Poemas de Marcela Rosales

Poemas de Marcela Rosales

Un recorrido por la obra de Marcela Rosales (1970), una de las voces más singulares de la actual poesía de Córdoba.

DIESIS (Alción, 2017)

Side by side

Guárdese cada uno de su compañero

Jeremías 8, 4.

Tomo el bus hacia el final del camino

abrazados al sueño del norte del norte

con ojos rasgados o redondos

reponemos el stock de cuerpos

y basura en los bordes de las aceras

salimos de la selva de la selva

el bus sube abriendo una herida parda

amontonamos cielo ahora

y bajamos los párpados

los montículos de carne vencida

siguen ahí, golpeando detrás de la córnea

aguas marrones las pieles todas

bajo el garrote divino

en los costados del camino se acumulan

las hojas del otoño y los imposibles

cuán dulces son tus ideales, hermano mío

como higos de la canasta buena

mi compañero de asiento lleva pasamontaña

amartilla el rifle y baja del bus

no llega a usarlo

lo trituran como a jugosa breva

a mí que no lo he acompañado también

side by side, de nada sirve.

Jehová ya anunció que no nos escuchará

dice que está cansado de arrepentirse

el bus acelera dando tumbos

tropezamos de a miles en montes de oscuridad.

Él, dice que está cansado.

 

 

Cintéotl (dios/diosa del maíz)

 

Abrazado sin brazo

con el cuerpo colgando hacia el abismo

conduce un deus ex machina

que abusa, viola, engendra y puebla

un desierto de plástico y lámina.

Refulge a su paso el sol a diestra,

y siniestra la negra gola del coyote

engulle un mediodía de asfixia.

De un solo tajo el tren

degüella a México.

En un extremo el mar

en el otro un sueño

en el medio el hambre

de los cuerpos.

Para los que sobreviven

en Cartolandia, Doña Guadalupe

sazona elotes frescos.

Para el miedo y la vigilia

de los que desesperan dentro

en Washington, Mrs. Hillary

promete cartones secos

(¿le creeremos?)

En otros, de tapas duras,

una tercera mujer acusa a la “izquierda”

de arruinar a “América”

(¿con sal, chile y limón?)

-No siempre quien cocina

entiende del deseo-

Habrá que levantar un muro más alto,

escribe ella.

-Una barrera entre el suelo y el cielo,

pienso.

Porque al cielo invocan

(no a la Iglesia)

los cuerpos panza arriba fundidos

a la Bestia

para cruzar la frontera

Solo, yo, y dios conmigo,

musita para sí, y no se suelta,

el sin brazo

el sin tierra

el sin muro.

La fe, la de los cuerpos

-la única posible, me digo,

es un incendio sin humo crepitando en la noche

un precipicio sin bordes

un riel de espaldas imantado a la nada

una quemazón sabrosa desgranándose en la boca

una locomotora arrastrada

por el Vagón de Carga==========//

 

 

Estación futuro

aunque almuercen semillitas…

DLSO

 

Bajo las alcantarillas de la ciudad

donde se precipita el lodo

muchachos andrajosos improvisan

pasadizos secretos, imaginarios puentes

para muchachas pecosas

espigadas de centeno y amapola.

En las noches sin luna, negro

mediodía de los miserables

febriles hacedores de paraísos

demuelen las catedrales del hambre

(la cloaca es una equivocación)

en el trigo, vayamos niñas a comer cerezas.

Bajo la calle ajena de la tristeza propia

se los oye reír y nace el canto.

Rescoldo marrón en honda celda,

fuegos pálidos, sombras que nadie sueña.

 

 

Yuyos del centro

 

sólo las grietas de la calle

dibujan vida en la tarde

Cielo Razzo

Inmunes a toda primavera

acomodamos el gesto

a la fugacidad del encuentro.

Él vende palabras en la calle

(yo también)

-Llevala, por favor, es la última,

me pide.

Quiere irse de aquí

(lo sé bien, porque es mi frase favorita

desde que llegué)

FE Y FUTURO”, leo en la tapa

y rebusco en los bolsillos

no tengo, pienso, dinero sí.

Se lo entrego. Igual no sirve.

Los dos sabemos que las grietas

no dan revancha

apenas una oblicua superficie

propiciatoria de malezas ralas.

Y aun así…

 

Octubre

 

no tienes alternativa

si quieres enceguecer

también al viento

Giorgio Caproni

Niega octubre

las plantas agrietadas tomando por asalto

la ciudad, las plazas.

