Los días que no queremos

Los días que no queremos

Reseña de la poeta argentina Marisa Martínez Pérsico y algunos poemas del libro, editado por Valparaíso ediciones, del poeta español Miguel Rollón.

 

Los días que no queremos, de Miguel Rollón Muñoz

(Ediciones Valparaíso, Granada, 2018)

por Marisa Martínez Pérsico

 

Los días que no queremos es un libro conmovedor en el que cada poema parece estar exorcizando fantasmas interiores. Es una crónica de las guerras íntimas, de las heridas abiertas en la memoria individual y familiar, pero también una búsqueda infatigable de páramos de sosiego, de compañías que dignifiquen la existencia para dar sentido a los días que pasan. Como escribe Fernando Valverde  en su nota de contracubierta, esta poesía “guarda la autenticidad de quien ha mirado el mundo con el corazón encogido por su sufrimiento y el de los otros” . Aquí no hay renuncia ni resignación. Hay conciencia del vacío, sí, pero las carencias no detienen la pesquisa de una felicidad postergada, inconclusa, pendiente: “Y el corazón/ que siempre sabe lo que quiere/ no puede olvidar su cara tatuada en mi memoria/ como todas las cosas que nunca terminé” (Rayuela). Se trata de seguir buscando los días que sí queremos, de lanzar la piedrita cuantas veces sea necesario hasta embocarla en la casilla del cielo individual.

Este libro hace viajar al lector por los “puzles incompletos de la infancia” y por cuartos de hospitales suspendidos “en sus bolsas de suero”; hay aquí mujeres que habitan insomnios, “migajas de niebla”, “margaritas con pestañas”, “musas que no hacen visitas de cortesía” y que “no cumplen horarios de oficina”, ventiladores “que hacen girar el gallo de los puntos cardinales”. El tiempo y el espacio se distorsionan para mostrarnos su fragilidad, para que toquemos la precariedad de los puntos de referencia. Porque el sentido de una vida lo dan únicamente algunos nombres propios y unas pocas ciudades: Madrid (el barrio de Malasaña en particular) y Buenos Aires, pero también París y Berlín. Escalas de la vivencia y del recuerdo.

Es curiosa la reiterada personificación de estados anímicos o sensaciones: la ansiedad, el miedo y la melancolía se humanizan hasta convertirse en compañeros de viaje, fantasmas domésticos a los que hay que aprender a conocer para poder prevenir y dominar: “Solo quien lo ha sentido lo sabe./ Un león indomable,/ que no va a morderme,/ me acecha algunos días con su zarpa/ para que tenga prisa./ Las presiones, los nervios,/ el ansia del que llora sin motivo,/ porque se siente herido.// Es un dolor que nada sabe de palabras.// Entonces, como presa, huyo/ en un silencio acostumbrado/ a pensar en sí mismo” (Ansiedad); “Un buen día/ Alejandra me dijo:/ –Háblame del miedo./ Y le hablé de mí” (Alejandra y el miedo); “Ahora que sé cómo eres,/ que sé que los labios/ en la noche no mienten,/ volveremos a vernos” (Melancolía). Al evocar el mal taciturno, la melancolía o saturnianismo, Rollón Muñoz cita en epígrafe a Robert Burton, quien en su Anatomía de la Melancolía la considera enfermedad crónica o permanente, aunque otros vean en ella una fuente de placeres delicados. Por ejemplo Kant, en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres, cree ver en el melancólico una gran conciencia moral, un sentido de lo sublime por encima de los encantos efímeros. La tristeza del hombre melancólico deriva de la virtud de una escala moral superior.

Muy interesante en este poemario es la yuxtaposición del discurso amoroso con imágenes de sordidez en unos escenarios interiores que, aunque a priori podrían ser considerados espacios hostiles para la consumación de un idilio, terminan demostrando ser aliados de la complicidad y empatía entre los amantes: “Se despertó/ con el drenar de un desagüe,/ apenas había luz,/ me pidió un cigarro,/ fumamos juntos, callados,/ algo me dijo/ con su mano cálida/ sobre mi pecho.// –Los deseos no tienen copyright (…) Esperé/ entre la desnudez de las sábanas/ a que despertaras, y juntos/ poder descrifrar los mensajes escritos/ en la puerta de los baños” (Deseos sin copyright).

