by Claudio Medin | 28 \28\America/Argentina/Buenos_Aires abril \28\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Poesía
Un recorrido por la poesía de Raquel Jaduszliwer.
De Todos los lugares se llamaban promesa.
Jardinero:
las flores de intuición
dieron todo lo que pudieron dar.
Así es como renuncia a su color el aire.
Así es como lo vuelca
más allá de sus bordes.
Motor inmóvil que hacía girar las aspas
que molieron la harina
para el pan.
Tardes arreboladas.
Melancolía de las apariciones
cuando nos dejan sin palabras.
***
Un ala, aquella que proyecta el vuelo
hacia adelante
se detiene. La otra va hacia atrás,
hacia un fondo de grava. Allá donde familias
de palabras reciben al viajero
entre idiomas ajenos y en su centro
un graznido foráneo que declara:
estoy aquí
pero ya no me ves.
Se ha perdido mi rostro,
mi cabeza emplumada entre
los nombres.
No. Ya no lo veo.
Me veo sólo a mí en el reverso,
decreciendo. De vuelta a ser semilla,
esa semilla que nunca debería
haber quedado atrás.
Ahora estoy en la corola de un crepúsculo,
justo en el lugar donde el violeta vira al rojo.
Menguante es el ocaso.
****
De Los diagramas radiantes.
Padre,
entonces cómo haremos
para seguir hablando de la luz.
Estas son las semillas de una especie cansada,
flotan por encima de la realidad. Se supone que es hora
de salir a la búsqueda de un carbón encendido,
de una yesca en su punto lumínico,
de una iluminación. Algo con qué alumbrar
aunque traiga el incendio.
***
Del choque de lo quieto con lo raudo se decidían
los itinerarios. Así debía sentirse el paisaje interior:
cada animal, dormido. La piedra, casi estática.
El crecimiento de la vegetación
una vez alcanzada la mayor desmesura
reposaba.
Así venían los días: la velocidad de la más alta luz
era el mito fundante, pero en lo material,
lo que prevalecía era la detención. En lo mental,
al margen, la imagen de un caballo,
su corazón de vida. Ese galope largo
contra un fondo de bruma
y en el mayor silencio.
***
Vi pasar la barca de Caronte por la alcantarilla.
Tras de ella iba yo buscando el óbolo,
una moneda entre las aguas para mi viaje de los muertos.
Pero la vida, ah, la vida.
Con la misma precisión de las fatalidades
abajo se refleja un cielo líquido.
Los días precipitan. En lo alto
una moneda brilla, resplandece.
***
Hay tantas diagonales; son siempre intempestivas
las corrientes. La perla que aguardaba
allá en la hondura y todos los que han partido,
los que han ido a buscarla no volvieron,
han quedado engarzados,
han quedado inundados hasta el fondo.
Corriente de la vida lleva y trae.
Reino de lo ausentado. La flor de la presencia
se disuelve.
***
De El árbol de las especies.
Busqué en las altas copas,
muy bien podría ser un pájaro, no cualquiera de ellos
sino ese, el que resume ausencia entre sus alas
ese que existe grave y hacia adentro
breve como un paréntesis de pájaro
fijado a su momento pesado de quietud.
Algo quería decirle. Busqué en las altas copas
tan arriba busqué, arriba lo busqué hasta un extremo
exacerbado por el anhelo impenitente de ascensión.
Sí, busqué al pájaro inmóvil
ese que dicen que vive atravesado por un clavo de luz
y que derrama un inflamado azul de sus heridas
savia viva que cae
agitada en un viento que lo precede todo
y en un viento que a todo
lo sucederá.
***
La naturaleza imita lo inaudible: se escucha entre las hojas
un conjunto de ideas que vibran como un mimbre,
es el tallo que insiste en su verdor inmaterial.
Hay algo sustraído en el procedimiento.
Envuelto en pensamiento
no se aviene a habitar especie alguna.
***
Está esa flor urbana secuestrada,
la cabeza ladeada sobre el tallo,
sueña despierta con un mundo del todo vegetal.
Al respirar, las cosas tan ajenas se le tornarían verdes
y ese es todo su sueño. Nada quisiera, nada saber,
nada quisiera
más que darle la espalda a lo que la circunda
para escuchar tan sólo su propia vibración, sentir que late
debajo de la espina elemental. Así lo piensa,
razona como puede en su registro
quien sabe del precámbrico
o de alguna otra era
más antigua, difusa, inconcebible.
