Una y otra vez

Una y otra vez

Miró hacia la ventana para confirmar que estuviera bien cerrada. Sabía que en cualquier momento iba a sonar el timbre del teléfono, la voz ronca y tabaquera de Saldaña, su arrogancia, su triunfo, su pesado y penetrante resumen de posibilidades. La muerte. Llevaban como tres horas interminables entre estas paredes a las que nunca deberían haber regresado. Por muchas vueltas que le diera al asunto, Martínez no le encontraba salida alguna. Su cabeza era un torbellino de posibilidades, todas frustradas ni bien se las prefiguraba.  Justamente él, que llevaba una vida entera jugando las piezas con la prolijidad de quien reconoce todos los hilos invisibles que mueven a los hombres y sus asuntos, había caído en la trampa más previsible de todas.

El Gordo seguía retorciéndose en un rincón de la sala principal. Ya no se quejaba. Ya no perdía sangre. Ya no pedía agua. “Todavía estás a tiempo para desaparecer, Negro. Hay una amiga. No la conocés. Es la única casa desmarcada en cientos de kilómetros a la redonda. Nunca dejé que nadie la quemara. La había guardado para el momento más jodido de todos. A mí ya no me sirve. Es buena piba. Salvate vos”. Iba a agregar algo más, pero tuvo que soltar una tos de espanto, llena de catarro y flema densa. Debía ser tarde ya, porque no se escuchaba ni un ruido en la calle. Sólo el lejano trajinar del paso del tren, cada vez más espaciado. El tiempo se iba deshaciendo y estirando hasta desvanecerse en un presente perpetuo y vacío.

Martínez dejó por un momento la sala. Al fin y al cabo, el teléfono podía oírse desde cualquiera de los rincones del departamento. Comenzó a fantasear con la idea de irse, salvarse, dejarlo al Gordo tirado, moribundo, darle el placer a Saldaña de arremeterle el tiro de gracia. La manzana ya debería estar rodeada por su gente. Aunque ese no era problema para él. Tantas otras veces había zafado de situaciones peores. Hasta podía desvanecerse, muy fácilmente, entre las propias huestes del operativo. O acaso, quién no lo sabía, no eran todos unos mocosos que si andaban en esas era porque no podían conseguir otra cosa.

Si Saldaña todavía no había llamado seguramente se debía a que se le estarían complicando las autorizaciones políticas: el tan conocido dominó de teléfonos, pero con fichas que ascienden en lugar de caer. Y más a esas horas en las que algunos de los eslabones finales tardan en atender, ya sea porque están durmiendo o andan en medio de una fiesta impostergable. Disfrutó un tanto, imaginándolo putear entre sus bigotes crespos ante cada nuevo tono cayendo al olvido. Encontrarse con un pez gordo en la mano y tener que andar paseándolo por la red hasta que a los señores se les ocurra dar el visto bueno para pescarlo. Martínez, como nadie quizás, conocía perfectamente el odio mudo que Saldaña sentía por sus superiores, y más ahora que el Viejo había partido para siempre. Tantos trastes tuvo que lamer en su vida, tantas veces había tenido que agachar la cabeza, tanta ira masticó. “Pensar que esos tipos andan por ahí sonriendo, comiendo en las reuniones, dando entrevistas, mandando, gracias a negros como nosotros que les hacemos el trabajo sucio”, le dijo alguna vez. Pero todo eso fue antes que corriera mucha agua debajo del puente y lo partiera, como a todo lo demás en este país, en dos mitades opuestas.

