El cine de la India: jardín de senderos que se bifurcan

El cine de la India: jardín de senderos que se bifurcan


India destaca por la diversidad cultural de su industria cinematrográfica. La escritora argentina Fabiola Rinaudo, nos lleva, en esta nota, a conocer la historia del fascinante cine del gigante del sur de Asia.

Si Georges Meliés, que hizo del cine arte, ilusión y espectáculo viviera, encontraría en el cine de la India su dilecta creatura.
Muchos metros de celuloide han corrido desde aquel 7 de Julio de 1896 cuando Maurice Sestier, operador de los hermanos Lumière, decidió hacer un alto en su viaje a Australia y sorprender a los extranjeros –en su mayoría británicos– y a los indios occidentalizados que se encontraban en el elegante Hotel Watson de Bombay con la proyección de “L’arrivée d’un train a la gare de La Ciotat” (25 de enero de 1895), y las imágenes de unos operarios saliendo de una fábrica en Lyon de “La sortie de l’usine”, ambos de factura de sus patrones, que el Times de India declararía “la maravilla del siglo”.
“La sortie de l’usine” se había exhibido por primera vez al público en París el 28 de diciembre de 1895 en el subsuelo del Grand Café de la Avda. de Los Capucines que, curiosamente, se llama el salón indio (“Le salon indien”) mientras que el cortometraje de la Ciotat fue proyectado por primera vez en enero de 1896. Unos escasos 6 meses más tarde lo sería en el suelo indostano.

Acompañados por una orquesta, y con entradas a precios diferenciales a efectos de permitir el acceso del público con diferente nivel de ingreso, el impacto del invento fue seguramente comparable al que produjo entre los franceses. Los indios empezaron a consumir todo el material que llegaba de Europa y a querer producir el propio que, como en todo incipiente desarrollo, tendió a imitar a los modelos. Estas primeras producciones iban a ser realizadas, casi en su totalidad, por camarógrafos y técnicos europeos hasta que un fotógrafo de origen Maharashtra, Save Dada (Sakharam Bhatvedekar), que había asistido a la proyección y quedó encantado, se compró como pudo una cámara británica al precio de 21 guineas – después consiguió otra cámara y un proyector Lumière- y puso manos a la obra. En 1899 había terminado su primer cortometraje sobre unos luchadores que el público pudo ver en 1901. Se lo considera el primer filme indio, y a su autor el primer documentalista.

Save Dada y el bengalí Hiralal Sen, quien con su “Royal Bioscope” comenzó a filmar en tiempo real escenas del teatro clásico, son considerados los padres del cine indio (Las “Escenas de baile” de “Las flores de Persia” de Sen son de 1898). Cine itinerante en sus comienzos, que operadores y proyeccionistas, sorteando todo tipo de contingencias, llevaban para ser exhibido de ciudad en ciudad llegando aún a zonas alejadas donde ni siquiera había energía eléctrica. A ellos se debe en gran medida el desarrollo del hábito de los indios por ver cine.
El apetito por registrar la historia, los hechos de la vida cotidiana, festividades, ceremonias religiosas y la actividad en los mercados y bazares, pronto encontraría en compañías europeas y americanas como Pathé (la primera que instaló una oficina en Bombay en 1907) la vía para ser satisfecho. No tardarían en seguirla Éclair, Vitagraphe, Gaumont -que empezarían a vender máquinas e insumos para la naciente industria-, y la danesa Nordisk.

Esto hace del cine de India, que empezó importando 23 metros de película en 1900 y adquirió casi inmediatamente características propias, uno de los más antiguos del mundo. El historiador Ives Thoraval arriesga que la enorme influencia de sus artes tradicionales, la música, el baile, y el teatro popular en su nacimiento y primeros años es probablemente la causa del entusiasmo característico por insertar canciones y secuencias de bailes en los filmes (que se mantiene hasta la fecha), lo que los ubica entre los de más larga duración en la historia del cine del mundo.

La revolución producida por el cine, que tuvo en India la particularidad de no quedar confinado a los límites de la ciudad sino de extenderse también al campo, determinó que el público lo prefiriera por sobre el teatro y demandara lugares permanentes de exhibición. Esta circunstancia y que el precio de las entradas se fijara en función de la capacidad de pago de los eventuales espectadores no deben hacernos presumir, sin más, su democratización y alcance: muchas zonas del país eran inaccesibles y se veían afectadas por continuos cortes de corriente. Lo que sí es indudable es que contribuyeron al desarrollo del gusto de la gente por ir al cine a ver cine.


Primer largometraje de la era silente.

La construcción de la identidad
Tan pronto como obtuvieron los medios para hacerlo, los indios comenzaron a filmar cortos documentales relacionados con temas indígenas, políticos, sociales e historias locales. Posteriormente, siempre durante la era silente, el repertorio se amplió a temas referidos a la civilización india y a la herencia cultural, comunes a la mayoría de la población, con variantes regionales que incluían los distintos aspectos de la vida social, las artes plásticas, el teatro, la mitología, la religión y la literatura, y eran exhibidos con acompañamiento de piano (tocado inicialmente por músicos anglo-indios) y luego por una pequeña orquesta que incluía instrumentos tradicionales como la tabla, el sarangi y el harmonium.

Documentales como el del funeral de la Reina Victoria (1901), la Guerra Anglo-Boer en Sudáfrica (1902), y la Guerra ruso-japonesa (1905) ya se pudieron ver en una sala dispuesta a esos efectos, y a oscuras.

Bien temprano en esa evolución el sentimiento nacionalista que empezaba a gestarse contra la regla colonial iba a quedar impreso en el celuloide. Un rol esencial en este desarrollo tendría Dhundiraj Govind Phalke (1870-1944), a quien se llamó “el Meliés indio”, que dirigió el que se considera el primer largometraje indio “Raja Harish Chandra” (del que sólo se conservan 2 de 4 rollos), sobre el mítico rey Ayodhya, considerado hijo del Sol, que está en una de las historias del Mahabharata.
El filme, actuado también por hombres en los roles femeninos- con textos en hindi, en urdu y en inglés, incluyó cantos debido al elevado porcentaje de analfabetismo. Dadasaheb Phalke, como también se lo conoce, que moriría en el olvido en 1944, no estaba interesado en la parte ‘occidentalizada’ y más acomodada de la sociedad india sino en el hombre común (tal vez por eso la prensa le prestó poca atención) y se abocó a desarrollar en sus más de 100 películas temas de los Puranas y del Ramayana (los textos sagrados sobre la creación del mundo y la genealogía de los reyes).

El tema mitológico, conocido por todos y de alto contenido cultural, estaba en línea con el pensamiento intelectual anticolonialista que representaba, entre otros, Rabindranath Tagore. No es ocioso recordar que el aristócrata bengalí –el primer escritor no europeo en ganar el premio Nobel de Literatura en 1913, que visitó la Argentina en 1924, donde trabó una estrecha relación con Victoria Ocampo– había adquirido una notoriedad enorme a partir de la publicación y difusión de su poemario “Gitanjali”.
Tagore causó sensación en los ambientes literarios y artísticos londinenses porque pasó a representar la mística de Oriente y a convertirse en vocero del cuestionamiento de la lógica paternalista –hegemónica hasta entonces- que justificaba la dominación colonial con el maquillaje de la ‘civilización’, anticipándose una década a Gandhi. Pero hay que dejar claro que el cuestionamiento de Tagore a Occidente, del que dijo que «se alimenta de los recursos de otros pueblos, e intenta engullir la totalidad de su futuro», alcanzaba también a las posturas nacionalistas.

