by Claudio Medin | 21 \21\America/Argentina/Buenos_Aires abril \21\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Narrativa
Con alegría compartimos este relato del escritor Juan Bautista Duizeide, publicado originalmente en el suplemento Verano 12 de Página/12. Duizeide ya ha navegado por los géneros de la novela, el cuento y el ensayo, y acaba de lanzar un nuevo volumen de cuentos, Noche cerrada, mar abierto, por editorial Leteo.
El joven Gonzaga a la deriva por el Golfo de Penas durante un blackout piensa
A Eric Schierloh
El Hornero sube y baja, lentamente, con las olas, redondeadas y largas, que lo alcanzan, desde el oeste, después de cruzar miles de millas por mar abierto. Lentamente se va cruzando a la marejada. Empieza, ahora a rolar, lentamente, pero cada vez de manera más pronunciada. A rolar sin rumbo. A rolar con abandono de bestia herida. A rolar. Lenta, lenta, lentamente.
De golpe se apagaron las luces, se detuvieron las máquinas, cesó el estrépito que los acompañaba desde la zarpada. Se disolvió la estela en el mar, lo blanco en lo verde, lo allá en lo acá. Y ahora no funciona la radio, no funciona el radar, no funciona el girocompás. Y rolan. Lentamente rolan. Sin nada que hacer en el puente, salvo mirar hacia afuera y esperar, el joven piloto oye abajo ruido de cosas que ruedan, se caen, golpean, oye risas como gritos y gritos como risas. Sugestiones de la inmensidad venciendo el adentro. Suspiros de brujas y jadeos de santas.
Todo barco es un monasterio y es un manicomio.
Todo barco.
* * *
A lo lejos, arriba y abajo con los bandazos del Hornero, un gris espeso, un tanto más espeso que el de las nubes bajas arrastradas por el viento del oeste, late al filo del horizonte. ¿La península de Taitao?
A lo lejos, arriba, abajo, gris, siempre lejos.
Subió a las puteadas el capitán apenas se empezó a detener el barco. Llegó agitado al puente, manoteó el teléfono para llamar a la sala de máquinas. El joven piloto lo miraba de reojo. Antes de hablar, volvió a colgar el aparato. Sí, que boludo. Eso dijo el capitán. Como si le contestara el pensamiento al joven piloto. Vaya a buscar al jefe, le gritó al marinero de guardia. No puede acostumbrarse, aunque lleva incontables viajes como capitán de este barco, a que la electricidad se corte de golpe y sin que encuentren una razón. O al menos una buena excusa. No puede acostumbrarse a que no funcione ninguna de las radios, a que los bancos de baterías sean sólo un decorado para zafar de complacientes inspecciones. Cree, lo ha dicho alguna vez, borracho, en el comedor de oficiales, que no hay peor ciego que el sordo. Y además se siente, dicen que dijo, aquella vez, una bestia encerrada en un laberinto de silencio y de negrura. Para colmo, un falso silencio.
Todo barco lleva, desde el momento mismo de su botadura, una carga de oscuridad.
Todo barco.
* * *
Se detuvieron los generadores. Sin aviso. No encontramos… Dice el jefe de máquinas apenas llega al puente, en un resuello lo dice, con el último escalón latiendo, todavía, en la planta de sus pies, latiendo. Eso ya lo sé. Bufa el capitán. Necesito una solución, no una queja.
El joven piloto mira hacia proa. Arreció el viento del oeste, sopla cruzado a una corriente como una larga lengua fría que viene de las islas, que sube del hielo al ecuador pasando por ese golfo, y sortea cada península, cada punta, cada islote, obstinada, constante, desde que el tiempo se mide en miedo.
Crucificado entre el viento y la corriente, el barco mira hacia tierra. Hacia donde se supone que debería estar la tierra. Hacia donde se supone que debe estar el este. Fuera del alcance visual, esa tierra, ese punto cardinal, son una creencia o una superstición. El joven piloto, hace minutos, mira hacia allá. No puede, no puede, no, dejar de mirar y mirar. ¿Hay un edificio inmenso iluminado como en fiesta o revuelta? ¿Hay una cordillera en llamas? ¿Hay un bosque rojo, tan rojo que cualquier fuego sería pálido? ¿Un desfile de gigantes? ¿Una batalla que parece nunca ir a terminar?
Todo barco es una máquina de alterar la percepción de los navegantes.
Todo barco.
