La forma del amor

La forma del amor

 

LA FORMA DEL AMOR (fragmento)

 

“Todavía dudando, avanza, gira el picaporte y entra. Se queda unos segundos parado en la entrada.

―Pasá, queridito ―dice una voz dulzona.

Él se acerca un paso.

―Cerrame la puertita, por favor.

Vuelve ese paso y cierra la puerta.

Mientras ejecuta ese acto, piensa: Todavía puedo irme. Es decir, este es el momento preciso para irme. Todavía no he dicho una miserable palabra. Soy solo un cuerpo en movimiento, sin nombre, sin identidad. Si me voy ahora mismo, todo esto será un estúpido recuerdo, que sepultará la memoria con una pila de recuerdos de vivencias comunes, cotidianas y narcóticas.

Cierra la puerta y vuelve a darse vuelta. Avanza dos pasos, ve a la mujer sentada en la cama. Está leyendo un libro.

―Pero vení, queridito. Acercate.

Él obedece: se acerca hasta quedar a un metro de la mujer. La cara y el cuerpo se parecen extraordinariamente a la voz. Lleva un vestido de color celeste o que parece celeste con esa luz mortecina y adulterada con un tul que emerge de un velador en una mesita.

Entonces ve dos cosas que lo impactan: una, que bajo el vestido celeste asoma tan solo una pierna, la izquierda; dos, que el libro que lee es De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio.

Decide y dice que todo lo que está sucediendo es un error, que en realidad él quería ir a otro sitio.

La mujer se ríe violentamente, exageradamente.

―Todos estamos aquí por error, hermanito. ¿O te creés que alguien decentemente puede elegir terminar en un lugar así?

Dice que lo siente, que lamenta haberla ofendido, que no era su intención.

La mujer deja el libro abierto sobre la cama (él alcanza a ver muchas notas y marcas manuscritas en las páginas) y enciende un cigarro. Es un cigarro de hoja, oscuro y fuerte. El hedor inunda inmediatamente la pieza.

―Tenés un problemita con la voluntad, querido.

Ahora quien se siente agredido es él. Retrocede medio paso aunque la mujer pega dos palmadas suaves en la cama, indicándole evidentemente que se siente.

Duda, pero vuelve sobre su paso, avanza y se sienta en el extremo de la cama. No sabe con exactitud qué hacer. Por fin, dice lo que está pensando, que por qué la mujer dice que él tiene un problema con la voluntad.

Ella vuelve a reírse, ahora menos sonoramente.

―Llegás diciendo que no querías estar acá, que es un error. Y después te disculpás por lo que decís.

Fuma con delicadeza pero con fruición.

―En síntesis: hacés lo que no querés hacer y decís lo que no querés decir.

Él quiere decir algo pero ella lo detiene con un gesto, como si estuviera a mitad de un parlamento en un estrado ante una muchedumbre y no quisiese que las interrupciones del auditorio corten el hilo de su discurso.

―A menos que efectivamente estés haciendo lo que querés hacer y diciendo lo que querés decir y no quieras terminar de asumirlo. En ese caso, lo que te faltaría no sería voluntad sino decisión, queridito.

No sabe qué decir. La observa minuciosamente. Entiende que ella adora ser observada y escuchada: estudiada. Ahora la ve servirse un trago de su mesa de luz. Hay dos copas: le sirve una a él y se la alcanza.

Él pregunta qué es. No está muy seguro de querer beber algo en ese lugar.

―Es cognac ―dice ella―. Villarrica me hizo adicta a esta huevada.

Pregunta quién es Villarrica.

―Villarrica es el regente de este tugurio, queridito ―toma un trago y amplía la información―. Es el que te trajo hasta acá, el del ojo de vidrio.

Ahora entiende por qué le llamó la atención el ojo izquierdo del hombre, que le pareció levemente más grande que el otro, más brillante. También se detiene, particularmente, en la última palabra que ha dicho la mujer, “huevada”, el único fragmento de todo su discurso que parece ubicarla geográficamente en Chile. Por todo lo demás, ella no habla en absoluto con tonada chilena, aunque tampoco es argentina. Parece otra cosa, uruguaya tal vez. O mejor, algo híbrido: una argentina o uruguaya que ha pasado varios años viviendo en España o en México.

Él le pregunta cómo se llama.

―Kimberli ―dice ella y él recuerda que ya se lo han dicho hace un momento―. Acá adentro me llamo Kimberli ―aclara la mujer.

Le quiere preguntar su verdadero nombre o de dónde es, pero en cambio le pregunta cómo perdió la pierna.

―A los hombres les importa mucho el cómo. Como si saber de qué forma sucedió tal o cual cosa importara algo, arreglara algo.

