by Claudio Medin | 23 \23\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \23\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Entrevista, Notas
Julieta Pinasco, lectora y editora de textos infantiles y juveniles para distintas editoriales, responde el cuestionario “Detrás de página”.
Una pregunta que suele surgirles a los lectores acerca de los autores que leen, es cómo habrá sido su primera relación con la literatura, su inmersión en el universo literario. Porque no siempre se nace en casa de lectores. En tu caso, ¿cómo empezó tu relación con los libros?, ¿en la propia casa, en la escuela, en una biblioteca popular…?
Empezó en mi propia casa. Mis padres eran lectores y había una biblioteca muy grande. De los tres hijos, solo yo –la mayor– soy lectora. La lectura tenía un valor en mi hogar y en una familia bastante “infeliz” los libros suplieron el afecto y la contención de los adultos en mi vida de niña.
Y con respecto a la tarea concreta de la edición, ¿cómo se inició? ¿Hubo algún maestro en tu camino como editor? Y si no hubo alguno de carne y hueso, ¿algún autor que consideres fundamental?
Casualmente, tuve que editar algunas cosas para Santillana y luego fue sucediendo. No tuve ningún maestro. Ni bibliografía. Estudié Letras, no Edición.
¿Qué esperás encontrar al leer originales? Es decir, ¿ante qué cuestiones te solés detener para decir: este libro lo vale, hay que editarlo? ¿O no hay, nunca, recetas?
Leo originales de literatura para chicos o jóvenes; y libros de Lengua. En el primer caso evalúo la originalidad de la propuesta, el manejo de la lengua, la estructura narrativa, la pertinencia de los narradores. Para mí un libro sirve cuando me olvido de que es para “chicos”. En el segundo caso, tengo en cuenta que todo lo que se pide que los alumnos hagan se haya enseñado, que no haya errores conceptuales ni metodológicos y, sobre todo, que las consignas sean claras y que el pibe no se pregunte qué le están pidiendo que haga.
Hay autores que atribuyen sus inicios en la escritura a que, al leer ciertas historias, se quedaban de algún modo disconformes con lo que habían leído, entonces escribían para enmendar eso, para cambiar finales, para hacer su versión “mejorada” o propia de ciertas obras. ¿Esa especie de sensibilidad u olfato es imprescindible en el caso de un editor?
Yo no creo eso de que una empieza a escribir para mejorar lo que escribieron otros. Yo escribo porque necesito, antes que nada, decirme a mí misma ciertas cosas. La escritura ha ordenado mi vida en cierto modo, me ha dado pausas, aceleraciones y algún tipo de claridad. Empecé a escribir por eso: para mí. Después estuvieron los otros a los que –parece– ayuda mi modo de ver la realidad, mi manera de construir historias.
Eso con respecto a la escritura, la tarea de un editor es otra. Y debe respetar al autor. Sugerir mejoras sin olvidar que no es el autor. Es casi una negociación de partes.
¿Qué es editar, para vos? ¿Un trabajo, una adicción, un instinto, un pasatiempo, un arte, un talento?
Un trabajo. No es lo que más me gusta en la vida. Prefiero leer y escribir.
En un libro sobre edición hay un epígrafe de Thomas Fuller que dice: “La cultura ha progresado gracias principalmente a los libros que han producido pérdidas a sus editores”. ¿Qué pensás sobre esto?
Es una generalización. Lope de Vega fue un escritor exitoso y cambió el teatro universal. No creo que la vara de la cultura –habría que discutir incluso qué se entiende por cultura– pase por una cuestión de mercado editorial y ventas. Por poner un ejemplo claro de otro arte: ¿acaso Van Gogh hizo progresar la pintura y Picasso no?
¿Entrás en conflicto a veces con el deseo de imponer tu propio estilo a la obra que estás leyendo, y alterar la voz del autor, o nunca se mezclan los roles?
No, no entro en conflicto. Mi estilo lo guardo para mis textos. Siempre sugiero, incluso cuando edito libros de aula. Y he aprendido a morigerar la lengua escrita para que sea amable y generosa.
El oficio de editar, como el de corregir, es invisible. Los lectores muchas veces desconocen todo lo que sucede con los textos antes de que el libro llegue a sus manos. Pero acá queremos saber, si es que se puede: ¿cuál fue el trabajo más arduo que has encarado hasta el momento, en cuanto a la edición de un texto? ¿Y el más placentero?
Los trabajos más arduos son aquellos en que el libro de texto tiene errores conceptuales o metodológicos y debés corregirlos con sutileza; o aquellos textos que ingresaron y no van ni para adelante ni para atrás. El trabajo arduo es con el ser humano al que debés comunicarle esto, sin frustrarlo. El placentero es cuando el libro marcha y tenés ganas de abrazar al autor.
¿Cómo ves el mundo editorial en la Argentina hoy, con las políticas económicas impulsadas por el gobierno actual?
En crisis. Con muchas probabilidades de que solo sobrevivan los grandes emporios editoriales.
¿Cómo te llevás con los libros digitales? ¿Te parecen un complemento, un estorbo, algo pasajero, dentro de la industria editorial?
En lo personal me llevo bien. Me resulta cómodo leer un ebook. No soy una fundamentalista del libro de papel ni del digital. Ni siquiera soy una fundamentalista de la lectura. Creo que los seres humanos no son mejores porque leen. Yo no escucho música, por ejemplo, y voy lo más campante por la vida. La lectura, desde la más temprana escolaridad, tiene una carga muy pesada que aleja más que acerca. Coordino el área de Lengua de una escuela muy grande. En la escuela se lee, obviamente; pero las razones por las que un chico se hace lector son enteramente misteriosas para mí. Y me alegra que sea así porque nada me gusta más que comprobar que los milagros se hacen reales y algunos chicos se transforman en lectores.
