by Claudio Medin | 17 \17\America/Argentina/Buenos_Aires junio \17\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Narrativa
Tres fragmentos de la última novela del escritor chaqueño Francisco Tete Romero
Tu carta y ese perfume vegetal, mamá, me llevan en otro crepúsculo, no naranja ni violáceo sino gris negruzco, lluvioso, a una nueva desventura. Abandono el hotel. El último micro sale a las 23:00. Ítaca es ahora, para mí, definitivamente extranjera.
Voy hacia tus últimos vestigios, me dejo guiar por la sospecha de un hilo invisible, un aroma de infancia que parece tramar tu carta con evocaciones de lejanos atardeceres en una terraza del Chaco. Desde allí, brumoso pero persistente Obligado 145, peñasco solitario contra tantos abismos, me mira siempre un niño de siete años. Me mira sin pestañear. ¿Qué me pide ese niño? ¿Qué mensaje estoy grabando allí, treinta y tres años atrás, al hombre que soy?
Voy hacia lo que fuera tu última casa, mamá. Pero no lo hago enseguida, avanzo lentamente protegido precariamente por un pequeño paraguas negro, descartable. Me voy demorando en cada esquina, atisbo el río urbano que va dejando y sigue alimentando esta lluvia de ya once días. Camino descalzo, con las botamangas del pantalón arremangadas, con la mochila a la espalda. Deambulo un rato a la deriva atravesando en las veredas una maraña de rostros hostiles y de bocas apenas entreabiertas que maldicen entre dientes a la lluvia y a los indioso mendigos.
No va a parar nunca, cada vez peor, lluvia de mierda, lluvia puta mascullan esas bocas; van a venir, esos van a venir, indios de mierda, roñosos, ¿les viste las caras, te fijaste cómo miran? No sé por qué los dejaron venir. Que se vuelvan a sus taperas. No sé qué carajo quieren.
También maldicen a los cartoneros cuyos carros suben a veces hasta la mitad de las veredas para retirar los restos de papel y cartones que arrojan de sus negocios. Pero no tanto, porque son sus desechos, sus restos los que levantan, porque por lo menos éstos cumplen un servicio y tienen uniforme y no sé lo que haríamos si no vinieran. Eso dicen de los carros oficiales, los que tienen el logo municipal. Los otros carros, los otros cartoneros, “los negros y negras tapes”, los nieris, no pueden transitar y ya casi no se animan a incursionar por el centro.
Escucho la furia ciudadana del microcentro, su viejo renovado racismo, huelo su miedo, delante o detrás de sus bolsas de arena, custodian las trincheras que han podido erigir contra la otra furia, la del agua que estalla de un cielo cada vez más bajo y oscuro. En las calles una caravana de autos y camionetas circulan a paso de hombre. Y sus choferes también maldicen. Las calles del centro comercial de Resistencia huelen a ira y espanto.
Llego a la plaza central y a partir de allí el paisaje es otro. La atravieso desde Frondizi y Juan B. Justo hasta llegar a Mitre y Marcelo T. de Alvear. Está completamente vacía. La breve paz de los olores vegetales que descienden de los árboles se muta luego en un sentimiento por ahora innombrable. Algo como un fuerte desasosiego. Pero no sólo eso.
En cuatro esquinas, desde Mitre y M. T. de Alvear hasta Güemes e Irigoyen, cuatro grupos de campesinos, hombres por un lado, niños y mujeres luego, jóvenes por otro y hombres otra vez, siguen clavados en su espera de una respuesta, de una entrevista oficial que según el noticiero local de las 20:00 no llega aún pero no demorará en llegar. Veo moverse entre esos grupos a un hombre de cuerpo macizo y un poco encorvado envuelto en una capa de lluvia de lona verde. Lo veo cruzar la Avenida Sarmiento y avanzar hacia la esquina del correo.
Veo otra vez a esos dos jóvenes tobas. No deben tener veinte años todavía. Escriben en las paredes del Correo Central Meguesoxochi. Trazan las letras con pedazos de carbón. Escriben en su lengua qom. Dibujan con sangre, con su sangre, la silueta de un pájaro rojo. No conozco ese pájaro rojo.
Desde esas cuatro esquinas también leo las letras de grafitis que se cruzan y yuxtaponen, la mini batalla de las tribus juveniles en aerosoles rojo y negro: “Cojo si me Kerés un rato”, “Mueran los nieriskumvieros”; “Tatuame el korasón con tu esperma”; “kiero alimento blanco”; “que se vayan todos”, “Pako jerte, comprame un biaje”.
Y escrita a pulso de carbón, solitaria: “Somos Meguesoxochi”.
Ahora la lluvia se hace más intensa, arrecia sin pausas. No es torrencial pero lastima porque un viento sureste nos arroja en la cara su cifra invernal. Somos tres únicos transeúntes ascendiendo por Mitre. Pero en cada esquina hay una camioneta cuatro por cuatro de seguridad privada, con tres o cuatro guardias vigilando cada movimiento. Y en cada esquina hay también pequeñas prostitutas que no superan los quince años con sus polleras muy cortas o sus pequeños short, guarecidas bajo paraguas de varios colores. No les faltan clientes.
Al cruzar la Avenida Paraguay sólo yo permanezco en esa calle. Todas las puertas y ventanas de las casas están herméticamente cerradas. Los faros del alumbrado público iluminan penosamente las aguas que corren como río urbano, trazan allí figuras temblorosas, fantasmales. Gruesas gotas de lluvia caen como látigos sobre ellas, las cruzan, mutilan y agitan.
Llego por fin a la última casa que habitaste, mamá, estoy ahí y no sé muy bien qué hacer ni por qué vine. Dudo unos instantes frente a la puerta de entrada. Sé que no puedo demorarme, sé que me estarán vigilando. Pruebo suerte con el picaporte del portón lateral. No está llaveado, sólo tiene puesta una traba. Ingreso rápido a tu casa, mamá, llego por sus bordes, voy orillándola por un pasillo angosto que me lleva hasta una galería techada, iluminada débilmente, y a un patio bastante grande y descuidado. Dejo caer el paraguas negro, ya completamente inútil.
Me siento cansado, apoyo mi mano derecha en una de las columnas que sostienen el techo de la galería y aspiro con fuerza el aire húmedo y frío que viene de lo que hasta hace poco fuera un jardín. Y entonces el viejo aroma del malvón viene hacia mí, penetra en mis pulmones, me entibia las entrañas, me ilumina por dentro.
Había olores y rincones que extrañabas, la terraza y el malvón, que nunca los volviste a sentir ni a pisar, me habías dicho en el ochenta y nueve. La única terraza que conocí fue la de la calle Obligado, me dijiste en voz baja, como si me confesaras tu más preciado secreto.
Y ahora volvés a mí, mamá, trayéndome ese perfume entrañable. Fumo en tu honor, fumo con vos, con tu recuerdo, como sé que vos lo hubieras hecho en un momento así.
Sólo puedo medir el tiempo que transcurrió así, de ese modo, mi mano derecha sosteniendo mi cuerpo, apoyada en una de las columnas del techo de la galería, a través de lo que puede durar en mis labios y dedos un cigarrillo negro. Duró eso, la efímera vida de un cigarrillo negro, fumado en una noche de lluvia que trae desde tu último jardín –desde una ausencia de veinte años- el viejo aroma del malvón.
Fue suficiente. Me bastó. A veces la vida roza de tal forma la belleza que nos hace olvidar por unos instantes del hueco esencial que llevamos como llaga abierta.
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“Fui soldado del ejército paraguayo a los diez años, pero eso no importa. Tampoco importa demasiado contar cómo entré en él ni como él entró en mí. No tuve opción. Tampoco la tuvo el Paraguay que éramos. Sentía terror y temblaba al principio. Mi madre, María Amanda, me dijo al despedirse de mí que me seguiría y se convertiría en mi sombra protectora, que acamparía, como otras madres, cerca de donde anduviéramos y que mi destino era el suyo. Yo ardía de odio cada vez que recordaba que mi padre había muerto por defender su tierra en la batalla de Abaí, el 11 de diciembre de 1868. Más tarde también murieron mis tíos. En el invierno de 1869 yo era el único varón que quedaba en mi familia.
En enero Asunción había sido ocupada, completamente saqueada e incendiada por el enemigo, nuestras mujeres violadas y la población masacrada. De ella sólo quedaban ruinas y miseria. Nuestro ejército ya estaba en retirada. El Mariscal Francisco Solano López no quiso rendirse, rechazó categóricamente las intimaciones extranjeras y los pedidos y consejos de sus camaradas. Prometía continuar luchando hasta el final. A escondidas, no pocos rumoreaban que estaba loco y nos llevaría a todos al suicidio.
Ese fue el fin de nuestra infancia. Como la mayoría de nuestros padres, tíos o hermanos mayores estaban muertos o prisioneros, llegaba así el tiempo en que debíamos dejar de ser niños y luchar junto a las mujeres, nuestras madres y hermanas, en el ejército para seguir resistiendo la inminencia de una derrota que sabíamos ya que significaba nuestra destrucción como pueblo.
Cada vez que vuelvo a este último momento de la batalla de Acosta Ñú, congelado e intacto para siempre en mi memoria, regreso a ese campo grande y me veo y nos veo al borde de ingresar en ese abismo de la verdad de uno mismo que es muy difícil de soportar, porque allí ante lo que es capaz o no de hacer un hombre a otro hombre, cada uno de nosotros encuentra su propia medida, la talla exacta de la que está hecho. Después, si se sobrevive, hay que aprender a vivir con eso que se descubrió.