En esta etapa primigenia –en que quedarían sentados los rasgos identitarios del cine indio- los temas sociales cederían ante los mitológicos y religiosos. En algunos lugares los espectadores podían ponerse a rezar o a realizar rituales cuando veían en la pantalla a los actores haciendo de dioses y era común que colocaran sus fotografías al lado de las imágenes de aquellos y de los íconos religiosos.

El estadio que siguió implicó el desarrollo de lo que prontamente se convertiría en industria con un muy satisfactorio nivel técnico. A pesar de esto, de los 1320 filmes que se exhibieron entre 1921 y 1922 sólo 63 se habían filmado en India. El 85% del mercado del cine de ficción estaba controlado por Hollywood y las firmas extranjeras. Asimismo, en todo lo relativo a las características de los estudios (con un staff permanente) y al Star system, se replicó el modelo de Hollywood.

Las producciones de la época ya muestran una meticulosa fotografía, buen juego de luces, de cinematografía y montaje, y escenarios grandiosos de soporte de los temas mitológicos, históricos o patrióticos y drama de costumbres. Es el momento en que empezarían a popularizarse los filmes de acción. De 1923 es el largometraje histórico, en gran escala, “Sinhagad” sobre la vida del emperador Shivaji (S.XVII) dirigido por Krishnarao Mistry (llamado Bubarao Painter).

Los principales centros de producción de películas serán Bombay, Calcuta, centro intelectual y capital del Raj británico en India – que en los años ’50 se ubicaría en la vanguardia de la producción artística cinematográfica- Kolhapur y Madrás. Bombay empezará a llamarse Bollywood a partir de los años ’70, en contraposición al cine de Hollywood. El término alude también a las películas de cine comercial que integran música y baile en la narración.

El rápido desarrollo de la industria cinematográfica durante la era silente determinaría la necesidad de su regulación. La censura quedó oficializada en el Acta de Cinematografía que se sancionó en 1918 y que atribuyó a las autoridades locales la decisión de si un filme era o no apto para la exhibición pública sin indicar, sin embargo, qué era lo que los inspectores debían tener en cuenta. El objetivo era preservar la “moral” en el cine, y a los indios de la depravación occidental.

En 1920 quedarían establecidos una serie de parámetros (43 en total) que los consejos de censores en Bombay, Madrás, Calcuta, Rangoon –y años más tarde Lahore- debían observar y que fueron, casi en su totalidad, extraídos de las listas de la censura británica. Ello determinó que no se admitieran escenas en las que se menospreciara o ridiculizara “el uniforme del Rey”, o en las que el país, sus oficiales o los oficiales británicos fueran tratados de manera odiosa. Tampoco se admitía la “innecesaria exhibición del desnudo femenino” ni “bailes indecorosos” o referencias a la prostitución, etc. Se advertía también a los directores que evitaran los crímenes horrendos y las escenas de estrangulamiento. El acta, con modificaciones, continúa vigente.

Esto ha determinado que las escenas de besos quedaran casi excluidas de la pantalla. (No hacemos alusión aquí a las películas Clase “C”, pornográficas o de cine de explotación, de las que hablaremos en otra entrada).
Aunque cargadas de erotismo, los besos son escasos en las escenas de amor en el cine de la India. Para dar un ejemplo, algunas comedias románticas como “2 States” (Varman, 2014), “Half girlfriend” (Suri, 2017) y “Mubarakan” (Bazmee, 2017), protagonizadas por Arjun Kapoor, los muestran, pero despojados de tensión sexual –que pueden tener muchas de las escenas sin ellos.
Los besos son casi tímidos y las escenas de sexo, sugeridas, estando completamente excluidos los desnudos. Sin embargo, este extremo recato que se puede ver en producciones de factura reciente no lo tienen muchos de los filmes de los años ‘20 y ‘30. En “Shiraz” (1928) y “A Throw of Dice” (1929) de Fraz Osten los protagonistas se besan y en “Hamarun Hindustan” (Father India, 1930) hay una escena íntima entre Jal (Jal Merchant) y Sulochana (Ruby Myers). En la obra de Ezra Mir, “Zarina” (1932) se pueden contar 48 besos entre Jal Merchant y Zubeida que una revista de la época señala que “empañan la pantalla” y “encendieron una acalorada discusión de la censura”. Es legendario el beso de 4 minutos de duración de una llorosa Devika Rani que trata de volver a la vida a un moribundo Himanshu Rai en una escena que incluye una serpiente en “Karma”(1933).
(En https://www.youtube.com/watch?v=_0bgBtmGba8 se puede ver un extracto).

Hay que decir que el censor británico más que por los besos estaba preocupado por ‘proteger’ al pueblo indio de toda expresión de sentimiento nacionalista (Gandhi estaba directamente prohibido y también se recortaban las fotos de los líderes nacionales de los noticieros). Los censores bengalíes, además, prohibieron filmes como “Juárez”, el drama histórico de la Warner Bross, de alto presupuesto, dirigido por William Dieterle, con Paul Muni y Bette Davis, sobre la resistencia de Benito Juárez a los intentos de Napoleón III y Maximiliano de Austria de establecer un imperio ‘latino’ en México.

El acta de Cinematografía de 1952 ya estructura la censura de la forma que subsiste hasta el presente. Se la cuestiona por los poderes vagos y discrecionales que otorga al comité de censores, todos propuestos por el gobierno –en los que, huelga señalar, la política no está exenta– que se maneja arbitrariamente con parámetros similares a los establecidos durante la era colonial. De ahí que las películas deban proveer un “sano y limpio entretenimiento”.

El primer filme sonoro “Alam-Ara” de Ardeshir Irani, en hindi y urdu, se estrenó el 14 de marzo de 1931 y rompió todos los récords de taquilla (tuvo un presupuesto de 360 millones de rupias y recaudó ¡casi 3 billones de rupias!). Esto descubriría el enorme potencial del mercado interno indio. La película, una historia de amor entre un príncipe y una gitana basada en un cuento parsi que lamentablemente se ha perdido (no se conserva ninguna copia), puso sobre el tapete la cuestión del idioma. El cine de Bombay se empezó a hacer en hindi y urdu y los de las regiones en las lenguas en uso (Bengalí, Punjabi, Marathi), con una versión en alguna de las otras dos. Pero al imponerse el hindi como idioma nacional la producción cinematográfica de Bombay pasó a ser considerada ‘nacional’.

Claroscuros de la cinemanía
El público indio es uno de los más entusiastas y ávidos del mundo. Eso y el tamaño del país con una de las economías más robustas del orbe explican que solamente en el año 2012 se hayan producido 1.600 películas en 14 idiomas –entre ellos hindi, telugu, farsi, urdu, punjabi, marathi, gujarati e inglés, superando largamente al cine de Hollywood, y que sea el mercado de cine más importante del mundo. Del 2019 al 2020 se estrenaron 1982 filmes. Sólo en India se vendieron en 2016 USD2.600 millones en entradas mientras que Hollywood vendió USD1360; y los ingresos por la venta de películas indias en el exterior se triplicaron en 2017.
En ese volumen hay lugar para todo. Para el cine comercial, las superproducciones, y para el cine arte. Para obras de escaso valor artístico y para verdaderas joyas que engrosan la lista de los clásicos del Séptimo arte.

India tiene la industria cinematográfica más grande del mundo. Su cine comercial goza de excelente salud. El cine independiente y de autor, en cambio, se ve amenazado por la falta de una adecuada cadena de lanzamiento y distribución. Los entendidos arriesgan que esta circunstancia, sumada al hecho de que salas como las Multiplex sean muy grandes para el cine arte, son responsables del desapego del público. Este tipo de producto está más bien circunscripto a festivales, sociedades de cine y a lugares puntuales como Bengala o Kerala, donde hay un público aficionado y se otorgan facilidades y ventajas a los realizadores.