Julieta Pinasco es profesora de enseñanza media y superior en Letras modernas (UBA). Postgrado en Lengua, literatura y comunicación (FLACSO). Ha obtenido el Primer Premio de Poesía, Primera Bienal de Arte Joven de la Ciudad de Buenos Aires, el Primer Premio de Narrativa, Fundación El Libro y ALIJA y el Primer Premio de Narrativa en el Concurso Pilar Paz Pasamar, Jerez de la Frontera, España. Autora de libros de Lengua y Literatura y de guías didácticas en Argentina y América Latina; escritora y editora de las editoriales Santillana, Alfaguara y SM; lectora de selección para Alfaguara y Random House Mondadori; jurado de preselección de concursos literarios juveniles para Santillana, Unión Latina y el Ministerio de Educación de la Nación; coordinadora en diversos proyectos de capacitación y promoción de la lectura; coordinadora de Escuela Intermedia, Colegio Tarbut; asesora pedagógica de Lengua de MacMillan Editores; escritora para Loqueleo, Santillana, Argentina.
by Claudio Medin | 17 \17\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \17\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía, Sin categoría
Presentamos una selección de poemas de Luis Comis (nacido en Buenos Aires en 1971, radicado en Ushuaia, Tierra del Fuego, desde 1990).
De Lloviznan (edición del autor, 2017):
escribo en el silencio
en el compás de las agujas
que aturden al tiempo
***
no volverás quizás
pero este poema
estaba escrito
antes que tu ausencia
***
pienso en los poemas
que no he dicho
en ellos radica el asombro
de la ausencia
***
la lluvia es siempre vida/
hasta la muerte se moja los pies
***
un pájaro es una jaula nevada
en él habita el viento del sur
le abriré el pecho hasta que
aprenda a volar
***
La tensión
no está en el arco,
ni en la cinta elástica, ni
en el instinto entre vivir
o morir de la presa,
ni en la certeza aguda del arquero.
La tensión está
en creer que existe.
(Inéditos)
A la sombra del fagot
Hay dos mujeres sentadas en la noche:
Una juega con un dedo en las aguas del abismo;
la otra enreda palabras en los rizos del viento.
A la sombra de un fagot destella el silencio atardecer del puerto.
El acorde dibuja con letras de carbón una desnudez.
La pobreza se sujeta al lienzo del artista que ejecutará el ritmo.
***
Sakura
Un pájaro canta
la desnudez del invierno…
A la sombra de la flor
las nubes rosadas.
La fugacidad de lo eterno.
***
La gota de rocío se abre para medir la soledad
de la otra orilla del mundo…
Cae liviana sobre el lomo de una rana
que se sumerge por debajo de la llovizna de abril
y entra al resplandor que ha dejado la noche y el relámpago,
acumulada en las esporas de viento y en las alas de la mariposa azul…
Una niña juega en el silencio que hay entre el colibrí y la verbena…
Nada será más liviano que el fluir armónico de tus manos y la maleza.
***
“el pajarístico es una lengua transparente y sin palabras”
Juan Luis Martínez
el plumaje de los pájaros
lleva el sonido mudo de la nieve
pero no el canto de los pájaros
en sus picos trasladan el sonido
sordo de los árboles que han caído
bosque adentro
pero no el chillido de sus pichones hambrientos
en sus ojos cargan la memoria
de los niños que comen el pan de los pobres
pero no las migajas que alimentan
sus días de invierno de poca liga
en sus patitas sujetan al mundo que grita
cargado de genterío
pero no las raspaduras del ñire
que le brinda generoso la larvalimento
los pájaros son puro silencio
que cantan en las pausas del viento
llueven pájaros en cada otoño perdido
en las sombras de la noche
un gato aguarda sigiloso
para dar el zarpazo
en la nada misma
donde anida el plumaje de los pájaros
Luis Comis (Capital Federal, 1971) reside en la ciudad de Ushuaia, Tierra del Fuego, desde 1990. Es escritor y coordinador de talleres y cafés literarios. Publicó: Suaves palabras del alma (2000) Caricias para el amor (2001) Cuidemos nuestra salud (2002) Azul oscuro (2003) Contemplares (2005) Adónde van los niños (2007) Sombras de la memoria (2008) La intemperie (2010) Poemas del mientras tanto (2013) y lloviznan (2017). Participa en más de 30 antologías en España, México, Colombia y Venezuela y ha obtenido algunos reconocimientos en el ámbito nacional e internacional tanto en prosa como en poesía.
© Fotografía: Paulo Lezcano.
by Claudio Medin | 13 \13\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \13\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Narrativa
Presentamos un cuento breve y dos historias del maestro Javier Villafañe, con selección a cargo de su hijo Juano Villafañe: “El chingolo” y “El gorrión”, pertenecientes al libro “Historias de pájaros” (Emecé, 1957), y el cuento breve “La cucaracha”, del libro homónimo publicado por Hachette en 1967.
La cucaracha
Una vez había un hombre que vivía solo. Era periodista. Trabajaba en un diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche. Cuando terminaba de trabajar salía del diario; caminaba unas cuadras; comía en un restaurante y después iba a un bar a tomar cerveza. Al amanecer regresaba a su casa. En su casa –era un pequeño departamento– no tenía un solo mueble; ni cama tenía, ni una silla en que sentarse. Había unos clavos en la pared en donde colgaba el saco, el pantalón y la camisa. Dormía en el suelo. En invierno o cuando hacía frío se envolvía en una frazada.