Ella vuelve a darle una chupada al cigarro y exhala el humo prolijamente hacia el techo.

Él observa ahora (no se le ocurre qué otra cosa hacer) la circunstancia, causal o casual, de que tanto a ella como al encargado del lugar les falta una parte física. Enfatiza la palabra “física”, no quiere ofenderla. Ella parece muy susceptible a cada una de sus palabras.

Pero ella vuelve a reírse.

―Es que acá todos somos iguales de raros. ¿No sabés a dónde viniste? Nosotras somos las putas bizarras, queridito.

Pone cara de no entender, dice que no entiende.

―A la Lesli, por ejemplo, le falta una oreja. A la Melani, un brazo. Hipólita es renga. Un tiempo, tuvimos una enana, la Dorita.

Hace una pausa para tomar un trago. Él la imita.

―Era un fuego la enana, la más infantil y depravada de todas nosotras: sabíamos que no iba a durar mucho acá. Se la levantó un jeque árabe multimillonario, se volvió loco por ella. Vino tantas veces que al final habrá dicho: De seguir así, voy a terminar haciendo un surco de tanto ir y venir. Más vale tenerla siempre a mano. Y se la llevó nomás: lo habrá adornado bellamente a Villarrica y se arreó a la enana. Tuvo suerte la Dorita, nos dio mucha pena que se fuera: era la alegría de este santo puterío.

Él piensa: Habla y fuma como una actriz de Hollywood de los cuarenta, Marlene Dietrich o Lauren Bacall. Todo en ella está preparado, ensayado, estudiado. Todas las prostitutas son actrices. Y nada complace tanto a un actor como el aplauso.

―Pero ahora la estrella acá es la Eulalia: le falta un ojo ―la mujer hace una pausa y aprovecha para volver a encender el cigarro, que se le ha apagado.

Él mira con cara de despiste. Pregunta por qué la tuerta es la estrella. Ella dice, rápida:

―Porque en el reino de los ciegos, el tuerto es rey, amorcito.

Y se ríe, la risa es grave y calculada: una risa que surge y desaparece en segundos.

Él festeja la ocurrencia, sonríe. Ella agradece la sonrisa. Ahora sigue, aclara:

―Estos animales hacen fila para ponérsela en el ojo a la Eulalia ¿entendés, queridito? Es decir, no el ojo sino el lugar donde debería estar el ojo: la cuenca vacía. Están enfermos ―le pega una chupada suave al cigarro―. Están enfermitos ―se corrige.

Ahora él le pregunta qué hacía antes.

Ella suspira, duda tal vez. Después dice:

―En mi pueblo, era profesora de Lengua y Literatura. Pero me gustaba más leer que enseñar. Me sigue gustando, ¿ves? ―señala el libro de Lucrecio abierto sobre la cama―. Además, quería volar alto y ahí no podía ―hace una nueva pausa enfática―. Quería volar alto y volé.

Él piensa, ahora, mientras pega un trago breve al cognac, que a lo mejor así perdió la pierna: volando. Mientras bebe, ve a la mujer, deformada a través del fondo de la copa. Empieza a pensar que debe irse, empieza a buscar la excusa perfecta para irse.

Ella continúa:

―Ahí donde lo ves, Villarrica también es un intelectual, a su manera. Se le nota que ha leído mucho y además escribe todo el tiempo.

Pregunta qué escribe.

―No nos dice, no le muestra a nadie lo que escribe, por lo menos a nadie de este lugar. Nosotras tenemos una apuesta. Para mí que escribe una novela: una novela sobre nosotras y por eso no quiere mostrarnos nada.

Ella se ríe antes y después de decir:

―Villarrica dice que regentear este lindo quilombo es el trabajo más tranquilo y decente que pudo encontrar.

Él finalmente le pregunta lo que desea preguntarle casi desde que entró en la pieza: cómo terminó ella ahí.

―¿Y cómo terminaste vos acá, queridito? ¿Cómo terminamos todos donde terminamos? ― fuma, ahora nerviosamente―: De puta casualidad.

Él termina su trago, sin saber dónde dejar la copa se queda con ella en la mano. La sigue escuchando:

―La vida es eso que dice Lucrecio ―vuelve a señalar el libro―: Una maquinita tan imperfecta y viciosa que no pudo ser hecha por los dioses, ¿entendés? O mejor, como me gusta decir a mí, el reino de la puta casualidad.

Él la mira en silencio, la admira, la oye soliloquear, levemente excitado ahora:

―Por ejemplo, sin ir más lejos, vos viniste acá buscándote a vos mismo, amorcito. A ver si también de puta casualidad te encontrabas acá. Y ya ves que es cierto, la pegaste: estabas acá. Yo soy vos, ¿entendés? Y vos sos yo. Somos la misma cosa: los desterrados de su propia vida, los escondidos de sí mismos.

