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Paula Maffía: Epifanía, creatividad y autogestión

6 de agosto de 2026

Entre el rock independiente y el activismo feminista y LGBTTIQ+, Paula Maffía construyó una carrera a fuerza de autogestión. Con su tercer álbum solista,
República afectiva, recién editado, Paula será quien abra el XVI Festival de Poesía en el Centro Cultural de la Cooperación. Acá, sus primeras epifanías con la música y sus claves para no perder la voz interior.

por Leandro González de León y Nicolás Mateo*

 

Tu tío abuelo era Pedro Maffía, uno de los grandes bandoneonistas del tango. Sin embargo, has contado que tus familiares no te incentivaron hacia la música. ¿Qué pasó con ese legado?

Sencillamente eso: la música se saltó una generación… Los Maffía eran inmigrantes italianos que llegaron a General Rodríguez y tuvieron doce hijos. Uno de ellos era mi tío bisabuelo. Cuando nacía el más chico, el más grande ya se había ido de la casa. Entonces mi abuelo no responde directamente a esa rama: quizás se odiaban a muerte, se debían plata, o directamente no se conocieron nunca…

Mi parte de la familia es la rama de la abuela Tuca y el abuelo Coco, una parte unida, linda, que se vino a Capital hace casi un siglo. Tengo entendido que gran parte de la familia todavía vive en General Rodríguez, dedicada al tambo.

De la historia de Pedro me enteré más de grande, la verdad. Pero cuando vi fotos de él, el parecido es asombroso: tiene los mismos rasgos que mi viejo y mi hermana. Tenemos la misma ojera, la misma boca —toda la familia tiene esos rasgos, es increíble— hasta el movimiento de las cejas. Con la llegada de YouTube, cuando vi por primera vez un video de él, fue impactante. Me emocionó muchísimo ver qué poderosa es la genealogía. Pero mi música no tiene nada que ver con la suya.

 

Entonces tu conexión con la música no llega de ahí, llega de otro lado…

 

Yo era melómana desde muy chiquita, desde los dos. De hecho, uno de los primeros recuerdos vívidos que tengo es con la música. 

 

¿Te acordas un poco de esas músicas?

La primera canción que me descalabró el cerebro fue “Canción de bañar la luna”, de María Elena Walsh. La escuché en el jardín, en su versión original. Me impactó mucho la imagen de la luna haciendo las cosas que yo haría de niña: chapotear en un charquito, robar una flor, comer arroz. Y algo de la melodía, ¿no? Esa pentatónica —ahora lo analizo retrospectivamente— es un lenguaje común entre la música asiática y un carnavalito… Después, a los cinco escuché “Moonlight Shadow” de Mike Oldfield en el auto de papá, y también me pareció una canción increíble. Al punto tal que me acordé del nombre “Moonlight Shadow” sin saber yo inglés y averigüé el significado.

 

Tus primeras palabras en inglés…

Posiblemente, ¿eh? Y a los nueve me pasó con “Dreams” de los Cranberries: quería que todo se detuviera y quedarme solamente escuchando la música. Por último, a los 15 me acuerdo que tuve una epifanía. En esa época ibas a Musimundo y tenían unos dispositivos donde vos ponías un disquito y lo podías escuchar entero, en un display. Había salido hacía muy poco “Mezzanine”, el tercer disco de Massive Attack. Me puse los auriculares, puse play, y me quedé parada los 72 minutos que dura ese disco sin poder largarlo. Lo escuché de principio a fin. Nunca fui tan buena oyente como ese día, a mis 15 años, parada ahí, escuchando ese disco de principio a fin, aguantando la respiración porque no quería que nada lo interrumpiera. Fue un viaje, una locura.

Yo no le pierdo el rastro a una canción que me encanta, soy una cazadora, no la dejo ir. Me parece que eso en gran medida es lo que diferencia al artista de la persona que puede generar arte y la deja pasar. Porque hay un método urgente, que es como “esto es indispensable, mi vida no puede seguir si yo no busco esto”.

 

¿Cómo fue tu relación con la antropología?

 

Fue una carrera que quise estudiar y que deseé mucho. Entré posiblemente por el estudio de las religiones comparadas, la mitología. Pensé que ahí iba a saciar un montón de esta curiosidad que tenía, y también algo en relación a cómo la humanidad se vuelve una especie tan necesitada de la cultura, ¿no? Porque es la gran diferencia que tenemos con los animales —posiblemente, aparte de la tecnología, obvio— pero esa herida que tenemos con la cultura y con el lenguaje siempre me pareció muy interesante. En la pulseada le ganó la música, y honestamente dije: “Yo ya me llevo lo que necesito de esta carrera.” Les agradecí mucho eso.

 

Nos retrotraemos a tus años de punk, aunque no los nombraste como epifanías…

 

Bueno, es que yo siento que sigo mis años de punk…

 

En el contexto del 2001, las fábricas recuperadas, toda esa cultura de la autogestión que fue bastante propia de esa época y que hoy vuelve a estar presente. ¿Qué te dejó esa experiencia? ¿Cómo impactó esa lógica autogestiva en tu música y en la forma en que organizás tu trabajo hoy?

