como en los míos

acaso lo que allí se lee no se olvida

y permanece en la memoria muchos años

como un río que sube y después llueve

¿esa brisa del agua al caer en sus manos

es la poesía?

(De Animal no Identificado, 2013)

 

METAMORFOSIS

Abierto el camino por Kafka,

invito a cada quien a ejecutar su propia metamorfosis.

Elijan ser lo que les plazca:

Yo elijo ser un libro,

un libro de 182 centímetros de alto,

tan alto y palpitante como un árbol,

deseoso de un dedo índice en mi pecho,

o que el viento alborote mis hojas,

echado yo en el campo,

u oír a la gente exclamar:

Dios mío, miren qué libro,

ése que va pasando.

Cruzar la pierna y leerme, en el pie de página,

un verso de Molina, enfocarme en el espejo

y leer un verso de Sabines,

y que al terminar el día una mujer se tienda

en mis páginas abiertas, y lea

las más antiguas lecciones de amor.

(De Acto Textual, 2016)

 

ANIMAL NO IDENTIFICADO

no entraron en El Arca:

 

las jirafas

que en un principio tenían el cuello corto

y que cabizbajas andaban por la selva anhelando

las hojas más altas

 

el Dodo y el Solitario de Rodríguez

que olvidados en las islas inhabitadas del océanoÍndico

renunciaron a la divina gracia del vuelo

 

los cisnes negros

porque no fueron creados por Dios sino por un poeta

 

todos los peces

las grandes ballenas

y los más pequeños organismos

en el ojo de una niña que llora

 

tampoco los dragones unicornios y pegasos

de las aves sólo las domésticas

las gallinas los gansos los patos el gallo

y como consta en las sagradas escrituras: la paloma

 

se quedaron afuera los centauros

las nereidas los faunos y los animales esféricos de Borges

 

porque eran muchos y muy grandes

también

la mayoría de los dinosaurios

pero de todos los animales que entraron

no reconozco al animal que recorre mi cuerpo

(De Animal no Identificado, 2013)

 

SEPULTURA DEL TACTO

Aquella habitación que, acaso, guarda ahora

sólo el recuerdo vivo de un único habitante

Francisco Brines

 

Desde la soledad de las paredes

imagino la casa abandonada:

 

Una finísima capa de polvo

cae sobre los días, cosa fúnebre

sin familia;

 

comienza con la huella de tu pie

-calor desnudo sobre loza fría-,

después sepulta el tacto

hasta que un viento suave y laborioso

hace las veces de sepulturero.

 

Los muros atestiguan

el paso lúgubre de las arañas,

y en sus ladrillos quedan

discusiones, rutinas y costumbres.

 

Los boleros que tanto te gustaban

se lamentan en esas manchas húmedas

y recuerdan que aquel repella y pinta

siempre fiel al servicio de la muerte.

 

A las paredes las destruye el tiempo,

en sus escombros me hallarán.

(De Luciérnaga de otoño, 2018)

 

Claudia Magliano, Montevideo, 1974. Es profesora de Literatura egresada del Instituto de Profesores Artigas (IPA).  En poesía ha publicado Nada, premiado en el concurso de Poesía de la Asociación de Bancarios (AEBU) y la Casa de los Escritores del Uruguay, en 2005; Res (Ático Ediciones, 2010), que obtuvo el Primer premio de poesía édita de los Premios anuales de literatura del Ministerio de Educación y cultura (MEC), edición 2012. El corazón de las ciruelas (Civiles Iletrados-Ático Ediciones, 2017), obtuvo una mención en poesía inédita en los Premios anuales de literatura del MEC, edición 2016.  El libro inédito de poesía  Lo trágico es el olvido obtuvo el primer accésit en el III Concurso de relatos y poesía Letras cascabeleras, Cáceres, España, 2017 y será publicado en mayo de 2019 por Letras Cascabeleras.

 

Unas pocas líneas no hacen el horizonte

reza en su espalda el pecho

un tajo atravesado es un hombre

después del último discurso.

 

Le cortaron la cabeza desde el cuello las palabras

no hay balas  en esta historia sin bombas sin misiles

al menos para este hombre

tendido como una línea, como un muestrario de guerra.

 

A veces falla la poesía, erra el centro del verso/ se hace humo/ blanco/ bandera/ estertores de otras voces/ detona la poesía entre las manos de algún moribundo

o del asesino.

¿quién mata? ¿cuál es el momento justo en que se mata a un hombre? Nada piensa la cuchilla de su filo ni sabe la sangre de metales. La alquimia es otra cosa. Fundir la piel/ la carne/ toda la sangre de uno contra las manos de otro.

¿quién lavará esas manos? ¿con qué agua de qué río lavó hamlet su memoria?

 

El arte es otra cosa. Creo. ¿es arte este poema? Decir la muerte ¿es arte?.

¿es arte la intimidad de la muerte y su asesino? ¿quién asesina entonces? ¿qué dios detrás de dios la trama empieza?¿quién es el que agoniza?

 

Un hombre tendido sobre la arena es una línea del horizonte. La cintura sosteniendo su cabeza. ¿habrá Creonte que prohíba su entierro? ¿comerán las aves de este sacrilegio?

Un hombre yace tendido como una línea. Creo que no es el horizonte.

 (Inédito)

 

Hay que tener cuidado. Hay que ser cautelosa.

Modosita, decían.

No mirar más que un solo punto, el de adelante.

O la cabeza gacha, agachada, hacia abajo. Bien abajo.

El suelo, las baldosas, el piso, el asfalto, la tierra, el césped, lo que haya debajo de los pies. Mirarlo. Mirar solo hacia ahí. El cielo, el aire, los costados no son para vos. Nada te ha sido reservado. Conservá la postura. La espalda recta, derecha, la curva de tu cuello.

Hay que ser cuidadosa. Tenés que ser cuidadosa. Guardá bien tu cuerpo. Debajo de la ropa guardá bien tu cuerpo. Que no se note que hay un cuerpo allí, una piel, un pliegue.

Hay que ocultarse. Hay que abstenerse de mirar a los ojos, los hocicos, las fauces de los perros.

