Sobre Corazón, de Leo Lobos

Sobre Corazón, de Leo Lobos

Por Sergio Rodríguez Saavedra

 

Leo Lobos (Santiago, 1966) viene publicando sostenidamente desde principios de los 90. Una poesía breve, concisa, narrativa. En esta oportunidad llega “Corazón”, entrega de la Colección Poeta Raúl Zurita que -también por años- mantiene Mago Editores, un proyecto que con regularidad acerca la actual poesía chilena al espacio público. Y nombrar el tiempo es pertinente cuando se habla de poesía, este arte que debe acercar la huella de lo sentido a un lugar en el alma.

La madurez de este trabajo se signa por la comprensión de la propia escritura y la función que todo poeta cumple en este ejercicio:

 

“Apoyándome en mí

envolviéndome en mí

desde mí mismo

para dar con mi voz exacta”

(La voz del corazón)

 

Una exigencia que la continuidad del trabajo debe dar al texto. Una forma de reiterar que es el autor, y no otro, quien provee las palabras que albergan el sinsentido de la vida. Y para llevar a cabo su trabajo qué otro punto de referencia más exacto que el corazón, el cruce original y espontáneo de nuestra tradición lírica.

No se crea, sin embargo, que es una alabanza al lugar común ni una elegía por aquello que se ha perdido, nada de eso. Aquí acudimos a una estructura que aspira a delinear (nunca definir) el eje central de un largo proceso llamado creación y, a través de éste, descubrir una poética que articule los trabajos que le preceden:

 

“El poema es una

isla sumergida

la oscuridad

donde veo”

(Latidos en el corazón)

 

Tras veinte años de la primera crítica que hice del trabajo de Leo Lobos (la plaquette Ángeles eléctricos) ya se posee lo que en las bienales se definen como “afinidades afectivas” (ese afluente del Goethe de Afinidades electivas), eso que uno encuentra como parte del propio camino: experiencias, lecturas, trabajos entrecruzándose que nos hacen llevar autores como parte de la propia biografía, que no es otra cosa que comprender la extensión discursiva propia en el relato de la poesía chilena, siempre atenta a las vanguardias pero también sus herencias. En este caso, la singularidad del poema breve donde se pueden reconocer y recordar a Gonzalo Millán, Omar Lara o Mauricio Redolés siguiendo la corriente de obras y autores.

El libro Corazón, cuyos textos poseen una extensión regularmente epigramática, va delineando una propuesta coherente. El mismo trabajo adquiere independencia y se nutre a sí mismo con el ejercicio plástico conocido del autor: las traducciones del portugués que Leo Lobos ha entregado a nuestro deleite, y con ello, este decir cobra una seguridad que sabe combinar lo público y lo privado, se hace voz.

 

“Toda oscuridad

enciende miles de

luciérnagas

 

Las cosas importantes

suceden

en lo oscuro”

((Co) Razón).

 

De este modo, Corazón, viene a ratificar la escritura continua de un autor con tres décadas de oficio en la singular poesía chilena.

 


Sergio Rodríguez Saavedra (Santiago de Chile, 1963). Ha publicado en poesía Suscrito en la niebla (1995); Ciudad Poniente (2000 – 2002); Memorial del Confín de la Tierra (2003), Tractatus y Mariposa (2006), Militancia Personal (2008); Centenario (2011); Ejercicios para encender el paso de los días (2014) y Patria Negra Patria Roja (2016). En España fue editada la antología de su obra Nombres propios (2017), y en Colombia su Antología de agua y hueso (2018). Ha ganado diversos premios y becas. Participó de las antologías críticas Anguita 20/20 y Teillier Crítico. Actualmente escribe para Revista Cultural La Noche y Latin American Literature Today.

Leonardo Lobos Lagos nació en Santiago de Chile en 1966. Ha publicado 15 libros de poesía. Su obra ha sido traducida al portugués, búlgaro, inglés, italiano, rumano, japonés, chino, árabe, francés y holandés. Como traductor desde el portugués ha realizado versiones en castellano de autores como Roberto Piva, Hilda Hilst, Claudio Willer, Tanussi Cardoso, Paulo Leminski y del escritor portugués Fernando Pessoa. Ha recibido numerosos premios y becas. Corresponsal en Chile de la Revista Archipiélago.