Otro tema recurrente de estas páginas es la añoranza de la infancia como refugio de la pureza pero también de la primera juventud como oportunidad de experimentación durante los tempranos años ’80, en pleno proceso de democratización y modernización española: “a principios de los ochenta/ en esa explosión de libertad/ y creatividad insólita, cuando/ tratábamos de cambiar un país/ donde no había autopistas” (No recuerdo tu nombre). Otra estampa frecuente es la del niño esperando en un andén, en estaciones de paso, a la espera de trenes que no llegan.

Las alusiones a Julio Cortázar aparecen repartidas a lo largo del poemario, porque releer a este autor permite “regresar al lugar de esa vieja juventud/ donde sentí la más pura felicidad que haya conocido” (Rayuela). Aunque esta felicidad coincida con una historia de amor inolvidable y trunca, no es gratuita la mención a Cortázar en un sentido más amplio, por sus característicos personajes viajeros sometidos a desarraigos geográficos y/o emocionales y sus pesquisas del lado de acá o del lado de allá del espacio o de la memoria. En la narrativa del argentino proliferan puentes y galerías que unen Latinoamérica y Europa, pasadizos que transforman pasajes porteños en galerías parisinas, atajos psicológicos que transforman la chatura de la realidad en un mundo paralelo anhelado e inalcanzable, personajes que traspasan las fronteras de los libros y se convierten en seres de carne y hueso. Quien lea Los días que no queremos verá que su voz poética también está buscando un cielo a su medida en el laberinto de una tormenta interior y de una deriva territorial, ese refugio que concilie las distancias geográficas por encima de la nostalgia y de la pérdida.

Uno de los poemas más entrañables y de mayor lirismo es el inspirado en la figura materna: “Madre,/ te enterraré de noche, desnuda/ como llegaste/ bajo la misma tumba sin cruz de un camposanto,/ donde él, joven para siempre, irá a buscarte./ Y juntos, en olvido piadoso, os burlaréis/ del calor de las manos frías de los médicos/ y de los dioses sin misericordia, que crearon/ el amor y la muerte al mismo tiempo” (Madre). Hay versos que permanecen en la memoria como una sabia compañía y que a veces resuelven el poema mediante un uso aforístico: “Escribir es aprender a perder”; “Si te fijas bien/ verás la herida abierta/ en el cuerpo propio del dolor ajeno”; “Un tratado de amor:/ de cómo los instantes/ se encaminan/ a un segundo olvido”; “El futuro es el sueño de un regreso”.

 

APRENDERÁS

No conoces la lluvia ni los árboles,

                 pero ya eres un bosque.

FERNANDO VALVERDE

 

Porque hay felicidades

que se van y no tienen regreso.

 

A medida que pasa el tiempo,

 

aprenderás

que nacer es algo más amplio y profundo

que una fecha para pedir deseos

al soplar las velas en el cumpleaños.

 

Aprenderás

que la vida se vive y se revive, no se gana,

que no hay grandes razones para vivir,

sólo gestos pequeños.

 

Aprenderás

que morir es necesario para poder vivir,

que en todos los ataúdes hay algo de nosotros,

y en cada toque de campana resuena nuestro nombre.

 

Aprenderás

que ningún bosque ha podido cubrirse con arena.

 

MADRE

Madre,

te enterraré de noche, desnuda

como llegaste

bajo la misma tumba sin cruz de un camposanto,

donde él, joven para siempre, irá a buscarte.

Y juntos, en olvido piadoso, os burlaréis

del calor de las manos frías de los médicos

y de los dioses sin misericordia, que crearon

el amor y la muerte al mismo tiempo.

 

Madre,

tu nombre no figurará en los periódicos,

para que no vengan,

al olor de la tristeza de los crisantemos,

gentes que ignoran

que cuando alguien muere

cambia el mundo,

y que todas las mariposas caen al suelo

para volverse un rastro de migajas de niebla.

 

Madre,

cuando el padecimiento y la inmortalidad

sean engullidas por el agua, sentiré

menos tu presencia, recordándote más.

Y cuando sobre la mesa falte tu aroma,

sabré que cocinar es un acto de amor.

 

Madre,

prometo no sentir amargura

al reconocer que tenías que morir

para que yo te conociera

por completo.

 

 

 

ALEJANDRA Y EL MIEDO

Un buen día

Alejandra, me dijo:

 

–Háblame del miedo.

