Lía Colombino, poeta paraguaya

Lía Colombino, poeta paraguaya

Poemas de una de las voces más significativas de la poesía paraguaya del presente

De Las Cavidades Ausentes, textos escritos entre 1996 y 1999, publicados en 2000.

Las cavidades ausentes

No hay hueco en este espejo

El humo supura sudor
y empaña

Este es el tiempo ácido
Esta la palabra y su género
Aquí está el plomo
robándole peso a la mirada.

De Tierra de Secano, textos escritos en 1998 y 1999, publicados en 2001.

Paraguay I

La trampa siempre llega en barcos a vela
Siempre
Los tentáculos mandaron patrones
omóplatos
redes con alambre y sal

Hoy crece roca en vez de pelo
Ahora
láudano errante somos.

De (lupa), escrito entre 2004 y 2006, editado en 2009.

Es la hora en la que el cielo se pone color rosa y las nubes forman olas (en el cielo). Es la última tarde del año. Las cigarras anuncian algo: la llegada del mes de enero. Su canto inunda la tarde que se convierte en noche. Sólo cuando callan ella cae en la cuenta de aquel canto ininterrumpido. Es la última tarde del año, hay una calma pesada, hay cigarras. Hay cielo color rosa, hay cigarras. Algo se anuncia y ella, tirada en la cama, con los ojos casi cerrados, ve venir lo que se aproxima con la calma de cientos de dromedarios en un desierto quieto.

De El Costado, Inédito.

Cargo con el vendaval
Yo ajusto la nube sobre la cabeza del cíclope
Yo sueño
Rompo palabras ajenas y me pueblo
Yo toco los dedos del aliento

Yo
que cargo la voz de mí
que me inauguro y me dilapido
y que abismo la sílaba hacia un mar

Yo cavo en el fondo

mi animal.

∞ ∞ ∞

hay un plato repleto de papas hervidas apoyado en la mesa
vapor sube del plato y un tenedor las corta con su borde
desde algún lugar llega una música
repleta de guitarras eléctricas
llueve o hay rastros de haber llovido durante días
todo es pegajoso, no hace calor, pero la humedad lo abarca todo
hay un reloj cuyas manecillas no caminan
el reloj tiene una malla negra
de cuero gastado
también unos anteojos de sol

pero hay también lo que no hay

∞ ∞ ∞

Tengo una picazón en el reverso de mí
Algo yace
agazapado
rampante
quiere morder el suspenso

Parto hoy / de aquí
me voy para irme

Han borrado mi rostro
dos veces
Me han puesto una máscara
una vez

Ahora, después del delirio
muestro el rostro
las plumas en mis manos
el sonido en los ojos dispuestos
el cuerpo guarnecido
atravesado solamente
por un cordón de aire

Lía Colombino, poeta paraguaya

Programación de junio (2017) del Espacio Literario del CCC

Nuestro Espacio Literario. Protagonistas, lugares, fechas y horarios de todas las actividades, con entrada libre y gratuita, que se realizarán durante el mes de junio en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires)

Perros en invierno. Presentación de la novela de Omar Álvarez, publicada por Bärenhaus. Participan el autor y Juano Villafañe. Miércoles 7 de junio, 19 hs, Sala Jacobo Laks (3° piso)

 

Dramaturgias posibles. El teatro pensado desde la literatura. El jueves 8 de junio la entrevistada será Sol Pavéz, quien además presentará su libro, Munus, editado por Peces de la ciudad. Coordina Nara Mansur. Sala Meyer Dubrovsky (3° piso), 19 hs

 

Intervenciones críticas. El segundo viernes de cada mes, la realidad es pensada desde la literatura. El 09 de junio, Literatura y psicoanálisis, con Adela Costas y Élida Fernández. Coordina Natalia Crespo Sala Jacobo Laks (3° piso), 19 hs

 

Ficciones. Los nuevos narradores comparten su producción. El jueves 15 de junio, Laura Ponce, Sebastián Robles y Gabriela Luzzi. Coordina Maumy González. Sala Jacobo Laks (3º piso), 19 hs.

 

El río secreto. Presentación de la nouvelle de Marta Braier editada por El jardín de las delicias. Participa la autora junto al editor y poeta Luis Bacigalupo. Lunes 19 de junio, 19 hs, sala Osvaldo Pugliese (PB)

 

Las raras circunstancias. El último martes de cada mes la poesía visita el CCC. El 27 de junio Claudia Masin, Catalina Boccardo y Gabriela Pais, junto a Rueca. Coordinan: Marina Cavalletti, Luciana Coronado y Romina Dziovenas. Sala Osvaldo Pugliese (PB), 19 hs.

 

Foros del Espacio Literario Juan L. Ortiz en la SADE. El viernes 30 de junio, Literatura y fútbol. Participan Juan Sasturain, Carlos Graneri, Marcelo Izquierdo, Carlos De Mateo, Eduardo Quintana, Walter Vargas, Susana Aradas, Pablo Sethman. Casa Lugones (SADE) Uruguay 1371, 19 hs. Coordinan: Juano Villafañe y Santiago Alonso.

Lía Colombino, poeta paraguaya

La muerte viaja en una Olivetti

 

En la línea del cuento moderno cultivado por Cortázar y Rulfo —como observó Giardinelli—, pero arrastrando la tradición de la novela negra que es ya un sello de la escritura de Molfino, “La muerte viaja en una Olivetti” sin dudas se sitúa en la categoría de los grandes cuentos argentinos.

Un cuento genial, memorable, escrito por primera vez en la cárcel, en el período en que Molfino estuvo preso durante la última dictadura militar. Allí, contó en Página/12, había escrito muchos relatos, pero al ser liberado, al cabo de cinco años, salió de la cárcel con las manos vacías y la voluntad de escribir mortificada. Y sin embargo, con el tiempo, el mismo viejo ruido que surgía en la celda y lo impulsaba a escribir, volvió a dejarse escuchar. “La muerte viaja en una Olivetti” fue el primero de todos los cuentos que recuperó de a poco, con paciencia, buceando en la memoria de las palabras.

Publicado originalmente en 1994 dentro del libro de relatos El mismo viejo ruido, ha sido desde entonces una joya difícil de conseguir. Este año, al fin, la colección Mulita acaba de reeditar el libro. Y aquí va, entonces, una muestra del talento de este escritor nacido en Buenos Aires pero criado en el Chaco, su patria adoptada.

 

 

LA MUERTE VIAJA EN UNA OLIVETTI

 

Noticia preliminar

 

Ralph Endicott, de origen estadounidense y sin más datos de filiación, fue hallado muerto de bala en horas de la tarde del 16 de junio, a un costado de la Ruta 11, en las afueras de la ciudad de Resistencia, provincia del Chaco. El occiso presentaba dos impactos, presumiblemente de calibre 38, en el espacio intercostal izquierdo, uno de los cuales perforó las aurículas provocándole la muerte.

El cuerpo se encontraba en posición decúbito dorsal, semioculto en los últimos dos párrafos de un cuento titulado “La muerte viaja en una Olivetti”, cuyo autor se trata de individualizar.

 

I

Viejos sueños de papel

 

A Ralph Endicott le fastidiaban los atardeceres y las mujeres excesivamente flacas. Lo sabía demasiado bien y sobre ese andén había todo eso: un atardecer y muchas mujeres flacas.

Buscó un banco vacío, se sentó y apoyó su maleta contra un basurero. Aflojó el nudo de la corbata, con ambas manos estiró hacia afuera los puños de la camisa e intentó un gesto resuelto, distraído.

El aire empañado y sucio de la estación flotaba fosfórico, casi triste, teñido de humo y voces muertas. Debajo de su viejo traje de gabardina azul se sentía un marciano en Buenos Aires.

Mundo de mierda, dijo a nadie Ralph Endicott. Se sorprendió alentado, como abrigado por “mundo de mierda”. Lo repitió y tuvo la impresión de haberse bebido un doble de Old Forester, sin hielo, claro.

El andén se empezaba a llenar: hombres, valijas y humo. Resopló la locomotora, los pistones le apuraban el asma. Echaba nubes de vapor entre las ruedas como quien dice cosas sin sentido. El olor ya era insoportable. Cualquiera hubiera dicho que estaban fritando grasa sobre los rieles. Hacía frío y Ralph Endicott tenía hambre. No probaba bocado desde dos días atrás y a su edad eso era injusto. Se hallaba sin empleo y sus últimos pesos los había jugado en una apuesta en la que no creía: viajar al Chaco.

Ralph había sido personaje secundario en una novela de Scott Fitzgerald, en Hermosos y malditos. Nada importante por cierto, sólo un extra anónimo que cruza por White Plains. Así y todo, fue su trabajo más significativo. Trabajar para el talento de Scott había sido un placer. Odiaba un poco a Zelda. Jamás se borraría de su mente aquella noche en que Zelda, borracha como una cuba, discutió con Scott sobre el pasaje donde Ralph aparecía. Poco faltó para que su presencia en Hermosos y malditos se fuera al demonio. Borracha, murmuró Ralph, borracha y cagadora.

