Poesía en la era postautónoma. Entrevista a Josefina Ludmer

Poesía en la era postautónoma. Entrevista a Josefina Ludmer

Josefina Ludmer (San Francisco, Córdoba, 1939 – Buenos Aires, 2016) fue una de las críticas literarias más significativas de la Argentina. Ganadora de la Beca Guggenheim, profesora en Yale y en la Universidad de Buenos Aires, en esta entrevista, realizada por Carlos J. Aldazábal en 2009, recorre su trayectoria y reflexiona sobre las condiciones del género poético en el siglo XXI.

Mañana de sol, pero esto no es el Abasto, sino Palermo. Quedamos a las 11, y puntualmente la mujer sonriente me recibe con una taza de café humeante. El clima es propicio para la distensión. Y así, iluminados por el sol y el encanto del lugar, empieza el diálogo. Una charla sobre literatura en general, pero también sobre poesía, en la era postautónoma..

¿Cómo pasaste de la vocación literaria a la teoría?

JL- Primero tengo que confesarte que mi vocación no era literaria. Yo entré en la carrera de Filosofía, porque me fascinó la materia en el secundario, entonces ahí es más coherente lo de la teoría. El primer año de Letras y de Filosofía era común en Rosario –donde fui a estudiar, porque yo vivía en San Franciso un pueblito de Córdoba. Eran las introducciones (introducción a la Filosofía, a la Historia, a la Literatura). Entonces me hice amiga de unas chicas que cursaban conmigo, pero estudiaban Letras. Y me decían: “No vayas a Filosofía, miralas, están todas mal vestidas, miranos a nosotras, las de Letras, somos mucho más lindas”. Y me convencieron. Y me fui a Letras con ellas. Entonces, la vocación es relativa; yo seguí Letras, pero la teoría siempre me atrajo. La parte del núcleo filosófico ha estado siempre presente. Egresé de la Universidad de Rosario con el título de profesora en Letras, mi único título. Nunca hice un doctorado, porque en esa época no existían y, cuando empezaron, ya estaba dirigiendo tesis. Consideré mi viaje a Estados Unidos –el hecho de enseñar allá fue como una invitación para investigar– como un doctorado que nunca tuve.

¿Cómo fueron tus llegadas a Estados Unidos?

JL- La primera fue durante la dictadura, con el plan del senador Kennedy de sacar intelectuales. Era un proyecto político, en el año 76-77, radicado en California, desde donde traían chilenos y argentinos, jóvenes que querían abrirse un poco; los invitaban por un trimestre o semestre por contactos y, una vez allí, podías buscar trabajo si querías quedarte. En esas condiciones ocurrieron mis dos primeros viajes. A partir de eso hice amistades que me fueron invitando, hasta que en 1991 me ofrecieron un puesto en Yale. Hasta ese momento yo iba y venía, porque tenía el puesto en la UBA de Teoría II. Pero cuando me ofrecieron ese cargo decidí quedarme allá para ayudar a mi hijo, que estaba estudiando cine en Nueva York con una bequita de la OEA, muy chiquita. Cuando mi hijo terminó de estudiar, a mí me faltaba muy poco para jubilarme –en Estados Unidos podés hacerlo a los diez años de trabajar– y entonces ya me quedé.

Y antes de eso, ¿cómo te vinculabas con el ambiente literario argentino?

JL- Estaba la gente de la revista Contorno, que eran mis maestros: Alcalde, por supuesto, y Viñas, Prieto; yo me considero formada por ellos con una especie de mirada nacional sobre la literatura, con elementos de marxismo, psicoanálisis después, es decir, la formación de los sesenta, setenta. Mis primeras publicaciones aparecieron en las revistas Los Libros y  Literal, publicación con la que me relacioné gracias a Osvaldo Lamborghini; aunque no era parte del staff, siempre me pedían y yo redactaba alguna reseña. El ambiente de Buenos Aires en los setenta era muy impactante para mí. Había una especie de pasión argentina por la teoría, por la ideología, una búsqueda de literatura e ideología; era un ambiente de pasiones y de mucho trabajo también, donde el marxismo y los proyectos revolucionarios pesaban mucho. Teníamos las novedades francesas prácticamente al día siguiente que aparecían, gracias a la librería Galatea, que las traía prácticamente al mes de su aparición. Yo me acuerdo que era ayudante en la facultad de Rosario, y con el sueldo de ese puesto venía cada quince días a Buenos Aires, a veces en avión, me analizaba y compraba en esa librería todas las novedades. Pensá lo que era la universidad de esa época, cómo cambió el país y cómo todo se fue deteriorando. No había desocupación, era otro mundo, otra Argentina, las industrias del libro y las editoriales eran argentinas. Y esa industria nacional del libro es al mismo tiempo la que produjo los clásicos latinoamericanos del siglo XX: Rulfo, que publica en el Fondo de Cultura Económica de México; García Márquez se inicia en Buenos Aires con la editorial Sudamericana, o Borges que publica en Emecé. En ese ambiente de efervescencia cultural me formé y empecé a escribir.

¿Cuál fue tu primer libro?

JL- Cien años de soledad: una interpretación. Es una especie de ejercicio aplicado sobre la lectura. A mí me había fascinado la novela de García Márquez, mucho antes de que lo premiaran, y me peleaba con los amigos de esa época, como Jorge Lafforgue o Ricardo Piglia, todos borgianos, cortazarianos. Porque si bien había tenido mucho éxito, García Marquez todavía no era el escritor reconocido. Aun así, es el libro mío que más se editó y vendió. En Tiempo Contemporáneo fueron como dos o tres ediciones, y la del Centro Editor, diez mil ejemplares. García Márquez, junto con Arguedas y Rulfo, son para mí los clásicos del siglo XX, alrededor de los cuales tengo una teoría sobre la industria nacional latinoamericana del libro y la autonomía de la obra literaria. Rulfo rural, Onetti urbano, García Márquez rural también, constituyen una especie de radiografía de lo que es América Latina del siglo XX. A Arguedas lo empecé a enseñar en Estados Unidos. Durante la Dictadura daba teoría y análisis literario sobre los textos de Borges, pero todavía no había entrado en el mundo latinoamericano, entre otros motivos porque acá está todo separado: Literatura Argentina, Literatura Latinoamericana y Teoría Literaria, y esta última, que es la que yo dictaba, no me daba pie para mucho latinoamericanismo.  Cuando me fui a Estados Unidos empecé a comprender más lo que era América Latina. Yo siempre digo que Estados Unidos es el único lugar que puede explicar América Latina como unidad. Ahí te encontrás con todos: yo conocí a gente de todos los países latinoamericanos en Estados Unidos.

Además, la comunidad argentina ahí se vuelve latinoamericana.

JL– Exacto, y esa es mi crítica al volver, porque acá están muy encerraditos, muy europeos, como éramos nosotros en los sesenta y setenta. Aunque ese encierro fue, a su vez, lo que nos permitió esa especie de fama de los argentinos como muy intelectuales, muy teóricos. Tiene sus pro y sus contra, pero hoy en día, cuando Argentina está totalmente latinoamericanizada, mejor establecer intercambios con los hermanos latinoamericanos. Y a eso tenemos que aprenderlo: con la trasnacionalización de la industria del libro hay un impedimento absurdo de mercado; acá no se consiguen, por ejemplo, libros peruanos, libros uruguayos.

A nivel pequeño sí hay algunos intercambios, por ejemplo entre los poetas.

JL– Sí, entre los poetas hay más redes, en cambio entre los prosistas y novelistas las redes están compuestas por los conglomerados de editoriales; los premios son de la industria, no hay un contacto por abajo. Asimismo, viajar cuesta, y para que la gente se encuentre hay que tener plata. Nosotros tendríamos que habernos empezado a conectar desde la entrada, el proyecto de Bolívar que Latinoamérica se debe a sí misma. Otro problema es el asunto de las industrias de la lengua, que analizo en una de las partes finales del libro que estoy escribiendo ahora: cómo las industrias globales se apropian de ciertos recursos naturales –para mí la lengua es uno de ellos– y los explotan. Por debajo de la historia de la Real Academia, que es el organismo que legisla la lengua, está el capitalismo global español, por ejemplo, que de golpe explota una lengua, y esto hoy implica, en España, el 15% del producto bruto interno. Con la independencia se planteó la ruptura lingüística con España y hubo propuestas de constituir una Academia de Lengua Latinoamericana, que hubiera sido lo lógico, aunque no prosperó. El proyecto bolivariano de unir a los países latinoamericanos es una deuda histórica. Y este neoimperialismo español  es el que impide, en cierto modo, que los libros circulen entre los países latinoamericanos, y obstaculiza las industrias nacionales independientes, que quedan así reducidas a kiosquitos sin poder: no pueden exportar, no llegan a tener un aparato de distribución, que es la clave del libro hoy. Entonces importan desde España. Es exactamente la situación del imperio. Y Argentina, que era poderosísima, uno de los polos centrales de la industria del libro en castellano, dejó de serlo. Este país también tiene una deuda histórica con su gente, por qué vendió todo, por qué nos despojó.

¿Qué vino después del libro de García Márquez?

JL- El de Onetti. Después de esa aplicación de psicoanálisis que era el libro sobre García Márquez, empecé a centrarme en el análisis textual. El texto es el que preside la teoría en esa época. Mi obsesión era llegar, a través del análisis textual, que podía ser incluso microscópico, de una palabra, a la verdad de la literatura y de un autor, porque lo del texto va junto con esa ideología del autor, como el creador o el productor del texto, de acuerdo con una teoría más marxista. Onetti me fascinó, todavía ejerce alguna fascinación. De hecho, estoy por reeditar este libro con un prólogo que explica qué es el análisis textual y qué teoría e ideología articuló ese libro. No era estructuralista, era un análisis que tenía que ver con el marxismo en cierto modo, pero era posestrcuturalista, era la idea de que en un cuento se cuenta como fue hecho: cómo se constituyó, cuáles son sus materiales; esa es la culminación de la autonomía. Yo me movía totalmente en esa historia de la autonomía, que para mí va junto con la industria editorial latinoamericana. El de Onetti fue el único libro mío que no se tradujo, porque su círculo no es muy grande, es un escritor de minorías, poco leído en el resto de América Latina, es muy rioplatense, es muy Arlt, muy melancólico, por eso no se vende. Pensá lo que tardaron en reconocer a Arlt como clásico desde Europa o desde Estados Unidos; no le daban bola porque no es un latinoamericano, y con Onetti pasa lo mismo. Después de Onetti empecé a viajar, porque era la época de la dictadura, y a partir de las lecturas en las bibliotecas norteamericanas hice un proyecto nacional de la gauchesca, que me tomó diez años. A partir de ahí, mis libros tardan diez años y tienen que ver con fases vitales: viajes, parejas, lecturas. Es cierto eso que dicen que la crítica es también autobiográfica, porque en esos libros se plasma toda mi vida. Con el libro sobre gauchesca investigué mucho en Estados Unidos, tanto que me costó mucho escribirlo.

