Sergio Langer: reírse del horror

Sergio Langer: reírse del horror

Por Leandro González de León y Laura Vazquez Hutnik*

Una entrevista sobre humor, arte y compromiso en tiempos difíciles.

Arquitecto, humorista gráfico e ilustrador, Sergio Langer inició su carrera en Humor Registrado en 1979. Publicó en Rico Tipo, Página 12, Barcelona y Clarín, donde durante años realizó, junto a Rubén Mira, La Nelly. Editó numerosos libros, entre otros Langer Blanco y Negro, Manual de historia argentina: De Carlos a Néstor, Burroughs para principiantes y Judíos. Su obra fue reconocida con premios en Japón, Brasil, Alemania y Taiwán. En 2022 recibió el Diploma al Mérito del Premio Konex por su trayectoria en la última década. \

¿Cómo te encontrás en este momento, Sergio?

Bien, bien. Pasaron muchas cosas. Estamos hablando de la post-pandemia. De alguna manera uno ya está acostumbrado a estar tipo en modo Ana Frank: los dibujantes solemos estar solos mucho tiempo dibujando. Con la pandemia en su momento sentí que era más una especie de aventura medio rara, bizarra, pero a la distancia se notan los efectos, sobre todo en los pibes más jóvenes. 

La sociabilidad siempre ha sido importante en tu trabajo, se ve en lo querido que sos. Apenas apareció tu nombre en redes sociales nos llegaron comentarios por todos lados: el groso, el maestro, el monstruo, pero además el amado Sergio Langer. Contanos de tu espacio laboral, dónde trabajás…

Para mí el taller, el espacio, es fundamental. Soy canceriano, me gusta estar abrigado en un lugar que me guste. Después de que ganó Macri, ‘’casualmente’’ nos rajaron de Clarín. Yo estuve casi 20 años en Clarín, en distintos suplementos, Turismo, Arquitectura y Zona, que dirigía María Seoane. Y cuando salió la tira La Nelly, en 2003, que hicimos junto con Rubén Mira, estuvimos casi 14 años. Éramos como una especie de infiltrados en el diario, porque nos matábamos de risa. Lo disfrutamos, fue un goce total. Sabiendo que estábamos en el nido de la serpiente, siempre. Lo hicimos con un clima festivo y siempre tratando de correr el límite lo que se pudiera.

Y cuando nos rajaron en 2015, no fue casual. Ya la guerra la habían ganado los tipos. Después de 200 tapas contra Cristina, contra los K, ya estaba listo. Con la televisión era una blitzkrieg, por decirlo de alguna manera. Una guerra relámpago que no fue tan relámpago, porque duró como 15, 20 años. Y bueno, ganaron… ¿Para qué querían un par de humoristas satíricos que hacían un grotesco y que se cagaban de risa? Nos rajaron al mes que subió Macri. Me vino bárbaro porque con la indemnización pude armar mi búnker en Paternal.

Que tiene nombre, ¿no?

Sí, es el Espacio Dickman. Ahí mi hija tenía un lugar para tatuar. Fue una especie de micro, mini centro contracultural, o no sé cómo llamarlo. Fue en el momento más interesante en el cual podía tener mi propio estudio cuando ya dejó de haber laburo. Porque ya está, no hay soporte de diario. Salvo los que ya están en algunos diarios en papel, que igual ¿quién compra un diario? Ni sé lo que vale un diario. Pensé que jamás prescindiría del diario en papel, como una especie de ritual que uno tiene.

¿Te quedaste ahí en tu búnker?