 

Y le hablé de mí.

 

Le conté que el miedo

viste de negro como la culpa,

no se cansa,

y se cubre con sal de mercurio

en los espejos.

 

Le aseguré

que lo iba a reconocer,

que bastaba sentir

las tuberías tóxicas,

las venas de una casa.

 

Le pedí que despertase,

que fuese valiente,

que no fuera como aquellos

que se pierden

en miedos ajenos

 

para siempre.

 

 

TARDES DE DOMINGO

A ti que en la llamada melancólica

de las tardes del domingo,

donde la tristeza encuentra el tiempo

y el modo de hacerse ver,

 

te invade

 

el sabor amargo en un país de niebla,

sin noche más que tú, recitando

en los micrófonos de la soledad y del sofá,

tu número de DNI olvidado,

 

trataré de decirte

 

que sin el cero no existirían las matemáticas,

que uno más uno no siempre son dos,

que un libro es diferente en la mano contraria,

que no hay dos relojes que marquen la misma hora.

 

Que todo es incierto, infinito e irrepetible.

 

Y siete veces siete es el resultado

final del silencio de la tarde.

 

######

 

(al día siguiente de la muerte de Cortázar en París, invadió

Buenos Aires un cielo de mariposas nunca antes visto)

 

                   RAYUELA

A Almudena Grandes

 

¿Encontraría a la Maga?

 

Por qué Oliveira tan triste y deprimido prefería

los discos de vinilo gastados y el vodka dudoso,

a la alegría de la Maga, cuando pocas,

muy pocas veces los amores son recíprocos.

 

Y aunque sé que han pasado los años,

quiero leer a Cortázar

para regresar al lugar de esa vieja juventud,

donde sentí la más pura felicidad que haya conocido.

 

Y en su hora, la noche que adora el amarillo,

un mirlo, su pájaro favorito, cruza sobre un taxi

las nubes aplastadas del barrio latino. Y el corazón

que siempre sabe lo que quiere,

no puede olvidar su cara tatuada en mi memoria,

como todas las cosas que nunca terminé.

 

Con la angustia de no dejar atrás esta pasión,

le pido al taxista que me deje,

a mitad de cuadra,

después del segundo tacho

con una lluvia pendiente de aquel amor,

que siempre estuvo,

que quizá estará.

 

Es rara la emoción.

 

Al llamar al timbre del portero automático

mi corazón estaba helado y ardía.

 

Al verla, se detuvo el pasado…

el olor de una antigua alegría a cama y a sexo,

me invadió el alma nuevamente.

 

Misteriosamente

las bocas se encuentran borrando las distancias,

su lengua me hace cosquillas  y la siento temblar contra mí

 como una luna en el agua. Mis manos buscan hundirse

en ese pelo mojado contra su mejilla, acariciándola

y desabotonando despacito cada miedo anudado

a la única ropa que le caía bien, la libertad.

 

Creyendo que París y Buenos Aires

no podían imaginarnos separados, propongo

reparar lo que se ha roto,

para comenzar de nuevo.

 

Del bolsillo sacó un verso de Gil de Biedma:–A quien

del mundo huye rara vez la vida le perdona.

 

Se sorprende,

se asusta.

 

Se dio cuenta de que la vuelta es la ida en más de un sentido.

 

No soy la chica que conociste,

dijo, echándose el pelo para atrás.

Pasó el tiempo, así también nosotros.

 

Y decide quedarse en el presente,

para no sufrir más.

 

Nos despedimos con un beso y la inevitable melancolía

de los hasta nunca.

 

Y aunque me haya llevado tiempo darme cuenta

que las ciudades también mudan de piel,

que andábamos sin buscarnos pero sabiendo

que andábamos para encontrarnos,

que juntos teníamos para los dos más soledad

de la que ya traíamos, no me arrepiento.

 

Mereció la pena dejar de tener un libro de cabecera

en la mesilla de noche, para comenzar nuevamente,

con eso que ella llamaba modestamente

                                                                   “la vida”

 

De eso tengo certezas y soledad suficiente.

 

–Esperá que termine el pitillo.