Ese libro de gauchesca fue el primero donde de algún modo empezaste a trabajar con poesía.

JL- Yo no lo tomaba como poesía. No leí mucha, ni siquiera de adolescente. Me gustaba Neruda, Lorca, lo que leía en la facultad. Pero no era lo mío. Tal vez porque yo había entrado por el lado de la filosofía, algo más reflexivo, tal vez porque a diferencia de lo que ocurrió con la prosa y la novela, en poesía no tuve buenos maestros. Creo que es fundamental cierta iniciación. Cuando empecé a analizar el Martín Fierro, yo no sabía si mi libro era sobre el Martín Fierro, si era sobre el género –durante diez años se producen todo tipo de vaivenes en una investigación– y el texto del cual leí está todo marcado con figuras poéticas. Pero después, en el momento de concretar la lectura, sentía que no era por ese lado; me fui metiendo en lo que era la voz del gaucho, la voz de Hernández y ese tipo de cosas que es mi análisis, pero no un análisis propiamente poético. También el Fausto es importante porque ya hay un texto autónomo que cierra el todo literario; un corte que despolitiza el género para estetizarlo. No hay Martín Fierro sin Fausto, que es el que le abre esa puerta autónoma a la obra de Hernández.

O sea que la época de la autonomía literaria es un gesto de una aparente clausura de lo político.

JL- No tanto, porque se puede decir que el Martín Fierro es un texto político y autónomo. Una cosa es la autonomía de la literatura como institución y sus instituciones –como la Academia, la carrera de Letras– o sea, la literatura separada como esfera de cualquier otra práctica, que empieza en el siglo XVIII con la constitución de la esfera privada, y otra son los textos. La gente confunde la institución separada, la esfera autónoma de la literatura propia, específica y todos los esfuerzos filosóficos por definir esa especificidad, con los textos concretos y su lectura. Un curso sobre autonomía sería un curso sobre la Modernidad en la literatura. La autonomía llega a su punto cúlmine en el siglo XX con las vanguardias, que quieren destruir la disciplina literaria, son antiliterarias, antiartísticas. Lo estético de golpe salió de lo artístico, rompió la autonomía de las instituciones artísticas e invadió la vida. Es el triunfo de las vanguardias. Otra cosa son las lecturas de la autonomía, las lecturas textuales. Como la autonomía postula una separación de la literatura de otras esferas, la idea era analizar la autonomía textual, ese texto que uno aísla para poder verlo y meterse adentro. Cuando yo me refiero a la postautonomía, quiero decir precisamente esto: que hay un cierre histórico de la autonomía: lo estético invade todas las esferas, lo económico prácticamente se superpone a lo estético y se transforma en una mercancía como cualquier otra, y todas las características de la autonomía –el autor como genio, la densidad verbal, el valor literario– empiezan a borronearse. Es lo que llamo  fusión de las esferas, porque la separación entre lo económico, lo social, lo político, lo literario/ estético que hacíamos antes, y a partir de la cual después buscábamos las mediaciones, deja de existir. Entonces el modo de leer hoy sería un modo de leer en fusión, donde todo puede ser  al mismo tiempo.

Sin embargo parecería que hoy, en las escrituras postautónomas, incluida la poesía, la esfera económica es la que termina dividiendo las otras, es decir, hace por ejemplo que se compre un libro pensando que se está adquiriendo literatura autónoma.

JL– Pero eso es lo que definió la literatura autónoma también. La primera teoría de la literatura “moderna” (igual a “autónoma”) es la de Baudelaire, que compara al escritor con una prostituta que tiene que salir al mercado a vender su cuerpo, o sea, sus textos. Es económica al comienzo y también lo es al final. Es un período histórico totalmente definido por un sentido bien materialista, por la relación entre economía y arte, tanto en la autonomía, donde entran las editoriales tradicionales, como ahora, al final, donde todos son conglomerados.

Pero yo pienso que en la época de la postautonomía, quizás lo económico termina colocando las piezas del tablero; ya no importa la calidad del texto y, en algún momento, la autonomía que empieza como categoría económica se vuelve una categoría estética. Entonces existe un doble discurso de quienes se definen como artistas y se incluyen en ese circuito pretendiendo adaptarse a ese sistema económico.

JL- Vos periodizás y decís “época de la autonomía”, como la que se extiende del XVIII al XX. Pero todavía hay un pasado en el presente; la literatura se sigue definiendo como autónoma y como posautónoma, hay imperio y hay imperialismo. La literatura postautónoma convive, insisto, con la autónoma. Hoy no hay más periodización constante. La gente lo hace, pero yo creo que es el error de Negri y de muchos otros teóricos.

Entonces también hay textos buenos y textos malos dentro de la posautonomía.

JL– Totalmente. Pero todo esto también tiene que ver con un circuito económico. La ley del libro es crucial. En este momento en América Latina la literatura más productiva en términos de cantidad –pero también en calidad, porque van juntas, porque si vos producís cien, uno va a salir, si producís dos capaz no te sale nada– es Colombia. Y Colombia cambia totalmente con la ley del libro. O sea, obliga al Estado a comprar el 20% de toda la producción y a subsidiar. La literatura aumenta el volumen de un modo tal que algún día aparecen los buenos. Pero esto implica defensa de lo nacional, y que las corporaciones y los conglomerados pierdan un poco de poder.

Lo que cambia también, en esta época de capitalismo global, es el juicio. Por ejemplo, yo estoy leyendo un premiado de Alfaguara, un premiado de Anagrama y digo, ¿a este le dieron el premio? Pero es de terror, no se sostiene para nada, y sin embargo está puesto como premiado, es decir, como bueno, excelente, y está difundido a través del aparato de distribución de toda América. Entonces, quién juzga y con qué criterio. Lo fundamental es qué criterio usás para juzgar: si es buena por la densidad verbal, si es buena porque justamente los que siguen definiendo “lo literario” le dan una serie de características como la resistencia al capitalismo: la historia no es lineal ni profética; tenemos en el presente miles de pasados que conviven, incluso el literario.

Sin embargo en las nomenclaturas de las literaturas –pasa con los poetas pero también con los narradores– de repente aparecen actores que se ubican a sí mismos, en plena época de la postautonomía, como la vanguardia de la vanguardia de la vanguardia…

JL– Es una forma de progreso que no existe más, y la vanguardia, como dijimos antes, se cierra históricamente con su triunfo absoluto. Esa es la estrategia del mercado de los jóvenes, yo también la tuve. Se asume el capitalismo como la realidad, no hay otro modo de definirlo. Siguen pensando en etapas, cosa que ocurre no sólo en la literatura sino en todos los órdenes de la vida contemporánea. La sucesión está copiada de una sucesión primermundista, nunca es una sucesión propia, no es una historia propia, sino calcada, cuyo modelo es el Primer Mundo, que tal vez tiene esas sucesiones. La gente tiene metidas adentro y naturalizadas un montón de cosas. Las ideologías tardan mucho en cambiarse.

Entonces, en esta reformulación capitalista, lo curioso es que la literatura, al fundirse y fusionarse con lo económico, lo social, lo político, vuelve a sus comienzos, antes de la autonomía, antes de la Modernidad, cuando literatura era todo lo que se escribía: discursos políticos, tratados de cualquier cosa, todo era literatura.

Algún crítico dijo alguna vez que “hoy poesía es lo que se dice que es poesía”, ¿será así?

JL– Creo que ni siquiera es lo que se dice. Poesía es lo que sale como tal al mercado. Lo que se produce como literatura es literatura y poesía, nada más, no hay definición posible. Porque caen o se borronean, sin desaparecer (eso es importante también) las instituciones. ¿Tiene autoridad la facultad para decir qué es poesía y que no? ¿Tiene autoridad la Academia de Letras? Esas instituciones son obsoletas totalmente.

Quizás las nuevas instituciones sean los medios, instituciones poderosas y arbitrarias muchas veces; la Academia de Letras probablemente no tenga poder para seguir diciendo, señalando, pero sí algunas facultades, que terminan alimentando con sus egresados a los medios.

JL- Es que el poder se ve obligado siempre a abrirse para mantenerse; se democratiza entre comillas para poder seguir manteniendo el poder. La Facultad de Letras es la institución de la autonomía, que enseña cómo leer literatura, la especificidad literaria. Por eso yo ahí tengo mis detractores con la teoría de las postautonomía, porque decir que es posible leer de cualquier modo implica que desaparece el sentido de la carrera de Letras, que te enseña a leer literatura.

Si lo que yo produzco se adapta muy bien a este esquema de poder, entonces esa práctica mía deja de ser resistente, aunque yo esté hablando de la revolución o de discursos supuestamente subalternos.

JL– Ese es uno problema que yo estoy trabajando y para el que no tengo soluciones, porque la resistencia implica un espacio externo: los hippies, resistentes al capitalismo, se iban, tenían la posibilidad de hacer una colonia en el Bolsón, como los anarquistas las hacían en Paraguay. Ahora no hay afuera, el mundo de ahora es un mundo sin afuera. Entonces, ¿cómo practicar la resistencia en un mundo sin afuera, en un mundo donde estás implicado? ¿de dónde te agarrás, dónde te posicionás para hacer resistencia?

Aunque en la contemporaneidad aún es posible escuchar discursos subalternos genuinos.

JL– Sí, es posible. Por algo está Evo Morales en Bolivia, que ha llegado al poder de una Nación en donde toda la política es una política pro subalterna, porque es la política indígena. Ellos tienen que enseñarnos muchísimo, toda la teoría del derecho al territorio –los territorios no tienen dueño y ellos tienen derecho al territorio–. Ahí tenés una lección política fundamental. Ellos nos siguen enseñando a los latinoamericanos cómo entrar a un lugar político, desde dónde hacerlo.

De golpe en América Latina aparecen los indígenas, las mujeres presidentes, o sea, entran en escena personajes que eran inconcebibles dentro de lo que fue la historia de la Modernidad política latinoamericana, que era blanca y masculina. Entonces esta especie de Posmodernidad, o como quieras llamarla, te abre camino a otro tipo de voces y a otro tipo de posiciones, que creo que es lo mejor que nos ha pasado en todos estos años. Ellos nos enseñan, hay que oírlos para poder hacer política hoy, sino no se puede hacer.

Entrevista publicada en revista La costurerita (Buenos Aires, el suri porfiado, 2009)

©de las fotografías Carlos J. Aldazábal, 2009

Josefina Ludmer nació en San Francisco, provincia de Córdoba, en 1939, y falleció en Buenos Aires en 2016. Durante la dictadura militar, entre 1976 y 1982, formó parte de la “Universidad de las catacumbas” y dio clases en su casa. Luego fue investigadora del Conicet y profesora de teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires. Desde 1991 hasta 2005 fue profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Yale (Estados Unidos). Publicó Cien años de soledad. Una interpretación, Onetti. Los procesos de construcción del relato, El cuerpo del delito. Un manual, El género gauchesco. Un tratado sobre la patria y Aquí América latina. Una especulación.

Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974). Sus últimos libros de poemas publicados son: Camerata carioca (2016), Mauritania es un país con nieve (2019) y Paraje (2021). Obtuvo, entre otros, el Premio Alhambra de Poesía Americana (Granada, 2013), el XLIII Premio Ciudad de Irún de poesía en castellano (Gipuzkoa, 2019) y el Premio Olga Orozco del Fondo Nacional de las Artes (Buenos Aires, 2021). Su poesía ha sido traducida a varios idiomas e incluida en antologías nacionales y extranjeras. Es Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, donde se desempeña como docente.

Media y extrema razón

Media y extrema razón

Ana Cagnoni ganó en 2021 el Tercer Premio en Poesía del Fondo Nacional de las Artes. Aquí, algunos poemas del libro ganador, publicado por El Suri Porfiado, que se presentará en Buenos Aires el próximo miércoles 27 de julio, a las 19 hs., en la sala Meyer Dubrovsky del CCC, Av Corrientes 1543.

 

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bajó de la autopista.

 

había manejado casi cinco horas

sin parar.

 

decidió comer langosta

en un restaurante de toldo rojo.

 

alfombras raídas,

tanques llenos de bichos vivos.

 

dedicatorias obscenas

grabadas en la puerta de los baños.

 

con una mano grasienta, tocó

el peón que pesaba en su bolsillo.

 

afuera, el frío sol del norte

cortaba sombras azules en la nieve.

 

pidió la cuenta.

 

no es fácil matar a alguien.

 

más fácil es robarle un peón blanco

y enterrarlo en la nieve.

 

al lado de un cartel que ofrece

langosta fresca todo el año.

 

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en la tapa del libro

más verdadero, está el autor

muerto en la nieve.

 

bombín, pisadas,

golpes fuertes en la puerta,

el cielo caléndula en la última

tarde de diciembre.

 

un paseante, el autor

muerto en la nieve.

 

zapatos acordonados o cuervos,

sobretodo, construcción

de parábolas relucientes.

 

el libro en el libro

en la nieve de diciembre,

retrato ajado, oblicuas pisadas

negras como escarabajos, nubes,

caléndulas, la última tarde

del autor muerto en la nieve.

 

las caléndulas se comen.

el autor no puede haberlo sabido.

 

yo tampoco lo sabía

hasta hoy. desperté

con una caléndula en la boca,

pensé:

 

a veces la muerte nos visita así.

 

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1

tres sillas esperándonos.

 

imposible.

la tarde es blanca

como un desierto maldito.

 

en los desiertos no hay sillas

ni túneles húmedos

revestidos de orquídeas.

 

no son orquídeas.

 

2

primera silla – la reconozco.

 

un ave en el desierto

posada sobre una saliente rocosa.

 

tanto, que ya no es silla

sino roca. prolongaciones

como preguntas sin responder.

 

no son preguntas.

 

3

la suma de todas sus patas.

 

para que un camino

conduzca al poniente,

debe tomar la decisión.

 

lo que brota muere

si no es silla.

 

4

última oportunidad.

 

le pregunto a un lugareño: me dice:

a las sillas les decimos velos.

 

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“anoche cupimos”.

 

para decir que el lenguaje

debe obediencia al tiempo.

 

si no, puede multiplicarse

o intentar una explicación.

 

“no cupimos porque x

exponía nuestras flaquezas.

fue necesario deshacernos de él”.

 

se abre la cuestión del método.

¿cómo se deshicieron de x?

¿qué flaquezas?

 

a modo de respuesta,

repiten como un coro:

el lago aquel.

 

¿cuál habrá sido el pacto?

el duelo por x duró años.

 

debe ser ese.

 

el rumor constante

que surge del agua tranquila,

o de las piedras.

 

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hay problemas

que se definen por su

solución.

 

picazón / rascado,

falta de pronombre

personal.

 

también hay soluciones

sin problemas:

 

para atrapar a un mono,

introducir dulces en una

botella pesada de cuello

angosto y esperar.

 

*

 

lo único que ella quería

era llegar al otro lado

de las vías.

en bicicleta o a pie.

 

ahora está encerrada

en la segunda ventana

del tercer vagón –

 

los ojos negros

se baten en un nistagmo

estricto y

permanente.

 

Ana Lucila Cagnoni (Buenos Aires, 1977) es médica oncóloga (UBA). En literatura, se formó en Casa de Letras y en los talleres literarios a cargo de José María Brindisi y Jorge Consiglio. Actualmente se encuentra completando una Maestría Bilingüe en Escritura Creativa en la Universidad de Texas (EEUU). Su primer poemario, Con su debida calma, recibió una Mención Especial en el Concurso Nacional de Poesía Adolfo Bioy Casares (2020), y su reciente colección de poemas Hoteles infinitos recibió una Mención Especial en el Concurso de Poesía de Revista Metafórica y Editorial Vuelo de Quimera (2022). Publicó poemas en revistas internacionales como Acentos Review y Río Grande Review. Reparte su tiempo entre Argentina y Estados Unidos. Media y extrema razón (el suri porfiado, 2022) obtuvo el TercerPremio en Poesía del Fondo Nacional de las Artes (2021). 

Media y extrema razón

Interestelaria

El poeta Julián Axat nos propone esta compilación de poemas de Ciencia Ficción recientemente publicada en Argentina. Aquí, el prólogo y algunos de los textos seleccionados.

 

PRÓLOGO INTERESTELARIA

POESÍA,COSMOS Y CIENCIA FICCIÓN

 

¿Qué otra cosa vislumbras en la oscura lejanía,

allá en el abismo del tiempo?

William Shakespeare

 

Esta antología nació de las estrellas. De la historia de la poesía que se origina levantando la cabeza, en el hecho de contemplar la noche. Diría que no hay poeta que no se proyecte hacia el cosmos. Macrocosmos y microcosmos que confluyen en el poeta.

La palabra “constelación”, proveniente del latín constellatus, hace referencia a una “conjunción de planetas” que, según las creencias de los antiguos, ejercía influencia suprema en asuntos humanos. Así, las estrellas, objetos celestes que parecen permanecer siempre en el mismo lugar, son, para los antiguos poetas, un oráculo del pasado, presente y futuro. Una fuerza determinante, colectiva e individual del destino humano. Walter Benjamin dice que al mirar las estrellas, ellas nos devuelven la mirada. Esa proyección de luz que rebota y encandila. Ilumina al poeta.

Hay poetas que se pierden en esas esferas de luz, y profundizan el juego, convirtiéndose prácticamente en una suerte de astrónomos, entre el más acá y el más allá. Otros viajan en el tiempo y proyectan un futuro, una visión alucinada del cosmos. Es lo que en esta antología de poesía se recoge como viaje interestelar, es decir, más allá de las estrellas.

Interestelaria se proyecta como apuesta del género, una mirada sobre los cambios tecnológicos y la velocidad en que sucede el mundo, de la que la poesía no es ajena; que impacta en las formas de escritura de las nuevas generaciones. Por eso aquí encontrarán de todo: viajes en el tiempo, naves, estrellas, cometas, lunas, asteroides, alienígenas, robots, planetas, astronautas, seres de cuarzo, mundos inhóspitos, y mucha velocidad de la luz. Pero siempre desde la poesía. Porque el género de la ciencia ficción suele ser más común en el mundo de la narrativa, y prácticamente no existen antologías de este tipo y género en el mundo de habla hispana, al menos del que yo pueda saber.

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Bajo el concepto de cosmos y ciencia ficción hemos tratado de circunscribir la mención explícita o implícita a fenómenos estelares, cuerpos, objetos y seres que gravitan en el espacio/tiempo; y cumplen una función lumínica u óptica, pero también astronómica, tecnológica y hasta onírica.

La selección incluye fragmentos de poetas antiguos, que han tematizado cosmogonías y poseen una versión del origen universo, como es el caso de Lucrecio, la mirada de los antiguos Mayas en el Popol Vuh. Hasta Edgar Allan Poe, en su “Eureka” se atreverá a deslizar una teoría científica desde lo astronómicopoético. El tormento de Giordano Bruno, la arquitectura del cielo de Swedenborg y la música de las esferas como vibración muchas veces tangencial, pero que es captada por los poetas para hablar del sol, las estrellas, cometas, asteroides y planetas. Así Whitman, Maiakovski, Gelman, Huidobro, Tsvietáieva, Neruda, Sarduy, Sebald, Szymborska, Vilariño, Zurita, Girri, Darío, Paz, Bradbury, Szpunberg, etc.

En el caso específico de la Luna, el satélite de la tierra ha sido motivo de inspiración de casi todos los poetas de la historia. He seleccionado las increíbles historias contadas por Luciano de Samósata y Cyrano de Bergerac, que ya Borges menciona en el prólogo de Crónicas Marcianas. El episodio captado por Safo, que permitió a los astrónomos de la actualidad fechar un eclipse lunar.

El poema (inédito) de Julio Verne, el clásico romance de García Lorca, versos de Tristán Tzara. Durante el siglo XX, la llamada “conquista del espacio” ha dado poesía específica sobre la llegada del hombre a la Luna, sus artefactos y héroes de la carrera espacial.

Los poetas no han dejado pasar estos acontecimientos, dando lugar a que la epopeya también sea contada por ellos. Poemas como los de Ernesto Cardenal, Nicanor y Violeta Parra, Evtushenko, Leonel Rugama, Joaquín Giannuzzi y Julio Torri, dan cuenta de esos episodios y sus personajes.

La mirada alucinada también se pierde en una proyección distópica, que puede resumirse en el monólogo final del replicante Roy Batty (Blade Runner – “como lágrimas en la lluvia”), por supuesto incluido en esta antología. Viajes imaginados por Miguel Angel Bustos y su hijo Emiliano, como si entablaran un dialogo más allá del espacio y tiempo. Las palabras del habitante de Marte de Alfonsina Storni, y la llamada escuela Martian Poetry que a principios de los 80`, de la mano de autores ingleses como Craig Raine, realizaban ejercicios de extrañamiento desde la mirada del poeta marciano.

Luego sigue el planeta animal de Graciela Maturo y los primeros hombres en Mercurio del escocés Edwin Morgan. Los Ovnis de Mario Benedetti. Mundos extraños, alucinados como el de William Blake, como el post nuclear de Allen Ginsberg. Los mares de arena de Diana Bellessi. El bosque de Pizarnik. El Credo de J.G. Ballard. La profecía en el Everness de Borges. Distopías de ensueño en el paseo literario de Bolaño. La tecnología maldita del Autogedón de Heathcote Williams.