Le gustaba tomar cerveza. Todo el día tomaba cerveza: a la mañana, a la tarde, a la noche. Siempre llegaba a su casa con dos o tres botellas de cerveza.
Una madrugada, cuando se acostó en el suelo para dormir, vio a una cucaracha que salía de un agujero del zócalo. La vio caminar, detenerse y acostarse cerca de su cabeza.
Esto pasó varias veces. Una vez, cuando la cucaracha salía del agujero del zócalo, tomó la tapa de una botella de cerveza y la puso a su lado, y allí se acostó la cucaracha.
Al día siguiente el hombre llegó más temprano a su casa. Traía un poco de algodón: lo desmenuzó y le hizo una cama en la tapa de la botella de cerveza para que durmiera la cucaracha.
El hombre se acostó como siempre en el suelo. Vio salir a la cucaracha del agujero del zócalo: caminar y subir para acostarse en la cama que le había hecho en la tapa de la botella de cerveza.
Al otro día el hombre fue a trabajar. Estaba muy contento. Salió del diario. Iba silbando por la calle. Llegó al restaurante, comió, y después fue al bar a tomar cerveza. Se encontró con un amigo y le dijo:
–Ya no estoy solo. Cuando me acuesto, una cucaracha sale de un agujero del zócalo y viene a dormir a mi lado.
El amigo se rió.
–¿Cómo sabés que es la misma cucaracha? –le preguntó–. Tu casa debe estar llena de cucarachas.
–No, la conozco. Es la misma –respondió el hombre.
–¿Serías capaz de hacer una prueba?
–Sí. ¿Qué hago?
–Le arrancás una pata a la cucaracha. La dejás renga. Y si al día siguiente ves a una cucaracha renga que viene a dormir a tu lado, es entonces la misma cucaracha.
El hombre llegó a su casa. Se desvistió. Colgó en los clavos el saco, el pantalón y la camisa. Se acostó. La cucaracha salió del agujero del zócalo. Caminó y cuando iba a subir a la cama para acostarse, el hombre tomó a la cucaracha con el pulgar y el índice de la mano izquierda, y con el pulgar y el índice de la mano derecha, le quebró una pata y se la arrancó. Tiró la pata y puso a la cucaracha en su cama.
La cucaracha durmió: pero el hombre no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Él, tendido en el suelo, y la cucaracha a su lado dormida. Después la vio despertar, caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.
El hombre se levantó, se vistió y salió. Ese día tomó mucha cerveza. Llegó al diario a las seis y media. Trabajó hasta después de medianoche. Fue al restaurante; comió. Fue al bar. Llegó a su casa. Se acostó. Vio salir a una cucaracha renga del agujero del zócalo. La vio llegar, subir y acostarse en la cama de algodón que él le había hecho en la tapa de una botella de cerveza.
Es la misma –se dijo el hombre–. Yo sabía que no estaba solo.
Pero no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Vio cuando se despertó la cucaracha. La vio caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.
A la madrugada siguiente volvió la cucaracha. Llegó caminando lentamente y se acostó al lado del hombre.
El hombre no podía dormir. Miraba dormir a la cucaracha. Estaba desnudo, sentado en el suelo, tomando cerveza. Tomó una botella, dos, tres botellas de cerveza. Sintió el sol en los ojos, la mañana.
La cucaracha se despertó. Bajó de la cama. Caminaba arrastrándose y se metió en el agujero del zócalo.
Y no volvió nunca más.
El chingolo

Tiene la cabeza gris con dibujos negruzcos y un gorro oscuro que termina en un ligero copete, el lomo, las alas y la cola, marrón, gris y canela, una pechera clara con dos botones, el abdomen blancuzco, marrón el pico y las patitas grises.
Camina dando saltitos. Manso y confiado entra en las casas como de visita; se pasea por los jardines y los patios comiendo migas de pan, granos, semillas e insectos y, de paso, suele probar la carne que se orea en las ramas de los árboles o en las vigas de los aleros.
Hace el nido generalmente en el suelo con cerdas y lo recubre con pajas y raíces.
Es alegre y madrugador. Se oye su música al apuntar el día; a veces interrumpe el sueño y canta a la medianoche para anunciar buen tiempo.
Cuando pía insistentemente en la puerta de una casa, avisa, y no se equivoca, que llegarán parientes o una carta con noticias agradables.
El gorrión lo corre de las ciudades y el tordo le da trabajo: le regala los huevos para que se los empolle.
El chingolo era un muchacho rubio y delgado. De tarde paseaba por el pueblo montado en un caballo blanco. No tenía amigos, ni quería tenerlos. Nadie sabía de dónde había venido, ni quiénes eran sus padres. No hablaba con ningún vecino; sólo le conocían la voz por haberlo oído cantar. Eso sí; era buen cantor y buen guitarrero.
–¡Lástima de muchacho –decían algunos viejos aficionados a la música– que sea tan arisco y pendenciero!
Durante el día se lo veía por todas partes con su caballo y su guitarra, cantando. Por los senderos del monte, en los cañaverales, a orillas de los arroyos, en las quebradas y en las lomas. Y al atardecer, cuando se encendía la primera estrella, salía al galope y se perdía en el camino como si huyera de la oscuridad.
Muchos se preguntaban: ¿Dónde vive el muchacho del caballo blanco y de la guitarra? ¿En qué lugar del monte tiene su guarida? ¿Quién se encontró con él durante la noche?
Cierta vez llegó como de costumbre al pueblo. Era una tarde de fiesta. A la sombra de un jacarandá se había formado rueda en torno a un forastero, quien, sentado en una piedra, tocaba la guitarra y cantaba.