Los perros parecen animales domésticos. Parecen dóciles los perros. Pero los perros matan. Clavan todo lo que tienen de filoso en los cuerpos blandos, desgarran a veces, se meten adentro de los cuerpos. Arrancan la carne. La destrozan. Y no es para comerla, no. Solo para ser perros matan. Estrangulan con los dientes. Hacen huecos con las garras, dan muerte. Solo por darla. Solo por saberse perros. Más perros todavía.

Hay que tener cuidado. Ser cautelosa. Modosita. Discreta, sobre todo discreta. Tu cuerpo es de los perros. No intentes poseerlo. Poseerte. No te pertenece. No te será dado.

Un hilo de sangre corre por la boca de los perros, cae en finas gotas que se deshacen al contacto con el aire. No es su sangre la que cae. No es de los perros eso que duele. Te duele a vos que no supiste comportarte, mantener la calma que el deseo reclama. No fuiste viva, inteligente, no supiste cómo moverte y te dejaste llevar por el deseo. El deseo te arrastró varios metros sobre la tierra y dejaste un surco. Y eso que vos pensabas en otras descendencias. Creías en tus hijos y en los hijos de los hijos de tus hijos. Y en las hijas de tus hijas y las hijas de las hijas de tus hijas.  Creías en una cadena interminable que perpetuaría tu nombre. Por siglos tu nombre estaría en la boca de tu descendencia. Iba a estar, eso pensabas cuando jugaste con las muñecas, cuando dibujaste una casa con chimenea y humo y un árbol y flores alrededor. Porque la vida tenía que prolongarse en el juego, en ese juego que te habían legado solo para vos. Te irías a casar, tan blanco todo, y después esperarías que tu vientre creciera como un globo o una pelota debajo del vestido y aun así estabas dispuesta a parir, porque ese era el designio. Pero los perros se adelantaron a tu suerte, levantaron tu casa bajo la tierra. Te hundieron los ojos los perros porque no supiste no mirarlos. Y eso que solo el suelo te estaba reservado, todo para vos ahí servido para que pusieras la mirada hacia abajo, para que inclinaras bien el cuello, la cabeza, todo tu cuerpo y te quedaras allí como una florcita más a la espera de la lluvia. Como un yuyo que creció imperceptible entre las grandes plantas. Pero tuviste que mirar a los perros, les clavaste los ojos bien adentro, para que te vieran, para que olfatearan tu coraje y te salió mal. Tenías que cuidarte, ser cautelosa, modosita,  como decían  las hijas de las hijas que te hicieron ver la luz años después de su nacimiento. Y te tocó ser parte de ellas, ser una más te tocó. Y no te diste cuenta, no entendiste que tu cuerpo no te pertenecía y era de los perros, solo para los perros era tu cuerpo.

(Publicado en la muestra de poesía uruguaya De divina proporción. Editorial La coqueta, 2017)

 

Mauricio Molina Delgado (Costa Rica, 1967). Ha publicado entre otros los siguientes libros de poesía: Abominable libro de la nieve (1999), (Mexico, D. F., CONACULTA, 1999), Cuadernos de Salónica (San José, Espiral, 2012) y Treinta y seis daguerrotipos de Diotima desnuda (Sevilla, España, Isla de Siltolá, 2016).  Recibió el Premio Nacional de Poesía de Costa Rica, Aquileo J. Echeverría 2016;  El premio Editorial Costa Rica 2004, y el Premio Iberoamenricano Sor Juana Inés de la Cruz 1999.

 

SUEÑOS DE UN PINTOR DE ÍCONOS TURCO

imaginar que tus pezones están en otra parte

detrás de unas puertas

escondidos en un jarrón

o dibujados sobre un muro

 

recordarlos lejanos

en un atardecer donde se van difuminando

elementos que viven fragmentados en un tiempo

diminuto

olas de un mar que dejó de existir

 

besarlos como a criaturas de otro siglo

lamerlos como a sólidas estructuras de sal

tus pezones se van hundiendo en el maelström

y mis ojos escogen arder en el fuego

y contemplarlos eternamente

(de Treinta y seis daguerrotipos de Diótima desnuda)

 

LOS PÁJAROS

Para el geómetra son solo puntos muertos, pero de cerca deben tener ojos y un corazón. En las pinturas se quedan descansando suspendidos en el aire como manchas negras, pero deben arrastrar algún sueño, alguna playa o una lluvia con sol.

 

Ellos no comprenden del paso de los astros. Aunque se acuesten en nuestros muebles y nuestras terrazas no saben de palabras, no entienden nuestras fechas ni se detienen a pensar en nuestros gestos.

 

Unos picos, unas alas que pasan de prisa entre las antenas y las ropas que se secan al sol.

 

Nosotros abajo, no encontramos fuerza para seguir volando.
(de Cuadernos de Salónica)

 

SKÓPELOS

Los tres desnudos mirábamos a las medusas

sin saber que la vida cambiaba.

 

Todo lo que entonces nos esperaba y nosotros sin saberlo,

dibujando figuras sobre la arena, cuando tardaba en irse el sol

y llegar la nieve en el otoño.

 

Quién sabe si habríamos entonces brincado hacia aquel barco

que nos esperaba una mañana de octubre

cuando la lluvia enfrió nuestros cafés.

 

Quién sabe si nos hubiéramos quitado los vestidos

embriagados de aquel sol oscuro y ajeno.

 

Y qué bueno fue huir de la realidad como ignorantes sabios

que desconocen la llegada del día siguiente.

(de Cuadernos de Salónica)

 

CAHUITA

Ahí habían llegado los huesos de algunos tiburones a morir.

 

Allí se secaron algas y leños perdidos, y los ojos de algún pescador. Pero aquella noche solo estaba ella asustada, tirada en medio de una arena que debía ser rubia y que caía como lluvia de asteroides sobre Eugenia.

 

Entonces, solo la luz que bañaba sus muslos; solo un horizonte que devoraba el cielo oscuro.