Escenarios donde el futuro se abre a la hiperconexión digital como la proyectada por Peri Rossi. El mundo de la inteligencia artificial como las poetizadas por Marechal en su Poema de robot. El droide Cibernius de J.J. Bajarlía que asiste a El final.

Finalmente, no puedo evitar vincular la ciencia ficción con la cultura de masas, en especial con la poesía del rock. Hemos seleccionado algunas letras paradigmáticas, como: Set The Controls For The Heart Of The Sun de Pink Floyd; Space Oddity de David Bowie; pasando por Somewhere in Time de Iron Maiden; hasta llegar a El anillo del capitán Beto, de Luis Alberto Spinetta, que no podía faltar.

***

Si bien el discurso poético es a menudo figurado, el despliegue de figuras retóricas no es una condición sine qua non de la poesía. De allí que, si hay algo que parece claro después del corpus seleccionado, es que, del mismo modo que en el cuento y la novela, el género poético de ciencia ficción es una variante y puede representar/fundar mundos, acaso profetizarlos, no solo a través de simples metáforas, sino también como hechos objetivos, sucesos que ocurrirán o podrían ocurrir literalmente. Claro que aquí hay tradiciones poéticas de diversos tipos, algunas que son más proclives que otras, ya sea a la visión ensoñada distópica, a la descripción meramente sideral, y/o a la mención de tópicos de ciencia ficción.

Por eso en este recorrido encontrarán poetas que se dedican especialmente a ciencia ficción; otros que tangencialmente abordan la cuestión en alguno de sus versos, y hasta aquellos que componen música y se meten con las esferas. Poetas cuya diversidad abreva en todas las lenguas y regiones del mundo: argentinos, mexicanos, ingleses, norteamericanos; los conocidos y desconocidos, jóvenes latinoamericanos, españoles e ingleses.

En definitiva, poetas que se tocan en algún punto, que escriben y obsesionan con el mundo cósmico y la ciencia ficción.

Decía que no existen antologías de este tipo en el mundo de habla hispana. Seguramente que por su diversidad y amplitud de autores, sea una de las primeras.1 Ojalá este corpus-constelación pueda ser disfrutado y esté a la altura de las circunstancias.

***

Por último, quiero agradecer a Emiliano Bustos por las maravillosas ilustraciones que componen el libro. A Javier Cófreces por creer en el proyecto. A Matías Carnevale por el epílogo y traducciones. A Juan Bautista Duizeide por recordarme de la necesidad del último capítulo. Y finalmente, a Coti López por sus comentarios y correcciones.

 

Julián Axat. City Bell. Septiembre, 2021

 

LOS GÉRMENES

 

Se repartieron por todas partes

Como si sembrasen en el universo

Arrhenius

 

Noche condenada a la ceguera,

Noche que aún a través del día buscas a los hombres

Con manos perforadas de milagros,

He aquí a los gérmenes espaciales, polen vaporoso de los mundos.

Los gérmenes que en su larga jornada han medido los cielos

Y se posan sobre la hierba sin ruido,

Capricho de una sombra que atraviesa el espíritu.

Escapan fluidos del murmullo confuso de los mundos

Hasta donde se eleva el rumor de nuestros más lejanos pensamientos,

Sueños del hombre bajo las estrellas atentas

Que suscitan zarzas violentas en pleno cielo

Y un cabrito que gira sobre sí mismo hasta volverse astro.

 

Sueño del marinero que va a dispersar la tormenta

Y que, al entregar su alma al último lucero,

Visto entre dos olas que se alzan,

Hace nacer de su mirada, ahogada en el mar y la muerte,

En millones de horribles años-luz, los gérmenes.

Y los postigos verdes de sus moradas tímidamente se entreabren

Como si una mano de mujer los lanzase desde allá dentro.

 

Pero nadie sabe que los gérmenes acaban de llegar

Mientras la noche remienda los andrajos del día.

 

Jules Supervielle. (Montevideo, Uruguay, 1884-1960). (De, Versiones y diversiones, México, 1973. Traducción de Octavio Paz).

 

 

DÉJENLO TODO, NUEVAMENTE

 

Hasta los confines del sistema solar hay cuatro horas-luz;

hasta la estrella más cercana, cuatro años-luz. Un desmedido océano de vacío.

Pero ¿estamos realmente seguros de que sólo haya un vacío?

Únicamente sabemos que en este espacio no hay estrellas luminosas;

de existir,

¿serían visibles?

¿Y si existiesen cuerpos no luminosos, u oscuros?

¿No podría suceder en los mapas celestes, al igual que en los de la tierra, que estén indicadas las estrellas-ciudades y omitidas las estrellas-pueblos?

(…)

 

 

Primer manifiesto infrarrealista. (México, 1976). (De, Infrarrealistas / Poetas. Edit. La Caída, Colección las alas del escorpión, 2014. Fragmento).

 

 

FISIÓN (1963)

 

¿Cómo se haría un mapa del movimiento? ¿O el movimiento

es un mapa de sí mismo en constante hacerse y deshacerse? No

existen fronteras que no se crucen, que no cambien de un instante

al siguiente. Esto es lo que no cristaliza. Lo que impide incluso

que la vista se fije.  La imposibilidad del detalle. El detalle

es una criatura de la contemplación, una presa codiciada que el

movimiento pone en libertad.  Cuando todo fluye, la inmensidad

del universo se relativiza: uno es parte del cosmos y vive en la

materia que lo anima. Los pequeños y ordenados planetas no

dejan de moverse, penetran en pliegues cuyo origen y destino se

ignoran. Se viaja en estado de gracia: la incertidumbre conduce.

 

 

Eduardo Mileo, Buenos Aires, 1953. (De, Extracción del agua de la niebla. Ediciones En Danza, 2018.)

 

 

PARÁFRASIS

 

cada letra es una estrella

las estrellas me hablan

abren puertas en el centro del cuerpo

comienza el rezo de la paráfrasis

el silencio me abandona

fui su maqueta

le hablo a las estrellas

 

Natalia Litvinova. (Gómel, Bielorrusia, 1986). (De, Esteparia. Ediciones del Dock, 2010.)

 

EL ACELERADOR DE PROTONES

 

Afuera el valle extiende su llanura de

/Sombras

Mejor es no nombrarlo. Un aguilucho roza

Con el ala el hielo. Así hay que tratarlo.

El monte siempre procede por hechos

/consumados

Más allá de la nieve, en los más altos Alpes,

Más allá del futuro, de los lejanos mares,

De tierras relucientes y de cielos fantásticos,

De los grandes silencios bajo el sol de verano,

 

El Eternauta afirma que existe una llanura

No pisada por nadie. Su arena es cegadora.

En ella un solo grano encierra la verdura.

 

Ciudades invisibles, infinitas auroras,

Todo lo que ya ha sido y lo que será un día.

Mis hijos quizás vean la divina partícula.

 

 

Rodolfo Mattarollo. (Buenos Aires, 1939- 2014). (De, Otros tiempos. Edic. Colihue, 2013.)

 

 

 

EL TIEMPO VARÍA A VELOCIDADES RELATIVISTAS

 

Nos internamos en el cosmos preparados para todo, es decir para la soledad, la lucha, la fatiga y la muerte.

Lem Stanislaw

 

I.

Vagamos durante diez años

–inexpertos cosmonautas–

horadando el espacio sideral.

Hendimos soberbios las distancias,

a bordo del Prometeo.

Nombre que comprendimos demasiado tarde,

quizá…

Atravesamos la galaxia en busca de un gigante naranja

–como Quijotes sidéreos–

Y volvimos a la Tierra,

cansados,

tras diez años de vagar.

¿Han oído acaso acerca de la Dilatación del Tiempo por velocidad?

Volvimos después de diez años a la Tierra,

Que ya no era nuestro hogar.

Yo he visto morir a un compañero

de locura astral.

En un planeta ignoto,

regresando al que no sería nuestro hogar.

¿Cómo sucedió?

Guardo ese secreto al resto de mi tripulación.

Éramos algo más susceptibles

en la soledad de esa desolación.

¿Han cuestionado acaso al tiempo terrenal?

Einstein, en mi época hogar lo hizo.

Dio luz a la Teoría de la relatividad.

Yo he visto envejecer a mi carne

con una ralentizada longevidad.

La Tierra.

Mi tiempo.

Mi hogar.

Yo.

No más.

Mi carne prevalece, ¡Fueron diez años!

¡Nada más!

 

II.

Nuestra misión fue orbitar Arturo,

distante a 36,7 años luz de nuestro Sistema Solar.

Misión vana,

que nunca admitimos.

El valor de nuestra vida y marca

nos tenía que compensar.

Llegamos a ella,

la cuarta más brillante de nuestro cielo

–terrícola, claro–

Después de Sirius,

De Canopus,

De  las Alfa Centauri –vistas por nuestro ojo humano como unidad–

Llegamos a ella,

con fines trascendentales que ignoramos.

La ciencia del viaje espacial

Terminó siendo otro sueño imperial.

Pero volvimos,

Al Sol,

Después de una década.

A un tiempo extraño.

Al futuro

Desde el pasado.

Y qué jóvenes volvimos,

A otra Tierra.

A otro lugar.

 

III.

127 años pasaron por sus ríos,

Por sus montañas,

Por la genética de la Humanidad.

Nosotros, Odiseos,

Regresamos jóvenes de carne

A una Íthaca abrumada de electricidad.

Arribamos al futuro, jóvenes de carne

–pero antiguos como el tiempo espacial–

A otra Tierra, a otro lugar

A otro infierno.

Nuevo.

Por las estrellas, ¡este no es mi hogar!

Las grandes teorías de mi tiempo,

Sus grandes mentes.

Obsoletas.

Reducidas a pasos torpes, iniciales en la carrera sapiencial.

Yo he vuelto,

Fantasma del pasado,

Como una bestia, a los ojos de los demás.

Yo he vuelto a otro lugar.

Como un niño.

Indefenso.

Violento.

Humano.

¡Fueron diez años! ¡Nada más!

Y entendí que el tiempo existe

Sin posesivos

Ni adverbios.

-Nuestro tiempo solo es terrenal-

Y entendí que mi hogar ya no existe.

Ni mi nombre.

Ni mi marca.

Ni mi tiempo.

Que Existes

En Tu Tiempo.

¿Viajemos a bordo del Prometeo,

rumbo a Arturo,

–o a Fomalhaut–

Por diez años,

nada

más?

 

 Luna Anarresti (Lara Blanco). (Maipú, Mendoza, 1993. Inédito.)