* * *
Dejaron de discutir el capitán y el jefe de máquinas. Ya oscurece. En un claro del cielo a salvo de nubes comienzan a dibujarse retazos de constelaciones. Orion. Cetus. Capricornio. Ahora que no discuten, cuentan. Se cuentan. El capitán. El jefe. Por la oscuridad brillan historias de ésas que peregrinan, milla a milla, noche a noche, viaje a viaje, de barco en barco, de época en época. Parapetados en la negrura, sin osar a una palabra, el joven piloto y el marinero de guardia escuchan. El capitán cuenta de un viaje con trigo a Java. Cuenta que tardaron semanas en descargarlo, que llovía y llovía. Y cuando zarparon, desde el muelle decenas de mujeres perfumadas a selva se arrojaban, gritando, al agua resplandeciente y putrefacta. Y también algunos hombres. A los gritos. Más fuerte y más agudo. En una lengua hecha de leves latigazos. Mujeres y hombres tragados por el agua, por el silencio, por la distancia. Termina de contar el capitán y el jefe de máquinas le cuenta de un viaje a Hamburgo, directo desde Buenos Aires, antes de que los barcos de carga dispusieran de radares. Más de dos semanas de niebla cerrada tocando la sirena todo el tiempo, la sirena de niebla, de día y de noche, a cada minuto, más de dos semanas. Y agrega, después de una pausa, que fueron, aquellas, las únicas sirenas que le tocó oír en décadas de mar. Y el capitán, entonces, cuenta de un viaje, durante su primer año de navegación, directo de Santos a Capetown, en lastre. Y recuerda las olas de aquel cruce, color verde, color violeta, color pizarra, fáciles de nombrar, sí, pero de tonos que nunca existieron salvo en aquellas olas. Y luego las olas del Cabo, más altas, todavía, que las del cruce, y varios de la tripulación en la popa, varios que ya no cumplían con ningún trabajo, con ninguna guardia, y pasaban las horas, las horas muertas, rezándole a una virgen de latón oxidado, en la popa, la popa que subía y bajaba con aquellas olas demenciales, en medio de un olor a sal más penetrante que la peste, cuenta y se repite, como las olas, nunca igual.
Todo barco es una máquina de contar historias.
Todo barco.
* * *
Ahí en el puente, a oscuras, en silencio, están el capitán, el jefe de máquinas, el joven piloto, el marinero de guardia. En el comedor, el resto de los marineros. Dejaron hace rato de jugar a las cartas. Dejaron hace rato de hablar. Se miran a la luz de velas que empiezan a menguar. Entre chisporroteos con aroma a pasado. A recuerdos tan falsos como inolvidables. Y abajo, en las máquinas, a la luz de las linternas, el primer oficial de máquinas, y el segundo, y el tercero, y el mecánico, y el electricista, y todos los engrasadores. En lucha. En lucha con lo que no saben. No saben cómo. No saben qué. Y luchan. Encerrados. Ahí abajo. En la sala de máquinas. El jefe les dijo, y se fue, que de ahí no salen hasta que lo arreglen. Y ellos siguen, casi a ciegas, transpirando en esa cueva de acero. Y todo el resto de la tripulación, en otras partes del barco, está encerrado también. Están todos encerrados en ciento treinta metros de acero que limitan con el casi infinito del mar, con el infinito de la voz que habla adentro de cada uno de ellos, más incesante, más inclemente que ningún oleaje. Mientras el barco rola, rola, rola. Se embarcaron para ganar más dinero que los demás, se embarcaron contra la esperanza, contra la desesperanza, por el aburrimiento del mundo, por lo excitante que podría ser andar el mundo. Y ahora rolan, rolan, rolan.
Todo barco es una cárcel de ilusos reclutados por la libertad.
Todo barco.
* * *
Suena cada mínimo sonido del barco ahora que las máquinas no suenan. Suena el agua. Suena el viento. Suena hasta el más ínfimo desplazamiento de cuerpos, de objetos, suenan las ideas como un zumbido, suena todo lo que nunca suena y tenía una voz guardada para un momento como éste. Y suenan las respiraciones de ellos cuatro, ahí, en el puente. Callados. Y el joven piloto piensa: ¿dónde fue aquello, cuándo? Ese hombre que sale de un callejón, a la noche, un hombre al que prácticamente no llega a verle la cara, un hombre al que prácticamente no llega a oírle la voz. Un hombre que sale de un callejón, lo toma de las solapas del abrigo, lo sacude, no sabe si con entusiasmo o desesperación, y le dice algo, le grita algo que no sabe si es una pregunta, un pedido de ayuda, o alguna propuesta de esas propuestas como sólo florecen por los puertos del mundo. Algo con demasiadas consonantes. Y sin esperar, sale corriendo y se pierde en lo hondo de ese callejón por el que apareció. Y el joven piloto piensa: ¿cómo se llamaba aquella muchacha de pelo castaño que le confesó, riéndose, mi segundo nombre es…? ¿Y cuál era aquel nombre? Tenía flequillo y le gustó cómo se reía. Y el tono de su voz, su voz en un idioma que no entendía del todo. ¿Era en Marsella o en Copenhague? ¿O en algún puerto italiano después de la guerra? No puede acordarse. Tampoco se puede olvidar.
Todo barco es una máquina de urdir olvidos, una máquina de tentar memorias.
Todo barco.