 

Miguel Rollón Muñoz (2 de septiembre de 1963, Madrid). Escritor y poeta español, actor de teatro, autor, compositor y letrista de canciones  pop y rock en bandas españolas y alemanas. Ha participado en diversos festivales internacionales de poesía, como los de Granada (España), Pachuca (México) y José María Heredia (Toluca-México). Dirige la Tribu de Poetas en Madrid. En febrero de 2018 publicó “Los días que no queremos”, en la editorial española Valparaíso.

 

Marisa Martínez Pérsico (Lomas de Zamora, 1978). Poeta, investigadora correspondiente del CONICET y profesora universitaria radicada en Italia desde 2010. Licenciada en Letras por la UBA, doctora por la Universidad de Salamanca. Sus poemarios: “Las voces de las hojas” (Baobab, Argentina, 1998), “Poética ambulante” (edición antológica, Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, 2003), “Los pliegos obtusos” (edición antológica, Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, 2004), “La única puerta era la tuya” (Verbum, España, 2015), “El cielo entre paréntesis” (Valparaíso, España, 2017) y “Después de la ceniza” (El suri Porfiado, 2017).

Los días que no queremos

Programación de noviembre (2018) del Espacio Literario del CCC

Nuestro Espacio Literario. Protagonistas, lugares, fechas y horarios de todas las actividades, con entrada libre y gratuita, que se realizarán durante el mes de noviembre en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires).

 

Dramaturgias posibles. Un ciclo donde el teatro es pensado desde la literatura. En noviembre, el encuentro será el jueves 8, con Horacio Banega como invitado. Coordina Nara Mansur. Sala Jacobo Lacks (3° piso), 19 hs

 

Los días que no queremos. Presentación del libro del poeta español Miguel Rollón Muñoz, junto a Luciana Reif, Patricia González López y Carlos Aldazábal. Viernes 09 de noviembre, sala Meyer Dubrovsky (3° piso), 19 hs.

 

Barricada de palabras. Presentación del poemario de Leonardo Hermann, con la participación de Marcos Silber, José Antonio Cedrón y Ricardo Rubio. Viernes 16 de noviembre, sala Meyer Dubrovsky (3° piso), 19 hs

 

Las raras circunstancias. La poesía en el CCC. El lunes 26 de noviembre Mario De Lucca, Patricia González López, Patricio Foglia y Paula Jiménez España, junto a la música de  Marina Baigorria. Coordinan: Marina Cavalletti, Romina Dziovenas y Carlos Aldazábal. Sala Osvaldo Pugliese (PB), 19 hs.

Los días que no queremos

Fuerte como la muerte es el amor

Compartimos una reseña de la poeta María Laura Decésare y tres poemas de Fuerte como la muerte es el amor, el último y reciente libro de Diana Bellessi, publicado por Adriana Hidalgo.

 

Reseña por María Laura Decésare

 

En cada uno de los poemas reunidos en Fuerte como la muerte es el amor (Adriana Hidalgo Editora, 2018) la pequeña voz del mundo de Diana Bellessi nos abre las puertas de su pueblo natal, Zavalla, y en ese viaje recorreremos de la mano de la autora cada uno de sus paisajes, haremos amistad con Belkis, veremos las primeras hojitas verdes del sauce llorón, tres lechuzitas blancas, la flor primera del jazmín y oiremos el canto de innumerables pájaros “que han llegado de repente/ como llegan las palabras/ al sur de Santa Fe”.

Este maravilloso libro se abre con el poema Parque Villarino en el que Bellessi nos invita a ver los árboles al ritmo del tema musical A forest de The Cure para perdernos solos en el bosque en el que el sonido es profundo y “no hay nada/ más que el verde de la voz adolescente”.

Ningún paso de Diana Bellessi es en falso y nada pasa inadvertido ante su mirada que contempla todo lo que la rodea y a medida que avanzamos con la lectura surge un verso que nos demuestra su generosidad al compartir lo que su ojo ve “en la casita de Zavalla” al que “ustedes me trajeron, ¿verdad viejitos?” donde “se vuelven amigas las calandrias” y “Wanda, la perrita blanca y negra/ ya me ladra sin ganas/ y dejo de ser la forastera para ser su vecina”.

