Poemas cuánticos de Yin Xiaoyuan

Poemas cuánticos de Yin Xiaoyuan

Presentamos algunos textos de la poeta china Yin Xiaoyuan, traducidos por la argentina Fabiola Rinaudo.

 

Corriente alterna, turbulenta o serena

 

En la playa le preguntaste al hombre del rompevientos grisáceo:

¿Cómo defines “la voluntad”?

Con su dedo él dibujó una onda senoidal en la arena, luego la borró
con olas a su designio. Una tapita de vinagre y las borbotantes calorías

de los vegetales en tu estómago,

dando vueltas y ardiendo, te dan la impresión
de sierpes deslizándose hacia algún lado atrás. Anoche, cuando volvías a tu casa,

se repitió la escena en la que ella se negaba a dejarte
tocar su violín, mojado de lluvia. “¡Aléjate! ¿está claro?

Sólo una de las cuerdas es la línea cero pero tú no puedes decir cuál!”

Ella sonrió extrañamente

y corrió arriba por las escaleras. La cuerda que se rompió durante la actuación

se arrastraba detrás de ella, era tan gruesa como una soga de remolque. Confundido,

inmóvil allí,

lanzaste una moneda al aire, y la escuchaste

zumbando rápido, con compases fuertes y débiles que se alternaban.

Un chaparrón y un diluvio desbordándose en diferentes direcciones.

Catorce días se necesitan para secar tus redes, y borrar
toda la información del nivel del agua. Relieves, temperatura, luz desde arriba

Y tu masculinidad,  que se dará vuelta como un abrigo

al otro lado del globo.

 

 

Alternating Current, either Turbulent or Serene

 

On the beach, you asked the man in grayish windbreaker:

‘How do you define ‘The Will’?’

He drew a sine-wave with his finger in the sand, then wiped it away

With waves at his command. A capful of vinegar, and seething calories of vegetables

In your stomach, turning and burning, gave you the illusion

Of snakes slithering away somewhere behind. Last night on your way home,

 

There was a repeat of the scene, in which she refused to allow you

To touch her rain-drenched violin. ‘Keep your distance, am I clear?

Only one of the strings is the zero line, you just can’t tell which!’ She smiled weirdly

And ran upstairs. The string which snapped during the performance

Dragged along behind her, was as thick as a towrope. Confused, standing still there,

 

You tossed a coin into the air, and heard it

Droning fast, with strong and weak beats, alternating,

A downpour and a flood – overflowing in different directions.

Fourteen days are needed to dry your nets, and clear

All water-level data. Landforms, temperature, light from above

 

And your masculinity, will be turned inside out like a coat

On the other side of the globe.

 

 

Conservación del momentum.  Tragicomedia de un empate

 

Perdidos misteriosamente  estaban el aserrín y la audiencia. La última estación de

florecientes vainillas en el cuadrilátero de boxeo,

fueron barridas por una ráfaga de viento

Luego del silbato final. “El asistente lo ha confirmado, el turquesa es
el color complementario del guinda.

Después de una avalancha de fuerza física
cayó el telón. Él cortó un trozo de paño verde del centro,

y lo cambió formalmente por uno violeta de su oponente,

en ese momento, aparecieron en la pantalla LCD de Vidameter los números

uno positivo, otro negativo. “Un universo renuente a rendirse a la quietud sin ondas

se ha partido en dos — un par convexo- cóncavo.”

En sus memorias, él escribió: “Como si yo y mis puños, atrapados en una botella,

Sólo quedaba allí una chimenea para inhalar algo de la posluminiscencia.

Estuvieron años conmigo,

Como corpulentos y leales perros lobo. Sin embargo, si nos hubiésemos

esforzado en la misma dirección,

ellos  habrían asumido
el momentum total, mientras yo caía, muerto y descompuesto.

Sólo una divergencia de direcciones

nos fortaleció a ambos. (Besando el anillo de campeonato en su dedo del medio): ¡Adiós, compañero! ¡De una vez para siempre!

 

 

Conservation of MomentumA Breakeven Tragicomedy

 

Mysterious lost were both sawdust and the audience. Last season

of blooming vanillas in the boxing ring, were swept aside by a gust of wind

after the final whistle. ‘The assistant has confirmed, turquoise is the complementary color

of cherry. After an avalanche of physical strength

theater drapes were down. He cut a verdant piece from the center,

And earnestly bartered it for the violet one from his opponent,

At which moment, numbers appeared on the LCD screen of Vidameter —

One positive and the other negative. ‘A universe unwilling to yield to rippleless quiescence

Has ripped itself into two– a convex-concave couple.’

In his memoirs he wrote: ‘As if me and my fists, trapped in a bottle,

 

Only a chimney left there to sniff some afterglow in with.

They had been with me for years,

Like bulky and loyal wolfhounds. Yet if we had toiled on

In the same direction, they would be taking up

The total momentum, while I drop dead and rot. Only a divergence of directions

 

Strengthen us both. (Kissing the championship ring

On his middle finger): ‘Farewell buddy!

Once and for all!’

 

Fuerza centrípeta

La ciudad, en la distante jungla dorada de un magnífico atardecer,

Ora irradiando luz, ora deslizándose

Bajo cero. Un camino costero contra los tenues trazos del ocaso es un símbolo

del transcurrir del tiempo. Mineros en algodón o lino

pasaban, cestos al hombro,

desnudando sus dientes de matiz abedul.

Las ruedas chirriando

debajo de ti con olorcito a céfiro, cual toros en

un campo de maíz.

Una nuez de Manteca y un frasco de aceite del árbol de té

era lo que llevabas en el bolsillo

para aplacar los ejes burlones,

al sacudirte la arena de todas las cosas

de tu guante de cuero.  ‘Sus joyas y sus miradas son tan antiguas como

Las raíces de los árboles banyan. A través de un agujero de gusano ella se comunica con la ciudad

desde hace trecientos años’. Ellos cantaban canciones extrañas.

Te encontrabas inmóvil. Las hojas caídas se arremolinaban

mientras desacelerabas, inclinándote lateralmente,

Convirtiéndote en una mariposa de fuego  que va a la guerra,

y lograste detenerla antes del precipicio

Cascos en el aire.

 

 

Centripetal Force

 

The city, in the distant golden jungle of a magnificent sunset,

Now radiating light, now gliding

Below zero. A coast road against faint streaks of dawn is a symbol of

The elapse of time. Mine diggers in cotton or linen

Passed by, basket on shoulder,

 

Baring their birch-hued teeth. Whirring wheels underneath you

In whiffs of zephyr, were like bulls in

A field of wheat. A pat of butter, and a flask of tea tree oil

Were what you carried in your pocket, to sooth the mocking axis,

When you flipped dust of all things off

 

From your leather gauntlets. ‘Her jewelry and glances are as old as

Roots of banyan trees. Through a wormhole she communicate with the city

Three hundred years ago…’ Bizarre songs they sang.

You founded yourself still. Fallen leaves rolled up

 

When you lowered your ride, and tilted laterally

So it became a fire-breathing butterfly, going to war,

Which you reined back from a cliff,

Hoofs in air.

 

 

Dualidad onda partícula para la existencia

 

Los árboles sangre de dragón, sumergidos en la profundidad de la siempre humeante luminiscencia del crepúsculo, tensan su gran arco contra la tierra yerma.

Los envuelven cintas de luz alrededor. Sus hojas aciculares tienen brillo y oscuridad como camuflaje.

Rosas del desierto, tallos con forma de jarrón, flores rojo bermejas sumergidas en el sol

Se funden en

grandes y caprichosas nubes. Tú habías planeado acortar el tiempo

– el camino más corto, evitando los pinchos, los afilados bordes

y el peso uniforme de tus líneas de corriente. Ahora, la luz del sol en racimos salta en todas las direcciones

como hacen los peces espada. Son las plantas aromáticas, robustas y tolerantes a la sequía las que se reparten la carga constante en la tierra cuando caminas. Un viaje largo y eterno

debería desacelerarse, de lineal a uno con forma de puntos.

Momentos de aislamiento

un destello en los ojos de las aves marinas. Cuando desempaques tu vida entera en la costa, como aguanieve movida por el viento,

se levantarán

espuma y burbujas

desde el centro del mar

Y arrasarán tus pies así como a los heliotropos.

Tú también eres una partícula, redonda y entera,

idéntica a las que están en una piedra caliza, debajo de la que

la caralluma rojo sangre

explota en olas de voces

del Creador.

 

 

Wave-particle Duality for Existence

 

Socotra dragon trees, engulfed in the depth of ever-fuming afterglow,

Brace up its grand arch, against a background of wasteland,

Ribbons of light are wrapped around. Buntings got brilliance and darkness

As camouflage. Desert roses, caudex vase-shaped, carmine flowers dipped

Into the sun, were fused into

 

Grand yet capricious clouds. You had planned to cut across time

– Crow’s flight, wiping off thorns, keen edges, and even

Weight of your streamlines. Now clusters of sunshine, leap up from all directions,

Like sailfishes do. It is the aromatic plants

Robust and drought-tolerant, which share constant load on the land,

 

When you walk along. A journey long-range and eternal

Should be slowed down, linear to punctiform. Moments of seclusion

Flash across the eyes of sea birds. When you unpack your entire life

On the shore, like a windblown sleet, froth and foam will rise

 

From the center of the ocean, and sweep across your feet

As well as the bloodstones. A particle are you too, round and full,

Identical to those circling within a limestone, above which, blood-red

Caralluma, blooms in waves of voices

Of The Creator.

 

 

 

 

 

La máscara y el menisco

 

Oh! Surgente envase de vicisitudes,

drenando impermeable por años. Cuando buceas

una estela de burbujas blandas y centellantes

se levanta bajo tus alas. Plateadas, de blanco jazmín

si de casualidad sales a la superficie.