El Gordo había vuelto a sus severos ataques de tos. Ahora un poco más espaciados. Más sordos, también. Martínez, que para cuidar gente era el menos indicado de todos, entró al dormitorio y buscó una frazada. Volvió a la sala y lo tapó. Por mucho que se lo propusiera, no podía abandonarlo así al Gordo. No en la más fulera de todas. Aunque si salían airosos de ésta, no le faltarían ganas de vaciarle él mismo el cargador de su Colt en todo el inmenso cuerpo. Por confiado, por soberbio, por pelotudo. Varias veces le había advertido que Saldaña tenía infiltrados hasta los caracoles. Que el asunto del coronel Macías era para ellos dos y nadie más. Que se dejara de romper las pelotas con los pibes del sindicato. “Mirá Gordo, una cosa es la política y otra el laburo. Esta gente sabrá mucho de clases, de justicia social, de retórica. Pero a la hora de hacer un trabajo limpio y no dejar rastros, son los menos indicados. Fijate el zafarrancho que han hecho en el Judas, por ejemplo. Más ahora, que tenemos la respiración del quetejedi en la nuca. Dejate de joder, querés…”, le había dicho tan sólo unos días atrás, cuando el Gordo se empecinó en que la cosa era demasiado grande como para ellos dos, nomás.

De repente comenzó a oírse el ruido metálico del ascensor subiendo. Martínez podía diferenciarlo claramente del sonido más sutil que emitía cuando iba de bajada. Se mantuvo alerta. Sólo desenfundaría si se detenía en el piso. El Gordo retornó al gargajeo y Martínez lo paró en seco con un chistido autoritario. El ascensor se detuvo en el piso de arriba. Peor aún. De tal manera que Martínez se descalzó, abrió la puerta sin emitir sonido alguno y atravesó el pasillo hasta situarse del otro lado de la escalera central. Arriba, alguien descorrió la puerta de hojas de hierro a lo bestia, haciéndola estrellar contra el marco. Y, una vez que el golpe dejó de resonar, se pudo escuchar el tintinear de un gran manojo de llaves. Martínez suspiró aliviado. Volvió a entrar.

Saldaña, Martínez y el Gordo habían trabajado juntos durante muchos años. No tenían ni oficinas, ni cuentas bancarias, ni figuraban en ninguna membresía oficial, pero cobraban bastante más que muchos de los funcionarios del gobierno. Bastaba una llamada desde la central y todo se activaba en instantes. Trabajaban bien, eran elegantes, no dejaban rastros. Fueron años turbulentos, pero las cúpulas confiaban más en ellos que en muchos de los altos mandos militares. Una vez terminado el asunto, se daban a silencio y jamás se enrollaban en el chantaje político posterior. Así operaban. La confianza era lo primero. Eso hasta el 66, año en que el Gordo se bajó argumentando obvias razones políticas. “Meter plomo por el plomo mismo nunca fue lo mío. Menos, laburar para el enemigo”, le dijo una madrugada a Martínez y desapareció sin dejar rastros, aunque el Negro se enteró después que anduvo asesorando a El Kadri, unos meses antes de lo de Taco Ralo. Martínez lo entendió y hasta odió, en ese momento, no haber tenido los huevos para seguirlo. Saldaña, en cambio, no volvió a mencionar el asunto. Más de una vez se arriesgó a cambiar planes para ver si se lo topaba en medio de algún trabajo y poder arremeterlo a balazos. “Quizás nos encontremos a tu amigo hoy…”, le decía jodiendo a Martínez, dando a entender que presentía que todavía mantenía contactos con el Gordo.

El silencio se volvió más hermético aún, luego de la partida del último tren. Martínez lo reconoció debido a que se sostuvo pitando más de la cuenta en la estación, esperando a que algún trasnochado tuviera su última oportunidad de evitar quedarse varado en el pueblo. El Gordo había logrado finalmente conciliar el sueño y sus ronquidos comenzaron a invadir toda la sala. Al Negro se le revolvieron las tripas y recién ahí se percató que no había comido nada desde el mediodía. Fue hasta la cocina y empezó a revolver en las alacenas, pero nada. En la heladera, nada tampoco. Se apoyó sobre la mesada y comenzó a repasar el boceto del día a ver si, en una de esas, quedaba algún escondrijo por dónde eludirse.