* * *
No hay novedades de abajo. ¿Hace cuántas horas que están allá en lucha, en lucha con lo desconocido, a la luz de las linternas, mientras el barco rola y rola y rola? Siguen a la deriva. Hacia el sur van, hacia el sur mirando al este. Si su estima no los engaña. Sin luces, sin radio, sin nada que hacer ahí en el puente. El mar es grande, pero la desgracia es siempre certera. Pusieron luces de emergencia para que los vean desde cualquier barco en navegación por la zona. Luces que saben siempre insuficientes. Así como saben que ahora, sin gobierno, son un obstáculo casi invisible para cualquier barco que pudiera aparecer. Un regalo del peligro.
El mar está vivo, por eso es que se deforma. Crecen horas sin sol, sin horizonte, sin. Se intensifica el viento del oeste, las olas, de tanto en tanto, rompen contra la popa y salpican hasta la caseta de las máquinas con un hervor que oyen desde el puente, y cubre, por un momento, cada ruido, hasta extinguirse en un suspiro de sal. Y vuelven, tímidas, las voces de gente que aún insiste en hablar de tanto en tanto, el golpe de cada cosa que se suelta y rueda y cae con estos rolidos, ahora más acentuados, más veloces, rolidos que hacen difícil estar de pie, de pie como ellos cuatro ahí, en el puente.
Piensa el piloto qué pasará abajo, en las máquinas, cuándo terminarán y volverá a haber luces, rumbo, y un ruido que cubra todos estos ruidos solos, separados, hirientes. Van hacia el sur mirando al este. O eso creen. Y rolan, rolan, rolan. Por la noche del Pacífico, en manos del viento, en manos del agua. A su merced. Pero lo más terrible es cómo suena todo en esta prisión de acero a la deriva, gran caja de resonancia de lo oscuro.
Todo barco es un vacío.
Tarde o temprano, el mar, o el tiempo, lo llenan.
Juan Bautista Duizeide (Mar del Plata, 1964). Escritor, traductor, periodista y piloto de buques mercantes. Egresó del Liceo Naval Almirante Brown como guardiamarina de la reserva naval, posteriormente se recibió de piloto de ultramar en la Escuela Nacional de Náutica Manuel Belgrano. Navegó en buques de guerra así como en petroleros, graneleros y pesqueros. Estudió periodismo en la Universidad Nacional de La Plata. Publicó las novelas Kanaka y Lejos del mar; los libros de cuentos Contra la corriente y Noche cerrada, mar abierto; el libro de no ficción Crónicas con fondo de agua, los libros de ensayos Alrededor de Haroldo Conti y Luis Alberto Spinetta, el lector kamikaze, y la antología Cuentos de navegantes. Fue editor de la revista Puentes, publicación especializada en historia reciente, memoria y derechos humanos, así como del informe anual del Comité Contra la Tortura. Ha colaborado con notas para los diarios Clarín y Página12, y las revistas Sudestada, Con V de Vian, Crisis, Siwa, Carapachay, Humo, Lucha armada, ADN Cultura y Radar.
Fotografía: Esteban Lobo
by Claudio Medin | 20 \20\America/Argentina/Buenos_Aires abril \20\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía
La escritora Liliana Heer presenta “Hormigas”, el libro de la poeta argentina Bea Lunazzi, recientemente publicado por la editorial Modesto Rimba.
Cortejo nupcial
Por Liliana Heer
Un nombre delinea el espacio, construye esa modalidad próxima y ausente como un soplo de lengua extranjera.
Me gusta estar ante este libro como ante un sistema de cuerdas, un inventario de hechos transformados en cuerpos a localizar. Luz crítica, mapa sobre un territorio fuera de máscaras. Marx pensó la fábrica como lugar de reuniones, espacio que potencia la fuerza y el trabajo; desde un vértice equivalente, las creaciones insertan acción ahí donde el automatismo cotidiano vuelve soporífero los gestos.
“obreras
enanas
vírgenes
reina.”
Ojo Omega, Bea Lunazzi escinde todo resquicio de subjetividad: no hay ilusión, solamente explorar poético regido por una lógica alerta al devenir. El tono en hormigas convoca los acontecimientos de un día en cada día, tempo que repite desfiles del signo con variantes estalladas del verbo en presente. Un fervor calmo, regido por encadenamiento de generaciones “clausura la proporción”. Tajos. Vacío. Diferentes registros enuncian, aun cuando se trate del inequívoco peregrinaje cuya meta no encuentra otro punto de amarre fuera del volcán cavado sin escándalo: sedosa tierra persistentemente deglutida.
“El abdomen hinchado
excede la hormiga
se vierte sobre lo mucho
y lo uno a la vez…”
El instante es cuerpo, al jugar con lo irreversible tiene el savoir-faire de la muerte. Embriaguez, sol rojo, enrojecido de verano porque la fuerza poética se metió adentro, en ese hueco plural donde no hay más que letras.
“no hay desazón, no hay gloria”.
Caracteres alineados, grumos, diamantes negros, silueta de comportamientos sin yo.
“Van y van
…
”negras negras hormigas”
cientos, miles, en contraste a la inserción de un solo árbol.