 

Para mí hacer música es imbricarse con un montón de otras áreas de la cultura que tienen que ver con la producción, con la gestión, con el registro, con la radio… Por haber empezado mis primeros años en la autogestión puedo salir airosa en cualquier situación, y eso me volvió muy independiente. He visto gente entrar y salir del mundo de la música un poco perdida, gente muy talentosa como música pero sin ningún tipo de talento para producirse o para llevar adelante su carrera. De alguna manera o estás muy bien en el mainstream, o sos autogestivo: no existe una clase media en la música. Porque no hay dinero, sencillamente, o está todo en el mainstream, y si no, se genera en este circuito paralelo que es el off, la escena autogestiva.

Así que es autogestión o mainstream… o abandonar la música. No hay término medio, ¿no?

 

No hay términos medios… Son caros, son difíciles de sostener. Cada vez se difumina más el rol de productor y comienza más el de manager, de esa persona que acompaña un proyecto…

 

La buena noticia de la autogestión, tal como la presentas, es que la autogestión permite permanecer en la música… 

y es un lugar al que volver también… Digo, hay mucha gente que quizá de pronto empieza en la autogestión y de pronto su carrera despega, o es esponsoreada, u obtiene un mecenazgo, y despega su carrera. Y después esa persona puede volver a la autogestión, ¿no? No pasa nada. Es una forma de vida. Nunca es bueno ser dependiente.

 

Das tutorías sobre creatividad, ¿qué nos podés contar sobre eso?

La creatividad es muy personal y es, ante todo, una atención. Garantizar una buena creatividad es aprender a oír esa voz interior que nos da una narrativa. Las tutorías que doy tienen que ver con crisis creativa y bloqueo, y tiene que ver con que a veces desoímos esa voz interna, no por necedad, sino porque estamos quizá un poco ensordecidos por un montón de información externa.

Entonces, la expectativa, la noción del éxito que vemos desde afuera, la voluntad de replicar lo que a otros les pasó y lo que queremos, el delirio de grandeza, el complejo de inferioridad: hay un montón de factores que nos hacen un poco desoír esa voz interna, que es un poco la narrativa de algo que queremos contar, algo que necesitamos decir.

Entonces, un poco aprender a despejar esas voces gritonas que nos cacarean dentro de la mente y empezar a vislumbrar con un poco más de claridad aquello que queremos contar es una gran manera de estar a tiro con la creatividad propia. Si no escuchamos eso, es muy difícil que podamos ver el objetivo de lo que buscamos decir: el fundamento de lo que necesitamos explicar, el motivo por el cual y desde el cual queremos comunicarnos. Y si no la vemos, no la hacemos; si no la creemos, no la creamos.

Dicho esto, para mí también es muy importante animarse a tener un método propio. No es una tontería, ¿eh? Y tampoco es una tontería hacerse de las herramientas para garantizar esa creatividad.

 

¿Cómo es la dinámica de esos encuentros? 

 

Es completamente custom a las necesidades que tenga la persona que viene. Lo que yo busco es destrabar un nudo, o ayudar a una persona que tiene la hoja en blanco y no puede a partir de ahí hacer algo; también ayudar en esos primeros pasos. Hay una pequeña ética del espacio, que es: yo quiero estar solamente para esta etapa, no quiero generar un vínculo absorbente. O sea, yo soy medio iconoclasta, y no me gusta ni que la gente sea dependiente a la hora de crear. Para mí parte de mi método es: no tengas un método conmigo. No tengas un método. Mi método es no tener método. Ese es mi método.

 

Es tan necesario repensar las cosas, ¿no? En una época donde todo ha cambiado —el cambio tecnológico, los cambios en la política, cosas que dejan de funcionar y que necesitan reinventarse—, es clave apelar a la creatividad, incluso para la propia vida.

 

No hay nada peor que trabajar por inercia, porque enseguidita nos volvemos eslabones de este sistema macabro que nos devora. Fijate cómo, si tenemos un segundo libre, lo que hacemos es caernos de narices sobre el teléfono. No toleramos un espacio vacío, necesitamos llenarlo con algo. Es una urgencia violenta e infantil. Solo para no hundirse, no hay que sucumbir a la inercia. Hay que hacer un ejercicio como de flotar, un ejercicio de movimiento pequeño y permanente. 

 


Paula Maffía (Buenos Aires, 1983) es cantante, compositora, poeta e ilustradora. Integrante de bandas como Viva Zapata, Las Taradas y La Cosa Mostra, además de su carrera solista. Cuenta con tres discos solistas: Ojos que ladran (2015), Polvo (2019) y República afectiva (2026); y el EP Lesbiandrama (2023) junto a Lucy Patané. En 2021 publicó su primer libro de poesía, Verso.

Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.

Nicolás Mateo (Castelar, 1985) es licenciado en Gestión Cultural (UNTREF) y Magíster en Sociología por la Universidad de Barcelona. Se desempeña como gestor en la Secretaría de Cultura del Municipio de Morón y columnista musical en Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.

Revista Excéntrica

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