Desde entonces, la suerte le había mezquinado oportunidades. Sólo papeles sin relieve, intrascendentes, en historias de escritores fracasados, incapaces de unas cuartillas más o menos doradas. ¿O es que acaso alguien recuerda a Archibald Dawn, por ejemplo, o a Denisse Murphy? Sólo escoria, pésima literatura.

Dawn fue el único que llegó más allá de la esquina de su casa: su cuento Ruedas de asfalto fue premiado por The New York Review of Books, en 1947. Y hasta le pagaron trescientos dólares. Allí Ralph hizo de jardinero en un dra­ma doméstico con aristas policiales ubicado en la clase alta de Bay City.

Echó una ojeada a su reloj. Aún faltaba media hora para que su tren se pusiera en marcha. Abrió su anotador y revisó una vez más el nombre del escritor que le habían recomendado visitar. Hace calor en el Chaco, Ralph, le habían dicho.

Es como un trópico: mosquitos, plantas verdes, enormes, que impresionan como venenosas; serpientes, mujeres morenas, mucha cerveza y noches pegajosas. Y sobre todo, historias de campesinos, seguro. Ojalá te vaya bien, le habían dicho.

El maldito olor a estación lo estaba descomponiendo. Le dolía la espalda, aunque más le molestaban las tripas vacías. Era tan desconsolador como ver el Madison Square Garden deshabitado. O peor.

Se recostó contra el respaldo del banco y decidió que el único basurero era el andén. Había de todo, un supermercado de inmundicias: desde vasitos de papel abollados hasta una sandalia que debió pertenecer a Cleopatra. El basurero metálico de su lado, comparado con el paisaje, parecía un quirófano.

Un tipo ridículo de traje de franela gris perla con un clavel mayor que una dalia cruzó frente a Ralph y lo saludó con suave cortesía.

Con Denisse Murphy logró atravesar la década del cincuenta sin apurones. Denisse era una fotógrafa de Kansas que intentó la literatura. Sus cuentos eran muy malos y su única novela todavía debe servir para amenazar a los niños que no quieren tomar la sopa. Hizo de todo con Denisse: mecánico que va a la guerra y es herido en el Pacífico, un amante ocasional de Brenda en Agua de nácar, cuencos de plata, y hasta personificó a un sargento de policía que arresta al doctor Zweig, cortándole una brillante carrera de estafador de corazones femeninos. Por temor a pasar hambre es que duró tanto tiempo entre las insulsas páginas de Denisse.

Durante los años sesenta las cosas cambiaron. En New York se vivía una verdadera epidemia de novelas y cuentos. Los muchachos se las traían, querían contar todo de golpe y de paso le hacían ojitos a Hollywood.

De aquella época recordaba con emoción esa mañana en que poco faltó para ingresar en un texto de Norman Mailer. Hubiera sido consagratorio, pero no pudo ser. El relato La traición y la duda fue destruido por Mailer después de que se intoxicara con una buena cuota de Seconal.

Sobre el andén las cosas iban de mal en peor. La noche rojiza de Buenos Aires lanzaba lenguas negras en los rincones y los fluorescentes lloviznaban su luz dura, de hielo, sobre viajeros y parientes que chillaban como si la despedida les importara. Un hombre se le acercó y le pidió fuego. Ralph creyó que merecía fumarse uno. Le quedaban seis cigarrillos más un atado, el último, un Lucky envuelto cuidadosamente entre sus camisetas: era todo su capital.

Chupó el cigarrillo y dejó que el humo escapara por la nariz y la boca. Lo necesitaba. Se sentía decididamente mal, abandonado en un mundo desconocido, sin más armas que su experiencia.

Su gran amigo Meggs Gilmore, protagonista de tantas novelas de misterio en los fines de los cuarenta, había dejado todo para refugiarse en una biblioteca de Chicago. El Chaco sonaba a Chicago. Ligeramente feliz, hizo un orificio de su boca y comenzó a silbar “You are my sunshine”. Sonrió, porque a Charles W. Smiley le gustaba teclear su vieja Underwood tarareando ese tema. Smiley era un gran caso de estupidez. Se creía el heredero de Hemingway. Si bebía como un corsario no era por otra cosa. Se ufanaba de conocer a Tom Wolfe y no era cierto. Ralph había trabajado con Smiley en dos relatos. El único que merecía algún recuerdo era “Escenas macabras, publicado por The Horror Magazine. El otro, “Luces bella, Ligeia”, fue comprado por un editor de Boston al que le faltaron las agallas para llevarlo a una imprenta.

La locomotora relinchó y volvió a descargar vapor como si se fuera enardeciendo de a poco. Chaco, dijo Ralph, y se levantó cargando su maleta. Buscó en su bolsillo y extrajo el pasaje. Vagón 9, asiento 94. Marcado con tiza rápida, el vagón mostraba un 9 enorme. Ascendió. Llegó hasta la butaca 94, ventanilla; acomodó la maleta en el contenedor aéreo, se alisó el saco y se sentó con un bufido.

Su asiento no daba al andén, lo cual le pareció perfecto. Odiaba las despedidas. Su paisaje era penumbroso, daba a otros andenes gemelos, cruzados muy de vez en vez por siluetas atareadas en cuestiones incomprensibles. Se repasó el pelo con la mano y una vez más sintió el alacrán del hambre tironeándole el pellejo del estómago. El escritor del Chaco acabaría con ese monstruo. Carne asada, ensaladas y sopa bien caliente. Tal vez whisky. No sería Old Forester pero tendría lo suyo. Y café, mucho café. Más allá los rieles se enturbiaban, mezclándose. Sólo Dios o un escritor sabrían hacia dónde marchaba esa maraña.

El tipo ridículo de traje de franela gris con enorme clavel en la solapa se acomodó en uno de los asientos del costado. Volvió a sonreír con un leve golpe de cabeza. Un idólatra de los buenos modales, evidentemente. Ralph le devolvió una sonrisa tan expresiva como un cenicero de plástico. El tipo ridículo pareció apaciguarse y se reclinó contra el respaldo, blandamente, como si estuviera convencido de que el mundo es una delicada pelotita de algodón.

Sus últimos trabajos habían dejado mucho que desear. Bien pagos pero detestables. El Puente y los álamos de William Corso (un asco) y Réquiem para Zoe, fiasco experimentalista a cargo de uno de los pesos pesados de la neurosis: Donald Pearson. Ralph casi enloqueció con Pearson: lo hacía beber Coca Cola vestido de astronauta durante el velorio de Zoe, y en el capítulo final –que en realidad era el principio– no había hecho otra cosa que tropezar entre adjetivos poco felices y batallado con una puntuación tan arbitraria como demente. Si alguien intentó comer un helado de látex, sabrá de qué se trata Réquiem para Zoe. Es que había que durar hasta tanto se abrieran las puertas doradas de la gran oportunidad. Algún día tendría que llegarle. Como a su amigo Dave Garrison: de personaje más que secundario a semi protagonista en Féretros tallados a mano. Si bien fue muy duro trabajar para Truman Capote, aquello fue un golpe de suerte.

No acertaba a saber si era el cansancio o una corazonada; lo cierto es que Ralph notaba una inquietud eléctrica en su cuerpo. Conocía demasiado bien los climas y los tempos de los cuentos. Desde su asiento olía que algo no caminaba bien, como que algo se había puesto en marcha sin su consentimiento. Siempre que fue contratado, Ralph impuso como condición saber de antemano su suerte. No soportaba verse expuesto a un destino desconocido. Era una regla de oro. No se explicaba cómo hacían los autores para vivir ignorantes de lo que pasaría con ellos un día después de una página.

Desasosegado y difuso, los ojos arenosos por el sueño, vio sobre un lejano andén a dos ininteligibles hombres hablando. El corazón le dio un vuelco. Por un instante supuso que el tema de aquella distante charla era él mismo. Giró el rostro hacia el hombre ridículo y se serenó: leía un diario.

El alarido de la locomotora lo despabiló. Los chorros de vapor crecían a los costados del vagón. El tren trepidó como si los metales se hubieran encolerizado. Pero todo quedo allí. Le llegaban, ajenos y afilados como pequeños vidrios molidos, los rumores de las despedidas en el otro lado. Entrecerró los ojos, y al rato Ralph dormía profundamente. La barba le crecía desde hacía trece horas y ya le sombreaba la mandíbula. Una mueca negligente había quedado congelada en los labios finos.

El vagón viajaba con poco pasaje. Ningún niño, unas pocas mujeres y otros tantos hombres que, minutos después, atacarían patas de pollo, empanadas, se engrasarían las manos y beberían de botellas recubiertas con pudorosos papeles de diario. El tren se puso en marcha.

Buenos Aires empezó a desaparecer entre relámpagos de neón. Ralph roncaba. Las luces parpadearon y el vagón quedo semi iluminado. Algunos fumaban y miraban la ventanilla rugiente, ciega, mientras cruzaban la noche. El hombre ridículo del traje de franela gris con enorme clavel en la solapa, cruzado de piernas, envaneciendo el cuello, más parecía asistir a una velada del Colón que a ese traqueteo isócrono que zarandeaba el vagón. Un viento de orines llegó desde el baño. Aquello ya era un viaje.