A través del angosto corredor, el destino en torrente toma el control

El menisco, cóncavo,

contrapesado por la brisa y los rayos de sol,

mientras la amyris balsamifera, convexa

Un momento crítico

antes de que la explosión cámbrica tuviera lugar.

‘La tensión de la superficie es la voluntad de resistir el tiempo y la marea’

cuando su valor es mayor que su habilidad de adaptación (La resiliencia)

nuestros rostros se vuelven máscaras.

 

 

The Mask and the Meniscus

 

O flourishing container of vicissitudes, nonwettable

By years leaking away. When you dived underneath,

A train of glimmering fluffy bubbles rose

Beneath your wings. Silvery, jasmine-white

 

When you fortuitously surfaced.

Through the narrow corridor, torrential fate took lead.

The meniscus, a concave one,

Weighed upon by breezes and rays of light,

While Amyris balsamifera, convex, a critical moment

Before Cambrian Explosion took place.

 

‘Surface tension is the will to withstand time and tide.’

When its value greater than self-healing ability (The Resilience) within,

Our faces become masks.

 

 

La particula divina, o una cucharada de té de elementos desconocidos 

 

Definida como una médula de formas, la materia inevitablemente funcionará como

una fuente de luz, proyectando su influjo en sus devotos que serpentean a través del desierto.

Un universo inundado de gluones, fotones y mesones

Antes de que este ser extraterrestre de cabeza de Mantis con un quark emergiera de cualquier manera.

Una profusión de sustancias ejerce una fuerza gravitacional

en el océano tridimensional de la existencia.

‘De la Teoría de las Cuerdas han aparecido 11 dimensiones,

mientras por debajo de las células del iris en el ojo compuesto su nombre sigue siendo un misterio hecho de imágenes de espejo y mullidas nubes.’

En este espacio tiempo, partículas con núcleos duros y brillantes anillos, cavidades y estructuras de glóbulos rojos proliferan como anélidos.

61 partículas elementales,

con sombras hemisféricas, esféricas, bicóncavas y aún catenoides

Una cucharada es demasiado, desde que las divergencias en la carga de color las deja en discordia. Permanecen en los bordes, hasta ser catalizadas por Dios- de la misma manera en que las almas se combinan con los cuerpos

Son bendecidas con la gravedad y la velocidad.

 

 

The God ParticleOr a Teaspoon of Unknown Elements

 

Defined as marrow of shapes, mass will inevitably function as

A source of light, casting influence upon its worshipers

Snaking through the desert

 

A universe suffused with gluons, photons and mesons –

Before this Mantis-headed alien with one quark on either side

Emerged. A profusion of substances exerts a gravitational force

On the three-dimensional ocean of existence. ‘Out of string theory, 11 dimensions

Have loomed up, while beneath iris cells of a compound eye,

Its name remains a complex, made up of mirror images and fluffy clouds.’

 

In this spacetime, particles with hard cores and bright rings, cavities and RBC structure

Teem like annelids. 61 elementary particles,

With shadows hemispherical, spherical, biconcave or even catenoid,

A spoonful is too much, since arguments on color charges

Left them in discord. They had been lingering on the edge,

Until catalyzed by God – Just in the way souls combine with bodies,

They were blessed with gravity and speed.

 

 

 

Materia y Energía

En el marco de un día sombrío decidiste replegar

tu ser translúcido.

Los rayos deben ser interrumpidos antes de que

se activen las doradas semillas de sésamo

Con tus paralelas, fuiste instalado en una nébula con forma de abanico

como una distracción espléndida.

Partes una vez plegadas han emergido en otro lado, mientras los susurros que resonaban en una oquedad

tomaron la forma de un fenómeno atmosférico

a través de la combada tela  del espacio-tiempo. Una multitud de sustancias apagaron su sombra dentro del núcleo.’ La materia no es sino superconjunto de fuentes y objetivos,

Sus vínculos se extinguen cronológicamente

Y forman una colonia, como agujas danzantes guiadas por el magnetismo.

Ahora eres un capullo

cuya seda flota en el espacio. Cuanto más cerca estés de la velocidad de la luz,

más te acercarás al borde del desvanecimiento.

 

 

Mass and Energy

 

In the reference frame of a gloomy day, you decided to fold

Your translucent self. Beams should be interrupted

Before activating the golden sesame seeds within.

 

With your parallels, you were planted within a fan-shaped nebula

As a splendid distraction. Parts once tucked in

Have sprouted elsewhere, while whispers echoing in a hollow

Have taken the form of an atmospheric phenomenon

Across the warped spacetime fabric. Substances overcrowded

 

Shut their shadows inside the core. ‘Mass is but a superset of

Sources and targets, its links take off chronologically

And form a bee-line, like dancing needles driven

By magnetism. You are an empty cocoon now, whose silk

Floats in space. The closer to the speed of light you are,

The closer to the edge of vanishing you become.

 

 

 

Caminata cuántica

 

Hombre con [dedos de color gengibre] [reloj biológico estándar] [mente solitaria] [pulmones decrépitos]

Hombre con [dedos de color de jade][ reloj biológico acelerado] [mente/moderada][pulmones limpios]

Hombre con [dedos de color de jade][reloj biológico desordenado][mente fracturada] [pulmones fuertes]

—-

Él los concibió ,como se señaló anteriormente,

hasta que el garabato escarlata zigzagueó

más allá de la pared en contínua expansión, mientras entre las curvas

Él remarcó con letra chica:

“Sólo para referencia de muestras específicas de género”.

Aplicadas igualmente a las hembras, aún las humanas, en estadios históricos precedentes o subsecuentes”.

Quanta sin rasgos de cráneos Longan,

girando a ciegas, tomando briznas de humo y olor a trigo

después disueltos en unos datos diferenciados.

“Apareciendo como un sello de fecha variable

formaron cifras de varios numerales, con inherentes fragmentos de ADN”

Huesos como sierpes (casi fenómenos), con la etiqueta

“Estado superpuesto”.

Bordados en una trenza binaria

delgada y diáfana, suspendida verticalmente.

Esperaron la hora propicia.

Después exigieron  asumir la forma de una peonza

en vez de la de monedas con cabeza y cola.

Se desenredaron  a si mísmos

en diferentes posiciones.

Esta vez fueron observados en dos dimensiones.

.Estructura de panal en la diana–hombres en (estado de equilibrio)

9 Puntos –hombres en (estados particulares)

7 y 8 puntos – hombres  apenas clasificados como tales (en existencia)

2 a 6 puntos – todos los hombres que conocemos.

 

 

 

Quantum Walk

 

Man with [ginger-hued fingers][standard biological clock][recluse mind][decrepit lungs]

Man with [jade-hued fingers][Oversped biological clock][moderate mind][fresh lungs]

Man with [jade-hued fingers][disordered biological clock][fractured mind][stout lungs]

……

 

HE formulated them as above until the scarlet scrawl zigzagged

Beyond the ever-stretching wall, while between the curves he remarked

In smaller font size: ‘Only for reference as gender-specific samples,’

Applied equally to females, even humans in preceding or subsequent historical stages.’ Quanta without features

 

Longan-shaped-skulled ones, swirling blind, taking in wisps of smoke, and aroma of wheat

Then dissolved into differentiated data. ‘Appearing like rolling date code stamp,

They formed digits of various numerals, with inherent DNA fragments within,

Snaky bones (almost phenomenal), and got the label

‘Superposed State’. Braided into a binary plait

 

Thin and diaphanous, suspended vertically,

They bided their time. Later claimed to be shaped like spinning tops

Instead of coins with heads and tails. They disentangled themselves

Into different positions. This time they were observed

 

On a two-dimensioned basis. honeycomb pattern in the bullseye – men in [equilibrium state]

9 Points- men in [particular states]

7 & 8 Points- men barely classed as [existing]

2 to 6 Points- all men known to us

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Yin Xiaoyuan (Yīn Xiǎoyuán, “殷晓媛” en chino) es una poeta y escritora multilingüe, vanguardista y multifacética fundadora de la Escuela de Poesía Enciclopédica (2007), iniciadora del “Movimiento de Escritura Hermafrodita” y redactora jefa de la “Declaración de la Escritura Hermafrodita”. También es directora y diseñadora visual del proyecto de “Escuela de Poesía Enciclopédica I.A. Papercube” (Edición Especial 10mo Aniversario) y directora del “Taller de Escritura creativa y Arte Integrado” que incluye entre sus miembros a poetas, escritores, dramaturgos, músicos, artistas visuales y del campo de la fotografía, las instalaciones y la caligrafía. La Escuela de Poesía Enciclopédica al decir del jefe del Dpto. de Compras de la Biblioteca Nacional de Rusia, T.V. Petrusenko, es  “una nueva tendencia en la poesía china contemporánea”. Para Glennys Reyes Tapia, Jefe del Dpto. de Recopilación de la Biblioteca Nacional Pablo Henriquez Ureña (Rep. Dominicana) se trata de “un tesoro bibliográfico de la cultura china.”

Xiaoyuan es miembro de la Asociación de Escritores de China , de la Asociación de Traductores de China y del Instituto de Poesía de China.

Ha publicado 9 libros que incluyen 4 antologías: “Recuerdos efímeros”, “Más allá de Tzolk’in”, “Trilogía Vanguardista”, “Agente sembrador de nubes” (De la serie 10mo Aniversario de la Escuela de Poesía Enciclopédica), y una traducción de la antología del poeta/artista neoyorkino Bill Wolak “Become a River” (New Feral, 2018).

Tiene escritas 18 épicas (que suman 70.000 versos) y 24 volúmenes de poemas enciclopédicos. Escribe en chino, inglés, japonés, alemán y francés y ha sido traducida al italiano y al español. Su obra se ha publicado en su país y en el exterior.

Xiaoyuan ha traducido a más de 50 poetas contemporáneos de los EE.,UU., Reino Unido, Suecia, Irlanda, Australia, España, Argentina, Japón, India, Cuba, Honduras, Colombia, Bolivia y Ecuador.