El alud invertido rebalsando los drenajes

la náusea y el hambre.

Niega el hambre

su roja floración, su enceguecida sed

de muchedumbre.

Toman café en los bares los que niegan

la vibración marrón en el pocillo

el derrame inminente sobre sus pulcros zapatos.

Niega el odio

tras el vidrio tras la reja tras el muro tras la lente

tras la mira tras el ojo

y ciérralo, ciérrate para siempre a su evidencia

porque no entenderás su herida sin la tuya.

Niega el miedo

a la piel a su ausencia a la intemperie

a decir a aguardar ser fulminado

por su roce temprano

-de ese miedo sí sabes

no hables de otro-

Niega el rayo

y húndete hasta el embrutecimiento

si es que no quieres ver

tu única revolución triunfante.

Octubre ya ha ocurrido.

 

In a silent way

Tributo a Aimé Césaire

y Rigoberta Menchú

Una mujer grita.

Contra el mar escollera

quiebra un solo

de Miles Davis.

Su cuerpo fulminado

en el grito.

Cuerpo imposible

de tigre americano

cuerpo serpiente

cuerpo quetzal

cuerpo milagroso

cuerpo piojera de sueños

cuerpo último madero flotante

cuerpo suicida

cuerpo ciénaga y azúcar

cuerpo despreciado

cuerpo indígena

cuerpo guijarro

cuerpo fulgurante

estaño de la trompeta

de Miles atronando

in a silent way

injusto fuego

injusto miedo

ojo fascinador

ojo tuyo

cuerpo mío

de un modo silencioso

de un mudo modo

in a silent way

ay, cuerpo mío.

 

CIUDAD DE HUECOS (Alción, 2011)

 

Sunday Morning

 

Aprendimos a enterrar

nuestro cuerpo en el jardín

con gentil mortalidad.

Roly Rosales

I

Las calles desiertas. El sol quema la puerta

de la Iglesia sin cura. El pueblo es un escarabajo

ebrio en los cálices blancos de los arbustos en celo.

Detrás la casa aúlla (yo aún no sé decirlo).

Jugamos en silencio, tensos.

II

Game over, anochece en la ciudad. Volvemos

por las calles del centro atiborrados de cine y bares.

El bramido del tráfico redime del diálogo. Arriba en

los patios-pajarera de los edificios, la ropa nunca se seca.

Ya sé decirlo: el olor de las magnolias es revulsivo.

III

Es de noche. La podredumbre del día se acumula en las aceras.

Falta el aire. En los ojos desvelados de dos niños

cabe todo el infierno. Detrás del vidrio

miro a mi hermano despedirse de su padre de domingo.

No hay santuario. No se los digo.

 

 

Summer

 

Es 13 de mayo y cumplo 16. Las cuatro

desconocidas opinan que debo festejar.

Nos disfrazamos de nuestras madres

con vestidos de verano años 70’, collares

estridentes y el pelo batido. Temblando

de frío nos abrazamos para la foto en

los escalones de Villa Huecos como divas

de Hollywood descendiendo del avión.

Abajo la multitud enardecida vocifera,

aplaude, aturde. No festeja nada,

básicamente quiere comida. La consigue

apedreando el súper de la esquina.

Yo abro la boca roja de payasa

bien grande y compongo El Grito

entre las manos. Básicamente

quiero dejar de respirar. Lo consigo.

(Como al país, me sobrevive la mueca)

 

 

Autómata

 

Hay trenes que se empacan en maletas

aviones que se guardan en sombreros,

barcos que se doblan en pañuelos

y carrozas que se calzan con los guantes.

Las estaciones, en cambio, no caben,

no caben.

(Se extienden por el mundo como rieles

y nos dejan varados)

 

 

Hospital

 

Me quemaré en tu sol, Concepción.

Hugo Rosales

Rías negras

rías de la vida

rojas rías.

El pico nevado

en lo alto miasmas

flotando en lo bajo.

Cuerpos dolientes-padres ausentes

sombras helándose al sol.

La mujer in

/

grávida

el hijo no

/

nato

el padre no

/

muerto.

El hijo anudado a la madre

la madre anudada al padre

el padre anudado al cable

el cable anudado al viento

el viento anudado al hueco

de mis venas abiertas:

gota-goteo remedio

rojas rías

gota-goteo alimento

rías de la vida

gota-goteo excremento

negras rías.

Hijos silentes-tumbas pacientes

sombras helándose al sol.