Cuando el hombre grandote, vestido de sobretodo de pelo de camello, estaba por arrojarlo al acantilado y Sheila hojeaba un libro del cual chorreaba una sangre oscura y humeante, Ralph despertó. Su pecho subía y bajaba al ritmo de una rumba. La boca parecía de piedra pómez o una cloaca. Calambre en el brazo izquierdo, chirridos y telarañas en la nuca, los párpados de plomo, la sensación de que su pelo servía de nido a una gallina gorda: Ralph se sentía menos un hombre que una desvencijada máquina de coser. Se encaminó hacia el baño.

En la fría sombra del pasillo, un hombre fumaba recostado en el aluminio del lavabo. Ralph lo rozó al entrar al baño. Orinó largamente, sin respirar: aquel aire competía en peligrosidad con el de Hiroshima, minutos después de la bomba. Se lavó la cara con el chorrito mezquino de la canilla. El hombre que fumaba en la sombra existía sólo por la brasita del cigarrillo.

Ralph regresó secándose con el pañuelo. Meneó la cabeza. Algo no encajaba en ese viaje. Quién demonios me garantiza que ese escritor del Chaco existe. Recordó que fue un tal Erdosain quien le garabateó el nombre en una servilleta de la confitería Las Violetas. Erdosain. Un tipo exitoso en este país. Protagonista de varias novelas, medio raro, más que raro, extraño. Viejo y algo excéntrico, vivía de recuerdos, retirado y haciendo beneficencia. Sintió piedad por la noche. Encendió un Lucky. El humo le hizo toser. Le dolía la espalda y su estómago estaba invadido por cientos de hormigas que le comían las paredes. Se estiró cuanto pudo y dejó que sus ojos resbalaran en la noche. Jirones de niebla espesa rayaban la oscuridad. Por qué soñar con Sheila, justo ahora. No Sheila O’hara sino Sheila Hambletton, la que hizo de enfermera secundaria en Adiós a las armas. Nada menos que con Hemingway. Ella fue algo fuerte en el corazón de Ralph Endicott. No pudo ser. Eso es todo. Estaba loca por Manny Foster, un tipo sin escrúpulos que vivía de personaje en novelas porno y coqueteaba con los intelectuales del Village. Qué piernas las de Sheila.

Todo estaba tan lejano.

El hombre ridículo del traje de franela gris ahora se dedicaba a parecerse a un profesor de Princeton observando una clase de estética. Reclinado sobre un melancólico puño miraba al vagón sin muestras de ningún cansancio. Sus ojitos huidizos de intrigante, de tanto en tanto, tocaban a distancia a Ralph y ascendían rápidamente como si buscaran mariposas del Amazonas a mitad del techo. Ralph apagó la colilla contra la suela de su zapato, se frotó la barbilla, bostezó y volvió a dormirse.

No se despertaría hasta las siete de la mañana.

 

II

Ganándose la vida a golpes

Su pasaje, señor, dijo la voz. Ralph vio todo verde. El aire verde quemado por cigarrillos. Un aire de cuerina verde. Las quemaduras de cigarrillo eran cráteres veteados de negro y marrón. La mano estaba a diez centímetros de su nariz. Había amanecido. La luz golpeó sus ojos. El inspector de pasajes seguía extendiendo la mano. Se arregló el pelo mecánicamente, se incorporó en el asiento. Buscó el pasaje y se lo entregó. Con dos clics el inspector lo perforó y se lo devolvió. Ralph se desperezó y bostezó con un gemido fastidiado. La mañana era nublada y según su reloj eran las 7,05. El frío lo obligó a ajustarse la corbata. ¿A quién se le ocurre quemar con cigarrillos el asiento delantero? Con pesadez admitió que no estaba atravesando el mejor momento de su vida. Volvió a desperezarse.

El tren se encontraba detenido a la vera de una estación, en mitad del campo. Una gorda discutía con un viejo enfermizo y flaco. Una lucha desigual. Dos gallinas y un gallo patrullaban el andén invadido por el pasto. Las tripas vacías gimieron y Ralph lo lamentó más que ellas.

El hombre ridículo estaba parado a su lado, con el traje de franela gris impecable. Notó que el clavel o estaba agonizando o ya era un hermoso cadáver blanco.

—Buenos días —dijo con voz limpia el hombre ridícu­lo—; como estamos solos en el baile de este viaje, pensé que podría invitarlo a desayunar en el coche comedor, si no lo toma a mal, por supuesto. Ralph lo miró desconcertado. Por favor, insistió el hombre ridículo. La invitación lo salvaría de una muerte segura: el estómago de Ralph ya era una pasa de uva. Dijo que sí, cómo no, pero antes me mojaré la cara. El hombre ridículo sonrió satisfecho.

En los lavabos del pasillo no quedaban rastros del fumador nocturno. El agua caía por gotas. Se restregó los ojos y logró juntar la suficiente como para hacer un buche. Cuando escupió creyó que allí se iban los pedazos de noche que había tragado mientras roncaba.

El coche comedor distaba dos vagones. Los pasajeros que vio al pasar se le ocurrieron siluetas de papel recortado mecidas por una brisa que ayudaba a convencerlo de que estaban vivos. El hombre ridículo caminaba detrás de Ralph, oliendo a lavanda. En el cruce entre un vagón y otro, el hombre ridículo arrojó el clavel muerto por una de las vertiginosas puertas. Todo dura tan poco, suspiró.

Un detalle llamó la atención de Ralph. El hombre ridícu­lo, tan Princeton, tan Míster Modales, parecía simular esa prolija condición. No atinaba a determinar qué resquicios de él alentaban esa sospecha. La puerta de madera del coche comedor le interrumpió los pensamientos.

Se sentaron a una de las mesas. Dos cafés con leche completos. En la mesa vecina, una mujer pecosa, rubia-huevo, mojaba una medialuna gigante en su taza. Frente a ella, un marido gordo, calvo y rosado, hablaba a las moscas. Más allá, un solitario de campera color ratón fumaba al borde de una taza de café negro. El resto de las mesas estaba vacante.

—Mi nombre es Larsen —empezó el hombre ridículo—. Soy uruguayo y viajo al Chaco por negocios.

Se desprendió el saco y con un golpe de mano abrió los faldones. Ese movimiento dejó al descubierto, fugazmente, la cintura gruesa de Larsen. También, la culata de una pistola.

Larsen hablaba de importaciones y exportaciones, desinteresado por saber quién diablos era Ralph. Como si ya lo supiera, pensó. Ralph anotó mentalmente: mi acento extranjero tendría que haberle despertado curiosidad; ¿es un char­latán vocacional o habla tanto de sí para que yo no sospeche nada?; ¿qué cosa podría sospechar yo? Llegaron los cafés con leche.

Ralph, en ese instante, escuchó que Larsen le comentaba que era gerente general de Astilleros Petrus, en una ciudad llamada Santa María. El mozo estibó sobre la mesa los desayunos y se retiró luego de recibir un afable gesto de Larsen, versallesco, excesivo.

Ralph devoró sus medialunas y bebió el café más pausadamente. Larsen casi no tocó su desayuno. Simplemente hablaba y hablaba, melifluo y educado como un Phi Beta Kappa demasiado presumido.

No cuajaba esa pistola en un gerente general de lo que fuere. Y en líneas generales, nada cuajaba con nada. Ralph se preguntó qué cosas sospechaba su maldito cerebro. En ese instante en que la realidad parece bajar los brazos, Ralph pudo observar, sin estupor ni sorpresa, de qué modo la luminosidad gris de la mañana roía la costra afectada con que Larsen se embadurnara durante el viaje. La sonrisa de Larsen ahora aparecía cruel y sus carnosos labios no podían ocultar más el brillo perspicaz de la saliva. La papada empolvada y los brazos cortos se movían con delicada pesadez, al compás de una voz que parecía costarle falsificar. Como una crisálida monstruosa, el hombre ridículo del traje gris perla daba paso a un Larsen definitivo, obsceno, irreparable. Ralph fue sacudido por un escalofrío. Tom Malgash le había comentado alguna vez que los verdaderos rufianes, los más arteros y peligrosos –cualquiera sea la trama– en el principio de las narraciones aparecían distraídamente aburridos, insospechados. Ralph dio por terminado el desayuno. Usted disculpará pero no me siento bien, dijo Ralph. Larsen no sólo no objetó sino que lo ayudó a excusarse. Regresaron al vagón.

Cuatro horas después del desayuno, Larsen insistía con sus atenciones: un cigarrillo, el diario, etc. Ralph creyó necesario despabilarse en el aire helado del pasillo. Junto a la puerta de los lavabos fumaba el solitario de campera que había visto en el coche comedor. El fumador nocturno, pensó.

El violento viento que arrachaba el pasillo hizo reaccionar a Ralph. Tenía que pensar.

Se recostó a dos pasos del fumador solitario y vio todo más claro.

Maldijo a Erdosain. Viejo traidor. Si todo era como se imaginaba, estaba metido hasta el cuello en un cuento. Erdosain lo había entregado por un puñado de billetes o, tal vez, por simple placer. El viejo y simple placer de traicionar. Lo que lo abismaba era que desconocía la trama.

Sólo tenía claro una cosa: él era la presa. En este punto, el corazón le retumbó en el pecho. De ser todo así, se trataba de su primer papel protagónico. Una parte de Ralph vivía una turbia alegría, la otra maldecía el precio de esa gloria. Erdosain le había conseguido empleo de muerto.

