Poemas del último libro de Víctor Aybar, publicado por Invikta

 

En alguna catedral del norte 

 

No tengo los ojos puros 

para mirarte 

pero ¿aquí quién los tiene?

No tengo el cuerpo puro 

para arrodillarme frente a vos 

pero ¿aquí quién lo tiene? 

No tengo las manos puras 

para persignarme en tu nombre 

pero ¿aquí quién las tiene?

 

Ay, Virgencita, 

me muero, me muero, 

todos los días, 

todos los días un poco más, 

un poco más todos los días.

 

En esta catedral tuya 

toda rosa, toda celestial,

todo muro rosa que se confunde 

con el celeste del alto cielo, 

en este valle de lágrimas 

vengo a preguntarte: 

 

¿Qué hago?

¿Creo en los vivos, 

en los muertos, en los de aquí 

en los de allá?

 

Tengo miedo a la muerte.

Quiero la muerte del miedo. 

Tengo la muerte. 

El miedo me quiere.

 

Creo en vos:

así toda morena, toda terrenal.

 

Ni las lágrimas tengo puras 

Pero elijo creer en vos 

María elijo creer en vos 

¿como la primera pecadora?

Ahora yo.

 

Sólo esta herida de cuerpo completo 

te presento, te persigno, 

la ofrezco, la resigno. 

Sólo esta herida que soy yo 

te entrego María.

 

*** 

Juancito VIII

 

Ahí viene otra vez:

la cabeza agachada,

los pasos llenos de vergüenza,

la quijada le hinca desde afuera 

una pena, desde adentro,

el pecho.

 

¿Me adelanta algo del mes? 

Hoy festejo mi cumple, sabe.

 

Su sonrisa me busca la picardía.

 

Bueno, este es mi regalo, y un beso,

y mañana ya no te veo ¿no? 

Otro regalo entonces, franco para Juancito.

 

Qué otoño más triste los billetes que se vuelan

y más triste ese billete que no llega.

Qué invierno más crudo la miseria.

Qué primavera tonta estos brazos 

si para otros son los brotes y las flores.

Qué verano más fresco el vino 

que se bebe el sueldo más sediento.

 

Un hilito de felicidad le corre desde 

el ojo más brillante hasta los labios.

 

Mi mano de poeta lo sabe: sintió 

la gota más agria de la felicidad. 

*** 

 

IV

 

No tendré hijos. 

Mi madre llora.

Mi padre es la furia.

Mi hermana me los enrostra.

 

Carita sucia que lavar,

jopito que peinar, 

cachetitos para besar.

No tendré hijos.

 

Algo de mí, igual a

la nada misma.

Nada para acurrucar,

algo, alguito en mi corazón 

 

No tendré hijos. 

¿El trabajo será la vida? 

¿Una gata, el cariño? 

¿La flor, el anhelo? 

 

De noche, los ojos y

el insomnio no serán 

por el llanto pequeño, 

serán de… ¡vaya a saber! 

 

No tendré hijos, no tendré hijos,

sólo un nombre, el nombre 

que iré hilvanando letra por letra,

un nombre que se irá quemando 

desde adentro como una estrella. 

*** 

 

V

 

Vi el tajo ahí.

El vientre casi dormido.

La herida del no será.

 

Lo vi y no sentí nada.

Lo vi y lloré de la nada.

Vi el tajo en el vientre.

 

Poco a poco me atrevo 

a deshacerme de lo inútil,

a desprenderme sin culpa de

lo que no sirve y lo que pesa.

 

Como me atreví, insolente,

a cachetear a la Libertad, 

a encerrar a la Victoria.

Sólo mi valentía valía. 

 

Vi el tajo ahí 

y mis ojos ateridos son 

otras heridas y mil lágrimas.

 

No habrá cuna ni desvelo.

No habrá niños rondando.

Sí un armazón también aterido.

Sí una piel cubriéndome la muerte.

 

Como paloma herida no. Tordo, 

hornero, con mis garras cuidé a

quienes sentía míos, levanté refugios.

Como paloma herida no. Nunca. 

 

Lo vi y no sentí nada. 

Lo vi y lloré de la nada.

Vi el tajo en el vientre. 

Lloré, era la herida del fin. 

 

*** 

VI

 

Me abrí esta herida

y lamí sus bordes como  

una gata recién castrada. 

 

Total este mundo no es mío;

me lo quitaron antes de nacer.

Un dolor más para este tonto 

corazón alfileteado ¿qué va a ser?

 

Lamí despejando toda la furia 

que puede salir de una 

herida. 

 

Así, con la herida a cuestas 

he trepado a lo más alto 

para otear felinamente 

la repartija insolente que hacen los pocos.

 

Le bebí la poca sangre aturdida 

que puede coagular una herida 

salvaje.

 

Ni un paso

ni una mano estrechada

ni una palabra 

ni una orden 

fueron débiles 

ante el dolor y el tamaño de esta herida.

 

La embebí en lágrima, sal y saliva 

como hacían humanos, ancestros y animales.

La embriagué.

 

Total, ya no soy de este mundo.

 


Víctor Aybar (Catamarca, 1985) es poeta, bailarín, docente y editor. Es licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Catamarca y diplomado en Escritura Creativa por la UNTREF. Publicó Dúo nocturno, Dos variaciones para solo final, Cabriolas en el aire, Umbral. Cinco escritores catamarqueños, El gran baile de la reyna, Un cuerpo que atenta contra la poesía y Mi nombre, la Victoria. En 2023 recibió el tercer premio de Poesía del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes por Mariposa doble que gira sin cesar.

Revista Excéntrica

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