Entre ambos cines se ubica uno intermedio, que encontró su camino para imponerse en el gusto del público que no podía ignorar la violencia y las inequidades del país, “como si la idea del abordaje de temas serios, en opinión de Ives Thoraval, hubiera germinado, dividiendo la audiencia, gracias a las técnicas de filmación.” Esta combinación del ‘mainstream’ con el cine ‘serio’ referido a temas álgidos y urticantes demostró ser muy convincente. Vino a satisfacer, además, las expectativas de los jóvenes, en particular, los habitantes de las ciudades.

En sus distintas modalidades y funciones, como formador de conciencia, vehículo de evasión y productor de la realidad, el cine de India ha sido y sigue siendo la experiencia estética y narrativa, colectiva e integral que el “espejo pintado”, la “máquina de soñar” jamás soñó proponerse.
Volveremos con el apasionante e inimitable cine de la India en nuestra próxima entrada.

Fuentes: The cinemas of India (1896-2000) Ives Thoraval. MacMillan. 2000.
A hundred years of Indian Cinema. Art Connect. Volume 7. Number 1. January/June 2013.
“Rabindranath Tagore: avatares de un cosmopolita periférico en el Río de la Plata” de Martín Bergel en
http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/argtrasnacional_bergel.pdf

Fabiola Rinaudo (Salta, Argentina, 1964). Es escritora, abogada, periodista y docente. Tiene publicados poemas, relatos y crónicas en suplementos, periódicos, revistas y antologías (impresos y digitales). De 2014 es su poemario “Green Square”, (El Suri Porfiado Ed., Bs. As.). Su novela “El llanto de las cigarras” recibió la Mención en el Concurso organizado por la Secretaría de Cultura de Salta (2021). Algunos de sus poemas fueron traducidos al chino, al italiano y al portugués.
Escribe crítica de cine y fue jurado en festivales de cine latino en New Haven (CT) y New York, y es miembro del Comité de Selección de películas del Festival de Cine Latino e Ibérico de la Universidad de Yale (LIFFY), (EE.UU.). Reparte su tiempo entre Toronto, New Haven, Buenos Aires y Salta.

Poesía en la era postautónoma. Entrevista a Josefina Ludmer

Poesía en la era postautónoma. Entrevista a Josefina Ludmer

Josefina Ludmer (San Francisco, Córdoba, 1939 – Buenos Aires, 2016) fue una de las críticas literarias más significativas de la Argentina. Ganadora de la Beca Guggenheim, profesora en Yale y en la Universidad de Buenos Aires, en esta entrevista, realizada por Carlos J. Aldazábal en 2009, recorre su trayectoria y reflexiona sobre las condiciones del género poético en el siglo XXI.

Mañana de sol, pero esto no es el Abasto, sino Palermo. Quedamos a las 11, y puntualmente la mujer sonriente me recibe con una taza de café humeante. El clima es propicio para la distensión. Y así, iluminados por el sol y el encanto del lugar, empieza el diálogo. Una charla sobre literatura en general, pero también sobre poesía, en la era postautónoma..

¿Cómo pasaste de la vocación literaria a la teoría?

JL- Primero tengo que confesarte que mi vocación no era literaria. Yo entré en la carrera de Filosofía, porque me fascinó la materia en el secundario, entonces ahí es más coherente lo de la teoría. El primer año de Letras y de Filosofía era común en Rosario –donde fui a estudiar, porque yo vivía en San Franciso un pueblito de Córdoba. Eran las introducciones (introducción a la Filosofía, a la Historia, a la Literatura). Entonces me hice amiga de unas chicas que cursaban conmigo, pero estudiaban Letras. Y me decían: “No vayas a Filosofía, miralas, están todas mal vestidas, miranos a nosotras, las de Letras, somos mucho más lindas”. Y me convencieron. Y me fui a Letras con ellas. Entonces, la vocación es relativa; yo seguí Letras, pero la teoría siempre me atrajo. La parte del núcleo filosófico ha estado siempre presente. Egresé de la Universidad de Rosario con el título de profesora en Letras, mi único título. Nunca hice un doctorado, porque en esa época no existían y, cuando empezaron, ya estaba dirigiendo tesis. Consideré mi viaje a Estados Unidos –el hecho de enseñar allá fue como una invitación para investigar– como un doctorado que nunca tuve.

¿Cómo fueron tus llegadas a Estados Unidos?

JL- La primera fue durante la dictadura, con el plan del senador Kennedy de sacar intelectuales. Era un proyecto político, en el año 76-77, radicado en California, desde donde traían chilenos y argentinos, jóvenes que querían abrirse un poco; los invitaban por un trimestre o semestre por contactos y, una vez allí, podías buscar trabajo si querías quedarte. En esas condiciones ocurrieron mis dos primeros viajes. A partir de eso hice amistades que me fueron invitando, hasta que en 1991 me ofrecieron un puesto en Yale. Hasta ese momento yo iba y venía, porque tenía el puesto en la UBA de Teoría II. Pero cuando me ofrecieron ese cargo decidí quedarme allá para ayudar a mi hijo, que estaba estudiando cine en Nueva York con una bequita de la OEA, muy chiquita. Cuando mi hijo terminó de estudiar, a mí me faltaba muy poco para jubilarme –en Estados Unidos podés hacerlo a los diez años de trabajar– y entonces ya me quedé.

Y antes de eso, ¿cómo te vinculabas con el ambiente literario argentino?

JL- Estaba la gente de la revista Contorno, que eran mis maestros: Alcalde, por supuesto, y Viñas, Prieto; yo me considero formada por ellos con una especie de mirada nacional sobre la literatura, con elementos de marxismo, psicoanálisis después, es decir, la formación de los sesenta, setenta. Mis primeras publicaciones aparecieron en las revistas Los Libros y  Literal, publicación con la que me relacioné gracias a Osvaldo Lamborghini; aunque no era parte del staff, siempre me pedían y yo redactaba alguna reseña. El ambiente de Buenos Aires en los setenta era muy impactante para mí. Había una especie de pasión argentina por la teoría, por la ideología, una búsqueda de literatura e ideología; era un ambiente de pasiones y de mucho trabajo también, donde el marxismo y los proyectos revolucionarios pesaban mucho. Teníamos las novedades francesas prácticamente al día siguiente que aparecían, gracias a la librería Galatea, que las traía prácticamente al mes de su aparición. Yo me acuerdo que era ayudante en la facultad de Rosario, y con el sueldo de ese puesto venía cada quince días a Buenos Aires, a veces en avión, me analizaba y compraba en esa librería todas las novedades. Pensá lo que era la universidad de esa época, cómo cambió el país y cómo todo se fue deteriorando. No había desocupación, era otro mundo, otra Argentina, las industrias del libro y las editoriales eran argentinas. Y esa industria nacional del libro es al mismo tiempo la que produjo los clásicos latinoamericanos del siglo XX: Rulfo, que publica en el Fondo de Cultura Económica de México; García Márquez se inicia en Buenos Aires con la editorial Sudamericana, o Borges que publica en Emecé. En ese ambiente de efervescencia cultural me formé y empecé a escribir.

¿Cuál fue tu primer libro?

