by Claudio Medin | 1 \01\America/Argentina/Buenos_Aires marzo \01\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía
Presentamos una selección de poemas de Jorge Felippa (Córdoba, 1949).
De la magia ni qué hablar
El silencio parpadea.
Los cuerpos se adivinan y hablan.
Las lenguas queman uvas y llaves.
El deseo carga sus naves.
En la proas
llevan nombres escritos con barro.
Amores como arenas movedizas.
En la penumbra
una mansedumbre de álamos
reposa en sus miradas.
Cómo acarrear por la ciudad
llamados, relojes, pasos en falso.
La cita es túnel y arcano.
Gota de sangre en el borde del espejo.
Cómo rondar sin solapas
la cadera eléctrica de sus pudores
si él no fuera
pañuelo azotado por el hambre
y ginebra en el tajo que larva.
Si ella
tuviese en sus manos
algo más que huellas de anillos
y de jardines de invierno.
Entonces las palabras
oxidan hasta el rocío que respiran
las veletas de sus naves incendiadas.
Afuera
la ciudad es una jaula.
Sólo estallidos o convalecencias en el silencio.
Ellos tendrán ojos para siempre
cuando el adiós se les cuele en el alma
como una carta
que una mano anónima
desliza en la pieza del viejo hotel
adonde ellos se confían los cuerpos
lejos de toda memoria o miseria.
De la magia
ni qué hablar.
Decíamos ayer
La copa de futuro que ofrecen nuestros hijos
habrá que beberla gota a gota.
A veces agria, otras placentera,
sabemos que sus pasos
tienen un norte con sabor a lejanías.
Nuestra semilla es un árbol que a veces
da frutos tan amargos.
La madera se astilla y espina el corazón de desencantos.
Nuestra corona de deseos – buena leche y pura como el pan –
les pesa como la cruz a Cristo.
Así prueban
las alas marchitas del ángel de la guarda
y beben asombrados
la mariposa frágil del futuro.
Aunque nos den la espalda
miremos de frente todo lo que no fuimos.
La copa medio llena y los vacíos llenos
de cartas en la manga.
Olvidos y memorias tatuados en la sangre:
esa viva moneda que nunca volverá a repetirse.
Así vuelve la palabra a la página en blanco.
¿Cosecharás la siembra de tan largo silencio?
¿O comienzas apenas a preparar la tierra
para que tu mano arroje al viento
las últimas semillas?
El dolor es un maestro
Su llamado demora y el cansancio es paliza.
Me anochecen los duelos que le parten el alma.
Usted abre su pecho para que lloren otros
y en el regazo acuna las penas que hizo suyas.
¿Qué razón o deidad se invoca a la hora
de una muerte anunciada?
¿Adónde nos marchamos
cuando el mundo arrebata
el corazón de un niño?
La palabra que alivia es aire lacerante,
espina que desangra en la lágrima viva,
puñado de sal en el desierto del alma.
Comprendemos entonces
que no sabemos nada sobre el calvario ajeno.
El dolor es un maestro que enseña con silencios.
Mientras la luna besa sus ojos afligidos,
me guardo la palabra en respeto a sus duelos.
Otros duelos
Toda la noche llueve sobre la ciudad sedienta.
A cántaros me llueven estos días de marzo.
Son otras las heridas abiertas en el pecho
y otras manos las que alivian sus pesares.
Una sirena, a lo lejos, desgarra las calles.
Es como un relámpago de otro marzo feroz.
¿Acabaron los días del sálvese quién pueda?
¿Le damos una mano al vecino de al lado
cuando tiembla su suelo y se le abisma el cielo?
Mastico este silencio amargo de preguntas.
Es que han vuelto los buitres.
¿Alguna vez se fueron?
Olfatean las sobras
en la mesa del pobre.
Llueve sin bendiciones ni santos milagrosos.
Mañana sabremos quien cuenta las monedas
del que ha perdido todo.
Treinta y tres pisos apagan la luna de enfrente.
La palabra poesía es una cachetada
en la otra mejilla de la ciudad a oscuras:
por treinta y tres denarios
remataron su alma.
¿A quién le digo entonces que mis duelos son otros?
Una casa en las sierras, una hija que canta,
otra que levanta el vuelo
y un viejo aguaribay ceniciento de pena.
Como lobos hambrientos
Dejo hervir el agua,
que el fuego se consuma.
La noche no pinta para mansa.
Sus anzuelos
muerden mi pecho
como un libro abierto en el invierno
Afuera
cada cual hace su agosto.
Vuelco sobre la mesa
las cartas que todavía
borroneo en tus umbrales.
Tu cintura
quema el despertador.
