Diez poemas de “Tumbita”, de Miguel Martínez Naón

Diez poemas de “Tumbita”, de Miguel Martínez Naón

Compartimos diez poemas de Tumbita, el último libro del poeta argentino Miguel Martínez Naón, publicado por Ediciones Lamás Médula (2017). “Tumbita es la tierra fértil que rodea a la lápida. Allí donde se amuchan los quijotes de las causas justas: poetas muertos que viven. Artistas, militantes, revolucionarios. Simples mortales que ya hemos fallecido en otras ocasiones. Sobrevidas de otras vidas que siguen cantando con la mirada erguida en una misma fosa común”, escribió Sol Giles para la Agencia Paco Urondo.

 

 

Padre

 

 

Se desune

la muerte de mi viejo se desune.

No me apura el mar con toda su ceniza

no me apura el recuerdo con toda su inocencia

 

se puede ensayar todavía

y se puede militar

 

Yo digo que vamos a hacer la revolución

y mi viejo se distiende sobre el mar

y sonríe

 

Por debajo de su locura

es un muerto a caballo

que mancha

 

 

 

Cosa de loco

 

No me voy solo

cuando salgo de vos

Juan Gelman

 

 

Un loco dormido sobre la mesa

sueña con el centro del universo

 

Gira su voz

 

El centro del universo es un alfiler

no descose su voz un solo día

 

El loco sueña descosido de vos

 

 

Nunca

 

Lo que separa la noche

son dos ciudades

y mañana será el principio

de no habernos conocido nunca

 

 

Quiere decir

 

Por esta noche no sueño.

Hay una calle bajo mis pies y una cuadra

donde vivís y una vereda

y una sola luz

 

Eso quiere decir que estamos cerca

y que no vamos a estar tristes

 

 

 

Otro cantar

 

Las canciones se ahogan

los muertos bucean

 

en mis ojeras

los muertos

confían

que voy a caer

de pie

que voy a morir

de pie

 

y cantan

 

 

 

En la tierra

 

Corazón hermano mío

para qué volví

para qué senté cabeza

yo no sé

 

Me corto la voz con tu filosa suerte

vas a reventar en la nuca

de los muertos en la

copa donde no

fueron velados

en la tierra donde los

asesinaron

 

 

Los juguetes

 

A mi vieja

 

Hoy todos los juguetes se van al mar

 

Vos tejido de lana y los poemas

el perro cumpliendo más años que su muerte

el albañil un poco más sordo

la casita que navega en pisos rotos de madera

la infancia sobre la madera

 

Van tus luciérnagas

al mar

los últimos obreros de la noche

tu parral

tu paz

tus viejos ojos

 

 

 

Hijos del exilio

 

Los hijos del exilio somos huesos rodantes

 

Nadie pregunte lo que soñábamos

 

Siempre estábamos lejos y ahora

todo

nos queda lejos.

 

Fuimos dulces bajo las palmeras

y la nieve nos hirió el idioma.

Fuimos los casettes que cuentan ahora

lo que jugábamos

o lo que comíamos

y siempre estábamos divinos en la foto

y cerrábamos los sobres

para los abuelos

con ganas de meternos adentro

como enanos

manuscritos

 

 

Muchachos

 

El dolor nace del viento

de las telas de araña

piedras

boca de los cementerios

 

Chicos cerrados a la luz:

el recuerdo es otro país

con la sangre entre los huesos

 

No hay recuerdo

muchachos

sólo golpes de puño

que todo lo cierran.

 

No olviden el cielo entre los ojos

guirnaldas

relámpagos

 

No quiero dar la espalda ni olvidar

 

Muchachos

 

Estamos aquí

en el otro país

tal vez en sus olvidos haya sangre

todavía

 

No corran

hay tiempo para descansar

para olvidarse de nosotros

 

 

Muertos y despeinados

 

A Raúl Mansilla

A Silvia y Darío

 

Devueltos al rock

los músicos toman vodka con naranja

debajo de la tierra

cada dos o tres planetas

tocan

ensayan el eterno

 

Los músicos se ríen solos

y la tierra es una risa del color de las naranjas

sangran los borrachos

cazan palomas sobre los techos

se las comen y vuelan

con alas en la pija

 

 


 

naonMiguel Martinez Naón nació en Palo Alto, California, Estados Unidos, en 1976. Es escritor y actor, nació durante el exilio de sus padres (ambos argentinos) en Estados Unidos, pasó su infancia en México y regresó junto a su familia a la Argentina con el retorno de la democracia, en 1984. Además de Tumbita, publicó Estación de Servicio (Poesía, 2012). Vive en Buenos Aires, colabora como redactor para la Agencia Paco Urondo.

 

Fotografías: Julián Athos.

Diez poemas de “Tumbita”, de Miguel Martínez Naón

“La última nevada”, un cuento de Marcelo Gobbo

“La última nevada”, cuento inédito del escritor y poeta Marcelo Gobbo (Buenos Aires, 1966), fue el trabajo ganador en la categoría relato de la LXXVIII Edición de los Juegos Florales Hispanoamericanos (2015), el certamen literario más importante de Guatemala y uno de los de más trayectoria en América Latina.

Tenemos el honor de compartirlo completo, a continuación, por cortesía del autor y de la Municipalidad de Quetzaltenango, Guatemala.

 

LA ÚLTIMA NEVADA

 

―La cuestión fue así. ¿Viste que los yanquis usan letras para designar las notas, los acordes? Usan A para La, G para Sol, C para Do… Bueno. Durante un año, más o menos, la policía de Missouri fue encontrando cadáveres, apenas ocultos en distintos lugares de la ruta 70, entre Kansas City y Saint Louis. Cuatro, para ser exactos. Los cuatro compartían unas marcas en las muñecas y los tobillos y todos habían muerto desangrados por un corte en el cuello. Las marcas y el corte del cuello, fueron descubriendo los forenses, habían sido hechas con una cuerda para guitarra eléctrica.

Aquí Domingo hizo una pausa y me miró la mano. No terminaba de recobrar el aliento. Sin embargo, continuó.

―Al descubrir el cuarto cadáver, la policía se vio obligada a hacer público el hallazgo. Ocultando algunos datos, por supuesto, para evitar eso que ellos llaman copycats…

―Los que copian los modus operandi de otros ―lo interrumpí.

―Tal cual ―me dijo, y de inmediato vino a mi memoria ese latiguillo escuchado un centenar de veces de su boca, instalándose en mis oídos a través del parlantito de la radio, subrepticiamente, mientras preparaba el desayuno y prestaba atención a sus comentarios sobre música; mi programa de radio favorito con la mejor música que, en ese instante me percaté de eso, nunca más volvería a escuchar―. La cuestión es que la policía hizo público el hallazgo y, como suele hacerse en esos casos, pidió la colaboración de los ciudadanos.

Domingo miró hacia algún lugar lejano, perdido, aunque pareció mirar sobre mi cabeza. Luego continuó.

―Creo no equivocarme: los nombres de las víctimas eran Lena Bag, Sylvia Fedba, Ronald Deade y Michelle Bageda. Te das cuenta, ¿no? Ningún Smith, ningún Berg, ningún Walsh, ningún Gold, menos todavía un Rossi o un Pérez, que es lo mismo.

Asentí con la cabeza.

―Un mes después ―prosiguió―, la policía encontró el cuerpo de un hombre que, después se dieron cuenta, en orden estrictamente cronológico, había sido la segunda víctima, un tal Elmer Gada. Al mismo tiempo, apareció otro cadáver; esta vez fue un latino: Manuel Cebade. Y entonces recibieron la llamada.

Como si fuera la primera vez que me contara la historia, sentí esa excitación que, cuando niño, me provocaban las historias de muertos y aparecidos contadas entre primos en la sobremesa de alguna reunión familiar. Domingo ya me la había contado en unos de los miles de viajes de colectivos compartidos entre la Vega y el centro, pero en ese instante sentí que estaba contándomela por primera vez y como un niño al que le narran un cuento cuyo final conoce pero ansía que se lo repitan, pregunté:

―¿Qué llamada?