Desde su decir indiscutible, Bellessi nos alumbra con su poesía y nos regala un jardín con flores de colores, malvones, magnolias, azaleas, crisantemos blancos y la inmensa belleza del monte. Fuerte como la muerte es el amor y lo son estos poemas que le dan la bienvenida a casa, pero su voz es tan precisa y clara que conmueve cuando dice “el mundo se ha dado vuelta/ y vos/ cada vez sos más chiquita y/ necesitás/ a tu mamá y a tu papá pero ya/ no vuelven más” o cuando “llueve serenamente y los sapitos saltan”, pero también nos revela otras voces “y conversamos con Belkis/ alambrada de por medio, cómo quiero/ a esta mujer, es la única que me habla/ como me hablan los malvones” o “el día se nos acaba con un brillo y un meeeh…”

El libro se cierra con el poema que da el título Fuerte como la muerte es el amor, un poemario en el que abundan los finales con puntos suspensivos. ¿Qué intentará decirnos Diana Bellessi que nada deja librado al azar? y como respuesta asoma un verso: ¿Cuándo te vas? preguntan todos en Zavalla/ y yo, no sé qué decirles cuándo me iré/ y aunque lo sé me miento a mí misma, me digo/ no te irás”.

 

Y la poesía atrás…

 

Un bichito negro entró por la puerta

y creyéndolo un cascarudo le tiré

la toalla para sacarlo, entonces

empezó a gritar: cuik cuik violentamente

hasta que lo solté afuera, dice

la tía Porota asombradísima

de que el bicho hablara, y tan fuerte!

me dice mientras ríe contándome

el suceso del día y vuelve a contármelo

después agregando detalles: nunca

oí a un bicho quejarse, cuik cuik

como si me pidiera que lo dejara

ir, nunca en mis ochenta y eso que estoy

un poco sorda, me decía, con la

risa abierta ante el misterio sin igual

la tía más querida en este pueblo

de Zavalla, que me llamó a las ocho

para tomar juntitas unos mates

y contarme al final del día esta

historia fenomenal, cuik cuik gritaba

el bicho hablando con la tía, porque

sabía ella lo escuchaba, y la poesía

atrás…

 

 

El mazo

 

En el viejo café Cervantes sobre la plaza

la sombra luminosa de mi padre me acompaña

 

siempre he querido a este boliche sombrío

donde los parroquianos varones juegan al mazo

español o miran la televisión silenciosos

y me dan permiso, Dios mío, de fumar adentro!

 

aquí veníamos con el papá a tomar café

y a él, no le daba vergüenza traer a su hija mujer

 

la ruta al frente y la vieja estación de tren

con la plaza al lado, ya suben las voces de estos

machos y quisiera atrapar cada gesto o frase

que se repite desde mi infancia a mi vejez

 

ahora que ya se han olvidado de mi presencia

con las cartas en la mesa y uno lee le diario

 

dos toman cerveza o miran un documental

sobre Tailandia y el mozo del bar y yo

la octava pasajera con un noveno sentado

atrás que ahora entra al café de la plaza, el más

 

antiguo que conozco y siempre milagrosamente

abierto, hay un tipo ahora en el reservadito

 

tomando vino, y mujeres nunca, qué entretenida

la rutina de los varones que ahora comparto

con mi cuaderno de notas mientras el noveno

se acerca a jugar una básica y hablan de una víbora

 

no sé si será de Tailandia o de Zavalla

pero todo tiene un sabor de aventura antigua

 

que me dan ganas de reír y de llorar al mismo

tiempo y ahí entra el barbero y Barrera detrás

que se sienta en mi mesa mientras recuerda,

octogenario ya, al Chevalier y a su mujer

 

Hilda, amiga de mi mamá, encantador ese

Barrera, y otro, al que le reconozco la cara

 

aunque no sé cómo se llama y me dice “acá

se sentaba siempre tu papá, en esta silla,

frente a vos”, lo recuerdo, sí, mirando hacia la plaza…

ustedes me trajeron, ¿verdad viejitos?, y el dueño

 

del bar que me ofrece ahora una copita que no

me dejará pagar, tan grande y hondo, no sé

 

 

Perdida en la mañana

 