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Programación de mayo (2019) del Espacio Literario del CCC

Nuestro Espacio Literario. Protagonistas, lugares, fechas y horarios de todas las actividades, con entrada libre y gratuita, que se realizarán durante el mes de mayo en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires)

 

Rodolfo Hassler en Buenos Aires. Lectura del poeta español junto a los argentinos Dolores Echecopar, Franco Rivero y Natalia Litvinova. Coordina Susana Villalba. Viernes 3 de mayo, Sala Jacobo Laks (3° piso), 19:30 hs

 

El suri porfiado presenta. Lectura de los escritores mexicanos Mario Bojórquez y Glafira Rocha y presentación de la colección Círculo de literatura mexicana. Lunes 6 de mayo, Sala Jacobo Laks (3° piso), 19:00 hs

 

Ficciones. Los narradores visitan el CCC y leen sus producciones. Segundo viernes de cada mes. El 10 de mayo, Irene Klein. Coordinan Carla Corvalán y Denise Pluis. En esta oportunidad el encuentro será en el stand 706, pabellón azul de la Feria del Libro, 21 hs

 

Las raras circunstancias. El último jueves de cada mes la poesía visita el CCC. El 23 de mayo, Ana Fourruille, Nora Sztrum, Alejo González Prandi y Cecilia Carballo. Coordinan: Marina Cavalletti, Romina Dziovenas y Carlos Aldazábal. Sala Meyer Dubrovsky (PB), 19 hs.

 

Foros del Espacio Literario Juan L. Ortiz en la SADE. Libros infantiles prohibidos por la Dictadura, viernes 31 de mayo a las 19hs.Participan: Gabriela Pesclevi, Silvina Rocha (escritora) y Julica Città (historiadora). Casa Lugones (SADE) Uruguay 1371, 19 hs. Coordinan: Juano Villafañe y Santiago Alonso.

 

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Rodolfo Häsler

Algunos poemas del poeta español Rodolfo Häsler, quien estará participando próximamente en el Festival de Poesía organizado por la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. El viernes 3 de mayo, a las 19:30 hs, estará leyendo en el Centro Cultural de la Cooperación.

 

VISIÓN DEL MERCADO

 

A Conchi Jubany

 

Lo único que nos detendrá, te dije, será la visita

al mercado de Algeciras.

 

El mar, que aparece sin ser visto,

es un reino de fuerza que se asienta en la cabeza

y tiene el color potente de una aguamarina.

 

Recorremos un camino de aceitunas moradas,

limones cortados que salpican el rostro,

cestos de higos secos que esconden el áspid,

carne de pez espada donde gime el corazón.

 

Poco antes de abrir los ojos

el gesto de tus manos entre el pescado

me eleva en el espacio con la plenitud

de un ángel sobreviviente.

 

 

VISIÓN DEL CÁLAMO

 

A Blanca Andreu

 

Me hallo en un esmerado jardín

con dos cipreses lanceolados, un melocotonero

en flor y una fuente. En su perfección lo tomo

por un huerto persa. Mientras contemplo

ensimismado la eclosión de una rosa

una voz me devuelve a la belleza del vergel,

una extraña voz, voz hermafrodita: toma el cálamo

y escribe, toma el cálamo y escribe cuanto sabes.

 

 

Página dos: martes

 

La palabra urraca: la leo en el espejo.

Un liso corte en el cristal ¿qué te propone?

La imagen se va por la ranura del azogue

y corre a una boca de metro, destino Jabaquara.

La sombra estatuaria de los predios lima el cristalino,

no descubre nada, sólo extrañeza y dolor.

El graznido de un pájaro,

y un día, quizá hoy, puede que mañana, nublado,

cesa su intención ante el ritmo del universo.

 

 

Página diez: miércoles. El poeta

 

¿Qué luce en su cabeza? Será un violín sonoro,

un instrumento que sabe ordenar, le dicta al oído

continuas confidencias, detalles de una vida disuelta en agua,

no sé si sabe nadar, sin embargo, es una vida viajera,

un timbre, una indisposición de maldoror.

 

 

Página once: lunes. La lluvia

 

Una frase atrevida, en hora baja, a media noche,

convoca la cosmología de la urraca. Con una ligera

inclinación destapa las cajitas donde vibra el sonido,

expande su insistente intromisión.