Ha viajado alrededor de China, especialmente por las Grandes Montañas. Entre ellas, el Monte Huang, el Monte Hua, el Monte Heng (Hunan) y el Monte Tai, que escaló a pie.

 

Epicas Yin Xiaoyuan:

Trilogía Vanguardista (前沿三部曲en chino):

Nephoreticulum (《云心枢》en chino)

Polysomnus (《多相睡眠》en chino)

Enneadimensionalidad  (《九次元》en chino)

 

 Sedecología de la rosa de los vientos) (风能玫瑰十六传奇en chino):

Iki de Bashō, Wabi de Muramasa (《武芭蕉,雌村正》en chino)

Seepraland (《锡璞拉群岛战纪》en chino)

Domador del viento  (《止风之心》en chino)

La Torre Hanoi (《汉诺塔》en chino)

Turkana (《图尔卡纳》en chino)

La Byzantine(《拜占庭野心》en chino),

Dueto Doppelganger(《自他体二重唱》en chino),

Laponia ensangrentada(《血沃拉普兰》en chino),

La agencia de optimización del espacio-tiempo (《时空优化署》en chino),

La desaparición en Atacama (《盐湖疑踪》en chino),

Llamas mellizas(《双生火焰》.

 

Fabiola Rinaudo (Salta, 1964). Poeta. ensayista. abogada, periodista y docente. Reparte su tiempo entre Toronto, New Haven, Buenos Aires y Salta. Es columnista del periódico Identidad Latina, imparte clases de español y escribe crónicas. Se desempeñó en cargos de relevancia a nivel provincial y nacional y en el sector privado. Tiene publicados artículos en revistas especializadas, y cuentos y poesías en antologías y periódicos. De 2014 es su primer poemario Green Square (el Suri Porfiado).

 

Imagen: gentileza de Yin Xiaoyuan

Una aproximación a la poética de Edgar Bayley

Una aproximación a la poética de Edgar Bayley

Un ensayo del escritor cordobés  Alfredo Lemon sobre el gran poeta argentino.

 

Casi al terminar el invierno, en agosto de 1990, falleció Edgad Bayley.  Había nacido en 1919, fue el principal expositor del invencionismo en Argentina y uno de los creadores más respetados -no por ello del todo difundido- de la poesía contemporánea latinoamericana. Dicha corriente, según el autor, más que un movimiento, fue un llamado de atención hacia la necesidad de privilegiar el lenguaje, de atender, no sólo a sus proyecciones semánticas, sintácticas, fónicas y visuales, sino también, al modo de asociar las palabras integrándolas en imágenes y significados. “No se trata de negar el aporte del surrealismo, la apertura a las sensaciones del inconsciente, a la imaginación o al automatismo; sino de destacar la importancia de la organización y la elección de las palabras al momento mismo de la creación: el logos poético”.

El porvenir desata raíces

Por su actividad literaria,  por su participación en memorables revistas de la época  (Arturo -1944- Invención -1945- y Poesía Buenos Aires -1950-), como así también por su visión original y penetrante, su impronta se distingue dentro de ese magnífico coro de voces que fue la llamada generación del 40’/50’ en las letras de nuestro país. Y no por una mera cuestión de escuelas o de cronología sino porque su creación constituyó un punto crucial, cuando las vanguardias eran moda y los sentimentalismos de la retórica argumental de la prosa se filtraban en las operaciones mentales de los autores de la época. Bayley salió airoso de esas tentaciones aleatorias e ideológicas venidas de Europa y supo trabajar la creación en su esencia, desechando los falsos oropeles de la trivialidad: “vas a ordenar por fin tu cabeza/ hablar claro entender entenderte/ vas a tener revelaciones/ en tus manos/ vas a comprender por fin/ en la oscura mañana/ la libertad de no esperar/ de no culpar ni disculparte/ vas a ocupar el mismo interés/ cualquier ventana/ harás tuyo por fin cualquier paisaje/ la voz que tengas ese día”.

Fue propulsor de las tendencias artísticas de la modernidad, esquivó los riesgos de la frigidez del intelectualismo sin escamotearle a la palabra, el gusto por la libertad, la apoteosis de la vida: “no digo nada/ no explico/ no contesto/ no excusaré/ no espero/me acuesto/ miro al cielo/ miro al espacio/ al aire/ al río que me nombra.”

Su dicción encarna en el lenguaje y penetra en los sentidos y el espíritu, como cuando alude: “sobre el palmar tal alto/ se abre la roca del día/ caen las redes/ tras la noche/ prosigue la vertiente comunicando los nombres del mundo/ que recomienza.” Igualmente, ardiente y mesurado, apunta a la razón y al alma: “una lluvia de azufre una bandera en llamas, /cuando ella mira a lo lejos/ se disuelven las sombras y el crecimiento llega”.

Dotado de un saber libre de esquemas, dogmatismos o pedanterías, consideraba -como muchos hacedores actualmente- que el poema sirve para celebrar la existencia en contra de la muerte, cantar el milagro de sentirse vivo aun en medio del dolor, las pérdidas o la soledad: “es el momento mismo en que el amor/ brota un río verde en cada uno/ y nos vuelve a otro sueño/ en otros corredores/ un cielo nuevo nos abre su puerta lateral/ un pájaro un pulpo negro y blanco/ una arcilla un rayo un niño nos recibe/ y el aire cambia y la tierra grita/ en nuestras bocas.”

Poseedor de un discurso transparente y al mismo tiempo reflexivo, sus composiciones resultan acertadas y pulidas aunque parezcan escritas al conjuro de una expresión instantánea: “busco la marcha de cada letra/ la alegría de vivir en el descuido de mi retorno.”

Quiere encontrar en los actos cotidianos, la magia del día y sale a buscar su verdad, como el reflejo de una luz trascendente: “ando por las calles desconociendo el mar excepcional/ me paro a conversar con la larga mano de la llanura/ y sé de mí y del hondo kilómetro habitado”.

Por donde llega la mañana

Los versos se hilvanan ante la contemplación de pequeños éxtasis, ante los susurros de la naturaleza, el deambular de los hombres por aceras rápidas y la advertencia del reloj vital marcando límites: “me pregunto y es una pregunta inmoral / si servirá de algo abrir esa puerta/ que da al patio a la tierra al viento/ a los pasos de la gente/ me pregunto si servirá de algo escribir/ a estas horas de la noche/ en el silencio de mi habitación con la puerta cerrada.”

Como si nunca se aprendiera a vivir, como si cada herida fuera nueva y cada alegría algo por descubrir, se sorprende del rostro proteico de la realidad y ordena el caos circundante en contornos precisos: “hay palabras que te seducen/ quieres salvar el estupor de tu horizonte aéreo/donde se sostiene tu dispersa frescura/ el claro fondo de la estación hostil / el lienzo herido del rechazo/ el tiempo/ bóveda franca/ empuje y árbol/ retina de su vuelo.”

No duran los momentos de plenitud y la eternidad es efímera en su magnífico esplendor. No puede sostenerse más que un instante la visión fulmínea del deseo, ni permanecer demasiado en un conocimiento altivo: “y al desasirte/ al cuestionar el mundo/ al apagar tu voz/ otra voz habrá nacido/ en forma innumerable/ en otra senda/ tu día resucitado/ tu pregunta al borde de las horas/ a la fuente darán nuevo sentido”.

Perplejo, el celebrante considera que la existencia admite muchas aristas y además, la posibilidad de obtener sabiduría, experiencia y pasión, vigilia y remembranza: “los labios absortos /contradicen el móvil del día/ con el mismo fuego/ hemos llegado y partido/ ningún camino podrá hacernos diferentes.”

Con un poderoso anhelo de comunicar su espiritualidad, el escritor se ofrece a los demás, dibujando en sus composiciones, el perfil de una interioridad ascética pero abierta a otros espacios, donde no hay muros ni paredes, voces como mensajes de cara al futuro social de la humanidad: “para beber escucha/ para vivir también es necesario/ un rumor de cometas”… “sólo unas palabras/ para recordar que estas no vanas palabras, son tus manos que estrechan, latidos, señales anteriores a la torre de Babel”.

Alguien llama

Al recorrer la obra de Edgar Bayley se confirma que a través de su vida, trascendiendo su trabajo de empleado público, pudo encauzar su vocación literaria como traductor, cuentista, director teatral y dramaturgo. Supo lograr un arte poética desestructurada en lo formal pero sólida en su destreza: “he jugado he mirado es todo lo que tengo”; “poesía, esperanza viril entre los hombres”.

Remarco a su vez, que la gravitación del amor se hace presente en los diferentes ámbitos de la convivencia que el poeta observa y que en frases frescas como frutas agradables al paladar, permiten cantar y nombrar la cercanía de la mujer con fino erotismo: “a cuanto hemos vivido/ los cuerpos oponen sus últimas páginas/ al pasar/ los hábitos de tu cuerpo se inclinan sobre mi boca/ y todas las ventanas respiran cuando nacemos cada noche/ duramos en torno a nuestros brazos/ comienzan las palabras a cada seducción de los cabellos/ nacemos en la calle en el humo de las risas/ nuestro amor atraviesa las alas de los días festivos”.

Cabe mencionar que Ricardo Herrera ha sido crítico con el trabajo de Bayley. Al respecto entre otras consideraciones expresó: “Creo que muchas veces roza el kitsch en su afán de recuperar la unidad perdida, ¿o no hay algo de eso en una pareja que avanza por su sueño de felicidad recogiendo algas y caracoles?…Sí lo hay indudablemente…es mera ganga vanguardista”.

