Poemas de su libro Una luz fuera de nosotros, editado por El Guadal en 2026
EL APAGÓN
Agaché la cabeza y vi
cómo el viento levantaba mi
remera.
Un sonido de álamo caliente
era el pelo desatado
enredándose en el cuello.
Esperábamos la tormenta
y desde la terraza vimos
la ciudad sin luz.
Rayos nacían del norte,
del sur y el oeste.
Nos acostamos en el piso.
La luna y las estrellas se abrían impolutas,
como el canto de un tornado,
en el centro había un círculo de ángeles
enredados.
Agarré tu mano, recorrí sus líneas:
se bifurcan como los relámpagos en el cielo.
Confesaste que ese verano te sentías grande.
Sobre esas líneas ibas y regresabas,
un Aleph en la palma.
Cerraste la mano encima de la mía:
ya vendrá lo que nos de paz.
Fue un movimiento sutil de palabras,
un vaso de lluvia para la sed,
y el aire cálido barriéndonos el pecho.
SOBRAS
No me molesta quedarme con medio vino entre las manos.
No me duele esta lentitud con la que cierro los ojos
para terminar un helado de frutilla y crema.
No me inmuta que diga que está apurado,
la aspereza de estar sentada en la vereda
es mi logro,
la noche se enfría bajo este fresno
y soy la que respira sobras,
la que vuelve a su casa reconociendo el camino.
Ese es mi logro.
Abrir la puerta y caer en el colchón
de mis noches
a las que ingreso sin miedo.
¿Es lo que merezco? pregunté
y él lo festejó como si yo no supiera de la vida.
DESVIOS
Entre mi cintura y el vestido,
busco otras formas de caminar.
Me inclino en el pensamiento,
esos pasos sobre los que decido quererte en tu infancia
o en el tiempo en que alguien soporte perder.
Dices que tu casa era más hermosa
que la glorieta que cruzamos
en Plaza Belgrano,
apenas un techo unía la cocina
con una enredadera,
mientras el sol y las deudas
martillaban las paredes.
Hubiera anhelado decorar tu herida,
retener una parte de tu ropa o tu perfume,
merecer un descanso,
sofocar la pérdida entre las sábanas
que elegí para esa tarde.
El tiempo nos saqueó las voces
pero algo dignifica el amor.
Tus manos todavía cortan el pasto
donde arrodillada tapo mis oídos
para no escuchar la muerte.
SU DUREZA VA A HERIRTE
Levanto un vaso con hielo
y lo pego a mi cara.
Quiero aplacar el ardor del verano.
El canto del glaciar en mi oído es un desierto.
¿Alguien sabe de dónde llega ese viento
punzante?
Hoy estás distraída.
Salí de tu burbuja.
Sos muy oscura.
¿Has dormido bien?
Repito el tono en el que alguien me ordena
cómo vivir, qué cosas amar,
quiénes se apoderan de mis sueños.
Hago fuerzas para desprender los alambres
del cerebro, mi sensibilidad humillada.
El hielo se derrite rápido
llevándose el murmullo.
Mi cabeza se vuelve fluida y agnóstica,
una lentitud de oso polar
camina sobre mi frente.
LA METAMORFOSIS
Con los ojos cerrados escucho la leyenda.
Como si me hablara mi madre:
¿lo digo con crudeza, o con poesía?
Narciso es el que mira el agua,
y muere de pena.
Junta torpezas,
la voz se le entumece,
sacude la boca agria
y no bebe.
Se transforma en piedra.
El resto del verano es una luz densa,
una pintura de Dalí
que se fija en la pared.
Quizás en el invierno,
donde hubo un hombre,
el más triste que has escuchado,
nazca la flor blanca,
tu poesía,
el sonido de tus huesos.
¿Sabes todo lo que te espera?
Gabriela Álvarez nació en Santiago del Estero. Es poeta, abogada y editora. Publicó Migraciones (Ediciones En Danza, 2018), La Mujer Suelta (Funga, 2025) obra ganadora del Concurso de Libro de Poesía Clementina Rosa Quenel 2021; Poemas a Lucía (Falta Envido Ediciones, 2024); y Una Luz fuera de nosotros (El Guadal Ediciones, 2026). Integra Piedra Madre Editora.