Encendió un cigarrillo, el último de ese atado. Pálido y sombrío, clavó sus ojos en el paisaje lleno de árboles, campos y vacas veloces. ¿Cómo no se dio cuenta antes? Viejo Ralph, ya no sos el de antes. Sencillo. El bastardo que está tecleando, persiguiéndome renglón tras renglón, ha sabido crear esos climas tan familiares en mi pasado. Tosió. Me siento un estúpido pececillo. Y ahora me estoy ahogando en mi propia agua.

Nadie lo ha hecho antes, sé que es difícil, pero lo intentaré: no dejaré que acaben con el viejo Ralph Endicott.

Tiró el cigarrillo y volvió sobre sus pasos. El fumador solitario seguía con su guardia silenciosa y tabacal. El tren se detuvo. El sol de las doce calentaba la estación polvorienta. Ralph sentía el ardor duro del pedregullo debajo de sus suelas. Hacia donde dirigiera su vista, la respuesta eran pastizales, campos planos interrumpidos por esporádicos grupos de árboles. Podría ser su oportunidad: escaparía hasta localizar una carretera y desde allí todo sería más fácil.

Lentamente se encaminó hasta la caseta de maderas podridas. Por la ventana, vio al encargado de la estación ocupado en una transmisión telegráfica. Ganó la parte trasera de la caseta y sus ojos chocaron contra una camioneta Ford que, a veinte metros, esperaba vacía bajo un árbol tieso y alto. Comenzó a marchar hacia el providencial vehículo. No quería correr: sería mejor hacerlo con calma, sin ruidos ni estampidas.

—Pero Ralph, ¿por qué nos deja? —la voz de Larsen era socarrona y dura.

Cuando el tren reanudó su camino, Ralph sabía dos cosas: que Larsen estaba dispuesto a cualquier cosa y que si deseaba zafar de la ratonera tendría que pelear bastante.

Larsen dormitaba o simulaba un sueño. Ralph decidió imitarlo. Su boca parecía segregar una saliva seca, espumosa, de ácido muriático.

A media tarde, el inspector de pasajes volvió a hacer su recorrido. El tren avanzaba entre altas paredes de polvo y bajo un sol aplastante, a pesar de la hora. Eso era el Chaco. El frío se había disuelto entre los fulgores y contraluces de ese corredor del infierno. Esa luz despiadada le impidió mantener los ojos cerrados por mucho tiempo. Se hallaba a dos horas de Resistencia, el punto final.

No sólo no había dormido o simulado un sueño sino que se había agotado imaginando fugas, trompadas contra Larsen, y también los balazos de Larsen reventándole las tripas. ¿Por qué no golpeó a Larsen cuando éste lo sorprendió yendo hacia la camioneta? Se dejó confundir. Como si todo estuviera dicho entre ellos, Ralph y Larsen regresaron al tren, nerviosos, bromeando, estremecidos por la tensión y el odio. Ralph buscó a Larsen de reojo.

El ex hombre ridículo no se encontraba en su asiento. Ralph respiró hondo y salió en busca de un nuevo agujero para huir de esa pesadilla. Antes de ingresar al pasillo se preguntó cómo se llamaría este cuento. Aunque era imposible, creyó sentir el repiqueteo de las teclas sobre su espalda.

Cruzó el pasillo envenenado de orines y al abrir la puerta del vagón contiguo una muchacha llevó por delante a Ralph. La contuvo con sus brazos e impidió que trastabillara. Ella acomodó la mata rojiza de su pelo y estacionó un par de ojos de lapislázuli sobre Ralph. Perdón, dijo la pelirroja y, bruscamente, su cara se llenó de asombro. Era bonita.

— ¡Oh! ¡Pero usted es Ralph Endicott! —exclamó la chica—. Deseaba conocerlo, sé que usted tiene mucha experiencia en esto. Yo estoy empezando, ¿sabe? Éste es mi segundo trabajo. ¡Oh, Dios! Cuando lo cuente no me lo van a creer. ¡Atropellé a Ralph Endicott! Ralph sonrió con labios cansados.

—Debes darte por satisfecha, linda. Hasta te han dado un bocadillo. Hay muchos que se vuelven viejos esperando que les tiren un diálogo. —La pelirroja se alejó con dramáticos cimbronazos de nalgas. A pesar de todo, Ralph sintió como una bruma de orgullo creciendo en su pecho. Aquella chica hablaría de él, seguramente, cuando todo hubiese pasado.

El coche comedor era el próximo vagón.

Larsen tomaba una cerveza con el fumador solitario. Los espió desde el vidrio de la puerta sin saber qué hacer. Si supiera la razón por la que me quieren liquidar. Por Dios, sólo la punta del hilo para saber hacia dónde carajos va todo esto.

Los ojos de Endicott tropezaron con uno de los pasamanos adheridos a los costados de la puerta del pasillo. Era de metal macizo y estaba casi desprendido. Echo una ojeada hacia el interior del coche comedor. Todo en orden. Larsen gesticulaba, ampuloso, frente al fumador solitario. Los vasos todavía contenían cerveza.

Le costó. El soporte ya era una manteca, pero como el remache estaba aplastado la cosa no fue fácil. Cedió con un clac y el pasamanos quedó, pesado y brillante, en el puño de Ralph. Sintió que tragaba lava hirviente. Oleadas rojas de calor le arrasaban las mejillas, el cuello, las axilas. La tarde había empezado a decaer. Ralph temblaba. Larsen llamó al mozo y pagó con unos billetes enormes y viejos. El tren había aminorado la marcha.

Vamos, Medina, estamos llegando, dijo Larsen. El fuma­dor solitario miró hacia afuera y dijo –como si oliera un mal perfume–: Me preocupa en qué lo vamos a llevar. Vos, tranquilo, dijo Larsen, nos están esperando en la estación.

Las primeras casas pasaban dóciles y calladas a los costados de las vías. Medina avanzó mientras Larsen, detrás, dejaba caer un billete de propina sobre la mesa.

El primer golpe de Ralph dio seco contra el hombro de Medina. El segundo estalló en la cara con un ruido húmedo de huesos rotos. Bañado en sangre, Medina resbaló de espaldas por la escalerilla y voló como una bolsa de papas fuera del tren. Cuando Larsen levantó los ojos, la descarga de metal le llegó al cuello. Gimió, rodó, chocó y se detuvo contra las patas de uno de los asientos del comedor. Ralph, jadeante, con el pasamanos ensangrentado basculando en su brazo derecho, miraba a Larsen, estupidizado por el terror: Larsen había quedado fuera de su alcance. La mano regordeta sostenía la pistola.

Ralph se arrojó al piso: el primer balazo le rozó la oreja. El segundo, un estruendo que se multiplicó en el pasillo, se incrustó en la puerta. Larsen se había reincorporado. Más gordo y enorme, disparó nuevamente. La rodilla de Ralph no encontró el piso: lo chupó una sensación de vacío mientras sus costillas crujían. Fue el vértigo lo que impidió que Ralph supiera que estaba viajando por el aire. Cuando abrió los ojos, casi en el momento de rebotar contra el terraplén, vio a Larsen, perniabierto, llenando de estampidos el atardecer, al compás lento y traqueteante del tren entrando en Resistencia.

 

 

 

Epílogo

Dio volteretas, tragó pasto, rebotó y resbaló hasta aquietarse en un pastizal. Antes de desvanecerse, creyó que su cuerpo era una vidriera hecha añicos. Se movió, y el perro que lo estaba olisqueando retrocedió para después marcharse con un trote desconfiado. Le costaba respirar. Era como tener una aguja para coser colchones ensartada entre las costillas. Ralph, se dijo, Ralph Endicott, muchacho, lo lograste. La noche empezaba a insinuarse entre los rayones malva y añil que esfumaban el cielo.

Estuvo ocupado en pararse unos diez minutos. Los dolores eran como campanadas que resonaban en su cráneo. Todo era campo, silencio, árboles y dos casitas lejanas. Las evitaría.

La idea era alcanzar una carretera, hacer dedo y huir lo más lejos posible. Larsen — pensó—, ya no nos veremos más. Y sonrió entre punzadas.

Se preguntó cómo seguiría todo en el tren. El mundo conforme, se dijo, Larsen, yo y ese escriba que lo tramó todo. Mi caída del tren bien puede pasar como mi muerte.

Con el brazo izquierdo apretándole las costillas rotas, Ralph comenzó a caminar. Cada paso era una llovizna de alfileres sobre su cuerpo. Un aguijonazo lo paralizó, lo obligó a cerrar los ojos y contener la respiración. La espalda y la cadera parecían haber soportado el paso de toda la infantería de marina de los Estados Unidos. Abrió los párpados de a poco. La luz era dificultosa. A Ralph le costó creer en lo que veía.

Las casitas lejanas habían desaparecido y ahora, a pasos de su encogido cuerpo, cruzaba una rata, tensa, vacía. A un centenar de metros, una excavadora mecánica hurgaba la tierra con su estruendosa pala. No podía asir un solo pensamiento, una sola idea. Esa transfiguración lo atemorizaba. Se llegó hasta el borde del pavimento.