Él se acomoda en la cama, se revuelve intentando ocultar la erección que pugna por emerger. Ella sigue:

―No nos da la cara o el coraje para ser Wakefield: apenas vamos por la vida enseñándole a los otros eso que no tenemos.

Se levanta el vestido celeste y le dice:

―¿Ves? Te muestro lo que me falta, lo que no tengo. Todos hacemos eso: mostramos nuestro vacío y pedimos que nos llenen, que nos completen.

Él mira atento, minuciosa y amorosamente, el espacio vacío existente más allá de la rodilla derecha. Siente una presencia fuerte, espeluznante ahí.

Piensa: Es eso, exactamente, la sensación de saber, la certeza indestructible de que ahí falta algo que debería estar.

Ella sentencia:

―Este viaje es así, amorcito: siempre dejás algo. Nadie entra en las cosas o en los otros y sale entero.

Él piensa otra cosa ahora: que la escena del coloquio con la puta es clásica en todas las literaturas, todas las filmografías, todas las músicas.

Se va levantando, con la suficiente habilidad como para disimular la poderosa erección que le invade todo el cuerpo y el pensamiento.

Ella lo advierte  (él siente que ella lo advierte) y sonríe con ternura.

―Tendrías que dejarme unos pesitos para darle a Villarrica.

Él saca unos pesos y se los alcanza. Ella no los agarra, le señala la mesa de luz, dándole a entender que los deje ahí. Sentencia:

―Ya lo dijo Schopenhauer, amorcito: Esa es la maldición de este mundo, que todo debe servir a la necesidad y a la indigencia. Somos esclavos de las necesidades de este mundo, ¿viste? Todos estamos ataditos a algo.

Él avanza hacia la puerta. Antes de salir, se da vuelta y le pregunta a la mujer lo que supone que deben preguntarle todos los hombres que la visitan: por qué no huye de semejante lugar, por qué sencillamente no se va.

Ella, que ha retomado la lectura del libro, lo mira dulcemente (él quiere creer que es dulzura lo que desprende esa última mirada) y dice:

―No hay escapatoria, extranjero. Yo ya no navego por el tiempo.

Una cita, indudablemente. Intenta grabar esas palabras en su memoria antes de despedirse para siempre.”

 

 

*La forma del amor obtuvo el Tercer Premio en la Categoría Cuento del Fondo Nacional de las Artes 2021, en un jurado integrado por Agustina Bazterrica, Mariana Travacio y Gustavo Nielsen. El volumen consta de tres relatos largos: “Las bellezas de la familia”, “La versión más tonta de las cosas” y “La forma del amor”. Fue publicada en 2022 por Espacio Hudson Ediciones, en su colección Fin Del Mundo / Narrativas.

 


 

DIEGO RODRÍGUEZ REIS es lector, escritor y profesor. Ha publicado ocho libros de poesía y narrativa. Ha participado (como autor, corrector o editor) en más de cincuenta obras literarias, de ficción y no ficción. Actualmente, prepara la edición de El lector constante, selección de sus artículos, notas y prólogos del período 2001–2023. Integra la Comisión Directiva del Fondo Editorial Neuquino. Dirige, junto a Cecilia Fresco, el sitio La Zona – Crítica y Ficción.

 

Fotografía: cortesía de Changuis Nan

 

La forma del amor

Palabras tectónicas

Presentamos tres poemas del libro Palabras tectónicas, de Pablo Romero (Tucumán, 1990), cuya edición argentina se publicó en 2022 por Inflorescencia editorial.

 

 

LA COSTUMBRE DE SUFRIR

 

Veo a mi amante dormir.

 

El ritmo de su corazón

me avisa qué tan lejos está de mí

de los que me quisieron antes

de que yo fuera yo

y ocupáramos esta cama

 

ahora

 

esta noche que su corazón late

con fuerza contra su pecho

y mi poema.

 

Lo veo dormir contra la ventana

que da a la calle y a otras ventanas

y a otros hombres y mujeres

que ven a sus amantes dormir

contra otras ventanas

que dan a otras calles.

 

Mi amante se duerme

y yo siento

que en su sueño egoísta me ignora.

 

Uno es un hombre acostumbrado

a doler:

traigo en mí

(quiero decir: conmigo)

la costumbre de sufrir

 

pocas cosas duelen más

que esta espalda en mi cara

pocas cosas pesan como esta

oscuridad.

 

Entonces estiro la mano

entre las sábanas

(porque qué hacemos

sino buscar para encontrar)

y acaricio su lunar hasta

que el sueño desdibuja

su piel, la ventana, la calle

la noche que avanza

y nos deja atrás.