Veo a los niños más grandes entrar en combate, sus rostros crispados, desencajados por una mezcla siniestra de miedo, espanto, súbita furia y valentía. Veo a Ramón, el más alto de nosotros, perder un brazo, a José luchar con bravura contra dos brasileños. Veo miembros arrancados por todas partes, piernas y brazos, de niños que yacen ahora como carne gimiente atrapada en un solo grito que tapa el ruido de los disparos, de los cascos de los caballos, los insultos en portugués y en guaraní.
Veo a los niños más pequeños correr aterrorizados cuando la infantería se lanza sobre nosotros. Veo a Andrés, de seis años, llorar y aferrarse a las piernas de un soldado brasileño rogándole que no lo mate. Veo cómo ese hombre lo degüella. Veo esta escena repetirse y multiplicarse a mi lado e inmovilizarme. Veo a un grupo de madres salir de la selva en la que estaban escondidas siguiendo con angustia indecible el desarrollo de la batalla. Escucho sus gritos desgarrar el aire y extenderse en un tiempo sin tiempo para imponerse a cualquier ruido, a cualquier otro grito. Las veo tomar las lanzas y correr hacia donde estamos nosotros, mirarnos a los ojos, decirnos sin palabras o con ellas que iban a enfrentar a la muerte, putearlos a nuestros enemigos con la lengua que nos enseñaron, comandar con sus cabelleras ahora al viento este ejército de mendigos que se resiste a ser carne de cuervos o esclavos. Veo a mi madre entre ellas, pero no busca comandar ningún ataque. Me busca a mí. Veo cómo los niños más grandes siguen a esas mujeres y se enfrentan con su solo coraje irredento ante lo imposible. Veo de pronto cómo un soldado a caballo está a punto de alcanzarme con su bayoneta, pero no sé cómo mi mamá llega antes con su lanza y se la clava en medio del pecho. Veo cómo se arroja sobre mí, me tumba al suelo que hiede a sangre, bosta y pólvora, me abraza fuerte, segundos antes de que una columna entera de jinetes pase sobre nuestras cabezas.
Cuando la muerte termina de pasar por encima de nosotros, veo que todo está concluido y están haciendo prisioneros a los niños que sobrevivimos. Mi madre me arrastra de un tirón y huimos hacia el interior de la selva. Cae la tarde sobre Acosta Ñu. Las madres que sobreviven y las que siguen saliendo de la selva, tratan ahora de rescatar los cadáveres de sus hijos y socorrer a los sobrevivientes. Entonces descubrimos que en la guerra el mal no tiene ningún límite. El Conde D’eu, príncipe francés, ordena incendiar la maleza “para exterminar de esta tierra maldita hasta el feto del vientre de la mujer paraguaya”. Veo a niños como yo convertidos en llamaradas vivientes correr y lanzar gritos que jamás pensé que podían provenir de persona alguna. Veo sus cadáveres calcinados. Veo arder también a sus madres y veo la mano de mi madre taparme la boca para que el grito de horror que está ascendiendo como fuego líquido por mi garganta se ahogue dentro de mí y se vaya muriendo abriéndome un tajo que me rompe el corazón.
Pero todavía nos estaba reservado un castigo aún más cruel, porque el Conde manda a sus hombres a cercar el hospital de Peribebuy, mantener en su interior a los enfermos, en su mayoría niños y jóvenes, y ordena incendiarlo. Veo a lo lejos el hospital en llamas cercado por los soldados brasileños. Los veo empujar a punta de bayoneta, hacia las llamas, a los pocos enfermos que logran salir del fuego. Escucho sus gritos, escucho los gritos de mis compatriotas cuya carne está ardiendo en este infierno del que mi mamá busca salvarme. Todavía los escucho. Me salva la vida. Ahora que lo pienso mejor, debo escribir que me la vuelve a dar. Después, sólo veo mis pies y sus pies descalzos internándonos en el vientre abovedado de la selva.
Supe después que el general Caballero y los pocos hombres que sobrevivieron con él lograron escapar en medio del fragor del combate, confundidos entre esa maraña de cuerpos y uniformes bañados de sangre.
Supe también, meses después, cuando bajando hacia el sur llegamos con mi madre a las afueras de Asunción, tras recorrer más de setenta kilómetros, que según los aliados y el gobierno títere, de facto, que se había instalado en la que fuera nuestra ciudad capital, en la batalla de Acosta Ñú sólo habíamos sobrevivido setecientos paraguayos mientras el enemigo sólo había sufrido cincuenta bajas.
Vimos de lejos los cadáveres todavía sin sepultar, exhibidos como macabro recuerdo y amenaza. Vimos a los cuervos sobrevolar esas calles y alimentarse de ellos. Vimos a mendigos, mujeres y niños que también parecían cadáveres o que pronto lo serían.
Supe en toda esa travesía tierra adentro lo que no hubiera querido saber jamás, las ejecuciones de más de cuatrocientos paraguayos que el Mariscal López había y estaba ordenando. Lo supimos de bocas angustiadas de mujeres que también escapaban de los restos del ejército que nos quedaba. Escuché que esto sucedía desde los comienzos mismos de la guerra, con el arresto y hasta la muerte de los oficiales que fracasaban en las misiones que se les encomendaban, con la persecución cruenta a ciertos generales y oficiales sospechados de conspiración, con la creciente sospecha que fue incubándose en el alma del Mariscal de que estaba rodeado de traidores, lo que lo llevó incluso a creer que su propia madre y hermanos y su cuñado, ministro de relaciones exteriores, complotaban contra él y a decidir sus arrestos. Supe tiempo después, ya en Argentina, que su madre fue perdonada tras varias semanas de encierro y sus hermanos desterrados. Pero que su otro hermano, Benigno López, junto a su cuñado ministro, su otro cuñado el general Vicente Barrios y muchos otros oficiales y funcionarios fueron ejecutados a fines de 1869. Y en el camino hacia las cordilleras los soldados que aún nos quedaban mataron a más de cien compatriotas, entre ellas las esposas de oficiales de nuestro ejército. Otros tantos, murieron encerrados en nuestras cárceles.
Y supe en todo ese penoso errar con mi madre por selva, ríos, caminos polvorientos y fangosos, lo que es el hambre y la sed, la intemperie ante el sol, la lluvia y la tormenta, pero por sobre todas las cosas supe que la voluntad de mi madre por salvarme era inquebrantable. A los pocos días de nuestra huida de Acosta Ñu, agotado de tanto caminar, con fiebre, hambre y sed, me senté bajo la sombra de un árbol en plena siesta. Vi a mi madre sentarse a mi lado, vi sus pies lastimados, su rostro surcado por arrugas, ajado, pero todavía hermoso a sus treinta años. Vi su cuerpo flaco, pero aún fuerte, vi cómo sacaba sus pechos fuera de la camisa que alguna vez había sido blanca, vi sus pezones hinchados brillando por el resplandor de un rayo de sol que se posó en ellos y vi como tomaba mi cabeza y la inclinaba contra sus pechos llenos de la leche que no había podido darle a mi hermano que había nacido muerto hacía dos meses. Y me vi con la boca y los labios resecos aferrados ahora a los pezones de mi madre buscar desesperadamente la vida que se me estaba escapando. Supe entonces, mientras su leche bajaba por mi garganta, que esa mujer merecía que viviera y me convirtiera en un hombre libre”.
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Siempre llamé abuelo a mi bisabuelo Chigioye, espíritu de monte, un pi’oxonaq, el médico toba milenario, el que cura las afecciones del cuerpo y del espíritu. Pero además un oixiaxaic, el que sabe las palabras para comunicarse con lo sagrado. Nunca le gustó que lo llamaran Luciano. Al imponernos nombre cristiano nos marcaron como a una vaca decía. Vivía en las afueras de Pampa del Indio, a orillas del Guaycurú. Piguennecley, así se llama en nuestra lengua este pueblo, montes de espinallares quiere decir, me dice MapicLavogo ni bien llegamos en un atardecer de sábado de agosto. Los soldados lo llamaban Los Pozos, porque aquí había algunos reservorios antiguos de agua permanente que habían hecho nuestros mayores. Nació como un fortín, en 1907, para tenernos a raya, como decían. MapicLavogo habla como en un susurro y su voz se mezcla con el canto de un pequeño pájaro colorado que no conozco. Nallalaqpi, una perdiz del monte, me aclara con una sonrisa al ver que mis ojos se posan en el follaje de un lapacho colorado florecido.
El abuelo había nacido en Napalpí en 1882, falta apenas una semana para que cumpla cien años. Cuando me ve llegar a su rancho de adobe y paja me muestra una sonrisa serena, me abraza y siento en el contacto estrecho con ese cuerpo ya pequeñito la energía que le conocía de chico y que todavía sigue habitando en él. Me recibe como si yo fuera para él la persona más importante de su vida.
Desde ese atardecer estamos juntos durante siete días. Lo escucho como jamás escuché a nadie. Lo escucho mientras caminamos o comemos o nos sentamos alrededor de la fogata que prepara cuando oscurece y a veces estamos minutos en silencio dejando que nuestros pensamientos naveguen y floten en las aguas del Guaycurú, porque el abuelo dice que las palabras vienen mejor y se eligen mejor cuando dialogamos callados con el río que lleva el nombre de lo que somos, guaycurúes de mucho antes del tiempo de los blancos, tobas, a los que los soldados españoles esos dogshi no pudieron nunca hacernos agachar la cabeza.