Con la miel de tus piernas
sangro palabras
en las bocacalles.
La garganta apura
los vinos
que nos lavan del miedo
de alumbrar el olvido.
En tus labios beso
las cenizas
de una canción desesperada.
Tanguedia del equilibrista
que vuelve cada noche
a cortarse la lengua
antes de pronunciar tu nombre.
Y así
como lobos hambrientos
acechamos
en la basura del día
sin encontrarnos.
Caminata nocturna
I
Salgo a caminar por la ciudad
semivacía, maloliente, estropeada.
Deambulo entre buscavidas nocturnos,
discos y películas pirateadas,
anteojos y flores y estampitas.
Receloso, esquivo las miradas
de otros cazadores solitarios.
II
No hay nadie en el bar.
Fallutos, le digo al mozo.
El café se enfría con tanta indiferencia.
Las noticias son polvo desteñido
en las páginas del diario.
Empieza a lloviznar.
El día ya es historia
menos para los que hoy
ya no tienen laburo.
Y son miles.
Oigo palabras que prefiero olvidar.
Pienso: que no les toque a tu madre ni a tu viejo,
a tu hermano o compañero.
No es azar ni magia. Tampoco el destino.
Ya no habrá San Cayetano
para que laves tu conciencia.
Ya elegiste.
Tus razones valen tanto como las de aquellos
que mañana saldrán a la calle
a molestar tus trámites, el tránsito,
tus deseos de mirar siempre adelante.
Olerás los sudores y tus miedos
debajo de los anteojos oscuros
como el mañana sin futuro
que decidiste
con tu hartazgo de estar harto.
III
Regreso con una piedra en la garganta.
Nadie en el teléfono. Nadie en la pantalla.
Ahora llueve.
El año nuevo,
es un puñado de espinas y de sal.
Si no fuera por mi hija que avisa su regreso,
este jueves no tendría ni una brizna de memoria.
La única señal en el camino, herrumbrada,
torcida por el viento, sin apuntar a ningún lado,
dice: Córdoba.
Mis palabras, acaso,
¿podrían encontrar otro destino?
Santo día
Recuerda una bella novela cubana:
La última mujer y el próximo combate
escrita por Manuel Cofiño López,
allá a principios de los ’70.
Entonces, él también era joven,
casi feliz y creyente de aquellas utopías.
Demasiadas batallas y derrotas
arrasaron la herencia porvenir.
Hoy, piernas y brazos acusan la desidia
porque el parque ya no extraña su figura.
¿Él no extraña las caminatas domingueras,
el sudor en la frente, morder una manzana,
la espalda en el rocío, el sol entre el follaje,
el agua aliviando la garganta?
En los hombros le duelen
las palabras no dichas.
Lo que importa ahora es
caminar hasta que el cuerpo diga basta.
Hoy es el día de su santo.
Pero no tiene santos en sus devociones.
Ni oculta los pecados
a los crédulos que lo invocan en sus rezos.
Reconoce
que gracias a ellos,
hay pan, vino en la mesa,
y una frazada en su cama.
Y extraña, sí, el cuerpo de esa mujer,
porque con ella quiere dar
el último combate.
Dos de abril
Debemos hablar amor
antes que las palabras cenicen sus braseros
y lluevan malos tragos.
Ya no hay sonrisa que valga
mientras una paliza bautismal
nos sedienta y ahoga
la más austral mirada.
Te das cuenta amor
qué poco sale el sol
y somos
tendidas transparencias
rosarios de lana y hasta cuándo
que repiten a coro y lo creemos:
después del dos de abril
ya nada será igual entre nosotros.
No lo olvidemos
ahora que la guerra anoticia esta trinchera
el alquiler rompecabezas
y las manos
tocan el umbral de los adioses
sin que ardan nocturnas vanaglorias.
No lo olvidemos
ahora que las caretas
desnudan sus estafas
oliendo el asco de nuestros hermanos
metales purísimos
a la hora de la fragua.
Y nosotros como antes
de plaza hasta los huesos
las patas en la fuente
pulmones de consignas
y como nunca pedigueños.
Este no es su pueblo
señor.
El pueblo está en Malvinas
de puerto y hecho brújula
porque en el sur amor
se juega nuestro norte
y América
truena llueve y amamanta
de luz
su vientre campanario.
Café La Paz
La ciudad va llorando
todo el parto del lunes
mientras cruzo por ella
desvelado y don nadie.
Desde el bajo ya sube
el coral mañanero
la calle cuesta arriba
hace plomo los pasos.
Alguien ciego de urgencias
se come las noticias
y tropieza en la baldosa
de su infancia perdida.