En contraposición, su compañero de ruta Enrique Molina elogió: “Carente en absoluto de todo lenguaje sublime, sin ninguna reverencia hacia la ortopedia del espíritu, la obra lírica de Bayley crea un espacio de alta tensión, una permanente apelación  a la comunión humana, una respuesta al absurdo y a la muerte. Su energía se alimenta de esa fe en la poesía que arrancará a los hombres de sus televisores, de su gastronomía, de su miserable confort, para lanzarlos al mar abierto, en plena revelación, hasta que surja de cada cosa la esfinge de ojos cotidianos, el fondo de eternidad y de demencia oculto en el secreto de un vestido, de una cuchara o una jarra de vidrio verde.”

Concluyendo, estimo esclarecedor transcribir un pensamiento del propio Bayley en ocasión de una visita a Córdoba poco antes de su fallecimiento: “El poeta es quien tiene el cometido de velar para que el verbo y la vida, el amor y la libertad no pierdan solvencia. Debe posibilitar que el sueño, los hombres, las cosas, su condición y su acción individual, se hagan presente con voz y autonomía en el poema, integrándose allí en una estructura única y nueva. La poesía es un don, pleno goce de generosidad y gentileza; un sortilegio, una gracia que podemos gozar hasta la muerte.”

Gracias a una estética inteligente, su voz perdura como legado para las nuevas generaciones y su aliento nos renueva a intentar diferentes horizontes de escritura: “no esperes nada/ sino la ruta del sol y de la pena/ nunca termina es infinita esta riqueza abandonada.”

 


Alfredo Lemon (Córdoba, Argentina, 1960). Es abogado. Ejerció como Profesor de Filosofía en distintas Universidades de Córdoba. A lo lago de su carrera literaria recibió diversos premios. Ha publicado los libros de poemas Cuerpo amanecido, Ed. Lerner, 1988, Humanidad hecha de palabras, Ed. Lerner, 1991, Sobre el cristal del papel, Ed. Brujas, 2004.

Fotografía: cortesía del autor.

Poemas cuánticos de Yin Xiaoyuan

Pampa pop

Poemas de Pampa pop, el primer libro del poeta Maxi Senkiw, publicado por Alción.

 

Venturosa luz

 

Que ese rayo rompa el cielo con su luz

mientras condecoran a los generales y a los empresarios

entre la mendiga y la navaja

donde el borde rasga la perla

rasga la blusa

que trepe

que ese rayo rompa el cielo con su luz

bien adentro

en la mañana

que se corte

que sangre

que pida auxilio

cuando conozca la venturosa penumbra de la soledad

ahí donde caen los rayos sin luz

donde amarran a los caballos viejos

a los potros agitados

en ese espejo donde la alegoría de la proyección humana

es un sinsentido

porque no hay rayo que rompa el cielo con su luz

 

Que se cierre esta noche

 

Que se cierre esta noche sin descanso

o al menos que invite a una tregua

si es que burlona no cumple con su cuota de fin

¡que se cierre!

para volver mañana en su evidencia fulgurante

risueña en ese resplandor odioso que es una antorcha

infinita

andante con la fruta y la tentación

y que vuelva

otra vez

para abrazar el ruego de los caminantes

 

La historia

 

Como entrenamiento de la división de la vida

aparece enajenada la historia

y desaprender es la enseñanza que da

es una enseñanza en silencio

que arrebata y no es brisa

es tornado

que vuelve al cielo durazno

inventa el rostro para la masacre

y le pone un cuerpo al desierto

su consigna es clara

el que crea la trama se arroja a un arco sinfín

 

Helena

 

¡Helena!

desnuda tu pecho y descubre la verdad total

tu pecho tirano frente a los desgraciados

desnuda ese pecho guerrero para que los amantes

bajen guardia de galope

Paris, Deifobo, Menelao

Carlos, Manuel o Jorge

son el eco de tu piel íntima y de esa leche purificada

rapto de succión

trapo con el que me seco la boca de tu alimento puro y

tramposo

 

Con Lupe

 

Antes de dormir

pienso que voy a soñar

que voy a capturar algo de ese cúmulo inapresable

de la vida en REM

antes de dormir

veo

copias de cuerpos

de colores de una porción de la tierra

una dedicatoria

la tarea diaria

un tigre radiante

la puerta

un rayo

antes de dormir

Lupe se pone a mi lado

finalmente duermo

con todo ese anhelo

con toda Lupe

 

Barco con la palabra libertad

 

Los de aquí reconocen un barco de pasajeros

con la palabra libertad escrita a un costado

un barco blanco

de ventanas sucias y turistas

niños sobre la orilla

con su mecánica

pescan mojarras, bogas y dorados

con cañas humildes pero efectivas

cerquita de los juncos

ahí donde el agua se arremolina

y el sol vuelve plata el sombrío lomo de las ranas

que llevan a los peces hacia esos niños

para que también se pregunten por la libertad

sin saber

cazando

también ven pasar el barco con la palabra libertad

pero siguen pescando

mojarras, bogas y dorados

lo dicho

con su depredación y su poder

 

Troya

 

Siempre parece que acá es mañana y el instante nunca es hoy

a pesar de la brisa que sacude y despierta

de los ojos

esos cuerpos en escape

del torbellino en la bahía

ante el pacto de la sacerdotisa de Apolo

 

nunca es claro el devenir

cuando Troya ya fue anunciada antes de acontecer

 

Calle

 

Esa calle revela los signos de su mismísima extinción

por más que se propague indestructible entre algún limonero huérfano

esa calle va a agonizar y perecer

su muerte cifrada está en la obviedad de basura acumulada

botellas viciadas

en los vidrios provocados

fragmentarios de un delito o un desamor

pero es tan leve

es indómita

amortiguada

desfalleciente

que su aparición es desmesura

por eso la buscan los que viven de la montura soñada

porque no pide servidumbre sino entrega

y puede atrapar una noche de verano

para vivir

a tientas

 

Baile

 

Bailaba toda la noche

si se detenía lloraba

por una inaudita sensación que la saqueaba al instante

la amontonaba en suspensión

en un arrullo que, en verdad, era un arsenal

arsenal de batalla

de guerra sin tropa

el imperativo era bailar

sostener el cuerpo en compás

masacrar a los desprevenidos

como un gesto de justicia

frente a la humanidad ritmada por el agobio

y una soledad finita como espiga

acompañada

acompasada

como ese baile para la destrucción

de ese amor que se convierte en infierno

en pasos persistentes de salón improvisado

 

Memorial de un día

 

La memoria de un día de caballos con fuego y ambulancia

¿cuál será la medida de una hazaña?

¿la ley o el amor?

Maxi Senkiw (Argentina) | Periodista, poeta y músico. Nació en Buenos Aires. Se ha desempeñado en distintos medios radiales y gráficos. Por su labor periodística obtuvo, entre otros reconocimientos, el premio Eter en la categoría “Música en radio”. Sus poemas, reseñas y ensayos vinculados al campo cultural fueron incluidos en revistas, libros y portales web. Alción Editora publicó en 2018 su poemario Pampa pop, junto a una serie de videos y canciones creadas a partir de los textos que integran el material https://www.youtube.com/channel/UCi_vH33h4CZwc0fNbOGtzaA/videos

Poemas cuánticos de Yin Xiaoyuan

“Enero con los Dimarco”, un cuento de Marina Arias

Compartimos un cuento incluido en Cuentos blancos,  el último libro de la escritora bonaerense Marina Arias, publicado por ediciones Desde La Gente en 2018.

 

Cinco minutos después de la estación de Moreno, el loteo se terminaba de golpe y el campo empezaba a ser terreno de algunos pocos viejos quinteros que parecían sobrevivir gracias a una docena de hileras de lechugas.

Apenas la Lujanera pegaba una curva de noventa grados y empezaba a andar en paralelo a las vías, Maru se levantaba de un salto y pedía permiso a los cuatro o cinco desafortunados que no habían conseguido sentarse y que gracias a la estrechez del pasillo viajaban con la cintura apoyada en el perfil de algún respaldo y agarrados del portaequipaje opuesto. Esa curva era la única señal de que venía su parada y Maru tenía terror de pasarse.

Por eso, sin esperar la reacción a su pedido, avanzaba apurada, casi a los empujones, de perfil, con el estómago hundido en un intento inútil por no rozar ningún cuerpo. Cuando lograba llegar a la puerta bajaba la cabeza y sin mirar al chofer, decía solamente “en la próxima”. Siempre dejaba la frase en suspenso. El año anterior, en uno de sus primeros viajes al colegio, le había dicho al chofer “parada” y el tipo le había contestado “ya la tengo”. Entonces entendió de golpe por qué su mamá usaba siempre aquella frase incompleta: era una manera ingeniosa de escaparle a un incidente como ése. Maru no podía explicar por qué aquella respuesta la había hecho sentir una culpa infinita por sus aún casi imperceptibles atributos femeninos.

Siempre que Maru avisaba que se iba a bajar, el chofer soltaba el acelerador. La parada era una estructura de hormigón descascarado en la que abundaban inscripciones a fuerza de trazos de birome. Aquellos todavía no eran años de aerosoles o stencils. Mucho menos de grafitis tumberos. La mayoría eran declaraciones de amor. A lo sumo podía leerse algún “bosteros putos”.

Que se quedara tres días como mínimo, le había dicho Florencia cuando llamó por teléfono para invitarla por primera vez a la quinta. Maru consiguió permiso y preparó su mochila. Florencia Dimarco había sido su compañera de banco todo el año y su mejor amiga los últimos tres meses. Era ella la que decidía qué ropa le quedaba bien y qué chicos podían gustarle. Florencia estaba noviando con Juan Cruz, un amigo de sus hermanas. Pero él se había ido con dos amigos a Brasil por todo el mes. Saber que él no iba a estar en la quinta fue un alivio para Maru. La incomodaba que su amiga anduviera con alguien tanto más grande. Hasta ese momento ella sólo había salido durante dos semanas y media con Matías, un compañero de división, y a lo máximo que habían llegado era a que él en un recreo intentara tocarle una teta por arriba del guardapolvo. El preceptor los pescó en el rincón del pasillo y amenazó con pasarles un parte de amonestaciones. Maru sintió tanta vergüenza que esa misma tarde pateó a Matías. Por el lado de Florencia, una considerable diferencia de edad entre el hombre y la mujer parecía ser lo más lógico del mundo: sus padres se llevaban quince años y sus dos hermanas también habían tenido novios mayores. A los Dimarco la experiencia del hombre no parecía resultarles algo peligroso o moralmente reprobable sino todo lo contrario.