 

Julián Axat nació en La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1976. Publicó: Peso formidable (2003), Servarios (2005), Medium (2006), ylumynarya (2008), Neo o el equipo forense de sí (2010), Musulmán o biopoética (2013), Rimbaud en la CGT (2014), Offshore (2017), Cuando las gasolineras sean ruinas románticas (2019) y Perros del Cosmos (2020). También publicó las antologías: Si Hamlet duda, le daremos muerte (2010) y La Plata Spoon River (2014). Hasta 2015 dirigió la colección de poesía Los Detectives Salvajes, de la editorial Libros de la Talita Dorada. Su poesía ha sido traducida al italiano, francés e inglés. Figura en antologías como Resistencia en la tierra (2014), Giovane poesía latinoamericana (2016), Atlas de poesía argentina (2017) y Antología federal de poesía (2019), entre otras.

Media y extrema razón

Los que alcanzan la orilla, de Paula Lapido (fragmento)

La herida es el lugar
por donde la luz entra.
Rumi

Huevo

Mi hermano Paul desapareció el diez de febrero de 2001 en Berlín. Nunca he sabido por qué se fue, tampoco por qué jamás quiso regresar. Con él desapareció el lunar de su mano derecha, que se volvía borroso cuando tocaba el piano. Con el lunar, la niña de los cabellos de lino de Debussy, que tantas veces había escuchado sentada en su regazo de pequeña.
Nunca más volví a verle. Todo lo que sé sobre su desaparición es esto:
Paul llevaba tres días en la ciudad y la tarde antes de su debut con la Filarmónica había participado en el ensayo general. Claudio Abbado declaró a la policía que se le veía cansado pero el ensayo fue bien, incluso le pareció deslumbrante. Un gran pianista, Paul Clément, no ya una promesa sino un valor consolidado, alguien capaz de marcar un nuevo camino en la interpretación. Eso dijo Abbado entonces y yo lo sé porque leí el informe policial decenas de veces, gracias a mi alemán oxidado del instituto. Un segundo violinista recordaba haber hablado con Paul al terminar el ensayo. Le aconsejó dar un paseo por el Tiergarten. Se habían detenido ambos en la puerta de la Philharmonie mientras el violinista fumaba un cigarrillo. Al violinista, Paul le pareció un tipo educado pero tímido, tal vez abrumado por el compromiso, que no era cualquier cosa, ni siquiera para un intérprete curtido ante el público desde unos precoces diez años como Paul. Quizás estaba algo intranquilo. Esa es la palabra, subrayada varias veces en el informe: intranquilo, como si llegase tarde a algún sitio.
Paul regresó caminando al Grand Hyatt, apenas a cinco minutos de la Philarmonie. En la cuenta del servicio de habitaciones quedaron anotados un sándwich de pollo con mostaza y rúcula y una botella de Perrier. Al día siguiente se marchó del hotel hacia las ocho menos cuarto de la mañana. La recepcionista que recogió su llave le dijo a la policía que iba vestido de sport. No se le pasó por la cabeza que no fuese a volver; sabía quién era Paul. Los círculos musicales de la ciudad hervían de expectación ante aquel concierto número tres de Rachmaninov. El joven pianista prodigioso que asombraba al mundo entero a sus veinticinco años, por fin en Berlín con la Filarmónica. Las entradas llevaban meses agotadas.
La recepcionista del Grand Hyatt fue tal vez la última persona que vio a Paul en Berlín o, al menos, la última que pudo reconocerle. Le esperaron en la Philharmonie hasta las siete y cuarto, con la orquesta ya sentada en el escenario, en torno al Steinway&Sons con su banqueta a la altura perfecta, mientras el estricto público berlinés empezaba a agitarse en sus asientos. Llamaron al hotel, a su teléfono móvil. Incluso un botones subió a su habitación, hasta que advirtieron que Paul se había marchado sin la llave. A las siete y veintiuno, Claudio Abbado salió al escenario entre aplausos y pitadas. No llevaba batuta. Se encaramó al podio y se volvió hacia el público. A pesar de que la voz ya le flaqueaba por la enfermedad, habló alto y claro: se cancelaba el concierto por indisposición del pianista. Pidió disculpas con sus modales exquisitos y se retiró del escenario. La orquesta salió tras él, ordenada, marcial, ninguna emoción en sus rostros. Yo no estaba allí pero así es como fue.
La policía registró la habitación del hotel en busca de pistas. Ningún forcejeo ni desorden. En el armario, dentro de una funda de viaje, estaba el esmoquin hecho a medida con la camisa negra. La partitura del tercer concierto para piano de Sergei Rachmaninov sobre la mesilla, anotada hasta los márgenes. Los movimientos de su tarjeta de crédito revelaron que el viernes por la noche Paul había comprado un billete de avión a Viena para el día siguiente a las 9:50. Pero tampoco estaba en Viena, Paul, en su apartamento del barrio de los museos, en el que faltaban ropa y objetos personales y muchas obras de arte aunque no podía, de ninguna manera, hablarse de robo, ni de secuestro.
La noticia se filtró a los periódicos la misma noche del concierto, cuando un reportero vio los coches de policía frente al Grand Hyatt. A la mañana siguiente encabezaba buena parte de los medios alemanes y casi todos los franceses. Recibí una llamada de papá en la residencia de New Cross. Volé de Londres a Berlín y después papá y yo volamos a Viena. Así es como supe que mi hermano había desaparecido.
Nadie vio a Paul después de la mañana del diez de febrero de 2001. Nadie dijo haberle visto nunca más en once años y medio, hasta que el dieciocho de julio recibí una llamada de un número desconocido y una voz masculina que jamás había escuchado pronunció estas palabras:
—Paul ha muerto.