Sí, en el momento en que ya dejó de haber laburo. El año pasado me jubilé y pensé, ¿qué es eso, jubilarse? Siempre estuve por el borde del sistema, a nivel ideológico, porque laburé para los medios gráficos, desde los más pequeños fanzines hasta medios hegemónicos. Sin embargo, siempre sentí que estaba ahí, siempre haciendo lo que yo hago. Y de repente dejó de haber laburo. Me jubilé y empecé a hacer cosas que nunca hice. Empecé a dibujar en grande, pasé a otra escala. Hice dos muestras: una en Córdoba, otra el año pasado en Rosario. Empecé a hacer cerámica. Estoy en un espacio donde hago cerámica y hago tanques de guerra. En lugar de estar internado en un hospital de día, hago eso.

Comenzaste a hacer La Nelly en el año 2003, post-menemismo… 

María Seoane me dijo que La Nelly tenía que ser como Mafalda… Yo la miré y dije, no, no… En todo caso como Susanita después de tres abortos, porque La Nelly salía con una motosierra, muy alejada de Mafalda. Yo no tenía nada que ver con Mafalda, a pesar de que estaba en Clarín y que se supone que ahí tenés que ser lo bien pensante y lo correcto, que es Clarín representando a la clase media. Pero justamente en ese lugar nosotros es donde metíamos la cuchara.

¿Y hoy lo bien pensante dónde queda?

Y hoy lo bien pensante está en todos lados… Votarlo a Milei era lo no bien pensante y lo disruptivo, lo punk, porque a la gente no le quedó más remedio. Quedó inerme ante un escenario donde era mucho más apasionante votar a un tipo con una motosierra en un camión que al boludo de Massa. Yo no soy un politólogo, pero mientras se los cuento lo voy pensando.

Igualmente pensar en la deriva de la clase media entre Mafalda y La Nelly, la consigna de pensar dónde estaría Mafalda en 2003 está en la génesis…

Entre Mafalda y La Nelly hubo 30.000 desaparecidos. Y la crisis del 2001. Estábamos tratando con El Colo (Rubén Mira), que es un cráneo —yo lo amo, es un capo ese chabón, a mí me ayudó a aclarar, a saber cuál es mi trabajo, es un gran artista—, él sobre todo estaba preocupado por saber qué era y cuál era el signo de los tiempos que estábamos atravesando mientras hacíamos la tira, qué era el kirchnerismo. Entonces era apasionante. Llegamos a hacer a Cristina bailando en el caño y fue una de las pocas tiras que nos rebotaron. Porque era antes de la pelea entre kirchnerismo y Clarín.

¿Se publicó después?

No. No la publiqué en ningún lado. La tengo en una carpeta que dice ‘rebotado, cancelado’.

Pero tenemos El libro de oro de La Nelly, que es un gran libro, un lingote…

El libro es un compendio, es una historia de cómo construimos la tira con El Colo, con Rubén. Es diseñado por Rubén… 

¿Volverías a hacer la tira?

Qué se yo… A mí me encanta el personaje y sigue vigente. Ayer en la movida de la Gran Paternal en la que estoy, una movida de casi cincuenta talleres que dos veces al año salen a mostrar sus trabajos, proyectamos en unas paredes de un edificio gigantesco con un grupo que se llama Horrenders, por el tema de la gentrificación… Tuve el honor de que pasaron mis tiras de La Nelly del 2007, una saga donde La Nelly se va a la terraza a tomar sol y le hacen en una hora, dos torres express de 30 pisos. Esa es la saga, dura un mes. Desde el 2007, casi 18 años, y está vigente todavía. Ahí me doy cuenta, ¿no? Está bien que era una obra que hacíamos juntos con El Colo, y que yo lo diga no tiene mucha gracia, pero reconozco que es así… Viste cuando se genera una tercera mente, ¿no? La mía más la del Colo, otra cosa. Es así cuando salen verdaderos resultados artísticos zarpados.

Estaría buenísimo que salgan en redes, en donde sea. Porque necesitamos un personaje crítico.

