Oración para la piedra de la mesa (y otros poemas)

Oración para la piedra de la mesa (y otros poemas)

Oración para la piedra de la mesa

Piedra de la mesa
con salteadas estrellas
de mica de los ríos
bajo el sol:
consuélame.

*

Piedra de la mesa
que mi alma
repasa
como frente a un espejo:
¿hay consuelo?

*

Piedra de la mesa
más pacífica
que el río y que los árboles:
acógeme.

*

Piedra turbia
sobre la que escribo una palabra
sin sujetarme, aún,
a tu silencio.

*

Piedra dulce
en la que se fijan
las piedras de mis ojos
como anclas.

*

El viento se mueve.
Mi corazón se mueve
pero ansía ser como la piedra
constelada
que sostiene mis brazos
mientras mis brazos
sostienen mi frente.

*

Piedra de la mesa
perfumada en verano
por partículas de sal.
Demasiado dura
para estar con otros.
Demasiado vieja
para no callar.

*

Piedra de la mesa
dulce como un muerto:
hace mucho tiempo
no miro mis manos.

*

Piedra de la mesa:
olvida mis palabras.
Seres amados:
olviden mis palabras.
Campanas de la catedral:
escriban
sobre mis palabras.
Caireles de la florería:
eleven sus palabras
por mi niña.

-Pájaros:
busquen el agua.
Es domingo.-

[Poema del libro inédito Lavar a la madre, que aparecerá este año por Editorial Buena Vista, Córdoba, Argentina]

El maestro de tai chi (fragmento)

1

Dice el maestro
que si dispongo el corazón
para transcurrir cada jornada
como si el cuerpo ya estuviese muerto
podré concebir la libertad.

*

Regreso a casa.
Atiendo mi frágil organismo.
Lo nutro
con vegetales poderosos.
Por más que ya no río
y ya no lloro
procuro, a diario,
estirar mis músculos.

*

Es acuciante
elegir entre vivir o morir,
dice el maestro.

*

Pero es verano.

Tremolan, invisibles,
las cigarras.
Una vez encontré una
entre la arena.
No parecía
dispuesta a morir
aquella tarde.

*

Dice el maestro:
una cigarra
puede vibrar intensamente
hasta morir.

2

Tarde de enero.
Enjuago mi ropa y mi vajilla.
El agua viene tibia.
Es un mal día.
Hace diez años
perdimos un bebé.

*

-Si cocino cebolla
mis fluidos son dulces
y mi piel se vuelve
más sedosa.-

*

Hay sitios donde guardan una piedra
por cada ser perdido. Una piedra
por alguien no nacido
es demasiado sólida, quizás.
Podría procurarme una ligera,
que hubiera sido alisada por el agua.

*

-Con un ancho cuchillo cebollero
rebano mi repollo colorado.
Abro sus fibras blancas y violetas.
Cuando las mojo el agua se azuleja.
Cae la tarde. Lenta. Encapotada.-

*

Así escribió el guerrero apuñalado:
si no supiera que me encuentro muerto
lamentaría perder la vida hoy.

3

Somos menores que una piedra.
De ahí que elijamos una piedra
para señalar las sepulturas.

*

-Sobre la hierba seca corre mejor el viento.
Sobre las grandes extensiones de hielo
es sólido el silencio.
Sobre la piedra
reverbera el sol de la estación
y guarda el frío
el paraje umbrío
en su interior.-

*

En medio de una gran catástrofe
la complexión del tiempo
se revela.
Provisoria, siempre,
hasta el final.

-¿Es distinta la vida cualquiera
a la de un prisionero de batalla?-

[Poemas del libro inédito Cuadernos de Lolog, que aparecerá en abril de este año por Postales Japonesas Editora, Córdoba, Argentina]

La eufórica luz de los membrillos

1

Alcancé tu mano por primera vez
como una niña
tocaría un membrillo entre las ramas.
Cítrica, cruda,
era la ofrenda de tu mano muda.

2

Porque esa noche pude tocar tu mano
hoy que vuelve la escarcha
yo me amparo
en la eufórica luz de los membrillos.

3

Quiero abrazar un arpa y que sus cuerdas
dejen caer las voces de los pájaros
que merodean el árbol de membrillos.