 

Marcela Rosales (Córdoba, 1970), Lic. en Filosofía, Doctora en Ciencia Política. Docente e Investigadora de la Universidad Nacional de Córdoba. Escritora, Integrante del Consejo de Redacción de la Revista Palabras de Poeta. Integrante y fundadora del Grupo de Poesía y Narrativa “Todos los Nombres”. Como poeta publicó Versos como Naves (EDUCC, 2005), Con tu pie desnudo (Alción, 2008), Ciudad de huecos (Alción, 2011), Los Miserables (Otros), Todos los Nombres (Alción, 2013), Incendiados (Alción, 2015) y Diesis (Alción, 2017). Fue incluida en diversas antologías, entre la que destaca Antología Federal de Poesía Argentina, Región Centro (CFI, 2018) compilada por Samuel Bossini.

Poemas de Marcela Rosales

Estancia recobrada

Poemas de Ángel J. Martínez Haza, poeta cubano radicado en Argentina. En 2017, Estancia recobrada obtuvo el Primer Premio en el Concurso Provincial de Literatura, organizado por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta. 

 

Guión

 

Salgo a la terraza umbría

cuando el poblado gira lentamente

y se va achicando en una esquina de la pantalla.

Muchas telas se alzan al viento y caen,

se alzan y caen.

 

Cansado de llevar figuraciones

pido un marco insostenible,

otra escalera.

La memoria nos adormece

con su obstinada banda sonora.

 

¿Me ves, me escuchas

cuando voy a la terraza a contemplar

nuestro reflejo en el borde del ocaso?

Los trapos se levantan al viento,

luego caen.

 

Latidos de un río, habitaciones.

Y ahora ¿quésigue?

Un animal traslúcido,

erguido entre los cables,

anuncia el final

sin perder la isla de su hechura:

campanario vacío

y dos notas vacilantes

que se apagan con la primera estrella. 

 

Vísperas

 

Buscábamos entonces algún artificio,

el viento desmedido y blanco

calmó nuestra sed de irrealidad.

En la calle nos quedamos sin faroles,

como podía suceder los jueves

y asistimos, ingenuos,

a la conjunción de todos los actos

en la última estación.

 

No recuerdo qué ingenié

para demorar el regreso.

Si dije algo quedó prendido

en la madeja nocturna

y la humedad.

Ya no es joven el secreto,

muchas olas desfallecieron

a nuestros pies.

La plenitud se nos ofrece sin rumbos

como una pálida selva de umbrales vencidos.

 

Testimonio onírico

 

Una calle antigua,

sólo para caminantes que elijan la piedra gastada y el musgo,

atraviesa la zona más extraña de la ciudad

junto a carcomidos y amables edificios.

En esta casa lóbrega junto a la rivera

estuve antes, mucho antes,

con el agua creciendo en su patio hundido.

 

Esunacalle cuesta arriba

con portones llamando a estancias posibles.

Allá encuentro la muchedumbre:

nadie me espera,

miran al cielo con asombro infinito.

Yo no miro, no me detengo,

debo seguir la calle

antes que desaparezca entre las brumas. 

 

Velas

 

Corro entre las bocas de metal.

Junto al círculo pobre

la flama de naranjas continúa.

 

Despertar enmascarado

alumbrando los rincones del abismo.

Pino, lluvia, salitre.

 

El delicado temblor de los eventos

cuando se integran en la ronda,

cuando se hacen humo con el humo. 

 

Samsara

 

¿Qué puede cambiar lo riguroso

cuando tu reflejo deslucido

y el goteo arrítmico de la memoria

dan paso al andar en calma

por la segunda faz del mediodía?

 

Todo lo que se aleja

conforma nuestro cuerpo.

 

¿Alguna vez me pensaste,

quizás en un descuido de esa realidad

que nos desprendió las emociones

en la única edad para ser libres?

 

Alguna vez, entre los pequeñísimos

momentos de claridad

que cada tanto y tanto

se incorporan al destino.

 

Clusters

 

Vagamos junto a una gran extensión.

 

Un buen día

miras sobre tu hombro

y no te agrada

ser el que pareces.

 

A veces queda demasiado abandono

entre dos sueños

contando, sin embargo, la misma vida.

 

Aprende a usar la sangre,

sus arreglos.

 

Permanece en la ventana

o cubre sus ojos con trapos

untados en llovizna y azafrán.

 

Está oscuro hacia adentro.

 

Vanos conjuros

 

Escuchaste una frase desnuda,

radiante, casi en nuestro idioma.

Es fácil adivinar un tibio escondrijo

al amparo de esa voz.

