Una conversación entre poetas: Lidia Rocha, en su papel de periodista cultural, entrevista a Yanina Audisio. El punto de partida de la conversación es Mordida por las flores, el último libro de Audisio, recientemente publicado por El Desenfreno
por Lidia Rocha
En 2025, Yanina Audisio publicó por El Desenfreno un nuevo libro de poesía con el sugestivo título de Mordida por las flores, que fue presentado por María Malusardi. El pasado 15 de enero entrevistamos, con Gerardo Curiá, a la autora en el programa de radio “Moebius”.
Luego de escuchar el programa, me di cuenta de que me habían quedado ganas de ir por más, junto a Yanina, en la exploración de este estupendo libro de poemas en prosa cuyo tema es el dolor. .
Uno de los recursos de escritura en este libro consiste en personificar o animizar el dolor: “apenas conocidas las crueldades del nacimiento, comenzó a beber de mí”, decís, por ejemplo.
De algún modo, mis escrituras rodean lo innombrable del cuerpo. En este caso, me centro en el dolor físico, esa sensación que se da en mí desde siempre, entre otras omnipresencias. La hipersensibilidad a los estímulos acaba configurando un pesar, un lastre, un impedimento para liberarse de la conciencia constante de estar dentro de una bestia de la naturaleza. “Enemigo cuerpo” digo en un poema del libro Nombradero; territorio de pugna entre lo que se tiene y lo que se desea, lo que se busca y lo que se puede, darle entidad de ser a la molestia constante me concede esa pulseada donde al menos con el lenguaje puedo torcer su permanente victoria.
Otro de los aspectos de ¿confrontación? ¿negociación? con el dolor es su divinización. La frase “El dolor es conmigo” es similar a la religiosa “Dios es conmigo”.
Se juega algo místico en la despersonalización que fuerza el dolor intenso y sostenido por días. Para poder seguir en el mundo y responder a sus demandas, el único modo es disociarse: apuntalar el dolor en el centro del día y pivotear alrededor, menguada. Esto es también un hallazgo, poder poco, pero poder algo, a pesar de portar una mayúscula deficiencia. Un descubrimiento desde las profundidades que conecta con algo sagrado, quizás divino. También una interconexión con todo lo que padece, lo que es torturado o sometido. Un poder desde el declive.
Se juega cierto deslumbramiento. Literal primero, en tanto la luz es uno de los estímulos que se tornan difícilmente tolerables en las crisis de migraña. Luego, figurado: ser minúscula, azotada por el dolor, el mareo, la inestabilidad y, aun así, seguir siendo la que batalla el día con todo y encandilamiento. El dolor físico intenso abre algunos umbrales, inaugurando un territorio de soledad, por lo intransferible de la experiencia (cómo sabrá otro cuánto me duele y qué pierdo con ello). Me unge “esplendorosa y desvalida”, como Silvina Ocampo adjetiva a la patria en uno de sus poemas. Uno de los lugares donde vivo es el dolor.
A medida que avanza” el libro, (1) el dolor va adquiriendo otras propiedades como la animalidad o su carácter de herencia. ¿Son maneras de hacerte amiga? ¿de pensarlo? ¿de darle espesor lírico?: “Este dolor es un armadillo de los que, en el campo donde ella nació, llaman peludo. Comprendo ahora la aspereza de la abuela, su amor a tirones. La alumbro: caparazón en una esquina del comedor, fascinada por los obituarios” o “¿Qué culpa estoy pagando de los que me sucedieron en el camino de la carne?”.
Creo que son maneras de acomodar la experiencia mortificante en relación con seres significativos, existentes o no, más o menos impensables por fuera de esa experiencia. Con el dolor, todo se disloca y es entonces cuando se puede percibir lo irremediable como desconocido y, por tanto, darle la bienvenida.
Otro superpoder el dolor es el dar formato a tu vida o, debería decir, de encauzar la vida de la subjetividad que se expresa en este libro, de su “yo lírico”. Cuando decís “el armadillo condujo mi salida del redil”, ¿el dolor modela su forma de ser fuera de los cánones? ¿se convierte en “escolta”? Y también: “Por su inquietud, por su vicio, he de amar con piedad lo que se repliega, lo que fatiga la esperanza, la expedición por la fronda de las ternuras, los lujos impagables de la inadecuación”.
Dice uno de los poemas: “A la princesa del guisante, uno de esos, diminuto bajo una pila de colchones, le arruinaba el descanso. A mí el roce fugaz, el mínimo desacomodo de los materiales donde me abrigo o apoyo, la aspereza, el viento, la humedad, me perturban, me enferman, me lastiman”.
Estar librada al efecto de los elementos naturales, estar sometida a la reacción excesiva del cuerpo, me ha llevado, entre otras cosas, a un vuelco al lenguaje (leyendo con fruición desde los 6 años y escribiendo como resultado de ese exceso desde los 8), a una visión casi redentora de los demás, a un pesimismo no derrotista, a realizar y escribir ejercicios de revisión, de identificación, de compasión.
El cuerpo en los poemas termina por convertirse en un territorio donde cada parte se señala (como en los mapas) por su vínculo con el dolor. Es como si el dolor fuese un poder imperial que toma territorios y se alimenta de ellos.
Dice uno de los poemas: “En mi cuerpo, clavada como en otros lugares que también son el fin del mundo” y también “voy uncida a ese rey áspero”, “voy uncida a una montura desleal”. Empecé la relación con el mundo ya con esa limitación, y el dolor atenta contra el poder, por lo que toda conquista será sustentada en compensaciones.