4

-Y si un membrillo por azar se cae
podré mirarlo como miré tu mano:
aquella dulce materia sobrehumana.-

5

Existe una manera limpia
en cada gesto de tus manos finas.
Miro con pena como el aire oxida
la carne dura del membrillo roto.

6

Tarde de octubre. Fascinada
-bajo el lapacho que arrasó el granizo-
en una oración por el membrillo
repito el fragor del amarillo.

[Poema del libro Un cardo ruso – Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2016]

 

Unas láminas de sarro se desprenden
y golpean las paredes de mi jarra.

Pienso en brillantes filamentos de mica
ocultos en la arena de los ríos.

Pienso en las mangas mojadas
que los poetas chinos
prefieren nombrar para no hablar
de sus lágrimas.

[Poema del libro Gibraltar – Dínamo Poético Editorial, Córdoba, Argentina, 2015]

Canción de cuna
para Isabella

Escuché los latidos en el vientre de mi hermana.
Fueron corcheas, apenas: do, do, do.

Afuera ya se dormían los tordos entre los álamos.
Dormía el calor de mayo. Pero nuestra sangre no.

Un silencio rodó lento, como ruedan los destinos.
Rodó como rueda un canto: sol, sol, sol.

[Poema del libro Klimt – Suburbia Ediciones, Gijón, España, 2015 / Club Hem Editores, La Plata, Argentina, 2015]

Carina Sedevich nació en Santa Fe en 1972 y reside en Villa María, Córdoba. Ha publicado los libros La violencia de los nombres (Ediciones Fe de Ratas, Santa Fe, 1998), Nosotros No (Lítote Ediciones, Santa Fe, 2000), Cosas dentro de otra cosa (Lítote Ediciones, Santa Fe, 2000), Como segando un cariño oscuro (Llanto de Mudo Ediciones, Córdoba, 2012, con reedición en España), Incombustible (Alción Editora, Córdoba, 2013, con reedición en España),  Escribió Dickinson (Alción Editora, Córdoba, 2014), Klimt (Suburbia Ediciones, Gijón, España y Club Hem Editores, La Plata, Argentina, ambos en 2015), Gibraltar (Dínamo Poético Editorial, Córdoba, 2015) y Un cardo ruso (Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2016). En 2017 aparecerán Cuadernos de Lolog (Postales Japonesas Editora, Córdoba) y Lavar a la madre (Editorial Buena Vista, Córdoba). Parte de su obra ha sido editada en antologías y publicaciones literarias de diversos países y traducida al italiano, al portugués y al mallorquín. Es licenciada en comunicación, especialista en semiótica, maestra en ceremonial y profesora de yoga.

Lisandro González

Lisandro González

Antología de uno de los poetas rosarinos más significativos de su generación

REALIDADES

Hoy es el día
en que sueltan los trenes
sobre la llanura.
¿Y en las esquinas?
¿Un fragor?
transcurre sobre el silencio
sin sobresaltos.
Todo sucede como si flotara.
Y alguien que ha soñado anoche
se suelta del último
viaje.

(De “Esta música abanica cualquier corazón”)

DE REFILÓN

En el velorio de la tarde
cae una rodaja, se corta un péndulo.
Alguien
en el último espejo
escribe. Tersos baldíos.
Todo sucede
en el pequeño tamaño de las horas.
Hasta brotan cigarrillos
en rosas de cobre.
Umbrales alambran
otras memorias.
Y un tango. Cuelga
de una pieza con aliento a polvo.
Y el cielo, que deja de lado
algunas nubes.

(De “Esta música abanica cualquier corazón”)

SEDUCCIÓN

Rosario abre su escote:
lo recibe una cantera
donde los parroquianos
pulen diamantes
en las cervezas.

Esta ciudad no es fácil:
las memorias
aparecen
en los pocillos mal lavados,
en los cabellos de un río.

(De “Esta música abanica cualquier corazón”)

CONVOCATORIO NÚMERO

Se llaman los cadáveres
entre sí.
Los racimos de uvas azules,
los racimos de huesos.
Son elementos, tribulaciones
que preceden a tus manos.

