Capítulo de la novela de Laura Efrón, publicada por Caburé Libros.
7UP
Hace mucho calor. Tengo toda la bombacha transpirada y se me mete en la cola. Y la remera y el pantalón se me pegan al cuerpo, como cuando el papel del Torpedo de frutilla está todo pegado y no lo puedo sacar. Y encima de eso tengo el guardapolvo y todo me molesta mucho más. Pero tiene muchos botones y ojales y sacármelo en la calle es peor. Y quiero llegar a casa súper rápido.
El flequillo también está todo pegado a la frente y me caen gotitas de transpiración por todos lados y el cuerpo me pica un montón. El soquete izquierdo se me enrolló y está casi todo metido debajo del pie. Es como ir pisando una montañita todo el tiempo. La mochila del colegio está re pesada y me lastima los hombros, pero sé que Marta no me la quiere llevar porque siempre dice que los chicos tenemos que hacernos cargo de nuestras cosas así que ni se lo pido. Y además hay un sol re fuerte que me hace cerrar los ojos todo el tiempo entonces no veo bien dónde piso.
Así tengo que caminar las siete cuadras de la escuela hasta casa, con Marta que me lleva un poco de la mano y otro poco no, porque entre nuestras manos se forma un charquito de transpiración. Hoy no me dice nada, ni me pregunta cómo me fue en el cole, con quién jugué ni qué aprendí ni me cuenta qué vamos a comer a la noche, nada de eso. Está rara Marta. No sé qué le pasa. No me importa. Solo quiero llegar a casa, sacarme las zapatillas, revolear los soquetes y pisar el piso frío y brilloso de la cocina, porque cuando hago eso el frío me sube hasta la cabeza y me hace un poco cosquillas en el cerebro y se siente lindo. También me quiero sacar las hebillas que me tiran el pelo hacia atrás y me hacen doler.
Mientras caminamos le digo a Marta que apenas lleguemos voy a abrir la heladera para servirme un vaso grande de 7up. Me encanta ver cómo las burbujas suben y se vuelven locas cuando pongo los hielos y hacen ruidos como que se rompe algo. Y voy a meter el dedo y hacerlos girar mil veces para formar un remolino así el gas no me raspa la garganta. Y después me voy a chupar el dedo congelado. Pero Marta me dice que eso no es merendar y que mejor me prepara un Nesquik con unas bocas de dama. Le digo que no, que yo hoy quiero esa 7up bien fría, nada más. Ni anillitos de chocolate ni tampoco Coca con Melba, mi combinación preferida, solo una 7up bien fría. Hace mucho calor para otra cosa.
Después voy a prender la tele para ver Odisea Burbujas sobre la cama de mamá y papá, con las piernas y los brazos bien abiertos para que se me vaya todo el calor del cuerpo.
Pero cuando llego a casa al final no puedo hacer nada de eso. Subimos al ascensor y Marta pone cara de buena y de seria al mismo tiempo y me dice que hoy mamá y papá están en casa, que no fueron a trabajar y que tienen que decirme algo. Me asusto. Mamá y papá nunca están en casa a esta hora. Con fuerza pongo mi dedo en el botón rojo con la P de PARAR y hago que el ascensor se frene. La miro a Marta con mi cara de muy enojada y ella me mira, pero no me mira enojada como para retarme por frenar el ascensor; me mira con los ojos tristes que pone cuando extraña a su hija que vive en otro país. Me dice ay mi guagüita linda casi en voz baja y después hace como que va a decir algo más pero no dice nada, entonces se queda así, en silencio y con su cara triste de que está a punto de llorar.
Me hago una bolita con la mochila todavía puesta y me meto en un rincón del ascensor, como cuando era chiquita y estaba en jardín de infantes. Pasa un rato, pero Marta no me dice ni hace nada, hasta que un vecino empieza a llamar el ascensor golpeando la puerta y ahí Marta me dice que me levante, me mira, me abraza y aprieta el botón verde para que el ascensor empiece a funcionar otra vez y suba.
Cuando llegamos a casa, Marta abre la puerta casi sin hacer ruido y me señala con la cabeza que vaya al cuarto de mamá y papá. Voy despacio, abro la puerta un poco y los veo en la cama, pero no están durmiendo. Están sentados y con ropa de ir a trabajar. Tienen la cara triste, más que la de Marta. Y papá tiene los ojos chiquitos y mojados.
Mamá hace una sonrisa chiquita, medio de mentira, y me dice que me acerque, que me quiere decir algo. Ahora papá mira para otro lado. Me siento en el borde de la cama y mamá me agarra las dos manos y las mete dentro de las suyas. Despacio, como si no quisiera hablar, me dice que pasó algo muy triste pero que así es la vida, y que es que el corazón de la abuela Ana estaba muy muy cansado y un poco viejito y que por eso hoy a la mañana dejó de funcionar. Y que eso significa que la abuela Ana se murió.
Le digo que no, que no, que no puede ser, que si el domingo fuimos a su casa y ella estaba bien y me voy corriendo a mi cuarto. Cierro la puerta y me pongo atrás. Otra vez me hago bolita y ahora me pongo a llorar. Pienso en la abuela Ana. En el plato lleno de criollitas con manteca y azúcar que siempre me da cuando voy a su casa. En la crema pastelera rica y toda amarilla y que hace que su cocina siempre huela bien. En la lata de amarettis que me deja sacar de la vitrina y abrir después de que todos terminamos de comer. En el libro de la hormiguita viajera que me lee cuando me quedo a dormir en su casa. En la canción de la Pájara Pinta sentada sobre el verde limón que me canta cuando me levanto. Pienso que tiene los ojos más celeste agua del mundo, como si fueran un mar, y pienso que ya no los voy a ver más.
Laura Efrón (Buenos Aires, 1975) es una escritora, periodista y comunicadora argentina. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y periodismo en TEA. Es codirectora, junto con Sol Peralta, de Estudio REC, dedicado a la redacción, edición y corrección de contenidos para instituciones y empresas. Desarrolla Tinta y Raíces, un proyecto orientado a la realización de biografías personalizadas y a la recuperación de historias personales y familiares.