JL- Cien años de soledad: una interpretación. Es una especie de ejercicio aplicado sobre la lectura. A mí me había fascinado la novela de García Márquez, mucho antes de que lo premiaran, y me peleaba con los amigos de esa época, como Jorge Lafforgue o Ricardo Piglia, todos borgianos, cortazarianos. Porque si bien había tenido mucho éxito, García Marquez todavía no era el escritor reconocido. Aun así, es el libro mío que más se editó y vendió. En Tiempo Contemporáneo fueron como dos o tres ediciones, y la del Centro Editor, diez mil ejemplares. García Márquez, junto con Arguedas y Rulfo, son para mí los clásicos del siglo XX, alrededor de los cuales tengo una teoría sobre la industria nacional latinoamericana del libro y la autonomía de la obra literaria. Rulfo rural, Onetti urbano, García Márquez rural también, constituyen una especie de radiografía de lo que es América Latina del siglo XX. A Arguedas lo empecé a enseñar en Estados Unidos. Durante la Dictadura daba teoría y análisis literario sobre los textos de Borges, pero todavía no había entrado en el mundo latinoamericano, entre otros motivos porque acá está todo separado: Literatura Argentina, Literatura Latinoamericana y Teoría Literaria, y esta última, que es la que yo dictaba, no me daba pie para mucho latinoamericanismo.  Cuando me fui a Estados Unidos empecé a comprender más lo que era América Latina. Yo siempre digo que Estados Unidos es el único lugar que puede explicar América Latina como unidad. Ahí te encontrás con todos: yo conocí a gente de todos los países latinoamericanos en Estados Unidos.

Además, la comunidad argentina ahí se vuelve latinoamericana.

JL– Exacto, y esa es mi crítica al volver, porque acá están muy encerraditos, muy europeos, como éramos nosotros en los sesenta y setenta. Aunque ese encierro fue, a su vez, lo que nos permitió esa especie de fama de los argentinos como muy intelectuales, muy teóricos. Tiene sus pro y sus contra, pero hoy en día, cuando Argentina está totalmente latinoamericanizada, mejor establecer intercambios con los hermanos latinoamericanos. Y a eso tenemos que aprenderlo: con la trasnacionalización de la industria del libro hay un impedimento absurdo de mercado; acá no se consiguen, por ejemplo, libros peruanos, libros uruguayos.

A nivel pequeño sí hay algunos intercambios, por ejemplo entre los poetas.

JL– Sí, entre los poetas hay más redes, en cambio entre los prosistas y novelistas las redes están compuestas por los conglomerados de editoriales; los premios son de la industria, no hay un contacto por abajo. Asimismo, viajar cuesta, y para que la gente se encuentre hay que tener plata. Nosotros tendríamos que habernos empezado a conectar desde la entrada, el proyecto de Bolívar que Latinoamérica se debe a sí misma. Otro problema es el asunto de las industrias de la lengua, que analizo en una de las partes finales del libro que estoy escribiendo ahora: cómo las industrias globales se apropian de ciertos recursos naturales –para mí la lengua es uno de ellos– y los explotan. Por debajo de la historia de la Real Academia, que es el organismo que legisla la lengua, está el capitalismo global español, por ejemplo, que de golpe explota una lengua, y esto hoy implica, en España, el 15% del producto bruto interno. Con la independencia se planteó la ruptura lingüística con España y hubo propuestas de constituir una Academia de Lengua Latinoamericana, que hubiera sido lo lógico, aunque no prosperó. El proyecto bolivariano de unir a los países latinoamericanos es una deuda histórica. Y este neoimperialismo español  es el que impide, en cierto modo, que los libros circulen entre los países latinoamericanos, y obstaculiza las industrias nacionales independientes, que quedan así reducidas a kiosquitos sin poder: no pueden exportar, no llegan a tener un aparato de distribución, que es la clave del libro hoy. Entonces importan desde España. Es exactamente la situación del imperio. Y Argentina, que era poderosísima, uno de los polos centrales de la industria del libro en castellano, dejó de serlo. Este país también tiene una deuda histórica con su gente, por qué vendió todo, por qué nos despojó.

¿Qué vino después del libro de García Márquez?

JL- El de Onetti. Después de esa aplicación de psicoanálisis que era el libro sobre García Márquez, empecé a centrarme en el análisis textual. El texto es el que preside la teoría en esa época. Mi obsesión era llegar, a través del análisis textual, que podía ser incluso microscópico, de una palabra, a la verdad de la literatura y de un autor, porque lo del texto va junto con esa ideología del autor, como el creador o el productor del texto, de acuerdo con una teoría más marxista. Onetti me fascinó, todavía ejerce alguna fascinación. De hecho, estoy por reeditar este libro con un prólogo que explica qué es el análisis textual y qué teoría e ideología articuló ese libro. No era estructuralista, era un análisis que tenía que ver con el marxismo en cierto modo, pero era posestrcuturalista, era la idea de que en un cuento se cuenta como fue hecho: cómo se constituyó, cuáles son sus materiales; esa es la culminación de la autonomía. Yo me movía totalmente en esa historia de la autonomía, que para mí va junto con la industria editorial latinoamericana. El de Onetti fue el único libro mío que no se tradujo, porque su círculo no es muy grande, es un escritor de minorías, poco leído en el resto de América Latina, es muy rioplatense, es muy Arlt, muy melancólico, por eso no se vende. Pensá lo que tardaron en reconocer a Arlt como clásico desde Europa o desde Estados Unidos; no le daban bola porque no es un latinoamericano, y con Onetti pasa lo mismo. Después de Onetti empecé a viajar, porque era la época de la dictadura, y a partir de las lecturas en las bibliotecas norteamericanas hice un proyecto nacional de la gauchesca, que me tomó diez años. A partir de ahí, mis libros tardan diez años y tienen que ver con fases vitales: viajes, parejas, lecturas. Es cierto eso que dicen que la crítica es también autobiográfica, porque en esos libros se plasma toda mi vida. Con el libro sobre gauchesca investigué mucho en Estados Unidos, tanto que me costó mucho escribirlo.

Ese libro de gauchesca fue el primero donde de algún modo empezaste a trabajar con poesía.

JL- Yo no lo tomaba como poesía. No leí mucha, ni siquiera de adolescente. Me gustaba Neruda, Lorca, lo que leía en la facultad. Pero no era lo mío. Tal vez porque yo había entrado por el lado de la filosofía, algo más reflexivo, tal vez porque a diferencia de lo que ocurrió con la prosa y la novela, en poesía no tuve buenos maestros. Creo que es fundamental cierta iniciación. Cuando empecé a analizar el Martín Fierro, yo no sabía si mi libro era sobre el Martín Fierro, si era sobre el género –durante diez años se producen todo tipo de vaivenes en una investigación– y el texto del cual leí está todo marcado con figuras poéticas. Pero después, en el momento de concretar la lectura, sentía que no era por ese lado; me fui metiendo en lo que era la voz del gaucho, la voz de Hernández y ese tipo de cosas que es mi análisis, pero no un análisis propiamente poético. También el Fausto es importante porque ya hay un texto autónomo que cierra el todo literario; un corte que despolitiza el género para estetizarlo. No hay Martín Fierro sin Fausto, que es el que le abre esa puerta autónoma a la obra de Hernández.

O sea que la época de la autonomía literaria es un gesto de una aparente clausura de lo político.

JL- No tanto, porque se puede decir que el Martín Fierro es un texto político y autónomo. Una cosa es la autonomía de la literatura como institución y sus instituciones –como la Academia, la carrera de Letras– o sea, la literatura separada como esfera de cualquier otra práctica, que empieza en el siglo XVIII con la constitución de la esfera privada, y otra son los textos. La gente confunde la institución separada, la esfera autónoma de la literatura propia, específica y todos los esfuerzos filosóficos por definir esa especificidad, con los textos concretos y su lectura. Un curso sobre autonomía sería un curso sobre la Modernidad en la literatura. La autonomía llega a su punto cúlmine en el siglo XX con las vanguardias, que quieren destruir la disciplina literaria, son antiliterarias, antiartísticas. Lo estético de golpe salió de lo artístico, rompió la autonomía de las instituciones artísticas e invadió la vida. Es el triunfo de las vanguardias. Otra cosa son las lecturas de la autonomía, las lecturas textuales. Como la autonomía postula una separación de la literatura de otras esferas, la idea era analizar la autonomía textual, ese texto que uno aísla para poder verlo y meterse adentro. Cuando yo me refiero a la postautonomía, quiero decir precisamente esto: que hay un cierre histórico de la autonomía: lo estético invade todas las esferas, lo económico prácticamente se superpone a lo estético y se transforma en una mercancía como cualquier otra, y todas las características de la autonomía –el autor como genio, la densidad verbal, el valor literario– empiezan a borronearse. Es lo que llamo  fusión de las esferas, porque la separación entre lo económico, lo social, lo político, lo literario/ estético que hacíamos antes, y a partir de la cual después buscábamos las mediaciones, deja de existir. Entonces el modo de leer hoy sería un modo de leer en fusión, donde todo puede ser  al mismo tiempo.