Estoy mirando rostros
tallados por el caos
y que el monstruo digiere
en su vientre de olvidos.
En Montevideo y Corrientes
La Paz
no es sólo un bar
al que ella no vuelve.
La Paz es la plegaria
remanso del tumulto
el principio del pan
la luz plural del vino.
Oración para las dictaduras
Para organizar su intranquilidad
para eso estamos
los que no escuchan sus preceptos
los depositarios de sus furias
los impacientes jueces de sus actos
para que justifiquen sus torturas
para eso estamos
los condenados de las cárceles y hospicios
los eternos marginados de sus buenas acciones
los desheredados de su mundo occidental
para atormentar sus memorias
para eso estamos
los legalmente asociados en la explotación
los ilusos labradores del amor
para complicarles la historia
para eso estamos
los jornaleros del alba
los secuaces en la lucha
los cómplices del hombre.
(Publicado el sábado 11 de octubre de 1975
En el Periódico Alberdi, de Vedia, Provincia de Buenos Aires).
Jorge Felippa (Córdoba, 1949) es autor de las novelas Quiero volver a casa (El Emporio Ediciones, 2005, finalista del Concurso Provincial de Novela Daniel Moyano 2004); El que avisa no es traidor (Ediciones del Boulevard, 2007); También la verdad se inventa (Editorial Babel, 2009, primera mención del Concurso Luis de Tejeda de la Municipalidad de Córdoba, 1986); y Las trampas de la colmena (Ediciones del Boulevard), 2013. Como poeta ha publicado Yo no diría la última palabra, Faja de Honor de la SADE (1976), El orden de los factores, A brazo partido y Que veinte años. En 1991 fundó y dirigió Op Oloop Ediciones hasta el año 2001. Desde 1985 dicta talleres de escritura creativa y narrativa en diversas instituciones públicas y privadas. Fue Delegado en Córdoba del Fondo Nacional de las Artes desde el año 2008 hasta el 2015. Ese mismo año recibió, por su trayectoria, el Premio Reconocimiento al Mérito Artístico, que otorga el gobierno de la Provincia de Córdoba.
Fotografía: cortesía del autor.
by Claudio Medin | 10 \10\America/Argentina/Buenos_Aires enero \10\America/Argentina/Buenos_Aires 2018 | Poesía

Como de los buenos viajes, de la poesía de Susana Cabuchi (Jesús María, Córdoba, 1948) no se vuelve siendo los mismos. Por eso presentamos un breve paseo por algunos de sus poemas memorables, a los que sumamos dos inéditos.
EL DULCE PAÍS
Entonces, tus ojos eran caramelos de miel
y hablabas
de las bicicletas que regalaba el Niño Dios
a los que no podíamos comprarlas.
El río se callaba para que tú contaras figuritas.
Yo era alegre,
y eran alegres los nísperos del patio.
Y tú eras otro,
no el hombre de hoy
lejano como todos.
Cada domingo era una sorpresa de ciruelas,
de plaza con hamacas.
Tu padre cantaba en el taller
mientras tu madre
lavaba mamelucos de amor y aceite.
El mío no había partido todavía
y llegaba al hogar con dulces y regalos.
Yo oía con asombro tus mentiras
y creía en gigantes voladores
y en ángeles guardianes
que cuidaban tu ropa y mis zapatos.
Por cada diente el ratón nos compraba mandarinas.
La abuela, abría el gran ropero
y sacaba
turrones envueltos en papeles crocantes.
Si vuelves, como entonces,
con sombrero de piel y las manos con barro
verás, que guardo aún
el corazón de las manzanas.
De El corazón de las manzanas, 1978
LA CARTA
Ha llegado la carta.
Está sobre la mesa,
al lado de las flores.
La miro
largamente.
Conozco la letra.
Pero la leeré
a la medianoche,
cuando los trenes
que pasan hacia el norte
hagan temblar
los vidrios de la casa.
De Patio solo, 1986
VISITA
Un viajero
ha llegado a la casa.
Salimos todos
a abrazarlo
porque trae noticias del hermano.
Habla de campos secos,
del hambre en las ciudades,
muestra fotografías.
Después del almuerzo
le servimos
la fruta más dulce del ciruelo.
Y la ha comido,
pero sin alegría.
De Patio solo, 1986
ÁLBUM FAMILIAR
Los padres
fueron una vez
a Mendoza.
Me dejaron
una foto con nieve
a orillas del camino
con un gran auto negro
y con amigos.
Me dejaron
una foto con nieve
y este frío.
De Álbum familiar, 2000
PASOS
He bebido las aguas
del Shu – Am
como si no estuvieran
contaminadas.