Maru necesitó hacerse grande para poder entender que el control en esa familia era más estricto que en cualquier otra, porque descansaba en una formidable hospitalidad que lo hacía pasar desapercibido.

La única indicación que Florencia le había dado era que después de Moreno prestara atención porque era justo pasando la primera curva. Así aprendió Maru a bajarse del micro y así lo hizo todas las veces que fue invitada durante aquel mes de enero: con urgencia y a los empujones. A esa edad no podía ocurrírsele algo tan racional como averiguar a la altura de qué kilómetro de la ruta se encontraba la quinta de los Dimarco.

La primera vez que avanzó apurada por el pasillo eran las dos de la tarde. Florencia la estaba esperando en la Zanelita metros antes del refugio, para no desaprovechar siquiera esos minutos de bronceado, acodada sobre el manubrio, detrás de un mechón de su pelo oscuro y rebelde. Movía los labios en forma rara y Maru adivinó que estaba escuchando algún casete en el walkman. Un pareo de colores fluo era lo único que cubría parte de su cuerpo y en algunos tramos se adhería a la malla húmeda que llevaba debajo. Cuando el micro derrapó en la banquina Maru la vio abrir los ojos, levantar la cabeza como un sabueso y sacarse los auriculares.

Todavía hoy le parece ver su sonrisa cómplice mientras el micro terminaba de frenar y ella bajaba eufórica los tres escalones hasta el suelo. Y piensa qué hubiera pasado si no hubiera conocido nunca la quinta. O si aquella noche cuando enero llegaba a su fin, Tonio no hubiera propuesto jugar a la escondida. O si no hubiera sido testigo de lo que pasó esa misma madrugada.

 

Cinco minutos después Florencia frenó en un portón de hierro abierto y Maru entendió que habían llegado. Florencia apagó el motor y le explicó que tenían que entrar la Zanelita a mano porque la madre le había dicho que si la despertaba una vez más de la siesta se la regalaba al jardinero. Maru miró hacia adentro del terreno. La casa estaba rodeada de árboles. Era blanca y lo suficientemente grande como para que Florencia y sus dos hermanas, Roxana y Gabriela, tuvieran cada una su propio dormitorio para alojar a cuanta amiga quisieran.

Al avanzar un tramo por la huella de los autos, Maru vio que tras la casa había un gran parque en el que refulgía el sol y una pileta casi tan larga como la del club de su barrio. Al fondo se alcanzaba a ver una cancha de cemento y mucho más lejos, casi diminuta, lo que dedujo era la vivienda más próxima.

Después de detallarle todo lo que le había dicho Juan Cruz, que ya la había llamado tres veces desde Brasil, Florencia le contó que finalmente habían tenido que pasar la fiesta de Año Nuevo en su casa. “Los rompehuevos insistieron con que este año les tocaba acá a ellos y mi viejo les dio el gusto”, dijo. “Igual les vinieron cuatro gatos locos”, aclaró satisfecha. Maru nunca terminó de saber si la quinta era una herencia o el fruto de alguna sociedad familiar que no había terminado bien pero la cuestión era que la familia de Florencia compartía la propiedad con la de la hermana del padre. Alguna que otra vez las Dimarco se referían a ellos como “los Rufino” pero generalmente los mencionaban con algún epíteto que daba cuenta del fastidio que les provocaba su mera existencia. Maru nunca se los cruzó ni tampoco escuchó que se hubieran comunicado por teléfono. Eran sólo una presencia que fatalmente se iba a apropiar de la quinta cuando el mes terminara y los Dimarco se vieran obligados a volver a su chalet de ladrillo a la vista en Ramos Mejía.

La huella terminaba junto a un porche. Maru reconoció la cupé Sierra roja del padre de Florencia y unos metros más lejos, vio, junto a una hilera de álamos, otros dos autos también último modelo prolijamente estacionados. Supuso que eran el de la madre y el que compartían las dos hermanas de Florencia desde que la segunda también había empezado la facultad en la Capital. Delante de la casa y cruzada en diagonal, como si el conductor se hubiera bajado en medio de una emergencia, había una Trafic blanca. Florencia levantó la vista e interrumpió la descripción del estado en el que los Rufino les habían entregado la quinta:

–Están Tonio y Migue –gritó mientras apuraba el paso y Maru se vio obligada a seguirla–. Te van a encantar.

Tonio y su hermano Migue eran los primos por parte de la madre. Y funcionaban como la antítesis de los Rufino. La Trafic blanca siempre era recibida con gritos de alegría. Si Florencia o cualquiera de sus hermanas estaban en la pileta, salían rápido, manoteaban una toalla y corrían a recibirlos. Si la madre estaba acostada, no pasaban diez minutos antes de que apareciera por el pasillo que llevaba a las habitaciones peinándose con los dedos y acomodándose la ropa. Los abrazaba, les daba dos besos a cada uno y se metía en la cocina. Fuera la hora que fuera. En una oportunidad llegó a prepararles un estofado a las cinco de la tarde. Tonio y Migue siempre eran capaces de comer. Y lo hacían con la voracidad que sólo se puede tener a los diecinueve años. Eran mellizos. Aunque Migue era rubio, y Tonio, morocho como Florencia y bastante más alto. Eso para Maru lo volvía mucho más atractivo. Aunque nadie en la familia parecía darse cuenta. O quizá no querían hacerlo notar. Como para que nada alterara su amor fraterno. Bastante tenían con haber perdido a los padres a los seis años. Los había criado la abuela. Eso le contó Florencia la primera noche que durmió en la quinta y Maru no exigió ningún detalle. No quería que su amiga notara que Tonio le había gustado: algo le decía que la noticia podía no caerle bien. Por eso nunca supo por qué al quedar huérfanos Tonio y Migue no habían sido adoptados por la madre de Florencia.

Apenas pisaban la quinta, los mellizos se ponían en cuero y sólo volvían a necesitar sus remeras cuando se daban cuenta de que se les había hecho tardísimo. Sus visitas siempre eran aprovechando algún hueco en el trabajo. Nunca recordaban dónde las habían dejado tiradas, y entonces toda la familia se ponía a buscarlas por la casa, el parque y la zona de la pileta. Maru trataba de no mirarlos mucho pero no podía dejar de notar los músculos de los dos. Trabajaban desde chicos y ese verano ya lo hacían en su propia camioneta. Maru no entendía bien qué repartían ni cómo habrían hecho para comprarse un vehículo costoso como ése siendo tan jóvenes. Hasta que la madrugada de la noche en que Tonio propuso jugar a la escondida cayó en la cuenta de que el verdadero propietario del vehículo tenía que ser el padre de Florencia. Y de que en realidad trabajaban para él. Era por eso que los mellizos siempre estaban dispuestos a llevar Florencia adonde fuera. No importaba la hora. Si Florencia y su amiga necesitaban ir a alguna parte, cualquier compromiso de la Trafic podía esperar. Durante sus estadías en la quinta Maru incorporaba esa comodidad como algo natural. Pero cuando llegaba el momento de volverse a su casa, nunca le ofrecieron ni siquiera acercarla hasta la ruta. También en parte por eso debía ser que los mellizos trataban al padre de Florencia con cierta distancia respetuosa. Le decían “Tito”, como Maru y como todos menos sus hijas, pero Maru notaba en ellos una tenue rigidez cuando el padre irrumpía en el living recién levantado de la siesta o cuando los saludaba con la mano desde la cupé si llegaba mientras estaban disfrutando de la pileta.

Con el resto de la familia los mellizos eran muy demostrativos. Dos por tres, Tonio abrazaba con fuerza a Florencia desde atrás y levantaba su cuerpo obligándola a apoyarse en él. En la pileta Migue siempre jugaba a ahogarla o se sumergía y le tironeaba de las tiras de la malla. Lo de Migue a Maru le resultaba más indiferente pero que Tonio siempre estuviera encima de su amiga le provocaba una sensación extraña. En cualquier otro contexto, hubiera pensado que los mellizos eran unos manolargas. Pero en la quinta todo parecía estar permitido: los primos se divertían así y así divertían a toda la familia. Ni siquiera se salvaban las hermanas mayores. Gabriela exageraba su eterno malhumor y siempre terminaba mandándolos a la mierda. Roxana prefería dejarlos hacer sin acusar recibo. Después se revolvía el jopo del pelo y seguía en lo suyo. Era parecida a Florencia, aunque sus facciones resultaban más armoniosas y su cuerpo mucho menos voluptuoso, como si los ocho años que le llevaba hubieran gastado su sensualidad. Iba a casarse en abril, un mes después de rendir las dos últimas materias de abogacía. Se pasaba el día dando vueltas por la casa, alternando una lectura dispersa del Código Civil con el estudio detallado de una pila de revistas sobre bodas. Roxana y Gustavo noviaban desde los quince de ella y daba la sensación de que hacía mucho que ya no sabían por qué. Él trabajaba en un estudio del microcentro y llegaba a la quinta todos los días para la hora de cenar. Tres veces a la semana se quedaba a dormir. Recién ese verano el padre de Florencia había accedido a que lo hiciera en el cuarto de Roxana. La segunda noche de Maru en la quinta, cuando la pareja anunció que se iba a dormir, intentaron, conteniendo la risa, escucharlos con un vaso entre la oreja y la pared. Pero fue en vano: lo único que se sentía eran los ronquidos de Gustavo.