Sin embargo parecería que hoy, en las escrituras postautónomas, incluida la poesía, la esfera económica es la que termina dividiendo las otras, es decir, hace por ejemplo que se compre un libro pensando que se está adquiriendo literatura autónoma.

JL– Pero eso es lo que definió la literatura autónoma también. La primera teoría de la literatura “moderna” (igual a “autónoma”) es la de Baudelaire, que compara al escritor con una prostituta que tiene que salir al mercado a vender su cuerpo, o sea, sus textos. Es económica al comienzo y también lo es al final. Es un período histórico totalmente definido por un sentido bien materialista, por la relación entre economía y arte, tanto en la autonomía, donde entran las editoriales tradicionales, como ahora, al final, donde todos son conglomerados.

Pero yo pienso que en la época de la postautonomía, quizás lo económico termina colocando las piezas del tablero; ya no importa la calidad del texto y, en algún momento, la autonomía que empieza como categoría económica se vuelve una categoría estética. Entonces existe un doble discurso de quienes se definen como artistas y se incluyen en ese circuito pretendiendo adaptarse a ese sistema económico.

JL- Vos periodizás y decís “época de la autonomía”, como la que se extiende del XVIII al XX. Pero todavía hay un pasado en el presente; la literatura se sigue definiendo como autónoma y como posautónoma, hay imperio y hay imperialismo. La literatura postautónoma convive, insisto, con la autónoma. Hoy no hay más periodización constante. La gente lo hace, pero yo creo que es el error de Negri y de muchos otros teóricos.

Entonces también hay textos buenos y textos malos dentro de la posautonomía.

JL– Totalmente. Pero todo esto también tiene que ver con un circuito económico. La ley del libro es crucial. En este momento en América Latina la literatura más productiva en términos de cantidad –pero también en calidad, porque van juntas, porque si vos producís cien, uno va a salir, si producís dos capaz no te sale nada– es Colombia. Y Colombia cambia totalmente con la ley del libro. O sea, obliga al Estado a comprar el 20% de toda la producción y a subsidiar. La literatura aumenta el volumen de un modo tal que algún día aparecen los buenos. Pero esto implica defensa de lo nacional, y que las corporaciones y los conglomerados pierdan un poco de poder.

Lo que cambia también, en esta época de capitalismo global, es el juicio. Por ejemplo, yo estoy leyendo un premiado de Alfaguara, un premiado de Anagrama y digo, ¿a este le dieron el premio? Pero es de terror, no se sostiene para nada, y sin embargo está puesto como premiado, es decir, como bueno, excelente, y está difundido a través del aparato de distribución de toda América. Entonces, quién juzga y con qué criterio. Lo fundamental es qué criterio usás para juzgar: si es buena por la densidad verbal, si es buena porque justamente los que siguen definiendo “lo literario” le dan una serie de características como la resistencia al capitalismo: la historia no es lineal ni profética; tenemos en el presente miles de pasados que conviven, incluso el literario.

Sin embargo en las nomenclaturas de las literaturas –pasa con los poetas pero también con los narradores– de repente aparecen actores que se ubican a sí mismos, en plena época de la postautonomía, como la vanguardia de la vanguardia de la vanguardia…

JL– Es una forma de progreso que no existe más, y la vanguardia, como dijimos antes, se cierra históricamente con su triunfo absoluto. Esa es la estrategia del mercado de los jóvenes, yo también la tuve. Se asume el capitalismo como la realidad, no hay otro modo de definirlo. Siguen pensando en etapas, cosa que ocurre no sólo en la literatura sino en todos los órdenes de la vida contemporánea. La sucesión está copiada de una sucesión primermundista, nunca es una sucesión propia, no es una historia propia, sino calcada, cuyo modelo es el Primer Mundo, que tal vez tiene esas sucesiones. La gente tiene metidas adentro y naturalizadas un montón de cosas. Las ideologías tardan mucho en cambiarse.

Entonces, en esta reformulación capitalista, lo curioso es que la literatura, al fundirse y fusionarse con lo económico, lo social, lo político, vuelve a sus comienzos, antes de la autonomía, antes de la Modernidad, cuando literatura era todo lo que se escribía: discursos políticos, tratados de cualquier cosa, todo era literatura.

Algún crítico dijo alguna vez que “hoy poesía es lo que se dice que es poesía”, ¿será así?

JL– Creo que ni siquiera es lo que se dice. Poesía es lo que sale como tal al mercado. Lo que se produce como literatura es literatura y poesía, nada más, no hay definición posible. Porque caen o se borronean, sin desaparecer (eso es importante también) las instituciones. ¿Tiene autoridad la facultad para decir qué es poesía y que no? ¿Tiene autoridad la Academia de Letras? Esas instituciones son obsoletas totalmente.

Quizás las nuevas instituciones sean los medios, instituciones poderosas y arbitrarias muchas veces; la Academia de Letras probablemente no tenga poder para seguir diciendo, señalando, pero sí algunas facultades, que terminan alimentando con sus egresados a los medios.

JL- Es que el poder se ve obligado siempre a abrirse para mantenerse; se democratiza entre comillas para poder seguir manteniendo el poder. La Facultad de Letras es la institución de la autonomía, que enseña cómo leer literatura, la especificidad literaria. Por eso yo ahí tengo mis detractores con la teoría de las postautonomía, porque decir que es posible leer de cualquier modo implica que desaparece el sentido de la carrera de Letras, que te enseña a leer literatura.

Si lo que yo produzco se adapta muy bien a este esquema de poder, entonces esa práctica mía deja de ser resistente, aunque yo esté hablando de la revolución o de discursos supuestamente subalternos.

JL– Ese es uno problema que yo estoy trabajando y para el que no tengo soluciones, porque la resistencia implica un espacio externo: los hippies, resistentes al capitalismo, se iban, tenían la posibilidad de hacer una colonia en el Bolsón, como los anarquistas las hacían en Paraguay. Ahora no hay afuera, el mundo de ahora es un mundo sin afuera. Entonces, ¿cómo practicar la resistencia en un mundo sin afuera, en un mundo donde estás implicado? ¿de dónde te agarrás, dónde te posicionás para hacer resistencia?

Aunque en la contemporaneidad aún es posible escuchar discursos subalternos genuinos.

JL– Sí, es posible. Por algo está Evo Morales en Bolivia, que ha llegado al poder de una Nación en donde toda la política es una política pro subalterna, porque es la política indígena. Ellos tienen que enseñarnos muchísimo, toda la teoría del derecho al territorio –los territorios no tienen dueño y ellos tienen derecho al territorio–. Ahí tenés una lección política fundamental. Ellos nos siguen enseñando a los latinoamericanos cómo entrar a un lugar político, desde dónde hacerlo.

De golpe en América Latina aparecen los indígenas, las mujeres presidentes, o sea, entran en escena personajes que eran inconcebibles dentro de lo que fue la historia de la Modernidad política latinoamericana, que era blanca y masculina. Entonces esta especie de Posmodernidad, o como quieras llamarla, te abre camino a otro tipo de voces y a otro tipo de posiciones, que creo que es lo mejor que nos ha pasado en todos estos años. Ellos nos enseñan, hay que oírlos para poder hacer política hoy, sino no se puede hacer.