 

Cangrejos mirones seguramente hicieron temblar ese mundo de olas, de animales y de presas; pero yo, simplemente, escuché el rugido de la luna, esa navaja que va cercenando sueños y los deja tirados como pedazos de carne muerta sobre el mundo.

 

Eugenia abrió la puerta y el cristal, donde hace mil años eran sostenidas las estrellas fijas, cayó sobre su sexo para que yo viera más grandes sus labios, sus pezones, su miel. Y aquellos pequeños seres fueron creciendo como se supone que son las dimensiones de un mar, de una playa, de un milenio.

(de Cuadernos de Salónica)

 

Mario Meléndez (Linares, Chile, 1971). Entre sus libros figuran: Apuntes para una leyenda, Vuelo subterráneo, El circo de papel, La muerte tiene los días contados, Esperando a Perecy El mago de la soledad. Parte de su obra se encuentra traducida a diversos idiomas. A comienzos del 2013 recibe la medalla del Presidente de la República Italiana, concedida por la Fundación Internacional don Luigi di Liegro. A partir de 2018 es encargado internacional de la Fundación Vicente Huidobro.

 

ARTE POÉTICA
Una vaca pasta en nuestra memoria
la sangre escapa de las ubres
el paisaje es muerto de un disparo

La vaca insiste con su rutina
su cola espanta el aburrimiento
el paisaje resucita en cámara lenta

La vaca abandona el paisaje
continuamos escuchando los mugidos
nuestra memoria pasta ahora
en esa inmensa soledad

El paisaje deja nuestra memoria
las palabras cambian de nombre
nos quedamos llorando
sobre la página en blanco

La vaca pasta ahora en el vacío
las palabras están montadas sobre ella
el lenguaje se burla de nosotros

 

LA PORTADORA

Ella sacó a pasear las palabras
y las palabras mordieron a los niños
y los niños le contaron a sus padres
y los padres cargaron sus pistolas
y abrieron fuego sobre las palabras
y las palabras gimieron, aullaron
lamieron lentamente sus ciegas heridas
hasta que al fin cayeron de bruces
sobre la tierra desangrada
Y vino la muerte entonces
vestida con su mejor atuendo
y detúvose en la casa del poeta
para llamarlo con gritos desesperados
y abrió la puerta el poeta
sin sospechar de qué se trataba
y vio a la muerte colgada de su sombra
y sollozando
“Acompáñame”, le dijo aquélla
“porque hoy estamos de duelo”
“Y quién ha muerto”, preguntó el poeta
“Pues tú”, respondió la muerte
y le extendió los brazos
para darle el pésame

 

PEDAGOGÍA INCONCLUSA
El niño le pregunta al padre
si las palabras envejecen
El padre le responde al hijo
que las palabras siguen tan jóvenes
como en el primer día
El niño corre donde el abuelo
para llevarle la buena nueva
Y el viejo abre de golpe
el cajón de las palabras
para que éstas le cuenten el secreto

 

RECUERDOS DEL FUTURO

Mi hermana me despertó muy temprano
esa mañana y me dijo
“Levántate, tienes que venir a ver esto
el mar se ha llenado de estrellas”
Maravillado por aquella revelación
me vestí apresuradamente y pensé
“Si el mar se ha llenado de estrellas
yo debo tomar el primer avión
y recoger todos los peces del cielo”

 

PRECAUCIONES DE ÚLTIMA HORA

Debo cuidarme de los gusanos
cuando me entierren
lo más seguro
es que hablen mal de mí
que escupan sobre mis poemas
y orinen las flores frescas
que adornarán mi tumba
Llegado sea el caso
que hasta devoren mis huesos
me arranquen los intestinos
o en el colmo de la injusticia
se roben mi diente de oro
Y todo esto porque en vida
jamás escribí sobre ellos

 
LA HIJA DE RIMBAUD
La niña del vestido abierto
se levanta a la hora
en que las palabras están de fiesta
porque ella misma es una fiesta
cuando tiende sus muslos al sol
y el viento la recorre
con sus dedos infinitos
Un triciclo de cristal la espera
junto a las flores del patio
y un nido de mariposas ciegas
se desnuda entre sus huesos de miel
Y en su lecho de plumas azules
ella cuelga sus trenzas de trigo
y cuenta sus abejas muertas
hasta quedarse dormida
mientras la tarde la envuelve
con sus labios amarillos
La niña del vestido abierto
se despierta a la hora
en que los relojes sueñan
porque ella misma es un sueño
cuando abre su vestido
y los gorriones se amontonan
locos de amor
sobre sus pechos de papel

 
SINFONÍA NEGRA

Eva colgaba sus muertos de la ventana
para que el aire lamiera los rostros
preñados de cicatrices
Ella miraba esos rostros y sonreía
mientras el viento empujaba sus senos
hacia la noche agusanada
Una orgía de aromas sacudía el silencio
donde ella se deseaba a sí misma
y entre suspiros y adioses
un grillo ciego desmalezaba
sus antiguos violines
Nadie se acercaba a Eva
cuando daba de mamar a sus muertos
la cólera y el frío
se disputaban su adolescencia
el orgasmo daba paso al horror
el deseo a la sangre
y pequeñas criaturas violentas
despegaban de su vientre
poblando los amaneceres
de luto y de pesadillas
Luego
cuando todo quedaba en calma
y las sombras por fin
regresaban a su origen
Eva guardaba sus muertos
besándolos en la boca
y dormía desnuda sobre ellos
hasta la próxima luna llena.

 

Jairo Rojas Rojas (Mérida, Venezuela, 1980). Ha publicado los libros de poesía La Rendija de la puerta (2012), La O azul (2013) y Los plegamientos del agua (2014) y ha sido galardonado entre otros con los premios XIX Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (2013) y la XX edición del premio de poesía Fernando Paz Castillo (2014). Parte de su trabajo ha sido incluido en las antologías como “#Nodos” (2017), “Del caos a la intensidad. Vigencia del poema en prosa en sudamérica” (2016), “Destinos Portátiles. Muestra de poesía venezolana reciente” (2015).