Las luces de un vehículo crecían lentamente, plateando la ruta. Fría y tierna, la noche se espesaba. Oscuridad sin luna. El auto disminuyó la velocidad hasta detenerse junto a Ralph. — ¿Necesita ayuda, amigo? —dijo una cara con anteojos—. Lo puedo llevar, viajo al sur, hasta Rosario. Ralph vaciló: ladeando el rostro, con ojos rápidos recorrió el interior del auto buscando sombras, siluetas de otros hombres. Buscando a Larsen.

—Pero, usted está golpeado —exclamó la cara con anteojos—.  ¿Qué le pasó? Vamos, suba, viejo, usted necesita que lo atienda un médico.

Los temores de Ralph y Ralph mismo ascendieron al auto azul plomo, algo desvencijado. Era un Di Tella 1500.

Cara-con-Anteojos ahora tenía una frente y una barba. Era pelado, respiraba por una nariz vagamente levítica y parecía habituado a una práctica compulsiva de la serenidad; uno de esos tipos que pueden estarse horas haciendo citas literarias. Llevaba adherida también una sonrisa retórica, absolutamente prescindible.

Ralph se acomodó con cuidado en el asiento pero no pudo evitar la descarga de dolor sobre el costado. Se echó hacia atrás tratando de respirar sin hundir el diafragma en las púas de sus costillas. Cara-con-Anteojos había dejado una mano apoyada en el volante. La otra aferraba una pequeña automática del 38. Apuntaba, recta, al pecho de Ralph.

— ¡Hey! ¿Qué pasa, amigo? —Ralph percibió un sudor helado, palúdico, en la frente y la barbilla.

El ruido de la excavadora creció, empujado por el viento.

—Muy simple, pero primero vayamos a las presentaciones —dije—. Soy el escritor que te contrató para un cuento en el Chaco: Erdosain, confitería Las Violetas, ¿te acordás? Bueno, hasta allí todo bien. Pero sucede que el veterano Ralph Endicott es un tipo muy listo. Se las sabe todas y descubre que está por ser liquidado en un cuento. ¿Y qué hace Ralph Endicott? Se las amaña para fugarse de la trama aun cuando se le ofrece la gran ocasión de protagonizar un texto. ¿Eh, Ralph? ¿Hasta ahí vamos? Ralph Endicott, entonces, despedaza la cara de Medina, le amoretona el cuello a Larsen, cae del tren por accidente y lo echa todo a perder. Adiós cuento, me dije. Pero después recapacité: rehice el terreno, porque yo necesitaba una ruta para tentarte con un auto. Y acá estamos. Soy un tipo muy quisquilloso como para soportar una trastada como la tuya, Ralph. Me tiran de sisa los desagradecidos y eso empeora mi mal humor. No será muy ortodoxo como recurso pero tengo que hacerlo de esta forma. Vos me obligaste, Ralph. No será en el tren, será aquí. Algo es algo.

Y abrí fuego aprovechando que la excavadora rugía y levantaba su brazo cargado de tierra, piedras y estiércol.

 

molfinoMiguel Ángel Molfino (Saladillo, Buenos Aires, 1949) es escritor, periodista, y chaqueño por adopción. Ha trabajado como corresponsal del diario El Mundo de Buenos Aires y como redactor del diario Norte, de Resistencia. Fue miembro del Consejo Editorial de la revista Puro Cuento. Colaboró con las revistas El Porteño y Crisis y actualmente con los diarios Página/12, Miradas al Sur, El argentino.com, la revista Cuna, entre otros. Entre sus publicaciones se cuentan Versiones y per-versiones (crónicas, 1987), El mismo viejo ruido (cuentos, 1994, reeditado en 2017), Prosas Escogidas (cuentos, 2006), Un Libro Raro (relatos, prosas cortas y poemas, 2007), La Mágica Aldea del Crepúsculo (haikus, 2009) y la novela Monstruos perfectos (2010 y 2014). También en 2014 publicó “La Polio” (Wu Wei). Sus narraciones fueron reunidas en antologías de cuentos en Argentina, México, Brasil, Perú y Alemania. Ha ganado premios y ha sido finalista en diversos concursos de cuento internacionales.

 

Fotografía de portada: Wikipedia. Fotografía de biografía: María Delgado.

 

Lía Colombino, poeta paraguaya

Tres jóvenes poetas argentinos

Presentamos una selección de poemas de los ganadores del Premio Nacional Bustriazo Ortiz, organizado por la editorial el suri porfiado con motivo de sus diez años de vida.

Se trata de Agustín Mezzini, quien obtuvo el premio y cuyo libro El cielo no termina de quemarse está pronto a publicarse, y de las dos menciones que otorgó el jurado: Mariano Caelli por El ciprés de mis penas y Theo Rubel por Memorias del esperero.

 

Poemas de Agustín Mazzini (primer premio):

 

Prólogo

 

Este libro se recordará como el cajón pequeño

donde el autor guardó las manos que desordenaban su vida.

Su corazón oscuro dice “en estas páginas

una casa se derrumba”, y un perro ladra

para espantar su propio reflejo en la pared.

El mensaje viaja rendido en una botella:

la palabra siempre es la marea.

 

*

 

Apología de la tarde

                                                    A Ornella Falcone,

                                                   donde quiera que esté

 

ORNELLA: A mí te trajo la locura

de buscar un beso en otro beso,

las partes más felices de los días

en un traje vacío, en tierra seca,

en los mensajes sin contestar del celular.

AGUSTÍN: En el amor queda sin beber

un vaso de vino, jardines con ángeles de mármol

vomitando agua artificial para siempre.

ORNELLA: Todo está igual menos la que fui:

ella sigue conversando, a las puertas del quizá.

AGUSTÍN: No digas nada y tocá el silencio.

Escuchá palpitar las vidas

que viven dentro de mi vida.

 

*

 

Babel

 

                                         Babel, una película de González Iñárritu

 

Hoy, que mis emociones trabajan para el pasado

y las fotografías de mi corazón son descoloridas

aunque retoque la luz o balancee sus sombras,

entro de rodillas a las cosas que besaste

y pinto con aerosol las paredes de sus habitaciones

donde sólo se oyen el piano y los violines de Babel,

el trazo ciego de la mano que toca los relojes muertos.

Todo aquí pertenece al romanticismo del desastre.

Aquí, amor y tristeza son un solo ser agarrándose de la mano,

saliendo de clases, envolviendo en servilletas de cafetería

ese poco tiempo que pasan juntos.

 

Hoy, que mi vida está tirada por ahí y me animo a usarla,

los que vivimos en las cosas que besaste, cargamos la derrota

como piedras (no contamos con espadas, jornal, valentía

o paciencia para esperar milagros: fumamos la ansiedad

bajo la música donde bailan mil trajes vacíos)

esperando a que el lenguaje se crispe

y caiga el rayo del ángel exterminador

para destrozar los sucesos de lo no sucedido.

 

¿Alguien será capaz de tocar el nuevo idioma que amanece?

 

*

 

 

Balada del ragging bull sobre el escenario

 

En el centro de la escena

el boxeador en blanco y negro. Salta,

apunta al pecho de la nada

sin dejarse intimidar por el vacío.

Golpea.

Las gotas de sudor oscurecen el ring.

“Hijo”, le dijeron. “Hijo,

naciste para campeón”. “Hijo,

hay cosas más dolorosas que la muerte”.

Scorsese graba la batalla

cumpliendo la regla de los tres cuartos

y el silencio se queda quieto: LaMotta baila.

Hace rato le quebró los huesos al aire

pero igual sigue, mandíbula apretada,

guantes, uno-dos, y un eco respira.

 

Su única batalla siempre es contra el espejo.

 

 

*

 

Manicomio

 

                                       Homenaje a Leopoldo María Panero

 

Sabiendo a la locura un animal escondido tras la maleza,

descansando al acecho de lo profundo del hombre,

él la hirió como cazador a ciervo,

como flecha de pureza letal a la mujer

que da a luz sin ver el gemido

detrás de la ventana del castillo. Panero,

los eunucos frotan los huevos que no tienen

contra el rostro de la amargura. Eso todos lo saben:

tus doncellas, tus prostitutas, este sentimiento

que agranda la soledad y contamina

la palabra. Lo que desconocen

es ese fuego que no es fuego

sino llama fría

(la vida usó tus versos para decirlo)

en el centro de un animal resplandeciendo,

en el centro de su nido meado solamente por vos.

 

mazzini19

Agustín Mazzini (Buenos Aires, 1993) es poeta, estudiante de la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (Buenos Aires) y de la Cátedra abierta de poesía latinoamericana en la Universidad Nacional de San Martín (Argentina). Ha ganado el primer premio del “Concurso Nacional Homenaje a Jorge Luis Borges” de la Fundación ProArte con su libro Los pantanos de la incertidumbre (sobre el artista y su oficio) en el año 2015 y el Premio Nacional de Poesía Joven “Bustriazo Ortiz” en el año 2017 con El cielo no termina de quemarse (Suri Porfiado, 2017). Ha publicado poemas y entrevistas en diversos medios de Latinoamérica  y fue incluido en las antologías argentinas Apología. Volumen 2. (Letras del sur, 2015), Buenos Aires respira poesía (INCAA, 2013), la argentino-española Orillas.