Curiosa,

vuelves a deducir el espacio,

las reacciones.

Hay una lámina de agua

que no sabes traspasar.

Vanos conjuros:

tu imagen llega difusa

al otro lado de la lluvia.

 

Después

 

algunos dicen

todo fue muy bien

cómo no

muéstranos tu violín

lentos se despiden

como espectros al amanecer

hay un segundo de viento sobre las cabezas

casi un alivio

esquinas del sonido que persisten

después

cuando nadie recuerda

y volvemos solos entre los charcos

cuando todo acaba en un gesto difuso

aparecen las heladas criaturas y comienzan a reír.

 

De paso

 

Sobre el muro se sientan

a mirar constelaciones,

en el salitre, en la piedra

de vencer marejadas.

Abrazados

anuncian la gloria

que sucede en otro sol

y otros designios.

Pero nunca sobre el muro

confesaron los escombros,

tampoco ahora en el suelo espejado

donde se acomodan

mirando a un horizonte seco

y sin navíos para soñar con el levante.

 

Regazo.

 

Fuimos añadidos

a la perfecta conjunción de suavidades

y penumbras,

porque tienes esa rara habilidad

de ennoblecer el polvo

y a veces también el infinito.

 

Caemos en la superficie

donde tantas historias se deshacen,

donde alcanzamos tu suerte,

apacible rincón de casa,

como entrando definitivamente

a un país de alegres olvidos.

 

Ángel J. Martínez Haza nació en Matanzas, Cuba en 1979. Escritor y músico. Licenciado en el Instituto Superior de Artes, Universidad de las Artes de la Habana. Recibió el Premio de Poesía de la provincia de Salta en 2017 y el Primer Premio de Poesía El Zorzal, Buenos Aires 2011. Fue galardonado en los certámenes literarios Bonifacio Byrne 1986 y Heptagrama 2011. Ha publicado Diálogos del encantador (Vigía 2006), La forma de un sueño (Matanzas, 2008), Reino y travesía (5 sentidos NOA 2013) y Estancia recobrada (Fondo Editorial 2018). Muchos de sus escritos aparecieron en revistas culturales como Vigía, Matanzas y Punto cultural, así como en antologías poéticas de Argentina, Cuba y España. Desde el año 2008 reside en Salta, donde realiza una labor activa como concertista.

Poemas de Marcela Rosales

El movimiento de la tierra

Algunos poemas de El movimiento de la tierra, del poeta colombiano Santiago Espinosa (1985). En 2016 el libro obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines.

 

Desde una montaña

 

Miramos la ciudad. Vemos desde la altura

tu casa o la mía, donde antes estuvo el mar.

 

Las voces se sumergen

al fondo del espacio

dejando en su lugar

un rumor desconocido.

 

Tuvimos que escribir para encontrarle

a los fantasmas su lugar bajo la lluvia.

Tantear su marca en la memoria.

 

Los amigos se marcharon

a otro punto del horizonte,

buscaban la semilla dispersa.

Aviones y promesas

dividían los años.

 

Nosotros aprendimos

a esperar lo que regresa.

Viendo bajo a las huellas

el movimiento de la Tierra.

 

 

Fosa común

 

Te abres el pecho

largamente

y allí encuentras

 

dos libros

 

casas que no alcanzaron

su estatuto

de moradas

 

el ojo de los dormidos

como un carbón

bajo la niebla

 

sigue cavando

 

los rostros de tus abuelos

amarillos

por el cáncer

 

el uno era político

y soñaba con los trenes

 

el otro un músico

que le cantaba

a las luciérnagas

 

Montañas arrastradas

por un río

de voces

pedregosas

 

y más abajo

el mar.

 

Ha sido inútil el arte

de cavar huellas.

 

Abrir un agujero

entre la hierba

y los

papeles

dispersos

 

para mirar de nuevo

las estrellas.

 

 

Mariposa nocturna

 

…espera que cada uno se realice y consume

                                                                                  con su poder de silencio y de palabra…

                                                                                              Drumond de Andrade

 

Es inútil que escribamos sobre todo.

Hay que saber esperar.

El poema nace en el vacío

que desplaza otro poema.

Pienso en las mariposas nocturnas

persiguiendo su sombra sobre el techo.

Se alejan y la sombra se perfila,

cuando se acercan demasiado

pierden la imagen en el vuelo.

Es mas o menos así.

Sombras que buscan la luz

para permanecer como sombras.

A veces el silencio es el último

cumplido sobre las cosas que amamos.