***
No hay mayor resonancia que la que provoca
el ramaje en el viento. Arranca desde donde se ocultan
tantos seres furtivos, por especie o espíritu,
por vocación de fuga. Ves cómo se prolonga el temblor
entre una idea y otra, se aleja hacia las puntas sensitivas,
yemas que soñaron alguna vez un cielo
un poco más profundo, diferente a este otro
que está por desplomarse. Quién sabe de esta forma
se cometa un crimen, un asesinato por aplastamiento.
Mientras tanto hay un brillo, como si se tratara de otro cielo
todavía inocente
sin pecado ni culpa, de los que ya no existen.
***
Raquel Jaduszliwer (San Fernando, Pcia. de Buenos Aires). Es lic. en Psicología por la UBA y reside en CABA. Publicó una novela, La venganza del clan de las banderas de acero (2018) y nueve poemarios: Los panes y los peces (2012). La noche con su lámpara (2014). Persistencia de lo imposible (2015). Las razones del tiempo (2018); En el bosque (2018). Ángel de la enunciación (2020). El árbol de las especies (2022), Los diagramas radiantes (2022) y Todos los lugares se llamaban promesa (2023). Obtuvo numerosos premios y participó en antologías nacionales y extranjeras.
by Claudio Medin | 24 \24\America/Argentina/Buenos_Aires abril \24\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Poesía
En esta oportunidad presentamos cinco poemas del libro Bosque Cotidiano de la poeta Natalia Schapiro.
Living
Pido hundirme
en un monte de silencio y luz
para corregir poemas en la compu
solo puedo así:
sin sueño, hambre ni obligaciones.
Pero mi hijo está luminoso
dibuja con un amigo en el living
entre murmullos de colores
una cápsula de risas vuela sobre la mesa.
Viven en el papel, los lápices son ramas
de un refugio donde solo caben ellos.
El más grande trajo su deseo
de acariciar la guitarra en el sillón
exprimirla como a una fruta rara.
Renuncio una vez más
asombrada miro los sonidos
van cayendo sobre todas las cosas
en una lluvia suave.
Presbicia
El viento trajo la presbicia
junto a unos sapitos durmiendo
en mis párpados
un abanico de líneas sonriendo
al lado de los ojos
otro sabor en la piel.
La presbicia llegó
junto a una madre huérfana y enferma
un hijo pasando a buscarme en mi auto
un marido que a veces
me baña en indiferencia
y a veces me quiere.
Te preparo un licuado
No son momentos de zambullirse
como cuando te leía un cuento de peque
vas y venís
con tu caverna portátil
impenetrable
habitada por luces risas voces.
Voy bordeando los costados
a pasos de cangreja
pendo de algún comentario
que milagrosamente asoma en tu boca.
Te preparo un licuado, galletas de manzana
volvemos al principio:
el hilo silencioso de la nutrición
sobrevive, una roca
en el oleaje de tu adolescencia.
Tus manos
No son calas
tiemblan sin pulso
se les resbalan vasos
y estrellan en el piso.
Pero aprendieron
en la sucesión de otoños
inviernos veranos
a acariciarme
en una música de orquesta
vibran los sentidos
tus manos
saben empezar despacio
como las primeras gotas de lluvia
demorar los inicios
trenzar los suspiros
inventan mi cuerpo
tus manos
mientras la corriente crece
me llevan
como a un potrillo por el campo
la música a un piano
el cauce a su río.
Madre
Reconozco el comienzo del día
en esta pena que hunde
y lame a mi madre vieja
desde allí va saliendo
el pañuelo de la mañana.
Los enojos se deshilacharon
brota amor antiguo
pegado a los huesos.
Y ahora estás tan frágil
solo puedo cuidarte
del viento.
Natalia Schapiro vive en Buenos Aires. Psicoanalista y pelirroja. Algunos de sus libros
publicados son Lucía y la varita china, Cuentos callejeros, A la vuelta del mundo, A salto de
cangurito, Diario de dragones, Una tertulia inolvidable, ¿Alguien anda ahí?, Dorotea cumple
mil, 100% fútbol, Cumpleaños a golazos. Bosque cotidiano fue finalista en el concurso Gerardo
Diego, Diputación de Soria, España. Es su primer poemario. Además de escribir es amante de
las montañas y las tortas de manzana.