―La del profesor de música ¬―me respondió Domingo―, un muchacho que daba clases en Columbia y que había asistido a un concierto en la universidad de su ciudad una semana antes del hallazgo del último cadáver.

Aquí Domingo hizo otra pausa y metió las manos en el bolsillo de la campera. Había empezado a refrescar. Giré la cabeza: la chimenea humeante señalaba la ubicación de la casa de Wood.

―El profesor les dijo a los policías que creía que existía un patrón musical en la selección de las víctimas ―continuó Domingo―. Les explicó que venía siguiendo la noticia y que, después del último hallazgo, y tras haber asistido al concierto, creía tener algo para aportar. Les señaló que tenía que ver con una cuestión musical. La policía, advertida por la cuerda de la guitarra eléctrica, prestó atención al dato y mandó a un oficial a hablar con él.

»El asunto era así: por las manos del profesor pasaban las partituras de todos los compositores que presentaban sus obras en la Universidad, o al menos de los que lograban que allí se interpretaran. Había escuchado el primer llamado a la ciudadanía mientras estudiaba una de esas partituras y le había llamado la atención que el apellido de la última víctima encontrada, Bageda, coincidía con la sucesión de acordes de esa partitura que estaba estudiando, pero no le había dado importancia.

Domingo volvió a detenerse, aspiró una bocanada de aire y me interrogó:

―¿Entendés no? Bageda. BAGEDA. Si, La, Sol, Mi, Re, La ―dijo, remarcando cada letra y cada sílaba.

―Sí ―le contesté con una sonrisa.

―Y entonces les contó lo del concierto. Les explicó que en la obra de aquel mismo compositor cuya partitura había estudiado y que se había interpretado unas semanas antes en la Universidad, la sucesión de acordes coincidía con las letras del apellido del último cadáver encontrado. Cebade: Do, Mi, Si, La, Re, Mi.

»El oficial le preguntó si existía la posibilidad de que revisara partituras más antiguas para verificar que la sucesión tonal de otras composiciones se correspondieran con los apellidos de las otras víctimas. Bah, no lo dijo en esas palabras pero en síntesis le pidió eso.

»Unos días más tarde, el profesor llamó al oficial para decirle que tenían que encontrarse, que había dado con la solución al enigma. Efectivamente, acertó a registrar los apellidos de todas las víctimas en la sucesión de acordes que figuraban en distintas partituras del mismo compositor.

»Unos días después, daban con el “asesino de la segunda cuerda”, como lo llamaron entonces, gracias a las obras que había compuesto.

―Pero la historia no termina ahí ―le acoté.

Domingo frunció la boca y, mientras aspiraba aire profundamente por la nariz, movió la cabeza como si se lamentara.

―Es cierto. Hay dos datos más, ambos interesantes.

»Por un lado, el profesor indicó a la policía que, a partir del análisis de las partituras, había, por lo menos, dos víctimas más. Les explicó que el serial killer composer, tal como lo llamó el muchacho ante la prensa, trabajaba en series de dos, no solo por cantidad de acordes en el apellido sino, también, por género, y que, por ende, antes de Lena Bag a la policía le faltaba hallar los restos de un tal Fed y, luego de Fed y antes de Elmer Gada, lo que quedara de una tal Bafa. ¿Será peor si me siento?

Tan absorto estaba yo en el relato que me sorprendió la pregunta.

―Se le va a congelar el culo.

Sin hacerme caso, Domingo se sentó sobre la nieve.

―Por el otro, simultáneamente con la detención del asesino de la segunda cuerda, la policía encontró otro cadáver, el de Abe Le Beage.

»Este último hallazgo les traía varias complicaciones. En primer lugar, se trataba de la primera transexual que había sido elegida como víctima. En segundo lugar, tal como lo señaló el profesor-detective, existía una sucesión de acordes tanto en su nombre como en su apellido: A-B-E y B-E-A-G-E. El profesor no pudo dar con ninguna partitura que presentase esas sucesiones armónicas. Y, por último, esta nueva víctima solo presentaba marcas en el cuello.

»Luego de ser declarado demente por la defensa, el asesino de la segunda cuerda aceptó los cargos por todos los asesinatos excepto el de Abe Le Beage. Aún hoy niega haber asesinado a la travesti.

»Durante este último año, dos teorías han ganado mayor peso en opinión de los especialistas: a) que ese último cadáver fue víctima de un copycat y b), que Abe Le Beage fue asesinada por el mismísimo profesor, el muchacho que ayudó a la policía. Por supuesto, hasta ahora, ninguna de las dos teorías pudo ser comprobada.

―¿Y a usted cuál le cierra mejor? ―le pregunté.

―La verdad es que me da lo mismo. Lo único que siempre me interesó de esa historia fue el vínculo entre crimen y música, la curiosidad de un profesor de música devenido detective.

―Y tal vez asesino…

―Posible pero nunca probado ―acotó, con un dejo de tristeza, e hizo una pausa. Miró en dirección al Lanín, cuya lejana cumbre parecía encenderse como una brasa con la luz del crepúsculo. Y después, como si no estuviese cambiando de tema, dijo: ―. Pronto va a nevar. ¿Notaste cómo en el silencio de la nieve se deslizan los sonidos que nos devuelven a la vida?

A lo lejos escuché una frenada y estiré el cuello. Cientos de metros más abajo, unos rollizos prolijamente apilados cruzaron sobre las copas de unas araucarias y desaparecieron de mi vista en dos o tres segundos. Supuse que allí debía estar la ruta; más precisamente, una curva en la ruta, y que aquello había sido el acoplado de un camión que se dirigía a Junín o más allá. ¿Por qué no correr hasta allá, correr cuesta abajo reventando el aire, exigiéndole lo imposible a esas extremidades que me salían del tronco como protuberancias ajenas, como fláccidos parásitos adheridos a esa superficie de carne que revestía mi columna vertebral, o rodar hasta allá, sin temerle a las rocas, los troncos caídos, los arbustos, o incluso arrastrarme hasta ese lugar donde asfalto y amnesia podían ser lo mismo, llegar allí para llegar más allá, a otro sitio, a otro nombre donde fuese posible recomponerme? ¿Por qué no hacerlo aunque en ello dejara el último aliento, se me acalambraran todos los músculos, perdiera todo lo que todavía creía tener? ¿Por qué no podía dejar a Domingo ahí, sentado sobre la nieve, y olvidarme de todo?

Durante varios meses, Domingo había sido para mí “el Hombre-eco”. Al menos así me refería a él en las charlas de sobremesa, en casa. Coincidíamos en la parada de colectivo, temprano por la mañana.

―Buen día ―le decía, acompañando la frase con una leve inclinación de cabeza.

―A ―me respondía, sin mirarme, siempre con la cara cubierta por un pañuelo hasta la base de los ojos y un gorro de lana multicolor.

Luego esperábamos en silencio, dos o diez minutos, que el colectivo nos recogiera. A veces yo lo miraba sin que él se diera cuenta, simulando interés por la nieve que caía sobre la ruta y preguntándome desde dónde vendría. Vestía siempre una campera verde que en la parte de atrás llevaba abrochada una capucha que, a menudo, cargaba nieve acumulada, seguramente, en el trayecto desde su casa hasta la parada. Las botas también eran siempre las mismas, de goma negra y con barro adherido a la suela y en los costados; los días de nevada se le blanqueaban los empeines. Mientras aguardaba, permanecía quieto en la banquina, a dos o tres pasos de la rudimentaria construcción de madera bajo la que yo permanecía con la esperanza de no sentir tanto frío. Cuando soplaba un viento helado, se pasaba las manos por los antebrazos, masajeándose con fuerza. Jamás lo vi usar guantes. Cuando el colectivo llegaba, él subía primero y le daba el billete al chofer, quien de inmediato le entregaba el boleto, sin mediar palabra alguna entre ambos. Una vez arriba, él se ubicaba cerca de la puerta delantera y yo me escabullía entre la gente hacia el fondo, imaginando que la nieve en la capucha del Hombre-eco se derretía y un hilo de agua le caía por la espalda hasta formar un charco bajo las botas negras.