Sí, pero claro, lo que pasa es que ahí tenés que jugar en las redes, en TikTok, los reels. Y yo no sé ni cómo hacer, empezar a hacer eso, no tengo idea. Y soy muy vago. Pero estoy igualmente. Y ahora son tiempos terribles. Lo de Gaza es increíble. Yo siempre me puse en valor mi condición de judío con un orgullo, porque para mí ser judío era ser antifascista. Y mirá a lo que llegamos, a este exterminio.

La cuestión autobiográfica te atraviesa y lo contás con dolor.

Sí, lo cuento a veces. Lo conté tantas veces, a veces te conectás con la emoción y a veces no. Mi vieja era sobreviviente de un campo de concentración en Ucrania. Mataron a toda su familia, judíos. Yo me crié con eso y con el Estado de Israel como una especie de respuesta, la creación de un hogar para los judíos, porque en Europa no dieron respuesta. De hecho fue un genocidio. Entonces yo además sionista, con una perspectiva humanista o de izquierda, si querés. Pero nada, después del 7 de octubre me di cuenta que todo ese relato escondía un dolor muy grande de la gente que ya estaba, del pueblo palestino que fueron expulsados, la Nakba. Eran 800.000, 750.000 palestinos. Yo eso lo supe siempre, pero me crié en un ambiente en el que era más fuerte la idea de que por fin Israel tiene un ejército y puede defender a sus ciudadanos, y todos somos hermanos y todos los judíos del mundo tienen derecho a ir a vivir. Yo me crié con eso.

¿En qué años estuviste en Israel?

Siempre hubo familia. En el año 79 fui a un kibbutz, porque para mí el link con el Estado de Israel eran las granjas colectivas, el socialismo. Pero en ninguno de esos relatos estaban los palestinos. Era como un fantasma. Los palestinos, sí, un territorio para dos estados, dos pueblos hermanos, pero no pasó nada de eso. Y fueron justamente los gobiernos laboristas los que fundaron el Estado. No hicieron un carajo y se fue derechizando cada vez más.

¿No hay un pueblo, un margen al menos que resista?

Sí, hay un diario muy conocido que es Haaretz que refleja a un 20% de la sociedad israelí, a las universidades,a una clase media progre,  que es la oposición a Netanyahu… Tampoco es que Netanyahu secuestró al Estado y es un fanático junto con otros tres. Representa la opinión de la sociedad. Después del atentado del 7 de octubre, sí, pero bueno… O sea, si después de 80 años de humillaciones, de asesinatos, de bombardeos, ¿qué podés esperar? ¿Que te vengan con una caja de bombones? Yo me he distanciado de muchos amigos y familiares por expresar mis opiniones o por mis dibujos contra el Genocidio del pueblo Palestino.

Salvando las distancias con lo que contabas antes de Argentina (porque queda doméstica la grieta política argentina contra esto, que es la grieta más universal que hay) pero igual no dejamos de pensar en la soledad del que se queda entre grietas o queda al margen de eso. En ambas historias te vemos defendiendo ideas que no encajan en un escenario de polarización…

Yo colaboraba en un medio que se llama Nueva Sion. Un medio que se creó cuando se creó el Estado de Israel, lo fundó Avraya Rottenberg, que es el padre de Ariel Roth y de Cecilia Roth. A mí nunca me gustó mucho el nombre Nueva Sion, pero bueno, yo hacía los chistes más disruptivos. Después del 7 de octubre, en el grupo de WhatsApp, sentí que estaba todo como demasiado tibio. Había un consenso en que había que responder, esto no podía ser. Entonces empecé a subir cosas que tenían que ver con el contexto y nadie me contestaba. Cuando vi el grado de ferocidad con la que el Estado de Israel se fue derechizando en segundos, me bajé, me fui y renuncié.

No había lugar para el humor…

No, simplemente me di cuenta que estaba en el lugar equivocado. Y me llegaron a decir: ‘Che, no es momento para que pongas eso’. Otro tipo me dice: ‘¿Por qué subís esa mierda? Le podía haber pasado a tu hija’. Otro me decía: ‘¿Cuándo un chistecito para este lado?’ Entonces, ahí hay como un parteaguas zarpado. Hay que atravesarlo como pueda. Yo la verdad que no sé. Simplemente les cuento lo que me está pasando.