 

 

*

 

LA DESOBEDIENCIA

 

Por favor, dijiste: no hagas

de mis palabras un poema

 

no abras la herida porque

adentro hay más herida

y así al infinito

 

pero yo

que del amor hice una tumba

y no me canso de cavar

te someto a mi ficción:

 

necesito que me quieras

como quien vuelve a un país

y no me importa lo que pidas

 

mi poema dirá lo que podría haber sido

si no hubiéramos callado

mi poema dirá todas las cosas

que no fueron:

 

la casa que nunca construimos

el deseo del que nunca nos curamos

las mandarinas del otoño

que no volveremos a comer.

 

Por favor, dijiste y yo te digo no

por primera vez y para siempre.

 

Alguien de otro tiempo leerá

lo que debiste haber sabido

 

alguien de otro tiempo pensará

en nosotros

en todo aquello que perdimos

en todas las cosas

que dejamos perder.

 

*

 

UN POEMA DE RICH ME HIZO PENSAR EN NOSOTROS

 

Hasta ayer creímos que viviríamos

para siempre y hoy pareciera

que lo humano está al borde de sí mismo

como a punto de quebrarse.

 

Te gustará saber que no cambié

que sigo siendo el mismo

como esta ciudad es la misma

como esta angustia.

 

Uno es un hombre necio.

 

Hasta ayer creímos que viviríamos

para siempre

y hoy pareciera que fuimos hechos

a imagen y semejanza del olvido.

 

Cuando estabas cerca

yo perdonaba al mundo por ser mundo

y también a mí por ser yo.

 

Te gustará saber que no cambié

que mi dolor sigue siendo pobre

y mi escritura sigue siendo terca.

 

El amor nos hizo hostiles:

 

todavía me pregunto

cómo sobrevivimos tanto impacto

tantos golpes y accidentes

sin advertir si quiera

que debajo de las palabras-tectónicas

ardía un mundo hecho de lava

 

que siempre tuvimos bombas

en el lugar del corazón.

 


Pablo Romero (Tucumán, Argentina 1999). Poeta, editor y traductor. Autor de Los días de Babel (México, 2015) Palabras tectónicas (Argentina y Chile 2022; Bolivia 2023) La jaula del hambre (España, 2023) y Amar la pérdida (inédito). Compiló junto a Rosa Berbel la antología Orillas (2015), una muestra de poesía joven hispanoargentina. Codirige Aguacero Ediciones y trabaja como editor invitado en Inflorescencia Editorial. Residió en Eslovaquia como estudiante de intercambio de Rotary International y traduce poesía eslava. Ha sido parcialmente traducido al italiano, francés y portugués. Su obra resultó ganadora de la convocatoria Poesía Ya del Centro Cultural Kirchner. Dicta talleres y clínicas de obra, y actualmente cursa el Profesorado y la Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de Tucumán, donde reside.

Instagram: @pabloromerx

 

Fotografía: cortestía del autor.

La forma del amor

Última Thule, recordando a Alfredo Fressia

 

A un año de la partida del recordado poeta uruguayo Alfredo Fressia, compartimos una muestra de su último libro publicado, Última Thule, preparada por su editor y amigo, el poeta Felipe Herrero.

 

 

MEDITACIÓN

 

Leer en astros,

años luz de tu vida,

cuando ya han muerto.

 

Blanda es la muerte,

hongo hinchado en otoño,

tumor del tiempo.

 

Carta celeste,

una estrella en cenizas,

mi cuerpo eterno.

 

Lee en los huesos

del esqueleto azul

tu enigma antiguo.

 

Hechos de estrellas

somos sólo reflejos.

Tal cual la aurora.

 

Leer señales

pasar el mundo a letras.

Tarea humana.

 

 

*

 

 

ESTACIONES

 

Días dorados.

Sol oblicuo de otoño.

Y sombras largas.

 

 

Noche de invierno.

El rebaño se abriga.

Un alma vela.

 

 

Lluvia en septiembre.

Dos gorriones caídos.

Y un arco iris.

 

 

Calles vacías.

Montevideo en verano.

Sudan las manos.

 

*

 

 

PLANETAS

 

 

Mercurio heraldo

de cyberpiés con alas,

ven, corre y cuenta.

 

 

Venus contempla

nacer en el amor

su perla azul.

 

 

Marte guerrero,

testosterona y sangre

fue tu legado.

 

 

Saturno espía

al que orbite en los límites

de sus anillos.

 

 

Neptuno en sueños

con su tridente empuja

quimeras, arte.

 

 

Plutón, misterio

de pulsiones profundas.

Un día estallan.

 

 

*

 

 

LUNAS

 

 

Luna de plata.

Noche clara de invierno.

Brilla la escarcha.

 

 

Luna amarilla.

Acapulco memories.