Cuatro meses más tarde, una mañana de inusitado sol, se había quebrado la rutina del Buendía-A.

―¡Buen día, por fin llegó la primavera! ―le había soltado, sin darle tiempo a que hiciera de eco.

―No crea ― me había contestado y, de inmediato, me miró, para luego bajarse el pañuelo de la cara y sonreírme amablemente―. El servicio meteorológico anunció ayer que las condiciones climáticas variaban solo por hoy. Mañana vuelve el frío, seguro. No hay que descuidarse: no es lo mismo un calorcito que un verano. Hay que saber separar la paja del ojo ajeno.

Sorprendido por la inesperada verborragia me había animado a corregirle:

―Del trigo.

―Disculpe, sí, tiene razón ―había dicho inmediatamente, acompañándose con un balanceo conjunto de cabeza, brazos y manos―: “la paja del trigo”. “La paja en el ojo ajeno” ―había agregado, impostando la voz― pertenece a la esfera de lo privado. Y quién es uno para juzgar el gusto de los otros.

Ambos nos habíamos reído.

Es curioso: había visto su fotografía en el diario un centenar de veces y desde hacía añares escuchaba su voz en la radio, todos los domingos. Sin embargo, recién había podido reconocerlo al escuchar su risa. Sin poder dejar de reírme le había dicho:

―Yo a usted lo conozco. ¿Usted no es “Melómano Domingo”?

―El mismo ―y había estirado el brazo para estrecharme la mano―. Para servirlo.

―Encantado. Yo me llamo Abel Lupone.

―Ah, entonces somos colegas.

Su reconocimiento me había tomado por sorpresa. Me sentí halagado. Sin embargo, mi cara debió haber expresado algo distinto, porque se apresuró a decirme:

―Aunque trabaje para la competencia, escucho sus móviles todas las mañanas. Y también he leído sus artículos en ese pasquín que no merece tenerlo entre sus colaboradores.

Le sonreí, seguramente sonrojado. Nunca me atreví a preguntarle qué le interesaba de las notas que yo escribo sobre botánica y que aparecen mensualmente en “Mi tranquera”, una revistita local que publica mi hermano, hecha con seis hojas fotocopiadas a doble faz, y con la que, gracias a los auspicios, suma un dinero adicional a los importantes dividendos que le genera el vivero.

A esa charla inicial sobre la banquina, le habían sucedido otras, muchísimas, siempre de lunes a viernes. Nunca sobrepasaron los veinte minutos (salvo una vez que el colectivo tuvo un desperfecto mecánico y tuvimos que esperar quince minutos más a que llegase el reemplazo). Tal vez a muchos le resultase extraño que nunca las prolongáramos en el bar o en alguna de nuestras casas, pero creo que los dos suponíamos que esa brevedad y ese marco beneficiaban al trato que nos frecuentábamos.

Aunque “charla” tal vez no sea la palabra más exacta. La mayoría de las veces era Domingo el que hablaba y yo quien escuchaba, intercalando, a lo sumo, aquí y allá, alguna nota al pie o una pregunta. No es que el hombre fuera descortés; tampoco era una de esas personas que disfrutan escuchándose a sí mismas. Sencillamente, a mí me gustaba escucharlo y, por eso, lo instaba a continuar hablando.

Con el tiempo descubrí que aquel primer mote de “hombre-eco” tenía algo de cierto. Una de las fascinaciones de “El Melómano”, como lo llamaban en el medio radial, era “capturar”, como si él mismo fuera un radar, todas las noticias, los chismes e, incluso, las conversaciones que había oído al pasar en el bar o en la calle, para luego reproducirlos (en su columna, en su programa, en nuestras charlas de colectivo) sin perder los giros idiomáticos, los tonos, las expresiones, del original. Según me dijo una vez, él vivía ese talento como un castigo: “Es una deformación insoportable de mi oído absoluto”.

Más allá de su erudición musical, Domingo era un enciclopedista. Él mismo bromeaba sobre esto, definiéndose como un “homo enciclopedicus”. Pero la inserción de frases populares, modismos, idiotismos y refranes (cuando no, lisa y llanamente, un chiste verde) en sus disertaciones aligeraban la carga de ese saber enciclopédico y provocaban, en el oyente o el lector, incondicional simpatía.

Sin embargo, eran muchas las veces que Domingo me instaba a ponerme en el rol de orador.

―¿Qué le pasa hoy, Lupone? ¿Discutió con la patrona? Cuénteme usted, vamos, algún chanchullo reciente de esos que llaman noticias. No es que hago como el hombre aquel que no le hablaba a su esposa porque él no podía oírla. Hoy tengo ganas de que usted me parle, nada más.

A veces le contaba sobre cómo y para qué habían traído a la zona tal o cual especie forestal o le narraba alguna anécdota que mi esposa traía de la EPET donde ella da clases de Educación Física. Pero Domingo prefería que le narrara hechos policiales. Como en el pueblo no había muchos, a menudo yo recurría a información que me llegaba desde otros rincones de la provincia. Domingo disfrutaba de esos informes. Me decía que le hacían acordar a las historias que su ex esposa le contaba sobre su infancia en Córdoba, donde, como en casi todas las provincias, los pobladores resolvían los enigmas mucho antes que la policía pudiera dar con las pruebas.

Pero ahora la situación era distinta: yo le había pedido que hablara para distraerlo, para distraerme, para que ninguno de los dos pensáramos en lo que acababa de ocurrir y en lo que estaba por suceder.

Domingo dejó de mirar al Lanín. Yo lo miraba a él, sentado sobre la nieve, recortado contra el lago que, kilómetros abajo, esplendía un tono anaranjado. Otra vez me miró la mano, frunció levemente el entrecejo y me dijo:

—Ahora le toca a usted, Lupone. ¿Qué pasó con Wood?

Me asombraba lo metódico que era Domingo para abandonar el tuteo y empezar a tratarme de usted. Yo, en cambio, nunca me había animado a tutearlo.

―¿Qué? —me defendí, tal vez con demasiada vehemencia―. ¿Es amigo suyo?

—Sé que suena a un juego de palabras en inglés —agregó, con tono paternal—, pero los dos sabemos que ese tipo no es buena madera. ¿Usted de veras cree que yo puedo ser amigo de alguien así?

―¿Y qué hacía en su casa, entonces?

—Vine a buscar un disco. El domingo pasado, llamó a la radio y me dijo que tenía un disco de Profiaco que podía interesarme. ¡Cómo no iba a venir!

Alcé las cejas y me mordí el labio inferior, pero me mantuve callado.

—En uno de nuestros viajes me contaste que habías conocido a Wood en esas reuniones donde los ricachones del pueblo se juegan contratos y mujeres al póker entre litros de etiquetas negra y mucha cocaína —me dijo, para luego acotar con una sonrisa:—, además de la poco saludable provisión de Viagra a la salida. Pero nunca me dijiste cómo habías caído vos ahí…

—Es cierto —le dije, mientras me apoyaba contra una roca alta y sin nieve en la punta—, usted me lo preguntó pero ya habíamos llegado a mi parada y nunca le contesté.

―¿Tiene algo que ver con aquella noche?

Lentamente asentí con la cabeza.

—Ahí empezó todo —dije, casi para mí.

Domingo se inclinó en dirección hacia donde yo estaba.

—Abel —me susurró, como si estuviéramos en una habitación llena de gente y nadie allí tuviera que escuchar lo que estaba por decirme—: vos nunca estuviste en esa reunión.

A causa del contraluz, no podía verle los ojos, pero adiviné la mirada penetrante en los ojos de un verde casi grisáceo, esa mirada que se le instalaba en la cara cuando prestaba atención a un relato. De pronto sentí que un enorme cansancio me invadía y que tenía ganas de dormir dos días seguidos. La mano empezó a dolerme.