El dolor es lluvia, sube y baja, ruge,

el sudor oscilando entre el lector y tú

tizna el cuaderno de una dicción truculenta.

Una espuma, un desnivel que todo lo quiebra,

la inconformidad genera la misma pregunta,

inunda un lugar calcinado,

un trago de angustia es el cambio, es la sombra,

cierta manera de arrimarse a lo que no conoce.

No creas lo que es, no es cierto,

siempre le sorprende, llegada la primavera,

un chaparrón en miniatura.

 

***

Una tarde,

siguiendo el rastro de un espectro,

entré en el museo, suelo ajedrezado y paredes carmín

juegan con las sombras por las esquinas,

me dijo, ¿dónde estuviste

todo este tiempo?

Iba de una sala a otra, de los simbolistas

a la flor de cera de Redon

sobre la que no pretendo dar explicaciones,

el tallo azul ultramar,

la flor crece visiblemente

hasta invadir la estancia.

Esta situación podría no existir,

ser parte del mundo que hace mucho

me atrapó.

En el centro acecha la ansiedad,

la visita al caparazón del erizo

junto a una estrella de mar,

una enredadera envuelve

el recuerdo que impide el sueño,

pétalos se abren en las marcas del pincel,

la sala donde espío a Redon

es la espina del erizo que se hunde en la carne,

una vida bárbara

perdida en la amargura del espejo,

y por consecuencia,

despertar, despertar.

 

***

La aparición de la sangre

indica el daño,

seguir con vida después del hundimiento,

por supuesto, para poderlo contar,

viene de lejos,

un lugar verde y lluvioso

donde el hierro es húmedo

y las flores no tienen olor,

vive tranquilo en un recodo,

y su intención es borrar fronteras,

no jurar, volver al regazo,

se alimenta de de la sopa boba,

de la nada ninguneada,

insiste en andar, seducido por el otro,

jugándose a los dados

el tacto olvidado,

esfuerzo que se aleja en un suspiro,

algunas palabras justas que crecen

en lengua española, paternal alemán,

excelente francés que usa cuando quiere,

en un instante desaparece en el aire

y una isla sigue a otras más lejanas,

Azores, Flores, Terceira, Santa María,

en la incierta nebulosa, sin alma, sin alma,

nunca volver, aunque esté allí,

nunca volver sin alterarse, azufre, estatua de sal

por si mira atrás,

ya se sabe,

aunque vuelva, deja su acento atrás,

su marca del nacimiento

de delicada habladuría.

 

***

Insiste en acercarse a la bestia,

hay que seducirla poco a poco,

no debes tocarla, quema,

abrasa la yema de los dedos,

no bastan lágrimas,

beberás su sangre, beberás la sangre

de los sueños congelados,

entra con un machete

en la pulpa de la ansiedad,

en el vientre, con ahínco,

cepíllale la crisma,

entre el pelo ralo y el ojo

sentirás la dimensión del espanto.

 

Rodolfo Häsler nació en 1958 en Santiago de Cuba y desde los diez años reside en Barcelona. Estudió Letras en la universidad de Lausanne, Suiza. Tiene publicados los siguientes libros: Poemas de arena (Editorial E.R., Barcelona, 1982), Tratado de licantropía (Editorial Endymión, Madrid, 1988), Elleife (Editorial El Bardo, Barcelona, 1993 y Editorial Polibea, Madrid, 2018), De la belleza del puro pensamiento (Editorial El Bardo, Barcelona, 1997), Poemas de la rue de Zurich (Miguel Gómez Ediciones, Málaga, 2000), Paisaje, tiempo azul (Editorial Aldus, Ciudad de México, 2001), Cabeza de ébano (Ediciones Igitur, Barcelona, 2007 y Ediciones El Quirófano, Guayaquil, 2014), Diario de la urraca (Huerga y Fierro Editores, Madrid, Editorial Mangos de Hacha, Ciudad de México, y Kálathos Ediciones, Caracas, 2013) y Lengua de lobo (Ediciones Hiperión, Madrid, 2019). Ha obtenido el I premio Aula de Poesía de Barcelona 1992, la beca de la Oscar B. Cintas Foundation de Nueva York 1993, el premio Noah Stone del festival internacional de poesía de Yerevan 2016 y el XII premio internacional de poesía Claudio Rodríguez 2018.