Viejos placeres.

 

 

Liviana luna

menguante del otoño.

Huele a magnolias.

 

 

La luna llena.

Otra noche de insomnio.

Tienta el abismo.

 

 

*

 

PARAÍSO

 

Tan alto el paraíso. Hablo del árbol,

porque hoy quiero cubrirlo de palabras.

Acariciar con nombres, decir árbol

como se dice amor, o como dicen padre.

 

Cinamomo, agriaz, piocha, canelo,

tanta palabra hermosa nombra al árbol

humilde y hechizado de la infancia

que en la calle de un barrio de otro tiempo

 

se llamó, por su gloria, paraíso.

Donde el gorrión se vuelve mensajero

un niño atravesaba los veranos,

y trepado a la frágil rama oía

 

cardenales que iban a trinar,

su evidente lugar de paraíso.

Entre el silencio húmedo del árbol

y el cristalino cantar de los pájaros

 

supo el niño su sino de poeta,

la magia dócil de la enjundia verde

que sigue refugiándose en la sombra

montevideana de los paraísos.

 

*

 

POETA Y OLVIDO

 

Y para qué servirán los recuerdos,

asomarse al abismo del pasado

hiriéndose los pies en la escollera

construida con piedras de otras vidas.

 

De qué sirven los ángeles nostálgicos,

sobrevuelan los mapas del despojo,

fantasmas que se adhieren a las alegorías,

naufragios que tal vez nunca existieron.

 

El poeta en un muelle sin recuerdos,

una estatua de sal disuelta por las olas,

ya no lee en vestigios, ganó el mar,

la medusa, el olvido, el horizonte.

 

 

*Todos los poemas forman parte de Última Thule, poemario aparecido en Yaugurú, editorial de la ciudad de Montevideo, y en editorial Lisboa en la ciudad de Ushuaia durante el año 2022.

 


 

Alfredo Fressia (Montevideo, 1948 – Sao Paulo, 7 de febrero de 2022). Fue poeta, ensayista, traductor, crítico literario y profesor de lengua y literatura francesa. Residió en la ciudad de São Paulo desde 1976 hasta sus últimos días. Su obra poética ha sido traducida al portugués, francés, inglés, italiano, rumano, griego, turco y macedonio. Publicó los poemarios Un esqueleto azul y otra agonía (1973), Clave final (1982), Noticias extranjeras (1984), Destino: Rua Aurora (1986) (en portugués) en la ciudad de São Paulo, Frontera móvil (1997), El futuro / O futuro (1998) en la ciudad de Lisboa, Veloz eternidad (1999), Eclipse (2003), Senryu o el árbol de las sílabas (2008), Poeta en el Edén (2012) en la Ciudad de México, La mar en medio (2017) en la Ciudad de Buenos Aires y Ultima Thule (2022), además de varias antologías. Publicó varios libros de ensayos y crónicas, entre los que destacan Ciudad de papel. Crónicas en movimiento (2009) y Sobre roca resbaladiza. Recuerdos y reflexiones de un poeta (2019) en la Ciudad de Buenos Aires. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura del mec, también recibió el Premio Bartolomé Hidalgo y el Premio Morosoli a la trayectoria en la categoría Poesía. En el año 2018, la Junta Departamental de Montevideo lo nombró Ciudadano Ilustre de su ciudad natal.

 

La forma del amor

Yo también le rezo a la noche

 

Compartimos una serie poemas de la escritora y profesora Luciana Reif, de su libro inédito titulado Yo también le rezo a la noche, que obtuvo, el año pasado, el primer premio de poesía del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes.

 

 

 

YO TAMBIÉN LE REZO A LA NOCHE

 

I

Ella que supo ser
un hombre
más temible que mi abuelo,
su mirada parca devorando
el humo del cigarrillo
que la envolvía.
Mi abuela asfixiaba
gatos en palanganas
porque las crías
eran demasiadas
y no hay lugar para todos
en este mundo.
Veinte cigarrillos cada día,
la voz áspera
de un capataz
en épocas de guerra
y la bondad de quien
raciona milimétricamente
el alimento.
Fui la nena que durmió
a su lado tantas noches,
como en un campamento
militar, el soldado raso
bajo la mirada del sargento.
La escuché roncar
con la furia de los perros
que pierden temprano
a su madre,
como ella
a su marido
arrollado por un auto.
La veo por las noches
sumergirse en el sueño
con un rosario, invocando
a un dios que jamás
la ayudó en nada.
Y así como le reza
yo también le rezo a la noche,
porque ella
es un sargento
y yo un soldado raso
al que podría cocinar en el horno
con tal de sobrevivir.