@copyright de la foto: Camila Vendler
by Claudio Medin | 25 \25\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \25\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Narrativa
LA FORMA DEL AMOR (fragmento)
“Todavía dudando, avanza, gira el picaporte y entra. Se queda unos segundos parado en la entrada.
―Pasá, queridito ―dice una voz dulzona.
Él se acerca un paso.
―Cerrame la puertita, por favor.
Vuelve ese paso y cierra la puerta.
Mientras ejecuta ese acto, piensa: Todavía puedo irme. Es decir, este es el momento preciso para irme. Todavía no he dicho una miserable palabra. Soy solo un cuerpo en movimiento, sin nombre, sin identidad. Si me voy ahora mismo, todo esto será un estúpido recuerdo, que sepultará la memoria con una pila de recuerdos de vivencias comunes, cotidianas y narcóticas.
Cierra la puerta y vuelve a darse vuelta. Avanza dos pasos, ve a la mujer sentada en la cama. Está leyendo un libro.
―Pero vení, queridito. Acercate.
Él obedece: se acerca hasta quedar a un metro de la mujer. La cara y el cuerpo se parecen extraordinariamente a la voz. Lleva un vestido de color celeste o que parece celeste con esa luz mortecina y adulterada con un tul que emerge de un velador en una mesita.
Entonces ve dos cosas que lo impactan: una, que bajo el vestido celeste asoma tan solo una pierna, la izquierda; dos, que el libro que lee es De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio.
Decide y dice que todo lo que está sucediendo es un error, que en realidad él quería ir a otro sitio.
La mujer se ríe violentamente, exageradamente.
―Todos estamos aquí por error, hermanito. ¿O te creés que alguien decentemente puede elegir terminar en un lugar así?
Dice que lo siente, que lamenta haberla ofendido, que no era su intención.
La mujer deja el libro abierto sobre la cama (él alcanza a ver muchas notas y marcas manuscritas en las páginas) y enciende un cigarro. Es un cigarro de hoja, oscuro y fuerte. El hedor inunda inmediatamente la pieza.
―Tenés un problemita con la voluntad, querido.
Ahora quien se siente agredido es él. Retrocede medio paso aunque la mujer pega dos palmadas suaves en la cama, indicándole evidentemente que se siente.
Duda, pero vuelve sobre su paso, avanza y se sienta en el extremo de la cama. No sabe con exactitud qué hacer. Por fin, dice lo que está pensando, que por qué la mujer dice que él tiene un problema con la voluntad.
Ella vuelve a reírse, ahora menos sonoramente.
―Llegás diciendo que no querías estar acá, que es un error. Y después te disculpás por lo que decís.
Fuma con delicadeza pero con fruición.
―En síntesis: hacés lo que no querés hacer y decís lo que no querés decir.
Él quiere decir algo pero ella lo detiene con un gesto, como si estuviera a mitad de un parlamento en un estrado ante una muchedumbre y no quisiese que las interrupciones del auditorio corten el hilo de su discurso.
―A menos que efectivamente estés haciendo lo que querés hacer y diciendo lo que querés decir y no quieras terminar de asumirlo. En ese caso, lo que te faltaría no sería voluntad sino decisión, queridito.
No sabe qué decir. La observa minuciosamente. Entiende que ella adora ser observada y escuchada: estudiada. Ahora la ve servirse un trago de su mesa de luz. Hay dos copas: le sirve una a él y se la alcanza.
Él pregunta qué es. No está muy seguro de querer beber algo en ese lugar.
―Es cognac ―dice ella―. Villarrica me hizo adicta a esta huevada.
Pregunta quién es Villarrica.
―Villarrica es el regente de este tugurio, queridito ―toma un trago y amplía la información―. Es el que te trajo hasta acá, el del ojo de vidrio.
Ahora entiende por qué le llamó la atención el ojo izquierdo del hombre, que le pareció levemente más grande que el otro, más brillante. También se detiene, particularmente, en la última palabra que ha dicho la mujer, “huevada”, el único fragmento de todo su discurso que parece ubicarla geográficamente en Chile. Por todo lo demás, ella no habla en absoluto con tonada chilena, aunque tampoco es argentina. Parece otra cosa, uruguaya tal vez. O mejor, algo híbrido: una argentina o uruguaya que ha pasado varios años viviendo en España o en México.
Él le pregunta cómo se llama.