Sobre Corazón, de Leo Lobos

Cinco poemas de Alex Fleites

Una selección de poemas del poeta, editor y periodista cubano Alex Fleites.

 

noche que vela los espejos

 

para reina maría  despierta en ánimas

 

noche cerrada como un puño

que nada contiene

ni una tos  ni una risa

ni el gorjeo de un niño

 

noche por donde no circulan autos

ni nadie canta como si peleara

en medio de la calle

ni una radio ha quedado encendida

derramando noticias

que no importan

pues no hablan

de ninguno de nosotros

ni de nuestros enemigos

ni siquiera de los seres que amábamos

 

noche como rosa nonata

que ni perfuma ni estalla en color

 

noche que vela los espejos

 

noche que devora

las minúsculas plantas de la sala

los cuadros donde se asomaron

espantados los amigos

 

noche que sabe que vigilo

que salgo al balcón

como quien mira

a través del retrato de la hija

 

noche previa a la noche de la noche

disuélvete en mi pecho

y no permitas que ponga un pie

más allá de la marca sangrienta

donde ya no hacen falta los misterios

 

 *

 

⟨⟩

 

⟨adentro era un domingo

sin palabras

 

había poca luz

 

el salmón que escapó

de casi todo

vino a encallar

en nuestra mesa

 

brad mehldau

amenizaba

la carrera de hormigas

pésima elección

las locas se ponían

a marcar el ritmo

 

afuera el mundo

era un acuario

la gente respiraba

la brisa incendiaria

quería decirnos algo

pero se marchaba

nadando el resplandor

 

tu jugabas a ordenar

rostros vencidos

hechos al arte de la espera

 

yo me daba palmadas

en la frente

por un verso feliz

que a otro se le había

antes revelado

 

después de comer

tradujimos

de dylan el “desaire”

 

estábamos podridos de amar

lo incomprensible

 

aquí se podía besar sin previo aviso

aquí se podía ejercer la desnudez

y ungirla con vino rojo

y briznas de tierra lloviznada

 

al cerrarse el símbolo

quedaron limitados los espacios

 

no me habría importado

permanecer del otro lado

si hubiera podido impedir

una vez más

la disolución de tu sombra

de espaldas

alejándose⟩

 

*

 

 

discurso del hombre como un gato

 

 

este es el comienzo de la cuarta vida

 

en pocos metros cuadrados

acomodo lo que queda

de mi mundo

afortunadamente tan poco

que nunca va a desbordarse

aunque las ventanas

se queden peligrosamente abiertas

a los incendios de la noche

 

este es el momento

en que empieza a fundarse el olvido

 

fuera los espejos

fuera las cintas que reproducen

intensas vísperas  anunciaciones varias

fuera los libros que atestiguan

los retratos que hablan

el perro que pasa una y otra vez

por el sueño sin reconocer la mano

el olor pálido de entonces

 

esta es la hora en que debo quemar

los trajes que en otro tiempo

me arroparon el alma

el segundo de cortar

los hilos del teléfono

cambiar de nombre

dejar tan sólo un rastro de hojas secas

que sirva a los hijos

si fuera menester

para dar con mi atribulado corazón

tan errático como una granada

cuya parábola

nadie puede corregir

y una y otra vez cae al centro del mar

sólo para espanto

de anémonas y peces

 

*

caída de la casa

 

al techo de la casa

le han salido manchas de humedad

 

si se miran bien  dos rosas inconclusas

dos rostros

dos pámpanos marinos

y hasta dos soles negros

sobre nuestro breve cielo

de estar cómodamente acongojados

 

mañana alguien  diligente

va a reparar las lozas

que la lluvia cincela

y cobrará por ello

un precio intolerable

 

nada va a quedar

del presagio de las floraciones

 

olvidaremos por un tiempo

el inaplazable comienzo del derrumbe

 

*

 

beber café en la oscuridad aleja el miedo

 

adentro de la taza

también está la noche

que diluye

hasta los pensamientos

 

beber café en la oscuridad

es como aspirar

la niebla

echar leños

al cráter de un volcán

lanzar los ojos

a las aves que han bajado

trinando

a comer de tus despojos

 

quien se bebe la noche

despertará

sangrando

en una noche

de otro tiempo

 

quien se bebe la noche

desciende

sin miedo

a la gruta

donde se guardan

los cuadernos y los signos

los talismanes y las fotos

el aire denso

de aquel amanecer

en que toda posibilidad

temblaba de rocío

 

beber café en la oscuridad

apaga los rezos

las canciones

que se pretendían

amorosas

sella el rumor

por donde tratara

de deslizarse la luz,

la caricia furtiva,

cualquier palabra

que no volviese

a herir

que no volviese

 