Entrevista publicada en revista La costurerita (Buenos Aires, el suri porfiado, 2009)

©de las fotografías Carlos J. Aldazábal, 2009

Josefina Ludmer nació en San Francisco, provincia de Córdoba, en 1939, y falleció en Buenos Aires en 2016. Durante la dictadura militar, entre 1976 y 1982, formó parte de la “Universidad de las catacumbas” y dio clases en su casa. Luego fue investigadora del Conicet y profesora de teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires. Desde 1991 hasta 2005 fue profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Yale (Estados Unidos). Publicó Cien años de soledad. Una interpretación, Onetti. Los procesos de construcción del relato, El cuerpo del delito. Un manual, El género gauchesco. Un tratado sobre la patria y Aquí América latina. Una especulación.

Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974). Sus últimos libros de poemas publicados son: Camerata carioca (2016), Mauritania es un país con nieve (2019) y Paraje (2021). Obtuvo, entre otros, el Premio Alhambra de Poesía Americana (Granada, 2013), el XLIII Premio Ciudad de Irún de poesía en castellano (Gipuzkoa, 2019) y el Premio Olga Orozco del Fondo Nacional de las Artes (Buenos Aires, 2021). Su poesía ha sido traducida a varios idiomas e incluida en antologías nacionales y extranjeras. Es Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, donde se desempeña como docente.

El cine de la India: jardín de senderos que se bifurcan

Media y extrema razón

Ana Cagnoni ganó en 2021 el Tercer Premio en Poesía del Fondo Nacional de las Artes. Aquí, algunos poemas del libro ganador, publicado por El Suri Porfiado, que se presentará en Buenos Aires el próximo miércoles 27 de julio, a las 19 hs., en la sala Meyer Dubrovsky del CCC, Av Corrientes 1543.

 

________________________________

 

bajó de la autopista.

 

había manejado casi cinco horas

sin parar.

 

decidió comer langosta

en un restaurante de toldo rojo.

 

alfombras raídas,

tanques llenos de bichos vivos.

 

dedicatorias obscenas

grabadas en la puerta de los baños.

 

con una mano grasienta, tocó

el peón que pesaba en su bolsillo.

 

afuera, el frío sol del norte

cortaba sombras azules en la nieve.

 

pidió la cuenta.

 

no es fácil matar a alguien.

 

más fácil es robarle un peón blanco

y enterrarlo en la nieve.

 

al lado de un cartel que ofrece

langosta fresca todo el año.

 

______________________________

 

 

en la tapa del libro

más verdadero, está el autor

muerto en la nieve.

 

bombín, pisadas,

golpes fuertes en la puerta,

el cielo caléndula en la última

tarde de diciembre.

 

un paseante, el autor

muerto en la nieve.

 

zapatos acordonados o cuervos,

sobretodo, construcción

de parábolas relucientes.

 

el libro en el libro

en la nieve de diciembre,

retrato ajado, oblicuas pisadas

negras como escarabajos, nubes,

caléndulas, la última tarde

del autor muerto en la nieve.

 

las caléndulas se comen.

el autor no puede haberlo sabido.

 

yo tampoco lo sabía

hasta hoy. desperté

con una caléndula en la boca,

pensé:

 

a veces la muerte nos visita así.

 

_________________________________

 

1

tres sillas esperándonos.

 

imposible.

la tarde es blanca

como un desierto maldito.

 

en los desiertos no hay sillas

ni túneles húmedos

revestidos de orquídeas.

 

no son orquídeas.

 

2

primera silla – la reconozco.

 

un ave en el desierto

posada sobre una saliente rocosa.

 

tanto, que ya no es silla

sino roca. prolongaciones

como preguntas sin responder.

 

no son preguntas.

 

3

la suma de todas sus patas.

 

para que un camino

conduzca al poniente,

debe tomar la decisión.

 

lo que brota muere

si no es silla.

 

4

última oportunidad.

 

le pregunto a un lugareño: me dice:

a las sillas les decimos velos.

 

____________________________________________

 

 

“anoche cupimos”.

 

para decir que el lenguaje

debe obediencia al tiempo.

 

si no, puede multiplicarse

o intentar una explicación.

 

“no cupimos porque x

exponía nuestras flaquezas.

fue necesario deshacernos de él”.

 

se abre la cuestión del método.

¿cómo se deshicieron de x?

¿qué flaquezas?

 

a modo de respuesta,

repiten como un coro:

el lago aquel.

 

¿cuál habrá sido el pacto?

el duelo por x duró años.

 

debe ser ese.

 

el rumor constante

que surge del agua tranquila,

o de las piedras.

 

______________________________________

 

 

hay problemas

que se definen por su

solución.

 

picazón / rascado,

falta de pronombre

personal.

 

también hay soluciones

sin problemas:

 

para atrapar a un mono,

introducir dulces en una

botella pesada de cuello

angosto y esperar.

 

*

 

lo único que ella quería

era llegar al otro lado

de las vías.

en bicicleta o a pie.

 

ahora está encerrada

en la segunda ventana

del tercer vagón –

 

los ojos negros

se baten en un nistagmo

estricto y

permanente.

 

Ana Lucila Cagnoni (Buenos Aires, 1977) es médica oncóloga (UBA). En literatura, se formó en Casa de Letras y en los talleres literarios a cargo de José María Brindisi y Jorge Consiglio. Actualmente se encuentra completando una Maestría Bilingüe en Escritura Creativa en la Universidad de Texas (EEUU). Su primer poemario, Con su debida calma, recibió una Mención Especial en el Concurso Nacional de Poesía Adolfo Bioy Casares (2020), y su reciente colección de poemas Hoteles infinitos recibió una Mención Especial en el Concurso de Poesía de Revista Metafórica y Editorial Vuelo de Quimera (2022). Publicó poemas en revistas internacionales como Acentos Review y Río Grande Review. Reparte su tiempo entre Argentina y Estados Unidos. Media y extrema razón (el suri porfiado, 2022) obtuvo el TercerPremio en Poesía del Fondo Nacional de las Artes (2021). 

El cine de la India: jardín de senderos que se bifurcan

Interestelaria

El poeta Julián Axat nos propone esta compilación de poemas de Ciencia Ficción recientemente publicada en Argentina. Aquí, el prólogo y algunos de los textos seleccionados.

 

PRÓLOGO INTERESTELARIA

POESÍA,COSMOS Y CIENCIA FICCIÓN

 

¿Qué otra cosa vislumbras en la oscura lejanía,

allá en el abismo del tiempo?

William Shakespeare

 

Esta antología nació de las estrellas. De la historia de la poesía que se origina levantando la cabeza, en el hecho de contemplar la noche. Diría que no hay poeta que no se proyecte hacia el cosmos. Macrocosmos y microcosmos que confluyen en el poeta.

La palabra “constelación”, proveniente del latín constellatus, hace referencia a una “conjunción de planetas” que, según las creencias de los antiguos, ejercía influencia suprema en asuntos humanos. Así, las estrellas, objetos celestes que parecen permanecer siempre en el mismo lugar, son, para los antiguos poetas, un oráculo del pasado, presente y futuro. Una fuerza determinante, colectiva e individual del destino humano. Walter Benjamin dice que al mirar las estrellas, ellas nos devuelven la mirada. Esa proyección de luz que rebota y encandila. Ilumina al poeta.

Hay poetas que se pierden en esas esferas de luz, y profundizan el juego, convirtiéndose prácticamente en una suerte de astrónomos, entre el más acá y el más allá. Otros viajan en el tiempo y proyectan un futuro, una visión alucinada del cosmos. Es lo que en esta antología de poesía se recoge como viaje interestelar, es decir, más allá de las estrellas.