El muchacho se detuvo para escucharlo. De pronto se apeó del caballo, se abrió paso entre la gente y cuando llegó al lado del forastero le dijo, desafiándolo:
–¡Cierre ese pico, amigo! ¡Aquí no hay más cantor que yo!
El forastero sonrió y sin hacerle caso siguió cantando.
Entonces el muchacho le arrancó la guitarra, la partió en dos con un golpe de rodilla y la arrojó a los pies del auditorio que, en silencio, retrocedía ensanchando la rueda.
–¡Aquí no hay más cantor que yo! –volvió a repetir.
Se incorporó el forastero. Era inevitable el duelo. Ambos, a un mismo tiempo, desenvainaron los cuchillos. Estaban frente a frente, inmóviles. Los pechos jadeantes y un fuego filoso en las miradas.
El forastero fue el primero en atacar; erró el golpe y encontró la muerte. Cayó al pie del jacarandá, mirando el cielo, enredado en las cuerdas rotas de su guitarra.
–¡Aquí no hay más cantor que yo! –gritó el muchacho del caballo blanco.
Y cuando se disponía a huir, lo detuvieron. Lo engrillaron y lo encerraron en un calabozo. Al día siguiente, al alba, escapó por entre las rejas convertido en un pájaro.
Ésta es la historia del chingolo. Quizá sea verdadera. Porque si lo vemos bien de cerca, observamos que aún lleva puesto un gorro de presidiario y que todavía conserva los grillos que no le permiten andar sino dando saltitos.
Y desde que los gallos despiertan el día hasta las últimas luces de la tarde, vuela por los montes, por los cañaverales, por las orillas de los arroyos, por las quebradas y las lomas, como si anduviera buscando a su caballo blanco y a su guitarra.
Y aquellos que saben interpretar el lenguaje de los pájaros, dicen que el chingolo pide en su canto que le quiten los grillos y el gorro de presidiario. Y aseguran –yo lo creo– que por eso canta.
Otros nombres populares: en la Argentina, chincol, chuschin, cachilo, cachilito, coludo, iquincho, icacú, vichú, afrecherito, bitiche, cabeza atada, chisca, joyerito, icancho, ppachiuschis; en el Uruguay, chingolo, tico-tico; en Bolivia, pfichitanca, gorrión, huaichu, hortelano, tres pesos; en el Perú, gorrión, pfichitanca, tanca, pichinchurro, pichurro, pichirro, pichiusa, pichuchanca; los guaraníes, nanimbé.
El gorrión

Sus abuelos vinieron de lejos, en barco. Los trajo en una jaula un cervecero suizo-alemán, un tal Biekert. En la aduana, para desembarcarlos –eran varias parejas con algunos pichones nacidos en alta mar– le exigían el pago de un arancel. Al cervecero le pareció ridícula la suma pedida. No quiso discutir. Soltó los pájaros y dijo:
–Todos juntos no valen un cobre. Que regresen a Europa si quieren.
Y bajó del barco con la jaula vacía.
Este episodio ocurrió en el puerto de Buenos Aires en el año 1871.
Los gorriones, libres, volaron sobre el río de la Plata. Desde el aire vieron unos arbolitos verdes en la ribera, unas casas con los frentes pintados de rosa, unos nidos de hornero, unas carretas en fila, el campanario de un templo y una veleta girando.
Les gustó la ciudad y descendieron. Cuando picotearon los primeros granos caídos en la arena ya tenían cara de ciudadanía.
Entraron al país sin pagar derecho de aduana. ¿Qué iban a pagar estos pillos que saben burlarse de las tramperas y esquivar los hondazos, que duermen y anidas en los bolsillos de los espantapájaros y caminan por las calles con el andar insolente del orillero!
En Buenos Aire tuvieron sus hijos, sus nietos; en pocos años –se pueden contar con los dedos–, se desparramaron a lo largo de toda la República, de norte a sur, de este a oeste, como el territorio les fue quedando chico invadieron los países vecinos.
Aplicaron la ley del más fuerte y expulsaron de la ciudad, corriéndolos al campo, al chingolo, a la ratona, al misto.
Gordos, panzones, comen con la misma avidez todo lo que tienen al alcance del pico, ya sean grandes insectos, frutas o carne. Para ellos el comer no ocupa lugar; ésa es su filosofía.
¿Cantar? ¿Para qué? Saben que el pájaro cantor tienta a la jaula, y para entenderse les basta y sobra con las dos o tres notas de su destemplada música, que se extiende y dulcifica cuando el macho enamorado llama a su hembra.
Hacen nido en las cornisas, en los huecos de las paredes, en los tejados, en los árboles, o sin pedir permiso se instalan en el de otras aves y ponen unos huevos de color blanco con manchas castañas.
Tienen sus apologistas y sus detractores. La opinión pública está dividida en gorrionistas y chingolistas.
Para los primeros, son pájaros útiles por la cantidad fabulosa de insectos que devoran (se calcula que una sola pareja llega a comer en un año más de doscientos mil insectos) y los protegen poniéndolos en los árboles y en los techos de las casas –como tienen en París y en Londres– cajitas de madera para que puedan vivir y anidar. En cambio, otros –lógicamente los chingolistas– los acusan de inútiles, malos cantores y dañinos, y piden su cabeza por los perjuicios que ocasionan con los frutales y cosechas. Ellos fueron los que organizaron en la provincia de Mendoza, en el año 1937, con el pretexto de defender los viñedos, una campaña para exterminar al gorrión, y durante una semana, del 9 al 14 de agosto, desparramaron granos envenenados por los campos y en los paseos públicos, que los gorriones o pásulas, como también se les llama, apenas si los probaron.