En el primer, en el último poema:
“Una hoja de tilo…”
“La hoja de tilo…”
Lunazzi escribe los caminos de una marcha espejeante, extirpa rumores, redime palabras haciéndolas ingresar en el silencio de las siete de la tarde
“cuando el débil resplandor enrojece un verano”.
Lenguaje llevado al extremo, ahí donde “el hechizo continúa” hasta extraviarse. La autora dispone de coraje, esa forma de la verdad loca, dionisíaca.
“En algún sitio
complacida
una negra divinidad se inclina.”
Un montaje envolvente se impone a la crónica de trinchera, ahí donde el residuo del cuerpo como otro -el otro del cuerpo heredero-podredumbre-pródigo-desperdicio- es expulsado.
“Otro mundo dentro del mundo.
El cadáver retorcido
devuelto a la superficie”.
Lo que hace historia está en el vacío, aunque ese vacío no se refiera a la pérdida de nada. La tribu sufre la condena de ser encontrada por pisotones aquí y allá. Nudos, alianzas, desplazamientos, huellas.
Ellas, prisioneras del recorrido, protagonistas de una topología del afuera y del adentro. En estos términos se refiere Lacan: El insecto que se pasea por la banda de Moebius, si tiene la representación de lo que es una superficie, puede creer en todo momento que hay una cara que no ha explorado, aquella que se encuentra en el reverso de la cara por donde se pasea.
Ellas, prisioneras del hambre, sin nada fuera del alimento.
“Si existiera ese otro mundo
el reverso de mandíbulas”.
El condicional, partido hasta su punto de ruptura. El impasse antes que el suicidio condena a errar.
En HORMIGAS coexisten versos modulados minimalistamente. Trazos sutiles, remolinos, registros cuasi invisibles delinean el porte del animal demoníaco. Poesía que narra el embrión de un contacto veraz entre tiempo y espacio, vida plena de muerte eludida capaz de renovar el misterio de lo controlable. Maquinaria que al distribuir lugares parece decirnos: la ocupación es un efecto de sentido. Otra vez la paradoja del verbo en presente retuerce su abanico, gira hacia el
“Blanco en lo negro”
focaliza la inversión
“las que vienen también van
se enfrentan
con carga o sin carga
una hormiga frente a otra hormiga”.
El hacer de Bea Lunazzi -armado con delicadeza oriental- nutre mediante proposiciones una afirmación tras otra afirmación, sus palabras rozan los vértices matemáticos de la música.
Algo más que un contexto precede y excede ese imperio del a través con bifurcaciones. La ida y la vuelta, rondallas, también denominadas juego obsceno de niños cuando el compás semántico mantiene a distancia el drama represor.
Puedo recordar todo a condición de leer, volver a leer, no en busca de explicaciones sino del acrecentamiento en la consistencia del enigma. Pugna entre instinto y captura ritmada por un impasse de tribu capturada a través de la catástrofe, el agujero del lenguaje.
Selección de poemas:
Van y van
fluidos, néctar, hormigas
montan gruesas nervaduras
se deslizan
una a una van
áspero sedoso tilo
negras negras hormigas.
El verano enrojece.
A las siete de la tarde
la vida resiste.
*
Quién será capaz de memorizar
esta sucesión inequívoca,
esta formación aritmética
que desborda.
alguien algo
deberá
retener detener
salirse del camino,
comprenderlo todo
con una sola mirada.
*
Empuja desde adentro.
Estallido.
El hormiguero es un puñado efervescente
una erupción terca
de obreras al acecho
unas sobre otras
negro sobre negro.
Un mandato
sobrevivir al próximo invierno
¿invierno?
*
Blanco en lo negro
deformidad
colgajo de heces
fermento
tuerce
babea
crece
crece.
*
Un hilo de fuego
tajea el verde
la luz da paso
clausura la proporción.
Una hoja de tilo
una hormiga dispuesta
a las siete de la tarde
la forma del verano
aplana.
*
La hoja de tilo
mordida en su centro
abre otro camino
revierte
el paso
oculta
el minuto siguiente.
Sobre la cara áspera de la hoja,
el lado de la luz.
Bea Lunazzi es Licenciada en Letras por la UBA. docente, poeta y correctora literaria. Publicó Paisaje en el paisaje en 2005 y en 2007 escribió y dirigió una obra de teatro para niños: El episodio jamás contado. En 2011 coordinó la publicación de la antología Búsquedas de escritores de San Isidro. Ha sido incluida en diversas antologías, revistas y diversos medios digitales. Actualmente coordina talleres literarios en la Municipalidad de San Isidro donde también forma parte del comité de lectura del premio municipal Manuel Mujica Lainez. Ha colaborado en numerosas ediciones de la Feria del Libro realizando diversos proyectos. Colabora como periodista literaria en revistas nacionales e internacionales con artículos críticos y entrevistas a escritores.