MapicLavogo está siempre pero sólo se acerca y se sienta con nosotros en las comidas y ante el fuego que se levanta hasta el amanecer para que el abuelo Chigioye pueda narrarme todo lo que necesito saber para ser un guaycurú, un qom como él, como su padre y el padre de su padre. Cuida que ese fuego no se apague.
Mi abuelo me enseña la lengua de mi pueblo, pero no sólo las palabras, eso sólo no sirve, me dice, porque la palabra sin alma es ruido nomás, ruido sin música porque hay que aprender a mirar cómo mira un guaycurú, un qom, cómo mira la tierra, el cielo, la luna, el sol, las estrellas, el fuego y el agua, a los animales y a los hombres; hay que aprender de dónde venimos, por qué estamos en esta tierra desde mucho antes que aparecieran los dogshi, porque para hablar y entender nuestra lengua hay que vivir como un guaycurú. Escucho sus palabras con la boca abierta y siento que viví hasta ahora una vida falsa.
Aristóbulo dice que las últimas dos noches en que estuvo con su abuelo, aprendió a tocar el n’viké pero antes le enseñó a escuchar, a aprender que el silencio está poblado de sonidos y rumores y de espíritus que ascienden desde lo que no podemos ver ni saber sólo sentir sólo convertirlo en música sólo convertirnos en un instrumento de esos sonidos de esos seres si llevamos dentro lo que un pi’onaxaq o un músico de su pueblo debe llevar dentro suyo.
Recuerdo como si fuera hoy, nos dice Aristóbulo, el fogón encendido de la séptima noche con mi abuelo, a orillas del Guaycurú y a MapicLavogo cocinando un pescado. El abuelo me pide que lo ayude a acercarse a su río porque quiere oír de cerca su rumor. Me va diciendo que el principio de las estaciones anuales empieza con No’omaxa, el solsticio de invierno, cuando sale Chi’ishe, el lucero de la mañana. MapicLavogo le trae su n’viké que lo acompaña hace más de cincuenta años. Lo toma entre sus brazos y me mira y cierra los ojos y su mano izquierda arranca con el pequeño arco, chec’nec, unos sonidos que jamás había escuchado, que jamás volví a escuchar y que lleva a mi corazón roto una paz un sentimiento que me ilumina como un abrazo que me da mi mamá cuando me encuentra perdido a los diez años luego de un día entero buscándome. Cuando abre los ojos y me ve se sonríe y me dice que tengo un buen corazón y que mi nombre en nuestra lengua es Qa’aiguishic, hombre del camino y tu nombre hijo danza en el viento de los caminos porque ahora que estoy sabiendo nuestra historia mi misión es contarla no esconderla más para que el espíritu guaycurú no se apague y siga viviendo ascendiendo desde lo que no vemos ni sabemos ni escuchamos para que llegue ese tiempo que dijo que vendría el Meguesoxochi, nuestro último gran cacique, ese tiempo de cielo con luna hijo en el que otros qom reclamarán la tierra y la libertad nuestra.
Cuando teníamos hambre, cuando todo nuestro mundo se caía y el cielo toba que no veíamos no hallaba a nuestra luna mi mamá me decía ya galopa con su caballo blanco el Meguesoxochi ese que no se rinde ese que lo atrapan una y otra vez y no pueden matar y se les escapa ese mi hijo me decía mi mamá y otras mamás tobas se lo decían a sus hijos ese el último cacique guaycurú que no agacha su cabeza ante los dogshi ese nos va a venir a buscar para que volvamos a nuestra tierra a nuestros montes bajo un cielo brillante de luna toba. Y aquí y allá y más allá del Chaco nuestras gentes decían que veían a unos pájaros que a veces decían que era una perdiz de monte, Na´ llalaqpi, y que eso era una señal buena del Meguesoxochi que estaba bien que estaba vivo y se les había escapado a los militares y pronto vendría a buscarnos para llevarnos con él a nuestras tierras para volver a tomar las lanzas y pelear con él por nuestra libertad o para que escuchemos sus palabras y sepamos qué hacer para no desaparecer de la tierra que había sido nuestra. Y otros decían que lo habían visto cuando empezó a llover luego de una gran sequía que rajaba la tierra en su caballo blanco con una mano en lo alto como saludando y una mujer lo había visto como sombra a él y a su caballo cuando los soldados la perseguían y luego de esa visión dijo que pudo escaparse con sus hijos sin que la vieran los soldados.
Eso me dice mi abuelo que en realidad es mi bisabuelo que le contaban su padre y su madre. Dice eso y se calla y después me toma la mano y me dice que cuando termine la noche se va a morir y que no me apene porque vivió cien años y morirá bien descansará ahora que sabe que uno de los nuestros llevará por los caminos del Chaco la memoria de todo lo que me contó durante siete días.
Me dice eso y me pide que toque para él durante el resto de la noche el n’viké que dice que ahora es mío.
Así lo hago y MapicLavogo se sienta a nuestro lado. Cuando abro los ojos porque MapicLavogo me está tocando los hombros veo que el abuelo Chigioye ya se fue y tiene en su boca una sonrisa serena. Su Guaycurú rumorea suave cuando empieza a salir el sol. Veo el lucero de la mañana y veo a una perdiz cruzar su cuerpo colorado sobre la orilla del río y su canto me llega como una señal del monte. Después de enterrarlo a mi abuelo me despido de MapicLavogo y empiezo a vivir una nueva vida.
Francisco Tete Romero (Resistencia, 1963). Es escritor, docente y editor, Profesor en Letras egresado de la Facultad de Humanidades de la UNNE, Director de Estudios del Instituto de Educación Superior de la Fundación Mempo Giardinelli y Director del Instituto de Investigación Juan Filloy. Ejerció la docencia en Escuelas Secundarias, en la Facultad de Humanidades UNNE y actualmente en el Instituto de Educación Superior San Fernando Rey. Publicó El regreso del Eternauta (1994), Eclipse de mujer (2006), Culturicidio. Historia de la Educación Argentina (1966-2004), con ediciones en Venezuela y Cuba (2010), Escribir desde nuestras orillas (2009) y Épica de lo imposible (2010). La próxima lluvia (Mulita, 2016), es su última novela.
by Claudio Medin | 17 \17\America/Argentina/Buenos_Aires junio \17\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Festival de Poesía, Poesía
Poemas de una de las voces más significativas de la poesía paraguaya del presente
De Las Cavidades Ausentes, textos escritos entre 1996 y 1999, publicados en 2000.
Las cavidades ausentes
No hay hueco en este espejo
El humo supura sudor
y empaña
Este es el tiempo ácido
Esta la palabra y su género
Aquí está el plomo
robándole peso a la mirada.
De Tierra de Secano, textos escritos en 1998 y 1999, publicados en 2001.
Paraguay I
La trampa siempre llega en barcos a vela
Siempre
Los tentáculos mandaron patrones
omóplatos
redes con alambre y sal
Hoy crece roca en vez de pelo
Ahora
láudano errante somos.
De (lupa), escrito entre 2004 y 2006, editado en 2009.
Es la hora en la que el cielo se pone color rosa y las nubes forman olas (en el cielo). Es la última tarde del año. Las cigarras anuncian algo: la llegada del mes de enero. Su canto inunda la tarde que se convierte en noche. Sólo cuando callan ella cae en la cuenta de aquel canto ininterrumpido. Es la última tarde del año, hay una calma pesada, hay cigarras. Hay cielo color rosa, hay cigarras. Algo se anuncia y ella, tirada en la cama, con los ojos casi cerrados, ve venir lo que se aproxima con la calma de cientos de dromedarios en un desierto quieto.
De El Costado, Inédito.
Cargo con el vendaval
Yo ajusto la nube sobre la cabeza del cíclope
Yo sueño
Rompo palabras ajenas y me pueblo
Yo toco los dedos del aliento
Sí
Yo
que cargo la voz de mí
que me inauguro y me dilapido
y que abismo la sílaba hacia un mar
Yo cavo en el fondo
mi animal.
∞ ∞ ∞
hay un plato repleto de papas hervidas apoyado en la mesa
vapor sube del plato y un tenedor las corta con su borde
desde algún lugar llega una música
repleta de guitarras eléctricas
llueve o hay rastros de haber llovido durante días
todo es pegajoso, no hace calor, pero la humedad lo abarca todo
hay un reloj cuyas manecillas no caminan
el reloj tiene una malla negra
de cuero gastado
también unos anteojos de sol
pero hay también lo que no hay
∞ ∞ ∞
Tengo una picazón en el reverso de mí
Algo yace
agazapado
rampante
quiere morder el suspenso
Parto hoy / de aquí
me voy para irme
Han borrado mi rostro
dos veces
Me han puesto una máscara
una vez
Ahora, después del delirio
muestro el rostro
las plumas en mis manos
el sonido en los ojos dispuestos
el cuerpo guarnecido
atravesado solamente
por un cordón de aire
by Claudio Medin | 1 \01\America/Argentina/Buenos_Aires junio \01\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Festival de Poesía
Nuestro Espacio Literario. Protagonistas, lugares, fechas y horarios de todas las actividades, con entrada libre y gratuita, que se realizarán durante el mes de junio en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires)
Perros en invierno. Presentación de la novela de Omar Álvarez, publicada por Bärenhaus. Participan el autor y Juano Villafañe. Miércoles 7 de junio, 19 hs, Sala Jacobo Laks (3° piso)
Dramaturgias posibles. El teatro pensado desde la literatura. El jueves 8 de junio la entrevistada será Sol Pavéz, quien además presentará su libro, Munus, editado por Peces de la ciudad. Coordina Nara Mansur. Sala Meyer Dubrovsky (3° piso), 19 hs
Intervenciones críticas. El segundo viernes de cada mes, la realidad es pensada desde la literatura. El 09 de junio, Literatura y psicoanálisis, con Adela Costas y Élida Fernández. Coordina Natalia Crespo Sala Jacobo Laks (3° piso), 19 hs
Ficciones. Los nuevos narradores comparten su producción. El jueves 15 de junio, Laura Ponce, Sebastián Robles y Gabriela Luzzi. Coordina Maumy González. Sala Jacobo Laks (3º piso), 19 hs.