Eduardo L. Holmberg, en Aves libres en el Jardín Zoológico de Buenos Ayres (Revista del Jardín Zoológico, año 1893), trata al gorrión de entremetido y sinvergüenza, y por los grandes daños que causa pide la guerra a muerte a este gringo intruso “cuyo canto no vale un centavo”, que desalojó al criollo chingolo, y es tan desfachatado –son sus palabras– que en las calles de la ciudad hasta se mete por debajo de los carruajes. Y recuerda el caso de un cura que veía con gran dolor cómo los gorriones le devoraban el granero; entonces, para ahuyentarlos, hizo un espantapájaros con un viejo levitón y un sombrero raído. Lo dejó de guardia en el medio del granero y se marchó seguro de que los gorriones iban a asustarse y huir al ver a ese extraño e inmóvil caballero. Al poco tiempo apareció el cura, encontró el granero sin granos y halló en los pliegues del levitón y en las alas del sombrero varios huevos de gorriones.
¡Guerra pues, al gorrión! –termina diciendo Holmberg. ¡A la sartén los pichones! ¡Abajo los intrusos inútiles e hipócritas que hacen sus nidos hasta en los faldones del viejo levitón del buen cura!”.

Javier Villafañe en los Bosques de Mérida (Venezuela) transportando un pack de cervezas.
Javier Villafañe (Buenos Aires, 1909-1996). Fue poeta, escritor y, desde muy pequeño, titiritero. Con su carreta La Andariega viajó por Argentina y varios países americanos realizando funciones de títeres. En 1967, su libro Don Juan el Zorro es objetado y retirado de circulación por la dictadura militar imperante en Argentina. Villafañe decidió entonces abandonar el país y radicarse en Venezuela donde, trabajando para la Universidad de Los Andes, fundó un Taller de Títeres para formar artistas de esa disciplina. En 1978, con el auspicio del gobierno venezolano, repitió su experiencia trashumante en el Viejo Continente: con un teatro ambulante recorrió el camino de Don Quijote a través de La Mancha, en España. En 1984 retornó a la Argentina. Fue autor, entre muchos otros libros, de Los sueños del sapo (Hachette), Historias de pájaros (Emecé), Circulen, caballeros, circulen (Hachette), Cuentos y títeres (Colihue), El caballo celoso (Espasa-Calpe), El hombre que quería adivinarle la edad al diablo (Sudamericana), El Gallo Pinto (Hachette), Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote (Seix Barral), y el libro póstumo Hay que regar antes que llueva (el suri porfiado).
©Fotografías:
Del chingolo (original): Carlos Bo.
Del gorrión (original): Francisco Pérez.
Fotografía de Javier Villafañe: cortesía de Juano Villafañe.
by Claudio Medin | 9 \09\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \09\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Entrevista, Notas
Con el año nuevo estrenamos una nueva sección: “Detrás de página”, con una serie de preguntas hechas a distintos editores y editoras acerca de sus experiencias en torno a la edición y el universo de los libros.
Seguimos con el editor, escritor y traductor Eric Schierloh, a cargo de la editorial Barba de Abejas.
Una pregunta que suele aparecer en los lectores acerca de los autores que leen es cómo habrá sido su primera relación con la literatura, su inmersión en el universo literario. Porque no siempre se nace en casa de lectores. En tu caso, ¿cómo empezó tu relación con los libros?, ¿en la propia casa, en la escuela, en una biblioteca popular?
En la casa donde crecí existía el hábito de la lectura, así que existió ese primer contacto de ver leer a otros y que te lean; además me llevaban a librerías, me regalaban libros, etc. Después está también la experiencia física de los libros, que empezó en la biblioteca familiar y continuó con la de la escuela, la universidad y el trabajo de librero mucho más tarde. Aún así debo decir que no empecé a leer por iniciativa propia, o por curiosidad, hasta los 15, y a escribir hasta los 17 o 18. Recién a los 21 pude encontrar y ayudar a construir (se trata de un movimiento doble, recíproco) la zona de la escritura que todavía me interesa explorar hasta hoy.
Y con respecto a la tarea concreta de la edición, ¿cómo se inició? ¿Hubo algún maestro en tu camino como editor? Y si no hubo alguno de carne y hueso, ¿algún autor que consideres fundamental?
El inicio de la escritura está ligado en mi caso tanto a la traducción como al dibujo (desde el más tradicional y figurativo en tinta hasta el tachismo y la pintura con manchas a partir de materiales no convencionales). Durante aquellos primeros años de escritura hice exploraciones en los originales de la poesía surrealista (me refiero a los textos en francés, aunque nunca traduje del francés, diría) y la estadounidense, incluido el rock (en un sentido muy amplio). Esa formación autodidacta como escritor y traductor me permitió comenzar a pensar la escritura como un campo muy amplio (donde la palabra literatura queda chica), al que mucho después se le vino a sumar la dimensión de la edición (y la encuadernación, la gráfica, el diseño, etc.). La edición, concretamente, nace como la columna vertebral de un proyecto autosustentable de escritura, anterior incluso a Barba de Abejas. Hago la traducción de textos que no están disponibles en nuestra lengua de autores que me interesan a mí y que sospecho que interesarán a otros, o que yo mismo quiero versionar por diversos motivos; los edito, los encuaderno y los publico. ¿Maestros? Muchísimos, claro. Hay que leer todo lo que se pueda de la historia de la edición moderna, desde Aldo Manucio hasta hoy, y hablar con los editores contemporáneos (la Feria de Editores es un gran ámbito para eso, entre otras cosas), pero también es importante que el aprendizaje (del sentido) de la edición no sea solamente libresco, o académico: el ciclismo, la poesía, el remo, la pesca, Herzog, el diario, el viaje, el grabado, la carpintería, la ficción, caminar, la deriva por caminos rurales, cierta curiosidad por la flora y la fauna, etc., han sido todos para mí una gran casa de estudios sobre la edición (sobre la escritura, en definitiva, en ese sentido amplio en que yo utilizo la palabra). Hay un texto que para mí es el aleph de la edición: “El arte nuevo de hacer libros” de Ulises Carrión (próximamente en Barba de Abejas).