 

 

Poemas de Mariano Caelli (mención):

 

Algo del miedo

al amor crea.

Como lo brillante

que de opacidad adolece

no deslumbra.

Lo que en sí lleva

fragmentos de ausencia

de duda y flagelo,

(amor por sí solo)

no es

ni sabe perdurar

sin algo

de acogida

tristeza.

 

*

 

No detiene,

acompaña.

Mis angustias

abrazan livianas.

La nostalgia alenta mi caminar

suaviza al enraizarlo

el ciprés de mis penas

reverdece la vida.

 

*

 

Latente

presa aún del peso

la flor

contenida en semilla

ya no se precipita en germinar.

Sabe que brotó

tantas otras veces viva.

 

*

 

Elijo el silencio

nueva música

a permanecer

tapado en lo negro

de esta disonancia.

No veo marcas,

indicaciones.

Creo que nadie escribió mi partitura.

 

*

 

Dejar mi corazón a la intemperie

que tome color

expuesto al ruido y a los mosquitos.

Que otras lo admiren en sus contracciones.

Posarlo sobre papel metálico

y envuelto en film

para evitar malentendidos

y que se rían

y tengan el pudor

de fotografiarse con él

dejándome a mi fuera del cuadro.

 

 

mariano-caelliMariano Caelli nació en Vicente Lopez, povincia de Buenos Aires, el 15 de noviembre de 1992. Estudió en la “Escuela de Música Contemporánea” y se recibió de la carrera de Músico Profesional. Es compositor, arreglador, poeta y docente de guitarra e iniciación en su taller musical La Cuerda Pulsada. Incursiona en la poesía a través de las letras del folcklore y el tango. En el 2016, luego de grabar su primer disco de tangos, milongas y valses con el Dúo Rante, empezó un taller de poesía con Gisela Galimi . El ciprés de mis penas es su primer libro de poemas, inédito.

 

 

 

 

 

 

Poemas de Theo Rubel (mención):

 

Sobre la poesía

 

¿Qué sabe el bizco

del recorrido silencioso de su ojo?

¿Desvío de la belleza a su no ser,

tábano huido de dulzura?

Cuando mira el bosque su ojo

es un estero verde

un calambre de pintor.

Escribir la elipsis de esa mirada

es escribir poesía: a veces

de un parpadeo

el bizco prescinde de las formas

y anda la palabra.

 

*

 

Malditas costumbres

 

Lo que le falta es

nosotrear la noche, un poco bastante.

Pisar al amor en un ciempiés

remover quetefuistes en los prados del dolor,

no es tarea sencilla:

el tan bípedo desanda el camino

dando vuelta las piedras y son tristezas

donde se deja tropezar, malditas costumbres.

¿El olvido de una mujer

cuántas mujeres tiene?

se pregunta y recuerda a todas

menos a la que

una tarde le prometió otra tarde

y adiosó mucho, un poco,

bastante esa mujer,

y le ofreció un abrazo para perder el rostro.

 

*

 

Otoño

 

Recojo paciencia

de mi cuerpo atravesado por

una idea o una mirada

una idea mirada dulcemente

como el vértigo de tu frente en alto

¿Desplumo un pájaro si soplo

el aire de tu boca

y ternúrale el pico

y tiémblame el alma?

Tu beso como consuelo del tiempo

como una parte perdida del labio

que roza lo extraordinario o al menos

decanta

mi nombre en incomprensible

¿Distracciones de la muerte

es decir, recortar el domingo del calendario

hacer un avioncito de papel de un ala

verte dormida?

Un día de estos

-no un día cualquiera-

voy a soplar el aire de tu boca

y cerrar los ojos

como un nido meciéndose en la rama.

                                                                       a Gina

 

*

 

Monólogo de caracol

 

Soy la herencia del Tiempo.

En algún lugar de la espiral están

los rugidos del mar que olvidé. ¿Mi estela?

Adioses ajenos que la lluvia borra.

Soy la herencia del Tiempo

como el viento el ademán del aire de ser eterno.

Quien me pise o eche sal sólo tendrá

restos de coraza

sedimentos de espera.

 

*

 

Anunciación

 

Ahí te veo

apretando la memoria entre los párpados

apretando tu nombre

hijo dolor compañeros,

arriero de las sombras sin cuerpo que van

a tus ojos, cóncavos de tanta vidamuerte

sombras retenidas

en tus ojos cerrados, dos puños contra el olvido

pero dónde estás

dónde estás, Julio

los argentinos tienen que saber,

desaparecido

muy presente, tu sombra palpita

en nuestros ojos.

 

 

theo-rubel

Theo Rubel nació en Buenos Aires en 1998. Estudió en el colegio María Claudia Falcone y en el I.V.A (Instituto Vocacional de Arte). Es baterista del trío Ácropo y vecino-actor del grupo de Teatro Comunitario Alma Mate de Flores. Recibió en 2016 el 1er Premio de Poesía en el marco del Congreso Internacional de Rubén Darío, organizado por la UNTREF.

 

 

 

 

 

 

 

Los bultos

Los bultos

Relato de Carlos Hugo Aparicio (La Quiaca, 1935 – Salta, 2015), representante, junto a Daniel Moyano, Juan José Hernández y Héctor Tizón, de la mejor tradición narrativa del Noroeste argentino.

 

 

Al sacar mi pasaje lo vi por primera vez. Me llamó la atención acaso por el chico morenito. y de cabellos revueltos que tenía de la mano o por la ocurrencia de cerrar los ojos así de pie, casi al último de la fila, como si quisiera de verdad dormir; la cara requemada y tirante en los pómulos, bajo de estatura, engordado, seguro por la edad y la vida disipada que denunciaba cierto sensualismo de su mirada semidormida, vestido por los baratillos y las ocasiones sin importarle el celeste ridículo del traje, grande para él; de vez en cuando sacaba el pañuelo arrugado del bolsillo de atrás para limpiarse la boca de no sé qué murmullos, mientras el pequeño pegado a sus piernas era la imagen de la soledad huraña que en esas regiones se trae desde la cuna. Nada más. Después lo olvidé y hubiese sido para siempre si no estuviera en este mismísimo momento acomodándose para compartir mi asiento en el tren, con sus cinco bultos respaldándolo desde cualquier sitio posible, una valija marrón, barata y baqueteada la pobre, reforzados sus cierres con piola dándole vueltas varias veces a lo ancho y a lo largo; un canasto amarillo con franjas rojas despintándose por el uso, lleno hasta rebalsar en un lomo contenido por lo que parece mantel o servilleta grande; dos cajas, de esas de zapatos, por reventar y también aseguradas a nudos ciegos de piolín; y otra caja más grande envuelta en bolsas vacías de harina o de cemento, palito como dirían los changos en el barrio, todos a su alrededor, arriba, debajo del asiento, qué llevará este tipo, no me dirá que se está trasladando; aunque no es el único, hay quienes suben aún mayor cantidad de bultos.

Las prolijas y enérgicas revisaciones aduaneras de los días hábiles no son frecuentes la mayoría de los domingos como hoy, salvo algún funcionario soñoliento, uno que otro gendarme desvelado se hacen presentes por formalismo a palpar apenas algunos equipajes, nada a fondo como los lunes por ejemplo, abra esa bolsa, vuélquela no importa en el piso, desate esa valija; manos ciegas adentro, escarbando implacables, tanteando por la presa valiosa.

Cómo demora en partir este tren, ya debe estar atrasado; mi impaciencia hojea sin interés el diario de hace tres días (así llega aquí); a mi alrededor crece la agitación con inminencia de última campanada; gente que sube traspirada y acezando, busca lugares apropia dos, aquí che, que no da la luz; gente que se despide en voz alta, saludálo en mi nombre, escribí, no seás floja y no te olvidés de averiguarmeló; gente en el andén, ofertando empanadas, refrescos, masitas, y a escasos cien metros la campana de la Iglesia llamando a misa, y esta ternura que me nace por las calles siempre pálidas y polvosas, abiertas en la soledad, con alguna sombra esporádica yéndose apurada o quedándose al sol, tomándolo casi con abandono absoluto.

La familia en pleno lo ha estado ayudando; su mujer pequeña, bien nativa, ocupándose con manos inquietas y duchas de esto o de aquello, con la seguridad de quien está acostumbrado a hacerlo; los cuatro hijos varones, incluido el pequeño, colaborando a la par, alcanzáme las botellas, subí la bolsa de naranjas, no te olvidés de echar la carta, mejor certificála, hacé el telegrama; y después de nuevo el silencio como una red de la que es imposible escapar; ni siquiera hay la despedida que uno se imagina, insensibilizados como están por esta rutina, con la resignación del que no conoce ni quiere conocer otra cosa, y si lo quiere se lo traga hasta olvidarlo.