Su manera de estar a nuestro lado.

 

 

Abuelas

 

Mujeres de la casa,

muy rápido aprendimos la existencia

de un canon familiar:

 

la abuela paterna como un ave menuda

sobre las cosas,

nos mira con sus ojos serenos

en el agua de otro tiempo,

 

la madre de mi madre regresando

desde el ruido,

sus ojos como verdes candiles

en el centro de la fiesta.

 

Oigo los secadores que se prenden

en los baños de la infancia,

poblando la casa de mercados

y de estadios submarinos.

 

Miro a las abuelas y miro a las mujeres,

hablándoles a sus hijos del pasado y de los trenes,

hilando con sus historias el secreto

de Irlanda o Santander.

 

Sin saber quiénes somos ni hacia dónde vamos,

pienso que no tuve pasado sino un puñado de mujeres.

Mujeres despiertas como aves o candiles,

inventando desde sus pasos el rumor y los días.

 

John fabricante de helados
Lo aceptemos o no, el reto estaría en permitir

el contacto. Entrar en lo que ha estado disperso.

Pienso en esa persona con la que coincidimos

una mañana, extraños el uno para el otro
como ocurre en los sistemas de transporte.
Se presentó como John, de Staten Island,

yo como alguien que viajadesde otro país.

Hubiéramos podido callar pero la escena

seguiría intacta: dos hombres que miran la marea.

John me habla de su familia que está a algunas bancas

de distancia. Su esposa, sus nietos. Se sorprende del

dominiode estos chicos con las nuevas tecnologías,

para él incomprensibles. Me habla de su madre

que está entera a los 90 y vive en las playas

de Long Island. El mundo se ha vuelto numeroso

pero el frío conserva sus historias,

la de John, nos mienta o no desde su voz carrasposa,
quien asegura haber tenido una fábrica de helados
no muy lejos de allí, “el mejor trabajo del mundo”

sostiene, mientras sus ojos se abstraen hacia otro horizonte.

Piensa, sin decirlo, que un joven cualquiera

podría entenderlo mejor que su madre,

de pronto ser la muerte con su abrigo de extranjero,

justo en el más caluroso de los inviernos.

Cuántas cosas ha visto John, cuántas verdades

que quedaron en suspenso. Los recuerdos lo persiguen

como un furgón de cola que no termina de encajar.

Y él allí, siempre adelante de ellos.

Pero ahora hablemos de su voz, algo apagada por los años.

Como si las palabras nos espiaran del otro lado del hielo,

como si no hubiera garganta sino una guitarra de despojos,

abandonada por los suyos entre las piedras y la nieve.

Sus frases tenían la luz de lo que ya está a punto

de desvanecerse. John, pensamos, no le hablaría

a otra persona con la misma confianza,sólo a un extraño.

De pronto la muerte fuera ély esta la última estación,

un símbolo, John de Nueva York y de ninguna parte,
el mar se desplaza bajo el Ferri como dos sedas divididas.

Nos despedimos algo antes de tiempo,

hubo amistad entre los dos. Lo felicito por su familia

mientras él, cálido sin embargo,

me habla desde la escarcha y me desea un feliz viaje.

 

Esferas

 

Nunca temimos a los sismos,

nos habituamos a hablar sobre los sismos.

 

Mi padre señalaba los mapas con el nombre sonoro

de Kobe o San Francisco, Popayán o Tauramena.

Eran viajeros que llegaban desde el fondo de la tierra

con un código de Richter,

o un niño que nacía desde el calor hacia las rocas.

 

“Las placas se mueven bajo nosotros”,

decía mi padre, “el tiempo es una caricia silenciosa”.

 

E imaginábamos la lava desplazarse bajo los pies, roja y naranja.

El desplome de los campanarios en el Tiempo del ruido.

Y un espasmo, un remezón de las cortezas más profundas

que hacía bailar todas las cosas, como si despertaran.

 

Guardábamos el mapa entre los anaqueles. Las fotos se hacían

turbias y nosotros caminábamos sobre el planeta.

El mundo era una esfera llena de voces

y murmullos, una canica redonda y traslúcida.

 

“Las placas se movían bajo nosotros.

El tiempo, una caricia silenciosa.”

 

Cuando despertamos por el terremoto de Armenia

vimos las ruinas de la infancia en el televisor.

Vimos las madres y sus hijos llorar a la intemperie.

Los sismos se hicieron viejos

y perversos, y comenzamos a temerles.