Hay autores que atribuyen sus inicios en la escritura a que, al leer ciertas historias, se quedaban de algún modo disconformes con lo que habían leído, entonces escribían para enmendar eso, para cambiar finales, para hacer su versión “mejorada” de ciertas obras. ¿Esa especie de sensibilidad u olfato es imprescindible en el caso de un editor?
Puede ser. Como escritor nunca pienso “Voy a escribir esto porque no se le ocurrió a nadie y va a causar cierto efecto”. Como traductor y editor sí que lo hago, a pequeñísima escala pero sí que pienso en poner el pie en terreno inexplorado. Calasso dice que con suerte un editor publica el 10% de lo que querría; en mi caso, encargándome de todo (traducción, edición, ilustración, encuadernación, prensa, venta, etc.), debe ser algo así como el 1%, pero no me quejo, porque ese 1% es ya suficiente para una vida editorial humana y además con libertad total, incluso para “fracasar”. Si la edición (escritura) no es algo más grande y profundo, algo como una forma de estar en el mundo que me toca, entonces no me interesa en lo más mínimo.
En un libro sobre edición hay un epígrafe de Thomas Fuller que dice: “La cultura ha progresado gracias principalmente a los libros que han producido pérdidas a sus editores”. ¿Qué pensás sobre esto?
Acordaría con la idea general de esa frase, no así con la idea de progreso. Ahora bien, es muy diferente pensar eso desde el rol de escritor que desde el rol de editor. Melville tuvo su primera biografía 30 años después de muerto, y Moby-Dick no empieza a leerse profundamente sino hasta 100 años después de escrita. Cuando Thoreau murió todavía había ejemplares de Walden apilados en su altillo. No pienso que eso afecte mucho a los escritores después de todo, o al menos no debería; es como plantar un árbol cuando uno tiene ya cierta edad: sabe que la mayor parte de la sombra no es para el disfrute propio, y entonces se concentra en el hecho de plantar, de regar y de cuidar, de guiar si hace falta, y de aprovechar lo que da ese proceso en el mientras tanto. Para un editor, en cambio, y sobre todo para un editor industrial, puede ser una cuestión de vida o muerte en términos económicos. Lo que sí es cierto es que muchas de las escrituras que hoy valoramos especialmente fueron editadas y publicadas de manera artesanal, o a muy pequeña escala, o en unas condiciones sumamente precarias, y es algo cínico entonces que tanto autores como editores y hasta gobiernos alimenten, emulen, eduquen para y sueñen con la “industria editorial” de los grandes grupos concentrados de la edición (porque no son de ningún modo editoriales, aunque haya algunos buenos editores dentro). Ese cinismo es veneno, y si bien erradicarlo del todo es imposible, hay que hacer lo que cada uno tenga a la mano para disolver la dosis, lo que equivale a menguar su posición dominante en el mercado y en el campo cultural.
¿Cómo ves el mundo editorial en la Argentina hoy, con las políticas económicas impulsadas por el gobierno actual?
No hay dudas de que hoy atravesamos una crisis, tanto del poder adquisitivo de los lectores y como del campo cultural gubernamental en general, ya sea en cuanto al valor simbólico y el tipo de proyectos culturales que se quiere privilegiar, alimentar y ayudar como en cuanto al lenguaje como instrumento: este es un gobierno que en cultura no esconde su ideal empresarial, y que prioriza el valor del éxito por sobre los del esfuerzo, la diversidad o la in(ter)dependencia. Y después es cierto que hay además una serie de medidas del actual gobierno que atentan en parte contra la edición nacional. Ahora bien, el mundo editorial siempre atravesó las crisis, y lo hará también en esta. Las editoriales independientes van a adaptar (reducir) sus estructuras, planes de publicación y estrategias (de existencia, que pasarán a ser de supervivencia), y (confío en que) van a seguir adelante. Se van a fortalecer el circuito de ferias, los proyectos colaborativos, las estrategias comunes, etc. Qué va a pasar con las librerías, ese es otro tema, porque son las que siempre la tienen más difícil (es largo, pero creo que en parte se debe a que terminaron amoldándose demasiado a la “industria del libro” de la que hablé antes). Confío en que ya vendrán tiempos mejores, aunque advierto que tenemos que esperar que sean mejores que los últimos buenos tiempos que tuvimos, durante los cuales nunca terminó de cuajar la famosa ley del libro, la industria (soberana) del papel continuó siendo deficiente y (por lo que sé, porque no es un servicio que yo utilice) muchas imprentas invirtieron muy poco o nada en equipamiento mientras que los precios aumentaron constantemente.
¿Cómo te llevás con los libros digitales? ¿Te parecen un complemento, un estorbo, algo pasajero dentro de la industria editorial?
Me llevo muy bien con los libros digitales. Utilizo un dispositivo bastante a menudo, sobre todo cuando estoy traduciendo. De todas formas mi experiencia primordial de escritura y lectura “no meramente comunicacional” o de consulta se da en el papel. Estoy y elijo estar demasiado aferrado a la cultura de los cuadernos, los originales, las pruebas y los prototipos en papel, además de necesitar de la grafía manuscrita. Todas cosas, por cierto, que lo digital juega a borrar, además de ese “pecado” imperdonable que tiene de volver sociales y hasta espectaculares cosas que por definición son solitarias y silenciosas: lectura y escritura.