Hubiese deseado retroceder las agujas de todos los relojes hasta ese mismo mediodía en que lo vio aparecer al Gordo con el Hueso Fajardo, el pibe estrella del sindicato. Evitar la discusión de sordos. Desaparecer de todo por un tiempo. Olvidarse de Macías y de la tácita e implícita competencia con Saldaña por ver quién era más astuto. Son dos cosas muy extrañas la vida y el tiempo: ya que ese mediodía es hoy, es casi el presente, pero no. Ya no. A ese cuasi presente definitivamente extinto, y éste vívido presente al borde de desaparecer para siempre, los separa la frontera ineludible de la tragedia. Una imperceptible línea divisoria que parte a la vida de los mortales en dos universos completamente irreconciliables. Martínez odió no haberla podido percibir a tiempo, tal vez, en el momento en que vinieron a este mismo departamento para ultimar los detalles. Y ya era tarde cuando, de salida para lo de Macías, se subieron al Peugeot del Gordo y, ni bien llegaron a la esquina del boulevard, se les cruzó el Falcon platino del que bajaron los tiradores a sueldo de Saldaña. Y verlo al pibe Fajardo, con los ojos bien abiertos, con la cabeza muerta, boca arriba en el asiento. Y bajarse en movimiento, repeliendo los disparos. Y cubrirse mutuamente con el Gordo hasta llegar a un Gordini destartalado que los salvó de la muerte y los depositó en un descampado. Fue allí mismo que tomaron conciencia de la herida del Gordo y resolvieron volver al departamento.

Ahora sí que, sin contar los ronquidos del Gordo, no se escuchaba absolutamente nada en muchas manzanas a la redonda. Ningún motor. Ningún murmullo. Ningún teléfono. El Negro comenzó a ilusionarse con la posibilidad de que ni el Gordo, ni Fajardo, estuviesen infiltrados y, por ende, el departamento se encontrara libre de monitoreo. ¿Existía la posibilidad que alguien los hubiese reconocido en el pueblo y Saldaña improvisara al tuntún un operativo sin estructura? Era poco probable, pero ya no se entendía la demora. Ni el silencio. La cabeza en ebullición del Negro comenzaba a serenarse. Encendió una vieja radio portátil y tanteó una vez más, como por acto reflejo, el bolsillo a la altura de la tetilla de su camisa, pero hacía varias horas que había fumado su último Benson. Puso el volumen casi al mínimo y sonrió cuando reconoció uno de sus tangos favoritos, interpretados por el Quinteto de Miranda. Sólo y recién allí permitió recalar sus pensamientos en Gabriela. Hacía varios meses que no la veía. Desde que se había abierto de Saldaña y pasó a la clandestinidad que no sabía nada de ella. Se prometió lo que siempre: si zafaban de ésta, la buscaría y se irían a vivir lejos, bien lejos. Lejos de tanta argucia, de tanta ausencia, de tanta muerte. Siempre se lo prometía, y siempre volvía a caer en el mismo círculo como si fuese Sísifo condenado a levantar la misma piedra, una y mil veces, para dejarla caer de la cima de la montaña a los pies de su cobardía. Una y otra vez.

En esas andaba Martínez, buscando un claro, aferrándose a una mínima esperanza, cuando resonó el teléfono en la oscuridad. Y, con él, todas las piezas de sus ilusiones se desbarataron de una vez por todas. La noche, el encierro, la agonía del Gordo y la derrota mortal con Saldaña se le vinieron encima y le apretaron la garganta, dejándolo sin aire. Se acercó a tientas hasta el aparato, guiado por el sonido, y descolgó el tubo acercándoselo hasta la oreja, pero sin responder.

 —Negro… sé que sos vos Negro, no te hagas el pendejo… —la voz de Saldaña sonaba muy lejos de la arrogancia, como si todavía no terminara de consolidar los últimos pasos de su victoria.

 —Soy yo…  —respondió Martínez, y reagrupando el aire que se le había quedado atorado en algún lejano rincón de su cuerpo, añadió: “Pero olvidate que me vas a atrapar vivo”.