Te la jugás sabiendo que por ahí perdés afectos, que perdés no solo laburo, que perdés afectividad, que perdés amor…

Sí, me da pena eso. Pero lo estoy transitando, no sé. Estoy evaluándolo mientras me voy cayendo en ese abismo. 

Además hay proyectos artísticos relacionados con este tema en los que estás trabajando.

Sí, me crucé con la gente de Tinta Limón, que es una cooperativa editorial, y me ofrecieron hacer la tapa de un libro de Bifo Berardi, después la tapa de otro libro con la cuestión de Gaza. Entonces, a partir de ahí surgió la posibilidad de hacer en la Casona de Flores, en el marco de la feria editorial que se hace todos los años, una muestra. Era de dibujos míos, pero en un momento dije: bueno, vamos a abrir el juego, vamos a hacer una muestra colectiva. Y se me fue un poco de las manos, porque ya somos como 40 artistas. Yo soy el curador, cuando nunca fui curador, ni nada. Tengo la voluntad de juntar gente siempre, me da vértigo y miedo, porque es una situación donde estás exponiendo, te estás exponiendo. Entre los más conocidos están Marcia Schwartz, Roberto Jacoby, Maitena, Isol, Chichoni, Scafati, Nacha Vollenweiderl, María Alcobre, y un montón de dibujantes menos conocidos pero de mucha trayectoria, amigos y colegas. Muchos no saben qué hacer porque tienen miedo de hacer algo que sea molesto o los acusen de antisemitas Y digo: hacé lo que se te cante. Esto es una emergencia, es algo improvisado, es un acto político. Es una acción. Estoy en ese lugar como un referente, y eso me da un poco de miedo y al mismo tiempo me motiva.

Va a repercutir en medios y va a generar también broncas. Pero es la idea, ¿no? Mover el avispero.

Bueno, sí, a mover un poco. Lo que no se puede es que se esté quieto. Y además yo, como judío, yo tengo que estar acá. Yo no puedo tolerar esto. A mi familia la masacraron en Europa. ¿Por qué tengo que estar tolerando esto? ¡Al contrario! ¡Hay que parar este genocidio!

Estás actuando con tu coherencia y argumentado…

Sí. Y yo lo abordo desde el humor negro, que es lo que a mí me convoca.

Acá nos ponemos más académicos… ¿Qué es el humor negro?

El humor negro es reírte de algo horroroso. Poner en el primer plano una situación que es horripilante y es dolorosa y darle una vuelta y que la chispa de la risa se prenda. Pero es notable, no es un invento mío. Es algo que te sale. No hay límites. Si no hay límites para el horror, ¿por qué va a haber límites para reírse de ese horror? Eso lo pensé después del atentado terrorista en la revista francesa Charlie Hebdo, cuando mataron a doce dibujantes y periodistas  que laburaban ahí, todos decían: ‘Ah sí, pero ¿cuáles son los límites? Porque estos tipos se reían del Islam, de los judíos, los neonazis…’ Y yo, ¿qué? ¿No te podés reír? Pero claro, si yo hubiera estado en Francia hubiera estado colaborando en Charlie Hebdo. Pero también, estar en Buenos Aires en ese contexto era estar en Disneylandia. Yo hacía unos chistes sarpados con el Islam y con los judíos. Acá siempre se vivía un clima donde la libertad de expresión no estaba en juego.