La gente me inquieta tanto, a solas

estoy feliz y calmada, luego todo

se transforma en un rompecabezas

que cuesta resolver como si el mundo

se derrumbara y no sé siquiera

mi nombre o el número de mi casa,

pero pasa, sí, con Wanda y los pajaritos

me siento tranquila y ese gallito

que canta otra vez, lo oí esta mañana

en los patios vecinos, sutura

no es lo mismo que supura, rubia

mía, el mundo se ha dado vuelta

y vos

cada vez sos más chiquita y

necesitás

a tu papá y a tu mamá pero ya

no vuelven más y con su sombra

enfrentás el mundo inmenso

que se te viene encima, sola, solita

como esas gallinas que cloquean

mientras vos escribís tus últimos

poemas y conversamos con Belkis

alambrada de por medio, cómo quiero

a esta mujer, es la única que me habla

como me hablan los malvones, rojito

y naranja y es esta charla

la que me devuelve la paz perdida

y reencontrada siempre, sábados

de mi vida, aquí en Zavalla…

 


diana-bellessi-foto-filba-difusionDiana Bellessi nació en Zavalla, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1946. A lo largo de su trayectoria ha recibido numerosos premios de poesía, como el Diploma al Mérito de la Fundación Konex (2004) y el Premio Nacional de Poesía (2011). Ha  publicado: Crucero ecuatorial (1981); Tributo del mudo (1982); Contéstame, baila mi danza (1984); Danzante de doble máscara (1985); Eroica (1988); Buena travesía, buena ventura pequeña Uli (1991); Días de seda (sel. y trad. de poemas de Ursula K. Le Guin, 1991); El jardín (1993); Lo propio y lo ajeno (un libro de reflexiones, 1996); Sur (1998); Gemelas del sueño (1998) (con U.K. Le Guin); Mate cocido (2002); Desnuda y aguda la dulzura de la vida (AH, 2002) (sel. y trad. de la obra de Sophia de Mello Breyner Andresen); La edad dorada (AH, 2003); La rebelión del instante (AH, 2005); Persecución del sueño (2006); La penumbra que mira el oro (2007); La voz en bandolera (2008); Tener lo que se tiene, Poesía reunida (AH, 2009); Variaciones de la luz (2012); Zavalla con Z (memorias, 2012), Pasos de baile (AH, 2014) y Fuerte como la muerte es el amor (2018).

 

mldMaría Laura Decésare nació en Rufino, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1969. Estudió Ciencias de la Comunicación y es Técnica Superior en la Corrección de Textos. Publicó los libros de poemas: La letra muda (Ediciones del Dock, 2010); Vida de gatos (Ediciones del Dock, 2012 – reeditado en 2015); Somos lo que damos (Ediciones del Dock, 2015) y La hija menor (Colección Pez Náufrago, Ediciones del Dock, 2017). Integra la antología Décima Convergencia Internacional de poemas “JUNÍNPAÍS2011” (Ediciones de las tres lagunas, 2012). Administra el blog: La letra muda: http://mldecesare.blogspot.com.ar

Imágenes: cortesía María Laura Decésare

Los días que no queremos

“Boca que la noche abre”, antología de Leonor García Hernando

Compartimos siete poemas de Boca que la noche abre, antología de la gran poeta tucumana Leonor García Hernando que acaba de ser publicada por El suri porfiado (2018), con selección y prólogo de Juano Villafañe.

 

 

EXISTO

 

 

Yo existo aún ante el miedo

golpeteando cascabeles de verano.

Yo existo.

Que el mármol resguarde

mis blasones de harapo,

porque transcurro.

Mi canto entrelaza jirones de asfalto

y estoy, o me voy,

o me quedo, o naufrago.

 

La lámpara hilvana cansancio de luz

en su gesto callado.

Quedo atrapada en tus ojos maduros y blandos.

Recorro la medular tristeza

de tus calles noctámbulas

y el viento es un mito desnudo

que rasguña apenas

la desolada piel de los faros.

 

Mi vida de hojaldre está quieta.

Mi cabeza de pájaros nocturnos

se deja caer, se derrumba.

Se abandonan mis manos

a su mudo destino de símbolos.

Pero yo sé que existo.

 

Aún ante el horario repetido

de los atardeceres mundanales y tiesos,

contagio un latigazo oscuro,

un rasgo gastado,

la impotencia brutal de mi destierro.

 

 

(de Mudanzas)

 

 

*

 

PUEDO RECORDAR: había un país donde

bailábamos y brindábamos con nuestros amigos

 

 

 

Asfixia sobre asfixia.

Sol sobre sol.

Y este inmenso país que nos abarca.

Un día nos descubrimos lamidos,

abandonados. (húmedos y vírgenes).