Con Gabriela, como toda la familia, Florencia se llevaba pésimo. Si se dirigían la palabra era para insultarse y Maru sabía que alguna vez hasta se habían ido a las manos. Por eso a Florencia nunca se le hubiera ocurrido correr el riesgo de espiarla cuando estaba con Fernando, profesor de gimnasia y primer novio en entrar a la casa después de su escandalosa ruptura con Adolfito, el mayor de los Tolosa. Ya hacía más de un año desde que Gabriela, en un acto que le había resultado estúpido hasta al propio Adolfito, le había confesado un romance fugaz con un compañero de facultad y le había devuelto el anillo. Pero la madre no perdía ocasión para recriminarle que hubiera echado a perder su naciente amistad con Pipa y los negocios de Tito con Adolfo padre. Además la infidelidad de su hija había sido la comidilla del Rotary y ella había tenido que tomarse un mes de licencia en las Damas excusando un pico de estrés. Gabriela había tenido que renunciar a la Juventud Rotaria. “Por supuesto”, no se cansaba de repetirle la madre. “O qué te creías, que se iban a bancar así nomás que hayas hecho cornudo al presidente. Si él te había perdonado, no entiendo por qué tenías que contárselo a todo el mundo. Pajaritos en la cabeza, tenés”. Gabriela se encerraba en su cuarto y la madre seguía gritándole a la puerta. Incluso delante de Fernando. En realidad ningún miembro de la familia parecía reparar demasiado en él. Ni siquiera Gabriela.

Ese verano, el centro de atención para todos parecían ser Roxana y Gustavo. Florencia y los mellizos constantemente hacían chistes sobre la noche de bodas y la luna de miel. Y hasta la madre se reía. El padre en cambio siempre simulaba no haber escuchado y con gesto grave preguntaba sobre alguna cuestión doméstica: si la madre se había acordado de comprar Cinzano, o cuándo pensaba Florencia lavar ese ciclomotor. Ésa era la única manera de expresar su consentimiento. Tito era un verdadero jefe de familia. Hasta verlo moverse en la quinta Maru no había sabido del todo qué significaba ese título. Su propio padre no era más que un empleado con aguinaldo, quince días de vacaciones pagas y un gerente con el que tenía que quedar siempre bien, cosa que hacía que Maru no le tuviera demasiado respeto. Eso y todas las barbaridades que le gritaba su madre cuando se enojaba. Maru necesitó empezar a trabajar y tener su propia familia para entender la valentía de su padre para ir a esa oficina cada mañana durante tantos años.

Pero durante aquel enero, y hasta la madrugada de la noche en que jugaron a la escondida, Maru había idolatrado al padre de su amiga. Secretamente había deseado ser una hija más.

Siempre con un cigarrillo calzado entre los dedos, por las mañanas Tito podía partir raudo en su cupé hasta diez veces. La madre de Florencia lo seguía hasta el auto mientras recibía todo tipo de indicaciones, le daba un beso a través de la ventanilla baja y seguía al auto con la vista mientras se alejaba hacia el portón. Que su marido tenía hormigas en el tujes era la explicación que a continuación desplegaba para cualquier testigo involuntario de tanto ir y venir. Maru no podría asegurar que la madre de Florencia estuviera al tanto de lo que más tarde ella sospechó eran los verdaderos asuntos del marido. Era una mujer orgullosa por haber salido de pobre y siempre dispuesta a ayudar a todo aquel que no se lo recordara. Para ella la caridad y el consumo eran lo mismo: una prueba de que estaba del otro lado para siempre. Tito había hecho la mayor parte de la fortuna algunos años después de estar juntos. Pero la casita que había comprado para ellos apenas pusieron fecha de casamiento debió haberle resultado un palacio, acostumbrada como estaba al departamento al fondo de una casa sin revocar en las afueras de San Justo. De todo eso le hablaba Florencia. Incluso le contó la historia de amor de sus padres. No parecía preguntarse cómo era posible que su padre hubiera hecho tanto dinero con una simple distribuidora de productos de limpieza. Porque eso era lo que increíblemente parecía mantener el status de vida del clan Dimarco: cientos y cientos de bidones de detergente que viajaban por el conurbano en camionetas.

Cerca de la una del mediodía, Tito estacionaba la cupé en el porche por

última vez y se instalaba en la cabecera de la mesa, bajo la glicina de la galería. Inmediatamente, la madre de Florencia le llevaba un vermut y un plato con quesos. Si Florencia y Maru estaban en la pileta o en el parque se reclinaba en la silla y un brillo en sus ojos daba cuenta de lo divertido que le resultaba escuchar la conversación de dos adolescentes. Florencia era su hija preferida y se notaba. Quizá por eso había accedido a que hiciera la secundaria en el Nacional en lugar de ir al estricto colegio de monjas que habían padecido las mayores. Al parecer las tres, cada una a su tiempo y todas apoyadas por la madre, habían intentado convencer al padre de las bondades de una escuela mixta. La única que había conseguido un silencioso consentimiento para el pase había sido Florencia. Gracias a eso Florencia y Maru habían resultado compañeras de banco. Por lo demás, pertenecían a mundos que nunca hubieran entrado en contacto. A los catorce años la amistad es una cuestión de azar más que de afinidades. Pero para fines de aquel enero, cuando ya había pasado casi tantos días en la quinta como en su propia casa, Maru sentía que nadie en el mundo la entendía ni la quería más que Florencia. Los días se sucedían entre pileta, algún que otro llamado de Juan Cruz desde Brasil y partidos de tute cabrero bajo los árboles. Las cenas eran somnolientas, con buzos sobre la piel caliente y ruido de grillos de fondo.

Hasta que en una sobremesa Tonio propuso jugar a la escondida.

El padre se había instalado en el living a ver un partido de fútbol y la madre ya estaba en la cocina lavando los platos. Florencia, entusiasmada con la idea de su primo, insistió para que participaran todos los que habían quedado en la mesa. Eso incluía a Roxana y Gustavo, y a Gabriela, esa noche sin Fernando. Gabriela la insultó con desgano y se metió en la casa. Pero Roxana y Gustavo finalmente aceptaron. Florencia fijó una sola regla: no valía salir a la calle. Cualquier otro lugar estaba permitido. Después, mediante un método infantil de sorteo estableció que primero contaría Migue. Maru respiró aliviada: siempre le había dado terror tener que ser la que buscaba a los otros.

Migue caminó hacia una columna de la galería y avisó que les daba tiempo hasta cincuenta. Apenas apoyó el brazo y la cabeza todos salieron disparados en distintas direcciones. Maru encaró para el lado del vecino y corrió mucho más allá de la cancha de cemento. Se detuvo y mientras recuperaba la respiración miró hacia la casa: ya era sólo un punto de luz entre los árboles. Más adelante y bajo un pino había un gran tronco arrumbado. Pensó que era un buen lugar donde sentarse a hacer tiempo hasta que cualquier otro fuera descubierto primero. Eso era lo único importante para ella cada vez que se veía obligada a jugar a la escondida: no tener que contar. Había empezado a caminar cuando escuchó unas zapatillas rápidas sobre la cancha y con una sonrisa apareció Tonio. Ella también sonrió y le señaló el tronco. Se sentaron sigilosamente.

De golpe la boca de Tonio estuvo sobre los labios de Maru y la lengua contra sus dientes. Su propia lengua, paralizada, y casi inmediatamente ansiosa. Las manos de Tonio seguras por debajo de su ropa. Un palpitar en la boca del estómago y después más abajo. No sabría decir cuánto pasó hasta que escuchó gritos y reconoció la voz de Florencia. Estaba diciendo “sangre”, lo que significaba que Migue la había confundido con otro y había que empezar todo de nuevo. Maru apartó a Tonio con una fuerza excesiva y salió corriendo hacia la casa. Cuando llegó a la galería dijo que tenía que ir al baño y entró derecho. Alcanzó a escuchar las protestas de Florencia porque Migue, Roxana y Gustavo se negaban a volver a jugar. Desde la cocina, la madre de Florencia ofrecía café.

Abrió la canilla y se mojó la cara varias veces. Miró el espejo y se apretó las sienes, como si así pudiera borrar las imágenes de lo que había hecho con Tonio. Dos golpes impacientes contra la puerta: Florencia diciendo que era ella y que le abriera. Maru respiró hondo y abrió. Que al final eran todos unos forros, dijo Florencia mientras se bajaba el jean junto con la bombacha y se sentaba en el inodoro. Maru la miró y pensó que contarle lo que había pasado con Tonio era lo único que podía aliviarla. Florencia le encontraría el lado gracioso, como cuando bromeaba acerca de lo que hacían Roxana y Gustavo las tres noches por semana en que él se quedaba a dormir.

Una hora después se daría cuenta de cuánto se había equivocado.

Salieron del baño juntas. Florencia seguía despotricando contra su hermana y su cuñado, porque los amargos al final se habían ido a acostar. También se reía de su primo, porque era un salame, cómo la iba a confundir con Roxana si una estaba de amarillo y la otra de rosa, y además tendría que haber pensado que ella nunca hubiera elegido un lugar tan obvio como detrás del gabinete del filtro de la pileta.

Maru sintió que la amistad entre ellas era más indestructible que nunca.

Migue buscaba las llaves de la Trafic por el living. Cada vez que pasaba frente al televisor el padre de Florencia se inclinaba hacia los costados para no dejar de ver la pantalla ni por un segundo. Maru escuchó a Tonio en la cocina despidiéndose de su tía. En medio de un bostezo le dijo a Florencia que no daba más y deseó un buenas noches general: sentía que si se cruzaba con la mirada de Tonio se moriría.

Buscó el camisón en su bolso. Mientras se lo ponía alcanzó a escuchar un rumor de voces en el parque y varias carcajadas de Florencia. Finalmente sintió el motor de la Trafic.

