Lo sagrado

Lo sagrado

Nos comparte sus poemas Alejandro Cesario

Desalojo

Orfandad de tierra colorada.

Se le vino el desahucio
y con el desahucio el morapio
y con el morapio,

cuaja hilachitas de ilusión.

Nana

         Todo lo que pidan en la oración con fe, lo alcanzarán.
         Evangelio de Mateo 21:22

Sentadita perpetuada
a su lado.

Mustia,
tartajea una nana.

Breza,
asequible al milagro.

Hospital

Una carantoña
dos carantoñas…

Ella
bufa, refunfuña,

y aún

el estriego milagroso
de mi mano con la suya.

Vidalita

Sedente
en la pringosa escalera.

Piltrafa
tañendo un cajoncito.

Velita de moco que cuelga.

Y a veces, sólo a veces,
le cae la dádiva del arrumaco.

Desarraigo

Estrías amputadas.
Tatuado de esperanza.

Mirada huérfana,
mueca cadavérica
enraizada en la tierra colorada.

Paleto en la gran urbe
anda el Misionero,

arrasado de changa en changa,
sudado en la pelambre
del yugo cicatero,

anudado en la orfandad
bajo el zumbido del machete.

Labrador

De regreso a la barraca

chupa las vainas
de algarrobo maduras

y escupe el resto fibroso.

Queda un amparo,

el asilo del abrazo.

Estación Los Polvorines

Bujeta y menestra.

Pie despojado
sobre la tesela.

Pibita
que fabla una tonadita

y además,

mendiga una mirada.

Tucumano

En campiña galesa,

sobado al sudor,

sumido al vesperal dominio,

manduca el chusco de la desdicha.

Y al encumbrar sus párpados,

plaña la lejanía.

Ñorquinco

Ignoto bracero.

Dehesa.

Lábaro.

Y pingajo bermejo.

Ahí debajo,

yace diáfana una luz.

Dibujo

Asperja sobre el lienzo.

Irriga de aljófar a la muerte.

Y la bruna
guedeja de yayita,

germina.

Titiritero

Con fulgor y con palabras,

una hilacha en lo real,

y otra

en la brizna magia.

Refugio

Después de lijar paredes

en tugurio del conurbano.

Sesgado sobre la piltra,

oteando la techumbre,

atiza el amparo

de su río Bermejo.

Confesión

Dijo el gurí, en Lozano.

-Inhumé,

a mi yayo y a mi tatita
en osarios comunales.

No teníamos una moneda
donde apoquinar la propia umbría-.

Rezo

Ora el Guaraní en el cementerio:

-Padrecito mío, hoy es domingo,

no hay que arrear,

haceme un lugar a tu lado-.

Canción

El hachón encendido.

La mantilla.

La enjuta zampoña

y un afable Huanyto

te sueñan.

En el barrio

La triste aojada en la epifanía

otea por la ventana.

Mira pasar.

Vive Acá o acullá.

No sabe quién es.

Formoseño

Suso al andamio.

Ovilla el algodonal.

Olisquea la mandioca frita.

Va y viene
por las teclas del acordeón

hasta hallar su voz,

de tierrita colorada.

Lo sagrado

Dejó lo importante

chamuscándose en la pira.

Huyó del rancho

con la estampa de su tatita.

Aún

Vive solo

y acomodó los patucos
esperando la epifanía.

 


Alejandro Cesario, 1967, nació en Buenos Aires. Dirige junto a Roberto Raschella y Daniel Riquelme Ediciones la yunta. Publicó: Esas miradas tristes – un viaje por la Patagonia, El humo de la chimenea, Fragor de borrascas, Ciervo negro, Estación de chapas, La última sombra, El bruto muro de la casa propia, y Tonada que no canta, ente otros.

Camino del agua

Camino del agua

Selección de poemas de César Bisso

Caballo de Vivoratá

Sol
en medio del pajonal
envuelto en bruma,
plantado como un álamo.

Solo
sin jinete en el lomo.
Ojos abiertos al horizonte,
centinela de su propia sombra.

Solo
entre fango y vizcacheras,
hunde sus patas en el bañado
a la espera de una lluvia lerda.

Solo
refugiado en la soledad
apaga el sol con un relincho

y hace desaparecer la tarde.