 

 

II

Aguanté hasta que el hilo de pis brotó
como una flor entre mis piernas.
Al lado dormía mi abuela,
rugía como un oficio.
Su boca abierta era una tumba
en la que revoloteaban
y se estrellaban
los murciélagos.
Miré hacia adentro, hacia el pozo negro
de sus fauces, y tomé
lo que era mío por derecho:
el paquete de Le Mans que obligada
le compraba todas las tardes.
Fumé hasta que el sol me reveló
la humareda, el olor a pis
aplastado como un insecto
en la habitación de la niebla.

 

 

IV

Una foto donde peino a mi abuela
No hay en ella
nada que se le parezca
al cariño o a la dulzura.
Y, sin embargo, ahí estoy
cepillándole las canas
como si fuera
capaz de arremolinar
la seda, meter mis manos
entre las telas, escoger
la blanca brillante
y sentir la nieve, el frío
de su pecho guardado
entre las ondas del pelo.

A veces sueño con el desprendimiento
del glaciar, con fisurar por fin
el nudo originario, ese que tejió
la helada en su corazón
el día que se hundió mi abuelo.

Estoy cada vez más cerca y más lejos
de ser la mujer que quiero, la intelectual
que camina levitando, que respira y exhala
grandes y pequeñas partículas doradas, ideas
que sobrevuelan el aire y caen sobre mí
como un halo o el velo de una novia.
¿Pero con quién me estoy casando?
¿A quién me entrego de pies y manos?
¿Cuál es la poderosa fuerza
frente a la cual abdico y otorgo mis sentidos?
Soy la mujer de las brillantes y sesudas teorías:
me estallé la córnea, necesitaba concentrar.
Soy la mujer ingeniosa que piensa lo que otros
quisieran pensar primero:
te entrego barnizado mi músculo extensor,
pulida y un poco deteriorada mi lumbar,
un dolor crónico en la planta del pie.
No los necesito, tengo mi cráneo,
fábrica taylorista por excelencia,
el razonamiento aceitado como una polea
y en el corazón el desgaste
del obrero alienado.
Qué decir de esta vida que ahora elegimos,
jugamos a llamarnos marido y mujer
aunque no estemos –todavía– casados.
Y qué de mis sueños de ser una mujer libre, independiente,
como cuando me saqué de encima la cabeza
pesada de mi madre, su larga trompa de elefanta
impidiéndome el paso.
Y qué de los gloriosos años en la universidad
estudiando sociología, empujando mi cerebro,
radiante y hacendoso,
al punto límite de la abstracción.

Cuando te pido vayamos al sueño juntos
no me dejes acá, despierta, boca arriba,
con los ojos encendidos,
con el cuerpo que todavía masculla y no está listo
para embeberse en la oscuridad. Me pregunto
qué teoría me enseña a amarte con la dosis justa
de cercanía y distancia, qué energía física
es la que circula por dos troncos que se arquean
para encontrarse y beber mutuamente de sus tallos,
a qué noción de libertad me aferro tontamente
si tu abrazo es un río que atraviesa
el desierto nocturno y la calma es
bajar hasta él, empaparme.

 


 

Luciana Reif nació en Buenos Aires el 4 de enero de 1990. Es poeta y socióloga. Coordinó, junto con Valeria De Vito, el ciclo de poesía Lo que tan rápido fuga, en Espacio Enjambre. Dicta el taller Amor y poesía, en distintos espacios. Coordina, con Gaspar Tessi y Flor del Castillo, el ciclo Todo beso es político. Forma parte de las antologías El Rayo Verde (Viajero Insomne, 2014 y 2015), Rizoma (2016), Martes Verde (Poetas por el derecho al aborto legal, 2018), Otros colores para nosotras (Ediciones Continente, 2018) y Camelia, mujeres que toman té (Tanta Ceniza,2021). Poemas suyos fueron traducidos al italiano por el Centro Cultural Tina Modotti. Es autora de los poemarios Entrada en calor (Uoiea, 2021), Ojo de mármol (2016) y Un hogar fuera de mí (Visor, 2018) -ganador del XXX Premio a la Creación Joven de la Fundación Loewe. Su poemario inédito Yo también le rezo a la noche ganó el primer premio de poesía del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes de la Argentina en 2022.

*Créditos de la fotografía: Adolfo Rozenfeld

La forma del amor

Botánica sentimental

 

Compartimos un fragmento de la última novela de la escritora y profesora argentina Mercedes Araujo, titulada Botánica sentimental (Editorial Lumen, 2022).

 

 

La luna está colgada sobre el volcán, olvidada por la noche. A lo lejos, cinco o seis caballos se disparan al galope cuando el baqueano y su perro de pelo corto los corren de atrás. Un camión color guinda se acerca veloz, ruge, acelera y frena, finalmente la pasa cerca.

Antonia maneja concentrada. No tiene apuro.