 —No seas boludo, Negrito… no te matés al pedo. Aprovechá que todavía te podés parar y salí caminando tranquilo. Esperá a que amanezca y tomate el tren a Buenos Aires. Pasá a buscar a la secretaria esa que te gusta y desaparecé del mapa. Este país ya no está hecho para tipos como vos… —dijo Saldaña, ahora sí con la voz más clara y rimbombante, como si hubiese esperado toda una vida para pronunciar esas palabras.

Martínez quedó absorto en un silencio críptico. Ahora sí que no entendía nada de nada. ¿Cómo que podía salir caminando? ¿De qué clase de broma se trataba? ¿Saldaña se había vuelto definitivamente loco de remate? ¿Qué estaba tramando? La respuesta lo tomó tan desprevenido, que estuvo a punto de colgar el teléfono. El Gordo riñió con un gargajo a escasos metros. Y cuando, muy lentamente, todas las piezas de sus pensamientos volvieron a acomodarse, Saldaña arremetió socarronamente:

 —Mirá que sos soberbio, Negro. Siempre creíste que vos eras el importante. Jamás se te cruzó por la cabeza que mi verdadero problema, y el de la gente que está por encima mío, era el Gordo. Gente como vos se compra, se vende o se descarta. En cambio, el tipo que está por ahí agonizando, además de hábil, es intratable. Vos no te das una idea lo que le sacaba el sueño al Viejo el turro que tenés a tu lado, desangrándose… —las frases de Saldaña retumbaban en el auricular del teléfono, como si provinieran de un pasado muy remoto en el que Martínez ya no era más que una sombra.

 —Siempre fuiste igual, Negro. Tu mayor, tu único, defecto es estar tan enfrascado en el murmullo de tus pensamientos que no te permite asomarte a mirar qué es lo que pasa más allá de lo que vos creés que pasa. —Saldaña hizo una nueva pausa, manejaba sus frases como si fueran estocadas que necesitaban de un aire para volver a irrumpir con más fuerza—. Pero espero que te quede bien claro: vos no te fuiste, yo te dejé ir. Sabía perfectamente que eras la única pieza que me podía llevar hasta el Gordo. Y me aferré a esa última carta con una fe ciega que casi me hace desbarrancar definitivamente de este juego de locos, Negro.

Un imperceptible halo de luz comenzó a perfilarse por entre la ventana, preludio inminente del amanecer. Martínez seguía con el teléfono en la mano, a una leve distancia de su oreja derecha, pero ya no escuchaba las frases que transmitía Saldaña desde allí. El mundo, su mundo, se había desbaratado de una vez y para siempre. Tanteó su Colt depositada en la mesita del velador. El insinuante clarear le permitió distinguir la gruesa figura del Gordo, ya sin sobresaltos. Se acercó a la ventana y observó la situación de la calle. Nadie. Abrió lentamente la puerta principal del departamento, vigiló que el pasillo estuviera franco y bajó hasta la planta baja por las escaleras de servicio.

Afuera arrancaba pausadamente el movimiento matutino pueblerino. Martínez pudo distinguir la voz del Chueco García en otra radio a lo lejos: “… perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón…”. Ni bien llegó a la esquina, pasó un convoy de autos que bajaban por la Belgrano a toda velocidad y se dirigían inminentemente hacia el departamento. Lo lideraba un Dodge color mostaza en el que reconoció a uno de los mercenarios a sueldo de Macías. Ningún retén lo frenó en las esquinas siguientes, ni en la plaza principal, ni en el boulevard repleto de lapachos brotados de flores, rosadas unos y blancas otros, que anunciaban prematuramente la llegada de una primavera calurosa.


Adriano Prandi se crió y creció en el conurbano bonaerense. Estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires y en la actualidad se desempeña como profesor de Historia y como músicoterapeuta. Entre 2006 y 2015 realizó un extenso e intenso viaje por América Latina, publicando artículos periodísticos en diversos medios alternativos sobre la actualidad política y socioeconómica del continente. También ha publicado artículos periodísticos, históricos y fotorreportajes en medios mexicanos, ecuatorianos, nicaragüenses, bolivianos y europeos. Desde hace algunos años se dedica escribir columnas radiales e incursionar en géneros narrativos como el cuento y la novela. También colabora en publicaciones de reflexión sobre educación y políticas socioeducativas en la ciudad de Luján, donde actualmente reside.