Liliana Heer nació en Esperanza, provincia de Santa Fe, Argentina. Es escritora y psicoanalista. Dictó conferencias y participó en encuentros literarios nacionales e internacionales. Algunos de sus textos fueron traducidos al inglés, italiano, francés y serbio. Estudió Teoría del Cine Clásico, Moderno y Neobarroco y escribió guiones para cortometrajes, entre otros Dibujar un elefante en base al recuerdo de los mirlos, dirigido por Rubén Guzmán. Publicó, entre otros, Dejarse llevar, relatos (Corregidor, 1980), Bloyd, novela (premio Boris Vian 1984), La tercera mitad, novela (1988), Giacomo- El texto secreto de Joyce, ficción crítica (en coautoría con J.C. Martini Real, 1992), Frescos de amor, novela (1995), Verano Rojo, poesía en prosa (1997), Ángeles de vidrio, novela (1998), “Argentinian poetry: the written word re-cite”, antología en la revista libro Poetry Ireland Review, en coautoría con Ana Arzoumanián (2002), Repetir la cacería, nouvelle (2003), Pretexto Mozart, novela (2004), Ex-crituras profanas, antología personal (2007), Neón, novela (2007), El sol después, novela (Paradiso Ediciones, 2010), Hamlet & Hamlet, novela con ilustraciones de Miguel Rep (2012) que fue traducida al portugués en 2014.
by Claudio Medin | 15 \15\America/Argentina/Buenos_Aires abril \15\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Narrativa
No soy el mejor en mi oficio, eso está claro. Tampoco el más requerido. Que sonara el teléfono y que fuera por un trabajo me desbocó el corazón. Señal que debería haber atendido, en vez de colgarme de la pastosa voz y de su acento raro. Para cuando pude descifrarlo, la conversación había terminado. “La mafia rusa” me dije, maravillado.
Como no podía ser de otro modo, la cita fue en la calle Moscú, incongruentemente, esquina Altolaguirre; pero, ¿cuántas otras calles corta Moscú? Pocas, muy pocas en el barrio demente de Parque Chas. Mientras esperaba impaciente, pensé en el esfuerzo del viejo Luchi para transformar esos parajes mezquinos en algo mitológico.
Pero yo no me había movido mucho de los tópicos después de todo. Para causar buena impresión me había puesto un impermeable con las solapas levantadas. Fue una suerte, porque era una noche de perros. Bochornosa, pero de una llovizna persistente.
Los faros sobre el empedrado anunciaron el único auto que enderezó por esa callejuela. Para mi consternación, no era un Volvo negro, sino un Lada desvencijado, de esos que para mayor escarnio imitan un Fiat. Acá hay coherencia, creo que pensé. El gordo que manejaba se estiró para abrirme la puerta de atrás, que volvió a cerrar con un ruido lastimoso de chapa vieja. “Buenas noches” dijo, y aún así su voz sonó con varias erres. Si no hubiese sido por los barquinazos, hubiera jurado que no había puesto en marcha el auto. Todo allí era lluvia, vapor, sombras de árboles enormes y luces mortecinas de la calle.
El gordo era una caricatura de un matón de la mafia rusa. Rapado, con un cuello grueso y ojitos hundidos. Y un apestoso olor a vodka, chucrut o lo que fuera. Era evidente que me distraje, porque me sobresaltó ver a un tipo sentado en el asiento trasero, casi pegado a la ventanilla opuesta. Era flaco, narigón, con un flequillo ridículo, pulóver y campera de cuero negro. Demasiado abrigado para la estación, pensé, pero vienen de Rusia, después de todo. A la luz de un relámpago, o de apenas una luz municipal, ahogué un grito. El flaco era, sin lugar a dudas, Maiacovski.
Me le quedé mirando como un estúpido y él, con un gesto de fastidio, hundió el índice en la espalda del grandote que manejaba. El gordo me miró por el espejo retrovisor y me confirmó: “Es el camarada Maiacovski”. Miraba desorbitado a uno y a otro, pero en lo único que pude pensar fue que el gordo había comido ajo, mucho ajo. Tragué saliva para decirle algo al poeta, pero él habló en ruso, directo al gordo.
“Dice el camarada que lo conocemos. Conocemos su trabajo y su reputación, así que tenemos un encargo para usted”. Asentí estúpidamente. Quiero decir, con la boca abierta. Hubiera dicho que sí a cualquier cosa. Maiacovski siguió hablando, con voz apagada y rápida. Nunca pensé que pudiera hablar así, siempre lo pensé hablando fuerte, a multitudes. Pero así hablaba.
“El camarada es un hombre amplio, ecuánime. Comprende que los hombres hablan lenguas diferentes, y que los pueblos pueden compartir la poesía, más allá del idioma. ¿Me sigue?” Dije que sí, claro. Maiacovski siguió hablando, perentorio. El gordo tradujo:
“Así que él está dispuesto, qué digo dispuesto, feliz”, apuntó, girando un poco su enorme torso, “a escuchar su poesía en cualquier idioma del mundo, en cualquier voz de cualquier hombre, ¿me entiende?” El gordo se aplicó a intentar acelerar en una bocacalle donde parpadeaba un semáforo, con un resultado lastimoso. Maiacovski ahora hablaba más alto, más rápido.