Sabemos que hay borracheras

que sólo nos pertenecen a nosotros,

que son nuestras aliadas;

que por ellas salimos a pelear.

 

Asfixia sobre asfixia.

Sol sobre sol.

Un día sabemos que no nos quedan ojos;

que las novias

dejaron sus ojos

detrás de las ventanas.

Después la noche suelta sus perros oscuros

hasta dejar la tierra trémula,

sin que podamos abrigarla.

 

Asfixia sobre asfixia;

el miedo es una piel distinta

que nos enorgullece.

 

Tenemos miedo

y nos alzamos abrazados y llorosos

a luchar

como una sola piel;

sol sobre sol;

hasta desnudarnos,

y hallarnos enteros a pesar de todo.

 

El monstruoso corazón de las tormentas

no se atreve a marcharse todavía.

Atraganta el pequeño país que contenemos.

Por eso vamos a empujar fogatas,

vamos a levantar la tierra

como un solo alarido;

vamos a quedarnos

creciendo desde la montaña,

acechando desde las mareas;

hasta sofocarlo.

 

(Y tanto nos arrimamos al fondo del viento

que tiembla entre nuestras piernas.

Y tanto gritamos en su vientre nudoso).

 

Sol sobre sol,

mis amigos bailarán

y brindarán por nosotros.

Luego,

quizás, bajen flores de la montaña

para que las mire.

 

(de Mudanzas)

 

*

 

Nadie quiere a nadie. Sólo sombras líquidas se mueven en el aire sucio.

La pasión es la altura y la enfermedad.

El cómico ha dejado su copa en la baranda peligrosa. La noche es arqueada como un pétalo sobre las ventanas iluminadas.

La noche es de estrellas carnívoras.

Qué amor nos tocará la frente ácida? Las paredes son desdichadas y con musgo en el hotel donde persisto      la fiebre es alta como una adolescente con las ropas azules y mojadas.

Con un alfiler podría atrapar esa mariposa; se desliza en la luz del foco que cae como una lágrima entre la pestaña de los cables.

Con un alfiler insistiría en su corazón.

 

(de La enagua colgada de un clavo en la pared)

 

*

 

He tenido el terror de los bichos humildes en la tormenta. Me mortificó la duda. Me mortificaron los grandes helechos ponzoñosos, los ojos de las modistas, las palabras habladas en la boca de mi madre.

La duda comió de mi corazón como un chino inclinado sobre su arroz cocido.

El deseo vino con un peso de barco que divide las aguas y termina siendo sólo veneno     blanco      cae en gotas de un raro espesor.

La boca agrandada por el deseo como por trazos de carmín y los ojos agrandados por la lectura.

Eso es todo.

 

(de La enagua colgada de un clavo en la pared)

 

*

 

Años

 

He perdido. Hemos perdido y llorado al fondo de los gallineros.

No hay más consuelo que estas plumas, estas aves de corral mirándonos compasivas.

 

(de La enagua colgada de un clavo en la pared)

 

*

 

Traición

traición en esta alcoba, en esta patria.

 

Sólo un verso hay en mí

un ciervo que huye, herido por los muertos.

 

Un poema es un instante de lucidez, de fascinación ante la historia.

Hay pisadas en el monte.

No he muerto yo y entre pisadas, estoy aquí escribiendo por azar.

 

(de Negras ropas de mujer)

 

 

 

*

 

y ella dijo: __sueño y desorden. La noche me da estos frutos porosos.

   No me quejo del azar.

No me quejo del llanto de los animales atados,

ni del hambre de la noche que come los objetos y los hace carne de su oscuridad

y ella dijo: __se supone que hay algo pesado en mi corazón.

Mis piernas son blancas, sin solear y de una pereza que es la turbia apariencia de la sangre.

Se me supone iluminada de frialdad y de astucia;

en el desorden pero estéril,

acabada por un aprendiz que hizo lo que pudo.

 

(de Tangos del orfelinato / Tangos del asesinato)

 


 

garcia_hernando_21Leonor García Hernando nació en Tucumán en 1955 y murió en 2001 en la ciudad de Buenos Aires, producto de un cáncer, dos semanas antes de la publicación de su último poemario. Poeta de culto, formó parte del “Taller Literario Mario Jorge de Lellis” y del consejo de redacción de la revista Mascaró. Publicó Mudanzas (Ediciones del Taller Literario Mario Jorge De Lellis, 1974), Negras ropas de mujer (Colección de Poesía Mascaró, 1987), La enagua cuelga de un clavo en la pared (Último Reino, 1993), Tangos del orfelinato / Tangos del asesinato (Colección de Poesía Mascaró, 1999) y El cansancio de los materiales (Colección de Poesía Mascaró, 2001).