Alex Fleites (Caracas, 1954). Licenciado en Filología Española por la Universidad de La Habana. Entre sus poemarios más conocidos se cuentan  A dos espacios (1981), El arca de la serena alegría (1985), Ómnibus de noche (1995) y Un perro en la casa del amor (2004). En el 2015 la Universidad Veracruzana editó su antología personal Alguien enciende las luces del planeta. Es, asimismo, autor del libro de relatos Canta lo sentimental publicado en México (2011), Cuba (2012) y España (2016). Su obra ha sido parcialmente traducida al ruso, inglés, francés, italiano, alemán, portugués, chino, vietnamita y cebuano. Aparece antologado en importantes colecciones de poetas cubanos confeccionadas en la Isla y en el exterior. Es periodista, editor y curador de arte.

 

Fotografía: Álvaro Fleites

 

 

Sobre Corazón, de Leo Lobos

Una tal Lila

Fragmento de la novela “El agujero” del poeta y narrador correntino Rodrigo Galarza, con la que obtuvo el Tercer premio Municipal de Literatura “Luis de Tejeda” de Córdoba, y que acaba de ser editada por la Editorial Municipal de esa ciudad.

 

Quizá esté lloviendo o haya cesado un poco o más bien la lluvia se haya transformado en una tímida garúa de esas que parece que no mojan y que terminan por empaparte hasta el apellido; quizá en todo momento haya sido la garúa de junio la que impregnó  la ciudad de cierta orfandad y algunos, los más débiles, se hayan sentido aludidos por la tristeza y hayan decidido no salir de casa ni siquiera por la urgencia de comprar cigarrillos, birras o porros. Quizá la garúa, como en el tango que, acaso ninguno de ellos conoce, acentúa con sus púas en el corazón de los desprevenidos; sí, los desprevenidos o el desprevenido. Rulo sale de su casa lleno de hastío y de impaciencia; hace varios días que no ve a Poli, quizá todo haya sido un malentendido pero la bronca  le enciende el hígado, ¡le enciende!, no como la llamita lánguida del zippo que opta por morirse bajo la garúa de junio. Ningún mensaje, no, ninguna llamada, qué hable él, que pida perdón este guacho. Quizá esté lloviendo o haya cesado un poco o más bien la lluvia se haya transformado en una tímida garúa de esas que parece que no mojan y que terminan por empaparte por dentro, terminan por desquiciarte en el solo acto de querer encender un porro apoyado contra el poste mugriento de luz si así pudiera llamársele y no poste de candil…Acá, en esta esquina desierta nadie pide perdón por existir bajo la garúa de junio. Por fin el petardito refulge su brasita y Rulo tose varias veces sin largar el humo. Quizá le haya rascado un poco la garganta; ¡rica! está  la plantita del Paragua, rica y pegadora; quizá no sea tan mala la noche y hasta tiene su encanto la garúa que insiste con su fraseo de bolero de quilombo. Rulo camina unos metros por la acera y se detiene un instante mirando a diestra y siniestra como si tomara precaución para atravesar la Avenida 3 de abril; vuelve a darle una seca al porro y cruza la calle. Quizá, después de todo no haya sido tan mala la idea de salir a dar una vuelta y estas sean las mejores noches en que parece que nada va suceder y sin embargo, tal vez, sí suceda. Rulo vuelve a detenerse en la esquina siguiente: hacia la izquierda se llega a la despensa del Bizco; mejor hacia la derecha, hacia el monoblock 11; rumbea lento con la capucha de su buzo levantada, rumbea lento bajo la llovizna insistente, con el cerebro tomado por el humo azul; mira de reojo por los agujeros que le ha hecho a la capucha en los costados: nadie; pero en el pasillo oscuro del monoblock 11 alguien estará despuntando el vicio o simplemente estará, igual que él, esperando que algo suceda. Mientras camina ladra un perro; luego otro, aunque  más lánguido, más lastimero. Se oye aplacado un riff de los Redondos, ahí va queriendo la noche de junio, noche de hastío e impaciencia. Va queriendo, ¿qué? Rulo se aproxima al edificio, hace una pausa, apura la tuca, ¡rica! la plantita del Paragua. Rodea la mole de cemento, busca el pasillo oscuro. En el fondo, allí donde las cosas y los seres pierden sus formas: un silueta: una mujer o un hombre de pelo largo. Rulo se acerca, saluda como si le conociera de toda la vida, en realidad sí le conoce de toda la vida, lo vio crecer en el barrio siempre aparte, siempre increpado por los pibes cuando no quería jugar al fútbol ni siquiera en el arco. Dale vení Lilo marica, jugá con nosotros, dale marica que falta uno, metele en el arco aunque sea. Y Lilo decía no y se reía, él tenía reservado para sí otros juegos que le divertían más y no esa mierda de correr tras una pelota y verse horrible después, transpirado y sucio.