El río secreto. Presentación de la nouvelle de Marta Braier editada por El jardín de las delicias. Participa la autora junto al editor y poeta Luis Bacigalupo. Lunes 19 de junio, 19 hs, sala Osvaldo Pugliese (PB)
Las raras circunstancias. El último martes de cada mes la poesía visita el CCC. El 27 de junio Claudia Masin, Catalina Boccardo y Gabriela Pais, junto a Rueca. Coordinan: Marina Cavalletti, Luciana Coronado y Romina Dziovenas. Sala Osvaldo Pugliese (PB), 19 hs.
Foros del Espacio Literario Juan L. Ortiz en la SADE. El viernes 30 de junio, Literatura y fútbol. Participan Juan Sasturain, Carlos Graneri, Marcelo Izquierdo, Carlos De Mateo, Eduardo Quintana, Walter Vargas, Susana Aradas, Pablo Sethman. Casa Lugones (SADE) Uruguay 1371, 19 hs. Coordinan: Juano Villafañe y Santiago Alonso.
by Claudio Medin | 29 \29\America/Argentina/Buenos_Aires mayo \29\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Narrativa
En la línea del cuento moderno cultivado por Cortázar y Rulfo —como observó Giardinelli—, pero arrastrando la tradición de la novela negra que es ya un sello de la escritura de Molfino, “La muerte viaja en una Olivetti” sin dudas se sitúa en la categoría de los grandes cuentos argentinos.
Un cuento genial, memorable, escrito por primera vez en la cárcel, en el período en que Molfino estuvo preso durante la última dictadura militar. Allí, contó en Página/12, había escrito muchos relatos, pero al ser liberado, al cabo de cinco años, salió de la cárcel con las manos vacías y la voluntad de escribir mortificada. Y sin embargo, con el tiempo, el mismo viejo ruido que surgía en la celda y lo impulsaba a escribir, volvió a dejarse escuchar. “La muerte viaja en una Olivetti” fue el primero de todos los cuentos que recuperó de a poco, con paciencia, buceando en la memoria de las palabras.
Publicado originalmente en 1994 dentro del libro de relatos El mismo viejo ruido, ha sido desde entonces una joya difícil de conseguir. Este año, al fin, la colección Mulita acaba de reeditar el libro. Y aquí va, entonces, una muestra del talento de este escritor nacido en Buenos Aires pero criado en el Chaco, su patria adoptada.
LA MUERTE VIAJA EN UNA OLIVETTI
Noticia preliminar
Ralph Endicott, de origen estadounidense y sin más datos de filiación, fue hallado muerto de bala en horas de la tarde del 16 de junio, a un costado de la Ruta 11, en las afueras de la ciudad de Resistencia, provincia del Chaco. El occiso presentaba dos impactos, presumiblemente de calibre 38, en el espacio intercostal izquierdo, uno de los cuales perforó las aurículas provocándole la muerte.
El cuerpo se encontraba en posición decúbito dorsal, semioculto en los últimos dos párrafos de un cuento titulado “La muerte viaja en una Olivetti”, cuyo autor se trata de individualizar.
I
Viejos sueños de papel
A Ralph Endicott le fastidiaban los atardeceres y las mujeres excesivamente flacas. Lo sabía demasiado bien y sobre ese andén había todo eso: un atardecer y muchas mujeres flacas.
Buscó un banco vacío, se sentó y apoyó su maleta contra un basurero. Aflojó el nudo de la corbata, con ambas manos estiró hacia afuera los puños de la camisa e intentó un gesto resuelto, distraído.
El aire empañado y sucio de la estación flotaba fosfórico, casi triste, teñido de humo y voces muertas. Debajo de su viejo traje de gabardina azul se sentía un marciano en Buenos Aires.
Mundo de mierda, dijo a nadie Ralph Endicott. Se sorprendió alentado, como abrigado por “mundo de mierda”. Lo repitió y tuvo la impresión de haberse bebido un doble de Old Forester, sin hielo, claro.
El andén se empezaba a llenar: hombres, valijas y humo. Resopló la locomotora, los pistones le apuraban el asma. Echaba nubes de vapor entre las ruedas como quien dice cosas sin sentido. El olor ya era insoportable. Cualquiera hubiera dicho que estaban fritando grasa sobre los rieles. Hacía frío y Ralph Endicott tenía hambre. No probaba bocado desde dos días atrás y a su edad eso era injusto. Se hallaba sin empleo y sus últimos pesos los había jugado en una apuesta en la que no creía: viajar al Chaco.
Ralph había sido personaje secundario en una novela de Scott Fitzgerald, en Hermosos y malditos. Nada importante por cierto, sólo un extra anónimo que cruza por White Plains. Así y todo, fue su trabajo más significativo. Trabajar para el talento de Scott había sido un placer. Odiaba un poco a Zelda. Jamás se borraría de su mente aquella noche en que Zelda, borracha como una cuba, discutió con Scott sobre el pasaje donde Ralph aparecía. Poco faltó para que su presencia en Hermosos y malditos se fuera al demonio. Borracha, murmuró Ralph, borracha y cagadora.
Desde entonces, la suerte le había mezquinado oportunidades. Sólo papeles sin relieve, intrascendentes, en historias de escritores fracasados, incapaces de unas cuartillas más o menos doradas. ¿O es que acaso alguien recuerda a Archibald Dawn, por ejemplo, o a Denisse Murphy? Sólo escoria, pésima literatura.
Dawn fue el único que llegó más allá de la esquina de su casa: su cuento Ruedas de asfalto fue premiado por The New York Review of Books, en 1947. Y hasta le pagaron trescientos dólares. Allí Ralph hizo de jardinero en un drama doméstico con aristas policiales ubicado en la clase alta de Bay City.
Echó una ojeada a su reloj. Aún faltaba media hora para que su tren se pusiera en marcha. Abrió su anotador y revisó una vez más el nombre del escritor que le habían recomendado visitar. Hace calor en el Chaco, Ralph, le habían dicho.
Es como un trópico: mosquitos, plantas verdes, enormes, que impresionan como venenosas; serpientes, mujeres morenas, mucha cerveza y noches pegajosas. Y sobre todo, historias de campesinos, seguro. Ojalá te vaya bien, le habían dicho.
El maldito olor a estación lo estaba descomponiendo. Le dolía la espalda, aunque más le molestaban las tripas vacías. Era tan desconsolador como ver el Madison Square Garden deshabitado. O peor.
Se recostó contra el respaldo del banco y decidió que el único basurero era el andén. Había de todo, un supermercado de inmundicias: desde vasitos de papel abollados hasta una sandalia que debió pertenecer a Cleopatra. El basurero metálico de su lado, comparado con el paisaje, parecía un quirófano.
Un tipo ridículo de traje de franela gris perla con un clavel mayor que una dalia cruzó frente a Ralph y lo saludó con suave cortesía.
Con Denisse Murphy logró atravesar la década del cincuenta sin apurones. Denisse era una fotógrafa de Kansas que intentó la literatura. Sus cuentos eran muy malos y su única novela todavía debe servir para amenazar a los niños que no quieren tomar la sopa. Hizo de todo con Denisse: mecánico que va a la guerra y es herido en el Pacífico, un amante ocasional de Brenda en Agua de nácar, cuencos de plata, y hasta personificó a un sargento de policía que arresta al doctor Zweig, cortándole una brillante carrera de estafador de corazones femeninos. Por temor a pasar hambre es que duró tanto tiempo entre las insulsas páginas de Denisse.
Durante los años sesenta las cosas cambiaron. En New York se vivía una verdadera epidemia de novelas y cuentos. Los muchachos se las traían, querían contar todo de golpe y de paso le hacían ojitos a Hollywood.
De aquella época recordaba con emoción esa mañana en que poco faltó para ingresar en un texto de Norman Mailer. Hubiera sido consagratorio, pero no pudo ser. El relato La traición y la duda fue destruido por Mailer después de que se intoxicara con una buena cuota de Seconal.
Sobre el andén las cosas iban de mal en peor. La noche rojiza de Buenos Aires lanzaba lenguas negras en los rincones y los fluorescentes lloviznaban su luz dura, de hielo, sobre viajeros y parientes que chillaban como si la despedida les importara. Un hombre se le acercó y le pidió fuego. Ralph creyó que merecía fumarse uno. Le quedaban seis cigarrillos más un atado, el último, un Lucky envuelto cuidadosamente entre sus camisetas: era todo su capital.
Chupó el cigarrillo y dejó que el humo escapara por la nariz y la boca. Lo necesitaba. Se sentía decididamente mal, abandonado en un mundo desconocido, sin más armas que su experiencia.