—El que estuvo en aquella reunión fue mi hermano. Siempre va a esas reuniones, desde hace años. Mi hermano es un boludo, usted ya sabe, pero es mi hermano, después de todo. No sé a qué va, qué encuentra allá. Un par de veces quiso llevarme, pero yo no quise. En realidad, no es que no quise. A veces me dan ganas, ¿sabe?, me dan ganas de saber qué se siente ser como esa gente: tener plata, poder, mujeres, poder manejar los hilos de todo lo que pasa en el pueblo sin nunca quedar pegado, hacer lo que a uno se le venga en ganas sin temor a un castigo, poder andar por la vida despreocupado de todo excepto de…

Algo cercano al pudor me obligó a callarme. Me percaté del silencio que nos rodeaba y pensé: “Tiene razón. En cualquier momento se viene una nevada”. Después volví a hablar:

—Esa noche mi hermano apostó el vivero al póker. Y perdió. Usted me dirá “que se joda”, y puede que tenga algo de razón, pero eso es porque usted no sabe, no conoce la historia, no sabe todo.

Hablaba sin mirarlo a la cara, como si estuviera contándole todo a la nieve que tenía bajo las botas.

Y entonces solté todo como si se tratara de una grabación que llevaba conmigo y a la cual le di play y ya no pudiera ponerle pausa. Le conté todo como si por esa narración obtuviese como premio los dos días de sueño ininterrumpidos que anhelaba o como si no me quedara otra alternativa.

—Usted no sabe, por ejemplo, que ese vivero, antes de ser de mi hermano, fue de mi viejo. Que mi viejo dejó en ese vivero toda su vida. Que murió intentando apagar un incendio al fondo del vivero, donde estaban las araucarias, un incendio provocado por los Heiligens, por el hijo de los Heiligens, ese viejo hijo de puta que ahora sigue fajándola a la esposa porque es mujer, nada más, porque él quisiera estar con un tipo que le rompa bien el culo pero eso es algo que nunca se bancaría, y le prendió fuego a las araucarias solo porque mi viejo le había ganado en un concurso de hacheros, fíjese usted, nada más que por eso, y lo mató de ese modo pero nadie nunca le hizo nada, y todo el mundo sabe que fue él el que provocó el incendio que mató a mi viejo. Y como mi hermano es el primogénito heredó todo, él que nunca le había dado bola al vivero y que, peor, le rompía las pelotas tener que ayudar a mi viejo con los árboles, los arbustos y las plantas y que solo soñaba con rajarse de acá, ir a Buenos Aires, irse allá para ser actor y salir en televisión o en el cine, que nunca le importó un carajo la tierra… Pero descubrió que el vivero podía dejar plata. La verdad es que no lo descubrió solo, se lo dijo mi mamá cuando volvimos del entierro y a él le brillaron los ojos, me acuerdo como si fuera hoy. Y se hizo cargo del vivero y tres meses después se mató mamá, se tragó todo un frasco de pastillas, la encontré yo, así muerta, en la cama, cuando le llevé el desayuno, el mismo día que yo había decidido que quería ser guardaparque. Entonces, mi hermano empezó a hacer de mi padre, a actuar de padre mío y, porque se le cantó, me mandó a La Plata a estudiar periodismo. Pero al año y medio yo me volví, qué mierda, me volví a cuidar el vivero, como lo hacía cuando vivía mi viejo, porque la que ahora es mi mujer me había contado, ya entonces, mire, y pensar que en ese tiempo éramos nada más que amigos y nos hablábamos una vez por mes por teléfono, yo la llamaba de un público que había en la esquina de enfrente donde alquilaba con otros tres amigos un departamentito de dos por cuatro, me había contado que mi hermano estaba haciendo desastres con el vivero y sin dar vueltas me tomé el micro y me volví y le expliqué cómo tenía que hacer las cosas, para no echar a perder todo, para cuidar lo que era de la familia, y mi hermano me prestó atención y aprendió, así, de golpe, y empezó a ocuparse y a ensuciarse las manos, y contrató a un japonés que era pariente de una abogada que recién había llegado al pueblo, y el japonés terminó de poner todo a punto, de poner todo en marcha, y después que lo dejó todo listo y mi hermano supo qué hacer, le dio una patada en el culo, lo despidió, mi hermano que cuando era joven se la daba de socialista y ahora andaba explotando gente, porque, por supuesto, a mí también me usó, dos, tres años, y cuando vio que los clientes me buscaban a mí y no a él para consultar, me consiguió el trabajo como movilero en la radio de uno de los sátrapas con los que se junta los viernes en esas reuniones. Y me lo consiguió porque yo ya me había casado y todos le habían criticado que con la guita que tiene había sido incapaz de ayudarme a comprar un ranchito siquiera, y que como regalo de bodas nos diera apenas un reproductor de dvd y un televisor. Pero a mí me hubiera gustado seguir en el vivero, y se lo dije, y él, a cambio, me dejó escribir los artículos esos que aparecen en “Mi tranquera” y también me deja ir todos los sábados a ver cómo está todo en el vivero, como para despuntar el vicio.

Cuando volví a alzar la vista hacia Domingo descubrí que estábamos en penumbras. Él no decía nada, pero yo alcanzaba a oír su respiración pesada y lenta.

—Por eso, cuando mi hermano me contó lo de la apuesta, lo increpé, pero él me dijo que no podía hacer nada, que las deudas de juego eran sagradas. Estuve toda la semana sin dormir, se habrá dado cuenta, ¿no?, por eso le prestaba poca atención en el colectivo, no era que no me interesaba lo que me contaba ni que no tuviera ganas de hablarle, nada más tenía sueño. Y hoy, al final, me decidí, y vine a encararlo a Wood, vine a decirle que es un hijo de puta, que uno no puede ganarle a otro toda una vida con una baraja, qué una vida, varias vidas juntas solamente porque los naipes fallaron a favor.

El viento comenzó a soplar y los diminutos copos de nieve, a caer. La voz de Domingo llegó a mis oídos con la liviandad de esa nieve.

―¿Sabés qué pasa, Abel, cuando dejás que otros toquen la melodía que uno compuso? Tu creación depende de una ejecución que te es ajena, a menos que vos la dirijas. Eso, a veces, no está mal: a menudo los planetas se alinean y el sincronismo se produce. Pero el problema no está allí, realmente. El problema es cuando sos músico de una orquesta y tenés que tocar una melodía que, al leer el pentagrama, descubrís que fue compuesta por vos y firmada por otro. Eso es peor. Porque, en el primer caso, si el ejecutante falla, te estropearon la obra; pero en el segundo, te la birlaron. Más raro es, todavía, cuando te piden que le hagas los arreglos a una pieza que, en el transcurso de su estudio, descubrís que te pertenece, pero también descubrís que la pieza tiene errores, aquí y allá, y que los arreglos te dan la posibilidad de enmendarlos. Es una situación en la que tenés que decidir entre la belleza de la obra y el reclamo de su autoría. No sé si tiene mucho sentido todo esto que te estoy diciendo, sinceramente. Me siento como borracho. Lo que quiero decir es que a vos te tocaron todas las más difíciles y que no es el turro de Wood el más culpable sino el cretino de tu hermano. Hay que saber diferenciar al enemigo del oportunista. Por algo nunca fuiste a esas reuniones. Que no me vengan con esas pelotudeces de que todo es relativo. Todos podemos, ¡debemos, ja!, diferenciar el bien del mal, y vos sabés por dónde pasa la cosa. Pasa la cosa, ¡qué expresión más ridícula! ¿Qué cosa, la de Hawks o Nyby o la de Carpenter?

Domingo soltó una carcajada para luego empezar a toser. Por fin dijo:

—El profesor que descubrió al asesino de la segunda cuerda podría haber sido mi mejor amigo. Pero tuvo que inventar a Abe Le Beage, y con ello perdió mi simpatía.