 

usted se para y oye llover

escucha como el agua abre su corazón para que entre. Ese es el nuevo sol. Eso es un nacimiento. Despiertas y ganas. El agua que se abre y con ella la tierra, el cielo, pero no es herida. He allí la vida que te debían. Son las conversaciones válidas para la tierra alta, del frío de arriba, de la sola casa. Usted se sumerge lejos de lo que conoce para calmar la sed, las estrellas cargar y la luna que ya deambula adentro. Usted se oye que habla distinto, oye las campanas que alejan lo feo y los tambores de su corazón sobresaltado. El cielo responde lloviendo, sí, ese mismo cielo que destinó juntarse con el agua que da alimento. ¡feliz!, ¡feliz! ¡su padre está feliz! Usted fue la elegida mientras cantaba bajo la sombra del árbol que ahora llevas a todos lados, allí, donde rezabas, donde se volvía más solo, acompañada, apenas, por relámpagos. Llueve para que se encuentren

 

El gran ojo llora / conmovido

 

usted abre la puerta de este mundo, donde llueve adentro, donde los nombres de las cosas se van. Es el agua: brava, con la que se hace el pan, con la que se limpia las heridas de los que deben despertar, que limpia las palabras de lo oscuro que no dice, que lee el corazón que bombea, alegre. Sumergida en lo hondo de sí, usted, arrodillada, frente a siete velas, encendidas, al fondo

 

usted se para y escucha

 

“no quiero nada para mí sola” —dice—

 

mientras se oye el eco del primer día del mundo y ve pasar la sombra de una nube. “esto es una continuación” —dice—, usted, que ve el paisaje más nítido en su caos entrañable…

 

(Del libro Los plegamientos del agua, 2015)

 

SARA VANÉGAS COVEÑA. Ecuador. Embajadora Universal de la Paz. Doctora en Filología Germánica. Condecoración al Mérito Cultural, Asamblea Nacional Ecuador. Dos veces Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera. Premio Hoja de Encina, Madrid. Mención Especial, Rosario, Argentina. Publicó 13 poemarios, un diccionario de literatura ecuatoriana, una novelita y múltiples ensayos. Sus poemas fueron traducidos al alemán, inglés, italiano, francés y portugués.

 

alguien sobre el pico más alto del mundo toca una trompeta:

las criaturas más bellas y las más infames acuden al llamado

 

todas se miran en el agua y olvidan su rostro

 

——-

 

voces que reclaman tu garganta. voces oscuras. voces que se enredan en tu lengua y en tus manos. voces  que te atrapan

y te encadenan al mar

 

——–

 

crean las voces las estatuas, en las faldas herméticas de las

montañas. en el fondo del mar

 

un día te crearon en mi garganta

 

———-

 

las voces del mar tornan a morir

en mi garganta

 

voces que un día te crearon

 

hace ya tanta agua

 

———-

 

crece un árbol de huesos desolados. tu pelo es un

enjambre de ángeles quemados.

el mar ya no será:

 

sólo el naufragio

 

———–

 

tu voz ya es una con las roncas voces del océano

lejos muy lejos lo que fue tu agonía y tu placer.

te vas. firme y voluptuosa y leve. ya otra. ya

tú misma. ya sólo deseo y agua.

divina sombra:

ya olvido

———

 

para entonces: sólo un canto amargo te despertará

por la noche y te llevará mi nombre

 

… ya podrida astilla de naufragio

——–

el cortejo de lunas es ya un recuerdo en tus ojos

náufragos

la noche nos juntará en lo más hondo:

como un aullido

 

—–

 

tu nombre ….. deja una cicatriz de naves incendiadas

aquí. en el océano de mi pecho

 

Poesía uruguaya: Claudia Magliano

Poesía uruguaya: Claudia Magliano

Poemas de Claudia Magliano, poeta uruguaya nacida en Montevideo (1974), que este año estará participando de la décima edición del Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro.

 

El recuerdo es mejor que la vida

mientras se vive uno no se da cuenta

no advierte que eso es algo que ya sucedió.

En cambio recordar tiene además el riesgo de poner cosas donde no las hubo

de cambiar el orden de los sueños

de hacer de aquello una maravilla intocable.

 

Una mañana salíamos de casa con una bolsa llena de uvas

los vecinos nos habían traído una caja de castañas, llevábamos las uvas para dar las gracias por haber sido tan  generosos  como esos frutos.

 

Las casas ajenas inquietan

hay rincones por todos lados

huecos donde esconderse del frío

o ventanas por donde atrapar un pájaro.

 

Así el recuerdo aumenta su carne

la pulpa de las uvas se ensancha hasta formar el vino

la piel de las castañas es menos áspera ahora.

 

Recordar es mejor que haber vivido

pienso como se piensan las cosas que no se conocen

despacio y en voz  baja

para que nadie sepa

que el recuerdo es como el sueño de los animales

ingrato como el sueño de los animales

seco como el sueño de los animales

vacío como el sueño de los animales.

Eso que se pasa por el corazón tantas veces, mejora con el tiempo

y es lo mismo que volar

o que el sueño cuando se sueña que se vuela

eso de tomar impulso y abrir los brazos

o dar un salto que olvida la gravedad y queda suspendido en el aire

el cuerpo, digo,

y lo que adentro lleva el cuerpo

como una bolsa llena de uvas

como una caja de castañas que habremos de poner al fuego

como las casas de los vecinos

-dulces e inquietantes-

como el vino que se sale de las uvas cuando la pulpa crece hasta reventar

y deja un lago rojo, una grieta, un camino de regreso.

Un indicio para salir del sueño.

 

El corazón de las ciruelas, Ático-Civiles iletrados, 2016

 

 

La vez que fuimos a la iglesia porque el primo de mi primo se casaba

yo me había puesto un vestido de color claro y los zapatos que me compraste cuando tomé la comunión.

Esa tarde fue dichosa. Dios había entrado en mi carne. Jesús me tocaba la frente. Comprendí que el fruto de la virgen era su hijo pero también el hijo de un carpintero que había huido de su ciudad en busca de un futuro promisorio.