Larva

Viajé durante veintitrés horas para llegar a Montmerny, el pequeño pueblo provenzal con casas de piedra dorada, rodeado de campos de lavanda. Una postal de cielo azul sobresaturado en el escaparate de una tienda de souvenirs, entre jabones de Marsella y cuencos de cerámica. Ninguno de los lugares que se me habían pasado por la cabeza en once años y medio, sino Montmerny.
El tren llegó a las tres de la tarde, un regional con asientos de plástico y sin aire acondicionado que se deslizaba por la vía con su traqueteo de canícula, atravesando el Luberon hacia el norte desde Marsella, sorteando a su camino otros villages perchés rodeados de campos de lavanda a medio cosechar a finales de julio. La mayoría de los pasajeros se habían bajado en Digne-les-bains, penúltima parada del trayecto. Tal vez fuese yo la única en aventurarme hasta aquel lugar perdido al extremo de los Alpes de Haute Provence. Había un reloj de agujas en el andén; una esfera enorme con el cristal rajado, amarillenta de vejez, que colgaba con precariedad del tejadillo metálico. El motor del tren se detuvo y poco a poco un calor sofocante empezó a apoderarse de los vagones como una marea que avanza siempre hacia delante, cubriéndolo todo: árboles, casas, coches. Mantuve la espalda sudada contra el respaldo de plástico y la vista fija en el andén más allá del tenue reflejo de mi cara en el cristal. Al otro lado ya no quedaba nadie salvo el bochorno, mi verdadero anfitrión. Esto era Montmerny, el lugar en el que después de once años y medio iba a reencontrarme con mi hermano.
El pavimento estaba salpicado de manchas verdes que se movían muy rápido. En las veintitrés horas de viaje desde Calabria no había comido más que una bolsa de patatas y un café soluble. Había sido en el hotel de Fiumicino en el que pasé la noche antes de coger el vuelo a Marsella. Snacks del minibar y una interminable llamada de Max que, como no lograba convencerme para dormir, me había abrumado a chistes guarros e historias ridículas de su adolescencia que ya había escuchado mil veces, cuando lo único que yo quería hacer era caminar por la habitación, por el pasillo, por el lobby del hotel, por la calle desierta. Pensé por un momento que las manchas en la plataforma eran un síntoma de mareo, una alucinación provocada por el agotamiento, pero al apagarse el motor del tren algo más que el bochorno había empezado a entrar en los vagones. Las manchas correteaban ahora por el suelo de linóleo y a cada instante me parecía que alguna de ellas saltaba al aire. Las intuía abalanzarse hacia las ventanillas en un vuelo rápido y casi inaudible que nunca llegaba a tocarme. Cada vez que pensaba que una iba a chocar contra mí, cerraba los ojos y me protegía los pechos con los brazos como si alguien quisiera asaltarme. No quería pensar en las manchas verdes ni en el calor angustioso que lo envolvía todo, ni en Paul despeñándose con su coche por un barranco hasta quedar enterrado entre campos de lavanda. Con los párpados apretados podía no ver nada más, no sentir nada, ni siquiera esa gruesa rabia que me daba ganas de gritar hasta quedarme afónica.
—¿Giulia Clément?
Al volverme hacia la puerta vi al hombre más guapo que me he encontrado nunca. Moreno, con camisa azul claro y pantalones camel, lucía impoluto, nuevo: un actor de Hollywood. Asentí sin despegar los labios, sin atreverme del todo a mirarle fijamente. Él me tendió la mano. De pronto era real, de carne y hueso, como yo misma.
—Soy Lorenzo Brossard.
Reconocí su voz ahora, de cerca. La había escuchado por primera vez hacía dos días, con el móvil sujeto entre el hombro izquierdo y la oreja, mientras revisaba en el visor de mi DS3 la foto de un plato de carpaccio aderezado con mermelada de piña. La mermelada estaba extendida formando una celosía sobre la carne, cuyas lonchas eran tan finas y transparentes que debajo de ellas se intuía la loza blanca. Sonaba la voz de Lorenzo al teléfono pronunciando el nombre de Paul y yo examinaba la curva del histograma y el cocinero calabrés con su recién estrenada estrella Michelin pulía su pose para las fotos.
—Paul ha muerto.
Los ojos se me habían quedado congelados en el histograma hasta que Robert me tocó el brazo. Con la sorpresa, el teléfono resbaló al suelo. Solo se rompió la carcasa de plástico por una esquina.
—Siento lo de los escarabajos. Estamos sufriendo una… plaga, pero no son peligrosos.
Más de once años y, de pronto, este lugar pegajoso e invadido por los insectos. Di manotazos al aire. No imaginaba qué podía haber venido Paul a hacer aquí. Un escarabajo correteó entre mis pies. Al apartarlos me mordí la lengua.
—Me he tomado la libertad de reservarte una habitación en un hotel rural a las afueras del pueblo. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.
No tenía intención de quedarme allí de ninguna manera pero contuve la réplica. Dejé que Lorenzo bajara al andén las bolsas más pesadas de mi equipaje y aguanté sentada todo el tiempo que pude, tratando de ignorar a los escarabajos que correteaban a mi alrededor mientras el sudor me resbalaba por el cuello y pegaba mi espalda al asiento de plástico. Tal vez, si me quedaba quieta, los escarabajos me confundirían con el tren. Tal vez así no tendría interés para ellos.
Cuando mi equipaje estuvo en la plataforma, Lorenzo volvió a subir al vagón. Había tierra en las puntas de sus mocasines azul marino, una tierra del mismo color dorado del edificio de la estación y de los otros villages perchés que había visto de camino, pasado Manosque. Debía rondar los treinta y pocos, tal vez fuésemos de la misma edad.
—¿Vamos?
Al poner el pie en el pavimento escuché un crujido. Como darle un mordisco a una patata frita. Una sensación de asco visceral se instaló en mi estómago y contuve la náusea tragando saliva a golpes. Los escarabajos corrían entre los pies de Lorenzo, tan rápido que era difícil seguir su trayectoria. Como si no pudiesen tocarle. Evité comprobar si yo dejaba atrás a un insecto aplastado. Tenía suficiente con los que volaban a mi alrededor, con el sol de las tres de la tarde, con la idea insistente de que estaba en un lugar que hasta dos días antes no había existido. Los músculos de mi garganta se contrajeron una y otra vez para empujar hacia abajo la bilis y todo lo demás que pugnaba por salir, una sacudida que empezaba en el vello erizado de mis brazos y el sudor que se me enfriaba en la nuca.
Pero, no, no empezaba ahí, sino mucho antes, en otro lugar y otra época. Yo tenía el pelo largo y me gustaba sentarme en las rodillas de Paul, que me llevaba tres años y se pasaba horas tocando el piano e ignoraba las llamadas para comer, los deberes, las reprimendas de nuestro padre. Eran el Parc Monceau y la casa de la calle Médéric y la habitación insonorizada en la que Paul se encerraba a diario para estudiar a Chopin, Beethoven o Debussy en el Petrof de media cola que había sido de nuestra madre. Eran mis collages infantiles en páginas de cuaderno, las primeras acuarelas y los veranos en Saint Malo. Éramos Paul y yo en una fotografía enmarcada en plata en el recibidor de nuestra casa, ambos vestidos con los abrigos del colegio y cada uno con un gorro de lana granate calado hasta los ojos. A los diez años, Paul me sacaba más de una cabeza y miraba a la cámara con la suficiencia de un adulto. Aquel había sido el principio de este viaje.
Metimos mis cosas en el maletero del coche de Lorenzo, un Porsche Cayenne azul oscuro con asientos de cuero crema. Los bajos del coche también estaban manchados de tierra dorada, seca; se desprendía con solo rozarla. Ocupé la plaza del copiloto y me abroché el cinturón de seguridad. No moverme para que, con suerte, nada más se moviese. Tampoco los pequeños espasmos, trompicones, los saltos al aire entre una maraña de manchas que corrían por el suelo y sobre el capó del coche. Expulsé todo el aire que tenía en los pulmones y cogí más. Me descendió por la garganta, caliente. En el parabrisas se había posado un escarabajo. Era verde metálico y tenía las patas largas y finas igual que agujas. Apenas más grande que una falange de mis dedos, sus mandíbulas se abrían en forma de tenazas, como si la presa estuviese al caer. A pesar de que no quería mirarlos, los miraba sin parpadear. Como si yo misma los hubiese traído desde Calabria, en el avión a Marsella y después en el tren, una nube de insectos empujándome hacia Montmerny, todos en busca de Paul.
Después de lo que me pareció una eternidad, Lorenzo subió al coche y el aire acondicionado empezó a funcionar con un ronroneo quedo. La carretera abandonaba la estación a las afueras del pueblo y ascendía en zigzag por la ladera de la montaña, salpicada de casas de piedra dorada como la tierra en los mocasines de Lorenzo. Al fondo, la torre del castillo era poco más que un pináculo en ruinas. Dorado y lavanda, los dos colores que lo intoxicaban todo. El año anterior, al recibir la última postal, había creído que Paul estaba en Budapest pero, ¿Montmerny? ¿Por qué?
—A Paul le gusta conducir por esta carretera. Tiene las mejores vistas de la comarca.
La segunda vez que habíamos hablado por teléfono, Lorenzo me había dictado el número del tren que tenía que coger en Marsella. Todo lo demás había quedado implícito, un silencio espeso aunque breve, una o dos frases sin decir pero que ambos o, al menos yo, escuchamos claramente, hasta que pasó a hablarme de los horarios. Hasta que acordamos que vendría a recogerme a la estación. Me pareció notar alivio en su voz cuando le dije que no podría alquilar un coche porque no sabía conducir.
—¿Cómo me encontraste?
—Paul me ha hablado de ti. Y, bueno, Internet ayuda.
Lorenzo aprovechó un stop para volverse hacia mí.
—Te pareces muchísimo a él.
Qué ridículo. Paul y yo no nos parecíamos. Ni en la estatura, ni en el color del pelo, ni siquiera en el de los ojos. Paul sabía mover las orejas. Podía hacer el pino sin apoyarse en la pared. Había sido un niño prodigio, un pianista virtuoso que a los once años ya tocaba los estudios más difíciles de Chopin y la Appasionata de Beethoven. Paul era un hijo de puta que nos había abandonado, a papá y a mí y a todos. Yo había intentado ser pintora y ahora sacaba fotos para una revista gastronómica. No, no nos parecíamos.
No pasaba ningún vehículo pero seguimos allí parados. Lorenzo se revolvió dentro del cinturón de seguridad. ¿Paul le había hablado de mí? Paul le había dicho que tenía una hermana, yo misma, que llevaba años sin decirle a nadie que tenía un hermano desaparecido. Sus dedos se cerraron en torno al volante del Cayenne como si tuviera miedo de que se le escapase. Todos los gestos fueron registrados pero solo me di cuenta de a qué se referían cuando, después de un carraspeo, dejó caer una frase más incompleta y más redonda que ninguna de las anteriores:
—Verás, Giulia, Paul y yo…
El aire acondicionado me resultó de pronto insuficiente. Las manos de Lorenzo eran delicadas, la piel fina con un rastro de vello moreno en el dorso, la manicura perfecta. Paul y yo. Qué extraño, qué fuera de tiempo después de casi doce años de ausencia y de muchos más, antes, de esquivar preguntas y cambiar de tema, de suponer. Siempre lo había sabido aunque Paul nunca me lo dijo. Solo hubo, una única vez, una imagen que no estaba hecha para que yo la viese. Miré a Lorenzo bajo una nueva lupa gigantesca que trataba de descubrir lo que había tras sus atractivos rasgos de playboy provenzal. Él se dio cuenta.
—El comisario de Digne-les-bains querrá hablar contigo. Nada demasiado largo, espero, solo algunos trámites. Cuando te hayas instalado.
Había una gran entereza en su voz, la misma que había escuchado al teléfono dos días antes, como si todo lo que pudiera sentir acerca de la muerte de Paul hubiera quedado encerrado bajo llave y no lo hubiera traído consigo a la estación. Conducía demasiado despacio. Me pregunté si pasaríamos por el lugar del accidente pero no me atreví a decirlo en voz alta. Nos detuvimos en un ceda el paso que indicaba recto hacia el centro del pueblo. Giramos a la izquierda. Algunas casas de piedra asomaban a un lado y otro de la carretera, entre los árboles y, tras ellas, la torre incompleta, rota, del castillo. No había nadie por la calle.
Abandonamos la carretera en la entrada a una finca: Chez Flora, ponía en el letrero colgado de una columna de piedra. El edificio principal era una villa de dos pisos con un bonito porche en forma de arcada. Lorenzo bajó del Cayenne y empezó a descargar el maletero. Avisté piedras oscuras en la grava del suelo; podían ser escarabajos o imaginaciones mías. Los insectos, el calor y Paul eran la misma cosa, indivisibles y latentes, en todas partes, a nuestro alrededor. Deseaba mojarme la cara con agua fría pero llevaba dos días diciéndomelo: no había nada de lo que despertar.
Al salir del coche agradecí en silencio que no hubiera crujidos, solo el rumor de la gravilla al ser pisada, solo la bocanada de aire tórrido al respirar. De momento. Hasta entonces todas las frases de Lorenzo habían hablado de Paul en presente, como si eso sirviese, qué ingenuo, para conjurarle de vuelta, si existía un lugar del que volver. Si es que Paul podría haber tenido el deseo de regresar o, por qué no, siempre lo había hecho así, si habría preferido no mirar atrás aunque le estuviesen llamando a gritos.
—En esta zona hay menos escarabajos, está algo más lejos de los cultivos.
De pie en el porche, con las manos en los bolsillos de sus pantalones camel, Lorenzo tenía ese aire glamuroso, demasiado perfecto, de los galanes del cine en blanco y negro, aunque viviese en un pueblo perdido en un extremo de la Provenza. Busqué algo de Paul en él como si, después de su tiempo corto o largo juntos, qué sabía yo, le hubiera dejado su impronta. Porque Paul dejaba impronta en todos; él era muy consciente de ello. Me pregunté si Lorenzo, al mirarme, buscaría en mí algo reconocible que no tuviera que ver con el parecido físico que tan equivocadamente me otorgaba, una marca especial por ser la hermana de Paul. Me pregunté si existía tal marca, ahora, después de más de once años de ausencia. Si alguna vez había existido.
—Me dan asco los insectos.
Asintió. No me sorprendía que Paul se hubiera fijado en él. Le gustaba todo lo bello.
En la recepción nos esperaba una mujer de unos sesenta y tantos con los dientes inmaculados y el pelo tan negro que debía ser teñido. Lorenzo y ella hablaron en italiano mientras sonaba el tintineo de las llaves. Me tendió un llavero de madera con el número 103. Al sonreír se le marcaron en torno a los ojos oscuros unas arrugas profundas, como grietas en un óleo viejo.
—Digne-les-bains está a cuarenta kilómetros. Tengo que atender un asunto pero vendré a recogerte dentro de una hora.
Lorenzo no usó la expresión “depósito de cadáveres”, aunque entendí de qué estaba hablando. No me preguntó si quería ver a Paul. Yo tampoco me lo había preguntado hasta entonces.
Las cámaras, los objetivos, los trípodes, el portátil y el pequeño trolley con mi ropa, casi toda sucia de los días de trabajo en Calabria, quedaron amontonados en una esquina de mi habitación. Ni siquiera había tenido tiempo de procesar las fotos; las de la última sesión seguían en la tarjeta de la cámara, imágenes de lo que el propio chef había calificado como “lírica de alimentos”. Las fotos tendrían que esperar, y también mi editor en Londres y el reportaje de la Gourmet World Review sobre la nueva estrella Michelin del famoso cocinero italiano. Esperar, todos, a Paul. A él le habría gustado esa idea.
Me senté en la cama. Ninguna mancha verde correteaba por el suelo tostado de gres, ni sobre los muebles rústicos lacados en blanco, ni se veían escarabajos desde la ventana que daba al aparcamiento y, más allá, al pueblo en lo alto de la colina. Nada que se moviese, ni dentro ni fuera, en la miríada de casitas con balcons de forja salpicadas entre árboles. Todo tan silencioso que parecía un decorado. Inmóvil y silencioso Montmerny, tostándose al sol con sus ruinas doradas en lo alto. La Blackberry emitió un pitido agónico. Apenas le quedaba batería. Rebusqué en el equipaje hasta dar con el cargador y por un momento pensé en no conectarlo. Los que sabían que estaba en Montmerny sabían también a qué había venido y los demás, qué importaba. Pero terminé por enchufarlo a la corriente y la pantalla verdosa se iluminó. Ocho mensajes de texto. Tres llamadas perdidas. Una de Robert y dos de Max. Me quité la camiseta sudada y me tumbé boca arriba en la cama con el teléfono junto a la oreja. El techo era blanco, liso. Un lienzo a estrenar. En la habitación hacía el mismo calor pegajoso de la calle y ninguna máquina de aire acondicionado que pudiese aliviarlo.
—¿Ya has llegado? ¿Cómo se llama el sitio?
Max, a pesar de que llevaba más de veinte años viviendo en Inglaterra, nunca se había librado del todo de su denso acento ucraniano.
—Montmerny. Hay escarabajos por todas partes.
—¿Escarabajos?
—Una plaga. Me lo ha dicho el novio de Paul.
La carcajada de Max llenó la habitación.
—Parece un modelo: guapo y rico. Hasta tiene un Cayenne.
—¡Qué cabrón, tu hermanito!
—Dentro de una hora me lleva al depósito.
—Cuanto antes, mejor.
Rodé en la cama hasta apoyar la cabeza sobre el teléfono. El cable del cargador se estiró peligrosamente pero no llegó a soltarse.
—No sé, Max.
—Yo sí lo sé. Te quitas esta mierda de encima y vuelves a Londres. Quiero a la mejor fotógrafa para el día de la inauguración. Esa eres tú.
—No sé si quiero ver a Paul.
—No vas a ver a Paul. Una carcasa no es un hermano.
De fondo, tras la voz grave de Max, sonaban golpes de martillo y voces. Una carcasa no es un hermano. Once postales no son un hermano. Una portada de periódico no es un hermano.
—¿Cómo va la instalación?
Max gruñó.
—Mal. No me gusta la luz, no me gusta la música. El director de la galería es gilipollas. Te necesito, Giulia. El jueves va a ser un fiasco.
Bramó lejos del altavoz, algo sobre los paneles. El teléfono me hacía sudar la oreja.
—Ya la están jodiendo otra vez. Te llamo luego.
Seguí con la cabeza sobre el móvil después de que Max colgase. De pronto sentía una pesadez incontrolable en los párpados. Me dejé caer poco a poco en un sopor denso, resbaladizo. En el sopor estaba Max vociferando en su cockney con acento ucraniano, tan rápido que no conseguía entenderle. Le gritaba al sonriente cocinero calabrés, que llevaba la estrella Michelin prendida en el hombro izquierdo como una condecoración gigantesca. También estaba Robert con la grabadora en una mano y en la otra un tenedor con el que pinchaba carpaccio de un plato sobre un pedestal junto al que Lorenzo, vestido solo con un escueto bañador, se embadurnaba de crema solar el pecho depilado. Todo estaba invadido por los escarabajos, cientos de escarabajos por todas partes, corriendo de un lado a otro tan rápido que parecían una enorme mancha verde. Sonaba música, no era un piano sino algún grupo indie versionando una de Queen. This is our last dance. This is ourselves. No había ni rastro de Paul.
Solo me di cuenta de que me había adormecido cuando oí que llamaban a la puerta desde muy lejos, como desde otra vida.