Domingo aspiró una profunda, sonora bocanada de aire, y luego agregó:

—Una vez, poco tiempo después de haber visto “Venga esta noche a dormir a casa”, conocí a una mujer que era igual a Ornella Muti. No digo parecida, sino igual. La Muti me había vuelto loco. Yo ya estaba casado y mi hija ya había nacido. Más aún, las cosas con mi esposa no andaban bien. Y esa Ornella porteña, con la excusa de una guitarra o unas partituras, se me insinuó… Mejor dicho, se me entregó, justo a la hora de cierre del local que tenía en esos años. Y yo pensé: ¿vale la pena? Quiero decir: ¿valía la pena arrojarme a esa imitación, a ese plagio, a esa suerte de belleza parida por la imaginación y preñada por el sinsabor, por la amargura de un matrimonio que fracasaba y de una hija a la que no podía mantener porque se estaba fundiendo la empresa familiar? ¿Era, incluso, justo para ese símil, que cediera a su deseo por un mero reflejo de mis frustraciones? Siempre, en algún momento, tocamos la música de otros, pero hay que ser cautos al hacerlo, hay que ver si vale la pena hacerlo, hay que entrenarse mucho para ese instante porque, cuando llega, lo mejor es dejar de tocar o improvisar y hacer fugas, variaciones, citas. No hay que soplar la nota de una trompeta ajena a menos que ese sea tu último recurso. Hoy, por ejemplo, iba a ir a almorzar alguno de esos platos elaborados, riquísimos, que preparan los chicos de Piedra Kenaz, pero, después me di cuenta, el primer impulso había sido porque ayer leí una nota sobre frutos del mar, y cuando me di cuenta caminé unas cuadras hasta La Rosa de Los Andes y ordené media docena de empanadas, que fueron mi manjar de mediodía, ¿entendés? Es como cuando te convertís en padre y te ponés a tocar la partitura que te enseñaron y te das cuenta que mejor es reescribirla porque o vos desafinás o tenía errores de armonía, porque si no te das cuenta te convertís en el asesino serial de tus hijos, serial o dodecafónico, ja, entendés, qué chiste culto, boludo, putamadre, lo que quiero decirte, ay.

La cabeza de Domingo golpeó contra el pecho; un ruido seco acompañó al golpe. Me quedé unos segundos mirándolo. Los copos de nieve fueron cubriendo su calvicie mientras él permaneció inmóvil: caían lentamente, con respeto, diría, sobre él, y no sé porqué pensé en Tony Bennett, en ese cantante que a Domingo le gustaba programar después de algún pianista argentino, Iaies, Díaz, Jodos o Larumbe, en Bennett cantando “Gone With The Wind”, y de pronto me encontré tarareando “Sometimes It Snows In April”, de Prince, que es la canción más triste que se haya escrito.

Me miré la mano. Había dejado de sangrar, tal vez por el frío. La tenía congelada, casi no la sentía. La sangre formaba una costra que cubría toda la superficie del dorso. Al menos se había aliviado el dolor.

Deslicé la espalda contra la roca hasta que me senté sobre el suelo. Se me vino a la mente la imagen de Domingo escapando de la casa de Wood, luego del altercado; yo corría tras él. Más aún, el detalle de los discos que Domingo había soltado en la carrera: uno en cuya tapa llegué a leer “El alma por la belleza”, y dos discos de pasta que atiné a tomar al vuelo: uno con el sello de RCA Victor que de un lado tenía impreso “Claire de lune” y del otro “Greensleeves”, cuyo intérprete era George Melachrino y su orquesta, y otro del sello Odeon con “Para Elisa” en la cara A, y en la B, “Nocturno del plenilunio”: P. Kalender, solo de piano. Me asombré de la precisión del recuerdo. Los discos se me habían caído en el ascenso, se habían hecho añicos contra unas rocas.

Si yo no hubiese irrumpido en lo de Wood en aquel instante para insultarlo y, al mismo tiempo, rogarle que no le quite el vivero a mi hermano, reclamándole lo que consideraba un bien de familia, ¿se habría calzado el Remington para disparar a diestra y siniestra por todo el terreno?

¿Podría haber evitado que las balas disparadas por ese ícono siniestro del venerable pasado de este pueblo, por ese demente hijo de puta, nos hiriesen a Domingo y a mí?

¿Acaso soy yo el culpable de todo? ¿Soy yo el culpable de que Domingo se interpusiera entre el Remington y yo, de que yo pusiera la mano entre el rifle y él, de que Wood disparase atravesando mi mano y que la bala diera, fatal, finalmente, contra Domingo, contra “Melómano Domingo”, contra el “Hombre Eco”, contra lo más parecido a un amigo o a un padre que he tenido desde que volví de La Plata a este pueblo?

¿Por qué no deja de nevar, no deja de oscurecer, no dejan de dolerme los hombros?

Cargo el cuerpo de Domingo, rumbo a la ruta. Algún auto tiene que pasar a esta hora, alguien tiene que recogernos. A veces, cuando me detengo para descansar un poco, sin querer, meto los dedos en el agujero que Domingo tiene en un costado del pecho.

Nieva como si nunca hubiese nevado en esta zona. Ya no se distinguen ni el Lanín ni el lago. El cielo es nieve, el aire es nieve, los párpados están cubiertos por la nieve. Camino a ciegas, cuesta abajo, el peso de Domingo contra mi espalda. No siento la mano, solo el golpe de la campera de Domingo contra el brazo.

Oigo las aves, los pasos, las ramas y todo aquello que quiebra el silencio de la nevada. Tropiezo, tres, cuatro veces. Todo me es ajeno. Lo único que reconozco son las lágrimas que me caen por las mejillas y se congelan donde me nace la boca.

 


 

MARCELO GOBBO (18 de febrero de 1966, Buenos Aires, Argentina) es escritor y realizador audiovisual. Ha publicado: Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas (Ediciones de La Grieta, 2012), Barbarie y civilización (cuentos y relatos, Ediciones El Camarote, 2012), El humo de la noche (poesía, ilustrado por Viviana Errecalde, La Grieta, 2013), Olvido la marcha que tiene música (poesía, en colaboración, La Grieta, 2014), Mini (microficción y poesía en prosa, Vela al viento Ediciones, 2015 y segunda edición 2016), El repliegue (poesía, El suri porfiado, 2015), Comoe (poesía, en colaboración, La Grieta, 2015) y Bodega (novela, Ápeiron Ediciones, 2018). Otros textos de su autoría figuran en antologías de distintas partes del mundo. Obtuvo una veintena de distinciones nacionales e internacionales. Vive en San Martín de los Andes (Neuquén, Patagonia Argentina) desde 2004.

 

Fotografía: cortesía de Lucas Newton.

 

Diez poemas de “Tumbita”, de Miguel Martínez Naón

La “poesía sin música” de Pepe Núñez

 

Presentamos una muestra de la poesía de Pepe Núñez, recientemente publicada bajo el título Poesía sin música por Ferullo Burke y Alba ediciones, con selección y compilación a cargo de Mario Melnik, Alba López y Guillermo Siles.

 

Prólogo

Por Mario Melnik

 

Fue en sus años de juventud cuando Pepe conoció a dos artistas a quienes él nombraba entre sus grandes referentes: Jaime Dávalos y Manuel J. Castilla. Contaba Pepe que allí, en esos bares de Salta que ambos frecuentaban, estuvo su escuela de la música y la vida. Escuchar dialogar a esos dos tipos era para él andar de asombro en asombro. Su escucha que era de las más lúcidas y atentas supo percibir de lleno esas esencias que tan bien le vendrían en la búsqueda de un camino artístico propio. Elocuencia del decir y el hacer, en la que Pepe no les vino en zaga.

Con el tiempo Pepe decidiría que el suyo era el arte del músico y del letrista. El letrista como aquél cuyo oficio es complementar el decir de la palabra con la forma musical para lograr una integración en armonía. Un arte en sí mismo que él diferenciaba del hacer poético donde la palabra adecua su ritmo, su fraseo, su sentido a sus propias leyes. Así elaboró una obra coherente e innovadora que fraguó en el sentir de la gente y marcó a muchos artistas.