A mí, particularmente en esta ocasión, me molesta sobremanera tener que viajar en compañía; no me gusta confraternizar, prefiero gozar en soledad de lo que puede depararme el viaje; qué lindo hubiera sido disponer para mí solo de la ventanilla, sentirme cómodo, a mis anchas, ir saboreando sin testigos meteretes este paisaje entrañable, estirar las piernas hasta el asiento del frente si era necesario, moverme a mi placer; y qué macana si se larga a charlar, cuando toman y apenas se chispean algunos hablan hasta por los codos; que lo parió, cómo no me compré boleto de primera, sólo por ahorrar unos cuantos pesos; ahora con el tren en marcha ya es tarde, y para peor saca no sé de dónde una botellita verde y sin ningún disimulo comienza con los tragos y los tragos, saboreándolos hasta pasarse la lengua por los labios y limpiárselos luego en la manga del saco mirando de paso furtivamente mi mal humor al compás de su coca disimulada como una levísima hinchazón de muelas.

Y ya desde la primera estación comienza a manifestarse su apetito; una sopa aquí, tamales allá, otra botella llena en lugar de la vacía, empanadas de pollo que come quemándose y un vaso de vino tinto para asentarlas.

Era de esperar, con la embriaguez paulatinamente va disipándose su desconfianza; se le va suavizando el rostro áspero, adquiriendo cierta sociabilidad y no sólo en apariencia, sino que después de algunas vacilaciones, por fin parece decidirse.

¿Qué calor, no?, ¿viaja lejos amigo?, me parece haberlo visto antes, ¿no?, qué suerte que no revisaron, ¿no? gracias a que es domingo ¿sabe? vamos a ver más adelante…

Y otro trago, y otro puñado de coca, y otro mordisco a la piedrita gris que saca del bolsillo y escoge de entre monedas, fósforos sueltos y hasta pastillas de menta y píldoras; y yo qué voy a querer de la misma botella ni en broma.

¿Vio mis hijitos, don? y eso que faltaba el mayor, ¿sabe?, lo tengo estudiando en un Colegio de Salta, ¿sabe? sale caro, por supuesto pero qué le vamos a hacer si uno no se sacrifica por ellos, ¿quién más no? y sabe don —ahora: susurra— con esto se gana, cualquier cosa, allá se pelean por las medias, por las radios, basta que sean importadas pagan lo que se les pida, ¿sabe?, claro que hay que saber rebuscárselas, tocar a alguien importante, ¿no? —guiña un ojo— buscarse alguna cuñita ¿sabe?,

me lo cuenta sin la menor desconfianza, siempre amable, aunque una forma de mirar como escurriéndose, una chispita repentina aflora de tiempo en tiempo en sus ojos ya irritados. Casi sin darme cuenta empiezo a alargar mis respuestas, a prestarle mayor atención, a preguntarle a mi vez sacando más frecuentemente la mirada de estas lejanías abrumadoras; ahora sé lo que lleva y me admira que lo haga tan a la vista; exprime salivosamente, puede ser fácil la décima naranja; una sí la acepto; la pelo a las apuradas, desde su boca a la mía se traslada involuntariamente el deseo imperioso.

Pasar la frontera no es problema, ¿sabe?, de noche por las quebradas y el río, sobre burros o a la espalda nomás, ¿sabe?, lo jodido es llevarlo al sur; si a uno lo pillan está listo, ¿sabe?, además de quitarle todo lo fichan y lo meten preso; claro que se sale pero ya no es lo mismo, ¿sabe? uf, hace ya tanto que ando en esto, ¿sabe?, estoy tan acostumbrado… además no sé hacer otra cosa… y como le digo, sangre fría y suerte, sabe, don…

Y los tragos se suceden como los mojones de los kilómetros, y la voz traspirada va decayendo y dando paso a un sueño húmedo y pesado.

Afuera pasa lo de siempre, primero la pampa pelada y dura de la puna, con su sobresalto de llamas de ojos de mujer ojos diseminadas en la inmensidad desolada de 1a tierra ocre perdiéndose contra los lejanos cerros azules, tierra de una belleza que se da sin precio ni consuelo; después, y a medida que se desciende, el suelo va verdeciendo tímidamente y los arbustos se mezclan con los cardones y los primeros árboles, sin olvidar del todo aquella piedra solitaria, sentida como la piel del hombre que trepa al tren donde nadie se imagina y se envuelve en un rincón de intemperie vieja como su poncho.

Ahora un ronroneo envidiable acompasa su respiración; el sol que irrumpe por la ventanilla le quema seguro la cara de brillo aceitoso; una lentísima gota baja rastreando por la mejilla derecha y la comezón que me da a mí a él no lo inmuta; se me está haciendo simpático, ya no me importa tenerlo al frente; y miro en él al pequeño del mechón rebelde, inmóvil de su mano como mimetizado por el afecto o el miedo. Recién se despierta, se prueba la saliva; pestaña; con el revés de la inane se seca la frente; estira pegajosamente brazos y piernas; bosteza aflojándose el saco; repara en mí como disculpándose; escupe sobre el piso, entre sus pies, y pisa restregando el escupitajo; respira hondo y en seguida se hurga impaciente por la botella; le da un trago interminable.

Se le ocurre levantarse en cada estación o parada,

Me cuida los bultitos, ¿quiere, don?, vuelvo enseguida, ¿no se le ofrece nada, no?

y se baja al andén; desde luego otra empanada, otro vaso de vino, qué aguante.

Dormito también, o al menos trato, o si no, miro la gente que sale a ver pasar el tren; las muchachas en especial que pasean bien arregladas y alegres; por ahí también me compro un quesillo, una manzana.

Cuidemé mis

bultitos, don, esos cinco, ¿sabe?,

 

sí, ya sé, ya sé, los tengo metidos en la memoria de tanto mirarlos y cuidárselos; esto ya no me gusta; conversar, acompañarse, pasar el rato, vaya y pase, pero cuidarle sus cosas en cada detención sin que yo mismo, pueda moverme para mis necesidades me suena como un abuso, una falta de delicadeza; no se da cuenta o no le importa; qué desconsiderado, él dándose los gustos y yo velando por su contrabando, sí señor, su contrabando; se me vuelve la antipatía, la incomodidad, que lo parió, en primera se rola con otra clase de gente, de más categoría, turistas, estudiantes, personas respetables;

Cuidemé mis bultitos, don.

Ya ni necesita decírmelo; y, es el colmo, ya ni me lo dice; se levanta y se va, y yo, señor, clavado en este lugar como un cómplice cualquiera, a cargo del platal en medias de náilon, transistores, relojes y qué sé yo.

Y tiene suerte el tipo; la suerte que se ruega seguro allá detrás con velitas a la virgen; suben gendarmes del sur, se les nota en la tez clara, en los ojos, en los cabellos, en el acento; parecen contagiados del desgano del domingo pues se conforman con mirar al vuelo, pedir algunos documentos y listo;

Puede decirse que ya estoy salvado, ¿sabe?, aunque revisen a la llegada, allá me las sé arreglar, ¿sabe, don?…

Y otra vez el guiño confianzudo del ojo; y no sé qué contestar unido como me siento a su alegría; la vela lagrimea incesante frente a la imagen impávida de la virgen en la estampita dorada y vieja.

Otra estación a la media tarde y

Cuidemé los bultitos,

¿ya?

cuándo no; paciencia; me da sueño, sin darme cuenta dormito unos segundos, bruscamente me repongo, aspiro hondo, abro bien los ojos, pero tras un pestañeo inútil caigo dormido del todo; la modorra me puebla corno un arrullo poderoso, me entrego totalmente al sueño a pesar del último esfuerzo de la voluntad pegajosa.

Me despierto al rato; el tren se halla en plena marcha; me despabilo avergonzado, sin embargo nadie repara en mí, y hasta hay quienes duermen en insólitas posturas. Pero qué pasa, el del frente no está; los bultos, uno, dos, tres, cuatro y cinco, sigue en sus lugares tal cual os dejó; con quién se habrá encontrado tal vez en otro coche; mejor así, por lo menos me deja tranquilo; pasan los minutos, otra estación, de nuevo en viaje, y no aparece; me da rabia, por qué tengo yo que afligirme, que aparezca cuando se le dé la gana y si no aparece a mí qué me importa; súbitamente me pongo de pie, renegando entre dientes recorro el tren de punta a punta y no lo encuentro; dónde se habrá metido, hay que joderse, qué me hago ahora; ¿lo estará haciendo a propósito?, ¿para qué?, ¿por qué?; a lo mejor no es con trabando o es uno más serio de lo que pensaba; me fijo asiento por asiento, en el coche comedor incluso, y no está, ni señas; a quién contárselo, pedir ayuda, ni soñando; lo más probable es que haya perdido el tren; un vasito de cerveza más, sirva otro plato, hay tiempo; se ensordece uno a veces con algún sabor, alguna sensación; merecido lo tiene, qué forma de viajar, se diría que lleva trapos o papeles viejos; y no digamos su falta de cortesía, señor, ésas no son maneras; qué hago, qué hago, me dan ganas de irme a otro coche, y que se vayan al diablo sus cosas, qué tengo que comprometerme por un desconocido; pero no puedo, no puedo; además estará desesperado,

Mis bultos, mis bultitos, paren el tren, dónde hay auto de alquiler, por favor, pago lo que sea, Dios quiera que ese señor tan atento me los cuide, mis bultitos…

Se me van como por encanto el sueño y el cansancio; no quiero ni pensar en el lío en que me estoy metiendo, ni que haya otra revisación aunque invente excusas inservibles, maneras ridículas de burlarla; de ésta sí que no me salvo; bueno, si vienen les digo la verdad, que no son míos y chau; pero ésa no es la verdad que siento, la que me deja conforme y no tardo en comprobarlo:

Esos bultos, señor, ¿son de usted?,

Si,

son míos, míos

Ah, está bien, boletos por favor, boletos…

Así que son míos, pedazo de estúpido, míos; los miro rencorosamente, los odio, los patearía hasta cansarme; aunque no sé, algo me impulsa a ampararlos, a no abandonarlos. Me aquieto, trato de resignarme, qué más me queda. Cómo será mi desatención a los demás que recién me doy cuenta de que entramos melancólicamente en la noche y con ella en los últimos tramos del viaje; he perdido la noción de la distancia, del tiempo; mi traje está arrugado, sucio de tierra, en mi piel siento una sequedad agobiante, como si por horas hubiese estado la vida, el tiempo bajo mi piel, y yo encima, inalterable, inmóvil.