―Kimberli ―dice ella y él recuerda que ya se lo han dicho hace un momento―. Acá adentro me llamo Kimberli ―aclara la mujer.
Le quiere preguntar su verdadero nombre o de dónde es, pero en cambio le pregunta cómo perdió la pierna.
―A los hombres les importa mucho el cómo. Como si saber de qué forma sucedió tal o cual cosa importara algo, arreglara algo.
Ella vuelve a darle una chupada al cigarro y exhala el humo prolijamente hacia el techo.
Él observa ahora (no se le ocurre qué otra cosa hacer) la circunstancia, causal o casual, de que tanto a ella como al encargado del lugar les falta una parte física. Enfatiza la palabra “física”, no quiere ofenderla. Ella parece muy susceptible a cada una de sus palabras.
Pero ella vuelve a reírse.
―Es que acá todos somos iguales de raros. ¿No sabés a dónde viniste? Nosotras somos las putas bizarras, queridito.
Pone cara de no entender, dice que no entiende.
―A la Lesli, por ejemplo, le falta una oreja. A la Melani, un brazo. Hipólita es renga. Un tiempo, tuvimos una enana, la Dorita.
Hace una pausa para tomar un trago. Él la imita.
―Era un fuego la enana, la más infantil y depravada de todas nosotras: sabíamos que no iba a durar mucho acá. Se la levantó un jeque árabe multimillonario, se volvió loco por ella. Vino tantas veces que al final habrá dicho: De seguir así, voy a terminar haciendo un surco de tanto ir y venir. Más vale tenerla siempre a mano. Y se la llevó nomás: lo habrá adornado bellamente a Villarrica y se arreó a la enana. Tuvo suerte la Dorita, nos dio mucha pena que se fuera: era la alegría de este santo puterío.
Él piensa: Habla y fuma como una actriz de Hollywood de los cuarenta, Marlene Dietrich o Lauren Bacall. Todo en ella está preparado, ensayado, estudiado. Todas las prostitutas son actrices. Y nada complace tanto a un actor como el aplauso.
―Pero ahora la estrella acá es la Eulalia: le falta un ojo ―la mujer hace una pausa y aprovecha para volver a encender el cigarro, que se le ha apagado.
Él mira con cara de despiste. Pregunta por qué la tuerta es la estrella. Ella dice, rápida:
―Porque en el reino de los ciegos, el tuerto es rey, amorcito.
Y se ríe, la risa es grave y calculada: una risa que surge y desaparece en segundos.
Él festeja la ocurrencia, sonríe. Ella agradece la sonrisa. Ahora sigue, aclara:
―Estos animales hacen fila para ponérsela en el ojo a la Eulalia ¿entendés, queridito? Es decir, no el ojo sino el lugar donde debería estar el ojo: la cuenca vacía. Están enfermos ―le pega una chupada suave al cigarro―. Están enfermitos ―se corrige.
Ahora él le pregunta qué hacía antes.
Ella suspira, duda tal vez. Después dice:
―En mi pueblo, era profesora de Lengua y Literatura. Pero me gustaba más leer que enseñar. Me sigue gustando, ¿ves? ―señala el libro de Lucrecio abierto sobre la cama―. Además, quería volar alto y ahí no podía ―hace una nueva pausa enfática―. Quería volar alto y volé.
Él piensa, ahora, mientras pega un trago breve al cognac, que a lo mejor así perdió la pierna: volando. Mientras bebe, ve a la mujer, deformada a través del fondo de la copa. Empieza a pensar que debe irse, empieza a buscar la excusa perfecta para irse.
Ella continúa:
―Ahí donde lo ves, Villarrica también es un intelectual, a su manera. Se le nota que ha leído mucho y además escribe todo el tiempo.
Pregunta qué escribe.
―No nos dice, no le muestra a nadie lo que escribe, por lo menos a nadie de este lugar. Nosotras tenemos una apuesta. Para mí que escribe una novela: una novela sobre nosotras y por eso no quiere mostrarnos nada.
Ella se ríe antes y después de decir:
―Villarrica dice que regentear este lindo quilombo es el trabajo más tranquilo y decente que pudo encontrar.
Él finalmente le pregunta lo que desea preguntarle casi desde que entró en la pieza: cómo terminó ella ahí.
―¿Y cómo terminaste vos acá, queridito? ¿Cómo terminamos todos donde terminamos? ― fuma, ahora nerviosamente―: De puta casualidad.