Interestelaria se proyecta como apuesta del género, una mirada sobre los cambios tecnológicos y la velocidad en que sucede el mundo, de la que la poesía no es ajena; que impacta en las formas de escritura de las nuevas generaciones. Por eso aquí encontrarán de todo: viajes en el tiempo, naves, estrellas, cometas, lunas, asteroides, alienígenas, robots, planetas, astronautas, seres de cuarzo, mundos inhóspitos, y mucha velocidad de la luz. Pero siempre desde la poesía. Porque el género de la ciencia ficción suele ser más común en el mundo de la narrativa, y prácticamente no existen antologías de este tipo y género en el mundo de habla hispana, al menos del que yo pueda saber.

***

Bajo el concepto de cosmos y ciencia ficción hemos tratado de circunscribir la mención explícita o implícita a fenómenos estelares, cuerpos, objetos y seres que gravitan en el espacio/tiempo; y cumplen una función lumínica u óptica, pero también astronómica, tecnológica y hasta onírica.

La selección incluye fragmentos de poetas antiguos, que han tematizado cosmogonías y poseen una versión del origen universo, como es el caso de Lucrecio, la mirada de los antiguos Mayas en el Popol Vuh. Hasta Edgar Allan Poe, en su “Eureka” se atreverá a deslizar una teoría científica desde lo astronómicopoético. El tormento de Giordano Bruno, la arquitectura del cielo de Swedenborg y la música de las esferas como vibración muchas veces tangencial, pero que es captada por los poetas para hablar del sol, las estrellas, cometas, asteroides y planetas. Así Whitman, Maiakovski, Gelman, Huidobro, Tsvietáieva, Neruda, Sarduy, Sebald, Szymborska, Vilariño, Zurita, Girri, Darío, Paz, Bradbury, Szpunberg, etc.

En el caso específico de la Luna, el satélite de la tierra ha sido motivo de inspiración de casi todos los poetas de la historia. He seleccionado las increíbles historias contadas por Luciano de Samósata y Cyrano de Bergerac, que ya Borges menciona en el prólogo de Crónicas Marcianas. El episodio captado por Safo, que permitió a los astrónomos de la actualidad fechar un eclipse lunar.

El poema (inédito) de Julio Verne, el clásico romance de García Lorca, versos de Tristán Tzara. Durante el siglo XX, la llamada “conquista del espacio” ha dado poesía específica sobre la llegada del hombre a la Luna, sus artefactos y héroes de la carrera espacial.

Los poetas no han dejado pasar estos acontecimientos, dando lugar a que la epopeya también sea contada por ellos. Poemas como los de Ernesto Cardenal, Nicanor y Violeta Parra, Evtushenko, Leonel Rugama, Joaquín Giannuzzi y Julio Torri, dan cuenta de esos episodios y sus personajes.

La mirada alucinada también se pierde en una proyección distópica, que puede resumirse en el monólogo final del replicante Roy Batty (Blade Runner – “como lágrimas en la lluvia”), por supuesto incluido en esta antología. Viajes imaginados por Miguel Angel Bustos y su hijo Emiliano, como si entablaran un dialogo más allá del espacio y tiempo. Las palabras del habitante de Marte de Alfonsina Storni, y la llamada escuela Martian Poetry que a principios de los 80`, de la mano de autores ingleses como Craig Raine, realizaban ejercicios de extrañamiento desde la mirada del poeta marciano.

Luego sigue el planeta animal de Graciela Maturo y los primeros hombres en Mercurio del escocés Edwin Morgan. Los Ovnis de Mario Benedetti. Mundos extraños, alucinados como el de William Blake, como el post nuclear de Allen Ginsberg. Los mares de arena de Diana Bellessi. El bosque de Pizarnik. El Credo de J.G. Ballard. La profecía en el Everness de Borges. Distopías de ensueño en el paseo literario de Bolaño. La tecnología maldita del Autogedón de Heathcote Williams.

Escenarios donde el futuro se abre a la hiperconexión digital como la proyectada por Peri Rossi. El mundo de la inteligencia artificial como las poetizadas por Marechal en su Poema de robot. El droide Cibernius de J.J. Bajarlía que asiste a El final.

Finalmente, no puedo evitar vincular la ciencia ficción con la cultura de masas, en especial con la poesía del rock. Hemos seleccionado algunas letras paradigmáticas, como: Set The Controls For The Heart Of The Sun de Pink Floyd; Space Oddity de David Bowie; pasando por Somewhere in Time de Iron Maiden; hasta llegar a El anillo del capitán Beto, de Luis Alberto Spinetta, que no podía faltar.

***

Si bien el discurso poético es a menudo figurado, el despliegue de figuras retóricas no es una condición sine qua non de la poesía. De allí que, si hay algo que parece claro después del corpus seleccionado, es que, del mismo modo que en el cuento y la novela, el género poético de ciencia ficción es una variante y puede representar/fundar mundos, acaso profetizarlos, no solo a través de simples metáforas, sino también como hechos objetivos, sucesos que ocurrirán o podrían ocurrir literalmente. Claro que aquí hay tradiciones poéticas de diversos tipos, algunas que son más proclives que otras, ya sea a la visión ensoñada distópica, a la descripción meramente sideral, y/o a la mención de tópicos de ciencia ficción.

Por eso en este recorrido encontrarán poetas que se dedican especialmente a ciencia ficción; otros que tangencialmente abordan la cuestión en alguno de sus versos, y hasta aquellos que componen música y se meten con las esferas. Poetas cuya diversidad abreva en todas las lenguas y regiones del mundo: argentinos, mexicanos, ingleses, norteamericanos; los conocidos y desconocidos, jóvenes latinoamericanos, españoles e ingleses.

En definitiva, poetas que se tocan en algún punto, que escriben y obsesionan con el mundo cósmico y la ciencia ficción.

Decía que no existen antologías de este tipo en el mundo de habla hispana. Seguramente que por su diversidad y amplitud de autores, sea una de las primeras.1 Ojalá este corpus-constelación pueda ser disfrutado y esté a la altura de las circunstancias.

***

Por último, quiero agradecer a Emiliano Bustos por las maravillosas ilustraciones que componen el libro. A Javier Cófreces por creer en el proyecto. A Matías Carnevale por el epílogo y traducciones. A Juan Bautista Duizeide por recordarme de la necesidad del último capítulo. Y finalmente, a Coti López por sus comentarios y correcciones.

 

Julián Axat. City Bell. Septiembre, 2021

 

LOS GÉRMENES

 

Se repartieron por todas partes

Como si sembrasen en el universo

Arrhenius

 

Noche condenada a la ceguera,

Noche que aún a través del día buscas a los hombres

Con manos perforadas de milagros,

He aquí a los gérmenes espaciales, polen vaporoso de los mundos.

Los gérmenes que en su larga jornada han medido los cielos

Y se posan sobre la hierba sin ruido,

Capricho de una sombra que atraviesa el espíritu.

Escapan fluidos del murmullo confuso de los mundos

Hasta donde se eleva el rumor de nuestros más lejanos pensamientos,

Sueños del hombre bajo las estrellas atentas

Que suscitan zarzas violentas en pleno cielo

Y un cabrito que gira sobre sí mismo hasta volverse astro.

 

Sueño del marinero que va a dispersar la tormenta

Y que, al entregar su alma al último lucero,

Visto entre dos olas que se alzan,

Hace nacer de su mirada, ahogada en el mar y la muerte,

En millones de horribles años-luz, los gérmenes.

Y los postigos verdes de sus moradas tímidamente se entreabren

Como si una mano de mujer los lanzase desde allá dentro.