*****

Le lanzo a Max una camiseta de las que he elegido para el viaje a Budapest, enrollada como un tubo. Él deja que le caiga en la cabeza sin esquivarla
—¿A qué hora sales mañana? ¿Gatwick?
—Sí, a las 8:45. Me toca madrugar.
—A ti te encanta madrugar.
—Idiota.
—Dicen que en Budapest hay mucho ambiente.
—No creo que nos dé tiempo de comprobarlo. Tenemos dos días y medio para hacer el reportaje y Robert quiere conocer a los padres de su chica.
—¿Tú también quieres conocer a los padres?
—Ja, ja.
—Por cierto, he recogido el paquete de París.
—¿Algo sobre el impuesto del ayuntamiento?
Max enrolla la camiseta sobre la cama y me la tiende de vuelta. Su mirada fija, desvergonzada como siempre en medio del rostro barbudo. No me gusta su barba morena, fosca y salpicada de canas pero se niega a afeitársela y con los años no me ha quedado más remedio que aceptar que la lleve.
—Nada, hay otra cosa. Iba a dártela a tu vuelta pero es mejor que la veas ahora.
Extiende el brazo. Una postal. No sé dónde la tenía escondida. El parlamento húngaro a orillas del Danubio. Una imagen nocturna en la que las luces amarillas del edificio se reflejan en el agua. El cielo y el río son de color añil y el parlamento parece un alfiletero apuntando hacia el firmamento. Tardo mucho rato en darle la vuelta. Max se escabulle y me deja de pie en el dormitorio con la maleta abierta en el suelo, la postal en una mano y tres bragas en la otra. Puede ser un error. Alguien quería enviar una postal desde Budapest y ha puesto una dirección equivocada. ¿Cuántas veces ha pasado eso? Tiene que haber una estadística en alguna parte. Seguro que ni siquiera va dirigida a mí, sino a otra persona que tal vez viva en el mismo edificio. El piso lleva vacío casi siete años y la imposibilidad de venderlo por la ausencia de Paul y el testamento de papá sin ejecutar causa todo tipo de inconvenientes y confusiones. Calle Médéric 17, primero A, en lugar de tercero. No sería la primera vez. Además, Max es muy despistado para cualquier cosa que no tenga que ver con sus esculturas. Incluso olvida sacar la ropa húmeda de la lavadora durante días. No se habrá dado cuenta de que es un error. El año pasado fue Pukhet, poco más para las antípodas. Hay tanto que ver en el Oriente lejano. Budapest, comparada con las playas tailandesas, es una vulgaridad occidental. Paul ha tocado en Budapest al menos una docena de veces, mejor se perdería en Angkor, Hong Kong, o en la Gran Barrera de coral. Esta postal del parlamento húngaro, tan escandalosamente cerca por primera vez, carece por completo de sentido y, por lo tanto, solo puede ser una equivocación. El vuelo sale temprano mañana y Gatwick estará, como siempre, hecho un hervidero. Una equivocación. Solo cuando consigo que el espejismo se haga casi auténtico le doy la vuelta a la tarjeta. Mi nombre está escrito en el destinatario con las letras mayúsculas que conozco de sobra: Giulia Clément. Calle Médéric 17, tercero A. El matasellos tiene fecha de hace dos semanas. Me faltan menos de veinticuatro horas para volar a Budapest. Me falta la fuerza en las piernas. Me falta el aire.
Merece la pena el paseo en barco por el Danubio. El goulash lo hacen mejor en Rumanía.
Paul.
En un arranque de autocontrol, consigo dejar la postal sobre la mesilla de noche, le doy la espalda y vuelvo a la maleta. Las dobleces de las camisetas tienen que ser perfectas. Las bragas en los huecos sobrantes entre la ropa y los zapatos, sin olvidar el neceser de viaje y un pijama de verano. Termino la maleta y vuelvo a sacar toda la ropa y la cambio de sitio y dejo unas camisetas para coger otras, cuatro, cinco veces, ninguna me gusta, ninguna me parece bien para Budapest en agosto. La maleta se queda abierta y voy al salón a revisar el equipo fotográfico. Saco todos los objetivos, los cuerpos de las cámaras, reorganizo los compartimentos de la bolsa y los limpio a fondo hasta que no queda ni una partícula de polvo. Dos estrellas Michelin, el restaurante lo merece y yo soy una profesional. Pruebo todas las cremalleras, verifico que cada una de las tarjetas de memoria funciona y está formateada. Las pilas, los dos trípodes, el deflector y los filtros. Son casi las once de la noche cuando Max reaparece con un trozo de pizza.
—Ya está bien, Giul. Es imposible limpiarlo más.
—El macro tiene motas de polvo.
—Para un poco y come algo.
Max me coge de la muñeca y me obliga a volverme hacia él. Por un momento su cara me parece borrosa. Se me pone la carne de gallina cuando me acaricia el brazo. Dejo el macro en la bolsa. Pizza de carne y cebolla, nuestra favorita. Max se sienta en el suelo a mi lado con su propia porción y ambos comemos en silencio. Él le da la espalda al dormitorio, a la puerta abierta, a la mesilla de noche sobre la que está la postal de Budapest. He metido cuatro camisetas, quizá sería bueno añadir alguna de tirantes. Una chaqueta fina. Hace calor en Budapest, más que en Londres. Tengo que rehacer la maleta otra vez.
El último bocado de la pizza, el borde crujiente que tanto me gusta, se me atraganta. Hago porque pase bebiendo cerveza pero se me ha quedado a medio camino, una bola que ni sube, ni baja. Max me palmea la espalda. Noto bilis en la boca. Corro al baño.
Una vez que echo la pizza, las bilis siguen saliendo, a borbotones, en arcadas que me sacuden todo el cuerpo como si alguien me zarandease. Max me obliga a meterme en la cama pero, incluso debajo de la sábana, los escalofríos me recorren como una crisis de epilepsia. Cada vez que vuelvo la cabeza hacia la mesilla, el parlamento de Budapest me lanza un picotazo con sus agujas, que parecen salirse del papel satinado de la postal y clavarse en el techo del dormitorio.
—Voy a tomarte la fiebre. Estás ardiendo.
Me parece que Max tarda muchísimo en volver con el termómetro y que las agujas del parlamento se me meten en los ojos, en la garganta, por debajo de las uñas de manos y pies.
—Joder, Giulia, tienes cuarenta. Nos vamos al hospital ya.
La ropa que Max me echa encima está tan fría, a pesar de que estamos en agosto, igual que el asiento de atrás del taxi y las sillas de plástico de la sala de espera de urgencias del hospital de Lambeth. La cabeza apenas se me sostiene y son las agujas, heladas como si fuesen de hielo, las que me pinchan en las articulaciones y los oídos.
—No vas a ir a Budapest. Llamaré a Robert.
La voz de Max me llega desde muy lejos aunque, cuando consigo mantener los ojos abiertos, todas las formas me parecen tan afiladas, las voces estridentes, las distancias inabarcables. El termómetro en la axila me quema de frío. La enfermera me sujeta el brazo, ella también está fría. Max está frío, soy yo la que acumula todo el calor. Fría la camilla, frías las manos del médico, los dedos como agujas. Y la voz de Max, de nuevo por encima de todas, mientras la luz empieza a entrar por las ventanas de la habitación.
—Hijo de puta. Maldito Paul hijo de puta.