“Pero lo que ha hecho Lila Guerrero no tiene nombre. Se le fue la mano. Nadie tiene ese derecho”. Me quedé sin habla, por más que antes no hubiera hablado. El gordo siguió, casi pisándose con las palabras del poeta. “En la poesía se puede ignorar todo: las imágenes, la rima, hasta la distribución de los versos, pero la música, ¡jamás! ¡Jamás el ritmo! ¿Me entendió?” Dije que sí con la cabeza. “Si le sacamos el ritmo a la poesía, su música, ¿qué queda?” me preguntó el gordo, mirándome con sus ojitos hundidos en la grasa. Me sentí personalmente interpelado, pero intuí que era peligroso contradecirlo. Maiacovski se echó para atrás, como cansado. Ahora las palabras eran rápidas, pero apagadas.
“No le pedimos algo peligroso. Lila Guerrero debe ser ahora una persona mayor, que no opondrá resistencia. Tampoco queremos nada cruento. Algo profesional, rápido. Elija usted el método, pero el camarada se inclina por disparos de revólver, o pistola, lo mismo da”. El poeta se calló y clavó la vista, como desinteresado, en la ventanilla mojada. Pensé en “la nube en pantalones”, en la melancolía y el suicidio del poeta. Aunque, después de todo, alguien que se descerraja un balazo en el corazón no es precisamente un blando. Pero había algo en toda la escena que me desagradaba.
Por su cuenta, sin indicaciones del poeta, el gordo siguió hablando: “Sabemos que es un profesional, que es su trabajo, así que díganos usted su precio”. Suspiré hondo antes de hablar. El encargo no me gustaba. Pero después de todo, Lila Guerrero sería, según mis cuentas, una vieja derrengada, si no estaba ya muerta de muerte natural. Seguramente ellos no lo sabían, o no lo sabían con certeza, de lo contrario no estarían acá, tratando de contratarme. Pero no me gustaba. Teníamos una ética: nada de mujeres, nada de menores, y nada de violaciones a ninguno de ellos llegado el caso. Pero el trabajo escaseaba. “30.000”, dije, para desalentar. “La mitad ahora”. El gordo me miró por el espejo. Asintió. Sentí al mismo tiempo alivio y una punzada en el estómago. Después de todo, ¿quién puede juzgar una traducción? Y, en rigor, era eso lo que me molestaba.
“Escúcheme, camarada, ¿cómo sabe usted que la traducción es mala?” Maiacovski me miró, en silencio, algo molesto por haberlo sacado de su ensimismamiento. “¿Cómo sabe que las versiones no respetan el original?” insistí. Con fastidio, el poeta oprimió su índice contra la espalda del grandote, que dándose vuelta hacia él escupió algunas frases en ruso, o eso supuse. Maiacovski pareció reflexionar sobre lo dicho, y le comunicó algo al gordo. “Me dijeron”, dijo escuetamente el gordo. Me quedé pensando. Maicovski había dicho varias frases, su parlamento fue, si no largo, bastante más abultado que un escueto “Me dijeron”. Se lo hice saber al gordo. Le dije, además, que todo idioma tiene su ritmo, su respiración, que no se puede condenar así como así una versión, por más que no respetase literalmente, li-te-ral-men-te, repetí, las palabras originales. El gordo iba traduciendo lo que yo le decía, pero entre que me miraba a mí para escucharme, y se daba vuelta para el otro lado para hablarle a Maiacovski, el auto daba bandazos y se metía en todos los pozos de la calle cualquiera pero poceada por donde íbamos, creo que sin rumbo.
Maicovski respondió. O mejor dicho, le dijo algo al gordo. El gordo me interpeló. Que quién era yo para decir eso. Que dónde había leído yo sus poemas en ruso, ¿o acaso lo había hecho? No tuve más remedio que negar con la cabeza, y una sonrisa desdeñosa paseó por los labios finos del poeta. Pero aún así, dijo el gordo, aún así, debería saber cuándo un poema arde y cuándo es una fantasmagoría. Lo miré asombrado. No podía imaginarme la palabra “fantasmagoría” en ruso. Le contesté que generaciones de argentinos, qué digo argentinos, de hispanoparlantes, se habían emocionado y vibrado con los poemas de Maiacovski en español gracias a Lila Guerrero. Qué cómo se atrevía a sentenciar a alguien que había llevado amorosamente su voz, su voz propia, a oídos y corazones impensados por él, que ni siquiera sabía que existían. El gordo traducía atropelladamente a Maiacovski, y Maiacovski atropelladamente le contestaba. No le dejé seguir. “¡Dígame, dígame si usted los escuchó en español, si usted los entiende, si entiende lo que escribió!” grité. El gordo intentó entender si me refería a que si entendía lo que Lila escribió de lo que escribió él, o si él entendió lo que había escrito él. Que con él se refería a él, al camarada. Al camarada Maiacovski, claro. Lo interrumpí. Vociferé: “¡Dígame usted y en español su verso mejor!”