-Hola, dice Rulo sacando un porro de entre los cigarrillos del paquete.

-¡Hola rico! dice Lila, ¿qué hacés acá?

-¿Por? ¿tengo que pagar entrada o qué?

-No boludo, digo porque hace mucho que no te veo y además está fulera la noche.

-Tan fulera no debe estar, estás acá ¿no?

-Estoy esperando a uno pero está tardando, se ve que no está pudiendo zafar de  su jermu.

-Le habrá atado a la cama por vicioso.

Ambos ríen. Rulo le pasa el porro y Lila aspira con avidez y luego se lo devuelve.

-Rico che. ¿y Poli?

-Ni idea, debe  estar en lo de Carmen, otro… también que le tienen atado a la cama.

Lila se apresura en devolver la invitación del porro pasándole una botella de cerveza.

Aquí, en este pasillo oscuro, hay un adentro, un no paso del tiempo; quizá sea la infancia la que regresa en forma de confidencias bajo la garúa que ya no está, entre bocanadas de la plantita del Paragua y las quilmes calentonas a pesar de junio. Quizá la más sorprendida sea Lila por la fragilidad nunca demostrada de Rulo que a esta altura mejor dicho hondura de la noche, se le está pegando un mambo tristón de perro sarnoso. Algo se le despierta a Lila, algo impensado. A Rulo el galope empieza a quedársele corto y entre chistes zafios y silencios habladores, se traga una anfeta y sin preguntar le pone otra en la boca a Lila que cierra con suavidad sus labios sobre los dedos sucios de Rulo. Y atrás queda la plantita del Paragua y más atrás la birra calentona, atrás, más atrás queda la sarna del perro tristón, la pelea con Poli, las confidencias de infancia. Adelante, arriba, en el centro, el pasillo oscuro achica, cierra sus fauces. Rulo se pelea con la pantalla de su teléfono, aprieta varias veces sobre el archivo: Jijiji. No pongas alto que nos corren. Pará chabón, no te calientes. A Lila  le mordisquea la cabeza la palabra “chabón”, pero no dice nada, demasiada verdad hay en la letra que se expande como una frenada de coche en la voz del Indio Solari. Rulo suda, suda y suda, a pesar de junio, a pesar de haberse quedado en camisa. Lila se quita su viejo gabán vintage, cuando tomo de esas…me entra un calor; le da un largo trago a la cerveza. Rulo espera con impaciencia el primer solo de la canción, un solo pensado para el pogo o para una hinchada de fútbol; su impaciencia crece en el puente del estribillo. Lila lo mira, algo le crece también a ella. Rulo levanta una pierna y gira sobre la otra; la guitarra de Skay le arranca saltos y balbuceos. Quizá sea la garúa que ya no está, la noche de junio que de pronto se vuelve Jijiji, o quizá sea la plantita del Paragua, las Quilmes calentonas, la inesperada confidencia con Lila, más la anfeta zapateando un malambo en la azotea. Rulo trastabilla hacia un lado y Lila lo sostiene, evita su caída. Bien agarrado le tiene Lila y Rulo se queda ahí como si necesitara una caricia, como si volviera a ser el perro sarnoso del principio de la noche; él se deja que ella le agarre bien de ahí, total el pasillo oscuro se lo traga todo, así es, se lo traga todo…aunque  antes unos masajes de las manos expertas de Lila. Rulo apoya su espalda contrala pared, separa un poco las piernas y se baja el cierre la bragueta. Lila levanta un poco su pollera de jeans y se arrodilla. Debe ser junio nomás, la garúa que ya no está, la ausencia de Poli mezclada con la plantita del Paragua, las Quilmes calentonas, la canción de los Redondos, la anfeta del Bizco; debe ser nomás las ganas de Lila de expiar por fin los epítetos hirientes de la infancia, y cómo lo expía con la boca llena del machito