Él termina su trago, sin saber dónde dejar la copa se queda con ella en la mano. La sigue escuchando:
―La vida es eso que dice Lucrecio ―vuelve a señalar el libro―: Una maquinita tan imperfecta y viciosa que no pudo ser hecha por los dioses, ¿entendés? O mejor, como me gusta decir a mí, el reino de la puta casualidad.
Él la mira en silencio, la admira, la oye soliloquear, levemente excitado ahora:
―Por ejemplo, sin ir más lejos, vos viniste acá buscándote a vos mismo, amorcito. A ver si también de puta casualidad te encontrabas acá. Y ya ves que es cierto, la pegaste: estabas acá. Yo soy vos, ¿entendés? Y vos sos yo. Somos la misma cosa: los desterrados de su propia vida, los escondidos de sí mismos.
Él se acomoda en la cama, se revuelve intentando ocultar la erección que pugna por emerger. Ella sigue:
―No nos da la cara o el coraje para ser Wakefield: apenas vamos por la vida enseñándole a los otros eso que no tenemos.
Se levanta el vestido celeste y le dice:
―¿Ves? Te muestro lo que me falta, lo que no tengo. Todos hacemos eso: mostramos nuestro vacío y pedimos que nos llenen, que nos completen.
Él mira atento, minuciosa y amorosamente, el espacio vacío existente más allá de la rodilla derecha. Siente una presencia fuerte, espeluznante ahí.
Piensa: Es eso, exactamente, la sensación de saber, la certeza indestructible de que ahí falta algo que debería estar.
Ella sentencia:
―Este viaje es así, amorcito: siempre dejás algo. Nadie entra en las cosas o en los otros y sale entero.
Él piensa otra cosa ahora: que la escena del coloquio con la puta es clásica en todas las literaturas, todas las filmografías, todas las músicas.
Se va levantando, con la suficiente habilidad como para disimular la poderosa erección que le invade todo el cuerpo y el pensamiento.
Ella lo advierte (él siente que ella lo advierte) y sonríe con ternura.
―Tendrías que dejarme unos pesitos para darle a Villarrica.
Él saca unos pesos y se los alcanza. Ella no los agarra, le señala la mesa de luz, dándole a entender que los deje ahí. Sentencia:
―Ya lo dijo Schopenhauer, amorcito: Esa es la maldición de este mundo, que todo debe servir a la necesidad y a la indigencia. Somos esclavos de las necesidades de este mundo, ¿viste? Todos estamos ataditos a algo.
Él avanza hacia la puerta. Antes de salir, se da vuelta y le pregunta a la mujer lo que supone que deben preguntarle todos los hombres que la visitan: por qué no huye de semejante lugar, por qué sencillamente no se va.
Ella, que ha retomado la lectura del libro, lo mira dulcemente (él quiere creer que es dulzura lo que desprende esa última mirada) y dice:
―No hay escapatoria, extranjero. Yo ya no navego por el tiempo.
Una cita, indudablemente. Intenta grabar esas palabras en su memoria antes de despedirse para siempre.”
*La forma del amor obtuvo el Tercer Premio en la Categoría Cuento del Fondo Nacional de las Artes 2021, en un jurado integrado por Agustina Bazterrica, Mariana Travacio y Gustavo Nielsen. El volumen consta de tres relatos largos: “Las bellezas de la familia”, “La versión más tonta de las cosas” y “La forma del amor”. Fue publicada en 2022 por Espacio Hudson Ediciones, en su colección Fin Del Mundo / Narrativas.

DIEGO RODRÍGUEZ REIS es lector, escritor y profesor. Ha publicado ocho libros de poesía y narrativa. Ha participado (como autor, corrector o editor) en más de cincuenta obras literarias, de ficción y no ficción. Actualmente, prepara la edición de El lector constante, selección de sus artículos, notas y prólogos del período 2001–2023. Integra la Comisión Directiva del Fondo Editorial Neuquino. Dirige, junto a Cecilia Fresco, el sitio La Zona – Crítica y Ficción.
Fotografía: cortesía de Changuis Nan
by Claudio Medin | 20 \20\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \20\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Poesía
Presentamos tres poemas del libro Palabras tectónicas, de Pablo Romero (Tucumán, 1990), cuya edición argentina se publicó en 2022 por Inflorescencia editorial.