La niña a la que le habían arrancado el brazo de tanto tirar hacia los costados, me asustaba.

Le temía a su brazo que estaba hecho de metal y de madera.

Por eso  me escapé de la iglesia el día que se casó el primo de mi primo que era también mi primo, creo.

Hay cosas que nunca supe cómo llamar.

Eso que tiene que ver con las familias porque las familias son como ramas de árboles que se enredan y no es posible conocer a qué raíces pertenecen. Así que un tilo puede ser en realidad un naranjo o un castaño o una brexia que  florece en noviembre y no resiste  al frío del invierno.

Esa vez que fuimos a la iglesia vos llevabas puesto un vestido con flores y te habías pintado los ojos, te habías arreglado el pelo con un broche y entrabas como si vos fueras la novia pero sabías que no ibas a casarte.

Yo también lo supe. Supe que no me casaría en esa iglesia en la que también se casaron mis padres. Mamá llevaba un ramo de magnolias en las manos.

Eso lo vi en una fotografía años después cuando mi padre prendió una hoguera de hojas en el jardín.

El día que el primo de mi primo se casaba nos fuimos antes de que terminara la ceremonia.

Ni a vos ni a mí nos gustaban los rituales

los besos en el atrio

los ojos de dios hasta que la muerte los separe.

 

Es cierto, siempre dijiste que hay cosas peores que morir.

 

El corazón de las ciruelas, Ático-Civiles iletrados, 2016

 

 

El ganado se esparce por el campo y mira fijo las luces del automóvil es necesario apagarlas para que se vayan es necesario el camino libre para avanzar/ la tierra se explaya a los costados solo pasto pradera/ suavemente ondulado/ y los peones corren en sus caballos con las ancas abiertas a los costados se aferran a la carrera luchan campo adentro entre los montes de eucaliptos/ son altos los árboles son muy altos y apenas el sol los cubre en la copa/ se incendian/ arde el establecimiento no es fuego es la pala al rojo con que cortarán el rabo de las ovejas/ y los peones siguen en carrera llegan agotadas las fuerzas liban el vino dulce que vendimia hubo en campo vecino/ abigeato de alcohol para sobrevivir a la tarea de castrar carneros una tarde de verano.

Res, Ático ediciones, 2010

 

Los peones van descalzos bosta y acero en sus pies duros como madera talada/ van en cueros sus pies abriendo el camino por donde pasan las reses ordeñadas y algún que otro alacrán/ los pies de los peones están hechos de fuerza bravía son machos desde la planta al facón y sus mujeres cocinan en el fuego un poco de oveja/ son hembras como las ovejas que comerán sus machos rudos comerán y después en las casas enhiestos  harán su descendencia y serán más hembras o tal vez para que no se extinga el coraje algún macho pequeño que caminará descalzo entre los pastos bosta y acero o no.

Res, Ático ediciones, 2010

 

 

Unas pocas líneas no hacen el horizonte

reza en su espalda el pecho

un tajo atravesado es un hombre

después del último discurso.

 

Le cortaron la cabeza desde el cuello las palabras

no hay balas  en esta historia sin bombas sin misiles

al menos para este hombre

tendido como una línea, como un muestrario de guerra.

 

A veces falla la poesía, erra el centro del verso/ se hace humo/ blanco/ bandera/ estertores de otras voces/ detona la poesía entre las manos de algún moribundo

o del asesino.

¿quién mata? ¿cuál es el momento justo en que se mata a un hombre? Nada piensa la cuchilla de su filo ni sabe la sangre de metales. La alquimia es otra cosa. Fundir la piel/ la carne/ toda la sangre de uno contra las manos de otro.

¿quién lavará esas manos? ¿con qué agua de qué río lavó hamlet su memoria?

 

El arte es otra cosa. Creo. ¿es arte este poema? Decir la muerte ¿es arte?.

¿es arte la intimidad de la muerte y su asesino? ¿quién asesina entonces? ¿qué dios detrás de dios la trama empieza?¿quién es el que agoniza?

 

Un hombre tendido sobre la arena es una línea del horizonte. La cintura sosteniendo su cabeza. ¿habrá Creonte que prohíba su entierro? ¿comerán las aves de este sacrilegio?

 

 

Un hombre yace tendido como una línea. Creo que no es el horizonte.

 (Inédito)

 

 

 

Hay que tener cuidado. Hay que ser cautelosa.

Modosita, decían.

No mirar más que un solo punto, el de adelante.

O la cabeza gacha, agachada, hacia abajo. Bien abajo.

El suelo, las baldosas, el piso, el asfalto, la tierra, el césped, lo que haya debajo de los pies. Mirarlo. Mirar solo hacia ahí. El cielo, el aire, los costados no son para vos. Nada te ha sido reservado. Conservá la postura. La espalda recta, derecha, la curva de tu cuello.

Hay que ser cuidadosa. Tenés que ser cuidadosa. Guardá bien tu cuerpo. Debajo de la ropa guardá bien tu cuerpo. Que no se note que hay un cuerpo allí, una piel, un pliegue.

Hay que ocultarse. Hay que abstenerse de mirar a los ojos, los hocicos, las fauces de los perros.

Los perros parecen animales domésticos. Parecen dóciles los perros. Pero los perros matan. Clavan todo lo que tienen de filoso en los cuerpos blandos, desgarran a veces, se meten adentro de los cuerpos. Arrancan la carne. La destrozan. Y no es para comerla, no. Solo para ser perros matan. Estrangulan con los dientes. Hacen huecos con las garras, dan muerte. Solo por darla. Solo por saberse perros. Más perros todavía.

Hay que tener cuidado. Ser cautelosa. Modosita. Discreta, sobre todo discreta. Tu cuerpo es de los perros. No intentes poseerlo. Poseerte. No te pertenece. No te será dado.