Su gran amigo Meggs Gilmore, protagonista de tantas novelas de misterio en los fines de los cuarenta, había dejado todo para refugiarse en una biblioteca de Chicago. El Chaco sonaba a Chicago. Ligeramente feliz, hizo un orificio de su boca y comenzó a silbar “You are my sunshine”. Sonrió, porque a Charles W. Smiley le gustaba teclear su vieja Underwood tarareando ese tema. Smiley era un gran caso de estupidez. Se creía el heredero de Hemingway. Si bebía como un corsario no era por otra cosa. Se ufanaba de conocer a Tom Wolfe y no era cierto. Ralph había trabajado con Smiley en dos relatos. El único que merecía algún recuerdo era “Escenas macabras”, publicado por The Horror Magazine. El otro, “Luces bella, Ligeia”, fue comprado por un editor de Boston al que le faltaron las agallas para llevarlo a una imprenta.
La locomotora relinchó y volvió a descargar vapor como si se fuera enardeciendo de a poco. Chaco, dijo Ralph, y se levantó cargando su maleta. Buscó en su bolsillo y extrajo el pasaje. Vagón 9, asiento 94. Marcado con tiza rápida, el vagón mostraba un 9 enorme. Ascendió. Llegó hasta la butaca 94, ventanilla; acomodó la maleta en el contenedor aéreo, se alisó el saco y se sentó con un bufido.
Su asiento no daba al andén, lo cual le pareció perfecto. Odiaba las despedidas. Su paisaje era penumbroso, daba a otros andenes gemelos, cruzados muy de vez en vez por siluetas atareadas en cuestiones incomprensibles. Se repasó el pelo con la mano y una vez más sintió el alacrán del hambre tironeándole el pellejo del estómago. El escritor del Chaco acabaría con ese monstruo. Carne asada, ensaladas y sopa bien caliente. Tal vez whisky. No sería Old Forester pero tendría lo suyo. Y café, mucho café. Más allá los rieles se enturbiaban, mezclándose. Sólo Dios o un escritor sabrían hacia dónde marchaba esa maraña.
El tipo ridículo de traje de franela gris con enorme clavel en la solapa se acomodó en uno de los asientos del costado. Volvió a sonreír con un leve golpe de cabeza. Un idólatra de los buenos modales, evidentemente. Ralph le devolvió una sonrisa tan expresiva como un cenicero de plástico. El tipo ridículo pareció apaciguarse y se reclinó contra el respaldo, blandamente, como si estuviera convencido de que el mundo es una delicada pelotita de algodón.
Sus últimos trabajos habían dejado mucho que desear. Bien pagos pero detestables. El Puente y los álamos de William Corso (un asco) y Réquiem para Zoe, fiasco experimentalista a cargo de uno de los pesos pesados de la neurosis: Donald Pearson. Ralph casi enloqueció con Pearson: lo hacía beber Coca Cola vestido de astronauta durante el velorio de Zoe, y en el capítulo final –que en realidad era el principio– no había hecho otra cosa que tropezar entre adjetivos poco felices y batallado con una puntuación tan arbitraria como demente. Si alguien intentó comer un helado de látex, sabrá de qué se trata Réquiem para Zoe. Es que había que durar hasta tanto se abrieran las puertas doradas de la gran oportunidad. Algún día tendría que llegarle. Como a su amigo Dave Garrison: de personaje más que secundario a semi protagonista en Féretros tallados a mano. Si bien fue muy duro trabajar para Truman Capote, aquello fue un golpe de suerte.
No acertaba a saber si era el cansancio o una corazonada; lo cierto es que Ralph notaba una inquietud eléctrica en su cuerpo. Conocía demasiado bien los climas y los tempos de los cuentos. Desde su asiento olía que algo no caminaba bien, como que algo se había puesto en marcha sin su consentimiento. Siempre que fue contratado, Ralph impuso como condición saber de antemano su suerte. No soportaba verse expuesto a un destino desconocido. Era una regla de oro. No se explicaba cómo hacían los autores para vivir ignorantes de lo que pasaría con ellos un día después de una página.
Desasosegado y difuso, los ojos arenosos por el sueño, vio sobre un lejano andén a dos ininteligibles hombres hablando. El corazón le dio un vuelco. Por un instante supuso que el tema de aquella distante charla era él mismo. Giró el rostro hacia el hombre ridículo y se serenó: leía un diario.
El alarido de la locomotora lo despabiló. Los chorros de vapor crecían a los costados del vagón. El tren trepidó como si los metales se hubieran encolerizado. Pero todo quedo allí. Le llegaban, ajenos y afilados como pequeños vidrios molidos, los rumores de las despedidas en el otro lado. Entrecerró los ojos, y al rato Ralph dormía profundamente. La barba le crecía desde hacía trece horas y ya le sombreaba la mandíbula. Una mueca negligente había quedado congelada en los labios finos.
El vagón viajaba con poco pasaje. Ningún niño, unas pocas mujeres y otros tantos hombres que, minutos después, atacarían patas de pollo, empanadas, se engrasarían las manos y beberían de botellas recubiertas con pudorosos papeles de diario. El tren se puso en marcha.
Buenos Aires empezó a desaparecer entre relámpagos de neón. Ralph roncaba. Las luces parpadearon y el vagón quedo semi iluminado. Algunos fumaban y miraban la ventanilla rugiente, ciega, mientras cruzaban la noche. El hombre ridículo del traje de franela gris con enorme clavel en la solapa, cruzado de piernas, envaneciendo el cuello, más parecía asistir a una velada del Colón que a ese traqueteo isócrono que zarandeaba el vagón. Un viento de orines llegó desde el baño. Aquello ya era un viaje.
Cuando el hombre grandote, vestido de sobretodo de pelo de camello, estaba por arrojarlo al acantilado y Sheila hojeaba un libro del cual chorreaba una sangre oscura y humeante, Ralph despertó. Su pecho subía y bajaba al ritmo de una rumba. La boca parecía de piedra pómez o una cloaca. Calambre en el brazo izquierdo, chirridos y telarañas en la nuca, los párpados de plomo, la sensación de que su pelo servía de nido a una gallina gorda: Ralph se sentía menos un hombre que una desvencijada máquina de coser. Se encaminó hacia el baño.
En la fría sombra del pasillo, un hombre fumaba recostado en el aluminio del lavabo. Ralph lo rozó al entrar al baño. Orinó largamente, sin respirar: aquel aire competía en peligrosidad con el de Hiroshima, minutos después de la bomba. Se lavó la cara con el chorrito mezquino de la canilla. El hombre que fumaba en la sombra existía sólo por la brasita del cigarrillo.
Ralph regresó secándose con el pañuelo. Meneó la cabeza. Algo no encajaba en ese viaje. Quién demonios me garantiza que ese escritor del Chaco existe. Recordó que fue un tal Erdosain quien le garabateó el nombre en una servilleta de la confitería Las Violetas. Erdosain. Un tipo exitoso en este país. Protagonista de varias novelas, medio raro, más que raro, extraño. Viejo y algo excéntrico, vivía de recuerdos, retirado y haciendo beneficencia. Sintió piedad por la noche. Encendió un Lucky. El humo le hizo toser. Le dolía la espalda y su estómago estaba invadido por cientos de hormigas que le comían las paredes. Se estiró cuanto pudo y dejó que sus ojos resbalaran en la noche. Jirones de niebla espesa rayaban la oscuridad. Por qué soñar con Sheila, justo ahora. No Sheila O’hara sino Sheila Hambletton, la que hizo de enfermera secundaria en Adiós a las armas. Nada menos que con Hemingway. Ella fue algo fuerte en el corazón de Ralph Endicott. No pudo ser. Eso es todo. Estaba loca por Manny Foster, un tipo sin escrúpulos que vivía de personaje en novelas porno y coqueteaba con los intelectuales del Village. Qué piernas las de Sheila.
Todo estaba tan lejano.
El hombre ridículo del traje de franela gris ahora se dedicaba a parecerse a un profesor de Princeton observando una clase de estética. Reclinado sobre un melancólico puño miraba al vagón sin muestras de ningún cansancio. Sus ojitos huidizos de intrigante, de tanto en tanto, tocaban a distancia a Ralph y ascendían rápidamente como si buscaran mariposas del Amazonas a mitad del techo. Ralph apagó la colilla contra la suela de su zapato, se frotó la barbilla, bostezó y volvió a dormirse.
No se despertaría hasta las siete de la mañana.
II
Ganándose la vida a golpes
Su pasaje, señor, dijo la voz. Ralph vio todo verde. El aire verde quemado por cigarrillos. Un aire de cuerina verde. Las quemaduras de cigarrillo eran cráteres veteados de negro y marrón. La mano estaba a diez centímetros de su nariz. Había amanecido. La luz golpeó sus ojos. El inspector de pasajes seguía extendiendo la mano. Se arregló el pelo mecánicamente, se incorporó en el asiento. Buscó el pasaje y se lo entregó. Con dos clics el inspector lo perforó y se lo devolvió. Ralph se desperezó y bostezó con un gemido fastidiado. La mañana era nublada y según su reloj eran las 7,05. El frío lo obligó a ajustarse la corbata. ¿A quién se le ocurre quemar con cigarrillos el asiento delantero? Con pesadez admitió que no estaba atravesando el mejor momento de su vida. Volvió a desperezarse.
El tren se encontraba detenido a la vera de una estación, en mitad del campo. Una gorda discutía con un viejo enfermizo y flaco. Una lucha desigual. Dos gallinas y un gallo patrullaban el andén invadido por el pasto. Las tripas vacías gimieron y Ralph lo lamentó más que ellas.