Florencia entró sin mirarla y puso un casete en el grabador. Después se dejó caer boca arriba sobre su cama. Maru tomó aire y de un tirón le preguntó si alguna vez había dejado que Juan Cruz la acariciara. Florencia preguntó qué quería decir con “caricias” y se dedicó a ponerse el piyama. La vergüenza de Maru hizo que sólo lograra articular palabras sueltas y frases incoherentes. “Eso no son caricias”, la cortó finalmente Florencia. Y que no se gastara porque Tonio ya le había contado lo que se había dejado hacer.

Se metió bajo las sábanas y le dio la espalda.

A veces Maru piensa que la dureza de su amiga debió haber sido por celos de su primo. Otras, sospecha que el objeto de los celos en realidad pudo haber sido ella. Porque al dejar atrás la adolescencia tomó conciencia de lo extraña que es la amistad entre dos mujeres a esa edad. De lo único que está convencida es de que si hubieran tenido otro día para perder juntas en la pileta, las cosas podrían haber sido diferentes. Imagina la cara fruncida de Florencia hacia el sol. Una pregunta suya aparentemente casual. El estallido de risas cómplices. Entonces su corazón se habría aliviado. Hubieran podido seguir asegurando que iban a ser amigas para siempre. Aunque en el fondo las dos supieran que eso era una mentira.

Pero no hubo oportunidad para que aquella amistad tuviera siquiera un buen epílogo. A la madrugada, cuando hacía apenas un rato que había logrado dormirse, Maru se despertó por el motor de la cupé de Tito. Los pasos de la madre yendo desde el dormitorio hasta el parque. Un grito involuntario de la madre. Corto y agudo. Después fue una seguidilla de preguntas ahogadas que entraban en la casa. Para entonces Maru cruzaba el pasillo detrás de Florencia.

La madre estaba en el living con el tubo del teléfono en una mano. A su lado, Gabriela ojeaba nerviosa la agenda de cuero del padre. Un hilo de sangre cruzaba el piso de mosaicos desde la puerta hasta la cocina.

Maru no alcanzó a ver demasiado porque Roxana y Gustavo, alertados por Gabriela, entornaron la puerta, pero la herida no podía ser muy grave porque Tito estaba de pie y con la otra mano se apretaba el brazo con firmeza. En realidad lo que más la impresionó fue escucharlo: como un perro rabioso repetía “ya va a ver, desagradecido hijo de re mil puta”. La madre de Florencia dijo dos frases que Maru no entendió pero que sonaban a órdenes. Después cortó el teléfono. Mientras marcaba otro número le dijo a Florencia que volvieran a la cama. Maru estaba segura de que Florencia no iba a obedecer sin que le explicaran qué había pasado.

Se equivocaba.

Florencia dio media vuelta y se limitó a señalarle el pasillo con el mentón. La situación no había hecho que se olvidara de su enojo.

Con el primer canto de pájaro Maru se dio cuenta de que la madrugada se estaba terminando y no había logrado volver a dormirse. Al principio había seguido atenta los ruidos que llegaban a través de la puerta cerrada de la habitación. Un auto entrando por el parque. Después el motor que se apagaba. La puerta de la casa al cerrarse. Una voz masculina pausada yendo hacia la cocina en compañía de la madre. Casi en seguida, otro vehículo. A pesar de que el sonido externo le llegaba ahogado, el timbre de una de las voces le había resultado inconfundible y saber que Tonio era parte de eso que no terminaba de entender la había dejado sin aire por un momento.

No podría haber dicho cuánto más tarde los autos se marcharon y un silencio que poco a poco comenzó a resultarle ensordecedor ganó la casa.

 

Se vistió y metió sus cosas en la mochila evitando hacer ruido. Abrió la puerta conteniendo la respiración como si de algún modo eso pudiera ayudar a que la bisagra no crujiera. Cruzó el pasillo en puntas de pie. La casa estaba impecable, como si la noche anterior hubiera sido igual que cualquier otra. Salió a la galería y apenas pisó el césped corrió con todas sus fuerzas hacia el portón de hierro. Ahora se alegró de que los Dimarco no fueran amantes de los animales: el resto del mes había lamentado que no tuvieran un perro guardián para ayudarla a diferenciar un ruido extraño de los sonidos normales de la noche.

Diez minutos después, en el horizonte de la ruta, Maru distinguió un punto que para su alivio se convirtió en una Lujanera que la llevó de regreso a su casa.

El resto del verano pensó a menudo en Florencia y su familia. Al principio, asustada por haber sido un testigo indeseado del incidente que había sufrido el padre. Pero, al pasar los días y comprobar que nadie la estaba buscando, el miedo se convirtió en curiosidad. De todos modos, no se animó a llamar por teléfono. Después empezó a sentir vergüenza por haber desaparecido ingratamente como lo había hecho aquella mañana. Esa vergüenza hizo que la escena con Tonio fuera perdiendo importancia en su memoria.

El primer día de clases descubrió que Florencia ya no era parte de sus compañeros. El preceptor que les tocaba ese año tenía sólo la lista de los alumnos a los que debía controlar la asistencia: no tenía la menor idea de quién era la chica por la que le estaba preguntando. Así que le tocó una nueva compañera de banco. Para cuando llegaron las vacaciones de invierno ya se había convertido en su mejor amiga.

 


Marina Arias creció en Haedo. Publicó las novelas Bondi (Club Hem, 2017), Mochila (Club Hem, 2014) y Para qué sirve un traje de neoprene (EDULP, 2005), y el libro de cuentos Hacia el mar (EDULP, 2008). En 2016 Malisia Editorial reeditó la novela Neoprene. Relatos suyos han sido publicados en medios gráficos e integran diversas antologías. Es Doctora en Comunicación, Profesora de ficción escrita en la Facultad de Periodismo y Comunicación de la UNLP, y Codirectora del Laboratorio de Ideas y Textos Inteligentes Narrativos (LITIN). “Enero con los Dimarco” forma  parte de Cuentos blancos (Desde la gente,  2018).

Fotografía: cortesía de la autora.

Poemas cuánticos de Yin Xiaoyuan

Los días que no queremos

Reseña de la poeta argentina Marisa Martínez Pérsico y algunos poemas del libro, editado por Valparaíso ediciones, del poeta español Miguel Rollón.

 

Los días que no queremos, de Miguel Rollón Muñoz

(Ediciones Valparaíso, Granada, 2018)

por Marisa Martínez Pérsico

 

Los días que no queremos es un libro conmovedor en el que cada poema parece estar exorcizando fantasmas interiores. Es una crónica de las guerras íntimas, de las heridas abiertas en la memoria individual y familiar, pero también una búsqueda infatigable de páramos de sosiego, de compañías que dignifiquen la existencia para dar sentido a los días que pasan. Como escribe Fernando Valverde  en su nota de contracubierta, esta poesía “guarda la autenticidad de quien ha mirado el mundo con el corazón encogido por su sufrimiento y el de los otros” . Aquí no hay renuncia ni resignación. Hay conciencia del vacío, sí, pero las carencias no detienen la pesquisa de una felicidad postergada, inconclusa, pendiente: “Y el corazón/ que siempre sabe lo que quiere/ no puede olvidar su cara tatuada en mi memoria/ como todas las cosas que nunca terminé” (Rayuela). Se trata de seguir buscando los días que sí queremos, de lanzar la piedrita cuantas veces sea necesario hasta embocarla en la casilla del cielo individual.

Este libro hace viajar al lector por los “puzles incompletos de la infancia” y por cuartos de hospitales suspendidos “en sus bolsas de suero”; hay aquí mujeres que habitan insomnios, “migajas de niebla”, “margaritas con pestañas”, “musas que no hacen visitas de cortesía” y que “no cumplen horarios de oficina”, ventiladores “que hacen girar el gallo de los puntos cardinales”. El tiempo y el espacio se distorsionan para mostrarnos su fragilidad, para que toquemos la precariedad de los puntos de referencia. Porque el sentido de una vida lo dan únicamente algunos nombres propios y unas pocas ciudades: Madrid (el barrio de Malasaña en particular) y Buenos Aires, pero también París y Berlín. Escalas de la vivencia y del recuerdo.

Es curiosa la reiterada personificación de estados anímicos o sensaciones: la ansiedad, el miedo y la melancolía se humanizan hasta convertirse en compañeros de viaje, fantasmas domésticos a los que hay que aprender a conocer para poder prevenir y dominar: “Solo quien lo ha sentido lo sabe./ Un león indomable,/ que no va a morderme,/ me acecha algunos días con su zarpa/ para que tenga prisa./ Las presiones, los nervios,/ el ansia del que llora sin motivo,/ porque se siente herido.// Es un dolor que nada sabe de palabras.// Entonces, como presa, huyo/ en un silencio acostumbrado/ a pensar en sí mismo” (Ansiedad); “Un buen día/ Alejandra me dijo:/ –Háblame del miedo./ Y le hablé de mí” (Alejandra y el miedo); “Ahora que sé cómo eres,/ que sé que los labios/ en la noche no mienten,/ volveremos a vernos” (Melancolía). Al evocar el mal taciturno, la melancolía o saturnianismo, Rollón Muñoz cita en epígrafe a Robert Burton, quien en su Anatomía de la Melancolía la considera enfermedad crónica o permanente, aunque otros vean en ella una fuente de placeres delicados. Por ejemplo Kant, en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres, cree ver en el melancólico una gran conciencia moral, un sentido de lo sublime por encima de los encantos efímeros. La tristeza del hombre melancólico deriva de la virtud de una escala moral superior.