A orillas
del río silencioso
crecen flores amargas
sobre las que he descansado,
leyendo.
Y no he pecado
sino
lo necesario.
De Álbum familiar, 2000
12 DE JUNIO
Esa mano que muere
no está sola.
El anillo dorado
la devuelve
a una danza de bodas
y a sus giros.
A una siesta
de parrales ardientes.
A los vinos
guardados
para las grandes fechas.
Está
el metal redondo
sosteniendo
que todo fue verdad.
El anillo de bodas
de mi padre,
en la mano, en la vida
de mi padre.
En el día de la muerte
de mi padre.
De Álbum familiar, 2000
CIELO
Sobre las montañas nevadas,
como una flecha oscura,
van los patos salvajes.
Cruzan.
Como tu sombra
sobre mi corazón.
De Álbum familiar, 2000
VINCENT VAN GOGH
Aquí estoy
en esta soledad luminosa,
plena, habitada
de fuegos y ventanas.
La casa
arde de girasoles
como un infierno congelado
entre aceites
y vientos amarillos.
Sordo de tanto silencio
y dispuesto
a entreabrir
cada lirio celestial,
cada cristal de paja,
cada gota de acero,
cada ojo de sangre,
cada vidrio de miedo.
Así te escribo.
Sobre las torres de la desesperación,
a orillas del Ródano,
entre la mezcla brumosa de los óleos,
a la hora del ángelus,
a pleno mediodía,
sobre el caballo áspero
de la pena,
con la piedra roja
de la desgracia,
con la arena negra de la locura,
con las sílabas celestes del amor,
con la sorpresa blanca de la tela
vacía,
con el cuervo del hambre
sobrevolando mi cama,
con la mordedura hirviente
del deseo,
entre el humo agrio de la luz,
en el paraíso húmedo
de los manteles,
en los bares nocturnos,
así,
hermano mío,
hermanito menor,
casi mi padre.
De Álbum familiar, 2000
EXILIO
Al cerrar el negocio
mis padres
se sentaban en la vereda
del Panamericano
a mirar el desfile.
Mi padre sonreía
con la misma serena tristeza,
repetida,
tantos años después,
en la fila de cajones
abiertos hacia el crematorio,
más oscuro, con los párpados quietos,
entero, intacto,
esperándome.
Así dio su perdón,
así recibió el mío.
Acompañaba la fiesta
con la mirada suave
del que ha danzado, inocente,
sobre los barcos del exilio.
Cuando pregunté
en el Registro de su país
la íntima caligrafía
sentenciaba “desertor”.
Cómo explicar
que tenía dos años al partir,
que nunca se había ido,
que cada mañana
ascendía las calles amarillas
de Maalula
mientras levantaba las persianas.
De Detrás de las máscaras, 2008
VISITA AL PURGATORIO
El cartel anuncia
“El Paraíso”.
Aquí están
la directora del colegio,
la fundadora del Teatro Vocacional,
el carnicero,
el prestamista, el notario.
–Sí madre,
traigo galletas,
sacaremos una mesa,
jugaremos a la confitería,
tomaremos el té.
Las pequeñas carrozas
–trípodes, andadores,
sillas de ruedas–
giran.
Aferrados al pasamanos
los caminantes
repiten la peregrinación,
como antes en la plaza,
ahora a orillas de la ciudad,
a orillas de la vida,
con las máscaras de la vejez,
con los pesados trajes,
marchitos.
Sí madre,
soy la tía Emma
y también soy Susana.
Entre sombras
la comparsa emite
entrecortados llantos, gemidos secos.
–No madre, sus padres
no la olvidan,
están muy ocupados.
Cuando puedan
vendrán
con un ramo de rosas.
De Detrás de las máscaras, 2008
SIRIA
A Jeannette Kabouchi
I
Ha despertado
seguramente temblorosa.
Ha escuchado los ayes
ascender las piedras de Sednaya,
ondular sobre las cambiantes dunas
hacia el desierto,
reptar entre los arcos de Palmira,
crecer en los olivos.
Por favor querida, dice
desde ciudades inolvidables
a la hora del sueño.
Por favor querida,
insiste,
escriba sobre Siria.
II
Juntas hemos visto
los juegos del Mediterráneo
frente a las costas de Latakia
y las manchas lejanas de la tierra turca
a través del mar.
Sabe que escuché, conmovida,
cinco veces al día
el hondo llamado a la oración
que surge, poderoso y verdadero, desde
las mezquitas, desde sus altos minaretes.
Sabe que me gustaba caminar
hacia el zoco Al-Hamidiyah
para oler los tejidos
y las especias.