¿Cuál sería tu definición de “catálogo”?
Constelación de textos que hacen sentido (como dicen en Chile) en torno a la figura de una editorial o editor.
¿Por qué hay un libro descatalogado en la editorial? ¿Tiene que ver con algún inconveniente legal? (Te he escuchado decir, y creo que es casi como una “filosofía de editor”, una postura ante el sistema editorial tal como lo conocemos, que no prestás demasiada atención a las cuestiones “legales” a la hora de editar o traducir, y de hecho los libros de Barba de abejas salen sin ISBN).
Se trata de Rosa de Li-Young Lee. Una editorial española (cuyos libros no llegan al país más que a cuentagotas y de manera extraordinaria) que al parecer compró los derechos de otro libro del autor se mostró “preocupada” por las condiciones en que yo había editado y publicado la excelente traducción de Tom Maver. Como el libro fue publicado sin el consentimiento del autor, simplemente lo descatalogué para evitar posibles problemas en el futuro. De todas formas el libro circuló durante dos años, se dio a conocer a sí, al poeta en el ámbito de nuestra lengua y a la editorial a algunos de sus lectores, y eso ya estuvo bien. Estuvo muy bien mientras duró. Ningún problema en absoluto. En cuanto al ISBN, es una herramienta bastante inservible del mundo del libro industrial: punto.
El oficio de editar, como el de corregir, es casi invisible. Los lectores muchas veces desconocen todo lo que sucede con los textos antes de que los libros lleguen a sus manos. Pero acá queremos saber, si es que se puede: ¿cuál fue el trabajo más arduo que has encarado hasta el momento, en cuanto a la edición/publicación de un texto? ¿Y el que te generó más placer?
Primero, no estoy de acuerdo con esa noción de editor invisible, fantasma; por el contrario: creo en la figura del editor que se hace presente, que deja su marca y que es parte en cada libro, ya sea porque escribe un texto, porque es autor de un sistema de notas, porque la traducción es suya o, como en mi caso y en el de tantos otros editores artesanales, porque además se ocupa de la gráfica, el diseño, la encuadernación y la comunicación. La edición, para mí, se hace en estricta primera persona, porque la considero una capa más de autoría y, por lo tanto, de sentido; desaprovecharla en pos de una falsa humildad o modestia me parece un despropósito. Después, en cuanto al trabajo más arduo, quizás se trate de Caminos secundarios a pueblos lejanos de Matsuo Basho. En primer lugar porque la mía es una versión al español de la traducción al inglés que hicieron del japonés los enormísimos Cid Corman y Kamaike Susumu. Y no por una cuestión de que yo no crea que eso es posible, o incluso que la traducción de una traducción es una monstruosidad lingüística, como piensan algunos, sino porque se trata en definitiva de traducir a un escritor japonés del siglo XVII… Por otro lado, para ese libro decidí dos cosas inéditas hasta entonces en la historia de la editorial: ilustrar completamente el libro, que contiene casi 30 dibujos de estilo sumi-e, y diseñar una encuadernación especial además de las 3 que tiene todo libro del catálogo (rústica, cartoné y entelada), en este caso de tapas de madera de cedro con calado y lomo de tela. Afortunadamente, el libro es un “éxito” de 400 ejemplares en 5 años (alguien se va a reír, pero yo lo digo completamente en serio). Ahora bien, si hablamos del placer de editar, se trata de todos y cada uno de los 26 libros editados en estos 6 años.
Eric Schierloh (La Plata, 1981) es escritor, traductor y editor. Publicó los libros Formas de humo (2006), Kilgore (2010), Donde termina el desierto (2012), Costamarina (2012), Los cueros (2014), Frío en las regiones equinocciales (2014), El mamut (2015), El maguey (2016), Troglodytes (2017), Por el camino de tierra (2017) y La mera tierra (2017). Ha traducido a Herman Melville, Henry David Thoreau, Theodore Enslin, D.H. Lawrence, Richard Brautigan y William S. Burroughs, entre otros. Dirige la editorial artesanal & hogareña Barba de Abejas.
© Fotografía: Lucas Herrera
by Claudio Medin | 7 \07\America/Argentina/Buenos_Aires febrero \07\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía
Presentamos tres poemas de Arturo Desimone, traducidos del inglés al castellano por Lucas Brockenshire.