Muy interesante en este poemario es la yuxtaposición del discurso amoroso con imágenes de sordidez en unos escenarios interiores que, aunque a priori podrían ser considerados espacios hostiles para la consumación de un idilio, terminan demostrando ser aliados de la complicidad y empatía entre los amantes: “Se despertó/ con el drenar de un desagüe,/ apenas había luz,/ me pidió un cigarro,/ fumamos juntos, callados,/ algo me dijo/ con su mano cálida/ sobre mi pecho.// –Los deseos no tienen copyright (…) Esperé/ entre la desnudez de las sábanas/ a que despertaras, y juntos/ poder descrifrar los mensajes escritos/ en la puerta de los baños” (Deseos sin copyright).

Otro tema recurrente de estas páginas es la añoranza de la infancia como refugio de la pureza pero también de la primera juventud como oportunidad de experimentación durante los tempranos años ’80, en pleno proceso de democratización y modernización española: “a principios de los ochenta/ en esa explosión de libertad/ y creatividad insólita, cuando/ tratábamos de cambiar un país/ donde no había autopistas” (No recuerdo tu nombre). Otra estampa frecuente es la del niño esperando en un andén, en estaciones de paso, a la espera de trenes que no llegan.

Las alusiones a Julio Cortázar aparecen repartidas a lo largo del poemario, porque releer a este autor permite “regresar al lugar de esa vieja juventud/ donde sentí la más pura felicidad que haya conocido” (Rayuela). Aunque esta felicidad coincida con una historia de amor inolvidable y trunca, no es gratuita la mención a Cortázar en un sentido más amplio, por sus característicos personajes viajeros sometidos a desarraigos geográficos y/o emocionales y sus pesquisas del lado de acá o del lado de allá del espacio o de la memoria. En la narrativa del argentino proliferan puentes y galerías que unen Latinoamérica y Europa, pasadizos que transforman pasajes porteños en galerías parisinas, atajos psicológicos que transforman la chatura de la realidad en un mundo paralelo anhelado e inalcanzable, personajes que traspasan las fronteras de los libros y se convierten en seres de carne y hueso. Quien lea Los días que no queremos verá que su voz poética también está buscando un cielo a su medida en el laberinto de una tormenta interior y de una deriva territorial, ese refugio que concilie las distancias geográficas por encima de la nostalgia y de la pérdida.

Uno de los poemas más entrañables y de mayor lirismo es el inspirado en la figura materna: “Madre,/ te enterraré de noche, desnuda/ como llegaste/ bajo la misma tumba sin cruz de un camposanto,/ donde él, joven para siempre, irá a buscarte./ Y juntos, en olvido piadoso, os burlaréis/ del calor de las manos frías de los médicos/ y de los dioses sin misericordia, que crearon/ el amor y la muerte al mismo tiempo” (Madre). Hay versos que permanecen en la memoria como una sabia compañía y que a veces resuelven el poema mediante un uso aforístico: “Escribir es aprender a perder”; “Si te fijas bien/ verás la herida abierta/ en el cuerpo propio del dolor ajeno”; “Un tratado de amor:/ de cómo los instantes/ se encaminan/ a un segundo olvido”; “El futuro es el sueño de un regreso”.

 

APRENDERÁS

No conoces la lluvia ni los árboles,

                 pero ya eres un bosque.

FERNANDO VALVERDE

 

Porque hay felicidades

que se van y no tienen regreso.

 

A medida que pasa el tiempo,

 

aprenderás

que nacer es algo más amplio y profundo

que una fecha para pedir deseos

al soplar las velas en el cumpleaños.

 

Aprenderás

que la vida se vive y se revive, no se gana,

que no hay grandes razones para vivir,

sólo gestos pequeños.

 

Aprenderás

que morir es necesario para poder vivir,

que en todos los ataúdes hay algo de nosotros,

y en cada toque de campana resuena nuestro nombre.

 

Aprenderás

que ningún bosque ha podido cubrirse con arena.

 

MADRE

Madre,

te enterraré de noche, desnuda

como llegaste

bajo la misma tumba sin cruz de un camposanto,

donde él, joven para siempre, irá a buscarte.

Y juntos, en olvido piadoso, os burlaréis

del calor de las manos frías de los médicos

y de los dioses sin misericordia, que crearon

el amor y la muerte al mismo tiempo.

 

Madre,

tu nombre no figurará en los periódicos,

para que no vengan,

al olor de la tristeza de los crisantemos,

gentes que ignoran

que cuando alguien muere

cambia el mundo,

y que todas las mariposas caen al suelo

para volverse un rastro de migajas de niebla.

 

Madre,

cuando el padecimiento y la inmortalidad

sean engullidas por el agua, sentiré

menos tu presencia, recordándote más.

Y cuando sobre la mesa falte tu aroma,

sabré que cocinar es un acto de amor.

 

Madre,

prometo no sentir amargura

al reconocer que tenías que morir

para que yo te conociera

por completo.

 

 

 

ALEJANDRA Y EL MIEDO

Un buen día

Alejandra, me dijo:

 

Háblame del miedo.

 

Y le hablé de mí.

 

Le conté que el miedo

viste de negro como la culpa,

no se cansa,

y se cubre con sal de mercurio

en los espejos.

 

Le aseguré

que lo iba a reconocer,

que bastaba sentir

las tuberías tóxicas,

las venas de una casa.

 

Le pedí que despertase,

que fuese valiente,

que no fuera como aquellos

que se pierden

en miedos ajenos

 

para siempre.

 

 

TARDES DE DOMINGO

A ti que en la llamada melancólica

de las tardes del domingo,

donde la tristeza encuentra el tiempo

y el modo de hacerse ver,

 

te invade

 

el sabor amargo en un país de niebla,

sin noche más que tú, recitando

en los micrófonos de la soledad y del sofá,

tu número de DNI olvidado,

 

trataré de decirte

 

que sin el cero no existirían las matemáticas,

que uno más uno no siempre son dos,

que un libro es diferente en la mano contraria,

que no hay dos relojes que marquen la misma hora.

 

Que todo es incierto, infinito e irrepetible.

 

Y siete veces siete es el resultado

final del silencio de la tarde.

 

######

 

(al día siguiente de la muerte de Cortázar en París, invadió

Buenos Aires un cielo de mariposas nunca antes visto)

 

                   RAYUELA

A Almudena Grandes

 

¿Encontraría a la Maga?

 

Por qué Oliveira tan triste y deprimido prefería

los discos de vinilo gastados y el vodka dudoso,

a la alegría de la Maga, cuando pocas,

muy pocas veces los amores son recíprocos.

 

Y aunque sé que han pasado los años,

quiero leer a Cortázar

para regresar al lugar de esa vieja juventud,

donde sentí la más pura felicidad que haya conocido.

 

Y en su hora, la noche que adora el amarillo,

un mirlo, su pájaro favorito, cruza sobre un taxi

las nubes aplastadas del barrio latino. Y el corazón

que siempre sabe lo que quiere,

no puede olvidar su cara tatuada en mi memoria,

como todas las cosas que nunca terminé.

 

Con la angustia de no dejar atrás esta pasión,

le pido al taxista que me deje,

a mitad de cuadra,

después del segundo tacho

con una lluvia pendiente de aquel amor,

que siempre estuvo,

que quizá estará.

 

Es rara la emoción.

 

Al llamar al timbre del portero automático

mi corazón estaba helado y ardía.

 

Al verla, se detuvo el pasado…

el olor de una antigua alegría a cama y a sexo,

me invadió el alma nuevamente.

 

Misteriosamente

las bocas se encuentran borrando las distancias,

su lengua me hace cosquillas  y la siento temblar contra mí

 como una luna en el agua. Mis manos buscan hundirse

en ese pelo mojado contra su mejilla, acariciándola

y desabotonando despacito cada miedo anudado

a la única ropa que le caía bien, la libertad.

 

Creyendo que París y Buenos Aires

no podían imaginarnos separados, propongo

reparar lo que se ha roto,

para comenzar de nuevo.

 

Del bolsillo sacó un verso de Gil de Biedma:–A quien

del mundo huye rara vez la vida le perdona.

 

Se sorprende,

se asusta.

 

Se dio cuenta de que la vuelta es la ida en más de un sentido.

 

No soy la chica que conociste,

dijo, echándose el pelo para atrás.

Pasó el tiempo, así también nosotros.

 

Y decide quedarse en el presente,

para no sufrir más.

 

Nos despedimos con un beso y la inevitable melancolía

de los hasta nunca.

 

Y aunque me haya llevado tiempo darme cuenta

que las ciudades también mudan de piel,

que andábamos sin buscarnos pero sabiendo

que andábamos para encontrarnos,

que juntos teníamos para los dos más soledad

de la que ya traíamos, no me arrepiento.

 

Mereció la pena dejar de tener un libro de cabecera

en la mesilla de noche, para comenzar nuevamente,

con eso que ella llamaba modestamente

                                                                   “la vida”

 

De eso tengo certezas y soledad suficiente.

 

Esperá que termine el pitillo.

 

Miguel Rollón Muñoz (2 de septiembre de 1963, Madrid). Escritor y poeta español, actor de teatro, autor, compositor y letrista de canciones  pop y rock en bandas españolas y alemanas. Ha participado en diversos festivales internacionales de poesía, como los de Granada (España), Pachuca (México) y José María Heredia (Toluca-México). Dirige la Tribu de Poetas en Madrid. En febrero de 2018 publicó “Los días que no queremos”, en la editorial española Valparaíso.

 

Marisa Martínez Pérsico (Lomas de Zamora, 1978). Poeta, investigadora correspondiente del CONICET y profesora universitaria radicada en Italia desde 2010. Licenciada en Letras por la UBA, doctora por la Universidad de Salamanca. Sus poemarios: “Las voces de las hojas” (Baobab, Argentina, 1998),Poética ambulante” (edición antológica, Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, 2003), “Los pliegos obtusos” (edición antológica, Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, 2004), “La única puerta era la tuya” (Verbum, España, 2015), “El cielo entre paréntesis” (Valparaíso, España, 2017) y “Después de la ceniza” (El suri Porfiado, 2017).

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