En mitad de la noche
ha querido llamarme. A pesar
de los años y la distancia.
Debió recordar que en la Feria
de Libro de Damasco
me vio adquirir obras
escritas en un idioma que no leo
y que algo en mí reconoció los signos,
esas suaves y delgadas canoas
sobre el papel, esas líneas
de arenas y de vientos.
lll
Jeannette,
la prima de mi padre,
no usa velo.
Simplemente lo prefiere así.
Ella es cristiana, Fayez
su esposo, musulmán.
Hemos viajado al mar,
hemos nadado juntas
vestidas con trajes de baño occidentales
como las cristianas y las judías
mientras las musulmanas jugaban
en el agua
con sus largos vestidos mojados
adheridos al cuerpo, más sugestivas
que las turistas europeas
que extendían sus claras
y desnudas figuras
en las playas doradas.
IV
Qué sé, qué desconozco para que ella repita
varios meses después, Susana, no lo olvide
–suena firme su voz en el teléfono–
escriba sobre Siria.
Qué espera, qué me pide?
Hablaré de Quneitra,
del pasto crecido sobre los escombros,
de los testimonios del Golán?
Ibrahim me muestra unos montículos de nada
y dice: esta era mi casa.
Por esta calle iba a la escuela cada mañana.
Y señala la escuela, lo que debo
creer que fue una escuela,
cemento y hierros
arrasados por las topadoras.
De quiénes eran las tumbas?
Cuántos lloraban entre los olivos?
Alguien preguntó
sobre la poesía después de Auschwitz,
también yo lo pregunto
desde las ruinas de Quneitra,
sus hospitales muertos, sus calles incendiadas,
las infinitas filas de cruces blancas sobre
la vergüenza del mundo.
De quiénes son las tumbas?
Cuántos lloran entre los olivos?
De Siria, inédito
ULEILA*
Porque no hay que viajar
grandes distancias,
además es apacible, es bello,
encantador, decían.
Y cada año autorizaba el ocio
una población serrana
cuyo nombre proponía
un juego sin salida,
un interminable y misterioso acertijo:
Salsipuedes.
La calle principal
era de oscuro y empinado asfalto
y ondulaba, perfecta para el patinaje
y sus consecuentes advertencias.
Juntábamos piedras, mariposas,
plantas medicinales. Buscábamos
víboras, avispas, miel.
Pero lo inolvidable
fue el nombre de la casa alquilada:
Uleila del Campo.
Uleila sonaba a oleaje campesino,
a ciclos lunares en una lengua antigua,
a ulular marítimo,
a lagunas nocturnas, a luz.
¿Uleila era una flor silvestre,
un extraño y distante país,
un pájaro prodigioso y desconocido,
una mujer?
Desde entonces, en secreto,
llamamos así a nuestra madre:
–¿Llegó Uleila del Campo?
–Uleila dice que ordenemos el cuarto.
–¿Ha visto usted a la señora Uleila?
Nos había prometido estarse viva,
tostar zapallos porque –dijo– serían muy dulces
ese verano,
hacerme un vestido de seda verde
para los bailes de carnaval.
A veces la nombramos.
En las calientes noches,
desde cualquier lugar, le preguntamos:
Señora Uleila,
Uleila del Campo,
¿dónde está, por qué no vuelve,
por qué demora?
¿O está en el Mirador
reconociendo amaneceres, colinas,
lejanías,
y no puede salir?
De Siria, inédito
* Ulelia: palabra árabe que tiempo después de escribir el poema supe que significaba mirador.
Susana Cabuchi (Jesús María, Córdoba, 1948) ha publicado: El corazón de las manzanas (E. y G. López editores, 1978), Patio solo (Alción Editora, 1986), Álbum familiar (Alción Editora, 2000), El Dulce País y otros poemas (Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2004), Detrás de las máscaras (Ediciones El Copista, 2008), Poética-1965-2010 (El taller del Escritor, 2010) y Album de famille – Livre CD (París, Francia, 2015). Su poesía integra numerosas antologías argentinas, americanas y europeas, y ha sido traducida al francés, italiano, portugués y árabe. Ha ganado diversas distinciones nacionales e internacionales. Como gestora cultural organizó ferias del libro, semanas de cultura, concursos literarios, ciclos de lectura, entre otros eventos culturales. Ha sido miembro de jurado en diversos concursos de poesía y narrativa, y participado como panelista y conferencista en congresos, encuentros, y jornadas, tanto en el país como en el exterior. Actualmente colabora en revistas especializadas, en sitios virtuales y coordina talleres de escritura.
Fotografía: cortesía de la autora.