 

Pero nadie sabe que los gérmenes acaban de llegar

Mientras la noche remienda los andrajos del día.

 

Jules Supervielle. (Montevideo, Uruguay, 1884-1960). (De, Versiones y diversiones, México, 1973. Traducción de Octavio Paz).

 

 

DÉJENLO TODO, NUEVAMENTE

 

Hasta los confines del sistema solar hay cuatro horas-luz;

hasta la estrella más cercana, cuatro años-luz. Un desmedido océano de vacío.

Pero ¿estamos realmente seguros de que sólo haya un vacío?

Únicamente sabemos que en este espacio no hay estrellas luminosas;

de existir,

¿serían visibles?

¿Y si existiesen cuerpos no luminosos, u oscuros?

¿No podría suceder en los mapas celestes, al igual que en los de la tierra, que estén indicadas las estrellas-ciudades y omitidas las estrellas-pueblos?

(…)

 

 

Primer manifiesto infrarrealista. (México, 1976). (De, Infrarrealistas / Poetas. Edit. La Caída, Colección las alas del escorpión, 2014. Fragmento).

 

 

FISIÓN (1963)

 

¿Cómo se haría un mapa del movimiento? ¿O el movimiento

es un mapa de sí mismo en constante hacerse y deshacerse? No

existen fronteras que no se crucen, que no cambien de un instante

al siguiente. Esto es lo que no cristaliza. Lo que impide incluso

que la vista se fije.  La imposibilidad del detalle. El detalle

es una criatura de la contemplación, una presa codiciada que el

movimiento pone en libertad.  Cuando todo fluye, la inmensidad

del universo se relativiza: uno es parte del cosmos y vive en la

materia que lo anima. Los pequeños y ordenados planetas no

dejan de moverse, penetran en pliegues cuyo origen y destino se

ignoran. Se viaja en estado de gracia: la incertidumbre conduce.

 

 

Eduardo Mileo, Buenos Aires, 1953. (De, Extracción del agua de la niebla. Ediciones En Danza, 2018.)

 

 

PARÁFRASIS

 

cada letra es una estrella

las estrellas me hablan

abren puertas en el centro del cuerpo

comienza el rezo de la paráfrasis

el silencio me abandona

fui su maqueta

le hablo a las estrellas

 

Natalia Litvinova. (Gómel, Bielorrusia, 1986). (De, Esteparia. Ediciones del Dock, 2010.)

 

EL ACELERADOR DE PROTONES

 

Afuera el valle extiende su llanura de

/Sombras

Mejor es no nombrarlo. Un aguilucho roza

Con el ala el hielo. Así hay que tratarlo.

El monte siempre procede por hechos

/consumados

Más allá de la nieve, en los más altos Alpes,

Más allá del futuro, de los lejanos mares,

De tierras relucientes y de cielos fantásticos,

De los grandes silencios bajo el sol de verano,

 

El Eternauta afirma que existe una llanura

No pisada por nadie. Su arena es cegadora.

En ella un solo grano encierra la verdura.

 

Ciudades invisibles, infinitas auroras,

Todo lo que ya ha sido y lo que será un día.

Mis hijos quizás vean la divina partícula.

 

 

Rodolfo Mattarollo. (Buenos Aires, 1939- 2014). (De, Otros tiempos. Edic. Colihue, 2013.)

 

 

 

EL TIEMPO VARÍA A VELOCIDADES RELATIVISTAS

 

Nos internamos en el cosmos preparados para todo, es decir para la soledad, la lucha, la fatiga y la muerte.

Lem Stanislaw

 

I.

Vagamos durante diez años

–inexpertos cosmonautas–

horadando el espacio sideral.

Hendimos soberbios las distancias,

a bordo del Prometeo.

Nombre que comprendimos demasiado tarde,

quizá…

Atravesamos la galaxia en busca de un gigante naranja

–como Quijotes sidéreos–

Y volvimos a la Tierra,

cansados,

tras diez años de vagar.

¿Han oído acaso acerca de la Dilatación del Tiempo por velocidad?

Volvimos después de diez años a la Tierra,

Que ya no era nuestro hogar.

Yo he visto morir a un compañero

de locura astral.

En un planeta ignoto,

regresando al que no sería nuestro hogar.

¿Cómo sucedió?

Guardo ese secreto al resto de mi tripulación.

Éramos algo más susceptibles

en la soledad de esa desolación.

¿Han cuestionado acaso al tiempo terrenal?

Einstein, en mi época hogar lo hizo.

Dio luz a la Teoría de la relatividad.

Yo he visto envejecer a mi carne

con una ralentizada longevidad.

La Tierra.

Mi tiempo.

Mi hogar.

Yo.

No más.

Mi carne prevalece, ¡Fueron diez años!

¡Nada más!

 

II.

Nuestra misión fue orbitar Arturo,

distante a 36,7 años luz de nuestro Sistema Solar.

Misión vana,

que nunca admitimos.

El valor de nuestra vida y marca

nos tenía que compensar.

Llegamos a ella,

la cuarta más brillante de nuestro cielo

–terrícola, claro–

Después de Sirius,

De Canopus,

De  las Alfa Centauri –vistas por nuestro ojo humano como unidad–

Llegamos a ella,

con fines trascendentales que ignoramos.

La ciencia del viaje espacial

Terminó siendo otro sueño imperial.

Pero volvimos,

Al Sol,

Después de una década.

A un tiempo extraño.

Al futuro

Desde el pasado.

Y qué jóvenes volvimos,

A otra Tierra.

A otro lugar.

 

III.

127 años pasaron por sus ríos,

Por sus montañas,

Por la genética de la Humanidad.

Nosotros, Odiseos,

Regresamos jóvenes de carne

A una Íthaca abrumada de electricidad.

Arribamos al futuro, jóvenes de carne

–pero antiguos como el tiempo espacial–

A otra Tierra, a otro lugar

A otro infierno.

Nuevo.

Por las estrellas, ¡este no es mi hogar!

Las grandes teorías de mi tiempo,

Sus grandes mentes.

Obsoletas.

Reducidas a pasos torpes, iniciales en la carrera sapiencial.

Yo he vuelto,

Fantasma del pasado,

Como una bestia, a los ojos de los demás.

Yo he vuelto a otro lugar.

Como un niño.

Indefenso.

Violento.

Humano.

¡Fueron diez años! ¡Nada más!

Y entendí que el tiempo existe

Sin posesivos

Ni adverbios.

-Nuestro tiempo solo es terrenal-

Y entendí que mi hogar ya no existe.

Ni mi nombre.

Ni mi marca.

Ni mi tiempo.

Que Existes

En Tu Tiempo.

¿Viajemos a bordo del Prometeo,

rumbo a Arturo,

–o a Fomalhaut–

Por diez años,

nada

más?

 

 Luna Anarresti (Lara Blanco). (Maipú, Mendoza, 1993. Inédito.)

 

Julián Axat nació en La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1976. Publicó: Peso formidable (2003), Servarios (2005), Medium (2006), ylumynarya (2008), Neo o el equipo forense de sí (2010), Musulmán o biopoética (2013), Rimbaud en la CGT (2014), Offshore (2017), Cuando las gasolineras sean ruinas románticas (2019) y Perros del Cosmos (2020). También publicó las antologías: Si Hamlet duda, le daremos muerte (2010) y La Plata Spoon River (2014). Hasta 2015 dirigió la colección de poesía Los Detectives Salvajes, de la editorial Libros de la Talita Dorada. Su poesía ha sido traducida al italiano, francés e inglés. Figura en antologías como Resistencia en la tierra (2014), Giovane poesía latinoamericana (2016), Atlas de poesía argentina (2017) y Antología federal de poesía (2019), entre otras.

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