El hombre ridículo estaba parado a su lado, con el traje de franela gris impecable. Notó que el clavel o estaba agonizando o ya era un hermoso cadáver blanco.
—Buenos días —dijo con voz limpia el hombre ridículo—; como estamos solos en el baile de este viaje, pensé que podría invitarlo a desayunar en el coche comedor, si no lo toma a mal, por supuesto. Ralph lo miró desconcertado. Por favor, insistió el hombre ridículo. La invitación lo salvaría de una muerte segura: el estómago de Ralph ya era una pasa de uva. Dijo que sí, cómo no, pero antes me mojaré la cara. El hombre ridículo sonrió satisfecho.
En los lavabos del pasillo no quedaban rastros del fumador nocturno. El agua caía por gotas. Se restregó los ojos y logró juntar la suficiente como para hacer un buche. Cuando escupió creyó que allí se iban los pedazos de noche que había tragado mientras roncaba.
El coche comedor distaba dos vagones. Los pasajeros que vio al pasar se le ocurrieron siluetas de papel recortado mecidas por una brisa que ayudaba a convencerlo de que estaban vivos. El hombre ridículo caminaba detrás de Ralph, oliendo a lavanda. En el cruce entre un vagón y otro, el hombre ridículo arrojó el clavel muerto por una de las vertiginosas puertas. Todo dura tan poco, suspiró.
Un detalle llamó la atención de Ralph. El hombre ridículo, tan Princeton, tan Míster Modales, parecía simular esa prolija condición. No atinaba a determinar qué resquicios de él alentaban esa sospecha. La puerta de madera del coche comedor le interrumpió los pensamientos.
Se sentaron a una de las mesas. Dos cafés con leche completos. En la mesa vecina, una mujer pecosa, rubia-huevo, mojaba una medialuna gigante en su taza. Frente a ella, un marido gordo, calvo y rosado, hablaba a las moscas. Más allá, un solitario de campera color ratón fumaba al borde de una taza de café negro. El resto de las mesas estaba vacante.
—Mi nombre es Larsen —empezó el hombre ridículo—. Soy uruguayo y viajo al Chaco por negocios.
Se desprendió el saco y con un golpe de mano abrió los faldones. Ese movimiento dejó al descubierto, fugazmente, la cintura gruesa de Larsen. También, la culata de una pistola.
Larsen hablaba de importaciones y exportaciones, desinteresado por saber quién diablos era Ralph. Como si ya lo supiera, pensó. Ralph anotó mentalmente: mi acento extranjero tendría que haberle despertado curiosidad; ¿es un charlatán vocacional o habla tanto de sí para que yo no sospeche nada?; ¿qué cosa podría sospechar yo? Llegaron los cafés con leche.
Ralph, en ese instante, escuchó que Larsen le comentaba que era gerente general de Astilleros Petrus, en una ciudad llamada Santa María. El mozo estibó sobre la mesa los desayunos y se retiró luego de recibir un afable gesto de Larsen, versallesco, excesivo.
Ralph devoró sus medialunas y bebió el café más pausadamente. Larsen casi no tocó su desayuno. Simplemente hablaba y hablaba, melifluo y educado como un Phi Beta Kappa demasiado presumido.
No cuajaba esa pistola en un gerente general de lo que fuere. Y en líneas generales, nada cuajaba con nada. Ralph se preguntó qué cosas sospechaba su maldito cerebro. En ese instante en que la realidad parece bajar los brazos, Ralph pudo observar, sin estupor ni sorpresa, de qué modo la luminosidad gris de la mañana roía la costra afectada con que Larsen se embadurnara durante el viaje. La sonrisa de Larsen ahora aparecía cruel y sus carnosos labios no podían ocultar más el brillo perspicaz de la saliva. La papada empolvada y los brazos cortos se movían con delicada pesadez, al compás de una voz que parecía costarle falsificar. Como una crisálida monstruosa, el hombre ridículo del traje gris perla daba paso a un Larsen definitivo, obsceno, irreparable. Ralph fue sacudido por un escalofrío. Tom Malgash le había comentado alguna vez que los verdaderos rufianes, los más arteros y peligrosos –cualquiera sea la trama– en el principio de las narraciones aparecían distraídamente aburridos, insospechados. Ralph dio por terminado el desayuno. Usted disculpará pero no me siento bien, dijo Ralph. Larsen no sólo no objetó sino que lo ayudó a excusarse. Regresaron al vagón.
Cuatro horas después del desayuno, Larsen insistía con sus atenciones: un cigarrillo, el diario, etc. Ralph creyó necesario despabilarse en el aire helado del pasillo. Junto a la puerta de los lavabos fumaba el solitario de campera que había visto en el coche comedor. El fumador nocturno, pensó.
El violento viento que arrachaba el pasillo hizo reaccionar a Ralph. Tenía que pensar.
Se recostó a dos pasos del fumador solitario y vio todo más claro.
Maldijo a Erdosain. Viejo traidor. Si todo era como se imaginaba, estaba metido hasta el cuello en un cuento. Erdosain lo había entregado por un puñado de billetes o, tal vez, por simple placer. El viejo y simple placer de traicionar. Lo que lo abismaba era que desconocía la trama.
Sólo tenía claro una cosa: él era la presa. En este punto, el corazón le retumbó en el pecho. De ser todo así, se trataba de su primer papel protagónico. Una parte de Ralph vivía una turbia alegría, la otra maldecía el precio de esa gloria. Erdosain le había conseguido empleo de muerto.
Encendió un cigarrillo, el último de ese atado. Pálido y sombrío, clavó sus ojos en el paisaje lleno de árboles, campos y vacas veloces. ¿Cómo no se dio cuenta antes? Viejo Ralph, ya no sos el de antes. Sencillo. El bastardo que está tecleando, persiguiéndome renglón tras renglón, ha sabido crear esos climas tan familiares en mi pasado. Tosió. Me siento un estúpido pececillo. Y ahora me estoy ahogando en mi propia agua.
Nadie lo ha hecho antes, sé que es difícil, pero lo intentaré: no dejaré que acaben con el viejo Ralph Endicott.
Tiró el cigarrillo y volvió sobre sus pasos. El fumador solitario seguía con su guardia silenciosa y tabacal. El tren se detuvo. El sol de las doce calentaba la estación polvorienta. Ralph sentía el ardor duro del pedregullo debajo de sus suelas. Hacia donde dirigiera su vista, la respuesta eran pastizales, campos planos interrumpidos por esporádicos grupos de árboles. Podría ser su oportunidad: escaparía hasta localizar una carretera y desde allí todo sería más fácil.
Lentamente se encaminó hasta la caseta de maderas podridas. Por la ventana, vio al encargado de la estación ocupado en una transmisión telegráfica. Ganó la parte trasera de la caseta y sus ojos chocaron contra una camioneta Ford que, a veinte metros, esperaba vacía bajo un árbol tieso y alto. Comenzó a marchar hacia el providencial vehículo. No quería correr: sería mejor hacerlo con calma, sin ruidos ni estampidas.
—Pero Ralph, ¿por qué nos deja? —la voz de Larsen era socarrona y dura.
Cuando el tren reanudó su camino, Ralph sabía dos cosas: que Larsen estaba dispuesto a cualquier cosa y que si deseaba zafar de la ratonera tendría que pelear bastante.
Larsen dormitaba o simulaba un sueño. Ralph decidió imitarlo. Su boca parecía segregar una saliva seca, espumosa, de ácido muriático.
A media tarde, el inspector de pasajes volvió a hacer su recorrido. El tren avanzaba entre altas paredes de polvo y bajo un sol aplastante, a pesar de la hora. Eso era el Chaco. El frío se había disuelto entre los fulgores y contraluces de ese corredor del infierno. Esa luz despiadada le impidió mantener los ojos cerrados por mucho tiempo. Se hallaba a dos horas de Resistencia, el punto final.
No sólo no había dormido o simulado un sueño sino que se había agotado imaginando fugas, trompadas contra Larsen, y también los balazos de Larsen reventándole las tripas. ¿Por qué no golpeó a Larsen cuando éste lo sorprendió yendo hacia la camioneta? Se dejó confundir. Como si todo estuviera dicho entre ellos, Ralph y Larsen regresaron al tren, nerviosos, bromeando, estremecidos por la tensión y el odio. Ralph buscó a Larsen de reojo.
El ex hombre ridículo no se encontraba en su asiento. Ralph respiró hondo y salió en busca de un nuevo agujero para huir de esa pesadilla. Antes de ingresar al pasillo se preguntó cómo se llamaría este cuento. Aunque era imposible, creyó sentir el repiqueteo de las teclas sobre su espalda.
Cruzó el pasillo envenenado de orines y al abrir la puerta del vagón contiguo una muchacha llevó por delante a Ralph. La contuvo con sus brazos e impidió que trastabillara. Ella acomodó la mata rojiza de su pelo y estacionó un par de ojos de lapislázuli sobre Ralph. Perdón, dijo la pelirroja y, bruscamente, su cara se llenó de asombro. Era bonita.
— ¡Oh! ¡Pero usted es Ralph Endicott! —exclamó la chica—. Deseaba conocerlo, sé que usted tiene mucha experiencia en esto. Yo estoy empezando, ¿sabe? Éste es mi segundo trabajo. ¡Oh, Dios! Cuando lo cuente no me lo van a creer. ¡Atropellé a Ralph Endicott! Ralph sonrió con labios cansados.