Una y otra vez

Fernando Pessoa. El escritor múltiple de Lisboa

 

“Soy un monstruo de imposibilidades anclado en la realidad” que mejor definición para describir a un poeta con la forma de una galaxia, el portugués Fernando Pessoa, de quién su alter ego Bernardo Soares decía: “su voz era opaca y temblorosa, como la de las criaturas que no esperan nada, porque es perfectamente inútil esperar”.

Fernando Pessoa (Lisboa, Portugal 1888- 1935) es uno y es ninguno, es plural, contradictorio, enigmático, indefinible y uno de los principales responsables de la renovación del arte luso del Siglo XX. Con apenas 24 años de edad publicó una serie de artículos en los que vaticinaba un nuevo renacer de la cultura portuguesa, encarnado en la figura de un poeta, él mismo, que anunciaba su deseo de modernizarlo todo, un llamado a constituirse en una de las grandes figuras de la poesía europea contemporánea. Una de sus premisas era “sentir todo de todas las maneras” en otras palabras ser uno y el otro, conjugar lo propio y lo ajeno, hacer de la contradicción una bandera y del eclecticismo un arte. Como, por ejemplo, su sentir patriótico, el orgullo de ser portugués y a la vez querer formar parte del mundo entero. En los dos libros que publicó en vida queda plasmada esta dicotomía, un libro de poesía y el otro una guía escrita originalmente en inglés destinada al visitante extranjero, quizás por esas maravillosas razones son miles los turistas que abrazan diariamente la escultura de Pessoa que está frente al café La brasileña de Lisboa, es el icono, en nuestros días, de una ciudad de moda.  Pessoa es Lisboa. Desde hace algunos años todo el mundo parece reconocerlo, ha cobrado una dimensión relevante en las letras universales, pero su fama fue póstuma. El Museo Reina Sofía de España le dedica una exposición este año, titulada: Pessoa. Todo arte es una forma de literatura en la que se indagará la relación con las vanguardias de este cronista del cotidiano, seguidor de tradiciones esotéricas, nacionalista y místico portugués “conservador pero al estilo inglés” como él se definía. En sus diarios publicados en castellano en octubre de 2017 por Herminda Editores, insiste en su lenguaje recursivo: “No sé quién soy ni sé cómo es mi alma. Hablo con sinceridad y reconozco con sinceridad que no sé de qué hablo cuando hablo de mí. Soy distinto de esos otros que tampoco sé si existen. Me siento múltiple”. Tanto es así que Pessoa escribía cartas a Ofélia Queirós, su única amada, que firmaba con los nombres de algunos de sus heterónimos, más de un centenar de personalidades y personajes inventados, entre ellos los aclamados poetas Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Antonio Mora, Alvaro de Campos, Bernardo Soares considerados por Pessoa como “otros de él mismo”, personajes autónomos que le han acompañado en el curso de su vida-obra y que vivían fuera de él, una rúbrica, una biografía, una caligrafía, una vida propia, un retrato dibujado de alguno de ellos.  Los personajes de Pessoa son escritores con voces y temperamentos distintos, grandes y complejos, fascinantes, que polemizaban y discutían públicamente, que se intercambiaban prólogos amigables y refinados tratándose de usted. El poeta Fernando Pessoa que se ganaba la vida traduciendo cartas y contratos comerciales gracias a su impecable inglés y su dominio del francés, tejió todo un reino de personajes de ficción e introspección, todo esto sin salir de su estimada y periférica Lisboa, adonde regresó a los 17 años tras pasar su infancia en la Sudafricana ciudad de Durban.