LA COSTUMBRE DE SUFRIR
Veo a mi amante dormir.
El ritmo de su corazón
me avisa qué tan lejos está de mí
de los que me quisieron antes
de que yo fuera yo
y ocupáramos esta cama
ahora
esta noche que su corazón late
con fuerza contra su pecho
y mi poema.
Lo veo dormir contra la ventana
que da a la calle y a otras ventanas
y a otros hombres y mujeres
que ven a sus amantes dormir
contra otras ventanas
que dan a otras calles.
Mi amante se duerme
y yo siento
que en su sueño egoísta me ignora.
Uno es un hombre acostumbrado
a doler:
traigo en mí
(quiero decir: conmigo)
la costumbre de sufrir
pocas cosas duelen más
que esta espalda en mi cara
pocas cosas pesan como esta
oscuridad.
Entonces estiro la mano
entre las sábanas
(porque qué hacemos
sino buscar para encontrar)
y acaricio su lunar hasta
que el sueño desdibuja
su piel, la ventana, la calle
la noche que avanza
y nos deja atrás.
*
LA DESOBEDIENCIA
Por favor, dijiste: no hagas
de mis palabras un poema
no abras la herida porque
adentro hay más herida
y así al infinito
pero yo
que del amor hice una tumba
y no me canso de cavar
te someto a mi ficción:
necesito que me quieras
como quien vuelve a un país
y no me importa lo que pidas
mi poema dirá lo que podría haber sido
si no hubiéramos callado
mi poema dirá todas las cosas
que no fueron:
la casa que nunca construimos
el deseo del que nunca nos curamos
las mandarinas del otoño
que no volveremos a comer.
Por favor, dijiste y yo te digo no
por primera vez y para siempre.
Alguien de otro tiempo leerá
lo que debiste haber sabido
alguien de otro tiempo pensará
en nosotros
en todo aquello que perdimos
en todas las cosas
que dejamos perder.
*
UN POEMA DE RICH ME HIZO PENSAR EN NOSOTROS
Hasta ayer creímos que viviríamos
para siempre y hoy pareciera
que lo humano está al borde de sí mismo
como a punto de quebrarse.
Te gustará saber que no cambié
que sigo siendo el mismo
como esta ciudad es la misma
como esta angustia.
Uno es un hombre necio.
Hasta ayer creímos que viviríamos
para siempre
y hoy pareciera que fuimos hechos
a imagen y semejanza del olvido.
Cuando estabas cerca
yo perdonaba al mundo por ser mundo
y también a mí por ser yo.
Te gustará saber que no cambié
que mi dolor sigue siendo pobre
y mi escritura sigue siendo terca.
El amor nos hizo hostiles:
todavía me pregunto
cómo sobrevivimos tanto impacto
tantos golpes y accidentes
sin advertir si quiera
que debajo de las palabras-tectónicas
ardía un mundo hecho de lava
que siempre tuvimos bombas
en el lugar del corazón.

Pablo Romero (Tucumán, Argentina 1999). Poeta, editor y traductor. Autor de Los días de Babel (México, 2015) Palabras tectónicas (Argentina y Chile 2022; Bolivia 2023) La jaula del hambre (España, 2023) y Amar la pérdida (inédito). Compiló junto a Rosa Berbel la antología Orillas (2015), una muestra de poesía joven hispanoargentina. Codirige Aguacero Ediciones y trabaja como editor invitado en Inflorescencia Editorial. Residió en Eslovaquia como estudiante de intercambio de Rotary International y traduce poesía eslava. Ha sido parcialmente traducido al italiano, francés y portugués. Su obra resultó ganadora de la convocatoria Poesía Ya del Centro Cultural Kirchner. Dicta talleres y clínicas de obra, y actualmente cursa el Profesorado y la Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de Tucumán, donde reside.
Instagram: @pabloromerx
Fotografía: cortestía del autor.
by Claudio Medin | 9 \09\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \09\America/Argentina/Buenos_Aires 2023 | Poesía
A un año de la partida del recordado poeta uruguayo Alfredo Fressia, compartimos una muestra de su último libro publicado, Última Thule, preparada por su editor y amigo, el poeta Felipe Herrero.
MEDITACIÓN
Leer en astros,
años luz de tu vida,
cuando ya han muerto.
Blanda es la muerte,
hongo hinchado en otoño,
tumor del tiempo.