 

Frente a la luz de las pantallas,

viendo el avance de las formas contra el tiempo,

el rostro de los padres comenzó a cuartearse

y fue grabado en sus semblantes

un mapa imperfecto y movedizo.

 

Santiago Espinosa (Bogotá, 1985). Poeta y ensayista. Profesor del Gimnasio Moderno, donde coordina la Escuela de Maestros. Poemas y ensayos suyos han aparecido en diferentes selecciones de su país y del exterior. En 2015 se publicó en España Escribir en la niebla, compilación de ensayos sobre 14 poetas colombianos. En 2017 apareció en México la antología Luz distinta (Valparaíso México), y la colección de la Universidad El Externado ha publicado su antología Para llegar a este silencio. Su libro El movimiento de la tierra, publicado en España recientemente, ganó el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2016. Recientemente la Editorial Planeta publicó la antología El libro de los animales, poemas para niños de todas las edades, de la que fue compilador.

Poemas de Marcela Rosales

Programación de mayo (2018) del Espacio Literario del CCC

Nuestro Espacio Literario. Protagonistas, lugares, fechas y horarios de todas las actividades, con entrada libre y gratuita, que se realizarán durante el mes de mayo en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires).

ACTIVIDADES de mayo de 2018

De las consecuencias de la luna y otros textos. Presentación del libro de César Domínguez, con la participación del autor y Mauricio Kartun. Miércoles 2 de mayo, sala Jacobo Laks (3° piso) 19 hs

Dramaturgias posibles. Un ciclo donde el teatro es pensado desde la literatura. El jueves 11 de mayo la invitada será Mariana Mazover. Coordina Nara Mansur. Sala Jacobo Lacks (3° piso), 19 hs

Alto guiso. Presentación del libro colectivo de poetas de La Matanza publicado por Editorial Leviatán. Viernes 18 de mayo, sala Meyer Dubrovsky (3° piso), 19 hs.

Las raras circunstancias. La poesía en el CCC. El lunes 28 de mayo Lila Biscia, Celina Feurstein, Guillermo Siles y Juan Sasturain, junto a la música de Romina Pechin. Coordinan: Marina Cavalletti, Romina Dziovenas y Carlos Aldazábal. Sala Osvaldo Pugliese (PB), 19 hs.

Poemas de Marcela Rosales

“Cóndor”, de María Casiraghi

 

Una selección de poemas de “Cóndor”, el poemario más reciente de María Casiraghi, acompañados del texto leído por María Malusardi el día de su presentación.

 

CÓNDOR, DE MARÍA CASIRAGHI

Por María Malusardi

Las aves saben que nunca se alcanza el cielo, dice un verso de María Casiraghi. Nosotros, que sabemos que el cielo es una entelequia  –o acaso una alegoría de lo imposible en los ojos –, nos arrojamos (precipitamos) sobre el lenguaje que, al igual que el cielo para las aves, resulta una experiencia abisal, en palabras de José Ángel Valente.

Creo que es necesario, primero, compartir con ustedes el primer poema, ya que nos brinda el tono del libro y además, en tanto umbral, este primer poema acoge  –y recogerá – el derrotero de nuestro asombro.

Si quieres ser el primer hombre de la tierra

abre estas rocas, ahora.

Habrá tiempo

después

para pintar las cuevas.

Como el silencio, refúgiate

en los tímpanos de la montaña

oye

solamente

la fe de la naturaleza.

Que se apaguen los otros

esos que esperan

como tú

que suban el telón los buitres.

Porque esta butaca es tuya.

Pero el tiempo, impune,

se ha vuelto desertor.

Paciencia

estos parajes de América

no escupen tiempo ni sangre

son espejos de arena

donde hasta el viento se detiene para verse

con sus alas

incesantes

moviendo la historia.

Verás lo que puedas ver.

Verás solamente

lo que ellos

quieran que veas.

 

“Verás solamente / lo que ellos / quieren que veas.”

¿Es una advertencia? ¿Un necesidad? ¿Un destino?

En este primer poema se presentan, aunque sin nombrarlos, el cóndor y el humano, que serán protagonistas hasta el final, y se ubican lugares, espacios, que son materia y escenario recurrente (el aire, la montaña, la piedra). Pero también se afirma una arquitectura del lenguaje que mantiene el derrumbe en sus vísperas: cada uno de los poemas que integran el libro se contiene, equilibrado, y la ferocidad (a veces la rabia) es el tendón que nunca se ve pero que por debajo tensa, da el timbre sonoro como cuerda de viola y excita las reverberancias del sentido:

 

XI

Remontan solitarios, y en esa armonía

se hacen señas

se alejan, vuelven, suben,

orgullosos

desfilan:

esta mañana

nos van a embalsamar.