“Nada existe, no existe la realidad, sino sensaciones. Las ideas son sensaciones, pero de cosas no situadas en el espacio ni el tiempo” dice Pessoa autor del “Libro del desasosiego”, su obra más importante, es un texto fragmentado, escrito como un diario íntimo de una gran profundidad y es el libro que mejor refleja la complejidad de su mente. Es la obra que más se aproxima del propio Pessoa, es como un autorretrato del autor, una puerta abierta a su cabeza y a su original manera de entender la poesía, el mundo y a sí mismo. Este libro es una de sus más notorias aportaciones intelectuales, obra que grabó definitivamente su nombre en la historia de la literatura cuando fue publicado en los años ochenta, libro del cual se realizarán muchas ediciones, traducciones e interpretaciones en los años venideros, en palabras de la poeta chilena Jessica Atal: “es una reflexión agudísima y escéptica de la condición humana”. En este libro describe, como nadie, el desasosiego del alma, la intranquilidad que sufren los seres más sensibles, los inadaptados. Es realmente muy difícil de clasificar, fue escrito a lo largo de más de veinte años, desde 1912 hasta 1935, y en el momento de la muerte del escritor se hallaba todavía en un estado informe, sin ordenar, sin completar y lleno de pasajes dudosos que no impiden disfrutar la lectura de la voz de un personaje sentimental e hipersensible de la clase media lisboeta de comienzos del Siglo XX.  La voz de un hombre lleno de inquietud e intranquilidad que se acerca a una depresión profunda y tranquila, según sus propias palabras. Un inadaptado que, dramáticamente, rechaza la realidad y de esa insatisfacción destila la esencia de su ser, de sus decepciones, de sus proyectos fracasados, de sus utopías irrealizables, de sus penas y angustias de sus múltiples yo. Una escritura de extremada lucidez y de un gusto por el fingimiento y la paradoja.

El poeta, abogado y profesor español Ángel Crespo (1926-1995) realiza traducciones de este libro, que logran transmitir sensaciones, impresiones e imágenes claras de Fernando Pessoa en castellano,  comenta a este respecto: “Una importante laguna en el conocimiento de uno de los mayores poetas europeos de nuestro tiempo ha sido colmada con la publicación, en 1982, del Livro do Desassossego de Fernando Pessoa, muy esperado desde que, cuarenta años antes, la editorial Ática inició, bajo la dirección de João Gaspar Simões y Luis de Montalvor, la edición de las obras completas del creador de los heterónimos; y la expectativa aumentó cuando, en 1961, las ediciones portuenses Arte & Cultura dieron a la luz una selección de este mismo libro, muy incompleta por cierto, pero en la que figuraban algunos de sus mejores fragmentos”.

“El poeta es un fingidor. Finge tan completamente. Que llega a fingir que es el dolor, el dolor que en verdad siente”, el caso “Pessoa” explotó a la opinión publica en la década de 1940 en Portugal, 20 años más tarde en toda Europa y poco tiempo después en todo el mundo. Desde entonces no se ha dejado de publicar y traducir todo lo que va saliendo del baúl donde el poeta portugués guardaba gran parte de su obra, facsímiles manuscritos atados con una cuerda y marcados con firmas distintas que sobrepasan cualquier certeza, cualquier interpretación y cualquier punto final: “soy, en gran parte, la prosa que escribo”. El poeta y crítico brasileño Frederico Barbosa declara que fue o enigma em pessoa, con el doble significado de ser el enigma en Pessoa y el enigma en persona. El escritor italiano Antonio Tabucchi, especialista en lengua portuguesa, ha señalado: “de Pessoa podría decirse lo que Walter Benjamin afirmaba de Kafka, que toda su obra representa un código de gestos sin un claro significado, sino más bien son experimentaciones y combinaciones nuevas”. El crítico literario estadounidense Harold Bloom lo consideró en su libro “El canon occidental” el más representativo poeta del Siglo XX, junto al poeta chileno        Pablo Neruda. Hasta que un 30 de noviembre del año 1935 todas esas voces callaron al mismo tiempo, muchas experiencias, muchos nombres en el lugar de una persona o cuántas personas caben en la vida de una sola persona, pues además de su rutina de oficina y pensión, de puntualidad y soledad, vivió muchas otras, declarando: “la vida duele cuanto más se disfruta y cuando más se inventa”. Ese día a los 47 años dejaba de existir físicamente y se transformaba en el inmortal Fernando Pessoa, el más universal de los poetas portugueses, que escribió entre Durban y Lisboa “vivir no es necesario, lo que es necesario es crear”.