Tras la curva, el inmenso corazón turquesa. Debajo del dique han quedado los restos fósiles, vegetales y marinos, que trajeron a Darwin desde Chile. Dicen que lo picó una vinchuca, que nada llamó su atención y que la gente del lugar le pareció insoportable.

De repente, el chirrido de un fierro sobre el asfalto. Se acerca a la banquina, apaga el motor, se arrodilla: el caño de escape cuelga. Abre el capó, señal de que está en problemas. Nadie a la vista a quien pedir ayuda, saca de la guantera el teléfono, no tiene conexión. Se abriga con la campera de plumas violeta, guarda en el baúl la bolsa de dormir, el piyama de algodón, las alpargatas negras, el sweater y el buzo, pantalones y medias; carga en la mochila solo el cuaderno y la billetera. Baja la cuesta por la orilla del río. Avanza erguida, con los borcegos rojos da pasos ágiles y firmes, las manos en los bolsillos, el pelo negro y largo flamea en mechones agitados, los ojos casi cerrados para protegerse de la polvareda, se acomoda el flequillo e improvisa un rodete que sujeta con un palito.

Perfume a tomillo, picante, alcanforado y terroso. Su flor preferida: la oreja de chancho. Arranca y sigue con la hoja carnosa entre los dedos, le acaricia los pelitos y la guarda en el bolsillo. Cada tanto algún rancho fantasma. Ahora un maitén atigrado sacude los bordes aserrados de su copa globosa en medio de la nada. Cuánto brío para crecer entre puras piedras.

A lo lejos aparecen algunas casas. Las ventanas están tapiadas. En una, se alzan aureolas de humo insignificante. Un viejo asoma la nariz entre las ranuras de la persiana de metal:

—Más abajo encuentra el taller. Y ande alerta por el puma.

Tres chuchos flacos como juncos ladran. Avanza con cautela. Se acercan y la husmean, ahí se queda. Golpea las manos. Nadie. Sobre el terreno hay herramientas tiradas, un balde con agua y una manguera de la que apenas corre un hilito. El caparazón de un auto se oxida.

Las paredes, alguna vez blanqueadas, están escritas por los viajeros, los mismos que rayan la montaña con sus nombres, amo- res, pijas y lenguas. Sus “aquí estuvo”, urgentes, el trazo empeña- do del clavo o el aerosol contra diez millones de años de roca muda. ¿Será eso lo que los desespera?

Se sienta en un banco de madera. Media hora después un hombre se acerca. El pelo negro y grueso le crece como pasto, tiene la piel oscura y marcada. Estará en los cincuenta, unos cinco más que Antonia. Los perros echados a sus pies estiran las patas,

ondulan lomos y se ponen en marcha lenta. El recién llegado saca una galleta del bolsillo de la camisa verde de grafa y se la entrega en trozos, se acuclilla y los palmea.

En una Ford vieja blanca el hombre carga las herramientas. Pone en marcha el motor. La caja tiembla, los cambios se resisten, un poco de maña sobre la palanca y entran. Antebrazo, brazo y bragueta tensados, toma el volante con ligereza. La izquierda sobre el muslo, tararea a golpecitos de dedos una canción que canta en su cabeza.

Al llegar, con unas maniobras cortas estaciona la camioneta y pega la caja al baúl del Renault azul. Bajan, el hombre rueda por el piso y desde ahí pregunta:

—¿Hasta dónde va?

—A Perdriel.

 

Mientras se sacude la tierra de los pantalones carga alambres y tenaza. Desaparece debajo del auto. Ata, tironea. Asoma la cabe- za, silencioso y repentino como una lagartija, de un salto ya está de pie.

—Hasta Perdriel llega, si se lo toma con calma llega. Ahí hágalo ver.

Se va acercando hasta el borde del desfiladero y Antonia lo sigue. Le ofrece un cigarrillo y enciende un fósforo, ella cubre la llama con las manos, el rodete improvisado se le deshace, lo mira de reojo, ojos color nuez y la frente ancha. Fuman juntos.

—Acá cerca, ocho meses atrás, una yegua de cuatrocientos kilos murió de frío en medio de una intensa nevada. Tropezó, resbaló, yo pegué un salto y alcancé a desmontarme —le cuenta mientras pitan—, si me acompaña se la muestro. Mucha casualidad que justo se le haya roto en este lugar.

Dos metros más abajo, entre cantos rodados y arenilla, apare- ce visible y ordenado el esqueleto de la yegua al borde del cauce del río. El hombre patea algunas piedras con la punta de la zapa- tilla, delicadamente la cubre.

—En mi recuerdo —le cuenta— la yegua es un animal nervioso de crines grises y el pelo manchado. Diez años la tuve con- migo. —Él señala el cielo—. Mire, una agachona de collar y una monterita pecho gris, nunca andan juntas.