Un hilo de sangre corre por la boca de los perros, cae en finas gotas que se deshacen al contacto con el aire. No es su sangre la que cae. No es de los perros eso que duele. Te duele a vos que no supiste comportarte, mantener la calma que el deseo reclama. No fuiste viva, inteligente, no supiste cómo moverte y te dejaste llevar por el deseo. El deseo te arrastró varios metros sobre la tierra y dejaste un surco. Y eso que vos pensabas en otras descendencias. Creías en tus hijos y en los hijos de los hijos de tus hijos. Y en las hijas de tus hijas y las hijas de las hijas de tus hijas.  Creías en una cadena interminable que perpetuaría tu nombre. Por siglos tu nombre estaría en la boca de tu descendencia. Iba a estar, eso pensabas cuando jugaste con las muñecas, cuando dibujaste una casa con chimenea y humo y un árbol y flores alrededor. Porque la vida tenía que prolongarse en el juego, en ese juego que te habían legado solo para vos. Te irías a casar, tan blanco todo, y después esperarías que tu vientre creciera como un globo o una pelota debajo del vestido y aun así estabas dispuesta a parir, porque ese era el designio. Pero los perros se adelantaron a tu suerte, levantaron tu casa bajo la tierra. Te hundieron los ojos los perros porque no supiste no mirarlos. Y eso que solo el suelo te estaba reservado, todo para vos ahí servido para que pusieras la mirada hacia abajo, para que inclinaras bien el cuello, la cabeza, todo tu cuerpo y te quedaras allí como una florcita más a la espera de la lluvia. Como un yuyo que creció imperceptible entre las grandes plantas. Pero tuviste que mirar a los perros, les clavaste los ojos bien adentro, para que te vieran, para que olfatearan tu coraje y te salió mal. Tenías que cuidarte, ser cautelosa, modosita,  como decían  las hijas de las hijas que te hicieron ver la luz años después de su nacimiento. Y te tocó ser parte de ellas, ser una más te tocó. Y no te diste cuenta, no entendiste que tu cuerpo no te pertenecía y era de los perros, solo para los perros era tu cuerpo.

Publicado en la muestra de poesía uruguaya De divina proporción. Editorial La coqueta, 2017

 

Claudia Magliano, Montevideo, 1974. Es profesora de Literatura egresada del Instituto de Profesores Artigas (IPA).  En poesía ha publicado Nada, premiado en el concurso de Poesía de la Asociación de Bancarios (AEBU) y la Casa de los Escritores del Uruguay, en 2005; Res (Ático Ediciones, 2010), que obtuvo el Primer premio de poesía édita de los Premios anuales de literatura del Ministerio de Educación y cultura (MEC), edición 2012. El corazón de las ciruelas (Civiles Iletrados-Ático Ediciones, 2017), obtuvo una mención en poesía inédita en los Premios anuales de literatura del MEC, edición 2016.  El libro inédito de poesía  Lo trágico es el olvido obtuvo el primer accésit en el III Concurso de relatos y poesía Letras cascabeleras, Cáceres, España, 2017 y será publicado en mayo de 2019 por Letras Cascabeleras.

Cinco poemas de la reciente “Antología pertinaz” de Julio J. Leite

Cinco poemas de la reciente “Antología pertinaz” de Julio J. Leite

 

 

Compartimos cinco poemas de la Antología pertinaz, que reúne poemas de Julio J. Leite (Ushuaia, 1957), y es el segundo volumen de la colección Confines de la editorial fueguina Viento de Hojas, esta vez en coedición con la Municipalidad de Río Grande, Tierra del Fuego.

La selección –que estuvo a cargo de Niní Bernardello, Federico Rodríguez y Florencia Lobo– viene acompañada por magníficos dibujos de la artista plástica Mónica Alvarado (Ushuaia, 1967).

 

 

Preguntita

 

Y si dios

fuera una trucha

enorme y saltarina,

una arco iris

con un cielo al fondo

y todo el viento?

 

Y si mi padre Vital

me esperara

sin sangre en la boca

en la otra orilla de la vida?

 

*

 

Queseyó

 

Con su noche de pelos

sobre el lomo,

con su tierra

juguetona de pezuñas

y su constelación canina

brillándome a la vera

inventando humo de amor

–aliento amigo–,

Queseyó camina…

Estoy solo y mi sombra

se llama perro.

 

*

 

Premio

 

Tres búhos

palmean la ira

que tengo por espalda.

Estoy construyendo

con mi húmero

un puñal filoso y pálido

para matarlos.

*

 

Manifiesto

 

No creo en los grandes

hacendados de la poesía,

en los latifundistas de la tinta.

Creo

en el ovejero de las letras,

que con los perros rigurosos

de las situaciones cotidianas

van trashumantes

con su piño de ideas

afrontando cuero al cielo

la palabra

para darnos abrigo.

Ellos son los que saben

que no es cuestión

de esperar la esperanza,

sino de ganarla.

Los arquitectos de la literatura

que sigan con sus escuadras,

compases y balanzas.

Nosotros,

–peones constantes–

a fuerza de imagen

construiremos

 la justa casa del hombre.

 

*

 

El viento un corcel

galopando mi nada

infancia rota

 

 


 

julio_jose_leite

Julio J. Leite (1957) nació en Ushuaia, Tierra del Fuego, y reside en Río Grande, en la misma provincia. Ha publicado los poemarios Cruda poesía fueguina (1986), Primeros fuegos (1988), Edad sol (1990, en coautoría con el poeta Oscar Barrionuevo), Bichitos de luz (1994), De límites y militancias (1996), Aceite humano (1997), Piedrapalabra (2003), Breve tratado sobre la lágrima (2009) e Invocación (2011), y el casete con poemas leídos Julio Leite, Poemas, Tomo I (1998). Poemas suyos han sido incluidos en el Libro de lectura del Bicentenario (Secundaria I) (2010) publicado por el Ministerio de Educación de la Nación, entre otras antologías.

Cinco poemas de la reciente “Antología pertinaz” de Julio J. Leite

Para que exista esa isla

Poemas del libro de Julieta Lopérgolo (Rosario, 1973), publicado recientemente por Postales japonesas (2018)

 

He decidido perdonar

la muerte de mi padre

cuando suceda.

Lo que extraño

no tiene nombre,

no existe.

Aún no sucede.

 

Sin embargo,

con qué amabilidad

ronda

a veces

lo imperdonable.