Lo que siguió fue un pandemonio. Maicovski gritaba. Yo vociferaba sus versos en español. Supongo que él los aullaba en ruso. El gordo gritaba también, para ambos lados. Comenzamos a empujarnos uno al otro, gritando algo que tal vez creíamos poesía. Finalmente el gordo desde el asiento del conductor estiró un brazo descomunal y agarrándome de las solapas me estrujó contra el fondo del auto.
“¡Basta! ¡No vamos a discutir con usted crítica literaria!” gritó. Maiacovski se alisó sus ropas y se volvió a hundir en el asiento, sonriendo con desdén. “¿Toma el trabajo o no toma el trabajo?”
Dije que sí con la cabeza, tratando de componer una figura digna. El gordo tomó un sobre del asiento del acompañante y empezó a separar billetes. Había un montón. Quedaron más de los que me alcanzó en un puñado. Los agarré sin mirar, y el gordo paró el auto y abrió la puerta.
“Adiós” dijo. “Nos enteraremos cuando termine el trabajo.” El auto se separó del cordón y se perdió en la noche, con una sola luz y sacando humo por el caño de escape.
Me acomodé el impermeable para recuperar la compostura. Busqué una luz cercana para contar los billetes. Estaba junto a un paredón sombrío e inacabable. La Chacarita, me dije. Un lugar bueno como cualquier otro para empezar a buscar a Lila Guerrero. Caminé hasta una luz amarillenta y allí le eché una ojeada a los billetes. Todos escritos en cirílico, donde hercúleos obreros dibujados abrían el camino al porvenir.
Miguel Gaya (Buenos Aires, 1953). Integró el Grupo Onofrio de Poesía Descarnada junto con Javier Cófreces y Jonio González; fue miembro del Comité Editorial de la revista de poesía La Danza del Ratón, desde 1981 hasta su transformación en Ediciones en Danza en 2001; socio fundador y actual secretario del Centro PEN Argentina. Es abogado.
Ha publicado los siguientes libros de poesía: La vida secreta de los escarabajos de la playa (1982), Levanta contra el viento la cabeza oscura (1983), Colección Robin Hood (1994), Siluetas en la corriente del río (2000). En Ediciones en Danza publicó: Los Poetas Salvajes (2003); Lo efímero y otros poemas inestables (2009), El alma y otros lugares (2012), Cabeza de artista (2016). Las novelas: Contemplar ese animal sangriento (España 2008), finalista del Premio Biblioteca Nacional 2006; Una pequeña conspiración (2012), finalista Premio Novela Negra 2011, y Resurrección de un comisario (2016). Integró diversas antologías nacionales e internacionales.
Fotografía: cortesía del autor.
by Claudio Medin | 15 \15\America/Argentina/Buenos_Aires abril \15\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Festival de Poesía
Nuestro Espacio Literario. Protagonistas, lugares, fechas y horarios de todas las actividades, con entrada libre y gratuita, que se realizarán durante el mes de abril en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires)
Wanaku. Presentación del libro de María del Rosario Andrada editado por Lisboa. Acompañarán a la autora Ángela Pradelli y Carlos Aldazábal. Martes 3 de abril, sala Meyer Dubrovsky (3° piso) 19 hs
Casa en mi boca. Presentación del libro de Nahilí Jarcovsky, publicado por Alción. Participan Juan Carlos Maldonado, Hernán Nemi y Ricardo Toledo. Viernes 6 de abril, sala Jacobo Lacks (3° piso), 19 hs
Dramaturgias posibles. Un ciclo donde el teatro es pensado desde la literatura. El jueves 12 de abril el entrevistado será Nacho Bartolone. Coordina Nara Mansur. Sala Jacobo Lacks (3° piso), 19 hs
Callar los perros. Presentación del poemario de Guillermo Bianchi. Presentan Hugo y Vicente Muleiro. Viernes 13 de abril, sala Meyer Dubrovsky (3°piso), 19 hs
Nací en el cine. Presentación del libro de Pablo Queralt, publicado por De todos los mares. Viernes 20 de abril, sala Meyer Dubrovsky (3° piso), 19 hs
Las raras circunstancias. La poesía en el CCC. El lunes 23 de abril Gabriela Borrelli Azara, Verónica Pérez Arango, Julia Mgistratti y Canela, junto a los músicos Lola Gonda y Guillermo Capocci. Coordinan: Marina Cavalletti, Romina Dziovenas y Carlos Aldazábal. Sala Osvaldo Pugliese (PB), 19 hs.
Romano y Cortázar. Presentación del último libro del poeta y ensayista Eduardo Romano sobre la obra y la figura de Julio Cortázar. Jueves 26 de abril, sala Meyer Dubrovsky (3º piso) 19 hs
by Claudio Medin | 28 \28\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \28\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía
Presentamos una selección de poemas de Baladas, de Hilda Hilst, volumen que incluye dos libros de poesía de la reconocida autora brasilera, Balada de Alzira y Balada del festival, y que fue publicado a fines del año pasado por la editorial Caleta Olivia, con traducción de Salvador Biedma.