En la cima

nadie se rinde, nadie se va.

No te das cuenta de que estás en el mundo.

No sientes hambre, ni calor, ni frío.

Un teatro invisible te sostiene

ya no sabes quién es quién en esa nube

feliz de no estar en ningún lado

inmóvil

feliz de ser

un ser

para la muerte

y que ya no importe.

 

Durante mi lectura, no pude evitar un regreso a Lucrecio, De rerum natura (De la naturaleza de las cosas). Que me derivó, a la vez, a la relectura de un hermoso ensayo del filósofo George Santayana en el que se explaya no sólo con sabiduría sino con belleza sobre la obra de Lucrecio. Dice:

“Parece que estamos leyendo, no la poesía de un poeta acerca de las cosas, sino la poesía de las cosas mismas.”

“Lo que Lucrecio demuestra a la humanidad de una vez por todas  –continúa Santayana – es que las cosas tienen su poesía a causa de su propio movimiento y vida, y no simplemente porque nosotros las hayamos convertido en símbolos.”

María Casiraghi logra el amparo de esta reflexión de Santayana. Cóndor, en palabras del filósofo, “descubre los resortes secretos de las apariencias” y de este modo “abre a la contemplación un segundo mundo positivo, la fragua de la naturaleza y sus activas profundidades, donde un mecanismo prodigioso alimenta continuamente nuestra vida…”.

 

X

Cuando un cóndor

encuentra una grieta

no ve la sangre de la roca

no teme los resquicios

líquidos

de la montaña.

La intemperie es fría

las heridas

calientes.

Sabe

que no puede refugiarse

si no es

donde se ha roto la naturaleza

si no es en ese hueco

que se abre en los paisajes más perfectos

cuando el sismo

de la vida se violenta

tras años de estar quieta.

Sólo allí

donde la piedra se vulnera

el cóndor alimenta sus crías

con la leche de un mar difunto

con la rabia de la roca sedentaria.

La arcilla sufre

cuando es plana

sin cóndor

que la fecunde

y sin viento que la rompa.

 

Leer poesía es ejercitarse en volar. Volar hacia donde nunca llegaremos.

Cuando transitamos la escritura del poema (cuando leemos) volamos. Cuando el cóndor vuela, nos lee (nos interpela) y nos denuncia. Este poemario nos convoca al vuelo, un vuelo oracular hacia el origen, donde todo se equipara, se alinea y, por eso mismo, nos deriva hacia otra dimensión: “… naturaleza nada aniquila, sino que reduce cada cosa a sus cuerpos primitivos”, escribe Lucrecio.

“La inspiración capital de Lucrecio  –nos advierte Santayana– consiste en afirmar que todo lo que observamos a nuestro alrededor, así como nosotros mismos, no es otra cosa sino formas pasajeras de una sustancia permanente.”

Cóndor, como una continuidad secreta  –la poesía va trazando sus caminos y sus tramas– se alía con la filosofía lírica de Lucrecio, aunque nos instala en una realidad actual que contempla  –alejada de todo didactismo y dato duro – un ave imponente y su geografía como patrimonio simbólico de los pueblos originarios de América.

Pero también “hubo un plan // meticuloso / preciso / / para amputarle el cielo a los cóndores jóvenes”, dice Casiraghi. En nombre de este nombre, ya se sabe, los integrantes de la fuerza aeronáutica lanzaron cuerpos vivos desde los aviones. Esta tragedia política irrumpe en el libro sin perder jamás el lirismo ni la alegoría.

Es la respiración asfixiada de la historia lo que el cóndor lee en su volar:

“Paciencia /estos parajes de América / no escupen tiempo ni sangre // son espejos de arena / donde hasta el viento se detiene para verse / con sus alas / incesantes / moviendo la historia.”

Nos leemos en la ráfaga del cóndor, en esa estela del aire:

“Pero hay un eco que no es nuestro / más allá del río, en la piel de las piedras. // Su sonido se nutre / de la templanza del cóndor.

Hay un cóndor sagrado, otro mítico, otro predador, otro subversivo. Todos son el mismo que ven el mundo desde “la altura del tiempo”, dice María Casiraghi, ese tiempo al que nosotros, humanos, nunca podremos acceder.

 

 ***

Selección de poemas

 

 

No salen de sus nidos

no se oye siquiera el aleteo de ayer

de años atrás.