Fotografía de Leonor García Hernando: Carlos Romero.

Los días que no queremos

Cruzar el desierto

Compartimos un fragmento de Cruzar el desierto (Colectivo Semilla, 2017), último libro del poeta y escritor de Bahía Blanca Nicolás Guglielmetti.

 

Remeras que digan:

“Yo soy mi propio aparato”

 

Pensar que en donde ahora yace el monumento

a Bernardino Rivadavia allá por el 40´

ponían una fonola que pasaba música

para que la gente se disperse entre los pastos.

 

El colorado Martinez murió hace una década.

Se vino de Chile y disfrutó las oportunidades

que en la Argentina daba el general Perón.

Dedicó toda su vida  a manejar cuadrillas de zanjeros.

Como herencia me dejó un tesoro de objetos que otras personas

por algún motivo querían ocultar.

 

No recuerdo cuál es la que se sienta en la falda

y cuál la que recibe la caricia procaz.

A veces lo mejor del arte de esta época

está en las redes sociales.

 

Alguien tira un poco de galletitas

cerca de las tanzas

para comprobar que hay vida y ver

borbollones

como cuando hay pique.

 

Esa ilusión es lo que los mantiene vivos.

 

Anoche nos emborrachamos con Ana.

Cuando desperté en la tele daban Terminator.

El futuro padre de John Connor se arrastraba

entre cadáveres de exterminadores.

Después se despierta y está junto a Saha

en lo que aparentemente es un futuro mejor.

 

Para que el ruido del pez agonizante

no altere nuestra percepción de bienestar

meto los dedos en las agallas y giro el cuello.

 

“En la cabeza está concentrado el sabor de la vida”

me explican los  peruanos.

 

Los que militan como los que están felices

no tienen tiempo para escribir. Sabélo.

 

Leo revistas en la tempestad.

 

A las 0:50 por la rotonda del Cholo:

mitad escarcha, mitad intuición.

 

Puse una etiqueta. Perdí.

 

Tipos que están comiendo

y ponen estoy comiendo.

 

Gente

que llama a Panorama

o vota a Gay.

 

Al lado de mi casa

estuvo comiendo Menem

cuando decir Menen

no estaba prohibido.

 

En una de sus dos o tres visitas

en que lo arrastraron a la ría local

a pescar tiburones.

 

No es boleto, lo juro.

Dicen que se sentó en el tablón

que arman todos los jueves

en el taller del Gallego

para comer asado y que los custodios

probaron antes su comida.

 

Esto podría ser el comienzo de una novela

si yo no fuera un tipo que asiste a un taller de poesía.

 

El lunes después de mañana

voy a confesar todo lo que pienso.

 

Acá uno antes cargaba a pala los barcos.

 

Rio, acomodo un discurso rebotante

con mucha condescendencia mientras cierro una bolsa

con pescadilla de la cual voy a negar el origen.

 

Esto es como el amor.

 

 


 

nicocruzarrrrrrrrrrrrrrrNicolás Guglielmetti nació en 1981 en Bahía Blanca. Cursó estudios de letras en la UNS y formó parte de Vox Ruta 33 y EAPP (Escuela Argentina de Producción Poética), ambos programas destinados a la formación de escritores emergentes. En 2008 fundó el periódico Ático, del cual fue director hasta 2009. Ese mismo año fundó Nexo, proyecto cultural bahiense que comanda hasta estos días y oscila entre el papel, la web, el formato radio e incursiones audiovisuales (http://agenda.nexodeluxe.com.ar/).  En poesía publicó: Cesar Palace, (Semilla, 2009); Tres Dedos, (Niña Bonita, España, 2011), La adolescencia del bostezo, (Letras de Cartón, Chile, 2012),  Bella Vista, (Vox, 2015), Cruzar el desierto,  (Colectivo Semilla, 2017). En narrativa: Fisher y los refugiados, (17Grises, 2016). Los desquiciados es su segunda novela.

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