 

Notas, reflexiones, comentarios del traductor

La diversidad de las lenguas, lejos de ser un castigo como supone el mito de La Torre de Babel, está presente para que podamos vivir la experiencia de lo extranjero. Es necesario recuperar la felicidad del traductor en el desafío que entraña toda traducción. Una mañana de noviembre de 2017 el director de MAGO Editores, mi buen amigo, Máximo G. Sáez, me propone que escriba, un libro con mis traducciones del poeta portugués Fernando Pessoa, desafío que asumí inmediatamente, a pesar de que el idioma portugués de Brasil es el portugués de mi especialidad. En efecto desde el año 2002 he estado estudiando y conociendo la obra literaria de muchos artistas brasileños, poetas, músicos, intelectuales, arquitectos y he realizado más de 50 viajes a ese país-continente. Aquellos caminantes que frecuentamos Brasil nos descubrimos sorprendidos y maravillados ante el tamaño de los dominios de la lengua activa del portugués brasileño. He traducido al castellano a insignes brasileños, como: Cristiane Grando, Hilda Hilst, Roberto Piva, Alice Ruiz, Luiz Inácio Lula da Silva, Tanussi Cardoso, Jiddu Saldanha, Carlos Gurgel, Herbert Valente de Oliveira, José Castello, Sandra Santos, Ferreira Gullar, Artur Gomes, Claudio Willer, Adriana Zapparoli, Virna Teixeira, Ligia Dabul, Simone Homem de Mello, Vinicius de Moraes, Cazuza, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Fred Maia y Ademir Assunção entre otros. He traducido a más de 100 poetas de todo Brasil y sigo traduciendo, cada semana recibo en Santiago de Chile, libros venidos desde ese hermoso país. He buscado siempre traducir sentido por sentido, no letra por letra, significación al ser pronunciado en castellano un sonido portugués. Significación y sonido, pues si en algo difieren las lenguas es en el recorte fonético que hacen de los sonidos pronunciables por un ser humano. La voluntad de comprender lo distinto, la necesidad de acercarse a la alteridad sin anularla. Comprender es traducir. Tratar de entender lo ajeno. La traducción de Fernando Pessoa, me llevó a la lectura de sus libros publicados en Portugal y Brasil, y a una serie de libros de brillantes traducciones al castellano de este mítico autor, con los que pude comparar el texto de origen con otras traducciones y mis propias versiones. Lo que me permitió realizar una profunda inmersión en la poética y en toda esa trama de personas que en el caso de este autor son el mismo. Una obra basta y compleja de un autor múltiple, leí cuanto libro cayo a mis manos. Reflexionando y tratando de traducir al castellano una obra, que es como el borgeano jardín de senderos que se bifurcan. Fue así que comencé a coleccionar y traducir fragmentos, citas, recortes, frases para el bronce, aforismos, fundamentalmente del LIVRO DO DESASSOSSEGO, una obra de más de 700 páginas. El Libro del desasosiego firmado por Bernardo Soares escrito por Pessoa es un libro pleno de imágenes de este genio portugués, el más importante del Siglo XX y probablemente el más importante y famoso poeta portugués de todos los tiempos. Esta selección de fragmentos pretende en cierta forma sintetizar una obra inmensa, para la que abría que dedicar mucho tiempo para traducir de manera completa, tarea que espero las nuevas generaciones de poetas chilenos realicen. Este libro pretende hacer notar al lector la profundidad de este espíritu humano, estos fragmentos de la personalidad de un solitario creativo y que fue muchos otros. Este libro puede ser leído en orden aleatorio, puedes entrar por cualquiera de sus páginas antes de embarcar en el avión, mientras viajas en el tren, en el Metro, en el bus, en la biblioteca o donde estés. Y preguntarse a sí mismos: “Hice de mi lo que pude y lo que pude hacer de mí no lo hice, vestí un traje equivocado”, ¿Qué quiere decir con esto Pessoa?, ¿Te hacen algún sentido estas palabras?. Me sentiré feliz si al menos consiguen una bella iluminación. Este trabajo fue acompañado creativamente de dibujos, pinturas y diseños de mi autoría que fueron inspirados por Pessoa y no pretenden otra cosa sino estimular el conocimiento y estudio de este autor imprescindible y al mismo tiempo generar nuevas y futuras traducciones, de un autor que sin duda volverá una y otra vez a ser ese monstruo de imposibilidades anclado en la realidad. La obra de Pessoa es arte, y es esta la visión que debe perdurar, la provechosa sensación de estar frente a una legítima expresión de vida y de lenguaje. Eso que antiguamente se llamaba poesía.