A lo largo de los años y en forma casi paralela al hacer musical, Pepe tenía también la hermosa costumbre de escribir poemas y aforismos, un hecho conocido por pocos. Esta producción era ofrendada a los amigos del alma, a su compromiso con voces acalladas, y -mucha- al amor por los suyos. Sin duda no podía escaparle a Pepe este afán, mucho más cuando ya enseñoreaba, y en mayúscula, la letra de sus canciones, acompañando su caudal innovador. No podía dejar de buscar una hendija para dar curso a esta inquietud que también era parte de su desvelo.

Quienes han rumbeado por el latir de su arte “de salud numeroso”, encontrarán en esta selección de poemas y aforismos a un Pepe más íntimo, más libre, persiguiendo y arrinconando a las palabras siempre, apretándolas “hasta dolerlas contra el papel”. Interrogando al corazón para dar con el giro inesperado, la chanza, la humanidad a cuestas, el testimonio de los días en tierra firme y en el abismo. El decir en fin que lleva su sello, su inspiración.

 

Selección de poemas de Poesía sin música, de Pepe Núñez

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26 de agosto de 1962

 

A mi madre en su muerte

 

Gabriela del Carmen Arias

vieja pastora de sueños,

camina y camina tu sangre,

tu sangre color mirada,

cántame tu copla ahora

y que te sientan mis ojos,

Gabriela del Carmen Arias…

Esta vez fueron tus labios

a los que el viejo viento de otoño

quebró lento;

esta vez, sencilla,

como el perfil de tu plegaria,

caminó implacable el aroma

de tu luz, de tu calma.

Tu alma se ha vuelto ahora

martes, enero,

o cosas que ya pasaron

y ahora tus manos trabajan,

se hacen esquina,

o rosa o puerta

donde uno llama;

caliente tu perfume anda nombrando

flores que ya no vemos

y se hace fiesta el silencio

en tu boca callada.

El viejo viento de otoño

lleno de oro vencido

deja en las manos tu peso

y la espalda de tu risa;

tu senda inaugura la imagen

de una mañana vacía

una calle sin nombre

una mirada perdida.

…Gabriela del Carmen Arias

vieja pastora de sueños

camina y camina tu sangre

tu sangre color mirada…

Tus ojos que ahora miran

sendas nuevas, calladas

cavan aquí en el pecho

y nos dicen: nada…

y nos dicen: nada…

La noche que siempre crece

enredada en tus cabellos

clava su frío en los labios,

muerde implacable el momento;

y hay un rezo solitario

y una misa sin dueña

un clavel que no perfuma

y tu voz que ya no suena.

Mis manos –loca faena–

quieren mojar tu camino

llenar de risas y alfombras

tu silencio y tú: no vuelvo;

y están como ellos, lejos,

ciegas y amanecidas,

golpean en puertas sin dueño

sin tu lumbre se lastiman.

…Gabriela del Carmen Arias

cántame tu copla ahora

y que te sientan mis ojos

Gabriela del Carmen Arias…

Te partió el pecho el otoño

y tu recuerdo crece

ha reventado el llanto

…y el duraznero florece…

Ya no me suenan tus pasos

y tu luz brilla escondida,

tu ventana ya no te encuentra

…y el durazno florece…

Has encontrado de pronto,

en un camino secreto,

una lluvia de silencio.

Que no te lloren con lágrimas

ni con flores marchitadas:

el río de tu amor no duerme

…y el duraznero florece.

…Gabriela del Carmen Arias

vieja pastora de sueños

camina y camina tu sangre,

tu sangre color mirada,

cántame tu copla ahora

y que te sientan mis ojos.

Gabriela del Carmen Arias

tú me amabas…

tú me amabas…

Entrega

 

Allí,

en el punto más visible y más exacto de tus ojos

dejo la paciencia de mis manos

y la impaciencia de mi sangre.

Ya no más estar conmigo,

ahora elijo el camino de tu pecho,

el de tu pan

que duele tanto,

el de tu vino,

el de tu beso liberado de la pena

y el camino que me lleva

a tu misma vereda cancionera.

Si tu nombre

es el que sé nombrar,

si de tus manos puedo beber,

tómame,

arráncame de este pequeño sitio

que ocupo en la tierra,

pero arráncame de raíz

y entiérrame en tus venas,

en tus besos

y devuélveme mañana

en una mesa de amigos

hecho canción y sonriendo.

Justamente desde aquí,

desde este pequeño pedazo

que ocupo en la tierra,

espero la tierra de tu sangre,

hermano.

 

                                     Pepe / 16-12-65

 

 

 

La fundición de acero

 

El acero, de pronto, es mi amigo

y el fuego no me quema

y el martillo es mi niño

…y mi pueblo lo sabe

y estamos aquí, en este comienzo

…y mi pueblo lo sabe.

Antes, cuando el acero era frío,

cuando los ojos eran color acero,

cuando aceraba mi alma

el frio del invierno

entonces yo, que soy pueblo,

no lo nombraba,

pero ahora sí, porque soy pueblo

porque mi voz -hija de su temple-

que es de pueblo, sabe de todo eso

y sabe más:

dice acero por decir trabajo

y dice cuchillo

porque ahora sí mi pueblo está en juego

y el acero es pan

y por él tengo un amigo

que a la mañana me saluda en la calle

y por el tengo un oficio

y por él…y por él… por él…

interminablemente él.

Para nombrar al acero-pueblo

voy a quemar mis manos y mis ojos

hasta el tiempo lejos del acero-acero

y templado y rojo con mi sangre por bandera

tiraré mi voz -que es de pueblo-

como una semilla enorme y esperada.

 

                                    Pepe / 30-5-67

 

 

 

Para ser padre

tuve que decir ¡Te quiero!

tuve que saber primero

que podía ser bueno

y tuve que convencerme

que iba a repartir mi sangre.

En el espejo soy padre

y mis manos son de padre

y en padre nomas me veo.

Por haber dicho ¡Te quiero!

por haber aprendido

a ser furtivo

(de esto quien es madre

lo sabe),

por haber puesto a capricho

la bandera de mis besos

en el más alto lugar del tiempo

hoy me veo de padre

y a mi sangre

repetida veo.

Por ser padre, ¡qué hice!

si tan sólo fui elegido.

 

                                Pepe 18-6-67

 

 

 

(Recién iniciado el día)

 

Tiempo del miedo

Mi amor,

cómo empieza el miedo?

mi amor, lo pienso,

cómo empieza el miedo?

mi amor, temo mis costados;

qué pasa si el horizonte

­–siempre irrefutable–

se tambalea?

mi amor;

y el dolor de los huesos?

y la implacable circunstancia,

la reconocida “cosa”

que manejamos como pañal…

Mi amor,

y el aplomo?

y todo lo dado?

por lo que costaron,

por el tiempo entregado con alma;

mi amor

y el diálogo?

aunque mal hecho, nuestro diálogo

y la mano corazón?

puestas no a la macana

y la sangre derramada?

justamente en la sangre

por el hecho viejo, mi amor

de no tenerle miedo al miedo,

qué pasa mi amor

cuando se piensa en él?

Hoy querida mía

a pesar de todo

paso al frente

a brindar con tus ojos

mucho más allá del miedo y el tiempo gris.

Además, mi muchacha

nuestro gran beso inicial

nos espera para que sean cuatro

las copas que llenamos.

…aprendamos mi amor

con tu piel y la mía

a reponer los mendrugos

que el miedo se lleva.

 

Pepe / 24-11-73

 

 

 

Qué triste ha de ser

 

Qué triste ha de ser,

carpintero,

el de la fragua o tornero,

dejar la ropa en la noche

sin el olor a pan

o a taller recién barrido,

qué triste ha de ser morirse, digo,

…mejor que no piense y siga.

Qué triste ha de ser,

minero,

vendimiador o carrero,

llenar de esperanza el aire

para que cuaje al fin

y quedarse sin silbido

como sin sombra y sin nadie, digo

…mejor que no piense y siga.

Qué trsite ha de ser,

zafrero,

domador o carbonero,

que se hagan blandos los puños

y no poder golpear

donde el hambre se hace duro,

quedarse medio amagando, digo

…mejor que no piense y siga.