Paula Lapido es una escritora española nacida en Madrid en 1975.
Su libro de relatos “Teoría del todo” fue finalista en el Premio Setenil a la mejor colección de cuentos publicada en 2010. Su novela “Los que alcanzan la orilla” recibió el Premio Kutxa Ciudad de Irun en su categoría de novela en castellano en septiembre de 2019.

Media y extrema razón

Lo perdido, o las puertas del deseo

En torno de Nínfula, de Melisa Mauriño

No todos los días podemos saludar el nacimiento de una autora y de una obra. Yo tuve la suerte de acompañar el proceso de escritura de Nínfula, de ser su primer lector, y le insistí mucho a Meli-sa para que realizara ese acto que es publicar una novela, que entiendo es algo que enriquece la literatura. Ésa es una cuestión a destacar: es una novela que seguramente será leída, tendrá sus lectores apasionados, y en ese punto deja de ser solamente algo propio para ponerse a circular por el mundo.
Mi manera de referirme a un libro es en forma oblicua, voy a hablar del libro por medio de un rodeo. Lo primero que me llamó la atención en esta novela —y en la escritura de Melisa— es cier-ta relación a la metamorfosis. Los personajes se van transformando en un devenir, ya en esta no-vela esto es así. Mucho más si pensamos que es la primera parte de una trilogía, donde esa trans-formación continúa. Y es interesante poner en relación esa metamorfosis con la cuestión de la pérdida. Esta novela es parte de una trilogía que se llama «Trilogía de lo perdido». Podríamos pensarla como el modo de escribir una pérdida, o la relación a una pérdida. Recuerdo una pelícu-la, La mirada de Ulises, en la que también el personaje se va transformando. A medida que trans-curre la película asume distintos alter egos, distintas formas, y al final es otro. Podríamos pensar que ése es uno de los efectos más notables que tiene la escritura y en particular la narrativa, esa transformación en otros, que en definitiva retoma algo muy constitutivo de los seres humanos, de los seres hablantes: ya en nuestro origen somos otros. Nos constituimos como otros, en relación a un otro. Ésta es una cuestión entonces que quiero destacar: esa transformación de los personajes, como respuesta posible a la pérdida. Hacerse otro es, al fin, una salida del duelo.
Por otro lado, también hay una transformación —una alteración— de la realidad. La realidad en la que nos introduce Nínfula es una realidad transformada por la introducción de elementos que vienen de otro campo, del campo de la fantasía, del campo de la ficción. En ese sentido, la novela pone en relación distintos modos de la ficción. Por un lado, en la referencia a lo infantil que atra-viesa la novela hay una impronta del juego, como primer modo de relación a la realidad. Es el modo en el que el niño o la niña entran en una relación posible a la realidad. En segundo lugar la fantasía, lo que llamamos los psicoanalistas el fantasma. Freud pensaba que la fantasía de los adultos continuaba el juego infantil, y creo que en la novela esa línea de continuidad está trazada. Y —siguiendo también en esto a Freud— la literatura misma podría ser pensada como un tercer eslabón en esa cadena, como la forma más elaborada que podrían tomar las ficciones, en tanto transforman nuestro modo de estar en el mundo, nuestro modo de relación a la realidad. Ésta es una novela que nos introduce a un modo de relación a la realidad distinto, más rico, más pleno, con esa impronta que tiene lo fantástico, que nos evoca la literatura de Cortázar o de Lewis Ca-rroll, que son autores que abren las puertas a mundos que no se agotan en lo más inmediato de la realidad.
También creo que es una novela —y en esto coincide con muchas novelas y películas— que ade-más de contar una historia habla sobre la literatura, sobre qué es la literatura. La literatura es pen-sada, como señalaba Paula Novoa en su comentario, como polifonía, como intertextualidad, como hacer jugar ahí distintas voces, como una forma de habitar la realidad que no resulte chata, que nos permita abrir otras puertas.
Por otro lado —y éste es un punto sobre el cual quiero detenerme particularmente— señalaba antes que esta novela tiene una relación a la pérdida —como indica el título de la trilogía—, lo que la emparienta con la literatura de Marguerite Duras. Marguerite Duras es una autora que está explícitamente presente en la intertextualidad que nos propone Melisa en Nínfula, y que además es una de sus escritoras más transitadas, me consta por las conversaciones que hemos tenido a lo largo del tiempo. Es destacable lo que hace Marguerite Duras en su obra con el dolor y con la pérdida, en relación a cierto bien-decir. Por ejemplo, el guión de la película Hiroshima, mon amour, una película de Alain Resnais, podría pensárselo como el modo de bien-decir una pérdida, de manera que lo que podría haber sido simplemente trágico pueda ser poético. Ese efecto poéti-co, en relación a la pérdida, está todo el tiempo atravesando la escritura de Nínfula, y por supues-to de las otras dos novelas de la trilogía. En este caso se trata de una pérdida, si lo puedo decir así, anticipada. Digamos que la temporalidad de esta novela transcurre en la anticipación de una pérdida, casi desde el minuto uno está planteada esa posibilidad, y pienso que no se puede captar nada de lo que sucede ahí sin esa anticipación. En las otras dos novelas, por el contrario, la rela-ción a la pérdida va a ser distinta. Ya no va a ser una pérdida anticipada, sino que va a ser una pérdida realizada y, eventualmente, asumida o subjetivada.
Esa relación a la pérdida también introduce a una relación al deseo. Si de algo se trata el psicoa-nálisis desde sus orígenes es del lazo entre lo perdido y el deseo, entre la pérdida y el deseo. En esta vertiente, ésta es una novela de iniciación al deseo. Es una novela que podría pensarse como un encuentro entre dos, pero que también es un encuentro con el deseo, con la posibilidad del deseo. Y el deseo no sólo tiene un aspecto vitalizador, o que nos puede poner de algún modo en movimiento, sino que también tiene un costado que llamaría, con Freud, demoníaco. El deseo es algo que nos inquieta, que nos perturba, que altera la previsibilidad de las cosas y también —por qué no subrayarlo— cualquier moral que pudiéramos habitar.
Nínfula juega muy fuertemente con esa dimensión perturbadora del deseo, que por momentos aparece de un modo unheimlich. Freud se sirve de esta palabra, que a veces se traduce como «lo siniestro», como la aparición en un ámbito familiar, en un ámbito conocido, en un ámbito en el que estamos de alguna manera cómodos en ciertas coordenadas, de algo extraño. De algo extraño e inquietante. Eso, en la novela, se va abriendo paso de modo gradual. En el devenir del relato, en el devenir de la historia que Nínfula cuenta, cada vez más van apareciendo estos elementos in-quietantes, que van de la mano de la entrada cada vez más decisiva de lo fantástico, en una histo-ria que al comienzo transcurría en un plano mucho más cercano a la realidad cotidiana.
Esta dimensión demoníaca del deseo se enlaza con otro aspecto que la novela nos propone, que tiene que ver con lo perverso. De hecho, en la banda de sonido hay uno de los temas, tal vez el principal, que se llama Wicked game, «juego perverso». Por otra parte, el nombre que finalmente le da título a la novela está tomado de la ficción de Nabokov, específicamente de Lolita, y tiene que ver con cierto descubrimiento que los protagonistas de la novela hacen en determinado mo-mento —en particular G—, vinculado a una manera de ver y de imaginar a A como pendeja —ésta es la palabra que aparece en su trato íntimo. Es decir que él se descubre en un trato erótico con lo que se le presenta como una adolescente, casi como una impúber, lo cual por supuesto no coincide con el plano de la realidad. No se trata, efectivamente, de una situación perversa en un sentido real, sino que se trata más bien de un fantasma. Es decir que él la imagina nínfula, y en este punto es que el erotismo entre ellos se desata.
El psicoanálisis tiene una larga tradición en este punto de poder pensar la perversión no sólo como algo efectivamente realizable, sino más bien como un fantasma neurótico, como algo que remite al mundo de la fantasía. Y entiendo que lo perverso de la novela transita por ese andarivel, por ese costado perverso que también conlleva el deseo.
Ese fantasma con el que se encuentra G —y que resuena en A— de estar con una impúber, con una nínfula, hallará su reverso en un fantasma que se diría más arcaico, que va a tener un peso muy importante sobre el final de la novela y en las que siguen, que es un fantasma de devoración. Ahí va a aparecer un personaje —o una máscara mejor dicho— que es la máscara del lobo, el lobo que la podría devorar. Un personaje que también remite a los cuentos infantiles, concretamente a Caperucita Roja, donde la cuestión de la devoración por el lobo es un elemento central. Esto nos lleva una vez más a ese carácter siniestro, unheimlich, que va tomando la novela hacia el final, a medida que se acerca a un clímax y finalmente, a un desenlace.
Ensayando una lectura, arriesgo lo siguiente: si la perversión (la père-version o «padre-versión», en la escritura que nos propone Lacan) remite al padre, se estructura como fantasma paterno, si-tuarse en ese fantasma permite sustraerse de una devoración por el Otro, sin embargo presente en el horizonte y que amenaza todo el tiempo con realizarse. Ése es el núcleo, tal vez, de la tensión erótica de esta historia.
El lobo aparece, señalaba, como una máscara. El juego de máscaras, que se da sobre todo hacia el final, en escenarios imaginados o fantaseados, tiene un lugar muy importante en el modo que va a concluir la novela, y en esa transformación de los personajes que se va dando en su desarrollo. Y en eso me parece que Melisa toca un punto sumamente importante, no sólo de la literatura sino para pensar más allá de lo literario, que nos conduce a la función de la máscara. Alguna vez leí una frase de Wilde que decía que para que alguien diga la verdad hay que darle una máscara. Yo diría que la máscara aparece claramente en la novela como la vestidura de lo verdadero, como el modo en el que la verdad puede ser enunciada.
Con esto invito a la lectura de la novela, no solamente de la historia que se cuenta en ella, sino de todas sus resonancias de verdad, que hacen que sea mucho más que una historia interesante. Sin dudas lo es, y es muy atractivo leerla, pero tiene ese plus de las distintas verdades que, como ca-pas, la novela va enunciando por medio de un juego de máscaras. En esto encontramos, una vez más, la estructura de ficción de la verdad, es decir, sin más, la más auténtica literatura.

Texto basado en la presentación de «Nínfula», Ramos Mejía, 22.VI.2019.
Gabriel Belucci (Buenos Aires, 1973) es psicoanalista, docente universitario y poeta, autor de los libros «Psicosis: de la estructura y tratamiento», «El sujeto en la estructura», «La época del psicoanálisis», y de los poemarios «Tao» y «El libro de la espera».
Melisa Mauriño (Buenos Aires, 1985) es psicoanalista, poeta y narradora. Ganó el primer premio del 1er. Concurso Nacional de Poesía Viajero Insomne 2015 con su primer libro «La piel de la oruga» (Viajero Insomne, 2016). «Nínfula» es su primera novela publicada y el libro I que inau-gura «La trilogía de lo perdido»

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