El tema es que también no te gane el miedo. Hoy hay mucha autocensura, incluso a veces impulsada por la gente común, por los usuarios en las redes…

Y también desde el progresismo hubo mucho de eso… Yo colaboro con una revista en España que se llama Mongolia. Hice un chiste sobre una violación en manada que pasó ahí, hice varios chistes. La tapa de Mongolia era la justicia golpeada. Publiqué 6, 7 chistes, historietas de humor negro. Y uno de esos chistes lo subí en mi Instagram acá y me recontraputearon. Yo tenía ahí en Espacio Dickman un lugar donde se juntaba un colectivo de artistas disidentes, La Línea Peluda, que eran en su mayoría feministas . Un día yo estaba emocionado por tener a esas minas en mi espacio y al otro día yo era un falocrático burgués machirulo por ese chiste de humor negro…

¿Cómo lo viviste?

Mal, mal… Lo borré en un momento, fue mi primer contacto con las cancelaciones. 

Tuviste el problema en una redacción tradicional en Clarín, que te dicen: no, esta tira no sale, y años después, en un espacio autogestivo y en redes sociales, te cancela el feminismo…

Un nuevo paradigma, jugar en las redes y bueno, bancátela, aprendé a jugar en las redes. Y eso genera empobrecer la obra.

¿Hay un origen del humor negro, de esa pasión por molestar, por esa crítica corrosiva? ¿Dónde lo acordás, es tu familia, en el inicio de tu trabajo?

Me parece que era una buena herramienta para abordar mi propia historia dolorosa. Si vos hacés humor, encontré que con un personaje como Mamá Pierri, que yo hacía en la revista Barcelona, con un personaje abiertamente fascista, yo podía meterme en la piel de un fascista y burlarme de los progres, del progresismo. Es un mecanismo… Después está Capusotto con Violencia Rivas, todo el tiempo satirizando y parodiando al fascismo. Yo estoy dentro de esa corriente. Encontré que esa era la única manera. ¿Qué voy a hacer? ¿Voy a bajar línea? “No chicos, esto está mal”, eso no hace reír a nadie. Entonces encontré una complicidad con mucha gente que se reía de eso y la Barcelona era ideal.

En Judíos también está muy presente.

Yo lo veo tibio ahora, porque tiene 10 años. El libro fue para mí como una especie de álbum blanco medio cachivachesco porque puse todo. El minimalismo no es lo mío. Entonces me gustaría hacer una edición nueva con todo lo que hice ahora, pero tendría que ser la mitad de ese libro. Mi fantasía es hacer una edición para poder publicarla en Europa. Pero imagínate ahora, en este contexto es imposible, iría en cana por antisemitismo, un delito de odio, jaja…

Queríamos preguntarte por Lápiz Japonés.

Empecé en la revista Rico Tipo,que dirigía el gran Ferro, después fui a la revista Humor donde publiqué mi primer dibujo en el 79. Entonces, yo lo que aspiraba era hacer mejor haciendo humor gráfico y publicar en medios. Si podía publicar en Playboy, publicaba, y de hecho publiqué en Playboy de acá y de España. Mi aspiración era crecer en eso, nada más alejado de lo contracultural. Después de haber hecho todo ese recorrido me crucé con Diego Bianki, con otros artistas: con Elenio Pico, con Ral Veroni, con Rapa Carballo, Sergio Kern. A los treinta y pico de años empecé a explorar lo under, lo contracultural, directamente lo alternativo y lo independiente.

Entonces hicimos Lápiz Japonés número uno, número dos, número tres y un cuarto. El primer número fue muy loco porque le hicimos un Quaker que se abría la tapa y estaba troquelado. Era la tapa de una caja de Quaker y había una mina arrodillada de espalda como rezando y el quakero sonriendo, era una intervención Pop. Entonces la Quaker nos clavó un juicio por 100.000 dólares.