Del libro Balada de Alzira (1951):
III
En aquel momento
la risa acabó
y vino el espanto
y de mis lágrimas
la incomprensión
y de las manos unidas
vino el temblor de los dedos
y de las ganas de vida
vino el miedo.
En aquel momento
vino de ti el silencio
y el llanto de todos los hombres
brotó en tus ojos traslúcidos
y los míos se apartaron de los tuyos
y de los brazos largos
vino el corto adiós.
En aquel momento
el mundo se detuvo
y de las distancias
vinieron aguas
y el bullicio del mar.
Y del amor
vino el gran sufrimiento.
Y nada quedó
de las infinitas cosas presentidas
de las promesas en llamas.
Nada.
XIII
Existe siempre el mar
sepultando pájaros
renovando sollozos
rompiendo gestos.
Existe siempre una partida
que comienza en ti
que toma forma
y contigo desaparece.
Existe siempre un amigo perdido
un encuentro que se deshace
y amenazas de llanto en la retina.
Existe un canto de gloria
que no se inició nunca
pero está guardado en mi pecho
disolviendo la memoria.
Y más allá de la canción incontenible
de tu amor ausente
más allá de la amargura no revelada
de esta espera
existe siempre la tierra
que deshace
las primeras ganas de Existir.
XVI
“Lo que vemos de las cosas son las cosas”
Fernando Pessoa
Las cosas no existen.
Lo que existe es la idea
melancólica y suave
que nos hacemos de las cosas.
El escritorio está hecho de amor
y de sumisión.
Sin embargo,
nadie lo ve
como yo lo veo.
Para los hombres
está hecho de madera
y cubierto de tinta.
Para mí también
pero la madera
sólo le protege el interior
y el interior es humano.
Los libros son criaturas.
Cada página un año de vida,
cada lectura un poco de alegría
y esta alegría
es igual al consuelo de los hombres
cuando estamos inquietos
en respuesta a sus inquietudes.
Las cosas no existen.
La idea, sí.
La idea es infinita
igual que los sueños de los niños.
Del libro Balada del festival (1955):
X
CANCIONCITA TRISTE
E hice de todo…
Fui auténtica, durante un tiempo.
Fui inquietud y fragilidad.
Brillé en ronda de amigos.
Practiqué el deporte con violencia
y una vez (¡trágica melancolía!)
nadé con aparente desenvoltura
(el pecho jadeante y desgarrado)
mil metros mariposa…
Fui amante, amiga, hermana,
sonreí cuando él me dijo cosas amargas…
Y nada lo conmueve.
Nada lo espanta.
Y él miente
y miente amor
como los niños mienten.
XIV
BALADA DEL FESTIVAL
De veras apareció
venido de tierras distantes
un hombre casi poeta
que me amó y que se dio
a mí y también a otras.
Y decía por teléfono
cosas tan tiernas, tan todo,
que sólo por oírlo y esperarlo
muchas mujeres se perdieron.
Muchas mujeres… también yo.
Lo amé en aquella prisa
de horas programadas y hoteles…
dentro de mí la promesa
de amarlo aunque estuviese
en la vieja China, por los mares,
dentro de algún avión.
Y cuando me llamaba
yo toda nerviosa
iba y venía y presentía
al hombre que huía de mí
pasaporte en mano.
Ahora estoy tan cansada
me perdí en la confusión
de ser amante y amada.
Si todavía voy a buscarlo
en París o Viena
no me pregunten, amigos,
que la mirada se me pone tan triste
tan triste que da pena…
De veras apareció
venido de tierras distantes
un hombre, alas y Orfeo.
XVII
a Luiz Hilst
El poema se deshace. Bien lo sé.
Y muere de a poco.
Si el genio del poeta consiguiese
la palabra con sabor a eternidad.
Decir sobre la amiga que se fue
y abría los ojos nocturnos sin voluntad.
Decir sobre el amante alguna otra cosa
más allá de la espera.
Decir sobre la madre, oh, amadísima,
todo lo que la boca no dice
y se pierde.
Tan solos están los hombres y la palabra.
¿Por qué no habrá otro mundo
sin ruido ni boca,
mudo, espléndidamente mudo?
Selección a cargo del escritor, poeta, editor y traductor Salvador Biedma.
Hilda Hilst es una escritora brasileña que nació en 1930 y murió en 2004. Se la suele considerar entre las más importantes autoras de lengua portuguesa. Se dedicó en principio a la poesía, género en el que se destacó especialmente. Publicó su primer libro en 1950. A fines de los ’60 escribió además una serie de obras teatrales y en 1970, su primera obra de narrativa. Ganó en dos ocasiones el prestigioso premio Jabuti. El Cuenco de Plata publicó dos de sus novelas: Cartas de un seductor y La obscena señora D, traducidas por Teresa Arijón y Bárbara Belloc.