La tibia transición
entre un beso, el llanto,
el estuche vacío del corazón.

Las calles sólo se serenan
al estallarnos la cabeza.
Y la ciudad es eso:
una casa sin techo.

(De “Esta música abanica cualquier corazón”)

DIFÍCIL DETENER EL DÍA

Atardecía.
Como otras veces,
como demasiadas veces.
Nada parecía poder detener
este sol.
Ya sólo resta
un ciego sonido de lumbres.
La boca del cielo
se cierra
y solo, un rastrojo de las sombras.
El encrespado batido de luces
se pierde
en un atardecer violeta.
Esta música
abanica
cualquier corazón.

(De “Esta música abanica cualquier corazón”)

ÍCARO

Estrangulás el balcón
con sus propios
b a r r o t e s
pero esperás
para volar

los días nublados.

(De “Leña del árbol erguido”)

NEBLINA

Aprendiz de estrellas
te embriagás
con el alcohol espumoso
abundante en las mañanas frías
hasta que el bisturí del sol
quiebra tu copa.

(De “Leña del árbol erguido”)

CANCIÓN SEDOSA

Las estrellas nunca muestran su soledad
de años luz
y hoy es una de esas noches,
suficiente para la compasión.

La apariencia vuelve las cosas tangibles.

(De “Leña del árbol erguido”)

POETI-K

El poeta
presencia el mar
“Acabo de encender
el arte
pero el agua del mar
se cansa de mis versos
y quiere una garganta
-además,
cada mar
tiene su ritmo
y no soy
tan brillante.-”

El poeta
y el mar
se despiden
y vuelven
a cotidianos asuntos.

(De “Leña del árbol erguido”)

DEGRADACIÓN

La luna se arqueaba
cuando le tocábamos la punta.

Su movimiento
era éxtasis, locura.

Pero un día
no dejó que la volviéramos a tocar.

Ahora la luna,
estrellas
son simples elementos decorativos.

(De “Leña del árbol erguido”)

I

el dardo
da al centro de la noche
bola blanca sobre bola negra
un papel se quema
y el cigarrillo es la metáfora

hay partes de la ciudad
donde el agua del tiempo
pesa diferente

(De “Hobbies de hotel”)

IV

las estrellas de carne
se cuelan por las rejillas
del cielo

nada sencillo
discutir sobre el sexo de la noche
cuando los animales hambrientos
rodean el hotel

(De “Hobbies de hotel”)

VOLVIENDO LENTO DE LA DERROTA

el triste huésped de la mañana
te llama
el sigilo
brota en los corredores de la sal
y brillan
dos o tres placas de la luna abandonadas
tus manos
dos arlequines mudos
y tus botas
han perdido
la templanza y el color

(De “Hobbies de hotel”)

NI LA PIEDAD, NI EL OTOÑO

golpea el azar
y el verano observa
los corazones:
sólo dos músculos
que no merecen
ni la piedad ni el otoño

(De “Hobbies de hotel”)

POEMA

un chico
confunde a
poe con
conan doyle
pues ha visto
a holmes
caminar con un mono

pretexto suficiente
para
más tarde
escribir cosas
que disgustarán
a edgar,
arthur,
sherlock
pero que el mono
tal vez lea
con gusto

(De “Hobbies de hotel”)

EL HOMBRE VOLVIÓ AL BAR
el hombre vuelve al bar
en busca de su paraguas

al llegar
encuentra algo de gente
escuchando leer a un poeta

el poeta dice
cosas sobre el don del agua líquida
la escarcha sobre el verde
el rostro de las morenas,
y le señala una mesa
al hombre

el hombre entonces
encuentra su paraguas
en la mesa
y deja el bar
en el momento
en que la lluvia se desvanece

algo confundido
por la poesía
(De “Intervalo lúcido”)

EL JUEZ DE LA PUREZA

en aquellos días
nuestra sed era de lluvia
-el río salado
nos quemaba la garganta-
usábamos el techo
como un embudo gigantesco.
en el ritual
debía yo acercar el vasito
y esperar que el color del agua
dijera “bébanme ya”
entonces dirigíamos
el dulce fluido hacia el aljibe
-algunos vecinos
dejaban sapos
para que comieran los posibles
insectos-.
todo hasta
que el tajo del cielo
se apiadara nuevamente
o el líquido vagón de un tren
se compadeciera.
años más tarde,
tendría una más pacífica pero indiferente
relación con un río marrón,
y no sería ya
el juez de la pureza