El tren a Córdoba
El otro día tomé el lento tren
el increíble temblante
tren a Córdoba
desde la ventana del durmiente
el segundo día pasado de
campos que podrían haber sido Egipto
esteros cultivados
los toros de montaña
balanceando el sol en alto entre sus cuernos
pasó volando un pato
(batería de alas verdes, cabecita turquesa, su canto gris raya el cielo)
soy un hombre con hambre
y mi boca se moja con su vuelo
pero de ser un animal, no soy ningún
perro de campo
Estoy camino a Córdoba
provincia majestuosa
cuna pintada a sol sobre
barcaza de metal
tren obsoleto
turbulencia entre las rocas contra
los rieles
una lluvia de piedras golpea
la panza de esta máquina
infinito azul de ultratumba
bien sea yo el perro Anubis
o su niño humano
The train to Cordoba
The other day I took the slow, incredible trembling train to Cordoba
from sleeper’s window, caravan on the second day
riding past fields that could have been Egypt,
cultivated marshlands, yaks, sun overhead
a duck flew by, I was hungry, my mouth watered at its flight
but if an animal, I am no field dog
I am on the way to Cordoba, majestic province
sunshine-painted crib upon metal barge
obsolete train,
turbulence across rocks on the tracks
a stony rain hits the belly of this machine
azure infinite of stony afterlife,
either I am
the dog Anubis
or his human child
Pájaros entre los servidores madre
Si todavía supiéramos cómo
enseñarles a los pájaros
a enviar y traer cartas, órdenes judiciales,
papyri para temer o esperar con ansias,
declaraciones y denegaciones de amor,
documentos citatorios –
entonces no tendríamos que mandarnos correos electrónicos
tan solo dejar pequeñas muescas
y cuencos de piedra llenos de agua,
algunas semillas y flores de Attarsheyas
para los pájaros, como las que dejan los árabes
en las tumbas de sus madres
en cementerios de tierra reseca al sol
Y cada tercera ventana
estaría llena
del ir y el venir de pájaros,
ya nadie se pelearía por computadoras
telegramas virtuales
todos inmersos en una mecánica de transistores de escritorio,
leyéndonos el código morse unos a otros
como exaltados yahoos
libros vacíos anónimos
en lugar de una palanca de envío
despacharíamos el mensaje
con un beso en la cabeza del pájaro,
léase el cuello, pulgar sobre pico punzante,
luego lo arrojaríamos a los sesos nimbados del cielo
que nunca caen ni cesan de soñar
y nuestro mensaje no
chocaría ni caería a plomo en la anchura
de su propia sombra abrazada en la tierra
Hay que esforzarse para eligir
el pájaro más veloz,
el más lindo,
o el más gris, dependiendo de
la naturaleza del mensaje
y de la belleza del destinatario:
el matico, que canta dulcemente,
el chuchubi del Caribe, gris y ronco
que advierte del peligro del lagarto uvero de cola azul
la golondrina africana: más veloz que Mercurio
el mercader
de inframundos financieros,
él tiene los códigos legales de Cupido
vuela entre las copas de los árboles
donde crecen violetas entre los cementerios lluviosos
y las hamacas de los destinatarios de la pasión.
Birds Over Mainframes 2
If we still knew how
to train birds
to send and bring the letters, warrants,
papyri to fear or anticipate,
declarations and refusals of love,
subpoenas—
then we wouldn’t ever need to mainframe
Only to leave little indentures
and stone bowls full of water,
some seeds and Attarsheya flowers
for the birds, like what Arabs leave
for their mother’s graves
in cemeteries of dry dirt under sun
And every third window
would be busy
with birds coming and going,
No one would squabble over computers
virtual telegrams
all of us transistor-mechanics on flat bureaus,
reading one another’s morse code
faceless blank books
Instead of a send-lever
we would dispatch the message
by kissing the bird on its head,
read throat, thumb on picking beak,
then throw it at sky’s cloud-brains
that never fall or cease dreaming
and our message would not
crash or fall to die in the wingspan
of its own dirt-hugged shadow
Effort is necessary to pick
the fastest bird,
the prettiest,
or the most gray, depending on
the nature of the message
and the beauty of the recipient:
orange black Troupial, who sings sweetly,
the Caribbean Chuchubi, gray and hoarse
who announces death by blue-tailed grape lizard
African Swallow: faster than mercury
the merchant
of financial underworlds,
he holds the legal codes of Cupid
speeding through the treetops
where violets grow over the wet cemeteries
and the hammocks of passion’s recipients.

Caen los pájaros como Sidi santos
Caen los pájaros como Sidi santos
que hurgaron en la tierra de Sidi Bouzid, Sidi Bou Said para morir allí,
para levantarse allí en altares al Uwa’hah.*
Cuenta un mito: sus huesos finos
son las llaves de los recintos de los reyes.
Los gusanos inmortales que hoyan los cuerpos de estos pájaros
ni bien son mirados, obligan al observador a tragarlos
y él los llevará en el estómago donde cosechando viñas de dolor
brotarán como un discurso revolucionario de su boca.
Y solo acabará la miseria cuando esta se sumerja en uno de los cuatro ríos
del Paraíso, firdaus coránico.
Esta es toda la violencia
de la que fueron capaces la ornitología medieval islámica de Ibn Khaldoun y los Sidi doctores.
*Uwa’hah : del árabe, Oasis الواحة
The Birds Fall Like Sidi-Saints
the birds fall like sidi-saints
who delved into the earth of Sidi Bouzid, Sidi Bousaeed and died there,
became a we’lah shrine there
small myth: their fine bones
are keys to the enclosures of kings
the immortal worms that tunneled in the corpses of these birds
immediately upon being seen, overpower the sighter to swallow them
and he will carry them in his stomach where they harvest vineyards of suffering
that spring like a revolutionary speech from his mouth
and the misery can only be destroyed when immersed in the water of one of the four rivers in paradise, Koranic firdaus
this is the most violence
that medieval Islamic Ornithology of Ibn Khaldoun and the Sidi doctors were capable of.
Arturo Desimone (1984) nació en la isla de Aruba (Mar Caribe, Antillas del reino holandés) en una familia de exiliados de Argentina, Polonia y Rusia. Sus poemas, ensayos y cuentos en inglés han sido publicados en diversos jornales literarios en Estados Unidos, el Caribe e Inglaterra (Drunken Boat, New Orleans Review, Matter Monthly, Small Axe). Cartas a Carlos Marx y otros poemas, poemario bilingüe, fue publicado en 2017 por la editorial peruana Hanan Harawi y se presentó en Cuba durante el “Encuentro de Jóvenes Escritores de Ibero-América y el Caribe” en la Habana.
Lucas Brockenshire (Santiago de Chile, 1991). Licenciado en Letras por la UBA y traductor. Vivió en Asia entre los años 1993 y 2003, y desde 2003 reside en Buenos Aires, Argentina. Ha traducido novelas y poemarios al inglés y al castellano y actualmente prepara traducciones del ruso.
*Imágenes: cortesía Arturo Desimone.