—Debes darte por satisfecha, linda. Hasta te han dado un bocadillo. Hay muchos que se vuelven viejos esperando que les tiren un diálogo. —La pelirroja se alejó con dramáticos cimbronazos de nalgas. A pesar de todo, Ralph sintió como una bruma de orgullo creciendo en su pecho. Aquella chica hablaría de él, seguramente, cuando todo hubiese pasado.
El coche comedor era el próximo vagón.
Larsen tomaba una cerveza con el fumador solitario. Los espió desde el vidrio de la puerta sin saber qué hacer. Si supiera la razón por la que me quieren liquidar. Por Dios, sólo la punta del hilo para saber hacia dónde carajos va todo esto.
Los ojos de Endicott tropezaron con uno de los pasamanos adheridos a los costados de la puerta del pasillo. Era de metal macizo y estaba casi desprendido. Echo una ojeada hacia el interior del coche comedor. Todo en orden. Larsen gesticulaba, ampuloso, frente al fumador solitario. Los vasos todavía contenían cerveza.
Le costó. El soporte ya era una manteca, pero como el remache estaba aplastado la cosa no fue fácil. Cedió con un clac y el pasamanos quedó, pesado y brillante, en el puño de Ralph. Sintió que tragaba lava hirviente. Oleadas rojas de calor le arrasaban las mejillas, el cuello, las axilas. La tarde había empezado a decaer. Ralph temblaba. Larsen llamó al mozo y pagó con unos billetes enormes y viejos. El tren había aminorado la marcha.
Vamos, Medina, estamos llegando, dijo Larsen. El fumador solitario miró hacia afuera y dijo –como si oliera un mal perfume–: Me preocupa en qué lo vamos a llevar. Vos, tranquilo, dijo Larsen, nos están esperando en la estación.
Las primeras casas pasaban dóciles y calladas a los costados de las vías. Medina avanzó mientras Larsen, detrás, dejaba caer un billete de propina sobre la mesa.
El primer golpe de Ralph dio seco contra el hombro de Medina. El segundo estalló en la cara con un ruido húmedo de huesos rotos. Bañado en sangre, Medina resbaló de espaldas por la escalerilla y voló como una bolsa de papas fuera del tren. Cuando Larsen levantó los ojos, la descarga de metal le llegó al cuello. Gimió, rodó, chocó y se detuvo contra las patas de uno de los asientos del comedor. Ralph, jadeante, con el pasamanos ensangrentado basculando en su brazo derecho, miraba a Larsen, estupidizado por el terror: Larsen había quedado fuera de su alcance. La mano regordeta sostenía la pistola.
Ralph se arrojó al piso: el primer balazo le rozó la oreja. El segundo, un estruendo que se multiplicó en el pasillo, se incrustó en la puerta. Larsen se había reincorporado. Más gordo y enorme, disparó nuevamente. La rodilla de Ralph no encontró el piso: lo chupó una sensación de vacío mientras sus costillas crujían. Fue el vértigo lo que impidió que Ralph supiera que estaba viajando por el aire. Cuando abrió los ojos, casi en el momento de rebotar contra el terraplén, vio a Larsen, perniabierto, llenando de estampidos el atardecer, al compás lento y traqueteante del tren entrando en Resistencia.
Epílogo
Dio volteretas, tragó pasto, rebotó y resbaló hasta aquietarse en un pastizal. Antes de desvanecerse, creyó que su cuerpo era una vidriera hecha añicos. Se movió, y el perro que lo estaba olisqueando retrocedió para después marcharse con un trote desconfiado. Le costaba respirar. Era como tener una aguja para coser colchones ensartada entre las costillas. Ralph, se dijo, Ralph Endicott, muchacho, lo lograste. La noche empezaba a insinuarse entre los rayones malva y añil que esfumaban el cielo.
Estuvo ocupado en pararse unos diez minutos. Los dolores eran como campanadas que resonaban en su cráneo. Todo era campo, silencio, árboles y dos casitas lejanas. Las evitaría.
La idea era alcanzar una carretera, hacer dedo y huir lo más lejos posible. Larsen — pensó—, ya no nos veremos más. Y sonrió entre punzadas.
Se preguntó cómo seguiría todo en el tren. El mundo conforme, se dijo, Larsen, yo y ese escriba que lo tramó todo. Mi caída del tren bien puede pasar como mi muerte.
Con el brazo izquierdo apretándole las costillas rotas, Ralph comenzó a caminar. Cada paso era una llovizna de alfileres sobre su cuerpo. Un aguijonazo lo paralizó, lo obligó a cerrar los ojos y contener la respiración. La espalda y la cadera parecían haber soportado el paso de toda la infantería de marina de los Estados Unidos. Abrió los párpados de a poco. La luz era dificultosa. A Ralph le costó creer en lo que veía.
Las casitas lejanas habían desaparecido y ahora, a pasos de su encogido cuerpo, cruzaba una rata, tensa, vacía. A un centenar de metros, una excavadora mecánica hurgaba la tierra con su estruendosa pala. No podía asir un solo pensamiento, una sola idea. Esa transfiguración lo atemorizaba. Se llegó hasta el borde del pavimento.
Las luces de un vehículo crecían lentamente, plateando la ruta. Fría y tierna, la noche se espesaba. Oscuridad sin luna. El auto disminuyó la velocidad hasta detenerse junto a Ralph. — ¿Necesita ayuda, amigo? —dijo una cara con anteojos—. Lo puedo llevar, viajo al sur, hasta Rosario. Ralph vaciló: ladeando el rostro, con ojos rápidos recorrió el interior del auto buscando sombras, siluetas de otros hombres. Buscando a Larsen.
—Pero, usted está golpeado —exclamó la cara con anteojos—. ¿Qué le pasó? Vamos, suba, viejo, usted necesita que lo atienda un médico.
Los temores de Ralph y Ralph mismo ascendieron al auto azul plomo, algo desvencijado. Era un Di Tella 1500.
Cara-con-Anteojos ahora tenía una frente y una barba. Era pelado, respiraba por una nariz vagamente levítica y parecía habituado a una práctica compulsiva de la serenidad; uno de esos tipos que pueden estarse horas haciendo citas literarias. Llevaba adherida también una sonrisa retórica, absolutamente prescindible.
Ralph se acomodó con cuidado en el asiento pero no pudo evitar la descarga de dolor sobre el costado. Se echó hacia atrás tratando de respirar sin hundir el diafragma en las púas de sus costillas. Cara-con-Anteojos había dejado una mano apoyada en el volante. La otra aferraba una pequeña automática del 38. Apuntaba, recta, al pecho de Ralph.
— ¡Hey! ¿Qué pasa, amigo? —Ralph percibió un sudor helado, palúdico, en la frente y la barbilla.
El ruido de la excavadora creció, empujado por el viento.
—Muy simple, pero primero vayamos a las presentaciones —dije—. Soy el escritor que te contrató para un cuento en el Chaco: Erdosain, confitería Las Violetas, ¿te acordás? Bueno, hasta allí todo bien. Pero sucede que el veterano Ralph Endicott es un tipo muy listo. Se las sabe todas y descubre que está por ser liquidado en un cuento. ¿Y qué hace Ralph Endicott? Se las amaña para fugarse de la trama aun cuando se le ofrece la gran ocasión de protagonizar un texto. ¿Eh, Ralph? ¿Hasta ahí vamos? Ralph Endicott, entonces, despedaza la cara de Medina, le amoretona el cuello a Larsen, cae del tren por accidente y lo echa todo a perder. Adiós cuento, me dije. Pero después recapacité: rehice el terreno, porque yo necesitaba una ruta para tentarte con un auto. Y acá estamos. Soy un tipo muy quisquilloso como para soportar una trastada como la tuya, Ralph. Me tiran de sisa los desagradecidos y eso empeora mi mal humor. No será muy ortodoxo como recurso pero tengo que hacerlo de esta forma. Vos me obligaste, Ralph. No será en el tren, será aquí. Algo es algo.
Y abrí fuego aprovechando que la excavadora rugía y levantaba su brazo cargado de tierra, piedras y estiércol.
Miguel Ángel Molfino (Saladillo, Buenos Aires, 1949) es escritor, periodista, y chaqueño por adopción. Ha trabajado como corresponsal del diario El Mundo de Buenos Aires y como redactor del diario Norte, de Resistencia. Fue miembro del Consejo Editorial de la revista Puro Cuento. Colaboró con las revistas El Porteño y Crisis y actualmente con los diarios Página/12, Miradas al Sur, El argentino.com, la revista Cuna, entre otros. Entre sus publicaciones se cuentan Versiones y per-versiones (crónicas, 1987), El mismo viejo ruido (cuentos, 1994, reeditado en 2017), Prosas Escogidas (cuentos, 2006), Un Libro Raro (relatos, prosas cortas y poemas, 2007), La Mágica Aldea del Crepúsculo (haikus, 2009) y la novela Monstruos perfectos (2010 y 2014). También en 2014 publicó “La Polio” (Wu Wei). Sus narraciones fueron reunidas en antologías de cuentos en Argentina, México, Brasil, Perú y Alemania. Ha ganado premios y ha sido finalista en diversos concursos de cuento internacionales.
Fotografía de portada: Wikipedia. Fotografía de biografía: María Delgado.
by Claudio Medin | 20 \20\America/Argentina/Buenos_Aires mayo \20\America/Argentina/Buenos_Aires 2017 | Poesía
Presentamos una selección de poemas de los ganadores del Premio Nacional Bustriazo Ortiz, organizado por la editorial el suri porfiado con motivo de sus diez años de vida.