(De “Intervalo lúcido”)

NÍSPEROS

un árbol de nísperos
plantó un vecino
en la tierra suave de tu infancia
para que diera sombra
a las noches del mundo
para que me diera sombra

(De “Intervalo lúcido”)

NOTA ENCONTRADA EN UN PORTERO

por favor
limpiá bien la vajilla
no siempre el tiempo
hace proezas
con la grasa y el dolor

no ocultés la tierra
y el llanto en la alfombra:
un día vas a caminar sobre barro

la ortografía cotidiana
no se corrige sola

(De “Intervalo lúcido”)

FINAL TRISTE DE PELÍCULA

él se casaba
ella juntó más tarde cada grano
de arroz
y los lavó
los secó
sobre un pañuelo bordado
los cocinó
ya sin lágrimas
con agua de flores

(De “Intervalo lúcido”)

OCHO (PARADO EN EL MUELLE)

un pez fuera del agua
se pregunta por la altura de los edificios
por ese extraño color azul celeste
de la muerte posible
-las aves recortan
ese gelatinoso panorama
hasta que la mano del pescador
lo vuelve al agua-
¿será “otro” ese pez
que palpó otra muerte
diferente
a la que le espera
una o dos horas más tarde
en la boca de un pez mayor?
¿será entonces pez muerto,
comido
pero no “pescado”?

¿o será
ese par de horas
otra forma de salvación?
(De “Intervalo lúcido”)

METÓDICO

arranca las flores
de la vigilia
sólo para ver las raíces del sueño

arranca los tapones a todos los ríos
y con los cauces ya semivacíos
da con los objetos extraviados

(De “Los cauces vacíos”)

EN UN GÜEMES

terneros surreales
tocan con pinzas de langosta
delgadas capas de la muerte

pequeñas garras del paisaje
sueltan la mano de fuego
que más tarde abollará todo

(De “Los cauces vacíos”)

2 – otra vez la muerte insaciable

Elliott Smith prueba algo de la muerte
pero en realidad él hace otra cosa
siente dentro cuál sería la suerte
como si todos perdieran la rosa.

Es un hombre con la mirada fuerte
pero Smith siente miedo de una fosa
donde vuela gris un pájaro inerte
y por las noches su corazón roza.

Entonces Elliott abre la coraza
para que el pájaro asome su boca
y coloca la sangre en una taza;

y así es que se disuelve de la roca
se vuelve canción triste con la maza
mientras Elliott todo pájaro toca.

(De “Los cauces vacíos”)

MIENTRAS SE JUNTAN TELARAÑAS

hay que cambiar estos muebles
los colores las formas

el espacio cotidiano alguna vez se harta
algunos artefactos también

pero quién desempolva
el disco de spinetta con el infierno inflacionario?

quién abre las sábanas de la cama nueva
donde nadie concilia el sueño?

hay que cambiar los muebles
pasar de un extremo a otro

(De “Los cauces vacíos”)

ROCK SINFÓNICO

tardes adolescentes
la música será un ancla

que se arroja
a tu interior

flotan un caballero
y un bufón

en esas aguas pesadas
de peces de plomo

y sirenas
tremendamente esquivas

(De “Los cauces vacíos”)

¿y para quién será lo que has amontonado?

Lucas, 12-20

la última cosecha
pone en la diyuntiva
de seguir ocupándose en acumular ganancias
o dar el campo en alquiler
y dedicarse sólo a descansar, sí
pero sobre todo a disfrutar
los beneficios de una vida de beneficios
éstos y no otros pensamientos ocupan la cabeza
del conductor de la 4 x 4
que a 160
toma con cierta displicencia la curva
que lo toma, lo vuelve carne entre hierro retorcido
chamusca esa disyuntiva de prosperidad más o menos cómoda
los graneros repletos, pero de sangre
y la misma disyuntiva del ángel
en susurrarle
durante la curva
algo

un acto de contrición da a un alma la salvación

Graham Green; Brihgton, Parque de diversiones.