Lápiz tiene que estar reeditado, pero primero podemos buscarte un abogado…

El abogado nuestro fue Pablo Jacoby, hermano de Roberto Jacoby, que es un referente del arte contemporáneo. De hecho, en el juicio, Roberto estuvo presente para darnos una mano. Oscar Steimberg fue también testigo, porque queríamos mostrar, decir: “che, loco, esto es pop art, no jodas”. Decían que era obsceno y no pudieron demostrar eso. Jacoby le dijo al juez, que la defensa que la mujer estaba agradeciendo al tipo. Le estaba haciendo un pete, pero no se veía en ningún momento, la tipa estaba agachada. ¿Dónde hay algo obsceno? No había. Entonces, bueno, el juicio duró como 4 años y finalmente desistieron de avanzar en eso porque dijeron: ‘bueno, no pueden volver a usar nunca más la imagen sin pedir autorización’.

Pusimos con Diego cinco mil dólares cada uno. Yo que sé, me podía comprar una moto con cinco lucas, pero no era mi mambo. El fanzine de lujo duró cinco años y se armó la comuna del Lápiz Japonés. Participaron artistas, dibujantes de historieta, fotógrafos, periodistas. Fue un parteaguas en la escena de las ediciones independientes y de experimentación gráfica, quedó como algo de culto hasta el día de hoy.

Siempre en la academia vuelve. Hay monografías, trabajos. Es de culto.

Yo venía de un viaje por Nueva York donde estuve casi un año y había conocido a Art Spiegelman, el autor de Maus. Yo era un pichi… Yo me estaba construyendo como artista. Y en ese viaje me acuerdo que vi la revista Raw. Entonces vine con todo eso y después me crucé con Diego e hicimos Lápiz Japonés. 

¿Compartiste con Spiegelman? ¿Le dijiste que también eras sobreviviente?

Sí, estuve en su casa en 1991 en NY, con mi inglés de mierda, jaja. Ese día él había invitado a Víctor Mora, que era un guionista español muy conocido, el guionista del Capitán Trueno, una historieta de los años 50 que Spiegelman leía de chico y era muy fan. Me acuerdo que cuando llamé a  Spiegelman, me dijo: ‘bueno, va a venir Víctor Mora, let’s have a Spanish night’. Fue un encuentro muy genial…

Él también está ahora muy comprometido con Gaza, trabajando en una obra de eso. Con Joe Sacco se juntaron.

¡Sí, tal cual! Joe Sacco es un capo total, aún no pude ver esa obra que hicieron juntos.

Te queríamos preguntar por la persistencia. Pasaste por muchos escenarios difíciles y persististe.

Lo tengo naturalizado. No siento que haya hecho un esfuerzo o un trabajo adicional, o me puse en peligro, o me expuse. No es que no tengo conciencia del peligro, no. Yo soy bastante cagón, pero en este caso puntual, no puedo. El desafío en estos momentos es con los amigos y familiares más queridos que piensan y sienten tan distinto.. O sea, vos podés guardarte el ego y no ir con la remera palestina al casamiento de tu primo sionista, eso no va a parar el Genocidio.

Me identifico más con lo punk y con la provocación, esa es mi impronta, mi persistencia a través de los años, pero con el tiempo aprendí a no exponerme al pedo… A veces por ahí no me doy cuenta. Tiene que valer la pena. Hablando un poco de Medio Oriente, no quiero martirizarme, pero me fui acomodando a los distintos procesos de una manera natural, quizás salvaje, sin traicionar mis convicciones más profundas, aferrándome a esa tabla de salvación que es el humor.

 

*Entrevista realizada en Nadie podrá impedirlo (FM La Tribu) el 22 de septiembre de 2025. Desde diciembre de 2025, Lápiz Japonés está disponible en el Archivo Histórico de Revistas Argentinas https://ahira.com.ar/revistas/lapiz-japones/ 

 

Laura Vazquez Hutnik es doctora en Ciencias Sociales (UBA), investigadora independiente del CONICET y profesora en UNA y UTDT. Autora de El oficio de las viñetas. La industria de la historieta en Argentina y de Fuera de cuadro. Ideas sobre Historieta.

Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.

 

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