Carta celeste,
una estrella en cenizas,
mi cuerpo eterno.
Lee en los huesos
del esqueleto azul
tu enigma antiguo.
Hechos de estrellas
somos sólo reflejos.
Tal cual la aurora.
Leer señales
pasar el mundo a letras.
Tarea humana.
*
ESTACIONES
Días dorados.
Sol oblicuo de otoño.
Y sombras largas.
Noche de invierno.
El rebaño se abriga.
Un alma vela.
Lluvia en septiembre.
Dos gorriones caídos.
Y un arco iris.
Calles vacías.
Montevideo en verano.
Sudan las manos.
*
PLANETAS
Mercurio heraldo
de cyberpiés con alas,
ven, corre y cuenta.
Venus contempla
nacer en el amor
su perla azul.
Marte guerrero,
testosterona y sangre
fue tu legado.
Saturno espía
al que orbite en los límites
de sus anillos.
Neptuno en sueños
con su tridente empuja
quimeras, arte.
Plutón, misterio
de pulsiones profundas.
Un día estallan.
*
LUNAS
Luna de plata.
Noche clara de invierno.
Brilla la escarcha.
Luna amarilla.
Acapulco memories.
Viejos placeres.
Liviana luna
menguante del otoño.
Huele a magnolias.
La luna llena.
Otra noche de insomnio.
Tienta el abismo.
*
PARAÍSO
Tan alto el paraíso. Hablo del árbol,
porque hoy quiero cubrirlo de palabras.
Acariciar con nombres, decir árbol
como se dice amor, o como dicen padre.
Cinamomo, agriaz, piocha, canelo,
tanta palabra hermosa nombra al árbol
humilde y hechizado de la infancia
que en la calle de un barrio de otro tiempo
se llamó, por su gloria, paraíso.
Donde el gorrión se vuelve mensajero
un niño atravesaba los veranos,
y trepado a la frágil rama oía
cardenales que iban a trinar,
su evidente lugar de paraíso.
Entre el silencio húmedo del árbol
y el cristalino cantar de los pájaros
supo el niño su sino de poeta,
la magia dócil de la enjundia verde
que sigue refugiándose en la sombra
montevideana de los paraísos.
*
POETA Y OLVIDO
Y para qué servirán los recuerdos,
asomarse al abismo del pasado
hiriéndose los pies en la escollera
construida con piedras de otras vidas.
De qué sirven los ángeles nostálgicos,
sobrevuelan los mapas del despojo,
fantasmas que se adhieren a las alegorías,
naufragios que tal vez nunca existieron.
El poeta en un muelle sin recuerdos,
una estatua de sal disuelta por las olas,
ya no lee en vestigios, ganó el mar,
la medusa, el olvido, el horizonte.
*Todos los poemas forman parte de Última Thule, poemario aparecido en Yaugurú, editorial de la ciudad de Montevideo, y en editorial Lisboa en la ciudad de Ushuaia durante el año 2022.

Alfredo Fressia (Montevideo, 1948 – Sao Paulo, 7 de febrero de 2022). Fue poeta, ensayista, traductor, crítico literario y profesor de lengua y literatura francesa. Residió en la ciudad de São Paulo desde 1976 hasta sus últimos días. Su obra poética ha sido traducida al portugués, francés, inglés, italiano, rumano, griego, turco y macedonio. Publicó los poemarios Un esqueleto azul y otra agonía (1973), Clave final (1982), Noticias extranjeras (1984), Destino: Rua Aurora (1986) (en portugués) en la ciudad de São Paulo, Frontera móvil (1997), El futuro / O futuro (1998) en la ciudad de Lisboa, Veloz eternidad (1999), Eclipse (2003), Senryu o el árbol de las sílabas (2008), Poeta en el Edén (2012) en la Ciudad de México, La mar en medio (2017) en la Ciudad de Buenos Aires y Ultima Thule (2022), además de varias antologías. Publicó varios libros de ensayos y crónicas, entre los que destacan Ciudad de papel. Crónicas en movimiento (2009) y Sobre roca resbaladiza. Recuerdos y reflexiones de un poeta (2019) en la Ciudad de Buenos Aires. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura del mec, también recibió el Premio Bartolomé Hidalgo y el Premio Morosoli a la trayectoria en la categoría Poesía. En el año 2018, la Junta Departamental de Montevideo lo nombró Ciudadano Ilustre de su ciudad natal.