 

 

 

 

Estoy en viaje.

Nunca amanece.

Nunca llego.

Mi padre está muy lejos

de mi viaje.

Estoy en ir,

en un estado que no admite

el tiempo.

 

 

 

Te hablo.

Apuesto a que mis palabras

te despierten,

se ablanden dentro de tu cuerpo,

pacifiquen el aire,

el líquido que infla tu sueño.

Te hablo

y cuando me voy no quiero

ni una sola de las palabras que te dije.

Imagino que flotan protectoras

a tu alrededor,

vendadas con suspiros.

Son fuerzas delicadas,

salmos entonando tu nombre

a la altura de mi corazón.

Todo intento es pequeño.

 

Así imagino yo

que te defiendo

con un ejército de palabras.

Lejos

una paz aparece.

 

 

 

Por última vez

había que subir a la terraza a destender

tu ropa.

Había que ver cómo algo tan simple

nos hería.

Esa mañana contraria a las demás

la forma de tu cuerpo ondulaba en la soga,

el aire envejecido,

empastado de nada,

todo lo que no.

Queríamos decir mañana y no,

cielo celeste no,

ni vamos,

ni en un rato.

Lo único importante era esa ropa paralela

a la certeza enorme de tu muerte

en los oídos.

Podríamos haber velado directamente

la ropa tendida,

abrazados,

mientras soplaba ese viento desacostumbrado de junio

sobre el techo inocente de tu casa.

 

 

 

Antes de que la enfermedad

que se hizo de tu cuerpo

te impidiera la escritura,

lo escribías todo,

como quien sabe que el deseo

tiene un límite,

o mejor dicho: que el deseo

no tiene cura.

 

 

 

Quieren volver los perros

lastimados,

la jauría incompleta.

No sé qué pierden por los ojos,

si acaso es su desesperación

lo que supuran

y trae un olor dulce y triste

al aire descompuesto.

Buscan a uno

en esa soledad peor que nunca,

en el paisaje equivocado

donde falta.

A una distancia presentida

cierran los ojos,

son puro olor que grita

huyendo de un dolor

para resucitar en otro.

 

 

 

Mitigamos la belleza con nombres,

como si nos curara enfermarnos de eso.

A la espesura de los bosques

la llamamos verde,

oscuridad,

mitos de casas de los árboles;

al polvo de la tierra, humo.

Decimos nervaduras

a las venas quebradas de las hojas,

sangre al color de la respiración.

Llamamos mar

a la deriva persistente del agua.

Llamamos a lo que no habla

con este miedo.

 

 

Julieta Lopérgolo nació en Rosario en 1973. Es Licenciada en Letras y en Psicología. “Para que exista esa isla” (publicado por Postales Japonesas) es su primer libro. Actualmente vive en Montevideo.

Glosa continua. Ensayos de poética

Glosa continua. Ensayos de poética

Fragementos del libro de ensayos de Mercedes Roffé editado por Excursiones (2018)

 

Prólogo

 

Este libro surge en principio como un diálogo casi personal con algunos ensayos literarios o filosóficos que me atrajeron particularmente, como Idea de la prosa, de Agamben, Letra herida, de Nuria Amat, El autor y la escritura, de Jünger, o el fundante Livre de lectures de Marthe Robert. De ellos, quizás, algunos de los temas iniciales que dieron materia a mi escritura.

 

Pronto, esas notas se fueron independizando y buscando otras fuentes de diálogo, sus propios “textos maestros” a los que afiliarse como un comentario o una nota al pie –no por pudor o modestia, sino por la potencialidad que asocio a este tipo de márgenes, y la atracción que despiertan en mí, en la medida en que abren otros espacios de meditación posibles, otras poéticas de la reflexión.

 

Así, la inagotable sensatez de Canetti, algún pasaje de Cioran o de María Zambrano, de Cixous o de Gottfried Benn, Formas breves de Ricardo Piglia o Poesía etcétera de Jacques Roubaud, fueron sirviendo, cada cual a su modo, de nuevas guías o interlocutores. Los temas y motivos de interés se fueron así expandiendo para dejar entrar también materias no exclusivamente literarias: una muestra de pintura china de los dos últimos siglos; consideraciones alrededor del tema de la traducción; la lectura de los románticos; la concepción del desnudo en Oriente y Occidente; el arte de los simbolistas y las diversas posibilidades de entrar en contacto con su mundo y sus obras.

 

Pero mal se haría en limitar esas fuentes a aquellos textos de reflexión escritos exclusivamente por escritores. Ensayos de poética, reflexiones sobre el propio hacer y sobre lo que lo circunda, son también los escritos de Chillida, los de Tapiés, los de Antonio Saura, los de Cage, los de Louise Bourgeois, los de Satie, las parcas pistas que adelanta Pärt sobre sus composiciones; las múltiples entradas a su universo que David Lynch facilita en todos los soportes posibles . . .

 

Estas son las líneas que desembocan en Glosa continua. De allí quizás su inmediatez y sus desvíos. Esta es su genealogía y su marco de referencia; esta la caja de resonancia que hizo posible este diálogo sostenido, múltiple y abierto, paradójicamente tan cercano a un monólogo interior.

 

 

 

 

 

 

* * *

 

 

En el primer encuentro del taller de escritura que dictó en Harvard, el 5 de enero de 1966, Elizabeth Bishop confronta así a sus alumnos:

 

you seem to write a lot of free verse out here. I guess that’s what you call it. I was rather appalled. I just couldn’t scan your “free verse”—and one can scan Eliot. I think some of you are misled about free verse. It isn’t that easy. Look at Eliot—you can scan his descriptive pieces about Cape Ann perfectly, and the same goes for The Four Quartets and The Waste Land.  Elizabeth Bishop[1]

 

Y procede a leer en voz alta un pasaje de Tierra baldía.

 

 

 

* * *

 

 

Hay visiones. Visiones del hambre y de la droga. Visiones de la contemplación y de la abstinencia. Hay visiones como las de Hildegard, como las de Buda, como las de los místicos de Tudela y Safed. Visiones de la ceguera y visiones  de la ensoñación. Y hay visiones entre la vida y la muerte, entre la vigilia y el sueño, entre el sueño y el despertar.