 
Nota: prólogo, arte, fragmentos y notas del libro Fernando Pessoa, el escritor múltiple de Lisboa de Leo Lobos. Publicado por MAGO Editores en Santiago de Chile el año 2018 (http://magoeditores.cl/).

***

 

Colección de fragmentos. (Pequeña selección)

 

Leer es soñar de la mano de otro

*

Reconstruirse

Reconstruirme

Sin ideal y sin esperanza

*

En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi biografía sin actos

sin historia

sin vida

son mis confesiones

y si en ellas nada digo

es que nada tengo que decir

*

Si el corazón pudiese pensar se detendría

*

Soy un monstruo de imposibilidades anclado en la realidad

*

Nací en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por las mismas razones que los mayores habían tenido para creer en él

*

Nada lo aproximó nunca a ningún amigo

fue el único que de alguna manera estuvo

en su intimidad

*

Se dan las circunstancias ocasionales en su vida que han sido talladas a imagen y semejanza de la dirección de sus instintos

*

Las pompas de jabón que el niño se entretiene en soltar al aire son traslúcidamente toda la filosofía

*

Trabajo bastante. Cumplo con lo que los moralistas de la acción llamarían mi deber social. Cumplo con ese deber, o con ese destino, sin excesivo esfuerzo ni notable ánimo. Pero, unas veces en pleno trabajo, otras en pleno descanso, ese descanso que, según los mismos moralistas, merezco y que me debe ser grato, me desborda el alma un resentimiento de inercia, y estoy cansado, no del trabajo o del reposo, sino de mí

*

Nada lo obligará nunca a hacer nada

de niño será un solitario

no pertenecerá nunca a ningún grupo

no pertenecerá nunca a una multitud

*

La mañana del campo existe

La mañana de la ciudad promete

La una hace vivir

La otra hace pensar

Y yo sentiré siempre

que más vale pensar que vivir


foto-leo-lobosLeonardo Lobos Lagos nació en Santiago de Chile en 1966. Ha publicado 15 libros de poesía. Su obra ha sido traducida al portugués, búlgaro, inglés, italiano, rumano, japonés, chino, árabe, francés y holandés. Como traductor desde el portugués ha realizado versiones en castellano de autores como Roberto Piva, Hilda Hilst, Claudio Willer, Tanussi Cardoso, Paulo Leminski y del escritor portugués Fernando Pessoa. En 2003 recibe la beca artística del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes del Ministerio de Educación de Chile, y en 2008, la beca de creación para escritores profesionales del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile. Recibe el año 2018 un homenaje en la Universidad San Marcos de Lima en el marco de Festival Primavera Poética de Lima, por su aporte a la literatura latinoamericana y el Premio Mayor Yolanda Hurtado por sus méritos y aportes culturales en la ciudad de Santiago. Corresponsal en Chile de la Revista Archipiélago.

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