(De “Fin zona urbana” – Antología de poetas rosarinos)

conocés ya
la incipiente melodía de las cosas?
a la mañana dormís
resolviendo el fragor del mundo
angelicalmente

girasoles
ondean tu frente
niña
zona del
alba
libera sutilmente
en el mediodía
zumo de tus frutas florecidas

paulina
atisba el mundo

hasta ahora en su dulce
cosmos de agua presocrática
sólo comprende las cosas
por su ritmo
y la felicidad
que la cuna del vientre mece

pronto el viento le traerá
a su rostro
la maldad pero la bondad de la gente
y se empezará a llenar
el corazón de música
para aquellas noches
de bares cerrados

¿Dónde irá con esos poemas
mordiéndole los talones
-sacudiendo los pies

para que no estorben,
no piense ni lo que pasó
ni lo que pudo-?

Sí, desde la altura
se observa esa mujer
que huye de poemas

escritos no por mano del hombre que la amó
y ensayó versos
en el fragor del amor o desaliento

si no de sus poemas propios.
Raras criaturas
crecidas del musgo del horror.

(Anna Ajmátova corre por calle Italia…)

Lisandro González nació el 14 de marzo de 1973 en la ciudad de Resistencia, provincia del Chaco, Argentina. Reside desde los cinco meses de vida en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Es abogado. Colabora con textos y comentarios de libros en revistas y suplementos literarios de Rosario, Santa Fe, Uruguay y México. Poemas suyos han sido traducidos al portugués. Publicó, entre otros, Esta música abanica cualquier corazón (1994), Leña del árbol erguido (2000) y Hobbies de hotel (2004).

Oración para la piedra de la mesa (y otros poemas)

Una muestra de poesía boliviana

Texto introductorio y selección de Gabriel Chávez Casazola

Estrellas en el agua: descubriendo la poesía boliviana

Un signo de interrogación. Un signo que guarda un enigma a su vez escondido entre montañas. Así suele verse a la poesía boliviana desde fuera. Y aun esto es un decir, pues casi no se la ve. O no se la ve en absoluto, pese a que Bolivia tiene una rica, fecunda –y sobre todo vital- tradición poética. Y pese a que las montañas andinas son solo la porción occidental de un vasto territorio de valles y selvas, que desciende al naciente con los ríos (y el idioma) abiertos.

Para que nuestra poesía se encuentre invisibilizada conspiran varios factores: un pequeño mercado editorial; ausencia de publicaciones (libros, revistas, portales) con alcance internacional; escasos canales, flujos y contactos con autores, críticos, editores, traductores y divulgadores de otras naciones; falta de apoyo estatal. Pero, sobre todo, en el trasfondo, planea una suerte de enfermedad nacional que aqueja también a muchos poetas: la mediterraneidad espiritual.

Ésta consiste en creer, en los niveles subconscientes, que la ausencia de una salida al mar, a un mar arrebatado, encerró a los bolivianos, condenándonos a una suerte de confinamiento más allá (o más acá) de lo geográfico, tan determinante que de él no pueden escapar ni las palabras. Mucho hay de victimismo –y de ignorancia de la propia condición amazónica y platense del país- en esta mirada, en este mito que nos deja suponer que existen grandes barreras para la difusión internacional de nuestras creaciones y para el conocimiento de las creaciones de artistas y escritores de otros países.

En el caso de la poesía boliviana, este aislamiento perceptual se tradujo, durante varias décadas, en insularidad y asincronía. Una insularidad mediterránea, si tal cosa cabe, atribuible, en términos prácticos, al hecho de no existir un libre flujo de influjos, pues se tendía a leer poco a poetas de otras latitudes, a viajar poco los poetas y sobre todo a dejarse estar, sintiendo cierto recelo del mundo y de las propias capacidades, lo que muchas veces devenía ensimismamiento, umbilicalismo; aunque otras pocas veces, por fortuna, se concretaba en el surgimiento de poetas insulares dotados de una valiosa originalidad y una gran potencia creativa, crecidas a las márgenes de otras poéticas, constituyendo una suerte de periferia central del continente.

 

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