Los rondan con las alas abiertas.

—¿De dónde viene?

—Uf, un viaje larguísimo, salí esta mañana desde Chile. El que me vendió el auto me dijo: El motor tira, si se lo toma con calma llega. —Antonia se ríe.

El hombre abre los ojos, larga una carcajada, alza los dos brazos, junta las palmas de las manos y las levanta en forma de rezo.

—¿Va con apuro?

—Ninguno, estoy llegando muy tarde a dos funerales a los que falté. Hace medio año se murieron mi padre y mi abuela con unos meses de diferencia.

—¿Y para qué vuelve ahora?

—Para cerrar una casa.

Otra vez a la ruta. Los penachos danzantes reverencian la luz.

La primera vez que cruzó esa montaña manejaba su abuela Memé. Iban a veranear a la costa chilena.

Marga, su madre, escondida detrás de anteojos de sol con marco blanco, una camisa a rayas azul francia y rojo, era la copiloto. Atrás, Antonia y sus hermanos, Lucas y el Pancho. El Fiat 128 se apunó en los Caracoles.

—Acá, cuando se trata de caer en picada entre las cumbres gigantescas, hasta los cóndores tiemblan. Imaginen un piloto o pilota, en la soledad completa, en medio de las correntadas. Ahora imaginen volar un avioncito en esas turbulencias. Esas son proezas —dijo Memé.

Miró por el espejo retrovisor y sonrió. Unos minutos después retomó el cuento:

—Baronete, Finísimo, Marrasque, Pirapó, K Kobe, Limera y Malgastar. Además de los caballos iban cuatro hombres y varios maletines con dólares, joyas y monedas de oro de contrabando. A la altura del paso del Yeso, a las tres de la tarde, sacudón. El avión chocó contra el cerro. Los buscaron desde el Cristo Redentor hasta Neuquén. Ningún rastro. Siete meses después, un puestero encontró los restos. Cerca del volcán Overo, primero vio la rueda y, ahí nomás, el cadáver momificado de un hombre descalzo. Imaginen los relinchos, la desesperación de esos caballos, las cenizas petrificadas del volcán y la humareda polvorienta.

—Mamá, dejate de embromar, sabés que después sueñan. Te das cuenta por qué Marcel prefiere irse por las suyas, ¿no? Ni un minuto de silencio. —Marga se gira, acaricia a Antonia y le acomoda el pelo que Lucas tironea y enrula.

—Lo mejor que pueden hacer es soñar. Los del gobierno pi- dieron al puestero que los llevara hasta ahí. Cerca del arroyo Malo ya tuvieron el primer problema. La mula con el equipo de radio se cayó. El terreno se les puso abrupto, estaba cubierto de nieve. Unos pedazos del ala, varias maderas y una rueda fue todo lo que encontraron. Años habían pasado, cuando una persona, unahorrible persona, de esas de las que está lleno el mundo, lo denunció a la policía. El puestero había empapelado las paredes del rancho con los dólares que le sobraron después de comprarle una casa a cada hijo. Terminó preso.

—¿Y los caballitos?

—Baronete, Finísimo, Marrasque, Pirapó, K Kobe, Limera y Malgastar ahora son caballos alados.

Todo es ritmo, tesoro: amor, terror, piedad, dolor, maravilla y cualquiera de las impresiones a las que el corazón es susceptible.

Memé revelaba los misterios del universo como si fueran una chacota.

O hacés algo de música o mejor no digas nada. ¡Ojo! Tampoco hay demasiado para decir.

Pero también, la vida como vacío. Se renace siempre, mientras se siga andando.

Antonia entra encandilada a los túneles negros. Al salir, aparecen las vías del ferrocarril desmantelado y el puente de hierro colgado sobre el vacío. Detiene el auto y con el pánico vertiginoso de siempre, se asoma. Intenta unos pasos, la ventolera le sacude los huesos.

¿Qué busca? ¿Para qué vuelve? Si ya están muertos. Memé que se acostaba peinada y maquillada por si acaso y Marcel que no tenía que morir. No todavía, papá.

Las preguntas como las nubes galopan hacia el futuro. Anacronía y derroche, piedras preciosas, igual que el amor. Levanta el celular para intentar captar algo de señal, nada.

 


Mercedes Araujo nació en Mendoza en 1972. Publicó la novela La hija de la cabra (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes) y los libros de poemas Así es el fuego, La isla y Viajar sola. Es profesora de Escritura Creativa en la Universidad Nacional de las Artes y de Política y Derecho Ambiental en la Universidad Nacional de San Antonio de Areco. Este fragmento forma parte de su último libro, Botánica sentimental.

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