Me resigno a que no aparezca; ahora lo que me preocupa es que me registren en la llegada; cómo bajo los bultos para no llamar la atención, con quién me encuentro, qué vergüenza, a cuál hotel voy, cómo averiguo del tipo, a lo mejor se consiguió nomás un auto y me estará esperando entre afligido y sonriente, el pobre, qué suerte, qué alivio bárbaro, me miro darle la mano, abrazarlo,

No, no es nada, al contrario, mucho gusto, el placer ha sido mío…

Claro que de haber sido así tenía ya tiempo de haberme hallado en alguna estación anterior; lo más seguro es que esté la policía,

Usted es su compinche, confiese todo

No, yo no sé nada, lo juro por mis hijos, no sé nada, es tan sólo una casualidad maldita…

Pasa de nuevo el guarda, se me hace que me mira con mayor fijeza; sin embargo sonríe al pedirme el boleto; ya estamos llegando.

Revisan. Nadie se puede librar. Por una denuncia, hoy el registro será más riguroso. Se me afloja el estómago, la memoria, las piernas; traspiro entero; me cuesta respirar, se me traba la lengua, tropiezo al primer paso, quisiera meterme en el último rincón, esconderme para siempre; yo no he sido, señorita; ha sido el niño de aquel banco; yo no he sido, papá; yo no he sido, mi sargento; señor jefe, yo no tengo la culpa.

Nos hacen bajar en orden estricto para irnos me tiendo en un galpón amplio; ahora negar sería infantil, yo mismo he acarreado uno por uno los bultos delante de todo el mundo, los he acomodado a mi lado, sin fuerzas para rebelarme aunque mi mujer llore toda la noche y mis hijos me llamen a los gritos.

Revisan gendarmes y aduaneros de civil, sin pausas, con saña, seguros de encontrar lo que pretenden; ya hay varias valijas desentrañadas, algunas sin culpa, otras con el delito a la vista, a los pies de los responsables; llora una mujer retorciendo su pañuelito, mira un perro en los ojos.

No sé por qué me he tranquilizado, será que en el fondo no soy culpable, será que guardo la secreta confianza de ver aparecer al dueño el rato menos pensado y se haga cargo como corresponde, él es canchero y no le va a ser difícil superar el mal momento; será lo que Dios quiera; me asombro de mi propia calma, hasta se me ha disipado por completo la indignación que tenía contra el verdadero responsable.

Le toca a usted, amigo…

El oficial me mira, después mira los bultos, sólo un ratito, me mira de nuevo más fijamente, no disimula la sorpresa y suelta sus palabras como si no hubiera nadie más que nosotros dos:

¿Vos aquí?, qué hacés viejo, cómo te va; mirá dónde te vengo a encontrar, te acordás de mí, ¿no es cierto?

(No me acuerdo un pito, no lo conozco ni jamás lo he visto antes.)

Sí, claro…, qué tal, cómo no me voy a acordar…

Qué hacés che; y esos bultos, ¿son tuyos?

Y, sí, son míos…

Bueno, siendo así llevatelós nomás, qué te voy a revisar a vos, sos mi amigo, ¿o no?,

Y su carcajada es como una lluvia torrencial sobre la mayor sequedad de que tenga memoria; qué frescura para desnudarme entero y bailar de alegría; qué sed repentina para beber el trago del alivio más largo del mundo.

Además te veo después de tantos años y siendo mi viejo amigo basta, ¿eh?

Me palmotea confianzudamente; por mí puede golpearme si quiere; me ayuda solícito a conseguir changador, me despide alegremente;

Si te quedás unos días a lo mejor nos vemos por ahí…, sería lindo para recordar tiempos idos, ¿eh?, chau viejo;

Chau, chau, gracias, muchas gracias…

Con cada palabra trato de vaciarme la mala sangre, el pus, de quedar limpito; los nervios afuera como los cables gastados de una luz dolorosa, todo a la basura, mientras voy dejando atrás, sin volverme a mirarlo siquiera, el último saludo de esa mano extraña.

No me acuerdo el nombre del Hospedaje, ni cómo he subido hasta este cuarto en el segundo piso, ni quién me ha ayudado, me ha atendido; solamente sé que tuve tal sed que me tomé tres naranjadas al hilo, si no me equivoco al contar las botellitas vacías sobre el velador. Tirado, sin desvestirme, sobre la cama, he dormido de un tirón, sin un sueño.

El sol penetra por la ventana abierta, se expande por la pared como una mancha de aceite. Me levanto, me aseo, mientras me cambio de ropa los descubro tal como los dejé, amontonados en un rincón; de golpe me siento otra vez como en un nudo ciego, y al acercármeles para acomodarlos mejor, noto en el aire como el rasguño de una desconfianza, el gruñido de dientes inamistosos, me detengo tercamente rechazado; intento varias veces aproximármeles pero me quedo en el ademán trunco de acariciar a un perro abandonado, bruscamente hostil.

Salgo a la calle desorientado; no sé qué voy a hacer; leo de punta a punta el diario, en vano; merodeo por la Estación; a la Policía no puedo ir; ni siquiera le sé el nombre ni la dirección como para escribir; si no fuera que jamás creo en cosas sobrenaturales, no sé qué conclusiones sacaría.

No vuelvo al Hospedaje en todo el día; vago por la ciudad buscando entre la gente algún rastro, algún indicio; en el mercado gasto horas con los que comen olvidados a lo largo de mesas comunes y beben interminablemente. Cómo puede ser, qué es lo que en realidad está pasando; no hay lógica, no hay explicación.

A la tarde entro a un cine para olvidarme un poco, pero es inútil, yo sólo miro películas de un desaparecido que me condena a un arrinconamiento en plena intemperie, a ser un náufrago mudo en medio de miles de manos disponibles.

Al volver a mí habitación me cuido de hacer ruido, no quiero despertarlos, temo a los dientes por morder, los respingos huraños; sin prender la luz me acuesto a la adivinanza, me tapo cabeza y todo.

Madrugo; nunca me he vestido tan rápido ni tan a los tirones; salgo a la calle sin mirar siquiera el rincón hostil; no quiero volver más a ese cuarto, que se pudran; hoy mismo me voy; no sé si lo he soñado o lo he sentido entre sueños: toda la maldita noche sollozos arracimados, apenas perceptibles, ayes lejanísimos, gemidos como enterrados, aullidos diminutos; quejidos diminutos, voces como en sorda oración. Me viene una pena más grande que yo, lástima de mirar por ejemplo la soledad de la vida delante de una familia entera humildemente agrupada para una fotografía amarilla; ando extraviado por calles cuyos nombres olvido; ni en las plazas siquiera hallo sosiego; la mosca de un presentimiento zumba terca alrededor de mi corazón aunque me niegue con todas mis fuerzas a hacerle caso.

Y entonces todo es como una trompada traidora en la nariz o un telegrama de luto al alba en menos de siete líneas del diario, escritas sin saberlo justamente para mí, entre titulares de guerras, revoluciones, huelgas, amores, la página social, las loterías, necesito muchacha buen sueldo, el próximo domingo otra fecha del campeonato de la Liga; pobre tipo, ya sabía yo, quién aguanta comer y comer, chuparse botella tras botella; alguna vez el corazón también se cansa.

 

Corro a lo que doy, tropezando contra la gente, chocándola, subo las escaleras a los saltos, casi me resbalo y me voy al diablo; qué desgracia, abro la puerta con los dedos con lágrimas, me arrodillo junto a ellos; mansamente se entregan a mis manos, los acaricio enceguecido entre papá, papito, mi marido; trato de suavizar los nudos de la piola, palpo temblorosamente la piel gastada de la valija, quisiera abarcarlos en un solo abrazo que los haga llorar, desahogarse sobre mi pecho, humedecerlos de lo que pudo ser lo último en gritar, en pensar, en pedir, mis hijitos, mi mujer, mis bultos.
1974

 AparicioCarlos Hugo Aparicio (La Quiaca, 1935 – Salta, 2015). Publicó, entre otros, los libros de poemas “Pedro Orillas”, “El grillo ciudadano”, “Andamios” y “El silbo de la esquina”; y de cuentos “Los bultos”, “Sombra del fondo” y “Días de viento” . Su única novela, “Trenes del sur” (1988), obtuvo el primer premio regional de narrativa otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación.

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