La elección del poema en prosa ¿fue deliberada? ¿salió así? ¿por qué la elegiste?
El poema en prosa permite otra respiración, de largo aliento. Este es mi cuarto poemario en prosa, es una forma con la que me siento cómoda. Me habilita a jugar con el anclaje narrativo y los signos de puntuación, alternar la condensación con el desplazamiento, combinar frases largas y cortas, intensificar el sentido por acumulación en un flujo continuo de lenguaje.
Nunca elijo a priori la forma, empiezo a escribir el primer poema de una serie y sale como sale. Los siguientes poemas quedan signados por ese ejercicio fundacional.
Otra inversión interesante es la de los valores luz/oscuridad. Puesto que necesitamos del sol para vivir, la luz es para los humanos metáfora de todas las bendiciones. Pera la voz lírica de “Mordida por las flores” la pone del revés y podés hablar de “las fiestas tiránicas de la luz”.
La fotofobia está presente en mis crisis de migraña. Por eso, “hiere al mirar”, es casi literal, acuchilla, invade, ciega. Cuando aparecen las auras de migraña, puedo llegar a percibir formas y colores que sé que no están ahí, pero funcionan como presencias.
Dice uno de los poemas: “Entre la mañana y yo pasa un pez blanco, pedacito de luz lamida al modo de la piel cuando arde, desgajada cuando nadie ve”.
¿Lograste sorprenderte a vos misma durante la escritura, con esas frases que parecen haber caído desde quién sabe dónde, como “mordida por las flores” o “entre la mañana y yo pasa un pez blanco”?
Sí, es una experiencia que persigo: dar con hallazgos, que aparezca en la espesura del lenguaje una forma inesperada.
Me hablaste del acompañamiento en la escritura por parte de María Magdalena, me gustaría saber cómo fue su encuentro y su relación con un género que podríamos quizás llamar “poesía del cuerpo” o “poesía del dolor”.
María Magdalena me alojó en una oportunidad de escritura que llamó “Escribir la enfermedad”. Habiendo pasado por diferentes experiencias que redundaron en poesía, en ese momento y después de muchos años de sufrir con intensidad físicamente, yo no podía elaborar desde el lenguaje lo que me dejaba anquilosado el cuerpo.
María, a través de reuniones virtuales semanales, fue ayudándome a amplificar la mirada, desde el diálogo, las lecturas de otros autores sobre el cuerpo, la enfermedad y el dolor, y las devoluciones sobre los textos que primero precariamente y luego más suculentamente pude ir generando. Mordida por las flores no existiría si no fuera por ese invaluable acompañamiento de María.
Algunos poemas del libro:
A lA pRIncesA del gUIsAnTe, uno de esos, diminuto bajo una pila de colchones, le arruinaba el descanso. A mí el roce fugaz, el mínimo desacomodo de los materiales donde me abrigo o apoyo, la aspereza, el viento, la humedad, me perturban, me enferman, me lastiman.
Adversa, infructuosa, impar. Corrijo los harapos con un lacito de seda. Me trepo a la anciana que seré y tramo su violencia. Afronto el anegamiento con un puñado de cal. La crueldad del mundo es contra el cuerpo, y aferrarse a los días, como zarpa sobre tules, es lo mismo que aferrarse al dolor. Si me preguntan por la piel, sé dónde se aja, si por la sangre, cómo le cuesta coagular.
Vienen a dormirme con sus gorjeos los pájaros que enjaulé de niña, a poner una semilla bajo mi almohada y torcerme el sueño. Todavía ágil, llega el caballo que me dio el galope: me erige en la princesa que daría sus jaeces por una hora de insensibilidad.
Cuerpo ancla, cascote, anzuelo. Estoy en la vida y llevo como una perla el éxtasis degradado de anticiparlo todo: va a doler.
*
En MI cUeRpo, clAvAdA Como en otros lugares que también son el fin del mundo. Espuma que se disuelve en el acantilado, mácula de alga espesa, lluvia de abajo.
Voy uncida a ese rey áspero. Cae vencido, imperfecto en un océano de criaturas sin fallas: cada pez, cada medusa que no necesita más que materia traslúcida para reinar. ¿Qué sabe de impureza, dificultad, obstrucciones?
En mi cuerpo, desbocada sobre una duna que se desmorona. Voy uncida a una montura desleal: no regresa al origen ni lo desmiente. Ancla, caracola, larga cadena. Lecho del agua, sal de los ojos, ningún asidero.
Nota
(1) Si es que los libros de poesía “avanzan”. La lectura siempre termina por resultar más circular ¿no?
Yanina Audisio (1983). Ha publicado 11 poemarios, entre ellos Hacer el lobo (XXV Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía), Mordida por las flores (Mención especial del Premio Municipal de Literatura Luis José de Tejeda 2024) y Pastizal (2025), así como el libro de cuentos Rancho aparte. Tradujo Pájaros de oscuras vocales. Poesía temprana de Dylan Thomas.
Lidia Rocha es profesora de lengua y literatura. Publicó los libros de poesía Aves migratorias (2006), Roma (2010), Así la vida de nuestra primavera (2015), Soltar la casa (2020) y Hechicerías (2024)
- Entrevista a Yanina Audisio en el programa de radio Moebius (Gerardo Curiá y Lidia Rocha)
- Más poemas del libro