Rulo y cómo trabaja con la lengua para que el machito Rulo levante su cabeza y mire el cielo oscuro mientras suena la sirena de la parte final de Jijiji y a esta altura Lila, quizá por la anfeta o porque a ella también le crecen cosas en la entrepierna, haga un pausa para que Rulo machito se desespere y  le agarre de la cabeza y le vuelva a embutir su miembro en la boca. Tan noche esta de junio, de garúa en retirada que Lila es dueña de la situación porque Rulo machito sólo piensa en meterse ahí mientras un perro ladra y Jijiji calla y Rulo machito contiene un gemido y  Lila expiada se pone de pie, se levanta la pollera y apoya sus manos contra la pared como si fuera a ser cateada por la policía y Rulo se acomoda detrás, en tanto en vano intenta mojar sus dedos con  saliva, trapo seco su boca. Rulo machito se acomoda detrás, abre las nalgas duras de Lila, y empuja…¡ay! -se oye- ¡pará! , y no hay impostación femenina en la voz, es un ay casi de resuello agónico. Rulo machito, lleno de anfeta y de placer se prende por la cadera estrecha de Lila y vuelve a empujar y Lila arquea un poco su columna sacando su anca hacia afuera para que Rulo machito expíe sin saberlo el honor de Lila y la expiación llega con Rulo rebuznando casi, dale que te dale lleno de anfeta y más de placer, dale que te dale Rulo machito prendiéndose de la manija dura de Lila, dale que te dale Rulo machito empujando con su pelvis y sobando con ritmo la manija mientras le rebuzna en la oreja a Lila llena también de anfeta, de placer y de expiación; tenía razón el Indio Solari en  Jijiji: “no lo soñé…/ y se ofreció mejor que nunca”. Tenso Rulo machito con su mandioca bien adentro, tensa su mano derecha bajando y subiendo sobre la manija; quizá sea la noche de junio, la garúa en retirada, la pelea con Poli; sí, quizá sea eso o quizá la plantita del Paragua, las Quilmes calentonas, la anfeta del Bizco  o quizá sea que a Rulo machito siempre le gustaron la nalgas de Lila y esta noche de junio con la garúa en retirada y la anfeta del Bizco dale que te dale con su manija y dale que te dale a la manija de Lila. Si Poli lo viera, si Poli presenciara a Rulo tan machito con la manija de Lila en mano, ¡qué papelón! si Poli se lo contara a Yacaré y al Polaco no terminarían más la cargadas, Rulo machito con una verga ajena en la mano ¿y qué hace Rulo con esa verga?, nada, dale que te pego, intenta seguir el ritmo múltiple, ocupado Rulo machito con dos vergas a la vez, uno-dos, uno-dos, uno-dos, uno-dos hasta que su placer se extinga nalgas adentro y  Lila escriba en la pared: no lo soñé…

 

Rodrigo Galarza nació en Caá Catí, Corrientes, en 1972. Es profesor en Letras. Co-fundador del Grupo Literario ¨Pájaro de Tinta¨ y director de la revista del mismo nombre. Su poesía ha sido reconocida con numerosos premios en el país y en el extranjero. Ha publicado en diarios y revistas de su provincia, de Buenos Aires, de Asunción del Paraguay, de Madrid,, de Nord Carolina EEUU, y  de México. Algunos de sus poemarios publicados son: Diluvio en la memoria; El desierto de la sed; Parque de destrucciones (el suri porfiado, 2007); Dietario del sur; Urubamba (el suri porfiado 2016). Figura en Twenty Poets from Argentina-Poetry of the Nineties (2004,Inglaterra, traducción de Graham Yoll y Daniel Samoilovich) entre otras antologías. Actualmente escribe una página de poesía en el diario El Litoral de Corrientes. El agujero, perteneciente a Trilogía de Corrientes, es su primera novela publicada.

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