Se trata de Agustín Mezzini, quien obtuvo el premio y cuyo libro El cielo no termina de quemarse está pronto a publicarse, y de las dos menciones que otorgó el jurado: Mariano Caelli por El ciprés de mis penas y Theo Rubel por Memorias del esperero.
Poemas de Agustín Mazzini (primer premio):
Prólogo
Este libro se recordará como el cajón pequeño
donde el autor guardó las manos que desordenaban su vida.
Su corazón oscuro dice “en estas páginas
una casa se derrumba”, y un perro ladra
para espantar su propio reflejo en la pared.
El mensaje viaja rendido en una botella:
la palabra siempre es la marea.
*
Apología de la tarde
A Ornella Falcone,
donde quiera que esté
ORNELLA: A mí te trajo la locura
de buscar un beso en otro beso,
las partes más felices de los días
en un traje vacío, en tierra seca,
en los mensajes sin contestar del celular.
AGUSTÍN: En el amor queda sin beber
un vaso de vino, jardines con ángeles de mármol
vomitando agua artificial para siempre.
ORNELLA: Todo está igual menos la que fui:
ella sigue conversando, a las puertas del quizá.
AGUSTÍN: No digas nada y tocá el silencio.
Escuchá palpitar las vidas
que viven dentro de mi vida.
*
Babel
Babel, una película de González Iñárritu
Hoy, que mis emociones trabajan para el pasado
y las fotografías de mi corazón son descoloridas
aunque retoque la luz o balancee sus sombras,
entro de rodillas a las cosas que besaste
y pinto con aerosol las paredes de sus habitaciones
donde sólo se oyen el piano y los violines de Babel,
el trazo ciego de la mano que toca los relojes muertos.
Todo aquí pertenece al romanticismo del desastre.
Aquí, amor y tristeza son un solo ser agarrándose de la mano,
saliendo de clases, envolviendo en servilletas de cafetería
ese poco tiempo que pasan juntos.
Hoy, que mi vida está tirada por ahí y me animo a usarla,
los que vivimos en las cosas que besaste, cargamos la derrota
como piedras (no contamos con espadas, jornal, valentía
o paciencia para esperar milagros: fumamos la ansiedad
bajo la música donde bailan mil trajes vacíos)
esperando a que el lenguaje se crispe
y caiga el rayo del ángel exterminador
para destrozar los sucesos de lo no sucedido.
¿Alguien será capaz de tocar el nuevo idioma que amanece?
*
Balada del ragging bull sobre el escenario
En el centro de la escena
el boxeador en blanco y negro. Salta,
apunta al pecho de la nada
sin dejarse intimidar por el vacío.
Golpea.
Las gotas de sudor oscurecen el ring.
“Hijo”, le dijeron. “Hijo,
naciste para campeón”. “Hijo,
hay cosas más dolorosas que la muerte”.
Scorsese graba la batalla
cumpliendo la regla de los tres cuartos
y el silencio se queda quieto: LaMotta baila.
Hace rato le quebró los huesos al aire
pero igual sigue, mandíbula apretada,
guantes, uno-dos, y un eco respira.
Su única batalla siempre es contra el espejo.
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Manicomio
Homenaje a Leopoldo María Panero
Sabiendo a la locura un animal escondido tras la maleza,
descansando al acecho de lo profundo del hombre,
él la hirió como cazador a ciervo,
como flecha de pureza letal a la mujer
que da a luz sin ver el gemido
detrás de la ventana del castillo. Panero,
los eunucos frotan los huevos que no tienen
contra el rostro de la amargura. Eso todos lo saben:
tus doncellas, tus prostitutas, este sentimiento
que agranda la soledad y contamina
la palabra. Lo que desconocen
es ese fuego que no es fuego
sino llama fría
(la vida usó tus versos para decirlo)
en el centro de un animal resplandeciendo,
en el centro de su nido meado solamente por vos.

Agustín Mazzini (Buenos Aires, 1993) es poeta, estudiante de la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (Buenos Aires) y de la Cátedra abierta de poesía latinoamericana en la Universidad Nacional de San Martín (Argentina). Ha ganado el primer premio del “Concurso Nacional Homenaje a Jorge Luis Borges” de la Fundación ProArte con su libro Los pantanos de la incertidumbre (sobre el artista y su oficio) en el año 2015 y el Premio Nacional de Poesía Joven “Bustriazo Ortiz” en el año 2017 con El cielo no termina de quemarse (Suri Porfiado, 2017). Ha publicado poemas y entrevistas en diversos medios de Latinoamérica y fue incluido en las antologías argentinas Apología. Volumen 2. (Letras del sur, 2015), Buenos Aires respira poesía (INCAA, 2013), la argentino-española Orillas.
Poemas de Mariano Caelli (mención):
Algo del miedo
al amor crea.
Como lo brillante
que de opacidad adolece
no deslumbra.
Lo que en sí lleva
fragmentos de ausencia
de duda y flagelo,
(amor por sí solo)
no es
ni sabe perdurar
sin algo
de acogida
tristeza.
*
No detiene,
acompaña.
Mis angustias
abrazan livianas.
La nostalgia alenta mi caminar
suaviza al enraizarlo
el ciprés de mis penas
reverdece la vida.
*
Latente
presa aún del peso
la flor
contenida en semilla
ya no se precipita en germinar.
Sabe que brotó
tantas otras veces viva.
*
Elijo el silencio
nueva música
a permanecer
tapado en lo negro
de esta disonancia.
No veo marcas,
indicaciones.
Creo que nadie escribió mi partitura.
*
Dejar mi corazón a la intemperie
que tome color
expuesto al ruido y a los mosquitos.
Que otras lo admiren en sus contracciones.
Posarlo sobre papel metálico
y envuelto en film
para evitar malentendidos
y que se rían
y tengan el pudor
de fotografiarse con él
dejándome a mi fuera del cuadro.
Mariano Caelli nació en Vicente Lopez, povincia de Buenos Aires, el 15 de noviembre de 1992. Estudió en la “Escuela de Música Contemporánea” y se recibió de la carrera de Músico Profesional. Es compositor, arreglador, poeta y docente de guitarra e iniciación en su taller musical La Cuerda Pulsada. Incursiona en la poesía a través de las letras del folcklore y el tango. En el 2016, luego de grabar su primer disco de tangos, milongas y valses con el Dúo Rante, empezó un taller de poesía con Gisela Galimi . El ciprés de mis penas es su primer libro de poemas, inédito.
Poemas de Theo Rubel (mención):
Sobre la poesía
¿Qué sabe el bizco
del recorrido silencioso de su ojo?
¿Desvío de la belleza a su no ser,
tábano huido de dulzura?
Cuando mira el bosque su ojo
es un estero verde
un calambre de pintor.
Escribir la elipsis de esa mirada
es escribir poesía: a veces
de un parpadeo
el bizco prescinde de las formas
y anda la palabra.
*
Malditas costumbres
Lo que le falta es
nosotrear la noche, un poco bastante.
Pisar al amor en un ciempiés
remover quetefuistes en los prados del dolor,
no es tarea sencilla:
el tan bípedo desanda el camino
dando vuelta las piedras y son tristezas
donde se deja tropezar, malditas costumbres.
¿El olvido de una mujer
cuántas mujeres tiene?
se pregunta y recuerda a todas
menos a la que
una tarde le prometió otra tarde
y adiosó mucho, un poco,
bastante esa mujer,
y le ofreció un abrazo para perder el rostro.
*
Otoño
Recojo paciencia
de mi cuerpo atravesado por
una idea o una mirada
una idea mirada dulcemente
como el vértigo de tu frente en alto
¿Desplumo un pájaro si soplo
el aire de tu boca
y ternúrale el pico
y tiémblame el alma?
Tu beso como consuelo del tiempo
como una parte perdida del labio
que roza lo extraordinario o al menos
decanta
mi nombre en incomprensible
¿Distracciones de la muerte
es decir, recortar el domingo del calendario
hacer un avioncito de papel de un ala
verte dormida?
Un día de estos
-no un día cualquiera-
voy a soplar el aire de tu boca
y cerrar los ojos
como un nido meciéndose en la rama.
a Gina
*
Monólogo de caracol
Soy la herencia del Tiempo.
En algún lugar de la espiral están
los rugidos del mar que olvidé. ¿Mi estela?
Adioses ajenos que la lluvia borra.
Soy la herencia del Tiempo
como el viento el ademán del aire de ser eterno.
Quien me pise o eche sal sólo tendrá
restos de coraza
sedimentos de espera.
*
Anunciación
Ahí te veo
apretando la memoria entre los párpados
apretando tu nombre
hijo dolor compañeros,
arriero de las sombras sin cuerpo que van
a tus ojos, cóncavos de tanta vidamuerte
sombras retenidas
en tus ojos cerrados, dos puños contra el olvido
pero dónde estás
dónde estás, Julio
los argentinos tienen que saber,
desaparecido
muy presente, tu sombra palpita
en nuestros ojos.

Theo Rubel nació en Buenos Aires en 1998. Estudió en el colegio María Claudia Falcone y en el I.V.A (Instituto Vocacional de Arte). Es baterista del trío Ácropo y vecino-actor del grupo de Teatro Comunitario Alma Mate de Flores. Recibió en 2016 el 1er Premio de Poesía en el marco del Congreso Internacional de Rubén Darío, organizado por la UNTREF.