Pero mejor pienso y sigo

duro de voz y de pecho.

La muerte por el momento

tendrá que tener paciencia.

 

                          Pepe / 6-5-75

 

 

 

Inclaudicables

 

No es restallante

el capullo que le traigo

mas, recíbalo confiada

que es así la primavera.

…los rebrotes

de la vida

siempre fueron

ida y vuelta

nuestros…

 

                         Pepe / 5-2-88

 

 

 

El cobijo

 

Salud mi bella

salud señora

por nuestros años buenos

por nuestros años rotos,

por su buena laya

que de usted se trata.

Mi copa clara

mi copa turbia

el abrevante niño

que aún cree en su bata.

Le tiro el silencio

se mis bravucadas

y el pan de mis sueños

se cuece en sus faldas.

…regazo tremendo

color de su casa.

 

                       Pepe / 24-12-89

 

 

 

El silencio

 

 

Hijo que golpean

ve a ver

no madre no es nadie

hijo que yo oí

madre que estamos solos

tan sólo tú y yo

hijo que insisten

debes oír

madre no te descuides

pon tus oídos

escucha tus contracciones

que son por mí.

 

                         Pepe / 7-1-90

 

 

 

Lo que somos (Baguala)

 

Si hay que gritar, grito

tengo pulmones, tengo jeta

a veces grita el silencio

y se maltraen mis orejas

así se da

la libertad.

Yuyo hay ser quien crece

cuando ser pasto no puede

lo abarca siempre el rocío:

ángel guardián que conmueve

la luz y el sol

que sabios son.

Si hay que dejar, dejo

pues si no tengo no llevo

el lazo de los olvidos

no se ha trenzado pa´mi cuello

cuando uno está

no está de más.

 

                        Pepe / 11-96

 

 

 

Se acabó la fiesta

…no me gusta mirar

la espalda de la gente

cuando se va luego del espectáculo.

Sólo porque no me gusta.

El señor del espectáculo dijo:

“señores se acabó la fiesta”.

Siempre pensé que una fiesta

es de todos

que todos somos dueños de la fiesta;

que hay un eje misterioso

que nos hace girar en derredor

y no que hay alguien que dice giren

alrededor.

Puse mi risa en mi hombro

al rocío en mi boca puse

en mis brazos puse mi historia

a mi sombra le instalé volumen

a mis manos un yeso eterno

y ya con todo el desamor de mi vida

le puse un putamadre a mi nacimiento.

 

                            Pepe / 8-7-98


 

Pepe Núñez, nombre artístico de José Antonio Núñez (1938-1999). Poeta y músico de la Provincia de Tucumán (aunque nacido en Salta), autor de clásicos como la “Chacarera del 55”, “El manco Arana”, “Agüita demorada”, por nombrar sólo tres.
Como solista grabó “La Piel del Pueblo”, y luego formó con su hermano Gerardo el memorable dúo Los Hermanos Núñez, con el que grabó “A Cantar Corazón” en 1987 y “Del mismo vientre”, luego de la muerte de Pepe. Su familia editó en su homenaje un disco póstumo, “Pepe Núñez”, con obras inéditas. Compuso con Ariel Petrocelli, Juan Falú, Lucho Hoyos, Alfredo Grillo, Lalo Aibar, Víctor Gentilini, Miguelito Ruiz y Rolando Valladares, y sus canciones fueron grabadas por Mercedes Sosa, el Dúo Salteño, Los Arroyeños, Alfredo Zitarrosa, Juan Falú, Amparo Ochoa, Coqui Sosa, Liliana Herrero, entre otros.

Mario Melnik (S. M. de Tucumán, 1958). Profesor de inglés, traductor y bibliotecario. Participó de las antologías de poesía Espacios y espejos (JOETUC, Tucumán, 1987) y Amanecer de esquinas (Grupo Literario Polymnia, Tucumán, 1988). Es autor de Palabrara (1999), De sentido en sentido (Colección Nuevo Hacer, Grupo Editor Latinoamericano, 2008) y Un latido en la voz del viento (Alción, 2014).

Diez poemas de “Tumbita”, de Miguel Martínez Naón

Un paseo por la poesía de Susana Cabuchi

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Como de los buenos viajes, de la poesía de Susana Cabuchi (Jesús María, Córdoba, 1948) no se vuelve siendo los mismos. Por eso presentamos un breve paseo por algunos de sus poemas memorables, a los que sumamos dos inéditos.

 

EL DULCE PAÍS

 

 

Entonces, tus ojos eran caramelos de miel

y hablabas

de las bicicletas que regalaba el Niño Dios

a los que no podíamos comprarlas.

El río se callaba para que tú contaras figuritas.

Yo era alegre,

y eran alegres los nísperos del patio.

Y tú eras otro,

no el hombre de hoy

lejano como todos.

Cada domingo era una sorpresa de ciruelas,

de plaza con hamacas.

Tu padre cantaba en el taller

mientras tu madre

lavaba mamelucos de amor y aceite.

El mío no había partido todavía

y llegaba al hogar con dulces y regalos.

Yo oía con asombro tus mentiras

y creía en gigantes voladores

y en ángeles guardianes

que cuidaban tu ropa y mis zapatos.

Por cada diente el ratón nos compraba mandarinas.

La abuela, abría el gran ropero

y sacaba

turrones envueltos en papeles crocantes.

Si vuelves, como entonces,

con sombrero de piel y las manos con barro

verás, que guardo aún

el corazón de las manzanas.

 

                         De El corazón de las manzanas, 1978

 

 

 

LA CARTA

 

Ha llegado la carta.

Está sobre la mesa,

al lado de las flores.

La miro

            largamente.

Conozco la letra.

Pero la leeré

a la medianoche,

cuando los trenes

que pasan hacia el norte

hagan temblar

los vidrios de la casa.

 

                         De Patio solo, 1986

 

 
VISITA

 

Un viajero

ha llegado a la casa.

Salimos todos

a abrazarlo

porque trae noticias del hermano.

Habla de campos secos,

del hambre en las ciudades,

muestra fotografías.

Después del almuerzo

le servimos

la fruta más dulce del ciruelo.

Y la ha comido,

                         pero sin alegría.

 

                         De Patio solo, 1986

 

 

 

ÁLBUM FAMILIAR 

 

Los padres

fueron una vez

a Mendoza.

Me dejaron

una foto con nieve

a orillas del camino

con un gran auto negro

y con amigos.

 

Me dejaron

una foto con nieve

y este frío.

 

                         De Álbum familiar, 2000
 

 

PASOS

 

He bebido las aguas

del Shu – Am

como si no estuvieran

contaminadas.

A orillas

del río silencioso

crecen flores amargas

sobre las que he descansado,

                         leyendo.

Y no he pecado

sino

lo necesario.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 
12 DE JUNIO

 

Esa mano que muere

no está sola.

El anillo dorado

la devuelve

a una danza de bodas

y a sus giros.

A una siesta

de parrales ardientes.

A los vinos

guardados

para las grandes fechas.

Está

el metal redondo

sosteniendo

que todo fue verdad.

El anillo de bodas

de mi padre,

en la mano, en la vida

de mi padre.

En el día de la muerte

de mi padre.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

CIELO

 

Sobre las montañas nevadas,

como una flecha oscura,

van los patos salvajes.

Cruzan.

Como tu sombra

sobre mi corazón.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

 

VINCENT VAN GOGH 

 

Aquí estoy

en esta soledad luminosa,

plena, habitada

de fuegos y ventanas.

La casa

arde de girasoles

como un infierno congelado

entre aceites

y vientos amarillos.

Sordo de tanto silencio

y dispuesto

a entreabrir

cada lirio celestial,

cada cristal de paja,

cada gota de acero,

cada ojo de sangre,

cada vidrio de miedo.

Así te escribo.