 

La pregunta es: ¿Hay representación? ¿Da acceso la visión a alguna realidad otra? ¿O hay sólo eso, la imago –esa alucinación, esa fantasmagoría–, y con eso sería ya bastante –bastante vértigo o bendición?

 

¿Hay correspondencia alguna entre la visión y otra cosa? ¿es necesario hacerla correlativa a algún tipo de verdad, de mundo, fuera de ella misma? Y en ese caso, ¿como vía hacia qué?

 

Y hay ideología. Quiero decir: lo aprendido, lo esperable. Que a Teresa de Ávila le haya sido dado ver la Humanidad de Cristo y no el Carro de Ezequiel. Que al boddhitsava le sea dado ver la conexión entre todo lo vivo y no la orgiástica intuición del Día del Juicio que vio Miguel Ángel a pedido de Roma.  Que a Michaux en sus viajes con mezcalina no le fuera dado ver ni la interconexión de todas las cosas ni la extremada gloria del Hijo de Dios, sino una enloquecedora sucesión de puntitos…

 

En todo caso, ¿por qué cualquiera de estas visiones habría de corresponderse con algo –algo, más allá de sí misma? Más aun, más allá de la literatura, la mitología, de la que bebió aquel o aquella que ayunó o ingirió.

 

Imperfecciones todas; anécdotas previas a la plenitud sonora del vacío.

 

 

 

* * *

 

 

Aun cuando lo trascendente no llegue a ocupar, cuantitativamente, más que un ínfimo porcentaje de cualquier vida regular, secular, laica, entiendo la vida como una experiencia fundamental-mente espiritual. Es ese porcentaje ínfimo, o siquiera la intuición de ese vislumbre, lo que sostiene la credibilidad de todo lo demás –su arquitectura callada.

 

La mayor parte de nuestra vida es ruido, tiempo profano. El trabajo está concebido de modo que no es sino el principal instrumento de alienación. Invasión, por lo general innecesaria –quiero decir: desproporcionada, no sólo con respecto al tiempo que le insume al trabajador, sino también a los bienes que produce. Una gran máquina de perder tiempo, de alejar al ser humano de cualquier sosiego, de cualquier intuición, de cualquier experiencia íntima y verdadera, siquiera a partir del contacto no mediatizado, no ficcionalizado, con sus propios problemas.

 

 

 

* * *

 

 

Tal vez temiendo ver derivar en caos el trabajo de toda su vida  –sus “pensamientos del alba”– fue que Valéry dio en proponer una serie de categorías bajo las cuales organizar el maremágnum de notas que conformarían los 29 volúmenes de sus Cahiers publicados póstumamente.

 

Sin embargo, ¿quién podría negar que lo que lo movió durante la mayor parte de su vida a apuntar esas notas no fue sino la voluntad de dejar un registro de lo que más tarde otro filósofo llamaría los “movimientos del pensar”? Era, precisamente, esa errancia, ese deambular, ese constante devenir y rearticularse del pensamiento –de las ciencias a la literatura, de las matemáticas al eros, del dibujo a la política o la psicología– lo que estaba en el punto de miras del autor: algo como hacer de sus cuadernos la imagen magnética no de sus pensamientos, sino de su pensar, del humano pensar.

 

Malhaya, entonces, las ediciones que deciden seguir aquellas pistas, apuntadas como a contrapelo del deseo que signó la escritura de esos carnets. Pues si de lo que se trataba era, precisamente, de dejar huella del constante trabajo del intelecto, ¿cómo justificar el artificio que supone fijar en temas tan sostenido nomadismo?

 

Asistimos así a un esfuerzo que en vez de revelarnos el funcionamiento del mismísimo acto de reflexionar, nos depara un numeroso cúmulo de reflexiones prolijamente catalogadas bajo los títulos: Cuadernos, Ego, Literatura, Poética, Poesía, Temas, Eros, Ciencia, Matemáticas…

 

La máquina de maquinar ahogada por la compulsión clasificatoria.

 

 

 

* * *

 

 

Experimentación, permisividad, y la necesidad y la alegría de volver a nombrar las cosas primordiales.

 

 

 

* * *

 

 

¿Qué es el misterio, qué es lo “misterioso” en poesía?

El misterio, todo lo desconocido que la poesía revela. Lo misterioso, que ciertas palabras se amen, o se imanten.

 

 

* * *

 

 

¿La función del/la poeta? Desaparecer. Dejar que las palabras hablen precisamente allí donde él/ella deja de interponerse.

 

 

 

 

[1] Conversations with Elizabeth Bishop. Edited by George Monteiro. University Press of Mississippi, 1996, page 40.

 

MERCEDES ROFFÉ es una de las voces de la poesía argentina actual de mayor reconocimiento internacional. Libros suyos se publicaron inicialmente en España y Latinoamérica y, en traducción, en Italia, Quebec, Rumania, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Su poemario La ópera fantasma (Vaso Roto, 2012) fue elegido uno de los mejores libros del año por dos prestigiosos periódicos mexicanos. Le siguió Carcaj : Vislumbres (Vaso Roto, 2014). En 2012, la editorial Amargord reedita su Canto errante seguido de Memorial de agravios (Colección Transatlántica) y publica la compilación de entrevistas a la autora La interrogación incesante 1996-2012 (Colección ONCE). En 2016 se publica en Sevilla su Diario ínfimo (Ediciones La Isla de Siltolá). En 2017 se publican en Latinoamérica tres antologías de su obra: El Michaux (Tintas) y otros poemas (Puebla, BUAP), Todo alumbra (Quito, El Ángel) y El desierto y el oro (Sgo. de Chile, RIL/Aérea).  Desde 1998 dirige Ediciones Pen Press.  Entre otras distinciones, recibió las becas John S. Guggenheim (2001) y Civitella Ranieri (2012). Desde 1995 vive en Nueva York.

Foto de Constanza Niscovolos

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