Por Leandro González de León
El pasado 17 de diciembre se cumplió el primer aniversario del fallecimiento de Beatriz Sarlo. Una oportunidad para preguntarse qué se pierde con su muerte, qué prácticas y qué gestos se hacen necesarios en su ausencia.
En una de sus últimas entrevistas públicas, en el streaming Gelatina, Sarlo se refería a la dificultad de “distinguirse como interlocutor cultural en un momento donde todo es pluralismo estético”. Su último libro publicado en vida, Las dos torres (Siglo XXI) reúne escritos en torno al lugar de los intelectuales, de la crítica cultural, en un contexto donde se ha enseñado “que la pelea es algo que debe evitarse a toda costa”. Sarlo considera que “una discusión estética, intelectual, económica es importante” y se pregunta: “¿cómo se llega a acuerdos si no es a través de esa discusión?”.
Dice en Las dos torres: “[en la posmodernidad] el conflicto es suplantado por la coexistencia pacífica de las estéticas y otras prácticas. Incluso la discusión estética es irrelevante dentro de ese marco”.
Sarlo define a la cultura como un sistema de diferencias. Esto y no aquello. La identidad es siempre oposicional y “todo reside en la forma que toman las oposiciones”. Si hacia el año 2000, la oposición entre el capitalismo y el socialismo había perdido fuerza, lo mismo sucedía para Sarlo entre lo prohibido y lo permitido, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo (“tanto en un sentido moral como estético”). En ese contexto, la figura del crítico cultural perdía sentido o asumía un carácter puramente negativo.
Si todo vale lo mismo, nada tiene sentido. Dice Sarlo que “es posible suspender la necesidad de llegar a un sentido”, pero “¿por cuánto tiempo?”
En diciembre de 2025, Quentin Tarantino, en el podcast de Bret Easton Ellis, habló de las mejores películas del siglo XXI. Ubicó There Will Be Blood en el puesto 5 de su lista personal. Dijo que podría haber sido número 1 o 2 “si no tuviera un gran defecto: Paul Dano” y lo llama “el actor más flojo del SAG”. No critica su vida personal. No critica su identidad. Critica su trabajo como actor, en una película nominada al Oscar. Una crítica discutible, pero crítica al fin.
La reacción de Hollywood fue inmediata y corporativa. Matt Reeves (director de The Batman) tuiteó “Paul Dano es un actor increíble y una persona increíble.” En el mismo sentido, Reese Witherspoon dijo “Paul Dano es un actor increíblemente talentoso. Más importante aún, es un caballero” y sigue la lista. El enfoque de Matt Reeves predominó en la mayoría de las declaraciones, la indiferenciación entre la calidad artística y la condición personal. La solidaridad se organiza como si Dano hubiera sido víctima de discriminación, de agresión a su identidad, no como si hubiera recibido una crítica sobre su desempeño profesional.
En Buenos Aires, Santiago Motorizado se refirió al fenómeno en torno a Lux, el nuevo disco de Rosalía: “imaginate criticar el disco de Rosalía, te liquidan acá en la puerta”. Santiago no termina diciendo que Lux es malo. Pero ante la maquinaria del “mejor disco de la historia” un posicionamiento matizado tiene poco espacio y un alto costo.
¿Se puede criticar? ¿Por qué es necesario hacerlo?
Sarlo fue lectora de Raymond Williams, de los estudios culturales británicos que revalorizaron la cultura popular. Escribió sobre folletines sentimentales (El imperio de los sentimientos), sobre la cultura de masas, sobre Arlt y el criollismo urbano. Fue parte de una generación que amplió el canon, que discutió la alta cultura desde la cultura popular. Pero en sus últimos años defendió posiciones que podrían considerarse conservadoras y hasta reaccionarias: la necesidad de jerarquías en el arte, la diferencia entre una buena y una mala obra, el rol del crítico como instancia de evaluación, el canon como construcción colectiva argumentada.
Sarlo ve que el “pluralismo estético” no produce democracia cultural sino parálisis crítica. Que la horizontalidad total no empodera sino que disuelve. Que cuando “todo vale igual”, cuando no se puede decir que algo es mejor que otra cosa, el campo cultural entero pierde prestigio, pierde función, pierde sentido.
Las consecuencias no son solo estéticas. Son morales y organizacionales.
En 1934, Enrique Santos Discépolo escribe “Cambalache”. En plena dictadura, en plena crisis, hace una crítica que no es solo económica ni solo política. Es una crítica estético-moral:
“Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro,
generoso, estafador.
Todo es igual, nada es mejor,
lo mismo un burro que un gran profesor.”
Lo sagrado junto a lo utilitario. Lo trascendente junto a lo banal. Pérdida del canon, pérdida de jerarquía. Discépolo defiende el canon porque entiende algo fundamental: la pérdida de jerarquías no es democratización sino decadencia.
Una comunidad artística que no se autocritica, que no jerarquiza, que no pondera, pierde la capacidad de distinguir. Y cuando el campo cultural pierde esa capacidad de evaluación, de jerarquización, esa función no desaparece: la ocupa otro. Necesitamos criterios. Y cuando el campo cultural democrático no los provee, se buscarán en otros campos.
El reordenamiento (o el mero caos) geopolítico en el que ingresamos en 2026 señala un evidente cambio de época con las extremas derechas en la vanguardia de un nuevo mundo, donde la confrontación directa, física y verbal, las dramáticas distinciones entre el bien y el mal, vuelven a ser dominantes. Nos aciertan una piña en la cara en un ámbito donde hasta hace muy poco tiempo nadie se podía agarrar a piñas, y el que lo intentaba era un borracho, un loco, al que sacaban rápidamente de la escena.
El primer desafío no es entonces de fondo, sino de formas. Después de agotados consensos, de una extensa decadencia, es necesario volver a confrontar y, sobre todo, aprender a hacerlo.
Leandro González de León (Buenos Aires, 1986) es licenciado en Comunicación (UBA) y maestrando en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (UNSAM). Conduce el ciclo Nadie podrá impedirlo, por FM La Tribu.