 

Habrá que aprender

que la era de la siembra humana

no comparte relojes

con las horas de las aves

(las madres cóndoras

sólo amamantan su instante

y cultivan terrazas sin época

para que nada suceda).

Habrá que esperar

que los cóndores digieran la mañana

la vendimia en la altura

es siempre suave

como el agua que baña a los niños

como llovizna que roza las campanas.

 

Ellos recogen corazones recién muertos

y los comen

 

para duplicar su alma.

 

*

 

¿Por qué no siente la amargura del exilio?

haber sido profanado

cambiar de cruz

de alimento

inquebrantable

sigue su rutina

desde el nido

al mar

del mar al basural de los humanos

del basural

al cielo.

 

Hay que mirarlo

una vida entera

verlo volar

y lavar el hambre de todas las religiones.

 

Si el confín del cóndor es el cóndor

su cuerpo, en el cielo, es el único límite de dios.

 

*

 

No caza

no está hecho para matar

pero es capaz

de provocar tu muerte

 

su extrema belleza

puede hacerte caer

a lo más profundo de ti.

 

Así lo hace

con los pobres creyentes

 

como ese burro

que camina sereno

por la cima del cañadón

y el cóndor,

con su manto adormecedor

lo deja boquiabierto

ojos al cielo

enamorado.

 

Muy despacio

el estratega del aire

lo lleva al precipicio

 

en el filo

lo hipnotiza

 

aletea con violencia

y el burro

de pánico y vértigo

cae.

 

Días después

su cuerpo ya es carroña

y el ave

inmaculada

lo sale a buscar.

 

(Estas cosas suceden

cuando el hambre

es grande.

 

El hombre entierra su moral

y el cóndor

su naturaleza).

 

*

 

Si es cierto

que van a desaparecer

y hay criaderos

donde sus madres

son títeres

 

todo al final

es simulacro

no importa si estás

o si no estás

si te aman

o si amas

 

más real

más verdadero

es sospechar el amor

y abandonarse en su sensación

 

que por estar, te amen

que al ser amada, estés.

  

Porque al amar

entramos

con el cuerpo cosido

en la utopía del amado.

 

*

 

Si lo miras bien

el cóndor también es subversivo

desobedece la ley de gravedad

invierte los estados del alma

y nunca desaparece.

 

Siempre está volviendo

 

sus alas traen espejos

del más allá.

 

No sabían

los verdugos

que el cóndor no tiene cuerpo

los siglos en el aire

lo han vuelto una visión,

un espectro.

 

(el que limpia puede curarte)

 

Por eso tanta saña y tanto miedo.

 

Los aparecidos

ya saben volar como los cóndores

 

el infinito

también tiene sus métodos.

 

*

 

EPÍLOGO DEL CÓNDOR

En los extremos de mi cuerpo

vive un instrumento que no tiene nombre

pareciera que es garra

cada dedo una nota

y una ira vieja en cada uña.

 

Si camino provoco melodías inútiles

teclas negras

son mis alas cuando abro los ojos y me lanzo al día

y en mi garganta

las teclas blancas

cantan a mi pesar

para todo el público.

 

Soy el silencio

soñando ser alguien en la música

una palabra dicha a tiempo

esa que salva a los humanos

justo antes de tirarse desde el puente.

 

El día es vasto

y muevo la cabeza

la giro, la revuelvo, y después la zambullo en la carroña.

 

En mi sombra también soy cóndor.

 

La oscuridad

si vuela

puede alumbrar el mundo.

 


María Casiraghi nació en Buenos Aires en 1977. Es poeta, narradora y periodista, licenciada en Letras por la UBA. En poesía, publicó: Escamas de Silencio (2004), Turbanidad (2008), Décima Luna (2011), Loba de Mar (2013) y Albanegra (2015) y Cóndor (2018), todos ellos por Alción Editora, y la antología Vaca de Matadero(Editorial Summa, Lima, Perú, 2017).  Poemas suyos se publicaron en diferentes revistas digitales de poesía, nacionales e internacionales. Como periodista/narradora, escribió por encargo los libros de relatos y fotografías Retratos, Patagonia Sur y Patagonia Sur Santa Cruz-Argentina. En narrativa, publicó además el premiado volumen de cuentos Nomadía (Monte Ávila, Venezuela, 2010). Es colaboradora externa de la revista Lugares y desde 2014 forma parte del consejo de redacción de Boca de Sapo: Revista de Arte, Literatura y Pensamiento.

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