Sobre las torres de la desesperación,

a orillas del Ródano,

entre la mezcla brumosa de los óleos,

a la hora del ángelus,

a pleno mediodía,

sobre el caballo áspero

                         de la pena,

con la piedra roja

                         de la desgracia,

con la arena negra de la locura,

con las sílabas celestes del amor,

con la sorpresa blanca de la tela

                         vacía,

con el cuervo del hambre

                         sobrevolando mi cama,

con la mordedura hirviente

                         del deseo,

entre el humo agrio de la luz,

en el paraíso húmedo

                         de los manteles,

en los bares nocturnos,

así,

           hermano mío,

              hermanito menor,

                  casi mi padre.

 

                         De Álbum familiar, 2000

 

 

 

EXILIO

 

Al cerrar el negocio

mis padres

se sentaban en la vereda

del Panamericano

a mirar el desfile.

 

Mi padre sonreía

con la misma serena tristeza,

repetida,

tantos años después,

en la fila de cajones

abiertos hacia el crematorio,

más oscuro, con los párpados quietos,

entero, intacto,

                         esperándome.

Así dio su perdón,

                         así recibió el mío.

 

Acompañaba la fiesta

con la mirada suave

del que ha danzado, inocente,

sobre los barcos del exilio.

 

Cuando pregunté

en el Registro de su país

la íntima caligrafía

sentenciaba “desertor”.

Cómo explicar

que tenía dos años al partir,

que nunca se había ido,

que cada mañana

ascendía las calles amarillas

de Maalula

mientras levantaba las persianas.

 

 

                         De Detrás de las máscaras, 2008

 

 

 

VISITA AL PURGATORIO

 

El cartel anuncia

             “El Paraíso”.

Aquí están

la directora del colegio,

la fundadora del Teatro Vocacional,

el carnicero,

el prestamista, el notario.

–Sí madre,

traigo galletas,

sacaremos una mesa,

jugaremos a la confitería,

tomaremos el té.

Las pequeñas carrozas

                         –trípodes, andadores,

                         sillas de ruedas–

giran.

Aferrados al pasamanos

los caminantes

repiten la peregrinación,

como antes en la plaza,

ahora a orillas de la ciudad,

a orillas de la vida,

con las máscaras de la vejez,

con los pesados trajes,

                 marchitos.

Sí madre,

soy la tía Emma

y también soy Susana.

Entre sombras

la comparsa emite

entrecortados llantos, gemidos secos.

–No madre, sus padres

no la olvidan,

están muy ocupados.

Cuando puedan

          vendrán

con un ramo de rosas.

 

                         De Detrás de las máscaras, 2008

 

 

 

SIRIA

                         A Jeannette Kabouchi

 

I

 

Ha despertado

seguramente temblorosa.

Ha escuchado los ayes

ascender las piedras de Sednaya,

ondular sobre las cambiantes dunas

hacia el desierto,

reptar entre los arcos de Palmira,

crecer en los olivos.

Por favor querida, dice

desde ciudades inolvidables

a la hora del sueño.

Por favor querida,

insiste,

escriba sobre Siria.

 

 

II

 

Juntas hemos visto

los juegos del Mediterráneo

frente a las costas de Latakia

y las manchas lejanas de la tierra turca

a través del mar.

Sabe que escuché, conmovida,

cinco veces al día

el hondo llamado a la oración

que surge, poderoso y verdadero, desde

las mezquitas, desde sus altos minaretes.

Sabe que me gustaba caminar

hacia el zoco Al-Hamidiyah

para oler los tejidos

y las especias.

En mitad de la noche

ha querido llamarme. A pesar

de los años y la distancia.

Debió recordar que en la Feria

de Libro de Damasco

me vio adquirir obras

escritas en un idioma que no leo

y que algo en mí reconoció los signos,

esas suaves y delgadas canoas

sobre el papel, esas líneas

de arenas y de vientos.

 

 

lll

Jeannette,

la prima de mi padre,

no usa velo.

Simplemente lo prefiere así.

Ella es cristiana, Fayez

su esposo, musulmán.

Hemos viajado  al mar,

hemos nadado juntas

vestidas con trajes de baño occidentales

como las cristianas y las judías

mientras las musulmanas jugaban

en el agua

con sus largos vestidos mojados

adheridos al cuerpo, más sugestivas

que las turistas europeas

que extendían sus claras

y desnudas figuras

en las playas doradas.

 

 

IV

 

Qué sé, qué desconozco para que ella repita

varios meses después, Susana, no lo olvide

–suena firme su voz en el teléfono–

escriba sobre Siria.

Qué espera, qué me pide?

Hablaré de Quneitra,

del pasto crecido sobre los escombros,

de los testimonios del Golán?

 

Ibrahim me muestra unos montículos de nada

y dice: esta era mi casa.

Por esta calle iba a la escuela cada mañana.

Y señala la escuela, lo que debo

creer que fue una escuela,

cemento y hierros

arrasados por las topadoras.

 

De quiénes eran las tumbas?

Cuántos lloraban entre los olivos?

 

Alguien  preguntó

sobre la poesía después de  Auschwitz,

también yo lo pregunto

desde las ruinas de Quneitra,

sus hospitales muertos, sus calles incendiadas,

las infinitas filas de cruces blancas sobre

la vergüenza del mundo.

 

De quiénes son las tumbas?

Cuántos lloran entre los olivos?

 

 

                         De Siria, inédito

 

 

 

ULEILA*

 

Porque no hay que viajar

grandes distancias,

además es apacible, es bello,

encantador, decían.

Y cada año autorizaba el ocio

una población serrana

cuyo nombre proponía

un juego sin salida,

un interminable y misterioso acertijo:

Salsipuedes.

 

La calle principal

era de oscuro y empinado asfalto

y ondulaba, perfecta para el patinaje

y sus consecuentes advertencias.

Juntábamos piedras, mariposas,

plantas medicinales. Buscábamos
víboras, avispas, miel.

Pero lo inolvidable

fue el nombre de la casa alquilada:

Uleila del Campo.

Uleila sonaba a oleaje campesino,

a ciclos lunares en una lengua antigua,

a ulular marítimo,

a lagunas nocturnas, a luz.

¿Uleila era una flor silvestre,

un extraño y distante país,

un pájaro prodigioso y desconocido,

una mujer?

Desde entonces, en secreto,

llamamos así a nuestra madre:

–¿Llegó Uleila del Campo?

–Uleila dice que ordenemos el cuarto.

–¿Ha visto usted a la señora Uleila?

 

Nos había prometido estarse viva,

tostar zapallos porque –dijo– serían muy dulces

ese verano,

hacerme un vestido de seda verde

para los bailes de carnaval.

A veces la nombramos.

En las calientes noches,

desde cualquier lugar, le preguntamos:

Señora Uleila,

Uleila del Campo,

¿dónde está, por qué no vuelve,

por qué demora?

¿O está en el Mirador

reconociendo amaneceres, colinas,

lejanías,

y no puede salir?

 

                         De Siria, inédito

 

* Ulelia: palabra árabe que tiempo después de escribir el poema supe que significaba mirador.

 


 

Susana Cabuchi (Jesús María, Córdoba, 1948) ha publicado: El corazón de las manzanas (E. y G. López editores, 1978), Patio solo (Alción Editora, 1986), Álbum familiar (Alción Editora, 2000), El Dulce País y otros poemas (Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2004), Detrás de las máscaras (Ediciones El Copista, 2008), Poética-1965-2010 (El taller del Escritor, 2010) y Album de famille – Livre CD (París, Francia, 2015). Su poesía integra numerosas antologías argentinas, americanas y europeas, y ha sido traducida al francés, italiano, portugués y árabe. Ha ganado diversas distinciones nacionales e internacionales. Como gestora cultural organizó ferias del libro, semanas de cultura, concursos literarios, ciclos de lectura, entre otros eventos culturales. Ha sido miembro de jurado en diversos concursos de poesía y narrativa, y participado como panelista y conferencista en congresos, encuentros, y jornadas, tanto en el país como en el exterior. Actualmente colabora en revistas especializadas, en sitios virtuales y coordina talleres de escritura. 

 

Fotografía: cortesía de la autora.

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