Talampaya

Camino detrás del silencio.
Los pasos son cortos, pesados.
En medio de una naturaleza extraña, inmóvil,
el sol cobija mi desamparo.
No intuyo el rumbo. Todo es turbio.
Levanto una piedra, se deshace en mis manos.
Sorbo un trago de agua, se vuelve sal en la boca.
Siento que la vida se extingue, que no hay futuro.
Recuerdo a mi madre, el vaticinio de aquella pitonisa.
El milagro está sujeto a los pies.
Ahora entiendo. Lo único que me salva es el camino.
Ir siempre por él, a contraviento de la desgracia.
Algún día llegaré a la ciudad que no existe.

Larrechea

¿Quién fue el primer hombre en medio de la inmensidad,
la mujer que purificó sus manos en el aire leve de la tarde?
Habrá que hurgar en la historia,
en la fatiga de los arados, el lento carro que aún repica,
la huella extraviada al borde de la frontera,
el alboroto de perdices y la majestad oculta del caballo.

¿Dónde ocurrió? ¿Sabrá el rosario que cuelga del oráculo,
la siembra en vigilia, el pan que alumbra la pobreza,
la comadreja escondida en el maizal,
la rama que persigue su propia sombra,
aquel hombre que quiso ser ofrenda de fe,
aquella mujer dispuesta a procrear en tierra virgen?

El pueblo comulga en la gran mesa.
Lejos de su origen, cada parroquiano espera
el instante supremo de atar del mismo carro
fuerza, voluntad, angustia y sueños.

La fuerza descansa en brazos de un tala.
La voluntad en el santuario del hornero.
La angustia en la lluvia rubia y el tabaco acre.
Los sueños en el presagio de los difuntos.

El verano corre bajo el sol,
va y viene del estanque a la sed,
cruza el patio de malvones
asciende por el cordel de ropa tendida
y escupe su fuego sobre el forraje.

Nadie oye la voz desvanecida del tiempo.
En el secreto de viejas tumbas arde.

Pescador de Carancho Triste

El pescador huele a silencio.
Al alba tiende las redes en el anchuroso cauce.
Mansamente rema hacia la otra orilla,
inclina el torso a un costado de la canoa
y recoge desde la hondura los frutos sagrados.
El filo del cuchillo apresura la muerte,
dedos carcomidos hurgan entre anzuelos.
Al mediodía, del aro de metal descuelga la carne
y una olla con grasa caliente la vuelve fritura.
La siesta traspasa la marisma, venera al sauce.
En el rancho el hombre friega la oscura corteza,
siembra escamas por encima de su compañera.
Fornica como si alzara con regocijo un dorado.
Después regresa al oficio de tallar en el agua.

El pescador nada pide y poco tiene.
En la pobreza reside su donación a la vida.
Atizado por el vino, alardea con el nombre del paraje:
aquí la gente come hasta las tripas de lo ganado.

El carancho vigila, tristísimo, sobre la rama.

Camino del agua

Escucha la canoa,
habla con voz del agua.

El decir de mi padre
resuena en dóciles remos.
Circulo humedales del monte,
allá lejos,
donde los arroyos desaguan
en la enjundia isleña
y los naranjeros
salen al encuentro del sol.

La voz del agua es la infancia.

Luz y sombra del primer deseo.
Ardoroso temblor de verano
en las espigas del viejo curupí.

Turbia nube se vuelve verde,
más verde todavía
al caer como una exhalación
en el incendio del universo.

Escucha la canoa.

Revela el milagro del regreso.
La tozudez de bogar y bogar.

Atravieso el camino del agua.
Percibo su voz. Diviso Coronda.
Recuerdo el adiós de mi padre.
Allá voy. Ávido de vida y muerte.

Arremete la infancia con su daga.
El melodioso acordeón de las olas
estremece la hojarasca.

En la orilla desgranada vibra el juncal.

 


César Bisso. Coronda, Santa Fe, 1952. Además de escribir poemas y ensayos, es sociólogo y periodista independiente. También fue profesor universitario durante casi 30 años. Ha publicado La agonía del silencio; El límite de los días; El otro río; A pesar de nosotros; Contramuros; Isla adentro; De lluvias y regresos; Las trazas del agua; Coronda; Permanencia; Cabeza de Medusa; Un niño en la orilla; La Jornada; De abajo mira el cielo; Haikus felinos; Andares.  Fue invitado en diferentes ediciones a ferias de libros, festivales de poesía y encuentros de escritores realizados en el país y en diversas ciudades de América Latina y Europa. Obtuvo diversas distinciones literarias, entre ellas el Primer premio de poesía José Pedroni, otorgado por la provincia de Santa Fe; el Segundo premio municipal de poesía, otorgado por la Ciudad de Buenos Aires; y la Faja de Honor de la Asociación Santafesina de Escritores.

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